MARÍA, HERMOSA NAZARENA VIRGEN BELLA, MADRE SACERDOTAL III. HOMILÍAS Y MEDITACIONES MARIANAS. FIESTAS Y TIEMPOS LITÚRGICOS

GONZALO APARICIO SÁNCHEZ

HOMILIAS Y MEDITACIONES

PARROQUIA DE SAN PEDRO. PLASENCIA. 1966-2018

Portada: La coronación de la Virgen,

GRECO (SigloXV). El Prado, Madrid

GONZALO APARICIO SÁNCHEZ

III

MARÍA, VIRGEN BELLA, MADRE DE DIOS Y DE LOS HOMBRES

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HOMILIAS Y MEDITACIONES

PARROQUIA DE SAN PEDRO. PLASENCIA. 1966-2018

 

 

 

¡SALVE,

 

MARÍA,

 

HERMOSA NAZARENA,

 

VIRGEN BELLA,

 

MADRE SACERDOTAL,

 

MADRE DEL ALMA

 

CUÁNTO ME QUIERES,

 

CUÁNTO TE QUIERO

 

GRACIAS POR HABERME DADO A JESÚS

 

SACERDOTE ÚNICO, SALVADOR DEL MUNDO 

 

ENCARNADO EN TU SENO.

 

GRACIAS POR HABERME LLEVADO HASTA ÉL,

 

Y GRACIAS TAMBIÉN POR QUERER SER MI MADRE,

 

MI MADRE SACERDOTAL Y MI MODELO

 

¡GRACIAS!

ÍNDICE

Introducción.....................................................................       9

No lo puedo olvidar……………….15

Capítulo Primero

María en la doctrina de la Iglesia del Vaticano II

 

I Capítulo VIII de la Lumen gentium del Vaticano II:

La bienaventurada Virgen María, Madre de Dios en el misterio de Cristo y de la Iglesia  ...............................................................      15

II. Oficio de la bienaventurada Virgen en la economía

     de la salvación  .........................................................................17

III La bienaventurada Virgen y la Iglesia...............................,,,,,,, 21   

IV  Culto de la bienaventurada Virgen en la Iglesia.................,    24

V   María, signo de esperanza cierta y consuelo,.......................    26

Capítulo Segundo

María en el Misterio de Cristo

 

Predestinación de María....................................................      28

A) Homilía .............................................................................      28

B) Madre del Redentor .........................................................        32

 2  María en el Misterio de la Iglesia ...................  ……..…. ..      35 

2. 1 María, Madre de la Iglesia ............................................         36

2. 2 María, Modelo de la Iglesia  ........................................          37

2. 3 María, Madre y Modelo por la Palabra ..............................    40

2. 4 María, Madre y Modelo en la    Liturgia  .............................  41

Capítulo Tercero

La oración de María

 

 1 La oración de María, modelo de oracion……………….........47

 2 María, en la Anunciación, es virgen orante de Nazaret.….…51

 3  María pronuncia el “fiat”  en oración-diálogo con el.ángel..54

 4 María “lo meditaba en su corazón”……………………..……. 56

5 María, maestra y modelo de oración……………………….... 59

6.María  en el Memorial Eucarístico del hijo-Hijo…………….60

Capitulo Cuarto

María,  modelo de vida espiritual

 

1. Orar con María: intercesión: los apóstoles: Pentecostés…......68

2. Orar a María: Fátima: Sor Lucia………………………….… 71

3. “¡he ahí a  tu madre!”:fundamento del culto mariano……. 73

4.  Carácter filial del culto a  María…………......................….  75

a) el amor filial de los hijos……………………….………..….. 76

b) la confianza filial de los hijos …….……………............……79

c) la oración filial de los cristianos……………….….….…..… 89

Capítulo Quinto

Maria maestra de oración

 

Desde la Anunciación la Virgen es una ofrenda a Dios………..87

María, modelo de ofrenda a Dios  ....................................... 91

Capítulo Sexto

Catequesis del Papa Juan Pablo II sobre la Virgen

 

1 La llena de gracia ..........................................................94

2 La santidad perfecta de María  ……………..................... 97

3 El propósito de Virginidad ..........................................  100

4 María, modelo de Virginidad  ....................................   104

5  La unión virginal de María y José ..............................  107

6 María siempre Virgen  ................................................ 109

7 La esclava del Señor ...................................................112

8 María, nueva Eva .......................................................714

Capítulo Séptimo

Las dimensiones del Sí Mariano

 

Introducción  .....................................................................11 7

1 Las dimensiones del Sí mariano..............................               119

2 Preparación de María para la maternidad eclesial……,……. ..121

3. María, prototipo de la Iglesia........................................     124

4. El credo de María de Fr. M. Flanagan... ……………….      126

Capítulo Octavo

El santo Rosario

 

Carta de Juan Pablo II: El rosario de la Virgen María,,,,,,,,….,,, 130

1 El rosario, dulce cadena que nos une a Dios.....................    130

2 Capt. I:Contemplando con María el rostro de Cristo..,,,,,,......  134

3 Capt. II: Misterios de Cristo, Misterios de María……,,…….138

5 Resumiendo: El Rosario nos lleva a:

a) Cristo   .....................................................................................142

b) con María y como María..................................................   143

c) Jesús es Luz, rezando el rosario María es la Madre de la Luz.144

d) es una forma sencilla de hacer oración todos los días……… .144

Capítulo Noveno

Anotaciones e improvisaciones sobre la Virgen

 

1.- No lo puedo olvidar………………………………………..147

2.- La Virgen me llevó a Cristo………………………….…..150

3.- Por el Hijo-hijo me vino conocer a la Virgen…………...161

4.- Y se completó por el Hijo-hijo, pan de Eucaristía……….169

5.- E caliz de mi primera misa……………………………….177

6.- El testimonio de Sor Lucía…………………………….…193

 

BIBLIOGRAFÍA ............................................,,,,,,,,,,,,....        196

INTRODUCCIÓN

Queridos amigos y amigas, en este libro dedicado a la Madre, quiero poner por escrito todo lo más bello y hermoso, tanto bíblico-teológico como espiritual, que yo he  leído,  meditado, vivido y predicado sobre nuestra Madre. Y cada uno de estos verbos tiene su importancia y significado, porque a veces lo meditado y vivido y predicado por mí sobre ella me gusta tanto que lo pongo tal cual, aunque sea de tiempos lejanos; y lo mismo lo que he leído en otros hijos de la Virgen, lo pongo tal cual, procurando modificarlo muy poco, para no hacerlo mío propio, porque me gusta respetar la forma de decir de los otros, auque tengamos las mismas ideas, pero podemos expresarlas de forma diversa.

Por lo tanto, teniendo presente toda la teología Mariana, toda la Mariología  que he meditado atenta y amorosamente, este libro quiere ser una especie de «lectio divina», de lectura espiritual, meditativa, para conocer y amar más a la Virgen Bella, a la Hermosa Nazarena, teniendo en cuenta lo que los evangelios dicen de ella, y algo de lo que la Tradición y los Padres de la Iglesia y los hijos devotos han dicho o escrito sobre ella; también algo de lo que la teología ha reflexionado sobre ella,.            

Ya dije en algún libro mío, que estoy maravillado de la Tradición, de lo que los Padres de la Iglesia, sobre todo, orientales, han dicho de la Virgen.

            Por eso, hace años, hice propósito de leerlos más despacio. Y aquí está algo de su fruto, en la abundancia de sus citas, que pudieron ser más. Pero todo hecho y escrito no especulativa o racionalmente, sino con método y andadura de  teología y sabiduría de amor.

No pongo notas ni tengo metodología  científica, como cuando uno hace una tesis doctoral o trabajo científico-teológico, pero los que me conocen bien, saben que detrás de cada afirmación o texto de este libro, hay una densa lectura y bibliografía, atentamente examinada y leída y revisada. Y para eso me ayudo de todo lo bueno que  he encontrado sobre la Virgen, de la cual «nunquam satis».

Ya he dicho cual fue y es mi camino y ruta para llegar a María. Primero fue ella, y desde ella a Cristo. Ahora miro a la Virgen con los ojos y el corazón del Hijo hacia la Trinidad, en camino de entrada y salida del proyecto de Amor de Dios sobre el hombre. Desde entonces, desde su advertencia en el Santuario del Puerto, todo lo que yo he dicho y predicado y escrito y realizado, todo, absolutamente todo, ha sido desde Cristo, especialmente desde Jesucristo Eucaristía que tanto sabor tiene mariano, porque es carne de María, y beso y amor de Maria sobre ese cuerpo bendito del Hijo, y que tantas cosas bellas nos dice y recuerda y realiza por y desde su Madre, que Él quiso también que fuera nuestra. La quiso compartir, la quiso Madre de todos los hombres.

Él es el Verbo de Dios, la única Palabra de la Salvación pronunciada por el Padre con Amor de Espíritu Santo, y escuchada y encarnada primero en María, y por ella y desde ella, pronunciada como Canto de Amor y Palabra de Salvación para toda la humanidad: El Hijo de María es la Palabra “que estaba junto a Dios. Todas las cosas fueron hechas por Él y sin Él no se  hizo nada de cuanto ha sido hecho”: también María fue hecha Madre por esta Palabra pronunciada sobre ella desde el Padre y el Hijo por el Amor del Espíritu Santo, Espíritu de Amor de Dios Trino y Uno: “En el mes sexto fue enviado el ángel Gabriel de parte de Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón de nombre José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María...El ángel le contestó y dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra, y por esto el hijo engendrado será santo, será llamado Hijo de Dios... Dijo María: He aquí a la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra. Y se fue de ella el ángel” (Lc 1, 26-38).

He querido poner este texto de San Lucas porque sin la raíz de la carne que es el cuerpo de esta Mujer, todo el misterio de la Encarnación, toda la Mariología termina perdiendo su indispensable materialidad para convertirse en puro espiritualismo o narración de cosas extraordinarias o moralismos ideológicos.

La mariología no es el «tumor  del catolicismo», como sostienen algunos profesores protestantes, sino que es el desarrollo lógico y orgánico de los postulados evangélicos; no es una «excrecencia» injustificada de la teología, sino que es un capítulo fundamental, sin el cual faltaría un apoyo para su estabilidad.

Es más, como dije antes y la historia y la experiencia de los pueblos y personas ha confirmado, María es la mejor guardiana de la fe católica y el mejor camino para llegar a Cristo, porque Cristo es Dios, pero María está junto a nosotros, es humana como nosotros, pero al ser madre del Hijo, es casi divina, es casi infinita, y esto le ha llevado a un conocimiento y amor que son únicos.

María es «la destructora de toda herejía» y su función maternal de proteger al Hijo y a los hijos, al dárnosla como madre, continúa y continuará hasta la Manifestación última y gloriosa del Hijo. Hoy, más que en otros tiempos, necesitamos de esta protección materna, que no le faltará a la Iglesia: Lourdes, Fátima, Siracusa..., siempre que escuchemos sus consejos, dándole el puesto que le corresponde: Consagración del mundo a su Corazón Inmaculado, como signo de la protección que Dios quiere para su Iglesia y sus hijos por medio  de María.

Lo único que pretendo es que María sea más conocida y amada. Pero sin caer en un estilo beato o dulzarrón; no es mi estilo, porque tampoco ha sido mi vida. Respeto todo, pero nada de cosas extraordinarias y manifestaciones  paranormales. Todo natural y normal, como es el amor de los hijos a su madre.

            Este libro quiere ser una meditación fundada en la lectura y  seguimiento de los textos evangélicos. Muchos santos, sobre todo mujeres santas, jamás cursaron teología, y hablan profunda y teológicamente desde la teología espiritual de la vivencia de amor de aquella “mujer fuerte” que entonó el Magnificat, --canto de adoración y de sentirse criatura ante el Dios infinito--,  y de la Madre solícita de Caná: “haced lo que Él os diga”, más atenta a las necesidades de los demás que a las suyas propias y que supo adelantar la “hora” del Hijo con el signo de su divinidad, convirtiendo el agua en vino. 

Y todo, porque ella nos ama de verdad, se preocupa de verdad de sus hijos y se aparece en algunos lugares, a

veces triste, porque no puede aguantar más la ignorancia o desprecio que muchos hombres tienen y manifiestan de la salvación de su Hijo y de los bienes eternos, dado que ella vive siempre inclinada sobre la universalidad de sus hijos y se da cuenta de lo que es lo fundamental y la razón de su existencia en el mundo, de lo que nos dijo su Hijo y por lo que vino a este mundo y murió por todos nosotros y que muchos de sus hijos ignoran: “ De qué le vale al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma”.

Hay que ver lo que ella insiste en sus apariciones en la vida eterna, en la condenación, en el infierno. Le duele infinito. Esta verdad debiera estar más presente en nosotros, en nuestras vidas y predicaciones, somos sembradores y cultivadores de eternidades. De otra forma, el cristianismo, el sacerdocio, sin vida eterna, no tendría sentido, lo perdería todo, si no hay vida con Dios después de esta vida. Pero la resurrección de Cristo es el fundamento y la garantía de la Verdad y Vida de la vida eterna en Dios Trino y Uno. No oigo, en homilías y meditaciones, con la frecuencia que otras veces, especialmente en mis años juveniles, hablar de las verdades eternas. Especialmente a mis superiores. Resulta antipático. Sin embargo, es lo único necesario.

            La Madre de Caná es la síntesis del papel que el Hijo quiere que ejerza sobre los creyentes, es la manifestación de lo que lleva en su corazón de madre, es el sentido de la misión que el Hijo le confió en la cruz, lo que ella misma nos manifiesta en todas sus apariciones: “Haced lo que Él os diga”.

            ¡Lo haremos, Madre! Y  te digo ahora lo que tantas veces te rezo y digo cuando tengo problemas personales o pastorales: «Madre, díselo, díselo, como en las Bodas de Caná». No le digo más. Porque sé que de todo lo demás se encarga ella. Y el Hijo obedeció, porque Él mismo, por su Espíritu Santo, se lo había inspirado a su madre, y porque Él mismo estaba impaciente de manifestarse como Mesías, con el primero de sus signos, a sus discípulos y al mundo entero; para eso vino y se encarnó, para venir en nuestra búsqueda y abrirnos las puertas de la eternidad gozosa con Dios Trino y Uno. Eso es así,  y así me ha parecido escuchárselo en diálogos de amor con la Madre, que sabe de estas cosas más de lo que aparece y está escrito en los evangelios

            Por eso, como el Hijo sabe que voy a hablar de su madre en este libro, y como la Virgen es la que mejor le conoce, espero que ya habrá recibido el recado que le ha dado su madre «Madre, díselo, díselo, como en las Bodas de Caná». Así que espero su intervención, y que me inspire o me diga lo que Él piensa de su madre y yo, con su ayuda, «benedicere», la bendiga, esto es, diga cosas bellas al Hijo por su Madre, y a la Madre, por el Hijo, que esto significa bene-dicere. Es obligado al Hijo; se lo merece la Madre ¡Es tan buena madre! ¡Me ha ayudado tanto! ¡Nos quiere tanto a todos los hombres sus hijos!

            El camino para conocer mejor a María y quedar cautivos de su vida y amor, es aplicarnos a conseguir con relación a ella un triple conocimiento:

 

-- Un conocimiento histórico desde los evangelios.    Son pocos los textos bíblicos que hacen alusión a María, por lo que no es difícil acceder a ese conocimiento de una forma

exhaustiva. Esto es fundamento y base para acceder a los otros. Lucas es el evangelista de María: a él le debemos los relatos de la infancia de Jesús, que faltan en los otros tres. Pero también en otros puntos también el tercer evangelista se caracteriza por su atención especial a la Madre de Cristo.

            Según tradición antigua, Lucas era pintor; de hecho se le atribuyen varias imágenes de la Virgen. ¿Será realmente esta la causa de que nos haya pintado en su evangelio la belleza y fascinación de aquella que habría de convertirse, durante los milenios, en la mayor inspiradora del arte?

 

-- Un conocimiento teológico-sapiencial. Es necesario conocer, con todo esmero y dedicación, la doctrina de la Iglesia acerca de los dogmas Marianos y

de la sencilla y, a la vez, extraordinaria vida de la Madre de Dios. Como doctrina de la Iglesia me encanta el capítulo VIII de la LG  para conocer y amar a María: LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA, MADRE DE DIOS EN EL MISTERIO DE CRISTO Y DE LA IGLESIA.

            Leer a los Santos Padres, las catequesis de los Papas, y la mariología de  buenos teólogos, desde la teología espiritual, es necesario para saborear la riquísima tradición de la Iglesia. Desde luego los Santos Padres son alucinantes, te alucinan, te llenan de esplendores y luces divinas. Daos cuenta de lo que cito a los Padres en mis últimos libros. Eran sabios por ser santos.

 

-- Un conocimiento vivencial y pentecostal de María,  hecho por el Espíritu Santo en nosotros. Para ello es imprescindible orar y contemplar en oración personal toda la Mariología; hay que orar y contemplar lo que otros han vivido y experimentado, desde una devoción de buenos hijos de la Virgen, especialmente de los más santos y místicos.

            Porque ante esta Madre, toda llena de gracia de Dios, llena de sin igual santidad y belleza, de María, los conceptos teológicos se quedan a veces demasiado cortos y periféricos y no expresan ni contienen  suficiente y adecuadamente esta realidad sobrenatural de María, Madre de Dios y Madre de la Iglesia. Y todo programado y querido por Dios.

 

 

 

 

CAPÍTULO PRIMERO

 

MARÍA EN LA DOCTRINA DE LA IGLESIA DEL CONCILIO VATICANO II

 

            Me ha gustado mucho siempre, desde su promulgación, toda la Mariología del Concilio Vaticano II, en el Capítulo VIII de la Constitución sobre la Iglesia, Lumen gentium. Es una síntesis bíblica-teológica-espiritual   insuperada, incluso por otros escritos papales o eclesiales. Por eso, para facilitar su lectura, me ha parecido oportuno, ponerla completa, para hacer una lectura piadosa y teológica sobre la santísima Virgen y su misión junto al Hijo.

            No me atrevía, lo consulté incluso con un amigo, porque yo no había visto publicado entero el Capítulo VIII en ningún libro de los leídos por mí. Hasta que me topé en mi propia biblioteca con la ENCICLOPEDIA MARÍANA POSTCONCILIAR, Madrid 1975, pag 61-65, que transcribe íntegro el documento.   Por eso me he ido al Vaticano II y he hecho lo mismo. Es una «lectio divina» estupenda sosegada, profunda, completa para unos días de meditación y estudio sobre la Virgen, sobre la elección  del Padre, sobre la pasión de Hijo, sobre  el fuego creador, la potencia de Amor del Espíritu Santo.

 

CAPÍTULO VIII

 

LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA, MADRE DE DIOS EN EL MISTERIO DE CRISTO Y DE LA IGLESIA

 

1. PROEMIO

(La bienaventurada Virgen María en el Misterio de Cristo)

 

52. El benignísimo y sapientísimo Dios, al querer llevar a término la redención del mundo, cuando llegó la plenitud del tiempo, envió a su Hijo hecho de mujer, para que recibiésemos la adopción de hijos (Gal 4, 4-5) «El cual por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación descendió de los cielos, y se encarnó, por obra del Espíritu Santo, de María Virgen» (Credo de la misa: Símbolo Niceno- Constantinopolitano).

            Este misterio divino de salvación se nos revela y continúa en la Iglesia, a la que el Señor constituyó como su Cuerpo, y en ella los fieles, unidos a Cristo, su Cabeza, en comunión con todos sus Santos, deben también venerar la memoria «en primer lugar, de la gloriosa siempre Virgen María, Madre de nuestro Dios y Señor Jesucristo» (Canon de la misa romana)

 

(La bienaventurada Virgen y la Iglesia)

 

53. En efecto, la Virgen María, que según el anuncio del ángel recibió al Verbo de Dios en su corazón y en su cuerpo y entregó la vida al mundo, es conocida y honrada como verdadera Madre de Dios Redentor. Redimida de un modo eminente, en atención a los futuros méritos de su Hijo y a Él unida con estrecho e indisoluble vínculo, está enriquecida con suma prerrogativa y dignidad: ser la Madre de Dios Hijo y, por tanto, la hija predilecta del Padre y el sagrario del Espíritu Santo; con un don de gracia tan eximia, antecede con a todas las criaturas celestiales y terrenas.

            Al mismo tiempo ella está unida en la estirpe de Adán con todos los hombres que han de ser salvados; más aún, es verdaderamente madre de los miembros de Cristo por haber cooperado con su amor  a que naciesen en la Iglesia los fieles, que «son miembros de aquella cabeza» (San Agustín, De s. virginitate 6: PL 40,399), por lo que también es saludada como miembro sobreeminente y del todo singular de la Iglesia, su prototipo y modelo destacadísimo en la fe y caridad y a quien la Iglesia católica, enseñada por el Espíritu Santo, honra con filial afecto de piedad como a Madre amantísima.

 

(Intención del Concilio)

 

54. Por eso, el sacrosanto Sínodo, al exponer la doctrina de la Iglesia, en la cual el divino Redentor realiza la salvación, quiere aclarar cuidadosamente tanto la misión de la Bienaventurada Virgen María en el misterio del Verbo Encarnado y del Cuerpo místico como los deberes de los hombres redimidos hacia la Madre de Dios, Madre de Cristo y Madre de los hombres, en especial de los creyentes, sin que tenga la intención de proponer una completa doctrina de María, ni tampoco dirimir las cuestiones no llevadas a una plena luz por el trabajo de los teólogos. «Conservan, pues, su derecho las sentencias que se proponen libremente en las Escuelas católicas sobre Aquella que en la santa Iglesia ocupa después de Cristo, el lugar más alto y el más cercano a nosotros».

 

II. OFICIO DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN EN LA ECONOMÍA DE LA SALVACIÓN

 

(La Madre de Dios en el Antiguo Testamento)

 

55. La Sagrada Escritura del Antiguo y del Nuevo Testamento y la Venerable Tradición muestran en forma cada vez más clara el oficio de la Madre del Salvador en la economía de la salvación, y, por así decirlo, lo muestran ante los ojos.

            Los libros del Antiguo Testamento describen la historia de la salvación, en la cual se prepara, paso a paso, el advenimiento de Cristo al mundo. Estos primeros documentos, tal como son leídos en la Iglesia y son entendidos bajo la luz de una ulterior y más plena revelación, cada vez con mayor claridad iluminan la figura de la mujer Madre del Redentor; ella misma, bajo esta luz es insinuada proféticamente en la promesa de victoria la serpiente, dada a nuestros primeros padres caídos en pecado (cf. Gen 3,15).

             Así también, ella es la Virgen que concebirá y dará a luz un Hijo cuyo nombre será Emmanuel (cf. Is 7,14; Mich 5,2-3; Mt 1,22-23). Ella misma sobresale entre los humildes y pobres del Señor, que de Él esperan con confianza la salvación. En fin, con ella, excelsa Hija de Sión, tras larga espera de la promesa, se cumple la plenitud de los tiempos y se inaugura la nueva economía, cuando el Hijo de Dios asumió de ella la naturaleza humana para librar al hombre del pecado mediante los misterios de su carne.

 

(María en la anunciación)

 

56. El Padre de las Misericordias quiso que precediera a la encarnación la aceptación de parte de la Madre predestinada, para que así como la mujer contribuyó a la muerte, así también contribuyera a la vida. Lo cual vale en forma eminente de la Madre de Jesús, que difundió en el mundo la vida misma que renueva todas las cosas.

            Por eso no es extraño que entre los Santos Padres fuera común llamar a la Madre de Dios toda santa e inmune de toda mancha de pecado y como plasmada por el Espíritu Santo y hecha una nueva criatura .

            Enriquecida desde el primer instante de su concepción con esplendores de santidad del todo singular, la Virgen Nazarena es saludada por el ángel por mandato de Dios como llena de gracia (cf. Lc 1,28), y ella responde al enviado celestial: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38).

            Así, María, hija de Adán, aceptando la palabra divina, fue hecha Madre de Jesús, y abrazando la voluntad salvífica de Dios con generoso corazón y sin el impedimento de pecado alguno, se consagró totalmente a sí misma, cual esclava del Señor, a la persona y a la obra de su Hijo, sirviendo al misterio de la Redención con Él y bajo Él, por la gracia de Dios omnipotente.

            Con razón, pues, los Santos Padres estiman a María no como un mero instrumento pasivo, sino como una cooperadora a la salvación humana por la libre fe y obediencia. Porque ella, como dice San Ireneo, «obedeciendo fue causa de la salvación propia y de la del género humano entero» (San Ireneo, Adv. haer. III 22,4: PG 7,959; HARVEY, 2,123). 

            Por eso no pocos padres antiguos, en su predicación, gustosamente afirman: «El nudo de la desobediencia de Eva fue desatado por la obediencia de María; lo que ató la virgen Eva por la incredulidad, la Virgen María lo desató por la fe» (San Ireneo, ibid.; HARVEY, 2,124); y comparándola con Eva, llaman a María «Madre de los vivientes» (San Epifanio, Haer. 78,18:PG 42,728CD-729AB), y afirman con mayor frecuencia: «la muerte vino por Eva, por María la vida» (San Jerónimo, Epis. 22,21 PL 22,408) .

 

(La Bienaventurada Virgen y el Niño Jesús)

 

57. La unión de la Madre con el Hijo en la obra de la salvación se manifiesta desde el momento de la concepción virginal de Cristo hasta su muerte; en primer término, cuando María se dirige a toda prisa a visitar a Isabel, es saludada por ella a causa de su fe en la salvación prometida y el precursor saltó de gozo (cf. Lc 1,41-45) en el seno de su Madre; y en la Natividad, cuando la Madre de Dios, llena de alegría, muestra a los pastores y a los Magos a su Hijo primogénito, que lejos de disminuir consagró su integridad virginal (Cf. Conc. Lateralense, año 649, can. 3: MANSI 10,11-51). Y cuando, ofrecido el rescate de los pobres, lo presentó al Señor, oyó al mismo tiempo a Simeón que anunciaba que el Hijo sería signo de contradicción y que una espada atravesaría el alma de la Madre para que se manifestasen los pensamientos de muchos corazones (cf. Lc 2,34-35). Al Niño Jesús perdido y buscado con dolor, sus padres lo hallaron en el templo, ocupado en las cosas que pertenecían a su Padre, y no entendieron su respuesta. Mas su Madre conservaba en su corazón, meditándolas, todas estas cosas (cf. LC 2,45-58).

 

 

(La Bienaventurada Virgen en el ministerio público de Jesús)

 

58. En la vida pública de Jesús, su Madre aparece significativamente: ya al principio, durante las nupcias de Caná de Galilea, movida a misericordia, consiguió por su intercesión el comienzo de los milagros de Jesús Mesías (cf. Jn 2,1-11). En el decurso de la predicación de su Hijo recibió las palabras con las que (cf. Lc 2,19 y 51), elevando el Reino de Dios por sobre los motivos y vínculos de la carne y de la sangre, proclamó bienaventurados a los que oían y observaban la palabra de Dios como ella lo hacía fielmente (cf. Mc 3,35 par.; Lc 11, 27-28). Así también la Bienaventurada Virgen avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la cruz, en donde, no sin designio divino, se mantuvo de pie (cf. Jn 19,25), se condolió vehementemente con su Unigénito y se asoció con corazón maternal a su sacrificio, consintiendo con amor en la inmolación de la víctima engendrada por Ella misma, y por fin, fue dada como Madre al discípulo por el mismo Cristo Jesús moribundo en la Cruz, con estas palabras: “¡Mujer, he ahí a tu hijo”    (Jn 19,26-27) (Cf Pío XII, encl. Mystici Corporis, 29 jun. 1943: AA 35(1943) 247-248).

 

(La Bienaventurada Virgen después de la ascensión)

 

59. Como quiera que plugo a Dios no manifestar solemnemente el sacramento de la salvación humana antes de derramar el Espíritu prometido por Cristo, vemos a los apóstoles antes del día de Pentecostés “perseverar unánimemente en la oración, con las mujeres y María la Madre de Jesús y los hermanos de Este” (Act 1,14); y a María implorando con sus ruegos el don del Espíritu Santo, quien ya la había cubierto con su sombra en la anunciación.

            Finalmente, la Virgen Inmaculada, preservada inmune de toda mancha de culpa original (Cf Pío IX, bula Ineffabilis, 8 dic. 1845: Acta Pío IX, P.616, DENZ. 1641(2803), terminado el curso de la vida terrena, en alma y en cuerpo fue asunta a la gloria celestial y enaltecida por el Señor como Reina del Universo, para que se asemejara más plenamente a su Hijo, Señor de los que dominan (Ap 19,16) y vencedor del pecado y de la muerte(Cf Pío XII, const. apost. Munificentissimus, 1 nov. 1950).

 

III. LA BIENAVENTURADA VIRGEN Y LA IGLESIA

 

(María, esclava del Señor, en la obra de la redención

y de la santificación)

60. Único es nuestro Mediador según la palabra del Apóstol: “Porque uno es Dios y uno el Mediador de Dios y de los hombres, un hombre, Cristo Jesús, que se entregó a Sí mismo como precio de rescate por todos” (1 Tim 2,5-6). Pero la misión maternal de María hacia los hombres de ninguna manera oscurece ni disminuye esta única mediación de Cristo, sino más bien muestra su eficacia. Porque todo el influjo salvífico de la Bienaventurada Virgen en favor de los hombres no es exigido por ninguna ley, sino que nace del divino beneplácito y de la superabundancia de los méritos de Cristo, se apoya en su mediación, de ella depende totalmente y de la misma saca toda su virtud; y lejos de impedirla, fomenta la unión inmediata de los creyentes con Cristo.

 

(Maternidad espiritual)

 

61. La Bienaventurada Virgen, predestinada desde toda eternidad cual Madre de Dios junto con la encarnación del Verbo por designio de la divina Providencia, fue en la tierra la esclarecida Madre del divino Redentor y en forma singular la generosa colaboradora entre todas las criaturas y la humilde esclava del Señor.

            Concibiendo a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo en el templo al Padre, padeciendo con su Hijo mientras Él moría en la cruz, cooperó en forma del todo singular, por la obediencia, la fe, la esperanza y la encendida caridad, en la restauración de la vida sobrenatural de las almas. Por tal motivo es nuestra Madre en el orden de la gracia.

 

(Mediadora)

 

62. Y esta maternidad de María perdura sin cesar en la economía de la gracia, desde el momento en que prestó fiel asentimiento en la Anunciación, y lo mantuvo sin vacilación al pie de la cruz, hasta la consumación perfecta de todos los elegidos. Pues una vez recibida en los cielos, no dejó su oficio salvador, sino que continúa alcanzándonos por su múltiple intercesión, los dones de la eterna salvación (San Juan Damasceno, In dorm. B.V. Maríae hom. I: PG 96, 712 BC-713A).

            Por su amor materno cuida de los hermanos de su Hijo que peregrinan y se debaten entre peligros y angustias y luchan contra el pecado hasta que sean llevados a la patria feliz.

            Por eso la Bienaventurada Virgen en la Iglesia es invocada con los títulos (Cf León XIII, enc. Adiutricem populi, 5 sept. 1895: AA 15 (1895-96) de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora. Lo cual, sin embargo, se entiende de manera que nada quite, ni agregue (San Ambrosio, Epit. 63: PL 16,1218)  a la dignidad y eficacia de Cristo, único Mediador. Porque ninguna criatura puede compararse jamás con el Verbo encarnado nuestro Redentor; pero así como el sacerdocio de Cristo es participado de varias maneras, tanto por los ministros como por el pueblo fiel, y así como la única bondad de Dios se difunde realmente en formas distintas en las criaturas, así también la única mediación del Redentor no excluye, sino que suscita en sus criaturas una múltiple cooperación que participa de la fuente única.

            La Iglesia no duda en atribuir a María un tal oficio subordinado, lo experimenta continuamente y lo recomienda al corazón de los fieles para que, apoyados en esta protección maternal, se unan más íntimamente al Mediador y Salvador.

(María como Virgen y Madre, tipo de la Iglesia)

 

63. La Bienaventurada Virgen, por el don y la prerrogativa de la maternidad divina, con la que está unida al Hijo Redentor, y por sus singulares gracias y dones, está unida también íntimamente a la Iglesia.

            La Madre de Dios es tipo de la Iglesia, como ya enseñaba San Ambrosio, a saber: en el orden de la fe, de la caridad y de la perfecta unión con Cristo (San Ambrosio, Expos. Lc. II 7. PL 15,1555). Porque en el misterio de la Iglesia, que con razón también es llamada madre y virgen, la Bienaventurada Virgen María la precedió, mostrando en forma eminente y singular el modelo de la virgen y de la madre(Cf PS.-PEDRO DAM., Serm. 63: PL 144, 861AB), pues creyendo y obedeciendo, engendró en la tierra al mismo Hijo del Padre, y esto sin conocer varón, cubierta con la sombra del Espíritu Santo, como nueva Eva, prestando fe, no adulterada por duda alguna, no a la antigua serpiente, sino al mensaje de Dios. Dio a luz al Hijo, a quien Dios constituyó como primogénito entre muchos hermanos (Rom 8,29), a saber: los fieles a cuya generación y educación coopera con materno amor.

 

(Fecundidad de la Virgen y de la Iglesia)

 

64. Ahora bien, la Iglesia, contemplando su arcana santidad e imitando su caridad, y cumpliendo fielmente la voluntad del Padre, también ella es hecha Madre, por la palabra de Dios fielmente recibida; en efecto, por la predicación y el bautismo engendra para la vida nueva e inmortal a los hijos concebidos por el Espíritu Santo y nacidos de Dios. Y también ella es virgen que custodia pura e íntegramente la fe prometida al Esposo e imitando a la Madre de su Señor, por la virtud del Espíritu Santo conserva virginalmente la fe íntegra, la sólida esperanza, la sincera caridad (San Ambrosio, Expo. Lc II 7: PL 15, 1555)

(Virtudes de María que han de ser imitadas por la Iglesia)

 

65. Mientras que la Iglesia en la Beatísima Virgen ya llegó a la perfección, por la que se presenta sin mancha ni arruga, los fieles, en cambio, aún se esfuerzan en crecer en la santidad venciendo el pecado; y por eso levantan sus ojos hacia María, que brilla ante toda la comunidad de los elegidos como modelo de virtudes.

            La Iglesia, reflexionando piadosamente sobre ella y contemplándola en la luz del Verbo hecho hombre, llena de veneración entra más profundamente en el sumo misterio de la Encarnación y se asemeja más y más a su Esposo.

            Porque María, que, habiendo entrado íntimamente en la historia de la salvación, en cierta manera en sí une y refleja las más grandes exigencias de la fe, mientras es predicada y honrada atrae a los creyentes hacia su Hijo y su sacrificio y hacia el amor del Padre.

            La Iglesia, a su vez, buscando la gloria de Cristo, se hace más semejante a su excelso modelo, progresando continuamente en la fe, la esperanza y la caridad, buscando y obedeciendo en todas las cosas la divina voluntad.

                        Por lo cual, también en su obra apostólica con razón la Iglesia mira hacia aquella que engendró a Cristo, concebido por el Espíritu Santo y nacido de la Virgen, precisamente para que por la Iglesia nazca y crezca también en los corazones de los fieles.

            La Virgen en su vida fue ejemplo de aquel afecto materno, con el que es necesario estén animados todos los que en la misión apostólica de la Iglesia cooperan para regenerar a los hombres.

 

IV CULTO DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN EN LA IGLESIA.

 

            66. María, que por la gracia de Dios, después de su Hijo, fue exaltada por sobre todos los ángeles y los hombres, en cuanto que es la Santísima Madre de Dios, que intervino en los misterios de Cristo, con razón es honrada con especial culto por la Iglesia. Y, en efecto, desde los tiempos más antiguos la Bienaventurada Virgen es honrada con el título de Madre de Dios, a cuyo amparo los fieles en todos sus peligros y necesidades acuden con sus súplicas (Sub tuum praesidium).

            Especialmente desde el Sínodo de Éfeso, el culto del Pueblo de Dios hacia María creció admirablemente en la veneración y el amor, en la invocación e imitación, según las palabras proféticas de ella misma: “Me llamarán bienaventurada todas las generaciones, porque hizo en mí cosas grandes el que es poderoso” (Lc 1,48).

            Este culto, tal como existió siempre en la Iglesia, aunque es del todo singular, difiere esencialmente del culto de adoración que se rinde al Santo, y contribuye poderosamente a este culto. Pues las diversas formas de la piedad hacia la Madre de Dios, que la Iglesia ha aprobado dentro de los límites de la doctrina sana y ortodoxa, según las condiciones de los tiempos y lugares y según la índole y modo de ser de los fieles, hacen que, mientras se honra a la Madre, el Hijo, por razón del cual son todas las cosas (cf. Col 1, 15-16) y en quien tuvo a bien el Padre que morase toda la plenitud (Col 1, 19), sea mejor conocido, sea amado, sea glorificado y sean cumplidos sus mandamientos.

 

Espíritu de la predicación y del culto

 

67. El sacrosanto Sínodo enseña en particular y exhorta al mismo tiempo a todos los hijos de la Iglesia a que cultiven generosamente el culto, sobre todo litúrgico, hacia la Bienaventurada Virgen, como también estimen mucho las prácticas y ejercicios de piedad hacia ella, recomendados en el curso de los siglos por el Magisterio, y que observen religiosamente aquellas cosas que en los tiempos pasados fueron decretadas acerca del culto de las imágenes de Cristo, de la Bienaventurada Virgen y de los santos (CONC. NICENO II, año 787: Mansi, 13, 378-379).

            Asimismo exhorta encarecidamente a los teólogos y a los predicadores de la divina palabra que se abstengan con cuidado tanto de toda falsa exageración como también de una excesiva estrechez de espíritu, al considerar la singular dignidad de la Madre de Dios (Pío XII, mens. Radiof. 24 oct. 1954). Cultivando el estudio de la Sagrada Escritura, de los Santos Padres y doctores y de las liturgias de la Iglesia, bajo la dirección del Magisterio, ilustren rectamente los dones y privilegios de la Bienaventurada Virgen, que siempre están referidos a Cristo, origen de toda verdad, santidad y piedad; eviten celosamente todo aquello que sea de palabra, sea de obra, pueda inducir a error a los hermanos separados o a cualesquiera otros acerca de la verdadera doctrina de la Iglesia.

            Recuerden, pues, los fieles que la verdadera devoción no consiste ni en un afecto estéril y transitorio ni en vana credulidad, sino que procede de la fe verdadera, por la que somos conducidos a conocer la excelencia de la Madre de Dios y somos excitados a un amor filial hacia nuestra Madre y a la imitación de sus virtudes.

 

 

V. MARÍA, SIGNO DE ESPERANZA CIERTA Y CONSUELO

PARA EL PUEBLO DE DIOS PEREGRINANTE

 

(Antecede con su luz al pueblo de Dios)

 

68. Entre tanto, la Madre de Jesús, de la misma manera que ya glorificada en los cielos en cuerpo y en alma es la imagen y principio de la Iglesia que ha de ser consumada en el futuro siglo, así en esta tierra, hasta que llegue el día del Señor (cf. 2 Petr 3,10), antecede con su luz al pueblo de Dios peregrinante, como signo de esperanza segura y de consuelo.

 

(Que nos alcance formar un solo pueblo)

 

69. Ofrece gran gozo y consuelo para este sacrosanto Sínodo el hecho de que tampoco falten entre los hermanos separados quienes tributan debido honor a la Madre del Señor y Salvador, especialmente entre los orientales, que corren parejos (Cf Pío XI. Enc. Ecclesiam Dei, 22 nov. 1923: AA 15(1923) 581); Pío XII, fulgens corona, 8 sep. 1953) con nosotros por su impulso fervoroso y ánimo devoto en el culto de la siempre Virgen Madre de Dios.

            Ofrezcan todos los fieles súplicas insistentes a la Madre de Dios y Madre de los hombres, para que ella, que estuvo presente a las primeras oraciones de la Iglesia, ahora también, ensalzada en el cielo sobre todos los bienaventurados y los ángeles, en la comunión de todos los santos, interceda ante su Hijo, para que las familias de todos los pueblos, tanto los que se honran con el nombre de cristiano como los que aún ignoran al Salvador, sean felizmente congregados con paz y concordia en un solo pueblo de Dios, para gloria de la Santísima e indivisa Trinidad.

            Todas y cada una de las cosas que en esta constitución dogmática han sido consignadas, han obtenido el placet de los Padres. Y Nos, en virtud de la potestad apostólica a Nos confiada por Cristo, todo ello, juntamente con los venerables Padres, lo aprobamos, decretamos y estatuimos en el Espíritu Santo, y ordenamos que lo establecido por el Sínodo se promulgue para gloria de Dios.

 

Roma, en San Pedro, día 21 de noviembre de 1964.

 

Yo, PABLO, obispo de la Iglesia católica.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO SEGUNDO

 

MARÍA EN EL MISTERIO DE CRISTO

 

Ya he dicho muchas veces que la grandeza y el misterio de María sólo puede ser comprendido desde el misterio de Cristo. Como esa ha sido mi vivencia, así también quiero que sea mi exposición teológica y espiritual sobre la Madre de Dios y de los hombres desde una Mariología muy sencilla, tomada principalmente del Catecismo de la Iglesia Católica. No se puede decir más sencillo y más claro.

 

2. 1. PREDESTINACIÓN DE MARÍA: “Desde la eternidad fui yo establecida”

 

A) La predestinación de María:

 

            Sobre la predestinación de la Virgen  prediqué la siguiente homilía en mayo del 1973 inspirada en  Proverbios 8, 22-35):

 

            QUERIDOS HERMANOS:

 

            1 Una historia redonda, acabada de la Virgen, tenía que empezar por la predestinación, que es el principio siempre. Y en este principio está Dios, que es el principio de todo. También de la Virgen, porque la Virgen tuvo principio, lo tuvo en su Hijo, porque aquí el Hijo es antes que la Madre en todo, pero Ella estuvo junto siempre a Él, por eso es casi divina, pero humana, porque es criatura, es de los nuestros. La Virgen tuvo principio, aunque distinto al de todos los hombres.

 

            2 Oigamos a Dios en la Biblia, al Espíritu de Dios que nos habla de la Sabiduría de Dios en el Antiguo Testamento, Palabra de Dios en el Nuevo:

            “Yahvé me poseyó al principio de sus caminos, antes de sus obras, desde antiguo. Desde la eternidad fui yo establecida; desde los orígenes, antes que la tierra fuese.

            Antes que los abismos, fui engendrada yo;  antes que fuesen las fuentes de abundantes aguas.

            Antes que los montes fuesen cimentados; antes que los collados yo fui  concebida.

            Cuando afirmó los cielos, allí estaba yo; cuando trazó un círculo sobre la faz del abismo.

            Cuando condensó las nubes en lo alto; cuando daba fuerza a las fuentes del abismo.

            Cuando fijó sus términos  para que las aguas no traspasasen linderos. Cuando echó los cimientos  de la tierra.

            Estaba yo con Él como arquitecto, siendo siempre su delicia, solazándome Él en todo tiempo

            Recreándome en el orbe la tierra, siendo mis delicias las de los hombres.

            Oídme, pues, hijos míos; aventurado el que sigue mis caminos.

            Escuchad la instrucción y sed sabios, y no lo menospreciéis.

            Bienaventurado quien me escucha, y vela a mi puerta cada día, guardando las jambas de mis puertas.Porque el que me halla a mí, halla la vida y alcanzará el favor de Yahvé.

            Y al contrario, el que ofende, a sí mismo se daña, y el que me odia, ama la muerte”(Pr 8, 22-35).

 

            Este texto explica y la Tradición lo aplica a los orígenes de la Sabiduría de Dios. Ella existió con Dios antes de todas las cosas porque es eterna con Dios. El prólogo de San Juan  y otros pasajes paralelos de San Pablo son explicaciones plenas de este texto al hablarnos del Verbo, por quien todo fue creado y todo subsiste (Jn 1,3; Col 1, 15). Por lo tanto, es texto, aplicado a la Virgen, entraría en la categoría de los «Textos mariológicos por sola acomodación», que diría Cándido Pozo.

            “Dios es Amor”, dice San Juan. Su esencia es amar y si dejara de amar, dejaría de existir. No existía nada, y ese Dios infinito, entrando dentro de sí mismo y viéndose tan lleno de amor y sabiduría y belleza quiso crear a otros seres para hacerlo partícipes de su felicidad. Si existimos, es que Dios nos ha amado, nos ama. Entre los seres que vio en su Sabiduría y creó en su Verbo, María ocupa el primer lugar.

            La liturgia de la Iglesia pone en los labios de la Virgen algunos versículos de este texto: “Yahvé me poseyó al principio...”

            El amor de Dios contemplando en su mente divina todos los seres posibles y por donde fuimos pasando antes de ser creados, se estrenó en María: “al principio fue creada...” Por ser la primera en el amor de Dios entre sus criaturas, lo es también en grandezas y favores y privilegios y hermosura y belleza divinas. Dios ha puesto a María la primera en el orden de todos los seres pensados, amados y creados.

 

3 Meditemos el texto: “Antes que los abismos, fui engendrada yo.

            Antes que fuesen las fuentes de abundantes aguas; antes que los montes fuesen cimentados; antes que los collados yo fui concebida. Antes que hiciese la tierra, ni campos, ni el polvo primero tierra”.

            Quien pudiera ahora, por una contemplación de la eternidad divina y trinitaria, trasladarse a ese momento del Ser, cuando el tiempo no existía, sólo el Dios Amor en abrazo eterno del Padre al Hijo y del Hijo al Padre en el mismo Amor de Espíritu Santo. Quien pudiera entrar en la mente divina y yendo hacia atrás entrar en ese momento en que piensa y ama y plasma en su amor a la Virgen María.

            Cuando antes de plasmar la creación, fueron pasando delante de la Santísima Trinidad todos los seres posibles, los ojos de Dios se detuvieron en una criatura tan bella, tan radiante que la amó más que a todas las demás y porque la amó, como Dios, al amar, crea, la creó más llena de su hermosura que ninguna otra. Participó más que todas de su amor, de su belleza, de su santidad, de su Verdad porque la predestinó para encarnar el Verbo de Dios en su seno por obra del Amor del Espíritu Santo.

            El Padre dijo: ésta será mi Hija predilecta. El Hijo: ésta será mi Madre inmaculada. El Espíritu Santo: será mi posesión, mi esposa amada. La llenaron de gracias y regalos y dones. Y cuando la reina estuvo vestida de belleza, llena de luz y fulgores, colocaron sobre sus sienes una corona. En el centro decía: Inmaculada. María fue siempre, desde la predestinación de Dios en su mente, tierra limpia, impoluta, incontaminada, huerto cerrado sólo

para Dios, que se paseaba por ella en su mente divina llena de amor desde toda la eternidad.

            Es dulce pensar en aquellas tareas preparatorias, vividas desde la mente creadora de la Trinidad, antes de existir María en el mundo. Con qué temblor el Hijo la fue adornando de todas las prerrogativas posibles a su madre. Para el azul de su Concepción Inmaculada cogería el azul de los mares, de estas mañanas limpias, limpísimas de mayo, mes de las flores, de María; para el rojo de la caridad y del amor, los claveles más rojos, manchados al final de sangre, de su misma sangre encarnada...

 

4 “Estaba yo con Él como arquitecto, siendo siempre su delicia, solazándome Él en todo tiempo”

            Dios también pensó en nosotros. Para su gloria, para su amor, para su gozo. Pero Ella antes y superior a todos, antes, primero estaba con Él como arquitecto de la nueva creación, de la recreación por  el Verbo nacido de ella, por la Palabra eterna hecha carne. Somos obra de Cristo Redentor, pero también de María. Lo ha dicho sin miedo el Vaticano en la Lumen gentium.        

            Hermoso pensar en esos momentos en que Dios Trino y Uno nos pensó y luego nos recreó por el Verbo en su Sabiduría eterna, nacido en el tiempo luego de María, a ti, a mi, a cada hombre, porque todos hemos sido pensados y amados y recreados por Dios en su Verbo con María: “he ahí a tu hijo”.

B) MADRE DEL REDENTOR

 

            “Dios envió a su Hijo”(Ga 4, 4), pero para “formarle un cuerpo” (cf Hb 10, 5) quiso la libre cooperación de una criatura. Para eso desde toda la eternidad, Dios escogió para ser la Madre de su Hijo, a una hija de Israel, una joven judía de Nazaret en Galilea, a “una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María” (Lc 1, 26-27):

            «El Padre de las misericordias quiso que el consentimiento de la que estaba predestinada a ser la Madre precediera a la encarnación para que, así como una mujer contribuyo a la muerte, así también otra mujer contribuyera a la vida» (LG 56: cf 61)» CEC 587-588).

            «La Virgen María, que, según el anuncio del ángel, recibió al Verbo de Dios en su corazón y en su cuerpo y entregó la vida al mundo, es conocida y honrada como verdadera Madre de Dios Redentor (LG 53) Por lo tanto la Virgen es conocida y honrada porque es la MADRE DEL REDENTOR.

            La Madre del Redentor tiene un lugar preciso en el plan de la salvación, porque“al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, para que recibieran la filiación adoptiva. La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: Abbá, (Padre!” (Gal 4, 4 6).

            Con estas palabras del apóstol Pablo, que el Concilio Vaticano II cita al comienzo de la exposición sobre la bienaventurada Virgen María (LG 52). María sólo puede ser comprendida a la luz de Cristo, su Hijo. Pero el misterio de Cristo, «misterio divino de salvación, se nos revela y continúa en la Iglesia, a la que el Señor constituyó como su Cuerpo» (LG 62)

            El misterio de María queda inserto en la totalidad del misterio de Cristo y de la Iglesia, sin perder de vista su relación singular de Madre con el Hijo, pero sin separarse de la comunidad eclesial, de la que es un miembro excelente y, al mismo tiempo, figura y madre. María se halla presente en los tres momentos fundamentales del misterio de la redención: en la Encarnación de Cristo, en su Misterio Pascual y en Pentecostés.

            La Encarnación es el momento en que es constituida la persona del Redentor, Dios y hombre. María está presente en la Encarnación, pues ésta se realiza en ella; en su seno se ha encarnado el Redentor; tomando su carne, el Hijo de Dios se ha hecho hombre.

            El seno de María, en expresión de los Padres, ha sido el «telar» en el que el Espíritu Santo ha tejido al Verbo el vestido humano, el «tálamo» en el que Dios se ha unido al hombre.

            «“Hágase en mí según tu palabra...“ Al anuncio de que ella dará a luz al “Hijo del Altísimo” sin conocer varón, por la virtud del Espíritu Santo (cf Lc 1, 28-37), María respondió por “la obediencia de la fe” (Rm 1, 5), segura de que “nada hay imposible para Dios”: “He aquí la esclava del Señor: hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 37-38).

            Así dando su consentimiento a la palabra de Dios, María llegó a ser Madre de Jesús y, aceptando de todo corazón la voluntad divina de salvación, sin que ningún pecado se lo impidiera, se entregó a sí misma por entero a la persona y a la obra de su Hijo, para servir, en su dependencia y con Él, por la gracia de Dios, al Misterio de la Redención (cf LG 56): María estuvo siempre unida al misterio de  Cristo  Redentor: Llamada en los evangelios “la Madre de Jesús” (Jn 2, 1; 19, 25; cf Mt 13, 55), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como “la madre de mi Señor” desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquel que Ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo

según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios <Theotokos> (cf DS 251)» (CEC 494-495).

            María está presente en el Misterio pascual, cuando Cristo ha realizado la obra de nuestra redención destruyendo, con su muerte, el pecado y renovando, con su resurrección, nuestra vida. Entonces “junto a la cruz de Jesús estaba María, su madre” (Jn 19, 25).

            Y María estaba presente en Pentecostés, cuando, con el don del Espíritu Santo, se hizo operante la redención en la Iglesia. Con los apóstoles “asiduos y concordes en la oración estaba María, la madre de Jesús” (Hch 1,14). Esta presencia de María junto a Jesús en estos momentos claves, aseguran a María un lugar único en la obra de la redención.

            Según la antigua y vital intuición de la Iglesia, María, sin ser el centro, está en el corazón del misterio cristiano. En el mismo designio del Padre, aceptado voluntariamente por Cristo, María se halla situada en el centro de la Encarnación, marcando la ‘hora” del cumplimiento de la historia de la salvación. Para esta “hora” la ha plasmado el Espíritu Santo, llenándola de la gracia de Dios.

 

2. 2 MARÍA, EN EL MISTERIO DE LA IGLESIA

 

«Después de haber hablado del papel de la Virgen María en el Misterio de Cristo y del Espíritu, conviene considerar ahora su lugar en el Misterio de la Iglesia. <Se la reconoce y se la venera como verdadera Madre de Dios y del Redentor... más aún, es verdaderamente la madre de los miembros (de Cristo) porque colaboró con su amor a que nacieran en la Iglesia los creyentes, miembros de aquella cabeza> (S. Agustín, virg. 6)» (LG 53). «María, Madre de Cristo, Madre de la Iglesia» (Pablo VI, discurso 21 de noviembre 1964) (CEC 963).

 

 

 

 

 

 

2. 2. 1  MARÍA, MADRE  DE LA IGLESIA

 

            El capítulo VIII de la Lumen gentium lleva como titulo «La bienaventurada Virgen María, Madre de Dios, en el misterio de Cristo y de la Iglesia». El Catecismo de la Iglesia nos dice: «Pero su papel con relación a la Iglesia y a toda la humanidad va aún más lejos... Colaboró de manera totalmente singular a la obra del Salvador por su fe, esperanza y ardiente amor, para restablecer la vida sobrenatural de los hombres. Por esta razón es nuestra Madre en el orden de la gracia» (LG 61).

            «Esta maternidad de María perdura sin cesar en la economía de la gracia, desde el consentimiento que dio fielmente en la Anunciación, y que mantuvo sin vacilar al pie de la cruz, hasta la realización plena y definitiva de todos los escogidos. En efecto, con su asunción a los cielos, no abandonó su misión salvadora, sino que continúa procurándonos con su múltiple intercesión los dones de la salvación eterna... Por eso la Santísima Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora» (LG 62).

            «La misión maternal de María para con los hombres de ninguna manera disminuye o hace sombra a la

única mediación de Cristo, sino que manifiesta su eficacia. En efecto, todo el influjo de la Santísima Virgen en la salvación de los hombres... brota de la sobreabundancia de los méritos de Cristo, se apoya en su mediación, depende totalmente de ella y de ella saca toda su eficacia» (LG 60).

            «Ninguna criatura puede ser puesta nunca en el mismo orden con el Verbo encarnado y Redentor. Pero, así como en el sacerdocio de Cristo participan de diversa manera tanto los ministros como el pueblo creyente, y así como la única bondad de Dios se difunde realmente en las criaturas de distintas maneras, así también la única mediación del Redentor no excluye, sino que suscita en las criaturas una colaboración diversa que participa de la única fuente (LG 62)» (CEC 967-970).

            «Lo que la fe católica cree acerca de María se funda en lo que cree acerca de Cristo, pero lo que enseña sobre María ilumina a su vez la fe en Cristo.

            María es a la vez virgen y madre porque ella es la figura y la más perfecta realización de la Iglesia (cf LG 63): «La Iglesia se convierte en Madre por la palabra de Dios acogida con fe, ya que, por la predicación y el bautismo, engendra para una vida nueva e inmortal a los hijos concebidos por el Espíritu Santo y nacidos de Dios. También ella es virgen que guarda íntegra y pura la fidelidad prometida al Esposo (LG 64)» (CEC 507).

            Uno de los iconos Marianos más repetido de la Iglesia de Oriente es el de la Odigitria, es decir, «La que indica la vía» a Cristo. María no suplanta o sustituye a Cristo; sino que lo presenta a quienes se acercan a ella, nos guía a todos hacia Él y, luego, escondiéndose en el silencio, nos dice: “Haced lo que Él os diga”. Como dice San Ambrosio, «María es el templo de Dios, no el Dios del templo».  

            Por eso, toda devoción Mariana conduce a Cristo y, por Cristo, al Padre en el Espíritu Santo. Por ello, como Moisés, nos acercamos a ella con los pies descalzos porque en su seno se nos revela Dios en la forma más cercana y transparente, revistiéndolo la carne humana.

            El fiat de María se integra en el amén de Cristo al Padre: “He aquí que yo vengo para hacer, oh Padre, tu voluntad” (Heb 10, 7), “porque he bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha mandado” (Jn 6, 38). El fiat de María y el amén de Cristo se compenetran totalmente.

            No es posible una oposición entre Cristo y María. Como son inseparables Cristo cabeza y la Iglesia, su cuerpo. Quienes temen que la devoción Mariana prive de algo a Cristo, como quienes dicen «Cristo sí, pero no la Iglesia», pierden la concreción histórica de la encarnación de Cristo.

            María tiene su lugar en el acontecimiento central del misterio de Cristo, pero de Cristo considerado como Cristo total, cabeza y cuerpo; y, en consecuencia, juntamente con la Iglesia. En ambos aspectos de este único misterio, María ocupa un puesto único y desempeña una misión singular.

            Para que Cristo obtuviese la reconciliación de los hombres con el Padre, se encarnó en María, de la que tomó cuerpo para que fuese posible la ofrenda y la víctima digna de un hombre, Dios, en igualdad en cuanto a la divinidad del Padre.

            Satisfacción plena, que ningún hombre podría ofrecer con plenitud ante la Justicia de Dios. Si Dios es amor, no por ello puede dejar, por su propia esencia, de ser justo. De aquí lo que llamamos santo temor de Dios.

            Pero es en María donde se ha concebido la vida sobrenatural de la gracia cuando concibió a Cristo, cabeza de la humanidad, puesto que en aquel momento comenzó la regeneración sobrenatural. Y María en el Calvario, tuvo su plenitud de dar a luz redentora a la humanidad sacrificada de Cristo, representante de todos nosotros, porque fue esa humanidad engendrada en ella y cumplida la total regeneración por Cristo, en la Cruz.

            Y así como María concibe en su seno a Cristo, como Cabeza del Cuerpo Místico, concibe en él, por una maternidad espiritual, la vida sobrenatural para el resto de su Cuerpo. Resultando que tanto la Cabeza como sus místicos miembros, son fruto de la misma concepción en María, y ella es constituida Madre del Cristo total, siendo nosotros sus hijos en el Hijo.

 

2. 2. 2  MARÍA, MODELO DE LA IGLESIA

 

            «Ella es nuestra Madre en el orden de la gracia. Por su total adhesión a la voluntad del Padre, a la obra redentora de su Hijo, a toda moción del Espíritu Santo, la Virgen María es para la Iglesia el modelo de la fe y de la caridad. Por eso es <miembro muy eminente y del todo singular de la Iglesia> (LG 53), incluso constituye <la figura> <typus> de la Iglesia (LG 63)» (CEC 967).

            El culto de la Madre de Dios está incluido en el culto de Cristo en la Iglesia. Se trata de volver a lo que era

tan familiar para la Iglesia primitiva: ver a la Iglesia en María y a María en la Iglesia. María, según la Iglesia primitiva, es el tipo de la Iglesia, el modelo, el compendio y como el resumen de todo lo que luego iba a desenvolverse en la Iglesia, en su ser y en su destino.

            Sobre todo la Iglesia y María coinciden en una misma imagen, ya que las dos son madres y vírgenes en virtud del amor y de la integridad de la fe: «Hay también una, que es Madre y Virgen, y mi alegría es nombrarla: la Iglesia» (CLEMENTE DE  ALEJANDRÍA, Pedagogo, 1,6, 42)

            San Pablo ve a la Iglesia como “carta escrita no con tinta, sino con el Espíritu de Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de carne, en los corazones” (2 Cor 3, 3). Carta de Dios es, de un modo particular, María, figura de la Iglesia. María es realmente una carta escrita con el Espíritu del Dios vivo en su corazón de creyente y de madre.

            La Tradición, por ello, ha dicho de María que es «una tablilla encerada», sobre la que Dios ha podido escribir libremente cuanto ha querido (Orígenes);  como «un libro grande y nuevo» en el que sólo el Espíritu Santo ha escrito (San Epifanio); como «el volumen en el que el Padre escribió su Palabra» (Liturgia bizantina).

            En María aparece la realización del hombre que, en la fe, escucha la apelación de Dios, y, libremente, en el amor, responde a Dios, poniéndose en sus manos para que realice su plan de salvación. Así, en el amor, el hombre pierde su vida y la halla plenamente. María, en cuanto mujer, es la representante del hombre salvado, del hombre libre, María se halla íntimamente unida a Cristo, a la Iglesia y a la humanidad (CEC 963ss). María revela a la Iglesia su misterio genuino. María es la imagen de la Iglesia sierva y pobre, madre de los fieles, esposa del Señor, que camina en la fe, medita la palabra, proclama la salvación, unifica en el Espíritu y peregrina en espera de la glorificación final:

            «Ella, la Mujer nueva, está junto a Cristo, el Hombre nuevo, en cuyo misterio encuentra su verdadera luz el misterio del hombre (GS 22), como prenda y garantía de que en una pura criatura, es decir, en ella se ha realizado ya el designio de Dios en Cristo para la salvación de todo hombre.

            Al hombre moderno, frecuentemente atormentado entre la angustia y la esperanza, postrado por la sensación de su limitación y asaltado por aspiraciones sin término, turbado en el ánimo y dividido en el corazón, la mente suspendida por el enigma de la muerte, oprimido por la soledad mientras tiende hacia la comunión, presa de sentimientos de nausea y de hastío, la Virgen, contemplada en su trayectoria evangélica y en la realidad que ya posee en la ciudad de Dios, ofrece una visión serena y una palabra confortante: la victoria de la esperanza sobre la angustia, de la comunión sobre la soledad, de la paz sobre la turbación, de la alegría y de la belleza sobre el tedio y la nausea, de las perspectivas eternas sobre las temporales, de la vida sobre la muerte» (MC 57).

            La única afirmación que María nos ha dejado sobre sí misma une los dos aspectos de toda su vida: “Porque ha mirado la pequeñez de su sierva, desde ahora me dirán dichosa todas las generaciones” (Lc 1, 48). María, en su pequeñez, anuncia que jamás cesarán las alabanzas que se la tributarán por las grandes obras que Dios ha realizado en ella.

            Es lo mismo que confesara Pablo: “Cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Cor 12, 10). Este es el camino del cristiano “cuya luz resplandece ante los hombres... para gloria de Dios” (cf Mt 5, 14-16). El cristiano, como Pablo, es primero cegado de su propia luz, para que en él se encienda la luz de Cristo e ilumine el mundo.

            Todos nosotros proclamamos bienaventurada a María en su canto de alabanza a Dios, porque sobre ella se posó la mirada del Señor y en ella Dios depositó plenamente el plan de redención, proyectado para todos nosotros. De este modo la reflexión de fe sobre María, la Madre del Señor, es una forma de doxología, una forma de dar gloria a Dios por el Hijo Salvador engendrado en Ella.

 

2. 2. 3 MARÍA, MADRE Y MODELO LA IGLESIA, POR LA “PALABRA” ENCARNADA

 

            María es la “Mujer” que compendia en sí el antiguo Israel. La fe y esperanza del pueblo de Dios desemboca en María, la excelsa “Hija de Sión”.En la Escritura, el Espíritu Santo, nos ha diseñado el icono de la Madre de Jesús, para ofrecerlo a la Iglesia de todos los tiempos. La Lumen gentium presenta en la primera parte (52-54) la mariología bíblica, en la que se subraya la unión progresiva y plena de María con Cristo dentro de la perspectiva de la historia de la salvación. Y en la segunda parte (55- 59) presenta la relación entre María y la Iglesia y entre la Iglesia y María.

            La Redemptoris Mater se estructura según el esquema conciliar con una fuerte impregnación bíblica, presentando primero a María en el misterio de Cristo (7-24) y luego en el centro de la Iglesia en camino (28-38), para subrayar finalmente su mediación maternal (38-50). La novedad respecto al Concilio está en la insistencia en la dimensión histórica: presenta a María en su itinerario de fe, señalando su carácter de «noche espiritual»  y «kénosis».

            «El Verbo inefable del Padre se ha hecho describible encarnándose de ti, oh Theotókos; y habiendo restablecido la imagen desfigurada en su antiguo esplendor, él la ha unido a la belleza divina» (cf Kondakion del domingo de la Ortodoxia).

            «Visto que Cristo como Hijo del Padre es indescriptible, Él no puede ser representado en una imagen... Pero desde el momento en que Cristo ha nacido de una madre describible, Él tiene naturalmente una imagen que corresponde a la de la madre. Por tanto si no se le puede representar por la pintura, significa que Él ha nacido sólo del Padre y que no se ha encarnado. Pero esto es contrario a toda la economía de la salvación» (TEODORO ESTUDITA: PG 99, 417 C).

            Los iconos, en su lenguaje figurativo, nos revelan una realidad interior, que los creyentes de todos los tiempos nos han transmitido como voz de la presencia de María en la Iglesia.

            Es un rostro que siendo el mismo y diciendo lo mismo sobre él, siempre es nuevo y eterno, porque de eso se encarga el amor. La escucha atenta de la Palabra de Dios lleva a la «sapientia», a gustar la dulzura de María, de su verdad y amor, a la sabiduría de la Palabra hecha carne, pues miramos a Cristo para dibujar a la Madre.

            Sólo quien escucha y medita en su corazón, como María,  percibe la honda riqueza del pan de la Palabra de Dios, en su cumplimiento mesiánico en la Virgen de Nazaret, convirtiendo a la Escritura en una fuente perenne de vida, amor y gozo.

             Se trata de seguir el método de María misma, que “guardaba todas las palabras en su corazón y las daba vueltas”. María compara y relaciona unas palabras con otras, unos hechos con otros, busca una interpretación, explicarse los acontecimientos de su Hijo, a la luz de las prefiguraciones del Antiguo Testamento, como se ve en el Magnificat.

            El Papa Juan Pablo II, en una oración,  invoca a María, diciéndole: «¡Tú eres la memoria de la Iglesia La Iglesia aprende de ti, Madre, que ser madre quiere decir ser una memoria viva, quiere decir guardar y meditar en el corazón!».

            El misterio de la Virgen Madre, Arca de la Nueva Alianza y Eterna Alianza, templo y primer sagrario de Cristo en la tierra, la convierte en icono de todo el misterio cristiano.

 

2. 2. 4 MARÍA, MADRE Y MODELO DE LA IGLESIA EN LA LITURGIA

 

Y desde aquí, porque ya lo he insinuado, quiero acercarme ahora a María en la liturgia, donde la comunidad cristiana expresa y alimenta su relación con María. La liturgia tiene su estilo propio de afirmar y testimoniar la fe. La liturgia, en su forma celebrativa, nos da una visión interior de fe, basada en la revelación y enriquecida con toda la sensibilidad  secular de la Iglesia (lex orandi, lex credendi, lex vivendi). Es, sin duda, el lenguaje más apto para entrar en comunión con el misterio de Cristo, reflejado en su Madre, la Virgen María.

            La memoria de María en la liturgia va íntimamente unida a la celebración de los misterios del Hijo (MC 2-15) y así aparece como modelo de la actitud espiritual con que la Iglesia celebra y vive los divinos misterios (MC 16-23). De esto ya he hablado ampliamente en las primeras páginas del libro.

            «En la celebración del ciclo anual de los misterios de Cristo, la santa Iglesia venera con especial amor a María santísima, Madre de Dios, unida indisolublemente a la obra salvífica de su Hijo; en María admira y exalta el fruto más excelso de la redención y contempla con gozo, como en una imagen purísima, lo que ella desea y espera ser» (SC 103).

            Y lo que Dios ha unido en la Encarnación y en  la Vida de Cristo y en su muerte y resurrección, hechos principalmente presentes en la Eucaristía, que no lo separe ni la teología ni la liturgia. No se puede separar a María de Jesús, no solo por su maternidad humana, unida a ella la Persona divina del Verbo, sino en el destino real de la redención y de la ofrenda a Dios que está concretada en la Persona del Verbo engendrado como hombre, en María.

            Nosotros ofrecemos en la Eucaristía, a Cristo, el Cuerpo de Cristo que se hizo humano en María. María tiene la grandeza de ser medio, Mediadora de Dios a los hombres y de los hombres a Dios. Esto se desprende del hecho real de que Dios la usa como medio entre él y los hombres, y así como por ser Madre de Dios no puede estar más cerca de Él, por el mismo hecho, por ser mujer, persona humana en sí misma Dios se acerca al hombre, a la naturaleza humana, hasta hacerla divina en su Hijo y a través de María, humana y casi divina a la vez, el hombre puede llegar hasta Dios.

            María es medio, puente; esta es su mediación real innegable. A través de ella viene El Verbo y a través de ella encontramos a Dios. Es su cualidad de Medianera, pero no sólo físicamente, sino espiritualmente, porque al engendrar a la Cabeza del Cuerpo Místico, necesariamente engendra místicamente a todos los miembros de este Cuerpo que es la Iglesia, no sólo en la Encarnación, sino “junto a la cruz” y en Pentecostés.

            El Concilio Vaticano II, dice de María: «Es verdadera madre de los miembros (de Cristo)...por haber cooperado con su amor a que naciesen en la Iglesia los fieles, que son miembros de aquella cabeza... Esta unión de la Madre con el Hijo en la obra de la salvación se manifiesta desde el momento de la concepción virginal de Cristo hasta su muerte».

            Y de la misma forma que el Sagrario no es presencia meramente pasiva de Cristo, sino presencia celebrativa y continuadora de la ofrenda eucarística que se acaba de hacer en la misa y luego continúa en el Sagrario con las actitudes sacerdotales de Cristo, el Cristo resucitado “cordero degollado ante el trono de Dios”, de la misma forma, María desde la Encarnación es no solo un sagrario viviente, sino que está siendo, con su oración y grandeza como Madre de Dios, oferente de su hijo al Padre, para la redención. Y toda su vida, desde el pesebre, ha estado totalmente unida ayudando y cuidando al Redentor para que cumpla la obra que le encomienda el Padre, siendo así colaboradora de Dios en la redención.

            María con su hijo en brazos, mimándolo con amor materno, siempre ofrecía al Padre, ella, la madre, aquella victima formada de su misma carne. Sus brazos fueron el primer altar, idea que inspiró esta canción que todos los sábados dedico a la Madre del Puerto en mi visita: «Virgen sacerdotal, Madre querida, Tú que diste a mi vida tan dulce ideal; alárgame tus manos maternales, ellas mis blancos corporales, tu corazón, mi altar sacrificial».

            Ella es la primera oferente del Hijo al Padre. Cumple con la máxima perfección la misión posterior Sacerdotal de la Iglesia. Es ejemplo de ofrenda y oferente. Por eso es nuestra Madre sacerdotal perfecta.

            Lo dice también la Congregación para el Culto Divino en los dos libros publicados en castellano por la Conferencia Episcopal Española, mediante la Comisión Episcopal de Liturgia: en el primero I, están la misas, y, en el segundo II, el Leccionario. En las primeras palabras del Decreto de la publicación de estas Misas, (Prot. N. 309/86) dice:

            «Al celebrar el misterio de Cristo, la Iglesia conmemora muchas veces con veneración a la bienaventurada Virgen María, unida íntimamente a su Hijo: porque recuerda a la mujer nueva que, en previsión de la muerte de Cristo, fue redimida del modo más sublime en su misma concepción; a la madre que, por la fuerza del Espíritu Santo, engendró virginalmente al Hijo; a la discípula que guardó cuidadosa en su corazón las palabras del Maestro; a la socia del Redentor que, por designio divino, se entregó generosamente por entero a la obra del Hijo.

            En la bienaventurada Virgen reconoce también la Iglesia a su miembro más excelso y singular, adornado con toda la abundancia de las virtudes; a ella, que Cristo le confió como madre en el ara de la cruz, colma de piadoso amor y continuamente solicita su patrocinio; a ella profesa como compañera y hermana en el camino de la fe y en las aflicciones de la vida; en ella, instalada ya junto a su Hijo en el reino celestial, contempla gozosa la imagen de su gloria futura».

            LAS MISAS DE LA VIRGEN, que así titulan en su versión castellana a estos dos libros, nos ofrecen 46 títulos diferentes para honrar a María, con oraciones y prefacios propios. En el primer libro vienen UNAS ORIENTACIONES GENERALES, que son todo un tratado de Mariología desde la liturgia, de Mariología Litúrgica, con matices distintos a una Mariología Teológica: lex orando, lex credendi. Me han parecido muy interesantes, por eso voy a transcribir algunas; pongo su enumeración:

«6. Las misas de la bienaventurada Virgen María encuentran su razón de ser y su valor en esta íntima participación de la Madre de Cristo en la historia de la salvación. La Iglesia, conmemorando el papel de la Madre del Señor en la obra de la redención o sus privilegios, celebra ante todo los acontecimientos salvadores en los que, según el designio de Dios, intervino la Virgen María con vistas al misterio de Cristo.

 

11. Después de la gloriosa ascensión de Cristo al cielo, la obra de la salvación  continúa realizándose sobre todo en la celebración de la liturgia, la cual es considerada no sin razón el momento último de la historia de la salvación. Pues en la liturgia Cristo está presente de varios modos...

 

12. De manera semejante, la bienaventurada Virgen, asunta gloriosamente al cielo y ensalzada junto a su Hijo, Rey de reyes y Señor de señores (cf. Ap 19. 16), no ha abandonado la misión salvadora que el Padre le confió, <sino que continúa alcanzándonos, por su múltiple intercesión, los dones de la salud eterna>. La Iglesia, que <quiere vivir el misterio de Cristo> con María y como María, a causa de los vínculos que la unen a ella, experimenta continuamente que la bienaventurada Virgen está a su lado siempre, pero sobre todo en la sagrada liturgia, como madre y como auxiliadora.

 

13. En íntima comunión con la Virgen María, e imitando sus sentimientos de piedad, la Iglesia celebra los divinos misterios, en los cuales <Dios es perfectamente glorificado y los hombres son santificados>:

— asociándose a la voz de la Madre del Señor, bendice a Dios Padre y lo glorifica con su mismo cántico de alabanza.

— con ella quiere escuchar la palabra de Dios y meditarla asiduamente en su corazón.

— con ella desea participar en el misterio pascual de Cristo y asociarse a la obra de la redención.

— imitándola a ella, que oraba en el Cenáculo con los apóstoles, pide sin cesar el don del Espíritu Santo.

— apelando a su intercesión, se acoge bajo su amparo, y la invoca para que visite al pueblo cristiano y lo llene de sus beneficios.

— con ella, que protege benignamente sus pasos, se dirige confiadamente al encuentro de Cristo.

Valor ejemplar de la Virgen María en las celebraciones litúrgicas

 

14. La liturgia, que tiene el poder admirable de evocar el pasado y hacerlo presente, pone con frecuencia ante los ojos de los fieles la figura de la Virgen de Nazaret, que <se consagró totalmente a sí misma, como esclava del Señor, a la persona y a la obra de su Hijo, sirviendo al misterio de la redención con él y bajo él>.

            Por esto la Madre de Cristo resplandece, sobre todo en las celebraciones litúrgicas, como modelo de virtudes y de fiel cooperación a la obra de salvación».

            También es importante ver la presencia de María en la Liturgia de las Horas, con sus himnos, antífonas, responsorios, preces, además de las lecturas bíblicas y patrísticas. Cada día, en las Vísperas, la comunidad cristiana se une al canto de María, al Magníficat, alabando a Dios por su actuación en la historia de la salvación.Y de la liturgia, como prolongación, brota la piedad Mariana, que la Maríalis cultus ofrece a los fieles, resaltando la nota trinitaria, cristológica y eclesial del culto a María (25-28).

            La fe de la Iglesia permanece en su viva integridad, imperturbablemente celebrada en la liturgia. La mariología, pues, no puede considerarse como un tratado separado de los demás, sino en un contexto más amplio y orgánico, explicitando sus conexiones con la cristología, la eclesiología y el conjunto del misterio de la salvación.

CAPÍTULO TERCERO

 

LA ORACIÓN DE MARÍA

(María,  Virgen orante)

 

            María es «la Virgen orante», dice la exhortación Marialis Cultus. La oración de María en los evangelios está hecha toda ella de meditación de las palabras de Dios por el arcangel Gabriel y por el silencio contemplativo. Hay que descubrirla en la docilidad con que, según el testimonio de los evangelios, se somete activamente a la voluntad de Dios que le pide su colaboración, como en el episodio de la Anunciación.

            Una docilidad que hay que leer también en profundidad a la luz de Lc 11, 27s (Mc 3,20s; Mt 12,46-50; y Lc 8,21), donde Jesús exalta, no la maternidad física de su madre, sino “más bien” la maternidad espiritual de “los que escuchan a palabra de Dios y la cumplen”.

 

 

4. 1 LA ORACIÓN DE MARÍA, MODELO DE ORACION

 

1. El único texto del Nuevo Testamento que nos presenta a María orando es el de Hch 1,14: “Todos ellos, con algunas mujeres, la madre de Jesús y sus parientes, perseveraban unánimes en la oración”. El Magnificat que la Virgen dirige a Dios en presencia de Isabel (Lc 1,46-55) constituye sin duda alguna su gran oración, pero también la única explícita que conocemos. Fuera de estos dos textos, a los que se puede añadir su petición en Caná (Jn 2,3), del Hijo, que no acaba de entender, María “lo conservaba y lo meditaba todo en su corazón” (Lc 2,19; cf 2,33.51).

            A la luz de esa constante actitud del corazón, los pasajes bíblicos en que aparece María nos revelan más o menos explícitamente su oración a través de su disponibilidad en el anuncio del ángel (Lc 1,26-38), de su fe en el encuentro con Isabel (1,39-45), de su alabanza, su acción de gracias y su solidaridad en el Magnificat (1,46-55), de su silencio contemplativo en Belén (2,1-19), de su aceptación del sufrimiento en el exilio y en la vida oculta de Nazaret (Mt 2,13s), de su ofrenda en la Presentación (Lc 2,22-5),  de su confianza en Caná (Jn 2,1-5), de su dolor junto a la cruz (Jn 19,25-27) y de su comunión con la Iglesia en Pentecostés (Hch 1,12-14). Ahora trataremos de sacar de estos textos cuanto nos dicen o sugieren a propósito de la oración de María

            Empecemos por el hecho de la Anunciación (Lc 1,26 38). Desconocemos las circunstancias exactas en que María recibió el mensaje de la Anunciación. Pero hay motivos para creer que en el momento en que el ángel le hizo oír su voz, ella estaba en oración.

            Resulta esto de modo especial del paralelo con Zacarías. El anuncio del nacimiento de Juan Bautista tuvo lugar en un momento de oración solemne, en el santuario donde por primera y única vez en su vida hacía Zacarías la ofrenda del incienso, mientras toda la asamblea de Israel estaba afuera orando (Le 1,9-10). Se comprende cómo la oración que asegura un contacto más íntimo con Dios constituya el momento más adecuado para la comunicación de un mensaje divino.

Ahora bien, en la confrontación con Zacarías, el evangelista hace sentir la superioridad del anuncio hecho a María. La Virgen de Nazaret debía, con mayor razón, hallarse en oración, para acoger el mensaje que debía cambiar el destino de la humanidad. Esta suposición adquiere mucha más fuerza cuanto que los Evangelios, y en especial el de Lucas, nos muestra a Jesús en oración en los momentos importantes de su vida pública: con ocasión del bautismo, antes de la pregunta sobre su identidad y de invitar a la confesión de fe, en el momento de la transfiguración, en la preparación de la pasión. En tales momentos, se sumerge, por decirlo así, en la intimidad con el Padre, en forma de recibir de sus manos paternales el cumplimiento de la propia misión. En el instante en que estaba para realizarse el misterio de la encarnación no era Él quien podía estar en oración: era su madre, destinada a acoger el acontecimiento en la oración.

            Una afirmación de Lucas en el relato del bautismo de Jesús es iluminadora: “Mientras oraba (Jesús), se abrió el cielo, bajó sobre él el Espíritu Santo en forma de paloma...” (Lc 3,2 1- 22). El cielo se abre en el momento de la oración: es precisamente lo que se verifica en el caso de María. En el instante de la Anunciación, el cielo se abre como no se había abierto nunca antes: el Padre abre las puertas del cielo para dar a la humanidad lo más precioso que él tiene, su propio Hijo.

Abrirse el cielo significa que el Espíritu Santo está para descender sobre María en forma de paloma, o sea, como signo del amor divino, para realizar la concepción del niño. Lo que tuvo lugar para Jesús en el momento del bautismo nos ayuda a comprender lo que aconteció en secreto para María en el comienzo de la nueva Alianza. Se podrían utilizar los mismos términos de la expresión evangélica: “Mientras María oraba, se abrió el cielo”.

El paralelo con Zacarías, recordado antes, presenta también un contraste. En el primer caso se trata de un acto solemne de culto, al que se asocia todo el pueblo; en el segundo, la oración no tiene nada de público ni de solemne. Así se explica el silencio del relato evangélico sobre la oración de María, que no ofrecía aspectos exteriores dignos de mencionarse.

 A diferencia del sacerdote, que cumplía en el templo funciones oficiales de culto e intercesión, la joven de Nazaret oraba sencillamente, bajo la inspiración de la gracia de que estaba llena. Era una oración menos vinculada a formas exteriores, más interior y también más libre, que expresaba con mayor vitalidad la personal espontaneidad de María, las relaciones que ella deseaba desarrollar con Dios.

            Sería erróneo sacar la conclusión de que la oración de María era menos abierta a los demás que la de Zacarías. El sacerdote era consciente de poner un acto de culto a nombre del pueblo, de asociar este pueblo a su oración. La oración de María, mediante el “fiat”  al mensaje, se transformó en oración de adhesión a la voluntad divina para la salvación de todos los hombres. Al decir: “He aquí la esclava del Señor” María expresa la disposición fundamental de toda oración, mejor dicho, el fruto de la oración que es conformarse con la voluntad del Padre.

La misma disposición manifestará Jesús en la oración más comprometida de su existencia terrena: “Padre... no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú” (Mc 14,36). Es igualmente la disposición de ánimo que inculcará a sus discípulos al enseñarles el Padrenuestro: “Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo” (Mt 6,10). En el consentimiento que expresa al mensaje del ángel, aparece la actitud esencial de María en sus relaciones con Dios: el consentimiento implica una oración de abandono total en las manos del Padre. El episodio de la Anunciación comienza en la oración y culmina en la oración.

            Ésta debe ser también nuestra oración: Acogida de los designios divinos sobre la vida personal de cada uno y conformarla a la voluntad de Dios, como María.

            Reflexionando sobre el papel de la oración en este episodio, podemos comprender mejor algunos aspectos referentes a nuestra vida personal, sobre todo, de sacerdotes y almas consagradas.

            Hallamos ante todo el principio de la necesidad de la oración. Es necesaria para recibir los mensajes divinos. Para los hombres apostólicos es demasiado importante colocarse a la escucha de Dios, oír las palabras que vienen de lo alto, y aplicarlas a su vida. Tienen necesidad de la oración para dejarse conducir, en toda su existencia, por los designios misteriosos del Padre. La oración asegura un contacto que les permite realizar el ideal del sacerdocio o consagración a que están llamados.

            El ejemplo de la oración de María en el momento de la Anunciación refuerza la convicción de los apóstoles de que la oración está íntimamente ligada a su misión. Si el relato evangélico no nos dice que la Virgen de Nazaret estaba en oración, en un momento tan importante de su vida, en el que debía realizarse el contacto más íntimo con Dios, se debe a que esto resultaba evidente.

            En María, la oración ha sostenido el desarrollo de la persona. En concreto, le ha permitido responder perfectamente al mensaje, en el sentido de una existencia en la que todas las cualidades y actitudes alcanzarían plena eficacia. En todo cristiano, sobre todo sacerdotes y consagrados, el verdadero desarrollo de la persona sólo puede ser asegurado cuando se le da a la oración un sitio importante. No se trata de un simple desarrollo natural, sino de un crecimiento sobrenatural bajo el influjo de la gracia: cuanto más penetra la gracia en la vida, tanto más suscita el impulso de la oración. La persona realiza así su verdadero destino, una unión cada vez más íntima con Dios.

            Al observar que según el designio divino, María se encuentra en oración a nombre de la humanidad para acoger la venida del Salvador, descubrimos la resonancia universal de la plegaria. Los sacerdotes y consagrados quedan más en particular encargados de una misión de oración a nombre de la Iglesia. Su empeño en la oración no apunta sólo a las necesidades personales de contacto con Dios, sino también a las necesidades más amplias del mundo que debe recibir los frutos de su intercesión. Deben pues, tomar conciencia de ser conducidos a la oración en virtud de un designio que los supera y les asigna una parte de cooperación a la salvación del universo.

En su oración están siempre invitados a expresar la disposición  que inspiraba la oración de María y que ha comunicado tanto valor a su respuesta al mensaje. Al dirigirse a Cristo y al Padre, quieren abrirse a la voluntad divina, y comprometerse con todas sus fuerzas en la senda de su realización y que es indispensable para que cada uno de sus miembros desarrolle la oración  en el clima de comunión que le es propio (cfr Encíclica marialis cultus).

 

 

4. 2  MARÍA, EN LA ANUNCIACIÓN, ES VIRGEN ORANTE

 

            « La Virgen estaba orando. Adorando al Padre “en espíritu y en verdad”. Estrenando ese estilo de oración que no precisa ser realizada en el templo de Jerusalén ni en el monte Garizím, sino que puede efectuarse en cualquier parte, porque en todo lugar está Dios y a toda hora subsiste la obligación de orar.

            La Virgen, pues, estaba orando. Orando mientras hacía cualquier otra cosa o, sencillamente, orando sin hacer nada más que orar, el cuerpo tan extático como el alma. Esto es lo de menos. El cronista, San Lucas, no especifica. El arte, sin embargo, de todos los tiempos, nos ha habituado a figurárnosla en reposo y entornada, sumida en estricta oración.

            De rodillas, porque adoraba al Señor profundamente. Sentada, porque no estaba bien que el Ángel hablase a su Señora de pie mientras Ella estaba arrodillada...» (Cf  José María Cabodevilla, SEÑORA NUESTRA, BAC, pag 91)       

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