EL CATOLICO Y LA MISA EN Y CON CRISTO

PARA VIVIR LA MISA

EN CRISTO

PARROQUIA DE SAN PEDRO. PLASENCIA.1966-2018

GONZALO APARICIO SÁNCHEZ

PARA VIVIR LA MISA EN CRISTO

PARROQUIA DE SAN PEDRO. PLASENCIA.1966-2018

PRÓLOGO

            Conocí a Gonzalo cuando salí del Seminario de Sevilla; acababa de ser ordenado Sacerdote y desde entonces trabajamos juntos en la misma comunidad parroquial. Puedo deciros que toda su vida sacerdotal está apoyada en estos pilares: La Eucaristía, los Sacerdotes y el Seminario.

             Es el gran enamorado de Cristo EUCARISTIA y lo que se vive, no se puede guardar para sí. Por eso, toda su vida pastoral, está basada, de una u otra forma, en Cristo Eucaristía. Puedo afirmarlo, porque son más de treinta y seis años hablando, trabajando y conviviendo juntos, todos los días y a todas horas. Fruto de este entusiasmo son los tres libros publicados sobre este Misterio de la fe, tan apasionante para él.

            Con este cuarto libro, una vez más, mi buen amigo Gonzalo Aparicio, se ha propuesto ofrecernos un itinerario de amistad con Jesús Eucaristía; de ahí el título elegido: PARA VIVIR LA MISA EN LA COMUNIÓN CON CRISTO. Este libro quiere ser un manual, que nos ayude a vivir mejor y a dialogar con naturalidad con Jesús Eucaristía. Gonzalo no escribe de oídas; este libro es una vez más fruto de sus muchos años de oración, estudio y experiencia eucarística. En él también encontrarás pautas para conocerte mejor; superar tristezas, vivir con menos cosas y salir de la soledad; aprenderás a amar, a escuchar; y siempre con Jesucristo Eucaristía, puerta del cielo… casi nada.

            Nuestro mundo está necesitado de personas enamoradas de la Eucaristía. Solamente los que han “saboreado” a Jesucristo Eucaristía podrán transmitirlo a los demás.  Cada día son más los que descubren la necesidad de la Eucaristía para poder vivir la plenitud de la vida cristiana. El Papa actual insiste una y otra vez en el tema. Desde octubre de este año de 2004 hasta el próximo octubre ha sido declarado año de la Eucaristía. Es una gracia especial de Dios, porque la oración eucarística es el camino absolutamente necesario para llegar a la intimidad con Cristo, el mejor maestro de oración y vida cristiana. Desde la Eucaristía el Señor nos enseña a amar, a perdonar, a ser humildes, a entregarnos hasta el extremo, como Él en el Santísimo Sacramento.

            El creyente no puede vivir del consumismo del mundo, de las migajas de las criaturas; para llenar este vacío y soledad permanente, necesitamos el encuentro personal con Cristo “Camino, Verdad y Vida.” El Papa Juan Pablo II decía: «Cristo debe ser para cada uno de vosotros la razón de vivir: no temáis a Cristo, abríos a Él, entregaos a Él con toda generosidad: que Él ocupe el centro de vuestra vida, porque Cristo es la esperanza ante la angustia del mundo que nos rodea». En el fondo, los problemas y crisis del mundo actual ¿no están demostrando su lejanía de Jesús por falta del encuentro personal con Él?

            Al comienzo de este nuevo milenio, este libro pretende ser una pequeña aportación a la paz del mundo. ¿Puede existir paz en nuestra tierra si Cristo no vive en el corazón de los hombres? Cuando uno ha contemplado a Jesús, “Príncipe de la Paz”, ¿se puede potenciar la violencia? Sólo el amor de Cristo Eucaristía puede curar las heridas de este mundo, falto de amor en el matrimonio y en las familias, y lleno de divisiones, terrorismo y guerras.

            Que la Virgen María, Maestra y modelo eucarístico, a la que tanto ama el autor de este libro, nos ayude a todos a descubrir  este misterio del Amor Sacramentado. Y tú, querido lector, que disfrutes de su lectura.

                        José Muñoz Sánchez

                        Sacerdote de la Parroquia

INTRODUCCIÓN

            Hay muchas formas de participar en la santa Eucaristía, como sacrificio y comunión con Cristo, tanto por parte de la Iglesia, como del sacerdote y de los fieles. Nosotros ahora, en este libro, vamos a profundizar un poco en la participación  eucarística, que Cristo quiere y nos pide en este sacramento, y  por la que instituyó la Eucaristía.

            Cristo, en definitiva, no instituyó este sacramento para unas ceremonias y ritos correctos y bellos, llenos de simbolismos, sino de realidades maravillosas.

            Cristo sólo pretendió que  le comiéramos llenos de fe y de amor, y al comerle así, viviéramos su misma vida, con sus mismos afectos, sentimientos y actitudes de amor al Padre, de unión con  Él  y de entrega a los hombres, en el sacrificio de nuestra propia vida; Él solo pretendió y pretende de esta forma, hacernos totalmente felices y empezar el cielo, la amistad del cielo, en la tierra, porque el cielo es Dios y Dios está dentro de nosotros, o mejor, nosotros dentro de Él, de su Esencia Trinitaria, por el Hijo Amado.

            En cada misa, Él vuelve a hacer presentes estos sentimientos, y hay que estar muy despiertos en la fe y en el amor, para vivirlos y sentirlos, porque allí están íntegros y completos, porque es el mismo Cristo y la misma Cena, con el mismo fuego, pasión y amor de Espíritu Santo por su Padre y por todos los hombres.

            Es el mismo Cristo vivo, vivo y resucitado, el que se hace presente, el que se ofrece en sacrificio de amor y comida de comunión y permanece en presencia de amistad eternamente ofrecida a todos los hombres.

            En la misma celebración de la Cena lo expresó bien claro el Señor: “Tomad y comed… tomad y bebed…esta es  mi sangre derramada por vosotros…” Esta fue y sigue siendo la intención primera y la gracia primera que debemos pedir, cuando comulgamos y celebramos con Cristo  su Eucaristía, su acción de gracias al Padre por todos los beneficios de su muerte y resurrrección, en concreto, poder.

            Es esto lo que tanto Él desea: “Y cuantas veces hagáis esto, acordaos de mi…”  acordaos de mi adoración al Padre, cumpliendo su voluntad, con amor extremo, hasta dar la vida en esta Cena, que hace presente toda mi vida vivida y anticipa todo el misterio de mañana, Viernes Santo…

            Acordaós de mi amor y entrega por vosotros, de mis deseos de amistad, de mis manos temblorosas y llenas de emoción en esta noche santa, de mis deseos de que seamos uno y vivais mi propia vida en relación con el Padre y los hombres, nuestros hermanos… En cada misa, acordaos de todo esto. No nos olvidamos, Señor. Y eso es vivir la santa misa y la comunión con Cristo.

            Por eso es un feo muy grande y falta de delicadeza y amor al Señor, que no participemos con sintonía de amor en su sacrificio, en el único que ofreció y hace presente todos los días para nosotros, los hombres del siglo XXI, o que no comulguemos con su ilusión y sentimientos en ese pan, en que nos entrega toda su persona, todo su misterio completo, haciendo presentes todos sus dichos y hechos salvadores: Encarnación, Nacimiento, Palabra predicada con fuerza, sudoroso y polvoriento por aquellos caminos de Palestina,  Lázaro, María, adúltera, leproso… y finalmente su pasión, muerte, resurrección e intercesión permanente ante el Padre en gloria y triunfo definitivo: todo está presente en la Eucaristía. 

            Para esto quiso y quiere que comamos su pan, sus mismos sentimientos y actitudes de adoración al Padre en obediencia total hasta la muerte y de amor y entrega a los hermanos para su salvación; para esto viene lleno de ilusión y se hace presente con el mismo amor de la Última Cena;  es un feo que no comulguemos acordándonos de Él y de su sentimientos de amor o que meramente comamos el pan, pero no comulguemos con su  vida: “El que me coma vivirá por mí”… Con estas palabras quiere decirnos: quiero que comais mi carne y bebais mi sangre, porque, al que me coma, le ayudaré a vivir mi misma vida de adoración total al Padre y de entrega total a los hermanos, con amor extremo, hasta dar la vida: “yo en vosotros, vosotros en mí…las palabras que yo os he hablado son espíritu y  vida…”

            Esta participación, que la celebración misma y las palabras de Cristo nos piden, es una participación plena y profunda, auténticia, una participación “en Espíritu y Verdad”, que nosotros llamamos personal y espiritual, vida según el Espíritu de Cristo, Espíritu Santo.

            Jesús quiere que vivamos con Él la santa Misa y la Comunión en unidad de sentimientos y actitudes en relación con el Padre, con Él y con los hombres, nuestros hermanos.           Para esto quiere que celebremos la Eucaristía y comamos su cuerpo, “para que vivamos por Él” y podamos ofrecernos con Él en adoración total a la voluntad del Padre, y poder sentir su presencia de amigo y hermano y su gozo y sus palabras de amor y su entrega, hasta llegar a la unión e identificación total con Él, para poder decir con San Pablo: “ya no soy yo, es Cristo quien vive en mí”; “vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí y mientras vivo en esta carne vivo en la fe del Dios que me amó y se entregó por mi”.

DEDICO ESTE LIBRO:

            A Jesucristo Eucaristía, confidente y amigo desde mi infancia y juventud por el amor eucarístico de mis padres Fermín y Graciana.

            A mi seminario y  superiores que me enseñaron este camino de la Eucaristia y a todos los creyentes y mis queridos feligreses de San Pedro de Plasencia, de los que he sido pastor y párroco durante cincuenta y dos años hasta mi jubilación, abriendo la Iglesia del Cristo de las Batallas a las 7 de la mañana, exponiendo al Señor en la santa Custodia a las 8, rezando Laudes con ellos a las 9, dándoles la comunión antes del trabajo, celebrando la Eucaristía a las 12, 30 y a las 7 en el Cristo y mi amigo D. José a las 7,30 en San Pedro, tres misas todos los día en mi Parroquia de 2500 habitantes y siete los domingos y fiestas y orando todos los jueves con ellos en el Cristo de las Batallas, en Adoración ante la Santa Custodia, de 5 a 7 de la tarde pidiendo por las vocaciones y santidad de los sacerdotes.

            Y a todos mis hermanos sacerdotes, ministros de la Eucaristía, a los que tanto valoro y recuerdo todos los días, con plena devoción, ante Jesús Eucaristía.

SIGLAS Y ABREVIATURAS DE DOCUMENTOS

CD = Christus Dominus. Decreto del Vaticano II sobre el      Oficio Pastoral de los Obispos.                 

CEC = Catecismo de la Iglesia Católica

CIC = Código de Derecho Canónico

DD =  Dies Domini. Carta Apostólica de            Juan Pablo II sobre la Santificación del Domingo (Edibesa, Madrid 1998)

DS =  El Magisterio de la Iglesia. Denzinger

DV = Dei Verbum. Constitución del Vaticano II sobre la Divina Revelación

EE   = Ecclessia de Eucharistía. Carta Encíclica de Juan Pablo II    sobre la Eucaristía (Edibesa, Madrid 2003)

EM = Eucharisticum Mysterium. Instrucción S. C. Ritos, 25    mayo 1967

LG = Lumen Gentium. Constitución dogmática del Vaticano            II sobre la Iglesia

MC = Marialis Cultus. Exhortación Apostólica de Pablo VI.           

MS  =  Missale Romanum. El Misal Romano

OGMR = Ordenaciòn General del Misal Romano

OGLH = Ordenación General de la Liturgia de las Horas

OLM  = Ordenación de las Lecturas del Misal           

PO =  Presbyterorum Ordinis. Decreto del Vaticano II sobre            el Ministerio y Vida de los Presbíteros

RMa = Redemptoris Mater. Encíclica de Juan Pablo II sobre la Virgen María en la vida de la Iglesia peregrina

RVM  = Rosarium Virginis Mariae. Carta Apostólica de Juan          Pablo II sobre el Rosario de la Virgen María.

SC = Sacrosantum Concilium. Constitución del Vaticano II sobre la Sagrada Liturgia

RS  =  “Redemptionis Sacramentum”. Instrucción de la Congregación para el Culto Divino y Disciplina de los Sacramentos, 25 de marzo 2004. (Edibesa, 2004Madrid)

ABREVIATURAS DE AUTORES

A. HAMMAN Y F. QUERÉ-JAULMES, El misterio de la Pascua, Desclée 1998.

ALEXANDER GERKEN, Teología de la Eucaristía. Madrid 1991.

ENRICO GALBIATI, L`Ecaristia nella Bibblia. Milano 1968.

F. X. DURRWELL, La Eucaristía, Sacramento Pascual. Sígueme, Salamanca 1986.

GERHARD VON RAD, Teología del Antiguo Testamento I. Sígueme, Salamanca 1972.

J. L. ESPINEL, La Eucaristía del Nuevo Testamento.

 San Esteban-Edibesa, Salamanca 1997.

JOAQUIN JEREMÍAS, La Última Cena, Palabras de Jesús. Madrid 1986.

JOSÉ ANTONIO SAYÉS,  El Misterio Eucarístico. BAC, Madrid 1986.

JOSÉ ALDAZÁBAL, La Eucaristía. Barcelona 1999.

L. LIGIER, Il Sacramento dell` Eucaristía. Roma 1977.

SAN JUAN DE LA CRUZ, Obras completas. BAC, Madrid 1991.

MAX THURIAN, La Eucaristía, Memorial del Señor. Sígueme, Salamanca 1967.

WALTHER EICHRODT, Teología del Antiguo Testamento. Cristiandad, Madrid 1975.

CAPÍTULO I

 EL DOMINGO CRISTIANO: ORIGEN E IMPORTANCIA

1.- SIN DOMINGO NO HAY CRISTIANISMO

El título completo que puse a una Hoja Parroquial hace más de cincuenta años fue este: Sin domingo no hay cristianismo y el corazón del domingo es la Eucaristía y luego lo cambié: sin misa de domingo no hay cristianismo y expuse las razones que todos sabéis, porque este tema es frecuente en mis homilías y que paso a exponer un poco porque la Eucaristía dominical es para el pueblo cristiano la profesión de su fe y la celebración de su salvación.

            Por eso, disfruté mucho leyendo la Carta Apostólica que publicó el Papa Juan Pablo II sobre el DOMINGO: «DIES DOMINI». Yo hice un resumen breve para homilías y otro, pastoral y más amplio, para temas de los grupos parroquiales. Tomaré de ambos, pero antes quisiera decir lo que escribí en aquella Hoja Parroquial, tal cual, para que no pierda frescura.

            Sin domingo no hay cristianismo. El Domingo  nace de la Pascua. La Pascua es la Resurrección del Señor: fundamento de nuestra fe. El Domingo es la Pascua  semanal. La importancia que tiene el Triduo Pascual, -Jueves Santo, Viernes Santo y Pascua- en relación con el año litúrgico, la tiene el Domingo en relación al resto de la semana.

El domingo de Pascua de Resurrección es el primer domingo del año, la fiesta que da origen a todos los domingos y a todas las fiestas, el día más grande de la  historia, que recordamos y celebramos todos los domingos del año. Mirad cómo lo expresa el Vaticano II: La Iglesia, por una tradición apostólica que trae su origen del mismo día de la resurrección de Cristo, celebra el misterio pascual cada ocho días, en el día en que es llamado con razón «día del Señor, o domingo».

            En este día los fieles deben reunirse a fín de que escuchando la palabra de Dios y participando de la Eucaristía, recuerden  la pasión, la resurrección y la gloria del Señor Jesús y den gracias a Dios que los hizo renacer a la viva esperanza por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos (1P.1,3).

            Por esto, “ …el domingo es la fiesta primordial que debe    presentarse e inculcarse a la piedad de los fieles, de modo  que sea también el día de alegría y de liberación del  trabajo... puesto que el domingo es el fundamento y el   núcleo del año litúrgico” (SC.106).

Aquí, en este texto, está toda la teología y espiritualidad del domingo. Jesús resucitó “el día primero de la semana”, esto es, el día siguiente al sábado, según el calendario judío; ese   día, por ser el más importante de su vida, se le llamó «día del Señor», en latín <dominica>, en español, domingo: ese es el día en que el Señor resucitó y celebró la Eucaristía con sus  discípulos, llenos de miedo, para animarles y fortalecerle en la fe.

A los ocho días volvió a aparecerse y celebró la Eucaristía y así varios domingos. Después subió al cielo y los Apóstoles y los cristianos siguieron llamándolo “día del Señor,” y celebrando la Eucaristía, como lo había hecho el Señor; y desde entonces celebramos la Eucaristía en el domingo: «Día en que Cristo resucitó y nos hizo partícipe de su resurrección», como rezamos en la Plegaria Eucarística II.

Es el Señor quién instituyó el domingo, no la Iglesia, y es Él quien quiere que todos sus discípulos nos reunamos en torno a Él para celebrar su pasión, muerte y resurrección mediante la Eucaristía, para hacer Iglesia, alimentar nuestras vidas con su presencia, con su palabra y con el pan de la vida eterna y dar las gracias y alabanzas y bendiciones a Dios por todas estas maravillas.

            La Eucaristía del domingo es el corazón de la Iglesia, es el cristianismo condensado, es Cristo compendiando en una acción sagrada toda su vida entregada y todos sus hechos salvadores, manifestando así su amor misericordioso a los hombres, por la sangre derramada y por su cuerpo entregado, aceptados por el Padre resucitándolo y poniéndole a su derecha en el cielo.

El domingo es la manifestación semanal, la parusía sacramental del mismo Jesús que se encarnó en el seno de María Virgen por el poder del Espíritu Santo, recorrió los caminos de Palestina predicando el reino de Dios y que con su pasión, muerte y resurrección se hace presente en cada Eucaristía, especialmente el domingo  renuevando el pacto y la alianza nueva y eterna de amor y de perdón del Padre Dios en favor de todos los hombres, liberándonos de todos nuestros pecados y esclavitudes y guiándonos con la palabra de la verdad.

            No debieran olvidar todo esto los que dicen ser católicos pero no practican su fe viviendo el domingo, porque su incoherencia e ignorancia quedaría superada si leyeran los evangelios y encontraran a Jesucristo resucitado celebrar la Eucaristía  con los apóstoles en su manifestación en el primer día de pascua, en el domingo primera de la historia, llamado así precisamente por esto. Creer es celebrar y dar gracias por la fe en el Resucitado, en el Viviente. Nosotros seguimos esta tradición santa, entregada por el Señor a los Apóstoles, reuniéndose en las casas y celebrando la Eucaristía cada ocho días. Y así, desde ellos, ha llegado hasta nosotros. Quien no celebra la Eucaristía el domingo no sabe de qué va el cristianismo, no es ni hace iglesia de Cristo y rompe el cuerpo de Cristo.

            Y luego seguía en esta hoja parroquial haciendo una referencia a los padres de niños de primera comunión, que piden el sacramento para sus hijos: Si tú pides el sacramento de la Eucaristía para tu hijo, debes entrar primero en tu corazón con honradez y ver si tienes fe en la Eucaristía, en Jesucristo presente y celebrante principal del sacramento que pides y si tú vives tu fe cristiana participando todos los domingos en la asamblea Santa del Señor, donde Él parte para todos el pan de la palabra y de la Eucaristía, entonces puedes con honradez pedir este sacramento.

            Si vosotros, queridos padres, no tuvierais esta fe y esta práctica, estoy seguro de que podéis ser personas buenas y honradas, pero no podéis pedir un sacramento, la Eucaristía, la primera comunión de vuestro hijo, sencillamente porque no creéis en ella y no la celebráis cada domingo y porque no debes iniciar a tu hijo en una forma de vivir el cristianismo, el amor a Cristo, que no es coherente y que le llevará a un cristianismo sociológico, vacío y muerto.

Si tú entregas a tu hijo a la parroquia para que le forme y prepare para la Primera Comunión, si vosotros, padres, no fueseis buscando sólo o principalmente la fiesta en lo que tiene de social y externo, los regalos, los banquetes... como si fuera una boda, si cuando tú llevas a tu hijo a la parroquia fueras buscando lo que debe ser, que tu hijo conozca y ame más a Jesucristo, especialmente en este sacramento, cosa que a veces ni lo buscáis ni pensáis siquiera.... entonces comprenderíais que la mejor catequesis y preparación es la Eucaristía del domingo para vosotros y para vuestros hijos. Ya sabéis lo que hago repetir continuamente a vuestros hijos: «si tenemos padres cristianos, no necesitamos ni curas...» y esto es lo que está fallando ahora en las familias: los padres cristianos.

            Si un niño no ve rezar a sus padres, no los ve arrodillarse, no los ve en la iglesia los domingo en la Eucaristía, como su padre es el que más le quiere y desea para él lo mejor: el yudo, el inglés, el deporte, el ordenador... eso sí se lo busca y lo encuentra para él…, entonces, por lógica, la Eucaristía será abandonada en cuanto haga la Primera Comunión, por estas otras cosas más interesantes... que su padre practica.  Por eso, a los niños, desde el primer día de catequesis, les hago repetir y les explico una segunda afirmación que todos repiten muchas veces durante el año: «sin Eucaristía de domingo, no hay primera comunión», porque así lo hago en mi parroquia, de forma que los que no quieren o se van a los campos o fines de semana fuera... en mi parroquia no puedo prepararlos para un encuentro con el Señor que todos los domingos desprecian.  De aquí la tercera afirmación que repiten en Eucaristías y catequesis: «hacer la primera comunión es ser amigos de Jesús para siempre».La primera comunión no es un día, no es una fiesta, es el comienzo de una fiesta, de una amistad que debe durar toda la vida.

            Estas actitudes y comportamientos de los padres contrarios a la auténtica vida cristiana se convierten en un drama amargo y triste para los niños y para los sacerdotes, que tienen que educarlos en la verdadera fe de la Iglesia y por deber y conciencia deben exigir a los niños la Eucaristía del domingo como la mejor y principal forma de prepararse consciente y válidamente para la primera comunión.          

            El drama viene cuando los padres no practican ni quieren convertirse a la fe verdadera. Es la esquizofrenia: ¿como estar instruyendo a tu hijo en el misterio eucarístico, cómo decirle que Cristo es el Señor resucitado, el Dios infinito que nos ama y ha muerto por nosotros, para que tengamos vida buena y cristiana y para eso viene cada domingo y celebra la Eucaristía, alimentándonos con el evangelio y el pan de vida, para el cual se está preparando, y que Jesús le espera cada domingo y lo siente mucho si no está en Eucaristía con los otros niños para enseñarle cómo lo tienen que recibir y celebrar el día de su primera comunión ¿Cómo decirles que la Eucaristía del domingo es lo más grande de la Iglesia, lo que nos hace cristianos, discípulos y amigos de Jesús, nos hace su Iglesia, es el corazón de este cuerpo que somos todos, el centro y culmen y alimento de toda la vida cristiana y luego ve que sus padres no van a Eucaristía? ¿Cómo decirle al niño que estos dos o cuatro años de catequesis son para poder participar luego, como persona adulta para la Iglesia, en la Eucaristía de cada domingo que es el culmen y el centro de toda la vida cristiana y que sin Eucaristía de domingo no hay cristianismo si está viendo que sus padres no van a la Eucaristía los domingos? Repito: es la esquizofrenia religiosa, el desquiciamiento de toda su vida religiosa y el vacío de su vida cristiana. Así está la Iglesia en algunas épocas de su historia.

            “Eso no es comer la cena del Señor” habría que decir con S. Pablo. No se quejen luego de los regalos y de los trajes, porque esta forma de celebrar la Eucaristía es otro traje más llamativo, hecho a medida del consumismo de la fe. ¿Qué hacer? Pues lo que hizo Jesucristo, venir cada domingo y sentarse a la mesa con los que creen en Él y no se inventan una fe y un cristianismo a su medida consumista, y celebrar su muerte y resurrección, -su pascua-,  y en esta pascua ir poco a poco pasando a todos sus discípulos de la muerte a la vida nueva, del pecado a la gracia. Y como Jesucristo lo hizo y es el autor y garante de nuestra fe y de todos los sacramentos, no quiere cristianos sin domingo ni domingos  sin Eucaristía.

Así lo quiere Cristo: “Haced esto en memoria mía”; así lo sabemos y debemos predicarlo los sacerdotes y catequistas enviados para introducir en el misterio a los más pequeños del Reino, así debieran practicarlo los padres que piden el sacramento de la Eucaristía para sus hijos: «culmen y fuente de toda la vida cristiana»; ya me diréis qué vida cristiana en unos padres que no van a Eucaristía y en unos niños, que precisamente cuando se les está educando para el gran misterio de nuestra fe, ya están viendo y oyendo a sus padres que no hace falta ir a Eucaristía los domingos, que  harán la primera y última Comunión, y tan contentos sus padres con el consentimiento de  algunos hermanos sacerdotes que lo consienten...

 Sin Eucaristía de domingo todo lo demás es perder tiempo y traicionar el evangelio. Y el exigirlo es cooperar a que la Iglesia sea lo que Cristo quiere y para lo cual la instituyó y se encarnó y murió y resucitó. Que luego los niños y niñas dejan de venir a Eucaristía, porque sólo nos quedamos con aquellos cuyos padres practican, pues lo lamentamos y seguiremos rezando y trabajando en esta línea, pero serán menos, ya que algunos padres se van reenganchado y vuelven a la práctica dominical, y de todas formas habremos cumplido nuestra misión y el Señor hará lo que nosotros no podemos: hay que hacer lo que se pueda y lo que no, se compra hecho, esto es, se reza, se pide con lágrimas y todos los días ante el Señor por estos niños y por estos padres.

            He hablado de los niños y niñas de Primera Comunión y de sus padres y madres, porque las razones y los motivos son los mismos para todos los creyentes. Lo especifico más en ellos, para que se vea el origen, ya desde el principio, de la falta de estima por la Eucaristía en los cristianos, precisamente en el momento de iniciarse para el gran sacramento. Quiero terminar este apartado con un texto de Juan Pablo II en la carta que paso a exponer a continuación: «La asamblea dominical es un lugar privilegiado de unidad... A este respecto, se ha de recordar que corresponde ante todo a los padres educar a sus hijos para la participación en la Eucaristía dominical, ayudados por los catequistas, los cuales se han de preocupar de incluir en el proceso formativo de los muchachos que les han sido confiados la iniciación a la Eucaristía, ilustrando el motivo profundo de la obligatoriedad del precepto”.

 2.  CARTA APOSTÓLICA DE JUAN PABLO II DIES DOMINI SOBRE LA SANTIFICACIÓN DEL DOMINGO.

Trataré de poner lo que considero más importante de esta Carta y lo haré siguiendo los capítulos y enumeración de la misma para mayor claridad y por si algún lector quiere ampliar estos apuntes con su lectura completa. Empiezo:

1.- EL DÍA DEL SEÑOR -como ha sido llamado el domingo desde los tiempos apostólicos- ha tenido siempre, en la historia de la Iglesia, una consideración privilegiada por su estrecha relación con el núcleo mismo del misterio cristiano. En efecto, el domingo recuerda, en la sucesión semanal del tiempo, el día de la resurrección de Cristo. Es laPascua de la semana, en la que se  celebra la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte, la realización en Él de la primera creación y el inicio de la “nueva creación” (cf 2Cor 5,17). Es el eco del gozo, primero titubeante y después arrebatador, que los apóstoles experimentaron la tarde de aquel mismo día, cuando fueron visitados por Jesús resucitado y recibieron el don de su paz y de su Espíritu (cf Jn 20,19-23).

2.- La resurrección de Jesús es el dato originario en el que se fundamenta la fe cristiana (cfr. 1Cor 15,14) Quienes han recibido la gracia de creer en el Señor resucitado pueden descubrir el significado de este día semanal con la emoción vibrante que hacia decir a San Jerónimo: “El domingo es el día de la resurrección; es el día de los cristianos; es nuestro día”.

3.- Su importancia fundamental, reconocida siempre en los dos mil años de historia, ha sido reafirmada por el Concilio Vaticano II: «La Iglesia, desde la tradición apostólica que tiene su origen en el mismo día de la resurrección de Cristo, celebra el misterio pascual cada ocho días, en el día que se llama con razón “día del Señor” o “domingo» (SC 106).

6.- ...Actuando así nos situamos en la perenne tradición de la Iglesia, recordada firmemente por el concilio Vaticano II al enseñar que, en el domingo, «los fieles deben reunirse en asamblea a fin de que, escuchando la palabra de Dios y participando en la Eucaristía, hagan memoria de la pasión, resurrección y gloria del Señor Jesús y den gracias a Dios que los ha regenerado para una esperanza viva por medio de la resurrección de Jesucristo de entre los muertos» (cf 1Pe 1,3).

CAPITULO I

DIES   DOMINI

CELEBRACIÓN DE LA OBRA DEL CREADOR.

“Por medio de la Palabra se hizo todo” (Jn 1,3)

  8.- En la experiencia cristiana el domingo es ...la celebración de la “nueva creación”. El Verbo... gracias a su misterio de Hijo eterno del Padre, es origen y fin del universo. Lo afirma Juan en el prólogo de su Evangelio:“Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de los que se ha hecho”

El “shabbat”: gozoso descanso del Creador.

11.- Si en la primera página del Génesis es ejemplar para el hombre el <trabajo> de Dios, lo es también su <descanso>. “Concluyó en el séptimo día su trabajo” (Gén 2,2). Aquí tenemos también un antropomorfismo lleno de un fecundo mensaje. En efecto, el <descanso> de Dios no puede interpretarse banalmente como una especie de <inactividad> de Dios. El acto creador que está en la base del mundo es permanente por su naturaleza y Dios nunca cesa de actuar... El descanso divino del séptimo día no se refiere a un Dios inactivo, sino que subraya la plenitud de la realización llevada a término y expresa el descanso de Dios frente a un trabajo “bien hecho” (Gén 1,31), salido de sus manos para dirigir al mismouna mirada llena de gozosa complacencia: una mirada <contemplativa>, que ya no aspira a nuevas obras, sino más bien a gozar de la belleza de lo realizado; una mirada sobre las cosas, pero de modo particular sobre el hombre, vértice de la creación.

  14.- El día del descanso es tal ante todo porque es el día <bendecido> y <santificado> por Dios, o sea, separado de los otros días para ser, entre todos, el «día del Señor».

15.- En realidad, toda la vida del hombre y todo su tiempo deben ser vividos como alabanza y agradecimiento al Creador. Pero la relación del hombre con Dios necesita también momentos de oración explícita, en los que dicha relación se convierte en diálogo intenso, que implica todas las dimensiones de la persona. El «día del Señor» es, por excelencia, el día de esta relación, en la que el hombre eleva a Dios su canto, haciéndose voz de toda la creación.

Del sábado al domingo

18.- En efecto, el misterio pascual es la revelación plena del misterio de los orígenes, el vértice de la historia de la salvación y la anticipación del fin escatológico del mundo. Lo que Dios obró en la creación y lo que hizo por su pueblo en el Éxodo encontró en la muerte y resurrección de Cristo su cumplimiento... A la luz de este misterio, el sentido del precepto veterotestamentario sobre el día del Señor es recuperado, integrado y revelado plenamente en la gloria que brilla en el rostro de Cristo resucitado (cf Cor 4,5). Del <sábado> se pasa al «primer día después del sábado»; del séptimo día al primer día: el “dies Domini”  se convierte en “el dies Christi”.

CAPÍTULO  II

DIES   CHRISTI

EL DÍA DEL SEÑOR RESUCITADO Y EL DON DEL   ESPÍRITU

 La Pascua semanal

19.- «Celebramos el domingo por la venerable resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, no sólo en la Pascua, sino cada semana»: así escribía, a principios del siglo V, el papa Inocencio I, testimoniando una práctica consolidada que se había ido desarrollando desde los primeros años después de la resurrección del Señor. San Basilio habla del «santo domingo, honrado por la resurrección del Señor, primicia de todos los demás días». San Agustín llama al domingo «sacramento de la Pascua».

            Esta profunda relación del domingo con la resurrección del Señor es puesta de relieve con fuerza por todas las Iglesias, tanto en Occidente como en Oriente. En la tradición de las Iglesias orientales, en particular, cada domingo, es la “anastásimos heméra”, el día de la resurrección, y precisamente por ello es el centro de todo el culto.

20.- Según el concorde testimonio evangélico, la resurrección de Jesucristo de entre los muertos tuvo lugar“el primer día después del sábado” (Mc16,2.9; Lc24,1; Jn 20,1). Aquel mismo día el Resucitado se manifestó a los dos discípulos de Emaús (cf Lc 24,13-35) y se apareció a los once apóstoles reunidos (cf Lc 24,36; Jn 20,19). Ocho días después -como testimonia el Evangelio de Juan (cf 20,26)- los discípulos estaban nuevamente reunidos cuando Jesús se les apareció y se hizo reconocer por Tomás, mostrándole las señales de la pasión. Era domingo el día de Pentecostés, primer día de la octava semana después de la pascua judía (cf Hech 2,1), cuando con la efusión del Espíritu Santo se cumplió la promesa hecha por Jesús a los apóstoles después de la resurrección (cf Lc 24,49; Hech 1,4-5). Fue el día del primer anuncio y de los primeros bautismos: Pedro proclamó a la multitud reunida que Cristo había resucitado y “los que acogieron su palabra fueron bautizados” (Hch 2,41). Fue la epifanía de la Iglesia, manifestada como pueblo en el que se congregan en unidad, más allá de toda diversidad, los hijos de Dios dispersos.

El primer día de la semana

21.-. Sobre esta base y desde los tiempos apostólicos, el primer día después del <sábado>, primero de la semana, comenzó a marcar el ritmo mismo de la vida de los discípulos de Cristo (cf 1Cor 16,2)... El libro del Apocalipsis testimonia la costumbre de llamar a este primer día de la semana el “día del Señor”. De hecho, ésta será una de las características que distinguirá a los cristianos respecto al mundo circundante. En efecto, cuando los cristianos decían «día del Señor», lo hacían dando a este término el pleno significado que deriva del mensaje pascual: “Cristo Jesús es Señor” (Flp 2,11; cf Hech2,36).

El día del don del Espíritu

28.- La luz de Cristo resucitado está íntimamente vinculada al <fuego> del Espíritu y ambas imágenes indican el sentido del domingo cristiano. Apareciéndose a los apóstoles la tarde de Pascua, Jesús sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos” (Jn 20,22-23). La efusión del Espíritu fue el gran don del Resucitado a sus discípulos el domingo de Pascua. Era también domingo, cuando cincuenta días después de la resurrección, el Espíritu, como“viento impetuoso” y “fuego” (Hch 2,2-3), descendió con fuerza sobre los apóstoles reunidos con María... La «Pascua de la semana» se convierte así como en el «Pentecostés de la semana», donde los cristianos reviven la experiencia gozosa del encuentro de los apóstoles con el Resucitado, dejándose vivificar por el soplo de su Espíritu.

El día de la fe

Por todas estas dimensiones que lo caracterizan, el domingo es por excelencia el día de la fe. En él el Espíritu Santo, «memoria» viva de la Iglesia (cf Jn 14,26) hace la primera manifestación del Resucitado un acontecimiento que se renueva en el <hoy> de cada discípulo de Cristo. Sí, el domingo es el día de la fe. Lo subraya el hecho de que la liturgia eucarística dominical... prevé la profesión de la fe. El <Credo> recitado o cantado, pone de relieve el carácter bautismal y pascual del domingo... Acogiendo la Palabra y recibiendo el Cuerpo del Señor, contempla a Jesús resucitado, presente en los “santos signos” y confiesa con el apóstol Tomás “Señor mío y Dios mío” (Jn 20,28).

Un día irrenunciable

30.- Se comprende así por qué, incluso en el contexto de las dificultades de nuestro tiempo, la identidad de este día debe ser salvaguardada y sobre todo vivida profundamente... el día del Señor ha marcado la historia bimilenaria de la Iglesia. ¿Cómo se podría pensar que no continúe  caracterizando su futuro? En particular, la Iglesia se siente llamada a una nueva labor catequética y pastoral, para que ninguno, en las condiciones normales de vida, se vea privado del flujo abundante de gracia que lleva consigo la celebración del día del Señor.

CAPÍTULO III

DIES   ECCLESIAE

LA ASAMBLEA EUCARÍSTICA, CENTRO DEL DOMINGO.

La presencia del Resucitado

31.- “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Esta promesa de Cristo sigue siendo escuchada en la Iglesia como secreto fecundo de su vida y fuente de su esperanza. Aunque el domingo es el día de la resurrección, no es sólo el recuerdo de un acontecimiento pasado, sino que es celebración de la presencia viva del resucitado en medio de los suyos.

            Para que esta presencia sea anunciada y vivida de manera adecuada no basta que los discípulos de Cristo oren individualmente y recuerden en su interior, en lo recóndito de su corazón la muerte y la resurrección de Cristo. En efecto no han sido salvados sólo individuamente sino como miembros del Cuerpo místico. Por eso es importante que se reúnan, para expresar así plenamente la identidad misma de la Iglesia, la ekklesía, asamblea convocada por el Señor resucitado, el cual ofreció su vida“para reunir en uno a los Hijos de Dios que estaban  dispersos” (Jn 11,52).

            En la asamblea de los discípulos de Cristo se perpetúa en el tiempo la imagen de la primera comunidad cristiana, descrita como modelo por Lucas en los Hechos de los Apóstoles, cuando relata que los primeros bautizados “acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones” (2,42).

La asamblea eucarística

32.-. Esta realidad de la vida eclesial tiene en la Eucaristía no sólo una fuerza expresiva especial, sino su “fuente”. La Eucaristía nutre y modela a la Iglesia...

33. En efecto, precisamente en la Eucaristía dominical es donde los cristianos reviven de manera particularmente intensa la experiencia que tuvieron los apóstoles la tarde de Pascua, cuando el Resucitado se les manifestó estando reunidos (cf Jn 20,19). Al volver Cristo entre ellos “ochos días más tarde” (Jn 20,26), se ve prefigurada en su origen la costumbre de la comunidad cristiana de reunirse cada octavo día, en el “día del Señor” o domingo, para profesar la fe en su resurrección y recoger los frutos. Esta íntima relación entre manifestación del Resucitado y la Eucaristía es sugerida por el Evangelio de Lucas en la narración sobre los dos discípulos de Emaús, a los que acompañó Cristo mismo, guiándolos hacia la comprensión de la Palabra y sentándose después a la mesa con ellos, que lo reconocieron cuando “tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando” (24,30. Los gestos de Jesús en este relato son los mismos que Él hizo en la Última Cena, con una clara alusión a la “fracción del pan”, nombre dado a la Eucaristía en la época apostólica.

La Eucaristía dominical

34.- La Eucaristía dominical, sin embargo, con la obligación de la presencia comunitaria y la especial solemnidad que la caracterizan, precisamente porque se celebra “el día en que Cristo ha vencido a la muerte y nos ha hecho partícipes de su vida inmortal”, subraya con nuevo énfasis la propia dimensión eclesial, quedando como paradigma para las otras celebraciones  eucarísticas. Cada comunidad, al reunir a todos sus miembros para la “fracción del pan”, se siente como el lugar en el que se realiza concretamente el misterio de la Iglesia... implorando al Padre que se acuerde “de la Iglesia extendida por toda la tierra”.

El día de la Iglesia

35.- El dies Domini se manifiesta así también como dies Ecclesiae. Se comprende entonces por qué la dimensión comunitaria de la celebración dominical deba ser particularmente destacada a nivel pastoral. Como he tenido oportunidad de recordar en otra ocasión, entre las numerosas actividades que desarrolla una parroquia «ninguna es tan vital o formativa para la comunidad como la celebración dominical del día del Señor y de su Eucaristía» para «fomentar el sentido de la comunidad eclesial, que se manifiesta y alimenta especialmente en la celebración comunitaria del domingo, sea en torno al obispo, especialmente en la catedral, sea en la asamblea parroquial, cuyo pastor hace las veces del obispo».

36 La asamblea dominical es un lugar privilegiado de unidad... A este respecto, se ha de recordar que corresponde ante todo a los padres educar a sus hijos para la participación en la Eucaristía dominical, ayudados por los catequistas, los cuales se han de preocupar de incluir en el proceso formativo de los muchachos que les han sido confiados la iniciación a la Eucaristía, ilustrando el motivo profundo de la obligatoriedad del precepto. A ello contribuirá también, cuando las circunstancias lo aconsejen, la celebración de Eucaristías para niños, según las varias modalidades previstas por las normas litúrgicas... En domingo, día de la asamblea no se han de fomentar las Eucaristías de grupos pequeños...

La mesa de la Palabra

39.- En la asamblea dominical, como en cada celebración eucarística, el encuentro con el Resucitado se realiza mediante la participación en la doble mesa de la Palabra y del Pan de vida. La primera continúa ofreciendo la comprensión de la historia de la salvación y, particularmente, la del misterio pascual. En la segunda se hace real, sustancial y duradera la presencia del Señor Resucitado a través del memorial de su pasión y resurrección, y se ofrece el pan de vida y de la gloria futura.

El concilio Vaticano II ha recordado que «liturgia de la palabra y la liturgia eucarística, están tan estrechamente unidas entre sí, que constituyen un único acto de culto...» Naturalmente se confía mucho en la responsabilidad de quienes ejercen el ministerio de la Palabra.

La mesa del Cuerpo de Cristo

42.- En efecto, la Eucaristía es la viva actualización del sacrificio de la Cruz.Bajo las especies de pan y de vino, sobre las que se ha invocado la efusión del Espíritu Santo, Cristo se ofrece al Padre con el mismo gesto de inmolación con que se ofreció en la cruz... «En la Eucaristía el sacrifico de Cristo es también el sacrificio de los miembros de su Cuerpo. La vida de los fieles, su alabanza, su sufrimiento, su oración y su trabajo se unen a los de Cristo y a su total ofrenda, y adquieren así un valor nuevo».

Banquete pascual y encuentro fraterno

 44.- Este aspecto comunitario se manifiesta especialmente en el carácter de banquete pascual propio de la Eucaristía, en la cual Cristo mismo se hace alimento. En efecto, «Cristo entregó a la Iglesia este sacrificio para que los fieles participen de Él tanto espiritualmente por la fe y la caridad como sacramentalmente por el banquete de la sagrada comunión. Y la participación en la cena del Señor es siempre comunión con Cristo que se ofrece en sacrificio al Padre por nosotros. Por eso la Iglesia recomienda a los fieles comulgar... cuando estén en las debidas condiciones... particularmente insistente con ocasión de la Eucaristía del domingo y de los otros días festivos». Es importante, además, que se tenga conciencia clara de la íntima vinculación entre la comunión con Cristo y la comunión con los hermanos.

 De la Eucaristía a la “misión”

45.- Al recibir el pan de vida, los discípulos de Cristo se disponen a afrontar, con la fuerza del Resucitado y de su Espíritu, los cometidos que les esperan en su vida ordinaria.

El precepto dominical

46.- Al ser la Eucaristía el verdadero centro del domingo, se comprende por qué, desde los primeros siglos, los Pastores no han dejado de recordar a sus fieles la necesidad de participar en la asamblea litúrgica. «Dejad todo en el día del Señor -dice, por ejemplo, el tratado del siglo III titulado Didascalia de los Apóstoles- y corred con diligencia a vuestras asambleas, porque es vuestra alabanza a Dios. Pues, ¿qué disculpa tendrán ante Dios aquellos que no se reúnen en el día del Señor para escuchar la palabra de vida y nutrirse con el alimento divino que es eterno?»  «...fueron muchos los cristianos valerosos que aceptaron la muerte con tal de no faltar a la Eucaristía dominical”. Es el caso de los mártires de Abitinia, en África proconsular, que respondieron a sus acusadores: “Sin temor alguno hemos celebrado la cena del Señor, porque no se puede aplazar; es nuestra ley»; «nosotros no podemos vivir sin la cena del Señor».

47.- La Iglesia no ha cesado de afirmar esta obligación de conciencia, basada en una exigencia interior que los cristianos de los primeros siglos sentían con tanta fuerza, aunque al principio no se consideró necesario prescribirla. Sólo más tarde, ante la tibieza y negligencia de algunos, ha debido explicitar el deber de participar en la Eucaristía dominical.

48.- Corresponde de manera particular a los obispos preocuparse de que el «domingo sea reconocido por todos los fieles, santificado y celebrado como verdadero <día del Señor>, en el que la Iglesia se reúne para renovar el recuerdo de su misterio pascual con la escucha de la Palabra de Dios, la ofrenda del sacrificio del Señor, la santificación del día mediante la oración, las obras de caridad y la abstención del trabajo».

Celebración animosa y animada por el canto

50.- A este respecto, es importante prestar atención al canto de la asamblea, porque es particularmente adecuado para expresar la alegría del corazón, pone de relieve la solemnidad y favorece la participación de la única fe y del mismo amor. Por ello, se debe favorecer su calidad, tanto por lo que se refiera a los textos como a la melodía... digno de la tradición eclesial, que tiene, en materia de música sacra, un patrimonio de valor inestimable.

CAPÍTULO  IV

DIES HOMINIS

EL DOMINGO DÍA DE LA ALEGRÍA, DESCANSO Y SOLIDARIDAD.

55.- San Agustín, haciéndose intérprete de la extendida conciencia eclesial, pone de relieve el carácter de alegría de la Pascua semanal: «Se dejan de lado los ayunos y se ora estando de pie como signo de la resurrección; por esto todos los domingos se canta el aleluya».

La observancia del sábado

63.- Cristo vino a realizar un nuevo <éxodo>, a dar la libertad a los oprimidos... Así se entiende por qué los cristianos, anunciadores de la liberación realizada por la sangre de Cristo, se sintieron autorizados a trasladar el sentido del sábado al día de la resurrección. En efecto, la Pascua de Cristo ha liberado al hombre de una esclavitud mucho más radical de la que pesaba sobre un pueblo oprimido: la esclavitud del pecado, que aleja al hombre de Dios, lo aleja de sí mismo y de los demás, poniendo siempre en la historia nuevas semillas de maldad y de violencia.

Día de solidaridad

69.- El domingo debe ofrecer también a los fieles la ocasión de dedicarse a las actividades de misericordia, de caridad y de apostolado.

70.- De hecho, desde los tiempos apostólicos, la reunión dominical fue para los cristianos un momento para compartir fraternalmente con los más pobres.... Es más que nunca importante escuchar las severas exhortaciones de Pablo a la comunidad de Corinto, culpable de haber humillado a los pobres en el ágape fraterno que acompañaba a la «cena del Señor»:“Cuando os reunís, pues, en común, eso ya no es comer la cena del Señor; porque cada uno come primero su propia cena, y mientras uno pasa hambre, otro se embriaga. ¿No tenéis casas para comer y beber? ¿O en tan poco tenéis la Iglesia de Dios, y así avergonzáis a los que no tienen?” (1Cor 11,20-22).

73.- Vivido así, no sólo la Eucaristía dominical sino todo el domingo se convierte en una gran escuela de caridad, de justicia y de paz. La presencia del Resucitado en medio de los suyos se convierte en proyecto de solidaridad, urgencia de renovación interior, dirigida a cambiar las estructuras de pecado en las que los individuos, las comunidades.

CAPÍTULO V

DIES DIERUM

EL DOMINGO FIESTA PRIMORDIAL REVELADORA DEL SENTIDO DEL TIEMPO.

Cristo Alfa y Omega del tiempo

74.- En el cristianismo el tiempo tiene una importancia fundamental. Dentro de su dimensión se crea el mundo, en su interior se desarrolla la historia de la salvación, que tiene su culmen en la «plenitud de los tiempos» de la Encarnación y su término en el retorno glorioso del Hijo de Dios al final de los tiempos. En Jesucristo, Verbo encarnado, el tiempo llega a ser una dimensión de Dios, que en sí mismo es eterno. Cristo es el Señor del tiempo, su principio y su cumplimiento; cada año, cada día y cada momento son abarcados por su Encarnación y resurrección, para de este modo encontrarse de nuevo en la «plenitud de los tiempos».

75.- Al ser el domingo la Pascua semanal, en la que se recuerda y se hace presente el día en el cual Cristo resucitó de entre los muertos, es también el día que revela el sentido del tiempo. El domingo prefigura el día final, el de la “Parusía”, anticipada ya de alguna manera en el acontecimiento de la Resurrección.

El domingo en el año litúrgico

76.- Si el día del Señor, con su ritmo semanal, está enraizado en la tradición más antigua de la Iglesia y es de vital importancia para el cristiano, no ha tardado en implantarse otro ritmo: el ciclo anual. Desde el siglo II, la celebración por parte de los cristianos de la Pascua anual, junto con la de la Pascua semanal, ha permitido dar mayor espacio a la meditación del misterio de Cristo muerto y resucitado. Vinculada íntimamente con el misterio pascual, adquiere un relieve especial la solemnidad de Pentecostés, en la que se celebra la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles reunidos con María, y el comienzo de la misión hacia todos los pueblos.

77.- Esta lógica conmemorativa ha guiado la estructuración de todo el año litúrgico. Como recuerda el concilio Vaticano II, la Iglesia ha querido distribuir en el curso del año “todo el misterio de Cristo, desde la Encarnación y el Nacimiento hasta la Ascensión, el día de Pentecostés y la expectativa de la feliz esperanza y venida del Señor. Al conmemorar así los misterios de la redención, abre la riqueza de las virtudes y de los méritos de su Señor, de modo que se los hace presentes en cierto modo, durante todo tiempo, a los fieles para que los alcancen y se llenen de la gracia de la salvación”.

78.- Asimismo, «en la celebración de este ciclo anual de los misterios de Cristo, la santa Iglesia venera con especial amor a la bienaventurada Madre de Dios, la Virgen María, unida con su vínculo indisoluble a la obra salvadora de su Hijo».

                                   CONCLUSIÓN

81 Grande es ciertamente la riqueza espiritual y pastoral del domingo, tal como la tradición nos lo ha transmitido. El domingo, considerando globalmente sus significados y sus implicaciones, es como una síntesis de la vida cristiana y una condición para vivirla bien. Es de importancia capital que cada fiel esté convencido de que no puede vivir su fe, con la participación plena en la vida de la comunidad cristiana, sin tomar parte regularmente en la asamblea eucarística dominical.

Si en la Eucaristía se realiza la plenitud del culto que los hombres deben a Dios y que no se puede comparar con ninguna otra experiencia religiosa, esto se manifiesta con eficacia particular precisamente en la reunión dominical de toda la comunidad, obediente a la voz del Resucitado que la convoca, para darle la luz de su Palabra y el alimento de su Cuerpo como fuente sacramental perenne de redención. La gracia que mana de esta fuente renueva a los hombres, la vida y la historia.

83.- Descubierto y vivido así, el domingo es como el alma de los otros días, y en este sentido se puede recordar la reflexión de Orígenes según el cual el cristiano perfecto «está siempre en el día del Señor, celebra siempre el domingo». El domingo es una auténtica escuela, un itinerario permanente de pedagogía eclesial.

84.- Y de domingo en domingo, la comunidad cristiana iluminada por Cristo camina hacia el domingo sin fin de la Jerusalén celestial, cuando se completará en todas sus facetas la mística Ciudad de Dios, que “no necesita ni del sol ni de luna que la alumbren, porque la ilumina la gloria de Dios, y su lámpara es el Cordero” (Ap 21,23).

85.- En esta tensión hacia la meta la Iglesia es sostenida y animada por el Espíritu. Él despierta su memoria y actualiza para cada generación de creyentes el acontecimiento de la Resurrección.

86.- Encomiendo la viva acogida de esta Carta apostólica, por parte de la comunidad cristiana, a la intercesión de la santísima Virgen. Ella, sin quitar nada al papel central de Cristo y de su Espíritu, está presente en cada domingo de la Iglesia. Lo requiere el mismo misterio de Cristo: en efecto, ¿cómo podría ella, que es laMater Domini y lamater Ecclesiae, no estar presente por un título especial, el día que es a la vez Dies Domini y Dies Ecclesiae?

Hacia la Virgen María miran los fieles que escuchan la Palabra proclamada en la asamblea dominical, aprendiendo de ella a conservarla y meditarla en el propio corazón (cfr Lc 2,19).  Con María, los fieles aprenden a estar a los pies de la cruz para ofrecer al Padre el sacrificio de Cristo y unir al mismo el ofrecimiento de la propia vida. Con María viven el gozo de la resurrección, haciendo propias las palabras del Magnificat que cantan el don inagotable de la divina misericordia en la inexorable sucesión del tiempo: “Su misericordia alcanza de generación en generación a los que lo temen” (Lc 1,50). De domingo en domingo, el pueblo peregrino sigue las huellas de María, y su intercesión materna hace particularmente intensa y eficaz la oración que la Iglesia eleva a la Santísima Trinidad.

87.- El domingo, con su solemnidad ordinaria, seguirá marcando el tiempo de la peregrinación de la Iglesia hasta el domingo sin ocaso. Esto producirá sus frutos en las comunidades cristianas y ejercerá benéficos influjos en toda sociedad civil. Que los hombres y las mujeres del tercer milenio, encontrándose con la Iglesia que cada domingo celebra gozosamente el misterio del que fluye toda su vida, puedan encontrar también al mismo Cristo Resucitado. Y que su discípulos renovándose constantemente en el memorial semana de la Pascua, sean anunciadores cada vez más creíbles del Evangelio y constructores activos de la civilización del amor.

CAPÍTULO II

 LA EUCARISTÍA COMO MISA-SACRIFICIO

2. 1.    «ÉSTE ES EL MISTERIO DE NUESTRA FE»

Así proclamamos solemnemente a la Eucaristía después de la Consagración. Este grito aclamatorio es una invitación a orar, a pedir luz y gracia al Espíritu Santo, para comprender un poco la teología del misterio eucarístico. Sólo la fe iluminada y el amor encendido nos pueden poner en contacto con esta realidad en llamas que es Cristo resucitado y glorioso, celebrando para todos nosotros su triunfo sobre el pecado y la muerte que nos separaba de Dios y vencidos por su pasión, muerte y resurrección en la Eucaristía, en la que los presencializa sobre el altar y los ofrece al Padre por amor extremo, dando la vida en sacrificio, haciendo la Nueva y Eterna Alianza con Dios en su “cuerpo entregado y su sangre derramada”.

            La Eucaristía habría que estudiarla de rodillas, habría que celebrarla de rodillas, como yo sorprendí un día a una de mis feligresas que llevaba la comunión a los enfermos: me la encontré por la calle, la acompañé y me encontré con la sorpresa; me aclaró que los sacerdotes deben hacerlo de pie pero los seglares de rodillas, porque así lo hicieron Magdalena y aquella pecadora del banquete de Mateo... porque es Cristo en persona. Desde el convencimiento de que es y seguirá siendo un misterio, de que nos quedan muchos aspectos y realidades por captar y descubrir, vamos a decir algo de la Eucaristía como Eucaristía, como sacrificio desde la teología católica.

            Creer en la Eucaristía es creer en todo el evangelio, en Cristo entero y completo, en el Credo completo. Toda la teología católica está compendiada en la Eucaristía y puesta en acción: “Tomad y comed, esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros... tomad y bebed todos de él, porque este es el cáliz de mi sangre, sangre de la Alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros, para el perdón de los pecados...”

            La celebración de la Eucaristía ha sido deseada por el mismo Jesús y entregada a la Iglesia. La víspera de la Pasión, mientras estaba a la mesa con sus discípulos, quiso que participaran vitalmente de su Pascua: en el atardecer tenso del Cenáculo, las palabras del Señor han sonado firmes y vibrantes. ¿Qué lengua de hombre o de ángel podrá comprender y alabar el designio, el misterio de amor de Cristo al instituir la Eucaristía? ¿Cómo no asombrarse del hecho de que Aquel, que es Dios, se ofrezca como alimento y bebida a quienes son sus mismas criaturas? Tanto abajamiento y humildad nos confunden. Nadie será capaz de explicar lo que ocurrió aquel primer Jueves Santo de la historia, lo que sigue ocurriendo cada vez que un sacerdote pronuncia las palabras de la consagración sobre un poco de pan y de vino. Sólo hay una palabra que lo toca un poco y manifiesta su asombro: «Mysterium fidei».

            La liturgia copta es más expresiva que la romana:   «Amén, es verdad, nosotros lo creemos. Creo, creo, hasta expirar mi último aliento confesaré que esto es el Cuerpo dador de vida de tu Unigénito Hijo, de nuestro Señor y Dios, de nuestro Salvador Jesucristo. El cuerpo que recibió de la Virgen María, Señora y Reina nuestra, la Madre purísima de Dios. A su divinidad unió Dios ese cuerpo, sin mezcla, confusión o cambio. Creo que la divinidad no ha estado separada ni por un momento de su humanidad. Él es quien se dió por nosotros en perdón de los pecados para traernos la vida y salvación eternas. Creo, creo, creo que todas estas cosas son así».

            Y la verdad, hermanos, que para el hombre creyente no son posibles otras palabras. La Iglesia, en los Apóstoles, recibió el tesoro, los gestos, las palabras: “Haced esto en memoria mía”, pero no posee una plena explicación y comprensión del misterio, que ha de ser tocado y aceptado y poseído sólo por la fe: “Misterio de fe”.

            El apóstol Juan, que en la Última Cena ocupó el lugar inmediato a Jesús, apoyado sobre su corazón, quedó  marcado para siempre por la experiencia de esta hora. Lo que él vivió en aquellos momentos lo expresó en estas palabras: “Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”, hasta el extremo de sus fuerzas, hasta el extremo de su amor y de su vida, hasta el extremo del tiempo.         La Eucaristía, todo lo que ella contiene y significa es Amor infinito del Amado, de Jesucristo, al Padre y a los suyos. Es un hecho divino. Trasciende nuestras categorías humanas. Para captar y comprenderla un poco hay que captar y vivir otras verdades.

Hay que creer en Jesucristo, verdadero Dios, verdadero hombre y en todo lo que va desde su Encarnación hasta su muerte y resurrección porque la Eucaristía es creer y aceptar a Cristo entero y completo; la Eucaristía debe ser entendida desde el contexto de un Dios que me ama eternamente y no quiere vivir sin mí, que ha pronunciado mi nombre desde toda la eternidad y me ha dado la existencia para compartir conmigo una eternidad de gozo y amistad; que ha enviado a su propio Hijo para decirme todo en su Palabra, llena de Amor, de Espíritu Santo, y no sólo me ha  preferido a millones y millones de seres que no existirán y si yo existo es porque Él me ama, sino que me ha preferido a su propio Hijo, parece una blasfemia, pero es verdad, ahí están los hechos: “Tanto amó Dios al mundo que entregó (traicionó)a su propio Hijo para que no perezca ninguno de los que creen en Él...”; el Padre ha hecho a su Hijo Amado carne del sacrificio redentor y de la Alianza  con el Dios Trino y Uno, alimento de vida divina, de resurrección y  vida eterna para todos los hombres. 

Por todo esto, la Eucaristía no es sólo el compendio de la fe, es también el compendio de todo el amor de Dios Trinidad a los hombres, de todo el amor que el Padre manifestó y proyectó para los hombres por su Hijo, y de todo el amor que el Hijo manifestó y realizó en obediencia y adoración al Padre, con amor extremo de Espíritu Santo,  hasta dar la vida, como víctima de la Nueva Alianza con los hombres.

La Eucaristía compendia todo el Amor Personal, Espíritu Santo, del Padre y del Hijo a los hombres. Se llama Eucaristía porque Cristo la instituyó en acción de gracias, dando alabanzas al Padre por todos los beneficios de la Redención concedidos y aceptados plenamente por el Padre mediante la resurrección y la vida nueva de plenitud filial realizados proféticamente en la Última Cena y consumados cruentamente el Viernes Santo y que ahora hacemos presente en cada Eucaristía.

            Dice el Vaticano II, en la Constitución sobre la Iglesia, 47: «Nuestro Salvador, en la Última Cena, la noche que le traicionaban, instituyó el sacrificio eucarístico de su cuerpo y de su sangre, con el cual iba a perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz y confiar así a su Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección: sacramento de piedad, vínculo de caridad, banquete pascual: en el cual se recibe como alimento a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria venidera».

            Antes dije que la  Eucaristía compendia toda la vida   de Cristo, toda la teología católica. Quisiera ahora  recordar algunas cosas, siguiendo el Catecismo de la Iglesia Católica. Quiero recordar que en la Eucaristía Cristo ofrece toda su vida al Padre y está presente todo entero y toda entera porque toda ella fue una ofrenda al Padre desde la Encarnación hasta su Ascensión a los cielos.

El Hijo de Dios“ha bajado del cielo no para hacer su voluntad sino la voluntad del que le ha enviado” (Jn 6,38), “al entrar en el mundo, dice... He aquí que vengo para hacer tu voluntad.. En virtud de esta voluntad somos santificados, merced a la oblación de una vez para siempre del cuerpo de Cristo” (Hbr 10,5-10). Desde el primer instante de su Encarnación, el Hijo acepta el designio divino de salvación en su misión redentora:“Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra” (Jn 12, 34).

            Este deseo de aceptar este designio de amor en obediencia al Padre anima toda su vida porque vino para ser ofrenda del sacrificio redentor: “El mundo ha de saber que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado” (Jn 14,31). Y cuando llega su hora, la hora asignada por el Padre, dice:“Padre, líbrame de esta hora, pero si para esta hora he venido” (Jn 12,27). “El cáliz que me ha dado el Padre ¿no lo voy a beber?(Jn 18,11). “Todo se ha cumplido”, dice en la cruz. Toda la vida de Cristo expresa su misión: “servir y dar su vida en rescate por muchos”. Jesús, al aceptar libremente en su corazón humano el amor del Padre hacia los hombres, “los amó hasta el extremo” (Jn 13,1), “porque nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13). Y todo esto lo hizo presente y memorial en la Última Cena al decir: “Tomad y comed, esto es mi cuerpo que será entregado por vosotros... esta es mi sangre que va a ser derramada por muchos..”

            El cáliz de la Nueva Alianza que Jesús anticipó en la  Cena al ofrecerse a sí mismo, lo acepta a continuación de  manos del Padre en su agonía de Getsemaní, haciéndose obediente hasta la muerte. Jesús ora: “Padre mío, si es posible que pase de mí este cáliz…”(Mt 26,39). Expresa así el horror que representa la muerte para su naturaleza humana. Pero al aceptar la voluntad del Padre, la muerte de Cristo es a la vez sacrificio pascual que lleva a cabo la redención definitiva, mediante el pacto de amistad o Nueva y Eterna Alianza de Dios con los hombres por medio del “Cordero que quita el pecado del mundo” (cfr 1Cor. 11,25), que devuelve al hombre la comunión con Dios reconciliándole con Él “por la sangre derramada por muchos para la remisión de los pecados” (Mt 26,28).  

            El “amor hasta el extremo” (Jn 13,1) es el que confiere valor de redención y reparación, de expiación y satisfacción al sacrificio de Cristo. La existencia en Cristo de la persona divina del Hijo, que al mismo tiempo sobrepasa y abraza a todas las personas humanas y le constituye cabeza de toda la humanidad, hace posible su sacrificio redentor por todos. Ningún hombre, aunque fuese el más santo, estaba en condiciones de tomar sobre sí los pecados de todos los hombres y ofrecerse en sacrificio por todos. Y el Padre, resucitándolo para Él y para nosotros, demuestra que acepta el sacrificio de la Nueva Alianza en su sangre, que ya estamos salvados y que es verdad todo lo que dijo e hizo.

            Cristo había salido de Dios y a Dios volvía en la Nueva Pascua, una vez realizado el pacto o la Nueva Alianza entre Dios y los hombres, que presencializamos en cada Eucaristía. Por eso la Eucaristía es la Nueva y Definitiva Pascua y Alianza.

2. 2. LA EUCARISTÍA, MEMORIAL DE LA NUEVA PASCUA Y NUEVA ALIANZA EN CRISTO

Jesucristo es Dios hecho hombre, es la Revelación del Misterio de Dios en carne como la nuestra, es la realización del proyecto del Dios Trino en el Hijo, nacido de mujer por obra del Espíritu Santo. La Eucaristía, que es una encarnación continuada, es el resumen de todo este misterio de Dios revelado en Jesucristo, es el compendio sacramental de todo el misterio de Cristo y de la Historia de la Salvación.

Como nos dice el Catecismo de la Iglesia: «La riqueza inagotable de este sacramento se expresa mediante los distintos nombres que se le da. Cada uno de estos nombres evoca alguno de sus aspectos. Se le llama: Eucaristía, porque es acción de gracias a Dios... Banquete del Señor, porque se trata la Cena que el Señor celebró con sus discípulos la víspera de su pasión... Fracción del pan… Asamblea eucarística... Memorial de la pasión y de la resurrección de Cristo, Santo Sacrificio... Santa y divina liturgia... Comunión... Santa Eucaristía...» (1328-1332).

            El misterio redentor de Cristo, inaugurado en el seno de la Virgen y manifestado plenamente en la cruz, penetra toda la historia y consagra la humanidad de una generación a otra. Verdaderamente la Pascua de Jesús es un hecho  histórico de eficacia perenne: cada vez que celebramos la Eucaristía  obtenemos la gracia de la redención que brota de la muerte y resurrección del Señor hasta que vuelva. De hecho, da testimonio de que Dios está con nosotros, que para nosotros y para todos: «en el sacramento de la Eucaristía el Salvador, encarnado en el seno de María hace veinte siglos, sigue ofreciéndose a la humanidad como fuente de gracia divina» (Prefacio II de Navidad).

            El misterio pascual nace en el corazón del Padre, que envía a su Hijo hecho obediente hasta la muerte y es resucitado por el Espíritu para nuestra justificación: la Eucaristía es obra de toda la Trinidad. La Eucaristía es la  Nueva Pascua instituida por Jesús en la Última Cena como memorial de su pasión, muerte y resurrección y dejada como memorial a su Iglesia: «Por eso, Señor, nosotros tus  siervos, y todo tu pueblo santo, al celebrar este memorial de la pasión gloriosa de Jesucristo, tu Hijo, nuestro Señor; de su santa resurrección del lugar de los muertos y de su admirable ascensión a los cielos, te ofrecemos, Dios de gloria y majestad, de los mismos bienes que nos has dado, el sacrificio puro, inmaculado y santo: pan de vida eterna y cáliz de eterna salvación» (Plegaria I).

            La Pascua cristiana tiene su anticipo e imagen en la pascua hebrea. Es en el Antiguo Testamento, como hemos dicho, donde encontramos figuras y hechos, que la hacen más comprensible y que sirven de anticipo y marco al misterio eucarístico instituido por Cristo. MAX THURIAN[1] nos dirá, «que la Eucaristía sólo puede comprenderse en su significado profundo, si se la explica por la tradición litúrgica del Antiguo Testamento. Si se interpretase la comida eucarística, como un acto nuevo y totalmente independiente, no llegaríamos a sus raíces más profundas».

            Esto se comprueba cuando uno se adentra en el mundo espiritual propio del Nuevo Testamento. Toda la vida de Cristo, todos sus dichos y hechos salvadores no se pueden comprender en profundidad si se desconoce el mundo y los hechos salvadores del Antiguo Testamento. La irrupción del reinado de Dios en esta tierra abarca indisolublemente los dos mundos tan distintos al exterior como son el del Viejo y el del Nuevo Testamento.

Por eso, toda la tradición apostólica, patrística y eclesial ha relacionado siempre la Eucaristía con figuras e instituciones del Antiguo Testamento: Pascua, Alianza, Memorial... y ésta es la razón por la que comenzamos nuestra exposición con el estudio breve de estas tres realidades veterotestamentarias que le dan pié y fundamento, aunque superadas lógicamente por la realidad misma de la Eucaristía. 

            Nosotros queremos explicar fundamentalmente la santa Eucaristía tal como fue instituida por Cristo en la Última Cena, esto es, como Nueva Pascua y Nueva Alianza; así la realizó el Señor y así nos mandó celebrarla en su nombre y así la ha celebrado siempre la Iglesia, como memorial de la Nueva Pascua y de la Nueva Alianza en Cristo. Y los haremos este estudio desde una mirada y una teología eminentemente bíblica y espiritual.

Lo hago convencido de la importancia que la espiritualidad tiene para la comprensión de la verdad teológicamente estudiada, no sólo para su vivencia. «La Iglesia se ha sentido siempre apasionada por una Eucaristía comprendida, y su búsqueda, que prosigue desde hace siglos, no acabará mañana, ya que por muy penetrante que sea el pensamiento humano, no abarcará jamás la amplitud de este misterio»[2]. Para explicar mejor la Eucaristía como Pascua del Señor, podemos hacernos tres preguntas:

 Qué significó para el pueblo judío la Pascua y su celebración.

 Qué significó para Jesucristo.

 Qué debe significar para nosotros.

2.3- ANTIGUO TESTAMENTO: PASCUA HEBREA

2.3.1. EL SACRIFICIO Y LA CENA DEL CORDERO PASCUAL

La pascua hebrea, como acontecimiento histórico, comprende la noche de la cena del cordero y la salida de la esclavitud de Egipto, el paso por el Mar Rojo, la travesía del desierto, la Alianza en la falda del Monte Sinaí, el banquete sacrificial....La pascua judía, iniciada con la cena del cordero pascual y continuada con hechos extraordinarios como el maná, el agua viva brotada de la roca... es la institución veterotestamentaria que arroja más sentido y comprensión sobre el contenido, las palabras y los gestos de Cristo en la Última Cena.

            Si queremos explicar la Eucaristía con la Biblia, hemos de comenzar por la comprensión de la pascua hebrea en la cual encuentra su raíz, contexto y profecía. Diversos pasajes del Éxodo, en el capítulo 12, sobre todo, y del Deuteronomio, en el capítulo 16, nos dan a conocer elementos bien concretos del rito pascual que anticipan la Cena del Señor. La pascua es el banquete anual que el pueblo judío celebra en conmemoración de la liberación de Egipto y de los hechos que la acompañaron. Es el comienzo del éxodo, de la salida de la esclavitud, el comienzo singularísimo de la historia de Israel, en el que Yahvé interviene en favor de su pueblo cumpliendo las promesas de Abrahán, para establecer con ellos una alianza que sellará su existencia como pueblo elegido.

            “Yahvé dijo a Moisés y a Arón en tierra de Egipto: Este mes será para vosotros el comienzo del año, el mes primero del año. Hablad a toda la asamblea de Israel y decidles: El día diez de este mes tome cada uno según las casas paternas  una res menor por cada casa. Si la casa fuere menor de lo necesario para comer la res, tome a su vecino, al de la casa cercana, según el número de personas, computándolo para la res según lo que cada cual puede comer. La res será sin defecto, macho, primal, cordero o cabrito. La reservarás hasta el día catorce de este mes y toda la asamblea de Israel lo inmolará entre dos luces. Tomarán de su sangre y untarán los postes y el dintel de la casa donde se coma. Comerán la carne esa misma noche, la comerán asada al fuego, con panes ácimos y lechugas silvestres. No comerán nada de él crudo, ni cocido al agua; todo asado al fuego, cabeza, patas y entrañas. No dejaréis nada para el día siguiente; si algo quedare, lo quemaréis. Habéis de comerlo así: ceñidos los lomos, calzados los pies y el báculo en la mano y comiendo de prisa, es la Pascua de Yahvé. Esa noche pasaré yo por la tierra de Egipto y mataré a todos los primogénitos de la tierra de Egipto, desde los hombres hasta los animales, y castigaré a todos los dioses de Egipto. Yo, Yahvé. La sangre servirá de señal en las casas donde estéis; yo veré la sangre y pasaré de largo, y no habrá para vosotros plaga mortal cuando yo hiera la tierra de Egipto. Este día será para vosotros memorable y lo celebraréis solemnemente en honor de Yahvé de generación en generación: será una fiesta a perpetuidad”  (Ex.12,1-14).

Es Pascua de Yahvé(v 11). La palabra pesah, (en los v.11,21,27,43,48) pasando por el arameo, ha llegado a ser en griego y en latínpascha, del verbo pesah... Podemos traducir saltar o pasar como se traduce ordinariamente este verbo: “pasar por” “pasar por encima de”... Por tanto, “este paso por encima” que exime y exceptúa a las viviendas de los Israelitas, tiene sentido de salvación. La explicación se dará más completamente en los versículos siguientes...

            Los Padres de la Iglesia se preguntaban qué sangre tan  preciosa veía el Padre Dios en los dinteles de las puertas de los judíos para mandar a su ángel no castigarlos. Y respondían: «Veía la sangre de Cristo, veía la Eucaristía». 

En uno de los primeros textos pascuales de la Iglesia leemos estas palabras: «¡Oh misterio nuevo e inexpresable! La inmolación del cordero se convierte en salvación de Israel, la muerte del cordero en vida del pueblo y la sangre atemorizó al ángel. Respóndeme, ¿oh ángel, qué fue lo que te llenó de temor? Está claro: tú has visto el misterio del Señor cumpliéndose en el cordero, la vida del Señor en la inmolación del cordero, la figura del Señor en la muerte del cordero y por esto no has castigado a Israel»[3]. Y el PSEUDO HIPÓLITO exclama: «¿Cuál será la fuerza de la realidad cuando la simple figura de ella era causa de salvación?»[4]. Para los Padres y para la Iglesia está claro que desde la noche del éxodo Dios contemplaba ya la Eucaristía y pensaba en darnos el verdadero Cordero Salvador:“Cuando yo vea la sangre, pasaré de largo ante vosotros y no habrá plaga exterminadora...” (Ex.12,13).

             Todo esto lo cree y lo reza la liturgia de la Iglesia en uno de sus prefacios pascuales, con mayor expresividad en su versión latina: «...pascha nostrum inmolatus est Christus: qui oblatione sui corporis, antiqua sacrificia in crucis  veritate perfecit, et seipsum pro nostra salute commendans, idem sacerdos, altare y agnus exhibuit... «Cristo, nuestra pascua, (cordero pascual) ha sido inmolado. Porque él, con la inmolación de su cuerpo en la cruz, dio pleno cumplimiento a lo que anunciaban los sacrificios de la antigua alianza y, ofreciéndose a sí mismo, quiso ser al mismo tiempo sacerdote, víctima y altar».

            El Éxodo, pues, no es sólo el momento de partida, después de la cena del cordero, en aquella noche llena de acontecimientos, que dan fin a la esclavitud en Egipto sino que abarca también otros muchos hechos extraordinarios, mencionados anteriormente, que nos ayudan a comprender mejor el contenido del misterio eucarístico. Y si la Eucaristía contiene todo el misterio de Cristo, el éxodo pascual es el evangelio del AT y la buena noticia de un Dios que ha salvado a su pueblo y lo seguirá salvando en el futuro.

            Así viene proclamado al comienzo del decálogo: “Yo soy Yahvé, tu Dios, que te sacó de la tierra de Egipto, de aquel lugar de esclavitud” (Ex. 20,2). Esto quedará por todos los siglos como el artículo fundamental del credo histórico de Israel: “Mi padre era un Arameo errante... Los egipcios nos maltrataron, nos oprimieron y nos impusieron una dura esclavitud. Entonces clamamos al Señor, Dios de nuestros antepasados y el Señor escuchó nuestra voz y vio nuestra miseria, nuestra angustia y nuestra opresión. El Señor nos sacó de Egipto con mano fuerte  y brazo poderoso en medio de gran temor, señales y prodigios; nos condujo a este lugar y nos dio esta tierra, que mana leche y miel” (Deut. 26,5-10).

            Esta antiquísima fórmula, que acompañaba a la ofrenda sacrificial de las primicias, equivale a una profesión de fe (Deut. 17) y va ligada en el relato a la celebración de un sacrificio banquete: “Este será un memorial entre vosotros y lo celebraréis como fiesta en honor de Yahvé de generación en generación”.

            MAX THURIAN verá una similitud litúrgica grande entre las dos alianzas por medio de la sangre: “Uno se siente inclinado a ver en este relato de la alianza del Sinaí un preliturgia cristiana: 1) Sacrificio en el que Moisés presenta a Dios la sangre de la alianza sobre el altar (5-6); 2) lectura por Moisés de la Palabra de Dios en el libro de la Alianza (7); Compromiso de obediencia por el pueblo en su responso (7b); comunicación de la sangre de la Alianza por Moisés al pueblo con las palabras: esta es la sangre de la Alianza...(8); De idéntico modo, en la nueva alianza, palabra y sacramento están estrechamente vinculados y la comunión con Dios implica obediencia a la palabra escuchada  y recepción del cuerpo y sangre de Cristo”[5].

            La alianza sinaítica  fue una etapa maravillosa de la historia de la salvación del pueblo de Dios; pero era sólo eso, una etapa, ya que la alianza de Dios había de extenderse a todos los pueblos. En los planes de Dios toda la humanidad había de formar parte de su Alianza definitiva por medio de la sangre de Cristo.

Por eso, cuando esta alianza sinaítica se rompe por la infidelidad del pueblo de Israel, Dios, por los profetas, promete una nueva y definitiva: “He aquí que vienen días (oráculo de Yahvé) en que yo pactaré con la casa de Israel y la casa de Judá, no como la alianza que hice con sus padres cuando, tomándolos de la mano, los saqué de la tierra de Egipto, pues ellos quebrantaron mi alianza y yo los rechacé -oráculo de Yahvé. Porque ésta será la alianza que yo haré con la casa de Israel después de aquellos días, oráculo de Yahvé: Yo pondré mi ley en su interior y la escribiré en su corazón, y seré su Dios y ellos serán mi pueblo... Yo perdonaré su maldad y no me acordaré más de sus pecados” (Jr.31, 31-34).

Todos estos hechos y profecías son implícitamente evocados por Jesús en la Última Cena, al mencionar su sangre, como sangre de la nueva alianza: “Bebed todos de él, porque ésta es la sangre de la alianza, que se derrama por muchos para el perdón de los pecados...”  (Mt. 26,27).

2.3.3 .LA PASCUA HEBREA COMO MEMORIAL: CELEBRACIÓN RITUAL

Memorial es un concepto bíblico fundamental en toda la vida de Israel y en particular en la celebración ritual de la Pascua. Asociado a un rito permanente que tiene como objeto recordar las hazañas que Dios hizo en el pasado y que se vuelven a poner ante los ojos de Yahvé, para que recordándolas, Dios renueve la salvación y la liberación concedidas a Israel: “Este día será un día memorable para vosotros y lo celebraréis como fiesta del Señor, institución perpetua para todas las generaciones”  (Ex.12, 14). “Dijo, pues, Moisés al pueblo. “Acordaos de este día en que salisteis de Egipto, de la casa de la servidumbre…” (Ex.13, 3-10).

En la celebración de la cena pascual, los padres tenían la obligación de dar una catequesis a los hijos más pequeños sobre el significado de aquella cena, que estaban celebrando y de sus ritos: “Cuando hayáis entrado en la tierra que el Señor os va a dar, como ha prometido, observaréis este rito. Y cuando vuestros hijos os pregunten: ¿qué significa este rito? responderéis: Es el sacrificio de la pascua en honor del Señor, que pasó de largo ante las casas de los israelitas de Egipto, cuando castigó a los egipcios y perdonó a nuestras familias”  (Ex.12, 25-27).

            El rito pascual celebrado de esta forma se convierte en una institución permanente, unido indisolublemente al hecho de la liberación de Egipto y es un memorial de toda la realidad del éxodo. El memorial pascual no era mera evocación y recuerdo subjetivo del pasado. Al hacer presente el rito, se quería recordar a Dios las maravillas realizadas antiguamente, para que las siguiera realizando en el presente, en favor de su pueblo. También servía para recordar al pueblo los compromisos contraídos con Dios por la Alianza, que ahora tenía que hacer actuales.

            En el lenguaje bíblico, los términos <acordarse> y <memoria> tienen un sentido más pleno que un simple recuerdo memorístico de un hecho pasado. Se podía referir tanto a Dios como al hombre. Que «Dios se acuerde de alguien» quiere decir que Dios obre en favor de él. Así en el Génesis 8,1: “Dios se acordó de Noé y de todos los animales que estaban en el arca”, expresa que Dios hizo cesar el diluvio teniendo en cuenta la promesa hecha a Noé. “Acuérdate de mí”, que tantas veces aparece en los salmos, indica que Dios tenga presente al hombre y lo salve de los peligros y dificultades. Cuando se refiere a hechos gloriosos y pasados entre Dios y el hombre, quiere decir que Dios renueve o haga activa la promesa o la realidad. En el cántico de Zacarías, que anuncia el comienzo de la era mesiánica, se pide a Dios que se acuerde de las promesas hechas en la Alianza[6].  

            Desde la Biblia, este sentido pasó a la liturgia y en el rito de la Pascua, la memoria o el recuerdo del nombre de Yahvé era inseparable de la misma, porque Dios había iniciado su intervención en favor de Israel revelando a Moisés su nombre “Yahvé” (Ex.3,14-15), que sería para siempre un memorial, esto es, el medio para invocar todos sus beneficios: “Éste es mi nombre para siempre, así me recordarán de generación en generación” (Ex.3,15).

            Por tanto, el rito memorial, por excelencia, del pueblo judío era el rito pascual. Esta memoria pascual, repetida periódicamente, provoca de una parte, el agradecimiento del pueblo a Dios por la salvación recibida, y por otra, en cuanto institución divina, obliga a Dios a <acordarse>, esto es, a revivir y renovar los prodigios hechos en favor de su pueblo, según las palabras del salmo 111,4-5: “Ha hecho maravillas memorables, el Señor es compasivo y misericordioso: Da alimento a los que le honran, acordándose siempre de su alianza”.

            La comprensión bíblica de la pascua como memorial es el sustrato que está en la base conceptual e institucional de las palabras de Jesús: “Haced esto en memoria mía” (Lc 22, 19; 1Cor 11, 24-25), que San Pablo comenta en concreto: “Así, pues, siempre que coméis de este pan y bebéis de este cáliz, anunciáis la muerte del Señor hasta que Él venga” (1Cor 11,26). La Eucaristía será para los creyentes en los siglos venideros el <memorial> de la obra redentora de Cristo. De esta forma, la categoría bíblica de <memorial>, fundiéndose con la categoría, también bíblica, del signo profético, del que  hablaremos enseguida, ayudan a comprender mejor la realidad de la Eucaristía, como memorial de la Pascua de Cristo.

            Quiero terminar este apartado añadiendo que la pascua judía no sólo era memorial de una liberación pasada que Dios hace presente, sino que después del exilio miraba cada vez más al futuro. Ello era debido a que los profetas contemplaban la venida de un  nuevo Moisés. Yahvé era la  garantía y la esperanza mesiánica en el futuro.

2.3.4 NUEVO TESTAMENTO: JESUCRISTO, NUEVA PASCUA, NUEVA ALIANZA

Entramos ya en el Nuevo Testamento. La Eucaristía es una maravilla que podría parecer increíble si no estuviera garantizada por la transmisión fiel de los evangelios y de Pablo. Aquí están las bases de toda la comprensión del misterio eucarístico. Y lo primero será comprobar ciertamente que Cristo instituyó la Eucaristía en un contexto pascual, es más, la mayoría de los autores avalan que lo hizo en el marco de la cena pascual judía.

            Ateniéndonos a los sinópticos, Jesús celebró la Última Cena“el primer día de los Ázimos”, la noche del 14 al 15 de Nisán, al ocaso del sol; por consiguiente, fue una cena pascual judía y todos los acontecimientos de la pasión tuvieron lugar del 14 al 15. Sin embargo, según el evangelio de Juan (Jn.13, 1. 29; 18, 28), Jesús muere el día 14, pues ese día los corderos eran inmolados en el templo y, puesto el sol, se comía la cena pascual. Según S. Juan, Jesús adelantó la cena veinticuatro horas y los acontecimientos de la pasión tuvieron lugar del 13 al 14. Lógicamente se han dado intentos de armonización entre los sinópticos y Juan, pero no podemos detenernos mucho tiempo en este aspecto. En lo que no hay duda ni discusión alguna es que la última cena se celebró en un marco y contexto pascuales. Es más, para los sinópticos es totalmente cierto que la Última Cena fue la cena pascual judía y que en ella Cristo instituyó la Eucaristía. “El primer día de los Ázimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dijeron a Jesús sus discípulos:¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?” (Mc.14,12).

            Los días de los panes sin levadura eran siete y el primero empezaba la tarde del día 14. En aquella tarde, entre la hora 15 y la puesta del sol, debía de sacrificarse el cordero en el templo (Mt.26,17). Las expresiones de Jesús: “preparar la pascua” “comer la pascua” lo confirman: “¿Dónde está la habitación en que voy a comer la Pascua con mis discípulos?”  (Mc.14,14).  Mateo subraya que las directrices del Maestro se siguieron fielmente: “Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua”  ( Mt.26,19).  No sólo el término usado «pascua» indica indudablemente la cena pascual, sino el cuidado particular, con que Jesús da las instrucciones, confirma la naturaleza pascual de la comida, corroborada por el mismo testimonio de Jesús: “Ardientemente he deseado comer esta pascua con vosotros antes de padecer...”(Lc.22,15).

            Hay además una convergencia de detalles en la misma celebración de la cena que avalan esta afirmación explícita de los evangelios. JOAQUÍN JEREMÍAS lo demuestra con una incomparable finura de análisis y con una irrefutable abundancia de pruebas, que sólo un especialista puede elaborar gracias a su meticulosa precisión, a veces demasiado sutil, y a su extraordinario conocimiento de fuentes rabínicas. He aquí un resumen:

-- Se menciona que la Última Cena tuvo lugar en Jerusalén y sabemos que la fiesta de pascua desde el año 621 a. C. había dejado de ser una fiesta doméstica para convertirse en una fiesta de peregrinación a Jerusalén.

-- Se utiliza un local prestado (Mc.14,13-15), según la costumbre judía de ceder gratuitamente a los peregrinos ciertos locales.

-- Jesús come en esta ocasión con los Doce; la celebración de la pascua exigía la presencia, al menos, de diez personas.

-- Tiene lugar al atardecer y recostados sobre la mesa, como se hacía en aquel tiempo, y no sentados.

-- El hecho de que Jesús parta el pan durante la cena, “mientras comían” Mc.14,18-22),  es significativo,  pues en una comida ordinaria se partía al principio.

-- El vino rojo era el propio de la cena pascual.

-- El himno que se canta (Mc.14,26;Mt.26,30) era el himno Hallel, que se recitaba en la cena pascual.

-- Jesús anuncia durante la cena su pasión inminente y sabemos que la explicación de los elementos especiales de la comida era parte integrante del rito pascual.

-- Al añadir el tema del memorial:“Haced esto en memoria mía”, especifica que la cena se celebraba en el ambiente pascual, y el Maestro se ha servido de él para instituir el nuevo rito como memorial de su sacrificio[7]. No hay que maravillarse, por tanto, de que ya en el siglo IV, Efrén el Sirio, aludiendo a las notas de la cena pascual de Cristo, entonara esta bienaventuranza: “Dichosa eres tú, oh noche última, porque en ti se ha cumplido la noche de Egipto. El Señor nuestro en ti ha comido la pequeña pascua y se convierte el mismo en la gran Pascua... He aquí la pascua que pasa y la Pascua que no pasa. He aquí la figura y he aquí su cumplimiento” (Himnos sobre  los ázimos)[8].           

Para comprender mejor la institución de la Eucaristía como memorial de la Pascua de Cristo dentro de la pascua judía podríamos añadir el paralelismo entre los ritos de la pascua hebrea y los gestos de Jesús en esta noche:

-- El banquete se iniciaba con la bendición inicial: se llenaba el primer cáliz y, sobre él, el padre de familia, o el más anciano del grupo, recitaba la bendición o alabanza a Dios por la fiesta y todos bebían.

-- Después de lavarse las manos, se traían las hierbas o lechugas amargas y se mezclaban en la salsa. Se comía una parte. Entonces se traía el cordero con el pan ázimo, pero no se comía.

-- Se llenaba la segunda copa de vino y se explicaba el simbolismo de los alimentos: el cordero recordaba la liberación de Egipto; los ázimos, la prisa de la salida; las hierbas amargas, la amargura de Egipto.  Después se cantaba

la primera parte de Hallel (Salmo 112-113,8). Entonces todos  bebían.

-- Se lavaban de nuevo las manos y el padre de familia tomaba el pan y lo bendecía, lo partía y daba un trozo a cada uno de los presentes.

-- Después se comía el cordero con el pan ázimo y ya no se tomaba más alimento. Se lavaban de nuevo las manos.

-- Se llenaba luego la tercera copa, llamada de la bendición porque el padre recitaba la bendición sobre ella y se bebía.

-- Se llegaba así a la cuarta copa y se recitaba la segunda parte del Hallel (113,118). Se bebe esta copa y terminaba la cena pascual.

Este rito pascual fue seguido por Jesús en la Última Cena, como luego veremos.

2. 3. 5. LOS TEXTOS DE LA INSTITUCIÓN DE LA EUCARISTÍA

Vamos a estudiar ahora los textos más antiguos que dan testimonio de la Eucaristía. Empezamos por el de Pablo en su carta a los Corintios.

EL TESTIMONIO DE PABLO

El testimonio más antiguo sobre la Eucaristía es el de San Pablo en su primera carta a los Corintios; la carta fue escrita en torno al año 56-57, siendo anterior a los evangelios. “Porque yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: Que el Señor Jesús, en la noche en que iban  a entregarlo, tomó pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros: Haced esto en memoria mía” (1Cor.11, 23-25).

El contenido de la acción de Jesús está perfectamente explicitado no solo por sus palabras sino también por sus gestos. El Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, con un gesto profético anticipa el hecho de su muerte mediante el pan que se convierte en su cuerpo entregado por todos y repartido entre los apóstoles. El cuerpo ofrecido y la sangre derramada es la nueva alianza en su sangre, no en la del cordero. El es el nuevo cordero y la nueva alianza. Este es el significado esencial de esta cena pascual para Pablo: “Cada vez que coméis  este pan y bebéis de este cáliz, anunciáis la muerte del Señor hasta que vuelva” (1Cor. 11,26). El Señor vuelve en la resurrección, que inaugura los bienes escatológicos para todos.

            “He recibido del Señor”significa para Pablo que no depende en el origen de esta verdad de sí mismo, de su conocimiento particular, sino que ha recibido una tradición que Jesús mismo originó y realizó con sus palabras y gestos en la Última Cena. Él transmite aquella tradición a los Corintios con la plena conciencia de que el valor de la tradición estaba  garantizado no sólo por el recuerdo sino por la autoridad misma de Cristo, que había instituido la Eucaristía.

 En la misma carta, Pablo vuelve a recurrir a la autoridad de la tradición en otra verdad fundamental de la fe cristiana: la muerte y resurrección del Señor:“Porque lo primero que yo os transmití, tal como lo había recibido, fue esto: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras”  (15.3-4). Para Pablo como para todo creyente, sin resurrección de Cristo no hay cristianismo.”Vana es nuestra fe” (1Cor.15, 17). Todo lo que Cristo dijo e hizo es verdad porque Él ha resucitado y la resurrección de Cristo arroja luz de verdad sobre toda su persona -hechos y dichos- desde su nacimiento hasta su muerte. Es el Hijo de Dios encarnado.

            Pues bien, Pablo quiere quedar bien claro que estas dos verdades esenciales de la fe cristiana, las ha recibido de la tradición de la Iglesia y en ella se apoya. Este apoyo en la tradición sobre la Eucaristía, lo pone directamente en el Señor: “Porque yo he recibido una  tradición, que procede  del Señor y que a mi vez os he transmitido...” (11,23); en cambio, en la resurrección, atestigua simplemente la tradición: “Porque lo  primero que yo os transmití, tal como lo había recibido...” (15,3).

            Esta orden está también recogida en el Evangelio de Lucas para la consagración del pan (Lc.22,19), mientras que en Pablo se repite en la consagración del pan y del vino. Los Apóstoles comprendieron que la intención de Jesús abarcaba tanto al pan como al vino, con la invitación de comer su cuerpo y beber su sangre. En ambas consagraciones, Jesús sigue el rito del pan y del vino de la pascua judía, pero transformando radicalmente su significado y contenido, como sabemos por la comprensión de los apóstoles. La nueva pascua se hará en conmemoración de Cristo.

2. 3. 6. SIGNIFICADO DE LAS PALABRAS DE CRISTO.

Veamos ahora el significado que Cristo dio a sus palabras y gestos institucionales, primero, en sus elementos particulares y después, en su significación general.

 “Habiendo bendecido, tomó el pan en sus manos y lo partió diciendo: Tomad y comed, esto es mi cuerpo”, “por vosotros”añade Pablo; “entregado”, Lucas. Si antes hemos mencionado los elementos esenciales y el rito de celebración de la pascua judía es para que ahora comprendamos mejor y en su sentido pleno los gestos y las palabras de la institución de la pascua de Cristo. Jesús toma en sus manos el pan y bendecía como hacía el padre de familia en la pascua judía. “Tomad y comed”, porque Jesús quería expresar la unión íntima entre comunión y sacrificio, quería darse como comida pascual. “Esto” (touto) referido tanto al cuerpo como a la sangre indica que El no sólo hace la ofrenda sino que es realmente la persona ofrecida. “es” (touto estín) “esto es”; esta cópula no aparece en hebreo, puesto que en esta lengua el valor copulativo está implícito.

“Mi cuerpo”: el texto griego usa el término “soma”. “Entregado” y “derramada” son participios que, según J. Jeremías, tanto en hebreo como en arameo, son intemporales, ya que su tiempo se determina por el contexto. En nuestro caso habría que traducir: es la sangre que  será derramada en la cruz. La preposiciones “por”, en griego “iper” o “peri”, es una clara alusión al sentido expiatorio que Cristo da a su muerte, como en cualquier sacrificio expiatorio de Israel.“El cual se entregó (“iper emon”) “por nosotros” a fin de rescatarnos de toda esclavitud: Tit.2, 14.

            “Esta es la sangre de la alianza”. Jesús utiliza aquí la copa tercera o copa de bendición y la pone en relación directa con su sangre, que derramará en la cruz. Se trata de la sangre que sellará la nueva y definitiva alianza en sustitución de aquella con que Moisés selló la antigua (Ex.24,8). Sobre los términos “esta”, “derramada”, remitimos a lo dicho a propósito del pan.

            “Haced esto en memoria mía”:con estas palabras Jesús expresa su clara intención de que los apóstoles y sus sucesores deben repetir este rito, este memorial eucarístico instituido por él. Estas palabras las pronunció ciertamente. Si no aparecen en Mateo y Marcos es debido al hecho mismo de estar repitiéndose continuamente lo establecido por Jesús, de estar realizándose lo que mandó Jesús.

            Llegados a este momento estamos ya en condición de entender la Eucaristía como memorial de la Nueva Pascua y de la Nueva Alianza instituida por Jesucristo. Pero sin olvidar por ello que la distancia entre el memorial del AT y del NT es infinita, como afirma DURRWELL: «Pero la diferencia es demasiado grande. Una cosa es el cordero comido y otra el  acontecimiento celebrado... el acontecimiento que se celebra es ese hombre mismo, su misterio personal, entero, el de su muerte en la que es glorificado... las dos pascuas, la judía y la cristiana, coinciden en sus dimensiones, pero en profundidad la distancia que las separa es infinita…»[9]. En la Eucaristía, Jesús sustituye el antiguo memorial por el memorial de la nueva pascua que realiza en su muerte y resurrección. Lo afirma claramente Pablo:“Porque cuantas veces comiereis este pan y bebiereis este cáliz, anunciáis la muerte del Señor hasta que venga” (1Cor. 11,26).

2. 3.7. SIGNO PROFÉTICO Y MEMORIAL

Para comprender el significado total de lo que Cristo instituyó en la Última Cena, no basta estudiar y comprender la significación particularizada de las palabras institucionales. Hoy día se recurre frecuentemente al concepto de signo profético como clave de comprensión de lo que Jesús hizo. Cristo anticipó proféticamente sobre el pan y el vino su sacrificio en la cruz. Es un aspecto añadido al memorial: de la misma manera que el memorial veterotestamentario hacía de algún modo presente la acción salvadora de Dios en el pasado, así el Señor, que instauró la cena en el contexto pascual, anticipa el misterio de su muerte en la Ultima Cena.

            JOSÉ ESPINEL hace tres años publicó un volumen, LA EUCARISTÍA DEL NUEVO TESTAMENTO, ampliación de otro anterior, sobre la Eucaristía como acción profética. Resumiendo su pensamiento diríamos, que para comprender lo que es un signo o acción profética, empezaríamos por explicar lo que es una parábola en acción. Es un gesto que  fundamentalmente se dirige a la inteligencia para hacerle comprender lo que se anuncia y que se realizará en el futuro. Es, por ejemplo, el episodio de Saúl cuando hizo pedazos a dos bueyes y mandó estos trozos ensangrentados a todas las regiones de Israel por medio de mensajeros para decirles: «Esto les sucederá a los bueyes de todo el que no siga a Saúl y Samuel» (1Sam. 11,7).

            El signo profético, sin embargo, es mucho más porque no se mueve sólo en el nivel del conocimiento, sino en el nivel de la acción. Es un hecho o gesto que hace ya presente lo que dice, anticipa el acontecimiento y produce el juicio salvador o punitivo de Dios. Por ejemplo: cuando Jeremías pone un yugo sobre su cuello para significar que una nación extranjera se va a apoderar de Jerusalén, los falsos profetas se lo quitan inmediatamente para que no se realice la invasión. Veían en el gesto el comienzo de la tragedia.

            Después de todo lo dicho, lo que Jesús hace en la Última Cena podría bien ser calificado de gesto profético. Todo lo que sucederá el día siguiente en su persona, con su cuerpo destrozado y su sangre derramada, es anticipado por Él en aquella mesa. Las palabras que acompañan al gesto de Jesús no sólo hacen presente su muerte sino que explican su sentido salvífico. Esta muerte es la verdadera y definitiva pascua, el único y verdadero sacrificio de expiación, la nueva alianza.

            Los apóstoles, conocedores del lenguaje de los profetas, no tuvieron dificultad en entender y comprender que lo que Jesús hacía aquella noche era un gesto profético, una palabra divinamente eficaz, que realizaba lo que decía. Comprendían que el acontecimiento redentor estaba ya presente en la acción de Jesús. El signo profético y el memorial son dos conceptos correlativos: uno actualiza anticipando y el otro recordando. Jesús, en la última cena, no quiere darnos una catequesis, una enseñanza teórica, sino que anticipa verdadera y realísticamente el misterio de su pasión  y muerte. La Eucaristía, que celebra ahora la Iglesia, es el memorial, que, <recordando>, hace presente el misterio realizado por Jesús en la Cena.

            Jesús, aquella noche, no se limita a pronunciar sobre el pan y el vino la bendición sino que los pone en estrecha relación con la suerte de su cuerpo y sangre en la cruz, dándole el mismo sentido sacrificial que compete a su muerte. Cristo es, pues, la víctima pascual que sustituye al cordero inmolado en el templo. Es el nuevo Cordero en el que se realiza la nueva y definitiva pascua de liberación sobre el mundo. Y esta interpretación es la de San Pablo en 1Cor. 10,6: “La copa de bendición que bendecimos, ¿no es acaso la comunión en la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es acaso comunión con el cuerpo de Cristo?”

            Por tanto, el Señor, en el marco de la pascua judía, da a los suyos su cuerpo y su sangre: cuerpo y sangre que se inmolarán en la cruz históricamente y hará a los suyos beneficiarios de los frutos de la salvación. En consecuencia, si esta comida sacrificial encierra la presencia de la víctima, podemos y debemos entender en sentido plenamente real las palabras de Cristo:“Esto es mi cuerpo, esto es mi sangre”. Es la presencia de la víctima, requerida en esta comida sacrificial, que nos hace partícipes del sacrificio de Cristo en la cruz, la que da al verbo ser toda su plenitud de sentido.

            Resumiendo: Una vez examinados los pasajes del NT sobre la Eucaristía, vemos en ella la condensación de las profecías y figuras del Antiguo. Los temas de la Alianza antigua se concentran en ella: pascua, alianza en la sangre, banquete, memorial... Todos ellos son sintetizados de forma admirable en el gesto más sencillo que se pueda imaginar: un poco de pan y de vino que Jesús pone, en el marco de la Cena Pascual, en conexión con su muerte en la cruz.

            La Eucaristía es, por tanto, la renovación del sacrificio de la cruz en el que se nos da a comer la víctima pascual en banquete de comunión. Es, asimismo, prolongación de la encarnación y prenda de resurrección en el Espíritu, pues comemos a Cristo resucitado que nos hace partícipes de los bienes escatológicos: «Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección ¡Ven, Señor Jesús!» La Escritura presenta la Eucaristía en toda su inabarcable riqueza; riqueza que la Tradición tendrá que ir desglosando poco a poco para poder comprenderla y asimilarla. Este misterio de la Pascua redentora de Cristo se hace presente en cada Eucaristía, en cada celebración litúrgica de la Eucaristía.

            Pero ¿cómo se hace presente? Esto es algo que el texto bíblico no precisa. Sólo afirma que allí está el cuerpo y la sangre de Cristo, Cristo mismo, inmolado y sacrificado. ¿Cómo se renueva ahora sobre el altar el sacrificio de Cristo? ¿Es renovación, representación, presencialización? Esta respuesta es ahora ocupación de la teología y la reflexión de la Iglesia y este empeño constituirá la última parte de nuestro trabajo. Para no alargarnos, no voy a enumerar aquí todas las explicaciones que se han dado a lo largo de los siglos; sólo voy a seguir la senda más recta que nos ha conducido hasta la que actualmente  considero más concorde con la tradición  bíblica, patrística y eclesial.

2. 3. 8. TEORÍA SACRAMENTAL

Decíamos que el Señor está ahí inmolado  y sacrificado por nosotros, dándose en comida para todos. Pero queremos saber: ¿Cómo está ahí presente, de qué forma podemos explicar esto? En nuestros días, la teología ha ido abandonando poco a poco el método de recurrir a una noción general de sacrificio para  aplicarla luego a la Eucaristía, para probar que es sacrificio. En los textos de teología de los años anteriores al Vaticano II se pueden ver un sinnúmero de opiniones a este respecto, que ahora ya no se exponen por considerarlas superadas.

            Conscientes de la unicidad del sacrificio de Cristo en la cruz y en la Eucaristía, provistos del mejor conocimiento de la tradición de la Iglesia y de su celebración litúrgica, los teólogos de hoy recurren a la idea fundamental de que el único sacrificio de Cristo en la cruz se hace presente <in Sacramento>, <in mysterio>. Según esto, el sacrificio eucarístico se realiza y tiene lugar en el plano de la causalidad sacramental, la cual no se limita a significar el hecho o la acción de Cristo, sino que  la hace presente en el hecho significado. La Eucaristía es el sacrificio de la cruz sacramentalmente presente en el hoy y en aquí de la Iglesia. Afirma ALEXANDER GERKEN: « En su existencia de resucitado, Cristo posee, en virtud de su obediencia, el poder sobre los tiempos, es decir, el poder de situar su inmolación en el presente de los que creen en Él»[10]. El sacrificio eucarístico no significa o hace tan sólo presente  la gracia salvadora de la cruz, sino que hace presente a Cristo sacrificado, fuente de la misma gracia.

            El sacrificio histórico de Cristo, como tal hecho histórico, tuvo lugar en unas coordenadas determinadas de tiempo y espacio que hoy se superan, afirma O.CASEL, mistéricamente, es decir, por la celebración litúrgica de los misterios cristianos[11]. Según esto, cada Eucaristía hace presente el mismo misterio de Cristo, la misma realidad y los mismos sentimientos y actitudes de entrega e inmolación que tuvo y que son irrepetibles; sólo fue crucificado y murió una y única vez, y todo esto y único es lo que Él hace presente sobre el altar, superando los límites temporales e históricos, como Señor del tiempo y eternidad. Y lo puede hacer así, porque la realidad que hace presente ya está en realidad eternizada y la hace presente no de forma temporal e histórica sino sacramental, metahistóricamente, por un sacramento que actualiza, presencializa y contiene en toda su fuerza salvadora el mismo sacrificio de la cruz, hecho presente, por cada celebración eucarística.

            Cristo, como realidad típica y primordial, trasciende ya los límites del tiempo y del espacio, y eternizado, eterno presente,  tiene el poder de hacerse presente-eterno en el hoy y el aquí de la Iglesia peregrina y escatológica a la vez. Los sacramentos no sólo producen la gracia que significan, sino que hacen presente a Cristo perdonando, bautizando, consagrando... Cristo es el que bautiza y solo Él puede perdonar los pecados. Toda la liturgia, especialmente la eucarística, hace presente en memoria-sacramento-misterio el mismo hecho ya eternizado, porque Jesús ya es el Cristo, el Señor del cosmos y sus leyes. La eternidad contiene el tiempo pero no se mueve ni existe en él sino trascendiéndolo. En cada celebración litúrgica eucarística es como si se cortase con las tijeras del poder divino no sólo el hecho evocado y significado actuando eficazmente, sino que se hace presente Cristo con toda su existencia encarnada, que fue ofrenda victimal y obedencial al Padre desde el comienzo de la misma: “Padre, no quieres ofrendas ni sacrificios... aquí estoy para hacer tu voluntad” (Hbr.10,5); consumada luego en su pasión y muerte y aceptada por el Padre en la resurrección, por la consagración: “Esto es mi cuerpo entregado... esta es mi sangre derramada,” la hace contemporánea a los testigos presentes, nosotros, reproduciendo así todo su misterio existencial, significado y expresado especialmente con su muerte y resurrección.

            La Eucaristía contiene todo el misterio de Cristo, todo lo que Cristo encarnó y resucitó en vida nueva para todos, dando así la oportunidad a los hombres de todos los tiempos de ser testigos y beneficiarios de su misterio salvador, de su persona, de sus sentimientos, de su intimidad, de rozarlo y tocarlo... Y todo esto, porque Cristo ha transcendido ya la historia y el espacio. Es el Cristo celeste el que vive y ofrece en sacrificio eterno su inmolación pascual, que fue de toda su vida, pero significado y realizado especialmente en su pasión, muerte y resurrección. La irreversibilidad de las cosas temporales queda superada por el poder de Dios, que es en sí eterno presente, eternidad incrustada en el tiempo. Si todo esto es cuestión de poder, Dios lo tiene. Y si lo es de amor, también lo tiene, porque es Dios Amor Eterno y Gratuito.

2. 3. 9. EL SACRIFICIO DE LA EUCARISTÍA ES EL MISMO DE LA CRUZ

 La carta a los Hebreos nos enseña que el sacrificio de Cristo en la cruz es único y definitivo sacrificio de expiación por los pecados. No hay otro. El problema está, como hemos dicho, en mostrar cómo un sacrificio que tuvo lugar hace dos mil años se hace presente aquí y ahora. Creo que la respuesta está en la misma carta. El sacrificio  de Cristo ha sido ofrecido“de una vez para siempre” (Hbr.10,11-14), y en esa única vez ha sido aceptado por el Padre y mantiene esa presencia única y definitiva que perdura de forma gloriosa en el cielo y se hace presente en la tierra por la consagración.

El sacrificio, ya aceptado por el Padre, mediante la resurrección y ascensión y colocación a su derecha, en sacrificio celeste que perdura eternamente presentado por Cristo ante el Padre, hecho intercesión y ofrenda agradable, con las llagas ya gloriosas, es el que se hace presente sacramentalmente -<in  misterio>-, sobre el altar, -no otro ni una representación del mismo- velado  sí por el pan y el vino y las leyes intramundanas, pero el mismo y único. Y es así cómo Jesús se presenta a nosotros y resucita para nosotros en la visibilidad de este sacramento. La Eucaristía es una forma permanente de aparición pascual, signo visible de las realidades invisibles, como lo ha expresado muy bien JUAN PABLO II en la Carta Apostólica DIES DOMINI  nº 75.

            Al resucitar a su Hijo, el Padre“hace habitar en Él corporalmente toda la plenitud de la divinidad...” (Col. 1,19;2, 9) y realiza de este modo la salvación en totalidad escatológica, sin que tenga que añadirse nada en adelante para completarla. En la resurrección y en virtud de la muerte filial (Flp.2, 8ss) es donde Cristo recibe el título de Señor (Rom.10,9ss): nombre de la omnipotencia escatológica. La realidad escatológica, lo último ya está presente en la Eucaristía: «Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección ¡Ven Señor Jesús!». Por la Eucaristía viene el esjatón, el final, Cristo eterno y glorioso, consumado está viniendo... No puedo pararme por ahora más en este aspecto poco tratado. Lo haré más adelante.

            Por la Eucaristía se hace presente la escatología, el Cristo que juzga al hombre y la historia... La pascua es el día del Señorío, el de la revelación última, (Jn.8,28), el de la resurrección de los muertos (Rom.1,4), del juicio final (Fn.12,31), el de la salvación total: es el día del Señor, el último día. Todo esto hemos de tenerlo en cuenta si queremos captar el sentido pleno y total de la Eucaristía, memorial de la pascua de Cristo, que por su muerte y resurrección nos ha <pasado> ya al Padre y desde allí, por la celebración litúrgica, viene al lado de los suyos, y haciéndose  presente como realidad y salvación escatológica, comunica a los creyentes los frutos últimos y definitivos ya conseguidos que son Él mismo: El mismo y único que nació, murió y resucitó, el cordero inmolado y glorioso ante el trono de Dios Trino y Uno: El Cristo glorioso y escatológico, el VIVIENTE del Apocalipsis, que nos dice en cada Eucaristía: “No temas nada. Yo soy el primero y el último. El Viviente. Estuve entre los muertos, pero ahora vivo para siempre” (Ap.1,18).

            Esto es lo que se hace presente en la Eucaristía.  ¿Cómo? Como memorial profético, en virtud del mandato: “Haced esto en memoria de mí”. La fe me asegura que Cristo está presente en la Eucaristía, como está en la cena, está en la cruz y está en el santuario celeste. Está realizando íntegramente todo su misterio de salvación y presencializándolo en el aquí y ahora aunque no podemos explicarlo plenamente. Por la fe sé que está  y lo realiza ciertamente. Y esto es lo más importante. La fe lo ve, porque la fe es participación en el conocimiento que Dios tiene de sí y de las cosas, y aunque yo participo de ese conocimiento, no lo puedo ver como Él. Dios me desborda en todo, en el ver y comprender.

            La vivencia, el conocimiento místico, sin embargo, tiene su fuente de conocimiento en el amor. San Juan de la Cruz afirmará muchas veces que es una forma de conocer más plena que por vía del entendimiento, porque en la “noticia amorosa”, en la «sabiduría de amor» de la vivencia, tocando y haciéndose una realidad en llamas con el objeto amado, percibe mejor la realidad y sus latidos. Los verdaderos místicos son los exploradores que Moisés envió delante a explorar la tierra prometida, para que anticipándose en su contemplación, volvieran luego cargados de frutos para explicarnos su hermosura y animarnos a conseguirla.

Es otra forma de conocer el objeto, también humana, lógica, espiritual. Dice S. Juan de la Cruz: «...pues aunque a V.R. le falte el ejercicio de la teología escolástica con que se  entienden las verdades divinas, no le falta el de la mística, que se sabe por amor, en que no solamente se saben, más juntamente se gustan» (C.E.3).

            Por esto, el teólogo no puede habitar en dos mundos separados, cada uno de los cuales exija certezas contrarias; certezas contrarias, no,  pero sí distintas en su forma de verlas, en donde la afirmación de la fe no pueda ser aceptada por la razón. La teología es la luz de la fe que intenta extenderse al terreno de la razón, a fin de que el hombre se haga creyente por entero. La teología es un apostolado hacia dentro, con una misión hacia dentro: evangelizar la razón, llevándola a acoger el misterio ya presente en la Iglesia y en su corazón de creyente que también conoce por el amor.

 El conocimiento a los místicos le viene por el amor que se pone en contacto directo mediante la vivencia con el objeto amado y no encuentra tantos límites como la razón para captarlo. “Deshacemos sofismas y toda altanería que se subleva contra el conocimiento de Dios y reducimos a cautiverio todo entendimiento para obediencia de Cristo” (2Cor.10, 4ss). Dios, que resucita a Cristo por el poder y la gloria del Espíritu Santo, es el Señor de la teología católica.

 El señorío de Cristo no violenta a la inteligencia que razona, forzándola a acoger unas verdades ininteligibles. No la humilla sino que la salva de sus estrecheces, haciéndola humilde, capaz de Dios como María, que acoge la Palabra Dios sin comprenderla. La teología es esclava de la fe y de los fieles, no señora; no tiene que «dominar sobre la fe, sino contribuir al gozo» de los creyentes (Cf.2Cor. 1,24).

            DURRWELL nos dirá «que ante los propios misterios, la teología ha de ser modesta y llena de discreción. Sería un sacrilegio y una ingratitud empeñarse en desgarrar el velo bajo el que se revela el Señor, cuando es ya tan grande la condescendencia de aquel que se da a conocer de este modo.

Para seguir siendo discreta la teología tendrá que imitar el respeto emocionado de los apóstoles ante la aparición del Resucitado en la orilla del lago: “Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: ¿quién eres tú? Ya sabían que era el Señor” (Jn. 21,12).  Por consiguiente, no buscará evidencias racionales para eludir la obligación de creer; no preguntará: ¿Es verdad lo que dice el Señor?, sino Señor, ayúdanos a comprender mejor lo que dices»[12].

            La Eucaristía puede estudiarse desde fuera, partiendo de los elementos visibles que la constituyen o desde dentro, partiendo del misterio del que es sacramento-memorial. Aquí es donde vale el axioma: «lex orandi, lex credendi». Aquel que es para siempre la Palabra, Jesucristo, la biblioteca inagotable de la Iglesia, su archivo inviolable condensó toda su vida en los signos y palabras de la Eucaristía: es su suma teológica.

 Para leer este libro eucarístico que es único, no basta la razón, hace falta el amor que haga comunión de sentimientos con el que dijo: “acordaos de mí”, de mi amor por vosotros, de mis sentimientos, de mis deseos de entrega, de mis ansias de salvación, del pan en mis manos temblorosas...

            Sin esta comunión personal de sentimientos con Cristo, el libro eucarístico llega muy empobrecido al lector. Este libro hay que comerlo para comprenderlo, como Ezequiel:“Hijo de hombre, come lo que se te ofrece; come este rollo y ve luego a hablar a la casa de Israel. Yo abrí mi boca y él me hizo comer el rollo y me dijo: “Hijo de hombre, aliméntate y sáciate de este rollo que yo te doy”. Lo comí y fue en mi boca dulce como la miel” (Ez. 3,1-3).

La vivencia mística eucarística conoce por experiencia, viviéndola, lo que nosotros celebramos y explicamos en teología. Pero no con un conocimiento frío, teórico, sin vida, que muchas veces por no vivirse, llega incluso a olvidarse.

El que quiera conocer verdaderamente a Dios ha de arrodillarse; el sacerdote, el  teólogo, debe trabajar en estado de oración, debe hacer teología arrodillada. La Eucaristía es ese libro que hay que leer como San Pablo: a partir de Cristo pascual, que es el misterio escatológico. El Cristo de la fe. La teología de la Eucaristía es una teleología, un discurso a partir del fin.

Es la plenitud escatológica de la Salvación que hace presente las realidades futuras, nos llena de vida eterna, y perdura en eterno presente del pasado y del futuro; no hay otro ni mejor ni más sacrificio porque no hay más que un Cristo, que es Señor y la eternidad ya ha comenzado[13].

            El sacerdote no hace presente el sacrificio de Cristo sino que hace presente a Cristo que ofrece su único y definitivo sacrificio que fue toda su vida, desde la Encarnación hasta la resurrección, pero que significó y realizó singularmente con pasión y muerte <gloriosa>, por estar dirigida a la resurrección.

Al ser Cristo glorioso el que hace presente su resurrección, se hace presente el Cristo doloroso que ofrece su sacrificio ya celeste al Padre del cielo y en la tierra a su Iglesia por el pan y el vino consagrados. El sacrificio ha recibido ya la plenitud total de salvación y eficacia redentora por el Padre que ha acogido al Hijo desde el más allá y lo ha colmado de la gloria divina. Jesús había anunciado varias veces que su muerte estaba unida inseparablemente a su coronación gloriosa. El sacrificio debía ser afrontado solamente en la perspectiva de aquel final feliz. Por eso, el mensaje cristiano no puede separar nunca muerte y resurrección.

Por eso debemos admitir cierta anticipación del estado glorioso del Salvador en el momento de la celebración de la Última Cena. Juan anticipó esta gloria en la misma muerte de Cristo en la cruz. Sólo el Cristo glorioso posee el poder de renovar la ofrenda de su cuerpo y de su sangre en sacrificio.

Así se explica por qué la celebración de la Eucaristía no se realiza sólo en memoria de la pasión de  Cristo, sino también en memoria de su resurrección y ascensión. Es Cristo resucitado el que baja al altar. Y como Salvador resucitado es como se ofrece como alimento y bebida en la comida eucarística. Así lo rezamos en las Plegarias Eucarísticas.

            Es más, me atrevo a decir: si la vida de Cristo hombre nació en el seno de la Santísima Trinidad como proyecto salvador de los Tres a realizar por el Verbo: “Padre, sacrificios y ofrendas no quieres... aquí estoy para hacer tu voluntad...” (Hbr. 10,5) y se le dotó de un cuerpo humano:“... pero me has dado un cuerpo” (Ibid.) nacido de María, esa voluntad ha sido ya consumada pascualmente -mediante el paso definitivo al Padre, a los bienes escatológicos- esjatón pascual y ya no hay más novedad posible en el mismo seno del Dios Trino y Uno (según su proyecto) y el mismo fuego de Espíritu Santo que lo sacó del seno trinitario, lo impulsó a encarnarse, lo manifestó como Hijo y lo llevó sudoroso y polvoriento por lo caminos de Palestina predicando la Buena Nueva de Salvación y Eternidad para todos los hombres hasta el testimonio martirial de su vida por ellos...  “ardientemente he deseado comer esta pascua con vosotros…” al ser aceptada y recibida ya esa entrega personal de Jesucristo en el mismo seno del Amor Trinitario, por el mismo Espíritu Santo de donde había nacido..., perdura ya eternamente como sacerdote y víctima ofrecida, aceptada y adorada ante el trono de Dios Trino y Uno, como afirma repetidamente la liturgia del Apocalipsis.

            Al hacerse presente todo el misterio de Cristo, cada celebrante o participante puede decir en la Eucaristía, con Santa Gertrudis, este texto que leí, cuando preparaba la charla, en la Liturgia de las Horas en el día de su memoria: «Por todo ello, te ofrezco en reparación, Padre amantísimo, todo lo que sufrió tu Hijo amado, desde el momento en que, reclinado sobre paja en el pesebre, comenzó a llorar, pasando luego por las necesidades de la infancia, las limitaciones de la edad pueril, las dificultades de la adolescencia, los ímpetus juveniles, hasta la hora en que, inclinando la cabeza, entregó su espíritu en la  cruz, dando un fuerte grito. También te ofrezco, Padre amantísimo, para suplir todas mis negligencias, la santidad y perfección absoluta con que pensó, habló y obró siempre tu Unigénito, desde el momento en que, enviado desde el trono celestial, hizo su entrada en este mundo hasta el momento en que presentó, ante tu mirada paternal, la gloria de su humanidad vencedora...»[14].

            Y también, en clave de memorial, se puede rezar este texto de santa Brígida, tomado de la Liturgia de las Horas, en su recuerdo: «Bendito seas tú, mi Señor Jesucristo, que anunciaste por adelantado tu muerte y, en la Última Cena, consagraste el pan material, convirtiéndolo en tu cuerpo glorioso y por amor lo diste a los apóstoles como memorial de tu dignísima pasión... Honor a Ti, mi Señor Jesucristo, porque el temor de la pasión y muerte hizo que tu cuerpo inocente sudara sangre... Bendito seas tú, mi Señor Jesucristo,  que fuiste llevado ante Caifás... Gloria a Ti por las burlas que soportaste cuando fuiste revestido de púrpura y coronado de punzantes espinas... Alabanza a Ti, mi Señor Jesucristo, que te dejaste ligar a la columna para ser cruelmente flagelado... Bendito seas Tú, glorificado y alabado por los siglos, mi Señor Jesucristo, que estás sentado sobre el trono en tu reino de los cielos, en la gloria de la divinidad, viviendo corporalmente con todos tus miembros santísimos, que tomaste de la Virgen…»[15].

            Al decir “haced esto en memoria mía” el Señor nos quiere indicar a cada participante: acordaos de mi vida entregada al Padre por vosotros desde mi encarnación hasta lo último que ahora hago presente, de mi amor loco y apasionado hasta el fin de mis fuerzas y de los tiempos...de mi voz y mis manos emocionadas...

“Cuantas veces hagáis esto, acordaos de mí...”No nos olvidamos, Señor. Y todo esto se hace presente en cada Eucaristía y Jesús “se recuerda” para la Stma. Trinidad, para Él y para nosotros, haciéndolo presente. Así es como Jesucristo, proyecto salvador de los hombres, sale del Padre por el Espíritu Santo y en la Eucaristía, vuelve a Él, como proyecto final escatológico logrado por el mismo Espíritu en el Hijo-hombre, y en ella y por ella participamos de la única e irreversible devolución del hombre y del  mundo al Padre, que Él, el Hijo eterno y, al mismo tiempo, verdadero hombre, hizo de una vez para siempre. Por eso, la Eucaristía es Cristo entero y completo, el evangelio entero y completo, la fe cristiana entera y completa. Nada del misterio de Cristo queda fuera de la Eucaristía. Ni siquiera el misterio de Dios Trino y Uno manifestado por el Padre enviando al Hijo movido por el Espíritu Santo, unión de la Trinidad y Eucaristía.

He hablado de la Eucaristía en la medida en que he podido captarla y expresarla como creyente, no sólo como teólogo. Hay otra forma mucho mejor de presentar la Eucaristía: es la que el sacerdote hace sencillamente cuando eleva el pan consagrado y el cáliz a la vista de la asamblea y solicita de ella la fe: «¡Este es el sacramento de nuestra fe!» Y hay una manera mejor de acogerla: es la que practicamos cuando respondemos al sacerdote en la misma fe: «Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ¡Ven, Señor Jesús!»     Quiero terminar esta sencilla lección teológica haciendo uso de la inclusión semítica en la que para subrayar la importancia de una afirmación, se repite al final del discurso: Hermanos y amigos: ¡Realmente grande es el misterio de nuestra fe!

CAPÍTULO III

LA ESPIRITUALIDAD DE LA EUCARISTÍA

3. 1. PARTICIPACIÓN RITUAL Y ESPIRITUAL  DE LA EUCARISTÍA

El sacrificio de Cristo en la cruz, anticipado en la Última Cena y presencializado como memorial en cada Eucaristía,  es un sacrificio perfecto de alabanza, adoración, satisfacción, impetración y obediencia al Padre, que no necesita  ningún otro complemento y ayuda. Según la Carta a los Hebreos, es completo en su eficacia y se ofreció “de una vez para siempre” (Hbr 7,8),  no como los del AT que necesitaban ser repetidos continuamente. Sin embargo, nosotros vamos a hablar ahora de celebrar la Eucaristía como sacrificio completo, no por parte de Cristo, que siempre lo es, como acabamos de decir, sino por parte nuestra, que podemos participar más o menos plenamente en sus gracias y beneficios, identificarnos más o menos plenamente con los sentimientos y actitudes de Cristo.

            Hay  muchas formas de participar en la santa Eucaristía, en el sacrificio de Cristo, por parte de la Iglesia, del sacerdote y de los fieles. Nosotros ahora vamos a profundizar un poco en esa participación  que Cristo quiere y la celebración eucarística nos pide y que nosotros llamamos personal y espiritual: “Haced esto en memoria mía... el que me come vivirá por mí... las palabras que yo os he hablado son espíritu y  vida...”; Jesús quiere una participación “en espíritu y verdad”,  pneumatológica, en Espíritu Santo, tal como Él la  celebró, con sus mismos sentimientos y actitudes, que supere  la celebración meramente ritual o externa. La participación ritual, como su mismo nombre indica, consiste en cumplir los ritos de la Eucaristía, especialmente los de la consagración y así la Eucaristía se realiza plenamente en sí misma, presencializando todo el misterio de Cristo por el ministerio del sacerdote.

La participación espiritual, hecha con fuego y amor de Espíritu Santo, es la asimilación y participación personal y pneumatológica del misterio, que trata de conseguir la mayor unión con los sentimientos de Cristo, y de esta forma la mayor asimilación y participación personal en el misterio por parte del sacerdote y de los participantes conscientes y activos. Es una apropiación más personal y objetiva del espíritu de la santa Eucaristía.

La participación ritual se consigue por la sola  ejecución de los gestos y de las palabras requeridas para el signo sacramental, haciendo presente sobre el altar lo que significan estos gestos y palabras, esto es, de convertir el pan y el vino consagrados en una ofrenda del sacrificio de Cristo por parte de toda la Iglesia, independientemente de los sentimientos personales del sacerdote oferente y de la comunidad.

Aunque el sacerdote celebre distraído y los fieles no tuviesen atención o  devoción alguna Cristo no fallaría en su ofrenda, que sería eficaz para el Padre y la Iglesia, conservando todo su valor teológico y fundamental para Cristo y el Padre, que llevaría consigo la aplicación de los méritos del calvario y de toda su vida por medio de la ofrenda del altar, prescindiendo de la santidad del sacerdote o de los oferentes.

            Sin embargo, la Iglesia no se conforma con esta participación ritual y nos pide a todos una participación «consciente y activa», por medio de gestos y palabras, que deben llevarnos a todos los presentes a una participación más profunda, “en espíritu y verdad”, con identificación total con los sentimientos del amor extremo, adoración, actitudes y  entrega de Cristo al Padre y a los hombres.

La participación espiritual nos llevará a una experiencia más personal del  sacrificio de Cristo, asimilando por la gracia los sentimientos del Señor en su vida y en su sacrificio. Y ésta es la participación plena, que nos piden Cristo y la Iglesia: «Los fieles, participando del sacrificio eucarístico, fuente y cumbre de toda la vida cristiana, ofrecen a Dios la Víctima divina y se ofrecen a sí mismos juntamente con ella» (LG 11); «...por el ministerio de los presbíteros se consuma el sacrificio espiritual de los fieles en unión con el sacrificio de Cristo» ( PO 2).

            El Vaticano II lo expresa así: «La santa Madre Iglesia desea ardientemente que se lleve a todos los fieles a aquella participación plena, consciente y activa en las celebraciones litúrgicas que exige la naturaleza de la liturgia misma, y a la cual tiene derecho y obligación, en virtud del bautismo, el pueblo cristiano»,“linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido” (1Ptr, 2,9; cfr 2,4-5) (SC 14). «Los pastores de almas deben vigilar para que en la acción litúrgica no sólo se observen las leyes relativas a la celebración válida y lícita, sino también para que los fieles participen en ella consciente, activa y fructuosamente» (SC 11). «...la Iglesia, con solícito cuidado, procura que los cristianos no asistan a este misterio de fe (Eucaristía) como extraños y mudos espectadores, sino que participen consciente, piadosa y activamente en la acción  sagrada»  (SC 48).   

            Con estos términos, la liturgia de la Iglesia pretende llévanos a participar en plenitud de los fines y frutos  abundantes del misterio eucarístico mediante una  participación plenamente espiritual, en el mismo Espíritu de Cristo, no sólo en sus gestos y palabras.

            El Papa Juan Pablo II en su Encíclica Ecclesia de Eucharistia nos dice: «La eficacia salvífica del sacrificio se realiza plenamente cuando se comulga recibiendo el cuerpo y la sangre del Señor: De por sí, el sacrificio eucarístico se orienta a la íntima unión de nosotros, los fieles, con Cristo mediante la comunión: le recibimos a Él mismo, que se ha ofrecido por nosotros; su cuerpo, que Él ha entregado por nosotros en la Cruz, su sangre  “derramada por muchos para perdón de los pecados” (Mt 26,28). Recordemos sus palabras: “Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí” (Jn 6,57). Jesús mismo nos asegura que esta unión, que Él pone en relación con la vida trinitaria, se realiza efectivamente» (EE.16).

            Y en el número siguiente y en relación con la  comunicación de su mismo Espíritu, añade el Papa: «Por la comunión de su cuerpo y de su sangre, Cristo nos comunica también su Espíritu». Escribe San Efrén: «Llamó al pan su cuerpo viviente, lo llenó de sí mismo y de su Espíritu.. y quien lo come con fe, come Fuego y Espíritu... Tomad, comed todos de él, y coméis con él el Espíritu Santo...»[16].

            La Iglesia pide este don divino, raíz de todos los otros dones, en la epíclesis eucarística. Se lee, por ejemplo, en la  Divina Liturgia de san Juan Crisóstomo: «Te invocamos, te rogamos y te suplicamos: manda tu Santo Espíritu sobre todos nosotros y sobre estos dones... para que sean purificación del alma, remisión de los pecados y comunicación del Espíritu Santo par cuantos participan de ellos» (Anáfora) (EE.17).

            Por eso, aunque el sacerdote cumpla todas sus obligaciones rituales de representar a Cristo y actuar en su nombre, si no se identifica con su Espíritu  y se ofrece unido a Él como víctima y sacerdote, no cumple íntegramente su misión sacerdotal. El oficio sacerdotal en la Nueva Alianza  lleva consigo “tener en nosotros los mismos sentimientos de Cristo Jesús...”, porque es en el altar, en la celebración de la  Eucaristía, «centro y culmen de toda la vida de la Iglesia», donde fieles y sacerdote deben asistir no como «extraños y meros espectadores» sino «consciente, activa y fructuosamente», «se consuma el sacrificio espiritual de los fieles en unión con el sacrificio de Cristo», «ofrecen la Víctima divina y se ofrecen a sí mismos juntamente con  ella».  Siendo Cristo vivo y resucitado el que se ofrece en la Eucaristía para la salvación y santificación de su Iglesia,  al decirnos “y cuantas veces hagáis esto acordaos de mí...”, nos pide que hagamos presente en cada uno de nosotros su emoción y amor por vosotros,  su adoración al Padre, cumpliendo su voluntad con amor extremo hasta dar la vida en el momento cumbre de su vida y de la vida de la Iglesia.

            Por tanto el sacerdote tiene una doble misión: ofrecer en nombre de Cristo y juntamente participar en estas actitudes, ofreciéndose a sí mismo en su propio nombre y en nombre de los fieles, a quienes representa. En esto no hay desdoblamiento de la actividad sacerdotal. Cierto que las dos ofrendas son distintas; un sacerdote puede ofrecer  válidamente el sacrificio en nombre de Cristo, y sin embargo, personalmente puede encerrarse en su egoísmo y no hacerse ofrenda con Cristo. La ofrenda de Cristo  nos da ejemplo de cómo tenemos que ofrecer nuestra vida  al Padre juntamente con Él, no solamente por  un mero formalismo ritual y mera pronunciación de las palabras de la Consagración.

            Los fieles también son llamados a compartir con el sacerdote la actitud de ofrenda personal. Hay una ofrenda que sólo cada uno de ellos puede y debe realizar, porque cada hombre dispone de sí mismo y nadie puede sustituir a los otros en esta ofrenda de sí mismo. Cada uno desempaña por tanto un papel esencial, cuando asiste y participa en la Eucaristía: presentar en unión con Cristo la ofrenda de su propia persona al Padre. Esta ofrenda puede realizarse de diversas maneras, y formularse de distintas formas, por ser precisamente personal, pero está claro que no consistirá nunca en los meros ritos o gestos o palabras sino  que a través de lo que dicen y significan han de entrar en el espíritu y verdad de la Eucaristía con  su cuerpo y su alma, su espíritu y su carne, su ser interior y exterior, con todo su ser y existir. Esto es lo que lleva consigo la celebración litúrgica, esta es su esencia y finalidad, así es cómo la liturgia de la Eucaristía alcanza su objetivo, no cuando simplemente asegura una participación exterior correcta, digna y piadosa a la oraciones y ceremonias sino cuando suscita en el corazón de los cristianos una auténtica entrega de sí mismos. En cada Eucaristía los cristianos son invitados por Cristo a <acordarse> de Él y de sus sentimientos para ofrecerse con Él.

            Por eso, cada Eucaristía debe ser un estímulo para renovarse en el amor a Dios y al prójimo, en medio de las pruebas y dificultades de la vida, de las cruces y sufrimientos y humillaciones, de los fallos y pecados permanentes contra esta obediencia a la voluntad del Padre y entrega a los hermanos. La santa Eucaristía nos hace aceptar estas pruebas y sufrimiento aunque sean injustos, maliciosos y de verdadera agonía como en Cristo hasta el punto de tener que decir muchas veces:“Padre, si es posible pase de mí este cáliz…”, o pensemos que Dios no se preocupa de nosotros y nos tiene abandonados, al no sentir su presencia: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado...?”

            La santa  Eucaristía nos ayuda a superar las pruebas de todo tipo, uniéndonos al sacrificio de Cristo y se convierte así en la mejor y más abundante fuente de gracia, perdón, amor y generosidad, aunque a veces es a oscuras y sin arrimo alguno de consuelo aparente divino. El Espíritu Santo, espíritu de la Eucaristía, nos ayuda como a Cristo a soportarlo y ofrecerlo todo,  a ser pacientes y obedientes y  pasar por la pasión y la cruz para llegar a la resurrección y la nueva vida. En la santa Eucaristía los cristianos encuentran un estímulo y  ocasión de ofrecer su pasión y muerte al Padre que nos la acepta siempre en la del Hijo Amado. Haciéndolo así, los sufrimientos se soportan mejor con su ayuda y  suben como homenaje a Dios y llegan hasta Él como ofrenda por la salvación de nuestros hermanos.

            Así es cómo la vida cristiana tiene que convertirse en una Eucaristía perfecta. El cristianismo es una Eucaristía, es un esfuerzo de la mañana a la noche de vivir como Cristo, de hacer de la propia vida una ofrenda agradable a Dios y a los hombres, nuestros hermanos, quitando y matando en nosotros toda soberbia, avaricia, lujuria, todo pecado contra el amor a Dios y a los hermanos, comulgando con el corazón y el alma, con los sentimientos y actitudes de Cristo; es la Eucaristía que continuamos celebrando en nuestra vida, después de haberla celebrado con Cristo sobre el altar.

La ofrenda de la Eucaristía debe brillar en todos los aspectos de la existencia cristiana, y difundir su espíritu de sacrificio libremente aceptado. En la ofrenda del pan y del vino disponemos nuestro cuerpo, espíritu y vida a ofrecemos con Cristo al Padre, en la Consagración, por obra y potencia del Espíritu Santo, quedamos consagrados, ya no nos pertenecemos, porque hemos sido consagrados, transformados en Cristo, en sus sentimientos y actitudes, y cuando salimos fuera, como ya no nos pertenecemos, tenemos que vivir esta consagración, es decir, vivir, amar y trabajar en Cristo y como Cristo. El cáliz que se levanta hacia el cielo debe suscitar promesas de entrega, propósitos de perdonar y olvidar las ofensas como Cristo, intentos de reconciliación, aceptación de la voluntad o permisión divina aunque nos sea dolorosa, todo en Cristo y por Cristo.

            Ésta es la espiritualidad de San Pablo, así vivía él la Eucaristía: “Estoy crucificado con Cristo, vivo yo pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí y  mientras vivo en esta carne  vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó por mí”(Gal 2,20). “Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros y suplo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1, 20). “Lo que es para mí, Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, en la cual el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo” (Gal 6,14).“No quiero saber más que de Cristo y éste, crucificado...Para mí la vida es Cristo”.

Así debemos vivir todos los que participamos de la santa Eucaristía. Este debe ser nuestro grito también al celebrarla. La Eucaristía tiene como fin el que los sentimientos de Cristo en su ofrenda se encarnen en cada uno de los asistentes para encontrarnos preparados cuando vengan y sintamos en nosotros los sufrimientos y la persecuciones de nuestra propia pasión y muerte del yo, las persecuciones y envidias de la vida, nuestra propia crucifixión. La Eucaristía nos invita a colocarnos dentro de la ofrenda de Cristo crucificado, de la corriente de amor de esta ofrenda; así la cruz se hará más soportable: «Una pena entre dos es menos pena».

            A través del pan y del vino, el discípulo se ofrece a sí mismo, dispuesto a que Cristo diga sobre su cuerpo y sobre su vida entera: “Esto es mi cuerpo entregado... ésta es mi sangre derramada...”  De esta forma, el sacrificio de la Iglesia viene integrado en el mismo sacrificio de Cristo, “para completar lo que falta a la Pasión de Cristo” (1Col 1,24). Por medio del signo sacramental, el sacrificio de la Iglesia se identifica espiritualmente con el sacrificio de Cristo y llega a formar una sola ofrenda  por el mismo Santo Espíritu.

            El sacrificio de Cristo no concluye con su muerte, es eucarístico, acción de gracias por la vida nueva que nos  consigue  y que viene del Padre,  por eso le da gracias al Padre ya en la Última Cena. Éste es el proceso que Jesús acepta, no quiere sólo “entregar su vida” sino también “tomarla de nuevo” en la resurrección para Él y para todos nosotros.

Su humanidad y la nuestra deben entrar en un nuevo orden de relación con el Padre. Lo que en Él ya es gracia conseguida y aceptada por el Padre por su resurrección, en nosotros se convierte en don escatológico que se hace presente como gracia anticipada de Alianza, en esperanza cierta y segura de la Pascua definitiva en la Eucaristía celebrada.

Y así se juntan el sacerdocio y la Eucaristía del cielo y de la tierra y así Cristo, los peregrinos y los santos la celebramos juntos y unidos por el mismo Espíritu Santo, potencia salvadora y resucitadora de Dios Uno y Trino. Y así la sacramentalidad de la Eucaristía mantiene siempre una relación estrecha de los celebrantes y participantes con la ofrenda existencial del Cristo glorioso y celeste, que abarca toda su vida, desde la Encarnación hasta la Ascensión a la derecha del Padre y tiende a comunicar al creyente el dinamismo de dicha ofrenda. Y así la Iglesia y los cristianos dan «por Cristo, con Él y en Él, a Ti Dios Omnipotente, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos. Amén».

            Celebrada así, la Eucaristía se convierte no sólo en <culmen> de la vida cristiana, en la cima más elevada de la Iglesia junto a la Santísima Trinidad,  sino también en <fuente> de la misma vida trinitaria en nosotros:  

«Qué bien sé yo la fonte que mana y corre,

aunque es de noche.

1.  Aquella eterna fonte está escondida,

qué bien sé yo dó tiene su manida,

aunque es de noche.

3. Su origen no lo sé, pues no le tiene,

mas sé que todo origen della viene,

aunque es de noche.

11.  Aquesta eterna fonte está escondida

en este vivo pan por darnos vida

aunque es de noche.

12.  Aquí se está llamando a las criaturas,

y de esta agua se hartan, aunque a oscuras,

porque es de noche.

13.  Aquesta eterna fonte que deseo,

en este pan de vida yo la veo

aunque es de noche». (S. Juan de la Cruz).

3. 2. EL ESPÍRITU SANTO, FUEGO Y POTENCIA CREADORA  DE LA EUCARISTÍA

Sólo la potencia y la fuerza del Espíritu Santo, invocado en la epíclesis de la Eucaristía, puede transformar el pan y el vino en el cuerpo y la sangre de Cristo; sólo la potencia y el fuego de su Amor Personal Trinitario  puede transformar por dentro a los que comen este Cuerpo y esta Sangre; sólo Él puede hacer que nuestra participación sea verdadera y espiritual, según la fuerza y potencia de amor comunicada por Él, la misma  que llevó a Cristo a la obediencia y a la ofrenda total de su vida al Padre por este Amor Personal de Espíritu Santo del Hijo al Padre y del Padre al Hijo, aceptando su ofrenda mediante la resurrección.  Nosotros aquí y en el cielo no podemos entrar  en este amarse infinitamente del Dios Uno y Trino, si no es por la comunicación de su mismo Espíritu.

            Si el Espíritu Santo es el alma y vida y espíritu de Cristo, que realizó el misterio de la Encarnación, formándolo en el seno de la Virgen Madre, no queda lugar a dudas de que ese mismo amor le lleva a Cristo a ofrecerse al Padre en su pasión y muerte, y el mismo Espíritu Santo hace el misterio de la consagración del pan y del vino, y de la transformación en Cristo por ese mismo Espíritu de todos los que comen ese pan y ese vino. Es el Espíritu Santo el que inspira el proyecto del Padre, es el Espíritu Santo el que  mueve a Cristo a ofrecerse en el Consejo Trinitario ante el Padre: “Padre no quieres ofrendas y sacrificios, aquí estoy yo para hacer tu voluntad...”, es el Espíritu Santo el que está presente en su bautismo de iniciación en el ministerio evangélico y le lleva lleno de fuego apostólico, sudoroso y polvoriento, por los caminos de Palestina, el que le movió a Cristo, “habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo,” a instituir la Eucaristía, llevándole a cumplir la voluntad del Padre, en adoración obedencial total hasta pasar por la pasión y la muerte en cruz, donde le entregó su espíritu al Padre en confianza y seguridad total de que aceptaría su sacrificio por el mismo Espíritu-Amor del Hijo al Padre y del Padre al Hijo resucitándolo de entre los muertos, para que todos tuviéramos vida eterna y fuéramos perdonados por el mismo Espíritu Misericordioso del Padre y del Hijo, que enviaría  porque Él se lo había pedido al Padre, que aceptó su ruego enviándolo en fuego y “verdad completa” en Pentecostés sobre los Apóstoles y la Iglesia, para llevarnos a todos hasta la verdad completa de la fe.             

            En el proyecto del Padre no todo estaba completo con la Encarnación y la pasión, muerte y resurrección del Señor, de hecho, incluso resucitado y viéndolo, los Apóstoles siguieron teniendo miedo; cuando vino el Espíritu Santo se acabaron los miedos y se abrieron todas las puertas y cerrojos y estaban tan convencidos que tenían gozo en dar la vida por Cristo. Sin el Espíritu de Cristo no hay Cristo, no hay Encarnación, no hay Iglesia; sin Espíritu Santo no hay santidad, no hay fuego, no hay “verdad completa”, no hay vivencia ni experiencia de lo que creemos o celebramos; sin Espíritu Santo, sin epíclesis, no hay Eucaristía.

            La Carta a los Hebreos, cuando describe este sacrificio, precisa que Cristo “por un Espíritu Eterno se ofreció a sí mismo inmaculado a Dios” (Hbr 9, 14). A este Espíritu Eterno le pertenece hacer llegar al Padre la ofrenda del Hijo. Inspira la ofrenda, la hace nacer en el cuerpo y en el corazón de la Virgen, nuestra  Madre del alma, y ahora en la santa Eucaristía la hace llegar hasta el Padre, porque es el Don y el Amor de Dios en acción permanente. Ciertamente que es Cristo quien se ofrece, quien desea agradar al Padre, quien le obedece y se abandona a su voluntad paterna; es Él quien da la vida por los hombres pero todo esto lo hace por el Espíritu Santo, por Amor  Personal del Padre al Hijo, inspirándole el proyecto salvador, y del Hijo al Padre, aceptándolo y llevándolo a efecto en obediencia total, con amor extremo, hasta dar la vida por Dios y por los hermanos.

            Por todo esto el Espíritu Santo desempeña un papel principal en la ofrenda eucarística; sin la invocación y la potencia del Espíritu Santo no hay Eucaristía. Cristo se ofrece ahora de nuevo al Padre, de la misma manera que se ofreció entonces por el mismo Espíritu Santo. Es el Espíritu Santo el que presenta al Padre la ofrenda de amor del Hijo. Por Él, invocado en la epíclesis sobre la materia del sacrificio, se  consagra el pan y el vino. El Espíritu Santo es también quien inspira en el corazón de los participantes a Eucaristía las disposiciones de obediencia y amor esenciales para el sacrificio.

Es Él quien suscita en los fieles la identificación con los sentimientos victimales de la oblación de Cristo, porque todo don, como todo amor, se realiza bajo la influencia del Supremo Amor  y Supremo Don. Si San Pablo pudo decir que el Espíritu grita en nuestros corazones: “Abba, Padre” (Rom 8,15), también podemos decir que este Espíritu es quien en la Eucaristía renueva nuestro corazón de hijo y nos hace levantar los ojos y llamar al Padre cuando le ofrecemos nuestra ofrenda, porque sin el Espíritu de Cristo no podemos hacer las acciones de Cristo.

            Por medio del Espíritu Santo, la ofrenda de la Eucaristía entra plenamente en el intercambio de amor con la Santísima Trinidad. Por su medio la Eucaristía introduce a los cristianos en la unidad del Hijo y del Padre. Por medio suyo también se realiza el sacrificio en un nivel divino. Él es quien arrastra a las almas de los fieles hasta la generosidad de Cristo para hacerlas ofrenda agradable al Padre al estar tan identificadas con el Amado por su mismo Amor Personal, que el Padre no ve diferencia entre el Hijo y los hijos en el Hijo.

            Por tanto, el Espíritu Santo es quien diviniza el sacrifico. Él es quien lo <espiritualiza>, Él es quien  tiene que espiritualizar a toda la Iglesia, a los sacerdotes, a los fieles, al pan y al vino, llenándolos de su mismo Amor a toda  la comunidad cristiana reunida para celebrar la Eucaristía, los mismos sentimientos y actitudes de Cristo Jesús: “Tened los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús...” (Fil 2,5-11).

3. 3. LA  PARTICIPACIÓN PLENA DE LA EUCARISTÍA EN NOSOTROS NOS LLENA DE CRISTO Y SU GRACIA

            En la Eucaristía Cristo hace presente su adoración al Padre, en obediencia total, con amor extremo, hasta dar la vida por Dios y los hombres, nuestros hermanos.

La Eucaritía hace presente la ofrenda de Cristo al Padre en su pasión y muerte y resurrección para salvar a los hombres y es icono e imagen que debemos copiar e imitar en nuestra vida todos los participantes, sacerdotes y fieles, en la celebración de la santa Eucaristía, siguiendo sus mismas pisadas.

He rezado esta mañana el himno de  Laudes, 15 de septiembre, Nuestra Señora, la Virgen de los Dolores. Ella nos sirve de madre educadora de nuestra fe y modelo en la celebración del sacrificio de Cristo. Ella contemplaba y guardaba en su corazón todo lo que veía en su Hijo. 

            En cada Eucaristía el Señor nos repite a todos lo que dijo  a la Samaritana:“Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber...”.

La primera invitación del Señor es a conocer su amor, su entrega, su don, porque esto es el comienzo de toda amistad. Si no se conoce no se ama, no puede haber agradecimiento, ofrenda, alabanza, unión.. Es necesaria la meditación y la reflexión para conocer la verdad del misterio celebrado para así apreciarlo y poder luego desearlo y vivirlo.

Toda la Eucaristía tiene que ser orada,  dialogada con el Señor.  Sin oración personal la litúrgica no puede alcanzar toda su eficacia y plenitud.

Así es cómo el corazón humano se abre al amor divino, sin el cual nosotros  no podemos amar. El himno de Laudes de Nuestra Señora, la Virgen de los Dolores, es el STABAT MATER. Y tiene bien marcados estos dos pasos que he anunciado: mirar y meditar.

La Madre piadosa estaba            ¡Oh cuán triste y aflicta

junto a la cruz y lloraba               se vio la madre bendita

mientras el Hijo pendía;             de tantos tormentos llena!

cuya alma, triste y llorosa,         Cuando triste contemplaba

traspasada y dolorosa,               y dolorosa miraba

fiero cuchillo tenía                     del Hijo amado las penas.

Y ¿cuál hombre no llorara,      Por los pecados del mundo

si a la Madre contemplara      vio a Jesús en tan profundo

de Cristo, en tanto dolor?        tormento la dulce Madre.

Y ¿quién no se entristeciera,   Vio morir al Hijo amado,

Madre piadosa, si os viera      que rindió desamparado

sujeta a tanto rigor?                el espíritu a su Padre.

Celebrar y participar en la Eucaristía  lleva consigo primero, como hemos dicho,  mirar y contemplar y meditar la cruz de Cristo, los sentimientos y actitudes de Cristo en  su pasión, muerte y resurrección, que se hacen presentes todos los días en la santa Eucaristía. Todos los días, la celebración de la santa Eucaristía hace que adoremos al Dios Santo y Único, que merece nuestra adoración y obediencia total, aunque nos haga pasar como a Cristo por la pasión y la muerte de nuestro “yo”, para llevarnos a la resurrección de la nueva vida por Él, con Él y en Él, entrando así plenamente en el misterio y proyecto de la Santísima Trinidad. Esta contem