SACERDOS II. APUNTES DE ESPIRITUALIDAD SACERDOTAL. LA ORACION PERSONAL EN LA VIDA SACERDOTAL

PARROQUIA DE SAN PEDRO. PLASENCIA. 1966-2018

A  JESUCRISTO EUCARISTÍA, SUMO Y ETERNO SACERDOTE, PAN DE VIDA ETERNA Y PRESENCIA DE AMISTAD permanentemente ofrecida a los hombres en todos los Sagrarios de la  Iglesia Y A TODOS MIS HERMANOS SACERDOTES, presencias sacramentales de Cristo con su misma entrega total al Padre y a los hombres, sus hermanos.

 Fotografía de portada: Juan Pablo II, en la ordenación sacerdotal que  presidió en Valencia, el 8 de noviembre de 1982

GONZALO APARICIO SÁNCHEZ

SACERDOS/2

APUNTES DE ESPIRITUALIDAD SACERDOTAL

ORACIÓN, ESPIRITUALIDAD Y VOCACIONES  SACERDOTALES

2ª EDICIÓN

AÑO SACERDOTAL 2009-2010

 

©   EDIBESA

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      Tel. 91 345 19 92 – Fax: 91 350 50 99

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      ISBN: 84-8407-605-9

      Depósito Legal: CC-33-2006

      Impreso en España por Gráficas Romero, S.L.

      Jaraíz de la Vera (Cáceres)

PRÓLOGO

A principios del siglo XX, el Cardenal Mercier, entonces recién nombrado Arzobispo de Malinas (1908), sorprendió a toda la Diócesis invitando a los presbíteros a unos prolongados ejercicios espirituales dirigidos por él mismo. Más de cuatrocientos sacerdotes se congregaron durante cinco semanas para escuchar la voz de su Pastor y disponerse enardecidos a trabajar en su misión pastoral.

Se repitió esta experiencia varias veces a lo largo de su ministerio episcopal en aquella señera Iglesia de Bélgica, incluso en el verano de 1917, en plena guerra mundial. Rodeados por la miseria de todo tipo, el Pastor congregó a sus sacerdotes para infundir en ellos el aliento evangélico que los pudiera confortar, después de tantos dolores y angustias, y poder reconstruir en ellos a las comunidades de fieles destruidas por el horror, el caos y la muerte. Bien sabía él que para renovar al pueblo de Dios debía comenzar por sus pastores. Así lo manifiesta él en el hermoso libro La vida interior. Llamamiento a las almas sacerdotales. El Cardenal Mercier, como voz del Espíritu, ofrecía su gesto paterno y su palabra esperanzadora para revitalizar el corazón espiritual de sus hijos sacerdotes, y en ellos, el corazón espiritual de todos sus fieles.

A principios del siglo XXI, aparece la voz de otro pastor, —con minúsculas—, pero no por eso menos importante y audaz. Me refiero al sacerdote y amigo Gonzalo Aparicio Sánchez, que desde la cátedra de su ministerio parroquial en Plasencia y la prolífica publicación de sus libros retoma el testigo de los grandes padres sacerdotales para reavivar las ascuas espirituales de los actuales presbíteros. Quien le conoce sabe que su mirada y deseo están fijos en el Señor; su pensamiento y palabra en los sacerdotes. Continúa, por tanto, con su tesón la corriente multisecular de la Iglesia que llama a la conciencia de los sacerdotes para no olvidar nunca la gracia recibida en la ordenación; cuidar paternalmente de su ministerio afectado, claro está, por el caminar histórico y la entrega encarnada; e insiste, una vez más, en la necesidad de no olvidar nunca que el centro y la clave de la vida sacerdotal es la identificación a Jesucristo, Siervo y Maestro, Sacerdote y Ofrenda, Palabra y Profeta, Cordero pascual y Buen Pastor. Bien sabe él, como el Cardenal Mercier, que para revitalizar espiritualmente a la Iglesia de hoy es necesario comenzar también sanando el corazón espiritual de los presbíteros.

Quien se adentre en las páginas de estos escritos espirituales, máxime si es sacerdote, descubrirá el fuego apostólico de los verdaderos discípulos del Señor.

Muchas gracias, Gonzalo.

Disfruta, querido lector.

                       Aurelio García Macías

Rector del Seminario Mayor de Valladolid

Actualmente  Secretario de la S.C. de Liturgia.-  Roma

ADVERTENCIA

He titulado esta colección y a estos dos libros “SACERDOS”, porque mi sacerdocio y a mis hermanos, los sacerdotes, los tengo siempre presentes en mi mente y en mi corazón, en toda mi vida litúrgica, oracional y apostólica, ya que todo sacerdote es presencia sacramental de Cristo, y Cristo quiero que sea el centro y la razón de mi ser y existir.

En este sentido, puedo decir que escritos sacerdotales son todos los que he escrito, aunque no trate directamente temas sacerdotales.

Añado “APUNTES DE ESPIRITUALIDAD SACERDOTAL”, porque ESPIRITUALIDAD es vida “según el Espíritu”, y ésta es mi forma de pensar, hablar y escribir; siempre lo hago o intento hacerlo para potenciar “la vida según el Espíritu de Dios”; por eso, escriba temas bíblicos, teológicos, morales…, lo hago mirando más al espíritu y al corazón que a lo puramente científico o racional.

Y son apuntes, porque quieren ser unas notas sencillas para vivir según el Espíritu. Pero el Santo, el Espíritu que nos ungió con su fuego, nos santifica con su gracia y busca nuestra mayor unión de amor con el Dios Uno y Trino.

El orden intencional es el mismo en este libro: trate lo que trate o hable o escriba, Cristo Sacerdote está en el horizonte, e identificados con Él, todos los sacerdotes del mundo; por esta razón, sea el tema que sea, intencionalmente siempre será sacerdotal, aunque no lo sea temáticamente; en segundo lugar, como todos los temas que trato son para vivir “la vida según su Espíritu”, resulta que todos estos escritos son espirituales y sacerdotales.

Y los he escrito por si pueden ayudar en su vida espiritual a los que los lean, sean sacerdotes o seglares.

PRIMERA PARTE

LA SACRAMENTALIDAD DEL ORDEN SACERDOTAL

INTRODUCCIÓN

            En los años posteriores al Concilio Vaticano II, se ha escrito abundantemente sobre la crisis de identidad del sacerdote. Es fácil consultar la reseña de los diversos factores que la han motivado y de las variadas manifestaciones en las que se ha expresado[i]. Al respecto considero suficiente lo expuesto por el teólogo calvinista M. Thurian: “hace ya varios decenios que se plantea con más o menos insistencia la pregunta: el sacerdote, ¿quién es?, ¿qué es lo que le distingue básicamente del laico o de los otros ministros de la Iglesia ¿cuáles son sus funciones esenciales? ¿de dónde viene?”[ii].

            Aquí se enumeran en síntesis algunos puntos clave, que explicito. Primero, el Vaticano II ha mantenido el equilibrio entre las tres funciones del ministerio: la misión profética de proclamar y enseñar la palabra de Dios, el poder sacerdotal de celebrar los sacramentos, en especial de consagrar y ofrecer el sacrificio eucarístico, y la responsabilidad pastoral de dirigir el pueblo de Dios. Por consiguiente, según el concilio no se puede ni infravalorar ni privilegiar ninguno de los tres cometidos del ministerio (PO 4-6). Sin embargo, en algunos planteamientos teóricos y prácticos se ha subrayado más la función que la condición sacerdotal (en determinados proyectos la acentuación ha sido unilateral).

En ellos se detecta una innegable influencia de la teología protestante. Lutero escribió: “ministerium verbi facit sacerdotem et episcopum” (WA.VI 566,9).

La reforma mantiene solo el munus profético y la responsabilidad pastoral, dejando absolutamente al margen el poder sacerdotal. El ministerio es concebido sobre todo, como una función eclesial, sin que exista en él ningún tipo de fundamentación ontológica de origen sacramental.

            Y esto remite a un segundo elemento: el énfasis puesto en el sacerdocio común de los bautizados -que es un dato sustantivamente definitorio y exclusivo en la comprensión reformada- sin armonizarlo con el sacerdocio ordenado. La consecuencia ha sido, escribe el cardenal Kasper, que “el sacerdocio común  ha llegado a entenderse erróneamente como un cuestionamiento del sacerdocio ordenado. Pero el sacerdocio común no ha revalorizado a los laicos para devaluar al sacerdote”[1].

            De la convergencia de los elementos referidos ha derivado que en determinados ambientes y escritos teológico-pastorales se rechaza que el  ministerio sea ordenación (sacramento que implica consagración); es decir, se deja entre paréntesis, el tema de la sacramentalidad. El mismo M. Thurian constata “que se ha ido desdibujando poco a poco la dimensión sacerdotal del ministerio, su vertiente sacramental, eucarística y contemplativa”[2].

            Estos proyectos han suscitado la intervención del Magisterio de la Iglesia con documentos numerosos y muy ricos de contenido. Ya en 1992 sobresale la  Exhortación Pastores dabo vobis (PDV), que indica: “el conocimiento recto y profundo de la naturaleza y misión del sacerdocio ministerial es el camino a seguir…. para salir de la crisis sobre la identidad sacerdotal” (n. 11). La Exhortación plantea esta identidad desde la sacramentalidad que es referida no solo al ministerio, sino fundamentalmente a la persona ordenada. En la misma línea la Congregación para el Clero publica en 1994 el “Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros”; su primer capítulo se titula “Identidad del presbítero”; Y en el reafirma que esta identidad se reconoce desde el sacramento que la fundamenta.

            Estos textos son netos, si bien con frecuencia se señala aún que reforzar esta identidad es una de las tareas más necesarias. Por ejemplo, en el Mensaje final del “Simposio internacional conmemorativo del XXX aniversario del decreto conciliar  Presbyterorum ordinis” (1995) se dice: “Con el fin de que el sacerdote pueda ser sal y levadura en las actuales circunstancias sociales y culturales, se considera oportuno recomendar una profundización de la identidad presbiteral.  Es la claridad y la constante conciencia de la propia identidad las que determinan el equilibrio de la vida sacerdotal y la fecundidad del ministerio pastoral”[3].

            Este es el objeto de la presente exposición: mostrar que “la sacramentalidad del ministerio es el rasgo más especifico de la identidad del (presbítero) sacerdote” (A. Vanhoye). Sacramentalidad que implica la síntesis armoniosa entre misión y consagración, sacerdocio y vivencia concreta del ministerio.

            En cuanto al vocabulario conviene indicar: al hilo de la renovación teológica del Vaticano II se estimó necesario superar la terminología sacerdotal, pues ésta prejuzgaría la comprensión del ministerio en una perspectiva prevalentemente cultual. Para evitar esta supuesta sacerdotalización se propuso usar el término presbítero (ya presente en el  N.T. y en la literatura posterior). Pero el mismo Vaticano II mantiene la simultaneidad de ambos vocablos, pues dedica un Decreto al ministerio y vida de los presbíteros (PO) y otro Decreto a la formación sacerdotal (OT) –notar que en PO se alternan los términos sacerdote y presbítero, aunque éste prevalece numéricamente-. De aquí la fluctuación de la terminología conciliar.

            En general hoy se mantiene la simultaneidad, aunque en documentos posconciliares del Magisterio se percibe un retorno creciente del lenguaje sacerdotal (Cf. Sínodo de 1971 y los textos de Juan Pablo II). Detrás de estas oscilaciones están las divergencias entre una orientación más marcadamente eclesiológica o cristológica del ministerio ordenado, así como el deseo de no reducirlo a su función cultual, o positivamente de integrar el conjunto de las funciones sacerdotales (los tria munera que el sacramento confiere). En suma, la expresión “ministerio ordenado” corresponde más a la dimensión de la Iglesia como realidad sacramental (institucional), mientras que la de “sacerdocio ministerial” corresponde más a la dimensión de la Iglesia en cuanto misterio de comunión. Dado que los dos aspectos son complementarios, aceptar el doble lenguaje parece la solución más adecuada. Con todo, recordar que el término sacerdote engloba tanto al obispo como al presbítero, a los ministros ordenados del clero secular y a los pertenecientes a congregaciones religiosas.

1.-.INSERCIÓN TRINITARIA DEL MINISTERIO ORDENADO

            La teología más reciente vincula el ministerio ordenado con el horizonte trinitario que caracteriza toda la reflexión cristiana actual (cf. CEC 234). PDV recoge de manera explicita esta perspectiva. Afirma: “la identidad sacerdotal, como toda identidad cristiana, tiene su fuente en la Santísima Trinidad” (n.12). En esta línea son netos los asertos del Directorio, ya citado: “la identidad, el ministerio y la existencia del presbítero están relacionados esencialmente con las tres Personas Divinas” (I, 3). Y aún: “a causa de la consagración recibida con el Sacramento del Orden, el sacerdote es constituido en una relación particular y específica con el Padre, con el Hijo, y con el Espíritu Santo”. (Ibíd.).

            Este origen trinitario del ministerio está en coherencia con la Iglesia, que es “misterio de comunión trinitaria en tensión misionera” (PDV, 12). La eclesiología trinitaria (LG 2-4; AG 2-4) plasma una visión trinitaria del ministerio: éste está radicado sacramentalmente en la Iglesia, misterio de comunión y de misión con Dios Padre por Jesucristo en el Espíritu Santo.

  1. 1.  DIMENSIÓN CRISTOLÓGICA

            La primera referencia para situar y comprender el sacerdocio es la cristología. Según PDV, “la referencia a Cristo es la clave absolutamente necesaria para la comprensión de la realidad sacerdotal” (12). Porque, “el sacerdote tiene como relación fundamental la que le une con Jesucristo Cabeza y Pastor” (Ibid., 16).

            Como es sabido, solo la Carta a los Hebreos aplica el titulo de sacerdote a Cristo, pero en un sentido enteramente nuevo respecto del sacerdocio judío: mediante un procedimiento paradójico (empleo de terminología tradicional llena de contenidos nuevos) presenta una inteligencia radicalmente novedosa del sacerdocio y del sacrificio[4]. Contemplando la vida entera de Jesús, se percibe cómo su pasión y muerte representan el momento culminante de una historia iniciada en la Encarnación. La novedad de su sacerdocio y de su entrega sacrificial alcanza su manifestación máxima en la muerte, pero impregna de hecho el conjunto de su existencia histórica, en cuanto itinerario progresivo hasta la entrega definitiva. Por esto la existencia histórica de Jesús puede calificarse como una  “pro-existencia” ministerial-salvífica a favor de los demás.

            El sacerdocio de Jesús culmina ciertamente en la ofrenda de la propia vida; ésta es su sacrificio de consagración sacerdotal. Y como la ofrenda de su sacrificio es una y única para siempre, su sacerdocio es eterno. De este modo Jesús ha quedado constituido en mediador único, y en Sacerdote perfecto, en cuanto hermano de los hombres e Hijo de Dios. Por tanto, no hay más que un sacrificio y un sacerdocio y ambos se realizan en Jesucristo, Victima y Sacerdote en íntima e indisoluble unión. Pero Cristo ha comunicado a los creyentes en Él su consagración sacerdotal.

            La primera participación en la ofrenda sacrificial de Jesucristo acontece en el bautismo (Rm 6,3). De la fuente bautismal surge el pueblo sacerdotal (1 Pe 2,5). Unido a la ofrenda del Sumo y Eterno Sacerdote, el pueblo cristiano ofrece su vida y se  convierte en sacrificio espiritual agradable a Dios; esta ofrenda se actualiza en la liturgia. Pues, como indica el Concilio, “los fieles, incorporados a la Iglesia por el bautismo, quedan destinados por el carácter al culto de la religión cristiana” (LG 11).

            El sacerdote cristiano es elegido entre este pueblo sacerdotal (PO 2.3). ¿En qué consiste este nuevo sacerdocio, pues quién lo recibe ya posee en sí la impronta sacerdotal por el bautismo? Puesto que “toda la comunidad de los creyentes es, como tal, sacerdotal” (CEC 1546), entonces el sacerdocio ministerial implicará una configuración particular con Cristo Sacerdote y, por ello, un ejercicio asimismo particular de su sacerdocio. De aquí que la doctrina conciliar distinga netamente entre el sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial, que “difieren esencialmente y no sólo en grado”, aunque “se ordenan el uno al otro, pues ambos participan a su manera del único sacerdocio de Cristo” (LG 10). Por tanto, la diversidad depende del modo de participación del sacerdocio de Cristo, y es esencial en el sentido que, “mientras el sacerdocio común de los fieles se realiza en el desarrollo de la gracia bautismal…el sacerdocio ministerial está al servicio del sacerdocio común” (CEC 1547). A este fin, el Concilio precisa que el sacerdocio ministerial “se confiere por aquel especial sacramento con el que los presbíteros, por la unción del Espíritu Santo, quedan sellados con un carácter particular, y así se configuran a Cristo Sacerdote, de suerte que puedan obrar como en persona de Cristo Cabeza” (PO 2).Por consiguiente hay un sacramento especial que confiere un carácter particular, en relación con el bautismo, que configura y asimila a Cristo, que habilita y capacita para la “representación” del mismo Cristo Sacerdote. Este sacerdocio de Cristo se realiza en el ordenado a través de la triple misión que se le confía: “los presbíteros….han sido consagrados como verdaderos sacerdotes del N.T., a imagen de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote para predicar el evangelio y apacentar a los fieles y para celebrar el culto divino” (LG 28. cf. LG 10). Representar sacramentalmente la triple función de Cristo, profeta, pastor y sacerdote, en su unidad indisoluble, es la identidad específica del ministerio ordenado (cf. PO 1).

            Esta doctrina ha sido reiterada continuamente. Por ejemplo, en la Instrucción vaticana “Sobre algunas cuestiones acerca de la colaboración de los fieles laicos en el sagrado ministerio de los sacerdotes” (1997).  Se afirma en ella que la diferencia entre sacerdocio común y sacerdocio ministerial no se encuentra en el sacerdocio de Cristo (el cuál permanece siempre único e indivisible) ni tampoco en la santidad (a la cual están llamados todos los fieles), sino en el “modo esencial de participación en el mismo y único sacerdocio de Cristo”.

            Asumir vitalmente esta condición de instrumentalidad salvífica es de suma importancia para los sacerdotes. La capacidad recibida para actuar sacramentalmente  “in persona Christi” no tiene por finalidad exaltar indebidamente la persona del ministro, ni sugerir la idea de una representación sustitutoria de Cristo. Garantiza más bien la precedencia divina y la centralidad de Cristo, poniendo de relieve que la eficacia de las actuaciones ministeriales radica últimamente en Cristo mismo.                                                                           

  1. DIMENSIÓN PNEUMATOLÓGICA

            Otra referencia esencial que ilumina la identidad del sacerdote es el Espíritu Santo. Es significativo que PDV exponga todo el capítulo II,  dedicado a la naturaleza y misión del sacerdocio ministerial, bajo la guía de Lc 4, 18-21, en que Jesús aparece como ungido y enviado por el Espíritu para el cumplimiento de su misión. Por eso presenta también al Espíritu como el protagonista de la configuración con Cristo, del ejercicio ministerial y de la vida del sacerdote (PDV 15).

            Explicito esta perspectiva. Ya en el bautismo, mediante el santo crisma, el Espíritu nos une a Cristo y nos hace partícipes de su sacerdocio: “Dios….te consagre con el crisma de la salvación para que entres a formar parte de su pueblo y seas para siempre miembro de Cristo, Sacerdote, Profeta y Rey” (RBN 154). En la ordenación sacerdotal el mismo signo del Espíritu nos configura a Cristo Sacerdote de un modo particular para poder obrar como en persona de Cristo Cabeza (PO 2).

            Por tanto, la acción del Espíritu en el ministro ordenado se concreta en dos dimensiones fundamentales. Según el  Catecismo, el Sacramento del Orden,  “configura con Cristo mediante una gracia especial del Espíritu Santo a fin de servir de instrumento a Cristo a favor de su Iglesia” (n. 1581). Con otra formulación expone: “la gracia del Espíritu Santo propia de este sacramento es la de ser configurado con Cristo Sacerdote, maestro y pastor, de quien el ordenado es constituido ministro” (n. 1585). Es la doctrina de la “Unción del Espíritu” o “carácter particular” que imprime en el ordenado no como una realidad estática, sino como una fuerza que le impulsa constantemente a la semejanza con Cristo Sacerdote; y esto para que su  “representación” sea efectivamente sacramental.

            Junto a esta acción configuradora del ser del sacerdote a imagen de Cristo, el Espíritu posibilita también su actuar como sacerdote. El Espíritu hace posible tanto el ejercicio del sacerdocio de Cristo participado por todos los bautizados, como el específico del ministerio ordenado. Si por el poder del Espíritu las palabras del Señor actualizan en cada celebración eucarística su entrega sacrificial en los dones consagrados, la misma energía divina hace actual la acción sacerdotal de Cristo en la persona del ministro. El Espíritu vitaliza todos los miembros de la Iglesia. Por esto también el sacerdote está radicado en la relación con el Espíritu. Es sacerdote de Cristo en la Iglesia y para la Iglesia, que es el ámbito de presencia sacramental del Espíritu. “El sacerdocio ministerial no tiene solamente por tarea representar a Cristo…ante la asamblea de los fieles, actúa también en nombre de toda la Iglesia…” (CEC 1552).

            La persona que ha recibido la ordenación es alguien de quien el Espíritu se ha posesionado para ponerla totalmente al servicio de la misión de Cristo, que la Iglesia prolonga. Por eso la dimensión pneumatológica ayuda a comprender el ministerio en la perspectiva de la misión: la misión, que es originariamente un concepto trinitario (Dios Padre que envía a su Hijo y al Espíritu para la salvación, para realizar su filantropía) es también un concepto eclesiológico: la Iglesia existe para evangelizar. Pues bien, el ministerio está ordenado precisamente al servicio de la misión. Más allá de falsas alternativas entre misión y culto, sacramentalización y evangelización, el servicio a la misión puede considerarse como criterio de configuración concreta del ministerio[5].

            En cuanto a la vivencia personal, recordar que en la liturgia de ordenación la referencia al Espíritu es insistente (a propósito del obispo, del presbítero y del diácono): el don del Espíritu a los ordenados los capacita para ejercer el ministerio eclesial, de suerte que el hecho de ser ordenados equivale a ser investidos del Espíritu Santo y el ministerio ordenado puede en verdad considerarse como un don suyo, como un carisma  (cf. 1 Tim 4,14). El ministerio nos reenvía así al ámbito de lo recibido, de lo gratuito. No se trata de una delegación comunitaria; no hay tampoco ningún derecho personal al ministerio que pudiera reclamarse exigitivamente. Siempre se trata de un don personalmente inmerecido, pero que la Iglesia necesita y que debe acogerse con agradecimiento.

            Brevemente, la vinculación con el Espíritu es imprescindible no sólo para comprender la naturaleza teológica del ministerio, sino también para la espiritualidad de los sacerdotes, que son “instrumentos vivos del Espíritu”. Este ministerio implica ciertamente una configuración (ontológica) con Cristo en cuanto participación específica de su único sacerdocio, pero a la vez conlleva un proceso (espiritual) de asimilación en el que la fuerza del Espíritu convertirá en existencialmente sacerdote a aquel que ya lo es sacramentalmente por la ordenación.

  1. 3.-EN REFERENCIA A DIOS PADRE: LA “CARIDAD PASTORAL”

            Se vincula el ministerio con Dios Padre para indicar el sentido de una paternidad vivida y expresada en la “caridad pastoral”. Esta constituye una clave de lectura decisiva de PDV. En  este documento se usa para resumir el comportamiento propio de Cristo como Cabeza y Pastor de la Iglesia (n. 21); es el principio interior que anima y guía la vida espiritual del presbitero (n.23); es capaz de unificar dinámicamente sus múltiples actividades y la relación entre vida espiritual y ejercicio del ministerio (n. 24); constituye por eso como el alma del mismo (n. 48); y ha de conformar tanto la etapa previa al presbiterado como su desarrollo posterior (ns. 51, 57, 70).  Ya el Concilio había usado el concepto para referirse a las tareas episcopales  (LG 41), y para concretar aquello que es vínculo de perfección y de unidad en la vida y acción del presbítero (PO 14). Destaco esta afirmación. “Los presbiteros conseguirán la unidad de su vida asimilándose a Cristo en el conocimiento de la voluntad del Padre, y en el don de sí mismos por el rebaño que les ha sido confiado”.

            La caridad pastoral traducirá en la práctica lo que significa la sacramentalidad del ministerio, caracterizándolo al estilo de Dios, Padre y Pastor ya en el A.T., y de Jesucristo, el Buen Pastor del N.T. El ejercicio pastoral será así un “offitium amoris”, según la afirmación de S. Agustín: “que sea tarea de amor apacentar el rebaño del Señor”. De este modo habrá un nexo intrínseco entre la misión recibida  (apacentar el rebaño del Señor) y el amor como principio animador del ministerio pastoral. Por eso remitir a Dios Padre como origen fontal de toda la historia salvífica equivale a afirmar la precedencia de Dios en toda iniciativa ministerial.

            La referencia a Dios Padre ayuda además a superar las denominadas “eclesiologías de orfandad” en las que la Iglesia se hace a sí misma como resultado de los esfuerzos y planificaciones humanos y en las que se pretende fundamentar o, al menos, justificar el ministerio en factores sociológicos[6]. Pero se olvida que el arjé de la Iglesia es el “libérrimo y misterioso designio de la sabiduría y bondad del Padre eterno” (LG 2). De este designio derivan las misiones del Hijo y del Espíritu (LG 3-4) que realizan ese principio. Con estas misiones se conecta el ministerio apostólico. Por eso la plegaria de ordenación de los presbíteros del Pontifical romano comienza afirmando que Dios Padre, en su designio salvífico, dispuso diversos ministerios para edificar y cuidar a su pueblo a lo largo de la Historia de la Salvación[7]. De aquí que la estructura ministerial no surge como una estrategia humana, sino que deriva de la disposición divina y es necesaria para la Iglesia y constitutiva de ella.

            En resumen: la obra de la redención es una acción eminentemente trinitaria, pues en ella están implicadas las tres Divinas Personas. Puesto que el sacerdocio de Cristo consiste en la realización de esta obra, este sacerdocio nuevo está en su totalidad impregnado trinitariamente. Esto significa que la identidad y el ejercicio del sacerdocio ministerial, a semejanza del de Cristo, no puede entenderse sino desde el Padre que, en su voluntad salvífica, quiere que todos los hombres se salven (1 Tim 2,4), desde el Hijo que la realizó y desde el Espíritu Santo que la actualiza en la Iglesia mediante el ministerio apostólico.

2.- EL PREBÍTERIO: COMUNIÓN DE LOS PRESBÍTEROS

En el decreto PO aparece el término presbyteri en plural y muy poco en singular. Este es un dato preciso: se pretende liberar al presbiterado del individualismo y recuperar su dimensión comunitaria. LG 28 y PO establecen el fundamento de esta visión comunitaria en el sacramento del Orden. Esto se efectúa en dos etapas (más lógicas que cronológicas) primero, se resalta el vínculo de consagración – misión entre todos los presbíteros y de éstos con los obispos; después se destaca con la recuperación del concepto de presbiterio, una particular consistencia de la comunión entre los presbíteros de una misma iglesia local y de éstos con su obispo.

Sobresalen estas afirmaciones:

  • “En virtud de la común sagrada ordenación y de la misión, todos los presbíteros están ligados entre sí por una íntima fraternidad” (LG 28).
  • “Todos los presbíteros, junto con los obispos, participan en tal grado del mismo y único sacerdocio y ministerio de Cristo, que la misma unidad de consagración y de misión exige la comunión jerárquica de los presbíteros con el orden de los obispos” (PO 7).
  •  PO 8 retoma la misma perspectiva, pero limitándose a los presbíteros que “constituidos en el orden del presbiterado mediante la ordenación, todos están unidos entre sí por una íntima fraternidad sacramental”.

En este contexto el concilio rehabilita la noción de presbiterio, que había caído teológicamente en desuso. Durante la elaboración de los textos algunos Padres propusieron insertar en los Documentos la mención explícita del presbiterio en el sentido (ya referido por San Ignacio de Antioquía, siglo II) de “senado” del obispo, su Consejo asesor.

Los textos promulgados recogen esa petición. LG 28 expone que los presbíteros “próvidos cooperadores del orden episcopal y ayuda e instrumento suyo, llamados al servicio del Pueblo de Dios, constituyen con su obispo un único presbiterio, si bien destinado a oficios diversos. En cada una de las comunidades locales de fieles ellos hacen, por así decir (quodam modo), presente al obispo al que están unidos confiada y animosamente, condividen en parten sus funciones y su solicitud y la ejercitan con entrega diaria”. El concilio, pues, habla del presbiterio como vínculo no sólo operativo o afectivo, sino propiamente sacramental.

La misma doctrina es propuesta sustancialmente en PO 7 (relaciones entre obispo y presbítero) y 8 (relaciones de los presbíteros entre sí). Aquí se expone que los presbíteros, “constituidos en el orden del presbiterado mediante la ordenación, están todos unidos entre sí por íntima fraternidad sacramental; pero de modo especial forman un único presbiterio en la diócesis a cuyo servicio son asignados bajo el propio obispo”.

            Esta es la aportación del concilio. Sin embargo, los textos conciliares no precisan en que consiste la específica comunión entre los miembros de un mismo presbiterio respecto a la comunión entre todos los pertenecientes al orden del presbiterado. Para captar esta nota peculiar es preciso recurrir a la teología de la iglesia local.

            La doctrina del Vaticano II ha superado la idea que la referencia a la Iglesia afecte sólo al hacer del ministro ordenado, mientras que el ser sería absorbido por la relación con Cristo. Manteniendo la relación cristológico – trinitaria como fundante la eclesial, aunque subordinada, permanece esencial al ministerio. Porque la ordenación sacramental es para el ministerio en la Iglesia. El ser para la Iglesia, pueblo sacerdotal, es constitutivo del ministro ordenado hasta el punto que representa la forma de su misma santidad. Y aquí se impone la conexión ejercicio ministerial – iglesia local. Dado que el sacerdocio del presbítero conlleva una sustantiva referencia al sacerdocio pleno del obispo y éste, a su vez, a una concreta comunidad eucarística que es en plenitud la Iglesia de Dios (SC 41; LG 23 y 26; CD 11), aquel sacerdocio no se comprende sólo en referencia a la Iglesia universal, sino también a la iglesia local. Si el presbiterado está esencialmente al ministerio, entonces tiene una esencial referencia a una concreta iglesia local con su obispo y su presbiterio.

            Por tanto, la razón última de la comunión específica en el interior de un mismo presbiterio estriba en la entidad teológica de la iglesia local; entidad que constituye la Iglesia de Cristo en ese determinado lugar y tiempo. Y esto significa para el ministerio presbiteral que la pertenencia a una iglesia concreta entra en la definición del sacramento del Orden. Un presbítero no es ordenado y después insertado en una iglesia local con su presbiterio, sino que es ordenado en la iglesia local y dentro de su presbiterio[8] la connotación necesariamente “local” de su ministerio sella consecuentemente también la espiritualidad del presbítero.

3.- CONCLUSIÓN

            La sacramentalidad del ministerio expresa la precedencia de Dios Padre, de su designio salvador, en algo que nos viene dado, que es gratuito. Implica una vinculación originaria y fundante, histórica y teológica con Jesucristo, verdadero sacramento de Dios, el único mediador en la realidad de su condición divina y humana. Significa que este ministerio constituye un don del Espíritu Santo. Así aparece en conexión con el Dios trinitario, pues desconectado del mismo queda vacío de contenido teológico –tendría su explicación sólo en las necesidades comunitarias-

            El ministerio ordenado no es algo periférico: la especial unción del Espíritu, el carácter sacramental significa que el sacramento del Orden consiste en un carisma que afecta a la dimensión profunda de la persona ordenada, que Dios jamás retira, y que caracteriza su existencia. Es el inicio determinante de toda una historia vital. Por eso, en algunas teologías del ministerio se distingue entre la “sacramentalidad de la ordenación” o “consagración” y la “sacramentalidad de la existencia ordenada” (v.g. A. Ganoczy); esto es, el origen sacramental del ministerio y la índole sacramental de la persona y de la actividad ministerial. De este modo la espiritualidad resulta fundada radicalmente en la propia identidad sacerdotal y en la sucesiva vivencia concreta del ministerio.

                 El sacerdote es sacramento (signo e instrumento) de la mediación de Jesucristo en la comunidad eclesial. El don del Espíritu le ha configurado a Cristo y consecuentemente le ha capacitado para actuar “in persona Christi et in nomine Ecclesiae”. El sacerdote visibiliza sacramentalmente la actuación salvífica de Cristo, Cabeza de la comunidad, y actúa sacramentalmente también en representación de la Iglesia. Su ministerio será un signo sacramental vivo de la pro-existencia de Cristo. Pero no actúa aislado sino unido a la comunidad eclesial y para su edificación; su “caridad pastoral” exige que esté pendiente del cuidado y guía del pueblo de Dios a él encomendado. Esta es u razón de ser: porque “existe el sacerdocio ministerial únicamente para posibilitar el ejercicio del sacerdocio común” (A. Vanhoye; cf CEC 1552).

Estas son afirmaciones de validez permanente (aunque se vivan en una realización histórica muy determinada). El sacerdote necesita forjar fuertes convicciones acerca de su identidad y misión, de la bondad y grandeza del ministerio confiado. Ha de percibir con nitidez que el sacramento