RETIRO ESPIRITUAL A SACERDOTES ESTUDIANTES EN SALAMANCA

RETIRO ESPIRITUAL  A SACERDOTES Y ESTUDIANTES

TEÓLOGOS EN SALAMANCA.- AÑO SACERDOTAL-2010

INVOCACIÓN: ¡OH BUEN JESÚS!, HAZ QUE YO SEA SACERDOTE SEGÚN TU CORAZÓN!.

ORACIÓN DEL SACERDOTE     

Señor, Tú me has llamado al ministerio sacerdotal

en un momento concreto de la historia en el que,

como en los primeros tiempos apostólicos,

quieres que todos los cristianos,

y en modo especial los sacerdotes,

seamos testigos de las maravillas de Dios

y de la fuerza de tu Espíritu.

Haz que también yo sea testigo de la dignidad de la vida humana,

de la grandeza del amor

y del poder del ministerio recibido:

Todo ello con mi peculiar estilo de vida entregada a Ti

por amor, sólo por amor y por un amor más grande.

Haz que mi vida celibataria

sea la afirmación de un sí, gozoso y alegre,

que nace de la entrega a Ti

y de la dedicación total a los demás

al servicio de tu Iglesia.

Dame fuerza en mis flaquezas

y también agradecer mis victorias.

Madre, que dijiste el sí más grande y maravilloso

de todos los tiempos,

que yo sepa convertir mi vida de cada día

en fuente de generosidad y entrega,

y junto a Ti,

a los pies de las grandes cruces del mundo,

me asocie al dolor redentor de la muerte de tu Hijo

para gozar con Él del triunfo de la resurrección

para la vida eterna. Amén.

ORACIÓN A JESUCRISTO

       Jesús, Sacerdote Eterno y Único del Altísimo, tú que con singular benevolencia me has llamado, entre millares de hombres, a tu secuela y a la excelente dignidad sacerdotal, concédeme, te pido, tu fuerza divina para que pueda cumplir en el modo justo mi ministerio.

            Te suplico, Señor Jesús, que hagas revivir en mí, hoy y siempre, tu gracia, que me ha sido dada por la imposición de las manos del obispo.

            Oh sacerdote único y médico potentísimo de las almas, cúrame de manera tal que no caiga nuevamente en el pecado  y pueda alabarte y complacerte con mi vida y mis obras hasta mi muerte. Amén.

ORACIÓN PARA SUPLICAR LA GRACIA DE CUSTODIAR LA CASTIDAD

       Señor Jesucristo, frente a ti me postro de rodillas, rogándote y suplicándote con todo el fervor de mi corazón que me concedas la gracia del amor total y entrega gratuita a mis hermanos y hermanas, preservándome de los pecados contra la castidad. Por ello, Señor Jesús, que yo rechace toda tentación, que sea siempre extraño a los deseos carnales y a las concupiscencias terrenas, que combaten contra la pureza del alma y que, con tu ayuda, conserve íntegra la castidad.

       ¡Oh santísima e inmaculada Virgen María!, Virgen de las vírgenes y Madre nuestra amantísima, purifica cada día mi corazón y mi alma, pide por mí el temor del Señor y una particular desconfianza en mis propias fuerzas.

          San José, custodio de la virginidad de María, custodia mi alma de cada pecado.  Vírgenes santas, rogad por mí,  pecador, para que no peque en pensamientos, palabras u obras y nunca me aleje del corazón casto y amor total del Corazón de Jesús. Amén

ORACIÓN POR LOS SACERDOTES

 

Señor Jesús, presente en el Santísimo Sacramento,

que quisiste perpetuarte entre nosotros

por medio de tus Sacerdotes,

haz que sus palabras sean sólo las tuyas,

que sus gestos sean los tuyos,

que su vida sea fiel reflejo de la tuya.

Que ellos sean los hombres que hablen a Dios de los hombres

y hablen a los hombres de Dios.

Que no tengan miedo al servicio,

sirviendo a la Iglesia como Ella quiere ser servida.

Que sean hombres, testigos del eterno en nuestro tiempo,

caminando por las sendas de la historia con tu mismo paso

y haciendo el bien a todos.

Que sean fieles a sus compromisos,

celosos de su vocación y de su entrega,

claros espejos de la propia identidad

y que vivan con la alegría del don recibido.

Te lo pido por tu Madre Santa María:

Ella que estuvo presente en tu vida

estará siempre presente en la vida de tus sacerdotes. Amen

PRIMERA MEDITACIÓN

            1. MUY QUERIDO Y ESTIMADO DON JACINTO, RECTOR  de este Colegio de Santa María, hogar de sacerdotes de diversas partes de la Iglesia en el mundo; hermanos y estimados sacerdotes: Sabe bien don Jacinto la alegría que me da poder compartir con todos vosotros, sacerdotes, este retiro de oración, precisamente por estos dos motivos: sacerdocio y oración. Y para que podáis comprobarlo, paso a leer el prólogo del último libro que acabo de publicar:

 

   «Confieso públicamente que todo se lo debo a la oración. Mejor dicho, a Cristo encontrado en la oración. Muchas veces digo a mis feligreses para convencerles de la importancia de la oración: A mí, que me quiten cargos y honores, que me quiten la teología y todo lo que sé y las virtudes todas, que me quiten el fervor y todo lo que quieran, pero que no me quiten la oración, el encuentro diario e intenso con mi Cristo, con mi Dios Tri-Unidad, porque el amor que recibo, cultivo, y me provoca y comunica la oración y la relación personal con mi Cristo, Canción de Amor cantada por el Padre para mí, para todos, con Amor de Espíritu Santo, en la que me dice todo lo que soñó y me amó desde toda la eternidad,  y me quiere y hace por mí cada día, ahora, es tan vivo y encendido y fuego y experiencia de Dios vivo... que poco a poco me hará recuperar  todo lo perdido y subiré hasta donde estaba antes de dejarla. Y, en cambio, aunque sea sacerdote y esté en las alturas, si dejo la oración personal, bajaré hasta la mediocridad, hasta el oficialismo y, a veces, a trabajar inútilmente, porque sin el Espíritu de Cristo no puedo hacer las acciones de Cristo.

¿Qué pasaría en la Iglesia, en el mundo entero, si los sacerdotes se animasen u obligasen a tener todos los días una hora de oración? ¿Qué pasaría en la Iglesia, si todos los sacerdotes tuvieran una promesa, un compromiso, de orar una hora todos los días, ante el Sagrario, como un tercer voto o promesa añadida al de la obediencia y castidad? ¿Qué pasaría si en todos los seminarios del mundo tuviéramos exploradores de Moisés que habiendo llegado a la tierra prometida de la experiencia de Dios por la oración, enseñasen el camino a los que se forman, convirtiendo así el seminario en escuela de amor apasionado a Cristo vivo, vivo, y no mero conocimiento o rito vacío, y desde ahí, desde la oración, arrodillado, el seminario se convirtiese en escuela de santidad, fraternidad, teología y apostolado? Si eso es así, ¿por qué no se hace? ¿Por qué no lo hacemos personalmente los sacerdotes? ¿Por qué no lo haces tú, hermano que me escuchas? Señor, ¡te lo vengo pidiendo tantos años! ¡Concédenos a toda la Iglesia, a todos los seminarios, esa gracia, ese voto que ya algunos de mis feligreses han hecho por la santidad de los sacerdotes y del seminario. ¡Ven, Señor Jesús, te necesitamos! Te necesita tu Iglesia.

Sin oración, yo no soy ni existo sacerdotalmente en Cristo, que es el Todo para mí; y con toda humildad, --que eso es «andar en verdad» para santa Teresa--, unido a Cristo por la oración, puedo decir con san Pablo: “para mí la vida es Cristo... vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí... y mientras vivo en esta carne, vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó por mí”».

 

            2. Bueno, pues con este prólogo ya me conocéis, ya conocéis mi carácter, mis pasiones y sentimientos, mis amores: Cristo Sacerdote encontrado y amado y experimentado y sentido en y por la oración.

            El año sacerdotal convocado por Benedicto XVI aprovechando el 150 aniversario del nacimiento de san Juan María Vianney es una ocasión propicia para la reflexión sobre el ministerio consagrado, sin miedos ni parcialidades personales, y un momento adecuado para intensificar nuestra oración personal que nos descubre y alimenta y fortalece nuestra identidad sacerdotal de ser y existir en Cristo Sacerdote. Es un “cairos”, la gracia oportuna en el momento oportuno para profundizar en el misterio y ministerio sacerdotal y orar al Señor no sólo para que guarde en su amor a quienes ha elegido para el ministerio consagrado, sino también para que continúe suscitando pastores en su Iglesia; pastores santos al estilo de san Juan María Vianney cuyo texto sobre la oración, en el oficio de Lectura de su fiesta, viene a confirmar lo dicho hasta ahora, y lo que diré a lo largo de este retiro:

            «SEGUNDA LECTURA: De la catequesis de san Juan María Vianney, presbítero («Catéchisme sur la priére»: A. Monnin, «Esprit du Curé d'Ars», París 1899, pp. 87-89).

 

 HERMOSA OBLIGACIÓN DEL HOMBRE: ORAR Y AMAR

            Consideradlo, hijos míos: el tesoro del hombre cristiano no está en la tierra, sino en el cielo. Por esto nuestro pensamiento debe estar siempre orientado hacia allí donde está nuestro tesoro.

            El hombre tiene un hermoso deber y obligación: orar y amar. Si oráis y amáis, habréis hallado la felicidad en este mundo. La oración no es otra cosa que la unión con Dios. Todo aquel que tiene el corazón puro y unido a Dios experimenta en sí mismo como una suavidad y dulzura que lo embriaga, se siente como rodeado de una luz admirable.

            En esta íntima unión, Dios y el alma son como dos trozos de cera fundidos en uno solo, que ya nadie puede separar. Es algo muy hermoso esta unión de Dios con su pobre criatura; es una felicidad que supera nuestra comprensión. Nosotros nos habíamos hecho indignos de orar, pero Dios, por su bondad, nos ha permitido hablar con él. Nuestra oración es el incienso que más le agrada.

            Hijos míos, vuestro corazón es pequeño, pero la oración lo dilata y lo hace capaz de amar a Dios. La oración es una degustación anticipada del cielo, hace que una parte del paraíso baje hasta nosotros. Nunca nos deja sin dulzura; es como una miel que se derrama sobre el alma y lo endulza todo. En la oración hecha debidamente, se funden las penas como la nieve ante el sol.

            Otro beneficio de la oración es que hace que el tiempo transcurra tan aprisa y con tanto deleite, que ni se percibe su duración. Mirad: cuando era párroco en Bresse, en cierta ocasión, en que casi todos mis colegas habían caído enfermos, tuve que hacer largas caminatas, durante las cuales oraba al buen Dios, y, creedme, que el tiempo se me hacía corto.

            Hay personas que se sumergen totalmente en la oración, como los peces en el agua, porque están totalmente entregadas al buen Dios. Su corazón no está dividido. ¡Cuánto amo a estas almas generosas! San Francisco de Asís y santa Coleta veían a nuestro Señor y hablaban con él, del mismo modo que hablamos entre nosotros.

            Nosotros, por el contrario, ¡cuántas veces venimos a la iglesia sin saber lo que hemos de hacer o pedir! Y, sin embargo, cuando vamos a casa de cualquier persona, sabemos muy bien para qué vamos. Hay algunos que incluso parece como si le dijeran al buen Dios: «Sólo dos palabras, para deshacerme de ti...». Muchas veces pienso que, cuando venimos a adorar al Señor, obtendríamos todo lo que le pedimos si se lo pidiéramos con una fe muy viva y un corazón muy puro».

 

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      Quiero añadir otro texto breve tomado del Oficio de Lectura:

SEGUNDA LECTURA
Del sermón pronunciado por san Carlos Borromeo, obispo, en el último sínodo que convocó (Acta Ecclesiae Mediolanensis, Milán 1599, 1177-1178).
            «¿Ejerces la cura de almas? No por ello olvides la cura de ti mismo, ni te entregues tan pródigamente a los demás que no quede para ti nada de ti mismo; porque es necesario, ciertamente, que te acuerdes de las almas a cuyo frente estás, pero no de manera que te olvides de ti.
            Sabedlo, hermanos, nada es tan necesario para los clérigos como la oración mental; ella debe preceder, acompañar y seguir nuestras acciones: Salmodiaré —dice el salmista— y entenderé. Si administras los sacramentos, hermano, medita lo que haces; si celebras la misa, medita lo que ofreces; si salmodias en el coro, medita a quién hablas y qué es lo que hablas; si diriges las almas, medita con qué sangre han sido lavadas, y así todo lo que hagáis, que sea con amor; así venceremos fácilmente las innumerables dificultades que inevitablemente».

 

            3. Queridos hermanos sacerdotes, la situación difícil por la que atraviesa la figura del sacerdote en este mundo secularizado y ateo, especialmente el problema de las vocaciones, por la falta de fe en las familias y en la juventud, con ser grave, no debe de hundirnos en el pesimismo en el inicio mismo de este año consagrado al sacerdocio, sino que es momento de gracia para gritar con san Pablo, impotente ante la tarea que se le venía encima y se consideraba incapaz de superar: “...me ha metido una espina en la carne  un ángel de Satanás que me apalea, para que no sea soberbio... por tres veces he suplicado al Señor... me ha respondido: te basta mi gracia... “La fuerza se realiza en la debilidad”: “Virtus in infirmitate perfícitur”; era ese triple paso en el conocimiento o confianza o vivencia y experiencia de Cristo hasta llegar al “libenter gaudebo in infirmitatibus meis ut inhabitet in me virtus Christi”, que oí por vez primera en Vitoria, sobre el año 1962 con motivo del centenario de la Diócesis, a mi querido S. Lyonnet, jesuita, Profesor por aquellos tiempos de la Gregoriana.      

            Queridos amigos: traigo ahora este proceso de evolución en nuestra relación con Dios porque todos, cada uno de nosotros, a veces no ve ni entiende la crisis espiritual que está atravesando, precisamente cuando se ha tomado en serio su vida espiritual; estamos a veces en la sequedad, en el desierto oracional; es como sentir el fracaso de su vida en Cristo en medio de la noche de fe y amor y sólo oye al Señor que en sequedad de fe, fe seca y árida, te dice: “Te basta mi gracia, sufficit”; luego avanzando en la oración meditativa, en la noche de la purificación, de la conversión, de la noche del sentido que diríamos con san Juan de la Cruz, en la mortificación de los sentidos, al cabo de una mayor experiencia de oración y confianza, entre sufrimientos y gozo, entre caídas y subidas de conversión, el sacerdote o cristiano descubre que la virtud o el poder de Dios le fortalece y se hace presente en la debilidad del hombre seminarista o sacerdote, porque de otra forma el sacerdote pensaría que lo hace él todo; y no es él sino Cristo en él: “Virtus, la virtud, el poder de Dios se manifiesta en la debilidad del hombre”, en la impotencia: es la noche, la impotencia sentida, el fervor y entusiasmo sacerdotal y oracional-relacional no sentido pero ejercido y perseverante, avanzando por el camino del encuentro oracional y personal; y luego finalmente, cuando uno ha pasado las primeras etapas de la noche del espíritu, de sequedad, de impotencia total de meditar o discurrir, y le parece que ya no sabe orar por este motivo, porque ya no discurre, se le cae el libro de las manos en la oración,  y ha empezado la vía contemplativa de la oración, es decir, la oración unitiva y transformativa, después de haber experimentado sus nadas durante años, durante el tiempo que Dios quiera o el alma sea generosa, nada puedo, nada soy, nada construyo, nada oro, nada avanzo en la relación con Dios,  después de noches de sentidos y espíritu, después de la lejía fuerte con que Dios ha purificado los sentidos y el alma, la carne y el espíritu, lo exterior y el interior y las raíces del yo, del sujeto, de tal forma que Cristo ya puede habitar totalmente en él, y vivir su misma vida en él, sentirá el gozo de la experiencia de Cristo en su vida y podrá exclamar con san Pablo: “libenter gaudebo in infirmitatibus meis ut ... con gozo me alegro en mis debilidades para que así habite en mí la fuerza de Cristo”, o si preferís, “vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí”, “... todo lo perdí por Cristo, no quiero saber nada, todo lo considero basura comparado con el conocimiento (experiencia)de mi Cristo y éste, crucificado”.

            Ahora bien, para llegar aquí, a esta unión, a esta oración transformante y contemplativa, hay que purificar antes y totalmente y hasta las raíces el yo, el pecado original, el amarse sobre todas las cosas; y cuando el alma descubre el sentido de esta noche, de esta larga purificación por la oración contemplativa que ha pasado, exclama con san Juan de la Cruz:  

            «¡Oh noche que guiaste, oh noche amable más que la alborada, oh noche que juntaste amado con amada, amada en el Amado transformada”.

            Pues ya os he descrito las etapas principales de la oración como experiencia de Dios, de las que hablaré un poquito más ampliamente luego, pero no mucho, porque no hay espacio para todo lo que se  puede y yo quisiera expresaros.

            Lo que yo quiero deciros es que todo es verdad, que Cristo ha resucitado, que por la oración contemplativa uno se encuentra de verdad con Cristo vivo, vivo y se le puede sentir y experimentar, que está en el pan consagrado, que la oración es verdad, que el encuentro y la experiencia de Dios es verdad, que todo en el cristianismo es verdad, que Cristo es verdad y la Verdad, que Dios es Verdad y Amor y existe y nos ama, que si existo es que Dios me ama y ha soñado conmigo, si tu existes, si existimos es que Dios nos ha preferido a millones de seres que no existirás y nos ha llamado a una eternidad de felicidad con Él. Yo he venido aquí para esto, para deciros que todo es Verdad, que el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo es verdad, que todo es verdad, y para animaros a recorrer este camino de encuentro con Dios, pero encuentro vivo y real, y esto es lo que quiero deciros, que Dios os ama y la oración es la respuesta del hombre a este amor, el mejor camino, para mi el único que debe estar presente en todos los demás, que Cristo está en el pan consagrado y le podemos hablar y sentir y comunicar, que no es otra cosa oración mental, según santa Teresa, sino «trato de amistad estando muchas veces a solas con aquel que sabemos que nos ama», parece que esta definición la hiciera mirando al Sagrario, porque es una definición perfecta de la oración eucarística, hecha mirando al Sagrario, morada de la Trinidad, donde el Padre me dice, mejor, me canta hasta el final de los tiempos su Canción de Amor, que es su Palabra, su Verbo lleno de Amor de Espíritu Santo; es su Canción Amada, donde me canta y me dice todo lo que nos ama, porque le sale del corazón, porque me la canturrea «en música callada» con amor de Espíritu Santo.

            Que conste que no estoy hablando nada del otro mundo, o de alturas místicas inalcanzables; estoy hablando de lo que encierran las realidades sacramentales y litúrgicas que celebramos, si no nos quedamos en el exterior de los ritos y entramos en el corazón de los mismos, esto es, si tenemos experiencia de lo que somos y existimos en Cristo, de nuestra identidad sacerdotal vivida, identidad con Cristo experimentada de lo que somos y celebramos en Cristo Sacerdote, en su ser y actuar,  por la Unción, por la potencia de amor del Espíritu Santo,  Amor del Padre al Hijo y del Hijo al Padre por la que fuimos consagrados e injertados en Cristo, Sacerdote Único del Altísimo.

            Se trata de experimentar lo que somos: humanidad prestada e identificada con Cristo, porque Él conserva el fuego y el amor redentor y salvador. Él es el único sacerdote y salvador, pero destrozó su humanidad histórica en la cruz, y ya resucitado, transciende ya el tiempo y el espacio y vive y predica y santifica en la humanidad prestada por cada sacerdote, que nos hace presencia sacramental de Cristo, otros Cristos, prolongación de su salvación y amor a los hombres.

            Y todo esto que somos por la Unción del Espíritu Santo, por la potencia de amor de la consagración sacerdotal, lo podemos experimentar únicamente por la oración contemplativa, repito, únicamente por la oración, por la oración unitiva, no basta la meditación, que es buena, pero no suficiente, porque no nos purifica más plenamente, y al no haber pasado  por las noches purificatorias del sentido y del espíritu, del hombre total, cuerpo y alma, no nos puede dejar sentir lo que somos en nuestro ser y existir en Cristo, esto es, experimentar a Cristo vivo, vivo y resucitado, memorial, glorioso, que trasciende el tiempo y el espacio, Cristo eternidad ya consumada, metahistórico, por estar llenos de nosotros mismos hasta el punto que no cabe Dios en nosotros; no podemos experimentar a Cristo en nosotros, porque todo el espacio y la vida y los afanes los ocupa el yo.

            Sin llegar ahí, sin pasar de la oración meditativa a la afectiva por lo menos, sin llegar a la oración unitiva, transformativa, viviremos siempre  del Cristo estudiado en teología o heredado en la fe de nuestros padres, cosa estupenda, pero no en fe personal y experimentada personalmente, y hay que tener cuidado, y no me gusta decirlo porque sé que molesta, pero podemos irnos de la Universidad con una licenciatura o doctorado en Cristología, pero sin Cristo vivido y experimentado, porque para esto el único camino es la oración contemplativa, no meramente meditativa. Buen disgusto me costó decir esto en el Colegio Español de Roma el último año que estuve hacia el 1991. Pero mi gente sabe que yo hablo claro, que a mí no se me traba la lengua si tengo que hablar la verdad de lo que pienso y siento en Cristo Sacerdote y profeta para bien de los que me escuchan. Por esto me toca sufrir a veces.

            «Considera lo que realizas, imita lo que conmemoras y conforma tu vida con el misterio de la cruz de Cristo», nos dijeron en el día de nuestra ordenación. A través de los ritos y oraciones,  profundicemos todos en su sentido y enriquezcamos nuestra vivencia del misterio que somos y celebramos: «considera lo que realizas, imita lo que conmemoras...»; para eso «conforma tu vida con el misterio de la cruz de Cristo», ser y existir en Cristo Sacerdote, confórmate a Él, vive y ama y perdona como Él. Y para esto tenemos que convertirnos en Él.

            Sin conversión del sentido y del espíritu, de la carne y de la inteligencia y la voluntad, no puede haber oración experiencial, mística, vivencial de Cristo, de lo que  somos y existimos, de lo que celebramos y creemos. Hay conocimiento, pero teórico, abstracto, sin vida, pero no conocimiento amoroso, experiencial, místico, vivencial.

 

            4. El Año Sacerdotal está llamado a contribuir a la intensificación de la verdadera identidad del sacerdote y de los medios que la nutren y la hacen posible y visible. Dicho con otras palabras: el Año Sacerdotal ha de ser el año de la espiritualidad sacerdotal, siempre cimentada sobre los pilares de la vida según el Espíritu: oración, liturgia de las horas, Eucaristía diaria, práctica del sacramento de la penitencia, austeridad y singularidad de vida, piedad mariana, así como apostolado y  ejercicio de la propia misión, todo vivido según el Espíritu, en vida de unión y amor y  fuego de Espíritu Santo, desde la conversión permanente alimentada por la oración permanente.

            Atentos, la conversión permanente es base y cimiento de toda espiritualidad, de vida según el Espíritu Santo, de santidad, de toda oración verdadera. Y se habla poco o nada o casi nada de ella. Por lo menos yo no tengo la suerte de oírlo con frecuencia. Basta leer el programa de la formación permanente de las diócesis. Debería tenerse en cuenta lo que dijo Juan Pablo II sobre ella en la PDV y en otros documentos sacerdotales del Vaticano. Y es que resulta antipático, porque es hablar de mortificación en una sociedad del consumismo y placer. Pero que quede claro, el problema de la santidad, el problema de la experiencia de Dios, el problema de la eficacia apostólica, del apostolado, será siempre problema de conversión, esto es, de oración, esto es, de querer amar más a Dios que a nosotros mismos, a nuestros gustos y deseos.

            Para mí, estos tres verbos amar, orar y convertirse se conjugan igual y tienen el mismo valor en relación con la oración, con la santidad, con la perfección de la unión y la experiencia de Dios, con el ser y existir en Cristo. Quiero amar más a Dios, quiero orar y convertirme; quiero convertirme, quiero orar y amar... me cuesta orar, me cuesta convertirme; me he cansado de convertirme, me he cansado de amar más a Dios y de orar, dejaré la oración, será lo más aburrido del mundo, porque la hago sin encuentro de amor con Dios y de conversión en Él.

            Para mí aquí está la clave de la vida de oración, que es decir la clave de la vida de santidad, de unión y experiencia de Dios, del apostolado, de su eficacia. La oración permanente exige y lleva a la conversión permanente; si me canso de convertirme, si no quiero vaciarme de mí mismo, del culto permanente a mi yo, a mí mismo, de vivir pensando en mi más que en Dios, si quito a Dios del centro de mi vida y de mi corazón y pongo mi yo, si el pecado original es el dueño de mí persona y he cambiado el “amarás a tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma con todo tu ser” por el me amaré y me buscaré a mí mismo el primero, con todo mi corazón, con todas mis fuerzas, con todo mi ser, y me doy culto a mí mismo de la mañana a la noche; ya puedo decir misa y predicar, y leer y meditar, trabajar, comulgar todos los días... no habrá comunión porque dentro de mí no cabe Cristo, no cabe su vida, sus sentimientos, su evangelio, porque estoy tan lleno de mí mismo que no cabe Dios, no cabe Cristo, sus criterios y sentimientos, y ya podré hacer y más hacer acciones apostólicas que no son apostolado de Cristo, porque sin el Espíritu de Cristo no podemos hacer las acciones de Cristo: “Sin mí no podéis hacer nada”.

            Y hablar de purificación del pecado de origen, de conversión del yo, de la soberbia, del orgullo,  de mortificación del carácter, de los sentidos, de los criterios, de nuestras ideas de poder y dominar, de la comodidad en un mundo programado precisamente para el yo, para los sentidos, para el consumismo... no es apetecible ni simpático, pero es el único camino que conozco y que el evangelio me enseña: “Si alguno quiere ser mi discípulo... el que no renuncia a todos sus bienes... si el sarmiento no está unido a la vid... al que da fruto se le poda para que dé más fruto...”.

            Y esta falta de conversión permanente, de sígueme, pero permanente al Señor pisando sus mismas huellas de gozo y dolor  lo veo hoy día, y no sólo abajo sino también en las alturas de la Iglesia y por eso todos los días en mi parroquia, desde las 9 de la mañana en que exponemos al Señor y rezamos Laudes, hasta el rosario y las vísperas o Eucaristía de la tarde pedimos: «Por la santidad de la Iglesia, cimentada en la santidad de los obispos, de los sacerdotes  y de los seminaristas, por nuestro seminario y sus vocaciones». Estoy convencido hasta la médula de todo esto, es que lo siento y lo vivo y me duele y el decirlo sé que me cuesta segundos puestos, olvidos y desprecios, pero no puedo callar, y nadie me quitará poder rezar todos los días y a todas horas por esta intención y predicarlo.

            Y como decía al principio: todo se lo debo a la oración, al encuentro con mi Cristo en la oración diaria, que luego se convierte en  permanente, como nos decía el santo cura de Ars,  porque la necesito, porque necesito su ayuda, la de Cristo que me viene en y por la oración, porque vivo, o mejor, Él vive en mí, lo de san Pablo... “ya no soy yo, es Cristo quien vive en mí...”, y porque no soy santo, pero quiero serlo amando a Dios sobre todas las cosas, sobre todos mi egoísmos, yo le necesito a Cristo, necesito el encuentro con Él, necesito sentir su amor y cercanía y consuelo y perdón cada día..., y lo necesito, y quiero amar a mi Dios Trino y Uno sobre todas las cosas, sobre esta tendencia original de darme culto a mí mismo en apegos y honores, y elegir y buscar y ser amigo tan solo de aquellos que me den culto o me puedan dar puestos y honores, más que buscar la gloria de Dios y la verdadera santificación, la verdadera unión de vida con Cristo, único Dios y Salvador. Y este apostolado y esta unión y santificación verdadera sólo es posible por la oración verdadera, por la unión con la vida y sentimientos y experiencia de Dios por la oración contemplativa. Sin conversión permanente no hay oración permanente, y sin oración permanente, no hay experiencia de Dios, de lo que soy y existo en Cristo, de mi consagración sacerdotal.

            Quiero decir también, que es siempre fuerte y continua y muchas veces termina por vencernos la tentación de reducir la oración a momentos determinados, superficiales y apresurados, dejándose vencer por las actividades y las preocupaciones pastorales, olvidando lo que tantas veces se nos ha dicho y hemos predicado: que la oración es el primero y principal apostolado, cimiento de toda la vida espiritual y pastoral del sacerdote o cristiano, no como dos partes, sino como dos maneras distintas de encuentro con Cristo y los hermanos, dos formas distintas de vida apostólica, de actuar en Cristo: oración y acción, pero la acción desde “llamó a los que quiso para que estuvieran con Él y enviarlos a predicar”... debe estar siempre al principio. Sólo después de haber estado con Él, el apóstol está autorizado y capacitado para hablar de Él. No digamos nada si alguno deja la oración para cuando tenga tiempo; terminará no teniéndolo. La oración debe estar en el primer lugar del día; es el apostolado más importante de la jornada.

           

            5. La intención principal, que me ha movido a venir hasta vosotros para dirigir esta meditación, ha sido el convencimiento de la necesidad absoluta de la oración personal, de la amistad y relación personal, del encuentro de amor y unión, no sólo teológica sino principalmente afectiva y contemplativa, con Cristo, para poder vivir en plenitud la identidad sacerdotal, de ser y existir en Cristo Sacerdote, esto es, de ser sacerdotes santos, identificados con el Único Sacerdote y Pontífice (puente) de la Salvación, Jesucristo, Hijo de Dios y de María.

            Este convencimiento lo he adquirido desde la palabra y la vida y ejemplo y seguimiento del Único Sacerdote del Altísimo, Jesucristo, así como desde la experiencia personal y apostólica en cincuenta años de sacerdocio, potenciada también desde el estudio profundo de nuestros místicos y la teología espiritual, como alumno y profesor, durante mi vida.

            Y esto que afirmo del sacerdocio presbiteral vale igualmente para todo cristiano, que, al  estar bautizado, ha sido ungido por el Espíritu Santo y tiene el carácter del sacerdocio común y real; por esta consagración bautismal, injertado en Cristo resucitado como hijo en el Hijo, está llamado también a la unión y santidad, como ha defendido el Vaticano II.

            A la hora de reflexionar con profundidad sobre qué y cómo debemos ser los sacerdotes en la hora actual, en un mundo secularizado, relativista y ateo, que nos está dejando las iglesias vacías y al sacerdote reducido a un profesional de lo religioso, pienso que hemos de dirigir nuestra mirada a lo que somos en Cristo para actuar conforme a nuestra identidad sacerdotal, ya que, como estudiábamos en nuestros años de seminario,  «operari sequitur esse»: el obrar sigue al ser, obramos lo que somos, nadie da lo que no tiene.

            Mucho me preocupa y me ocupa en mi oración y apostolado, --hasta el punto de haberle entregado conscientemente a Cristo mi vida entera--, la secularización exterior a la Iglesia, del mundo; pero lo que más me preocupa y vivo y me duele es la secularización interna de la misma Iglesia, especialmente de sus sacerdotes y seminaristas, que se va produciendo insensiblemente en nosotros, por la lluvia ácida de la secularización del mundo.

            Esta vez la secularización no viene desde la misma Iglesia, como pasó después del Vaticano II, con movimientos sacerdotales secularizantes, sino desde el mundo que nos invade porque olvidamos o nos cuesta “estar en el mundo sin ser del mundo”, que ya nos advirtió el Señor.  Y el único sacramento que me hace consciente de ello, y me purifica y me da fuerza y vida en todos los demás sacramentos, y me hace entrar dentro del corazón de los ritos y gestos y palabras de la liturgia y actividad sacerdotal es la oración, y si he de decirlo con verdad completa, de la oración un poquito elevada, que haya purificado ya parte de mi yo, y que deje más capacidad de estar a Dios en mí, que pueda decir ya no soy yo es Cristo quien vive en mí, que me haya limpiado o matado un poco más este deseo de buscarme y amarme con todo mi corazón y con todas mis fuerzas por encima del amor de Dios, que eso es todo pecado, más o menos grave, según la lejanía del amor de Dios.

            La “verdad completa”, de la que Cristo nos habla antes de subir al cielo: “porque os he dicho estas cosas os habéis entristecido, pero os digo la verdad, os conviene que yo me vaya porque si yo no me voy, no viene a vosotros el Espíritu Santo... él os llevará a la verdad completa...”  es la verdad sentida y vista y experimentada por el fuego de la oración que es luz que ilumina y fuego que enciende el corazón, como los Apóstoles en Pentecostés. La oración es el Pentecostés permanente del que podemos gozar todos los días. Ya lo explicaré brevemente más adelante.

            Por otra parte, al tener que tirar continuamente del carro de la salvación de nuestros feligreses y del mundo, este esfuerzo continuo y a veces poco correspondido por parte de los creyentes, termina por agotar nuestras fuerzas que, si no se renuevan todos los días por la oración personal permanente, corren el peligro, por la inercia y el cansancio adquiridos con el tiempo, de que nos identifiquemos poco a poco con ese mundo al que hemos sido enviados para salvarlo, no para identificarnos; y en el cual, como nos advirtió el Señor, tenemos que estar “...pero sin ser del mundo”.

            La raíz y quicio de esta falta de entusiasmo y convencimiento y fuerza de salvación, es la falta de santidad y unión personal con Cristo, causada esencialmente por la falta de oración personal, de meditación, de experiencia de Dios, motivada por el abandono de la conversión permanente, que lleva consigo toda amistad permanente con el Señor, que implica toda unión personal con Él, toda oración, que siempre será cuestión de amar más convirtiéndonos cada día más en Cristo Jesús, porque será avanzar en «tratar de amistad».

            Por eso, en estos tiempos actuales y difíciles para la fe, no basta un amor ordinario a Cristo, sino que se requiere un amor extraordinario y personal al único Salvador del mundo, no hay otro que pueda salvarnos, podemos comprobarlo todos los días y en el mundo entero; Europa, España está más triste, las familias más tristes, los matrimonios más tristes, se rompen por nada, los hijos más tristes, no tienes padres unidos, los padres más tristes, porque nos hemos alejado del amor, del amor de Dios “Dios es amor”, de la fuente de amor y de la felicidad, y no nos sentimos amados, estamos muy solos. Para sentirnos amados y amar, sólo Dios es la fuente y la fuerza; y para esto, hemos de pasar de una fe heredada a una fe y amor a Cristo que tiene que llegar a ser personal, encuentro de amistad personal con Cristo, relación o amistad personal con Cristo vivo, no meramente estudiado.

            No todos están mentalizados y preparados para este cambio, pero está claro que hoy no basta una fe heredada, estudiada, teológica, a veces rutinaria, muchas veces apoyada en el puro ambiente cristiano, en iglesias llenas y en la estima del sacerdote que tenía el pueblo, sino que tenemos que caminar hacia una fe y amor que sea experiencia personal  de Cristo, porque ya no tenemos muchos apoyos. Y esto es posible por la oración.

           

            6. Para conseguir esta experiencia y amistad y relación personal con Cristo hay diversos caminos, pero en todos ellos debe haber fe y amor personal, esto es,  relación personal de amor con Él, por la «lectio, meditatio, oratio et contemplatio» de la tradición de la Iglesia, la oración «mental», de que nos hablan los hombres de espíritu, los santos, llamada «mental», para distinguirla de la vocal principalmente, y para resaltar la necesidad de la «lectio» y «meditatio», de la teología arrodillada, aunque esta relación, como luego veremos, y apoyados en nuestros Maestros y Doctores de la Oración, santa Teresa y san Juan de la Cruz, es más «cuestión de amor» que de entendimiento, o si quieres, para hablar con más propiedad, es cuestión de conocimiento amoroso de Dios, por la «llama de amor viva» que arde en la oración y relación personal con Dios, llama que, como dice san Juan de la Cruz, a la vez que ilumina la inteligencia, calienta el corazón del orante: «¡Oh llama de amor viva, qué tiernamente hieres de mi alma en el más profundo centro....».

            Así lo entendía también santa Teresa, para quien la oración mental era encuentro de amistad con Cristo, amor ansioso, de más y más amar al Amado: «que no es otra cosa oración mental, sino tratar de amistad... es el particular cuidado que Dios tiene de comunicarse con nosotros y de andarnos rogando... que nos estemos con Él... todos somos hábiles para amar... para orar...».

            «La oración nos es posible porque el Espíritu Santo ha sido derramado en nosotros. Es el Espíritu de oración: “El Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos cómo pedir para orar como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables” (Rm 8,26). El Espíritu nos ora; agita filialmente nuestro corazón, proyectándonos en segura confianza hacia el Padre. Y pone en nuestros labios la palabra de alabanza o el gemido del dolor por la experiencia de la lejanía y de la distancia.

            Y este Espíritu de oración que nos vive es nuestra radical, indestructible posibilidad de dirigirnos personalmente a Dios, sea cual fuere la situación cultural, psicológica, religiosa. Más fuerte que todas las dificultades que nos cercan, interiores o exteriores, constituyen nuestra perenne reserva de oración. «Si se le da lugar», sumerge al hombre en el diálogo intratrinitario. Escucha y respuesta. Acogida y donación.

            Oramos en y por el Espíritu. Y sólo por y en Él. Él hace que realmente el hombre trate con Dios, lo alcance en su silencio receptivo y en su palabra responsiva. La oración mística de algunos  orantes revela ese potencial de oración actuado en parte. Es la explosión llamativa de la capacidad germinalmente concedida a todos.

            Pero este Espíritu --en plenitud relativa de presencia (silencio y palabra) en los místicos-- es el mismo que actúa en la oración cristiana más rudimentaria; el que se abre paso entre nuestras proyecciones subjetivas, nuestras carencias y pobrezas, nuestros egoísmos. No es purista el Espíritu. Es purificador que es muy distinto. Se da al hombre histórico, al hombre concreto. Y en él opera. Con discreción, misteriosamente. Por eso resulta tan difícil detectarlo y aprehenderlo en el sentimiento, moción interior o palabra.

            A este Espíritu tiene que remitirse el cristiano para aprender el arte de orar. Palabra primera. Y, también palabra última. Porque por él comenzamos nuestros balbuceos de oración. Y por él llegan a ser palabras grávidas de comunión.

            Pero, ¿cómo «le damos lugar»? ¿Cómo advertimos su presencia, secundamos sus movimientos, oramos con él? ¿Cómo conocemos su voz «subiéndonos» desde el hondón de nuestro espíritu y diluyéndose por nuestras venas?

            Preguntas delicadas para la pedagogía de la oración. Porque el hombre que lo recibe está amasado de riquezas y posibilidades circunstanciales (quiero decir fruto de la situación cultural, humana, religiosa, ambiental), pero también está gravado por pobrezas y carencias que le condicionan más o menos seriamente, en verdad. Unas y otras --condiciones favorables y condicionamientos negativos-- inciden en el nacimiento y evolución de la oración. En su discernimiento y en su tratamiento posterior está el éxito o el fracaso del futuro orante.

            No es fácil, pero es posible detectar la presencia activa del Espíritu, oír su voz y unirnos a ella en testimonio concorde, progresivo de filiación. Para ello la Iglesia cuenta con una herencia secular y cualificada de experiencia oracional, que ha adquirido nombre propio en algunos de sus hijos, palabras fecundas, incentivadoras y discernidoras de la experiencia personal de oración.

            Oír esa experiencia, una y plural, constante aunque con oscilaciones de signo vario, es metodológicamente conveniente y hasta necesario para ir alumbrando el propio ser oracional. En la seguridad de la comunión y en la aventura de la originalidad personal. La oración no comienza con nosotros, pero tampoco terminó en generaciones pasadas. Fundamentalmente porque el Espíritu es actividad permanente, en el hombre de hoy no menos que en el de ayer. Pero el Espíritu es también memoria de una historia que sigue derramándose en nosotros configurándonos e instándonos a ser coagentes de la misma. Por eso, el hombre concreto está en el centro: destinatario de una experiencia que viene de atrás y actor de la que apunta hacia adelante» (MAXIMILIANO HERRÁIZ, La oración, pedagogía y proceso, Narcea, Madrid 1986, págs 36-38).

            Todos estamos llamados a la oración. La oración personal, por lo menos afectiva, en nosotros sacerdotes, es esencial para ser y existir sacerdotalmente en Cristo. Quiero afirmarlo claro y desde el principio, para todos mis hermanos sacerdotes, sobre todo, para los que hemos vivido los tiempos posteriores al Concilio, en los que se malinterpretó la «caridad pastoral», el concepto de ministerio santificador que propone el Concilio, como si el apostolado por sí mismo santificase.

            Sin oración, los sacerdotes no podemos nada, porque nos faltará el espíritu de Cristo para hacer y actuar como Él. Sin el Espíritu de Cristo no podemos hacer las acciones de Cristo. Y esto lo queremos afirmar desde la misma vida de Cristo, desde su enseñanza en el Evangelio, desde los Apóstoles y la Iglesia, que desde el primer momento lo tuvo muy claro: “Nosotros debemos dedicarnos a la oración y a la predicación de la Palabra”. Cuanto adelantaríamos si dedicásemos más tiempo a la oración. Es el fundamento, el mejor apostolado. Mirad lo que dice  san Juan de la Cruz: «Mi alma se ha empleado y todo mi caudal en su servicio: ya no guardo ganado ni ya tengo otro oficio, que ya solo en amar es mi ejercicio». (Can B 28) Y comenta así esta canción el santo: «Adviertan , pues, aquí los que son muy activos, que piensan ceñir al mundo con sus predicaciones y obras exteriores, que mucho más provecho harían a la Iglesia y mucho más agradarían a Dios, dejado aparte el buen ejemplo que de si darían, si gastasen siquiera la mitad de este tiempo en estarse con Dios en oración, y habiendo cobrado fuerzas espirituales en ellas; porque de otra manera todo es martillar y hace poco más que nada, y a veces nada, y aun a veces daño. Porque Dios os libre que se comience a perder la sal (Mt 5,13), que, aunque más parezca hace algo por fuera, en sustancia no será nada, cuando está cierto que las buenas obras no se pueden hacer sino en virtud de Dios” (Can 28, 3).

            En estos últimos tiempos de Iglesia, el concilio Vaticano II habló y quedó muy evidente esta doctrina que luego, de una forma repetida y teológica, insuperable para mí, han ido explicando y testimoniando todos los Papas posteriores hasta el día de hoy. Nunca he visto tanto y tan bueno y teológico y claro sobre la necesidad de la oración en la vida del Sacerdote.

            En esta meditación intento recordar algunos puntos fundamentales que nos ayuden a todos a mantenernos fieles a la oración diaria, al encuentro con el Señor, y que nos animen a integrar nuestra vida en la suya y poderle prestar nuestra humanidad para que Él actúe con plena identidad, como si fuera la suya primera e histórica. Es a Él a quien le hemos prestado y consagrado nuestra humanidad, para que Él la haga totalmente suya y actúe con la misma libertad como se sirvió de la humanidad que le dio la Madre Sacerdotal, la hermosa nazarena, la Virgen bella.

            Ya sé que algunos estaréis diciendo que la liturgia sagrada, la oración litúrgica, especialmente la Plegaria Eucarística, es y debe ser «el centro y culmen de toda la vida de la Iglesia», y, por tanto, de todos y cada uno de sus miembros. Pero por lo visto y vivido, si yo celebro los misterios sagrados y no entro dentro del corazón de las palabras y acciones litúrgicas por la oración personal, por la fe y amor personal, y me limito a ser un buen «profesional» litúrgico, no me santifican, porque no celebro “en Espíritu y Verdad”; en Espíritu Santo y en la Verdad de la Palabra escuchada en mi corazón, como María, Palabra revelada o pronunciada por el Padre para todos los que somos sus hijos, para que se encarne y vivamos por Ella.

            Juan Pablo II nos dice: «En nuestra vida sacerdotal la oración tiene una variedad de formas y significados, tanto la personal, como la comunitaria, o la litúrgica (pública y oficial). No obstante, en la base de esta oración multiforme siempre hay que encontrar ese fundamento profundísimo que pertenece a nuestra existencia en Cristo, como realización especifica de la misma existencia cristiana, y más aún, de modo más amplio de la humana». (Carta a los sacerdote, Jueves Santo 1979).

            «La vida espiritual del sacerdote no se agota en el ejercicio de la evangelización, de la santificación y del gobierno. El ministerio no es un generador automático de santidad. Promueve la santificación del sujeto que lo desempeña, a condición de que él realice en su vida las exigencias evangélicas de la ascesis cristiana y la que es propiamente sacerdotal. La vida espiritual cristiana y presbiteral es fruto de la fuerza transformadora del Espíritu Santo. Esta acción transformante debe ser recibida, secundada de una forma existencial y testimoniada en la dimensión específica del sacerdote por la oración» (A. FAVALE, El Ministerio Sacerdotal,  Madrid 1989, pág 309).

            Hay muchos sacerdotes que viven así. Nosotros, también. Hay que descubrirse ante unos sacerdotes con esta fidelidad, apoyada en la fidelidad de Cristo Sacerdote al Padre. Es el lema de este año sacerdotal: Fidelidad de Cristo, fidelidad del sacerdote. Ha sido su fe y su fidelidad al Señor vivida en la intimidad y en la cercanía de la oración personal, junto con el sentido de comunión eclesial, lo que les ha permitido conservar lo fundamental, su identidad con Cristo Sacerdote, su fidelidad a Cristo.

           

            7. El orden que estamos siguiendo y vamos a seguir en esta meditación es el siguiente: Después de esta introducción general, que ha sido expositiva ya del tema, sobre la necesidad absoluta de la oración en la vida del sacerdote, para ser y existir en Cristo, quiero grabaros en vuestros corazones y en vuestra mente tres ideas fundamentales, principales:

 

-- «Prima propositio» o afirmación: La peor pobreza de la Iglesia es la pobreza de experiencia de Dios, es decir, de fe viva por la oración, especialmente en los sacerdotes, no digamos en los formadores de noviciados y seminarios, en los directores o padres espirituales, principalmente los obispos, que son los que tienen que regir la diócesis y el seminario, donde nos formamos; a nivel personal: la peor pobreza que puedo sufrir es la pobreza de oración o relación de amistad personal con Cristo,  porque no seré testigo de lo que predico, no lo experimento; no podré ser celebrante de lo que realizo, no lo vivo; no podré entusiasmar con Cristo, no digamos con Cristo Eucaristía, si a mí me aburre.

            Queridos hermanos sacerdotes, empecemos hoy mismo a tomarnos en serio el hacer una hora de oración todos los días, que la vida se pasa enseguida, que ya tengo 73 años, que haré este año mis bodas de oro sacerdotales, si ya estoy en la eternidad, en Dios, en Él para siempre... venga, no perdamos el tiempo, os digo que todo se pasa enseguida, que esto no existe, sólo Dios, la Verdad, el Amor, la Eternidad... Hagamos oración, empecemos la eternidad en el tiempo.

 

-- «Secunda propositio» o afirmación: la pobreza de experiencia de Dios está causada por la pobreza de oración personal;  para tener  experiencia de Dios, hay que subir por la montaña de la oración hasta la contemplación: para sentir a Cristo vivo, vivo y resucitado, y tener vivencia de lo que somos y creemos y celebramos; lo dice el evangelio: “Venid vosotros a un sitio aparte...”; el sitio aparte y alejado del ruido, es la contemplación del desierto... “Jesús llamó a los que quiso para que estuvieran con Él y enviarlos a predicar... los llevó a una montaña alta y allí se transfiguró delante de ellos... y oyeron al Padre... qué bien se está aquí, haremos tres chozas...”,  hay que subir a la montaña para contemplar a Cristo de una forma distinta al llano... ; es la vida y la triple conversión en ser y existir de Pablo, de que hemos hablado al principio, la experiencia mística;  y san Juan, el teólogo contemplativo, descubridor y conocedor de los misterios de Cristo por la cabeza inclinada sobre su pecho, forma o expresión externa de lo interior...  todos los santos, la Iglesia de todos los tiempos, especialmente de los últimos años, que ha publicado documentos, para mí insuperables, sobre la oración, sobre la vida y ministerio de los sacerdotes, desde la PO. del Vaticano II, pasando por  Pastores dabo vobis, Novo Millenio Ineunte...etc.  Es el camino siempre propuesto y defendido por los maestros de la vida espiritual, de la santidad del sacerdote, del cristiano, de todo bautizado; y desde siempre con la lectio,  meditatio, oratio y contemplatio.

 

-- «Tertia propositio» o afirmación: la pobreza de oración está causada por la pobreza de amor y conversión a Dios; la causa principal de no tener oración o tenerla muy baja, es la falta de conversión, de la que quiero hablar, aunque someramente, porque de algunas de estas cosas tengo libros enteros escritos, como el que os voy a regalar; lo expreso así: la oración permanente, o sea, el amor permanente a Dios sobre todas las cosas exige oración permanente, que en mí, Gonzalo Aparicio, no terminará hasta dos horas después de mi muerte, porque hasta dos horas después de mi muerte, no estaré seguro de haber dado muerte a mi yo que tanto quiero y busco y mimo sobre el mismo amor de Dios;  me quiero tanto a mí mismo, me busco y  me tengo tanto amor y cariño y ternura, que hasta dos horas, por lo menos, de haber muerto y estar ya con Dios amándole con su mismo amor de Espíritu Santo en el seno Trinitario, no estoy seguro de que haya muerto el amor que me tengo, mi yo, que tanto  quiero y busco siempre, y se prefiere a Dios incluso en las cosas de Dios --¡si nos diéramos cuenta, si fuéramos conscientes de ello, cuánto adelantaríamos en el amor a Dios, en santidad, en fraternidad verdadera!--, no digamos en amor entre hermanos sacerdotes ¡qué poco nos queremos! Y todo esto lo veo clarísimo en mí mismo y lucho todos los días, y lo voy consiguiendo poco a poco por la oración, por la amistad personal con Cristo, por el amor que me comunica el diálogo personal con Él.

           

            8. Bien, hemos enunciado las tres proposiciones de la thesis; ahora, como en mis buenos tiempos de estudio de la teología escolástica, hay que pasar a las pruebas, «argumentatio», a  los argumentos:

 

            A) Primer argumento o prueba, y como estamos en mis bodas de oro sacerdotales y he vuelto, mejor, he comenzado, en mi mente y corazón, en este mes de octubre de este año, como mi último curso de hace 49 años, 1959, en mi queridísimo Seminario de la Inmaculada de Plasencia, y  se trata de una meditación y estamos en la Capilla y un superior del seminario nos está leyendo la meditación de la mañana en la que había varios puntos para que los meditásemos en oración personal comunitaria, me parece oír al superior que dice en voz alta: primer punto de esta meditación: meditemos en LA MISMA VIDA DE CRISTO; y a mí me parece que, meditándolo, para todos nosotros y todos los creyentes, es la mejor prueba que puedo poner. Si fuera en la clase de Teología de las 9 de la mañana, don Pelayo diría: Prima argumentatio, ex sacra Scriptura:

El Evangelio nos presenta a Jesús haciendo oración en todos los momentos importantes de su misión. Recordamos ahora algunos, para que nos convenzamos más y lo vivamos mejor. Su vida pública, que se inaugura con el Bautismo, comienza con la oración (cf. Lc 3, 21). Incluso en los períodos de más intensa predicación a las muchedumbres, Cristo se concede largos ratos de oración (Mc 1,35; Lc 5, 16). Ora antes de exigir  a sus Apóstoles una profesión de fe (Lc 9, 18); ora después del milagro de los panes, Él solo, en el monte (Mt 14, 23; Mc 6, 46); ora antes de enseñar a sus discípulos a orar  (Lc 11,1); ora antes de la excepcional revelación de la Transfiguración, después de haber subido a la montaña precisamente para orar (Lc 9, 28) y de paso nos enseña cómo en la oración o encuentro de la transfiguración es donde el alma siente el gozo y la experiencia de lo que Cristo es y revela; ora antes de realizar cualquier milagro (Jn 11, 4 1-42); y ora en la Última Cena para confiar al Padre su futuro y el de su Iglesia (Jn 17). En Getsemaní eleva al Padre la oración doliente de su alma afligida y horrorizada (Mc 14, 35-39 y paralelos), y en la cruz le dirige las últimas invocaciones, llenas de angustia (Mt 27, 46), pero también de abandono confiado (Lc 23, 46).

Se puede decir que toda la misión de Cristo está animada por la oración, desde el inicio de su ministerio mesiánico hasta el acto sacerdotal supremo: el sacrificio de la cruz, que se realizó en la oración.

 Los que hemos sido llamados a participar en la misión y el sacrificio de Cristo, encontramos en la comparación con su ejemplo el impulso para dar a la oración el lugar que le corresponde en nuestra vida, como fundamento, raíz y garantía de santidad en la acción. Más aún, Jesús nos enseña que no es posible un ejercicio fecundo del sacerdocio sin la oración, que protege al presbítero del peligro de descuidar la vida espiritual, la vida según el Espíritu, dando la primacía a la acción, y de la tentación de lanzarse a la actividad hasta perderse en ella. Sin tener el espíritu de Cristo no podemos hacer las acciones de Cristo.

 

Secunda argumentatio: ex doctrina Ecclesiae: También el Sínodo de los obispos de 1971, después de haber afirmado que la norma de la vida sacerdotal se encuentra en la consagración a Cristo, fuente de la consagración de sus Apóstoles, aplica la norma a la oración con estas palabras: «A ejemplo de Cristo que estaba continuamente en oración y guiados por el Espíritu Santo, en el cual clamamos Abbá, Padre, los presbíteros deben entregarse a la contemplación del Verbo de Dios y aprovecharla cada día como una ocasión favorable para reflexionar sobre los acontecimientos de la vida a la luz del Evangelio, de manera que, convertidos en oyentes fieles y atentos del Verbo, logren ser ministros veraces de la Palabra. Sean asiduos en la oración personal, en la recitación de la liturgia de las Horas, en la recepción frecuente del sacramento de la penitencia y, sobre todo, en la devoción al misterio eucarístico» (Documento conclusivo de la Asamblea general del Sínodo de los obispos sobre el sacerdocio ministerial, n. 3).

            Juan Pablo II: «Es la oración la que señala el estilo esencial del sacerdocio; sin ella, el estilo se desfigura. La oración nos ayuda a encontrar siempre la luz que nos ha conducido desde el comienzo de nuestra vocación sacerdotal, y que sin cesar nos dirige, aunque alguna vez da la impresión de perderse en la oscuridad. La oración nos permite convertirnos continuamente, permanecer en el estado de constante tensión hacia Dios, cosa que es indispensable si queremos conducir a los demás a Él. La oración nos ayuda a creer, a esperar y a amar, incluso cuando nos lo dificulta nuestra debilidad humana» (Carta a los sacerdotes, 8-4-1979, n. 10c).

            Y ahora que hemos probado la tesis con los textos del Evangelio, con la misma vida de Cristo, y con la doctrina de los Concilios y de los Papas, paso a formular otra vez la misma proposición, pero enriquecida, y, por tanto, un poco más ampliada: LA PEOR POBREZA DE LA IGLESIA, ES DECIR, DE TODO BAUTIZADO, DE TODO SACERDOTE, SEA OBISPO O CARDENAL, ES LA POBREZA ESPIRITUAL Y MÍSTICA, ESTO ES, LA  «POBREZA DE EXPERIENCIA DE DIOS»,  POR LA FALTA O POBREZA DE ORACIÓN CONTEMPLATIVA. Y ESTA POBREZA SE NOTA LUEGO EN LA PREDICACIÓN, EN EL APOSTOLADO, EN LA RELACIÓN CON DIOS Y LOS HOMBRES, EN LA SANTIDAD DE VIDA Y AMOR, EN LA CARIDAD FRATERNA...

 

   Y hora a meditar todos en silencio: cómo me encuentro yo en oración, soy fiel a ella todos los días;  cómo me encuentro yo en conversión, conversión de mi orgullo, soberbia, no vivir para buscar puestos y honores... cómo en la lucha del espíritu contra la carne, contra el mundo, contra el consumismo, la comodidad...

SEGUNDA MEDITACIÓN

B) Segunda prueba: Pentecostés: argumentación: los Apóstoles habían convivido con el Señor tres años, habían visto y oído todo lo que había dicho y obrado, todos los milagros, rezado y hecho confesiones de fe, es más, estaban recién ordenados sacerdotes en el  Jueves Santo, pero  llega la pasión, la posibilidad de tener que dar la vida por Él y se largan... y estaban recién ordenados con infinito fervor del Jueves Santo por el mismo Cristo, unas horas antes... sólo Juan, y qué casualidad, el de la cabeza inclinada sobre el pecho de Cristo... es el que cree de verdad en Él y le ama y le sigue hasta la cruz, junto con su Madre: “He ahí a tu madre, he ahí a tu hijo”.

Segundo punto de meditación: ahora Cristo ya ha resucitado y se muestra a ellos resucitado y les perdona y come y celebra la Eucaristía con ellos... y, sin embargo, siguen con las puertas cerradas y metidos en el Cenáculo sin salir por miedo a los judíos. Y han recibido el mandato de salir por el mundo entero y predicar el evangelio.

Y voy a demostrar la proposición, esto es, la necesidad de la oración contemplativa para tener experiencia de Cristo: ahora sabemos por los hechos de los Apóstoles que “están reunidos en oración con María”,  y reciben el Espíritu Santo que Cristo les había prometido... y les quema el corazón y abren las puertas y predican a Cristo hasta dar la vida, siendo testigos, mártires de lo que creen y predican, porque tienen una fuerza, que es el Espíritu mismo de Cristo, que no les deja callar aunque tengan que dar la vida, porque ahora no son ellos, es el Espíritu de Cristo quien habita en ellos.

Ese día, el día de Pentecostés, vino Cristo todo entero y completo, Dios y hombre, pero hecho fuego y llama de Espíritu Santo a sus corazones, no como experiencia puramente externa de apariciones, sino con presencia y fuerza de Espíritu quemante, sin mediaciones exteriores o de carne, sino hecho «llama de amor viva», y esto les quemó y abrasó las entrañas, el cuerpo y el alma, y esto no se puede sufrir sin comunicarlo.

            Para Juan, el morir de Cristo no fue sólo exhalar su último suspiro, sino entregar su Espíritu al Padre, porque tiene que morir; por eso el Padre le resucita entregándole ese mismo Espíritu, Espíritu del Padre y del Hijo que resucita a Jesús, para la vida nueva y la resurrección de los hombres. En el hecho de la cruz nos encontramos con la revelación más profunda de la Santísima Trinidad, y la sangre y el agua de su costado son la Eucaristía y el bautismo de esta nueva vida.

            La partida de Jesús es tema característico del cuarto evangelio: “Pero os digo la  verdad: os conviene que yo me vaya, porque si yo no me voy, no vendrá a vosotros el Espíritu Santo, pero si me voy, os lo enviaré… muchas cosas me quedan aun por deciros, pero no podéis llevarlas ahora, pero cuando viniere Aquél, el Espíritu de verdad, os guiará hasta la verdad completa, porque no hablará de sí mismo, sino que hablará de lo que oyere y os comunicará de lo que vaya recibiendo. Él me glorificará porque tomará de lo mío y os lo dará a conocer. Todo cuanto tiene el Padre es mío; por eso os he dicho que tomará de lo mío y os lo dará a conocer” (Jn 16,7-16).

            Qué texto más impresionante. Reconozco mi debilidad por Juan y por Pablo. Está clarísimo, desde su resurrección Cristo está ya plenamente en el Padre, no sólo el Verbo, sino el Jesús ya verbalizado totalmente a la derecha del Padre, cordero degollado en el mismo trono de Dios, y desde allí nos envía su Espíritu desde el Padre, Espíritu de resurrección y de vida nueva. Este es el tema preferentemente tratado por Pablo que nos habla siempre “del Espíritu que resucitó a Jesús de entre los muertos”.

No se pueden separar Pascua y Pentecostés, Salvación Apostólica y Unión con el Espíritu Santo, no hay vida nueva y resucitada en la Eucaristía y en los Sacramentos sin epíclesis, sin invocación al Espíritu Santo, memoria y memorial de la Iglesia, para que realice lo que dice el sacerdote en nombre de Cristo en los sacramentos, especialmente en la Eucaristía, fuente y culmen de todo apostolado.

El envío del Espíritu Santo es la plenitud cristológica, es la pascua completa, la verdad completa, fruto esencial y total de la Resurrección. Si analizáramos más detenidamente esta realidad maravillosa de Pentecostés, que tiene que seguir siendo actual en la Iglesia, en nosotros, nos encontraríamos con el Pentecostés lucano, que es principalmente espíritu de unidad de lenguas frente a la diversidad de Babel por el espíritu de profecía, de la palabra, ni el de Pablo, que es caridad y carismas: “si por tanto vivimos del Espíritu Santo, caminemos  según el Espíritu” no según la carne, carne y espíritu, naturaleza y gracia.

            Retomo el texto anterior de Juan: “Porque os he dicho estas cosas os ponéis tristes, pero os digo la verdad, os conviene que yo me vaya porque si yo no me voy no vendrá a vosotros el Espíritu, pero si me voy os lo enviaré… Él os llevará a la verdad completa”.

Vamos a ver, Señor, con todo respeto: ¿es que Tú no puedes enseñar la verdad completa, es que no sabes, es que no quieres, es que Tú no nos lo has enseñado todo? Pues Tú mismo nos dijiste en otra ocasión: “Todo lo que me ha dicho mi Padre os lo he dado a conocer”. ¿Para qué necesitamos el Espíritu para conocer la Verdad, que eres Tú mismo? ¿Quién mejor que Tú, que eres la Palabra pronunciada por el Padre desde toda la eternidad? ¿Por qué es necesario Pentecostés, la venida del Espíritu sobre los Apóstoles, María, la Iglesia naciente? Los apóstoles te tienen a Ti resucitado, te tocan y te ven ¿qué más pueden pedir y tener?  Y Tú erre que erre, que tenemos que pedir el Espíritu Santo, que Él nos lo enseñará todo, ¿pues qué más queda que aprender?; que Él nos llevará hasta la verdad completa…¿pues es que Tú no puedes? ¿no nos has comunicado todo lo que el Padre te ha dicho, no eres Tú la Palabra en la que el Padre nos ha dicho todo?  “En el principio ya existía la Palabra y la Palabra estaba junto a Dios y la Palabra era Dios… Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros…”.  No se puede hacer ni amar más.

            Queridos hermanos, en Pentecostés Cristo vino no hecho Palabra encarnada sino fuego de Espíritu Santo metido en el corazón de los creyentes, vino hecho llama, hecho experiencia de amor, vino a sus corazones ese mismo Cristo, “me iré y volveré y se alegrará vuestro corazón” pero hecho fuego, no palabra o signo externo, hecho llama de amor viva y apostólica, hecho experiencia del Dios vivo y verdadero, hecho amor sin límites ni barreras de palabra y de cuerpo humano, ni milagros ni nada exterior sino todo interiorizado, espiritualizado, hecho Amor, experiencia de amor que ellos ni nosotros podemos fabricar con conceptos recibidos desde fuera aún por el mismo Cristo y que sólo su Espíritu quemante en lenguas de fuego, sin barreras de límites creados, puede por participación meter en el alma, en el hondón más íntimo de cada uno.

            En Pentecostés todos nos convertimos en patógenos, en sufrientes del fuego y amor de Dios, en pasivos de Verbo de Dios en Espíritu ardiente, en puros receptores de ese mismo amor infinito de Dios, que es su Espíritu Santo, en el que Él es, subsiste y vive.

Por el Espíritu nos sumergimos en  ese volcán del amor infinito de Dios en continuas explosiones de amor personal trinitario y a cada uno de nosotros en su mismo amor Personal de Padre al Hijo y del Hijo al Padre, algo imposible de saber y conocer si no se siente, si no se experimenta,  si no se vive por Amor, por el mismo amor del Padre al Hijo y del Hijo al Padre, donde uno los sorprende en el amanecer eterno del Ser y del Amor Divino, y uno queda extasiado, salido de sí porque se sumerge y se pierde en Dios.

Allí es donde se entiende el amor infinito y verdadero de un Dios infinito por su criatura; allí es donde se comprenden todos los dichos y hechos salvadores de Cristo; allí es donde se sabe qué es la eternidad de cada uno de nosotros y de nuestros feligreses; allí se ve por qué el Padre no hizo caso a su Hijo, al Amado, cuando en Getsemaní le pedía no pasar por la muerte, pero no escuchó al Hijo amado, porque ese Padre suyo, que le ama eternamente, es también nuestro Padre, ante el cual el Espíritu del Hijo amado en nosotros nos hace decir en nuestro corazón: «abba», papá del alma.

El Hijo amado que le vió triste al Padre porque el hombre no podía participar de su amor esencial y personal para el que fue creado, fue el que se ofreció por nosotros ante la Santísima Trinidad: “Padre,  no quieres ofrendas y sacrificios, aquí estoy yo para hacer tu voluntad…” y el Padre está tan entusiasmado por los hijos que van a volver  a sus brazos, a su amor esencial, para lo que fueron creados, está tan ensimismado en este retorno, que olvida al mismo Hijo Amado junto a la cruz; Cristo se quedó solo, abandonado, sin sentir la divinidad porque el precio era infinito, ya que la conquista, la redención era infinita: entrar en la misma intimidad de Dios, en su corazón de Padre, quemado de amor a los hijos en el Hijo. Qué misterio, qué plenitud y belleza de amor divino al hombre. Dios existe, Dios existe y me ama, es verdad, Dios nos ama, se puede vivir y experimentar aquí abajo, está tan cerca…

 

 Los Apóstoles fueron transformados en Cristo Resucitado por su mismo Espíritu –Espíritu Santo-, esto es, en llamas ardientes de su Amor apostólico, como Él se lo había prometido.

 

            Habían escuchado a Cristo y su evangelio, habían visto sus milagros, han comprobado su amor y ternura por ellos, le han visto vivo y resucitado, han recibido el mandato de salir a predicar, pero aún permanecían inactivos, con las puertas cerradas y los cerrojos echados por miedo a los judíos; no se le vienen palabras a la boca ni se atreven a predicar que Cristo ha resucitado y vive.

Y ¿qué pasó? ¿por qué Cristo les dijo que se prepararan para recibir el Espíritu Santo, que Él rogaba por esto, que nosotros también tenemos que desearle y pedirle que venga a nosotros? Pues que hasta que no vuelve ese mismo Cristo, pero hecho fuego, hecho Espíritu, hecho llama ardiente de experiencia de Dios, de sentirse amados, no abren las puertas y los cerrojos y predican desde el balcón del Cenáculo, y todos entienden siendo de diversas lenguas y culturas y empieza el verdadero conocimiento y conversión a Cristo y el verdadero apostolado, vamos, el completo, la verdad completa del cristianismo.

            Hasta que no llega Pentecostés, hasta que no llega el Espíritu y el fuego de Dios, todo se queda en los ojos, o en la inteligencia o en los ritos; es el Espíritu, el don de Sabiduría, el «recta sapere», el gustar y sentir y vivir… lo que nos da el conocimiento completo de Dios, la teología completa, la liturgia completa, el apostolado completo. 

Es necesario que la teología, la moral, la liturgia baje al corazón por el espíritu de amor para quemar los pecados internos, perder los miedos y complejos, abrir las puertas y predicar no lo que se sabe sino lo que se vive.

Y el camino es la oración, la oración y la oración, desde niño hasta que me muera, porque es diálogo permanente de amor. Pero nada de tratados de oración, de sacerdocio, de Eucaristía teóricos,  sino espirituales, según el Espíritu, que no es solamente vida interior, sino vida según el Espíritu.

            Oración ciertamente en etapas ya un poco elevadas donde ya no entra el discurso, la meditación sino la contemplación: Lectio, Meditatio, Oratio, Contemplatio; primero oración discursiva, con lectura de evangelio o de lo que sea, pero siempre con conversión; luego, un poco limpio, si avanzo en la conversión, avanzo en la oración y empiezo a sentir a Dios, a ver a mi Dios y como le veo un poco más cercano, me sale el diálogo, ya no es el Señor lejano de otros tiempos que dijo, hizo, sino Tú, Jesús que estás en mí, que estás en el sagrario, te digo Jesús, te pido Jesús que… y es diálogo afectivo no meramente discursivo, y de aquí si sigo purificándome, y es mucho lo que hay que purificar, aquí no hay trampa ni cartón, a Cristo no le puedo engañar…

 

C) Tercera prueba o argumento: San Pablo, la vida, el ser y actuar de Pablo.

            Pablo no ha conocido al Cristo histórico, no había hablado ni oído y visto sus milagros, pruebas de su divinidad; no había comido con Él, y por la oración unitiva contemplativa que tuvo en Damasco, o si la quieres llamar, la  contemplación o experiencia mística que tuvo aquel día, alimentada desde entonces por la oración  y la Eucaristía celebrada con amor y vivida en su mismo Espíritu Santo, conoció a Cristo más que todos o, al menos, algunos de los Apóstoles que le habían visto resucitado y antes comido y vivido con Él, y conoció todos sus misterios y le amó más que si le hubiera visto con la carne.

Pablo quedó atrapado por el amor de Cristo, desde el encuentro dialogal y oracional con  “elSeñor resucitado”, en el camino de Damasco. Fue una gracia contemplativa-iluminativa “en el Espíritu de Cristo”, en el Espíritu Santo.

Pablo se lo debe todo a esta experiencia mística y transformativa en Cristo Resucitado, muerto en la cruz, en obediencia total, adorando al Padre, hasta dar la vida por nosotros: “me amó y se entregó por mí” (Ga 2, 20).

Ha visto y sentido a Cristo, todo su amor, toda su vida, más que si le hubiera visto con sus propios ojos de carne, porque lo ha visto en su espíritu, en su alma, por la contemplación y experiencia del Dios vivo, más fuerte que todas las apariciones externas; de una forma más potente, porque ha sido por revelación de amor en el Espíritu Santo; san Juan de la Cruz diría que ha quedado cegado como quien mira el sol de frente.  

Por este motivo, san Pablo se consideró siempre, desde ese momento, Apóstol total de Cristo y no tenía por qué envidiar a los Apóstoles que convivieron con Él. De suyo, lo amó más que muchos de ellos. Es más, los Apóstoles, como luego diré ampliamente, a pesar de haber convivido con Cristo y haberle visto resucitado, no perdieron los miedos ni quitaron los cerrojos de las ventanas y de las puertas del Cenáculo, hasta que vino el Espíritu Santo en Pentecostés, esto es, el mismo Cristo hecho fuego de Amor, hecho Espíritu Santo, que les quemó el corazón, y ya no pudieron resistir y dominar esta llama de amor viva en su espíritu, hecho un mismo fuego de Espíritu Santo con Cristo; tenían su mismo Amor Personal.

Gratuitamente el Señor se mostró a Pablo en la cumbre de la experiencia espiritual, contemplativa y pentecostal, que no necesita los ojos de la carne para ver, porque es revelación interior del Espíritu de Dios al espíritu humano; pero tan profunda, tan en éxtasis o salida de sí mismo para sumergirse en Dios, que la persona queda privada del uso temporal de los sentidos externos.

Como los místicos, cuando reciben estas primeras comunicaciones de Dios, porque no están adecuados los sentidos internos y externos a estas revelaciones de Dios, como explica ampliamente san Juan de la Cruz; porque no son ellos los que ven, actúan o fabrican pensamientos y sentimientos, son «revelaciones», es decir, son meramente pasivos, receptores, patógenos, sufrientes de la Palabra que contemplan en fuego de Amor encendido e infinito del Padre al Hijo-hijos, y de los hijos en el  Hijo, que le hace Padre, porque acepta todo su ser, su amor, su vida. Es el éxtasis, salir de uno mismo para sumergirse por el Hijo resucitado en el océano puro y quieto de la infinita eternidad y esencia divina.

El modo, la forma, llamémoslas como queramos, pero fue experiencia “en el Espíritu de Cristo resucitado”, como la de los Apóstoles en Pentecostés, yque a la mayoría de los místicos les lleva tiempo y purificaciones de formas diversas, y siempre para lo mismo: Para la experiencia de Dios.

A Pablo le vinieron después muchas de estas pruebas, purificaciones, purgaciones, en su vida espiritual y apostólica, producidas por la misma luz del Espíritu de Cristo, del Amor de Cristo, que a la vez que limpia el madero de sus impurezas y humedades, lo enciende primero, lo inflama luego y lo transforma finalmente en llama de amor viva, como dice san Juan de la Cruz, de las almas que llegan a esta unión total con Cristo. Como le ha de pasar a todo apóstol verdadero si toma el único camino del apostolado que es Cristo “camino, verdad y vida”.

Todos hemos sido llamados por Cristo, como Pablo, para ser apóstoles, sacerdotes o cristianos verdaderos, y para serlo, el único camino es la oración; una oración que ha de pasar de ser inicialmente discursiva-meditativa a ser luego, aceptando purificaciones y muerte del yo hasta en su raíces, contemplativa y transformativa, por las noches y purificaciones pasivas, porque es la misma luz de Dios quien las produce, precisamente porque quiere quemar en nosotros todo nuestro yo para convertirlo en Cristo.

Y por eso, «para llegar al todo, para ser Todo, no quieras ser nada,  poseer nada; para ver el Todo, no ver nada, gozar nada» de lo nuestro, de lo humano, para llenarnos sólo de Dios, lo cual cuesta y es muy doloroso, porque Dios, para llenarnos totalmente de Él, nos tiene que vaciar de nosotros mismos. Y nosotros, ni sabemos ni podemos; por eso hay que ser patógenos, sufrientes del amor de Dios hasta las raíces de nuestro yo.

Así son las iluminaciones y revelaciones de Dios, como él las llama, porque la de Damasco sólo fue la primera, el inicio de esta comunicación “en Espíritu”. Ya hablaremos más ampliamente de estas purificaciones, sufrimientos internos y externos: “Cuando estaba de camino, sucedió que, al acercarse a Damasco, se vio de repente rodeado de una luz del cielo; y al caer a tierra, oyó una voz que decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Él contestó: ¿Quién eres, Señor? Y Él: Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Levántate y entra en la ciudad, y se te dirá lo que has de hacer. Los hombres que le acompañaban quedaron atónitos oyendo la voz, pero sin ver a nadie. Saulo se levantó de tierra, y con los ojos abiertos, nada veía. Lleváronle de la mano y le introdujeron en Damasco,  donde estuvo tres días sin ver y sin comer ni beber.

…Y el Señor a él (Ananías): Levántate y vete a la calle llamada Recta y busca en casa de Judas a Saulo de Tarso, que está orando”.

Realmente Pablo no cesó ya de estar unido a Cristo por la experiencia espiritual; y eso es oración. Cristo inició el diálogo de amor que es toda oración, Pablo la continuó y Ananías le encontró orando, en contemplación que es una oración muy subida,  más pasiva que activa, más patógena que meditativa, plenamente contemplativa: Pablo no veía, le tuvieron que llevar, seguía inundado de la luz mística... todo esto se parece mucho a los éxtasis, en que uno sale de sí mismo, vive sumergido en una luz que le inunda y él no domina ni sabe fabricar esas luces, verdades o sentimientos, sino que se siente inundado y dominado por la luz, visión, fuego del Dios vivo, que como todo fuego de amor, a la vez que calienta, ilumina: es la experiencia del Dios vivo; es el conocimiento por amor.

Por eso, no tiene nada de particular que los acompañantes no vieran a Cristo, no vieron a nadie, sólo oyeron. No es que no hubiera algo externo, como en los momentos de encuentro fuerte y vivencial que llamamos éxtasis, pero lo esencial e importante es lo interno, la comunicación del Espíritu de Dios al espíritu humano que queda desbordado, transfigurado, transformado, hasta tal punto, que al comunicarlas a los demás, a nosotros nos parecen apariciones externas, pero son “revelación” de Cristo resucitado por su Espíritu, Espíritu Santo. A los Apóstoles les dio más amor y certeza Pentecostés que todas las apariciones y signos y palabras de Cristo resucitado.

Desde ese momento, Pablo fue místico y apóstol, mejor dicho, apóstol místico, de aquí le vinieron todos los conocimientos y todo el fuego de su apostolado: Cristo “llamó a los que quiso para que estuvieran con Él y enviarlos a predicar”—; porque primero es encontrarse con Cristo y hablar con Él en “revelación del Espíritu”,  como Pablo, y luego salir a predicar y hablar de Él a las gentes; primero es contemplar a Cristo en el Espíritu Santo que es luz de revelación y a la vez Fuego de Amor Personal de Dios, y luego, desde esa experiencia de amor comunicada en mi espíritu, que supera todas las apariciones externas posibles, predicar y trabajar desde ese fuego divino participado para que otros le amen; el apostolado, la caridad apostólica, las acciones de Cristo no se pueden hacer sin el Espíritu de Cristo, sin el Amor Personal de Cristo, sin Espíritu Santo. Sería apostolado de Cristo, sin Cristo.

Pero Espíritu de Cristo resucitado, pentecostal. Y ese sólo lo comunica el Señor “a los Apóstoles, reunidos con María, en oración”. Y ahí se le acabaron a los apóstoles todos los miedos y abrieron todas las puertas y cerrojos y empezaron a predicar y se alegraron de sufrir por el Señor, cosa que no hicieron antes, aún habiéndole visto resucitado en las apariciones, porque siguieron con las puertas cerradas; hasta que vino Cristo, no en palabras y signos externos, sino hecho fuego de Espíritu Santo a su espíritu.

Esto sólo lo da la experiencia de Dios ayer, y hoy y siempre, como en todos los que llegan a esta unión vivencial con Dios. Ellos la tuvieron, y nosotros tratamos de explicarlo con diversos nombres. Pero la realidad está ahí y sigue estando presente en la vida de la Iglesia de todos los tiempos.

Lógicamente en Damasco empezó este encuentro, este camino de amistad personal de experiencia de Cristo vivo y resucitado, que tuvo que recorrer personalmente Pablo durante toda su vida, como todo apóstol, por esta unión contemplativa y transformativa con que el Espíritu de Cristo resucitado le había sorprendido gratuitamente.

Pablo, --como todos los apóstoles que quieran serlo “en Espíritu y Verdad”, en el Espíritu y la Verdad de Cristo glorioso y resucitado, Palabra de Dios pronunciada llena de Amor de Espíritu Santo por el Padre para todos nosotros nos habla siempre de este encuentro como “revelación”: “Dios tuvo a bien revelar a su Hijo en mí”.

Esa experiencia, que a la vez que revela, transforma, como el fuego quema el madero y lo convierte en llama de amor viva, es la experiencia mística, es la contemplación pasiva de san Juan de la Cruz, que nos convierte en patógenos, sufrientes del fuego de Dios, que, a la vez que ilumina, nos quema y purifica todos nuestros defectos y limitaciones. Y en la cumbre de esta unión, el apóstol Pablo, como tantos y tantos apóstoles que han existido y existirán, puede exclamar: “Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí, y mientras vivo en esta carne vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó por mí…”.

Pablo, como todo orante verdadero, mantuvo y consumó toda su vida en Cristo vivo y resucitado, meditante la fe, la esperanza y caridad, virtudes sobrenaturales que, como dice san Juan de la Cruz, nos unen directamente con Dios y nos van transformando en Él, pasando por las noches y purificaciones pasivas del espíritu.

En esa oración contemplativa y unitiva, que es la etapa más elevada de la oración pasiva, Pablo fue comprendiendo la revelación primera, completada cada día por la vida oracional, eucarística y pastoral. Ahí comprendió la vocación a la amistad y al apostolado, descubriendo la unidad de Cristo con su Iglesia: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?  ¿Quién eres, Señor? Yo soy Jesús, a quien tú persigues”(Hch 9,5). El encuentro, el diálogo –eso es la oración personal-- le hizo apóstol de Cristo.

Cristo “amó  a la Iglesia y se entregó por ella” (Ef 5,25). Cristo que “se ha entregado a la muerte” y ha conquistado a su Iglesia por amor, nos ha conquistado a cada uno de nosotros, que formamos la Iglesia, a precio de su sangre (Hch 20,28). Y desde que “me amó y se entregó por mí”, cada uno se hace responsable de comunicar a otros esta misma declaración de amor y responder al amor de Cristo con la propia entrega.

Pablo es un enamorado de Cristo y, por tanto, de su Cuerpo Místico, que es la Iglesia. En este misterio de Cristo, prolongado en el hermano a través del espacio y del tiempo, Pablo encontró su razón de ser como apóstol. Es verdad que tuvo que sufrir de la misma Iglesia y no sólo por ella; pero en ese sufrimiento, transformado en amor, encontró la fecundidad apostólica (Cfr. Ga 4,19).

Pablo sigue siendo hoy una realidad posible en los innumerables apóstoles y misioneros, casi siempre anónimos, que gastan su vida para extender el Reino de Dios. Pocas veces aparecen en la publicidad. Muchas veces viven junto a nosotros o nos cruzamos en nuestro caminar, sin que nos demos cuenta. Siempre trabajan enamorados de Cristo y de su Iglesia, que debe ser una realidad visible en cada comunidad humana. Saben desaparecer para que aparezca el Señor. Él es su único tesoro: “Para mí la vida es Cristo”.

 

D) Cuarta prueba o argumento: la vida de la Iglesia, toda su existencia y fuerza y poder y apostolado, desde los Apóstoles hasta hoy, está cimentada en Cristo por la oración contemplativa. Todos los santos han sido y son hombres de oración un poco elevada, que lleva a la experiencia de Dios, desde el seguimiento permanente a Cristo en la conversión permanente, desde “el que quiera ser discípulo mío, niéguese a sí mismo, tome su cruz y me siga”.

            Por citar algunos de los que he leído y meditado: san Juan, san Pablo, la mayor parte de los Padres de la Iglesia, no cito, porque la lista sería muy larga hasta san Bernardo.

            En mi seminario y en mi vida sacerdotal he leído y meditado principalmente a san Juan de la Cruz, santa Teresa, santa Catalina de Siena, santa Teresita del Niño Jesús, Sor (Beata) Isabel de la Trinidad, (san)  Hermano Rafael, (Pongo el paréntesis porque yo no los conocí con ese añadido y me cuesta citarlos así),  Charles de Foucauld, Madre Teresa de Calcuta, Juan Pablo II, Trinidad de la Santa Madre Iglesia, que aún vive,  y otros muchos más que he leído y meditado y podría citar.

            Pero quiero desarrollar esta cuarta prueba con   una catequesis del Papa que he leído en el periódico digital Zenit,y la pongo tal cual. Si no hubiera escrito mi meditación antes del discurso del Papa alguno podría pensar que le he copiado. Es que son las mismas ideas, el mismo orden,  y hasta las mismas palabras a veces, pero desde la figura de san Simeón el Teólogo. Paso a escribirlo tal cual ha venido en Zenit.

 

CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 16 de septiembre de 2009 (ZENIT.org).- El conocimiento y la experiencia mística de Dios no es algo reservado a personas excepcionales, sino que es para todos los bautizados. Así lo afirmó hoy el Papa Benedicto XVI durante la Audiencia General, celebrada en el Aula Pablo VI.

 

            El Papa, continuando con sus catequesis sobre grandes escritores cristianos del primer milenio, habló sobre Simeón el Nuevo Teólogo (949-1022), un escritor poco conocido en Occidente pero muy querido por la Iglesia Ortodoxa.
Se trata de la cuarta vez que el Papa se refiere a un santo muy apreciado por las Iglesias Orientales, tras sus catequesis sobre san Juan Damasceno, los santos Cirilo y Metodio y Germán de Constantinopla.

            Uno de los que en los últimos años han escrito sobre él es el arzobispo Hilarion de Volokolamsk, presidente del Departamento para las Relaciones Eclesiásticas Exteriores del Patriarcado de Moscú.

            De hecho, el sobrenombre de "Teólogo" se lo confirió la Iglesia oriental, que sólo reconoce este título a otros dos santos: san Juan Evangelista y san Gregorio Nacianceno, como recordó el Papa durante su catequesis de hoy. Este santo, explicó el Papa, "concentra su reflexión sobre la presencia del Espíritu Santo en los bautizados y sobre la conciencia que deben tener de esta realidad espiritual”.

 

            "Simeón el Nuevo Teólogo insiste en el hecho de que el verdadero conocimiento de Dios no viene de los libros, sino de la experiencia espiritual, de la vida espiritual", a través de "un camino de purificación interior, que comienza con la conversión del corazón, gracias a la fuerza de la fe y del amor".

 

            "Para Simeón semejante experiencia de la gracia divina no constituye un don excepcional para algunos místicos, sino que es fruto del Bautismo en la existencia de todo fiel seriamente comprometido", subrayó el Papa.

 

            "Evidentemente no podía venir de él mismo semejante amor, sino que debía brotar de otra fuente. Simeón entendió que procedía de Cristo presente en él y todo se le aclaró: tuvo la prueba segura de que la fuente del amor en él era la presencia de Cristo".

Benedicto XVI presenta a Simeón el Nuevo Teólogo

este miércoles en la Audiencia General


CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 16 de septiembre de 2009 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación el texto completo de la catequesis pronunciada por Benedicto XVI durante la audiencia general de este miércoles, celebrada en el Aula Pablo VI, en la que presentó la figura de Simeón el Nuevo Teólogo (949-1022).

            Queridos hermanos y hermanas:

            Hoy nos detenemos a reflexionar sobre la figura del monje oriental Simeón el Nuevo Teólogo, cuyos escritos han ejercido un notable influjo sobre la teología y la espiritualidad de Oriente, en particular en lo que respecta a la experiencia de la unión mística con Dios. Simeón el Nuevo Teólogo nació en el 949 en Galacia, en Paflagonia (Asia Menor), de una familia noble de la provincia.

            Aún joven, se transfirió a Constantinopla para emprender los estudios y entrar al servicio del emperador. Pero se sintió poco atraído por la carrera civil que se le sugería y, bajo la influencia de iluminaciones interiores que iba experimentando, se puso a la búsqueda de una persona que le orientara en el momento lleno de dudas y perplejidades que estaba viviendo, y que le ayudase a progresar en el camino de la unión con Dios. Encontró esta guía espiritual en Simeón el Pío (Eulabes), un simple monje del monasterio de Studion, en Constantinopla, que le dio a leer el tratado La ley espiritual de Marcos el Monje. En este texto, Simeón el Nuevo Teólogo encontró una enseñanza que le impresionó mucho: "Si buscas la curación espiritual - leyó en él - estate atento a tu conciencia. Todo lo que ella te diga hazlo y encontrarás lo que te es útil". Desde aquel momento - refiere él mismo - nunca se acostó sin preguntarse si la conciencia no tuviese algo que reprocharle (conversión permanente).

            Simeón entró en el monasterio de los Estuditas, donde, sin embargo, sus experiencias místicas y su extraordinaria devoción hacia el Padre espiritual le causaron dificultades (los sufrimientos de celotipia y envidia que ayudan a matar el buscarse a sí mismo, el yo).

            Se transfirió al pequeño convento de San Mamés, también en Constantinopla, del cual, tres años después, llegó a ser cabeza, el higumeno. Allí condujo una intensa búsqueda de unión espiritual con Cristo, que le confirió gran autoridad. Es interesante notar que se le dio el apelativo de "Nuevo Teólogo", a pesar de que la tradición reservara el título de "Teólogo" a dos personalidades: al evangelista Juan y a Gregorio Nacianceno. Sufrió incomprensiones y el exilio, pero fue rehabilitado por el patriarca de Constantinopla, Sergio II (Nota o añadido del que transcribe esta catequesis: El verdadero conocimiento de Dios viene por el amor, por la experiencia espiritual de Dios, no por el entendimiento, por la teología, si no llega a la vida, a la conversión en lo que sabe y cree).

            Simeón el Nuevo Teólogo pasó la última fase de su existencia en el monasterio de Santa Macrina, donde escribió gran parte de sus obras, convirtiéndose en cada vez más célebre por sus enseñanzas y por sus milagros. Murió el 12 de marzo de 1022.

            El más conocido de sus discípulos, Niceta Stetatos, que recopiló y volvió a copiar los escritos de Simeón, preparó una edición póstuma, redactando seguidamente la biografía. La obra de Simeón comprende nueve volúmenes, que se dividen en Capítulos teológicos, gnósticos y prácticos, tres volúmenes de Catequesis dirigidas a los monjes, dos volúmenes de Tratados teológicos y éticos y un volumen de Himnos. No hay que olvidar tampoco sus numerosas Cartas. Todas estas obras han encontrado un lugar relevante en la tradición monástica oriental hasta nuestros días.

            Simeón concentra su reflexión sobre la presencia del Espíritu Santo en los bautizados y sobre la conciencia que deben tener de esta realidad espiritual. La vida cristiana - subraya - es comunión íntima y personal con Dios, la gracia divina ilumina el corazón del creyente y le conduce a la visión mística del Señor. En esta línea, Simeón el Nuevo Teólogo insiste en el hecho de que el verdadero conocimiento de Dios no viene de los libros, sino de la experiencia espiritual, de la vida espiritual. El conocimiento de Dios nace de un camino de purificación interior, que comienza con la conversión del corazón, gracias a la fuerza de la fe y del amor; pasa a través de un profundo arrepentimiento y dolor sincero por los propios pecados, para llegar a la unión con Cristo, fuente de alegría y de paz, invadidos por la luz de su presencia en nosotros. Para Simeón semejante experiencia de la gracia divina no constituye un don excepcional para algunos místicos, sino que es fruto del Bautismo en la existencia de todo fiel seriamente comprometido.

            ¡Un punto sobre el que reflexionar, queridos hermanos y hermanas! Este santo monje oriental nos reclama a todos una atención a la vida espiritual, a la presencia escondida de Dios en nosotros, a la sinceridad de la conciencia y a la purificación, a la conversión del corazón, para que el Espíritu Santo se haga presente en nosotros y nos guíe. Si de hecho nos preocupamos justamente por cuidar nuestro crecimiento físico, es aún más importante no descuidar el crecimiento interior, que consiste en el conocimiento de Dios, en el verdadero conocimiento, no sólo tomado de los libros, sino interior, y en la comunión con Dios, para experimentar su ayuda en todo momento y en cada circunstancia. En el fondo, esto es lo que Simeón describe cuando narra su propia experiencia mística.

            Ya de joven, antes de entrar en el monasterio, mientras una noche en casa prolongaba sus oraciones, invocando la ayuda de Dios para luchar contra las tentaciones, había visto la habitación llena de luz. Cuando después entró en el monasterio, se le ofrecieron libros espirituales para instruirse, pero su lectura no le procuraba la paz que buscaba. Se sentía - cuenta él - como un pobre pajarito sin alas. Aceptó con humildad esta situación, sin rebelarse, y desde entonces empezaron a multiplicarse de nuevo las visiones de luz. Queriendo asegurarse de su autenticidad, Simeón le preguntó directamente a Cristo: "Señor, ¿estás verdaderamente tú mismo aquí?". Sintió resonar en el corazón la respuesta afirmativa y fue sumamente consolado”. “Fue aquella, Señor - escribirá seguidamente - la primera vez que me juzgaste a mí, hijo pródigo, digno de escuchar tu voz".

            Sin embargo, tampoco esta revelación le dejó totalmente tranquilo. Se preguntaba más bien si incluso aquella experiencia no debería considerarse una ilusión. Un día, finalmente, sucedió un hecho fundamental para su experiencia mística. Comenzó a sentirse como "un pobre que ama a sus hermanos" (ptochós philádelphos). Veía en torno a sí muchos enemigos que querían tenderle insidias y hacerle el mal, pero a pesar de ello advirtió en sí mismo un intenso transporte de amor hacia ellos. ¿Cómo explicarlo? Evidentemente no podía venir de él mismo semejante amor, sino que debía brotar de otra fuente. Simeón entendió que procedía de Cristo presente en él y todo se le aclaró: tuvo la prueba segura de que la fuente del amor en él era la presencia de Cristo y que tener en sí un amor que va más allá de mis intenciones personales indica que la fuente del amor está en mí. Así, por una parte, podemos decir que sin una cierta apertura al amor Cristo no entra en nosotros, pero por otra, Cristo se convierte en fuente de amor y nos transforma.

 

            Queridos amigos, esta experiencia es muy importante para nosotros, hoy, para encontrar los criterios que nos indiquen si estamos realmente cerca de Dios, si Dios existe y vive en nosotros. El amor de Dios crece en nosotros si permanecemos unidos a Él con la oración y con la escucha de su palabra, con la apertura del corazón. Solamente el amor divino nos hace abrir el corazón a los demás y nos hace sensibles a sus necesidades, haciéndonos considerar a todos como hermanos y hermanas e invitándonos a responder con amor al odio y con el perdón a la ofensa.

            Reflexionando sobre esta figura de Simeón el Nuevo Teólogo, podemos encontrar aún un elemento ulterior de su espiritualidad. En el camino de vida ascética propuesto y recorrido por él, la fuerte atención y concentración del monje sobre la experiencia interior confiere al Padre espiritual del monasterio una importancia esencial. El mismo joven Simeón, como se ha dicho, había encontrado un director espiritual, que le ayudó mucho y del que conservó una grandísima estima, tanto que le reservó, tras su muerte, una veneración también pública. (¿Dónde están estos padres espirituales en nuestros seminarios y casas de formación? ¿Dónde están estos exploradores de la tierra prometida de la experiencia de Dios que, habiéndola visto y experimentado por sí mismos nos puedan indicar el camino para llegar a ella?

            Y quisiera decir que sigue siendo válido para todos - sacerdotes, personas consagradas y laicos, y especialmente para los jóvenes - la invitación a recurrir a los consejos de un buen padre espiritual, capaz de acompañar a cada uno en el profundo conocimiento de sí mismo, y conducirlo a la unión con el Señor, para que su existencia se conforme cada vez más al Evangelio. Para ir hacia el Señor necesitamos siempre una guía, un diálogo. No podemos hacerlo solamente con nuestras reflexiones. Y éste es también el sentido de la eclesialidad de nuestra fe, de encontrar esta guía.

 

Concluyendo, podemos sintetizar así la enseñanza y la experiencia mística de Simeón el Nuevo Teólogo: en su incesante búsqueda de Dios, aún en las dificultades que encontró y en las críticas de que fue objeto, él, a fin de cuentas, se dejó guiar por el amor. Supo vivir él mismo y enseñar a sus monjes que lo esencial para todo discípulo de Jesús es crecer en el amor y así crecemos en el conocimiento de Cristo mismo, para poder afirmar con san Pablo: "Ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí" (Ga 2, 20).

TERCERA  MEDITACIÓN

Queridos amigos y hermanos sacerdotes: Ya os he dicho varias veces en este retiro que la teología dogmática, las verdades de fe, son el fundamento de la espiritualidad, de la experiencia de Dios, de sus bellezas y bondades, de la oración. Sin «lectio et meditatio» no hay «oratio et contemplatio». No es un Dios el que se estudia, el de la fe, y otro Dios el que se vive. Es el mismo. Lo que repetiré hasta la saciedad; es que si no llega a vivirse, no habrá experiencia de lo que se estudia y se cree o se celebra en la liturgia, es más, se olvidará la teología que estudié. Por eso, a estudiar teología, pero arrodillados, orando, en diálogo permanente de amor con el Señor. No sea que alguno diga, me voy a la capilla y que Cristo estudie por mí o me enseñe la teología; no, porque el Señor te dirá: estudia teología, escucha la Palabra y luego vienes aquí conmigo para que te enseñe a vivirla.

            Voy a hablaros en esta tercera meditación de la Eucaristía. Lo primero que quisiera deciros es que aceptary entender la Eucaristía es entender toda la fe católica ya que la Eucaristía es el resumen de todo el misterio de Cristo, es Cristo entero y completo; la Eucaristía es la concentración, en un poco de pan y de vino, de todo el misterio cristiano.

Pero ante los propios misterios la teología ha de ser modesta y llena de discreción. Sería un sacrilegio y una ingratitud empeñarse en desgarrar el velo bajo el que se revela el Señor, cuando es ya tan grande la condescendencia de aquel que se da a conocer de este modo. Para seguir siendo discreta y sumisa la teología tendrá que imitar el respeto emocionado de los apóstoles ante la aparición del Resucitado en las orillas del lago: "Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: ¿quién eres tú? Ya sabían que era el Señor” (Jn 21,12). Por lo tanto no buscará evidencias racionales para eludir la obligación de creer; no preguntará: ¿Es verdad todo esto que hace y dice el Señor? sino que humildemente dirá: Señor, ayúdanos a comprender mejor lo que nos dices y haces.

La Eucaristía, la santa misa, puede estudiarse desde fuera partiendo de los elementos visibles que la constituyen, o desde dentro, partiendo del misterio del que es sacramento memorial. Aquí es donde vale el axioma: «lex orandi, lex credendi» que luego se transforma en «lex vivendi».

Aquel que es para siempre la Palabra, la biblioteca inagotable de la Iglesia, su archivo inviolable  condensó toda su vida en los signos y palabras de la Eucaristía: es su suma teológica. Para leer este libro eucarístico que es único, no basta la razón, hace falta el amor que haga comunión de sentimientos con el que dijo: "acordaos de mí", de mi emoción por todos vosotros, de mis deseos de entrega, de mis ansias de salvación, de mis manos temblorosas...

Sin esta comunión personal de sentimientos con Cristo, el libro eucarístico llega muy empobrecido al lector. Este libro hay que comerlo para comprenderlo, como Ezequiel: " Hijo de hombre, come lo que se te ofrece; come este rollo y ve luego a hablar a la casa de Israel. Yo abrí mi boca y él me hizo comer el rollo y me dijo: "Hijo de hombre aliméntate y sáciate de este rollo que yo te doy." Lo comí y fue en mi boca dulce como miel" (Ez 3, 1-3)

La vivencia mística eucarística conoce por experiencia, viviéndola, lo que nosotros celebramos en la misa o explicamos en teología. Pero no con un conocimiento frío, teórico, sin vida, que muchas veces por no vivirse, llega incluso a olvidarse. El que quiera conocer verdaderamente a Dios ha de arrodillarse; el sacerdote, el teólogo, debe trabajar en estado de oración, debe hacer teología arrodillada. La Eucaristía es ese libro que hay que leer como san Pablo: a partir de Cristo pascual, que es el misterio escatológico.

El sacerdote no hace presente el sacrificio de Cristo sino que hace presente a Cristo que ofrece su único y definitivo sacrificio que fue toda su vida, desde la Encarnación hasta la resurrección, pero que significó y realizó singularmente con pasión y muerte “gloriosa”, por estar dirigida a la resurrección. Esta es la verdad teológica y litúrgica, la liturgia y la teología, pero si no hay experiencia, no se vive y llega a olvidarse al celebrarla, como así ocurre en muchos de nosotros, sacerdotes.

Por eso, DESDE LA EUCARISTÍA SACRAMENTO HAY QUE PASAR AL SACERDOTE SACRAMENTO DE CRISTO, a la vivencia de lo que somos y celebramos.

Queridos sacerdotes, desde esta comprensión de la Eucaristía como presencia sacramental-mistérica de Cristo, que condensa toda su vida y la presencializa con las palabras y gestos de la consagración sobre un poco de pan y vino, hay que pasar al sacerdote sacramento de Cristo del que hemos hablado largamente en la meditación, hay que reflexionar también y comprender el sacerdocio como sacramento de Cristo, como signo visible de Cristo invisible, humanidad supletoria sacramental prestada a Cristo, para que pueda seguir realizando en el tiempo su misterio de Salvación.

A partir de aquí, toma el relieve justo la persona del sacerdote, el cual ofrece el «Santo Sacrificio» «in persona Christi», lo cual quiere decir más que «en nombre», o también «en vez» de Cristo. «in persona»: es decir, en la identificación específica, sacramental con el Sumo y Eterno Sacerdote, que es el Autor y el Sujeto principal de éste su propio Sacrificio, en el que, en verdad, no puede ser sustituido por nadie.

La Eucaristíay el sacerdocio en Cristo son una misma realidad. Y por eso mismo sacerdocio y Eucaristía en nosotros deben estar vitalmente unidos, porque se fundamentan esencialmente el uno en el otro.

Por el sacramento del Orden se produce como una encarnación de Cristo en cada elegido, al que viene para revivir todo su misterio de adorador del Padre, de salvador de los hombres, de redentor del mundo, como consagrante en cada misa de su propio cuerpo: “Esto es mi cuerpo, esto es mi sangre”. No el de Pedro, Juan o cualquier sacerdote sino el de Cristo que es el que consagra por medio del sacerdote, es decir, de su sacramento visible. Por el sacramento del orden el sacerdote queda configurado sacramentalmente a Cristo. El gozo sacerdotal vendrá al experimentar lo que es, de sentirse identificado con Cristo, que vive y actúa por él, de sorprender al Padre inclinado sobre esta pobrecita criatura, que es el sacerdote, porque ha visto en él al Amado, en quien tiene puestas todas sus complacencias.

El sacerdote es un sacramento vivo de Cristo vivo, como el pan consagrado; por fuera pan, por dentro Cristo. Es Cristo viviendo y actuando en mí: es el “no soy yo, es Cristo quien vive en mí” de san Pablo y el sacerdocio como vivencia, soy yo viviendo en Cristo, identificado con Cristo: “Para mí la vida es Cristo”, “Estoy crucificado con Cristo...”.

 Y “cuantas veces hagáis esto, acordaos de mí”, es decir, haced esto como yo, lo mismo que yo, con mis mismos sentimientos y amor y entrega, con mi mismo ser y existir, o mejor, dejad que yo lo haga en vosotros y por vosotros. Por eso, en la misa no se repite, no debe repetirse nada: ni los deseos de Cristo de dar su vida por nosotros, ni su sufrimiento ni su ofrenda, sino que se presencializa el mismo sacerdote y la misma víctima del Cenáculo, de la cruz y del cielo, pero por medio de mi humanidad. Eso es lo que ha hecho posible la Unción y la Consagración del Espíritu Santo, la potencia de Amor de la Trinidad en mí, sacerdote. Eso es el sacerdocio. Por muchas celebraciones que se hagan, nunca se repite el sacrificio, siempre es el mismo, porque no se representa otra vez sino que se presencializa el mismo y único sacrificio ofrecido de una vez para siempre. Puede haber muchas intenciones sacerdotales en la concelebración, tantas como sacerdotes, pero el sacrificio siempre es único y el mismo.

Por lo tanto, la Eucaristía, por ser memorial «in mysterio» de la realidad Cristo, presencializa la misma y eterna pascua, la misma y eterna Alianza, la misma víctima, intenciones, deseos sacerdotales y sacrificiales, el único sacrificio de la cruz ya consumado y aceptado por el Padre porque lo resucitó sentándolo a su derecha y es ya para siempre el cordero degollado y glorioso ante el trono de Dios, pura intercesión por nosotros y con el cual conectamos en cada misa.

Es más, me atrevo a decir: si la vida de Cristo hombre nació en el seno de la Santísima Trinidad como proyecto salvador de los Tres a realizar por el Verbo: “Padre, sacrificios y ofrendas no quieres... aquí estoy para hacer tu voluntad...” (Hb 10,5) y se le dotó de un cuerpo humano: ... “pero me has dado un cuerpo” (Ibid.) nacido de María, esa voluntad ha sido ya consumada pascualmente mediante el paso definitivo al Padre, a los bienes escatológicos     --esjatón pascual-- y ya no hay más novedad posible en el mismo seno del Dios Trino y Uno (según su proyecto); y el mismo fuego de Espíritu Santo que lo sacó del seno trinitario, lo impulsó a encarnarse, lo manifestó como Hijo y lo llevó sudoroso y polvoriento por lo caminos de Palestina predicando la Buena Nueva de Salvación y Eternidad para todos los hombres hasta el testimonio martirial de su vida por ellos ardientemente he deseado comer esta pascua con vosotros..”, al ser aceptada y recibida ya esa entrega personal de Jesucristo en el mismo seno de la Trinidad, por el mismo Espíritu Santo de donde había nacido,  perdura ya eternamente como sacerdote y víctima ofrecida, aceptada y adorada ante el trono de Dios Trino y Uno, como afirma repetidamente la liturgia del Apocalipsis y presencializa la Eucaristía.

Así pues, todo el misterio de Cristo, desde que nace como proyecto en el seno del Padre y se encarna en el seno de María:

“La Palabra estaba junto a Dios.... la Palabra se hizo carne”(Jn l, l;14 ) con toda su vida encarnada, con sus ansias de amor y de entrega, “Habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo...” (Lc22,15) desde la Encarnación hasta la Ascensión, especialmente pasión, muerte y resurrección, es lo que se hace presente, al hacer el sacerdote por el Espíritu Santo la memoria de Cristo como Él quiso «recordarse y ser recordado» por “la memoria” de su Iglesia, eternamente ante Dios y por la Eucaristía ante los hombres.

Al decir “haced esto en memoria mía” el Señor nos quiere indicar a cada participante: acordaos de mi vida entregada al Padre por vosotros desde mi encarnación hasta lo último que ahora hago presente, de mi amor loco y apasionado hasta el fin de mis fuerzas y de los tiempos... de mi voz y mis manos emocionadas... “Cuantas veces hagáis esto, acordaos de mí...”.

Y todo esto se hace presente en cada misa y Jesús “se recuerda” para la Santísima Trinidad, para Él y para nosotros, haciéndolo presente. Así es como Jesucristo, proyecto salvador de los hombres, sale del Padre por el Espíritu Santo y en la Eucaristía, vuelve a Él, como proyecto final escatológico logrado por el mismo Espíritu en el Hijo-hombre, y en ella y por ella participamos de la única e irreversible devolución del hombre y del mundo al Padre, que Él, el Hijo eterno y, al mismo tiempo, verdadero hombre, hizo de una vez para siempre.

Por eso, la Eucaristía es Cristo entero y completo, el evangelio entero y completo, la fe cristiana entera y completa. Nada del misterio de Cristo queda fuera de la Eucaristía. Ni siquiera el misterio de Dios Trino y Uno manifestado por el Padre enviando al Hijo, Canción de Amor liberador y salvador, cantada a los hombres por el Padre con amor de Espíritu Santo- Amor unión de la Trinidad.

Queridos amigos, estoy hablando de la Eucaristía, en la medida en que he podido captarla y expresarla yo mismo como teólogo creyente, no sólo desde la teología dogmática, sino desde la Teología Espiritual, es decir, desde la verdad completa en “Espíritu y Verdad”, en amor y vida de Espíritu Santo de la Verdad que es Cristo.

Desde la vida y el Espíritu de Cristo, que es vida y conocimiento desde el Amor de Espíritu Santo, sobre todo en la oración, podemos unirnos e identificarnos con Él sus sentimientos y vivir en nuestra vida y espíritu su misma vida y sentimientos por la Eucaristía celebrada y vivida desde la oración litúrgica hecha oración o unión de amor personal con Cristo.

 

Y desde este conocimiento vivo con los sentimientos de Cristo por la oración afectiva-unitiva personal de amor, yo descubro estos sentimientos de Cristo, que son infinitos, pero solo diré algunos que tengo expresado en este librito sobre la espiritualidad de la Eucaristía, desde la vivencia y el conocimiento de la Eucaristía por la oración personal, por la unión personal de amor con Cristo Eucaristía. Más  bien, son como pistas de lanzamiento para el diálogo o encuentro de amor eucarístico con Cristo sacerdote y víctima en la celebración de la santa misa:

Jesucristo, Eucaristía Perfecta de obediencia, adoración y alabanza al Padre, y Sacerdote Único del Altísimo; Tú lo has dado todo por nosotros, con amor extremo, hasta dar la vida y quedarte con nosotros siempre en el Sagrario. También nosotros queremos darlo todo por Ti, y ser siempre tuyos, porque para nosotros Tú lo eres todo, nosotros queremos que lo seas todo.

 

¡Jesucristo Eucaristía, nosotros creemos en Ti!

¡Jesucristo Eucaristía, nosotros confiamos en Ti!

¡Tú eres el Hijo de Dios! ¡El único Salvador del mundo!

 

Un primer sentimiento: Yo también quiero obedecer al Padre hasta la muerte, como Cristo en Getsemaní, cumpliendo la voluntad del Padre, que se hace presente en cada Eucaristía.

            Nuestro diálogo podría ir por esta línea: Cristo Eucaristía, también yo quiero obedecer al Padre, como Tú, aunque eso me lleve a la muerte de mi yo, quiero renunciar cada día a mi voluntad, a mis proyectos y preferencias, a mis deseos de poder, de seguridades, dinero, placer... Tengo que morir más a mí mismo, a mi yo, que me lleva al egoísmo, a mi amor propio, a mis planes, quiero tener más presente siempre el proyecto de Dios sobre mi vida y esto lleva consigo morir a mis gustos, ambiciones, sacrificando todo por Él, obedeciendo hasta la muerte como Tú lo hiciste, para que el Padre disponga de mi vida, según su voluntad.

            Señor, esta obediencia te hizo pasar por la pasión y la muerte para llegar a la resurrección. También  yo quiero estar dispuesto a poner la cruz en mi cuerpo, en mis sentidos y hacer actual en mi vida tu pasión y muerte para pasar a la vida nueva, de hijo de Dios; pero Tú sabes que yo solo no puedo, lo intento cada día y vuelvo a caer; hoy lo intentaré de nuevo y me entrego  a Ti; Señor, ayúdame, lo  espero confiadamente de Ti, para eso he venido, yo no sé adorar con todo mi ser, me cuesta poner de rodillas mi vida ante ti, y mira que lo pretendo, pero vuelvo a adorarme, yo quiero adorarte sólo a ti, porque tú eres Dios, yo soy pura criatura, pero yo no puedo si Tú no me enseñas y me das fuerzas... por eso he vuelto esta noche para estar contigo y que me ayudes. Y aquí, en la presencia del Señor, uno analiza su vida, sus fallos, sus aciertos, cómo va la vivencia de la Eucaristía, como misa, comunión, presencia, qué ratos pasa junto al Sagrario...Y pide y llora y reza y le cuenta sus penas y alegrías y las de los suyos y de su parroquia y la catequesis... etc.

 

Un segundo sentimiento: Señor, quiero hacerme ofrenda contigo al Padre. Lo expresa así el Vaticano II: «Los fieles... participando del sacrificio eucarístico, fuente y cumbre de toda la vida de la Iglesia, ofrecen la Víctima divina y se ofrecen a sí mismos juntamente con ella» (LG 5).

            La presencia eucarística es la prolongación de esa ofrenda, de la misa. El diálogo podía escoger esta vereda: Señor, quiero hacer de mi vida una ofrenda agradable al Padre, quiero vivir sólo para agradarle, darle gloria, quiero ser alabanza de  gloria de la Santísima Trinidad, in laudem gloriae Ejus (nombre de religión de Sor Isabel de la Santísima Trinidad).

            Quiero hacerme contigo una ofrenda: mira, en el ofertorio del pan y del vino me ofreceré, ofreceré mi cuerpo y mi alma como materia del sacrificio contigo, luego en la consagración quedaré  consagrado, ya no me pertenezco, ya soy una cosa contigo, seré sacerdote y víctima de mi ofrenda, y cuando salga a la calle, como ya no me pertenezco sino que he quedado consagrado contigo quiero vivir sólo contigo para los intereses del Padre, con tu mismo amor, con tu mismo fuego, con tu mismo Espíritu, que he comulgado en la Eucaristía: como dice san Pablo: “ es Cristo quien vive en mí...”             Quiero prestarte mi humanidad, mi cuerpo, mi espíritu, mi persona entera, quiero ser como una humanidad supletoria tuya. Tú destrozaste tu humanidad por cumplir la voluntad del Padre, aquí tienes ahora la mía... trátame con cuidado, Señor, que soy muy débil, tú lo sabes, me echo enseguida para atrás, me da horror sufrir, ser humillado, ocupar el segundo puesto, soportar la envidia, las críticas injustas... “Estoy crucificado con Cristo, vivo yo pero no soy yo...”.                                                                          

            Tu humanidad ya no es temporal; pero conservas totalmente el fuego del amor al Padre y a los hombres y tienes los mismos deseos y sentimientos, pero ya no tienes un cuerpo capaz de sufrir, aquí tienes el mío, pero ya sabes que soy débil,  necesito una y otra vez tu presencia, tu amor, tu Eucaristía, que me enseñe, me fortalezca, por eso estoy aquí, por eso he venido a orar ante su presencia, y vendré muchas veces, enséñame y ayúdame a adorar como Tú al Padre, cumpliendo su voluntad, con amor extremo, hasta dar la vida.

            Quisiera, Señor, rezarte con el salmista: “Por ti he aguantado afrentas y la vergüenza cubrió mi rostro. He venido a ser extraño para mis hermanos, y extranjero para los hijos de mi madre. Porque me consume el celo de tu casa; los denuestos de los que te vituperan caen sobre mí. Cuando lloro y ayuno, toman pretexto contra mí... Pero mi oración se dirige a ti.... Que me escuche tu gran bondad, que tu fidelidad me ayude... Miradlo los humildes y alegraos; buscad al Señor y vivirá vuestro corazón. Porque el Señor escucha a sus pobres” (Sal 69).

 

Otro  sentimiento: “Acordaos de mi”: Quiero acordarme. Otro ísentimiento que no puede faltar al adorarlo en su presencia eucarística está motivado por las palabras de Cristo: “Cuando hagáis esto, acordaos de mí...” Señor, de cuántas cosas me tenía que acordar ahora, que estoy ante tu presencia eucarística, me quiero acordar de toda tu vida, de tu Encarnación hasta  tu Ascensión, de toda tu Palabra, de todo el evangelio, pero quiero acordarme especialmente de tu amor por mí, de tu cariño a todos, de tu entrega. Señor, yo no quiero olvidarte nunca, y menos de aquellos momentos en que te entregaste por mí, por todos... cuánto me amas, cuánto nos deseas, nos regalas...“Éste es mi cuerpo, Ésta mi sangre derramada por vosotros...”

            Con qué fervor quiero celebrar la Eucaristía, comulgar con tus sentimientos, imitarlos y vivirlos ahora por la oración ante tu presencia; Señor, por qué me amas tanto, por qué te rebajas tanto, por qué me buscas tanto, por qué el Padre me ama hasta ese extremo de preferirme y traicionar a su propio Hijo, por qué te entregas hasta el extremo de tus fuerzas, de tu vida, por qué una muerte tan dolorosa... cómo me amas... cuánto me quieres; es que yo valgo mucho para Ti, Cristo, yo valgo mucho para el Padre: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su propio Hijo...”, ellos me valoran más que todos los hombres, valgo infinito, Padre Dios, cómo me amas así, pero qué buscas en mí, pero qué puedo darte yo que tu no tengas... te amo, te amo, te amo... Si esto es lo que buscas y te hace falta, no lo comprendo: tu amor me basta.

            Cristo mío, confidente y amigo, Tú tan emocionado, tan delicado, tan entregado;  yo, tan rutinario, tan limitado, siempre  tan egoísta, soy pura criatura, y Tú eres Dios, no comprendo cómo puedes quererme tanto y tener tanto interés por mí, siendo Tú el Todo y  yo la nada. Si es mi  amor y cariño, lo que te falta y me pides, yo quiero dártelo todo, qué honor para una simple criatura que el Dios infinito busque su amor. Señor, tómalo, quiero ser tuyo, totalmente tuyo, te quiero.

           

En el “acordaos de mí”..., entra el amor de Cristo a los hermanos. Debe entrar también el amor a los hermanos, -no olvidar jamás en la vida que el amor a Dios siempre pasa por el amor a los hermanos-, porque así lo dijo, lo quiso y lo hizo Jesús: en cada Eucaristía Cristo me enseña y me invita a amar hasta el extremo a Dios y a los hijos de Dios, que son todos los hombres.

            Sí, Cristo, quiero acordarme  ahora de tus sentimientos, de tu entrega total sin reservas, sin límites al Padre y a los hombres, quiero acordarme de tu emoción en darte en comida y bebida; estoy tan lejos de este amor, cómo necesito que me enseñes, que me ayudes, que me perdones, sí, quiero amarte, necesito amar a los hermanos, sin límites, sin muros ni separaciones de ningún tipo, como pan que se reparte, que se da para ser comido por todos.

            “Acordaos de mí…”: Contemplándote ahora en el pan consagrado me acuerdo de Ti y de lo que hiciste por mí y por todos y puedo decir: he ahí a mi Cristo amando hasta el extremo, redimiendo, perdonando a todos, entregándose por salvar al hermano. Tengo que amar también yo así, arrodillándome, lavando los pies de mis hermanos, dándome en comida de amor como Tú, pisando luego tus mismas huellas hasta la muerte en cruz...

            Señor, no puedo sentarme a tu mesa, adorarte, si no hay en mí esos sentimientos de acogida, de amor, de perdón a los hermanos, a todos los hombres. Si no lo practico, no será porque no lo sepa, ya que me acuerdo de Ti y de tu entrega en cada Eucaristía, en cada sagrario, en cada comunión; desde el seminario, comprendí que el amor a Ti pasa por el amor a los hermanos y cuánto me ha costado toda la vida.

            Cuánto me exiges, qué duro a veces perdonar, olvidar las ofensas, las palabras envidiosas, las mentiras, la malicia de los otros, pero dándome Tú tan buen ejemplo, quiero acordarme de Ti, ayúdame, que yo no puedo, yo soy pobre de amor e indigente de tu gracia, necesitado siempre de tu amor.

            Cómo me cuesta olvidar las ofensas, reaccionar amando ante las envidias, las críticas injustas, ver que te excluyen y Tú... siempre olvidar y perdonar,  olvidar y amar, yo solo no puedo, Señor, porque sé muy bien por tu Eucaristía y comunión, que no puede  haber jamás entre los miembros de tu cuerpo, separaciones, olvidos, rencores, pero me cuesta reaccionar, como Tú, amando, perdonando, olvidando...“Esto no es comer la cena del Señor...”, por eso  estoy aquí,  comulgando contigo, porque Tú has dicho: “el que me coma vivirá por mí” y yo quiero vivir como Tú, quiero vivir tu misma vida, tus mismos sentimientos y entrega.

            “Acordaos de mí...”.El Espíritu Santo, invocado en la epíclesis de la santa Eucaristía, es el que realiza la presencia sacramental de Cristo en el pan consagrado, como una continuación de la Encarnación del Verbo en el seno de María. Toda la vida de la Iglesia, todos los sacramentos se realizan por la potencia del Espíritu Santo. 

            Y ese mismo Espíritu, Memoria de la Iglesia, cuando estamos en la presencia del Pan que ha consagrado y sabe que el Padre soñó para morada y amistad con los hombres, como tienda de su presencia, de la santa y una Trinidad, ese mismo Espíritu que es la Vida y Amor de mi Dios Trino y Uno, cuando decidieron en consejo trinitario esta presencia tan total y real de la Eucaristía, es el mismo que nos lo recuerda ahora y abre nuestro entendimiento y, sobre todo, nuestro corazón, para que comprendamos las Escrituras y comprendamos a un Dios Padre, que nos soñó y nos creó para una eternidad de gozo con Él, a un Hijo que vino en nuestra búsqueda y nos salvó y nos abrió las puertas del cielo, al Espíritu de amor que les une y nos une con Él en su mismo Fuego y Potencia de Amor Personal con que lo ideó y lo llevó y sigue llevando a efecto en un hombre divino, Jesús de Nazaret: “Tanto amó Dios al mundo que entregó  a su propio Hijo”.

            ¡Jesús, qué grande eres, qué tesoros encierras dentro de la Hostia santa, cómo te quiero! Ahora comprendo un poco por qué dijiste, después de realizar el misterio eucarístico: “Acordaos de mí...”, me acuerdo, me acuerdo de ti, te adoro y te amo aquí presente.

            ¡Cristo bendito! no sé cómo puede uno correr en la celebración de la Eucaristía o aburrirse en la Adoración Eucarística cuando hay tanto que recordar y pensar y vivir y amar y quemarse y adorar y descubrir y vivir tantas y tantas cosas, tantos y tantos misterios y misterios... galerías y galerías de minas y cavernas de la infinita esencia de Dios, como dice san Juan de la Cruz: “Quedéme y olvidéme, el rostro recliné sobre el Amado, cesó todo y dejéme  dejando mi cuidado, entre las azucenas olvidado”.

            ¡Jesucristo Eucaristía! ¡Cuánto te deseo, cómo te busco, con que hambre de ti camino por la vida, qué nostalgia de mi Dios todo el día!

            ¡Jesucristo Eucaristía, quiero verte, para tener la luz del camino, de la verdad y la vida! ¡Quiero comulgarte, para tener tu misma vida, tus mismos sentimientos, tu mismo amor! Y en tu entrega eucarística, quiero hacerme contigo sacerdote y víctima agradable al Padre, cumpliendo su voluntad, con amor extremo, hasta dar la vida.

            Quiero entrar así en el misterio de mi Dios Trino y Uno, por la potencia de amor del Espíritu Santo.

CUARTA MEDITACIÓN

 APÉNDICES

(Estos son unos apéndices que los transcribo tal cual salieron del Vaticano).

APÉNDICE  Nº 1

 BENEDICTO XVI: AÑO SACERDOTAL 19 JUNIO 2009- JUNIO 2010

Publicamos la carta que ha enviado Benedicto XVI a los sacerdotes al comenzar el Año Sacerdotal, que ha proclamado con motivo del 150 aniversario de la muerte (el dies natalis) de san Juan María Vianney, conocido como el cura de Ars.

            Queridos hermanos en el Sacerdocio:

      He resuelto convocar oficialmente un "Año Sacerdotal" con ocasión del 150 aniversario del "dies natalis" de Juan María Vianney, el Santo Patrón de todos los párrocos del mundo, que comenzará el viernes 19 de junio de 2009, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús -jornada tradicionalmente dedicada a la oración por la santificación del clero-.

1 Este año desea contribuir a promover el compromiso de renovación interior de todos los sacerdotes, para que su testimonio evangélico en el mundo de hoy sea más intenso e incisivo, y se concluirá en la misma solemnidad de 2010.

      "El Sacerdocio es el amor del Corazón de Jesús", repetía con frecuencia el Santo Cura de Ars.

2 Esta conmovedora expresión nos da pie para reconocer con devoción y admiración el inmenso don que suponen los sacerdotes, no sólo para la Iglesia, sino también para la humanidad misma. Tengo presente a todos los presbíteros que con humildad repiten cada día las palabras y los gestos de Cristo a los fieles cristianos y al mundo entero, identificándose con sus pensamientos, deseos y sentimientos, así como con su estilo de vida. ¿Cómo no destacar sus esfuerzos apostólicos, su servicio infatigable y oculto, su caridad que no excluye a nadie? Y ¿qué decir de la fidelidad entusiasta de tantos sacerdotes que, a pesar de las dificultades e incomprensiones, perseveran en su vocación de "amigos de Cristo", llamados personalmente, elegidos y enviados por Él?

      Todavía conservo en el corazón el recuerdo del primer párroco con el que comencé mi ministerio como joven sacerdote: fue para mí un ejemplo de entrega sin reservas al propio ministerio pastoral, llegando a morir cuando llevaba el viático a un enfermo grave. También repaso los innumerables hermanos que he conocido a lo largo de mi vida y últimamente en mis viajes pastorales a diversas naciones, comprometidos generosamente en el ejercicio cotidiano de su ministerio sacerdotal.

      Pero la expresión utilizada por el Santo Cura de Ars evoca también la herida abierta en el Corazón de Cristo y la corona de espinas que lo circunda. Y así, pienso en las numerosas situaciones de sufrimiento que aquejan a muchos sacerdotes, porque participan de la experiencia humana del dolor en sus múltiples manifestaciones o por las incomprensiones de los destinatarios mismos de su ministerio: ¿Cómo no recordar tantos sacerdotes ofendidos en su dignidad, obstaculizados en su misión, a veces incluso perseguidos hasta ofrecer el supremo testimonio de la sangre?

      Sin embargo, también hay situaciones, nunca bastante deploradas, en las que la Iglesia misma sufre por la infidelidad de algunos de sus ministros. En estos casos, es el mundo el que sufre el escándalo y el abandono. Ante estas situaciones, lo más conveniente para la Iglesia no es tanto resaltar escrupulosamente las debilidades de sus ministros, cuanto renovar el reconocimiento gozoso de la grandeza del don de Dios, plasmado en espléndidas figuras de Pastores generosos, religiosos llenos de amor a Dios y a las almas, directores espirituales clarividentes y pacientes. En este sentido, la enseñanza y el ejemplo de san Juan María Vianney pueden ofrecer un punto de referencia significativo. El Cura de Ars era muy humilde, pero consciente de ser, como sacerdote, un inmenso don para su gente: "Un buen pastor, un pastor según el Corazón de Dios, es el tesoro más grande que el buen Dios puede conceder a una parroquia, y uno de los dones más preciosos de la misericordia divina".

 

3 Hablaba del sacerdocio como si no fuera posible llegar a percibir toda la grandeza del don y de la tarea confiados a una criatura humana: "¡Oh, qué grande es el sacerdote! Si se diese cuenta, moriría... Dios le obedece: pronuncia dos palabras y Nuestro Señor baja del cielo al oír su voz y se encierra en una pequeña hostia...".

 

4 Explicando a sus fieles la importancia de los sacramentos decía: "Si desapareciese el sacramento del Orden, no tendríamos al Señor. ¿Quién lo ha puesto en el sagrario? El sacerdote. ¿Quién ha recibido vuestra alma apenas nacidos? El sacerdote. ¿Quién la nutre para que pueda terminar su peregrinación? El sacerdote. ¿Quién la preparará para comparecer ante Dios, lavándola por última vez en la sangre de Jesucristo? El sacerdote, siempre el sacerdote. Y si esta alma llegase a morir [a causa del pecado], ¿quién la resucitará y le dará el descanso y la paz? También el sacerdote... ¡Después de Dios, el sacerdote lo es todo!... Él mismo sólo lo entenderá en el cielo".

 

5 Estas afirmaciones, nacidas del corazón sacerdotal del santo párroco, pueden parecer exageradas. Sin embargo, revelan la altísima consideración en que tenía el sacramento del sacerdocio. Parecía sobrecogido por un inmenso sentido de la responsabilidad: "Si comprendiéramos bien lo que representa un sacerdote sobre la tierra, moriríamos: no de pavor, sino de amor... Sin el sacerdote, la muerte y la pasión de Nuestro Señor no servirían de nada. El sacerdote continúa la obra de la redención sobre la tierra... ¿De qué nos serviría una casa llena de oro si no hubiera nadie que nos abriera la puerta? El sacerdote tiene la llave de los tesoros del cielo: él es quien abre la puerta; es el administrador del buen Dios; el administrador de sus bienes... Dejad una parroquia veinte años sin sacerdote y adorarán a las bestias... El sacerdote no es sacerdote para sí mismo, sino para vosotros".

6  Llegó a Ars, una pequeña aldea de 230 habitantes, advertido por el Obispo sobre la precaria situación religiosa: "No hay mucho amor de Dios en esa parroquia; usted lo pondrá". Bien sabía él que tendría que encarnar la presencia de Cristo dando testimonio de la ternura de la salvación: "Dios mío, concédeme la conversión de mi parroquia; acepto sufrir todo lo que quieras durante toda mi vida". Con esta oración comenzó su misión.

7 El Santo Cura de Ars se dedicó a la conversión de su parroquia con todas sus fuerzas, insistiendo por encima de todo en la formación cristiana del pueblo que le había sido confiado.

      Queridos hermanos en el Sacerdocio, pidamos al Señor Jesús la gracia de aprender también nosotros el método pastoral de san Juan María Vianney. En primer lugar, su total identificación con el propio ministerio. En Jesús, Persona y Misión tienden a coincidir: toda su obra salvífica era y es expresión de su "Yo filial", que está ante el Padre, desde toda la eternidad, en actitud de amorosa sumisión a su voluntad. De modo análogo y con toda humildad, también el sacerdote debe aspirar a esta identificación. Aunque no se puede olvidar que la eficacia sustancial del ministerio no depende de la santidad del ministro, tampoco se puede dejar de lado la extraordinaria fecundidad que se deriva de la confluencia de la santidad objetiva del ministerio con la subjetiva del ministro. El Cura de Ars emprendió en seguida esta humilde y paciente tarea de armonizar su vida como ministro con la santidad del ministerio confiado, "viviendo" incluso materialmente en su Iglesia parroquial: "En cuanto llegó, consideró la Iglesia como su casa... Entraba en la Iglesia antes de la aurora y no salía hasta después del Angelus de la tarde. Si alguno tenía necesidad de él, allí lo podía encontrar", se lee en su primera biografía.

 

8  La devota exageración del piadoso hagiógrafo no nos debe hacer perder de vista que el Santo Cura de Ars también supo "hacerse presente" en todo el territorio de su parroquia: visitaba sistemáticamente a los enfermos y a las familias; organizaba misiones populares y fiestas patronales; recogía y administraba dinero para sus obras de caridad y para las misiones; adornaba la iglesia y la dotaba de paramentos sacerdotales; se ocupaba de las niñas huérfanas de la "Providence" (un Instituto que fundó) y de sus formadoras; se interesaba por la educación de los niños; fundaba hermandades y llamaba a los laicos a colaborar con él.

      Su ejemplo me lleva a poner de relieve los ámbitos de colaboración en los que se debe dar cada vez más cabida a los laicos, con los que los presbíteros forman un único pueblo sacerdotal y entre los cuales, en virtud del sacerdocio ministerial, están puestos "para llevar a todos a la unidad del amor: ‘amándose mutuamente con amor fraterno, rivalizando en la estima mutua' (Rm 12, 10)".

 

10 En este contexto, hay que tener en cuenta la encarecida recomendación del Concilio Vaticano II a los presbíteros de "reconocer sinceramente y promover la dignidad de los laicos y la función que tienen como propia en la misión de la Iglesia... Deben escuchar de buena gana a los laicos, teniendo fraternalmente en cuenta sus deseos y reconociendo su experiencia y competencia en los diversos campos de la actividad humana, para poder junto con ellos reconocer los signos de los tiempos".11

11 El Santo Cura de Ars enseñaba a sus parroquianos sobre todo con el testimonio de su vida. De su ejemplo aprendían los fieles a orar, acudiendo con gusto al sagrario para hacer una visita a Jesús Eucaristía.

 

12 "No hay necesidad de hablar mucho para orar bien", les enseñaba el Cura de Ars. "Sabemos que Jesús está allí, en el sagrario: abrámosle nuestro corazón, alegrémonos de su presencia. Ésta es la mejor oración".

 

13 Y les persuadía: "Venid a comulgar, hijos míos, venid donde Jesús. Venid a vivir de Él para poder vivir con Él...".

14 "Es verdad que no sois dignos, pero lo necesitáis".

15 Dicha educación de los fieles en la presencia eucarística y en la comunión era particularmente eficaz cuando lo veían celebrar el Santo Sacrificio de la Misa. Los que asistían decían que "no se podía encontrar una figura que expresase mejor la adoración... Contemplaba la hostia con amor".

16 Les decía: "Todas las buenas obras juntas no son comparables al Sacrificio de la Misa, porque son obras de hombres, mientras la Santa Misa es obra de Dios".

 

17 Estaba convencido de que todo el fervor en la vida de un sacerdote dependía de la Misa: "La causa de la relajación del sacerdote es que descuida la Misa. Dios mío, ¡qué pena el sacerdote que celebra como si estuviese haciendo algo ordinario!".

18 Siempre que celebraba, tenía la costumbre de ofrecer también la propia vida como sacrificio: "¡Cómo aprovecha a un sacerdote ofrecerse a Dios en sacrificio todas las mañanas!".

19  Esta identificación personal con el Sacrificio de la Cruz lo llevaba -con una sola moción interior- del altar al confesionario. Los sacerdotes no deberían resignarse nunca a ver vacíos sus confesionarios ni limitarse a constatar la indiferencia de los fieles hacia este sacramento. En Francia, en tiempos del Santo Cura de Ars, la confesión no era ni más fácil ni más frecuente que en nuestros días, pues el vendaval revolucionario había arrasado desde hacía tiempo la práctica religiosa. Pero él intentó por todos los medios, en la predicación y con consejos persuasivos, que sus parroquianos redescubriesen el significado y la belleza de la Penitencia sacramental, mostrándola como una íntima exigencia de la presencia eucarística. Supo iniciar así un "círculo virtuoso". Con su prolongado estar ante el sagrario en la Iglesia, consiguió que los fieles comenzasen a imitarlo, yendo a visitar a Jesús, seguros de que allí encontrarían también a su párroco, disponible para escucharlos y perdonarlos. Al final, una muchedumbre cada vez mayor de penitentes, provenientes de toda Francia, lo retenía en el confesionario hasta 16 horas al día. Se comentaba que Ars se había convertido en "el gran hospital de las almas".

20 Su primer biógrafo afirma: "La gracia que conseguía [para que los pecadores se convirtiesen] era tan abundante que salía en su búsqueda sin dejarles un momento de tregua".

 

21 En este mismo sentido, el Santo Cura de Ars decía: "No es el pecador el que vuelve a Dios para pedirle perdón, sino Dios mismo quien va tras el pecador y lo hace volver a Él".

22 "Este buen Salvador está tan lleno de amor que nos busca por todas partes".

23  Todos los sacerdotes hemos de considerar como dirigidas personalmente a nosotros aquellas palabras que él ponía en boca de Jesús: "Encargaré a mis ministros que anuncien a los pecadores que estoy siempre dispuesto a recibirlos, que mi misericordia es infinita".

24 Los sacerdotes podemos aprender del Santo Cura de Ars no sólo una confianza infinita en el sacramento de la Penitencia, que nos impulse a ponerlo en el centro de nuestras preocupaciones pastorales, sino también el método del "diálogo de salvación" que en él se debe entablar. El Cura de Ars se comportaba de manera diferente con cada penitente. Quien se acercaba a su confesionario con una necesidad profunda y humilde del perdón de Dios, encontraba en él palabras de ánimo para sumergirse en el "torrente de la divina misericordia" que arrastra todo con su fuerza. Y si alguno estaba afligido por su debilidad e inconstancia, con miedo a futuras recaídas, el Cura de Ars le revelaba el secreto de Dios con una expresión de una belleza conmovedora: "El buen Dios lo sabe todo. Antes incluso de que se lo confeséis, sabe ya que pecaréis nuevamente y sin embargo os perdona. ¡Qué grande es el amor de nuestro Dios que le lleva incluso a olvidar voluntariamente el futuro, con tal de perdonarnos!".

25 Aquien, en cambio, se acusaba de manera fría y casi indolente, le mostraba, con sus propias lágrimas, la evidencia seria y dolorosa de lo "abominable" de su actitud: "Lloro porque vosotros no lloráis",

 

26 decía. "Si el Señor no fuese tan bueno... pero lo es. Hay que ser un bárbaro para comportarse de esta manera ante un Padre tan bueno".

27 Provocaba el arrepentimiento en el corazón de los tibios, obligándoles a ver con sus propios ojos el sufrimiento de Dios por los pecados como "encarnado" en el rostro del sacerdote que los confesaba. Si alguno manifestaba deseos y actitudes de una vida espiritual más profunda, le mostraba abiertamente las profundidades del amor, explicándole la inefable belleza de vivir unidos a Dios y estar en su presencia: "Todo bajo los ojos de Dios, todo con Dios, todo para agradar a Dios... ¡Qué maravilla!".

28 Y les enseñaba a orar: "Dios mío, concédeme la gracia de amarte tanto cuanto yo sea capaz".

29 El Cura de Ars consiguió en su tiempo cambiar el corazón y la vida de muchas personas, porque fue capaz de hacerles sentir el amor misericordioso del Señor. Urge también en nuestro tiempo un anuncio y un testimonio similar de la verdad del Amor: Deus caritas est (1 Jn 4, 8). Con la Palabra y con los Sacramentos de su Jesús, Juan María Vianney edificaba a su pueblo, aunque a veces se agitaba interiormente porque no se sentía a la altura, hasta el punto de pensar muchas veces en abandonar las responsabilidades del ministerio parroquial para el que se sentía indigno.

            Sin embargo, con un sentido de la obediencia ejemplar, permaneció siempre en su puesto, porque lo consumía el celo apostólico por la salvación de las almas. Se entregaba totalmente a su propia vocación y misión con una ascesis severa: "La mayor desgracia para nosotros los párrocos -deploraba el Santo- es que el alma se endurezca"; con esto se refería al peligro de que el pastor se acostumbre al estado de pecado o indiferencia en que viven muchas de sus ovejas.

 

30 Dominaba su cuerpo con vigilias y ayunos para evitar que opusiera resistencia a su alma sacerdotal. Y se mortificaba voluntariamente en favor de las almas que le habían sido confiadas y para unirse a la expiación de tantos pecados oídos en confesión. A un hermano sacerdote, le explicaba: "Le diré cuál es mi receta: doy a los pecadores una penitencia pequeña y el resto lo hago yo por ellos".

31 Más allá de las penitencias concretas que el Cura de Ars hacía, el núcleo de su enseñanza sigue siendo en cualquier caso válido para todos: las almas cuestan la sangre de Cristo y el sacerdote no puede dedicarse a su salvación sin participar personalmente en el "alto precio" de la redención.

      En la actualidad, como en los tiempos difíciles del Cura de Ars, es preciso que los sacerdotes, con su vida y obras, se distingan por un vigoroso testimonio evangélico. Pablo VI ha observado oportunamente: "El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escucha a los que enseñan, es porque dan testimonio".

32 Para que no nos quedemos existencialmente vacíos, comprometiendo con ello la eficacia de nuestro ministerio, debemos preguntarnos constantemente: "¿Estamos realmente impregnados por la palabra de Dios? ¿Es ella en verdad el alimento del que vivimos, más que lo que pueda ser el pan y las cosas de este mundo? ¿La conocemos verdaderamente? ¿La amamos? ¿Nos ocupamos interiormente de esta palabra hasta el punto de que realmente deja una impronta en nuestra vida y forma nuestro pensamiento?".

33 Así como Jesús llamó a los Doce para que estuvieran con Él (cf. Mc 3, 14), y sólo después los mandó a predicar, también en nuestros días los sacerdotes están llamados a asimilar el "nuevo estilo de vida" que el Señor Jesús inauguró y que los Apóstoles hicieron suyo.

 

34. La identificación sin reservas con este "nuevo estilo de vida" caracterizó la dedicación al ministerio del Cura de Ars. El Papa Juan XXIII en la Carta encíclica Sacerdotii nostri primordia, publicada en 1959, en el primer centenario de la muerte de san Juan María Vianney, presentaba su fisonomía ascética refiriéndose particularmente a los tres consejos evangélicos, considerados como necesarios también para los presbíteros: "Y, si para alcanzar esta santidad de vida, no se impone al sacerdote, en virtud del estado clerical, la práctica de los consejos evangélicos, ciertamente que a él, y a todos los discípulos del Señor, se le presenta como el camino real de la santificación cristiana".

35 El Cura de Ars supo vivir los "consejos evangélicos" de acuerdo a su condición de presbítero. En efecto, su pobreza no fue la de un religioso o un monje, sino la que se pide a un sacerdote: a pesar de manejar mucho dinero (ya que los peregrinos más pudientes se interesaban por sus obras de caridad), era consciente de que todo era para su iglesia, sus pobres, sus huérfanos, sus niñas de la "Providence",

36 sus familias más necesitadas. Por eso "era rico para dar a los otros y era muy pobre para sí mismo".

37 Y explicaba: "Mi secreto es simple: dar todo y no conservar nada".

38 Cuando se encontraba con las manos vacías, decía contento a los pobres que le pedían: "Hoy soy pobre como vosotros, soy uno de vosotros".

39 Así, al final de su vida, pudo decir con absoluta serenidad: "No tengo nada... Ahora el buen Dios me puede llamar cuando quiera".

40 También su castidad era la que se pide a un sacerdote para su ministerio. Se puede decir que era la castidad que conviene a quien debe tocar habitualmente con sus manos la Eucaristía y contemplarla con todo su corazón arrebatado y con el mismo entusiasmo la distribuye a sus fieles. Decían de él que "la castidad brillaba en su mirada", y los fieles se daban cuenta cuando clavaba la mirada en el sagrario con los ojos de un enamorado.

41 También la obediencia de san Juan María Vianney quedó plasmada totalmente en la entrega abnegada a las exigencias cotidianas de su ministerio. Se sabe cuánto le atormentaba no sentirse idóneo para el ministerio parroquial y su deseo de retirarse "a llorar su pobre vida, en soledad".

42 Sólo la obediencia y la pasión por las almas conseguían convencerlo para seguir en su puesto. A los fieles y a sí mismo explicaba: "No hay dos maneras buenas de servir a Dios. Hay una sola: servirlo como Él quiere ser servido".

43 Consideraba que la regla de oro para una vida obediente era: "Hacer sólo aquello que puede ser ofrecido al buen Dios".

44 En el contexto de la espiritualidad apoyada en la práctica de los consejos evangélicos, me complace invitar particularmente a los sacerdotes, en este Año dedicado a ellos, a percibir la nueva primavera que el Espíritu está suscitando en nuestros días en la Iglesia, a la que los Movimientos eclesiales y las nuevas Comunidades han contribuido positivamente. "El Espíritu es multiforme en sus dones... Él sopla donde quiere. Lo hace de modo inesperado, en lugares inesperados y en formas nunca antes imaginadas... Él quiere vuestra multiformidad y os quiere para el único Cuerpo".

45 Aeste propósito vale la indicación del Decreto Presbyterorum ordinis: "Examinando los espíritus para ver si son de Dios, [los presbíteros] han de descubrir mediante el sentido de la fe los múltiples carismas de los laicos, tanto los humildes como los más altos, reconocerlos con alegría y fomentarlos con empeño".

46 Dichos dones, que llevan a muchos a una vida espiritual más elevada, pueden hacer bien no sólo a los fieles laicos sino también a los ministros mismos. La comunión entre ministros ordenados y carismas "puede impulsar un renovado compromiso de la Iglesia en el anuncio y en el testimonio del Evangelio de la esperanza y de la caridad en todos los rincones del mundo".

47 Quisiera añadir además, en línea con la Exhortación apostólica Pastores dabo vobis del Papa Juan Pablo II, que el ministerio ordenado tiene una radical "forma comunitaria" y sólo puede ser desempeñado en la comunión de los presbíteros con su Obispo.

48 Es necesario que esta comunión entre los sacerdotes y con el propio Obispo, basada en el sacramento del Orden y manifestada en la concelebración eucarística, se traduzca en diversas formas concretas de fraternidad sacerdotal efectiva y afectiva.

49 Sólo así los sacerdotes sabrán vivir en plenitud el don del celibato y serán capaces de hacer florecer comunidades cristianas en las cuales se repitan los prodigios de la primera predicación del Evangelio.

      El Año Paulino que está por concluir orienta nuestro pensamiento también hacia el Apóstol de los gentiles, en quien podemos ver un espléndido modelo sacerdotal, totalmente "entregado" a su ministerio. "Nos apremia el amor de Cristo -escribía-, al considerar que, si uno murió por todos, todos murieron" (2 Cor 5, 14). Y añadía: "Cristo murió por todos, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos" (2 Cor 5, 15). ¿Qué mejor programa se podría proponer a un sacerdote que quiera avanzar en el camino de la perfección cristiana?

      Queridos sacerdotes, la celebración del 150 aniversario de la muerte de San Juan María Vianney (1859) viene inmediatamente después de las celebraciones apenas concluidas del 150 aniversario de las apariciones de Lourdes (1858). Ya en 1959, el Beato Papa Juan XXIII había hecho notar: "Poco antes de que el Cura de Ars terminase su carrera tan llena de méritos, la Virgen Inmaculada se había aparecido en otra región de Francia a una joven humilde y pura, para comunicarle un mensaje de oración y de penitencia, cuya inmensa resonancia espiritual es bien conocida desde hace un siglo. En realidad, la vida de este sacerdote cuya memoria celebramos, era anticipadamente una viva ilustración de las grandes verdades sobrenaturales enseñadas a la vidente de Massabielle. Él mismo sentía una devoción vivísima hacia la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen; él, que ya en 1836 había consagrado su parroquia a María concebida sin pecado, y que con tanta fe y alegría había de acoger la definición dogmática de 1854".

50 El Santo Cura de Ars recordaba siempre a sus fieles que "Jesucristo, cuando nos dio todo lo que nos podía dar, quiso hacernos herederos de lo más precioso que tenía, es decir de su Santa Madre".

51 Confío este Año Sacerdotal a la Santísima Virgen María, pidiéndole que suscite en cada presbítero un generoso y renovado impulso de los ideales de total donación a Cristo y a la Iglesia que inspiraron el pensamiento y la tarea del Santo Cura de Ars. Con su ferviente vida de oración y su apasionado amor a Jesús crucificado, Juan María Vianney alimentó su entrega cotidiana sin reservas a Dios y a la Iglesia. Que su ejemplo fomente en los sacerdotes el testimonio de unidad con el Obispo, entre ellos y con los laicos, tan necesario hoy como siempre. A pesar del mal que hay en el mundo, conservan siempre su actualidad las palabras de Cristo a sus discípulos en el Cenáculo: "En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo" (Jn 16, 33). La fe en el Maestro divino nos da la fuerza para mirar con confianza el futuro. Queridos sacerdotes, Cristo cuenta con vosotros. A ejemplo del Santo Cura de Ars, dejaos conquistar por Él y seréis también vosotros, en el mundo de hoy, mensajeros de esperanza, reconciliación y paz. Con mi bendición. Vaticano, 16 de junio de 2009.

BENEDICTUS PP. XVI

APÉNDICE  Nº  2

CATEQUESIS DEL PAPA BENEDICTO XVI

 

Ofrecemos a continuación la catequesis pronunciada por el Papa durante la audiencia general de los miércoles, con los peregrinos congregados en la Plaza de San Pedro.

            Queridos hermanos y hermanas:

            Con la celebración de las Primeras Vísperas de la solemnidad de los santos apóstoles Pedro y Pablo en la Basílica de San Pablo Extramuros se ha cerrado, como sabéis, el 28 de junio, el Año Paulino, en recuerdo del segundo milenio del nacimiento del Apóstol de los Gentiles. Damos gracias al Señor por los frutos espirituales que esta importante iniciativa ha aportado a tantas comunidades cristianas.

            Como preciosa herencia del Año Paulino, podemos recoger la invitación del Apóstol a profundizar en el conocimiento del misterio de Cristo, para que sea Él el corazón y el centro de nuestra existencia personal y comunitaria. Ésta es, de hecho, la condición indispensable para una verdadera renovación espiritual y eclesial. Como subrayé ya durante la primera Celebración eucarística en la Capilla Sixtina tras mi elección como sucesor del Apóstol San Pedro, es precisamente de la plena comunión con Cristo de donde “brotan todos los demás elementos de la vida de la Iglesia, en primer lugar la comunión entre todos los fieles, el empeño de anunciar y dar testimonio del Evangelio, el ardor de la caridad hacia todos, especialmente hacia los pobres y los pequeños” (Cf. Enseñanzas, I, 2005, pp. 8-13). Esto vale en primer lugar para los sacerdotes. Por esto doy gracias a la Providencia divina que nos ofrece ahora la posibilidad de celebrar el Año Sacerdotal. Auguro de corazón que éste constituya para cada sacerdote una oportunidad de renovación interior y, en consecuencia, de firme revigorización en el compromiso hacia la propia misión.

            Como durante el Año Paulino nuestra referencia constante ha sido san Pablo, así en los próximos meses miraremos en primer lugar a san Juan María Vianney, el santo Cura de Ars, recordando el 150 aniversario de su muerte. En la carta que he escrito para esta ocasión a los sacerdotes, he querido subrayar lo que resplandece sobre todo en la existencia de este humilde ministro del altar: “su total identificación con el propio ministerio”. Él solía decir que “un buen pastor, un pastor según el Corazón de Dios, es el tesoro más grande que el buen Dios puede conceder a una parroquia y uno de los dones más preciosos de la misericordia divina”. Y casi sin poder concebir la grandeza del don y de la tarea confiados a una pobre criatura humana, suspiraba: “¡Oh, qué grande es el sacerdote!... si se comprendiera a sí mismo, moriría... Dios le obedece: él pronuncia dos palabras y Nuestro Señor desciende del cielo a su voz y se mete en una pequeña hostia”.

            En verdad, precisamente considerando el binomio “identidad-misión”, cada sacerdote puede advertir mejor la necesidad de esa progresiva identificación con Cristo que le garantiza la fidelidad y la fecundidad del testimonio evangélico. El mismo título del Año Sacerdotal – Fidelidad de Cristo, fidelidad del sacerdote – evidencia que el don de la gracia divina precede toda posible respuesta humana y realización pastoral, y así, en la vida del sacerdote, anuncio misionero y culto no son separables nunca, como tampoco se separan la identidad ontológico-sacramental y la misión evangelizadora. Por lo demás, el fin de la misión de todo presbítero, podríamos decir, es “cultual”: para que todos los hombres puedan ofrecerse a Dios como hostia viva, santa, agradable a Él (Cf. Rm 12,1), que en la misma creación, en los hombres, se convierte en culto, alabanza del Creador, recibiendo aquella caridad que están llamados a dispensarse abundantemente unos a otros. Lo advertimos claramente en los inicios del cristianismo. San Juan Crisóstomo decía, por ejemplo, que el sacramento del altar y el “sacramento del hermano”, o, como dice, el “sacramento del pobre”, constituyen dos aspectos del mismo misterio.

            El amor al prójimo, la atención a la justicia y a los pobres, no son solamente temas de una moral social, sino más bien expresión de una concepción sacramental de la moralidad cristiana, porque, a través del ministerio de los presbíteros, se realiza el sacrificio espiritual de todos los fieles, en unión con el de Cristo, único Mediador: sacrificio que los presbíteros ofrecen de forma incruenta y sacramental en espera de la nueva venida del Señor. Ésta es la principal dimensión, esencialmente misionera y dinámica, de la identidad y del ministerio sacerdotal: a través del anuncio del Evangelio engendran en la fe a aquellos que aún no creen, para que puedan unir el sacrificio de Cristo a su sacrificio, que se traduce en amor a Dios y al prójimo.

            Queridos hermanos y hermanas, frente a tantas incertidumbres y cansancios, también en el ejercicio del ministerio sacerdotal es urgente recuperar un juicio claro e inequívoco sobre el primado absoluto de la gracia divina, recordando lo que escribe santo Tomás de Aquino: “El más pequeño don de la gracia supera el bien natural de todo el universo” (Summa Theologiae, I-II, q. 113, a. 9, ad 2). La misión de cada presbítero dependerá, por tanto, también y sobre todo de la conciencia de la realidad sacramental de su “nuevo ser”. De la certeza de su propia identidad, no construida artificialmente sino dada y acogida gratuitamente y divinamente, depende siempre el renovado entusiasmo del sacerdote por su misión. También para los presbíteros vale lo que he escrito en la Encíclica Deus caritas est: “En el origen del ser cristiano no hay una decisión ética o una gran idea, sino más bien el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que trae a la vida un nuevo horizonte y con ello la dirección decisiva” (n. 1).

            Habiendo recibido un tan extraordinario don de la gracia con su “consagración”, los presbíteros se convierten en testigos permanentes de su encuentro con Cristo. Partiendo precisamente de esta conciencia interior, éstos pueden llevar a cabo plenamente su “misión”, mediante el anuncio de la Palabra y la administración de los Sacramentos. Tras el Concilio Vaticano II, se ha producido aquí la impresión de que en la misión de los sacerdotes, en este tiempo nuestro, haya algo más urgente; algunos creían que se debía construir en primer lugar una sociedad distinta. La página evangélica que hemos escuchado al principio llama, en cambio, la atención sobre los dos elementos esenciales del ministerio sacerdotal. Jesús envía, en aquel tiempo y ahora, a los Apóstoles a anunciar el Evangelio y les da el poder de cazar a los espíritus malignos. “Anuncio” y “poder”, es decir, “palabra” y “sacramento”, son por tanto las dos comunes fundamentales del servicio sacerdotal, más allá de sus posibles múltiples configuraciones.

            Cuando no se tiene en cuenta el “díptico” consagración-misión, resulta verdaderamente difícil comprender la identidad del presbítero y de su ministerio en la Iglesia. ¿Quién es de hecho el presbítero, si no un hombre convertido y renovado por el Espíritu, que vive de la relación personal con Cristo, haciendo constantemente propios los criterios evangélicos? ¿Quién es el presbítero, si no un hombre de unidad y de verdad, consciente de sus propios límites y, al mismo tiempo, de la extraordinaria grandeza de la vocación recibida, la de ayudar a extender el Reino de Dios hasta los extremos confines de la tierra? ¡Sí! El sacerdote es un hombre todo del Señor, porque es Dios mismo quien le llama y le constituye en su servicio apostólico. Y precisamente siendo todo del Señor, es todo de los hombres, para los hombres.

            Durante este Año Sacerdotal, que se extenderá hasta la próxima Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, oremos por todos los sacerdotes. Que se multipliquen en las diócesis, en las parroquias, en las comunidades religiosas (especialmente en las monásticas), en las asociaciones y los movimientos, en las diversas agregaciones pastorales presentes en todo el mundo, iniciativas de oración y, en particular, de adoración eucarística, por la santificación del clero y por las vocaciones sacerdotales, respondiendo a la invitación de Jesús a orar “al dueño de la mies que envíe obreros a su mies” (Mt 9,38).

            La oración es la primera tarea, el verdadero camino de santificación de los sacerdotes, y el alma de la auténtica “pastoral vocacional”. La escasez numérica de ordenaciones sacerdotales en algunos países no sólo no debe desanimar, sino que debe empujar a multiplicar los espacios de silencio y de escucha de la Palabra, a cuidar mejor la dirección espiritual y el sacramento de la confesión, para que la voz de Dios, que siempre sigue llamando y confirmando, pueda ser escuchada y prontamente seguida por muchos jóvenes. Quien reza no tiene miedo; quien reza nunca está solo; ¡quien reza se salva! Modelo de una existencia hecha oración es sin duda san Juan María Vianney. Que María, Madre de la Iglesia, ayude a todos los sacerdotes a seguir su ejemplo para ser, como él, testigos de Cristo y apóstoles del Evangelio.

QUINTA MEDITACIÓN

APÉNDICE  Nº 3

 

Discurso que pronunció Benedicto XVI el 22 de septiembre  de 2009 en la residencia pontificia de Castel Gandolfo a 107 obispos nombrados en los últimos doce meses.

 

Consejos del Papa a nuevos obispos


            Queridos hermanos en el episcopado:


            Ya es costumbre, desde hace varios años, que los obispos nombrados recientemente se reúnan en Roma para un encuentro que se vive como una peregrinación a la tumba de san Pedro. Os acojo con particular afecto. La experiencia que estáis realizando, además de estimularos en la reflexión sobre las responsabilidades y las tareas de un obispo, os permite reavivar en vuestra alma la certeza de que, al gobernar la Iglesia de Dios, no estáis solos, sino que, juntamente con la ayuda de la gracia, contáis con el apoyo del Papa y el de vuestros hermanos en el episcopado.

            Estar en el centro de la catolicidad, en esta Iglesia de Roma, abre vuestras almas a una percepción más viva de la universalidad del pueblo de Dios y aumenta en vosotros la solicitud por toda la Iglesia.

            El día de la ordenación episcopal, antes de la imposición de las manos, la Iglesia pide al candidato que asuma algunos compromisos, entre los cuales, además del de anunciar con fidelidad el Evangelio y custodiar la fe, se encuentra el de "perseverar en la oración a Dios todopoderoso por el bien de su pueblo santo". Hoy quiero reflexionar con vosotros precisamente sobre el carácter apostólico y pastoral de la oración del obispo.

            El evangelista san Lucas escribe que Jesucristo escogió a los doce Apóstoles después de pasar toda la noche orando en el monte (cf. Lc 6, 12); y el evangelista san Marcos precisa que los Doce fueron elegidos para que "estuvieran con él y para enviarlos" (Mc 3, 14).

            Al igual que los Apóstoles, también nosotros, queridos hermanos en el episcopado, en cuanto sus sucesores, estamos llamados ante todo a estar con Cristo, para conocerlo más profundamente y participar de su misterio de amor y de su relación llena de confianza con el Padre. En la oración íntima y personal, el obispo, como todos los fieles y más que ellos, está llamado a crecer en el espíritu filial con respecto a Dios, aprendiendo de Jesús mismo la familiaridad, la confianza y la fidelidad, actitudes propias de él en su relación con el Padre.

            Y los Apóstoles comprendieron muy bien que la escucha en la oración y el anuncio de lo que habían escuchado debían tener el primado sobre las muchas cosas que es preciso hacer, porque decidieron: "Nosotros nos dedicaremos a la oración y al ministerio de la Palabra" (Hch 6, 4). Este programa apostólico es sumamente actual. Hoy, en el ministerio de un obispo, los aspectos organizativos son absorbentes; los compromisos, múltiples; las necesidades, numerosas; pero en la vida de un sucesor de los Apóstoles el primer lugar debe estar reservado para Dios. Especialmente de este modo ayudamos a nuestros fieles.

            Ya san Gregorio Magno, en la Regla pastoral afirmaba que el pastor "de modo singular debe destacar sobre todos los demás por la oración y la contemplación" (II, 5). Es lo que la tradición formuló después con la conocida expresión: "Contemplata aliis tradere" (cf. santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae, II-II, q. 188, a. 6).

            En la encíclica Deus caritas est, refiriéndome a la narración del episodio bíblico de la escala de Jacob, quise poner de relieve que precisamente a través de la oración el pastor se hace sensible a las necesidades de los demás y misericordioso con todos (cf. n. 7). Y recordé el pensamiento de san Gregorio Magno, según el cual el pastor arraigado en la contemplación sabe acoger las necesidades de los demás, que en la oración hace suyas: "per pietatis viscera in se infirmitatem caeterorum transferat" (Regla pastoral, ib.).

            La oración educa en el amor y abre el corazón a la caridad pastoral para acoger a todos los que recurren al obispo. Este, modelado en su interior por el Espíritu Santo, consuela con el bálsamo de la gracia divina, ilumina con la luz de la Palabra, reconcilia y edifica en la comunión fraterna.

            En vuestra oración, queridos hermanos, deben ocupar un lugar particular vuestros sacerdotes, para que perseveren siempre en su vocación y sean fieles a la misión presbiteral que se les ha encomendado. Para todo sacerdote es muy edificante saber que el obispo, del que ha recibido el don del sacerdocio o que, en cualquier caso, es su padre y su amigo, lo tiene presente en la oración, con afecto, y que está siempre dispuesto a acogerlo, escucharlo, sostenerlo y animarlo.

            Además, en la oración del obispo nunca debe faltar la súplica por nuevas vocaciones. Debe pedirlas con insistencia a Dios, para que llame "a los que quiera" para su sagrado ministerio.

            El munus sanctificandi que habéis recibido os compromete, asimismo, a ser animadores de oración en la sociedad. En las ciudades en las que vivís y actuáis, a menudo agitadas y ruidosas, donde el hombre corre y se extravía, donde se vive como si Dios no existiera, debéis crear espacios y ocasiones de oración, donde en el silencio, en la escucha de Dios mediante la lectio divina, en la oración personal y comunitaria, el hombre pueda encontrar a Dios y hacer una experiencia viva de Jesucristo que revela el auténtico rostro del Padre.

            No os canséis de procurar que las parroquias y los santuarios, los ambientes de educación y de sufrimiento, pero también las familias, se conviertan en lugares de comunión con el Señor. De modo especial, os exhorto a hacer de la catedral una casa ejemplar de oración, sobre todo litúrgica, donde la comunidad diocesana reunida con su obispo pueda alabar y dar gracias a Dios por la obra de la salvación e interceder por todos los hombres.

            San Ignacio de Antioquía nos recuerda la fuerza de la oración comunitaria: "Si la oración de uno o de dos tiene tanta fuerza, ¡cuánto más la del obispo y de toda la Iglesia!" (Carta a los Efesios, 5).

            En pocas palabras, queridos hermanos en el episcopado, sed hombres de oración. "La fecundidad espiritual del ministerio del obispo depende de la intensidad de su unión con el Señor. Un obispo debe sacar de la oración luz, fuerza y consuelo para su actividad pastoral", como escribe el Directorio para el ministerio pastoral de los obispos (Apostolorum successores, 36).

            Al orar a Dios por vosotros mismos y por vuestros fieles, tened la confianza de los hijos, la audacia del amigo, la perseverancia de Abraham, que fue incansable en la intercesión. Como Moisés, tened las manos elevadas hacia el cielo, mientras vuestros fieles libran el buen combate de la fe. Como María, alabad cada día a Dios por la salvación que realiza en la Iglesia y en el mundo, convencidos de que para Dios nada es imposible (cf. Lc 1, 37).

            Con estos sentimientos, os imparto a cada uno de vosotros, a vuestros sacerdotes, a los religiosos y las religiosas, a los seminaristas y a los fieles de vuestras diócesis, una bendición apostólica especial.

APÉNDICE  Nº 4

Carta que han enviado el Cardenal Cláudio Hummes, o.f.m. y el arzobispo Mauro Piacenza, presidente y secretario de la Congregación Vaticana para el Clero con motivo de la Jornada Mundial de Oración por la Santificación de los Sacerdotes

 

            Reverendos y queridos hermanos en el sacerdocio:

            En la fiesta del Sacratísimo Corazón de Jesús, con una mirada incesante de amor, fijamos los ojos de nuestra mente y de nuestro corazón en Cristo, único Salvador de nuestra vida y del mundo. Remitirnos a Cristo significa remitirnos a aquel Rostro que todo hombre, consciente o inconscientemente, busca como única respuesta adecuada a su insuprimible sed de felicidad.

            Nosotros ya encontramos este Rostro y, en aquel día, en aquel instante, su amor hirió de tal manera nuestro corazón, que no pudimos menos de pedir estar incesantemente en su presencia. «Por la mañana escucharás mi voz, por la mañana te expongo mi causa y me quedo aguardando» (Salmo 5).

               La sagrada liturgia nos lleva a contemplar una vez más el misterio de la encarnación del Verbo, origen y realidad íntima de esta compañía que es la Iglesia: el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob se revela en Jesucristo. «Nadie habría podido ver su gloria si antes no hubiera sido curado por la humildad de la carne. Quedaste cegado por el polvo, y con el polvo has sido curado: la carne te había cegado, la carne te cura» (San Agustín, Comentario al Evangelio de san Juan, Homilía 2, 16).

            Sólo contemplando de nuevo la perfecta y fascinante humanidad de Jesucristo, vivo y operante ahora, que se nos ha revelado y que sigue inclinándose sobre cada uno con el amor de total predilección que le es propio, se puede dejar que él ilumine y colme ese abismo de necesidad que es nuestra humanidad, con la certeza de la esperanza encontrada, y con la seguridad de la Misericordia que abarca nuestros límites, enseñándonos a perdonar lo que de nosotros mismos ni siquiera lográbamos descubrir. «Una sima grita a otra sima con voz de cascadas» (Salmo 41).

            Con ocasión de la tradicional Jornada de oración por la santificación de los sacerdotes, que se celebra en la fiesta del Sacratísimo Corazón de Jesús, quiero recordar la prioridad de la oración con respecto a la acción, en cuanto que de ella depende la eficacia del obrar. De la relación personal de cada uno con el Señor Jesús depende en gran medida la misión de la Iglesia. Por tanto, la misión debe alimentarse con la oración: «Ha llegado el momento de reafirmar la importancia de la oración ante el activismo y el secularismo» (Benedicto XVI, Deus caritas est, 37). No nos cansemos de acudir a su Misericordia, de dejarle mirar y curar las llagas dolorosas de nuestro pecado para asombrarnos ante el milagro renovado de nuestra humanidad redimida.

            Queridos hermanos en el sacerdocio, somos los expertos de la Misericordia de Dios en nosotros y, sólo así, sus instrumentos al abrazar, de modo siempre nuevo, la humanidad herida. «Cristo no nos salva de nuestra humanidad, sino a través de ella; no nos salva del mundo, sino que ha venido al mundo para que el mundo se salve por medio de él (cf. Jn 3, 17)» (Benedicto XVI, Mensaje «urbi et orbi», 25 de diciembre de 2006: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 29 de diciembre de 2006, p. 20). Somos, por último, presbíteros por el sacramento del Orden, el acto más elevado de la Misericordia de Dios y a la vez de su predilección.

            En segundo lugar, en la insuprimible y profunda sed de él, la dimensión más auténtica de nuestro sacerdocio es la mendicidad: la petición sencilla y continua; se aprende en la oración silenciosa, que siempre ha caracterizado la vida de los santos; hay que pedirla con insistencia. Esta conciencia de la relación con él se ve sometida diariamente a la purificación de la prueba. Cada día caemos de nuevo en la cuenta de que este drama también nos afecta a nosotros, ministros que actuamos in persona Christi capitis. No podemos vivir un solo instante en su presencia sin el dulce anhelo de reconocerlo, conocerlo y adherirnos más a él. No cedamos a la tentación de mirar nuestro ser sacerdotes como una carga inevitable e indelegable, ya asumida, que se puede cumplir «mecánicamente», tal vez con un programa pastoral articulado y coherente. El sacerdocio es la vocación, el camino, el modo a través del cual Cristo nos salva, con el que nos ha llamado, y nos sigue llamando ahora, a vivir con él.

            La única medida adecuada, ante nuestra santa vocación, es la radicalidad. Esta entrega total, con plena conciencia de nuestra infidelidad, sólo puede llevarse a cabo como una decisión renovada y orante que luego Cristo realiza día tras día. Incluso el don del celibato sacerdotal se ha de acoger y vivir en esta dimensión de radicalidad y de plena configuración con Cristo. Cualquier otra postura, con respecto a la realidad de la relación con él, corre el peligro de ser ideológica.

            Incluso la cantidad de trabajo, a veces enorme, que las actuales condiciones del ministerio nos exigen llevar a cabo, lejos de desalentarnos, debe impulsarnos a cuidar con mayor atención aún nuestra identidad sacerdotal, la cual tiene una raíz ciertamente divina. En este sentido, con una lógica opuesta a la del mundo, precisamente las condiciones peculiares del ministerio nos deben impulsar a «elevar el tono» de nuestra vida espiritual, testimoniando con mayor convicción y eficacia nuestra pertenencia exclusiva al Señor.

            Él, que nos ha amado primero, nos ha educado para la entrega total. «Salí al encuentro de quien me buscaba. Dije: "Heme aquí" a quien invocaba mi nombre». El lugar de la totalidad por excelencia es la Eucaristía, pues «en la Eucaristía Jesús no da "algo", sino a sí mismo; ofrece su cuerpo y derrama su sangre. Entrega así toda su vida, manifestando la fuente originaria de este amor divino» (Sacramentum caritatis, 7).

            Queridos hermanos, seamos fieles a la celebración diaria de la santísima Eucaristía, no sólo para cumplir un compromiso pastoral o una exigencia de la comunidad que nos ha sido encomendada, sino por la absoluta necesidad personal que sentimos, como la respiración, como la luz para nuestra vida, como la única razón adecuada a una existencia presbiteral plena.

            El Santo Padre, en la exhortación apostólica postsinodal Sacramentum caritatis (n. 66) nos vuelve a proponer con fuerza la afirmación de san Agustín: «Nadie come de esta carne sin antes adorarla (...), pecaríamos si no la adoráramos» (Enarrationes in Psalmos 98, 9). No podemos vivir, no podemos conocer la verdad sobre nosotros mismos, sin dejarnos contemplar y engendrar por Cristo en la adoración eucarística diaria, y el «Stabat» de María, «Mujer eucarística», bajo la cruz de su Hijo, es el ejemplo más significativo que se nos ha dado de la contemplación y de la adoración del Sacrificio divino.

            Como la dimensión misionera es intrínseca a la naturaleza misma de la Iglesia, del mismo modo nuestra misión está inscrita en la identidad sacerdotal, por lo cual la urgencia misionera es una cuestión de conciencia de nosotros mismos. Nuestra identidad sacerdotal está edificada y se renueva día a día en la «conversación» con nuestro Señor. La relación con él, siempre alimentada en la oración continua, tiene como consecuencia inmediata la necesidad de hacer partícipes de ella a quienes nos rodean.          En efecto, la santidad que pedimos a diario no se puede concebir según una estéril y abstracta acepción individualista, sino que, necesariamente, es la santidad de Cristo, la cual es contagiosa para todos: «Estar en comunión con Jesucristo nos hace participar en su ser "para todos", hace que este sea nuestro modo de ser» (Benedicto XVI, Spe salvi, 28).

            Este «ser para todos» de Cristo se realiza, para nosotros, en los tria munera de los que somos revestidos por la naturaleza misma del sacerdocio. Esos tria munera, que constituyen la totalidad de nuestro ministerio, no son el lugar de la alienación o, peor aún, de un mero reduccionismo funcionalista de nuestra persona, sino la expresión más auténtica de nuestro ser de Cristo; son el lugar de la relación con él. El pueblo que nos ha sido encomendado para que lo eduquemos, santifiquemos y gobernemos, no es una realidad que nos distrae de «nuestra vida», sino que es el rostro de Cristo que contemplamos diariamente, como para el esposo es el rostro de su amada, como para Cristo es la Iglesia, su esposa. El pueblo que nos ha sido encomendado es el camino imprescindible para nuestra santidad, es decir, el camino en el que Cristo manifiesta la gloria del Padre a través de nosotros.

            «Si a quien escandaliza a uno solo y al más pequeño conviene que se le cuelgue al cuello una piedra de molino y sea arrojado al mar (...), ¿qué deberán sufrir y recibir como castigo los que mandan a la perdición (...) a un pueblo entero?» (San Juan Crisóstomo, De sacerdotio VI, 1.498). Ante la conciencia de una tarea tan grave y una responsabilidad tan grande para nuestra vida y salvación, en la que la fidelidad a Cristo coincide con la «obediencia» a las exigencias dictadas por la redención de aquellas almas, no queda espacio ni siquiera para dudar de la gracia recibida. Sólo podemos pedir que se nos conceda ceder lo más posible a su amor, para que él actúe a través de nosotros, pues o dejamos que Cristo salve el mundo, actuando en nosotros, o corremos el riesgo de traicionar la naturaleza misma de nuestra vocación. La medida de la entrega, queridos hermanos en el sacerdocio, sigue siendo la totalidad. «Cinco panes y dos peces» no son mucho; sí, pero son todo. La gracia de Dios convierte nuestra poquedad en la Comunión que sacia al pueblo. De esta «entrega total» participan de modo especial los sacerdotes ancianos o enfermos, los cuales, diariamente, desempeñan el ministerio divino uniéndose a la pasión de Cristo y ofreciendo su existencia presbiteral por el verdadero bien de la Iglesia y la salvación de las almas.

            Por último, el fundamento imprescindible de toda la vida sacerdotal sigue siendo la santa Madre de Dios. La relación con ella no puede reducirse a una piadosa práctica de devoción, sino que debe alimentarse con un continuo abandono de toda nuestra vida, de todo nuestro ministerio, en los brazos de la siempre Virgen. También a nosotros María santísima nos lleva de nuevo, como hizo con san Juan bajo la cruz de su Hijo y Señor nuestro, a contemplar con ella el Amor infinito de Dios: «Ha bajado hasta aquí nuestra Vida, la verdadera Vida; ha cargado con nuestra muerte para matarla con la sobreabundancia de su Vida» (San Agustín, Confesiones IV, 12).

            Dios Padre escogió como condición para nuestra redención, para el cumplimiento de nuestra humanidad, para el acontecimiento de la encarnación del Hijo, la espera del «fiat» de una Virgen ante el anuncio del ángel. Cristo decidió confiar, por decirlo así, su vida a la libertad amorosa de su Madre: «Concibiendo a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo al Padre en el templo, sufriendo con su Hijo que moría en la cruz, colaboró de manera totalmente singular a la obra del Salvador por su obediencia, su fe, su esperanza y su amor ardiente, para restablecer la vida sobrenatural de los hombres. Por esta razón es nuestra madre en el orden de la gracia» (Lumen gentium, 61).

            El Papa san Pío X afirmó: «Toda vocación sacerdotal viene del corazón de Dios, pero pasa por el corazón de una madre». Eso es verdad con respecto a la evidente maternidad biológica, pero también con respecto al «alumbramiento» de toda fidelidad a la vocación de Cristo. No podemos prescindir de una maternidad espiritual para nuestra vida sacerdotal: encomendémonos con confianza a la oración de toda la santa madre Iglesia, a la maternidad del pueblo, del que somos pastores, pero al que está encomendada también nuestra custodia y santidad; pidamos este apoyo fundamental.

            Se plantea, queridos hermanos en el sacerdocio, la urgencia de «un movimiento de oración, que ponga en el centro la adoración eucarística continuada, durante las veinticuatro horas, de modo tal que, de cada rincón de la tierra, se eleve a Dios incesantemente una oración de adoración, agradecimiento, alabanza, petición y reparación, con el objetivo principal de suscitar un número suficiente de santas vocaciones al estado sacerdotal y, al mismo tiempo, acompañar espiritualmente -al nivel de Cuerpo místico- con una especie de maternidad espiritual, a quienes ya han sido llamados al sacerdocio ministerial y están ontológicamente conformados con el único sumo y eterno Sacerdote, para que le sirvan cada vez mejor a él y a los hermanos, como los que, a la vez, están "en" la Iglesia pero también, "ante" la Iglesia (cf. Juan Pablo II, Pastores dabo vobis, 16), haciendo las veces de Cristo y, representándolo, como cabeza, pastor y esposo de la Iglesia» (Carta de la Congregación para el Clero, 8 de diciembre de 2007).

            Se delinea, últimamente, una nueva forma de maternidad espiritual, que en la historia de la Iglesia siempre ha acompañado silenciosamente el elegido linaje sacerdotal: se trata de la consagración de nuestro ministerio a un rostro determinado, a un alma consagrada, que esté llamada por Cristo y, por tanto, que elija ofrecerse a sí misma, sus sufrimientos necesarios y sus inevitables pruebas de la vida, para interceder en favor de nuestra existencia sacerdotal, viviendo de este modo en la dulce presencia de Cristo.

            Esta maternidad, en la que se encarna el rostro amoroso de María, es preciso pedirla en la oración, pues sólo Dios puede suscitarla y sostenerla. No faltan ejemplos admirables en este sentido. Basta pensar en las benéficas lágrimas de santa Mónica por su hijo Agustín, por el cual lloró «más de lo que lloran las madres por la muerte física de sus hijos» (San Agustín, Confesiones III, 11). Otro ejemplo fascinante es el de Eliza Vaughan, la cual dio a luz y encomendó al Señor trece hijos; seis de sus ocho hijos varones se hicieron sacerdotes; y cuatro de sus cinco hijas fueron religiosas. Dado que no es posible ser verdaderamente mendicantes ante Cristo, admirablemente oculto en el misterio eucarístico, sin saber pedir concretamente la ayuda efectiva y la oración de quien él nos pone al lado, no tengamos miedo de encomendarnos a las maternidades que, ciertamente, suscita para nosotros el Espíritu.

            Santa Teresa del Niño Jesús, consciente de la necesidad extrema de oración por todos los sacerdotes, sobre todo por los tibios, escribe en una carta dirigida a su hermana Celina: «Vivamos por las almas, seamos apóstoles, salvemos sobre todo las almas de los sacerdotes (...). Oremos, suframos por ellos, y, en el último día, Jesús nos lo agradecerá» (Carta 94).

            Encomendémonos a la intercesión de la Virgen Santísima, Reina de los Apóstoles, Madre dulcísima. Contemplemos, con ella, a Cristo en la continua tensión a ser total y radicalmente suyos. Esta es nuestra identidad.

            Recordemos las palabras del santo cura de Ars, patrono de los párrocos: «Si yo tuviera ya un pie en el cielo y me vinieran a decir que volviera a la tierra para trabajar por la conversión de los pecadores, volvería de buen grado. Y si para ello fuera necesario que permaneciera en la tierra hasta el fin del mundo, levantándome siempre a medianoche, y sufriera como sufro, lo haría de todo corazón» (Frère Athanase, Procès de l'Ordinaire, p. 883).

 El Señor guíe y proteja a todos y cada uno, de modo especial a los enfermos y a los que sufren, en el constante ofrecimiento de nuestra vida por amor.

 

Cardenal Cláudio Hummes, o.f.m.

Prefecto.

  

Mons. Mauro Piacenza

Arzobispo tit. de Vittoriana

Secretario.

SEXTA MEDITACIÓN

 

Benedicto XVI dedica la Audiencia General al santo abad Bernardo de Claraval: “No se puede hacer teología sin experiencia de Cristo”.


CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 21 de octubre de 2009 (ZENIT.org).- “Para Bernardo de Claraval, el verdadero conocimiento de Dios consiste en la experiencia personal, profunda, de Jesucristo y de su amor. Y esto, queridos hermanos y hermanas, vale para todo cristiano”, afirmó hoy el Papa Benedicto XVI.

            El Papa dedicó la catequesis de hoy, dentro del ciclo de escritores cristianos del primer milenio a san Bernardo de Claraval (1090-1153), abad cisterciense conocido como el “Doctor melifluo” por la dulzura con que hablaba de Jesucristo. Este santo escritor fue una importante figura de la Europa medieval, que mantuvo contactos con importantes personalidades de su tiempo, y que es reconocido como el “último Padre de la Iglesia”.

            Subrayó que más que haber abierto nuevos caminos en la teología, san Bernardo “configura al teólogo con el contemplativo y el místico”, en un tiempo de agrias disputas entre dos importantes corrientes teológicas, el nominalismo y el realismo. “Sólo Jesús – insiste Bernardo ante los complejos razonamientos dialécticos de su tiempo – solo Jesús es miel en la boca, cántico en el oído, júbilo en el corazón”, explicó el Papa.

            “El abad de Claraval no se cansa de repetir que sólo hay un nombre que cuenta, el de Jesús Nazareno”, añadió. “Para Bernardo, de hecho, el verdadero conocimiento de Dios consiste en la experiencia personal, profunda, de Jesucristo y de su amor”. Su ejemplo recuerda hoy que “la fe es ante todo encuentro personal íntimo con Jesús, es hacer experiencia de su cercanía, de su amistad, de su amor, y sólo así se aprende a conocerle cada vez más, a amarlo y seguirlo cada vez más”.

            “¡Que esto pueda sucedernos a cada uno de nosotros!”, auguró el Papa.

            Las reflexiones de este santo abad “provocan aún hoy de forma saludable no sólo a los teólogos, sino a todos los creyentes”, que “a veces pretenden resolver las cuestiones fundamentales sobre Dios, sobre el hombre y sobre el mundo, con las únicas fuerzas de la razón”.

            “San Bernardo, en cambio, sólidamente fundado en la Biblia y en los Padres de la Iglesia, nos recuerda que sin una profunda fe en Dios, alimentada por la oración y por la contemplación, por una relación íntima con el Señor, nuestras reflexiones sobre los misterios divinos corren el riesgo de ser un vano ejercicio intelectual, y pierden su credibilidad”. “Al final, la figura más verdadera del teólogo sigue siendo la del apóstol Juan, que apoyó su cabeza sobre el corazón del Maestro”, subrayó el Papa.

 

Enamorado de la Virgen

            Otro de los puntos sobresalientes del pensamiento de san Bernardo es su veneración a la Virgen María, sobre la que ha escrito importantes sermones y oraciones. Sobre todo, se detuvo en la importancia de la Virgen al haber acompañado a su Hijo en la Pasión.

            “Bernardo no tiene dudas: per Mariam ad Iesum, a través de María somos conducidos a Jesús”, afirmó el Papa. En sus escritos, el santo “confirma con claridad la subordinación de María a Jesús, según los fundamentos de la mariología tradicional”, pero “documenta también el lugar privilegiado de la Virgen en la economía de la salvación”.

            El Papa concluyó su catequesis citando una hermosa homilía del santo: “En los peligros, en las angustias, en las incertidumbres – dice – piensa en María, invoca a María. Que Ella no se aparte nunca de tus labios, que no se aparte nunca de tu corazón; y para que obtengas la ayuda de su oración, no olvides nunca el ejemplo de su vida”.

            “Si tu la sigues, no puedes desviarte; si la rezas, no puedes desesperar; si piensas en ella, no puedes equivocarte. Si ella te sostiene, no caes; si ella te protege, no tienes que temer; si ella te guía, no te cansas; si ella te es propicia, llegarás a la meta...”

 

            Benedicto XVI: San Bernardo de Claraval, el “dulce poeta” de la Virgen

 

CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 21 de octubre de 2009 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación el texto completo de la catequesis pronunciada hoy por el Papa Benedicto XVI, durante la Audiencia General a los peregrinos procedentes de todo el mundo, en la Plaza de San Pedro.

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            Queridos hermanos y hermanas, hoy quisiera hablar sobre san Bernardo de Claraval, llamado el “último de los Padres” de la Iglesia, porque en el siglo XII, una vez más, renovó e hizo presente la gran teología de los padres.

            No conocemos en detalle los años de su juventud; sabemos con todo que él nació en 1090 en Fontaines, en Francia, en una familia numerosa y discretamente acomodada. De jovencito, se prodigó en el estudio de las llamadas artes liberales – especialmente de la gramática, la retórica y la dialéctica – en la escuela de los Canónicos de la iglesia de Saint-Vorles, en Châtillon-sur-Seine, y maduró lentamente la decisión de entrar en la vida religiosa. En torno a los veinte años entró en Cîteaux (Císter, n.d.t.), una fundación monástica nueva, más ágil respecto de los antiguos y venerables monasterios de entonces y, al mismo tiempo, más rigurosa en la práctica de los consejos evangélicos.

            Algunos años más tarde, en 1115, Bernardo fue enviado por san Esteban Harding, tercer Abad del Císter, a fundar el monasterio de Claraval (Clairvaux). El joven abad, tenía sólo 25 años, pudo aquí afinar su propia concepción de la vida monástica, y empeñarse en traducirla en la práctica. Mirando la disciplina de otros monasterios, Bernardo reclamó con decisión la necesidad de una vida sobria y mesurada, tanto en la mesa como en la indumentaria y en los edificios monásticos, recomendando la sustentación y el cuidado de los pobres. Entretanto la comunidad de Claraval era cada vez en más numerosa, y multiplicaba sus fundaciones.

            En esos mismos años, antes de 1130, Bernardo emprendió una vasta correspondencia con muchas personas, tanto importantes como de modestas condiciones sociales. A las muchas Cartas de este periodo hay que añadir los numerosos Sermones, como también Sentencias y Tratados. Siempre a esta época asciende la gran amistad de Bernardo con Guillermo, abad de Saint-Thierry, y con Guillermo de Champeaux, una de las figuras más importantes del siglo XII.

            Desde 1130 en adelante empezó a ocuparse de no pocos y graves cuestiones de la Santa Sede y de la Iglesia. Por este motivo tuvo que salir más a menudo de su monasterio, e incluso fuera de Francia. Fundó también algunos monasterios femeninos, y fue protagonista de un vivo epistolario con Pedro el Venerable, abad de Cluny, sobre el que hablé el pasado miércoles. Dirigió sobre todo sus escritos polémicos contra Abelardo, un gran pensador que inició una nueva forma de hacer teología, introduciendo sobre todo el método dialéctico-filosófico en la construcción del pensamiento teológico.

            Otro frente contra el que Bernardo luchó fue la herejía de los Cátaros, que despreciaban la materia y el cuerpo humano, despreciando, en consecuencia, al Creador. Él, en cambio, se sintió en el deber de defender a los judíos, condenando los cada vez más difundidos rebrotes de antisemitismo. Por este último aspecto de su acción apostólica, algunas decenas de años más tarde, Ephraim, rabino de Bonn, dedicó a Bernardo un vibrante homenaje. En ese mismo periodo el santo abad escribió sus obras más famosas, como los celebérrimos Sermones sobre el Cantar de los Cantares.

            En los últimos años de su vida – su muerte sobrevino en 1153 – Bernardo tuvo que limitar los viajes, aunque sin interrumpirlos del todo. Aprovechó para revisar definitivamente el conjunto de las Cartas, de los Sermones y de los Tratados. Merece mencionarse un libro bastante particular, que terminó precisamente en este periodo, en 1145, cuando un alumno suyo, Bernardo Pignatelli, fue elegido Papa con el nombre de Eugenio III. En esta circunstancia, Bernardo, en calidad de Padre espiritual, escribió a este hijo espiritual el texto De Consideratione, que contiene enseñanzas para poder ser un buen Papa. En este libro, que sigue siendo una lectura conveniente para los Papas de todos los tiempos, Bernardo no indica sólo cómo ser un buen Papa, sino que expresa también una profunda visión del misterio de la Iglesia y del misterio de Cristo, que se resuelve, al final, con la contemplación del misterio de Dios trino y uno: “”Debería proseguir aún la búsqueda de este Dios, que aún no ha sido bastante buscado”, escribe el santo abad “pero quizás se puede buscar y encontrar más fácilmente con la oración que con la discusión. Pongamos por tanto aquí término al libro, pero no a la búsqueda” (XIV, 32: PL 182, 808), a estar en camino hacia Dios.

            Quisiera detenerme sólo en dos aspectos centrales de la rica doctrina de Bernardo: estos se refieren a Jesucristo y a María Santísima, su Madre. Su solicitud por la íntima y vital participación del cristiano en el amor de Dios en Jesucristo no trae orientaciones nuevas en el estatus científico de la teología. Pero, de forma más decidida que nunca, el abad de Claraval configura al teólogo con el contemplativo y el místico. Sólo Jesús – insiste Bernardo ante los complejos razonamientos dialécticos de su tiempo – solo Jesús es "miel en la boca, cántico en el oído, júbilo en el corazón (mel in ore, in aure melos, in corde iubilum)". De aquí proviene el título, que se le atribuye por tradición, de Doctor mellifluus: su alabanza de Jesucristo “se derrama como la miel”. En las extenuantes batallas entre nominalistas y realistas – dos corrientes filosóficas de la época – el abad de Claraval no se cansa de repetir que sólo hay un nombre que cuenta, el de Jesús Nazareno. "Árido es todo alimento del alma", confiesa, "si no es rociado con este aceite; es insípido, si no se sazona con esta sal. Lo que escribes no tiene sabor para mí, si no leo en ello Jesús”. Y concluye: “Cuando discutes o hablas, nada tiene sabor para mí, si no siento resonar el nombre de Jesús” (Sermones en Cantica Canticorum XV, 6: PL 183,847). Para Bernardo, de hecho, el verdadero conocimiento de Dios consiste en la experiencia personal, profunda, de Jesucristo y de su amor. Y esto, queridos hermanos y hermanas, vale para todo cristiano: la fe es ante todo encuentro personal íntimo con Jesús, es hacer experiencia de su cercanía, de su amistad, de su amor, y sólo así se aprende a conocerle cada vez más, a amarlo y seguirlo cada vez más. ¡Que esto pueda sucedernos a cada uno de nosotros!

            En otro célebre sermón del domingo dentro de la octava de la Asunción, el santo abad describió en términos apasionados la íntima participación de María en el sacrificio redentor de su Hijo. “¡Oh santa Madre, - exclama - verdaderamente una espada ha traspasado tu alma!... Hasta tal punto la violencia del dolor ha traspasado tu alma, que con razón te podemos llamar más que mártir, porque en ti la participación en la pasión del Hijo superó con mucho en su intensidad los sufrimientos físicos del martirio” (14: PL 183,437-438).

            Bernardo no tiene dudas: "per Mariam ad Iesum", a través de María somos conducidos a Jesús. Él confirma con claridad la subordinación de María a Jesús, según los fundamentos de la mariología tradicional. Pero el cuerpo del Sermón documenta también el lugar privilegiado de la Virgen en la economía de la salvación, dada su particularísima participación como Madre (compassio) en el sacrificio del Hijo. No por casualidad, un siglo y medio después de la muerte de Bernardo, Dante Alighieri, en el último canto de la Divina Comedia, pondrá en los labios del Doctor melifluo la sublime oración a María: “Virgen Madre, hija de tu Hijo/ humilde y más alta criatura/ término fijo de eterno consejo,..." (Paraíso 33, vv. 1ss.).

            Estas reflexiones, características de un enamorado de Jesús y de María como san Bernardo, provocan aún hoy de forma saludable no sólo a los teólogos, sino a todos los creyentes. A veces se pretende resolver las cuestiones fundamentales sobre Dios, sobre el hombre y sobre el mundo, con las únicas fuerzas de la razón. San Bernardo, en cambio, sólidamente fundado en la Biblia y en los Padres de la Iglesia, nos recuerda que sin una profunda fe en Dios, alimentada por la oración y por la contemplación, por una relación íntima con el Señor, nuestras reflexiones sobre los misterios divinos corren el riesgo de ser un vano ejercicio intelectual, y pierden su credibilidad. La teología reenvía a la “ciencia de los santos”, a su intuición de los misterios del Dios vivo, a su sabiduría, don del Espíritu Santo, que son punto de referencia del pensamiento teológico. Junto a Bernardo de Claraval, también nosotros debemos reconocer que el hombre busca mejor y encuentra más fácilmente a Dios “con la oración que con la discusión”. Al final, la figura más verdadera del teólogo sigue siendo la del apóstol Juan, que apoyó su cabeza sobre el corazón del Maestro.

            Quisiera concluir estas reflexiones sobre san Bernardo con las invocaciones a María, que leemos en su bella homilía: “En los peligros, en las angustias, en las incertidumbres – dice – piensa en María, invoca a María. Que Ella no se aparte nunca de tus labios, que no se aparte nunca de tu corazón; y para que obtengas la ayuda de su oración, no olvides nunca el ejemplo de su vida. Si tú la sigues, no puedes desviarte; si la rezas, no puedes desesperar; si piensas en ella, no puedes equivocarte. Si ella te sostiene, no caes; si ella te protege, no tienes que temer; si ella te guía, no te cansas; si ella te es propicia, llegarás a la meta...” (Hom. II super “Missus est”, 17: PL 183, 70-71).

SÉPTIMA  MEDITACIÓN

 

2. CARTA DE JUAN PABLO II SOBRE LA ORACIÓN DEL SACERDOTE

 

1. Entre el Cenáculo y Getsemaní.

 

1. "Dichos los Himnos, salieron para el monte de los Olivos" (Mc 14, 26).

            Permitidme, queridos hermanos en el sacerdocio, que empiece mi Carta para el Jueves Santo de este año con las palabras que nos remiten al momento en que, después de la Última Cena, Jesucristo salió para ir al Monte de los Olivos. Todos nosotros que, por medio del sacramento del Orden, gozamos de una participación especial, ministerial, en el sacerdocio de Cristo, el Jueves Santo nos recogemos interiormente en recuerdo de la institución de la Eucaristía, porque este acontecimiento señala el principio y la fuente de lo que, por la gracia de Dios, somos en la Iglesia y en el mundo. El Jueves Santo es el día del nacimiento de nuestro sacerdocio y, por eso, es también nuestra fiesta anual.

 

4. La oración de Getsemaní se comprende no sólo en relación con todos los acontecimientos del Viernes Santo --es decir, la pasión y muerte en Cruz--, sino también, y no menos íntimamente, en relación con la última Cena.

            Durante la Cena de despedida, Jesús llevó a término lo que era la eterna voluntad del Padre al respecto, y era también su voluntad: su voluntad de Hijo: "¡Para esto he venido yo a esta hora!" (Jn 12, 27). Las palabras de la institución del sacramento de la nueva y eterna Alianza, la Eucaristía, constituyen en cierto modo el sello sacramental de esa eterna voluntad del Padre y del Hijo, que ha llegado a la "hora" del cumplimiento definitivo.

 

6. Las palabras del evangelista: "Comenzó a entristecerse y angustiarse" (Mt 26, 37), igual que todo el desarrollo de la oración en Getsemaní, parecen indicar no sólo el miedo ante el sufrimiento, sino también el temor característico del hombre, una especie de temor unido al sentido de responsabilidad.

            En la oración con que comienza la pasión, Jesucristo, "Hijo del hombre", expresa el típico esfuerzo de la responsabilidad, unida a la aceptación de las tareas en las que el hombre se ha de «superar a sí mismo».

            Los Evangelios recuerdan varias veces que Jesús rezaba, más aún, que "pasaba las noches en oración" (cfr. Lc 6, 12); pero ninguna de estas oraciones ha sido presentada de modo tan profundo y penetrante como la de Getsemaní. Lo cual es comprensible. Pues en la vida de Jesús no hubo otro momento tan decisivo. Ninguna otra oración entraba de modo tan pleno en la que había de ser «su hora». De ninguna otra decisión de su vida tanto como de ésta dependía el cumplimiento de la voluntad del Padre, el cual "tanto amó al mundo que le dio a su Unigénito Hijo, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga la vida eterna" (Jn 3, 16).

            Cuando Jesús dice en Getsemaní: "No se haga mi voluntad, sino la tuya" (Lc 22, 42), revela la voluntad del Padre y de su amor salvífico al hombre. La «voluntad del Padre» es precisamente el amor salvífico: la salvación del mundo se ha de realizar mediante el sacrificio redentor del Hijo. Es muy comprensible que el Hijo del hombre, al asumir esta tarea, manifieste en su decisivo coloquio con el Padre la conciencia que tiene de la dimensión sobrehumana de esta tarea con la que cumple la voluntad del Padre en la divina profundidad de su unión filial.

            "He llevado a cabo la obra que me encomendaste realizar", (cfr. Jn 17, 4). Añade el Evangelista: "Lleno de angustia, oraba con más insistencia" (Lc 22, 44). Y esta angustia mortal se manifestó también con el sudor que, como gotas de sangre, empapaba el rostro de Jesús (cfr. Lc 22, 44). Es la máxima expresión de un sufrimiento que se traduce en oración, y de una oración que, a su vez, conoce el dolor, al acompañar el sacrificio anticipado sacramentalmente en el Cenáculo, vivido profundamente en el espíritu de Getsemaní y que está a punto de consumarse en el Calvario.

            Precisamente sobre estos momentos de la oración sacerdotal y sacrificial es sobre los que deseo llamar vuestra atención, queridos hermanos, en relación con nuestra oración y nuestra vida.

 

II. La oración como centro de la existencia sacerdotal.

 

7. Si en nuestra meditación del Jueves Santo de este año unimos el Cenáculo con Getsemaní, es para comprender cómo nuestro sacerdocio debe estar profundamente vinculado a la oración: enraizado en la oración.

            Se trata, pues, de nuestra vida, de la misma existencia sacerdotal, en toda su riqueza, que se encierra, antes que nada, en la llamada al sacerdocio, y que se manifiesta también en ese servicio de la salvación que surge de ella. Sabemos que el sacerdocio --sacramental y ministerial-- es una participación especial en el sacerdocio de Cristo. No existe sin él y fuera de él: "Sin mi no podéis hacer nada" (Jn 15, 5), dijo Jesús en la última Cena, como conclusión de la parábola sobre la vid y los sarmientos.

            Cuando más tarde, durante su oración solitaria en el huerto de Getsemaní, Jesús se acerca a Pedro, a Juan y a Santiago y los encuentra dormidos, los despierta y les dice: "Vigilad y orad para no caer en tentación" (Mt 26, 41).

            La oración, pues, había de ser para los Apóstoles el modo concreto y eficaz de participar en la "hora de Jesús", de enraizarse en Él y en su misterio pascual. Así será siempre para nosotros, sacerdotes. Sin la oración existe el peligro de aquella "tentación" en la que cayeron por desgracia los Apóstoles cuando se encontraron cara a cara con el "escándalo de la cruz" (cf Ga 5, 1 l).

 

8. En nuestra vida sacerdotal la oración tiene una variedad de formas y significados, tanto la personal, como la comunitaria, o la litúrgica (pública y oficial). No obstante, en la base de esta oración multiforme siempre hay que encontrar ese fundamento profundísimo que pertenece a nuestra existencia en Cristo, como realización específica de la misma existencia cristiana, y más aún, de modo más amplio de la humana. La oración, pues, es la expresión connatural de la conciencia de haber sido creados por Dios, y más aún --como revela la Biblia-- de que el Creador se ha manifestado al hombre como Dios de la Alianza.

            La oración, que pertenece a nuestra existencia sacerdotal, comprende naturalmente dentro de todo lo que deriva de nuestro ser cristianos, o también simplemente del ser hombres hechos "a imagen y semejanza" de Dios. Incluye, además, la conciencia de nuestro ser hombres y cristianos como sacerdotes. Y esto es precisamente lo que quiere descubrir el Jueves Santo, llevándonos con Cristo, después de la última Cena, a Getsemaní. En efecto, allí somos testigos de la oración del mismo Jesús, que precede inmediatamente al cumplimiento supremo de su sacerdocio por medio del sacrificio, de sí mismo en la Cruz. Él, "constituido Sumo Sacerdote de los bienes futuros.... entró una vez para siempre en el santuario... por su propia sangre", (Heb 9, 11-12). De hecho, si bien era sacerdote desde el primer momento de su existencia, sin embargo "llegó a ser" de modo pleno el único sacerdote de la nueva y eterna Alianza mediante el sacrificio redentor, que tuvo su comienzo en Getsemaní. Este comienzo tuvo lugar en un contexto de oración.

 

9. Para nosotros, queridos hermanos, esto es un descubrimiento de importancia fundamental el día del Jueves Santo, al que justamente consideramos como el día del nacimiento de nuestro sacerdocio ministerial en Cristo. Entre las palabras de la institución: "Este es mi Cuerpo que es entregado por vosotros"; "Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros" y el cumplimiento efectivo de lo que esas palabras expresan, se interpone la oración de Getsemaní. ¿Quizá no es verdad que, a lo largo de los acontecimientos pascuales, ella nos lleva a la realidad, también visible, que el sacramento significa y renueva al mismo tiempo?

            El sacerdocio, que ha llegado a ser nuestra herencia en virtud de un sacramento tan estrechamente unido a la Eucaristía, es siempre una llamada a participar de la misma realidad divino-humana, salvífica y redentora, que precisamente por medio de nuestro ministerio debe dar siempre nuevos frutos en la historia de la salvación: "Para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto permanezca" (Jn 15, 16). El santo Cura de Ars, cuyo centenario de su nacimiento estamos celebrando, se nos presenta precisamente como el hombre de esta llamada, reavivando su conciencia también en nosotros. En su vida heroica la oración fue el medio que le permitía permanecer constantemente en Cristo, "velar" con Cristo de cara a su "hora".

            Esta "hora" es decisiva para la salvación de tantos hombres, confiados al servicio sacerdotal y al cuidado pastoral de cada presbítero. En la vida de San Juan María Vianney, esta "hora" se realizó especialmente con su servicio en el confesionario.

 

10. La oración en Getsemaní es como una piedra angular, puesta por Cristo al servicio de la causa "que el Padre le ha confiado": obra de la redención del mundo mediante el sacrificio ofrecido en la Cruz.

            Partícipes del sacerdocio de Cristo, que está unido indisolublemente a su sacrificio, también nosotros debemos poner la Piedra angular de la oración como base de nuestra existencia sacerdotal. Nos permitirá sintonizar nuestra existencia con el servicio sacerdotal, conservando intacta la identidad y la autenticidad de esta vocación, que se ha convertido en nuestra herencia especial en la Iglesia, como comunidad del Pueblo de Dios.

            La oración sacerdotal ―especialmente la Liturgia de las Horas y la adoración Eucarística― nos ayudará a conservar antes que nada la conciencia profunda de que, como «siervos de Cristo», somos de modo especial y excepcional "administradores de los misterios de Dios" (1 Cor 4, 1). Cualquiera que sea nuestra tarea concreta, cualquiera que sea el tipo de compromiso en que desarrollamos el servicio pastoral la oración nos asegurará la conciencia de esos misterios de Dios, de los que somos "administradores", y la llevará a manifestarse en todas nuestras obras.

            De este modo seremos también para los hombres un signo visible de Cristo y de su Evangelio. ¡Queridísimos hermanos! Tenemos necesidad de oración, de oración profunda y, en cierto sentido, "orgánica", para poder ser ese signo. "En esto conocerán todos que sois mis discípulos: si tenéis amor unos para con otros". ¡Sí! Concretamente, ésta es una cuestión de amor, de amor "a los demás"; efectivamente, el «ser», como sacerdotes «administradores de los misterios de Dios», significa ponerse a disposición de los demás y, así, dar testimonio de ese amor supremo que está en Cristo, de ese amor que es Dios mismo.

 

11. Si la oración sacerdotal reaviva esta conciencia y esta actitud en la vida de cada uno de nosotros, al mismo tiempo, de acuerdo con la "lógica" profunda de ser administradores de los misterios de Dios, la oración debe ampliarse y extenderse constantemente a todos aquellos que "el Padre nos ha dado" (cfr. Jn 17, 6).

            Esto es lo que sobresale claramente en la oración sacerdotal de Jesús en el Cenáculo: "He manifestado tu nombre a los hombres que de este mundo me has dado. Tuyos eran y tú me los diste, y han guardado tu palabra" (Jn 17, 6).

            A ejemplo de Jesús, el Sacerdote, "administrador de los misterios de Dios", es Él mismo cuando es "para los demás". La oración le da una especial sensibilidad hacia los demás haciéndolo sensible a sus necesidades, a su vida y a su destino. La oración permite también al sacerdote reconocer a los "que el Padre le ha dado"... Estos son, ante todo, los que, por así decirlo, son puestos por el Buen Pastor en el camino de su servicio sacerdotal, de su labor pastoral. Son los niños, los adultos, los ancianos. Son la juventud, las parejas de novios, las familias, pero también las personas solas. Son los enfermos, los que sufren, los moribundos. Son los que están espiritualmente cercanos, dispuestos a la colaboración apostólica, pero también los lejanos, los ausentes, los indiferentes, muchos de los cuales, sin embargo, pueden encontrarse en una fase de reflexión y de búsqueda. Son los que están mal dispuestos por varias razones, los que se encuentran en medio de dificultades de naturaleza diversa, los que luchan contra los vicios y pecados, los que luchan por la fe y la esperanza. Los que buscan la ayuda del sacerdote y los que lo rechazan.

            ¿Cómo ser sacerdote "para" todos ellos y para cada uno de ellos según el modelo de Cristo? ¿Cómo ser sacerdote "para" aquéllos que "el Padre nos ha dado", confiándonoslos como un encargo? Nuestra prueba será siempre una prueba de amor, una prueba que hemos de aceptar, antes que nada, en el terreno de la oración.

 

            12. Queridos hermanos: Todos sabemos bien cuánto cuesta esta prueba. ¡Cuánto cuestan a veces los coloquios aparentemente normales con las distintas personas! ¡Cuánto cuesta el servicio a las conciencias en el confesionario! Cuánto cuesta la solicitud "por todas las iglesias" (cfr. 2 Cor 11, 28): Sollicitudo omnium ecclesiarum): ya se trate de las «iglesias domésticas» (Cfr. LG, 11), es decir, las familias, especialmente en sus dificultades y crisis actuales; ya se trate de cada persona "templo del Espíritu Santo" (1 Cor 6, 19): de cada hombre o mujer en su dignidad humana y cristiana; y finalmente, ya se trate de una iglesia-comunidad como la parroquia, que sigue siendo la comunidad fundamental, o bien de aquellos grupos, movimientos, asociaciones, que sirven a la renovación del hombre y de la sociedad según el espíritu del Evangelio florecientes hoy en la Iglesia y por los que hemos de estar agradecidos al Espíritu Santo, que hace surgir iniciativas tan hermosas. Tal empeño tiene su "coste", que hemos de sostener con la ayuda de la oración.

            Por lo tanto, la oración nos permitirá, a pesar de muchas contrariedades, dar esa prueba de amor que ha de ofrecer la vida de cada hombre, y de modo especial la del sacerdote. Y cuando parezca que esa prueba supera nuestras fuerzas, recordemos lo que el evangelista dice de Jesús en Getsemaní: “Lleno de angustia, oraba con más insistencia” (Lc 22, 44).

 

13. El Concilio Vaticano II presenta la vida de la Iglesia como peregrinación en la fe (cfr. Const. Dogm. Lumen gentium, 48 ss.). Cada uno de nosotros, queridos hermanos, en razón de su vocación y ordenación sacerdotal, tiene una participación especial en esta peregrinación. Estamos llamados a avanzar guiando a los demás, ayudándolos en su camino como ministros del Buen Pastor. Como administradores de los misterios de Dios debemos, pues, tener una madurez de fe, adecuada a nuestra vocación y a nuestras funciones. Pues, "lo que se busca en los administradores es que sean fieles" (1 Cor 4, 2), desde el momento en que el Señor les confía su patrimonio.

            Por lo tanto, es conveniente que en esta peregrinación de la fe, cada uno de nosotros fije la mirada de su alma en la Virgen María, Madre de Jesucristo, Hijo de Dios. Pues ella --como enseña el Concilio siguiendo a los Padres-- nos «precede» en esta peregrinación (cfr. Const. Dogm. Lumen gentium, 58) y nos ofrece un ejemplo sublime, que he deseado poner también de relieve en mi reciente Encíclica, publicada en vistas al Año Mariano, al que nos estamos preparando.

            En María, que es la Virgen Inmaculada, descubrimos también el misterio de esa fecundidad sobrenatural por obra del Espíritu Santo, por el que ella es «figura» de la Iglesia. En efecto, la Iglesia «se hace también madre mediante la palabra de Dios aceptada con fidelidad, pues por la predicación y el bautismo engendra a una vida nueva e inmortal a los hijos concebidos por obra del Espíritu Santo y nacidos de Dios» (Const. Dogm. Lumen gentium, 64), según el testimonio del Apóstol Pablo: "Hijos míos, por quienes sufro de nuevo dolores de parto" (Ga 4, 19); y llega a serlo sufriendo como una madre, que "cuando pare, siente tristeza porque llega su hora; pero cuando ha dado a luz un hijo no se acuerda de la tribulación, por el gozo que tiene de haber venido al mundo un hombre" (Jn 16, 21).

            ¿Acaso este testimonio no toca también la esencia de nuestra especial vocación en la Iglesia? Sin embargo --digámoslo al concluir--, para que podamos hacer nuestro el testimonio del Apóstol, tenemos que mirar constantemente al Cenáculo y a Getsemaní, y volver a encontrar el centro mismo de nuestro sacerdocio en la oración y mediante la oración.

            Cuando, con Cristo, clamamos: "Abbá, Padre", entonces "el Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios" (Rom 8, 15-16). "Y asimismo, también el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene; mas el mismo Espíritu aboga por nosotros con gemidos inenarrables, y el que escudriña los corazones conoce cuál es el deseo del Espíritu" (Rom 8, 26-27).

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Termino como empecé, afirmando la necesidad absoluta de la oración contemplativa-transformativa en el sacerdote. Aquí se fundamenta su grandeza y, a la vez, su pequeñez, toda su vida y  espiritualidad, el todo y la nada de su ser y existir sacerdotal en Cristo, condensado magistralmente en aquellas preciosas palabras, atribuidas a san Agustín, que yo vi escritas y leía muchas veces, sin saber traducirlas, en un cuadro de la sacristía de mi pueblo de Jaraíz de la Vera, cuando era monaguillo en mi parroquia de San Miguel; donde precisamente me hice monaguillo a seguidas de hacer la Primera Comunión, porque mi madre era madre sacerdotal y devotísima del Sagrado Corazón de Jesús, entronizado y rezado todas las noches en casa, antes de dormir, y por esta devoción suya, ella quería que hiciera los primeros viernes, y con tanta devoción los hice, que comulgué no sólo una vez al mes, el primer viernes, sino todos los días de los nueve primeros viernes que había que hacer para morir en gracia de Dios e ir al cielo. Así que lo tengo asegurado, ya que hice un buen seguro a todo riesgo: los primeros viernes: ¡Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío!

¡Gracias, madre, que estás en el cielo! La vocación estuvo primero en tu corazón, y desde allí, como en los semilleros de tabaco y pimiento de nuestra hermosa Extremadura, región de la Vera, pasó a mi corazón y a mi vida. Gracias. Siempre te querré, porque sembraste la semilla de mi sacerdocio in aeternum. Ya lo disfrutaremos juntos en el cielo. Y eternamente. Porque es eterno en Cristo, Sacerdote eterno y único del Altísimo. ¡Qué gloria más grande para vosotros, mis padres, Fermín y Graciana! En mis bodas de oro sacerdotales: ¡Gracias, Cristo Jesús, Sacerdote Único del Altísimo! ¡Gracias, queridísimos padres!

   «O sacerdos, tu qui es?

   Non es a te, quia de nihilo.

   Non es ad te, quia mediator ad Deum.

   Non es tibi, quia sponsus Ecclesiae.

   Non es tuus, quia servus omnium.

   No es tu, quia Deus es.

   Quid ergo es?

   Nihil et omnia,

   o sacerdos».

 

   ¡Oh sacerdote ¿quién eres tú?

   No existes desde ti, porque vienes desde la nada.

   No llevas hacia ti, porque eres mediador hacia Dios.

   No vives para ti, porque eres esposo de la Iglesia.

   No eres posesión tuya, porque eres siervo de todos.

   No eres tú, porque representas a Dios

   ¿Qué eres, por tanto?

   Nada y todo,

   oh sacerdote.

(Si después de meditar este retiro, sientes deseos de profundizar en el tema, puedes pedirme el libro LA NECESIDAD DE LA ORACIÓN EN LA VIDA DEL SACERDOTE (Edibesa, 2009). Será mi regalo en mis bodas de oro sacerdotes)

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