MARÍA, HERMOSA NAZARENA VIRGEN BELLA, MADRE SACERDOTAL I. HOMILÍAS Y MEDITACIONES MARIANAS. FIESTAS Y TIEMPOS LITÚRGICOS

GONZALO APARICIO SÁNCHEZ

I

MARÍA, VIRGEN BELLA, MADRE DE DIOS Y DE LOS HOMBRES

HOMILÍAS Y MEDITACIONES

PARROQUIA DE SAN PEDRO.- PLASENCIA.- 1966-2018

Cuadro de Portada: Anunciación  (detalle)

Fray Angélico

GONZALO APARICIO SÁNCHEZ

I

MARÍA, VIRGEN BELLA, MADRE DE DIOS Y DE LOS HOMBRES

PARROQUIA DE SAN PEDRO. PLASENCIA. 1966-2018

SIGLAS

BAC= Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1944.

Bpa= Biblioteca Patrística, Ciudad Nueva,

         Madrid1986

CMP= Corpus Maríanum Patristicum, S. Álvarez

         Campos, Ediciones Aldecoa, 8 vols., Burgos

         1970-1985.

LG= Lumen gentium. Constitución sobre la Iglesia.

DV= Dei Verbum. Constitución sobre la revelación

        divina.

SC= Sacrosanctum Concilium, sobre la liturgia.

GS= Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo.

MC= Marialis cultus, Exhortación de Pablo VI.

RM= Redemptoris Mater, Carta A. de Juan Pablo II.

CEC = Catecismo de la Iglesia Católica.

DS = Denzinger-Schonnet. Enchiridium Symbolorum.

PG = Patrología griega, Migne.

PL=  Patrología latina, Migne.

NDM=Nuevo Diccionario de Mariología, Madrid 1988.

ÍNDICE

Notas introductorias…………………………………………….……..

CAPÍTULO PRIMERO

MARÍA EN EL NUEVO TESTAMENTO

1. Referencias a María en el Nuevo Testamento……………….….. 13

2.-El Misterio de la Encarnación.......................................................  14

3.-La Anunciación: Inicio de la historia de María………….….…….16 

4.-El Evangelio de la Anunciación .................................................... 16

5.-El marco de la Anunciación............................................................17

6.-Teología de la Anunciación: la Mariología……………...….….…21

7.-Sermón de la Anunciación  .......................................................,,.  23

CAPITULO SEGUNDO

MARÍA EN PENTECOSTES CON LOS APÓSTOLES

2.1.-Los Apóstoles, orando con María, recibieron el Espíritu Santo…….…...33

2.2.- El Espíritu Santo: “verdad completa”de Cristo…………..………..…....38

2-3.- Necesidad de la oración para la experiencia de Dios………….…..……41

2.4.- En la escuela de María, “mujer eucarística………………………..…….50

CAPÍTULO TERCERO

MARÍA EN LA TRADICIÓN DE LA IGLESIA: LOS SANTOS PADRES

1. El Espíritu Santo y María……....................................................... 58

2. El Espíritu Santo en la Concepción de Jesús………….…………. 62

3.  María, esposa del Espíritu Santo ................................................   65

CAPÍTULO CUARTO

TEXTOS DE LOS SANTOS PADRES SOBRE MARÍA

1. San Efrén ....................................................................................... 68

2.  San Agustín  ...................................................................................76

3  San Cirilo de Alejandría ..............................................................  79

4.  San Ildefonso de Toledo  ............................................................  84

5.  San Romano el Cantor  .............................................................   86

6.  San Juan Damasceno  ................................................................  93

7.  San Bernardo ..............................................................................  96

8.  Mi homilía de la Asunción de la Virgen......................................112

CAPÍTULO QUINTO

MIRADA MÍSTICA Y CONTEMPLATIVA A LA VIRGEN

 

1.- María unida a Dios por la contemplación ..........................,,,....  118

2.-Testimonios místicos sobre María ........................................,,,.....120

3.- Oh esplendor de la Luz Eterna .............................................,..... 126

6.-Trinidad de la Santa Madre Iglesia ........................................,,.... 128

7.-María es un portento de la gracias .............................................   130

8.-María es un portento del poder de Dios ....................................   132

9.-La Señora de la Encarnación ..................................................      136

CAPÍTULO SEXTO

LA VIRGEN ME LLEVÓ A SU HIJO JESÚS

 

1. No lo olvidaré nunca…………………………………………... 141

2. La Virgen me llevó a Cristo…………………………………… 144

3. El conocimiento y amor a María me viene desde su hijo……...161

4. Y este conocimiento y amor  se completa en la Eucaristía..….164

5. El cáliz de mi primera misa……………………………...…..…169.

6. El testimonio de Sor Lucía, pastorcita de Fátima………...….174

BIBLIOGRAFÍA .........................................................,,,,,,,,,,,,....183       

NOTAS INTRODUCTORIAS

Queridos amigos y amigas, en este libro a la Madre, quiero poner por escrito algo de lo más bello que yo he  leído,  meditado, vivido y predicado sobre nuestra Madre. Y cada uno de estos verbos tiene su importancia y significado, porque a veces lo meditado y vivido y predicado por mí sobre ella me gusta tanto que lo pongo tal cual, aunque sea de tiempos lejanos; y lo mismo lo que leído en otros hijos de la Virgen, lo pongo tal cual, procurando modificarlo muy poco, para no hacerlo mío propio, porque me gusta respetar la forma de decir de los otros, aunque tengamos las mismas ideas y pueda decirlo de otra forma.

Por lo tanto, teniendo presente toda la teología Mariana, toda la Mariología  que he meditado atenta y amorosamente, este libro quiere ser una especie de «lectio divina», de lectura espiritual, meditativa para conocer y amar más a la Virgen Nazarena, teniendo en cuenta lo que los evangelios dicen de ella, y la teología ha reflexionado sobre ella, y algo de lo que la Tradición y los Padres de la Iglesia y los hijos devotos han dicho o escrito sobre ella.     

Ya dije en algún libro mío, que estoy maravillado de la Tradición, de lo que los Padres de la Iglesia, sobre todo, orientales, han dicho de la Virgen. Por eso hice propósito de leerlos más despacio. Y de ahí la abundancia de sus citas, como he visto en otros autores. Pero todo hecho y escrito no especulativa o racionalmente, sino con método y andadura de  teología y sabiduría de amor.

No pongo notas ni tengo metodología  científica, como cuando uno hace en  tesina o tesis doctoral, pero los que me conocen bien, saben que detrás de cada afirmación o texto hay una densa lectura y bibliografía, atentamente examinada y leída y revisada. Y para eso me ayudo de todo lo bueno que  he encontrado sobre la Virgen, de la cual «nunquam satis».

Ya he dicho cuál fue y es mi camino y ruta para llegar a María. Primero fue ella y desde ella a Cristo. Ahora miro a la Virgen con los ojos y el corazón del Hijo hacia la Trinidad. Desde entonces, desde su advertencia en el Puerto, todo lo que yo he dicho y predicado y escrito y realizado, todo, absolutamente todo, ha sido desde Cristo, especialmente desde Jesucristo Eucaristía que tantas cosas bellas nos dice y realiza por su Madre, que Él quiso que también fuera nuestra. 

Él es el Verbo de Dios, la única Palabra de la Salvación pronunciada por el Padre con Amor de Espíritu Santo, y escuchada y encarnada primero en María, y por ella y desde ella, pronunciada como Palabra de Salvación para toda la humanidad: El Hijo de María es la Palabra “que estaba junto a Dios. Todas las cosas fueron hechas por Él y sin Él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho”: también María fue hecha Madre por esta Palabra pronunciada sobre ella desde el Padre y el Hijo por el Amor del Espíritu Santo, Espíritu de Amor de Dios Trino y Uno: “En el mes sexto fue enviado el ángel Gabriel de parte de Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón de nombre José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María...El ángel le contestó y dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra, y por esto el hijo engendrado será santo, será llamado Hijo de Dios... Dijo María: He aquí a la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra. Y se fue de ella el ángel” (Lc 1, 26-38).

He querido poner este texto de San Lucas porque sin la raíz de la carne que es el cuerpo de esta Mujer, todo el misterio de la Encarnación, toda la Mariología termina perdiendo su indispensable materialidad para convertirse en puro espiritualismo o narración de cosas extraordinarias o moralismos ideológicos.

La mariología no el «tumor  del catolicismo», como sostienen algunos profesores protestantes, sino que es el desarrollo lógico y orgánico de los postulados evangélicos; no es una «excrecencia» injustificada de la teología, sino que es un capítulo fundamental, sin el cual faltaría un apoyo para su estabilidad.

Es más, como dije antes y la historia y la experiencia de los pueblos y personas ha confirmado, María es la mejor guardiana de la fe católica y el mejor camino para llegar a Cristo, porque Cristo es Dios, pero María está junto a nosotros, es humana como nosotros, pero al ser madre del Hijo, es casi divina, es casi infinita, y esto le ha llevado a un conocimiento y amor que son únicos.

María es «la destructora de toda herejía» y su función maternal de proteger al Hijo y a los hijos, al dárnosla como madre, continúa y continuará hasta la Manifestación última y gloriosa del Hijo.

Hoy, más que en otros tiempos, necesitamos de esta protección materna, que no le faltará a la Iglesia: Lourdes, Fátima, Siracusa..., siempre que escuchemos sus consejos, dándole el puesto que le corresponde: Consagración del mundo a su Corazón Inmaculado, como signo de la protección que Dios quiere para su Iglesia y sus hijos por medio  de María.

Lo único que pretendo es que María sea más conocida y amada. Pero sin caer en un estilo beato o dulzarrón; no es mi estilo, porque tampoco ha sido mi vida. Respeto todo, pero nada de cosas extraordinarias y manifestaciones  paranormales. Todo natural y normal, como es el amor de los hijos a su madre.

            Este libro quiere ser una meditación fundada en la lectura y  seguimiento de los textos evangélicos. Muchos santos, sobre todo mujeres santas, jamás cursaron teología, y hablan profunda y teológicamente desde la teología espiritual de la vivencia de amor de aquella “mujer fuerte” que entonó el Magnificat, --canto de adoración y de sentirse criatura ante el Dios infinito--,  y de la Madre solícita de Caná: “haced lo que Él os diga”, más atenta a las necesidades de los demás que a las suyas propias y que supo adelantar la “hora” del Hijo con el signo de su divinidad, convirtiendo el agua en vino. 

Y todo porque ella nos ama de verdad, se preocupa de verdad de sus hijos y se aparece en algunos lugares, a veces triste, porque no puede aguantar más la ignorancia o desprecio que muchos hombres tienen y manifiestan de la salvación de su Hijo y de los bienes eternos, dado que ella vive siempre inclinada sobre la universalidad de sus hijos y se da cuenta de lo que es lo fundamental y la razón de su existencia en el mundo, de lo que nos dijo su Hijo y por lo que vino a este mundo y murió por todos nosotros y que muchos de sus hijos ignoran: “¿ De qué le vale al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma”.

Hay que ver lo que ella insiste en sus apariciones en la vida eterna, en la condenación, en el infierno. Le duele infinito. Esta verdad debiera estar más presente en nosotros, en nuestras vidas y predicaciones, somos sembradores y cultivadores de eternidades. De otra forma, el cristianismo, el sacerdocio, sin vida eterna, no tendría sentido, lo perdería todo, si no hay vida con Dios después de esta vida. Pero la resurrección de Cristo es el fundamento y la garantía de la Verdad y Vida de la vida eterna en Dios Trino y Uno.

            La Madre de Caná es la síntesis del papel que el Hijo quiere que ejerza sobre los creyentes, es la manifestación de lo que lleva en su corazón de madre, es el sentido de la misión que el Hijo le confió en la cruz, lo que ella misma nos manifiesta en todas sus apariciones: “Haced lo que Él os diga”.

            ¡Lo haremos, Madre! Y  te digo ahora lo que tantas veces te rezo y digo cuando tengo problemas personales o pastorales: «Madre, díselo, díselo, como en la Boda de Caná». No le digo más. Porque sé que de todo lo demás se encarga ella. Y el Hijo obedeció, porque Él mismo, por su Espíritu Santo, se lo había inspirado a su madre, y porque Él mismo estaba impaciente de manifestarse como Mesías, con el primero de sus signos, a sus discípulos y al mundo entero; para eso vino y se encarnó, para venir en nuestra búsqueda y abrirnos las puertas de la eternidad gozosa con Dios Trino y Uno. Eso es así,  y así me ha parecido escuchárselo en diálogos de amor con la Madre, que sabe de estas cosas más de lo que aparece y está escrito en los evangelios.

            Por eso, como el Hijo sabe que voy a hablar de su madre en este libro, y como la Virgen es la que mejor le conoce, espero que ya habrá recibido el recado que le ha dado su madre: «Madre, díselo, díselo, como en la Boda de Caná». Así que espero su intervención, y que me inspire o me diga lo que Él piensa de su madre y yo, con su ayuda, «benedicere», la bendiga, esto es, diga cosas bellas de la Madre, que eso significa bene-dicere. Se lo merece la Virgen. ¡Es tan buena madre! ¡Nos quiere tanto a todos los hombres sus hijos! ¡Me ha ayudado tanto!

            El camino para conocer mejor a María y quedar cautivos de su vida y amor, es aplicarnos a conseguir con relación a ella un triple conocimiento:

-- Un conocimiento histórico desde los evangelios.    Son pocos los textos bíblicos que hacen alusión a María, por lo que no es difícil acceder a ese conocimiento de una forma exhaustiva. Esto es fundamento y base para acceder a los otros. Lucas es el evangelista de María: a él le debemos los relatos de la infancia de Jesús, que faltan en los otros tres. Pero en otros puntos también el tercer evangelista se caracteriza por su atención especial a la Madre de Cristo.

            Según tradición antigua, Lucas era pintor; de hecho se le atribuyen varias imágenes de la Virgen. ¿Será realmente esta la causa de que nos haya pintado en su evangelio la belleza y fascinación de aquella que habría de convertirse, durante los milenios, en la mayor inspiradora del arte?

-- Un conocimiento teológico-sapiencial. Es necesario conocer, con todo esmero y dedicación, la doctrina de la Iglesia acerca de los dogmas Marianos y de la sencilla y, a la vez, extraordinaria vida de la Madre de Dios.

            Como doctrina de la Iglesia me encanta el capítulo VIII de la LG  para conocer y amar a María: LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA, MADRE DE DIOS EN EL MISTERIO DE CRISTO Y DE LA IGLESIA.

            Leer a buenos teólogos, desde la teología espiritual, y a los Santos Padres, es necesario para saborear la riquísima tradición de la Iglesia. Desde luego los Santos Padres son alucinantes, te alucinan, te llenan de esplendores y luces divinas. Daos cuenta de lo que cito a los Padres en mis últimos libros. Eran sabios por ser santos.

-- Un conocimiento vivencial y pentecostal de María,  hecho por el Espíritu Santo en nosotros. Para ello es imprescindible orar y contemplar en oración personal toda la Mariología; hay que orar y contemplar lo que otros han vivido y experimentado, desde una devoción de buenos hijos de la Virgen, especialmente de los más santos y místicos.

            Porque ante esta Madre, toda llena de gracia de Dios, llena de sin igual santidad y belleza, de María, los conceptos teológicos se quedan a veces demasiado cortos y periféricos y no expresan ni contienen  suficiente y adecuadamente esta realidad sobrenatural de María, Madre de Dios y Madre de la Iglesia. Y todo programado y querido por Dios.

¡SALVE

MARÍA,

HERMOSA NAZARENA,

VIRGEN BELLA,

MADRE SACERDOTAL,

MADRE DEL ALMA,

CUÁNTO ME QUIERES,

CUÁNTO TE QUIERO:

GRACIAS POR HABERME DADO A JESÚS, SACERDOTE ÚNICO DEL ALTÍSIMO;

GRACIAS POR HABERME LLEVADO HASTA ÉL

Y GRACIAS TAMBIÉN, POR QUERER SER MI MADRE,

MI MADRE Y MI MODELO!

¡GRACIAS!

CAPÍTULO PRIMERO

MARÍA EN EL NUEVO TESTAMENTO

1.- REFERENCIAS A MARÍA EN EL NUEVO TESTAMENTO

            Los momentos de la vida de la Virgen María recogidos en el Nuevo Testamento pueden ser agrupados en cuatro series:

a) Momentos y misterios relativos a la infancia de Jesús;

b) Momentos y misterios pertenecientes al tiempo de la predicación y vida pública de Jesús;

c) Momentos y misterios relativos a la pasión y muerte de Jesús;

d) Momentos y misterios que tienen lugar después de la resurrección de Jesús.

Como hechos principales de la vida de María el Nuevo Testamento recoge los siguientes:

— Su nombre: María, su matrimonio con el justo José y su descendencia de la familia de David.

— Que recibió en la Anunciación un mensaje de parte de Dios, en que se le daba a conocer la Encarnación del Verbo.

— Que María aceptó libre y conscientemente el mensaje y la voluntad salvífica de Dios, cuando dijo: “He aquí la esclava del Señor hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38). Estas palabras de María, según el Vaticano II (LG 56) expresan que Ella fue hecha madre de Jesús y que se consagró con generoso corazón a la persona y a la obra de su Hijo.

— Que María estuvo llena de la gracia de Dios.

— Que concibió milagrosa y virginalmente al Hijo de Dios.

— Que visitó a su prima Isabel, madre de Juan Bautista, siendo saludada por ésta como bienaventurada a causa de su fe en la salvación prometida.

— Que es verdadera Madre de Dios, porque de ella nació el Hijo de Dios.

— Que tuvo varios parientes, algunos de los cuales son llamados hermanos de Jesús.

— Que atendió y cuidó de su Hijo en su nacimiento, presentándolo a los pastores y magos.

— Que presentó a su Hijo en el templo, en cumplimiento de la ley.

— Que acostumbraba a cumplir sus obligaciones religiosas en el templo; que volvió a Jerusalén en busca de su Hijo, de doce años, a quien encontró en el templo, entre los doctores.

— Que pronunció el Magníficat, así como otras frases y dichos a su Hijo en el templo y a los ministros de la boda de Caná.

— Que asistió con Jesús y sus discípulos a la boda de unos familiares en Caná de Galilea, interviniendo por su intercesión en el primer milagro público de Jesús, hecho altamente significativo.

— Que se entrevistó con su Hijo alguna vez, en los años de su predicación evangélica.

— Que asistió al sacrificio de su Hijo en la Cruz “Estaban junto a la cruz de Jesús, su madre...”, y que escuchó sus palabras: “Mujer, he ahí a tu hijo” (Jn 19,26-27); que en la tradición viva de la Iglesia han sido interpretadas como la declaración solemne de su maternidad espiritual sobre los hombres.

— Que perseveró en oración con los apóstoles, las piadosas mujeres y los familiares de Jesús, esperando e implorando con sus ruegos la venida del Espíritu Santo en Pentecostés.

 2.-  EL MISTERIO DE LA ENCARNACIÓN

De este misterio  nos hablan Mateo y Lucas en dos redacciones sustancialmente idénticas pero a la vez complementarias. Si se atiende al orden cronológico de los acontecimientos narrados se tendría que comenzar por Lucas; pero si buscamos la explicación formal de la concepción y del nacimiento de Jesús es más oportuno tomar como punto de partida el texto de Mateo, en el cual se da la explicación formal de la concepción y del nacimiento de Jesús (quizá en relación con las primeras habladurías que circulaban en los ambientes judíos hostiles).

El Evangelista escribe: “La generación de Jesucristo fue de esta manera: Su madre, María, estaba desposada con José, y antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo” (Mt 1,18). El Evangelista añade que a José le informó de este hecho un mensajero divino: “El Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: <José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo” (Mt 1,20). La intención de Mateo es, por tanto, afirmar de modo inequívoco el orden divino de ese hecho, que él atribuye a la intervención del Espíritu Santo.

A su vez, el texto de Lucas nos ofrece una precisión sobre el momento y el modo en el que la maternidad virginal de María tuvo origen por obra del Espíritu Santo (cf. Lc 1,26-38). He aquí las palabras del mensajero, que narra Lucas: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios” (Lc 1,35). Vemos cómo Lucas afirma la venida del Espíritu Santo sobre María, cuando se convierte en la Madre del Mesías. Resalta así al mismo tiempo el papel de la Mujer en la Encarnación y el vínculo entre la Mujer y el Espíritu Santo en la venida de Cristo.

Vemos, pues, cómo en la narración de la concepción y nacimiento de Jesús, por parte de ambos evangelistas, como nos es revelado en el Nuevo Testamento, la verdad sobre Cristo y la verdad sobre el Espíritu Santo constituyen el único misterio, como hecho histórico y biográfico, cargado de recóndita verdad, que reconocemos en la profesión de la fe en Cristo, eterno Hijo de Dios, “nacido de María” «por obra del Espíritu Santo».

Este misterio aflora en la narración que el evangelista Lucas dedica a la anunciación de María, como acontecimiento que tuvo lugar en el contexto de una profunda y sublime relación personal entre Dios y María; se puede decir que Dios realiza una unión y una presencia especial y privilegiada en María; es un misterio que se vislumbra cuando se considera la encarnación en su plenitud, en la concepción y en el nacimiento de Jesucristo, de quien sólo Él es el Padre.

 3.- LA ANUNCIACIÓN: INICIO DE LA HISTORIA DE MARÍA EN EL EVANGELIO

«El Padre de las Misericordias quiso que precediera a la encarnación la aceptación de parte de la Madre predestinada, para que así como la mujer contribuyó a la muerte, así también contribuyera a la vida, Lo cual vale en forma eminente de la Madre de Jesús, que difundió en el mundo la vida misma que renueva todas las cosas» (LG 56)

3. 1. EL EVANGELIO DE LA ANUNCIACIÓN

“En el mes sexto fue enviado el ángel Gabriel de parte de Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón de nombre José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y presentándose a ella, le dijo: Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo. Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquel. El ángel le dijo: No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin. Y María dijo al ángel: ¿Cómo será eso, pues no conozco varón? El ángel le contestó: El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible. María contestó: Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra. Y la dejó el ángel”(Lc 1,28-38).

            Dejo esta narración a la mirada y contemplación de cada uno, y yo mismo quiero acallar mi pobre palabra, pues:

            -- Es uno de los diálogos más bellos de toda la Sagrada Escritura.

            -- Dios habla con la mujer más santa y más prodigiosa de toda la historia.

            -- Dios trae una Palabra de salvación y María dice un «sí» de acogida.

            -- Dios quiere venir a los suyos y María le prepara una digna morada.

            -- El Espíritu Santo la cubre con su sombra y María le da su carne y acoge con todo su corazón al hijo del Altísimo.

            -- En el seno de María (en la anunciación) comienza el Nuevo Testamento o la Nueva Alianza de Dios con el hombre.

            -- En este diálogo sucede el momento más solemne entre el tiempo y la eternidad.

            -- Toda la creación, que ha sido preparada para este acontecimiento, ha sido renovada sustancialmente en el gran momento de la encarnación.

            -- En la encarnación, Dios se ha hecho cercanía, misericordia y salvación para el hombre.

            Adora estremecido el inefable amor de Dios al hombre, cuyo misterio se realiza en el seno entrañable de una joven madre, María.

3.  2.  EL MARCO DE LA ANUNCIACIÓN

            Lo leí siendo seminarista teólogo. Yo no digo que nadie lo haya descrito mejor, más bellamente. Sinceramente a mí esta narración de la escena de la Anunciación me impresionó y me aprendí de memoria muchos párrafos, que luego repito al hablar de la Anunciación de la Virgen o en otras ocasiones. Lo podréis comprobar luego en algunas de mis homilías y meditaciones Marianas que pondré como última parte del libro. Ya consta en algunos párrafos de mi sermón de la novena de la Inmaculada predicado en el Seminario 1959. Y, como al hablar del marco y la escena de la Anunciación de la Virgen, no lo sabría hacer mejor, no lo intento siquiera, y así lo expongo ahora en este libro. Lo que importa es admirar la belleza  y la emoción de la Virgen. El texto es de José María Cabodevilla:

« La Anunciación

Aquí comienza la historia histórica de Nuestra Señora. La que se puede contar sencillamente, sin imaginación. Ahora empieza, cuando empieza la historia del Verbo, cuando el Verbo se sumerge en la historia, en el torrente de la historia, mensurable porque hay en las márgenes árboles, hay mojones, hay puntos de referencia. La vida anterior—una palabra de cronología que se hace milagrosamente posible—de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad no era historia, no era agua en movimiento, sino océano infinito y quieto, pura eternidad. Ya está el agua en marcha, hasta que desemboque nuevamente en la mar, hasta la Ascensión. O mejor, tal vez, hasta el fin de los tiempos, hasta que se acabe la historia de los cristianos, hasta que el Cristo total termine de ser adolescente y se haga adulto, cuando todo haya sido recapitulado y ofrecido al Padre: Ya el tiempo no existirá (cf. Ap 10,6).

            Este contacto de Dios con la historia la divide en dos partes: lo sucedido «antes del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo», mera víspera y expectación, y los tiempos posteriores, del año uno en adelante, calificados simplemente por su actitud de aceptación o repulsa al hecho de la encarnación de Dios.

            Ahora, cuando ha dado fin el prólogo, el Antiguo Testamento, la ilusión de María de que Dios descendiera al mundo y su humildad preparatoria de signo idéntico a la humildad de todas las almas puras, es cuando comienza el Nuevo Testamento, la maternidad de María y su humildad correspondiente, en tan misteriosa como necesaria compatibilidad, y de signo tan distinto a la humildad del resto de los hombres.

            Precisamente ahora, cuando el Hijo de Dios se encarna. Ya el destino de la Virgen entra en la fase de su realización y justificación, dibujándose sobre el destino de su Hijo. En función de Él. Como cinco días de creación, resumidos en la común y esencial expectación del sexto, cuando llega el hombre y ya la luz puede ser vista y escuchada la música de los vientos y todo empieza a tener objeto, nombre y finalidad concreta.

            La Virgen estaba orando. Adorando al Padre “en espíritu y en verdad”. Estrenando ese estilo de oración que no precisa ser realizada en el templo de Jerusalén ni en el monte Garizim, sino que puede efectuarse en cualquier parte, porque en todo lugar está Dios y a toda hora subsiste la obligación de orar.

            La Virgen, pues, estaba orando. Orando mientras hacía cualquier otra cosa o, sencillamente, orando sin hacer nada más que orar, el cuerpo tan extático como el alma. Esto es lo de menos. El cronista, San Lucas, no especifica. El arte, sin embargo, de todos los tiempos, nos ha habituado a figurárnosla en reposo y entornada, sumida en estricta oración.

            De rodillas, porque adoraba al Señor profundamente. Sentada, porque no estaba bien que el Ángel hablase a su Señora de pie mientras Ella estaba arrodillada. Algunos autores le ponen un libro miniado entre las manos, anticipando en muchos siglos una caligrafía legible y exquisita. Hay quien se somete con tierna fidelidad a los datos arqueológicos y quien finge, al otro lado de la ventana labrada, unos minuciosos cielos flamencos sobre fondo de ciudad blanca, recogida, malva. San José pasa distraído, a lo lejos, pensando en la virginidad de su mujer como en una esterilidad muy grata a los ojos de Dios. Hay quien hace arrodillarse, en círculo devoto y vanidoso, a los regidores, comendadores, a sus protectores y amigos. Santa María es holandesa, negra, japonesa, y sus tocados acreditan las mejores firmas de la época. Unos y otros, en unanimidad sugerida por el símbolo, universal, añaden una azucena fresquísima en buena vasija. A estas horas, en el cielo, la Virgen le confiesa a Fray Angélico que sus Anunciaciones son bastante buenas.

            El diálogo sostenido entre la doncella y el Ángel es un tejido hecho de espuma. La castidad y la sumisión a los designios de Dios celebran, al fin, un pacto increíble, apoyado en el milagro. Ni Dios ni María han perdido nada, nadie ha perjudicado a nadie, todo ha sido favor y ganancia, todo tan sencillo y suave. San Gabriel, excelentísimo nuncio de Dios cerca de Santa María, ha desempeñado su papel con éxito. El Verbo se hizo carne. No sabemos si en ese momento se aceleró la floración en los huertos de Nazareth, no lo sabemos. Seguramente los hombres que estaban arando en los campos vecinos                    --Melchisua, Ner, Abner, Edom-- no se enteraron de nada, pero medio cielo se desplazó a la tierra.

            Ave, ave. Ave. En ciento cincuenta lenguas está esculpida el avemaría en las paredes de la iglesia de Rafat, allí mismo, a veinticinco kilómetros de Jerusalén. Ave, Señora.

            Ella, después, continuó orando. Inaugurando un modo de oración que no es lo mismo hacerla en cualquier parte, porque sólo en algunos sitios está Dios singularmente presente: en Nazareth, por ejemplo, en las entrañas de la Virgen María. O en esa iglesia que está frente a tu casa, ahí. Es mejor que bajes, entres, y verás qué presente está ahí el Señor y qué necesario te resulta tomar, al entrar, el agua bendita. Empieza a rezar. ¿Difícil? No. Di: «En fin, me dicen que venga porque Tú estás aquí; francamente, lo creo».

            Pero no pienses que sólo ahí puedes hacer oración. Aunque el ser sacramental de Cristo resida únicamente en el sagrario, aunque tengas, de vez en cuando, cada cierto número de días o de horas, que acudir a la iglesia, no se te ocurra pensar que Dios no oye tu oración durante el resto del día o de la semana. Él está presente también en todas partes, y a todas horas tienes tú obligación de orar. Sine intermissione.Exactamente como Nuestra Señora. Antes estaba orando y después continuó orando, sin que la conversación mantenida con el Ángel interrumpiese lo más mínimo su oración.

            Sine intermissione orate (1 Thes. 5,17). Que nuestra oración no sea interrumpida jamás ni por el trabajo, ni por los amigos, ni por la ira, ni por el sueño, ni por el amor, ni por el pecado siquiera. Es obligatorio orar siempre. Porque es posible orar en todo momento. La oración es la respiración del alma» (J. M. CABODEVILLA, Señora Nuestra, el misterio del hombre a la luz del misterio de María, BAC Madrid, págs 91-93).

 3. TEOLOGÍA DE LA ANUNCIACIÓN: LA   MARIOLOGÍA    

            El capítulo VIII de la Constitución «Lumen Gentium» apunta hacia una mariología integrada en todo el contexto del dogma. Ya no es posible una mariología aislada; al contrario, integrando el puesto de María en la historia de la salvación, resalta su misión en la economía salvífica del Hijo desde el momento mismo de la Anunciación de su venida.

La ausencia de datos bíblicos acerca de María nos obliga a buscar un principio mariológico del que podamos, a modo de conclusiones, elaborar un estudio sistemático. Dado que la participación en la humanidad del Cristo histórico y la cooperación en la humanidad del Cristo místico constituyen una unidad, resulta como expresión del principio mariológico básico: «María es quien ha recibido la máxima participación en la humanidad de Cristo». Sin entenderlo en un sentido meramente físico, sino en la línea: “María llena de gracia”.

Concebida la maternidad como la suprema participación redentora en Cristo, la plenitud de gracia resulta ser consecuencia de aquella como su fruto interior. Al ser la maternidad tanto el principio activo, trajo al Redentor, como el pasivo, acogió al Redentor de la Redención, carecería de sentido que Dios no hubiese dado a María la más íntima participación en la humanidad de Cristo: la plenitud de gracia. Los efectos de esta plenitud se irán sucediendo temporalmente; el primero de ellos es su concepción inmaculada.

Siendo la maternidad de María el principio fundamental, el momento en el que se hace Madre Dios, la Anunciación, es el acontecimiento central de su vida y de su misión. El problema que ahora nos planteamos es éste: ¿qué es María como Madre de Cristo en la historia de la salvación?

La Anunciaciónno parece estar condicionada a la aceptación o no aceptación por parte de María: el ángel anuncia un decreto de Dios que se cumplirá, pues la voluntad de Dios no deja de cumplirse por la oposición de los hombres (cf. Gn 18, 10-15; Lc 1,20; Rm. 11, 1-32). Pero en la encarnación de Cristo, la humanidad debía colaborar fiel y maternalmente, y la negación por parte de María sería imposible en el marco de su libertad humana, pues por designio de Dios era la “llena de gracia, kejaritoméne”.

La respuesta de María es un acto de fe perfecta y total, por el que acepta y se entrega sin reservas a la acción divina, y tiene dimensión de universalidad (su «sí», dice Santo Tomás, fue «loco totius humanae criaturae»), en virtud de la ley de representatividad, fundamental en toda la historia de salvación.

La estructura de Redención (revelación-fe) es para cada hombre igual, pero en una ocasión este proceso no sólo significa la integración de una persona concreta a Cristo, sino que, por ser la encarnación del Hijo de Dios mismo, fundamento de toda gracia, la respuesta creyente de María fue la base y el prototipo de toda redención individual.

También explica esto la ley del Cuerpo de Cristo: «toda gracia de los miembros es una gracia de Cristo, Cabeza de todos, por tanto, la gracia de un miembro no pertenece ya a él más que a los restantes, puesto que Cristo es la gracia capital de todos». Así, la gracia maternal de María no es una gracia capital secundaria, sino que forma parte de la gracia de los miembros.

En la Anunciación se le dijo a María que sería Madre del Mesías, su “fiat” lleva consigo todo un plan de vida consiguiente. La actitud que mantendrá junto a la cruz no será más que la disponibilidad para ser madre; por eso, la Anunciación es el acontecimiento central en la vida de María, a partir del cual, hacia adelante y hacia atrás, puede explicarse todo.

            Dada la situación concreta de nuestra fe y de nuestra teología, el hecho de afirmar que María ha resucitado, ya la coloca en un nivel cualitativamente distinto de los demás redimidos. Con su glorificación el papel de María se «eterniza» en la Iglesia de la misma manera que Cristo continúa en ella su vida, su muerte y su resurrección. Su glorificación corporal es un signo de que la escatología ya ha comenzado, que la resurrección de la cabeza lleva consigo la de todo el cuerpo.

El papel de María en la obra de redención se basa esencialmente en su maternidad divina. El carácter de colaboradora con su proyección esencial y profunda sobre la Iglesia lo recibe en la «hora»de la cruz a través de las palabras de Jesús como extensión de su maternidad; y esta extensión se debe más a su maternidad divina que a su compasión, si bien ésta significa que desde un punto de vista subjetivo María realizó plenamente su misión.

La analogía e imágenes de «intercesora, mediadora de todas las gracias...» no son si no la expresión en el tiempo y fuera del tiempo de esa realidad que, en un momento histórico concreto, se nos hizo tangible: que María como sierva en la fe dio a luz un Hijo, que es el Redentor de todos.

3. 4. SERMÓN DE LA ANUNCIACIÓN                                            

            Así consta en unas cuartillas ya oscuras que tengo escritas con pluma y tinta de las de antes, nada de máquinas, ni siquiera bolígrafos, y menos ordenadores que entonces no existían; y así lo quiero titular también hoy: Sermón de la Anunciación. En letra muy pequeña porque había que ahorrar y porque jamás había que leer en la predicación, todo de memoria, aunque durase una hora.

            Y como siempre, lo primero que escribía en el comienzo, arriba del todo de la cuartilla, en la parte izquierda: VSTeV, que significa Ven, Santa Trinidad y María... a inspirarme y hacer esta homilía. Así hasta hoy, cuando escribo a mano.

            Fue predicado en abril de 1960 porque así consta en una cita del mismo sermón; igualmente consta que fue en el Santuario del Puerto y siendo en esa fecha, quiere decir que fue durante la Novena, que es ordinariamente en abril; me huele, por la introducción que alguna vez lo prediqué ante el Señor Expuesto, porque empiezo saludándole y en su nombre; pero no la primera vez, porque esta introducción dirigida al Señor está en tinta distinta, más negra, y en letras introducidas entre el título: Sermón de la Anunciación y el Queridos hermanos con que ordinariamente empiezo mis homilías..

            Lo prediqué, por tanto,  dos meses antes de ser ordenado sacerdote el 10 de junio 1960, clave secreta de todas mis tarjetas, cartillas y demás instrumentos, porque así no se me olvida. De paso os doy la clave por si queréis sacar algún dinero extra de los cajeros o entrar en los secretos de mi ordenador... etc. ¡le tengo tanto cariño a esta fecha!

            Como ya dije, al hablar de Cabodevilla, en mis primeros sermones y homilías, yo no le olvidaba y tengo algunas frases tomadas de él. Podía suplantarlas por otras posteriores ya elaboradas por mí, pero no quiero que pierda nada de su autenticidad y frescura. Así que ahí va el Sermón, tal cual fue escrito, y predicado: ¡Oh feliz memoria mía que era capaz de recitar durante una hora los textos aprendidos o simplemente leídos! ¿Dónde estás ahora que no te encuentro? ¡Cuánto te echo de menos! Ahora me digo: que no se me olviden estas tres palabras, son la clave de las tres ideas principales de la homilía... y se evaporan; así que ahora estas tres o cuatro palabras las tengo que poner delante ordinariamente, aunque luego no las mire; pero por si acaso... me dan seguridad.

            QUERIDOS HERMANOS:

            «En tu nombre, Señor, y en tu presencia, quisiera con tu favor y ayudado de tu divina gracia, hablar esta tarde a tus hermanos y mis hermanos, los hijos de nuestra madre común, madre tuya y nuestra, la madre del Puerto. Ayer la veíamos en la mente de Dios, casi infinita, casi divina. Hoy la vamos a ver ya joven nazarena, de catorce años, estando en oración y visitada por el ángel Gabriel.

            Queridos hermanos, empiezo diciéndoos que la Virgen María es la criatura más perfecta salida de las manos de Dios. Es tan buena, tan sencilla, tan delicada, tan prodigiosamente humilde y pura, que se la quiere sin querer.

            Su paso por el mundo apenas fue notado por sus contemporáneos. La infancia de la Virgen nos es desconocida en los Evangelios. La vida histórica de Nuestra Señora comienza en la Anunciación. En ella empieza también la historia humana del Hijo de Dios  por su Encarnación en el seno de la Madre y hasta entonces océano infinito y quieto en la pura eternidad de Dios.

            En la Anunciación, el Torrente divino del Verbo de la Vida y de la Verdad, desde el Misterio de Dios Uno y Trino, baja y fluye hasta nosotros en torrente de aguas infinitas y llega hasta nosotros por este canal maravilloso que se llama y es María.

            Por ella llega a esta tierra seca y árida por los pecados de los hombres, para vivir y escribir con nosotros su historia, esa historia que se puede contar porque está limitada por las márgenes del espacio y del tiempo, por los mojones de los lugares y fechas por los que fue deslizando su bienhechora presencia e historia de la salvación. Y esa historia que se puede contar empieza en María, con María.

            Fijaos qué coincidencia, qué unión tan grande entre los dos, entre Jesús y María; entre el Hijo de Dios que va a encarnarse y la Virgen nazarena que ha sido elegida por Madre: los dos irrumpen de golpe y al mismo tiempo en el evangelio.

            Con un mismo hecho y unas mismas palabras se nos habla del Hijo y de la Madre. Tan unidos están estos dos seres en la mente de Dios que forman una sola idea, un solo proyecto, una misma realidad, y la palabra de Dios, al querer trazar los rasgos del uno, nos describe también los del otro, el semblante y la realidad del hijo que la hace madre.

            Todos habéis leído  y meditado muchas veces en el evangelio de San Lucas la Anunciación del Ángel a nuestra Señora. Es la Encarnación del Hijo de Dios. Es el primero de los misterios gozosos del santo rosario. Es aquella embajada que un día trajo el ángel Gabriel a una doncella de Nazaret.

            La escena, si queréis, podemos reproducirla así: La Virgen está orando. Adorando al Padre “en espíritu y verdad”. Estrenando ese estilo de oración que no necesita  ser realizada en el templo de Jerusalén, ni en el monte Garizím, sino que puede efectuarse en cualquier parte, porque en todo lugar está Dios y en todo momento y lugar podemos unirnos con Él mediante la oración.

            La Virgen, pues, estaba orando. Orando, mientas cosía, barría, fregaba o hacía cualquier cosa, o, sencillamente, orando sin hacer otra cosa más que orar. El cronista San Lucas no especifica. Dios puede comunicarse donde quiere y como quiere, pero de ordinario se comunica en la oración. Y la Encarnación es la comunicación más íntima y total que Dios ha tenido con su criatura; ha sido una comunicación única e intransferible.

            Por eso, el arte de todos los tiempos nos ha habituado a figurarnos a la hermosa nazarena, a la Virgen bella, en reposo y  entornada, sumida en profunda oración.

            Unas veces, de rodillas, porque la Virgen adoraba a Dios profundamente. Otras veces sentada, porque no estaba bien que el Ángel hablase a su Señora de pié, mientras Ella estaba arrodillada.

            El diálogo mantenido entre el ángel y aquella hermosa nazaretana, de tez morena, ojos azules, alma divina, es un tejido de espumas, trenzado de alabanzas y humildad, de piropos divinos y rubores de virgen bella y hermosa. El saludo que Gabriel dirige a María no puede ser más impresionante: “Xaire, kexaritomene, o Kúrios metá soü...Ave, gratia plena, Dominus tecum... Alégrate, la llena de gracia, el Señor está contigo...”

            “Salve”, en griego “Xaire”, alégrate, regocíjate, que era el saludo corriente entre los helenos. “La llena de gracia”, el ángel emplea este participio a modo de nombre propio, lo que aumenta la fuerza de su significado. La piedad y la teología cristianas han sacado de aquí todas las grandezas de María. Y con razón, pues “la llena de gracia” será la Madre de Dios.

            Mucha gracia tuvo el alma de María en el momento de su Concepción Inmaculada; más que todos los santos juntos. Si la gracia es el mayor don de Dios, con cuánta gracia engrandecería el Omnipotente a su elegida por madre. Y esa gracia se multiplicaba en ella cada instante con el ejercicio de todos sus actos siempre agradabilísimos al Dios Trino y Uno, a los ojos divinos, porque Ella nunca desagradó al Señor. Llena estuvo siempre y, sin embargo, crecía. Diríase que la capacidad del alma de María iba creciendo a medida que la gracia, la belleza y el amor de Dios  aumentaban en ella, para que en todos los momentos de su existencia el ángel del Señor pudiera saludarla y  pudiera llamarla: “kejaritoméne, gratia plena, llena de gracia”.

            “El Señor está contigo, o Kúrios metá soü, Dominus tecum”, prosigue el divino mensajero. Dios está en todas las almas que tienen la gracia santificante. Vive en ellas. Cuanto más gracia, más se adentra Dios en el alma, en su interioridad, en su ser y existir.

            Y como la Virgen estuvo siempre llena, como un vaso que rebosa siempre de agua o licor dulce y sabroso, resulta que Nuestra Madre del Puerto, más rebosante de gracia y dones divinos que todos los ángeles y santos juntos, tuvo siempre al Señor en su corazón; pero ahora al estar en su vientre, el Señor estaba con ella más íntimamente unido que podría estarlo jamás criatura alguna. “El Señor está contigo” porque Él te acompaña y acompañará en esta tarea que vais a realizar juntos, porque Él quiere hacerte madre y para eso su presencia es esencial e imprescindible.

            No tiene nada de particular que al ir preñada del Verbo divino, la prima Isabel, al verla en estado del Hijo de Dios, le dijera lo que le decimos todos sus hijos cuando rezamos el Ave María: “Eres bendita entre todas las mujeres”. Es ésta la alabanza que más puede halagar a una mujer. Porque sólo una podía ser la madre del Hijo de Dios. Y la elegida ha sido María. Por eso Ella es la “bendita entre todas las mujeres”.         Porque su belleza resplandece y sobresale sobre todas las otras, y atrae hacia sí todas las miradas del cielo y tierra, eclipsa todas las demás estrellas como el sol, para lucir Ella como la bendita, la bien dicha y pronunciada por Dios y por los hombres. “eres la predilecta de Dios entre todas las mujeres” vino a decirle el Ángel.

            Grandes mujeres habían existido en el Antiguo Testamento. Las escogidas por Dios para libertadoras de su pueblo: Débora, Judit, Esther. Grandes santas habían de existir  en la Iglesia católica. Todas muy queridas de Dios, pero incomparablemente más que todas ellas, María.

            El chaparrón de alabanza que de repente dejó caer el ángel  sobre aquella alma humildísima la debió dejar aturdida. Por eso dice el evangelio: “Al oír tales palabras, la Virgen se turbó y se puso a considerar qué significaría aquella salutación”. Advirtió el ángel que la humildad de la Virgen había quedado un poco sonrojada y se apresuró a explicar la razón de sus piropos, dirigiéndola otra alabanza: “no temas, María, porque ha hallado gracia en los ojos de Dios”. Tu humildad, tu pureza, todas tus virtudes han atraído hacia ti la mirada del Eterno y le has ganado el corazón. Tanto se lo has robado, que quiere tenerte por madre suya cuando baje del cielo a la tierra.

            La Virgen, durante toda su vida se había puesto con sencillez en las manos de Dios. El Señor Dios le inspira el voto de virginidad y lo hace. Ahora, en cambio, por medio del ángel le revela algo cuya realización destruye humanamente la virginidad y pregunta, porque lo acepta, cómo será eso, cómo y qué tiene que hacer.

            Sabe muy bien la Virgen que el pueblo de Israel y toda la humanidad está esperando siglos y siglos la venida de un libertador. Las Escrituras santas hablan continuamente. En el templo todos los días se hacen sacrificios y se elevan oraciones pidiendo su venida. La aspiración suprema de las mujeres israelitas es que pueda ser descendiente suyo.

            Pues bien, el ángel le anuncia ahora que ella es la elegida por Dios para ser la Madre del Mesías: “Concebirás y darás a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Este hijo tuyo será grande y será llamado el Hijo del Altísimo;  el señor Dios le dará el trono de su padre David y reinará en la casa de Jacob eternamente y su reino no tendrá fín”.

            El ángel pudo descubrir a María, desde el primer momento, el modo milagroso de obrarse la Encarnación; sin embargo, lo calla. Sólo la propone el hecho, pero no el modo. Por eso la Virgen no se precipita en contestar. Reflexiona, calla, medita en su corazón y espera.

            Está orando la Virgen. Qué candor, qué dulzura, ¿qué le preguntará a Dios, al mismo Dios  que le inspiró  la virginidad? Momento este sublime en que el cielo y la tierra están suspendidos, pendientes de los labios. Espera   en el aposento. Espera en el Cielo la Santísima Trinidad. Espera el Hijo para entrar en su seno, para tomar carne humana de la suya. Esperan en el Limbo las almas de los justos esa  palabra que les traerá al libertador y les abrirá las puertas del cielo. Esperan en la tierra todos los hombres aquel sí, que romperá las cadenas del pecado y de la muerte que les aprisiona. «Todo el mundo está esperando, virgen santa, vuestro sí; no detengáis más ahí, al mensajero dudando. Dad presto consentimiento; sabed que está tan contento, de vuestra persona Dios, que no demanda de vos sino vuestro consentimiento».     Esperan todos, en el cielo y en la tierra, y la Virgen, mientras tanto, reflexiona. Piensa que ha hecho a Dios voto de virginidad y para Ella esto es intocable, sagrado. A Ella el ángel no le ha dicho que le dispensa del voto. Si esa fuera la voluntad de Dios lo cumpliría aunque le costase; pero el ángel no le ha dicho nada y Dios no le ha dicho que le dispense. Por lo tanto, su deber es cumplir lo prometido. Si es necesario renunciar a ser madre de Dios, si es necesario que otra mujer tenga en sus brazos al Hijo de Dios hecho hombre, mucho le cuesta renunciar al Hijo amado, pero que lo sea; que sea otra la que contemple su rostro y escuche de sus labios de niño el dulce nombre de madre. Que sea otra mujer la que lleve sobre su frente la corona de Reina de los cielos y de la tierra...

            Pero no, no será así porque Dios la ha elegido a Ella, Ella es la preferida, “la bendita entre todas las mujeres”, marcada en su seno y  elegida por Dios desde toda la eternidad para ser la madre del Redentor, el Mesías Prometido, el Salvador del mundo y de todos los hombres.

            La Virgen ha meditado todas estas palabras del ángel y ahora ve claro que estas palabras del ángel son de Dios, es la última voluntad de Dios sobre su vida. Tan verdadero y evidente es este deseo de Dios, que se va a entregar totalmente a esta voluntad declarándose esclava, la que ya no quiere tener más voluntad y deseo que lo que Dios tiene sobre Ella.

            Cuando hizo el voto de virginidad perpetua, Dios se lo expresó a solas y en secreto, en el fondo del alma; para comunicarla ahora que ha sido elegida para ser la madre del Hijo,  recurre al portento y a lo milagroso para que la Virgen se cerciore de que este segundo deseo de Dios, aunque aparentemente, desde la visión puramente humana, destruya el primero, viene también de Él.

            Y la Virgen fiel a todo lo que sea voluntad de Dios, accede gustosamente, aunque tenga que renunciar a su don más querido. Ya sólo quiere saber lo que tiene que  hacer, quiere oír del ángel qué es lo que Ella tiene que hacer de su parte para que se realicen los planes de Dios “¿Cómo ha de ser esto, pues no conozco varón?” Y oye del ángel aquellas misteriosas palabras, en las que le anuncia el portento que Dios quiere realizar en Ella. “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el fruto santo que nacerá de ti, será llamado el Hijo de Dios”.

            Cuando la Virgen vio aclarada su pregunta y solucionada de un modo milagroso su dificultad, cuando ve que será madre y virgen ¿qué responde? A pesar de las alabanzas que el ángel le ha dirigido, a pesar de las grandezas que reconoce en sí,  sabe perfectamente que todo lo ha recibido de Dios, sabe que Ella no es más que una criatura, una esclava de Dios, que desea hacer en todos los momentos la voluntad de su Dios y Señor. Por  eso dice: “Ecce ancilla Domini, fiat mihi secundun verbum tuum... he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”.

            ¿Esclava, hermanos, la que está siendo ya la madre de Dios, la que ha sido elegida entre todas las mujeres para ser la Madre del Redentor, esclava la Señora del cielo y tierra, la reina de los ángeles, la que nos ha abierto a todos las puertas del cielo por su Hijo, la que nos ha librado a todos de la esclavitud del pecado y de la muerte, la que empieza a ser madre  del Todopoderoso, del Infinito?

            Recibido el consentimiento de la Virgen, el ángel se retira de su presencia y volvió a los cielos para comunicar el resultado de su embajada a la Santísima Trinidad. La Virginidad y la sumisión a los designios divinos celebran, al fin, un pacto imposible para los hombres, pero posible para Dios. Ni Dios ni María han perdido nada; nadie ha perjudicado a nadie, todo ha sido a favor y ganancia, todo tan sencillo y suave. La Virgen está preñada del Verbo por Amor y Gracia del Espíritu Santo.

            Ella después continuó orando. Inaugurando un estilo de oración que ya no es lo mismo hacerla en cualquier sitio, en cualquier lugar, porque sólo en un sitio ha estado Dios singularmente presente como en ningún otro: en Nazaret, por ejemplo, en las entrañas de una Virgen, y “el nombre de la Virgen es María”. “El Verbo  de Dios se hizo carne” Y empezó a habitar entre nosotros por medio de María. Dios empieza a ser hombre. Él que no necesita de nada y de nadie, empieza a necesitar de la respiración de la hermosa nazarena, de los latidos de su corazón para poder vivir. Qué misterio de amor, amor loco y apasionado de un Dios que viene en busca de la criatura para buscar su amor, para abrirle las puertas de la amistad y  felicidad del mismo Dios Trino y Uno. Dios, ¿pero por qué te humillas tanto, por qué te abajas tanto, qué buscas en el hombre que Tú no tengas? ¿Qué le puede dar el hombre que Dios no tenga?

Queridos hermanos, Yo creo que Dios se ha pasado con nosotros.  “Tanto amó Dios al hombre que entregó  a su propio Hijo”.

            “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”. El Creador empieza a ser hijo, se hace hijo de su criatura. No sabemos si en ese momento se aceleró la floración en los huertos de Nazaret, no lo sabemos. Seguramente los hombres que estaban arando en los alrededores y en los campos vecinos no se enteraron de nada, pero ya medio cielo se había desplazado a la tierra, y vivía dentro de María.

            Qué grande, qué inmensa, qué casi infinita hizo a su madre el Todopoderoso. Y cómo la amó, más que a todas. A su madre, que en ese momento empezó a ser también nuestra, porque ya en la misma encarnación  nos engendró místicamente a todos nosotros, porque era la madre de la gracia salvadora, del que nos engendraba por el bautismo como hijos de Dios. Luego ya en la cruz nos lo manifestaría  abiertamente: “Ahí tienes a tu madre, he ahí a tu hijo”.

            Qué gran madre tenemos, hermanos, qué plenitud y desbordamiento de gracia, hermosura y amor. Tan cargada está de cariño y ternura hacia nosotros sus hijos que se le caen de las manos sus caricias apenas nos insinuamos a Ella. La Virgen es hoy, en  abril del 1960, igual de  buena, de pura, igual de encantadora que cuando la visitó el ángel en Nazaret. Mejor dicho, es mucho más que entonces porque estuvo creciendo siempre hasta su muerte en todas sus perfecciones. Es casi infinita.

            María es verdad, existe ahora de verdad, y se la puede hablar, tocar sentir. María no es una madre simbólica, estática, algo que fue pero que ya no obra y ama. Ella en estos momentos,  ahora mismo nos está viendo y amando desde el cielo, está contenta de sus hijos que han venido a honrarla en su propia casa y santuario; y desde el Cielo, desde este Santuario, vive inclinada sobre todos sus hijos de Plasencia, del mundo, más madre que nunca.

            Ella es nuestro sol que nos alumbra en el camino de la vida venciendo todas las oscuridades, todas las faltas de fe, de sentido de la vida, de por qué vivo y para qué vivo; ella es nuestra Reina, nuestra dulce tirana. Acerquémonos  confiadamente a esta madre poderosa que tanto nos quiere. Pidámosla lo que queremos y como se nos ocurra, con la esperanza cierta de que lo conseguiremos.

            Necesitamos, madre, tu espíritu de oración para que Dios se nos comunique a nosotros como se te comunicó a ti en Nazaret. Necesitamos esa oración tuya continua e incesante, esa unión con Dios permanente que nos haga encontrarte en todas las cosas, especialmente en el trato con los demás. Necesitamos, Madre, meditar en nuestro corazón como tú lo hacías; necesitamos, madre, esa unión permanente de amor con Dios, mientras cosías o barrías o hacías los humildes oficios de tu casa. Queremos esa oración tuya que te daba tanta firmeza de voluntad y carácter que te hacía estar dispuesta a renunciar a todo por cumplir la voluntad de Dios, por cumplir lo que tú creías que era la voluntad de Dios. Tú siempre estabas orando. Orando te sorprendió el ángel y orando seguiste cuando te dejó extasiada, arrullando y adorando al niño que nacía en tus entrañas.

            Madre santa del Puerto, enséñanos a orar, enséñanos el modo de estar unidos  con Dios siempre en todo momento y lugar: «Desde niño su nombre bendito, de mi madre en el seno aprendí, ella alienta mi alma y mi vida,  nunca madre mejor conocí. Placentinos… >>.

CAPÍTULO SEGUNDO

MARÍA EN PENTECOSTES CON LOS APÓSTOLES

LOS APÓSTOLES, ORANDO CON MARÍA, RECIBIERON EL ESPÍRITU SANTO EN PENTECOSTÉS

2.1.- MARÍA ORABA CON LOS APÓSTOLES: LA IGLESIA NECESITA SIEMPRE LA AYUDA DE MARÍA

Los Apóstoles, orando con María, -lo afirma el evangelio-, recibieron  al Espíritu  Santo, Espíritu de Cristo Sacerdote para ser testigos de Cristo y su salvación entre sus hermanos, los hombres. La Iglesia, los apóstoles, sacerdotes o seglares, necesitamos siempre de la oración y ayuda de nuestra Madre y Señora María para la conversión y santificación personal y del mundo, Recibieron plenitud de su ser sacerdotal y apóstólico y de hecho se expandieron por el mundo, los que estaban cn el Cenáculo, con las puertas cerrradas, por miedo a los judios.

Y así se convirtieron en testigos de Cristo y de su evangelio y salvación.Y María estaba con ellos, y también lo recibió con la misma gracia e intensidad y finalidad. Porque María es madre sacerdotal y…para mí, sacerdote-unida totalmente al ser y existir sarcedotal de su hijo. Ella ayudó así a los primeros sacerdotes de su hijo y nos sigue ayudando a todos nosotros, sacerdotes, ordenados y consagrados por el poder del mismo Santo Espíritu de su hijo-Hijo de Dios. Por eso, Ella y para nosotros, sacerdotes, es la mejor ayuda y madre sacerdotal que podemos tener.

            Queridos hermanos sacerdotes: Me alegró mucho que me invitaran a dar este retiro de Pentecostés para prepararnos a su fiesta, porque el Espíritu Santo es el que nos ha consagrado sacerdotes para siempre para la gloria de Dios Uno y Trino y la salvación de nuestros hermanos, los hombres.

En nuestro tiempo éramos consagrados sacerdotes en la Vigilia de Pentecostés y esto no lo olvidamos, porque cantábamos también  nuestra primera misa entre Pentecostés y Santísima Trinidad. Por otra parte, ahora, estamos en el tiempo de la Iglesia, en la economía salvadora del Santo Espíritu de Dios, y los sacramentos, acciones salvadoras de Cristo, mediante su Espíritu, no son posibles sin la epíclesis, sin la invocación y la presencia del Divino Espíritu.

(Así que vamos a comenzar esta meditación también invocando al Espíritu Santo, dador de toda ciencia y sabiduría para que nos ilumine y nos llene a todos de su presencia y amor; si os parece bien, lo hacemos en latín, porque así lo hicimos en nuestros años de Seminario, incluso en el Menor: Veni, Creator Spíritus… (darlo en hoja, también en español)… Emitte Spiritum tuum y creabuntur… et renovabis faciem terrae: Oremus: Deus que corda fidelium Sancti Spíritu docuiste, da nobis in eodem recta sapera et de ejus semper consolatione gaudere, per eumdem C.D.N. Amén.)

Queridos hermanos: El Espíritu Santo, Fuego y Vida de nuestro Dios Trinidad es también el Espíritu de nuestro Señor Jesucristo, único Sacerdote, por el que fuimos consagrados e identificados todos nosotros con Él, sacerdotes «in aeternum», por el carácter sacerdotal.

Al celebrar la fiesta de Pentecostés el próximo domingo, nosotros nos disponemos a pedirle que venga nuevamente sobre nosotros y renueve los carismas y gracias y dones abundantes de los que nos hizo partícipes  el día de nuestra ordenación sacerdotal. Son días para agradecer, para revisar, para potenciar nuestro sacerdocio y nuestra acción pastoral, como lo fue el primer Pentecostés de la historia para los Apóstoles y la Iglesia naciente.

Por eso, muy queridos hermanos sacerdotes, la oportunidad de este retiro espiritual, por la necesidad que tenemos de la gracia y del fuego del Espíritu; por la necesidad que tenemos de la experiencia de Cristo y de su misterio, sentir y vivir los misterios que celebramos;  por la necesidad permanente que tenemos de la experiencia de lo que somos y hemos recibido; por eso, la necesidad de retirarnos, para prepararnos para recibirle más abundantemente, como “los Apóstoles, reunidos en oración con María, la madre de Jesús” . ¡María, hermosa nazarena, virgen bella, madre sacerdotal, échanos una mano, como se la echaste a los apóstoles de tu Hijo que tuvieron miedo y fueron cobardes y estaban asustados con las puertas cerradas!

Por esto, queridos hermanos, por el convencimiento que tengo de la necesidad del Espíritu Divino en nuestra vida sacerdotal, por el respeto y amor que os tengo, he procurado estos días prepararme mediante el estudio y la oración; he pedido e invocado al Espíritu Divino para que venga y renueve en nosotros su luz y  su fuego de amor divino y sacerdotal. He rezado así para todos nosotros, sacerdotes (o futuros), esta oración que me sale así del corazón todos los días:

«¡Oh Espíritu Santo, Dios Amor, Abrazo y Beso de mi Dios, Aliento de Vida y Amor Trinitario, Alma de mi alma, Vida de mi vida, Amor de mi alma y de mi vida, yo te adoro!

Quémame, abrásame por dentro con tu fuego transformante, y conviérteme, por una nueva encarnación sacramental, en humanidad supletoria de Cristo, para que Él renueve y prolongue en mí todo su misterio de salvación; quisiera hacer presente a Cristo ante la mirada de Dios y de los hombres como adorador del Padre, como salvador de los hombres, como redentor del mundo.

Inúndame, lléname, poséeme, revísteme de sus mismos sentimientos y actitudes sacerdotales; haz de toda mi vida una ofrenda agradable a la Santísima Trinidad, cumpliendo su voluntad, con amor extremo, hasta dar la vida.

¡Oh Espíritu Santo, Fuego y Beso, Alma y Vida de mi Dios! ilumíname, guíame, fortaléceme, consuélame, fúndeme en Amor Trinitario, para que sea amor creador de vida en el Padre, amor salvador de vida por el Hijo, amor santificador de vida con el Espíritu Santo, para alabanza de gloria de la Trinidad y bien de mis hermanos, los hombres.

            Los sacerdotes de mi tiempo y quizás en general, aunque sea paradójico, teológicamente estamos un poco heridos en Pneumatología. Y digo que es paradójico, porque por designio de la Santísima Trinidad, nada más nacer, recibimos el bautismo del agua y del Espíritu, somos Templos de la Trinidad por el Espíritu Santo, luego fuimos confirmados en el mismo Espíritu, y, por privilegio y voluntad de Cristo, hemos sido llamados al sacerdocio, a ser prolongadores de su ser y existir sacerdotal, a propagar el reino de Dios en la tierra, para lo cual necesitamos su mismo Espíritu, su mismo Amor, el Espíritu Santo. Por eso debieron prepararnos mejor en esta materia teológica y apostólicamente.

Por curiosidad he mirado el texto de Lercher que estudiamos los de mi generación, y nosotros tenemos sólo dos tesis del Espíritu Santo, 14 páginas, que más bien son de Trinidad, como se titulaba el mismo tratado: «De Deo Uno et Trino, Creante et Elevante». La primera «thesis»: «S.Sanctus a Patre Filioque procedit» y la segunda: «per viam voluntatis».

En  la vida de la misma Iglesia y de los cristianos, tal vez nosotros mismos, sacerdotes, no le damos la importancia debida al Espíritu Santo, tanto en nuestra vida personal como apostólica; y no le damos importancia, no acudimos a Él con el amor y la frecuencia debida, no sé si porque el Espíritu Santo no tiene rostro o figura humana, es puro espíritu; no sé si porque al no tener rostro humano, para verlo, hay que sentirlo en el espíritu y para esto hay que purificar y limpiar más el corazón y esto cuesta esfuerzo y nos es fácil:  sólo “los limpios de corazón verán a Dios,”; no sé si porque hay que entrar dentro de Dios por las virtudes teologales de la fe,  esperanza y caridad para desarrollarlas y descubrirlo, como ya lo dijo el Señor: “ le conoceréis porque permanece en vosotros”, lo cierto es que nuestra relación personal con Él, y nuestras predicaciones y nuestros conocimientos y nuestra vida espiritual y nuestra misma vida de oración personal, ordinariamente, es pobre de Espíritu Santo, de vivencia y experiencia del Dios Amor, porque para esto es necesario que estemos más vacíos de nosotros mismos para que Él nos pueda llenar, más vacios de nuestros fallos e imperfecciones para que Él nos pueda llenar de su experiencia y amor personal de Dios, porque si seguimos toda la vida llenos de nosotros mismos, no cabe Dios. Hay que vaciarse de soberbias, orgullos, vanidades, de pecados y defectos, aunque sean leves, para que el Espíritu Santo, el Espíritu sacerdotal y apostólico de Cristo nos pueda llenar.

Por tanto, queridos hermanos, por todo lo dicho y orado,  pienso y pido: Que sea Pentecostés en nuestras vidas, que este retiro sea como el de los Apóstoles reunidos en oración con María, la Madre de Jesús, para que podamos recibir el Espíritu Santo, el Amor del Padre y del Hijo, porque  le necesitamos, necesitamos llenarnos de su luz y su amor, de su presencia, de su sabiduría y santidad y también lo está necesitando este mundo que se está quedando frío y sin amor, vacío y sin Amor de Dios, sin su Espíritu Santo.

Queridos hermanos, necesitamos el Espíritu de Amor. Lo ha dicho el Señor a la Iglesia y a los apóstoles de todos los tiempos:“…os digo la verdad, os conviene que yo me vaya, porque si yo no me voy no vendrá a vosotros el Espíritu Santo, pero si me voy, os lo enviaré… Él  os llevará hasta la verdad completa”  

Y esto es lo primero que quiero deciros esta mañana. Es la primera verdad que quiero recordaros en esta meditación, para que se nos quede muy grabada a todos en nuestra mente y  en nuestro corazón, que la actualicemos y potenciemos en estos días de preparación para la fiesta. 

Mirad, lo vemos claramente realizado en LOS APÓSTOLES: los apóstoles habían escuchado a Cristo y su evangelio, han visto sus milagros, han comprobado su amor y ternura por ellos, le han visto vivo y resucitado, han comulgado y comido y recibido el mandato de salir a predicar…pero, sin embargo,  permanecen inactivos, con las puertas cerradas y los cerrojos echados por miedo a los judíos; no se atreven a predicar a Cristo vivo y resucitado y eso que le han visto vivo y han recibido este mandato, pero no se les vienen palabras a la boca, ¿por qué? Porque les falta la fuerza de la vivencia interior y espiritual del fuego del Espíritu Santo, la experiencia de Cristo y su evangelio, la vivencia del misterio eucarístico y sacerdotal…

Por qué Cristo les dijo que se prepararan para recibir al Espíritu Santo, por qué Jesús oraba para que viniera y nosotros estos días también tenemos que pedirle y desearle que venga a nosotros… Y por qué el mismo Cristo oraba con ellos para que se preparasen a recibirlo, por qué tienen ahora también con ellos a  María en el Cenáculo, la Virgen bella y Madre sacerdotal, orando con ellos, qué pinta aquí María, a la que silenciaron en la Última Cena, ¿por qué ahora sí?

Porque  se trata del comienzo y fundamento de la Iglesia, y