MARÍA, HERMOSA NAZARENA VIRGEN BELLA, MADRE SACERDOTAL V. HOMILÍAS Y MEDITACIONES MARIANAS. FIESTAS Y TIEMPOS LITÚRGICOS

GONZALO APARICIO SÁNCHEZ

  Cuadro de Portada: Anunciación  Fray Angélico (detalle)

V

MARÍA, HERMOSA NAZARENA,

VIRGEN BELLA, MADRE SACERDOTAL

GONZALO APARICIO SÁNCHEZ. PLASENCIA. 1966-2018

 

¡SALVE,

 

MARÍA,

 

HERMOSA NAZARENA,

 

VIRGEN BELLA,

 

MADRE SACERDOTAL,

 

MADRE DEL ALMA,

 

CUÁNTO ME QUIERES,

 

CUÁNTO TE QUIERO:

 

GRACIAS POR HABERME DADO A JESÚS, SACERDOTE ÚNICO DEL ALTÍSIMO;

 

GRACIAS POR HABERME LLEVADO HASTA ÉL

 

Y GRACIAS TAMBIÉN, POR QUERER SER MI MADRE,

MI MADRE Y MI MODELO!

 

¡GRACIAS!

GONZALO APARICIO SÁNCHEZ

V

MARÍA, HERMOSA NAZARENA,

VIRGEN BELLA, MADRE SACERDOTAL

GONZALO APARICIO SÁNCHEZ. PLASENCIA. 1966-2018

SIGLAS

 

BAC= Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1944.

Bpa= Biblioteca Patrística, Ciudad Nueva,

         Madrid1986

CMP= Corpus Maríanum Patristicum, S. Álvarez

         Campos, Ediciones Aldecoa, 8 vols., Burgos

         1970-1985.

LG= Lumen gentium. Constitución sobre la Iglesia.

DV= Dei Verbum. Constitución sobre la revelación

        divina.

SC= Sacrosanctum Concilium, sobre la liturgia.

GS= Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo.

MC= Marialis cultus, Exhortación de Pablo VI.

RM= Redemptoris Mater, Carta A. de Juan Pablo II.

CEC = Catecismo de la Iglesia Católica.

DS = Denzinger-Schonnet. Enchiridium Symbolorum.

PG = Patrología griega, Migne.

PL=  Patrología latina, Migne.

NDM=Nuevo Diccionario de Mariología, Madrid 1988.

ÍNDICE

Siglas .....................................................................................................4

Notas introductorias ..............................................................................7

 

Capítulo Primero

 

María en el Nuevo Testamento

 

 Referencias a María en el Nuevo Testamento……………….….. 13

El Misterio de la Encarnación..........................................................  14

 La Anunciación: Inicio de la historia de María………….……….15 

El Evangelio de la Anunciación ........................................................ 16

 El marco de la Anunciación ...............................................................17

Teología de la Anunciación: la Mariología………………….….…21

Sermón de la Anunciación  ...........................................................,,.  23

 

Capítulo Segundo

 

María en la Tradición: Los Santos Padres

 

1. El Espíritu Santo y María……....................................................... 33

2. El Espíritu Santo en la Concepción de Jesús……………………. 37

3.  María, esposa del Espíritu Santo .................................................. 40

 

Capítulo Tercero

 

Textos de los Santos Padres sobre María

1. San Efrén ....................................................................................... 43

2.  San Agustín  ...................................................................................51

3  San Cirilo de Alejandría ..............................................................  54

4.  San Ildefonso de Toledo  ............................................................  59

5.  San Romano el Cantor  .............................................................   61

6.  San Juan Damasceno  ................................................................  68

7.  San Bernardo ..............................................................................  72

8.  Mi homilía de la Asunción de la Virgen.........................................86

 

Capítulo Cuarto

 

Mirada Mística y Contemplativa a la Virgen

 

 María unida a Dios por la contemplación ..............................,,,......   94

Testimonios místicos sobre María .............................................,,,..... 96

Santa Catalina de Siena ..............................................................,,....  96

 Sor Isabel de la Trinidad  ...........................................................,.... 102

 Oh esplendor de la Luz Eterna ..................................................,..... 102

Trinidad de la Santa Madre Iglesia ............................................,,.... 104

María es un portento de la gracias .................................................   104

María es un portento del poder de Dios ........................................   107

La Señora de la Encarnación ......................................................      112

 

 

Capítulo Quinto

 

Anotaciones e improvisaciones sobre la Virgen

 

Queridos hermanos………………………………………..……..   117

La Virgen es miel y dulzura de nuestras alma…………………..  119

Qué alegría tener la misma madre de Dios....................................   120

 Maria es madre especialmente de los sacerdotes  ...... ............. ... 121

 Quie empujó a María  hasta el Calvario .....................................    122

La sangre derramada por Jesús es de la Virgen …………………123

 María“junto a la Cruz”, está sufriendo por ti y por mi………..  123

 María, camino cierto para encontrar a Cristo……………….…. 124

Juan Pablo II: María, camino seguro de santidad………………….124

Las lágrimas de la Virgen en Siracusa ............................................. 125

La Virgen sufre mucho por los desprecios a Dios ………………  125

Catequesis de Benedicto XVI: Llanto de Jesús por Jerusalen.…  126

Lituania: La Virgen que lloraba………………………….….…..  127

11. María, mediadora y a la vez madre .......... ……..…………..   127

Benedicto XVI: La Virgen y nuestra muerte..............  ……………132

 

BIBLIOGRAFÍA ............................................,,,,,,,,,,,,....        137

NOTAS INTRODUCTORIAS

 

Queridos amigos y amigas, en este libro a la Madre, quiero poner por escrito algo de lo más bello que yo he  leído,  meditado, vivido y predicado sobre nuestra Madre. Y cada uno de estos verbos tiene su importancia y significado, porque a veces lo meditado y vivido y predicado por mí sobre ella me gusta tanto que lo pongo tal cual, aunque sea de tiempos lejanos; y lo mismo lo que leído en otros hijos de la Virgen, lo pongo tal cual, procurando modificarlo muy poco, para no hacerlo mío propio, porque me gusta respetar la forma de decir de los otros, aunque tengamos las mismas ideas y pueda decirlo de otra forma.

Por lo tanto, teniendo presente toda la teología Mariana, toda la Mariología  que he meditado atenta y amorosamente, este libro quiere ser una especie de «lectio divina», de lectura espiritual, meditativa para conocer y amar más a la Virgen Nazarena, teniendo en cuenta lo que los evangelios dicen de ella, y la teología ha reflexionado sobre ella, y algo de lo que la Tradición y los Padres de la Iglesia y los hijos devotos han dicho o escrito sobre ella.     

Ya dije en algún libro mío, que estoy maravillado de la Tradición, de lo que los Padres de la Iglesia, sobre todo, orientales, han dicho de la Virgen. Por eso hice propósito de leerlos más despacio. Y de ahí la abundancia de sus citas, como he visto en otros autores. Pero todo hecho y escrito no especulativa o racionalmente, sino con método y andadura de  teología y sabiduría de amor.

No pongo notas ni tengo metodología  científica, como cuando uno hace en  tesina o tesis doctoral, pero los que me conocen bien, saben que detrás de cada afirmación o texto hay una densa lectura y bibliografía, atentamente examinada y leída y revisada. Y para eso me ayudo de todo lo bueno que  he encontrado sobre la Virgen, de la cual «nunquam satis».

Ya he dicho cuál fue y es mi camino y ruta para llegar a María. Primero fue ella y desde ella a Cristo. Ahora miro a la Virgen con los ojos y el corazón del Hijo hacia la Trinidad. Desde entonces, desde su advertencia en el Puerto, todo lo que yo he dicho y predicado y escrito y realizado, todo, absolutamente todo, ha sido desde Cristo, especialmente desde Jesucristo Eucaristía que tantas cosas bellas nos dice y realiza por su Madre, que Él quiso que también fuera nuestra. 

Él es el Verbo de Dios, la única Palabra de la Salvación pronunciada por el Padre con Amor de Espíritu Santo, y escuchada y encarnada primero en María, y por ella y desde ella, pronunciada como Palabra de Salvación para toda la humanidad: El Hijo de María es la Palabra “que estaba junto a Dios. Todas las cosas fueron hechas por Él y sin Él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho”: también María fue hecha Madre por esta Palabra pronunciada sobre ella desde el Padre y el Hijo por el Amor del Espíritu Santo, Espíritu de Amor de Dios Trino y Uno: “En el mes sexto fue enviado el ángel Gabriel de parte de Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón de nombre José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María...El ángel le contestó y dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra, y por esto el hijo engendrado será santo, será llamado Hijo de Dios... Dijo María: He aquí a la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra. Y se fue de ella el ángel” (Lc 1, 26-38).

He querido poner este texto de San Lucas porque sin la raíz de la carne que es el cuerpo de esta Mujer, todo el misterio de la Encarnación, toda la Mariología termina perdiendo su indispensable materialidad para convertirse en puro espiritualismo o narración de cosas extraordinarias o moralismos ideológicos.

La mariología no el «tumor  del catolicismo», como sostienen algunos profesores protestantes, sino que es el desarrollo lógico y orgánico de los postulados evangélicos; no es una «excrecencia» injustificada de la teología, sino que es un capítulo fundamental, sin el cual faltaría un apoyo para su estabilidad.

Es más, como dije antes y la historia y la experiencia de los pueblos y personas ha confirmado, María es la mejor guardiana de la fe católica y el mejor camino para llegar a Cristo, porque Cristo es Dios, pero María está junto a nosotros, es humana como nosotros, pero al ser madre del Hijo, es casi divina, es casi infinita, y esto le ha llevado a un conocimiento y amor que son únicos.

María es «la destructora de toda herejía» y su función maternal de proteger al Hijo y a los hijos, al dárnosla como madre, continúa y continuará hasta la Manifestación última y gloriosa del Hijo.

Hoy, más que en otros tiempos, necesitamos de esta protección materna, que no le faltará a la Iglesia: Lourdes, Fátima, Siracusa..., siempre que escuchemos sus consejos, dándole el puesto que le corresponde: Consagración del mundo a su Corazón Inmaculado, como signo de la protección que Dios quiere para su Iglesia y sus hijos por medio  de María.

Lo único que pretendo es que María sea más conocida y amada. Pero sin caer en un estilo beato o dulzarrón; no es mi estilo, porque tampoco ha sido mi vida. Respeto todo, pero nada de cosas extraordinarias y manifestaciones  paranormales. Todo natural y normal, como es el amor de los hijos a su madre.

            Este libro quiere ser una meditación fundada en la lectura y  seguimiento de los textos evangélicos. Muchos santos, sobre todo mujeres santas, jamás cursaron teología, y hablan profunda y teológicamente desde la teología espiritual de la vivencia de amor de aquella “mujer fuerte” que entonó el Magnificat, --canto de adoración y de sentirse criatura ante el Dios infinito--,  y de la Madre solícita de Caná: “haced lo que Él os diga”, más atenta a las necesidades de los demás que a las suyas propias y que supo adelantar la “hora” del Hijo con el signo de su divinidad, convirtiendo el agua en vino. 

Y todo porque ella nos ama de verdad, se preocupa de verdad de sus hijos y se aparece en algunos lugares, a veces triste, porque no puede aguantar más la ignorancia o desprecio que muchos hombres tienen y manifiestan de la salvación de su Hijo y de los bienes eternos, dado que ella vive siempre inclinada sobre la universalidad de sus hijos y se da cuenta de lo que es lo fundamental y la razón de su existencia en el mundo, de lo que nos dijo su Hijo y por lo que vino a este mundo y murió por todos nosotros y que muchos de sus hijos ignoran: “¿ De qué le vale al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma”.

Hay que ver lo que ella insiste en sus apariciones en la vida eterna, en la condenación, en el infierno. Le duele infinito. Esta verdad debiera estar más presente en nosotros, en nuestras vidas y predicaciones, somos sembradores y cultivadores de eternidades. De otra forma, el cristianismo, el sacerdocio, sin vida eterna, no tendría sentido, lo perdería todo, si no hay vida con Dios después de esta vida. Pero la resurrección de Cristo es el fundamento y la garantía de la Verdad y Vida de la vida eterna en Dios Trino y Uno.

            La Madre de Caná es la síntesis del papel que el Hijo quiere que ejerza sobre los creyentes, es la manifestación de lo que lleva en su corazón de madre, es el sentido de la misión que el Hijo le confió en la cruz, lo que ella misma nos manifiesta en todas sus apariciones: “Haced lo que Él os diga”.

            ¡Lo haremos, Madre! Y  te digo ahora lo que tantas veces te rezo y digo cuando tengo problemas personales o pastorales: «Madre, díselo, díselo, como en la Boda de Caná». No le digo más. Porque sé que de todo lo demás se encarga ella. Y el Hijo obedeció, porque Él mismo, por su Espíritu Santo, se lo había inspirado a su madre, y porque Él mismo estaba impaciente de manifestarse como Mesías, con el primero de sus signos, a sus discípulos y al mundo entero; para eso vino y se encarnó, para venir en nuestra búsqueda y abrirnos las puertas de la eternidad gozosa con Dios Trino y Uno. Eso es así,  y así me ha parecido escuchárselo en diálogos de amor con la Madre, que sabe de estas cosas más de lo que aparece y está escrito en los evangelios.

            Por eso, como el Hijo sabe que voy a hablar de su madre en este libro, y como la Virgen es la que mejor le conoce, espero que ya habrá recibido el recado que le ha dado su madre: «Madre, díselo, díselo, como en la Boda de Caná». Así que espero su intervención, y que me inspire o me diga lo que Él piensa de su madre y yo, con su ayuda, «benedicere», la bendiga, esto es, diga cosas bellas de la Madre, que eso significa bene-dicere. Se lo merece la Virgen. ¡Es tan buena madre! ¡Nos quiere tanto a todos los hombres sus hijos! ¡Me ha ayudado tanto!

            El camino para conocer mejor a María y quedar cautivos de su vida y amor, es aplicarnos a conseguir con relación a ella un triple conocimiento:

-- Un conocimiento histórico desde los evangelios.    Son pocos los textos bíblicos que hacen alusión a María, por lo que no es difícil acceder a ese conocimiento de una forma exhaustiva. Esto es fundamento y base para acceder a los otros. Lucas es el evangelista de María: a él le debemos los relatos de la infancia de Jesús, que faltan en los otros tres. Pero en otros puntos también el tercer evangelista se caracteriza por su atención especial a la Madre de Cristo.

            Según tradición antigua, Lucas era pintor; de hecho se le atribuyen varias imágenes de la Virgen. ¿Será realmente esta la causa de que nos haya pintado en su evangelio la belleza y fascinación de aquella que habría de convertirse, durante los milenios, en la mayor inspiradora del arte?

 

-- Un conocimiento teológico-sapiencial. Es necesario conocer, con todo esmero y dedicación, la doctrina de la Iglesia acerca de los dogmas Marianos y de la sencilla y, a la vez, extraordinaria vida de la Madre de Dios.

            Como doctrina de la Iglesia me encanta el capítulo VIII de la LG  para conocer y amar a María: LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA, MADRE DE DIOS EN EL MISTERIO DE CRISTO Y DE LA IGLESIA.

            Leer a buenos teólogos, desde la teología espiritual, y a los Santos Padres, es necesario para saborear la riquísima tradición de la Iglesia. Desde luego los Santos Padres son alucinantes, te alucinan, te llenan de esplendores y luces divinas. Daos cuenta de lo que cito a los Padres en mis últimos libros. Eran sabios por ser santos.

 

-- Un conocimiento vivencial y pentecostal de María,  hecho por el Espíritu Santo en nosotros. Para ello es imprescindible orar y contemplar en oración personal toda la Mariología; hay que orar y contemplar lo que otros han vivido y experimentado, desde una devoción de buenos hijos de la Virgen, especialmente de los más santos y místicos.

            Porque ante esta Madre, toda llena de gracia de Dios, llena de sin igual santidad y belleza, de María, los conceptos teológicos se quedan a veces demasiado cortos y periféricos y no expresan ni contienen  suficiente y adecuadamente esta realidad sobrenatural de María, Madre de Dios y Madre de la Iglesia. Y todo programado y querido por Dios.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO PRIMERO

 

1. REFERENCIAS A MARÍA EN EL NUEVO TESTAMENTO

 

            Los momentos de la vida de la Virgen María recogidos en el Nuevo Testamento pueden ser agrupados en cuatro series:

a) Momentos y misterios relativos a la infancia de Jesús;

b) Momentos y misterios pertenecientes al tiempo de la predicación y vida pública de Jesús;

c) Momentos y misterios relativos a la pasión y muerte de Jesús;

d) Momentos y misterios que tienen lugar después de la resurrección de Jesús.

Como hechos principales de la vida de María el Nuevo Testamento recoge los siguientes:

— Su nombre: María, su matrimonio con el justo José y su descendencia de la familia de David.

— Que recibió en la Anunciación un mensaje de parte de Dios, en que se le daba a conocer la Encarnación del Verbo.

— Que María aceptó libre y conscientemente el mensaje y la voluntad salvífica de Dios, cuando dijo: “He aquí la esclava del Señor hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38). Estas palabras de María, según el Vaticano II (LG 56) expresan que Ella fue hecha madre de Jesús y que se consagró con generoso corazón a la persona y a la obra de su Hijo.

— Que María estuvo llena de la gracia de Dios.

— Que concibió milagrosa y virginalmente al Hijo de Dios.

— Que visitó a su prima Isabel, madre de Juan Bautista, siendo saludada por ésta como bienaventurada a causa de su fe en la salvación prometida.

— Que es verdadera Madre de Dios, porque de ella nació el Hijo de Dios.

— Que tuvo varios parientes, algunos de los cuales son llamados hermanos de Jesús.

— Que atendió y cuidó de su Hijo en su nacimiento, presentándolo a los pastores y magos.

— Que presentó a su Hijo en el templo, en cumplimiento de la ley.

— Que acostumbraba a cumplir sus obligaciones religiosas en el templo; que volvió a Jerusalén en busca de su Hijo, de doce años, a quien encontró en el templo, entre los doctores.

— Que pronunció el Magníficat, así como otras frases y dichos a su Hijo en el templo y a los ministros de la boda de Caná.

— Que asistió con Jesús y sus discípulos a la boda de unos familiares en Caná de Galilea, interviniendo por su intercesión en el primer milagro público de Jesús, hecho altamente significativo.

— Que se entrevistó con su Hijo alguna vez, en los años de su predicación evangélica.

— Que asistió al sacrificio de su Hijo en la Cruz “Estaban junto a la cruz de Jesús, su madre...”, y que escuchó sus palabras: “Mujer, he ahí a tu hijo” (Jn 19,26-27); que en la tradición viva de la Iglesia han sido interpretadas como la declaración solemne de su maternidad espiritual sobre los hombres.

— Que perseveró en oración con los apóstoles, las piadosas mujeres y los familiares de Jesús, esperando e implorando con sus ruegos la venida del Espíritu Santo en Pentecostés.

 

 2 EL MISTERIO DE LA ENCARNACIÓN

 

De este misterio  nos hablan Mateo y Lucas en dos redacciones sustancialmente idénticas pero a la vez complementarias. Si se atiende al orden cronológico de los acontecimientos narrados se tendría que comenzar por Lucas; pero si buscamos la explicación formal de la concepción y del nacimiento de Jesús es más oportuno tomar como punto de partida el texto de Mateo, en el cual se da la explicación formal de la concepción y del nacimiento de Jesús (quizá en relación con las primeras habladurías que circulaban en los ambientes judíos hostiles).

El Evangelista escribe: “La generación de Jesucristo fue de esta manera: Su madre, María, estaba desposada con José, y antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo” (Mt 1,18). El Evangelista añade que a José le informó de este hecho un mensajero divino: “El Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: <José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo” (Mt 1,20). La intención de Mateo es, por tanto, afirmar de modo inequívoco el orden divino de ese hecho, que él atribuye a la intervención del Espíritu Santo.

A su vez, el texto de Lucas nos ofrece una precisión sobre el momento y el modo en el que la maternidad virginal de María tuvo origen por obra del Espíritu Santo (cf. Lc 1,26-38). He aquí las palabras del mensajero, que narra Lucas: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios” (Lc 1,35). Vemos cómo Lucas afirma la venida del Espíritu Santo sobre María, cuando se convierte en la Madre del Mesías. Resalta así al mismo tiempo el papel de la Mujer en la Encarnación y el vínculo entre la Mujer y el Espíritu Santo en la venida de Cristo.

Vemos, pues, cómo en la narración de la concepción y nacimiento de Jesús, por parte de ambos evangelistas, como nos es revelado en el Nuevo Testamento, la verdad sobre Cristo y la verdad sobre el Espíritu Santo constituyen el único misterio, como hecho histórico y biográfico, cargado de recóndita verdad, que reconocemos en la profesión de la fe en Cristo, eterno Hijo de Dios, “nacido de María” «por obra del Espíritu Santo».

Este misterio aflora en la narración que el evangelista Lucas dedica a la anunciación de María, como acontecimiento que tuvo lugar en el contexto de una profunda y sublime relación personal entre Dios y María; se puede decir que Dios realiza una unión y una presencia especial y privilegiada en María; es un misterio que se vislumbra cuando se considera la encarnación en su plenitud, en la concepción y en el nacimiento de Jesucristo, de quien sólo Él es el Padre.

 

 3.  LA ANUNCIACIÓN: INICIO DE LA HISTORIA DE MARÍA EN EL EVANGELIO

 

«El Padre de las Misericordias quiso que precediera a la encarnación la aceptación de parte de la Madre predestinada, para que así como la mujer contribuyó a la muerte, así también contribuyera a la vida, Lo cual vale en forma eminente de la Madre de Jesús, que difundió en el mundo la vida misma que renueva todas las cosas» (LG 56)

 

3. 1. EL EVANGELIO DE LA ANUNCIACIÓN

 

“En el mes sexto fue enviado el ángel Gabriel de parte de Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón de nombre José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y presentándose a ella, le dijo: Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo. Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquel. El ángel le dijo: No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin. Y María dijo al ángel: ¿Cómo será eso, pues no conozco varón? El ángel le contestó: El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible. María contestó: Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra. Y la dejó el ángel”(Lc 1,28-38).

            Dejo esta narración a la mirada y contemplación de cada uno, y yo mismo quiero acallar mi pobre palabra, pues:

            -- Es uno de los diálogos más bellos de toda la Sagrada Escritura.

            -- Dios habla con la mujer más santa y más prodigiosa de toda la historia.

            -- Dios trae una Palabra de salvación y María dice un «sí» de acogida.

            -- Dios quiere venir a los suyos y María le prepara una digna morada.

            -- El Espíritu Santo la cubre con su sombra y María le da su carne y acoge con todo su corazón al hijo del Altísimo.

            -- En el seno de María (en la anunciación) comienza el Nuevo Testamento o la Nueva Alianza de Dios con el hombre.

            -- En este diálogo sucede el momento más solemne entre el tiempo y la eternidad.

            -- Toda la creación, que ha sido preparada para este acontecimiento, ha sido renovada sustancialmente en el gran momento de la encarnación.

            -- En la encarnación, Dios se ha hecho cercanía, misericordia y salvación para el hombre.

            Adora estremecido el inefable amor de Dios al hombre, cuyo misterio se realiza en el seno entrañable de una joven madre, María.

 

 

3.  2.  EL MARCO DE LA ANUNCIACIÓN

 

            Lo leí siendo seminarista teólogo. Yo no digo que nadie lo haya descrito mejor, más bellamente. Sinceramente a mí esta narración de la escena de la Anunciación me impresionó y me aprendí de memoria muchos párrafos, que luego repito al hablar de la Anunciación de la Virgen o en otras ocasiones. Lo podréis comprobar luego en algunas de mis homilías y meditaciones Marianas que pondré como última parte del libro. Ya consta en algunos párrafos de mi sermón de la novena de la Inmaculada predicado en el Seminario 1959. Y, como al hablar del marco y la escena de la Anunciación de la Virgen, no lo sabría hacer mejor, no lo intento siquiera, y así lo expongo ahora en este libro. Lo que importa es admirar la belleza  y la emoción de la Virgen. El texto es de José María Cabodevilla:

 

 

« La Anunciación

 

Aquí comienza la historia histórica de Nuestra Señora. La que se puede contar sencillamente, sin imaginación. Ahora empieza, cuando empieza la historia del Verbo, cuando el Verbo se sumerge en la historia, en el torrente de la historia, mensurable porque hay en las márgenes árboles, hay mojones, hay puntos de referencia. La vida anterior—una palabra de cronología que se hace milagrosamente posible—de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad no era historia, no era agua en movimiento, sino océano infinito y quieto, pura eternidad. Ya está el agua en marcha, hasta que desemboque nuevamente en la mar, hasta la Ascensión. O mejor, tal vez, hasta el fin de los tiempos, hasta que se acabe la historia de los cristianos, hasta que el Cristo total termine de ser adolescente y se haga adulto, cuando todo haya sido recapitulado y ofrecido al Padre: Ya el tiempo no existirá (cf. Ap 10,6).

            Este contacto de Dios con la historia la divide en dos partes: lo sucedido «antes del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo», mera víspera y expectación, y los tiempos posteriores, del año uno en adelante, calificados simplemente por su actitud de aceptación o repulsa al hecho de la encarnación de Dios.

            Ahora, cuando ha dado fin el prólogo, el Antiguo Testamento, la ilusión de María de que Dios descendiera al mundo y su humildad preparatoria de signo idéntico a la humildad de todas las almas puras, es cuando comienza el Nuevo Testamento, la maternidad de María y su humildad correspondiente, en tan misteriosa como necesaria compatibilidad, y de signo tan distinto a la humildad del resto de los hombres.

            Precisamente ahora, cuando el Hijo de Dios se encarna. Ya el destino de la Virgen entra en la fase de su realización y justificación, dibujándose sobre el destino de su Hijo. En función de Él. Como cinco días de creación, resumidos en la común y esencial expectación del sexto, cuando llega el hombre y ya la luz puede ser vista y escuchada la música de los vientos y todo empieza a tener objeto, nombre y finalidad concreta.

            La Virgen estaba orando. Adorando al Padre “en espíritu y en verdad”. Estrenando ese estilo de oración que no precisa ser realizada en el templo de Jerusalén ni en el monte Garizim, sino que puede efectuarse en cualquier parte, porque en todo lugar está Dios y a toda hora subsiste la obligación de orar.

            La Virgen, pues, estaba orando. Orando mientras hacía cualquier otra cosa o, sencillamente, orando sin hacer nada más que orar, el cuerpo tan extático como el alma. Esto es lo de menos. El cronista, San Lucas, no especifica. El arte, sin embargo, de todos los tiempos, nos ha habituado a figurárnosla en reposo y entornada, sumida en estricta oración.

            De rodillas, porque adoraba al Señor profundamente. Sentada, porque no estaba bien que el Ángel hablase a su Señora de pie mientras Ella estaba arrodillada. Algunos autores le ponen un libro miniado entre las manos, anticipando en muchos siglos una caligrafía legible y exquisita. Hay quien se somete con tierna fidelidad a los datos arqueológicos y quien finge, al otro lado de la ventana labrada, unos minuciosos cielos flamencos sobre fondo de ciudad blanca, recogida, malva. San José pasa distraído, a lo lejos, pensando en la virginidad de su mujer como en una esterilidad muy grata a los ojos de Dios. Hay quien hace arrodillarse, en círculo devoto y vanidoso, a los regidores, comendadores, a sus protectores y amigos. Santa María es holandesa, negra, japonesa, y sus tocados acreditan las mejores firmas de la época. Unos y otros, en unanimidad sugerida por el símbolo, universal, añaden una azucena fresquísima en buena vasija. A estas horas, en el cielo, la Virgen le confiesa a Fray Angélico que sus Anunciaciones son bastante buenas.

            El diálogo sostenido entre la doncella y el Ángel es un tejido hecho de espuma. La castidad y la sumisión a los designios de Dios celebran, al fin, un pacto increíble, apoyado en el milagro. Ni Dios ni María han perdido nada, nadie ha perjudicado a nadie, todo ha sido favor y ganancia, todo tan sencillo y suave. San Gabriel, excelentísimo nuncio de Dios cerca de Santa María, ha desempeñado su papel con éxito. El Verbo se hizo carne. No sabemos si en ese momento se aceleró la floración en los huertos de Nazareth, no lo sabemos. Seguramente los hombres que estaban arando en los campos vecinos                    --Melchisua, Ner, Abner, Edom-- no se enteraron de nada, pero medio cielo se desplazó a la tierra.

            Ave, ave. Ave. En ciento cincuenta lenguas está esculpida el avemaría en las paredes de la iglesia de Rafat, allí mismo, a veinticinco kilómetros de Jerusalén. Ave, Señora.

            Ella, después, continuó orando. Inaugurando un modo de oración que no es lo mismo hacerla en cualquier parte, porque sólo en algunos sitios está Dios singularmente presente: en Nazareth, por ejemplo, en las entrañas de la Virgen María. O en esa iglesia que está frente a tu casa, ahí. Es mejor que bajes, entres, y verás qué presente está ahí el Señor y qué necesario te resulta tomar, al entrar, el agua bendita. Empieza a rezar. ¿Difícil? No. Di: «En fin, me dicen que venga porque Tú estás aquí; francamente, lo creo».

            Pero no pienses que sólo ahí puedes hacer oración. Aunque el ser sacramental de Cristo resida únicamente en el sagrario, aunque tengas, de vez en cuando, cada cierto número de días o de horas, que acudir a la iglesia, no se te ocurra pensar que Dios no oye tu oración durante el resto del día o de la semana. Él está presente también en todas partes, y a todas horas tienes tú obligación de orar. Sine intermissione.

Exactamente como Nuestra Señora. Antes estaba orando y después continuó orando, sin que la conversación mantenida con el Ángel interrumpiese lo más mínimo su oración.

            Sine intermissione orate (1 Thes. 5,17). Que nuestra oración no sea interrumpida jamás ni por el trabajo, ni por los amigos, ni por la ira, ni por el sueño, ni por el amor, ni por el pecado siquiera. Es obligatorio orar siempre. Porque es posible orar en todo momento. La oración es la respiración del alma» (J. M. CABODEVILLA, Señora Nuestra, el misterio del hombre a la luz del misterio de María, BAC Madrid, págs 91-93).

 

 

 

 

3. 3. TEOLOGÍA DE LA ANUNCIACIÓN: LA   MARIOLOGÍA

          

            El capítulo VIII de la Constitución «Lumen Gentium» apunta hacia una mariología integrada en todo el contexto del dogma. Ya no es posible una mariología aislada; al contrario, integrando el puesto de María en la historia de la salvación, resalta su misión en la economía salvífica del Hijo desde el momento mismo de la Anunciación de su venida.

La ausencia de datos bíblicos acerca de María nos obliga a buscar un principio mariológico del que podamos, a modo de conclusiones, elaborar un estudio sistemático. Dado que la participación en la humanidad del Cristo histórico y la cooperación en la humanidad del Cristo místico constituyen una unidad, resulta como expresión del principio mariológico básico: «María es quien ha recibido la máxima participación en la humanidad de Cristo». Sin entenderlo en un sentido meramente físico, sino en la línea: “María llena de gracia”.

Concebida la maternidad como la suprema participación redentora en Cristo, la plenitud de gracia resulta ser consecuencia de aquella como su fruto interior. Al ser la maternidad tanto el principio activo, trajo al Redentor, como el pasivo, acogió al Redentor de la Redención, carecería de sentido que Dios no hubiese dado a María la más íntima participación en la humanidad de Cristo: la plenitud de gracia. Los efectos de esta plenitud se irán sucediendo temporalmente; el primero de ellos es su concepción inmaculada.

Siendo la maternidad de María el principio fundamental, el momento en el que se hace Madre Dios, la Anunciación, es el acontecimiento central de su vida y de su misión. El problema que ahora nos planteamos es éste: ¿qué es María como Madre de Cristo en la historia de la salvación?

La Anunciaciónno parece estar condicionada a la aceptación o no aceptación por parte de María: el ángel anuncia un decreto de Dios que se cumplirá, pues la voluntad de Dios no deja de cumplirse por la oposición de los hombres (cf. Gn 18, 10-15; Lc 1,20; Rm. 11, 1-32). Pero en la encarnación de Cristo, la humanidad debía colaborar fiel y maternalmente, y la negación por parte de María sería imposible en el marco de su libertad humana, pues por designio de Dios era la “llena de gracia, kejaritoméne”.

La respuesta de María es un acto de fe perfecta y total, por el que acepta y se entrega sin reservas a la acción divina, y tiene dimensión de universalidad (su «sí», dice Santo Tomás, fue «loco totius humanae criaturae»), en virtud de la ley de representatividad, fundamental en toda la historia de salvación.

La estructura de Redención (revelación-fe) es para cada hombre igual, pero en una ocasión este proceso no sólo significa la integración de una persona concreta a Cristo, sino que, por ser la encarnación del Hijo de Dios mismo, fundamento de toda gracia, la respuesta creyente de María fue la base y el prototipo de toda redención individual.

También explica esto la ley del Cuerpo de Cristo: «toda gracia de los miembros es una gracia de Cristo, Cabeza de todos, por tanto, la gracia de un miembro no pertenece ya a él más que a los restantes, puesto que Cristo es la gracia capital de todos». Así, la gracia maternal de María no es una gracia capital secundaria, sino que forma parte de la gracia de los miembros.

En la Anunciación se le dijo a María que sería Madre del Mesías, su “fiat” lleva consigo todo un plan de vida consiguiente. La actitud que mantendrá junto a la cruz no será más que la disponibilidad para ser madre; por eso, la Anunciación es el acontecimiento central en la vida de María, a partir del cual, hacia adelante y hacia atrás, puede explicarse todo.

            Dada la situación concreta de nuestra fe y de nuestra teología, el hecho de afirmar que María ha resucitado, ya la coloca en un nivel cualitativamente distinto de los demás redimidos. Con su glorificación el papel de María se «eterniza» en la Iglesia de la misma manera que Cristo continúa en ella su vida, su muerte y su resurrección. Su glorificación corporal es un signo de que la escatología ya ha comenzado, que la resurrección de la cabeza lleva consigo la de todo el cuerpo.

El papel de María en la obra de redención se basa esencialmente en su maternidad divina. El carácter de colaboradora con su proyección esencial y profunda sobre la Iglesia lo recibe en la «hora»de la cruz a través de las palabras de Jesús como extensión de su maternidad; y esta extensión se debe más a su maternidad divina que a su compasión, si bien ésta significa que desde un punto de vista subjetivo María realizó plenamente su misión.

La analogía e imágenes de «intercesora, mediadora de todas las gracias...» no son si no la expresión en el tiempo y fuera del tiempo de esa realidad que, en un momento histórico concreto, se nos hizo tangible: que María como sierva en la fe dio a luz un Hijo, que es el Redentor de todos.

 

3. 4. SERMÓN DE LA ANUNCIACIÓN                                           

 

            Así consta en unas cuartillas ya oscuras que tengo escritas con pluma y tinta de las de antes, nada de máquinas, ni siquiera bolígrafos, y menos ordenadores que entonces no existían; y así lo quiero titular también hoy: Sermón de la Anunciación. En letra muy pequeña porque había que ahorrar y porque jamás había que leer en la predicación, todo de memoria, aunque durase una hora.

            Y como siempre, lo primero que escribía en el comienzo, arriba del todo de la cuartilla, en la parte izquierda: VSTeV, que significa Ven, Santa Trinidad y María... a inspirarme y hacer esta homilía. Así hasta hoy, cuando escribo a mano.

            Fue predicado en abril de 1960 porque así consta en una cita del mismo sermón; igualmente consta que fue en el Santuario del Puerto y siendo en esa fecha, quiere decir que fue durante la Novena, que es ordinariamente en abril; me huele, por la introducción que alguna vez lo prediqué ante el Señor Expuesto, porque empiezo saludándole y en su nombre; pero no la primera vez, porque esta introducción dirigida al Señor está en tinta distinta, más negra, y en letras introducidas entre el título: Sermón de la Anunciación y el Queridos hermanos con que ordinariamente empiezo mis homilías..

            Lo prediqué, por tanto,  dos meses antes de ser ordenado sacerdote el 10 de junio 1960, clave secreta de todas mis tarjetas, cartillas y demás instrumentos, porque así no se me olvida. De paso os doy la clave por si queréis sacar algún dinero extra de los cajeros o entrar en los secretos de mi ordenador... etc. ¡le tengo tanto cariño a esta fecha!

            Como ya dije, al hablar de Cabodevilla, en mis primeros sermones y homilías, yo no le olvidaba y tengo algunas frases tomadas de él. Podía suplantarlas por otras posteriores ya elaboradas por mí, pero no quiero que pierda nada de su autenticidad y frescura. Así que ahí va el Sermón, tal cual fue escrito, y predicado: ¡Oh feliz memoria mía que era capaz de recitar durante una hora los textos aprendidos o simplemente leídos! ¿Dónde estás ahora que no te encuentro? ¡Cuánto te echo de menos! Ahora me digo: que no se me olviden estas tres palabras, son la clave de las tres ideas principales de la homilía... y se evaporan; así que ahora estas tres o cuatro palabras las tengo que poner delante ordinariamente, aunque luego no las mire; pero por si acaso... me dan seguridad.

                    

            QUERIDOS HERMANOS:

 

            «En tu nombre, Señor, y en tu presencia, quisiera con tu favor y ayudado de tu divina gracia, hablar esta tarde a tus hermanos y mis hermanos, los hijos de nuestra madre común, madre tuya y nuestra, la madre del Puerto. Ayer la veíamos en la mente de Dios, casi infinita, casi divina. Hoy la vamos a ver ya joven nazarena, de catorce años, estando en oración y visitada por el ángel Gabriel.

            Queridos hermanos, empiezo diciéndoos que la Virgen María es la criatura más perfecta salida de las manos de Dios. Es tan buena, tan sencilla, tan delicada, tan prodigiosamente humilde y pura, que se la quiere sin querer.

            Su paso por el mundo apenas fue notado por sus contemporáneos. La infancia de la Virgen nos es desconocida en los Evangelios. La vida histórica de Nuestra Señora comienza en la Anunciación. En ella empieza también la historia humana del Hijo de Dios  por su Encarnación en el seno de la Madre y hasta entonces océano infinito y quieto en la pura eternidad de Dios.

            En la Anunciación, el Torrente divino del Verbo de la Vida y de la Verdad, desde el Misterio de Dios Uno y Trino, baja y fluye hasta nosotros en torrente de aguas infinitas y llega hasta nosotros por este canal maravilloso que se llama y es María.

            Por ella llega a esta tierra seca y árida por los pecados de los hombres, para vivir y escribir con nosotros su historia, esa historia que se puede contar porque está limitada por las márgenes del espacio y del tiempo, por los mojones de los lugares y fechas por los que fue deslizando su bienhechora presencia e historia de la salvación. Y esa historia que se puede contar empieza en María, con María.

            Fijaos qué coincidencia, qué unión tan grande entre los dos, entre Jesús y María; entre el Hijo de Dios que va a encarnarse y la Virgen nazarena que ha sido elegida por Madre: los dos irrumpen de golpe y al mismo tiempo en el evangelio.

            Con un mismo hecho y unas mismas palabras se nos habla del Hijo y de la Madre. Tan unidos están estos dos seres en la mente de Dios que forman una sola idea, un solo proyecto, una misma realidad, y la palabra de Dios, al querer trazar los rasgos del uno, nos describe también los del otro, el semblante y la realidad del hijo que la hace madre.

            Todos habéis leído  y meditado muchas veces en el evangelio de San Lucas la Anunciación del Ángel a nuestra Señora. Es la Encarnación del Hijo de Dios. Es el primero de los misterios gozosos del santo rosario. Es aquella embajada que un día trajo el ángel Gabriel a una doncella de Nazaret.

            La escena, si queréis, podemos reproducirla así: La Virgen está orando. Adorando al Padre “en espíritu y verdad”. Estrenando ese estilo de oración que no necesita  ser realizada en el templo de Jerusalén, ni en el monte Garizím, sino que puede efectuarse en cualquier parte, porque en todo lugar está Dios y en todo momento y lugar podemos unirnos con Él mediante la oración.

            La Virgen, pues, estaba orando. Orando, mientas cosía, barría, fregaba o hacía cualquier cosa, o, sencillamente, orando sin hacer otra cosa más que orar. El cronista San Lucas no especifica. Dios puede comunicarse donde quiere y como quiere, pero de ordinario se comunica en la oración. Y la Encarnación es la comunicación más íntima y total que Dios ha tenido con su criatura; ha sido una comunicación única e intransferible.

            Por eso, el arte de todos los tiempos nos ha habituado a figurarnos a la hermosa nazarena, a la Virgen bella, en reposo y  entornada, sumida en profunda oración.

            Unas veces, de rodillas, porque la Virgen adoraba a Dios profundamente. Otras veces sentada, porque no estaba bien que el Ángel hablase a su Señora de pié, mientras Ella estaba arrodillada.

            El diálogo mantenido entre el ángel y aquella hermosa nazaretana, de tez morena, ojos azules, alma divina, es un tejido de espumas, trenzado de alabanzas y humildad, de piropos divinos y rubores de virgen bella y hermosa. El saludo que Gabriel dirige a María no puede ser más impresionante: “Xaire, kexaritomene, o Kúrios metá soü...Ave, gratia plena, Dominus tecum... Alégrate, la llena de gracia, el Señor está contigo...”

            “Salve”, en griego “Xaire”, alégrate, regocíjate, que era el saludo corriente entre los helenos. “La llena de gracia”, el ángel emplea este participio a modo de nombre propio, lo que aumenta la fuerza de su significado. La piedad y la teología cristianas han sacado de aquí todas las grandezas de María. Y con razón, pues “la llena de gracia” será la Madre de Dios.

            Mucha gracia tuvo el alma de María en el momento de su Concepción Inmaculada; más que todos los santos juntos. Si la gracia es el mayor don de Dios, con cuánta gracia engrandecería el Omnipotente a su elegida por madre. Y esa gracia se multiplicaba en ella cada instante con el ejercicio de todos sus actos siempre agradabilísimos al Dios Trino y Uno, a los ojos divinos, porque Ella nunca desagradó al Señor. Llena estuvo siempre y, sin embargo, crecía. Diríase que la capacidad del alma de María iba creciendo a medida que la gracia, la belleza y el amor de Dios  aumentaban en ella, para que en todos los momentos de su existencia el ángel del Señor pudiera saludarla y  pudiera llamarla: “kejaritoméne, gratia plena, llena de gracia”.

            “El Señor está contigo, o Kúrios metá soü, Dominus tecum”, prosigue el divino mensajero. Dios está en todas las almas que tienen la gracia santificante. Vive en ellas. Cuanto más gracia, más se adentra Dios en el alma, en su interioridad, en su ser y existir.

            Y como la Virgen estuvo siempre llena, como un vaso que rebosa siempre de agua o licor dulce y sabroso, resulta que Nuestra Madre del Puerto, más rebosante de gracia y dones divinos que todos los ángeles y santos juntos, tuvo siempre al Señor en su corazón; pero ahora al estar en su vientre, el Señor estaba con ella más íntimamente unido que podría estarlo jamás criatura alguna. “El Señor está contigo” porque Él te acompaña y acompañará en esta tarea que vais a realizar juntos, porque Él quiere hacerte madre y para eso su presencia es esencial e imprescindible.

            No tiene nada de particular que al ir preñada del Verbo divino, la prima Isabel, al verla en estado del Hijo de Dios, le dijera lo que le decimos todos sus hijos cuando rezamos el Ave María: “Eres bendita entre todas las mujeres”. Es ésta la alabanza que más puede halagar a una mujer. Porque sólo una podía ser la madre del Hijo de Dios. Y la elegida ha sido María. Por eso Ella es la “bendita entre todas las mujeres”.         Porque su belleza resplandece y sobresale sobre todas las otras, y atrae hacia sí todas las miradas del cielo y tierra, eclipsa todas las demás estrellas como el sol, para lucir Ella como la bendita, la bien dicha y pronunciada por Dios y por los hombres. “eres la predilecta de Dios entre todas las mujeres” vino a decirle el Ángel.

            Grandes mujeres habían existido en el Antiguo Testamento. Las escogidas por Dios para libertadoras de su pueblo: Débora, Judit, Esther. Grandes santas habían de existir  en la Iglesia católica. Todas muy queridas de Dios, pero incomparablemente más que todas ellas, María.

            El chaparrón de alabanza que de repente dejó caer el ángel  sobre aquella alma humildísima la debió dejar aturdida. Por eso dice el evangelio: “Al oír tales palabras, la Virgen se turbó y se puso a considerar qué significaría aquella salutación”. Advirtió el ángel que la humildad de la Virgen había quedado un poco sonrojada y se apresuró a explicar la razón de sus piropos, dirigiéndola otra alabanza: “no temas, María, porque ha hallado gracia en los ojos de Dios”. Tu humildad, tu pureza, todas tus virtudes han atraído hacia ti la mirada del Eterno y le has ganado el corazón. Tanto se lo has robado, que quiere tenerte por madre suya cuando baje del cielo a la tierra.

            La Virgen, durante toda su vida se había puesto con sencillez en las manos de Dios. El Señor Dios le inspira el voto de virginidad y lo hace. Ahora, en cambio, por medio del ángel le revela algo cuya realización destruye humanamente la virginidad y pregunta, porque lo acepta, cómo será eso, cómo y qué tiene que hacer.

            Sabe muy bien la Virgen que el pueblo de Israel y toda la humanidad está esperando siglos y siglos la venida de un libertador. Las Escrituras santas hablan continuamente. En el templo todos los días se hacen sacrificios y se elevan oraciones pidiendo su venida. La aspiración suprema de las mujeres israelitas es que pueda ser descendiente suyo.

            Pues bien, el ángel le anuncia ahora que ella es la elegida por Dios para ser la Madre del Mesías: “Concebirás y darás a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Este hijo tuyo será grande y será llamado el Hijo del Altísimo;  el señor Dios le dará el trono de su padre David y reinará en la casa de Jacob eternamente y su reino no tendrá fín”.

            El ángel pudo descubrir a María, desde el primer momento, el modo milagroso de obrarse la Encarnación; sin embargo, lo calla. Sólo la propone el hecho, pero no el modo. Por eso la Virgen no se precipita en contestar. Reflexiona, calla, medita en su corazón y espera.

            Está orando la Virgen. Qué candor, qué dulzura, ¿qué le preguntará a Dios, al mismo Dios  que le inspiró  la virginidad? Momento este sublime en que el cielo y la tierra están suspendidos, pendientes de los labios. Espera   en el aposento. Espera en el Cielo la Santísima Trinidad. Espera el Hijo para entrar en su seno, para tomar carne humana de la suya. Esperan en el Limbo las almas de los justos esa  palabra que les traerá al libertador y les abrirá las puertas del cielo. Esperan en la tierra todos los hombres aquel sí, que romperá las cadenas del pecado y de la muerte que les aprisiona. «Todo el mundo está esperando, virgen santa, vuestro sí; no detengáis más ahí, al mensajero dudando. Dad presto consentimiento; sabed que está tan contento, de vuestra persona Dios, que no demanda de vos sino vuestro consentimiento».     Esperan todos, en el cielo y en la tierra, y la Virgen, mientras tanto, reflexiona. Piensa que ha hecho a Dios voto de virginidad y para Ella esto es intocable, sagrado. A Ella el ángel no le ha dicho que le dispensa del voto. Si esa fuera la voluntad de Dios lo cumpliría aunque le costase; pero el ángel no le ha dicho nada y Dios no le ha dicho que le dispense. Por lo tanto, su deber es cumplir lo prometido. Si es necesario renunciar a ser madre de Dios, si es necesario que otra mujer tenga en sus brazos al Hijo de Dios hecho hombre, mucho le cuesta renunciar al Hijo amado, pero que lo sea; que sea otra la que contemple su rostro y escuche de sus labios de niño el dulce nombre de madre. Que sea otra mujer la que lleve sobre su frente la corona de Reina de los cielos y de la tierra...

            Pero no, no será así porque Dios la ha elegido a Ella, Ella es la preferida, “la bendita entre todas las mujeres”, marcada en su seno y  elegida por Dios desde toda la eternidad para ser la madre del Redentor, el Mesías Prometido, el Salvador del mundo y de todos los hombres.

            La Virgen ha meditado todas estas palabras del ángel y ahora ve claro que estas palabras del ángel son de Dios, es la última voluntad de Dios sobre su vida. Tan verdadero y evidente es este deseo de Dios, que se va a entregar totalmente a esta voluntad declarándose esclava, la que ya no quiere tener más voluntad y deseo que lo que Dios tiene sobre Ella.

            Cuando hizo el voto de virginidad perpetua, Dios se lo expresó a solas y en secreto, en el fondo del alma; para comunicarla ahora que ha sido elegida para ser la madre del Hijo,  recurre al portento y a lo milagroso para que la Virgen se cerciore de que este segundo deseo de Dios, aunque aparentemente, desde la visión puramente humana, destruya el primero, viene también de Él.

            Y la Virgen fiel a todo lo que sea voluntad de Dios, accede gustosamente, aunque tenga que renunciar a su don más querido. Ya sólo quiere saber lo que tiene que  hacer, quiere oír del ángel qué es lo que Ella tiene que hacer de su parte para que se realicen los planes de Dios “¿Cómo ha de ser esto, pues no conozco varón?” Y oye del ángel aquellas misteriosas palabras, en las que le anuncia el portento que Dios quiere realizar en Ella. “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el fruto santo que nacerá de ti, será llamado el Hijo de Dios”.

            Cuando la Virgen vio aclarada su pregunta y solucionada de un modo milagroso su dificultad, cuando ve que será madre y virgen ¿qué responde? A pesar de las alabanzas que el ángel le ha dirigido, a pesar de las grandezas que reconoce en sí,  sabe perfectamente que todo lo ha recibido de Dios, sabe que Ella no es más que una criatura, una esclava de Dios, que desea hacer en todos los momentos la voluntad de su Dios y Señor. Por  eso dice: “Ecce ancilla Domini, fiat mihi secundun verbum tuum... he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”.

            ¿Esclava, hermanos, la que está siendo ya la madre de Dios, la que ha sido elegida entre todas las mujeres para ser la Madre del Redentor, esclava la Señora del cielo y tierra, la reina de los ángeles, la que nos ha abierto a todos las puertas del cielo por su Hijo, la que nos ha librado a todos de la esclavitud del pecado y de la muerte, la que empieza a ser madre  del Todopoderoso, del Infinito?

            Recibido el consentimiento de la Virgen, el ángel se retira de su presencia y volvió a los cielos para comunicar el resultado de su embajada a la Santísima Trinidad. La Virginidad y la sumisión a los designios divinos celebran, al fin, un pacto imposible para los hombres, pero posible para Dios. Ni Dios ni María han perdido nada; nadie ha perjudicado a nadie, todo ha sido a favor y ganancia, todo tan sencillo y suave. La Virgen está preñada del Verbo por Amor y Gracia del Espíritu Santo.

            Ella después continuó orando. Inaugurando un estilo de oración que ya no es lo mismo hacerla en cualquier sitio, en cualquier lugar, porque sólo en un sitio ha estado Dios singularmente presente como en ningún otro: en Nazaret, por ejemplo, en las entrañas de una Virgen, y “el nombre de la Virgen es María”. “El Verbo  de Dios se hizo carne” Y empezó a habitar entre nosotros por medio de María. Dios empieza a ser hombre. Él que no necesita de nada y de nadie, empieza a necesitar de la respiración de la hermosa nazarena, de los latidos de su corazón para poder vivir. Qué milagro, qué maravilla, qué unión, qué beso, qué misterio, Dios necesitando de una virgen para vivir, qué cosa más inaudita, qué misterio de amor, amor loco y apasionado de un Dios que viene en busca de la criatura para buscar su amor, para abrirle las puertas de la amistad y  felicidad del mismo Dios Trino y Uno. Dios, ¿pero por qué te humillas tanto, por qué te abajas tanto, qué buscas en el hombre que Tú no tengas? ¿Qué le puede dar el hombre que Dios no tenga?

Queridos hermanos, qué será el hombre, qué encerrará  en su realidad para el mismo Dios que lo crea... qué seré yo, qué serás tú, y todos los hombres, pero qué será el hombre para Dios, que no le abandona ni caído y no le deja postrado en su muerte pecadora y viene en nuestra búsqueda para abrirnos las puertas de la eternidad. Yo creo que Dios se ha pasado con nosotros.  “Tanto amó Dios al hombre que entregó  a su propio Hijo”.

            “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”. El Creador empieza a ser hijo, se hace hijo de su criatura. No sabemos si en ese momento se aceleró la floración en los huertos de Nazaret, no lo sabemos. Seguramente los hombres que estaban arando en los alrededores y en los campos vecinos no se enteraron de nada, pero ya medio cielo se había desplazado a la tierra, y vivía dentro de María.

            Qué grande, qué inmensa, qué casi infinita hizo a su madre el Todopoderoso. Y cómo la amó, más que a todas. A su madre, que en ese momento empezó a ser también nuestra, porque ya en la misma encarnación  nos engendró místicamente a todos nosotros, porque era la madre de la gracia salvadora, del que nos engendraba por el bautismo como hijos de Dios. Luego ya en la cruz nos lo manifestaría  abiertamente: “Ahí tienes a tu madre, he ahí a tu hijo”.

            Qué gran madre tenemos, hermanos, qué plenitud y desbordamiento de gracia, hermosura y amor. Tan cargada está de cariño y ternura hacia nosotros sus hijos que se le caen de las manos sus caricias apenas nos insinuamos a Ella. La Virgen es hoy, en  abril del 1960, igual de  buena, de pura, igual de encantadora que cuando la visitó el ángel en Nazaret. Mejor dicho, es mucho más que entonces porque estuvo creciendo siempre hasta su muerte en todas sus perfecciones. Es casi infinita.

            María es verdad, existe ahora de verdad, y se la puede hablar, tocar sentir. María no es una madre simbólica, estática, algo que fue pero que ya no obra y ama. Ella en estos momentos,  ahora mismo nos está viendo y amando desde el cielo, está contenta de sus hijos que han venido a honrarla en su propia casa y santuario; y desde el Cielo, desde este Santuario, vive inclinada sobre todos sus hijos de Plasencia, del mundo, más madre que nunca.

            Ella es nuestro sol que nos alumbra en el camino de la vida venciendo todas las oscuridades, todas las faltas de fe, de sentido de la vida, de por qué vivo y para qué vivo; ella es nuestra Reina, nuestra dulce tirana. Acerquémonos  confiadamente a esta madre poderosa que tanto nos quiere. Pidámosla lo que queremos y como se nos ocurra, con la esperanza cierta de que lo conseguiremos.

            Necesitamos, madre, tu espíritu de oración para que Dios se nos comunique a nosotros como se te comunicó a ti en Nazaret. Necesitamos esa oración tuya continua e incesante, esa unión con Dios permanente que nos haga encontrarte en todas las cosas, especialmente en el trato con los demás. Necesitamos, Madre, meditar en nuestro corazón como tú lo hacías; necesitamos, madre, esa unión permanente de amor con Dios, mientras cosías o barrías o hacías los humildes oficios de tu casa. Queremos esa oración tuya que te daba tanta firmeza de voluntad y carácter que te hacía estar dispuesta a renunciar a todo por cumplir la voluntad de Dios, por cumplir lo que tú creías que era la voluntad de Dios. Tú siempre estabas orando. Orando te sorprendió el ángel y orando seguiste cuando te dejó extasiada, arrullando y adorando al niño que nacía en tus entrañas.

            Madre santa del Puerto, enséñanos a orar, enséñanos el modo de estar unidos  con Dios siempre en todo momento y lugar: «Desde niño su nombre bendito, de mi madre en el seno aprendí, ella alienta mi alma y mi vida,  nunca madre mejor conocí. Placentinos… >>.

 

 

 

 

CAPÍTULO SEGUNDO

 

MARÍA EN LA TRADICIÓN DE LA IGLESIA: LOS PADRES

 

            En la Instrucción sobre los Padres de la Iglesia en la formación sacerdotal, 30-noviembre-1989, de la Congregación para la enseñanza Católica, se daban tres razones fundamentales:

            a) Los Padres son testigos privilegiados de la Tradición de la Iglesia, porque nos transmiten, con sus comentarios y escritos, la doctrina viva del Evangelio de Cristo;

            b) nos la trasmiten  sin interrupción desde los Apóstoles a través de un método teológico seguro que es la «traditio»: el “hemos recibido”, que los convierte en testigos e intérpretes excepcionales de la Sagrada Escritura;

            c) los escritos de los Padres ofrecen una riqueza cultural y apostólica y espiritual, que hace de ellos los grandes maestros, a veces, incluso de su cultura patria y, siempre, de la Iglesia de ayer, de hoy y de siempre.

            «Si quisiéramos resumir las razones que inducen a estudiar las obras de los Padres, podríamos decir que ellos fueron, después de los Apóstoles, como dijo justamente San Agustín, los sembradores, los regadores, los constructores, los pastores y los alimentadores de la Iglesia, que pudo crecer gracias a su acción vigilante e incansable. Para que la Iglesia continúe creciendo es indispensable conocer a fondo su doctrina y su obra, que se distingue por ser al mismo tiempo pastoral y teológica, catequética y cultural, espiritual y social en un modo excelente y, se puede decir, única con respecto a cuanto ha sucedido en otras épocas de la historia. Es justamente esta unidad orgánica de los varios aspectos de la vida y misión de la Iglesia lo que hace a los Padres tan actuales y fecundos incluso para nosotros».

 

2. 1. EL ESPÍRITU SANTO Y MARÍA

 

El Espíritu prepara y lleva a término la misión de Cristo. Y María entra de lleno en este proyecto, porque ha sido elegida como su madre. Lucas, en efecto, muestra cómo el Espíritu desciende sobre María, y con el poder de su sombra se realiza en su seno el nacimiento de un hijo que será llamado Jesús y será el Hijo del Altísimo (Lc 1,31.35).

Casi todos los Padres de la Iglesia destacarán la intervención de la tercera persona de la Trinidad en la encarnación del Verbo y pondrán de relieve el descenso del Espíritu Santo sobre la Virgen. Las llamas que prendieron en la zarza del Sinaí, sin abrasarla, serán consideradas en la antigua tradición de la Iglesia como un símbolo del fuego del Espíritu divino, que permanece siempre encendido en María, virgen perpetua y verdadera madre de Dios.

El poder del Altísimo dispuso a la Virgen para que en Ella se realizara el gran misterio de la encarnación: «El Espíritu Santo, viniendo de lo alto, santificó las entrañas de la Virgen y, alentando sobre ella, pues él sopla donde quiere, entró en contacto con nuestra carne humana. Con su fuerza y poder actuó en una naturaleza distinta de la suya; y para que no hubiera obstáculo alguno por razón de la debilidad propia del cuerpo humano, el poder del Altísimo cubrió con su sombra a la Virgen, a fin de que la limitación humana que en ella había se fortaleciera con la sombra que la iba a envolver. De este modo, la sombra proyectada por el poder divino conseguía adaptar la condición de la sustancia corporal a la acción fecundante del Espíritu Santo que descendió sobre la Virgen. En todo ello se manifiesta la dignidad de esta concepción (HILARIO DE POITIERS, De la Trinidad, 2, 26: PL 10, 67-68).

 

En María, por obra del Espíritu Santo, se edifica aquel templo santo en el cual establece su morada el Verbo de Dios hecho carne: «Me atrevería a decir que el templo mismo del Señor, a saber, el cuerpo que tomó de la Virgen, fue ciertamente plasmado por el mismo Espíritu, como dijo el ángel Gabriel a María: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra, por tanto lo que nacerá de ti procede del Espíritu Santo” (Lc 1, 35; Mt 1, 20). He aquí que el mismo templo en el que habitó el Señor el Verbo, fue santificado por el Espíritu (NICETAS DE REMISIANA, El Espíritu Santo, 5: BPa 16, 64-65).

 

Gabriel fue el mensajero; el Espíritu Santo, en cambio, realizó el misterio de la concepción virginal: «Este mismo Espíritu Santo es el que vino sobre la Santa Virgen María. Pues ya que Cristo era el Unigénito e iba a ser engendrado, 1a virtud del Altísimo la cubrió con su sombra y el Espíritu Santo vino sobre ella (cf. Lc 1, 35) y la santificó para que pudiera recibir a aquél por cuyo medio fueron hechas todas las cosas (Jn 1, 3). No necesito de muchas palabras para que comprendas que la generación fue inmaculada e intacta, pues ya lo sabes. Gabriel es quien le dice: Yo soy mensajero de lo que se va a hacer, no un cooperador. Porque aunque soy arcángel, conozco mi función. Lo que te anuncio es que te alegres; cómo hayas de dar a luz no depende de una gracia mía. El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra, por ello lo santo engendrado se llamará Hijo de Dios (Lc 1, 35) (CIRILO DE JERUSALÉN, Catequesis XVII, 6, BPa 11, 71-72).

 

Jesús nació del Espíritu Santo y de la Virgen María: «Por su santa concepción en el seno de una virgen, efectuada no por el ardor de la concupiscencia carnal, sino por el fervor de la caridad y de la fe, se dice que Jesús nació del Espíritu Santo y de la Virgen María, correspondiendo el primer término no al engendrador, sino al santificador, y el segundo, a quien lo concibió y alumbró. Por eso, dijo, “lo que nazca de ti será santo y será llamado hijo de Dios” (Lc 1, 42). “Santo” porque “del Espíritu Santo”; puesto que “nacerá de ti”, por eso «de la virgen María». Es “hijo de Dios”; en consecuencia, “la Palabra se hizo carne” (Jn 1, 14) (SAN AGUSTÍN, Sermón 214, 6: BAC 447,170)

 

Sirviéndose de la imagen simbólica de un telar, es presentado el misterio de la encarnación: «María es sagrado y misterioso telar de la encarnación, en el cual de un modo inefable fue tejida la túnica de la unión, de la cual fue tejedor el Espíritu Santo, la hilandera fue la potencia que extendió su sombra desde lo alto, la lana fue el antiguo vellón de Adán, la trama fue la carne incontaminada de la Virgen, la lanzadera fue la inmensa gracia de Aquel que asumió nuestra naturaleza y, finalmente, el artífice fue el Verbo o Palabra de Dios que realizó su ingreso a través del oído (PROCLO DE CONSTANTINOPLA, Homilía 1ª sobre la Madre de Dios: PG 654,682).

 

María no puede dejar de difundir la gracia del Espíritu Santo: «No puede, sin embargo, María estar callada, antes bien, con las palabras que pronuncia ofrece una pregustación y una primicia del Espíritu Santo que ha descendido sobre ella. Porque el Espíritu a un mismo tiempo y en un mismo lugar actuó en las dos mujeres, o sea, tanto en la estéril como en la virgen. La estéril, porque había concebido al precursor, toma la delantera y proclama bienaventurada a la Madre de Dios; la Virgen, en cambio, va a la zaga de ella, porque ha concebido al que es proclamado. Escuchemos, pues, lo que dice esta Virgen, que no tiene precedentes, y oigamos cuáles son sus palabras. Como ella, en efecto, es virgen y madre, cosa que supera la naturaleza, pone de manifiesto su condición de profetisa y de iniciada en los divinos misterios. Dice, pues: Proclama mi alma la grandeza del Señor (Lc 1, 46) (TITO DE BOSTRA, Comentario al Evangelio de S. Lucas: CMP II, n° 827).

 

Por eso, es este Espíritu, el que en la visitación de María a su prima hará saltar de gozo al niño Juan en el seno de ésta, llenará a Isabel y le hará reconocer a María como bendita entre las mujeres y la Madre del Señor (Lc 1,42); es sin duda también el que inspira en María el cántico profético del Magnificat (Lc 1,46-56). María, la llena de gracia, está llena del Espíritu Santo, que es quien comunica la vida trinitaria. Esta es la raíz de la santidad de María, la Toda-santa, la Inmaculada, la Asunta al cielo. El Vaticano II le llama «sagrario del Espíritu Santo» (LG 53), y Juan Damasceno escribe: «El Padre la ha predestinado, la virtud santificante del Espíritu Santo la ha visitado, purificado, hecho santa y, por así decir, empapada de Él» (Homilías de la Dormición 1, 3).

María, reunida con los apóstoles en el cenáculo, invoca al Padre, como en una gran epíclesis, pidiéndole que descienda el Espíritu sobre la Iglesia naciente, aquel mismo Espíritu que en la anunciación ya la había cubierto con su sombra (LG 59).

Para los Padres orientales la finalidad última de la Encarnación es la comunicación del Espíritu a la humanidad, llegando a afirmar que Jesús es el Gran Precursor del Espíritu: «El Verbo ha asumido la carne para que nosotros pudiéramos recibir el Espíritu Santo; Dios le ha hecho portador de la carne para que nosotros pudiéramos recibir el Espíritu» (SAN ATANASIO, Discurso sobre la encarnación del  Verbo, 8).

 

            «Esta es la finalidad y destino de toda la obra de nuestra salvación realizada por Cristo: que los creyentes recibieran el Espíritu Santo» (SIMEÓN EL NUEVO TEÓLOGO, Catequesis VI).

 

 

2. 2. EL ESPÍRITU EN LA CONCEPCIÓN DE JESÚS

 

“Alégrate, llena de gracia”

 

«María, la Santísima Madre de Dios, la siempre Virgen, es la obra maestra de la Misión del Hijo y del Espíritu Santo en la Plenitud de los tiempos. Por ello, los más bellos textos sobre la sabiduría, la tradición de la Iglesia los ha entendido frecuentemente con relación a María (cf. Pr 8, 1-9, 6; Si 24): María es cantada y representada en la Liturgia como el trono de la “Sabiduría”. Así lo tengo desarrollado en mi homilía sobre la predestinación de María.

En ella comienzan a manifestarse las “maravillas de Dios”, que el Espíritu va a realizar en Cristo y en la Iglesia: El Espíritu Santo preparó a María con su gracia. Convenía que fuese “llena de gracia” la madre de Aquel en quien “reside toda la plenitud de la divinidad corporalmente” (Col 2, 9). Ella fue concebida sin pecado, por pura gracia, como la más humilde de todas las criaturas, la más capaz de acoger el don inefable del Omnipotente. Con justa razón, el ángel Gabriel la saluda como la “Hija de Sión”: “Alégrate” (cf. So 3, 14; Za 2, 14). Cuando ella lleva en sí al Hijo eterno, es la acción de gracias de todo el Pueblo de Dios, y por tanto de la Iglesia, esa acción de gracias que ella eleva en su cántico al Padre en el Espíritu Santo» (cf. Lc 1, 46-55) (CEC 721-722).

Jesús, concebido por el Espíritu Santo es Hijo de Dios y está habitado por el Espíritu de Dios desde el origen de su vida. Jesús es Emmanuel, Dios con nosotros, porque es concebido por el Espíritu Santo:

“La generación de Jesucristo fue de esta manera: Su madre, María, estaba desposada con José y, antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo”(Mt 1, 18.20).

“El ángel dijo a María: El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios”(Lc 1, 35).

Como dice San Cirilo:

«Este mismo Espíritu Santo es el que vino sobre la Santa Virgen María. Pues ya que Cristo era el Unigénito e iba a ser engendrado, la virtud del Altísimo la cubrió con su sombra y el Espíritu Santo vino sobre ella (Lc 1, 35) y la santificó para que pudiera recibir a aquel por cuyo medio fueron hechas todas las cosas» (Jn 1, 3)» (SAN CIRILO DE JERUSALÉN, Cat. XVII, 6).

Se trata de una generación virginal. Jesús nace de una mujer, es decir, de una virgen. San Cirilo explica a los catecúmenos cómo es posible una generación sin varón, sólo de María como elemento humano y del Espíritu divino que la santificó, siendo con todo una verdadera generación, de la Virgen verdaderamente, y no en apariencia. San Cirilo lo ilustra bellamente recurriendo a la procedencia de Eva a partir de Adán: «¿De quién fue engendrada Eva al principio? ¿Qué madre concibió a la sin madre? Dice la Escritura que fue hecha del costado de Adán (Gn 2, 22). Pues si Eva nació del costado del varón sin contar con una madre, de un vientre virginal ¿no podrá nacer un niño sin consorcio de varón? Por parte de la descendencia femenina se debía a los hombres la gracia, pues Eva había nacido de Adán, sin ser concebida de una madre sino como dada a luz de sólo un varón. María, pues, devolvió la deuda de la gracia, al engendrar (al segundo Adán) no por obra de varón sino de ella sola virginalmente, del Espíritu Santo con la fuerza de Dios» (SAN CIRILO DE JERUSALÉN, Cat. XII 29).

«María devuelve agradecida a Adán la deuda que con él había contraído la mujer. Pero, distintamente de Eva, por cuyo medio nos vino la muerte, no es por medio de la Virgen, como si fuera a través de un canal (Cat. IV 9), sino de ella como nos viene la vida (Ib. XII 15).

«En María el Espíritu Santo realiza el designio benevolente del Padre. La Virgen concibe y da a luz al Hijo de Dios con y por medio del Espíritu Santo. Su virginidad se convierte en fecundidad única por medio del poder del Espíritu y de la fe (cf. Lc 1, 26-38; Rm 4, 18-21; Ga 4, 26-28).

En María, el Espíritu Santo manifiesta al Hijo del Padre hecho Hijo de la Virgen. Ella es la zarza ardiente de la teofanía definitiva: llena del Espíritu Santo, presenta al Verbo en la humildad de su carne dándolo a conocer a los pobres (cf. Lc 2, 15-19) y a las primicias de las naciones (cf. Mt 2, 11).

En fin, por medio de María, el Espíritu Santo comienza a poner en comunión con Cristo a los hombres “objeto del amor benevolente de Dios” (cf. Lc 2, 14), y los humildes son siempre los primeros en recibirle: los pastores, los magos, Simeón y Ana, los esposos de Caná y los primeros discípulos.

Al término de esta Misión del Espíritu, María se convierte en la “Mujer”, nueva Eva “madre de los vivientes”, Madre del “Cristo total” (cf. Jn 19. 25-27). Así es como ella está presente con los Doce, que “perseveraban en la oración, con un mismo espíritu” (Hch 1, 14), en el amanecer de los “últimos tiempos” que el Espíritu va a inaugurar en la mañana de Pentecostés con la manifestación de la Iglesia» (CCE 723-4-5-6).

            El término «Espíritu Santo» resuena en el alma de María como el nombre propio de una Persona: esto constituye una «novedad» en relación con la tradición de Israel y los escritos del Antiguo Testamento, y es un adelanto de revelación para ella, que es admitida a una percepción, por lo menos oscura, del misterio trinitario.

En particular, el Espíritu Santo, tal como se nos da a conocer en las palabras de Lucas, reflejo del descubrimiento que de Él hizo María, aparece como Aquel que, en cierto sentido, «supera la distancia» entre Dios y el hombre. Es la Persona en la que Dios se acerca al hombre en su humanidad para «donarse» a él en la propia divinidad, y realizar en el hombre -en todo hombre- un nuevo modo de unión y de presencia (cf. Santo Tomás, Summa Theologica, 1, 43, a.3).

María es privilegiada en este descubrimiento, por razón de la presencia divina y de la unión con Dios que se da en su maternidad. En efecto, con vistas a esa altísima vocación, se le concede la especial gracia que el ángel le reconoce en su saludo: “Salve, llena de gracia, el Señor está contigo” (Lc 1,28). Vemos cómo estuvo llena de la gracia de Dios desde el primer instante de su vida y esto no puede ser sino por obra del Espíritu Santo.

 

 

2.  3.   MARÍA, ESPOSA DEL ESPÍRITU SANTO

 

Según el profeta Jeremías, Dios dice a su pueblo: “Con amor eterno te he amado: por eso he reservado gracia para ti. Volveré a edificarte y serás reedificada, Virgen de Israel” (Jr 31 1,3-4). Desde el punto de vista histórico, hay que colocar este texto en relación con la derrota de Israel y la deportación a Asiria, que humilla al pueblo elegido, hasta el grado de creerse abandonado por su Dios. Pero Dios lo anima, hablándole como esposo a una joven amada. La analogía esponsal se hace aún más clara y explícita en las palabras del segundo Isaías, dirigidas, durante el tiempo del exilio en Babilonia, a Jerusalén como a una esposa que no se mantenía fiel al Dios de la Alianza: “Porque tu esposo es tu Hacedor, Yahvéh Sebaot es su nombre... Por un breve instante te abandoné, pero con gran compasión te recogeré. En un arranque de furor te oculté mi rostro por un instante, pero con amor eterno te he compadecido, dice Yahvéh tu Redentor” (Is 54,5-8).

En los textos citados se subraya que el amor nupcial del Dios de la Alianza es “eterno”. Frente al pecado de la esposa, frente a la infidelidad del pueblo elegido, Dios permite que se abatan sobre él experiencias dolorosas, pero a pesar de ello le asegura, mediante los profetas, que su amor no cesa. El profeta Oseas declara con un lenguaje aún más explícito: “Yo te desposaré conmigo para siempre; te desposaré conmigo en justicia y en derecho, en amor y en compasión, te desposaré conmigo en fidelidad, y tú conocerás a Yahvéh” (Os 2, 21-22).

Estos textos extraordinarios de los profetas del Antiguo Testamento alcanzan su pleno cumplimiento en el misterio de la Encarnación. El amor nupcial de Dios hacia Israel, pero también hacia todo hombre, se realiza en la Encarnación de una manera que supera la medida de las expectativas del hombre. Lo descubrimos en la página de la Anunciación, donde la Nueva Alianza se nos presenta como Alianza nupcial de Dios con el hombre, de la divinidad con la humanidad.

En ese cuadro de alianza nupcial, la Virgen de Nazaret, María, es por excelencia la “virgen-Israel” de la profecía de Jeremías. Sobre ella se concentra perfecta y definitivamente el amor nupcial de Dios, anunciado por los profetas. Ella es también la virgen-esposa a la que se concede concebir y dar a luz al Hijo de Dios: fruto particular del amor nupcial de Dios hacia la humanidad, representada y casi comprendida en María.

El Espíritu Santo, que desciende sobre María en la Anunciación, es quien, en la relación trinitaria, expresa en su persona el amor nupcial de Dios, el amor «eterno». En aquel momento Él es, de modo particular, el Dios-Amor Esposo.

En el misterio de la Encarnación, en la concepción humana del Hijo de Dios, el Espíritu Santo conserva la trascendencia divina. El texto de Lucas lo expresa de una manera precisa. La naturaleza nupcial del amor de Dios tiene un carácter completamente espiritual y sobrenatural. Lo que dirá Juan a propósito de los creyentes en Cristo vale mucho más para el Hijo de Dios, que no fue concebido en el seno de la Virgen “ni de deseo de carne, ni de deseo de hombre, sino que nació de Dios” (Jn 1,13). Pero sobre todo expresa la suprema unión del amor, realizada entre Dios y un ser humano por obra del Espíritu Santo.

En este esponsalicio divino con la humanidad, María responde al anuncio del ángel con el amor de una esposa, capaz de responder y adaptarse de modo perfecto a la elección divina. Por todo ello, desde el tiempo de San Francisco, la Iglesia llama a la Virgen «esposa del Espíritu Santo». Sólo este perfecto amor nupcial, profundamente enraizado en su completa donación virginal a Dios, podía hacer que la Virgen  llegase a ser «madre de Dios» de modo consciente y digno, en el misterio de la Encarnación.

En la Encíclica RedemptorisMater encontramos este texto precioso: «El Espíritu Santo ya ha descendido a Ella, que se ha convertido en su esposa fiel en la Anunciación, acogiendo al Verbo de Dios verdadero, prestando el homenaje del entendimiento y de la voluntad, y asintiendo voluntariamente a la revelación hecha por Él, más aún, abandonándose plenamente en Dios por medio de la obediencia de la fe, por la que respondió al ángel: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”.

María, con este acto y gesto, totalmente diverso al de Eva, se convierte en la madre espiritual de la humanidad, en la nueva Esposa, la nueva Eva, la Madre de los vivientes, como dirán con frecuencia los Doctores y Padres de la Iglesia. Ella será el tipo y el modelo, en la Nueva alianza, de la unión nupcial del Espíritu Santo con los individuos y con toda la comunidad humana (cf. JUAN PABLO II, Catequesis 26).

(cf. EMILIANO JIMÉNEZ, El Espíritu Santo dador de vida, en la Iglesia, al cristiano Bilbao 1993; GUILLERMO PONS, El Espíritu Santo en los Padres de la Iglesia, Madrid 1998; JUAN PABLO II, Catequesis sobre el Espíritu Santo, Madrid 1991; COMITÉ PARA EL JUBILEO DEL AÑO 2000, El Espíritu del Señor, Madrid 1997; VÍCTOR CODINA, “No extingáis el Espíritu” (1Ts 5,19), una iniciación a la Pneumatología, Santander 2008).

 

 

 

 

 

CAPÍTULO TERCERO

 

TEXTOS DE LOS SANTOS PADRES  SOBRE MARÍA

 

            Desde los primeros tiempos del cristianismo los creyentes escrutaron, maravillados, esta frase sencilla y deslumbradora del Apóstol, sobre Cristo “nacido de una mujer”, que explicita, por decirlo así, la solemne afirmación del Prólogo de San Juan: “Y el Verbo se hizo carne”.

            Procuraron penetrar en el misterio de aquella mujer que suministró su carne al Verbo de Dios, de aquella creatura que llevó en su seno al Creador. En esta meditación orante y admirada, que no nacía de una simple curiosidad sino del amor, la Iglesia se preguntó una y otra vez: ¿Quién es esta mujer, mencionada junto al Salvador en los pasajes más decisivos de la Sagrada Escritura? ¿Quién es esta mujer cuya victoria sobre el demonio se predice desde las primeras páginas (cf. Gén 3, 15), en el momento más sombrío de la historia humana,  y cuya dignidad insigne atestiguan los escritores sagrados del Antiguo y Nuevo Testamento? ¿Por qué un Arcángel saluda a esta mujer con profunda admiración en nombre de Dios y la llama la llena de gracia? ¿Por qué Isabel la saluda en el colmo del asombro como Madre de mi Señor, bendita entre todas las mujeres, a quien el vidente del Apocalipsis contempla revestida de sol, con la luna bajo sus pies y en su cabeza una corona de doce estrellas?

            Los escritos marianos de los Padres constituyen un filón valiosísimo para cuantos desean conocer verdaderamente a la Virgen. ¿Por qué? En primer lugar, porque son un reflejo de la palabra misma de Dios, de la que los Padres se alimentaban constantemente, y gracias a la cual lograron un perfecto equilibrio entre doctrina y piedad. En efecto, el gran amor que profesaban a María nunca los hizo olvidar su condición de creatura, y en las exultantes alabanzas que tributaron a la Madre de Dios, Reina y Señora de todo lo creado, evitaron cuidadosamente toda exageración que pudiera inducir a error.

            Los Padres, al fomentar entre sus fieles —mediante una recta doctrina— la veneración y la piedad hacia la Virgen, contribuyeron a que esa piedad se desarrollara «en armónica subordinación al culto de Cristo...en torno a Él como su natural y necesario punto de referencia» (Marialis cultus, introducción).

            Casi todos los autores de la Mariología aducen los textos de los Padres para probar las diversas verdades sobre María.  Nosotros, al tratar de escribir este capítulo, hemos procedido de forma diferente; nosotros hemos tenido en cuenta sus escritos y los he citado largamente para que se capte mejor su sentido y fervor. He ido a las fuentes para ponerlos con mayor amplitud; me he servido de los Padres griegos y latinos.

            Por eso citaré sus discursos y homilías más  ampliamente, poniendo lo más interesante de cada uno. San Bernardo no es considerado Padre de la Iglesia porque pertenece al siglo XI, pero es un predicador bellísimo y estupendo de las excelencias de la Virgen, al que leí en mi juventud en sus discursos sobre el amor de Dios en el Comentario al Cantar de los Cantares. Lo hago así porque este capítulo quiere ser como una «lectio divina», una meditación continuada y coherente sobre las maravillas obradas por Dios en su Madre.  

 

 

3. 1 SAN EFRÉN

 

            San Efrén, diácono de la Iglesia en Siria, nació en Nisibis, en la Mesopotamia septentrional a comienzos del siglo IV, probablemente en el 306. A los 18 años recibió el bautismo y se dedicó a la oración y al estudio, viviendo del propio trabajo, en Edesa., como empleado en un baño público.

            En el 338 Nisibis fue atacada por Sapor II, rey de los Persas, y Efrén acudió en su ayuda y desplegó una actividad infatigable para alentar y aconsejar a sus habitantes.       En el 363, el emperador Joviniano firmó un tratado de paz con los persas y les entregó Nisibis, San Efrén, con la mayor parte de los cristianos de esta ciudad, emigró a tierras del Imperio Romano. Se retiró a Edesa, donde murió diez años más tarde, tras haber dedicado todo ese tiempo a la penitencia y a la contemplación y a la predicación.

            San Efrén ocupa un lugar privilegiado entre los Santos Padres tanto por la abundancia de sus escritos como por la autoridad de su doctrina. Benedicto XV lo declaró doctor de la Iglesia en 1920. La tradición nos lo recuerda como un hombre austero. El medio usado por San Efrén para la divulgación de la verdad cristiana es sobre todo la poesía, por lo cual con razón se le ha definido <<la cítara (o el arpa) del Espíritu Santo>>.

            Prueba de ello es que muchos de sus himnos forman parte de diversas liturgias orientales desde el siglo V. Gracias a esto se ha conservado gran parte de su ingente obra, tanto en su idioma original, el sirio, como en traducciones griegas, que empezaron a proliferar ya en los últimos años de su vida.

            Efrén es también el poeta de la Virgen, a la que dirigió 20 himnos y a quien se dirigía con expresiones de tierna devoción, como ahora veremos en alguno de ellos.

 

Madre admirable

(Himno a la Virgen María)

 

            La Virgen me invita a cantar el misterio que yo contemplo con admiración. Hijo de Dios, dame tu don admirable, haz que temple mi lira, y que consiga detallar la imagen completamente bella de la Madre bien amada.

            La Virgen María da al mundo a su Hijo quedando virgen, amamanta al que alimenta a las naciones, y en su casto regazo sostiene al que mantiene el universo. Ella es Virgen y es Madre, ¿qué no es?

            Santa de cuerpo, completamente hermosa de alma, pura de espíritu, sincera de inteligencia, perfecta de sentimientos, casta, fiel, pura de corazón, leal, posee todas las virtudes.

            Que en María se alegre toda la estirpe de las vírgenes, pues una de entre ellas ha alumbrado al que sostiene toda la creación, al que ha liberado al género humano que gemía en la esclavitud.

            Que en María se alegre el anciano Adán, herido por la serpiente. María da a Adán una descendencia que le permite aplastar a la serpiente maldita, y le sana de su herida mortal.

            Que los sacerdotes se alegren en la Virgen bendita. Ella ha dado al mundo el Sacerdote Eterno que es al mismo tiempo Víctima. Él ha puesto fin a los antiguos sacrificios, habiéndose hecho la Víctima que apacigua al Padre.

            Que en María se alegren todos los profetas. En Ella se han cumplido sus visiones, se han realizado sus profecías, se han confirmado sus oráculos.

            Que en María se gocen todos los patriarcas. Así como Ella ha recibido la bendición que les fue prometida, así Ella les ha hecho perfectos en su Hijo. Por Él los profetas, justos y sacerdotes, se han encontrado purificados.

            En lugar del fruto amargo cogido por Eva del árbol fatal, María ha dado a los hombres un fruto lleno de dulzura. Y he aquí que el mundo entero se deleita por el fruto de María.

            El árbol de la vida, oculto en medio del Paraíso, ha surgido en María y ha extendido su sombra sobre el universo, ha esparcido sus frutos, tanto sobre los pueblos más lejanos como sobre los más próximos.

            María ha tejido un vestido de gloria y lo ha dado a nuestro primer padre. Él había escondido su desnudez entre los árboles, y es ahora investido de pudor, de virtud y de belleza.

            Eva y la serpiente habían cavado una trampa, y Adán había caído en ella; María y su real Hijo se han inclinado y le han sacado del abismo.

           

La Anunciación de la Virgen

(Himno por el Nacimiento de Cristo)

 

            «Volved la mirada a María. Cuando Gabriel entró en su aposento y comenzó a hablarle, Ella preguntó: “¿cómo se hará esto?” (Lc 1, 34). El siervo del Espíritu Santo le respondió diciendo: “para Dios nada es imposible” (Lc 1, 37). Y Ella, creyendo firmemente en aquello que había oído, dijo: “he aquí la esclava del Señor” (Lc 1, 38). Y al instante descendió el Verbo sobre Ella, entró en Ella y en Ella hizo morada, sin que nada advirtiese. Lo concibió sin detrimento de su virginidad, y en su seno se hizo niño, mientras el mundo entero estaba lleno de Él...

            Cuando oigas hablar del nacimiento de Dios, guarda silencio: que el anuncio de Gabriel quede impreso en tu espíritu. Nada es difícil para esa excelsa Majestad que, por nosotros, se ha abajado a nacer entre nosotros y de nosotros.

            Hoy María es para nosotros un cielo, porque nos trae a Dios. El Altísimo se ha anonadado y en Ella ha hecho mansión; se ha hecho pequeño en la Virgen para hacernos grandes... En María se han cumplido las sentencias de los profetas y de los justos. De Ella ha surgido para nosotros la luz y han desaparecido las tinieblas del paganismo.

            María tiene muchos nombres, y es para mí un gran gozo llamarla con ellos. Es la fortaleza donde habita el poderoso Rey de reyes; mas no salió de allí igual que entró: en Ella se revistió de carne, y así salió. Es también un nuevo cielo, porque allí vive el Rey de reyes; allí entró y luego salió vestido a semejanza del mundo exterior...

            Adán y Eva, con el pecado, trajeron la muerte al mundo; pero el Señor del mundo nos ha dado en María una nueva vida. El Maligno, por obra de la serpiente, vertió el veneno en el oído de Eva; el Benigno, en cambio, se abajó en su misericordia y, a través del oído, penetró en María. Por la misma puerta por donde entró la muerte, ha entrado también la Vida que ha matado a la muerte. Y los brazos de María han llevado a Aquél a quien sostienen los querubines; ese Dios a quien el universo no puede abarcar, ha sido abrazado por María.

            El Rey ante quien tiemblan los ángeles, criaturas espirituales, yace en el regazo de la Virgen, que lo acaricia como a un niño. El cielo es el trono de su majestad, y Él se sienta en las rodillas de María. La tierra es el escabel de sus pies y Él brinca sobre ella infantilmente. Su mano extendida señala la medida del polvo, y sobre el polvo juguetea como un chiquillo.

            Feliz Adán, que en el nacimiento de Cristo has encontrado la gloria que habías perdido. ¿Se ha visto alguna vez que el barro sirva de vestido al alfarero? ¿Quién ha visto al fuego envuelto en pañales? A todo eso se ha rebajado Dios por amor del hombre. Así se ha humillado el Señor por amor de su siervo, que se había ensalzado neciamente y, por consejo del Maligno homicida, había pisoteado el mandamiento divino. El Autor del mandamiento se humilló para levantarnos.

            Demos gracias a la divina misericordia, que se ha abajado sobre los habitantes de la tierra a fin de que el mundo enfermo fuera curado por el Médico divino. La alabanza para Él y al Padre que lo ha enviado; y alabanza al Espíritu Santo, por todos los siglos sin fin».

 

Eva y María

(Carmen 18, 1)

 

            Oh cítara mía, inventa nuevos motivos de alabanza a María Virgen. Levanta tu voz y canta la maternidad enteramente maravillosa de esta virgen, hija de David, que llevó la vida al mundo.

            Quien la ama, la admira. El curioso se llena de vergüenza y calla. No se atreve a preguntarse cómo una madre da a luz y conserva su virginidad. Y aunque es muy difícil de explicar, los incrédulos no osarán indagar sobre su Hijo.

            Su Hijo aplastó la serpiente maldita y destrozó su cabeza. Curó a Eva del veneno que el dragón homicida, por medio del engaño, le había inyectado, arrastrándola a la muerte.

            Aquél que es eterno fue llamado el nuevo Adán, porque habitó en las entrañas de la hija de David y en Ella, sin semilla y sin dolor, se hizo hombre. ¡Bendito sea por siempre su nombre!

            El árbol de la vida, que creció en medio del Paraíso, no dio al hombre un fruto que lo vivificase. El árbol nacido del seno de María se dio a sí mismo en favor del hombre y le donó la vida.

             El Verbo del Señor descendió de su trono; se llegó a una joven y habitó en ella. Ella lo concibió y lo dio a la luz. Es grande el misterio de la Virgen purísima: supera toda alabanza.

            Eva en el Edén se convirtió en rea del pecado. La serpiente malvada escribió, firmó y selló la sentencia por la cual sus descendientes, al nacer, venían heridos por la muerte.

            Eva llegó a ser rea del pecado, pero el débito pasó a María, para que la hija pagase las deudas de la madre y borrase la sentencia que habían transmitido sus gemidos a todas las generaciones.

            Los hombres terrenales multiplicaron las maldiciones y las espinas que ahogaban la tierra. Introdujeron la muerte. El Hijo de María llenó el orbe de vida y paz.

            Los hombres terrenales sumergieron el mundo de enfermedades y dolores. Abrieron la puerta para que la muerte entrase y pasease por el orbe. El Hijo de María tomó sobre su persona los dolores del mundo, para salvarlo.

            María es manantial límpido, sin aguas turbias. Ella acoge en su seno el río de la vida, que con su agua irrigó el mundo y vivificó a los muertos.

            Eres santuario inmaculado en el que moró el Dios rey de los siglos. En ti por un gran prodigio se obró el misterio por el cual Dios se hizo hombre y un hombre fue llamado Hijo por el Padre.

            Bendita, tú, María, hija de David, y bendito el fruto que nos has dado ¡Bendito el Padre que nos envió a su Hijo para nuestra salvación, y bendito el Espíritu Paráclito que nos manifestó su misterio! Sea bendito su nombre.

 

La canción de cuna de María

(Himno, 18, 1-23)

 

            He mirado asombrado a María que amamanta a Aquél que nutre a todos los pueblos, pero que se ha hecho niño. Habitó en el seno de una muchacha, Aquél que llena de sí el mundo...

            Un gran sol se ha recogido y escondido en una nube espléndida. Una adolescente ha llegado a ser la Madre de Aquél que ha creado al hombre y al mundo.

            Ella llevaba un niño, lo acariciaba, lo abrazaba, lo mimaba con las más hermosas palabras y lo adoraba diciéndole: Maestro mío, dime que te abrace.

            Ya que eres mi Hijo, te acunaré con mis cantinelas porque soy tu Madre. Hijo mío, te he engendrado, pero Tú eres más antiguo que yo; Señor mío, te he llevado en el seno, pero Tú me sostienes en pie.

            Mi mente está turbada por el temor, concédeme la fuerza para alabarte. No sé explicar cómo estás callado, cuando sé que en Ti retumban los truenos.

            Has nacido de mí como un pequeño, pero eres fuerte como un gigante; eres el Admirable, como te llamó Isaías cuando profetizó sobre Ti.

            He aquí que Tú estás conmigo, y sin embargo estás enteramente escondido en tu Padre. Las alturas del cielo están llenas de tu majestad, y no obstante mi seno no ha sido demasiado pequeño para Ti.

            Tu Casa está en mí y en los cielos. Te alabaré con los cielos. Las criaturas celestes me miran con admiración y me llaman Bendita.

            ¡Cuánto más venerada es la Madre del Rey que su trono! Te bendeciré, Señor, porque has querido que fuese tu Madre; te celebraré con hermosas canciones.

            Oh gigante que sostienes la tierra y has querido que ella te sostenga, Bendito seas. Gloria a Ti, oh Rico, que te has hecho Hijo de una pobre.

            Mi magnificat sea para Ti, que eres más antiguo que todos, y sin embargo, hecho niño, descendiste a mí. Siéntate sobre mis rodillas; a pesar de que sobre Ti está suspendido el mundo, las más altas cumbres y los abismos más profundos...

            Tú estás conmigo, y todos los coros angélicos te adoran. Mientras te estrecho entre mis brazos, eres llevado por los querubines.

            Los cielos están llenos de tu gloria, y sin embargo las entrañas de una hija de la tierra te aguantan por entero. Vives en el fuego entre las criaturas celestes, y no quemas a las terrestres.

            Los serafines te proclaman tres veces Santo: ¿qué más podré decirte, Señor? Los querubines te bendicen temblando, ¿cómo puedes ser honrado por mis canciones?

            Descubra su rostro y se alegre contigo la antigua Eva, porque has arrojado fuera su vergüenza; oiga la palabra llena de paz, porque una hija suya ha pagado su deuda.

            La serpiente, que la sedujo, ha sido aplastada por Ti, brote que has nacido de mi seno. El querubín y su espada por Ti han sido quitados, para que Adán pueda regresar al paraíso, del cual había sido expulsado.

            Eva y Adán recurran a Ti y cojan de mí el fruto de la vida: por ti recobrará la dulzura aquella boca suya, que el fruto prohibido había vuelto amarga.

            Los siervos expulsados vuelvan a través de Ti, para que puedan obtener los bienes de los cuales habían sido despojados. Serás para ellos un traje de gloria, para cubrir su desnudez.

 

 

3. 2. SAN AGUSTÍN

 

            Nació en Tagaste, pequeña ciudad de Numidia en el África romana. Su padre, llamado Patricio, era aún pagano cuando nació su hijo. Su madre, Santa Mónica, mujer cristiana le enseñó a su hijo los principios básicos de la religión cristiana y al ver cómo el joven Agustín se separaba del camino del cristianismo se entregó a la oración constante en medio de un gran sufrimiento. Años más tarde Agustín se llamará a sí mismo el «hijo de las lágrimas de su madre».

            San Agustín estaba dotado de una gran imaginación y de una extraordinaria inteligencia. Se destacó en el estudio de las letras. Mostró un gran interés hacia la literatura, especialmente la griega clásica y a la elocuencia. Allí mismo en Cartago, con sólo 17 años, se destacó por su genio retórico y sobresalió en concursos poéticos y certámenes públicos.

            Sumido en una gran frustración personal, decide en 383 partir para Roma, la capital del Imperio. Su madre le acompaña en este viaje. En Roma enferma de gravedad y gracias a su amigo y protector Símaco, prefecto de Roma, fue nombrado «magister rhetoricae» en Mediolanum, actual Milán.

            Por entonces ya había muerto su padre, de modo que su madre y sus hermanos le siguieron a la gran ciudad de la Italia septentrional. Los años de Milán fueron decisivos para la conversión de Agustín. La predicación de San Ambrosio, con su exégesis alegórica, le hizo descubrir las grandes verdades encerradas en las Sagradas Escrituras.

 

La fe de María

(Sermón 72 A, 3, 7-8)

 

            “Mientras hablaba a las turbas, su madre y sus hermanos estaban fuera, queriendo hablar con El. Alguien se lo indicó, diciendo: mira, tu Madre y tus hermanos están fuera, quieren hablar contigo. Y El dijo: ¿quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Y extendiendo la mano sobre sus discípulos, repuso: éstos son mi madre y mis hermanos. Todo aquel que hiciere la voluntad de mi Padre, que está en los cielos, es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Mt 12, 46-50).

            ¿Qué hacía Cristo? Evangelizaba a las gentes, destruía al hombre viejo y edificaba uno nuevo, libertaba a las almas, desencadenaba a los presos, iluminaba las inteligencias oscurecidas, realizaba toda clase de obras buenas. Todo su ser se abrasaba en tan santa empresa.

            Y en ese momento le anunciaron el afecto de la carne. Ya oísteis lo que respondió, ¿para que voy a repetirlo? Estén atentas las madres, para que con su cariño no dificulten las obras buenas de sus hijos. Y si pretenden impedirlas o ponen obstáculos para retrasar lo que no pueden anular, sean despreciadas por sus hijos.

            Más aún, me atrevo a decir que sean desdeñadas, desdeñadas por piedad. Si la Virgen María fue tratada así, ¿por qué ha de enojarse la mujer --casada o viuda--, cuando su hijo, dispuesto a obrar el bien, la desprecie? Me dirás: entonces, ¿comparas a mi hijo con Cristo? Y te respondo: No, no lo comparo con Cristo, ni a ti con María. Cristo no condenó el afecto materno, pero mostró con su ejemplo sublime que se debe postergar a la propia madre para realizar la obra de Dios (...).

            ¿Acaso la Virgen María --elegida para que de Ella nos naciera la salvación y creada por Cristo antes de que Cristo fuese en Ella creado-- no cumplía la voluntad del Padre? Sin duda la cumplió, y perfectamente. Santa María, que por la fe creyó y concibió, tuvo en más ser discípula de Cristo que Madre de Cristo. Recibió mayores dichas como discípula que como Madre.

            María era ya bienaventurada antes de dar a luz, porque llevaba en su seno al Maestro. Mira si no es cierto lo que digo. Al ver al Señor que caminaba entre la multitud y hacía milagros, una mujer exclamó: “¡Bienaventurado el vientre que te llevó!” (Lc 11, 27). Pero el Señor, para que no buscáramos la felicidad en la carne, ¿qué responde?: bienaventurados, más bien, los que oyen la palabra de Dios y la ponen en práctica (Lc 11,28).

            Luego María es bienaventurada porque oyó la  palabra de Dios y la guardó: conservó la verdad en la mente mejor que la carne en su seno. Cristo es Verdad, Cristo es Carne. Cristo Verdad estaba en el alma de María, Cristo Carne se encerraba en su seno, pero lo que se encuentra en el alma es mejor que lo  que se concibe en el vientre.

            María es Santísima y Bienaventurada. Sin embargo, la Iglesia es más perfecta que la Virgen María. ¿Por qué? Porque María es una porción de la Iglesia, un miembro santo, excelente, supereminente, pero al fin miembro de un cuerpo entero. El Señor es la Cabeza, y el Cristo total es Cabeza y cuerpo. ¿Qué diré entonces? Nuestra Cabeza es divina: tenemos a Dios como Cabeza.

            Vosotros, carísimos, también sois miembros de Cristo, sois cuerpo de Cristo. Ved cómo sois lo que Él dijo: “he aquí mi madre y mis hermanos” (Mt 12, 49). ¿Cómo seréis madre de Cristo? El Señor mismo nos responde: “todo el que escucha y hace la voluntad de mi Padre, que está en los cielos, es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Mt 12, 50).

            Mirad, entiendo lo de hermano y lo de hermana, porque única es la herencia; y descubro en estas palabras la misericordia de Cristo: siendo el Unigénito, quiso que fuéramos herederos del Padre, coherederos con Él. Su herencia es tal, que no puede disminuir aunque participe de ella una muchedumbre. Entiendo, pues, que somos hermanos de Cristo, y que las mujeres santas y fieles son hermanas suyas.

            Pero ¿cómo podemos interpretar que también somos madres de Cristo? ¿Me atreveré a decir que lo somos? Sí, me atrevo a decirlo. Si antes afirmé que sois hermanos de Cristo, ¿cómo no voy a afirmar ahora que sois su madre?, ¿acaso podría negar las palabras de Cristo?

            Sabemos que la Iglesia es Esposa de Cristo, y también, aunque sea más difícil de entender, que es su Madre. La Virgen María se adelantó como tipo de la Iglesia. ¿Por qué —os pregunto— es María Madre de Cristo, sino porque dio a luz a los miembros de Cristo’? Y a vosotros, miembros de Cristo ¿quién os ha dado a luz? Oigo la voz de vuestro corazón: ¡la Madre Iglesia! Semejante a María, esta Madre santa y honrada, al mismo tiempo da a luz y es virgen.

            Vosotros mismos sois prueba de lo primero: habéis nacido de Ella, al igual que Cristo, de quien sois miembros. De su virginidad no me faltarán testimonios divinos.

            Conservad, pues, la virginidad en vuestras almas, que es la integridad de la fe católica. Allí donde Eva fue corrompida por la palabra de la serpiente, allí debe ser virgen la Iglesia con la gracia del Omnipotente. Por lo tanto, los miembros de Cristo den a luz en la mente, como María alumbró a Cristo en su seno, permaneciendo virgen. De ese modo seréis madres de Cristo. Ese parentesco no os debe extrañar ni repugnar: fuisteis hijos, sed también madres.

            Al ser bautizados, nacisteis como miembros de Cristo, fuisteis hijos de la Madre. Traed ahora al lavatorio del Bautismo a los que podáis; y así como fuisteis hijos por vuestro nacimiento, podréis ser madres de Cristo conduciendo a los que van a renacer.

 

 

3. 3. SAN CIRILO DE ALEJANDRÍA

 

            Nos han llegado muy pocas noticias sobre la vida de San Cirilo antes de su elección a la importante sede de Alejandría. Cirilo, sobrino de Teófilo, que desde el año 385 rigió como obispo, con mano firme y prestigio, la diócesis de Alejandría, nació probablemente en esa misma metrópoli egipcia entre el año 370 y el 380. Pronto se encaminó hacia la vida eclesiástica y recibió una buena educación, tanto cultural como teológica.

            Tras la muerte de su tío Teófilo, Cirilo, que aún era joven, fue elegido en el año 412 obispo de la influyente Iglesia de Alejandría, gobernándola con gran firmeza durante treinta y dos años, tratando siempre de afirmar el primado en todo el Oriente, fortalecido asimismo por los vínculos tradicionales con Roma.

            Dos o tres años después, en el 417 ó 418, el obispo de Alejandría dio pruebas de realismo al recomponer la ruptura de la comunión con Constantinopla, que persistía ya desde el año 406 tras la deposición de San Juan Crisóstomo.

            Pero el antiguo contraste con la sede de Constantinopla volvió a encenderse diez años después, cuando en el año 428 fue elegido obispo Nestorio, un prestigioso y severo monje de formación antioquena. El nuevo obispo de Constantinopla suscitó pronto oposiciones, pues en su predicación prefería para María el título de «Madre de Cristo» (Christotokos), en lugar del de «Madre de Dios» (Theotokos), ya entonces muy querido por la devoción popular. De este modo no era ya verdadera la unión entre Dios y el hombre en Cristo y, por tanto, ya no se podía hablar de Madre de Dios.

            San Cirilo de Alejandría está vinculado a la controversia cristológica que llevó al concilio de Éfeso del año 431 y es el último representante de relieve de la tradición alejandrina. Venerado como santo tanto en Oriente como en Occidente, en 1882 fue proclamado doctor de la Iglesia por el Papa León XIII.

            Entre los numerosos escritos de este segundo período, se recogen aquí algunos párrafos de dos homilías en las que San Cirilo teje un encendido elogio de la Madre de Dios.

 

Dios te salve, María

(Encomio a la Santa Madre de Dios)

 

            Dios te salve, María, Madre de Dios, Virgen Madre, Estrella de la mañana, Vaso virginal.

            Dios te salve, María, Virgen, Madre y Esclava: Virgen, por gracia de Aquél que de ti nació sin menoscabo de tu virginidad; Madre, por razón de Aquél que llevaste en tus brazos y alimentaste con tu pecho; Esclava, por causa de Aquél que tomó forma de siervo. Entró el Rey en tu ciudad, o por decirlo más claramente, en tu seno; y de nuevo salió como quiso, permaneciendo cerradas tus puertas. Has concebido virginalmente, y divinamente has dado a luz.

            Dios te salve, María, Templo en el que Dios es recibido, o más aun, Templo santo, como clama el Profeta David diciendo: santo es tu templo admirable en la equidad (Sal 64, 6).

            Dios te salve, María, la joya más preciosa de todo el orbe; Dios te salve, María, casta paloma; Dios te salve, María, lámpara que nunca apaga, pues de ti ha nacido el Sol de justicia.

            Dios te salve, María, lugar de Aquel que en ningún lugar es contenido; en tu seno encerraste al Unigénito Verbo de Dios y sin semilla y sin arado hiciste germinar una espiga que no se marchita.

            Dios te salve, María, Madre de Dios, por quien claman los profetas y los pastores cantan a Dios sus alabanzas, repitiendo con los ángeles el himno tremendo: “gloria a Dios en los mas alto de los cielo, y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad” (Lc 2,14)

            Dios te salve, María, Madre de Dios, por quien los ángeles forman coro y los arcángeles exultan cantando himnos altísimos.

            Dios te salve, María, Madre de Dios, por quien los Magos adoran, guiados por una brillante estrella.

            Dios te salve, María, Madre de Dios, por quien Juan, estando aún en el seno materno, saltó de gozo y adoró a la Luminaria de perenne luz.

            Dios te salve, María, Madre de Dios, por quien brotó aquella gracia inefable de la que decía el Apóstol: “la gracia de Dios, Salvador nuestro, ha iluminado a todos los hombres” (Tit 2, 11).

            Dios te salve, María, Madre de Dios, por quien resplandeció la luz verdadera, Jesucristo Nuestro Señor, que en el Evangelio afirma: “Yo soy la Luz del mundo”  (Jn 8, 12).

            Dios te salve, María, Madre de Dios, por quien brilló la luz sobre los que yacían en la oscuridad y en la sombra de la muerte: “el pueblo que se sentaba en las tinieblas ha visto una gran luz” (Is 9, 2). ¿Y qué luz sino Nuestro Señor Jesucristo, luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo? (Jn 1,  29).

            Dios te salve, María, Madre de Dios, por quien en el Evangelio se predica: “bendito el que viene en el nombre del Señor” (Mt 21, 9); por quien la Iglesia católica ha sido establecida en ciudades, pueblos y aldeas.

            Dios te salve, María, Madre de Dios, por quien vino el vencedor de la muerte y exterminador del infierno.

            Dios te salve, María, Madre de Dios, por quien se ha mostrado el Creador de nuestros primeros padres y Reparador de su caída, el Rey del reino celestial.

            Dios te salve, María, Madre de Dios, por quien floreció y resplandeció la hermosura de la resurrección.

            Dios te salve, María, Madre de Dios, por quien las aguas del río Jordán se convirtieron en Bautismo de santidad.

            Dios te salve, María, Madre de Dios, por quien Juan y el Jordán son santificados, y es rechazado el diablo.

            Dios te salve, María, Madre de Dios por quien se salvan los espíritus fieles.

 

Alabanzas de la Madre de Dios

 

 (De la homilía de San Cirilo de Alejandría, obispo, pronunciada en el Concilio de Éfeso: Homilía 4: PG 77, 991. 995-996)

            «Tengo ante mis ojos la asamblea de los santos padres, que, llenos de gozo y fervor, han acudido aquí, respondiendo con prontitud a la invitación de la santa Madre de Dios, la siempre Virgen María. Este espectáculo ha trocado en gozo la gran tristeza que antes me oprimía. Vemos realizadas en esta reunión aquellas hermosas palabras de David, el salmista: “Ved qué dulzura, qué delicia, convivir los hermanos unidos”.

            Te saludamos, santa y misteriosa Trinidad, que nos has convocado a todos nosotros en esta iglesia de santa María, Madre de Dios.

            Te saludamos, María, Madre de Dios, tesoro digno de ser venerado por todo el orbe, lámpara inextinguible, corona de la virginidad, trono de la recta doctrina, templo indestructible, lugar propio de aquel que no puede ser contenido en lugar alguno, madre y virgen, por quien es llamado bendito, en los Santos evangelios, el que viene en nombre del Padre.

             Te saludamos a ti, que encerraste en tu seno virginal a aquel que es inmenso e inabarcable; a ti, por quien la santa Trinidad es adorada y glorificada; por quien la cruz preciosa es celebrada y adorada en todo el orbe; por quien exulta el cielo; por quien se alegran los ángeles y arcángeles; por quien son puestos en fuga los demonios; por quien el diablo tentador cayó del cielo; por quien la criatura, caída en el pecado, es elevada al cielo; por quien toda la creación, sujeta a la insensatez de la idolatría,  llega al conocimiento de la verdad; por quien los creyentes obtienen la gracia del bautismo y el aceite de la alegría; por quien han sido fundamentadas las Iglesias en todo el orbe de la tierra; por quien todos los hombres son llamados a la conversión.

            Y ¿qué más diré? Por ti, el Hijo unigénito de Dios ha iluminado “a los que vivían en tinieblas y en sombra de muerte”; por ti, los profetas anunciaron las cosas futuras; por ti, los apóstoles predicaron la salvación a los gentiles.

            ¿Quién habrá que sea capaz de cantar como es debido las alabanzas de María? Ella es madre y virgen a la vez ¡qué cosa tan admirable! Es una maravilla que me llena de estupor. ¿Quién ha oído jamás decir que le esté prohibido al constructor  habitar en el mismo templo que ha construido? ¿Quién podrá tachar de ignominia el hecho de que la sirviente sea adoptada como madre?

            Mirad: hoy todo el mundo se alegra; quiera Dios que todos nosotros reverenciemos y adoremos la unidad, que rindamos un culto impregnado de santo temor a la Trinidad indivisa, al celebrar, con nuestras alabanzas, a María siempre Virgen, el templo santo de Dios, y a su Hijo y esposo inmaculado: porque a él pertenece la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

 

 

3. 4. SAN ILDEFONSO DE TOLEDO

 

            Nacido en el 607 en Toledo, durante el reinado de Witerico, de estirpe germánica, era miembro de una de las distintas familias regias visigodas. Por el estilo de sus escritos se deduce que recibió una brillante formación literaria. Según su propio testimonio fue ordenado diácono en el  632-633 por Eladio, obispo de Toledo.

            Ildefonso estuvo muy vinculado al  Monasterio Agaliense; y estando ya en este monasterio, sobre el 650 es elegido Abad y funda luego un convento de religiosas, dotándolo con los bienes que hereda.  Muere el 667, siendo sepultado en la iglesia de Santa Leocadia de Toledo, y posteriormente trasladado a Zamora.         

            Su obra más conocida es Sobre la virginidad perpetua de Santa María contra tres infieles (De virginitate S. Mariae contra tres infideles), de estilo muy cuidado y llena de entusiasmo y devoción Marianos. Consta de una oración inicial y de 12 capítulos.

            En el primero defiende contra Joviniano la virginidad de María en la concepción y en el parto; en el segundo mantiene contra Elvidio que María fue siempre virgen; a partir del tercero muestra que Jesucristo es Dios y la integridad perpetua de María. Depende estrechamente de San Agustín y San Isidoro, y constituye el punto de arranque de la teología Mariana en España.

 

 

Honrar a María

(Libro de la perpetua virginidad de Santa  María, XII)

 

            En mi pobreza y miseria, yo desearía llegar a ser, para mi reparación, el servidor de la Madre de mi Señor. Apartado de la comunión con los ángeles por la caída de nuestro primer padre, desearía ser siervo de la que es Esclava y Madre de mi Creador. Como un instrumento dócil en las manos del Dios excelso, así desearía yo estar sujeto a la Virgen Madre, dedicado íntegramente a su servicio. Concédemelo, Jesús, Dios e Hijo del hombre; dámelo, Señor de todas las cosas e Hijo de tu Esclava; otórgame esta gracia, Dios humillado en el hombre; permíteme a mí, hombre elevado hasta Dios, creer en el alumbramiento de la Virgen y estar lleno de fe en su encarnación; y al hablar de la maternidad virginal, tener la palabra embebida de tu alabanza; y al amar a tu Madre, estar lleno de tu mismo amor.

            Haz que yo sirva a tu Madre de modo que Tú me reconozcas por tu servidor; que Ella sea mi Soberana en la tierra de manera que Tú seas mi Señor por la eternidad.

            Ved con qué impaciencia anhelo ser vasallo de esta Reina, con qué fidelidad me entrego al gozo de su servidumbre, cómo deseo hacerme plenamente esclavo de su voluntad, con qué ardor no quiero sustraerme jamás a su imperio, cuánto ambiciono no ser nunca arrancado de su servicio... Haz que me admita entre sus súbditos y que, sirviéndola, merezca sus favores, viva siempre bajo su mandato y la ame por toda la eternidad.

            Los que aman a Dios conocen mi deseo; los que le son fieles, lo ven; los que se unen al Señor, lo comprenden, y lo conocen aquéllos a los que Dios conoce. Escuchad los que sois discípulos suyos; prestad atención los infieles; sabedlo vosotros, los que no pensáis más que en la desunión; comprended, sabios de este mundo que hace insensatos a los ojos de la sabiduría divina, lo que os hace sabios a los ojos de vuestra necedad...

            Vosotros, que no aceptáis que María sea siempre Virgen; que no queréis reconocer a mi Creador por Hijo suyo, y a Ella por Madre de mi Creador; que rehusáis creer que sólo Ella tenga por Hijo al Señor de las criaturas; que no glorificáis a este Dios como Hijo suyo; que no proclamáis bienaventurada a la que el Espíritu Santo ha mandado llamar así por todas las naciones; que oscurecéis su gloria negándole la incorruptibilidad de la carne; que no rendís honor a la Madre del Señor con la excusa de que honráis a Dios su Hijo; que no glorificáis como Dios al que habéis visto hacerse hombre y nacer de Ella; que confundís las dos naturalezas de su Hijo y  rompéis la unidad de su Persona; que negáis la divinidad de su Hijo; que rehusáis creer en la verdadera carne y en la Pasión verdadera de su Hijo y que no creéis que ha sufrido la muerte como hombre y que ha resucitado de los muertos como Dios (...)

            Mi mayor deseo es servir a este Hijo y tener a la Madre por Soberana. Para estar bajo el imperio del Hijo, yo quiero  servirla; para ser admitido al servicio de Dios, anhelo que la Madre reine sobre mí como testimonio; para ser el servidor devoto de su propio Hijo, aspiro a llegar a ser el servidor de la Madre. Pues servir a la Sierva es también servir al Señor; lo que se da a la Madre se refleja sobre el Hijo, yendo desde la Madre a Aquél que Ella ha alimentado. El honor que el servidor rinde a la Reina viene a recaer sobre el Rey.

            Bendiciendo con los ángeles, cantando mi alegría junto con las voces celestiales, exultando de gozo con los coros angélicos, regocijándome con sus aclamaciones, yo bendigo a mi Soberana, canto mi alegría a la que es Madre de mi Señor y Sierva de su Hijo. Yo me alegro con la que ha llegado a ser Madre de mi Creador; con Aquélla en la que el Verbo se ha hecho carne.

            Porque con Ella yo he creído lo que sabe Ella misma conmigo, porque he conocido que Ella es la Virgen Madre, la Virgen que dio a luz; porque sé que la concepción no le hizo perder su virginidad, y que una inmutable virginidad precedió a su alumbramiento, y que su Hijo le ha conservado perpetuamente la gloria de la virginidad.

            Todo esto me llena de amor, porque sé que todo ha sido realizado por mí. No olvido que, gracias a la Virgen, la naturaleza de mi Dios se ha unido a mi naturaleza humana, para que la naturaleza humana sea asumida por mi Dios; que no hay más que un solo Cristo, Verbo y carne, Dios y hombre, Creador y criatura.

           

 

3. 5. SAN ROMANO EL CANTOR

 

            Romano el Meloda o el Cantor, nació en torno al año 490 en Emesa (hoy Homs) en Siria. Teólogo, poeta y compositor, pertenece al grupo de teólogos que ha transformado la teología en poesía. Pensemos en su compatriota, San Efrén de Siria, quien vivió doscientos años antes que él. Y pensemos también en teólogos de Occidente, como San Ambrosio, cuyos himnos todavía hoy forman parte de nuestra liturgia y siguen llegando al corazón.

            Ordenado diácono permanente en torno al año 515, fue predicador en esa ciudad durante tres años. Después se marchó a Constantinopla, hacia el final del reino de Atanasio I en torno al año 518, y allí se estableció en el monasterio en la iglesia de la Theotókos, Madre de Dios. De este modo, se convirtió en predicador-cantor hasta su muerte tras el año 555.

            Romano ha pasado a la historia como uno de los autores más representativos de himnos litúrgicos. Al terminar la lectura bíblica, Romano cantaba el Proemio, en general en forma de oración o súplica. Anunciaba así el tema de la homilía y explicaba el estribillo que se repetía en coro al final de cada estrofa, declamada por él con una modulación de voz elevada. Un ejemplo significativo es el kontakion con motivo del Viernes de Pasión: es un diálogo entre María y el Hijo, que tiene lugar en el camino de la Cruz.

 

Madre dolorosa

(Cántico de la Virgen al pie de la Cruz)

 

            «María dice: <¿Adónde vas, hijo? ¿Por qué recorres tan rápidamente el camino de tu vida?/ Nunca habría pensado, hijo mío, que te vería en este estado,/ ni podría imaginar nunca que llegarían a este nivel de furor los impíos/echándote las manos encima contra toda justicia>.

            Jesús responde: <¿Por qué lloras, madre mía?  ¿No debería irme? ¿No debería morir?/ ¿Cómo podría salvar a Adán?». (El hijo de María consuela a la madre, pero le recuerda su papel en la historia de la salvación) «Depón, por tanto, madre, depón tu dolor:/ no es propio de ti el gemir, pues fuiste llamada "llena de gracia"> (María a los pies de la cruz, 1-2; 4-5).

 

            Venid todos, celebremos a Aquel que fue crucificado por nosotros. María le vio atado en la Cruz: <Bien puedes ser puesto en cruz y sufrir – le dijo Ella--; pero no por eso eres menos Hijo mío y Dios mío>.

            Como una oveja que ve a su pequeño arrastrado al matadero, así María le seguía, rota de dolor. Como las otras mujeres, Ella iba llorando: ¿Dónde vas Tú, Hijo mío? ¿Por qué esta marcha tan rápida? ¿Acaso hay en Caná alguna otra boda, para que te apresures a convertir el agua en vino? ¿Te seguiré yo, Niño mío? ¿O es mejor que te espere? Dime una palabra, Tú que eres la Palabra; no me dejes así, en silencio, oh Tú, que me has guardado pura, Hijo mío y Dios mío>.

            <Yo no pensaba, Hijo de mi alma, verte un día como estás: no lo habría creído nunca, aun cuando veía a los impíos tender sus manos hacia Ti. Pero sus niños tienen aún en los labios el clamor: ¡Hosanna!, ¡seas bendito! Las palmas del camino muestran todavía el entusiasmo con que te aclamaban. ¿Por qué, cómo ha sucedido este cambio? Oh, es necesario que yo lo sepa. ¿Cómo puede suceder que claven en una Cruz a mi Hijo y a mi Dios?>.

            <Oh Tú, Hijo de mis entrañas: vas hacia una muerte injusta, y nadie se compadece de Ti. ¿No te decía Pedro: aunque sea necesario morir nunca te negaré? Él también te ha abandonado. Y Tomás exclamaba: muramos todos contigo. Y los otros, apóstoles y discípulos, los que deben juzgar a las doce tribus, ¿dónde están ahora? No está aquí ninguno; pero Tú, Hijo mío, mueres en soledad por todos. Abandonado. Sin embargo, eres Tú quien les ha salvado; Tú has satisfecho por todos ellos, Hijo mío y Dios mío>.

            Así es como María, llena de tristeza y anonadada de dolor, gemía y lloraba. Entonces su Hijo, volviéndose hacia Ella, le habló de esta manera: <Madre, ¿por qué lloras? ¿Por qué, como las otras mujeres, estás abrumada? ¿Cómo quieres que salve a Adán, si Yo no sufro, si Yo no muero? ¿Cómo serán llamados de nuevo a la Vida los que están retenidos en los infiernos, si no hago morada en el sepulcro? Por eso estoy crucificado, Tú lo sabes; por esto es por lo que Yo muero>.

            <¿Por qué, lloras, Madre? Di más bien, en tus lágrimas: es por amor por lo que muere mi Hijo y mi Dios>.

            <Procura no encontrar amargo este día en el que voy a sufrir: para esto es para lo que Yo, que soy la dulzura misma, he bajado del cielo como el maná; no sobre el Sinaí, sino a tu seno, pues en él me he recogido. Según el oráculo de David: esta montaña recogida soy Yo: lo sabe Sión, la ciudad santa. Yo, que siendo el Verbo, en ti me hice carne. En esta carne sufro y en esta carne muero. Madre, no llores más; di solamente: si Él sufre, es porque lo ha querido, Hijo mío y Dios mío».

            Respondió Ella: «Tú quieres, Hijo mío, secar las lágrimas de mis ojos. Sólo mi Corazón está turbado. No puedes imponer silencio a mis pensamientos. Hijo de mis entrañas, Tú me dices: si Yo no sufro, no hay salvación para Adán... Y, sin embargo, Tú has sanado a tantos sin padecer.

            Para curar al leproso te fue suficiente querer sin sufrir. Tú sanaste la enfermedad del paralítico, sin el menor esfuerzo. También hiciste ver al cielo con una sola palabra, sin sentir nada por esto, oh la misma Bondad, Hijo mío y Dios mío>.

            El que conoce todas las cosas, aun antes de que existan, respondió a María: <Tranquilízate, Madre: después de mi salida del sepulcro, tú serás la primera en verme; Yo te enseñaré de qué abismo de tinieblas he sido librado, y cuánto ha costado. Mis amigos lo sabrán: porque Yo llevaré la prueba inscrita en mis manos. Entonces, Madre, contemplarás a Eva vuelta a la Vida, y exclamarás con júbilo: ¡son mis padres!, y Tú les has salvado, Hijo mío y Dios mío».

 

Las bodas de Caná

(Himno sobre las bodas de Caná)

            Queremos narrar ahora el primer milagro obrado en Caná por Aquél que había demostrado ya el poder de sus prodigios a los egipcios y a los hebreos. Entonces la naturaleza de las aguas fue cambiada milagrosamente en sangre. Él había castigado a los egipcios con la maldición de las diez plagas y había vuelto el mar inofensivo para los hebreos, hasta tal punto que lo atravesaron como tierra firme.

            En el desierto, Él les había provisto del agua que prodigiosamente manó de la roca. Hoy, durante la fiesta de las bodas, realiza una nueva transformación de la naturaleza, Aquél que ha cumplido todo con sabiduría.

            Mientras Cristo participa de las bodas y el gentío de los invitados banqueteaba, faltó el vino y la alegría pareció mudarse en melancolía. El esposo estaba avergonzado, los servidores murmuraban y afloraba en todas partes el descontento por tal penuria, levantándose el tumulto en la sala. Ante tal espectáculo, María, la completamente pura, mandó advertir apresuradamente a su Hijo: “No tienen vino” (Jn 2, 3). Hijito, te lo ruego, demuestra tu poder absoluto, Tú, que has cumplido todo con sabiduría.

            Cristo, respondiendo a la Madre que le decía: <concédeme esta gracia>, contestó prontamente: “Mujer ¿qué nos va a ti y a mí? Todavía no ha llegado mi hora” (Jn 2, 4).

            Algunos han querido entrever en estas palabras un significado que justifica su impiedad. Son los que sostienen la sumisión de Cristo a las leyes naturales, o bien le consideran, también a Él, vinculado a las horas. Pero esto es porque no comprenden el sentido de la palabra.

            La boca de los impíos, que meditan el mal, es obligada a callar por el inmediato milagro obrado por Aquél que ha cumplido todo con sabiduría. Hijo mío, responde ahora --dijo la Madre de Jesús, la completamente Pura--. Tú, que impones a las horas el freno de la medida, ¿cómo puedes esperar la hora, Hijo mío y Señor mío? ¿Cómo puedes esperar el tiempo, si has establecido Tú mismo los intervalos del tiempo, oh Creador del mundo visible e invisible, Tú que día y noche diriges con plena soberanía y según tu discreción las evoluciones inmutables? Has sido Tú quien ha fijado la carrera de los años en sus ciclos perfectamente regulados: ¿cómo puedes esperar el tiempo propicio para el prodigio que te pido, Tú que has cumplido todo con sabiduría?».

            <Ya antes que Tú lo notases, virgen venerada, Yo sabía que el vino faltaba>, respondió entonces el Inefable, el Misericordioso, a la Madre veneradísima. <Conozco todos los pensamientos que habitan en tu corazón.

            Tú reflexionaste dentro de ti: <la necesidad incitará ahora a mi Hijo al milagro, pero con la excusa de las horas lo está retrasando>. Oh Madre pura, aprende ahora el porqué de este retardo, y cuando lo hayas entendido, te concederé ciertamente esta gracia, Yo que he cumplido todo con sabiduría>.

            <Eleva tu espíritu a la altura de mis palabras y comprende, oh Incorrupta, lo que estoy para pronunciar. En el momento mismo en que creaba de la nada cielo y tierra y la totalidad del universo, podía instantáneamente introducir el orden en todo lo que estaba formando.

            Sin embargo, he establecido un cierto orden bien subdividido; la creación ocurrida en seis días. Y no ciertamente porque me faltase el poder de obrar, sino para que el coro de los ángeles, al comprobar que hacía cada cosa a su tiempo, pudiese reconocer en mí la divinidad, celebrándola con el siguiente canto: Gloria a ti, Rey potente, que has cumplido todo con sabiduría>.

            <Escucha bien esto, oh Santa: habría podido rescatar de otro modo a los caídos, sin asumir la condición de pobre y de esclavo. He aceptado, sin embargo, mi concepción, mi nacimiento como hombre, la leche de tu seno, oh Virgen, y así todo ha crecido en mí según el orden, porque en mi nada existe que no sea de este modo. Con el mismo orden quiero ahora obrar el milagro, al cual consiento por la salvación del hombre, Yo que he cumplido todo con sabiduría>.

            <Di, pues, a los habitantes de la casa que se pongan a mi servicio siguiendo las órdenes: ellos pronto serán, para sí mismos y para los demás,  los testigos del prodigio. No quiero que sea Pedro el que me sirva, ni tampoco Juan, ni Andrés, ni alguno de mis apóstoles, por temor de que después, por su causa, surja entre los hombres la sospecha del engaño. Quiero que sean los mismos criados quienes me sirvan, porque ellos mismo se convertirán en testigos de lo que me es posible, a mí que he cumplido todo con sabiduría>.

            Dócil a estas palabras, la Madre de Cristo se apresuró a decir a los servidores de la fiesta de las bodas: “haced lo que Él os diga” (Jn 2, 5). Había en la casa seis tinajas, como enseña la Escritura. Cristo ordena a los servidores: “llenad de agua las tinajas” (Jn 2, 8). Y al punto fue hecho. Llenaron de agua fresca las tinajas y permanecieron allí, en espera de lo que intentaba hacer Aquél que ha cumplido todo con sabiduría.

            Quiero ahora referirme a las tinajas y describir cómo fueron colmadas por aquel vino, que procedía del agua. Como está escrito, el Maestro había dicho en voz alta a los servidores: <Sacad este vino que no proviene de la vendimia, ofrecedlo a los invitados, llenad las copas secas, para que lo disfrute todo el mundo y el mismo esposo; puesto que a todos he dado la alegría de modo imprevisto, Yo que he cumplido todo con sabiduría>.

            En cuanto Cristo cambió manifiestamente el agua en vino gracias al propio poder, todo el mundo se llenó de alegría encontrando agradabilísimo el gusto de aquel vino.

            Hoy podemos sentarnos al banquete de la Iglesia, porque el vino se ha cambiado en la sangre de Cristo, y nosotros la asumimos en santa alegría, glorificando al gran Esposo. Porque el auténtico Esposo es el Hijo de María, el Verbo que existe desde la eternidad, que ha asumido la condición de esclavo y que ha cumplido todo con sabiduría.

            Altísimo, Santo, Salvador de todos, mantén inalterado el vino que hay en nosotros, Tú que presides todas las cosas. Arroja de aquí a los que piensan mal y, en su perversidad, adulteran con el agua tu vino santísimo: porque diluyendo siempre tu dogma en agua, se condenan a sí mismos al fuego del infierno.

            Pero presérvanos, oh Inmaculado, de los lamentos que seguirán a tu juicio, Tú que eres misericordioso, por las oraciones de la Santa, Virgen Madre de Dios, Tú que has cumplido todo con sabiduría.

 

Himno al sacrificio de Abraham

 

            En el himno sobre el sacrificio de Abraham, Sara se reserva la decisión sobre la vida de Isaac. Abraham dice: «Cuando Sara escuche, Señor mío, todas tus palabras,/ al conocer tu voluntad, me dirá:/-Si quien nos lo ha dado lo vuelve a tomar, ¿por qué nos lo ha dado?/[...] -Tú, anciano, déjame mi hijo,/y cuando quiera quien te ha llamado, tendrá que decírmelo a mí» (El sacrificio de Abraham, 7).

            Romano no usa el griego bizantino solemne de la corte, sino un griego sencillo, cercano al lenguaje del pueblo. Quisiera citar un ejemplo de la manera viva y muy personal con la que hablaba del Señor Jesús: le llama «fuente que no quema y luz contra las tinieblas», y dice: «Yo anhelo tenerte en mis manos como una lámpara;/ de hecho, quien lleva una luz entre los hombres es iluminado sin quemarse./ Ilumíname, por tanto, Tú que eres Luz inapagable» (La Presentación o Fiesta del encuentro, 8). La fuerza de convicción de sus predicaciones se fundaba en la gran coherencia entre predicación y vida.

           

 

3. 6. SAN JUAN DAMASCENO

 

            El último Padre de la Iglesia en Oriente nació en Damasco entre los años 650 y 674, en el seno de una familia acomodada. Su padre ocupaba un cargo importante en la Corte y él llegó a formar también parte de la administración del califato, en calidad de  jefe de la población cristiana, que ya estaba bajo el dominio de los Califas. Hacia el año 726 dejó este puesto y se retiró al monasterio de San Sabas, cerca de Jerusalén.

            Con San Juan Damasceno se cierra el ciclo de los Padres de la Iglesia Griega del período bizantino, dignos de ser mencionados. Fue autor de una obra titulada «De la fe ortodoxa», que compuso para metodizar la ciencia eclesiástica, aplicando a ella la forma silogística de Aristóteles.

            Como orador han quedado de él algunos discursos sobre la «Santísima Virgen», uno sobre la «Transfiguración» y un panegírico sobre San Juan Crisóstomo. Como poeta dejó toda la parte lírica de la mayor parte del oficio divino de la Iglesia griega.

            Ordenado sacerdote, llevó a cabo una actividad literaria considerable, contestando a las preguntas de muchos obispos y predicando con frecuencia en Jerusalén.

            Hombre de vasta cultura, su apasionado amor por Jesucristo y su tierna devoción a Santa María le colocan entre los hombres ilustres de la Iglesia, tanto por su virtud como por su ciencia.

            Desde el punto de vista teológico, su importancia radica en que supo reunir y exponer lo esencial de la tradición patrística, sin carecer de fuerza creadora propia. Su actividad literaria ha dejado obras dogmáticas, exegéticas, ascético-morales, homiléticas y poéticas.

            Poco tiempo después de su muerte, ocurrida alrededor del año 750, ya estaba muy difundida su fama de santidad. Recibió del II Concilio de Nicea (año 787) los más cálidos elogios por su santidad y ortodoxia. El 19 de agosto de 1890 fue proclamado Doctor de la Iglesia por León XIII.

 

Madre de la gloria

(Homilía 2 en la dormición de la Virgen María, 2 y 14)

            Hoy es introducida en las regiones sublimes y presentada en el templo celestial la única y santa Virgen, la que con tanto afán cultivó la virginidad, que llegó a poseerla en el mismo grado que el fuego más puro. Pues mientras todas las mujeres la pierden al dar a luz, Ella permaneció virgen antes del parto, en el parto y después del parto.

            Hoy el arca viva y sagrada del Dios viviente, la que llevó en su seno a su propio Artífice, descansa en el templo del Señor, templo no edificado por manos humanas.

            Danza David, abuelo suyo y antepasado de Dios, y con él forman coro los ángeles, aplauden los Arcángeles, celebran las Virtudes, exultan los Principados, las Dominaciones se deleitan, se alegran las Potestades, hacen fiesta los Tronos, los Querubines cantan laudes y pregonan su gloria los Serafines. Y no un honor de poca monta, pues glorifican a la Madre de la gloria.

            Hoy la sacratísima paloma, el alma sencilla e inocente consagrada al Espíritu Santo, salió volando del arca, es decir, del cuerpo que había engendrado a Dios y le había dado la vida, para hallar descanso a sus pies: y habiendo llegado al mundo inteligible, fijó su sede en la tierra de la suprema herencia, aquella tierra que no está sujeta a ninguna suciedad.

            Hoy el Cielo da entrada al Paraíso espiritual del nuevo Adán, en el que se nos libra de la condena, es plantado el árbol de la vida y cubierta nuestra desnudez. Ya no estamos carentes de vestidos, ni privados del resplandor de la imagen divina, ni despojados de la copiosa gracia del Espíritu. Ya no nos lamentamos de la antigua desnudez, diciendo:       “me han quitado mi túnica, ¿cómo podré ponérmela?” (Cant 5,3).

            En el primer Paraíso estuvo  abierta entrada a la serpiente, mientras que nosotros, por haber ambicionado la falsa divinidad que nos prometía, fuimos comparados con los jumentos (Cf. Sal 48, 13). 

            Pero el mismo Hijo Unigénito de Dios, que es Dios consustancial al Padre, se hizo hombre tomando origen de esta tierra purísima que es la Virgen.

            Hoy la Virgen inmaculada, que no ha conocido ninguna de las culpas terrenas, sino que se ha alimentado de los pensamientos celestiales, no ha vuelto a la tierra; como Ella era un cielo viviente, se encuentra en los tabernáculos celestiales. En efecto, ¿quién faltaría a la verdad llamándola cielo?: al menos se puede decir, comprendiendo bien lo que se quiere significar, que es superior a los cielos por sus incomparables privilegios.

            Pues quien fabricó y conserva los cielos, el Artífice de todas las cosas creadas --tanto de las terrenas como de las celestiales, caigan o no bajo nuestra mirada--, Aquél que en ningún lugar es contenido, se encarnó y se hizo niño en Ella sin obra de varón, y la transformó en hermosísimo tabernáculo de esa única divinidad que abarca todas las cosas, totalmente recogido en María sin sufrir pasión alguna, y permaneciendo al mismo tiempo totalmente fuera, pues no puede ser comprendido.

            Hoy la Virgen, el tesoro de la vida, el abismo de la gracia --no se de qué modo expresarlo con mis labios audaces y temblorosos-- nos es escondida por una muerte vivificante. Ella, que ha engendrado al destructor de la muerte, la ve acercarse sin temor, si es que está permitido llamar muerte a esta partida luminosa, llena de vida y santidad. Pues la que ha dado la verdadera Vida al mundo, ¿cómo puede someterse a la muerte?

            Pero Ella ha obedecido la ley impuesta por el Señor y, como hija de Adán sufre la sentencia pronunciada contra el padre. Su Hijo, que es la misma Vida, no la ha rehusado, y por tanto es justo que suceda lo mismo a la Madre del Dios vivo.

            Si el cuerpo santo e incorruptible que Dios, en Ella, había unido a su persona, ha resucitado del sepulcro al tercer día, es justo que también su Madre fuese tomada del sepulcro y se reuniera con su Hijo. Es justo que así como Él había descendido hacia Ella, Ella fuera elevada a un tabernáculo más alto y más precioso, al mismo cielo.

            Convenía que la que había dado asilo en su seno al Verbo de Dios, fuera colocada en las divinas moradas de su Hijo; y así como el Señor dijo que Él quería estar en compañía de los que pertenecían a su Padre, convenía que la Madre habitase en el palacio de su Hijo, en la morada del Señor, en los atrios de la casa de nuestro Dios. Pues si allí está la habitación de todos los que viven en la alegría, ¿en donde habría de encontrarse quien es Causa de nuestra alegría?

            Convenía que el cuerpo de la que había guardado una virginidad sin mancha en el alumbramiento, fuera también conservado poco después de la muerte.

            Convenía que la que había llevado en su regazo al Creador hecho niño habitase en los tabernáculos divinos. Convenía que la Esposa elegida por el Padre, viviese en la morada del Cielo.            Convenía que la que contempló a su Hijo en la Cruz, y tuvo su corazón traspasado por el puñal del dolor que no la había herido en el parto, le contemplase, a Él mismo, sentado a la derecha del Padre.Convenía, en fin, que la Madre de Dios poseyese todo lo que poseía el Hijo, y fuese honrada por todas las criaturas.

 

(cf. GUILLERMO PONS, El Espíritu en los Padres de la Iglesia, Edit. Ciudad Nueva, Madrid 1998.

JAIME GARCÍA ALVAREZ, Oremos con San Agustín, Edit. Revista Agustiniana, Madrid 1996. 

JOSÉ ANTONIO MARTÍNEZ PUCHE, María en la Biblia y en los Padres de la Iglesia, Edibesa 2002, 1ªed.

MONJAS BENECITINAS, La Virgen María, Padres de la Iglesia, Edibesa 2004, 1ª edición.

JOSÉ ANTONIO LOARTE,  El tesoro de los Padres, Edit. Rialp-Madrid, 1998.

MONJAS BENEDICTINAS, La Virgen María, Padres de la Iglesia, Edibesa 2005.

PIE REGAMEI, Los mejores textos sobre la Virgen, Edit. Patmos,  3ª edición Madrid 2008

CMP= Corpus Maríanum Patristicum, S. Álvarez          Campos, Ed. Aldecoa, 8 vols., Burgos 1970-1985

PG = Patrología griega, Migne.

PL=  Patrología latina, Migne).

3. 7. SAN BERNARDO

            Pedro de Ribadeneira, en su vida de San Bernardo, empieza así: «En la provincia de Borgoña hay un lugar que antiguamente fue de poco nombre y estima, y se llama Fontana; mas ahora con gran razón es famoso y célebre, por haber nacido en él San Bernardo Abad, espejo de toda virtud y retrato de santidad...».

            San Bernardo nació el año 1090. Fue el único de siete hermanos dedicado a las letras. Su temperamento concentrado y pacífico le llevaba a ello. Además, su madre, movida de presentimientos consoladores tenía sobre él grandes ideales.

            Sus estudios los hizo en Chatillon-sur-Seine, en donde había una famosa escuela de trivium (gramática, retórica y dialéctica) y cautrivium (aritmética, geometría, astronomía y música), filosofía y teología. Ni que decir tiene, que, leyendo sus escritos,  vemos que sobresalió por la filosofía y la teología, pero todo envuelto en buena retórica y dialéctica. Entró en la orden del Císter con sus hermanos y treinta compañeros en el 1111.

            Lógicamente, por el tiempo en que vivió, no está considerado Padre de la Iglesia. Pero empalma plenamente con ellos, sobre todo, por su teología y por estilo de sus palabras y escritos. Especialmente sobre la Virgen.

            Siempre fue considerado un fervoroso hijo de María, de la que dijo cosas muy bellas  y de él todos aprendimos y hemos rezado  la conocida oración a la Virgen: <Oh bendita y piadosísima Virgen María... jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a Vos...> En mis años de seminario leí sus Sermones sobre el Amor de Dios en su comentario al Cantar de los Cantares, un verdadero tratado de oración y amor de Dios que me gustó y me hizo mucho bien.

            Ahora paso a poner lo más hermoso que he visto en sus obras publicadas por la BAC, sobre todo sus sermones y homilías a la Virgen, especialmente las tituladas por los traductores HOMILÍAS SOBRE LAS EXCELENCIAS DE LA VIRGEN MARÍA, comentando a Lc 1, 26-38  (PL 183, 55-88).

 

1. PRIMERA HOMILÍA

 

“En el mes sexto fue enviado el ángel Gabriel de parte de Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón de nombre José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María.

 1. ¿Qué fin tendría el evangelista en expresar con tanta distinción los propios nombres de tantas cosas en este lugar? Yo creo que pretendía con esto que no oyésemos con negligencia nosotros lo que él con tanta exactitud procuraba referir. Nombra, pues, el nuncio que es enviado, el Señor por quien es enviado, la Virgen a quien es enviado, el esposo también de la Virgen, señalando con sus propios nombres el linaje de ambos, la ciudad y la región. ¿Para qué todo esto? ¿Piensas tú que alguna de estas cosas esté puesta aquí superfluamente? De ninguna manera; porque si no cae una hoja del árbol sin causa, ni cae en la tierra un pájaro sin la voluntad del Padre celestial, ¿podría yo juzgar que de la boca del santo evangelista saliese una palabra superflua, especialmente en la sagrada historia del que es Palabra de Dios? No lo pienso así: todas están llenas de soberanos misterios y cada una rebosa en celestial dulzura; pero esto es si tienen quien las considere con diligencia y sepa chupar miel de la piedra y aceite del peñasco durísimo.

2. SEGUNDA HOMILÍA

 

4. Fue enviado, dice, el ángel Gabriel a una virgen. Virgen en el cuerpo, virgen en el alma, virgen en la profesión, virgen, finalmente, como la que describe el Apóstol, santa en el alma y en el cuerpo; ni hallada nuevamente o sin especial providencia, sino escogida desde los siglos, conocida en la presencia del Altísimo y preparada para sí mismo; guardada por los ángeles, designada anticipadamente por los antiguos Padres, prometida por los profetas. Registra las escrituras y hallarás las pruebas de lo que digo. Pero ¿quieres que yo también traiga aquí testimonios sobre esto? Para hablar poco de lo mucho, ¿qué otra cosa te parece que predijo Dios, cuando dijo a la serpiente: “Pondré enemistades entre ti y la mujer” y si todavía dudas que hablase de María, oye lo que se sigue : “Ella misma quebrantará tu cabeza”. ¿Para quién se guardó esta victoria sino para María? Ella sin duda quebrantó su venenosa cabeza, venciendo y reduciendo a la nada todas las sugestiones del enemigo, así en los deleites del cuerpo como en la soberbia del corazón.

 

11. Mira, dice, “que una virgen concebirá y dará a luz un hijo”. Ea, ya tienes la mujer, que es la Virgen. ¿Quieres oír también quién es el varón? Y será llamado, añade, Manuel, esto es, Dios con nosotros. Así, la mujer que circunda al varón es la Virgen, que concibe a Dios. ¿Ve qué bella y concordemente cuadran entre sí los hechos maravillosos de los santos y sus misteriosos dichos? ¿Ves qué estupendo es este solo milagro hecho con la Virgen y en la Virgen, a que precedieron tantos prodigios y que prometieron tantos oráculos?

            Sin duda era uno solo el espíritu de los profetas y, aunque en diversas maneras, signos y tiempos, y, siendo ellos diversos también, pero no con diverso espíritu, previeron y predijeron una misma cosa.

            Lo que se mostró a Moisés en la zarza y en el fuego, a Aarón en la vara y en la flor, a Gedeón en el vellocino y el rocío, eso mismo abiertamente predijo Salomón en la mujer fuerte y en su precio; con más expresión lo cantó anticipadamente Jeremías de una mujer y de un varón; clarísimamente lo anunció Isaías de una virgen y de Dios; en fin, eso mismo lo mostró San Gabriel en la Virgen saludándola; porque esta misma es de quien dice el evangelista ahora: “Fue enviado el Ángel Gabriel a una virgen desposada”.

 

12. Auna virgen desposada, dice. ¿Por qué fue desposada? Siendo ella, digo, elegida virgen y, como se ha demostrado, virgen que había de concebir, y virgen que había de dar a luz siendo virgen, causa admiración que fuese desposada. ¿Habrá por ventura quien diga que esto sucedería casualmente?

            No se hizo casualmente cuando, para hacerse así, se halla causa muy razonable, causa muy útil y necesaria y digna enteramente del consejo divino. Diré lo que a mí me ha parecido o, por mejor decir, lo que antes de mí ha parecido a los Padres. La causa para que se desposase María fue la misma que hubo para permitir que dudase Tomás.

            Era costumbre de los judíos que desde el día del desposorio hasta el tiempo de las bodas fuesen entregadas las esposas a sus esposos para ser guardadas, a fin de que con tanta mayor diligencia guardasen su honestidad cuanto ellos eran más fieles para sí mismos.

            Así, pues, como Tomás, dudando y palpando, se hizo constantísimo confesor de la resurrección del Señor, así también José, desposándose con María y comprobando él mismo su honestísima conducta en el tiempo de su custodia con más diligencia, se hizo fidelísimo testigo de su pureza.

            Bella congruencia de ambas cosas, esto es, de la duda en Tomás y del desposorio en María. Podía el enemigo ponernos un lazo a nosotros para que cayésemos en el error, dudando de la verdad de la fe en Tomás y de la castidad en María, reduciéndose de esta suerte la verdad a sospechas; pero, con prudente y piadoso consejo de Dios, sucedió, por el contrario, que por donde se temía la sospecha, se hizo más firme y más cierta la verdad de nuestra fe.

            Porque acerca de la resurrección del Hijo, más presto sin duda, yo, que soy débil, creeré a Tomás, que duda y palpa, que a Cefas, que lo oye y luego lo cree; y sobre la continencia de María, más fácilmente creeré a su esposo, que la guarda y experimenta, que creería aún a la misma Virgen si se defendiese con sola su conciencia.

            Dime, te ruego, ¿quién viéndola embarazada, sin estar desposada, no diría más bien que era mujer corrupta que virgen? No era decente que se dijese esto de la Madre del Señor; era más tolerable y honesto que por algún tiempo se pensase que Cristo había nacido de matrimonio que no de fornicación.

 

13. Así, no hay duda en que intervinieron causas muy importantes para que María fuese desposada con José, puesto que por este medio se esconde lo santo a los perros y se comprueba la virginidad de María por su esposo; igualmente se preserva a la Virgen del sonrojo y se provee a la integridad de su fama. ¿Qué cosa más llena de sabiduría, qué cosa más digna de la providencia divina?

            Con sólo este arbitrio, se admite un fiel testigo a los secretos del cielo y se excluye de ellos al enemigo y se conserva ilesa la fama de la Virgen Madre.

            De otra suerte, ¿cuándo hubiera perdonado el justo a una adúltera? Pero está escrito: “Mas José, su esposo, siendo justo, y no queriendo delatarla, quiso dejarla ocultamente” ¡Qué bien dicho, siendo justo y no queriendo delatarla!

            Porque así como de ningún modo hubiera sido justo si la hubiera consentido conociéndola culpada, igualmente no sería justo si la hubiera delatado, conociéndola inocente. Como fuese, pues, justo y no quisiese delatarla, quiso dejarla ocultamente.

 

14. ¿Por qué quiso dejarla? Oye también en esto no mi sentencia propia, sino la de los Padres. Por el mismo motivo quería José dejar a María por el que San Pedro también apartaba de sí al Señor, diciéndole: Apártate de mí, Señor, porque yo soy un pecador;  y por la causa misma porque el centurión no quería que entrase el Señor en su casa diciendo: Señor, yo no soy digno de que entres bajo de mi techo.

            Así, José, teniéndose por indigno y pecador, decía dentro de sí mismo que no debía concedérsele ya en adelante la familiar compañía con tal y tan grande criatura, cuya admirable dignidad miraba sobre sí con asombro. Miraba y se llenaba de pavor a la vista de quien llevaba en sí misma una ciertísima divisa de la presencia divina; y, porque no podía penetrar el misterio, quería dejarla.

            Miró Pedro con pavor la grandeza del poder de Cristo, miró con pavor el centurión la majestad de su presencia. Fué poseído también José, como hombre, de un asombro sagrado a la novedad de tan grande milagro, a la profundidad de tan grande misterio, y por eso quiso dejarla ocultamente.

            ¿Te maravillas de que José se juzgase indigno de la compañía de María, cuando llevaba ya en sus virginales entrañas el Hijo de Dios, oyendo tú que Santa Isabel no podía sostener su presencia sin temor y respeto, pues prorrumpe en estas voces: “¿De dónde a mí esta dicha, que la Madre de mi Señor venga a mí?”.            

            Este fue el motivo porque José quería dejarla. Pero ¿por qué ocultamente y no a las claras? Porque no se inquiriese la causa del divorcio y se pidiese la razón que había para él. Porque ¿qué respondería este varón justo a un pueblo de dura cerviz, a un pueblo que no creía, sino que contradecía?

            Si decía lo que sentía y lo que había comprobado él mismo en orden a su pureza, ¿no se burlarían al punto de él los incrédulos y crueles judíos y a ella no la apedrearían? ¿Cuándo creerían a la verdad enmudecida en el seno, si después la despreciaron clamando en el templo? ¿Qué harían con quien todavía no aparecía los que pusieron en Él sus impías manos cuando resplandecía con milagros?

            Con razón, pues, este varón justo, por no verse obligado o a mentir o a infamar a una inocente, quiso ocultamente dejarla.

 

15. Mas si alguno siente de diferente modo, y porfía en que José, como hombre, dudó; y, como era justo, no quería habitar con ella por la sospecha, no queriendo, sin embargo, tampoco (como era piadoso) descubrir sus recelos, y que por esto quiso dejarla ocultamente; brevemente respondo que aun así fue muy necesaria y provechosa la duda de José, pues mereció ser aclarada por el oráculo divino. Porque así se halla escrito: “Pensando él en esto, es decir, en dejarla ocultamente, se le apareció un ángel en sueños, y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir a María por consorte tuya, pues lo que en sus entrañas está es del Espíritu Santo”.

            Así, por estas razones, fue desposada María con José o, como dice el evangelista, con un varón cuyo nombre era José. Varón le llama, no porque fuese marido, sino porque era hombre de virtud. O mejor, porque, según otro evangelista, fue llamado, no varón absolutamente, sino varón de María, con razón se apellida como fue necesario reputarle.

            Sin duda, este José con quien se desposó la Madre del Salvador fue hombre bueno y fiel. Al fin del verso dice el evangelista: “Y el nombre de la virgen era María”. Digamos también, acerca de este nombre, que significa estrella de la mar, y se adapta a la Virgen Madre con la mayor proporción. Se compara María oportunísimamente a la estrella; porque, así como la estrella despide el rayo de su luz sin corrupción de sí misma, así, sin lesión suya, dio a luz la Virgen a su Hijo. Ni el rayo disminuye a la estrella su claridad, ni el Hijo a la Virgen su integridad.

            Ella, pues, es aquella noble estrella nacida de Jacob, cuyos rayos iluminan todo el orbe, cuyo esplendor brilla en las alturas y penetra los abismos; y, alumbrando también a la tierra y calentando más bien los corazones que los cuerpos, fomenta las virtudes y consume los vicios.

            Esta misma, repito, es la esclarecida y singular estrella, elevada por necesarias causas sobre este mar grande y espacioso, brillando en méritos, ilustrando en ejemplos. ¡Oh!, cualquiera que seas el que en la impetuosa corriente de este siglo te miras, mas antes fluctuar entre borrascas y tempestades, que andar por la tierra, no apartes los ojos del resplandor de esta estrella, si quieres no ser oprimido de las borrascas.

            Si se levantan los vientos de las tentaciones, si tropiezas en los escollos de las tribulaciones, mira a la estrella, llama a María. Si eres agitado de las ondas de la soberbia, si de la detracción, si de la ambición, si de la emulación, mira a la estrella, llama a María. Si la ira, o la avaricia, o el deleite carnal impele violentamente la navecilla de tu alma, mira a María.             Si, turbado a la memoria de la enormidad de tus crímenes, confuso a vista de la fealdad de tu conciencia, aterrado a la idea del horror del juicio, comienzas a ser sumido en la sima sin suelo de la tristeza, en el abismo de la desesperación, piensa en María.

            En los peligros, en las angustias, en las dudas, piensa en María, invoca a María. No se aparte María de tu boca, no se aparte de tu corazón; y para conseguir los sufragios de su intercesión, no te desvíes de los ejemplos de su virtud. No te descaminarás si la sigues, no desesperarás si la ruegas, no te perderás si en ella piensas.

            Si ella te tiene de su mano, no caerás; si te protege, nada tendrás que temer ; no te fatigarás, si es tu guía; llegarás felizmente al puerto, si ella te ampara; y así, en ti mismo experimentarás con cuánta razón se dijo: “Y el nombre de la virgen era María”. Pero ya debemos pausar un poco, no sea que miremos sólo de paso la claridad de tanta luz.

            Bueno es que nos detengamos aquí; y da gusto contemplar dulcemente en el silencio lo que no basta a explicar la pluma laboriosa. Entre tanto, por la devota contemplación de esta brillante estrella recobrará más fervor la exposición en lo que se sigue.

 

3. TERCERA HOMILÍA

 

2. “Habiendo, pues, entrado el ángel a María, la dijo: Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo”. ¿Qué mucho estuviera llena de gracia, si el Señor estaba con ella? Lo que más se debe admirar es cómo el mismo que había enviado el ángel a la Virgen fue hallado con la Virgen por el ángel.

            ¿Fue Dios más veloz que el ángel, de modo que con mayor ligereza se anticipó a su presuroso nuncio para llegar a la tierra? No hay que admirar, porque estando el Rey en su reposo, el nardo de la Virgen dio su olor y subió a la presencia de su gloria el perfume de su aroma y halló gracia en los ojos del Señor, clamando los circunstantes

            “¿Quién es esta que sube por el desierto como una columnita de humo formada de perfumes de mirra e incienso?” Y al punto el Rey, saliendo de su lugar santo, mostró el aliento de un gigante para correr el camino; y, aunque fue su salida de lo más alto del cielo, volando en su ardentísimo deseo, se adelantó a su anuncio, para llegar a la Virgen, a quien había amado, a quien había escogido para sí, cuya hermosura había deseado. Al cual, mirándole venir de lejos, dándose el parabién y llenándose de gozo, le dice la Iglesia: “Mirad cómo viene éste saltando en los montes, pasando por encima de los collados”.

           

4. Dice, pues: “Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo”. No solamente el Señor Hijo es contigo, al cual distes tu carne, sino también el Señor Espíritu Santo, de quien concibes; y el Señor Padre, que engendró al que tú concibes.

            El Padre, repito, es contigo, que hace a su Hijo tuyo también. El Hijo es contigo, quien, para obrar en ti este admirable misterio, se reserva a sí con un modo maravilloso el arcano de la generación y a ti te guarda el sello virginal. El Espíritu Santo es contigo, pues con el Padre y con el Hijo santifica tu sello. El Señor, pues, es contigo.

 

8. Abre, Virgen, el seno, dilata el regazo, prepara tus castas entrañas, pues va a hacer en ti cosas grandes el que es todopoderoso, en tanto grado, que en vez de la maldición de Israel te llamarán bienaventurada todas las generaciones. No tengas por sospechosa, Virgen prudentísima, la fecundidad; porque no disminuirá tu integridad.

            Concebirás, pero sin pecado; embarazada estarás, pero no cargada; darás a luz, pero no con tristeza; no conocerás varón y engendrarás un hijo.      ¿Qué hijo? De aquel mismo serás Madre de quien Dios es Padre. El hijo de la caridad paterna será la corona de tu castidad; la sabiduría del corazón del Padre será el fruto de tu virgíneo seno; a Dios, en fin, darás a luz y concebirás de Dios.

            Ten, pues, ánimo, Virgen fecunda, madre intacta, porque no serás maldecida jamás en Israel ni contada entre las estériles. Y si con todo eso el Israel carnal te maldice, no porque te mire estéril, sino porque sienta que seas fecunda; acuérdate que Cristo también sufrió la maldición; el mismo que a ti, que eres su madre, bendijo en los cielos; pero aun en la tierra igualmente eres bendecida por e1 ángel, y por todas las generaciones de la tierra eres llamada, con razón, bienaventurada. Bendita, pues, eres tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

 

10. “No temas, María, porque hallaste gracia en los ojos de Dios”. ¡Oh,  si supieras cuánto agrada a Dios tu humildad y cuánta es tu privanza con Él! ¡No te juzgarías indigna de que te saludase y obsequiase un ángel! ¿Por qué has de pensar que te es indebida la gracia de los ángeles, cuando has hallado gracia en los ojos de Dios? Hallaste lo que buscabas, hallaste lo que antes de ti ninguno pudo hallar, hallaste gracia en los ojos de Dios. ¿Qué gracia? La paz de Dios y de los hombres, la destrucción de la muerte, la reparación de la vida. Esta es la gracia que hallaste en los ojos de Dios.

            Y ésta es la señal que te dan para que te persuadas que has hallado todo esto: “Sabe que concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, a quien llamarás Jesús”.

            Entiende, Virgen prudente, por el nombre del hijo que te prometen, cuán grande y qué especial gracia has hallado en los ojos de Dios. Y le llamarás Jesús. La razón y significado de este nombre se halla en otro evangelista, interpretándole el ángel así: Porque Él salvará a su pueblo de sus pecados.

4. CUARTA HOMILÍA

 

3. Dijo, pues, María al ángel: “¿Cómo se hará esto, porque yo no conozco varón?” Primero, sin duda, calló como prudente, cuando todavía dudosa pensaba entre sí qué salutación sería ésta, queriendo más por su humildad no responder que temerariamente hablar lo que no sabía.

            Pero ya confortada y habiéndolo premeditado bien, hablándola a la verdad en lo exterior el ángel, pero persuadiéndola interiormente Dios (pues estaba con ella según lo que dice el ángel: “El Señor es contigo”); así, pues, confortada, expeliendo sin duda la fe al temor, la alegría al empacho, le dijo al ángel: “¿Cómo se hará esto, porque yo no conozco varón?

            No duda del hecho, pregunta acerca del modo y del orden; porque no pregunta si se hará esto, sino cómo. Al modo que si dijera: sabiendo mi Señor que su esclava tiene hecho voto de no conocer varón;        ¿con qué disposición, con qué orden le agradará que se haga esto?

            Si su Majestad ordena otra cosa y dispensa en este voto para tener tal Hijo, alégrome del Hijo que me da, mas duéleme de que se dispense en el voto; sin embargo, hágase su voluntad en todo; pero, si he de concebir virgen y virgen también he de dar a luz, lo cual, ciertamente, si le agrada, no le es imposible, entonces verdaderamente conoceré que miró la humildad de su esclava.

            “¿Cómo, pues, se hará esto, porque yo no conozco varón?” Y respondiendo el ángel, le dijo: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra”. Había dicho antes que estaba llena de gracia; pues ¿cómo dice ahora: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra” ¿Por ventura podía estar llena de gracia y no tener todavía al Espíritu Santo, siendo Él el dador de las gracias? Y si el Espíritu Santo estaba en ella, ¿cómo todavía se le vuelve a prometer como que vendrá sobre ella nuevamente? Por eso acaso no dijo absolutamente vendrá a ti, sino que añadió sobre; porque, aunque a la verdad primero estuvo con María por su copiosa gracia, ahora se la anuncia que vendrá sobre ella por la más abundante plenitud de gracia que en ella ha de derramar.

            Pero, estando ya llena, ¿cómo podía caber en ella aquello más? Y si todavía puede caber más en ella, ¿cómo se ha de entender que antes estaba llena de gracia? Acaso la primera gracia había llenado solamente su alma, y la siguiente había de llenar también su seno; a fin de que la plenitud de la Divinidad, que ya habitaba antes espiritualmente en ella, como en muchos de los santos, como en ninguno de los santos comenzase a habitar en ella también corporalmente.

 

8. Oíste, ¡oh Virgen!, el hecho; oíste el modo también; lo uno y lo otro es cosa maravillosa, lo uno y lo otro es cosa agradable. “Gózate, hija de Sión; alégrate, hija de Jerusalén”. Y pues a tus oídos ha dado el Señor gozo y alegría, oigamos nosotros de tu boca la respuesta de alegría que deseamos para que con ella entre la alegría y el gozo en nuestros huesos afligidos y humillados.          

            Oíste, vuelvo a decir, el hecho, y lo creíste; cree lo que oíste también acerca del modo. Oíste que concebirás y darás a luz a un hijo; oíste que no será por obra de varón, sino por obra del Espíritu Santo. Mira que el ángel aguarda tu respuesta, porque ya es tiempo que se vuelva al Señor que le envió.

            Esperamos también nosotros, Señora, esta palabra de misericordia, a los cuales tiene condenados a muerte la divina sentencia, de que seremos librados por tus palabras. Ve que se pone entre tus manos el precio de nuestra salud; al punto seremos librados si consientes. Por la palabra eterna de Dios fuimos todos criados, y con todo eso morimos; mas por tu breve respuesta seremos ahora restablecidos para no volver a morir.

            Esto te suplica, ¡oh piadosa Virgen!, el triste Adán, desterrado del paraíso con toda su miserable posteridad. Esto Abraham, esto David con todos los santos Padres tuyos, los cuales están detenidos en la región de la sombra de la muerte; esto mismo te pide el mundo todo postrado a tus pies. Y no sin motivo aguarda con ansia tu respuesta, porque de tu palabra depende el consuelo de los miserables, la redención de los cautivos, la libertad de los condenados, la salud, finalmente, de todos los hijos de Adán, de todo vuestro linaje.

            Da, ¡oh Virgen!, aprisa la respuesta. ¡Ah! señora, responde aquella palabra que espera la tierra, que espera el infierno, que esperan también los ciudadanos del cielo. El mismo Rey y Señor de todos, cuanto deseó tu hermosura, tanto desea ahora la respuesta de tu consentimiento; en la cual sin duda se ha propuesto salvar el mundo. A quien agradaste por tu silencio agradarás ahora mucho más por tus palabras, pues Él te habla desde el cielo diciendo ¡Oh hermosa entre las mujeres, hazme que oiga tu voz! Si tú le haces oír tu voz, El te hará ver el misterio de nuestra salud.

            ¿Por ventura no es esto lo que buscabas, por lo que gemías, por lo que orando días y noches suspirabas? ¿Qué haces, pues? ¿Eres tú aquella para quien se guardan estas promesas o esperamos otra? No, no; tú misma eres, no es otra.

            Tú eres, vuelvo a decir, aquella prometida, aquella esperada, aquella deseada, de quien tu santo padre Jacob, estando para morir, esperaba la vida eterna, diciendo “Tu salud esperaré, Señor”. En quien y por la cual Dios mismo, nuestro Rey, dispuso antes de los siglos obrar la salud en medio de la tierra.

            Por qué esperarás de otra lo que a ti misma te ofrecen? ¿Por qué aguardarás de otra lo que al punto se hará por ti, como des tu consentimiento y respondas una palabra?

            Responde, pues, presto al ángel, o, por mejor decir, al Señor por el ángel; responde una palabra y recibe otra palabra; pronuncia la tuya y concibe la divina; articula la transitoria y admite en ti la eterna. ¿Qué tardas? ¿Qué recelas? Cree, di que sí y recibe.

            Cobre ahora aliento tu humildad y tu vergüenza confianza. De ningún modo conviene que tu sencillez virginal se olvide aquí de la prudencia. En sólo este negocio no temas, Virgen prudente, la presunción; porque, aunque es agradable la vergüenza en el silencio, pero más necesaria es ahora la piedad en las palabras.

            Abre, Virgen dichosa, el corazón a la fe, los labios al consentimiento, las castas entrañas al Criador. Mira que el deseado de todas las gentes está llamando a tu puerta. ¡Ay si, deteniéndote en abrirle, pasa adelante, y después vuelves con dolor a buscar al amado de tu alma! Levántate, corre, abre. Levántate por la fe, corre por la devoción, abre por el consentimiento.

            “He aquí, dice la Virgen, la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”.

 

11. Esto sin duda entendió la Virgen prudente, cuando, al anticipado don de la gratuita promesa, juntó el mérito de su oración diciendo: “Hágase en mí según tu palabra”. Hágase en mí del Verbo según tu palabra; el Verbo, que en el principio estaba en Dios, hágase carne de mi carne según tu palabra. Hágase en mí, suplico, la palabra, no pronunciada que pase, sino concebida que permanezca, vestida ciertamente no de aire, sino de carne. Hágase en mí no sólo perceptible al oído, sino también visible a los ojos, palpable a las manos, fácil de llevar en mis hombros. Ni se haga en mí la palabra escrita y muda, sino encarnada y viva; esto es, no escrita en mudos caracteres, en pieles muertas, sino impresa vitalmente en la forma humana en mis castas entrañas, y esto no con el rasgo de una pluma, sino por obra del Espíritu Santo.

            Para decirlo de una vez, hágase para mí de aquel modo con que para ninguno se ha hecho hasta ahora antes de mí y para ninguno después de mí se ha de hacer. De muchos y varios modos habló Dios en otro tiempo a nuestros padres por sus profetas, y también se hace mención en las Escrituras de que la palabra de Dios se hizo para unos en el oído, para otros en la boca, para otros aun en la mano; pero yo pido que para mí se haga en mi seno según tu palabra.

            No quiero que se haga para mí o predicada retóricamente, o significada figuradamente o soñada imaginariamente, sino inspirada silenciosamente, encarnada personalmente, entrañada corporalmente.

            El Verbo, pues, que ni puede hacerse en sí mismo ni lo necesita, dígnese en mí, dígnese también para mí ser hecho según tu palabra. Hágase desde luego generalmente para todo el mundo, pero hágase para mí con especialidad según tu palabra.

 

(Hago totalmente mías estas palabras de San Bernardo al final de sus cuatro homilías sobre las Excelencias de la Virgen María. Y las hago extensivas a todo el libro: «Con todo eso, sepan los que me reprenden de una ociosa y nada necesaria exposición que no he pretendido tanto exponer el Evangelio como tomar ocasión del Evangelio para hablar lo que era deleite de mi alma»).

 

EXCÚSASE SAN BERNARDO A SÍ MISMO POR HABER EXPLICADO ESTE PASAJE DEL EVANGELIO DESPUES DE OTROS EXPOSITORES

 

            He expuesto la lección del Evangelio como he podido; ni ignoro que no a todos agradará este mi pensamiento, sino que sé que por esto me he expuesto a la indignación de muchos, y que reprenderán mi trabajo por superfluo o me juzgarán presumido; porque, después que los Padres han explicado plenísimamente este asunto, me he atrevido yo, como nuevo expositor, a poner mi mano en lo mismo.

            Pero si he dicho algo después de los Padres que, sin embargo, no es contra los Padres, ni a los Padres ni a otro alguno juzgo que debe desagradar. Donde he dicho lo mismo que he tomado de los Padres, esté muy lejos de mí el aire de presunción para que no me falte el fruto de la devoción, y yo con paciencia oiré a los que se quejaren de la superfluidad de mi trabajo.            Con todo eso, sepan los que me reprenden de una ociosa y nada necesaria exposición que no he pretendido tanto exponer el Evangelio como tomar ocasión del Evangelio para hablar lo que era deleite de mi alma.

            Pero si he pecado en que más antes he excitado en esto mi propia devoción que he buscado la común utilidad, poderosa será la Virgen para excusar este pecado mío delante de su hijo, a quien he dedicado esta pequeña obra, tal cual ella sea, con toda mi devoción.  (Cf. GREGORIO DIEZ, Obras de San Bernardo, BAC, Madrid 1953 pg´s 185-216).

 

 8.  YO TAMBIÉN PIDO EXCUSAS POR SER TAN ATREVIDO, PERO SUCEDIÓ ASÍ

 

            Por el Espíritu Santo y por la Virgen, que lo que voy a deciros es verdad, está siendo verdad. Hoy es 15 de agosto del 2008; 6, 30 de la mañana; me acabo de levantar de la cama y como es día de la Asunción de nuestra Madre al cielo, la he saludado cantando, como hago en ocasiones extraordinarias: «A ti va mi canturia, dulce Señora...».

            A lo que voy. Ayer por la tarde, terminé de transcribir en este libro la homilía de San Juan Damasceno: Madre de la gloria (Homilía 2 en la dormición de la Virgen María, 2 y 14) y esta mañana, al terminar de saludar a la Virgen con esta canturia, me ha dicho María: Pues como me has pedido que arribe a buen puerto tu alma, y la mía con mi cuerpo arribó hace siglos al buen puerto del cielo ¿por qué no añades aquí la primera homilía que me hiciste hace muchos años en mi Asunción a los cielos, que me gusta mucho porque hablas mucho del cielo, de que mis hijos  tienen que amar, hablar y pensar más en el cielo? A mí, como madre asunta al cielo, me gustaría que todos mis hijos se diesen cita aquí, puesto que para esto han sido creados por Dios.  Gonzalo, me gustaría tu homilía de la Asunción como la mejor felicitación que puedas hacerme hoy.

            Yo me quedé sorprendido. Y le he dicho, se lo estoy diciendo ahora mismo: Madre, en este capítulo trato de decir lo que los Santos Padres de la Iglesia han predicado de Ti; es verdad que he metido entre ellos, sin serlo, a San Bernardo, porque yo le recordaba con cariño al haber leído en mi juventud  cosas muy bellas y hermosas sobre el amor a Dios y a  Ti, que me gustaron; por eso le he puesto entre los Padres y espero que no pongas reparo; pero meter mi pobre homilía entre las de los Santos Padres no me parece bien; incluso algunos lo verán como una presunción muy grande; Madre, te lo digo de verdad, me parece muy atrevido... ¿qué van a decir de mí?

            Y como yo,  por otra parte, tratándose de la Virgen me paso un montón, pues ahí va una prueba de mi atrevimiento: repito, 15 de agosto 2008, 6, 30 de la mañana, pero la homilía es de mi primer año de sacerdocio, en la primera Fiesta de la Asunción de la Virgen que celebré como sacerdote.  Lógicamente la escribo tal cual, añadiendo sólo la nota introductoria que puse al publicar mis HOMILÍAS CICLO B,  Edibesa, Madrid 2005, pa s601-606).

MI PRIMERA HOMILÍA EN EL SEMINARIO

 

(Ahí va una homilía chula, de cuando uno tenía veintitrés años, mucho amor a la Virgen y se ajustaba a la oratoria que le había enseñado Don Pelayo en el Seminario.  Fue mi «primer sermón» a la Virgen en el misterio de su Asunción a los cielos).

           

QUERIDOS HERMANOS:

            1.- Celebramos hoy el misterio de la Asunción de María en cuerpo y alma a los cielos. Esta verdad fue definida como dogma de la fe por el Papa Pío XII en el año 1950, siendo yo seminarista y todavía recuerdo la fiesta por todo lo alto que celebramos en el Seminario y en la Catedral de Plasencia, con misa «pontifical» solemnísima del Señor Obispo, D. Juan Pedro Zarranz y Pueyo y todas las banderas de España y de todos los movimientos apostólicos. ¡Qué buen Obispo, cómo le recuerdo!¡Qué homilía!

            Sin embargo, queridos hijos de María Reina y Madre, esta definición no hacía falta realmente, porque el pueblo cristiano ya profesaba esta verdad desde siglos y la había celebrado con certeza y gozo desde siempre; por eso, a muchos cristianos, sobre todo al pueblo sencillo, más que admiración, le causó extrañeza, porque él siempre había celebrado la Asunción de María al cielo y honrado a la reina de los cielos y había rezado y había contado entre sus verdades de fe este privilegio de María.

 

            2.- Y es que necesariamente tenía que ser así, tenía que subir al cielo con su Hijo, necesariamente tenía que subir en cuerpo y alma antes de corromperse en el sepulcro, por las exigencias eternas del amor del Hijo a la Madre y de la Madre al Hijo.

            La Virgen añoraba la presencia del Hijo de sus entrañas, del Hijo que tanto la amaba y aunque amaba y quería a la Iglesia naciente y a sus hijos de la tierra, ella no podía soportar más la ausencia maternal y externa del hijo, porque siempre lo tenía en su corazón abrasado de amor hacia Él; a nuestra Madre Inmaculada, llena de gracia y amor, no le podía caber en su limitado cuerpo, aunque totalmente adaptado y sutil a su alma, la plenitud casi infinita de Madre de Dios y de los hombres; su carne inmaculada no pudo contener mas el torrente de estos dos amores, y habiendo ella reunido en su espíritu, con vivo y continuo amor, todos los misterios más adorables de su vida llevada con Jesús y recibiendo siempre perpendicularmente las más abrasadas inspiraciones que su Hijo, Rey del cielo y Esplendor de la gloria del Padre, lanzaba de continuo sobre ella, fue abrasada, consumida por completo por el fuego sagrado del Amor del Espíritu Santo, del mismo fuego del Padre al Hijo y del Hijo al Padre, de manera que murió y su alma, así extasiada y enajenada, pasó a los brazos dulcísimos de su hijo, Hijo del Padre, como el gran río  penetra en el océano o la mínima sacudida desprende del árbol el fruto ya maduro, como la luz dulce y serena de una estrella, que al llegar la mañana, se esconde en el azul del cielo.

 

            3.-Porque la Virgen murió, sí, hermanos, murió, pero murió de amor, murió abrasada por el fuego sagrado del amor a su Hijo y a sus hijos a los que ayudaría más desde el cielo que desde la tierra, porque podría estar juntos a ellos, en todas las partes del mundo, y en comunicación directa y eficaz.

            Murió de amor. Se puede morir con amor, como todos los cristianos que mueren con la gracia de Dios en el alma, como mueren todos los justos, como moriremos nosotros. Se puede morir por amor, como los mártires, que prefieren morir, derramar su sangre antes de ofender a Dios; pero morir de amor, morir abrasada por el fuego quemante y transformante del amor de Dios, por el fervor llameante del Espíritu Santo, morir de Espíritu Santo, metida por el Hijo en su Amor al Padre, al Dios Amor que realizó y se goza en el proyecto de amor más maravilloso, ya realizado por el Hijo totalmente y consumado en ella… eso sólo en María.

            Por eso a ella con mayor razón que a ninguna otra criatura se le pueden aplicar aquellos versos de San Juan de la Cruz, que describen estas ansias de unión total en el Amado:  Hijo mío, «descubre tu presencia y tu figura, y máteme  tu rostro y hermosura, mira que la dolencia de amor no se cura, sino con la presencia y la figura…¿Por qué pues has llagado este corazón no le sanaste, y pues me lo has robado, por qué así lo dejaste, y no tomas el robo que robaste?». Son las nostalgias del amante que quiere fundirse en una realidad en llamas con el Dios amado.

            Jesús, el Hijo, había robado el corazón de su madre que permanecía separada de Él en la tierra. Es justo que si Él había robado el corazón de la madre, fuera un ladrón honrado y se llevase hasta el cielo lo que había robado.

            4.- ¡Ah hermanos! Es que el Hijo de María es hijo, hijo de una madre y esta madre está llena del Amor de Espíritu Santo de la Santísima Trinidad que le hace al Hijo el Hijo más infinito de amor y entrega y pasión por el Padre, porque le constituye en el  Hijo Amado, y el Hijo con el mismo Amor de Espíritu Santo le hace Padre al Padre, con el mismo amor de Espíritu Santo, y de este amor ha llenado el Hijo por ser hijo a la madre. El hijo de María es el Hijo más Hijo y adorable que pueda existir porque es el mismo Hijo de Dios. El Hijo de Dios es verdaderamente el hijo de María.

            Lógicos, madre, tus deseos, tus ansias por estar  con Él, tu anhelo de vivir siempre junto a Él. Por eso, Madre, en tus labios se pueden poner con mayor razón  que en los de  nuestros místicos: «Vivo sin vivir en mí y de tal manera espero, que muero porque no muero. Sácame de aquesta vida, mi Dios y dame la muerte, no me tengas impedida en este lazo tan fuerte, mira que peno por verte y mi mal es tan entero, que muero porque no muero.»

            Sí, hermanos, desde la Ascensión de su hijo al Cielo, a la Esencia Plena de la Trinidad, María vivía más en el cielo que en la tierra. Le suponía a Dios «más trabajo» mantenerla viva aquí abajo en la tierra que llevársela consigo al cielo. Son las ansías de amor, las impaciencias que sienten las almas transformadas e inflamadas por el fuego pleno del Espíritu Santo, una vez transformadas totalmente y purificadas, de que habla San Juan de la Cruz, almas que o las colma el Señor totalmente o mueren de amor.

            El que abrasa a los Serafines y los hace llama ardiente, como dice la Escritura, ¿no será capaz de abrasar de amor y consumirla totalmente con un rayo de Espíritu Santo que suba hasta los Tres en el cielo de su Esencia divina? Nosotros no entendemos de estas cosas porque no entendemos de esta clase de amor, porque esto no se entiende si no se vive, porque para esto hay que estar purificados y consumidos antes por el Amor de Espíritu Santo, que lo purifica y lo quema todo y lo convierte todo en «llama de amor viva, qué tiernamente hieres, de mi alma en el más profundo centro, pues ya no eres esquiva, rompe la tela de este dulce encuentro». Es morir de amor, la muerte más dulce que existe, porque en ese trance de amor tan elevado que te funde en Dios, eso es el cielo: «esta vida que yo vivo, es privación de vivir y así es continuo morir, hasta que viva contigo. Oye, mi Dios, lo que digo, que esta vida no la quiero, que muero porque no muero».       Y murió la Virgen, sí, hermanos, murió de amor y su cuerpo permaneció incorrupto en el sepulcro como el de Jesús, hasta que Él se lo llevó al cielo.

            5.- La Asunción de la Virgen al Cielo de la Trinidad fue precedida de diversos hechos. Primeramente, su muerte. Muerte física y real como la nuestra, aunque causada por el amor. Por eso no fue precedida por el dolor o el sufrimiento o la agonía. Fue muerte gozosa, tranquila, como un sueño de amor. Murió por seguir en todo al hijo; el Hijo fue el Redentor y murió para salvarnos; la Madre fue corredentora y tenía que seguir sus mismos pasos muriendo, pero de amor por el Hijo y por los hijos transformada y recibiendo ya la plenitud de Salvación del Hijo, que tuvo ya en su Concepción Inmaculada desde el primer instante de su ser y la rebasó totalmente de ese mismo amor en el último instante de su existir.          

            Antiguamente se celebraba esta fiesta en la Iglesia con el nombre de la «Dormición de la Virgen» o el «Tránsito de la Virgen». Murió la Virgen y su cuerpo permaneció incorrupto hasta que el Hijo se la  llevó al cielo. Por eso, no tenemos reliquias corporales de la Virgen ni de Cristo, a pesar de la devoción que siempre tuvo la cristiandad a la Madre. No sabemos el tiempo que permaneció así, no sabemos si fueron horas o minutos, pero fue la primera redimida totalmente, como en nuestra resurrección lo seremos todos nosotros.

            6.- No pudo permanecer mucho tiempo en el sepulcro, porque no podía corromperse aquel cuerpo que había sido durante nueve meses templo de Dios en la tierra y morada del Altísimo, primer sagrario en la tierra, arca de la Alianza, Madre de la Eucaristía. No convenía que conociese la corrupción para gloria de Dios Padre, que quiso asociarla tan íntimamente a su generación del Hijo en el hijo; no convenía por el Hijo: «decir que Dios no podía es manifiesta demencia y es faltar a la decencia, si pudiendo (subirla a los cielos), no quería; pudo y quiso, pues lo hizo y es consecuencia cabal… <<ser concebida, María>>  aquí lo cambio por <<ser asunta a los cielos, sin pecado original>>.

            Tenía que subir al cielo porque la gloria de Dios lo exigía, notaba su ausencia de vida, no podía permanecer inactivo aquel corazón capaz de amarle más que todos los ángeles y santos juntos. Así que cuando su Hijo quiso, se la llevó consigo y fue coronada reina del cielo y del universo.

            El Padre la dijo: Tú eres mi Hija predilecta porque he querido hacerte copartícipe de mi virtud generadora del Hijo en el hijo que concebiste por el Espíritu Santo, como ninguna otra criatura podrá serlo ni yo quiero ya. El Hijo la dijo: Tú eres mi Madre, la madre más grande que he tenido y puedo tener. El Espíritu Santo le dijo: Tú serás mi Esposa, te haré Madre del Verbo Encarnado. Y desde allí, coronada de la Luz y de Gloria  divinas, no deja de amarnos y cuidar de los hijos de la tierra, más que si hubiera permanecido entre nosotros, porque desde allí puede estar con todos, cosa imposible en la tierra, allí siempre y con todos a la vez.

            Por eso, desde el cielo es más madre, más nuestra, está totalmente inclinada sobre la universalidad de todos sus hijos. Se ha convertido en pura intercesión nuestra, totalmente inclinada sobre nuestras necesidades. Por eso, tenemos que pensar más en el cielo, amar más el cielo, querer y desear el cielo: el cielo es Dios, es estar en el regazo eternamente del Padre y de la madre, junto al Hijo, llenos de Espíritu Santo.

            ¡Qué gran madre tenemos, qué plenitud de gracia, hermosura y amor! Está tan cargada de dones y gracias, que necesita volcarlas en sus hijos de la tierra a los que tanto quiere.

            Al subir al cielo, iría viendo todos los lugares donde había sufrido. Todo ha pasado. Todo pasa, hermano que sufres ahor, y la Virgen desde el cielo te quiere ayudar.

            Mírala con amor en este día. Ella subiendo al cielo nos enseña a elevarnos sobre la tierra y saber que todo tiene fin aquí abajo y debe terminar en el cielo. Y eso es lo que le pedimos, y esto es lo que rezamos y así terminamos: <<Al cielo vais, Señora, y allá os reciben con alegre canto, oh quien pudiera ahora asirse a vuestro manto>> para escalar con Vos el Monte Santo.

            Santa María, Reina del cielo, tu Asunción nos valga; llévanos un día, a donde tú hoy llegas, pero llévanos tú, Señora del buen aire, Reina del Camino y Estrella de los mares.

CAPÍTULO CUARTO

MIRADA MÍSTICA Y CONTEMPLATIVA A MARÍA

            Aunque la vida de María Santísima estuvo siempre recogida y concentrada en Dios, hubo de estarlo ciertamente de una manera muy especial  durante aquel periodo en que, por la virtud del Espíritu Santo, tuvo en sus entrañas al Verbo divino encarnado. El ángel Gabriel había ya encontrado a María en la soledad y en el recogimiento, y en esa atmósfera le había revelado los decretos de Dios: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra, y por eso el hijo engendrado será santo, será Hijo de Dios” (Lc 1, 35).

4.1. MARÍA UNIDA A DIOS POR LA ORACIÓN CONTEMPLATIVA

            El recogimiento había hecho a María abierta a la escucha del mensaje divino, abierta al consentimiento y dispuesta al don total de sí misma. «En aquel momento recibió ella al Verbo de Dios en su corazón y en su cuerpo» (LG 53) y Dios se hizo presente en María de un modo especialísimo que supera toda otra presencia de Dios en la criatura. La humilde Virgen lo atestigua en el sublime cántico del Magníficat: “Mi alma engrandece al Señor... porque ha hecho en mí maravillas el Poderoso” (Lc 1, 46. 49).

            Sin embargo, encubre en sí el gran misterio y lo vive recogida en la intimidad de su espíritu. Llegará el día en que José descubrirá la maternidad de María y no sabrá cómo comportarse; pero ella no creerá oportuno romper el silencio ni para justificarse ni para dar alguna explicación. Dios, que le ha hablado y que obra en ella, sabrá defender su misterio e intervenir en el momento oportuno. María está segura de ello y a él remite su causa, continuando en su doloroso silencio, fiel depositaria del secreto de Dios.

            Aquel silencio debió conmover el corazón del Altísimo; y he aquí que un ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: “José, hijo de David, no temas recibir en tu casa a María, tu esposa, pues lo concebido en ella es obra del Espíritu Santo” (Mt 1, 20). Dios no puede resistir a un silencio que es fidelidad incondicionada y entrega total de la criatura en sus manos.

            A nadie como a María se entregó Dios tan abundantemente, pero tampoco criatura alguna comprendió como María la grandeza del don divino ni fue como Ella tan fiel depositaria y adoradora de él. Así nos la presenta Isabel de la Trinidad: «Hubo una criatura que conoció este don de Dios; una criatura que no desperdició nada de Él... Es la Virgen fiel, “la que guardaba todas aquellas cosas en su corazón”...           El Padre, al contemplar esta criatura tan bella, tan ignorante de su hermosura, determinó que fuera en el tiempo la Madre de Aquel de quien Él es el Padre en la eternidad.

            Vino entonces sobre Ella el Espíritu de amor que preside todas las operaciones divinas. La Virgen pronunció su “fiat”: “Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”: y se realizó el mayor de los misterios. Por la encarnación del Verbo, María fue para siempre posesión de Dios...» (cf. M.M. PHILIPON,  La doctrina espiritual de Sor Isabel de la Trinidad, El cielo en la tierra, 10: Obras, p. 196).

            Y mientras María adora en silencio el misterio que se ha realizado en ella, no descuida los humildes deberes de la vida; su vivir con Dios que vive en Ella no la abstrae de la realidad de la existencia cotidiana. Pero su estilo continúa siendo el de adoradora del Altísimo: «¡Con qué paz, con qué recogimiento se sometía y se prestaba María a todas las cosas! ¡Y cómo hasta las más vulgares quedaban en ella divinizadas, pues la Virgen, en todos sus actos, permanecía siendo la adoradora del don de Dios!

            Esta actitud no la impedía consagrarse a otras actividades externas cuando se trataba de ejercitar la caridad... La actitud observada por la Virgen durante los meses que transcurrieron entre la Anunciación y la Navidad, me parece ser el modelo de las almas interiores, de esos seres que Dios ha elegido para vivir dentro de sí, en el fondo del abismo sin fondo» (ibid. Obras, pp. 196-197).

            María enseña al cristiano el secreto de la vida interior, vida de recogimiento en Dios presente en su espíritu. Es un recogimiento hecho de huida de curiosidades, charlas, ocupaciones inútiles y adobado con silencio, con un profundo sentido de la divina presencia y de adoración de la misma.

            Este silencio no es pobreza sino plenitud de vida, intensidad de deseos, grito que invoca a Dios no sólo como a Salvador propio sino de todos los demás: «Oh llave de David, que abres la puerta del Reino eterno, ven y saca al hombre de la prisión del pecado» (Leccionario).

4. 2 TESTIMONIOS MÍSTICOS SOBRE MARÍA

            Vamos a exponer en esta sección diversos testimonios de místicos y almas santas, profundamente Marianas, que nos han transmitido su contemplación de los misterios de María en forma de oraciones, cartas, diversos escritos.

 

 2. 1. Santa Catalina de Sena contempla así a la Virgen de la Encarnación: «¡Cuánto me agrada contemplarte así, oh María, profundamente recogida en la adoración del misterio que se obra en ti! Tú eres el primer templo de la Santísima Trinidad, tú la primera adoradora del Verbo encarnado, tú el primer tabernáculo de su santa Humanidad.

            ¡Oh María, templo de la Trinidad! María, portadora del Fuego divino, Madre de la misericordia, de ti ha brotado el fruto de vida, Jesús. Tú eres la nueva planta de la cual hemos recibido la flor olorosa del Verbo, Unigénito Hijo de Dios, pues en ti, como en tierra fructífera, fue sembrado este Verbo...! ¡Oh María, carro de fuego! Tú llevaste el fuego escondido y oculto bajo la ceniza de tu humanidad». (SANTA CATALINA DE SENA, Plegarias y Elevaciones, Edibesa Madrid 2007).

 

 2. 2. SOR ISABEL DE LA TRINIDAD es otra mística, a la que tengo sumo afecto y tengo escrito algo sobre ella en mi libro LA EXPERIENCIA DE DIOS, y que he citado antes en un texto breve, pero que ahora lo haré más largamente, siguiendo al P. M.M. PHILIPON; este autor me gustó mucho ya desde mi juventud y he leído su libro varias veces y hay páginas que me sé de memoria y que no puedo menos de decir aquí su nombre, porque, pesar de todo lo que he leído sobre la ya Beata Isabel de la Trinidad, santa predilecta mía, aunque no esté todavía canonizada por la Iglesia, pero para mí lo es y nadie me impide invocarla personalmente como santa;  su libro sigue siendo punto de referencias para mí, cuando hablo de esta santa, a la que, sin embargo siempre llamaré Sor Isabel, porque así la conocí de joven y la sigo llamando... Sor Isabel de la Trinidad contempla así a la Virgen en su misterio de la Encarnación:

 

            «Janua coeli» (Puerta del cielo)

 

            «Después de Jesucristo, pero teniendo en cuenta la distancia que media entre lo infinito y lo finito, hay una criatura que fue también la magna alabanza de gloria de la Santísima Trinidad, habiendo correspondido plenamente a la elección divina de que habla el Apóstol; pues fue siempre y en todo momento, pura, inmaculada e irreprensible a los ojos de Dios de toda santidad.

            Su alma es tan sencilla y los movimientos de la misma tan íntimos, que no es posible percibirlos; parece que reproduce en la tierra la vida del Ser divino, del Ser simplicísimo; por lo mismo es tan transparente, tan luminosa, que se la podría creer la luz misma. Sin embargo, no es sino el «espejo del Sol de Justicia: Speculum justitiae».

            Puede compendiarse toda su historia en estas pocas palabras: “La Virgen conservaba todas estas cosas en su corazón”; en él recogida vivió, y en tal profundidad, que la mirada humana no alcanza a sondearla.

            Cuando leo en el Evangelio que María fue presurosa hacia las montañas de Judea, a desempeñar oficios de caridad para con su prima Isabel, ¡cuán bella la veo caminar! ¡Cuán serena, majestuosa y recogida dentro de sí con el Verbo de Dios! Su oración, como también la de Él fue siempre ésta: “Ecce”. Aquí me tenéis. ¿A quién? ¡A la esclava del Señor, a la última de sus criaturas, ella, su Madre!

            Tan sincera fue su humildad, siempre olvidada, ignorada de sí misma, que le fue dado exclamar: “Ha obrado cosas grandes en mí Aquel que es Todopoderoso... Desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones”.

            Pero esta Reina de las Vírgenes es asimismo Reina de los Mártires; mas en su corazón es donde la traspasó la espada, porque en Ella todo se verifica en el interior.

            ¡Oh cuán bella es para quien la contempla durante su prolongado martirio envuelta en una majestad que a la vez ostenta fortaleza y mansedumbre!, pues había aprendido del Verbo mismo cómo deben sufrir aquellos a quienes el Padre escogió por víctimas, aquellos a quienes resolvió asociar a la magna obra de la redención, los que conoció y predestinó para ser conformes a Cristo, crucificado por amor.

            Ahí está de pie cerca de la Cruz, en la actitud de fortaleza y valor; y mi Maestro me dice, dándomela como Madre: “Ecce Mater tua”. Y ahora que Él ha vuelto a la mansión del Padre y me sustituyó sobre la cruz en su lugar, con objeto de que sufra yo en mí lo que resta padecer en pro de su cuerpo, que es la Iglesia, junto a mí está la Virgen para enseñarme a sufrir como Él, y hacerme oír los últimos ecos de su alma, que nadie más que su Madre pudo percibir.

            En cuanto haya pronunciado mi “consummatum est”, también Ella, «Janua Coeli», es quien ha de introducirme en los atrios eternales con estas dulces palabras: “Laetatus sum in his quae dicta sunt mihi: in domum Domini ibimus”...».

            Esta religiosa carmelita contemplativa experimentará esta soledad preñada sólo de Dios. Una vez que hubo entrado en el claustro, su piedad Mariana toma rápidamente un carácter carmelitano. Para comprender esta forma Maríana de devoción, hay que darse cuenta de que en el Carmelo la soledad lo es todo.

            ¡Y qué soledad en el alma de la Virgen! En ella, no hay nada ya humano. Es el ser puro, luminoso, transparente, libre de todo, a quien no rozó nunca el amor culpable o sencillamente demasiado sensible; la Virgen por excelencia separada de todo. Aquella que se marchó en su vida «Sola con el Solo», no queriendo otra sociedad que Él en la bienaventuranza o en el dolor.

            Soledad del corazón de la Virgen nunca retenida por lo sensible, que atravesó las afecciones de este mundo efímero «santa e inmaculada en el amor». Soledad del alma de la Virgen, en comercio con Dios solo, mezclada sin duda en la vida de los hombres, pero para cumplir una obra divina, alma de corredentora cada vez más identificada con todos los movimientos del alma de Cristo, tan solitaria por la noche en la montaña o en Getsemaní.

            Soledad divina del alma de la Virgen, transportada con el Verbo, su Hijo, hasta los confines de la Deidad, y allí, asociada a todos los designios de la Trinidad a causa de su lugar universal en la salvación del mundo, pero allí, sobre todo, tan infinitamente distante del Dios, su Hijo. Son éstos, abismos que hacen temblar.

            Esta Virgen Madre, ajena a todo lo creado y adoradora del Verbo oculto en su seno, es la Virgen de la Encarnación, la Virgen preferida por Sor Isabel de la Trinidad, cuyo ideal todo es también vivir silenciosa y adoradora del Dios oculto en lo más íntimo de su alma: «¿Se piensa en lo que debería acontecer en el alma de la Virgen cuando, después de la Encarnación, poseía en Ella el Verbo Encarnado, el Don de Dios? ¿En qué silencio, qué recogimiento, qué adoración debía ella sepultarse en el fondo de su alma para estrechar a ese Dios cuya Madre era?».

            «No tengo necesidad de ningún esfuerzo para entrar en ese misterio de la habitación divina en la Virgen. Paréceme encontrar en él mi movimiento habitual de alma, que fue el de Ella: adorar en mí al Dios oculto» (Carta a su hermana, noviembre de 1903).

            Sor Isabel de la Trinidad, leyendo a San Juan de la Cruz, descubre en María el modelo perfecto de la unión transformante y sueña con pasar por la tierra como la Virgen: silenciosa y adoradora del Verbo, enteramente perdida en la Trinidad:

             «Leo en este momento muy hermosas páginas en nuestro Padre San Juan de la Cruz, sobre la transformación del alma en las Tres Personas divinas. ¡A qué abismo de gloria somos llamados! ¡Oh!, comprendo los silencios, los recogimientos de los Santos, que no podían ya salir de su contemplación. Por eso Dios podía llevarlos a las cumbres divinas en donde <el UNO> se consuma entre Él y el alma hecha su esposa en el sentido místico de la palabra.

            Nuestro bienaventurado Padre dice que entonces el Espíritu Santo la eleva a una altura tan admirable, que la hace capaz de producir en Dios la misma aspiración de amor que el Padre produce con el Hijo y el Hijo con el Padre, aspiración que no es otra que el Espíritu Santo mismo ¡Decir que Dios nos llama, por nuestra vocación, a vivir bajo esas claridades santas! ¡Qué misterio adorable de caridad!

            Quisiera responder a él pasando por la tierra como la Santísima Virgen “conservando todas esas cosas en mi corazón”, sepultándome, por decirlo así, en el fondo de mi alma, para perderme en la Trinidad que en ella mora, para transformarme en Ella. Entonces serán realizados mi divisa y «mi ideal luminoso»: eso será por cierto, Isabel de la Trinidad» (Carta al Padre Ch., 23 noviembre 1903).

            Tenía devoción a una imagen recibida y que representaba a la Virgen de la Encarnación, recogida bajo la acción de la Trinidad: «En la soledad de nuestra celda, a la que llamo <mi pequeño paraíso>, pues está llena de Aquel del que se vive en el cielo, miraré a menudo la preciosa imagen y me uniré al alma de la Virgen cuando el Padre la cubría con su sombra, mientras el Verbo se encarnaba en Ella y el Espíritu Santo sobrevenía para obrar el gran misterio. Es toda la Trinidad que está en acción, que se entrega, que se da. ¿Y no debe la vida de la Carmelita transcurrir en esos abrazos divinos’?» (Carta a la Sra. de S., 1905).

            La Virgen de la Encarnación en completo recogimiento bajo la acción creadora de la Trinidad “que obra en Ella grandes cosas”: he ahí el ideal íntimo más caro a la devoción Mariana de Sor Isabel de la Trinidad, hacia el cual se siente atraída como «por connaturalidad», diremos con la teología. De esta larga experiencia Mariana debía surgir un día la tan hermosa elevación a la Virgen de su retiro «Cómo encontrar el cielo en la tierra».

            «“Si scires donum Dei, Si conocieras el don de Dios”, decía un día Cristo a la Samaritana. ¿Pero cuál es ese don de Dios, sino Él mismo? Y nos dice el discípulo amado: “Vino a su casa y los suyos no le recibieron”. San Juan Bautista podría decir también a muchas almas esta palabra de reproche: “Hay uno en medio de vosotros, a quien no conocéis”; “Si conocierais el don de Dios...” (Jn 1, 26).

            «Hay una criatura que conoció ese don de Dios, una criatura que no perdió una sola partícula de él, que fue tan pura, tan luminosa, que parece ser la Luz misma: <speculum justitiae>, una criatura cuya vida fue tan sencilla, tan perdida en Dios, que no se puede decir casi nada de ella: <virgo fidelis>; es la Virgen fiel, “la que conservaba todas las cosas en su corazón”.

            Se mantenía tan pequeña, tan recogida frente a Dios, en el secreto del Templo, que atrajo las complacencias de la Trinidad Santísima. “Porque Él miró la bajeza de su sierva, en adelante me llamarán bienaventurada todas las generaciones”».

            «El Padre, inclinándose hacia esa criatura tan bella, tan ignorante de su belleza, quiso que fuera en el tiempo la Madre de Aquel cuyo Padre en la eternidad es Él. Entonces, el espíritu de Amor, que preside todas las operaciones de Dios, sobrevino; la Virgen dijo su “fiat”: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38) y se realizó el más grande de los misterios. Por la venida del Verbo en Ella, María fue siempre la presa de Dios.

            Me parece que la actitud de la Virgen durante los meses que transcurrieron entre la Anunciación y la Natividad, es el modelo de las almas interiores, de los seres que Dios ha elegido para vivir adentro, en el fondo del abismo sin fondo. ¡Con qué paz, con qué recogimiento María iba y se prestaba a todas las cosas! ¡Cómo las más triviales eran divinizadas por Ella, pues a través de todo, la Virgen seguía siendo la Adoradora del don de Dios! Eso no le impedía ocuparse afuera cuando se trataba de ejercer la caridad. El Evangelio nos dice que María “recorrió con toda diligencia las montañas de Judea para ir a casa de su prima Isabel”  (Lc 1,39).

            En la visión inefable que contemplaba, jamás decreció su caridad exterior, pues si la contemplación se dirige hacia la alabanza y hacia la eternidad de su Señor, posee la unidad y no la perderá».

            Tal elevación de pensamiento no surge al azar. Supone una larga vida de intimidad Mariana; cosa que los documentos confirman.

(cf. JEANS CLAPIER, OCD, La Aventura Mística de Isabel de la Trinidad, Burgos 2007; págs. 229-244; 253-273; 704-718)

INST.  DE ESPIRITUALIDAD, Cuaderno 2º: Isabel de la Trinidad, Madrid 1984;

M.M. PHILIPPON, La doctrina espiritual de Sor Isabel de la Trinidad, Desclée, Pamplona 1963, pags 173-178; 343-345).

 

42. 3.  «¡OH ESPLENDOR DE LA LUZ   ETERNA!»

 

            «¡OH ESPLENDOR DE LA LUZ ETERNA Y SOL DE JUSTICIA, VEN A ALUMBRAR A LOS QUE ESTÁN SENTADOS EN LAS TINIEBLAS Y EN LA SOMBRA DE LA MUERTE!» (Leccionario)

 

1.“La voz de mi amado ¡ Vedle que llega saltando por los montes, triscando por los collados... Mi amado ha tomado la palabra y dice: Levántate ya, amada mía, hermosa mía, y ven!” (Ct 2, 8. 10). Bajo la metáfora del matrimonio, la Sagrada Escritura presenta a Dios como un esposo que toma la iniciativa de acercarse a Israel a quien ama como a esposa. En lo cual puede verse una figura de lo que sucedió cuando el Verbo eterno, Hijo de Dios, desposó consigo a la naturaleza humana uniéndose a ella en el seno virginal de María.

            Si por medio de esta sublime unión Cristo es el místico esposo de la Iglesia y en ella de todos los redimidos por él, la Virgen de Nazaret es por excelencia la Amada que el Hijo de Dios llama y elige para sí: “¡Levántate, amada mía, hermosa mía, y ven!” (ib. 13). María respondió a esa llamada y el Verbo se le dio como místico Esposo y al mismo tiempo como verdadero hijo.

            Pero la Virgen, aunque sumergida en la adoración de tan excelso misterio, intuye que este don inefable no es sólo para sí: ella es su depositaria para participarlo a toda la humanidad. Docilísima a la llamada interior, “se puso en camino y con presteza fue a la montaña”. (Lc 1, 39) para dirigirse a la casa de su prima Isabel cuya próxima maternidad le había sido revelada por el ángel.

            Y no va sola: el Verbo hecho carne está con ella, y con ella va a través de montes y collados en busca de las criaturas que ha venido a salvar. Así comienza María su misión de portadora de Cristo al mundo. Lo lleva en silencio, pero Dios viviente en ella se manifiesta al mundo: “Así que oyó Isabel el saludo de María, exultó el niño en su seno, e Isabel se llenó del Espíritu Santo” (ib. 41).

            María enseña a todos los creyentes y sobre todo a los apóstoles que es necesario llevar a Cristo a los hermanos no tanto con la palabra, cuanto con la vida de unión con él, dándole lugar y haciéndole crecer en el propio corazón.

 

2. María es portadora de Cristo, que está para alzarse sobre el mundo «como esplendor de la luz eterna y sol de justicia». Su esplendor es tan grande que no puede permanecer escondido y así obra a través de su madre: “Así como sonó la voz de tu salutación en mis oídos, exultó de gozo el niño en mi seno” (Lc 1, 44). Se cumple ahora lo que el ángel del Señor había predicho a Zacarías: “Tu mujer Isabel te dará a luz un hijo... y será lleno del Espíritu Santo desde el seno de su madre” (ib. 1, 13. 15). El precursor es santificado antes de nacer por mediación de María, la cual, siendo Madre del Hijo de Dios, es también mediadora de gracia y de santificación no sólo para Juan Bautista, “el más grande entre los nacidos de mujer” (ib. 7, 28), sino también para todos los hombres de todo tiempo y de toda nación.

            La Virgen Madre es tan pura y transparente que su sola presencia revela ya el esplendor y la luz de Cristo. Los hombres, que “están sentados en las tinieblas y en sombra de muerte”, privados de luz e incapaces de recibirla, tienen absoluta necesidad de recurrir a su mediación maternal.

            María es el camino que lleva a Cristo, es la Madre que disipa las tinieblas y dispone los corazones para dar acogida al Redentor. Y al mismo tiempo es modelo del cristiano, que habiendo recibido a Cristo está obligado a darlo a los hermanos.

            A su imitación, la vida de todo cristiano debe ser tan pura, límpida y genuina que pueda reflejar a Cristo en cada uno de sus gestos y acciones.

            Cristo, «esplendor de la luz eterna y sol de justicias», debe brillar en la conducta de los cristianos y a través de ella disipar las tinieblas, las dudas, los errores, los prejuicios y las incertidumbres de tantos que no creen porque no han encontrado quien sepa darles un testimonio vivo y eficaz del Evangelio.

Apoyándose en la poderosa intercesión de María, el cristiano ruega por si y por todos sus hermanos: «¡Oh esplendor de la luz eterna y sol de justicia, ven e iluminar a los que están sentados en las tinieblas y en la sombra de la muerte!» (Leccionario).

 

4. 4. TRINIDAD DE LA SANTA MADRE IGLESIA

 

            Así quiso llamarse Trinidad Sánchez Moreno, dentro de la Obra de la Iglesia, por ella fundada. He leído y escuchado mucho a esta mística del siglo veinte. Yo no digo que sea la más mística, yo digo sólo que de todo lo que yo conozco y he podido leer en esta materia, y he leído y estudiado bastante, yo no he encontrado una persona con tantas ideas y belleza de lenguaje. Yo creo que inventa el lenguaje en muchas ocasiones para poder decir lo inexpresable.

            Hice dos veces Ejercicios Espirituales con ella, aunque realmente su rostro no le vi. Sus charlas estaban grabadas. Y un sacerdote de la Obra de la Iglesia, buen amigo mío, pero que ahora no recuerdo su nombre, y eso que estuve hablando con él hace dos años, los dirigía. Realmente la madre es un alma de Dios. Tengo todos sus folletos y los dos libros publicados, aunque lo más importante de sus escritos tiene mandado que se publiquen después de su muerte.      De ella dice D. Laureano Castán, cuando era  Obispo de Sigüenza-Guadalajara en el prólogo del libro FRUTOS DE ORACIÓN: «Esta mujer fuera de serie vio la primera luz en Dos Hermanas (Sevilla) el 10 de febrero de 1929. En cierta ocasión, a los seis años, jugando con unas amigas, éstas le pintaron los ojos con cal no bien apagada, travesura que casi costó a la paciente quedar totalmente ciega.

            A partir de aquellos días, sus compañeras de colegio verían llegar todas las mañanas a su amiguita con unas gafas negras y sentarse, casi sólo como oyente, en los bancos de la clase. Tardaría bastantes años en recuperar la visión normal.

            A sus catorce abriles, estaba llevando ya con su padre y uno de sus hermanos, el comercio de calzados, propiedad de la familia, en su pueblo natal. Por las tardes, acudía en ese tiempo, junto con otras muchachas de su edad, a unas clases de bordado. Este es el expediente académico o certificado de estudios de la autora. No tiene otro.

            Hará muy bien el lector en recordar este punto cuando vaya leyendo los jugosos y densos pensamientos que llenan las páginas de este libro. ¿Es todo el fruto meramente del ingenio que a su autora le dio la naturaleza, y de la viveza, colorido y fuerza expresiva que le prestó su talante andaluz?

            Los que conocen profundamente a la madre Trinidad, saben que no. Saben también que esta a sus diecisiete años tuvo un encuentro con Dios que orientó su vida definitivamente hacia Él, y conocen que a éste siguieron otros contactos que tuvieron su punto culminante el 18 de marzo de 1959, en Madrid, llenándola de luz y de un impulso irresistible de comunicarse a los demás. Por eso, encuentran la explicación de la abundancia y profundidad de la producción teológica de la madre Trinidad, y de su misma calidad literaria en fuentes más altas.

            Carezco del carisma de profecía; pero, con plena convicción y conocimiento de causa, me atrevo a hacer esta doble predicción: tanto este primer volumen ahora impreso, como los que luego irán apareciendo en vida de la autora y, sobre todo, las que ella no quiere que se editen hasta que el Señor la llame, han de dejar una huella singular en la historia de la Iglesia e, incluso, en la historia de la Literatura (Mons. Castán Lacoma, Don LAUREANO, Prólogo al libro de FRUTOS DE ORACIÓN, Madrid 1979).

 

A) María es un portento de la gracia

creada por la mano del Inmenso,

que muestra su esplendor lleno de dones

al mirar compasivo este destierro.

María es un misterio que arrebata

a quien trasciende sobre lo terreno

y penetra, con luz del Infinito,

el fruto portentoso de su seno.

 

Es arrullo de Dios mi Madre buena,

jardín claustral de inéditos ungüentos,

perfume que penetra y embellece

la inmensa inmensidad del Universo.

 

Es recreo de Dios cuando se asoma

desde su Eternidad en luz del Cielo,

porque encuentra su gozo en sus entrañas,

en el silencio oculto de su pecho.

 

Es María sencilla cual paloma,

que esconde, en el arrullo de su vuelo,

a aquel Sancta Sanctorum del Dios vivo,

que no cabe en la bóveda del Cielo.

 

¡Misterio de misterios es María!,

¡ milagro de milagros del Inmenso!

 

B) María es un portento del poder de Dios (13-12-1979

 

            «María es un portento del poder de Dios. La Virgen es intrínsecamente <Nuestra Señora de la Encarnación>, pues para la Encarnación Dios la creó, haciendo de Ella un prodigio de la gracia en manifestación radiante del Omnipotente.

            Cuando el Ser infinito determinó, en un derramamiento de misericordia, darse al hombre, en ese mismo instante sin tiempo de la Eternidad, concibió a María, en su sabiduría eterna, para la realización del misterio de la Encarnación, incorporándola a la donación de su amor en manifestación de la esplendidez de su gloria.

            Todas las criaturas son, en el pensamiento de Dios, realización de su plan dentro del concierto armonioso de la creación; siendo cada una de ellas una nota vibrante que, unida a todas las demás, expresa, de alguna manera, el Concierto sonoro de las eternas perfecciones que Dios se es de por sí, en su única y simplicísima perfección; perfección que es cantada por el Verbo en infinitud por infinitudes de melodías de ser.

            ¡Qué concierto, el de la Eternidad, de inéditas canciones en una sola Voz, salida de las entrañas engendradoras del Padre, con el arrullo amorosamente consustancial del Espíritu Santo en Beso de Amor...! Y María es, en todo su ser, la creación-Madre, que expresa, en deletreo silencioso, el concierto infinito de Dios en el romance amoroso de su ser eterno para con el hombre.

            ¡Oh si mi alma pudiera hoy romper en expresión con el Verbo, y plasmar de alguna manera la riqueza inefable del alma de Nuestra Señora toda Blanca de la Encarnación...! ¡Si yo pudiera ser Verbo, aunque fuera un instante, que expresara, en mi decir, el pensamiento del Padre volcándose en donación sobre Nuestra Señora, en comunicación de todos sus infinitos atributos...! ¡Si yo pudiera descifrar el arrullo amoroso del Espíritu Santo en recreo de Esposo sobre la Virgen Blanca...!

            ¡Pero no sé! Y mi lengua profana el misterio silente que, en adoración, intuyo y penetro junto al Sanctasantorum de la virginidad de María, en el instante-instante de realizarse en Ella, por Ella y a través de Ella, la donación infinita del Infinito Ser, en misericordia sobre el hombre.

            Todos los atributos divinos Dios se los es en sí, por sí y para sí; pero hay uno en la perfección del Ser increado, que, a pesar de sérselo Dios en sí y por sí, no lo es para sí, y es el atributo de la misericordia; ya que éste es el derramamiento del poder Infinito en manifestación amorosa sobre la miseria.

            Dios no puede ser para sí misericordia, porque la misericordia implica derramamiento de amor sobre la miseria; por lo que la misericordia surgió en el seno del Eterno Serse el día que la criatura, creada para poseerle, le dijo: “No te serviré”. Y ya Dios se es Misericordia, porque el Amor Infinito se dio al hombre en la esplendidez magnífica de su desbordamiento.

            Y es por María y en Ella por quien la Misericordia, en Beso de amor, coge a la criatura hundida en su miseria para meterla en su pecho y besarla con el amor infinito del Espíritu Santo.

            ¡Bendita culpa que hizo que Dios se diera tan magníficamente hacia fuera, que se derramó sobre el hombre en un nuevo atributo para manifestación de su gloria, en el desbordamiento de las tres divinas Personas con corazón compasivo de Padre!

            Y a María, que es el medio por donde la Misericordia divina se nos da, se le podía de alguna manera llamar: Manifestación de esa misma Misericordia y donación de ella con corazón de Madre y amor de Espíritu Santo.

            Mí alma, acostumbrada a vivir los misterios de Dios en sabiduría sabrosa de profunda penetración, en amor candente de Espíritu Santo, se siente hoy como imposibilitada para expresar, sin profanarla con mis rudas y toscas palabras, la delicadez sagrada del portento que es Nuestra Señora toda Blanca de la Encarnación.

            Parece que el arrullo misterioso del Espíritu Santo, y el Beso sapiencial de su Boca en penetración

            Es tanta necesidad de adorar, de guardar silencio y contemplar atónita, que, robada por el respeto, siento miedo de expresar lo inexpresable, ante lo que concibo del derramamiento de las tres divinas Personas en el momento de la Encarnación, envolviendo con la brisa de su paso aquel misterio inefable de pletórica virginidad rompiendo en Maternidad Divina.

            Está el Espíritu Santo envolviendo a María con los requiebros de amor del Esposo más enamorado, en comunicación de todos sus infinitos atributos. La está queriendo la está enjoyando..., la está hermoseando..., tanto, tanto, tanto...!, que se está plasmando en Ella en Beso de amor y recreo de Esposo. ¡Tan secretamente...!, tan maravillosamente que, en ese instante-instante prefijado por Dios desde toda la Eternidad, el mismo Espíritu Santo va a besar a Nuestra Señora toda Virgen tan divinamente con un beso de fecundidad, que la va a hacer romper en Maternidad Divina. ¡Tan divina...!, que el Verbo del Padre, el Unigénito consustancial del Increado, va a llamar a la criatura en pleno derecho: Madre mía con la misma plenitud que la Virgen Blanca va a llamar: ¡Hijo mío...! al Unigénito del Padre, Encarnado.

            ¡Oh sapiencia del Padre, que, envolviendo el alma de Nuestra Señora, la saturaste tan pletóricamente de tu infinita sabiduría, tanto...!, que,  en la medida que fue Madre de tu Unigénito Hijo, en esa misma medida Tú la penetraste de tu luz, en el derramamiento de tu paternidad, para llamarla: ¡Hija mía! Y así como el Hijo llamó a María: ¡Madre mía!, desde el instante de la Encarnación Dios obró en Ella un portento de gracia tan maravilloso, ¡tanto, tanto!, tan pletórico, que, en esa misma medida, aunque de distinta manera, fue Hija del Padre y Esposa del Espíritu Santo.

            Porque, si fue Madre del Verbo infinito Encarnado, fue porque el Esposo divino, besando su virginidad, la hizo tan fecunda, que la hizo romper en Maternidad Divina. Pero, si el Beso del Espíritu Santo le dio a Nuestra Señora de la Encarnación tal fecundidad que la hizo Madre de Dios, fue porque la infinita sabiduría del Padre, en un desbordamiento de su amor eterno, la poseyó tanto, tanto, en penetración intuitiva de saboreo amoroso, que le dio su misma Mirada, y se la dio en la medida que el Verbo, por su filiación, fue Hijo de María y que el Espíritu Santo, por su Beso amoroso, la fecundizó haciéndola Madre del mismo Dios Encarnado.

            Las tres divinas Personas, cuando se manifiestan hacia fuera, siempre obran de conjunto, cada una según su modo personal, pero en la donación amorosa de su única y eterna voluntad.

            La voluntad del Padre es expresada por el Verbo, mediante el amor del Espíritu Santo, en el seno todo blanco de la Virgen, que rompe en Madre por el misterio de la Encarnación.

            María es un portento de la gracia, tan inimaginable para nuestra mente, que sólo en la Eternidad seremos capaces de expresar su riqueza incalculable, adhiriéndonos a la canción del Verbo, por el impulso del Espíritu Santo y en la claridad de la luz del Padre.

            Nunca podrá la lengua del hombre ni siquiera llegar a balbucear las riquezas insospechadas de la Madre de Dios, porque no es dado a la criatura sobre la tierra poderlas comprender, en la magnificencia esplendorosa de su plenitud.

            La Maternidad Divina de María es tan grande como grande es su desposorio con el Espíritu Santo, Esposo de su fecunda virginidad, y como grande es su filiación con relación al Padre, en la penetración disfrutativa de su infinita sabiduría.

            Y así es como el Espíritu Santo, al besarla en el arrullo de su amor, en la caricia de su brisa, en el abrazo de su poder y en la fecundidad de su Beso, la hizo amor de su infinito amor, en participación de su caridad en donación de Esposo, así el Verbo, al llamarla: ¡Madre!, la hizo tan Palabra, ¡tanto!, que la Virgen, como expresión de la realidad que era y que vivía por el poder de la gracia que sobre Ella se había derramado, pudo llamar a Dios: Hijo mío! Dándosele el Padre Eterno en tal plenitud de sabiduría y con tal vivencia de los misterios divinos, que, ahondada en lo profundo de Dios, intuía desbordantemente en lo que el Ser se es en sí.

            Y esto fue tan abundantemente comunicado a Nuestra Señora, que, como a hija muy amada y predilecta, el mismo Padre le dio como herencia, durante toda su vida, la penetración sabrosísima, en disfrute de intimidad y gozo, del misterio de su ser y de su obrar.

            Adorante ante el misterio de la Encarnación y la actuación de las tres divinas Personas derramándose sobre María, cada una en su modo personal, y ante el conjunto armónico de este derramamiento que le hace poder llamar al Verbo ¡Hijo mío!, al mismo tiempo que le llama Padre! a Dios y Esposo mío! al Espíritu Santo mi alma, trascendida y anonadada, pide al Padre que me penetre de su sabiduría para yo saber, en la medida del saboreo de mi pequeñez, algo del trascendente misterio de la Encarnación. Y pide al Espíritu Santo que, uniéndome a Él, me deje besar con su amor infinito ese instante-instante en el cual el Verbo del Padre rompe en el seno de María como Palabra, en una expresión tan cariñosa, tan real, tan dulce y tan misericordiosa para con el hombre, que le dice: ¡Madre mía...!

            ¡Oh Verbo infinito!, déjame, en tu Palabra y contigo, decir: ¡Madre mía! a María; y llamar: ¡Padre Eterno, Padre mío! a Dios. Déjame que, con María, yo pueda llamar: ¡Mi Espíritu Santo! a mi Esposo infinito. Y que así, desde el seno de María y por Ella, anonadada bajo la pequeñez de mi miseria, --ya que me ha sido dado contemplar, en penetración adorante, el misterio de la Encarnación--, poder responder con Ella a la Infinita Santidad derramándose sobre mi Madre Inmaculada en Trinidad de Personas bajo la actuación personal de cada una de ellas.

            Silencio...!Que está el Espíritu Santo besando el alma de Nuestra Señora toda Virgen tan divinamente..., tan fecundamente que le está haciendo romper en Maternidad Divina!

            Silencio...!Que el Espíritu Santo, impulsado por la voluntad del Padre, en el momento prefijado en su plan eterno para realizar la Encarnación, está abriendo el seno del mismo Padre, en el impulso de su amor, para coger al Verbo y meterlo en el seno de Nuestra Señora.

            Silencio... ¡Que está el Verbo rompiendo en Palabra de una manera tan maravillosa. ¡tanto...!, que, como Palabra infinita del Padre y en manifestación de su voluntad amorosa sobre el hombre, por el impulso del Espíritu Santo, va a pronunciarse en el derramamiento infinito de la eterna misericordia de Dios tan trascendentalmente, que va a romper llamando a la criatura, en derecho de propiedad: ¡Madre mía...!

            Y como sobreabundancia de esta misma Palabra que el Verbo está pronunciando en el seno de María, va a quedar constituida la Señora --por la voluntad del Padre, el Beso infinito del Espíritu Santo y la Palabra del Verbo, en manifestación del querer de Dios-- en: Madre universal de todos los hombres.

            María, porque eres Madre de Dios Hijo, Hija de Dios Padre y Esposa del Espíritu Santo, en la medida sin medida que el portento de la gracia obró en ti, yo hoy, en pleno derecho, te llamo también: ¡Madre mía!

            Yo te lo quiero decir en mi medida, uniéndome al Verbo con el máximo cariño que pueda para que te sepa a ternura de filiación en el impulso y el amor del Espíritu Santo; llenando así, en mi vida, la voluntad del Padre, que, al crearme, ya me concibió como hija tuya para, a través de tu Maternidad Divina, dárseme Él con el matiz, modo y estilo que quiere poner en tus hijos.

            ¡Nuestra Señora toda Blanca de la Encarnación, clame al Padre con corazón de Madre, adéntrame en su sabiduría y penétrame con su luz: con ésa de la que Tú estabas tan maravillosamente poseída, que te hacía saber, en saberes de penetración disfrutativa, el misterio de Dios en sí y en el derramamiento de su misericordia hacia nosotros!

            Dame, María, Virgen Blanca de la Encarnación, que, aunque no haya podido decirte ni expresarte en la apretura sapiencial que tengo de tu misterio, sepa al menos con el Verbo llamarte: ¡Madre mía! con la ternura, el cariño y el amor con que mí alma se abrasa en las llamas candentes del Espíritu Santo; cumpliendo la voluntad del Padre que, iluminando mi mente, me hizo capaz de saborear translimitadamente el misterio de misericordia y amor que, a través tuya y por ti, Él quiso derramar sobre el hombre con corazón de Madre, canción de Verbo y amor de Espíritu Santo.

            María es un portento de la gracia, sólo conocido, gozado, disfrutado y saboreado por el alma-Iglesia que, trascendiendo las cosas de acá, es llevada por el Espíritu Santo al recóndito profundo del seno inmaculado de Nuestra Señora toda Blanca de la Encarnación.

 

C) La Señora de la Encarnación: misterio de inédita ternura (25-1-1970)

            «¡Oh realidad pletórica de la grandeza de Nuestra Señora toda Blanca de la Encarnación!

            Yo necesito hoy, impulsada por la luz y la fuerza del Espíritu Santo, e inundada por el amor que hacia la Señora invade mi alma, deletrear en la medida de mi pequeñez y la pobreza de mi nada, llena de veneración, admiración y respeto, algo de cuanto, en un romance de amor de profunda sabiduría y bajo la luz sapiencial del pensamiento divino, he penetrado, llevada por el ímpetu de Dios “que con su diestra me abraza y su siniestra me sostiene”, sobre el trascendente y sublime misterio de la Encarnación; realizado por la voluntad del Padre, que nos da en deletreo amoroso a su Unigénito Hijo en las entrañas purísimas de la Virgen; la cual, por el arrullo amoroso del beso infinito de sublime y trascendente virginidad del Espíritu Santo, en paso de inmenso y bajo la brisa de su vuelo, rompe en Maternidad divina.

            Toda la grandeza de María le viene por su Maternidad divina; grandeza incomprensible para nuestra mente humana ofuscada y entenebrecida por el pecado.

            ¡Sublime misterio el de la maternidad de la Virgen!, porque encierra el incontenible misterio de la Encarnación en el ocultamiento velado y sacrosanto del portento que en Ella se obra por el poderío del Infinito Ser: “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” se dio al hombre en deletreo amoroso de infinitos y coeternos cantares, en el modo más sublime e inefable que la mente humana pueda sospechar, a través de la maternidad virginal de Nuestra Señora de la Encarnación, ¡toda Blanca! ¡toda Virgen! ¡toda Madre! ¡toda Reina! y ¡toda Señora!

            No hay criatura capaz de contener en su seno el misterio de Dios, si el mismo Dios con la soberanía de su infinito poder, al penetrarla con su sabiduría, no la sostiene con su fortaleza. ¡Y Dios creó a María para que tomara parte activa en el misterio de la Encarnación...!

            ¡Ay qué terrible es María, por ser capaz de contener en su seno de Madre el momento del gran misterio de la Encarnación...! Momento sublime de infinita trascendencia que no cabe en la tierra, por su grandeza,  por la inmensa realidad que encierra...! ¡Cómo te hizo Dios, María, al hacerte capaz de contener lo incontenible en tu seno, de sostener lo insostenible!

            ¡Ay María! ¡Si veo que estás contemplando el misterio que en tu seno se obra...! ¡Ay María! ¡Si nadie puede conocerlo ni vislumbrarlo si Tú no se lo enseñas...! ¡Ay María!, manifestación esplendorosa de la voluntad de Dios, que te hizo contensora del misterio incontenible por criatura alguna en la tierra: del misterio trascendente de la donación de Dios al hombre, mediante la unión hipostática de la naturaleza divina y la naturaleza humana en la Persona del Verbo, realizada en tus entrañas virginales, por el arrullo del Espíritu Santo, bajo la sombra y amparo del mismo Omnipotente, que te hizo romper en Maternidad divina; de tal forma que, en ti y por ti, Dios se hizo hombre sin dejar de ser Dios, y al hombre lo hizo Dios sin dejar de ser hombre.

            Gracias, Madre, por haberme introducido en tu seno para contemplar contigo lo no es dado vislumbrar a criatura alguna en la tierra, si no es llevado por ti a la hondura profunda y sacrosanta del misterio que Tú encierras.

            ... ¡Oh sacratísimo y secretísimo misterio el de la Encarnación...! ¡Inmenso, excelso e insondable misterio de Dios con el hombre!

            Oh! ¿quién podrá acercarse al misterio insondable de la Encarnación, sin ser introducido por María...? ¿Quién será capaz de acercarse al  instante-instante de romper el Padre en Palabra de fuego en el seno de la Señora, en el ímpetu sagrado del amor del  Espíritu Santo...? Y ¿quién podrá penetrar en aquel misterio infinito, sin que María lo lleve dentro de sí.

            ¡Ay María! ¡Inefable portento el de tu maternidad, que te hace depositaria de las promesas cumplidas de Dios al hombre a través de Cristo, el Unigénito del Padre, Enmanuel, Dios con nosotros...! ¡Ay María, tan desconocida y tan profanada tantas veces por la mente humana, al no conocerse según el pensamiento divino el portento de los portentos que encierras, para que Tú como única depositaria de él, lo  comunicaras a todos los hombres.

... ¡Qué sublime, qué profundo y qué excelso es el misterio de la Encarnación y, por ello, qué grandiosa la maternidad de María...! ... Sólo el que a ti se acerca es capaz de ser introducido por ti en la cámara nupcial del secreto de Dios Encarnado, y, acurrucado en tu seno maternal, sorprender el misterio infinito, oculto, trascendente, velado desde todos los tiempos y manifestado en ti, por ti y a través tuya a todos los hombres...

            ¡Gracias, Señor, por haberme dado una Madre, mediante la cual, yo sea capaz de entrar en el gran momento de la Encarnación y, por él, en todos los demás misterios que, donados por ti, se encierran en el seno de la Santa Madre Iglesia repleta y saturada de Divinidad!

            ¡Gracias, Madre!, por haberme introducido en tu seno, único camino y único medio por el cual yo puedo vislumbrar y penetrar, según la medida de la impotencia y nulidad de mi nada tener, nada poder y nada saber, algo del misterio de Dios hecho Hombre; y en él entender, saborear y vivir, en tu seno y desde tu seno, el misterio de la Iglesia que es perpetuación del misterio de la Encarnación realizado en tu seno. Y por eso, Tú, María, así como eres Madre de Dios, eres la Madre de la Iglesia mía, la  contensora también de toda su realidad en la prolongación de los siglos...

            ¡Gracias, Señor, por haberte hecho Hombre! ¡Gracias por habérmelo enseñado hoy en el seno de María, y por haberme manifestado que sólo en Ella se puede comprender el arcano insondable de Dios en sí, bajo el misterio de la Encarnación, que hoy, por ser Iglesia, he descubierto contenido y mantenido en el seno de la Señora y comunicado a mi alma con corazón de Madre y amor de Espíritu Santo...!

            ¡Gracias, Señor, por haberme dado a María por Madre y así tener en la tierra quien me introdujera en tu misterio...!

            La Encarnación es el romance de amor entre Dios y el hombre en las entrañas de María.

            ¡Qué grandeza apercibe mi alma hoy en la Virgen...! La he visto siempre muy hermosa, muy sublime, pero nunca he penetrado como hoy en su grandeza frente a la Encarnación.

            Por este misterio he comprendido que no hay gracia en la tierra que no le haya sido concedida en plenitud; porque cualquier gracia, por grande que sea, será siempre casi infinitamente más pequeña que su Maternidad divina, la cual le hace intervenir activamente en el gran misterio de la Encarnación.

            ¿Qué gracia habrá --por muy grande que sea, siempre a distancia inimaginable del don de la Maternidad divina-- que se pueda conceder a una pura criatura en cualquier momento de su existencia, que no le haya sido concedida en plenitud durante toda su vida a la Señora Blanca de la Encarnación, creada y predestinada para ser la Madre de Dios, por la voluntad del Padre que nos dio a su Unigénito Hijo en el seno de una Virgen “y la Virgen se llamaba María”; realizándose esto en “la llena de gracia” por obra del Espíritu Santo, en un romance de amor de tan subida excelencia, que la hizo romper en maternidad, y Maternidad divina...?

            Por lo que, según mi pobre y limitada captación, ahondada en el pensamiento divino en penetrante sabiduría amorosa, todas las gracias, frutos, dones y carismas que a cualquier santo en cualquier momento de su vida le hayan sido concedidos, a la Virgen, Inmaculada por los méritos previstos de Cristo, llena de gracia y Señora de la Encarnación, le fueron otorgados, durante todo su peregrinar, en la plenitud que pedía la gracia de su Maternidad divina. Ya que, por María y a través suya, Dios nos donó a su Hijo Encarnado, por el cual nos han venido todas las gracias.

            Siendo la Virgen «Madre de la divina gracia»; cosa que en un canto de alabanza en manifestación de sus grandezas, los hijos de la Iglesia lo vamos proclamando, llenos de gozo en el Espíritu Santo, en las letanías del Santo Rosario.

 

            Con temblor y temor, pero llena de confianza, amor filial bajo el cobijo amparador de su Maternidad divina, desde hoy miraré siempre a María, por la grandeza que he contemplado en el misterio de la Encarnación que en Ella se encierra y su participación en él. Con temor de acercarme a su blancura y poder enturbiar su grandeza con mi ofuscación; y con amor y confianza, porque Dios me la dio por Madre, para que, metiéndome en su seno, me fueran descubiertos los secretos del Padre que en Ella se nos comunican.

CAPÍTULO QUINTO

 

ANOTACIONES E IMPROVISACIONES SOBRE LA VIRGEN

 

5.1.- QUERIDOS HERMANOS: Como hemos celebrado el día 8 la fiesta de laNatividad de la Virgen y estamos esta tarde del jueves ante la presencia de su hijo y Señor, Jesús Eucaristía,  vamos a hablar de la madre y del hijo-Hijo de Dios, tal y como lo tengo transcrito en el libro que publiqué  hace años por Editorial Edibesa que publicó mis primeros 20 libros.

            Quiero transcribirlas tal cual las tengo escritas en un cuaderno de donde las pasé al libro.

            «...porque  es el nombre, que, hace más de cuarenta años (1962),  puse en la primera página de un cuaderno de pastas grises y folios a cuadritos. Me lo llevaba siempre a la iglesia, ante el Sagrario, en los primeros años de mi sacerdocio, porque así me lo habían enseñado en el Seminario--contemplata aliis tradere-- para anotar las ideas,  que Jesús Eucaristía me inspiraba. Más bien eran vivencias, sentimientos, fuegos y llamaradas de corazón, que yo traducía luego en ideas para predicar mis homilías y escribir mis libros, de ahí el nombre que puse a mi primer libro: EUCARÍSTICAS, esto es: VIVENCIAS EUCARÍSTICAS y que más tarde, publicado por Edibesa Madrid 2000, con otros veinte libros más de diversas materias, pág 8, y que pasé a titularlo: LA EUCARISTÍA, LA MEJOR ESCUELA DE ORACIÓN, SANTIDAD Y APOSTOLADO,

            Pues bien, en las últimas páginas de ese cuaderno dedicado a poner por escrito las ideas y sentimientos que Jesús Eucaristía me inspiraba en la oración, como el Hijo y la Madre siempre están muy unidos, al menos para mí, y hablábamos largas conversaciones muchas veces los tres, y el Hijo me decía y la Madre me explicaba lo que yo no entendía o no quería enterarme y, como madre, suavizaba y otras veces remataba lo que me decía el Hijo, porque el Hijo habla muy claro, es que es la Verdad: “quien quiera ser discípulo mío, niéguese a sí mismo, tome su cruz y me siga”, y luego yo muchas veces, cuando no quería entender lo que me decía clarísimo el Hijo sobre las cosas que tenía que corregir en mi vida, con mis compañeros... la miraba a Ella y me comprendía y no me decía que su Hijo exageraba ni le quitaba la razón pero me miraba de tal manera, con tal cariño, y se comprometía a acompañarme en ese camino como le acompañó a Él y le pedía  fuerzas para hacer lo que me exigía  su Hijo, el Cristo del Sagrario, que por cierto tenia toda la razón, y como los defectos, de cualquier clase que fueran, impedían la amistad y Él me quería infinitamente para una amistad verdadera... total que yo terminaba mirando a la Virgen, diciéndole como siempre: «díselo, díselo», como lo hizo en la boda de Caná, para conseguir de su Hijo el milagro de convertir en fuerte a esta debilidad que soy yo, o el perdón para el pecado que soy yo; pues bien, todo eso, cuando estaba en un pueblo pequeño como párroco y tenía prácticamente todo el día libre para pasar largos ratos ante Jesús Eucaristía, y me lo pasaba bomba y la gente del pueblo no lo entendía al principio, pero luego hice amistades cristianas que duraron toda la vida, ROBLEDILLO DE LA VERA, cuna de la Madre Matilde, fundadora de las Azules, Amantes de Jesús que después del Concilio cambiaron su nombre por el de HIJAS DE MARÍA MADRE DE LA IGLESIA, todo eso, mejor dicho, parte de esas conversaciones son las que  he puesto en mis primeros libros sobre Jesús Eucaristía, en lo referente a Jesucristo Eucaristía, y ahora voy a poner aquí con el título de anotaciones e improvisaciones sobre la Virgen, escritas en las diez últimas hojas a cuadritos de dicho cuaderno gris, en las notas referentes a María, y que ahora, al cabo de cuarenta y seis años (ya son sesente) tengo delante de mí y del teclado del ordenador y que voy a transcribir tal cual, por amor a María, a la Virgen bella, hermosa nazarena, porque me amó como a hijo predilecto, porque estuvo siempre muy presente en mi vida, tanto seminarística como sacerdotal y pastoral, y por si le pueden venir bien a otros hermanos y hermanas, hijos todos de María, que tanto nos quiere, que tanto queremos.

            Y como las tengo ahora ante mis ojos, aunque estas páginas están escritas en el 1962, ¡quién me diría entonces a mí, curita joven de veinticinco años, que un día las publicaría!, pues las voy a poner tal cual, aunque algunos sucesos y alusiones sean de aquel tiempo pasado, que ciertamente fue bueno para mí, pero no mejor que ahora, porque ahora la quiero mucho más a mi madre del alma, siempre a tope, siempre como vaso que rebosa, que siempre está lleno de gratitud, de admiración y de amor filial a Ella.

            Ciertamente algún suceso pertenece al pasado, pero no los sentimientos y afectos que son eternos, siempre presentes, porque me revelan el entusiasmo con que la Madre me hablaba del Hijo, de propagar y predicar su Evangelio, de pedir por los sacerdotes, de entregarme a la gente y vivir en unión con Él, de  mi sacerdocio recién estrenado, o de los amores y piropos que el Hijo me decía de la Madre y que yo, no sólo escribía, sino que decía en voz alta, cuando estaba solo en la Iglesia, y a veces no tan solo. De todo eso, aunque sólo son unas páginas, quiero decir algo.

            Repito, --porque esas emociones y sentimientos no se olvidan--, que no es menor el gozo y la fuerza con que el Hijo me hablaba de su Madre y quería que me dirigiera a Ella, sobre todo en horas de soledad, fracasos, problemas, o sencillamente, para que encontrara una palabra de dulzura y suavidad a las incomprensiones y durezas de la vida.

            Lógicamente también pongo los piropos que Jesús me decía o me inspiraba en relación con su Madre;  siempre he piropeado, pero en voz alta y clara a la Virgen, aunque hubiera gente delante, como ahora lo sigo haciendo algunas veces.

            En fin, voy ya a transcribir estos sentimientos tal cual. Puedo aseguraros que al escribirlos entonces no hice ni corregí una sola palabra; los estoy viendo ahora y no hay ni una sola tachadura; esto no quiere decir que fueran las más acertadas y correctas, no, sólo quiere decir que me salían del corazón y seguidas y así las escribía y me siguen saliendo.

                        

5. 2. LA VIRGEN ES DULZURA Y MIEL DE NUESTRAS ALMAS. Es una criatura tan pura, tan encantadora, tan delicada, tan profunda y verdaderamente humilde y sencilla, que se la quiere sin querer. La Virgen es mi madre, mi auténtica mamá del alma. (…nuestra madre, nuestra…)

 

6. 2. Qué alegría, qué dicha más grande tener la misma madre que el Hijo de Dios, que el Ser Infinito. Porque la Virgen es tu madre, Cristo, pero también es mi madre. Tú lo quisiste y yo estoy feliz con Ella. ¡Qué suerte he tenido! ¡Este sí que es el mejor tesoro que me has dado! ¡Gracias, Cristo del Sagrario!A mí me parece que en el mundo actual falta experiencia de esta Hermosura que tú elegiste y preparaste para que fuera tu Madre, nuestra madre. Qué gozo tenerte por madre, Virgen guapa y hermosa. Te quiero.

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5. 3. MARÍA QUIERE SER MADRE DE TODOS, especialmente de los sacerdotes, porque son prolongación de su Hijo, de su ser y existir como Sacerdote Único del Altísimo. ¡Y cuánto la necesitamos para que nos ayude a ser vírgenes, con amor único, exclusivo y total a Cristo Sacerdote, como el suyo, como Ella le amó. Enséñame, Madre, a amar así; yo no sé ni puedo. Pero si Tú me ayudas, si Tú eres mi modelo y me llevas de la mano, lo conseguiré. Porque eres madre del Amor Hermoso, que es la Verdad y la Vida, que es tu Hijo, sobre todo, Sacerdote y Víctima de propiciación por nuestros pecados agradable al Padre. Tú lo puedes todo de Él, hasta adelantar su “hora”: Caná de Galilea. Tú eres madre sacerdotal. De los bautizados y de los Ordenados. Porque Tú eres la Madre del Único Sacerdote del Altísimo. ¡Madre sacerdotal, te necesitamos! ¡Necesitamos tu ayuda y tu ejemplo! ¡Ayúdanos!

 

5. 4. ¿QUIÉN LA DIJO A LA VIRGEN QUE TENÍA QUE SUBIR HASTA EL CALVARIO?

 ¿Quién te inspiró esa idea? ¿Qué hacía allí la Madre entre blasfemias y desprecios? ¿Quién la empujó hasta la cima del Calvario y del dolor?  Su amor, sólo su amor, su amor al Hijo y a los hijos. Por eso Jesús nos lo explicó todo y nos lo confirmó: “He ahí a tu madre, he ahí a tu hijo”; y en Juan estábamos representados todos los hombres, especialmente los sacerdotes.

            Querido hermano, he ahí a tu madre, a nuestra madre. Ámala, confía en ella, ven a su regazo materno con más frecuencia. Lo notarás en tu corazón, en tu oración, en tu vida. Entre dolores infinitos sigue dándonos a luz divina y eterna, a la vida del Hijo, conseguida con su dolor “junto a la cruz”, y la sangre del Hijo Salvador y Redentor por la cruz.

 

5. 5. LA SANGRE DERRAMADA POR JESÚS ERA DE LA VIRGEN, y aquellos sufrimientos de Jesús, a los que quiso unir los de su Madre, eran los que la Justicia Divina exigía como rescate de nuestras almas condenadas a la soledad y oscuridad eternas de un Dios Amor y a la ausencia eterna y para siempre de su Felicidad compartida en compañía y gozo infinito de Dios Trino y Uno,  entre Esplendores y Fulgores del Hijo, con fuego de Amor de Espíritu Santo, eternamente encarnando por ese mismo Amor, que es Espíritu Santo, al Hijo en una Madre que eternamente nos comunica la Vida y la Verdad eterna del Hijo, contemplada en su Hermosura y Belleza de Madre del Verbo, “cordero degollado” (por amor) eternamente ante el trono de la Santísima Trinidad, aclamado y alabado por el coro de los ángeles, ancianos y santos y santas, hijos de la Madre y hermanos del Hijo, que cantan delante “del trono de Dios” Fuerte y Grande.  

Y todo esto te lo debemos a Ti, Cristo del Sagrario, que fuiste valiente en adorar al Padre, cumpliendo su voluntad, con amor extremo, hasta dar la vida; y tú, Madre suya, nuestra Madre, que quisiste compartir y compadecer y corredimirnos con Cristo tu Hijo.

            Gracias, Señor Jesucristo, Sacerdote Único del Altísimo y Eucaristía perfecta Víctima de nuestros pecados, que lo diste todo por nosotros hasta dar la vida y quedarte para siempre hecho pan de Eucaristía en todos los sagrarios de la tierra para ser nuestro amigo y salvador; también nosotros queremos darlo todo por Ti y ser siempre tuyos; y gracias Madre, porque “junto a la cruz estaba su madre...”, gracias porque todos los días cumples el mandato y la voluntad de tu Hijo: “ahí tienes a tu hijo”, y me ayudas y siento tu cariño y mano protectora de Madre, hermana y amiga. Gracias, hermosa nazarena. Te quiero.

 

5. 6. Miradla “junto a la cruz”, está sufriendo con su Hijo por ti y por mí. Jesús y María no  pecaron ni injuriaron a Dios ni una sola vez ni tenían deudas con Él. Ella fue Inmaculada desde el primer instante de su ser y, sin embargo, sufrieron por nosotros el pecado que tú y yo cometemos con facilidad y teníamos que haber pagado.

            ¡Cuánto nos quiere, cuánto me quiere la Virgen! ¡Qué gran madre tenemos! ¡Qué plenitud de gracia, hermosura y amor! ¡Qué entrega, qué generosidad en la madre del Hijo, en la madre de todos los hombres y en el Hijo de la Madre! Y para que yo me convenza de que todo es verdad, de que Tú, Cristo, nos quieres, te quedas en todos los sagrarios para explicarme todo esto y para seguir diciendo a la Madre, “ahí tienes a tu hijo”.

            ¡Qué pareja más convincente de certezas de amores, salvación y entrega forman el Hijo crucificado y la Madre dolorosa! ¡Qué pareja más formidable de pasión amorosa formaban la Madre del tal Hijo Jesús de Nazaret!

            Allí, en el Calvario, junto a su Hijo y unida a Él, nos dio a luz y nos engendró a vida inmortal y eterna, entre sufrimientos y dolores de parto, a vida divina junto a su Hijo, que, viendo al Padre entristecido, porque los hombres no podían entrar en su cielo, para el que fueron creados, quiso consolar a su Padre que tenía nostalgia de los hombres, sus hijos, y el Hijo le  dijo: “Padre, no quieres ofrendas y sacrificios, aquí estoy yo para hacer tu voluntad” y nos amó y vino en nuestra búsqueda por María y nos abrió las puertas de la eternidad.

            Agradezcamos al Hijo, agradezcamos a la Madre tanto amor. Correspondamos a su entrega de amor de madre y hermana y amiga. No seamos hijos ingratos que no valoran los sufrimientos de una madre; o hermanos olvidadizos de los trabajos de nuestra hermana mayor; o de los afectos personales de nuestra amiga del alma, que tanto nos quiere y piensa y se desvive por todos nosotros.

            Seamos auténticos hijos, limpios de pecados, como la Madre Inmaculada; auténticos hermanos generosos, que sepamos agradecer sus trabajos de “mujer” en la historia de la Salvación; auténticos amigos, que nos gocemos de encontrarnos y pasear con Ella en diálogos permanentes de amor y cariño. Seamos, en definitiva, personas entregadas a Dios y a los hombres como Ella, como Ella nos engendra junto a Cristo, como Ella nos pide y desea y nos quiere.

 

5. 7. María, camino cierto para encontrar a Cristo

La madre María es el camino más fácil y cierto de encontrar al Hijo. De verdad, queridos hermanos, hoy por hoy, yo no conozco otro camino más rápido y seguro para llegar a Dios que la Virgen. Ella fue el camino escogido por el Padre para llegar hasta nosotros, para enviarnos a su Hijo, por algo sería, y Ella nuevamente ha sido escogida y colocada por Dios en la vida espiritual para ser el camino de los hombres hasta Dios. Y así fue en Nazaret y así lo ha seguido siendo en la Historia de la Salvación.

            Si Dios todopoderoso, con plena confianza, entregó a su Hijo Predilecto, su Preferido, que es Dios infinito, a los cuidados de María para que lo educara y formara ¡cómo no lo hará con nosotros! Si Dios tuvo plena seguridad en Ella para confiarle a su Hijo Divino, cómo no tenerla nosotros, cómo vamos a desconfiar de Ella, nosotros, pobres criaturas, seres finitos y limitados y necesitados de todo.

            A Ella debemos confiarnos con la plena seguridad de que nos llevará hasta Dios. Dejémonos educar en la fe y en la relación con Dios y en el amor a los hermanos por Ella.

            Por eso, buscar la unión con María es buscar la unión con Dios. Confiarnos a su amor y cuidados es confiarnos y estar en los brazos de Dios, es imitar a Jesucristo que así lo vivió, lo quiso y nos dio ejemplo, siendo sumiso y obediente a su voluntad, convencido de que así lo quería el Padre. Es imitar a Jesucristo, nuestro modelo de santidad y unión con el Padre, que buscó y tuvo esta unión en grado insuperable; es imitar al Padre que confió y entregó a la Virgen nazarena, a la Virgen hermosa y madre, a su Hijo amado, igual a Él en todo y en el que tenía todas sus complacencias.

           

 8. 8. María, camino seguro de santidad.  Porque Ella tuvo muchas veces entre sus brazos a Jesús; Ella convivió  con Él, lo llevó en su seno, tuvieron un mismo respirar y latidos de corazón, la misma sangre...Ella conoce perfectamente su carácter, su temperamento, su psicología, su manera de ser. Ella sabe cómo piensa. Qué ratos más divinos y amables pasaron juntos, con sus manos entrelazadas, con miradas de amor, qué cosas, qué secretos más íntimos le confiaría Jesús, qué gozo de madre al oírlos, qué le confiaría a la Madre, qué escucharía de amor y confianza el Hijo, qué intimidades, quién pudiera entrar y tocar y entrelazar las manos con el Hijo y la Madre...

            ¡Pues podemos!, podemos y es verdad y uno puede entrar en diálogo de amor con la Madre y el Hijo. Y esto es el Sagrario y la Eucaristía. Y la vida en el Espíritu Santo, Amor del Padre y del Hijo comunicado a la Virgen, que la “cubrió con su sombra”; y por María, desde Pentecostés, por el mismo Espíritu de Dios, a todos sus hijos.

            De esta forma, la vida cristiana “en Espíritu y Verdad”, la vida en el Espíritu de Cristo, en la Verdad que es el Verbo de Dios, y en el Espíritu que es el Amor del Padre al Hijo y del Hijo al Padre diciéndose y comunicándose total e infinitamente, se convierte en el alma, en mi espíritu, en experiencia y vivencia permanente de Dios y sus Misterios, en vivencia y relación de amor vivo con la Virgen.

            Hay diálogos que superan las palabras, no necesitan palabras, porque es comunicación de Espíritu de Dios al espíritu y alma del hombre, y sientes a Dios, su vida en tu vida por la gracia y por la oración, por el diálogo de amor.

            Es la experiencia de Dios por el Amor de Dios comunicado, por la oración unitiva y contemplativa, por el diálogo sin palabras porque se hacen en la Palabra en la que el Padre nos dice todo con su amor de Espíritu Santo, en su mismo Amor, en el que nos manifiesta, nos deletrea y canta también, lleno de gozo,  todo su Amor de Dios Trino y Uno a María, a su Iglesia, y a cada uno de nosotros.

            Eso se llama unión mística. Todos nuestros místicos lo sintieron; y todos nosotros, por la gracia de Dios y la oración, estamos llamados a esta unión e intimidad y experiencia de Dios.

            Por todo esto, la Madre conoce perfectamente a Jesús, y Ella es la que mejor nos puede llevar a Él. Nadie, ningún padre espiritual, ningún sacerdote puede llevarnos a Jesús mejor que María. Ella es la única que sabe lo que hay que hacer siempre y en cada circunstancia. Ella conoce el corazón y el espíritu de Jesús. Ella adivina sus reacciones y sentimientos, ella es la única que puede guiarnos con seguridad hasta Él.

            Digamos a la Virgen: Madre, somos hijos de tu amor, pobres y necesitados de tu ayuda. Estamos ciegos de tanto materialismo y paganismo contrarios al evangelio que nos impiden seguir el camino recto que nos lleva a tu Hijo.

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