GONZALO APARICIO SÁNCHEZ
JUAN PABLO II
HOMILIAS SACERDOTALES
1
HOMILÍAS SACERDOTALES DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
PRIMERA PARTE
ENCUENTRO «EUCARÍSTICO» CON LOS SEMINARISTAS DE ROMA
HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
Domingo 19 de noviembre de 1978
1. Nuestro encuentro de hoy tiene el carácter de una audiencia especial. Es —si se puede decir así— una audiencia eucarística. No la "damos", pero la "celebramos". Esta es una sagrada liturgia. Concelebran conmigo, nuevo Obispo de Roma, y con el señor cardenal Vicario, los superiores de los seminarios de esta diócesis y participan en esta Eucaristía los alumnos del Seminario Romano, del Seminario Capránica y del Seminario Menor.
El Obispo de Roma desea visitar sus seminarios; pero, mientras tanto, hoy habéis venido vosotros a él para esta sagrada audiencia.
La Santa Misa es también una audiencia. Quizá la comparación sea muy atrevida, quizá poco conveniente, quizá demasiado "humana"; sin embargo, me permito emplearla: ésta es una audiencia que el mismo Cristo concede continuamente a toda la humanidad —que Él concede a una determinada comunidad eucarística— y a cada uno de nosotros que constituimos esta asamblea.
2. Durante la audiencia escuchamos al que habla. Y también nosotros intentamos hablarle de modo que Él pueda escucharnos.
En la liturgia eucarística Cristo habla ante todo con la fuerza de su Sacrificio. Es un discurso muy conciso y a la vez muy ardiente. Se puede decir que sabernos de memoria este discurso; sin embargo, cada vez resulta nuevo, sagrado, revelador. Contiene en sí todo el misterio del amor y de la verdad, porque la verdad vive del amor y el amor de la verdad. Dios, que es Verdad y Amor, se ha manifestado en la historia de la creación y en la historia de la salvación; Él propone de nuevo esta historia mediante el sacrificio redentor que nos ha transmitido en el signo sacramental, no sólo para que lo meditemos en el recuerdo, sino para que lo renovemos, lo volvamos a celebrar.
Celebrando el sacrificio eucarístico, somos introducidos cada vez en el misterio de Dios mismo y también en toda la profundidad de la realidad humana. La Eucaristía es anuncio de muerte y de resurrección. El misterio pascual se expresa en ella como comienzo de un tiempo nuevo y como esperanza final.
Es Cristo mismo el que habla, y nosotros no cesamos jamás de escucharle. Deseamos continuamente esta fuerza suya de salvación, que se ha convertido en "garantía" divina de las palabras de vida eterna.
Él tiene palabras de vida eterna (cf. Jn 6. 68).
3. Lo que nosotros queremos decirle a Él es siempre nuestro, porque brota de nuestras experiencias humanas, de nuestros deseos; pero también de nuestras penas. Es frecuentemente un lenguaje de sufrimiento, pero también de esperanza. Le hablamos de nosotros mismos, de todos los que esperan de nosotros que los recordemos ante el Señor.
Esto que decimos se inspira en la Palabra de Dios. La liturgia de la palabra precede a la liturgia eucarística. En relación a la palabra escuchada hoy, tendremos muchísimas cosas que decir a Cristo, durante esta sagrada audiencia.
Queremos, pues, hablarle ante todo del talento singular —y quizá no uno solo, sino cinco— que hemos recibido: la vocación sacerdotal, la llamada a encaminarnos hacia el sacerdocio, entrando en el seminario. Todo talento es una obligación. ¡Cuánto más nos sentiremos obligados por este talento, para no echarlo a perder, no "esconderlo bajo tierra", sino hacerlo fructificar! Mediante una seria preparación, el estudio, el trabajo sobre el propio yo, y una sabia formación del "hombre nuevo" que, dándose a Cristo sin reserva en el servicio sacerdotal, vivido en el celibato, podrá llegar a ser de modo particular "un hombre nuevo para los demás".
Queremos hablar también a Cristo del camino que nos conduce a cada uno al sacerdocio, hablarle cada uno de su propia vida. En ella buscamos perseverar con temor de Dios, como nos invita a hacer el Salmista. Este es el camino que nos hace salir de las tinieblas para llevarnos hacia la luz, como escribe San Pablo. Queremos ser "hijos de la luz". Queremos velar, queremos ser moderados, sobrios y responsables para nosotros y para los demás.
Ciertamente cada uno de nosotros tendrá todavía muchas cosas que decir durante esta audiencia —cada uno de vosotros, superiores, y cada uno de vosotros, queridísimos alumnos—.
Y, ¿qué diré a Cristo yo, vuestro Obispo?
Antes de nada, quiero decirle: Te doy gracias por todos los que me has dado.
Quiero decirle una vez más (se lo repito continuamente): ¡La mies es mucha! ¡Envía obreros a tu mies!Y además quiero decirle: Guárdalos en la verdad y concédeles que maduren en la gracia del sacramento del sacerdocio, para el que se preparan.
Todo esto quiero decírselo por medio de su Madre, a la que veneráis en el Seminario Romano, contemplando la imagen de la "Virgen de la Confianza", de la cual el siervo de Dios Juan XXIII era especialmente devoto.
Os confío, pues, a esta Madre: a cada uno de vosotros y a todos y a los tres Seminarios de mi nueva diócesis. Amén.
ENCUENTRO CON EL LAICADO CATÓLICO DE ROMA
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Domingo 26 de noviembre de 1978
1. Deseo ante todo expresar mi gran alegría por este encuentro de hoy. Doy las gracias al cardenal Vicario de Roma, que junto con los obispos auxiliares ha organizado este encuentro, en el que participan los representantes del laicado de esta primera diócesis en la Iglesia, de la que, por voluntad de Cristo, he llegado a ser Obispo desde hace poco. Todas las organizaciones del apostolado de los laicos en la diócesis de Roma están presentes aquí en la persona de sus representantes, acompañados de los consiliarios espirituales de cada organización. Al hacerme cargo del servicio episcopal en Roma, después de la experiencia de veinte años en la archidiócesis de Cracovia debo declarar, antes de nada, que doy mucha importancia al apostolado de los laicos, respecto al cual procuraba hacer lo más posible, en aquellas circunstancias anteriores bien diversas de las que encuentro aquí.
Un motivo particular de mi alegría es el hecho de que nos reunimos en la fiesta de Cristo Rey del universo, que entre los días del año litúrgico, es quizá el más apto, también por algunas tradiciones, para asumir el deber de nuestra colaboración.
Continuamos esta colaboración nuestra, queridos hermanos y hermanas, en la celebración del Santísimo Sacrificio para retornar así al Cenáculo, que ha venido a ser el lugar privilegiado para "enviar a los Apóstoles", ya en el jueves Santo, ya en el día de Pentecostés.
2. La Palabra divina de la liturgia de hoy, que escuchamos con la mayor atención, nos introduce en la profundidad del misterio de Cristo Rey. De El hablan todas las lecturas. Quiero llamar vuestra atención de modo particular sobre las palabras de San Pablo a los corintios; hace un parangón entre las dos dimensiones de la existencia humana: la de nuestra participación en Adán, y la que obtenemos en Cristo.
La participación del hombre en Adán quiere decir desobediencia: «Non serviam, no serviré». Y precisamente aquel «no serviré», en el que parecía sentir el hombre la señal de su liberación y el desafío de la propia grandeza, midiéndose con Dios mismo, vino a ser la fuente del pecado y de la muerte. Y todavía somos testigos de cómo aquel antiguo «no serviré» lleva consigo una múltiple dependencia y esclavitud del hombre. Es tema para un análisis profundo que ahora es difícil hacerlo en toda su extensión. Debemos contentarnos con una simple alusión.
Cristo, el nuevo Adán, es el que entra en la historia del hombre precisamente "para servir". «El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir, y a dar su vida» (Mt 20, 28): en cierto sentido, ésta es la definición fundamental de su reino. En este servicio, según el modelo de Cristo, el hombre vuelve a encontrar su plena dignidad, su maravillosa vocación, su realeza. Vale la pena recordar aquí las palabras de la Constitución dogmática Lumen gentium, sobre la Iglesia, en el capítulo IV, que está dedicado a los laicos en la Iglesia y a su apostolado: «El Sumo y Eterno Sacerdote, Jesucristo, queriendo continuar también su testimonio y su servicio por medio de los laicos, los vivifica con su Espíritu y los impulsa sin cesar a toda obra buena y perfecta. Pues a quienes asocia íntimamente a su vida y a su misión, también les hace partícipes de su función sacerdotal, con el fin de que ejerzan el culto espiritual para gloria de Dios y salvación de los hombres... De este modo también los laicos, como adoradores que en todo lugar actúan santamente. consagran el mundo mismo a Dios» (Lumen gentium, 34).
Servir a Dios quiere decir reinar. En esta tarea, que manifiesta la actitud del mismo Cristo y de sus seguidores, se destruye la herencia del pecado. Y se inicia el «reino de verdad y de vida, reino de santidad y de gracia, reino de justicia, de amor y de paz» (Prefacio para la fiesta de Cristo Rey).
3. La liturgia de hoy nos hace ver como dos etapas del reinar-servir. La primera etapa es la vida de la Iglesia sobre la tierra; la segunda es el juicio. El verdadero sentido de la primera etapa se hace comprensible a través del significado de la segunda. Antes de que el Hijo del hombre se presente delante de cada uno de nosotros, y delante de todos, como Juez que separará «las ovejas de los cabritos», está siempre con nosotros como Pastor que cuida de sus ovejas. El quiere compartir con nosotros, con cada uno de nosotros, esa misma solicitud. Quiere que su servicio venga a ser nuestro servicio en el significado más amplio de la palabra. "Nuestro" quiere decir no sólo de los obispos, sacerdotes, religiosos, sino también de los laicos, en el sentido más amplio de la palabra. De todos. Porque este servicio-solicitud reclama la participación de todos. «Tuve hambre... tuve sed... era forastero... desnudo... enfermo... encarcelado... perseguido», oprimido, apenado, ignorante, dudoso, abandonado, amenazado (quizá ya en el seno materno). Enorme es el círculo de necesidades y deberes que debemos entrever y que debemos poner ante los ojos, si queremos ser "solidarios con Cristo". Porque, en resumidas cuentas, se trata de esto: «Cuantas veces hicisteis eso a uno de mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis» (Mt 25, 40). Cristo está de parte del hombre; y lo está por ambos lados: de parte de quien espera la solicitud, el servicio y la caridad, y de parte de quien presta el servicio, lleva la solicitud, demuestra el amor.
Por tanto, hay un gran espacio para nuestra solidaridad con Cristo, un gran espacio para el apostolado de todos, particularmente para el apostolado de los laicos. A mi pesar, es imposible someter este tema a un análisis más detallado en el cuadro de esta breve homilía. Sin embargo, las palabras de la liturgia de hoy nos incitan a leerlas de nuevo, a meditar sobre ellas más profundamente y a poner en práctica todo lo que, en dimensiones tan amplias, ha sido objeto de las enseñanzas del Concilio sobre el apostolado de los laicos. Antes, el concepto de apostolado parecía estar como reservado sólo a quienes "por oficio" son los sucesores de los Apóstoles, que expresan y garantizan la apostolicidad de la Iglesia. El Concilio Vaticano II ha descubierto qué campos tan grandes de apostolado han sido siempre accesibles a los laicos. Al mismo tiempo ha estimulado de nuevo a tal apostolado. Basta recoger una sola frase del Decreto Apostolicam actuositatem que, en cierto sentido, contiene y resume todo: «La vocación cristiana... es por su naturaleza vocación también al apostolado» (núm. 2).
4. ¡Mis queridos hermanos y hermanas! Quiero expresar mi alegría singular por este encuentro con vosotros, que, aquí en Roma, habéis hecho de la verdad sobre la vocación cristiana, comprendida como una llamada al apostolado de los laicos, el programa de vuestra vida. Estoy contento y espero que me tendréis al corriente de vuestros problemas, y me introduciréis en los diversos campos de vuestra actividad. Me alegro de poder entrar en esos caminos por los que vosotros ya camináis, de poderos acompañar por ellos y guiaros también como Obispo vuestro.
Precisamente por esto deseaba tanto que pudiéramos encontrarnos en la solemnidad de Cristo Rey del universo. Deseo que El mismo nos reciba. Es necesario quizá que nos oiga esta pregunta que le han hecho muchas veces tantos interlocutores: «¿Qué debo hacer?» (Lc 18, 18). ¿Qué debemos hacer nosotros?
Recordaré todavía lo que su Madre dijo a los siervos del maestresala en Caná de Galilea: «Haced lo que El os diga» (Jn 2, 5). Volvamos nuestros ojos a esta Madre; renace en nosotros la esperanza y respondemos: ¡Estamos dispuestos!
VIAJE A LA REPÚBLICA DOMINICANA,MÉXICO Y BAHAMAS
HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II DURANTE LA MISA PARA EL CLERO, RELIGIOSOS Y SEMINARISTAS
Santo Domingo, Catedral
Viernes 26 de enero de 1979
Amadísimos hermanos y hermanas:
Bendito sea el Señor que me ha traído aquí, a este suelo de la República Dominicana, donde venturosamente, para gloria y alabanza de Dios en este Nuevo Continente, amaneció también al día de la salvación. Y he querido venir a esta Catedral de Santo Domingo para estar entre vosotros, amadísimos sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas y seminaristas, para manifestaros mi especial afecto a vosotros en los que el Papa y la Iglesia depositan sus mejores esperanzas, para que os sintáis más alegres en la fe, de modo que vuestro orgullo de ser lo que sois rebose por causa mía (cf Flp 1, 25).
Pero sobre todo quiero unirme a vosotros en la acción de gracias a Dios. Gracias por el crecimiento y celo de esta Iglesia, que tiene en su haber tantas y tan bellas iniciativas y que muestra tanta entrega en el servicio de Dios y de los hombres. Doy gracias con inmensa alegría –para decirlo con palabras del Apóstol– “por la parte que habéis tomado en anunciar la buena nueva desde el primer día hasta hoy; seguro además de una cosa: de que aquél que dio principio a la buena empresa, le irá dando remate hasta el día del Mesías, Jesús” (Flp 1, 33).
Me gustaría de verdad disponer de mucho tiempo para estar con vosotros, aprender vuestros nombres y escuchar de vuestros labios “lo que rebosa del corazón” (Mt 12, 34), lo que de maravilloso habéis experimentado en vuestro interior – “fecit mihi magna qui potens est”... (Lc 1, 49)–, habiendo sido fieles el encuentro con el Señor. Un encuentro de preferencia por su parte.
Es esto precisamente: el encuentro pascual con el Señor, lo que deseo proponer a vuestra reflexión para reavivar más vuestra fe y entusiasmo en esta Eucaristía; un encuentro personal, vivo, de ojos abiertos y corazón palpitante, con Cristo resucitado (cf. Lc 24, 30), el objetivo de vuestro amor y de toda vuestra vida.
Sucede a veces que nuestra sintonía de fe con Jesús permanece débil o se hace tenue –cosa que el pueblo fiel nota en seguida, contagiándose por ello de tristeza– porque lo llevamos dentro, sí, pero confundido a la vez con nuestras propensiones y razonamientos humanos (cf ib., 15) sin hacer brillar toda la grandiosa luz que El encierra para nosotros. En alguna ocasión hablamos quizá de El amparados en alguna premisa cambiante o en datos de sabor sociológico, político, psicológico, lingüístico, en vez de hacer derivar los criterios básicos de nuestra vida y actividad de un Evangelio vivido con integridad, con gozo, con la confianza y esperanza inmensas que encierra la cruz de Cristo.
Una cosa es clara, amadísimos hermanos: la fe en Cristo resucitado no es resultado de un saber técnico o fruto de un bagaje científico (cf. 1Co 1, 26). Lo que se nos pide es que anunciemos la muerte de Jesús y proclamemos su resurrección (S. Liturgia). Jesús vive. “Dios lo resucitó rompiendo las ataduras de la muerte” (Act 2, 24). Lo que fue un trémulo murmullo entre los primeros testigos, se convirtió pronto en gozosa experiencia de la realidad de aquél “con el que hemos comido y bebido... después que resucitó de la muerte” (Act 10, 41-42). Sí, Cristo vive en la Iglesia, está en nosotros, portadores de esperanza e inmortalidad.
Si habéis encontrado pues a Cristo, ¡vivid a Cristo, vivid con Cristo! Y anunciadlo en primera persona, como auténticos testigos: “para mí la vida es Cristo” (Flp 1, 21). He ahí también la verdadera liberación: proclamar a Jesús libre de ataduras, presente en unos hombres transformados, hechos nueva creatura. ¿Por qué nuestro testimonio resulta a veces vano? Porque presentamos a un Jesús sin toda la fuerza seductora que su Persona ofrece; sin hacer patentes las riquezas del ideal sublime que su seguimiento comporta; porque no siempre llegamos a mostrar una convicción hecha vida acerca del valor estupendo de nuestra entrega a la gran causa eclesial que servimos.
Hermanos y hermanas: Es preciso que los hombres vean en nosotros a los dispensadores de los misterios de Dios (cf. 1Co 4, 1), testigos creíbles de su presencia en el mundo. Pensemos frecuentemente que Dios no nos pide, al llamarnos, parte de nuestra persona, sino toda nuestra persona y energías vitales, para anunciar a los hombres la alegría y la paz de la nueva vida en Cristo y guiarlos a su encuentro. Para ello sea nuestro afán primero buscar al Señor, y una vez encontrado, comprobar dónde y cómo vive, quedándonos con El todo el día (cf. Jn 1, 39). Quedándonos con El de manera especial en la Eucaristía, donde Cristo se nos da, y en la oración, mediante la cual nos damos a El.
La Eucaristía ha de complementarse y prolongarse a través de la oración en nuestro quehacer cotidiano como un “sacrificio de alabanza” (Misal Romano, Plegaria Eucarística, I). En la oración, en el trato confiado con Dios nuestra Padre, discernimos mejor dónde está nuestra fuerza y dónde está nuestra debilidad, porque el Espíritu viene en nuestra ayuda (cf Rm 8, 26). El mismo Espíritu nos habla y nos va sumergiendo poco a poco en los misterios divinos, en los designios de amor a los hombres que Dios realiza mediante nuestra ofrenda a su servicio.
Lo mismo que Pablo durante una reunión en Tróade para partir el pan, seguiría hablando con vosotros hasta la medianoche (cf Act 20, 6ss). Tendría muchas cosas que deciros, y que no puedo hacer ahora. Entretanto os recomiendo que leáis atentamente lo que he dicho recientemente al clero, a los religiosos, religiosas y seminaristas en Roma. Ello alargará este encuentro, que continuará espiritualmente con otros semejantes en los próximos días. Que el Señor y nuestra dulce Madre, María Santísima, os acompañen siempre y llenen vuestra vida de un gran entusiasmo en el servicio de vuestra altísima vocación eclesial.
Vamos a continuar la Misa, poniendo en la mesa de las ofrendas nuestros anhelos de vivir la nueva vide, nuestras necesidades y nuestras súplicas, las necesidades y súplicas de la Iglesia y nación dominicana. Pongamos también de la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Puebla
VIAJE A LA REPÚBLICA DOMINICANA, MÉXICO Y BAHAMAS
INAUGURACIÓN DE LA III CONFERENCIA DEL EPISCOPADO LATINOAMERICANO
HOMILÍA DE JUAN PABLO II
Santuario de la Virgen de Guadalupe
Sábado 27 de enero de 1979
1. ¡Salve, María!
Cuán profundo es mi gozo, queridos hermanos en el Episcopado y amadísimos hijos, porque los primeros pasos de mi peregrinaje, como Sucesor de Pablo VI y de Juan Pablo I, me traen precisamente aquí. Me traen a Ti, María, en este Santuario del pueblo de México y de toda América Latina, en el que desde hace tantos siglos se ha manifestado tu maternidad.
¡Salve, María!
Pronuncio con inmenso amor y reverencia estas palabras, tan sencillas y a la vez tan maravillosas. Nadie podrá saludarte nunca de un modo más estupendo que como lo hizo un día el Arcángel en el momento de la Anunciación. Ave Maria, gratia plena, Dominus tecum. Repito estas palabras que tantos corazones guardar y tantos labios pronuncian en todo el mundo. Nosotros aquí presentes les repetimos juntos, conscientes de que éstas son les palabras con les que Dios mismo, a través de su mensajero, ha saludado a Ti, la Mujer prometida en el Edén, y desde la eternidad elegida como Madre del Verbo, Madre de la divina Sabiduría, Madre del Hijo de Dios.
¡Salve, Madre de Dios!
2. Tu Hijo Jesucristo es nuestro Redentor y Señor. Es nuestro Maestro. Todos nosotros aquí reunidos somos sus discípulos. Somos los sucesores de los Apóstoles, de aquellos a quienes el Señor dijo: “Id, pues, enseñad a todas les gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo cuanto yo os he mandado. Yo estaré con vosotros hasta la consumación del mundo” (Mt 28, 19-20).
Congregados aquí el Sucesor de Pedro y los sucesores de los Apóstoles, nos damos cuenta de cómo esas palabras se han cumplido, de manera admirable, en esta tierra.
En efecto, desde que en 1492 comienza la gesta evangelizadora en el Nuevo Mundo, apenas una veintena de años después llega la fe a México. Poco más tarde se crea la primera sede arzobispal regida por Juan de Zumárraga, a quien secundarán otras grandes figuras de evangelizadores, que extenderán el cristianismo en muy amplias zonas.
Otras epopeyas religiosas no menos gloriosas escribirán en el hemisferio sus hombres como Santo Toribio de Mogrovejo y otros muchos que merecerían ser citados en larga lista. Los caminos de la fe van alargándose sin cesar, y a finales del primer siglo de evangelización les sedes episcopales en el nuevo Continente son más de 70 con unos cuatro millones de cristianos. Una empresa singular que continuará por largo tiempo, hasta abarcar hoy en día, tras cinco siglos de evangelización, casi la mitad de la entera Iglesia católica, arraigada en la cultura del pueblo latino-americano y formando parte de su identidad propia.
Y a medida que sobre estas tierras se realizaba el mandato de Cristo, a medida que con la gracia del bautismo se multiplicaban por doquier los hijos de la adopción divina, aparece también la Madre. En efecto, a Ti, María, el Hijo de Dios y a la vez Hijo Tuyo, desde lo alto de la cruz indicó a un hombre y dijo “He ahí a tu hijo” (Jn 19, 26), y en aquel hombre te ha confiado a cada hombre, te ha confiado a todos. Y Tú que en el momento de la Anunciación, en estas sencillas palabras: “He aquí la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38), has concentrado todo el programa de tu vida, abrazas a todos, te acercas a todos, buscas maternalmente a todos. De esta manera se cumple lo que el último Concilio ha declarado acerca de tu presencia en el misterio de Cristo y de la Iglesia. Perseveras de manera admirable en el misterio de Cristo, tu Hijo unigénito, porque estás siempre dondequiera están los hombres sus hermanos, dondequiera está la Iglesia.
2a. De hecho los primeros misioneros llegados a América, provenientes de tierras de eminente tradición mariana, junto con los rudimentos de la fe cristiana van enseñando el amor a Ti, Madre de Jesús y de todos los hombres. Y desde que el indio Juan Diego hablara de la dulce Señora del Tepeyac, Tú, Madre de Guadalupe, entras de modo determinante en la vida cristiana del pueblo de México. No menor ha sido tu presencia en otras partes, donde tus hijos te invocan con tiernos nombres, como Nuestra Señora de la Altagracia, de la Aparecida, de Luján y tantos otros no menos entrañables, para no hacer una lista interminable, con los que en cada nación y aun en cada zona los pueblos latinoamericanos te expresan su devoción más profunda y Tú les proteges en su peregrinar de fe.
El Papa –que proviene de un país en el que tus imágenes, especialmente una: la de Jasna Góra, son también signo de tu presencia en la vida de la nación, en su azarosa historia– es particularmente sensible a este signo de tu presencia aquí, en la vida del Pueblo de Dios en México, en su historia, también ella no fácil y a veces hasta dramática. Pero estás igualmente presente en la vida de tantos otros pueblos y naciones de América Latina, presidiendo y guiando no sólo su pasado remoto o reciente, sino también el momento actual, con sus incertidumbres y sombras.
Este Papa percibe en lo hondo de su corazón los vínculos particulares que te unen a Ti con este pueblo y a este pueblo contigo. Este pueblo, que afectuosamente te llama “ la Morenita ”. Este pueblo –e indirectamente todo este inmenso continente– vive su unidad espiritual gracias al hecho de que Tú eres la Madre. Una Madre que, con su amor, crea, conserva, acrecienta espacios de cercanía entre sus hijos.
¡Salve, Madre de México!
¡Madre de América Latina!
3. Nos encontramos aquí en esta hora insólita y estupenda de la historia del mundo. Llegamos a este lugar, conscientes de hallarnos en un momento crucial. Con esta reunión de obispos deseamos entroncar con la precedente Conferencia del Episcopado Latinoamericano que tuvo lugar hace diez años en Medellín, en coincidencia con el Congreso Eucarístico de Bogotá, y en la que participó el Papa Pablo VI, de imborrable memoria. Hemos venido aquí no tanto para volver a examinar, al cabo de 10 años, el mismo problema, cuanto para revisarlo en modo nuevo, en lugar nuevo y en nuevo momento histórico.
Queremos tomar como punto de partida lo que se contiene en los documentos y resoluciones de aquella Conferencia. Y queremos a la vez, sobre la base de les experiencias de estos 10 años, del desarrollo del pensamiento y a luz de les experiencias de toda la Iglesia, dar un justo y necesario paso adelante.
La Conferencia de Medellín tuvo lugar poco después de la clausura del Vaticano II, el Concilio de nuestro siglo, y ha tenido por objetivo recoger los planteamientos y contenidos esenciales del Concilio, para aplicarlos y hacerlos fuerza orientadora en la situación concreta de la Iglesia Latinoamericana.
Sin el Concilio no hubiera sido posible la reunión de Medellín, que quiso ser un impulso de renovación pastoral, un nuevo “ espíritu ” de cara al futuro, en plena fidelidad eclesial en la interpretación de los signos de los tiempos en América Latina. La intencionalidad evangelizadora era bien clara y queda patente en los 16 temas afrontados, reunidos en torno a tres grandes áreas, mutuamente complementarias: promoción humana, evangelización y crecimiento en la fe, Iglesia visible y sus estructuras.
Con su opción por el hombre latinoamericano visto en su integridad, con su amor preferencial pero no exclusivo por los pobres, con su aliento a una liberación integral de los hombres y de los pueblos, Medellín, la Iglesia allí presente, fue una llamada de esperanza hacia metas más cristianas y más humanas.
Pero han pasado 10 años. Y se han hecho interpretaciones, a veces contradictorias, no siempre correctas, no siempre beneficiosas para la Iglesia. Por ello, la Iglesia busca los caminos que le permitan comprender más profundamente y cumplir con mayor empeño la misión recibida de Cristo Jesús.
Grande importancia han tenido a tal respecto les sesiones del Sínodo de los Obispos que se han celebrado en estos años, y sobre todo la del año 1974, centrada sobre la Evangelización, cuyas conclusiones ha recogido después, de modo vivo y alentador, la Exhortación Apostólica Evangelii nuntiandi de Pablo VI.
Este es el tema que colocamos hoy sobre nuestra mesa de trabajo, al proponernos estudiar “La Evangelización en el presente y en el futuro de América Latina”.
Encontrándonos en este lugar santo para iniciar nuestros trabajos, se nos presenta ante los ojos el Cenáculo de Jerusalén, lugar de la institución de la Eucaristía. Al mismo Cenáculo volvieron los Apóstoles después de la Ascensión del Señor, para que, permaneciendo en oración con María, la Madre de Cristo, pudieran preparar sus corazones para recibir al Espíritu Santo, en el momento del nacimiento de la Iglesia.
También nosotros venimos aquí para ello, también nosotros esperamos el descenso del Espíritu Santo, que nos hará ver los caminos de la evangelización, a través de los cuales la Iglesia debe continuar y renacer en nuestro gran continente. También nosotros hoy, y en los próximos días, deseamos perseverar en la oración con María, Madre de Nuestro Señor y Maestro: contigo, Madre de la esperanza, Madre de Guadalupe.
4. Permite pues que yo, Juan Pablo II, Obispo de Roma y Papa, junto con mis hermanos en el Episcopado que representan a la Iglesia de México y de toda la América Latina, en este solemne momento, confiemos y ofrezcamos a Ti, sierva del Señor, todo el patrimonio del Evangelio, de la Cruz, de la Resurrección, de los que todos nosotros somos testigos, apóstoles, maestros y obispos.
¡ Oh Madre! Ayúdanos a ser fieles dispensadores de los grandes misterios de Dios. Ayúdanos a enseñar la verdad que tu Hijo ha anunciado y a extender el amor, que es el principal mandamiento y el primer fruto del Espíritu Santo. Ayúdanos a confirmar a nuestros hermanos en la fe, ayúdanos a despertar la esperanza en la vida eterna. Ayúdanos a guardar los grandes tesoros encerrados en las almas del Pueblo de Dios que nos ha sido encomendado.
Te ofrecemos todo este Pueblo de Dios. Te ofrecemos la Iglesia de México y de todo el Continente. Te la ofrecemos como propiedad Tuya. Tú que has entrado tan adentro en los corazones de los fieles a través de la señal de Tu presencia, que es Tu imagen en el Santuario de Guadalupe, vive como en Tu casa en estos corazones, también en el futuro. Sé uno de casa en nuestras familias, en nuestras parroquias, misiones, diócesis y en todos los pueblos.
Y hazlo por medio de la Iglesia Santa, la cual, imitándote a Ti, Madre, desea ser a su vez una buena madre, cuidar a las almas en todas sus necesidades, enunciando el Evangelio, administrando los sacramentos, salvaguardando la vida de las familias mediante el sacramento del matrimonio, reuniendo a todos en la comunidad eucarística por medio del santo sacramento del altar, acompañándolos amorosamente desde la cuna hasta la entrada en la eternidad.
¡Oh Madre! Despierta en las jóvenes generaciones la disponibilidad al exclusivo servicio a Dios. Implora para nosotros abundantes vocaciones locales al sacerdocio y a la vida consagrada.
¡Oh Madre! Corrobora la fe de todos nuestros hermanos y hermanas laicos, para que en cada campo de la vida social, profesional, cultura! y política, actúen de acuerdo con la verdad y la ley que tu Hijo ha traído a la humanidad, para conducir a todos a la salvación eterna y, al mismo tiempo, para hacer la vida sobre la tierra más humana, más digna del hombre.
La Iglesia que desarrolla su labor entre las naciones americanas, la Iglesia en México, quiere servir con todas sus fuerzas esta causa sublime con un renovado espíritu misionero. ¡Oh Madre! haz que sepamos servirla en la verdad y en la justicia. Haz que nosotros mismos sigamos este camino y conduzcamos a los demás, sin desviarnos jamás por senderos tortuosos, arrastrando a los otros.
Te ofrecemos y confiamos todos aquellos y todo aquello que es objeto de nuestra responsabilidad pastoral, confiando que Tú estarás con nosotros, y nos ayudarás a realizar lo que tu Hijo nos ha mandado (cf. Jn 2,5). Te traemos esta confianza ilimitada y con ella, yo, Juan Pablo II, con todos mis hermanos en el Episcopado de México y de América Latina, queremos vincularte de modo todavía más fuerte a nuestro ministerio, a la Iglesia y a la vida de nuestras naciones. Deseamos poner en tus manos nuestro entero porvenir, el porvenir de la evangelización de América Latina.
¡Reina de los Apóstoles! Acepta nuestra prontitud a servir sin reserva la causa de tu Hijo, la causa del Evangelio y la causa de la paz, basada sobre la justicia y el amor entre los hombres y entre los pueblos.
¡Reina de la Paz! Salva a las naciones y a los pueblos de todo el continente, que tanto confían en Ti, de las guerras, del odio y de la subversión.
Haz que todos, gobernantes y súbditos, aprendan a vivir en paz, se eduquen para la paz, hagan cuanto exige la justicia y el respeto de los derechos de todo hombre, para que se consolide la paz. Acepta esta nuestra confiada entrega, oh sierva del Señor. Que tu materna! presencia en el misterio de Cristo y de la Iglesia se convierta en fuente de alegría y de libertad para cada uno y para todos; fuente de aquella libertad por medio de la cual “Cristo nos ha liberado” (Ga 5, 1), y finalmente fuente de aquella paz que el mundo no puede dar, sino que sólo la da El, Cristo (cf. Jn 14, 27).
Finalmente, oh Madre, recordando y confirmando el gesto de mis Predecesores Benedicto XIV y Pío X, quienes te proclamaron Patrona de México y de toda la América Latina, te presento una diadema en nombre de todos tus hijos mexicanos y latinoamericanos, para que los conserves bajo tu protección, guardes su concordia en la fe y su fidelidad a Cristo, tu Hijo. Amén.
CONCELEBRACIÓN EUCARÍSTICA
CON ANTIGUOS ALUMNOS DEL PONTIFICIO COLEGIO BELGA
HOMILÍA DEl SANTO PADRE JUAN PABLO II
Capilla de Santa Marta, Vaticano
Sábado 31 de marzo de 1979
Queridos amigos:
La Eucaristía que celebramos juntos hoy es el signo de una unidad particular con Cristo, Sacerdote único y eterno, que "por su propia sangre entró una vez en el santuario" (Heb 9, 12). Cristo mismo está siempre presente en la Iglesia "hasta la consumación del mundo" (Mt 28, 20). Vive en ella y reúne al Pueblo de Dios en torno a la mesa de la Palabra y la Eucaristía. Vive en ella por nuestro servicio sacerdotal.
Al encontrarnos hoy aquí reunidos en torno al altar en esta comunión que formarnos en otros tiempos en el Colegio Belga de Roma, nuestros corazones rebosan de gratitud por el don da la vocación sacerdotal, porque nos ha elegido para que vayamos y demos fruto (cf. Jn 15, 16), porque al confiarnos sus misterios nos ha confiado hombres que tienen la "redención por la virtud de su sangre" (Ef 1, 7). Contemplando todo esto con ojos de fe, palpamos nuestra indignidad y estamos siempre dispuestos a repetir: "Somos siervos inútiles" (Lc 17, 10). Experimentamos continuamente también la grandeza del don y damos gracias a Dios por este don. "Dad gracias a Yavé porque es bueno" (Sal 105, 1).
Hoy deseamos manifestarnos mutuamente esta gratitud. El Señor quiere que sepamos ser agradecidos a los hombres, que miremos nuestra vida bajo el punto de vista de los dones recibidos por medio de los hombres, de nuestros hermanos. Por ello quisiera hoy volver la mirada a los años que nos han visto congregados entre las paredes del antiguo Colegio Belga, situado en el número 26 de la "Via del Quirinale", cerca de la iglesia de San Andrés, donde murió y yace San Estanislao de Kotska, Patrono de la juventud.
Unos treinta años nos separan de aquel entonces. Podríamos ceder a las leyes del tiempo que, entre otras cosas, nos inducen a olvidar. Pero la voz del corazón es más fuerte y nos exige conservar las cosas en la memoria y volver a pensar en ellas con gratitud. Agradezcamos hoy a Cristo el que nos haya concedido la gracia de encontrarnos juntos en aquel período importante de nuestra vida, cuando todavía estábamos en los primeros años de nuestro sacerdocio o nos preparábamos a él. "Ecce quam bonum et quam iucundum habitare fratres in unum: Ved cuán bueno y deleitoso es habitar en uno los hermanos" (Sal 132, 1).
Damos gracias a Dios que nos dio la posibilidad de ser hermanos unos de otros; y la gratitud entre nosotros es recíproca. Nos hizo posible vivir la fraternidad que une a hombres procedentes de distintas familias, distintas naciones, diferentes continentes, pues así éramos los allí reunidos entonces. Decimos gracias por lo que cada uno de nosotros ha sido para los demás en aquel tiempo, y por lo que todos han sido para todos. Gracias por el modo en que hemos compartido con los otros las cualidades de la inteligencia, el carácter y el corazón; gracias por el lugar que ocupaban en este intercambio recíproco los estudios que realizábamos, y también las experiencias apostólicas y pastorales a que nos entregábamos cada uno. Gracias por lo que era para nosotros la Roma sacra que aprendimos a conocer de modo sistemático como capital de la antigüedad y capital de la cristiandad. Gracias por lo que era la experiencia de Europa, del mundo, de la patria de cada uno, que entonces se estaba recobrando de los sufrimientos después de la segunda guerra mundial.
Pienso en fin en lo que eran para nosotros nuestros superiores; nuestro venerado rector, el cardenal de Furstenberg, aquí presente hoy entre nosotros; y también nuestros obispos que venían a visitarnos al Colegio, como asimismo otros hombres de Iglesia, apóstoles de aquel tiempo, como el sacerdote Cardijn; sin contar los doctos profesores, los predicadores de retiros, los directores de conciencia. ¿Qué fueron ellos para nosotros?
De todo esto quisiéramos hablar a Cristo mismo en primer lugar, comenzando por esta concelebración, por esta liturgia. Esta concelebración nos da ocasión también de comunicarnos unos a otros. Deseamos igualmente renovar el espíritu que recibimos por "la imposición de las manos" (2 Tim 1, 6), y esta unión de corazones cuyo secreto conoce el mismo Señor. Amén.
ORDENACIÓN EPISCOPAL DE MONS. MACHARSKI, ARZOBISPO DE CRACOVIA
HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
Basílica de San Pedro
Sábado 6 de enero de 1979
1. «Levántate (Jerusalén)..., pues ha llegado tu luz, y la gloria de Yavé alborea sobre ti», grita el Profeta Isaías (60, 1), en el siglo VIII antes de Cristo, y nosotros escuchamos sus palabras hoy, en el siglo XX después de Cristo, y admiramos, verdaderamente admiramos, la gran luz que proviene de estas palabras. Isaías, a través de los siglos, se dirige a Jerusalén que sería la ciudad del Gran Ungido, del Mesías: «Las gentes andarán en tu luz, y los reyes a la claridad de tu aurora... Alza en torno tus ojos y mira; todos se reúnen y vienen a ti, llegan de lejos tus hijos, y tus hijas son traídas a ancas... Te cubrirán muchedumbres de camellos, de dromedarios de Madián y de Efa. Todos vienen de Saba, trayendo oro e incienso, pregonando las glorias de Yavé» (60, 3-4. 6). Tenemos ante los ojos a estos tres —así dice la tradición— Reyes Magos que vienen en peregrinación desde lejos, con los camellos y traen consigo no sólo oro e incienso, sino también mirra: los dones simbólicos con que vinieron al encuentro del Mesías que era esperado también más allá de las fronteras de Israel. No nos asombramos, pues, cuando Isaías, en este diálogo profético con Jerusalén, que atraviesa los siglos, dice en cierto momento: «Palpitará y se ensanchará tu corazón» (60, 5). Habla a la ciudad como si ésta fuera un hombre vivo.
2. «Palpitará y se ensanchará tu corazón». En la noche de Navidad, encontrándome con cuantos participaban en la liturgia eucarística de medianoche aquí, en esta basílica, pedí a todos que estuviesen con el pensamiento y con el corazón más allí que aquí; más en Belén, en el lugar donde nació Cristo, en aquella gruta-establo en la que «el Verbo se hizo carne» (Jn 1, 14). Y hoy os pido lo mismo. Porque allí, justamente allí, en aquel lugar, al sur de Jerusalén, llegaron del Oriente aquellos extraños peregrinos, los Reyes Magos. Atravesaron Jerusalén. Los guiaba una estrella misteriosa, luz exterior que se movía en el firmamento. Pero más aún los guiaba la fe, luz interior. Llegaron. No les asombró lo que encontraron: ni la pobreza, ni el establo, ni el hecho de que el Niño yacía en un pesebre. Llegaron y postrándose "lo adoraron". Después abrieron sus cofres y ofrecieron al Niño Jesús los dones de oro e incienso de los que habla precisamente Isaías, pero le ofrecieron también mirra. Y después de haber cumplido todo esto, regresaron a su país.
Por esta peregrinación a Belén los Reyes Magos han venido a ser el principio y el símbolo de todos los que mediante la fe llegan a Jesús. el Niño envuelto en pañales y colocado en un pesebre, el Salvador clavado en la cruz, Aquel que, crucificado bajó Poncio Pilato, bajado de la cruz y sepultado en una tumba junto al Calvario, resucitó al tercer día. Precisamente estos hombres, los Reyes Magos del Oriente, tres, corno quiere la tradición, son el comienzo y la prefiguración de cuantos, desde más allá de las fronteras del Pueblo elegido de la Antigua Alianza, han llegado y llegan siempre a Cristo mediante la fe.
3. «Palpitará y se ensanchará tu corazón», dice Isaías a Jerusalén. En efecto, era preciso ensanchar el corazón del Pueblo de Dios para que cupieran en él los hombres nuevos, los pueblos nuevos. Este grito del Profeta es la palabra clave de la Epifanía. Era necesario ensanchar continuamente el corazón de la Iglesia, cuando entraban en ella siempre hombres nuevos; cuando sobre las huellas de los pastores y de los Reyes Magos venían constantemente desde el Oriente pueblos nuevos a Belén. También ahora es necesario ensanchar siempre este corazón a medida de los hombres y de los pueblos, a medida de las épocas y de los tiempos. La Epifanía es la fiesta de la vitalidad de la Iglesia. La Iglesia vive su convencimiento de la misión de Dios, que se actualiza por medio de ella. El Concilio Vaticano II nos ha ayudado a caer en la cuenta de que la "misión" es el nombre propio de la Iglesia, y en cierto sentido constituye su definición. La Iglesia es ella misma cuando cumple su misión. La Iglesia es ella misma cuando los hombres —igual que los pastores y los Reyes Magos de Oriente— llegan a Jesucristo mediante la fe. Cuando en Cristo-Hombre y por Cristo encuentran a Dios.
La Epifanía, pues, es la gran fiesta de la fe. Participan en esta fiesta tanto los que ya han llegado a la fe, como los que se encuentran en camino para alcanzarnos. Participan, dando gracias por el don de la fe, igual que los Reyes Magos, rebosando gratitud, se arrodillaron ante el Niño. De esta fiesta participa la Iglesia que cada año es más consciente de la amplitud de su misión. ¡A cuántos hombres es necesario llevar la fe también hoy! A cuántos hombres es necesario reconquistar para la fe que han perdido, y esto, a veces, es más difícil que la conversión primera a la fe. Pero la Iglesia, consciente de aquel gran don, del don de la Encarnación de Dios, no puede pararse jamás, no puede cansarse jamás. Debe buscar continuamente el acceso a Belén para cada hombre y para cada época. La Epifanía es la fiesta del desafío de Dios.
En este día solemne han venido a Roma representaciones del pueblo y de la archidiócesis de Cracovia, para presentar a Jesús Niño un don, don que se manifiesta en la ordenación episcopal del nuevo arzobispo de Cracovia. Es un don de fe, de amor y de esperanza. Permitidme hablarles en mi lengua materna.
4. Todos nosotros, polacos hijos de la Iglesia de Cristo desde hace un milenio, reunidos aquí tomamos parte hoy en la solemnidad de la Epifanía. Son circunstancias extraordinarias: hemos venido a Roma, a San Pedro, donde el primer Papa en la historia hijo de la nación polaca, celebra la Eucaristía y consagra al obispo sucesor suyo en la cátedra de San Estanislao en Cracovia. Sucede esto justamente al principio de 1979, cuando nos separan 900 años de la muerte del mártir San Estanislao, que, al principio del milenio, predicando a nuestros antepasados a Cristo nacido en Belén, crucificado bajo Poncio Pilato y resucitado, con la fuerza del Evangelio los llevó a la fe, tal como lo han hecho obispos y sacerdotes en nuestra patria, durante centenares de años, y lo hacen ahora también.
Pienso, queridos hermanos y hermanas, mis amados compatriotas, pienso queridos hermanos en el episcopado y en el sacerdocio, que nuestra presencia aquí hoy debe ser un acto singular de gratitud por la fe que ilumina todos estos centenares de años y que no deja de iluminar a nuestros tiempos, tiempos extraordinarios en los que debe madurar especialmente la responsabilidad por la fe; por el gran don de Dios encarnado; por la Epifanía. Para esta gratitud debe madurar el nuevo fruto de esta Epifanía en las almas de las generaciones que nacen y que vendrán después de nosotros, gracias al servicio de cada uno de nosotros, gracias a tu servicio, Franciszek, metropolitano de Cracovia.
5. ¡Levántate, Jerusalén! «Palpitará y se ensanchará tu corazón». Íntimamente unidos con los que vinieron del Oriente, con los Reyes Magos, testigos admirables de la fe en Dios Encarnado, allí junto al pesebre de Belén, adonde hemos sido llevados por el pensamiento y el corazón; nos encontramos de nuevo aquí en esta basílica. Aquí, de manera particular, en el curso de los siglos, se ha cumplido la profecía de Isaías. Desde aquí se ha difundido la luz de la fe para tantos hombres y para tantos pueblos. Desde aquí, a través de Pedro y de su Sede, ha entrado y entra siempre una multitud innumerable en esta gran comunidad del Pueblo de Dios, en la unión de la nueva Alianza, en los tabernáculos de la nueva Jerusalén.Y hoy, ¿qué más puede desear el Sucesor de Pedro en esta basílica, en esta su nueva Cátedra, sino que ella sirva a la Epifanía?, que en ella y por ella los hombres de todos los tiempos y de nuestro tiempo, los hombres provenientes del Oriente y del Occidente, del Norte y del Sur, logren llegar a Belén, llegar a Cristo mediante la fe.Así, pues, una vez más tomo prestadas las palabras de Isaías para formular mi felicitación Urbi et Orbi y decir:
«¡ Levántate!, palpitará y se ensanchará tu corazón».
¡Levántate!, y siembra la fuerza de tu fe. ¡Cristo te ilumine continuamente! Que los hombres y los pueblos caminen en esta luz. Amén.
MISA CRISMAL
HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
Basílica de San Pedro
Jueves Santo 12 de abril de 1979
1. Hoy, en el umbral de este triduo sagrado, deseamos profesar, de modo particular, nuestra fe en Cristo, en Aquel cuya pasión debemos renovar, en el espíritu de la Iglesia, para que todos dirijan "la mirada al que traspasaron" (Jn 19, 37), y la generación actual de los habitantes de la tierra llore sobre El (cf. Lc 23, 27).
He aquí a Cristo: en el que viene Dios a la humanidad como Señor de la historia: "Yo soy el alfa y la omega..., el que es, el que era, el que viene" (Ap 1, 8). He aquí a Cristo "que me amó y se entregó por mí" (Gál 2, 20), Cristo que vino para obtenernos "con su propia sangre... una redención eterna" (Heb 9, 12).
Cristo: el "Ungido", el Mesías.
Una vez, Israel, en la víspera de la liberación de la esclavitud de Egipto, signó las puertas de las casas con la sangre del cordero (cf. Ex 12, 1-14). He aquí que el Cordero de Dios está entre nosotros, Aquel a quien el mismo Padre ha ungido con poder y con el Espíritu Santo, y ha enviado al mundo (cf. Jn 1, 29; Act 10, 36-38).
Cristo: el "Ungido", el Mesías.
Durante estos días, con la fuerza de la unción del Espíritu Santo, con la fuerza de la plenitud de la santidad que hay en El, y sólo en El, clamará a Dios "con gran voz" (Lc 23, 46), voz de humillación, de anonadamiento, de cruz: "Señor, fortaleza mía, mi roca, mi ciudadela, mi libertador; mi Dios, mi roca, a quien me acojo; mi escudo, mi fuerza salvadora, mi asilo" (Sal 17 [18], 2 y s.).
Así clamará por sí y por nosotros.
2. Celebramos hoy la liturgia del crisma, mediante el cual la Iglesia quiere renovar, en los umbrales de estos días santos, el signo de la fuerza del Espíritu que ha recibido de su Redentor y Esposo.
Esta fuerza del Espíritu: gracia y santidad, que hay en El, es participada, al precio de la pasión y muerte, por los hombres mediante los sacramentos de la fe. Así se construye continuamente el Pueblo de Dios, como enseña el Concilio Vaticano II: "...los fieles, en virtud de su sacerdocio real, concurren a la ofrenda de la Eucaristía y lo ejercen en la recepción de los sacramentos, en la oración y acción de gracias, mediante el testimonio de una vida santa, con la abnegación y la caridad operante" (Lumen gentium, 10).
Con este óleo sagrado, óleo de los catecúmenos, serán ungidos los catecúmenos durante el bautismo, para poder ser ungidos después con el santo crisma. Recibirán esta unción por segunda vez en el sacramento de la confirmación. La recibirán también —si fueren llamados a esto—. Durante la ordenación, los diáconos, presbíteros, obispos. En el sacramento de los enfermos, todos los enfermos recibirán la unción con el óleo de los enfermos (cf. Sant 5, 14).
Queremos preparar hoy a la Iglesia para el nuevo año de gracia, para la administración de los sacramentos de la fe, que tienen su centro en la Eucaristía. Todos los sacramentos, los que tienen el signo de la unción, y los que se administran sin este signo, como la penitencia y el matrimonio, significan una participación eficaz en la fuerza de Aquel a quien el mismo Padre había ungido y enviado al mundo (cf. Lc 4, 18).
Celebramos hoy, Jueves Santo, la liturgia de esta fuerza, que alcanzó su plenitud en las debilidades del Viernes Santo, en los tormentos de su pasión y agonía, porque, mediante todo esto, Cristo nos ha merecido la gracia: "Con vosotros sean la gracia y la paz... de Jesucristo, el testigo veraz, el primogénito de los muertos, el príncipe de los reyes de la tierra" (Ap 1, 4. 5).
3. A través de su abandono en el Padre, a través de la obediencia hasta la muerte, nos ha hecho también "reyes y sacerdotes" (Ap 1, 6).
Lo proclamó el día solemne en que compartió con los Apóstoles el pan y el vino, como su Cuerpo y Sangre para la salvación del mundo. Precisamente hoy estamos llamados a vivir este día: fiesta de los sacerdotes. Hoy hablan de nuevo a nuestros corazones los misterios del Cenáculo, donde Cristo, en la primera Eucaristía, dijo: "Haced esto en memoria mía" (Lc 22, 19), instituyendo así el sacramento del sacerdocio. Y he aquí que se cumplió lo que mucho tiempo antes- había dicho el Profeta Isaías: "Vosotros seréis llamados sacerdotes del Señor, y nombrados ministros de nuestro Dios" (Is 61, 6).
Hoy sentimos el deseo vivísimo de encontrarnos junto al altar para esta concelebración eucarística y dar gracias por el don particular que el Señor nos ha conferido. Conscientes de la grandeza de esta gracia, deseamos además renovar las promesas que cada uno de nosotros hizo el día de la propia ordenación, poniéndolas en las manos del obispo. Al renovarlas, pidamos la gracia de la fidelidad y de la perseverancia. Pidamos también que la gracia de la vocación sacerdotal caiga sobre el terreno de muchas almas juveniles, y que allí eche raíces como semilla que da fruto centuplicado (cf. Lc 8, 8).
Como está previsto, hacen hoy lo mismo los obispos en sus catedrales en todo el mundo juntamente con los sacerdotes renuevan las promesas hechas el día de la ordenación. Unámonos a ellos más ardientemente aún mediante la fraternidad en la fe y en la vocación, que hemos sacado del cenáculo como herencia transmitida por los Apóstoles. Perseveremos en esta gran comunidad sacerdotal, como siervos del Pueblo de Dios, como discípulos y amantes de los que se ha hecho obediente hasta la muerte, que no ha venido al mundo para ser servido, sino para servir (cf. Mt 20, 28).
SANTA MISA CON LOS NUEVOS DIÁCONOS
HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
Capilla Paulina
Sábado 21 de abril de 1979
Muy queridos diáconos:
En la larga historia de la Iglesia de Roma no es raro ver diáconos unidos al Papa en su ministerio, ver a diáconos al lado del Papa. Me proporciona un gozo especial sentirme esta mañana rodeado de diáconos, pues nuestra relación —nuestra comunión eclesial— alcanza su expresión más alta en el Santo Sacrificio de la Misa
Nuestro gozo se ve aumentado —el vuestro y el mío— al tener aquí con nosotros a algunos padres y seres queridos vuestros. Todos hemos venido a celebrar el misterio pascual y a experimentar el amor de Jesús. El suyo es un amor de sacrificio, un amor que le movió a entregar la vida por su pueblo y tomarla de nuevo. Su amor de sacrificio se ha manifestado con gran generosidad en la vida de vuestros padres; por ello, es muy natural que ellos disfruten hoy de un momento excepcional de serenidad, satisfacción y sano orgullo.
Al conmemorar la resurrección del Señor Jesús, reflexionamos sobre sus distintas apariciones tal como las recuerda la lectura de los Hechos de los Apóstoles, la aparición a María Magdalena, a los dos discípulos, a los once Apóstoles. Renovamos nuestra fe, nuestra santa fe católica, y nos regocijamos y exultamos porque el Señor ha resucitado verdaderamente. ¡Aleluya! Hoy en día tenemos mucha mayor conciencia que anteriormente de lo que significa ser pueblo pascual y que nuestro canto sea el aleluya.
El acontecimiento pascual —la resurrección corporal de Cristo— impregna la vida de toda la Iglesia. Da a los cristianos de todos los lugares fuerza para cada circunstancia de la vida. Nos sensibiliza hacia la humanidad con todas sus limitaciones, sufrimientos y necesidades. La resurrección tiene inmenso poder de liberar, elevar, conseguir justicia, producir santidad y causar alegría.
Pero para vosotros, diáconos, hay un mensaje particular esta mañana. Por vuestra sagrada ordenación habéis sido vinculados de modo especial al Evangelio de Cristo resucitado. Se os ha encargado prestar un tipo especial de servicio, diaconía, en el nombre del Señor resucitado. En la ceremonia de ordenación el obispo dice a cada uno de vosotros: "Recibe el Evangelio de Cristo, del que ahora eres heraldo. Cree lo que lees, enseña lo que crees y practica lo que enseñas". De modo que estáis llamados a llevar las palabras de los Hechos de los Apóstoles en el corazón. En vuestra calidad de diáconos habéis llegado a quedar asociados con Pedro y Juan y todos los Apóstoles. Ayudáis en el ministerio apostólico y participáis en su proclamación. Como los Apóstoles, también vosotros os debéis sentir impulsados a proclamar la resurrección del Señor Jesús de palabra y con obras. También vosotros debéis experimentar la urgencia de hacer el bien, de rendir servicio en el nombre de Jesús crucificado y resucitado, de llevar la Palabra de Dios a la vida de su pueblo santo.
En la primera lectura de hoy oímos decir a los Apóstoles: "Nosotros no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído". Y estáis llamados a proclamar con obediencia de fe y basados en su testimonio —basados en lo que ha sido transmitido en la Iglesia bajo la guía del Espíritu Santo— el gran misterio de Cristo resucitado que comunicó a todos sus hermanos, en el mismo acto de resucitar, la vida eterna, puesto que les comunicó su victoria sobre el pecado y la muerte. Recordad que los Apóstoles constituyeron un reto y un reproche para muchos cuando proclamaron la resurrección. Y se les conminó a que no siguieran hablando en el nombre de Jesús resucitado. Pero su respuesta fue inmediata y neta: "Juzgad por vosotros mismos si es justo ante Dios que os obedezcamos a vosotros más que a El".
Y en esta obediencia a Dios encontraron la plenitud suprema del gozo pascual.
Lo mismo es para vosotros, nuevos diáconos de este período pascual, en cuanto asociados a los obispos y sacerdotes de la Iglesia; vuestro discipulado tendrá estas dos características: obediencia y gozo. Las dos a su modo harán patente la autenticidad de vuestra vida. Vuestra capacidad para comunicar el Evangelio dependerá de vuestra adhesión a la fe de los Apóstoles. La eficiencia de vuestra diaconía se medirá por la fidelidad de vuestra obediencia al mandato de la Iglesia. Es Cristo resucitado quien os ha llamado y es su Iglesia la que os envía a proclamar el mensaje transmitido por los Apóstoles. Y es la Iglesia la que autentica vuestro ministerio. Estad seguros de que la misma potencia del Evangelio que proclamáis os colmará de la alegría más sublime posible: alegría de sacrificio, sí, pero alegría transformante por estar íntimamente asociados a Cristo resucitado en su misión triunfal de salvación.
Todos los discípulos de Jesús, y vosotros diáconos a título especial, están llamados a difundir la inmensa alegría pascual experimentada por nuestra Madre bendita. Ante la resurrección de su Hijo vemos a María como Mater plena sanctae laetitiae, transformada en Causa nostrae laetitiae para nosotros.
Obediencia y gozo son, por tanto, expresiones auténticas de vuestro discipulado. Pero son también condición de la eficiencia de vuestro ministerio y, al mismo tiempo, dones de la gracia de Dios, efectos precisamente del misterio de la resurrección que proclamáis.
Queridos diáconos: Os hablo como a hijos, hermanos y amigos. Hoy es día de gozo especial. Pues que sea asimismo día de resoluciones especiales. En presencia del Papa, bajo la mirada de los Apóstoles Pedro y Pablo, en compañía de Esteban, siendo testigos vuestros padres y en comunión con la Iglesia universal, renovad otra vez vuestra consagración eclesial a Jesucristo, a quien servís y cuyo mensaje vivificador estáis llamados a transmitir en toda su pureza e integridad, con todas sus exigencias y todo su poder. Y sabed que con inmenso amor os repito a vosotros y a vuestros hermanos diáconos de toda la Iglesia, las palabras del Evangelio de esta mañana, las palabras de Nuestro Señor Jesucristo: "Id por todo el mundo y proclamad el Evangelio a toda criatura".
Esto es lo que significa vuestro ministerio. En esto consistirá vuestro grandioso servicio a la humanidad. Esta es vuestra respuesta al amor de Dios. Amén.
CONCELEBRACIÓN EUCARÍSTICA CON LOS OBISPOS DE ITALIA
HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
Capilla Sixtina
Martes 15 de mayo de 1979
Venerados y amadísimos hermanos del Episcopado italiano:
1. "No se turbe vuestro corazón" (Jn 14, 1).
Cristo pronuncia estas palabras cuando debe dejar este mundo, puesto que dice: "Voy... y volveré" (Jn 14, 2. 3). Las pronuncia teniendo conciencia de que "viene el príncipe del mundo" (Jn 14, 30), mientras El mismo deberá afrontar la prueba de la cruz. Mucho más que sus discípulos es consciente de lo que le sucederá, de cómo se desarrollarán los sucesos en los próximos días, y de cómo se desarrollará la historia de la Iglesia y del mundo. Sin embargo, pronuncia estas palabras que encierran en sí la llamada al coraje: "No se turbe vuestro corazón". Y como en contraste con todo aquello de lo que era profundamente consciente, hace que preceda a esta llamada un saludo de paz, de la seguridad de la paz: "La paz os dejo, mi paz os doy" (Jn 14, 27).
Como se ve, estamos en este magnífico ambiente pascual, casi siempre en el Cenáculo: allí donde la Iglesia, el día de Jueves Santo, recibió la Eucaristía, y allí donde, el día de Pentecostés, debía recibir al Espíritu de verdad. Estamos en los comienzos de la Iglesia.
2. Al mismo tiempo, entramos ya en su historia. Como en un calidoscopio pasan ante nosotros los acontecimientos que testimonian de qué modo las palabras, pronunciadas por Jesucristo en el Cenáculo, se realizan en la vida de la primera generación de los cristianos, que es la generación apostólica. En la liturgia de hoy, en efecto, nos encontramos sobre la huella del primer viaje misionero de San Pablo, que, perseguido por los judíos y amenazado de muerte, anuncia el Evangelio. En Listra, después de haberlo acosado a pedradas, lo arrastraron fuera de la ciudad y lo dejaron sólo cuando lo creyeron muerto. Pablo, en cambio, se levanta y vuelve a la ciudad, para irse luego a Iconio y Antioquía. Por todas partes organiza la Iglesia "constituyó para ellos presbíteros en cada Iglesia" (cf. Act 14, 23). Considera las pruebas, que debe afrontar, como una cosa normal, porque no de otra manera, sino sólo por muchas pruebas debemos entrar en el reino de Dios (cf. Act 14, 22). En estas palabras percibimos como un eco de las palabras mismas que el Señor dirigió a los discípulos en el camino de Emaús: "¿No era preciso que el Mesías padeciese esto y entrase en su gloria?" (Lc 24, 26).
Así con todas estas experiencias crece la Iglesia primitiva: crece mediante la fe que brota del anuncio del Evangelio predicado por los Apóstoles, sostenido por la oración y el ayuno; crece por el poder de la gracia misma de Dios. Y los que la construyen dan testimonio de ello.
3. El deber de todos nosotros que hoy aquí, en la Capilla Sixtina, celebramos juntos la Eucaristía, es servir para que la Iglesia crezca en nuestra época, crezca en estos tiempos difíciles; para que crezca también en medio de las contrariedades y de las amenazas; para que sepa recoger el fruto de las nuevas experiencias de esta tierra italiana, de este pueblo que, desde hace 2000 años, está tan profundamente ligado a la historia del Evangelio. a la Sede de San Pedro. de este pueblo, cuya historia está toda impregnada de modo excepcional por la influencia espiritual del cristianismo. Efectivamente, no es necesario explicar cuál es la posición de Roma y, por lo tanto, de Italia en el contexto de toda la Iglesia católica. Se trata de un privilegio, no ya debido a atribuciones de origen humano, ni mucho menos a usurpaciones de poder, sino que responde a un arcano designio del Señor, porque fue El mismo quien empujó hacia las playas italianas y al camino de Roma a sus Apóstoles Pedro y Pablo, para traeros el anuncio evangélico y confirmarlo con el sacrificio de su vida.
Por esto, en el momento importante de nuestro común servicio, me encuentro hoy con vosotros, venerables y queridos hermanos de cada una de las Iglesias de Italia, de una forma oficial, después de los encuentros numerosos y personales que he tenido con muchos de vosotros en los meses pasados. Os debo, ante todo, un saludo que se inspira conjuntamente en los sentimientos de deferencia y amistad para cada uno de vosotros y, además, en las razones mucho más elevadas de la fe y de la caridad. Y procurad —os lo ruego, queridísimos hermanos— llevar este saludo mío a los fieles de cada una de las Iglesias que os están confiadas.
Sois los obispos de la Iglesia de Dios que está en Italia; o mejor —por las bien conocidas razones geográficas, históricas y teológicas que, entrelazándose providencialmente, sitúan a Roma en el centro de Italia y a la vez del mundo católico— es preciso decir: Somos los obispos de esta Iglesia: todos juntos lo somos, vosotros y yo. Y esto en mí, llamado a Roma nullis meis meritis, sed sola dignationes misericordiae Domini, exige una particular conciencia de ser Vicario de Cristo y Pastor de la Iglesia universal, precisamente por ser Sucesor de Pedro en esta bendita Sede Romana; y repito, exige la consiguiente responsabilidad de deber pensar y actuar —en línea ciertamente con la sollicitudo omnium Ecclesiarum, de que hablaba San Pablo (2 Cor 11, 28)— con una atención y un cuidado singularísimo para el incremento de la vida espiritual y religiosa de esta sacra ciudad.
Y de aquí, por conexión natural o expansión, esta solicitud especial se extiende a las otras Iglesias contiguas a la de Roma: a las antiguas sedes suburbicarias, después a las Iglesias de la región del Lacio, luego a las comprendidas en el ámbito del antiguo Patrimonium Sancti Petri y, sucesivamente a todas las que hay en Italia. Precisamente el deber pastoral me impone promover la causa de la evangelización y estimular la vida eclesial en toda la península, con la aportación de una entrega plena, de un esfuerzo constante y humilde.
4. Obispo con vosotros y como vosotros de la Iglesia en Italia, no puedo ignorar los problemas particulares que se presentan en nuestros días, en el cuadro concreto de las circunstancias sociales, culturales y civiles, en las que vive todo el país. Os diré a este propósito que en el pasado marzo he podido leer la ponderada "introducción" que vuestro Presidente, el señor cardenal Antonio Poma, tuvo ante el Consejo permanente de la CEI, precisamente con miras a la presente XVI asamblea general. Hay que tener en cuenta —decía él— que "el ministerio de evangelización se realiza y madura en un tiempo determinado y en un terreno particular, que debemos conocer y valorar". Después he examinado el proyecto del documento pastoral sobre "Seminarios y vocaciones sacerdotales", que discutiréis estos días. Sé bien que dicho documento constituye el programa para el año 1979-80 y, al poner de relieve que lleva la misma fecha que mi reciente Carta a los sacerdotes, subrayo con placer su consonancia con lo que es para mí motivo de la más asidua atención.
Sin querer anticipar ahora conclusiones que deberán surgir, en cambio, de la reflexión de vuestra asamblea, me apremia manifestar, como a modo de adhesión personal, la más sentida felicitación por este trabajo. Me sugiere este sentimiento una serie de comprobaciones que contiene; por ejemplo, la coherencia del tema de las vocaciones sagradas y de los seminarios con los temas tratados en años precedentes, que tenían todos como eje central la evangelización, y el último de ellos se titulaba precisamente "Evangelización y ministerios"; además, la actualidad y la correspondencia del tema mismo con las exigencias del tiempo presente, en el que el descenso que se ha verificado desde hace quince años, está volviendo más agudo el problema del servicio asignado específicamente al sacerdocio ministerial en el ámbito del Pueblo de Dios.
Ahora, en el centro de nuestra asamblea eucarística, debemos examinar la cuestión vocacional en su exacta dimensión eclesiológica y cristológica y, sobre todo, debemos hacerla objeto de la más insistente invocación al "Dueño de la mies". Toda vocación sacerdotal, así como nace por llamada del Señor, así también está destinada al servicio de la Iglesia, y por lo tanto es necesario insertar en el interior de la Iglesia, estudiar y resolver el problema de la deseada primavera de vocaciones sagradas. Aun teniendo presentes las investigaciones socio-estadísticas, es necesario convencerse de que este problema está vinculado muy estrechamente con la pastoral ordinaria.
La vocación dice relación, ante todo, a la vida de la parroquia cuyo influjo tiene para ella una importancia fundamental, bajo los más diversos aspectos: los de la animación litúrgica, del espíritu comunitario, de la validez del testimonio cristiano, del ejemplo personal del párroco y de los sacerdotes colaboradores suyos. Pero tiene una relación totalmente particular con la vida de la familia: donde hay una pastoral familiar eficaz e inteligente, lo mismo que es normal acoger la vida como don de Dios, así es más fácil que se oiga la voz de Dios y sea más generosa la acogida que allí encuentre.
Relación especial tiene también con la pastoral de la juventud, porque es indudable que, si los jóvenes son acompañados, asistidos, educados en la fe por sacerdotes que viven dignamente su sacerdocio, será fácil individuar y descubrir a los que entre ellos son llamados y ayudarles a recorrer el camino que señale el Señor. Comprendéis, queridísimos hermanos, cuán necesaria es al respecto una gran movilización de las fuerzas apostólicas, partiendo de los ambientes fundamentales de la vida cristiana: las parroquias, las familias, las asociaciones y los grupos juveniles.
En cuanto al aspecto cristológico. para discernir bien la idoneidad y calidad de los llamados, es igualmente irrenunciable mirar a Cristo el Sacerdote Eterno, y tomar de El, de su ministerio, de su sacerdocio las medidas exactas y sacar las líneas genuinas del servicio presbiteral. Y sobre todo es indispensable el recurso a la oración: la debemos hacer sin cansarnos jamás, la debemos hacer también hoy, también ahora, de tal modo que, gracias a esta concelebración nuestra, se aumente en nosotros no sólo la conciencia del problema vocacional, sino también la certeza de la indefectible ayuda divina. Una vez más queremos y debemos orar con fervor "al dueño de la mies para que envíe obreros a su mies" (Mt 9, 38; Lc 10, 2). Será una oración hecha en el nombre de Cristo; por esto será oída y os ayudará poderosamente en el trabajo de profundización y reflexión que vais a dedicar a un tema tan grave y delicado.
5. Sé también, venerables hermanos, que dedicaréis en estos días vuestra atención a otros temas. También por ellos debo manifestaros mi aplauso y estima. Pienso en el hermoso texto del "Catecismo de los jóvenes", sobre el cual repito públicamente cuanto antes encargué se escribiera al Emmo. Presidente, que me entregó uno como obsequio anticipado: es un texto que se acredita por su sabiduría pastoral y por su experiencia pedagógica. Y tengo noticias del otro volumen que, con igual interés, se está preparando para los adultos. Pero, en relación al tema predominante, quiero poner de relieve cuán fundamental es el valor de la catequesis para despertar vocaciones: si la pastoral ordinaria encuentra en la catequesis una de sus formas más altas y uno de los medios más adecuados, se sigue de ahí que la catequesis, además de responder al fin general de la evangelización, podrá muy bien orientarse incluso al fin específico de las vocaciones.
Debo, pues, repetir cuanto ya he dicho de la pastoral: es necesario dar un gran desarrollo a la catequesis de la juventud, como también a la catequesis de la familia. Este último tema se une directamente con el ya elegido para el próximo Sínodo de los Obispos. Sé que la CEI está ya mirando a esta Asamblea, que se reunirá el año próximo, y ha encauzado los necesarios estudios preliminares para poder ofrecer a los trabajos sinodales la siempre apreciable aportación de la Iglesia en Italia. También me alegro sinceramente de esto, con la convicción de que el tema de la familia y su misión en el mundo contemporáneo revista realmente un interés primordial.
Queda todavía el asunto del XX Congreso Eucarístico Nacional; al dar la noticia del mismo, diré que se ha pensado celebrarlo en 1983, para distanciarlo oportunamente del homónimo Congreso Internacional, que —como sabéis— se tendrá en Lourdes en 1981. A éstas y a otras —tal vez menos importantes— iniciativas va desde ahora mi interés, mi aportación y mi solidaridad.
6. Con estos pensamientos y con estos problemas entramos, venerados y queridos hermanos, en el asamblea anual de los Pastores de la Iglesia que está en Italia, desde los Alpes hasta Sicilia. Y escuchamos lo que nos dice el Señor, como dijo a los Apóstoles reunidos en el Cenáculo. Recordemos que sus palabras eran de paz: "No se turbe vuestro corazón..." (Jn 14, 1). Habéis oído que os dije: Me voy y después volveré (cf. Jn 14, 2. 3).
Repetirá la misma afirmación antes de la Ascensión: "Yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación del mundo" (Mt 28, 20). Aceptamos estas palabras con gran fe. Cristo está realmente con nosotros y nos llama a la paz y a la fortaleza. El corazón humano puede turbarse de diversos modos: puede turbarse con el temor que paraliza las fuerzas interiores; pero también se puede turbar con ese temor que proviene de la solicitud por el gran bien, por la gran causa, el temor creativo, diría, que se manifiesta como sentido profundo de responsabilidad.
El Concilio Vaticano II, que nos ha propuesto una imagen tan real del mundo contemporáneo, ha llamado simultáneamente a toda la Iglesia a un profundo sentido de responsabilidad por el Evangelio, por la historia de la salvación humana. Sobre cada uno de nosotros gravita esta responsabilidad pastoral por los hermanos, por los compatriotas. Sobre el Sucesor de San Pedro a quien ha dicho Cristo: "confirma a tus hermanos" (Lc 22, 32), esta responsabilidad pesa de modo especial, y yo la asumo con relación a la amadísima "Iglesia que está en Italia", en el vínculo de la unión colegial con vosotros, venerables y queridos hermanos.
Recordemos que la Iglesia es una comunidad del Pueblo de Dios. Nuestra responsabilidad pastoral por la Iglesia se realiza en la medida esencial por el hecho de que hacemos conscientes de su propia responsabilidad a todos los que Dios nos ha confiado y los educamos en esta responsabilidad para la Iglesia. y asumimos esta responsabilidad en comunión con ellos.
El Episcopado italiano tiene esta tarea como la tienen, por lo demás, todos los Episcopados del mundo. Es necesario suscitar la conciencia de la responsabilidad de todo el Pueblo de Dios y compartirla con todos; es necesario hacer a cada uno consciente de los propios derechos y deberes en todos los campos de la vida cristiana individual, familiar, social y civil; es necesario desenterrar, por decirlo así, todos los grandes recursos de energía, que se encuentran en las almas de los cristianos contemporáneos e, indirectamente, en todos los hombres de buena voluntad.
"Confirma" (Lc 22, 32) significa `"refuerza", "vuelve más fuerte": pero significa también esto: ayuda a encontrar de nuevo las fuentes de esta energía, que se hallan en los dos mil años del cristianismo en esta tierra: digo la energía de la que tiene necesidad igualmente todo el mundo contemporáneo. Y este "confirma" se apoya para todos nosotros, venerables y queridos hermanos, en el confide y en el confidite evangélicos (cf. Mt 9, 2; Jn 16, 33).
Es necesario tener confianza en Cristo, es necesario fiarse de Cristo, que ha vencido por medio de la cruz. ¡Debemos tener confianza! Y recemos a su Madre Santísima. para que nos enseñe a tener siempre esta confianza sin límite alguno. Amen.
CONCELEBRACIÓN SOLEMNE CON LOS OBISPOS DE POLONIA
HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
Basílica de San Pedro
Domingo 20 de mayo de 1979
1. La alegría del tiempo pascual sugiere a la Iglesia palabras de viva gratitud en la liturgia de hoy. He aquí: "Se ha manifestado el amor de Dios hacia nosotros" (1 Jn 4, 9); se ha manifestado en esto, "en que Dios envió al mundo a su Hijo unigénito" (1 Jn 4, 9); lo envió "para que nosotros vivamos por El" (1 Jn 4, 9); lo envió "como propiciación por nuestros pecados" (1 Jn 4, 10).
Este sacrificio ofrecido en el Calvario el Viernes Santo fue aceptado. Y he aquí que el Domingo de Pascua nos trajo la certeza de la Vida. El que rompió los sellos del sepulcro, ha manifestado la victoria sobre la muerte, y con esto ha revelado la Vida que tenemos "por El" (1 Jn 4, 9).
Todos los hombres son llamados a esta Vida: "No hay en Dios acepción de personas" (Act 10, 34; cf. Gál 2, 6). Y el Espíritu Santo, como lo atestigua San Pedro en la liturgia de hoy, "descendió sobre todos los que oían la palabra" (Act 10, 44).
La obra de la redención realizada por Cristo no tiene límite alguno en el espacio ni en el tiempo. Abraza a cada uno y a todos. Cristo murió en la cruz por todos y ganó para todos esta Vida divina, cuya potencia se ha manifestado en la Resurrección.
A esta grande y universal alegría pascual de la Iglesia deseo asociar hoy, de modo particular, la alegría de mis compatriotas, la alegría de la Iglesia en Polonia, que manifiesta la presencia de tantos peregrinos de todo el mundo con el ilustre y amadísimo Primado de Polonia, cardenal Stefan Wyszynski, con los arzobispos y metropolitanos de Cracovia y Wroclaw, y con tantos representantes del Episcopado polaco. Celebrando este santísimo Sacrificio queremos expresar a Dios, que es "Amor", nuestra gratitud por el milenio de la fe y de la permanencia en la unión con la Iglesia de Cristo. Por el milenio de la presencia de Polonia, siempre fiel, en este centro espiritual de la catolicidad y de la universalidad, que es la tumba de San Pedro en Roma, como también esta espléndida Basílica, construida sobre ella.
2. El motivo de nuestra especial alegría es, este año, el jubileo de San Estanislao, obispo de Cracovia y mártir. Han pasado, pues, 900 años desde que este obispo sufrió el martirio de manos del rey Boleslao. Se expuso a la muerte llamando al rey y pidiéndole que cambiara de actitud. La espada real no perdonó al obispo; lo alcanzó durante la celebración del santísimo Sacrificio, y de golpe lo privó de su vida. Testigo de este momento ha quedado la preciosísima reliquia del cráneo del obispo, en el que están visibles todavía hoy las señales de los golpes mortales. Esta reliquia, custodiada en un precioso relicario, es llevada cada año, desde hace muchos siglos, de la catedral de Wavel a la iglesia de San Miguel en Skalka (Rupella) en el mes de mayo, cuando se celebran en Polonia las solemnidades de San Estanislao. En esta procesión, a través de los siglos, participan los reyes polacos, los sucesores de ese Boleslao, que causó la muerte al obispo, y que, según la tradición, acabó la vida como penitente convertido.
El himno litúrgico en honor de San Estanislao resonaba como canto solemne de la nación, que acogió al mártir como a propio patrono. He aquí las primeras palabras de este himno: "Gaude mater Polonia / Prole fecunda nobili / Summi Regis magnalia. / Laude frecuenta vígili".
3. Hoy yo, en la historia de la Iglesia, primer Papa de la estirpe de los polacos y de los pueblos eslavos, celebro con gratitud la memoria de San Estanislao, porque hasta hace algunos meses era su sucesor en la sede episcopal de Cracovia. Y junto con mis compatriotas reunidos aquí, expreso la más viva gratitud a todos los que participan en esta solemnidad. Dentro de dos semanas tendré la suerte de ir en peregrinación a Polonia, para dar gracias a Dios por el milenio de la fe y de la Iglesia, que se funda sobre San Estanislao como sobre una piedra angular. Y aunque este acontecimiento es sobre todo el jubileo de la Iglesia en Polonia, lo expresamos también en la dimensión de la Iglesia universal, porque la Iglesia es una gran familia de pueblos y naciones, que, en el momento preciso, han contribuido todos a hacer una comunidad, mediante el propio testimonio y el propio don, y han puesto así de relieve su participación en la unidad universal.
Este don, hace 900 años, fue el sacrificio de San Estanislao.
4. Podemos recordar después de 900 años, el gran misterio de San Estanislao uniéndolo al mismo misterio pascual de Cristo. Así lo ha hecho el Episcopado polaco en su Carta pastoral a todos los . polacos de dentro y fuera de las fronteras de la patria, para prepararlos al jubileo de este año.
Este es el párrafo de la Carta:
«Meditando en la oración sobre este martirio, perdura todavía en nosotros el recuerdo cuaresmal de la pasión de nuestro Salvador Jesucristo. El llamó a sus discípulos a participar en esta pasión: "el que quiera ser mi discípulo, tome su cruz... y sígame". Si a partir de su muerte y resurrección los discípulos del Señor dieron su sangre durante siglos en testimonio de fe y amor, esto se hizo siempre con El y en El. Cristo les atrae hacia su Corazón traspasado y quedan unidos a El. Todo martirio religioso sólo en la muerte de Cristo encuentra su sentido y valor, y llega a ser plenamente comprendido y fructífero. La cruz de la vida y el martirio de San Estanislao en su esencia estaban muy cercanas a la cruz y muerte de Jesucristo en el Calvario. Tenían el mismo significado. Cristo defendía la verdad de su Padre, Dios eterno: defendía la verdad de Sí mismo, Hijo de Dios; defendía también la verdad del hombre, de su vocación y destino, de su dignidad de hijo de Dios. Defendía al hombre que en la verdad vive bajo el poder terreno, pero de modo más incomparable vive bajo la potestad divina. Que el fruto de este santo jubileo sea la fidelidad a la sangre que Cristo derramó en el Calvario para salvar al hombre, para salvar a cada uno de nosotros: la fidelidad a la Madre Dolorosa de Cristo; la fidelidad al martirio y sacrificio de San Estanislao».
¡Con cuánto regocijo leo estas palabras! Pues nos permiten comprender mejor lo que proclama la liturgia de San Estanislao: vivit victor sub glaudio. En efecto, sobre la cabeza del obispo de Cracovia, Estanislao de Szczepanow, en el año 1079, cayó la espada que le quitó la vida; y bajo aquella espada fue vencido el obispo. Boleslao eliminó de su camino a su adversario. El gran drama se cerró en las fronteras limitadas del tiempo. Pero sin embargo, si la fuerza de la espada consiguió terminar el drama en el momento del sacrificio y de la muerte, en el mismo instante la fuerza del Espíritu que es Vida y Amor, comenzó a revelarse y a crecer. Ha irradiado de sus reliquias y alcanzado a los pueblos de las tierras de los Piastas y los ha unido. La fuerza material de la espada puede matar y destruir; en cambio, reavivar y unir de modo estable sólo pueden hacerlo el amor y la fuerza espiritual. El amor se manifiesta en la muerte cuando "alguno da la vida por sus amigos" (Jn 15, 13).
Alegrémonos de poder alabar a Dios hoy por la revelación de su amor en la muerte de San Estanislao, servidor de la Eucaristía y servidor del Pueblo ele Dios en la sede de Cracovia.La Iglesia en Polonia está agradecida a la Sede de Pedro, porque acogió mediante el bautismo, en 996, a la nación en la gran comunidad de la familia de los pueblos.La Iglesia en Polonia está agradecida a la Sede de San Pedro, porque el obispo y mártir San Estanislao de Szczepanow fue elevado a los altares y proclamado Patrono de los polacos. La Iglesia en Polonia, mediante la memoria de su Patrono, confiesa la fuerza del Espíritu Santo, la fuerza del Amor, que es más fuerte que la muerte.
Y con esta confesión desea servir a los hombres de nuestro tiempo. Desea servir a la Iglesia en su misión universal en el mundo contemporáneo. Desea contribuir al robustecimiento de la fe, de la esperanza y de la caridad, no sólo en su pueblo, sino también en las otras naciones y pueblos de Europa y de todo el mundo.Junto a la tumba de San Pedro oremos con la humildad más profunda, para que este testimonio y esta prontitud de servir sean aceptados mediante la Iglesia de Dios que está "en toda la tierra". Oremos con humildad, con amor y con la veneración más profunda, para que los acepte Dios omnipotente, Escudriñador de nuestros corazones y Padre del siglo futuro.
ORDENACIÓN EPISCOPAL DE 26 PRESBÍTEROS
HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
Basílica de San Pedro
Domingo 27 de mayo de 1979
1. "Tú, Señor, que conoces los corazones de todos, muestra a cuáles escoges" (Act 1, 24).
Así oraron los Apóstoles reunidos en el Cenáculo de Jerusalén, cuando por vez primera tuvieron que cubrir el puesto que quedó vacío en su comunidad. En efecto, era necesario que los Doce continuaran dando testimonio del Señor y de su resurrección. Cristo había constituido en su momento a los Doce. Y he aquí que ahora, después de la pérdida de Judas, era necesario afrontar por vez primera el deber de decidir en nombre del Señor quién habría de ocupar el puesto vacante.
Entonces los reunidos oraron precisamente así: "Tú, Señor, que conoces los corazones de todos, muestra a cuál de estos dos escoges, para ocupar el lugar de este ministerio y el apostolado..." (Act 1, 24-25).
Lo que hace tanto tiempo tuvo lugar en la Iglesia primitiva, se repite también hoy. He aquí que han sido elegidos los que deben ocupar los diversos puestos "en el ministerio y en el apostolado". Han sido elegidos después de una ferviente oración de toda la Iglesia y de cada una de las comunidades que tiene necesidad de ellos y a la que servirán.
Así habéis sido escogidos vosotros, queridos hermanos. Hoy os encontráis aquí junto a la tumba de San Pedro para recibir la consagración episcopal. Sin duda también hoy, como durante todo el período precedente de preparación a la ordenación episcopal, cada uno de vosotros repite en esta Basílica: «Señor, Tú conoces los corazones de todos. Tú conoces también mi corazón. Señor, Tú mismo te has complacido en elegirme. Tú mismo dijiste una vez a los Apóstoles, después de haberles llamado: "No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca" » (Jn 15, 16).
2. "Como dista el oriente del occidente..." (Sal 102 [103], 12).
Verdaderamente, venerables y queridos hermanos, habéis venido aquí de diversas partes del mundo, del oriente y del occidente, del sur y del norte. Vuestra presencia manifiesta la alegría pascual de la Iglesia, que ya puede atestiguar en las distintas partes de la tierra "que el Padre envió a su Hijo por salvador del mundo" (1 Jn 4, 14).
A este propósito, en lenguaje bello y sugestivo y a la vez sencillo, me gustaría describir y como reunir a los países, de los que provenís vosotros ordenandos, comenzando por el Oriente más lejano, Filipinas, India, y luego, a través de África (Sudán y Etiopía), pasar por América del Sur (Brasil, Nicaragua y Chile) y del Norte (Estados Unidos y Canadá), y después llegar también a Europa (Italia, Bulgaria, España y Noruega).
El tiempo, por desgracia, no me lo permite. Sin embargo, la presencia entre los ordenandos de un obispo de Bulgaria, me ofrece la ocasión de dirigir un pensamiento particular a esa noble nación, cristiana desde hace tantos siglos. Aprovecho esta alegre circunstancia para enviar un saludo afectuoso a todos mis hermanos y hermanas católicos, de rito latino y bizantino que, aunque su número no sea grande, dan testimonio de la vitalidad de su fe en el amor hacia la patria y en el servicio a las comunidades a las que pertenecen. Un respetuoso saludo además a la venerable Iglesia ortodoxa búlgara y a todos sus hijos.
Entre los ordenandos hay también tres arzobispos, llamados a servir, de modo especial, la misión universal de la Sede Apostólica: el Secretario del Consejo para los Asuntos Públicos de la Iglesia y dos Representantes Pontificios. Su mandato brota, como una exigencia natural y necesaria, de la función específica confiada a Pedro en el seno del Colegio Apostólico y de toda la comunidad eclesial. Su tarea es, pues, ser ministros de la unidad "católica", como "siervos de los siervos de Dios", junto con aquel a quien representan.
3. Dentro de poco, pues, mediante la consagración episcopal, recibiréis una singular participación del sacerdocio de Cristo, la participación más plena. De este modo os convertiréis en pastores del Pueblo de Dios en diversos lugares de la tierra, cada uno con su propia función al servicio de la Iglesia.
Y Cristo mismo, como ha recordado el Concilio Vaticano II, quiso que "los sucesores de los Apóstoles, es decir, los obispos, fueran Pastores en la Iglesia hasta el fin de los siglos" (cf. Lumen gentium, 18). Obedientes a esta voluntad de su Maestro, los Apóstoles "no sólo tuvieron diversos colaboradores en el ministerio, sino que (...) les dieron la orden de que, al morir ellos, otros varones probados se hicieran cargo de su ministerio (...). Así, como atestigua San Ireneo, por medio de aquellos que fueron instituidos por los Apóstoles obispos y sucesores suyos hasta nosotros, se manifiesta y se conserva la tradición apostólica en todo el mundo (ib. 20).
El Concilio ha ilustrado ampliamente la función esencial que los obispos desarrollan en la vida de la Iglesia. Entre los muchos textos que se refieren a este tema, baste citar la síntesis vigorosa contenida en ese pasaje de la Lumen gentium, donde sobre la base del dato de fe, según el cual "en la persona de los obispos (...) está presente en medio de los fieles el Señor Jesucristo" mismo, se deduce con coherencia lógica: Cristo "a través de su servicio eximio, predica la palabra de Dios a todas las gentes y administra continuamente los sacramentos de la fe a los creyentes, y por medio de su oficio paterno (cf. 1 Cor 4, 15) va incorporando nuevos miembros a su Cuerpo con la regeneración sobrenatural; finalmente, por medio de su sabiduría y prudencia, dirige y ordena al Pueblo del Nuevo Testamento en su peregrinar hacia la felicidad eterna" (ib. 21).
A la luz de estas límpidas y ricas afirmaciones conciliares, expreso la alegría viva que me proporciona el conferiros hoy, queridos hermanos, la consagración episcopal y el introduciros de este modo en el Colegio de los Obispos de la Iglesia de Cristo: efectivamente, con este gesto puedo demostrar particular estima y amor a vuestros compatriotas, a vuestras naciones, a las Iglesias locales de las que habéis sido escogidos y para cuyo bien sois constituidos pastores (cf. Heb 5, 1).
Medito junto con vosotros las palabras del Evangelio de hoy: "Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os llamo amigos, porque todo lo que oí de mi Padre os lo he dado a conocer" (Jn 15, 15). Y deseo con todo el corazón congratularme con vosotros por esta amistad. ¿Qué podría haber más grande para vosotros? Y por eso no os deseo más que esto: ¡permaneced en su amistad! Permaneced en El como El permanece en el amor del Padre.
Este amor y esta amistad llenen totalmente vuestra vida y se conviertan en la fuente inspiradora de vuestras obras en el servicio que hoy asumís. Os deseo frutos abundantes y felices en este ministerio vuestro: "que vayáis y deis fruto y vuestro fruto permanezca" (Jn 15, 16), que el Padre os dé todo lo que le pidáis en el nombre de Cristo (cf. Jn 15, 16), su Hijo eterno.
Vuestra misión y vuestro ministerio conduzcan al reforzamiento del amor recíproco, del amor común, de la unión del Pueblo de Dios en la Iglesia de Cristo, porque a través del amor y de la unión se revela el rostro de Dios en toda su luminosa sencillez: Padre, Hijo y Espíritu Santo, Dios que es amor (cf. 1 Jn 4, 16).
¡Y de lo que el mundo, el mundo al que somos enviados, tiene gran necesidad es precisamente del amor!
PEREGRINACIÓN APOSTÓLICA A POLONIA
SANTA MISA PARA LA JUVENTUD UNIVERSITARIA
HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
Varsovia, plaza de la iglesia de Santa Ana
Domingo 3 de junio de 1979
Queridísimos míos:
1. Deseo ardientemente que nuestro encuentro de hoy, marcado por la presencia de la juventud universitaria, esté en consonancia con la grandeza del día y de su liturgia.
La juventud universitaria de Varsovia y la de otras ciudades universitarias de esta región central y metropolitana es la heredera de tradiciones específicas que, a través de las generaciones, se remontan hasta los "escolares" medievales vinculados sobre todo a la Universidad Jagellónica, la más antigua de Polonia. Hoy cada una de las grandes ciudades de Polonia tiene su ateneo. Y Varsovia tiene muchos. Reúnen cientos de millares de estudiantes, que se forman en varias ramas de la ciencia y se preparan para profesiones intelectuales y para tareas particularmente importantes en la vida de la nación.
Deseo saludaros a todos vosotros los reunidos aquí. Deseo, a la vez, saludar en vosotros y por medio de vosotros, a todo el mundo universitario y académico polaco: a todos los institutos superiores, a los profesores, a los investigadores, a los alumnos... Veo en vosotros, en cierto sentido, a mis colegas más jóvenes, porque también yo debo a la universidad polaca las bases de mi formación intelectual. Sistemáticamente estuve vinculado a los bancos de trabajo universitario de la facultad de filosofía y de teología en Cracovia y en Lublín. La pastoral de los universitarios ha sido para mí objeto de predilección particular. Deseo, pues, aprovechando esta ocasión, saludar también a todos los que se dedican a esta pastoral, a los grupos de los consiliarios espirituales de la juventud académica, y a la comisión del Episcopado polaco para la pastoral universitaria.
2. Nos encontramos hoy en la festividad de Pentecostés. Ante los ojos de nuestra fe se abre el Cenáculo de Jerusalén, del que salió la Iglesia y en el que la Iglesia permanece siempre. Allí precisamente nació la Iglesia como comunidad viva del Pueblo de Dios, como comunidad consciente de la propia misión en la historia del hombre.
La Iglesia reza en este día: "¡Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor!" (Liturgia de Pentecostés); palabras tantas veces repetidas. pero que hoy resuenan particularmente fervientes.
¡Llena los corazones! ¡Reflexionad, 1óyenes amigos, cuál sea la medida del corazón humano, si sólo Dios puede llenarlo mediante el Espíritu Santo!
A través de los estudios universitarios se abre ante vosotros el maravilloso mundo de la ciencia humana en sus múltiples ramas. A la vez con esta ciencia del mundo se desarrolla ciertamente también vuestro autoconocimiento. Vosotros os planteáis seguramente ya desde hace mucho tiempo este interrogante: "¿Quién soy?". Esta es la pregunta, diría, más interesante. El interrogante fundamental. ¿Con qué medida medir al hombre? ¿Medirlo con la medida de las fuerzas físicas de que dispone? ¿O medirlo con la medida de los sentidos que le permiten el contacto con el mundo exterior? O bien, ¿medirlo con la medida de la inteligencia que se comprueba a través de diversos tests o exámenes?
La respuesta de hoy, la respuesta de la liturgia de Pentecostés señala dos medidas: es necesario medir al hombre con la medida del "corazón"... El corazón, en el lenguaje bíblico, significa la interioridad espiritual del hombre, significa en particular la conciencia... Es necesario, pues, medir al hombre con la medida de la conciencia, con la medida del espíritu abierto hacia Dios. Sólo el Espíritu Santo puede "llenar" este corazón, esto es, conducirlo a realizarse a través del amor y la sabiduría.
3. Por esto, permitidme que este encuentro con vosotros, hoy, frente al cenáculo de nuestra historia, historia de la Iglesia y de la nación, sea sobre todo una oración para obtener los dones del Espíritu Santo.
Como en un tiempo mi padre me puso en la mano un librito, indicándome la oración para recibir los dones del Espíritu Santo, así hoy yo. a quien vosotros llamáis también "Padre", deseo orar con la juventud universitaria de Varsovia y de Polonia: por el don de sabiduría, de entendimiento, de consejo, de fortaleza, de ciencia, de piedad, es decir, del sentido del valor sagrado de la vida, de la dignidad humana, de la santidad del alma y del cuerpo humano, y, en fin, por el don de temor de Dios, del que dice el Salmista que es el principio de la sabiduría (cf. Sal 111, 10).
Recibid de mí esta oración que mi padre me enseñó y permaneced fieles a ella. Así permaneceréis en el cenáculo de la Iglesia, unidos a la corriente más profunda de su historia.
4. Dependerá muchísimo de la medida que cada uno de vosotros elija para la propia vida y para la propia humanidad. Sabed bien que hay diversas medidas. Sabed que hay muchos criterios para valorar al hombre, calificándole ya durante los estudios, después en el trabajo profesional, en los varios contactos personales, etc.
Tened la valentía de aceptar la medida que nos ha dado Cristo en el Cenáculo de Pentecostés, como también en el cenáculo de nuestra historia. Tened la valentía de mirar vuestra vida en una perspectiva cercana y distante a la vez, aceptando como verdad lo que San Pablo ha escrito en su Carta a los romanos: "Sabemos que la creación entera hasta ahora gime y siente dolores de parto" (Rom 8, 22). ¿Acaso no somos testigos de este dolor? De hecho "la expectación ansiosa de la creación está esperando la manifestación de los hijos de Dios" (Rom 8, 19).
Ella espera no sólo que la universidad y los diversos institutos superiores preparen ingenieros, médicos, juristas, filósofos, historiadores, hombres de letras, matemáticos y técnicos, sino que espera la manifestación de los hijos de Dios. Espera de vosotros esta manifestación, de vosotros que en el futuro seréis médicos, técnicos, juristas, profesores...
Procurad entender que el hombre creado por Dios a su imagen y semejanza, está llamado al mismo tiempo en Cristo, para que se manifieste en él lo que es de Dios; para que en cada uno de nosotros se manifieste en alguna medida Dios mismo.
5. ¡Reflexionad sobre esto! Recorriendo el camino de mi peregrinación a lo largo de Polonia, hacia la tumba de San Wojciech (San Adalberto) en Gniezno, de San Estanislao en Cracovia, en Jasna Góra, por dondequiera, pediré con todo el corazón al Espíritu Santo que os conceda: una sabiduría así, una conciencia así del valor v del sentido de la vida, un futuro así para vosotros, un futuro así para Polonia.
¡Y orad por mí, para que el Espíritu Santo venga en ayuda de nuestra debilidad!
PEREGRINACIÓN APOSTÓLICA A POLONIA
SANTA MISA PARA LAS RELIGIOSAS
HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
Explanada del santuario de Jasna Gora
Martes 5 de junio de 1979
Queridas hermanas:
1. Me alegro cordialmente por este encuentro, que la Providencia Divina nos ha deparado hoy aquí a los pies de la Señora de Jasna Góra. Habéis venido en gran número de toda Polonia para participar en la peregrinación de vuestro connacional que Cristo, en su inescrutable misericordia, ha llamado, como en otro tiempo a Simón de Betsaida, y le ha ordenado dejar la perra natal para asumir la sucesión en la sede de los Obispos de Roma. Ya que ahora se le ha concedido la gracia de volver una vez más a estas regiones, desea hablaros con las mismas palabras con las que, más de una vez, en el pasado os ha hablado como sucesor de San Estanislao en Kraków (Cracovia). Ahora estas palabras adquieren una dimensión distinta, universal.
El tema de la "vocación religiosa" es uno de los más bellos de entre los que nos ha hablado y nos habla constantemente el Evangelio. El tema halla una encarnación peculiar en María, que dijo de Sí misma: "He aquí a la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra" (Lc 1, 38). Pienso que estas palabras han encontrado un eco profundo en la vocación y en la profesión religiosa de cada una de vosotras.
2. Al ofrecérseme hoy la oportunidad de hablaros aquí a vosotras, me vienen a la mente los capítulos espléndidos de la enseñanza de la Iglesia en el último Concilio, como también los documentos —tan numerosos— de los últimos Papas.
Permitid que, sin embargo, basándome en toda esta riqueza de enseñanza de la Iglesia, me refiera a algunas de mis modestas intervenciones. Y lo hago porque en ellas han encontrado eco mis encuentros, tan numerosos en el pasado, con los ambientes religiosos en Polonia. Los llevé conmigo a Roma como los "recursos" de mi experiencia personal. Os será pues más fácil quizá reconoceros a vosotras mismas en estas palabras, que —aunque dirigidas a ambientes nuevos—hablan de alguna manera de vosotras: de las Hermanas polacas y de las familias religiosas polacas.
3. Poco después del comienzo de mi nuevo ministerio tuve la suerte de encontrarme con casi veinte mil religiosas de toda Roma. He aquí un párrafo del discurso, que entonces les dirigí:
Vuestra «vocación es un tesoro peculiar de la Iglesia que no puede cesar de orar para que el Espíritu de Jesucristo suscite vocaciones religiosas en las almas. En efecto, para la comunidad del Pueblo de Dios y para el "mundo", éstas son un signo vivo del "siglo futuro", signo que al mismo tiempo se enraíza (también mediante vuestro hábito religioso) en la vida diaria de la Iglesia y de la sociedad, e impregna sus tejidos más delicados».
Vuestra presencia «debe ser para todos un signo visible del Evangelio. Debe ser asimismo fuente de apostolado especial. Este apostolado es tan vario y rico que hasta me resulta difícil enumerar aquí todas sus formas, sus campos, sus orientaciones. Va unido al carisma específico de cada congregación., a su espíritu apostólico que la Iglesia y la Santa Sede aprueban con alegría, viendo en él la expresión de la vitalidad del mismo Cuerpo místico de Cristo. Generalmente dicho apostolado es discreto, escondido, cercano al ser humano; y por ello encuadra más al alma femenina. sensible al prójimo y. por lo mismo, llamada a la misión de hermana y madre».
«Es precisamente ésta la vocación que se encuentra en el "corazón" mismo de vuestro ser de religiosas. Como Obispo de Roma os pido: sed madres y hermanas espiritualmente de todos los hombres de cada Iglesia que Jesús ha querido confiarme por gracia inefable suya y por su misericordia» (L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española. 19 de noviembre de 1978, pág. 9).
4. El día 24 de noviembre pasado se me ofreció la ocasión de encontrar el numeroso grupo de los superiores generales, reunidos en Roma bajo la guía del cardenal Prefecto de la Sagrada Congregación para los Religiosos e Institutos Seculares. Séame permitido citar algunas frases del discurso pronunciado en esa ocasión.
«La vocación religiosa... pertenece a la plenitud espiritual que el mismo Espíritu —Espíritu de Cristo— suscita y forja en el Pueblo de Dios. Sin las Ordenes religiosas, sin la "vida consagrada", por medio de los votos de castidad, pobreza y obediencia, la Iglesia no sería en plenitud ella misma... Vuestras casas deben ser sobre todo centros de oración, de recogimiento, de diálogo —personal y comunitario— con el que es y debe ser el primer y principal interlocutor en la laboriosa sucesión de vuestras jornadas. Si sabéis alimentar este "clima" de intensa y amorosa comunión con Dios, os será posible llevar adelante. sin tensiones traumáticas o peligrosas dispersiones, la renovación de la vida y de la disciplina a que os ha comprometido el Concilio Ecuménico Vaticano II» (L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 3 de diciembre de 1978, págs. 9-10).
5. Finalmente México. El encuentro que tuvo lugar en la capital de aquel país ha quedado profundamente grabado en mi memoria y en mi corazón. No podía ser de otro modo, ya que las religiosas crean siempre en estos encuentros un clima especialmente cordial y con alegría aceptan las palabras dirigidas a ellas. He aquí pues algunas ideas también de este encuentro mexicano:
«Es la vuestra una vocación que merece la máxima estima por parte del Papa y de la Iglesia, ayer como hoy. Por eso os quiero expresar mi gozosa confianza en vosotras y alentares a no desmayar en el camino emprendido, que vale la pena proseguir con renovado espíritu y entusiasmo... ¡Cuánto podéis hacer hoy por la Iglesia y por la humanidad! Ellas esperan vuestra generosa entrega, la dedicación de vuestro corazón libre, que alargue insospechadamente sus potencialidades de amor en un mundo que está perdiendo la capacidad de altruismo, de amor sacrificado y desinteresado. Recordad. en efecto, que sois místicas esposas de Cristo y de Cristo crucificado" (L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 11 de febrero de 1979, pág. 5).
6. Y ahora permitid que mis recuerdos junto con los vuestros se dirijan una vez más en este lugar a la Señora de Jasna Góra que es fuente de viva inspiración para cada trua de vosotras. Cada una de vosotras. escuchando las palabras pronunciadas en Nazaret. repita con María: "He aquí a la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra" (Lc 1, 38). En estas palabras está contenido en cierto modo el prototipo de toda profesión religiosa, por medio de la cual cada una de vosotras abraza, con todo su ser, el misterio de la gracia transmitida en la vocación religiosa. Cada una de vosotras, como María, escoge a Jesús, el Divino Esposo. Y realizando los votos de pobreza. de castidad y de obediencia desea vivir para El, para su amor. Por medio de estos votos cada una de vosotras desea dar testimonio de la vida eterna que Cristo nos ha traído con su cruz y resurrección.
Inestimable es, queridas hermanas, este signo vivo que constituye cada una de vosotras en medio de los hombres. Y abrazando con fe. esperanza y caridad al Divino Esposo, lo abrazaréis en las numerosas personas a las que servís: en los enfermos, ancianos, lisiados, minusválidos, de los cuales nadie, fuera de vosotras, es capaz de ocuparse, ya que para esto es necesario un sacrificio verdaderamente heroico. ¿Y dónde, además, encontraréis al mismo Cristo? En los niños, en los jóvenes del catecismo, en la pastoral junto a los sacerdotes. Lo encontraréis en el servicio más humilde, así como en tos trabajos que exigen a veces una preparación y una cultura profunda. Lo encontraréis en todas partes, como la Esposa del Cantar de los Cantares: "...hallé al amado de mi alma" (Cant 3, 4).
Que Polonia se beneficie siempre de vuestro testimonio evangélico. Que no falten los corazones generosos que lleven el amor evangélico al prójimo. Y vosotras alegraos siempre con el tesoro de vuestra vocación, incluso cuando tengáis que probar sufrimientos interiores o externos o la oscuridad.
El Papa Juan Pablo II desea pedir todo esto junto con vosotros durante este Santísimo Sacrificio.
PEREGRINACIÓN APOSTÓLICA A POLONIA
SANTA MISA DE CLAUSURA DEL SÍNODO ARCHIDIOCESANODECRACOVIA
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Catedral de Cracovia
Viernes 8 de junio de 1979
Amadísimos metropolitanos de Kraków (Cracovia),
venerables obispos,
queridísimos hermanos y hermanas:
1. Se realiza hoy un ardiente deseo de mi corazón. El Señor Jesús, que me llamó estando yo en esta sede de San Estanislao, en vísperas de su IX centenario, me permite participar en la clausura del Sínodo de la archidiócesis de Kraków, Sínodo que siempre estuvo ligado, en mi mente, a este gran jubileo de nuestra Iglesia. Todos vosotros lo sabéis muy bien, porque he hablado varias veces de este tema y, por tanto, no es necesario que lo repita hoy. Quizá ni siquiera sería capaz de decir todo lo que, en relación con este Sínodo, ha pasado por mi mente y por mi corazón; las muchas esperanzas y proyectos que he tenido en torno a él durante este período decisivo de la historia de la Iglesia y de la patria.
El Sínodo había sido unido, por mí y por todos vosotros, a la conmemoración del IX centenario del ministerio de San Estanislao, que durante siete años fue obispo de Kraków. El programa de trabajo preveía así un período que iba desde el 8 de mayo de 1972 al 8 de mayo de 1979. Hemos deseado honrar, durante todo este tiempo, al obispo y pastor (de hace ahora nueve siglos) de la Iglesia de Kraków, tratando de expresar —de acuerdo con nuestro tiempo y sus necesidades— nuestra solicitud por la obra salvadora de Cristo en las almas de los contemporáneos.
Como San Estanislao de Sczcepanów lo hacía hace nueve siglos, así también lo hemos querido hacer nosotros nueve siglos después. Estoy convencido de que este modo de honrar la memoria del gran Patrono de Polonia es el más adecuado. Corresponde tanto a la misión histórica de San Estanislao, cuanto a las grandes obligaciones ante las cuales se encuentran hoy la Iglesia y el cristianismo contemporáneo después del Concilio Vaticano II. El iniciador del Concilio, el Siervo de Dios Juan XXIII, especificó esa tarea con la palabra aggiornamento (puesta al día). La finalidad del trabajo de siete años del Sínodo de Kraków —en respuesta a los esenciales intentos del Vaticano II— debía ser el "aggiornamento" de la Iglesia de Kraków, la renovación de la conciencia de su misión salvadora, como también el programa preciso para su realización.
2. El camino que ha conducido a esta meta había sido trazado por la tradición de los Sínodos particulares de la Iglesia; baste recordar los dos Sínodos precedentes en tiempos del ministerio del cardenal Adam Stefan Sapieha. Las normas para llevar a cabo los trabajos sinodales estaban trazadas por el código de derecho canónico. Sin embargo, hemos considerado que la doctrina del Concilio Vaticano II abre en este campo nuevas perspectivas y crea, me atrevería a decir, nuevas obligaciones. Si el Sínodo debía servir para la realización de la doctrina del Vaticano II, debía hacerlo ante todo con la misma concepción y el mismo sistema de trabajo.
Esto explica todo el proyecto del Sínodo pastoral y su consiguiente actuación. Puede decirse que, para la elaboración de las resoluciones y documentos, hemos recorrido un camino más largo, pero también más completo. Ese camino pasaba a través de la actividad de centenares de grupos de estudio sinodales, en los que pudo intervenir un amplio número de fieles de la Iglesia de Kraków. Estos grupos, como se sabe, estaban formados en su mayor parte por católicos laicos, los cuales encontraron así, por una parte, la posibilidad de penetrar en la doctrina del Concilio y, por otra, de expresar, a tal respecto, sus propias experiencias y propuestas, que manifestaban su amor hacia la Iglesia, su sentido de responsabilidad por el conjunto de la vida en la archidiócesis de Kraków.
Durante la etapa de preparación de los documentos finales del Sínodo, los grupos de estudio llegaron a ser centro de amplias consultas; a ellos en efecto se dirigía la comisión general, que coordinaba la actividad de todas las comisiones de expertos que habían sido convocadas desde el comienzo. De ese modo, maduraba el contenido que el Sínodo, enlazando con la doctrina del Concilio, quería trasladar a la vida de la Iglesia en Kraków. Deseaba formar, conforme a tal contenido, el futuro de su Iglesia.
3. Hoy, todo este trabajo, este recorrido de siete años, queda ya atrás. Jamás habría yo pensado que iba a participar, como huésped venido de Roma, a la clausura de las tareas del Sínodo de Kraków. Pero si ha sido ésa la voluntad de Cristo, permítaseme, en este momento, asumir una vez más el papel de aquel metropolitano de Kraków que, a través del Sínodo, había deseado cumplir la gran deuda contraída con el Concilio, con la Iglesia universal, con el Espíritu Santo. Permítaseme también en esta función —como he dicho— dar las gracias a todos cuantos han construido este Sínodo, año tras año, mes tras mes, con su trabajo, con su consejo, con su creativa aportación, con su celo.
Mi agradecimiento se dirige, en cierto modo, a toda la comunidad del Pueblo de Dios de la archidiócesis de Kraków, a los eclesiásticos y a los laicos: a los sacerdotes, a los religiosos y a las religiosas. Especialmente a todos los presentes: a los obispos, con mi venerado sucesor el metropolitano de Kraków, a la cabeza; en modo especial, al obispo Stanislaw Smolenski, que ha dirigido, como presidente de la comisión general, los trabajos del Sínodo. A todos los miembros de esta comisión y una vez más a la comisión preparatoria que, bajo la dirección del profesor mons. E. Florkowski, preparó, en 1971 y 1972, el estatuto. reglamento y programa del Sínodo. A las comisiones de trabajo, a las comisiones de expertos, al incansable secretario, a los grupos de redacción y, en fin, a todos los grupos de estudio.
Quizá hubiera debido, en esta circunstancia, hablar de otro modo, pero no me es posible. He estado ligado demasiado personalmente a este trabajo.
Deseo, por tanto, en nombre de todos vosotros. depositar esta obra terminada, sobre el sarcófago de San Estanislao, en el centro de la catedral de Wawel; no en balde fue comenzada en vista de su jubileo.
Y junto a todos vosotros pido a la Santísima Trinidad que dicha obra produzca frutos centuplicados. Amén.
SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI EN EL VATICANO
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
DURANTE LA MISA PARA LOS NIÑOS DE PRIMERA COMUNIÓN
Basílica de San Pedro
Jueves 14 de junio de 1979
Queridísimos niños y niñas:
¡Grande es mi alegría al versos aquí tan numerosos y tan llenos de fervor para celebrar con el Papa la solemnidad litúrgica del Cuerpo y de la Sangre de Señor!
Os saludo a todos y a cada uno en particular con la ternura más profunda, y os agradezco de corazón que hayáis venido a renovar vuestra comunión con el Papa y por el Papa, y asimismo agradezco a vuestros párrocos, siempre dinámicos y celosos, y a vuestros padres y familiares que os han preparado acompañado.
¡Todavía tengo ante los ojos el espectáculo impresionante de las multitudes inmensas que he encontrado durante ni viaje a Polonia; y he aquí ahora el espectáculo de los niños de Roma, he aquí vuestra maravillosa inocencia, vuestros ojos centelleantes, vuestras inquietas sonrisas!
Vosotros sois los predilectos de Jesús: "Dejad que los niños vengan mí —decía el divino Maestro— y no se lo prohibáis" (Lc 18, 16).
¡Vosotros sois también mis predilectos
Queridos niños y niñas: Os habéis preparado para la primera comunión con mucho interés y mucha diligencia, y vuestro primer encuentro con Jesús ha sido un momento de intensa emoción y de profunda felicidad. ¡Recordad siempre este día bendito de la primera comunión ¡Recordad siempre vuestro fervor y vuestra alegría purísima!
Ahora habéis venido aquí para renovar vuestro encuentro con Jesús. ¡No podíais hacerme un regalo más bello y precioso!
Muchos niños habían manifestado el deseo de recibir la primera comunión de manos del Papa. Ciertamente habría sido para mí un gran consuelo pastoral dar a Jesús por vez primera a los niños y niñas de Roma. Pero esto no es posible, y, además, es mejor que cada niño reciba su primera comunión en la propia parroquia, del propio párroco. ¡Pero al mero; me es posible dar hoy la sagrada comunión a una representación vuestra, teniendo presente en mi amor a todos los demás, en este amplio y magnífico cenáculo! ¡Y ésta es una alegría inmensa para mí y para vosotros, que no la olvidaremos jamás! Al mismo tiempo quiero dejaros algunos pensamientos que os puedan servir para mantener siempre límpida vuestra fe, fervoroso vuestro amor a Jesús Eucaristía, inocente vuestra vida.
1. Jesús está presente con nosotros.
He aquí el primer pensamiento.
Jesús ha resucitado y subido al cielo; pero ha querido permanecer con nosotros y para nosotros, en todos los lugares de la tierra. ¡La Eucaristía es verdaderamente una invención divina!
Antes de morir en la cruz, ofreciendo su vida al Padre en sacrificio de adoración y de amor, Jesús instituyó la Eucaristía, transformando el pan y el vino en su misma Persona y dando a los Apóstoles y a sus sucesores, los obispos y los sacerdotes, el poder de hacerlo presente en la Santa Misa.
¡Jesús, pues, ha querido permanecer con nosotros para siempre! Jesús ha querido unirse íntimamente a nosotros en la santa comunión, para demostrarnos su amor directa y personalmente. Cada uno puede decir: "¡Jesús me ama! ¡Yo amo a Jesús!".
Santa Teresa del Niño Jesús, recordando el día de su primera comunión, escribía: «¡Oh, qué dulce fue el primer beso que Jesús dio a mi alma!... Fue un beso de amor, yo me sentía amada y decía a mi vez: Os amo, me entrego a Vos para siempre... Teresa había desaparecido como la gota de agua que se pierde en el seno del océano. Quedaba sólo Jesús: el Maestro, el Rey» (Teresa de Lisieux, Storia di un'anima; edic. Queriniana, 1974, Man. A, cap. IV, pág. 75).
Y se puso a llorar de alegría y consuelo, entre el estupor de las compañeras.
Jesús está presente en la Eucaristía para ser encontrado, amado, recibido, consolado. Dondequiera esté el sacerdote, allí está presente Jesús, porque la misión y la grandeza del sacerdote es precisamente la celebración de la Santa Misa.
Jesús está presente en las grandes ciudades y en las pequeñas aldeas, en las iglesias de montaña y en las lejanas cabañas de África y de Asia, en los hospitales y en las cárceles, ¡incluso en los campos de concentración estaba presente Jesús en la Eucaristía!
Queridos niños: ¡Recibid frecuentemente a Jesús! ¡Permaneced en El: dejaos transformar por El!
2. Jesús es vuestro mayor amigo.
He aquí el segundo pensamiento.
¡No lo olvidéis jamás! Jesús quiere ser nuestro amigo más íntimo, nuestro compañero de camino.
Ciertamente tenéis muchos amigos; pero no podéis estar siempre con ellos, y ellos no pueden ayudaros siempre, escucharos, consolaros.
En cambio, Jesús es el amigo que nunca os abandona; Jesús os conoce uno por uno, personalmente; sabe vuestro nombre, os sigue, os acompaña, camina con vosotros cada día; participa de vuestras alegrías y os consuela en los momentos de dolor y de tristeza. Jesús es el amigo del que no se puede prescindir ya más cuando se le ha encontrado y se ha comprendido que nos ama y quiere nuestro amor.
Con El podéis hablar, hacerle confidencias; podéis dirigiros a El con afecto y confianza. ¡Jesús murió incluso en una cruz por nuestro amor! Haced un pacto de amistad con Jesús y no lo rompáis jamás! En todas las situaciones de vuestra vida, dirigíos al Amigo divino, presente en nosotros con su "Gracia", presente con nosotros y en nosotros en la Eucaristía.
Y sed también los mensajeros y testigos gozosos del Amigo Jesús en vuestras familias, entre vuestros compañeros, en los lugares de vuestros juegos y de vuestras vacaciones, en esta sociedad moderna, muchas veces tan triste e insatisfecha.
3. Jesús os espera.
He aquí el último pensamiento.
La vida, larga o breve, es un viaje hacia el paraíso: ¡Allí está nuestra patria, allí está nuestra verdadera casa; allí está nuestra cita!
¡Jesús nos espera en el paraíso! No olvidéis nunca esta verdad suprema y confortadora. ¿Y qué es la santa comunión sino un paraíso anticipado? Efectivamente, en la Eucaristía está el mismo Jesús que nos espera y a quien encontraremos un día abiertamente en el cielo.
¡Recibid frecuentemente a Jesús para no olvidar nunca el paraíso, para estar siempre en marcha hacia la casa del Padre celestial, para gustar ya un poco el paraíso!
Esto lo había entendido Domingo Savio que, a los 7 años, tuvo permiso para recibir la primera comunión, y ese día escribió sus propósitos: «Primero: me confesaré muy frecuentemente y haré la comunión todas las veces que me dé permiso el confesor. Segundo: quiero santificar los días festivos. Tercero: mis amigos serán Jesús y María. Cuarto: la muerte, pero no el pecado».
Esto que el pequeño Domingo escribía hace tantos años, 1849, vale todavía ahora y valdrá para siempre.
Queridísimos, termino diciéndoos, niños y niñas, ¡manteneos dignos de Jesús a quien recibís! ¡Sed inocentes y generosos! ¡Comprometeos para hacer hermosa la vida a todos con la obediencia, con la amabilidad, con la buena educación! ¡El secreto de la alegría es la bondad!
Y a vosotros, padres y familiares, os digo con preocupación y confianza: ¡Amad a vuestros niños, respetadlos, edificadlos! ¡Sed dignos de su inocencia y del misterio encerrado en su alma, creada directamente por Dios! ¡Ellos tienen necesidad de amor, delicadeza, buen ejemplo, madurez! ¡No los desatendáis! ¡No los traicionéis!
Os confío a todos a María Santísima, nuestra Madre del cielo, la Estrella en el mar de nuestra vida: ¡Rezadle cada día vosotros, niños! Dad a María Santísima vuestra mano para que os lleve a recibir santamente a Jesús. Y dirijamos también un pensamiento de afecto y solidaridad a todos los muchachos que sufren, a todos los niños que no pueden recibir a Jesús, porque no lo conocen, a todos los padres que se han visto dolorosamente privados de sus hijos, o están desilusionados y amargados en sus expectativas.
¡En vuestro encuentro con Jesús rezad por todos, encomendad a todos, pedid gracias y ayudas para todos!
¡Y rezad también por mí. vosotros que sois mis predilectos!
CONCELEBRACIÓN EUCARÍSTICA CON LOS OBISPOS DE EUROPA
EN LA CAPILLA SIXTINA
HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
Miércoles 20 de junio de 1979
Queridos hermanos:
1. Expreso mi cordial y sincera alegría por nuestro encuentro. Alegría sobre todo porque el encuentro se desarrolla en el marco del simposio sobre el tema: "Los jóvenes y la fe".
Recuerdo el simposio precedente, de 1975, en el que tuve la suerte de participar activamente como uno de los relatores. Al mismo tiempo deseo expresar mi alegría por encontrarme hoy con vosotros, concelebrando la Santa Eucaristía. Espero que en esta comunión, en la que se expresa del modo más pleno y profundo nuestra unidad sacerdotal y episcopal, nos dará mayor luz y fuerza de Espíritu Santo Cristo-Príncipe de los Pastores, quien come único y Eterno Sacerdote es también, fuente única y fundamento de esta unidad que manifestamos y vivimos en la concelebración eucarística.
Tenemos mucha necesidad de esta luz y fuerza del Espíritu de Cristo para todas las tareas que se derivan de nuestra misión —por ejemplo, en el ámbito del tema de vuestro simposio: La juventud,— pero no exclusivamente; el conjunto de esas tareas, toda nuestra misión, exigen cierta gracia particular, para que sepamos con exacta y plena correspondencia descubrir los signos de los tiempos, que constituyen el "kairós" salvífico de los europeos y del continente que representamos y al que "somos enviados" como sucesores de los Apóstoles, de los heraldos del Evangelio, de quienes arranca la historia de Europa después de Cristo.
2. Vuestro encuentro —y por lo tanto también nuestra concelebración eucarística de hoy— hunde las raíces en ese pensamiento feliz del Vaticano II que recuerda a los obispos de toda la Iglesia el carácter colegial del ministerio que ejercen. Cabalmente, de este pensamiento, expresado con la mayor precisión doctrinal en la Constitución dogmática Lumen gentium, trae origen una serie de instituciones e iniciativas pastorales, que ya hoy testifican la nueva vitalidad de la Iglesia y constituirán ciertamente en el futuro el fundamento de la renovación ulterior de su misión salvífica, en la diversidad de las dimensiones y de los campos de acción.
Al decir esto, tengo todavía ante los ojos la maravillosa asamblea de los obispos de la Iglesia de América Latina, que tuve la suerte de inaugurar el 28 de enero de este año en Puebla, México. Dicha asamblea era fruto de una colaboración sistemática de todas las Conferencias Episcopales de ese inmenso continente, donde actualmente vive casi la mitad de los católicos de todo el mundo. Se trata de Episcopados de diversa importancia numérica, algunos muy numerosos, como sobre todo Brasil, que cuenta él solo con más de 300 obispos. La colaboración metódica de todas las Conferencias Episcopales de América Latina tiene su apoyo en el Consejo comúnmente conocido con el nombre de CELAM, que permite a dichas Conferencias revisar juntamente las tareas que se presentan a los Pastores de la Iglesia en aquel gran continente, tan importante para el futuro del mundo. Ya el mismo título de la Conferencia celebrada en Puebla, del 27 de enero al 13 de febrero de 1979, lo atestigua de manera patente. El título era: La evangelización en el presente y en el futuro de América Latina. Es, pues, fácil comprender por el título cuán útil haya sido en Puebla el tema providencial de la reunión ordinaria del Sínodo de los Obispos de 1974: la evangelización.
3. En relación a este tema fundamental, cada uno de los obispos del mundo, como Pastor de su Iglesia particular, de su diócesis, podía y debía considerar a su Iglesia desde el punto de vista de su contemporaneidad. Y puesto que la evangelización expresa la misión de la Iglesia, esta mirada debe dirigirse al pasado y abrir perspectivas de futuro: ayer, hoy y mañana. Y no sólo cada uno de los obispos en su diócesis, sino también las distintas comunidades de obispos y sobre todo las Conferencias Episcopales nacionales pueden y deben convertir ese "tema clave" del Sínodo de 1974 en objeto de reflexión con respecto a la sociedad hacia la que tienen responsabilidad pastoral para la obra de evangelización. El tema propuesto por Pablo VI al Sínodo, ahora hace cinco años, posee posibilidades multiformes de aplicación en diversos ámbitos.
Al mismo tiempo, este tema induce a reflexionar, de modo fundamental, si se trata de cumplir el Concilio mismo y de poner en práctica su doctrina. La realización fundamental del Vaticano II no es otra sino una nueva conciencia de la misión divina transmitida a la Iglesia "entre todas las gentes" y "hasta el final del mundo". La realización fundamental del Vaticano II no es sino el nuevo sentido de responsabilidad por el Evangelio, por la palabra, por el sacramento, por la obra de la salvación, que todo el Pueblo de Dios debe asumir en la medida que le corresponde. Deber de los obispos es dirigir este gran proceso. En esto está su dignidad y responsabilidad pastoral.
4. Es de gran trascendencia y de importancia fundamental reflexionar sobre el problema de la evangelización con relación al continente europeo. Lo estimo un tema complejo, extremadamente complejo. Por lo demás, como también en cualquier otro contexto, es necesario hacer surgir del análisis de la situación presente la visión del futuro, en cuanto que esta situación es la consecuencia del pasado, tan antiguo como la Iglesia misma y todo el cristianismo. En el análisis deberemos llegar a cada uno de los países, a cada una de las naciones de nuestro continente, pero incluir también cada una de sus situaciones, teniendo ante los ojos las grandes corrientes de la historia que —especialmente en el segundo milenio— han dividido a la Iglesia y al cristianismo en el continente europeo.
Pienso que actualmente, en tiempo de ecumenismo, es la hora de mirar estas cuestiones a la luz de los criterios elaborados por el Concilio: mirarlas en espíritu de colaboración fraterna con los representantes de las Iglesias y Comunidades con las que no tenemos plena unidad; y, al mismo tiempo, es necesario mirar con espíritu de responsabilidad por el Evangelio. Y esto no sólo en nuestro continente, sino también fuera de él. Europa es, incluso ahora, la cuna del pensamiento creativo, de las iniciativas pastorales, de las estructuras organizativas, cuyo influjo sobrepasa sus fronteras. A la vez, Europa, con su grandioso pasado misionero, se interroga a sí misma en los diversos puntos de su actual "geografía eclesial", y se pregunta si no se está convirtiendo en un continente de misión.
5. Para Europa existe el problema que en la Evangelii nuntiandi se ha definido como "autoevangelización". La Iglesia debe evangelizarse siempre a sí misma. La Europa católica y cristiana tiene necesidad de esta evangelización. Debe evangelizarse a sí misma. Quizá en ningún otro lugar como en nuestro continente se delinean con tanta limpidez las corrientes de la negación de la religión, las corrientes de la "muerte de Dios", de la secularización programada, del ateísmo militante organizado. El Sínodo de 1974 nos ha proporcionado no poco material al respecto.
Es posible examinar todo esto según criterios histórico-sociales. Pero el Concilio nos ha indicado otro criterio: el criterio de los "signos de los tiempos", y esto es un desafío especial de la Providencia, de Aquel que es el "dueño de la mies" (Lc 10, 2).
El próximo año celebraremos el 1500 aniversario del nacimiento de San Benito, a quien Pablo VI proclamó Patrono de Europa. Quizá podría ser éste el momento oportuno para esta reflexión profunda sobre el problema de "ayer y hoy" de la evangelización de nuestro continente, o más bien para la reflexión sobre este desafío de la Providencia que, en su conjunto histórico, rico y variado, constituye el "hoy" cristiano de Europa respecto a su responsabilidad por el Evangelio; y también en la perspectiva del futuro.
Nuestra misión se dirige al futuro siempre y en todas partes. Ya sea hacia el futuro del que tenemos certeza por la fe: el futuro escatológico; ya sea hacia el futuro del que podemos estar humanamente inciertos. Pensemos en los primeros que vinieron al continente europeo como heraldos de la Buena Nueva, como Pedro y Pablo. Pensemos en los que, a lo largo de la historia de Europa, han allanado los caminos hacia pueblos nuevos, como Agustín o Bonifacio, o los hermanos de Tesalónica: Cirilo y Metodio. Tampoco ellos tenían certeza del futuro humano de su misión e incluso de su propia suerte. La fe y la esperanza fueron más poderosas que esta incertidumbre humana. Fue más poderoso el amor de Cristo que los "apremiaba" (cf. 2 Cor 5, 14). En esta fe, esperanza y caridad se manifestó el Espíritu operante. Es necesario que también nosotros nos convirtamos en instrumentos dóciles y eficaces de su acción en nuestra época.
6. El tema de vuestro simposio es: "Los jóvenes y la fe".
Está bien este tema. Pienso que está incluido orgánica y profundamente en el gran tema de reflexión de toda la Iglesia postconciliar, que a la larga no podía alejarse de nuestra atención, el tema de la evangelización. Si pensamos en la evangelización en función del futuro, es necesario dirigir nuestra atención a los jóvenes: debemos conectar con la mentalidad, con el corazón y la manera de ser de los jóvenes. Este es el problema fundamental, a través del cual llegamos al problema global.
El intercambio de vuestras experiencias y sugerencias debe ser amplio, no puede permanecer "aislado". Toda práctica de colegialidad sirve a la causa de la universalidad de la Iglesia. También vosotros, queridos hermanos, a través de esta práctica de la colaboración colegial que caracteriza a vuestro simposio, debéis, por así decirlo, "ampliar los espacios del amor" (San Agustín, de Ep. Joan. ad Parthos, X, 5; PL 35, 2060). Esta ampliación no aleja nunca de la responsabilidad confiada directamente a cada uno de nosotros, más bien la hace más viva. Es necesario que los obispos y las Conferencias Episcopales de cada país y nación de Europa vivan los intereses de todos los países y naciones de nuestro continente. Y los obispos que están ausentes, han de estar —diría— presentes aún con mayor intensidad. Es necesario elaborar métodos especiales, eficaces, para "hacer presentes con intensidad" a los que están "ausentes". Su ausencia no puede ser pasada por alto, o ser justificada con tópicos.
Recordad que como, a través de sus representantes, todas las Conferencias Episcopales de Europa toman parte en este simposio, así también están en torno a este altar, en la comunión eucarística de amor, sacrificio y oración, todos los Episcopados, todos los obispos. Y en cierto modo están más presentes los que faltan, los que no han podido asistir.
A través de todos, la Iglesia, como Pueblo de Dios de todo nuestro continente "elabora", en unión con Cristo-Príncipe de los Pastores, con Cristo-Eterno Sacerdote. su futuro cristiano. Amén.
ORDENACIONES SACERDOTALES EN LA BASÍLICA DE SAN PEDRO
HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
Domingo 24 de junio de 1979
1. "Et tu puer propheta Altissimi vocaberis: Y tú, niño, serás llamado profeta del Altísimo" (Lc 1, 76).
Estas palabras hablan del Santo de hoy. Con estas palabras el sacerdote Zacarías saludó al propio hijo, después de haber recobrado la capacidad de hablar. Con estas palabras saludó al hijo a quien puso el nombre de Juan por deseo propio y con sorpresa de toda la familia. Hoy la Iglesia nos recuerda estos acontecimientos al celebrar la solemnidad del nacimiento de San Juan Bautista.
También se le podría denominar el día de la llamada de Juan, hijo de Zacarías y de Isabel de Ain-Karim, para ser el último profeta de la Antigua Alianza; para ser el mensajero y el precursor inmediato del Mesías: Jesucristo.
He aquí que el que viene al mundo en circunstancias tan insólitas, trae ya consigo la llamada divina. Esta llamada proviene del designio de Dios mismo, de su amor salvífico, y está inscrita en la historia del hombre desde el primer momento de la concepción en el seno materno. Todas las circunstancias de esta concepción, como después las del nacimiento de Juan en Ain-Karim, indican una llamada insólita.
"Praebis ante faciem Domini parare vias eius: Irás delante del Señor para preparar sus caminos" (Lc 1, 76).
Sabemos que Juan Bautista respondió a esta llamada con toda su vida. Sabemos que permaneció fiel a ella hasta el último aliento. Y este aliento lo consumó en la cárcel por orden de Herodes, secundando el deseo de Salomé que actuaba bajo la instigación de su vengativa madre Herodías.
Pero la liturgia hoy no menciona esto, reservando otro día para ello. La liturgia hoy nos manda alegrarnos por el nacimiento del precursor del Señor. Nos manda dar gracias a Dios por la llamada de Juan Bautista.
2. Cuando en este día, mis queridos diáconos y candidatos al presbiterado, os presentáis en la basílica de San Pedro en Roma, deseamos alegrarnos también todos nosotros por vuestra llamada a una participación ulterior del sacerdocio de Cristo.
En el corazón de cada uno de vosotros ha inscrito Dios el misterio de esta llamada. Podemos repetir con el Profeta: "Con amor eterno te amé, por eso te he mantenido con favor" (Jer 31, 3).
En un cierto momento de la vida os habéis dado cuenta de esta llamada divina. Y habéis comenzado a prepararos, habéis comenzado a caminar hacia su realización. El camino hacia el sacramento del orden, que recibís hoy de mis manos, pasa a través de una serie de etapas y de ambientes, de los que forman parte la casa familiar, los años de la escuela elemental y media, como también los estudios superiores, el ambiente de los amigos, la vida parroquial. Pero ante todo en este camino se encuentra el seminario eclesiástico, al que va cada uno de nosotros para encontrar una respuesta definitiva a la pregunta referente a su llamada al sacerdocio. Allí va cada uno de nosotros a fin de que, encontrando de manera cada vez más madura esta respuesta, pueda prepararse, al mismo tiempo, para el sacramento del orden de modo profundo y sistemático.
Hoy contáis ya con todas estas experiencias. No preguntáis más como el joven del Evangelio: "Maestro bueno, ¿qué he de hacer?" (Mc 10, 17). El Maestro ya os ha ayudado a encontrar la respuesta. Vosotros os presentáis para que la Iglesia pueda imprimir sobre esta respuesta su sello sacramental.
3. Este sello se imprime mediante toda la liturgia del sacramento del orden. Lo imprime el obispo, que actúa con la fuerza del Espíritu Santo, y en comunión con su presbiterio.
La fuerza del Espíritu Santo se muestra y se transmite por la imposición de las manos, acompañada primero del silencio y luego de la oración. Como signo de la transmisión de esta fuerza a vuestras jóvenes manos, serán ungidas con el santo crisma para que sean dignas de celebrar la Eucaristía. Las manos humanas no pueden celebrar de otro modo sino con la fuerza del Espíritu Santo.
Celebrar la Eucaristía quiere decir congregar al Pueblo de Dios y construir la Iglesia en su más plena identidad.
El momento que vivimos aquí juntos es de gran importancia, tanto para cada uno de vosotros, como para toda la Iglesia.
La Iglesia ha orado por cada uno de estos llamados, que reciben hoy el carácter sacramental del presbiterado. La Iglesia desea que cada una de vosotros la construya con el propio sacerdocio, con el propio servicio, que —por la fuerza obtenida de Cristo— "recoge, no desparrama" (cf. Mt 12, 30).
4. La Iglesia también hoy ora. Oran vuestros padres, las familias, los ambientes con los que ha estado vinculada vuestra vida hasta el momento, vuestros seminarios, vuestras diócesis, vuestras congregaciones religiosas.
Roguemos al Señor de la mies, que ha llamado a cada uno da vosotros como operario para su mies, a fin de que perseveréis en esta mies hasta el fin.Así como Juan, hijo de Zacarías y de Isabel de Ain-Karim, cuyo padre dijo el día de su nacimiento: Et tu puer propheta Altissimi vocaberis (Lc 1, 76).
Que vuestra perseverancia sea el fruto de las oraciones que hoy elevamos. ¡Perseverad como profetas del Altísimo! ¡Perseverad como sacerdotes de Jesucristo!
Dad frutos abundantes! Amén.
SANTA MISA PARA LA CONGREGACIÓN DE LOS LEGIONARIOS DE CRISTO
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Jueves 28 de junio de 1979
Amadísimos hijos Legionarios de Cristo:
En el día en que la liturgia conmemora la fiesta de una gran figura eclesial, San Ireneo, nos reunimos ante esta gruta de Lourdes, junto al altar del Señor, para ofrecerle con la Eucaristía el tributo de nuestra acción de gracias, de nuestra alabanza suplicante y de nuestra fidelidad renovada.
Viéndoos delante y sabiendo la procedencia de la gran mayoría de vosotros, el Papa no puede menos de recordar y revivir tantos momentos imborrables transcurridos en vuestra patria de origen, México; vuestro entusiasmo me renueva el eco de aquellas multitudes afectuosamente cercanas y aclamantes.
Al contemplar ante mí a tan numerosos miembros de vuestra familia religiosa, acompañados por vuestro Fundador, vienen a mi mente las palabras del Génesis que acabamos de leer en la primera lectura de esta Misa. Ellas nos hablan de la divina asistencia que multiplica la descendencia con el favor de su bendición. Ha sido también la bendición del Señor la que ha hecho germinar fecundamente aquella fundación del no lejano año 1941, y que habiendo obtenido el decreto de alabanza hace apenas 14 años, tiene hoy más de 130 sacerdotes y casi 700 miembros; distribuidos en diversas casas y naciones, trabajan ya, o se preparan a ello, para difundir el reino de Cristo en la sociedad, a través de varias formas de apostolado específico.
Sois, amados hijos, una joven familia religiosa, que busca creciente dinamismo, para ofrecer a la Iglesia una nueva aportación de energías vivas en el momento actual. Precisamente porque conozco estos ideales vuestros, mi voz quiere invitaros, con acentos evangélicos que acabamos de escuchar, a imitar al hombre prudente que edificó su casa sobre la roca.
Para vosotros que tenéis como rasgo característico la espiritualidad cristocéntrica, construir sobre roca vuestro edificio individual y comunitario querrá decir esforzaros por crecer siempre en el sublime conocimiento de Cristo, mirándole a El para plasmar en vuestra vida su mensaje, bien radicados en la fe y en la caridad, a fin de ser capaces de cuidar en todo instante los intereses de Cristo. Así podréis adquirir esa solidez interior que desafía la lluvia, los ríos y los vientos, para construir el reino de Dios en la sociedad actual, en la juventud —con la que frecuentemente trabajáis—, tan necesitadas de certezas vividas, de certezas derivadas de una inconmovible fe y confianza en Cristo. El Cristo Dios, muerto y resucitado, hecho principio de nueva vida para nosotros, que está siempre a nuestro lado como garantía de victoria frente a les adversidades.
Parte importante de esa solidez en vuestra vida será asimismo la plena fidelidad a la Iglesia y al Concilio Vaticano II, sin desviaciones de ningún tipo, sino en perfecta coherencia con lo que el Señor os pide y el Magisterio propone en el momento actual.
En ese camino, os será de gran ayuda la fidelidad potenciada a esos grandes amores que deben ser un distintivo, de acuerdo con vuestra propia vocación, de todo Legionario: amor a Cristo en el crucifijo y amor a la Virgen. Si sois fieles a ese hermoso programa, no debéis temer: vuestro edificio espiritual descansa sobre cimientos firmes.
Para que os mantengáis fieles a esos ideales, quiero recordaros que recurráis frecuentemente a la oración. Es el único modo de renovarse interiormente, de adquirir nueva luz que oriente los propios pesos, de apoyar la debilidad personal en la fuerza y solidez del poder divino. En una palabra: es el único modo para mantener una perenne juventud de espíritu, en la disponibilidad a Dios y a los demás.
Sólo así podréis vivir en plenitud la alegría rebosante de vuestra vocación de elegidos para el servicio de Cristo y de la Iglesia. Una alegría que es testimonio de la presencia del Señor y que alienta en la entrega generosa al hermano. Es este el deseo que os dejo, diciéndolo con palabras de la liturgia de hoy: “Señor, acuérdate de mí cuando muestres tu bondad para con tu pueblo; visítame cuando operes la salvación, para que yo vea la felicidad de tus escogidos, me goce con el gozo de tu pueblo y me gloríe con tu herencia”.
Una palabra final. Sé que entre vosotros están los jóvenes que durante mi permanencia en México prestaron su generosa y entusiasta colaboración en la Delegación Apostólica. Vaya a ellos el testimonio de mi profundo aprecio y gratitud. Son los mismos sentimientos que extiendo también, en presencia de sus Hermanas de Congregación residentes en Roma, a las Religiosas Clarisas del Santísimo Sacramento, que tanto se prodigaron en Ciudad de México durante mi estancia en la misma Representación Pontificia.
Y ahora, llevemos al altar del Señor todas estas intenciones.
CONCELEBRACIÓN EUCARÍSTICA CON LOS NUEVOS CARDENALES
HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
Basílica de San Pedro
Domingo 1 de julio de 1979
Queridísimos hermanos y hermanas:
1. Deseo hoy contemplar, juntamente con vosotros, a la Iglesia plenamente "sometida a Cristo" (cf. Ef 5, 24), como Esposa fiel. Estos días pasados, que hemos vivido meditando todos juntos el sacrificio de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, nos incitan a buscar la manifestación del misterio realizado en su vocación a través del testimonio de fe y de amor, dado hasta la muerte. Una manifestación, que encontramos a lo largo de la historia de la Iglesia, en el transcurso de los siglos y de las generaciones de sus fieles hijos e hijas, siervos y pastores, subiendo así hasta aquel amor sublime con que nuestro Redentor y Señor "amó a la Iglesia y se entregó por ella para santificarla, purificándola mediante el lavado del agua... a fin de presentársela a sí gloriosa, sin mancha o arruga o cosa semejante, sino santa e intachable" (Ef 5, 25-27).
A ese amor sublime, a ese Corazón traspasado sobre la cruz y abierto a la Iglesia, su Esposa, deseo hoy, junto con vosotros, llegar en peregrinación espiritual, de la que todos nosotros debemos volver "purificados, reforzados y santificados" en la medida que estos días exigen. ¡Esta es la Iglesia! ¡Fruto del inescrutable amor de Dios en el Corazón de su Hijo!
¡Esta es la Iglesia! ¡Que lleva consigo los frutos del amor de los Santos Apóstoles, de los Mártires, de los Confesores y de las Vírgenes! ¡Del amor de enteras generaciones!
¡Esta es la Iglesia, nuestra Madre y Esposa a la vez! Meta de nuestro amor, de nuestro testimonio y de nuestro sacrificio. Meta de nuestro servicio e incansable trabajo. Iglesia, para la cual vivimos en orden a unirnos a Cristo en un único amor. Iglesia, por la que vosotros, venerables y queridos hermanos, creados cardenales en el Consistorio de ayer, debéis vivir de ahora en adelante más intensamente todavía, uniéndoos a Cristo en un único amor hacia ella.
2. La Iglesia está en el mundo. Todos vosotros constituís en el mundo su vivo testimonio, llegando hasta aquí desde lugares tan distantes en el espacio, pero, al mismo tiempo, espiritualmente cercanos.
La Iglesia está en el mundo como signo de la voluntad salvífica del mismo Dios. ¿No es ella quizá el Cuerpo de Aquel a quien el Padre ha consagrado con la unción y ha enviado al mundo? "Me ha enviado para predicar la buena nueva a los abatidos / y sanar a los de quebrantado corazón, / para anunciar la libertad a los cautivos / y la liberación de los encarcelados... para consolar a todos los tristes / y para dar a los afligidos de Sión, / en vez de ceniza una corona... alabanza en vez de espíritu abatido" (Is 61, 1-3).
¿No deberá quizá la Iglesia ser todo esto? ¿No deberá quizá vivir de todo esto, si ha de corresponder a la misión salvífica de Aquel, que es su Esposo y Cabeza?
Bien sabéis vosotros, venerables y queridos hermanos —y también lo saben todas las Iglesias de donde procedéis—, en qué lenguaje de hechos, experiencias, aspiraciones, tristezas, sufrimientos, persecuciones y esperanzas hay que traducir aquel antiquísimo texto profético de Isaías, a fin de expresar en el lenguaje de nuestro tiempo, que la Iglesia está radicada en el mundo; que desea ser, en ese mundo, un signo viviente de la voluntad salvífica del Padre Eterno en relación con cada hombre y con toda la humanidad. ¡La Iglesia de nuestra difícil época —del segundo milenio que camina hacia su fin—, época de extremas tensiones y amenazas o de grandes miedos y grandes esperanzas!
3. En todo tiempo esta Iglesia es sencilla, con la misma sencillez que le inspiró nuestro Señor y Maestro con la palabra del Evangelio. ¡Qué poco hace falta para que la Iglesia "comience a existir" entre los hombres! "Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos" (Mt 18, 20), y "si dos de vosotros conviniereis sobre la tierra en pedir cualquier cosa, os lo otorgará mi Padre, que está en los cielos" (Mt 18, 19).
¡Qué poco se necesita para que esta Iglesia exista, se multiplique y se difunda! Sobre ello deciden dos o tres reunidos en el nombre de Cristo y unidos, por medio de El, en oración, con el Padre. ¡Qué poco se necesita para que esta Iglesia exista por todas partes, incluso allí donde, según las "leyes" humanas no está ni puede estar o donde se la condena a muerte! ¡Qué poco se necesita para que exista y realice su más profunda sustancia!
¡Y para que viva su perenne juventud! La misma juventud que vivieron los primeros cristianos, los cuales "eran asiduos a la enseñanza de los Apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones... Tomaban su alimento con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios en medio del general favor del pueblo" (Act 2, 42. 46-47), como leemos hoy en la segunda lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, lectura con la que se despiertan no solamente los recuerdos, sino también los deseos de sencillez de la Esposa, que acaba de experimentar el sacrificio de amor de su Esposo crucificado y goza de su fecundidad generadora en el Espíritu Santo, cuando —según leemos— "el Señor iba incorporando a los que habían de ser salvados" (Act 2, 18).
Esta Iglesia es sencilla, con la sencillez que le es propia.
Y es fuerte, únicamente con la fuerza recibida del Señor: ¡Únicamente con ella! ¡Y con ninguna otra! "Cuanto atareis en la tierra será atado en el cielo, y cuanto desatareis en la tierra será desatado en el cielo" (Mt 18, 18).
He ahí la cualidad propia de esta fuerza de la Iglesia. Fuerza semejante no la conoce ni el hombre ni la humanidad, en ninguna otra dimensión de su existencia, individual o social. La humanidad no alcanza esa fuerza en ningún otro campo de su temporalidad y en ninguna reserva de la naturaleza... Una fuerza así sólo viene de Dios. Directamente de Dios. Esa fuerza ha sido rescatada por la Sangre de su Redentor y Esposo. Es fuerza del Espíritu Santo.
Una fuerza que se une con lo que en el hombre hay de más profundo: mediante la fe, la esperanza y la caridad, busca —busca inmutablemente— en el cielo las soluciones de lo que no puede ser plenamente resuelto en la tierra.
4. ¡Venerables y queridos hermanos: Nos alegramos grandemente porel hecho de que vosotros, recién creadoscardenales, desposáis hoy esta Iglesia a ejemplo de Cristo! Signo de tales esponsales es el anillo, que dentro de poco os colocaré en el dedo.
¡Nos alegramos grandemente de estos vuestros esponsales, que derraman sobre la vida del Pueblo de Dios, sobre toda la tierra una nueva afluencia de amor y una nueva seguridad de amor! Y esperamos también que una nueva eficacia de amor. De ese amor con el que hemos sido amados y con el que debemos amarnos mutuamente. Amor que procede del Esposo y es para el Esposo.
Amor, mediante el cual la Iglesia debe ser amada con renovado fervor por cada uno de vosotros.
Amor, mediante el cual la Iglesia debe nuevamente expresarse en toda la sencillez y la fuerza que ha recibido del Señor.
Amor, mediante el cual la Iglesia debe nuevamente convertirse en Esposa, "sin mancha ni arruga" para el Esposo.
Amor que deseo para vosotros juntamente con el Pueblo de Dios, que está en Roma y en el mundo. Pongo mi deseo en las manos de la Madre de la Iglesia y Esposa del Espíritu Santo.
¡Amén!
SANTA MISA PARA UN GRUPO DEL MOVIMIENTO "COMUNIÓN Y LIBERACIÓN"
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Gruta de Lourdes de los Jardines Vaticanos
Domingo 15 de julio de 1979
1. Con profunda veneración hemos escuchado las palabras que la liturgia de la Iglesia dedica a este domingo. Ahora, conviene detenerse un poco para acoger estas palabras, es decir, adaptarlas a los corazones de los oyentes. Adaptarlas a nuestra vida. He aquí algunos pensamientos en este sentido.
2. Ante todo: ¿Qué somos nosotros, miembros de esta asamblea, oyentes de la Palabra de Dios y, dentro de poco, partícipes del Cuerpo y de la Sangre del Señor?
La pregunta "¿quién soy?" condiciona todas las demás preguntas y todas las respuestas relativas al tema "¿qué es lo que debo hacer?".
A esa primera y fundamental pregunta responde hoy San Pablo en la Carta a los efesios. Dice: Somos los elegidos por Dios en Jesucristo. "Bendito sea Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en Cristo nos bendijo con toda bendición espiritual en los cielos; por cuanto que en El nos eligió antes de la constitución del mundo para que fuésemos santos e inmaculados ante El en caridad, y nos predestinó a la adopción de hijos suyos por Jesucristo, conforme al beneplácito de su voluntad, para la alabanza del esplendor de su gracia, que nos otorgó gratuitamente en el amado" (Ef 1 3-6).
Esta es la respuesta que nos da hoy San Pablo a la pregunta "¿quién soy?". Y la desarrolla en las restantes palabras del mismo texto de la Carta a los efesios.
He aquí la ulterior etapa de esta respuesta:
Somos redimidos; estamos colmados por la remisión de los pecados y llenos de gracia; estamos llamados a la unión con Cristo y, luego, a unificar a todos en Cristo.
Y no es ése todavía el final de esta respuesta paulina:
Estamos llamados a existir para gloria de la Majestad divina; participamos en la palabra de la verdad, en el Evangelio de la salvación; estamos marcados con el sello del Espíritu Santo; somos partícipes de la herencia, en espera de la completa redención, que nos hará propiedad de Dios.
3. Tal es la respuesta paulina a nuestra pregunta. Hay mucho que meditar en ella. Perdonad si yo me limito solamente a insinuar algo.
El eco de las palabras de la Carta a los efesios no puede quedarse en los límites de una lectura, no basta escuchar una sola vez. Deben permanecer en nosotros. Deben seguir con nosotros. Son palabras para toda una vida. A medida de eternidad.
Bueno sería que pudiesen seguir sonando en cada uno de vosotros durante estas semanas y meses de descanso de vacaciones. A cualquier cosa que os dediquéis, ya sea a una tarea temporal... ya sea a un trabajo apostólico... o quizá, como ya habéis hecho alguna vez, a peregrinar desde Varsovia hasta Jasna Góra...
Que os acompañen esas palabras. La respuesta a la pregunta "¿quién soy?", "¿quiénes somos?".
Que plasmen y formen vuestra personalidad, ya que estamos injertos, desde la misma raíz, en la dimensión del misterio que Cristo ha inscrito en la vida de cada uno de nosotros.
El sacrificio en que participamos, la Santa Misa, nos da también cada vez la respuesta a esa pregunta fundamental: "¿quiénes somos?".
4. ¿Qué debemos hacer?Quizá la respuesta a esta segunda pregunta no surge, de la liturgia de la Palabra divina de hoy, con la misma fuerza de la referente a la pregunta "¿quiénes somos?". Pero también es una respuesta fuerte y decisiva. Dios dice a Amós: "Ve a profetizar a mi pueblo, Israel" (Am 7, 15).
Cristo llama a los Doce y comienza a enviarles de dos en dos (cf. Mc 6, 7). Y les ordena que entren en todas las casas y de ese modo den testimonio. El Concilio Vaticano II ha recordado que todos los cristianos, no sólo los eclesiásticos, sino también los laicos, forman parte de la misión profética de Cristo. No hay duda alguna, por tanto, respecto a "qué es lo que debemos hacer".
5. Sigue siendo siempre actual, la pregunta ¿cómo debemos hacerlo? Me alegro de que a esta pregunta busquéis una respuesta, tanto cada uno de vosotros individualmente, como juntos con toda vuestra comunidad. Quien busca esa respuesta, la encuentra en el momento oportuno.
El salmo responsorial de hoy nos asegura que "la misericordia y la verdad se encontrarán..."
"La verdad florecerá sobre la tierra". Sí; la verdad debe florecer en cada uno de nosotros; en cada corazón. Sed fieles a la verdad.
Fieles a vuestra vocación.
Fieles a vuestro compromiso.
Fieles a vuestra opción.
Sed fieles a Cristo, que libera y une (Comunión y Liberación).
6. Para terminar, formulo fervientes votos para cada uno de vosotros y para todos.
Como un rayo de luz de la liturgia de hoy: a fin de que el Señor Nuestro, Jesucristo, penetre en nuestros corazones con su propia luz y nos haga comprender cuál es la esperanza de nuestra vocación (cf. Ef 1, 17-18).
Que se realice este deseo por intercesión de la Virgen, ante la cual hemos meditado la Palabra divina de la liturgia de hoy, para poder continuar celebrando el sacrificio eucarístico.
SANTA MISA PARA LAS CLARISAS DE ALBANO
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Monasterio de las Clarisas, Albano
Martes 14 de agosto de 1979
Queridísimas hermanas en el Señor:
Siento gran alegría y viva emoción al celebrar la santa Misa aquí, con vosotras y para vosotras, que vivís vuestra existencia contemplativa precisamente aquí, cerca de mi residencia veraniega.
Entre todas las personas a quienes el Papa ama y se acerca, vosotras sois ciertamente las más apreciadas, porque el Vicario de Cristo tiene suma necesidad vuestra ayuda espiritual y cuenta sobre todo con vosotras que, por vocación divina, habéis escogido "la mejor parte" (Lc 10, 42), esto es: el silencio, la oración, la contemplación, el amor exclusivo a Dios.
Vosotras no habéis abandonado el mundo para no tener sus preocupaciones, para no interesaros por los problemas afligen a la humanidad; al contrario, vosotras los lleváis todos en el corazón acompañáis a la humanidad en el atormentado escenario de la historia con vuestra oración y con vuestro anhelo de perfección y salvación.
Por esta presencia vuestra, oculta pero auténtica, en la sociedad y mucho más en la Iglesia, también yo miro con confianza vuestras manos juntas y confío al ardor de vuestra caridad la misión apremiante del Supremo Pontificado.
Me complace meditar con vosotras las enseñanzas y los pensamientos que la liturgia de hoy hace brotar de la Palabra de Dios que hemos escuchado ahora mismo en el santo Evangelio.
1. Jesús nos recuerda ante todo la realidad consoladora del reino de los cielos.
La pregunta que los Apóstoles dirigen a Jesús es muy sintomática: "¿Quién será el más grande en el reino de los cielos?"
Se ve que habían discutido entre ellos sobre cuestiones de precedencia, de carrera, de méritos, con una mentalidad todavía terrena e interesada: querían saber quién sería el primero en ese reino del que hablaba siempre el Maestro.
Jesús aprovecha la ocasión para purificar el concepto erróneo que tienen los Apóstoles y para llevarlos al contenido auténtico de su mensaje: el reino de los cielos es la verdad salvífica que El ha revelado; es la "gracia", o sea, la vida de Dios que El ha traído a la humanidad con la encarnación y la redención; es la Iglesia, su Cuerpo místico, el Pueblo de Dios que le ama y le sigue; es, finalmente, la gloria eterna del Paraíso, a la que toda la humanidad está llamada.
Jesús, al hablar del reino de los cielos, quiere enseñarnos que la existencia humana sólo tiene valor en la perspectiva de la verdad, de la gracia y de la gloria futura. Todo debe ser aceptado y vivido con amor y por amor en la realidad escatológica que El ha revelado: "Vended vuestros bienes y dadlos en limosna; haceos bolsas que no se gastan, un tesoro inagotable en los cielos..." (Lc 12, 33). "Tened ceñidos vuestros lomos y encendidas las lámparas" (Lc 12, 35).
2. Jesús nos enseña el modo justo para entrar en el reino de los cielos.
Cuenta el evangelista San Mateo que "Jesús llamando a sí a un niño, le puso en medio de ellos y dijo: En verdad os digo, si no os volviereis y os hiciereis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Pues el que se humillare hasta hacerse como un niño de éstos, ése será el más grande en el reino de los cielos" (Mt 18, 2-4).
Esta es la respuesta desconcertante de Jesús: ¡la condición indispensable para entrar en el reino de los cielos es hacerse pequeños y humildes como niños!
Está claro que Jesús no quiere obligar al cristiano a permanecer en una situación de infantilismo perpetuo, de ignorancia satisfecha, de insensibilidad ante la problemática de los tiempos. Al contrario. Pero pone al niño como modelo para entrar en el reino de los cielos non el valor simbólico que el niño encierra en sí:
— ante todo, el niño es inocente, y el primer requisito para entrar en el reino de los cielos es la vida de "gracia", es decir, la inocencia conservada o recuperada, la exclusión de pecado, que siempre es un acto de orgullo y de egoísmo;
— en segundo lugar, el niño vivé de fe y de confianza en sus padres y se abandona con disposición total a quienes le guían y le aman. Así el cristiano debe ser humilde y abandonarse con total confianza a Cristo y a la Iglesia. El gran peligro, el gran enemigo es siempre el orgullo, y Jesús insiste en la virtud de la humildad, porque ante el Infinito no se puede menos de ser humildes; la humildad es verdad y es, además, signo de inteligencia y fuente de serenidad;
— finalmente, el niño se contenta con las pequeñas cosas que bastan para hacerle feliz: un pequeño éxito, una buena nota merecida, una alabanza recibida le hacen exultar de alegría.
Para entrar en el reino de los cielos es preciso tener sentimientos grandes, inmensos, universales; pero es necesario saberse contentar con las pequeñas cosas, con las obligaciones mandadas por la obediencia, con la voluntad de Dios tal como se manifiesta en el instante que huye, con las alegrías cotidianas que ofrece la Providencia; es necesario hacer de cada trabajo, aunque oculto y modesto, una obra maestra de amor y perfección.
¡Es necesario convertirse a la pequeñez para entrar en el reino de los cielos! Recordemos !a intuición genial de Santa Teresa de Lisieux, cuando meditó el versículo de la Sagrada Escritura: "El que es simple, venga acá" (Prov 9, 4). Descubrió que el sentido de la "pequeñez" era como un ascensor que la llevaría más de prisa y más fácilmente a la cumbre de la santidad: «¡Tus brazos, oh Jesús, son el ascensor que me debe elevar hasta el cielo! Por esto no tengo necesidad en absoluto de hacerme grande; más bien es necesario que permanezca pequeña, que lo sea cada vez más» (Historia de un alma, Manuscrito C, cap. X).
3. Finalmente, Jesús nos infunde el anhelo del reino de los cielos.
"¿Qué os parece? —dice Jesús—. Si uno tiene cien ovejas y se le extravía una, ¿no dejará en el monte las noventa y nueve e irá en busca de la extraviada? Y si logra hallarla, cierto que se alegrará por ella más que por las noventa y nueve que no se habían extraviado. Así no es voluntad de vuestro Padre, que está en los cielos, que se pierda ni uno solo de estos pequeñuelos" (Mt 18, 12-14).
Son palabras dramáticas y consoladoras al mismo tiempo: Dios ha creado al hombre para hacerle partícipe de su gloria y de su. felicidad infinita; y por esto le ha querido inteligente y libre, "a su imagen y semejanza". Desgraciadamente asistimos con angustia a la corrupción moral que devasta a la humanidad, despreciando especialmente a los pequeños, de quienes habla Jesús.
¿Qué debemos hacer? Imitar al Buen Pastor y afanarnos sin tregua por la salvación de las almas. Sin olvidar la caridad material y la justicia social, debemos estar convencidos de que la caridad más sublime es la espiritual, o sea, el interés por la salvación de las almas.
Y las almas se salvan con la oración y el sacrificio. ¡Esta es la misión de la Iglesia!
¡Especialmente vosotras, monjas y almas consagradas, debéis sentiros como Abraham sobre el monte, para implorar misericordia y salvación de la bondad infinita del Altísimo! Que sea vuestra alegría saber que muchas almas se salvan precisamente por vuestra propiciación.
Queridísimas hermanas, en la suave y mística atmósfera de esta vigilia de la solemnidad de la Asunción de María Santísima al cielo. os confío a todas a sus cuidados maternos y concluyo con las palabras que Pablo VI, de venerada memoria, decía al comienzo de su pontificado: "La Virgen se nos presenta hoy más que nunca con su luz desde lo alto, Maestra de vida cristiana. Nos dice: vivid bien también vosotros; y sabed que el mismo destino que fue anticipado para mí en la hora que terminó mi camino temporal, lo será también a su tiempo pura vosotros... La Madre celeste está allá arriba, nos ve y nos espera con su mirada llena de ternura... Precisamente sus ojos dulcísimos nos contemplan amorosamente y nos animan con afecto materna" (Alocución del 15 de agosto de 1963).
SANTA MISA PARA EL OPUS DEI
HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
Castelgandolfo
Domingo 19 de agosto de 1979
Queridísimos jóvenes universitarios y profesores del "Opus Dei":
Habéis querido encontraros con el Papa en torno a la Mesa Eucarística, mientras os halláis en Roma, provenientes de diversos Ateneos de Italia, para participar en cursos de actualización doctrinal y de formación espiritual. Y os agradezco este testimonio de fe y amor a la Eucaristía y al Papa, Vicario de Cristo en la tierra.
Vuestra institución tiene como finalidad la santificación de la vida permaneciendo en el mundo, en el propio puesto de trabajo y de profesión: vivir el Evangelio en el mundo, viviendo ciertamente inmersos en el mundo, pero para transformarlo y redimirlo con el propio amor a Cristo. Realmente es un gran ideal el vuestro, que desde los comienzos se ha anticipado a esa teología del laicado, que caracterizó después a la Iglesia del Concilio y del postconcilio.
En efecto, este es el mensaje y la espiritualidad del "Opus Dei": vivir unidos a Dios en el mundo, en cualquier situación, tratando de mejorarse a sí mismos con la ayuda de la gracia y dando a conocer a Jesucristo con el testimonio de la vida.
Y ¿qué hay más bello y más entusiasmante que este ideal? Vosotros, insertos y mezclados en esta humanidad alegre y dolorosa, queréis amarla, iluminarla, salvarla: ¡benditos seáis y siempre animosos en este vuestro intento!
Os saludo desde lo más íntimo de mi corazón, recordando la profunda y conmovedora exhortación que San Pablo escribía a los Efesios: "Llenaos del Espíritu, hablando entre vosotros con salmos, himnos y cánticos espirituales, cantando y salmodiando al Señor en vuestros corazones, dando siempre gracias por todas las cosas a Dios Padre en nombre de nuestro Señor Jesucristo" (Ef 5, 19-20).
Nosotros precisamente queremos entretenernos aquí, en oración con Cristo, en Cristo y por Cristo: queremos gozar de la alegría que proviene de la verdad; queremos alabar juntos al Señor, que en el inmenso misterio de su amor no sólo ha querido encarnarse, sino que ha querido permanecer con nosotros en la Eucaristía. Efectivamente, la liturgia de hoy está toda centrada en este supremo misterio, y el mismo Jesús es el Maestro divino que nos enseña cómo debemos entender y vivir este sublime e incomparable sacramento.
1. Ante todo, Jesús afirma que la Eucaristía es una realidad misteriosa, pero auténtica.
Jesús, en la Sinagoga de Cafarnaún, afirma claramente: "Yo soy el pan bajado del cielo... El pan que yo daré es mi carne, vida del mundo... Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida... Este es el pan bajado del cielo; no como el pan que comieron los padres y murieron" (cf. Jn c. 6).
Jesús dice precisamente: "carne" y "sangre", "comer" y "beber", aun sabiendo que chocaba con la sensibilidad y la mentalidad de los judíos. Es decir, Jesús habla de su Persona real, toda entera, no simbólica, y hace entender que la suya es una ofrenda "sacrificial", que se realizará por vez primera en la "Ultima Cena", anticipando místicamente el sacrificio de la cruz, y será transmitido a todos los siglos mediante la Santa Misa. Es un misterio de fe, ante el cual no podernos más que arrodillarnos en adoración, en silencio, en admiración.
La Imitación de Cristo nos pone en guardia ante la investigación curiosa e inútil, que incluso puede ser peligrosa, de este sacramento insondable: Qui scrutator est maiestatis, opprimetur a gloria" (Libro IV, cap. XVIII, 1).
Pablo VI, de venerada memoria, en el "Credo del Pueblo de Dios", haciendo una síntesis de la doctrina específica del Concilio de Trento y de su Encíclica Mysterium fidei, dijo: «En este sacramento, Cristo no puede hacerse presente de otra manera que por la conversión de toda la sustancia del pan en su cuerpo y la conversión de toda la sustancia del vino en su sangre, permaneciendo solamente íntegras las propiedades del pan y del vino, que percibimos con nuestros sentidos. La cual conversión misteriosa es llamada por la Santa Iglesia conveniente y propiamente "transustanciación" »(Insegnamenti di Paulo VI, vol. VI, 1968, pág. 508).
Todos los Padres de la Iglesia han afirmado siempre la realidad de la Presencia divina; recordemos sólo al filósofo Justino que, en la "Apología" exhorta a la adoración humilde y gozosa: «Terminadas las oraciones y la acción de gracias, todo el pueblo presente aclama diciendo: ¡Amén! "Amén" en hebreo quiere decir "así sea"... Porque no tomamos estas cosas como pan común y bebida ordinaria, sino que, a la manera que Jesucristo, nuestro Salvador hecho carne por virtud de la Palabra de Dios, tuvo carne y sangre por nuestra salvación; así se nos ha enseñado que por virtud de la oración ,al Verbo que de Dios procede, el alimento sobre el que fue dicha la acción de gracias —alimento de que, por transformación, se nutren nuestra sangre y nuestra carne— es la carne y la sangre de Aquel mismo Jesús encarnado» (Primera Apología, 65-67).
Por tanto os digo: sed adoradores convencidos de la Eucaristía, con pleno respeto de las normas litúrgicas, con seriedad devota y consciente, que nada quita a la familiaridad y a la ternura.
2. Jesús afirma luego que la Eucaristía es una realidad salvífica:
Jesús, continuando su discurso sobre el "Pan de vida", añade: "Si alguno come de este pan, vivirá para siempre... Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros... El que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna y yo le resucitaré el último día".
En este contexto Jesús habla de "vida eterna", de "resurrección gloriosa", del "último día". ¡No es que Jesús olvide o desprecie la vida terrena; todo lo contrario! Jesús mismo habla de los talentos que cada uno debe negociar y se complace en las obras de los hombres para la liberación progresiva de las diversas esclavitudes y opresiones y para el mejoramiento de la existencia humana. Pero no es necesario caer en el equívoco de la inmanencia histórica y terrena; es necesario pasar a través de la historia para alcanzar la vida eterna y gloriosa: paso fatigoso, difícil, ambiguo, porque debe ser meritorio. Jesús, pues, está vivo, presente en nuestro camino cotidiano, para ayudarnos a realizar nuestro verdadero destino, inmortal y feliz.
¡Sin Cristo es inevitable extraviarse, confundirse, incluso desesperarse! Lo había intuido con claridad lúcida Dante Alighieri, hombre de mundo y de fe, genio de la poesía y experto en teología, cuando en la paráfrasis del "Padre nuestro", rezado por las almas del Purgatorio, enseñó que en el áspero desierto de la vida, sin la unión íntima con Jesús, "maná" del Nuevo Testamento; "Pan bajado del cielo", el hombre que quiere seguir adelante sólo con sus fuerzas, en realidad va hacia atrás:
"Danos hoy el maná de cada día / sin el cual por este áspero desierto / va hacia atrás quien más en caminar se afana". (Purgatorio, XI, 13-15).
Sólo mediante la Eucaristía es posible vivir las virtudes heroicas del cristianismo: la caridad hasta el perdón de los enemigos, hasta el amor a quien nos hace sufrir, hasta el don de la propia vida por el prójimo; la castidad en cualquier edad y situación de la vida; la paciencia, especialmente en el dolor y cuando se está desconcertado por el silencio de Dios en los dramas de la historia o de la misma existencia propia. ¡Por esto, sed siempre almas eucarísticas, para poder ser cristianos auténticos!
3. Finalmente, Jesús afirma además que la Eucaristía debe ser una realidad transformante.
Es la afirmación más impresionante y comprometida: "Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre está en mí y yo en él. Así como me envió mi Padre vivo, y vivo yo por mi Padre, así también el que me come vivirá por mí". ¡Palabras serias! ¡Palabras exigentes! La Eucaristía es una transformación, un compromiso de vida: "¡Ya no vivo yo —decía San Pablo—, es Cristo quien vive en mil" ¡Es Cristo crucificado! (Gál 2 20; 1 Cor 2, 2). Recibir la Eucaristía significa transformarse en Cristo, permanecer en El, vivir para El! El cristiano, en el fondo, debe tener una sola preocupación y una sola ambición: vivir para Cristo, tratando de imitarlo . en la obediencia suprema al Padre, en la aceptación de la vida y de la historia, en. la total dedicación a la caridad, en la bondad comprensiva y sin embargo austera. Por esto, la Eucaristía se convierte en programa de vida.
Queridísimos:Al finalizar esta meditación, os confío a María Santísima: Ella, que durante 33 años pudo gozar de la presencia visible de Jesús y trató a su divino Hijo con el máximo cuidado y delicadeza, os acompañe siempre a la Eucaristía: os dé sus mismos sentimientos de adoración y de amor.
Después de este místico y fraterno encuentro, volved a vuestro trabajo con propósito renovado de vivir intensamente vuestra espiritualidad:
— sed en todas partes irradiadores de luz con la total y convencida ortodoxia de la doctrina cristiana y católica, con humildad pero con valentía, en la perfecta competencia de vuestra profesión;
— sed portadores de paz, con vuestro amor para con todos, hecho de comprensión, de respeto, de sensibilidad, de paciencia, pensando que cada hombre lleva en sí un dolor y un misterio;
— finalmente, sed sembradores de alegría con vuestra caridad concreta y vuestro sereno abandono en la Providencia, recordando lo que afablemente dijo Juan Pablo I, de venerada memoria: "Sabemos que Dios tiene siempre los ojos fijos sobre nosotros, también cuando nos parezca que es de noche" (10 de septiembre de 1978).
Os acompañe mi paterna y propicia bendición apostólica.
SANTA MISA
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Canale d'Agordo
Domingo 26 de agosto de 1979
Carísimos hermanos y hermanas de Canale d'Agordo:
Me siento especialmente feliz al encontrarme hoy entre vosotros, en el aniversario de la elevación al Supremo Pontificado de vuestro conciudadano, el amadísimo e inolvidable Papa Juan Pablo I. Pero me siento también profundamente conmovido. Todos, en efecto, recordamos todavía con intacta emoción —y especialmente el Papa que os habla y los cardenales que participaron en aquel Cónclave que duró poco más de un día—, todos recordamos el extraordinario fenómeno constituido por la elección, el pontificado y la muerte de aquel Papa; todos conservamos en el corazón su figura y su sonrisa; todos tenemos grabado en el alma el recuerdo de las enseñanzas, que multiplicó con incansable celo y amabilísimo estilo pastoral en los 33 breves días de ministerio universal.
Y todos sentimos todavía en el corazón la sorpresa y preocupación por su muerte inesperada, que de improviso lo arrebató a la Iglesia y al mundo, poniendo fin a un pontificado que había ya conquistado todos los corazones. El Señor nos lo dio como para mostrarnos la imagen del Buen Pastor, que él siempre se esforzó en personificar, siguiendo la doctrina y los ejemplos de su predilecto modelo y maestro el Papa S. Gregorio Magno. Y al sustraérnoslo de nuestra mirada, aunque no ciertamente de nuestro amor, quiso darnos una gran lección de abandono y de confianza únicamente en El que guía y rige la Iglesia aun cuando cambien los hombres y se sucedan, a veces incomprensiblemente, los acontecimientos terrenos.
En recuerdo de aquel paso tan rápido y tan impresionante, he querido venir hoy entre vosotros, al cumplirse exactamente un año desde que la figura de Juan Pablo I apareció por primera vez en el balcón central de la Basílica Vaticana. Repito que me siento conmovido al encontrarme aquí en la apacible aldea dolomítica donde él vio la luz, en una familia sencilla y laboriosa que bien puede considerarse emblema de las buenas familias cristianas de estos valles montañeros; conmovido al celebrar los Santos Misterios aquí, donde él sintió la vocación al sacerdocio, siguiendo el ejemplo de numerosos conciudadanos vuestros que, a través de los siglos, acogieron la llamada divina; aquí, donde él recibió el santo bautismo y la confirmación, aquí donde celebró por primera vez la Santa Misa el 8 de julio de 1935 y donde volvió después, siendo obispo de Vittorio Véneto, patriarca de Venecia y cardenal de la Santa Iglesia Romana. Y me complazco en recordar que quiso volver aquí, todavía en febrero del pasado año —pocos meses antes de su elevación a la Cátedra de Pedro— para predicaros una breve misión de preparación para la Pascua.
Y aquí está también hoy, en medio de nosotros. Sí; queridos hermanos y hermanas de Canale d'Agordo. El está aquí, con sus enseñanzas, con su ejemplo, con su sonrisa.
1. Ante todo, él nos habla de su grande, firmísimo amor a la Santa Iglesia. En la segunda lectura de la Santa Misa hemos oído que San Pablo, trazando a los efesios un sublime programa de amor conyugal escribe: "Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella, para santificarla, purificándola, mediante el lavado del agua con la palabra, a fin de presentársela a Sí gloriosa sin mancha o arruga o cosa semejante, sino santa e intachable" (Ef 5, 25 y ss.). Pues bien; al oír estas palabras, mi pensamiento volaba a la majestuosa Capilla Sixtina, al momento aquel en que, al anunciar ante el mundo, con voz límpida y clara, su programa pontificio, el Papa Luciani había dicho: "Nos ponemos enteramente, con todas nuestras fuerzas físicas y espirituales, al servicio de la misión universal de la Iglesia" (27 de agosto 1978; Enseñanzas de Juan Pablo I al Pueblo de Dios, pág. 36).
¡La Iglesia! El había aprendido a amarla aquí, entre sus montes la había visto, como en imagen, en la propia humilde familia, había escuchado su voz en el catecismo del párroco, se había alimentado de su savia profunda a través de la vida sacramental que se le dispensaba en la parroquia. Amar a la Iglesia, servir a la Iglesia fue el programa constante de su vida. Ya en aquel primer radio-mensaje al mundo había dicho, con palabras que hoy nos parecen realmente proféticas: "La Iglesia, llena de admiración y simpatía hacia las conquistas del ingenio humano, pretende además salvar al mundo, sediento de vida y amor, de los peligros que le acechan... En este momento solemne, pretendemos consagrar todo lo que somos y podemos a este fin supremo, hasta el último aliento, consciente del encargo que Cristo mismo nos ha confiado" (ib., pág. 57).
Como párroco, como obispo, como patriarca, como Papa, no hizo otra cosa que esto: dedicarse totalmente a la Iglesia, hasta el último aliento. La muerte le sorprendió así, alerta, en un auténtico y propio servicio ininterrumpido. Así vivió y así murió, dedicándose todo él a la Iglesia con una sencillez cautivadora, pero también con una firmeza inquebrantable, que no tenía temores porque estaba fundada sobre la lucidez de su fe y sobre la promesa indefectible, hecha por Cristo a Pedro y a sus sucesores.
2. Y aquí encontramos otro punto de referencia, otra estructura fundamental de su vida y de su pontificado: el amor a Cristo Señor nuestro. El Papa Juan Pablo I fue el heraldo de Jesucristo, Redentor y Maestro de los hombres, viviendo el ideal que había delineado San Pablo: "Que los hombres vean en nosotros a los ministros de Cristo y a los administradores de los misterios de Dios" (1 Cor 4, 1). Su intento lo había claramente expresado en la audiencia general del 13 de septiembre, hablando de la fe: "Cuando el pobre Papa, cuando los obispos y los sacerdotes presentan la doctrina, no hacen más que ayudar a Cristo. No es una doctrina nuestra; es la de Cristo, sólo tenemos que custodiarla y presentarla" (Enseñanzas de Juan Pablo I al Pueblo de Dios, 1978, pág. 19).
La verdad, las enseñanzas, la palabra de Cristo no cambian, aunque exigen ser presentadas de modo que en cada época de la historia, logren ser comprensibles para la mentalidad del momento; es una certeza que no cambia, aunque cambien los hombres y los tiempos y aunque no sea por ellos comprendida e incluso sea rechazada. Es todavía, y seguirá siendo siempre, la actitud irremovible de Jesús que —como dice el Evangelio de este domingo— no disminuyó ni cambió nada de su enseñanza sobre la Eucaristía, aun ante el abandono casi total de sus oyentes y de los propios discípulos; más aún, puso a los Apóstoles ante el severo aut-aut de una decisión, de una elección suprema: "¿Queréis iros vosotros también?" (Jn 6, 67).
En la respuesta de Pedro reconocemos la actitud de toda la vida, hasta el fin, de Juan Pablo I: "Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros hemos creído y sabemos que tú eres el Santo de Dios" (Jn 6, 68). Su fe, su amor a Jesús "confirmaron" realmente de verdad a todos nosotros, sus hermanos, con una altísima y coherente enseñanza de abandono en la omnipotente protección del Señor Jesús: "Teniendo nuestra mano asida a la de Cristo, apoyándonos en El, hemos tomado también Nos el timón de esta nave, que es la Iglesia, para gobernarla; ella se mantiene estable y segura, aun en medio de las tempestades, porque en ella está presente el Hijo de Dios como fuente y origen de consolación y victoria", había proclamado ya al iniciar su pontificado (27 agosto 1978, Enseñanzas al Pueblo de Dios, pág. 35). Y se mantuvo fiel a ese programa, en la línea de las enseñanzas de su amado Maestro y Predecesor San Gregorio Magno, haciendo realidad ante el mundo, la imagen, buena y estimulante, del divino Pastor: "Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón" (Mt 11, 29). Y así permanece su imagen grabada para siempre en nuestros. corazones.
3. Pero Jesús vivió por el Padre, vino para hacer la voluntad del Padre (cf. Mt 6, 10; 12, 50; 26, 42; Jn 4, 34; 5, 30; 6, 38), propuso al hombre la imagen del Padre, que piensa en nosotros y nos ama con amor eterno: Pues bien; encontramos aquí también un rasgo de la figura y de la misión del Papa Albino Luciani: el amor a Dios Padre. Con el mismo profundo sentimiento de fe, anunció también con extraordinaria energía el amor del Padre Celestial hacia los hombres. Como Josué ante Israel, según la primera lectura de la Santa Misa de hoy, recordó enérgicamente la grande y arrebatadora realidad del amor de Dios por su pueblo, la estupenda belleza de la elección a la filiación divina, suscitando como entonces una apasionante emoción en la respuesta de toda la Iglesia: "También nosotros serviremos a Yavé, porque El es nuestro Dios" (Jos 24, 18). Toda su alma se había abierto, en este sentido, ya desde la primera audiencia cuando, hablando del deber de ser buenos, había subrayado: «Ante Dios, la postura justa es la de Abrahán cuando decía: ¡"Soy sólo polvo y ceniza ante ti, Señor"! Tenemos que sentirnos pequeños ante Dios» (6 de septiembre, Enseñanzas al Pueblo de Dios, pág. 13). Encontramos aquí la quinta esencia de la enseñanza evangélica, como fue propuesta por Jesús y comprendida por los Santos, en los cuales el pensamiento de la paternidad de Dios repercute en lo más profundo del alma; pensemos en un San Francisco de Asís o en una Teresa de Lisieux.
Juan Pablo I recordó con insólito vigor el amor que Dios tiene por nosotros, sus criaturas, comparándolo, en la línea del profetismo del Antiguo Testamento, no sólo al amor de un Padre, sino también a la ternura de una madre hacia sus propios hijos; lo hizo en el Ángelus del 10 de septiembre, con estas palabras que tanto impresionaron a la opinión pública: "Somos objeto de un amor sin fin de parte de Dios. Sabemos que tiene los ojos fijos en nosotros siempre, también cuando nos parece que es de noche" (Enseñanzas al Pueblo de Dios, pág. 5).
Y en la audiencia general del 13 de septiembre: "Dios tiene mucha ternura con nosotros, más ternura aún que la de una madre con sus hijos, como dice Isaías" (Enseñanzas al Pueblo de Dios, pág. 18).
Con este inquebrantable sentido de Dios, se comprende que mi predecesor eligiese como tema para sus catequesis de los miércoles precisamente las virtudes teologales, que son tales porque nacen de Dios y son un don increado que se nos infundió en el bautismo. Y con la enseñanza de la caridad, la virtud teologal que tiene a Dios como fuente y principio, como modelo y como premio y que no conoce ocaso, se cerró la página terrena de Juan Pablo I; o mejor, se abrió para siempre a la eternidad y cara a cara con Dios, a quien tanto amó y nos enseñó a amar.
Queridísimos hermanos y hermanas de Canale d'Agordo:
Las enseñanzas del Papa Luciani, vuestro paisano, se encuentran especialmente en estas realidades que os he recordado: amor a la Iglesia, amor a Cristo, amor a Dios. Son las grandes verdades del cristianismo, que él aprendió aquí, en medio de vosotros, ya siendo sólo niño, luego, de adolescente acostumbrado a la pobreza y a la austeridad y, más tarde, de joven abierto a la llamada de Dios. Conformaron hasta tal punto su vida de sacerdote y de obispo, que las recordaba al mundo entero con la incomparable incisividad de su personalísimo ministerio.
¡Sed fieles a una herencia tan sencilla, pero tan grande! Me dirijo a las familias, que forman el elemento sustancial de estas tierras bendecidas por Dios: sed fieles a las tradiciones cristianas, continuad transmitiéndolas a vuestros hijos, continuad respirando dentro de ellas como en un segundo elemento natural, dando testimonio de ellas en la vida, en el trabajo, en la profesión. ¡Distinguíos siempre por el amor a la Iglesia, a Jesucristo, a Dios!
Y lo repito a los jóvenes, esperanza del mañana y a quienes llevo tan dentro de mi corazón; espero ardientemente que, entre vosotros, continúen floreciendo las vocaciones sacerdotales y religiosas, según los ejemplos recibidos; lo repito a los emigrantes, que buscan fuera de la patria, pero con el corazón puesto en sus queridos montes nativos, un porvenir más seguro para sí y para sus propias familias; lo digo a los trabajadores y a todos los carísimos hermanos y hermanas que me escuchan. Sólo así, en la adhesión fiel a Dios que nos ama y que nos ha hablado por medio de su Hijo y nos guía y sostiene por medio de la Iglesia, podremos encontrar aquella nobleza, aquella rectitud, aquella grandeza que ninguna otra cosa en el mundo puede darnos. De ahí nace la verdadera prerrogativa de la gente italiana, cuyo carácter y virtudes vosotros encarnáis tan bien, y sólo así puede garantizarse la continuidad de aquel patrimonio espiritual, que ha dado a la patria y a la Iglesia figuras tan nobles y grandes, cual ha sido para todo el mundo un hombre y un Papa como Juan Pablo I.
He sentido el deber de venir aquí, precisamente para recordaros a vosotros. habitantes de Canale d'Agordo y belluneses todos, así como al entero pueblo italiano, la belleza y la grandeza de vuestra vocación cristiana. Lo he hecho como continuador de la misión de mi Predecesor, la cual se iniciaba hace un año como una aurora llena de esperanza. Como he escrito en mi primera Encíclica Redemptor hominis, «ya el día 26 de agosto de 1978, cuando él declaró al Sacro Colegio que quería llamarse Juan Pablo —un binomio de este género no tenía precedentes en la historia del Papado— divisé en ello un auspicio elocuente de la gracia para el nuevo pontificado. Dado que aquel pontificado duró apenas 33 días, me toca a mí no sólo continuarlo, sino también, en cierto modo, asumirlo desde su mismo punto de partida» (n. 2, AAS, 71, 1979, pág. 259; L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 18 de marzo, 1979, pág. 3).
Mi presencia aquí, hoy, no expresa solamente mi sincero amor hacia vosotros, sino que es también el signo público y solemne de este deber mío y quiere testimoniar ante el mundo que la misión y el apostolado de mi Predecesor continúan brillando como luz clarísima en la Iglesia, con una presencia que la muerte no pudo truncar. Más aún, le dio un impulso y una continuidad que nunca conocerán el ocaso.
VISITA A LOS MONJES DE LA ABADÍA DE GROTTAFERRATA
EN EL XVI CENTENARIO DE LA MUERTE DE SAN BASILIO MAGNO
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Domingo 9 de septiembre de 1979
Queridísimos monjes de la abadía de Grottaferrata, y vosotros, sacerdotes y fieles que me escucháis:
1. No sólo la cercanía del lugar, sino también y sobre todo la cercanía del espíritu me ha hecho venir esta tarde hasta vosotros, para celebrar la liturgia dominical y dirigiros una palabra de exhortación y de ánimo. Nuestro encuentro se desarrolla en el XVI centenario de la muerte de San Basilio Magno, obispo de Cesarea de Capadocia; y quiero, ante todo, dar las gracias y saludar a los buenos religiosos, que toman nombre de este insigne doctor de la Iglesia Oriental, y que nos brindan hospitalidad a la sombra de su histórica abadía. Saludo después cordialmente a todos los que habéis venido en tan gran número y me habéis demostrado vuestros sentimientos de afectuoso saludo.
2. Acabamos de escuchar las lecturas de la Sagrada Escritura, tan ricas de enseñanzas y dignas de atenta reflexión. Pero me detendré preferentemente en el episodio evangélico, que se refiere a la curación milagrosa de un sordomudo, realizada por Nuestro Señor Jesucristo. ¡Qué hermoso es, queridísimos hermanos, ese grito unánime que se levanta de la multitud: "Todo lo ha hecho bien"! Esta exclamación, dictada —como observa el evangelista— por un vivo estupor, es más que un simple reconocimiento de la potencia del Señor, o un tributo de admiración por el prodigio.
En realidad, implica la "violación" de una orden dada por Jesús, que había pedido silencio en torno a ese hecho; además —y es algo muy importante— va seguida y, diría, integrada por otras palabras que dan un claro testimonio mesiánico de El. "Todo lo ha hecho bien —dijeron los presentes—; a los sordos hace oír y a los mudos hablar". ¿No reconocían precisamente en estas acciones algunos de esos "signos" que, según los anuncios de los profetas, se verificarían a la llegada del Mesías? ¿Y acaso no hemos leído en el texto de Isaías, que ha precedido a este Evangelio, las palabras inspiradas: "Entonces se abrirán los ojos de los ciegos, se abrirán los oídos de los sordos. Entonces... la lengua de los mudos cantará gozosa" (Is 35, 5-6)?
Sí, hermanos, basándonos en el valor probativo de esta correspondencia entre predicciones y cumplimientos, haciéndonos eco del entusiasmo de las turbas, creemos y confesamos que Jesús es verdaderamente el Mesías, esto es, el Ungido de Dios, el Cristo. El ha sido consagrado por Dios y enviado al mundo. Jamás meditaremos bastante —es tan importante y denso de contenido— sobre este dato de nuestro Credo: Jesús; el Hijo unigénito de Dios, en cumplimiento de las antiguas promesas, ha venido en la plenitud de los tiempos a nosotros haciéndose hijo del hombre, se ha colocado el el centro de la historia para realizar de manera auténtica y definitiva el designio de salvación, concebido por el Padre desde la eternidad. Iluminados por la fe, debemos mirar no sólo a la figura del Mesías, tino también a esta misión suya, que interesa a la humanidad en general y a cada uno de nosotros en particular.
Ya en el Antiguo Testamento el Mesías es como el catalizador de los anhelos y de las esperas del pueblo de Israel, a lo largo de todo el arco de su historia: cada una de las esperanzas de liberación y de santificación se apoyan fuertemente sobre El. Pero en el Nuevo Testamento es donde esta función del Mesías se precisa como misión de salvación espiritual y universal. Hallándose un día en la sinagoga de Nazaret, Jesús dio lectura a una página de Isaías: "El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ungió para evangelizar a los pobres; me envió... para dar a los ciegos la recuperación de la vista...", e ilustró la explicación con una premisa significativa: "Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír" (cf. Lc 4, 16-21). Y a los discípulos de Juan Bautista que habían venido a preguntarle: "¿Eres tú el que viene o hemos de esperar a otro?", Jesús respondió apelando a los hechos previstos y predichos para el Mesías: "Id y referid a Juan lo que habéis oído y visto: los ciegos ven... los sordos oyen... y los pobres son evangelizados" (cf. Mt 11, 2-6).
Reanudemos ahora, a la luz de estos textos, la narración del Evangelio de hoy.
3. El milagro nos dice también algo desde el punto de vista del "modus operandi" que sigue Jesús-Mesías. Le habían presentado un sordomudo, rogándole que le impusiera las manos: Jesús, en cambio, realiza sobre él diversos gestos: lo toma aparte: le mete los dedos en los oídos; le toca la lengua. ¿Por qué todo esto? Porque la condición que Jesús exige siempre de los que sufren y de los enfermos es la fe, preguntándoles sobre ella o estimulándoles a ella, según los casos. Ahora bien, en el caso del sordomudo, el tocar sus sentidos impedidos responde precisamente a este fin: comunicarse con quien no puede oír ni hablar, y despertar en él un movimiento de fe.
Pero hay más: Jesús eleva los ojos al cielo, después suspira y pronuncia la palabra resolutiva: Effatà, una de las pocas palabras que conservamos con el sonido con que las pronunció Jesús. Notemos el poder de esta palabra, que tiene una carga dinámica, porque realiza el efecto que expresa. Como ante otras palabras de Cristo, referidas en los Evangelios, por ejemplo Talita Kunz, que hizo levantar del lecho a la hija muerta de Jairo (cf. Mc 5, 22-24. 35-43), o como la expresión Lazare, veni foras, que hizo salir del sepulcro al amigo cuyo cuerpo ya estaba en descomposición (cf. Jn 11, 38-44), estamos aquí frente al misterio del poder de taumaturgo, que es atributo connatural del Mesías-Hijo de Dios. Este, siendo el Verbo del Padre, la Palabra viviente del Padre, lo mismo que con el Fiat creador sacó de la nada todas las cosas, así también con la palabra salida de su boca humana tiene la virtud, es decir, la potencia absoluta de plegar todas las cosas a su querer.
¿Por qué, pues, no tratamos de experimentar en nosotros mismos esta virtud permanente de Cristo? Junto a sus palabras realizadoras de milagros físicos, ¿cuántas otras palabras contiene el Evangelio que "cavan" a nivel interior y actúan en el plano sobrenatural? Recuerdo rápidamente las palabras "Confía, hijo; tus pecados te son perdonados", dirigidas al paralítico (Mt 9, 3); "Vete y no peques más", dirigidas a la adúltera (Jn 8, 11). Recuerdo también el milagro que realiza en Zaqueo la simple presencia de Jesús: "Hoy ha venido la salud a tu casa" (Lc 19, 9). Y podría añadir el "Venid en pos de mí" que fue determinante para la vocación de los Apóstoles (cf. Mt 4, 19); o el "Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré yo mi Iglesia" (Mt 16, 18), o las palabras más arcanas y sublimes de la última Cena: "Este es mi cuerpo; esta es mi sangre" (Mt 26, 26. 28).
Íntimamente persuadidos de la fuerza milagrosa, de la dynamis de Cristo, que en el momento de dejar este mundo reivindicó para sí "todo poder en el cielo y en la tierra" (Mt 28, 18), debemos ir a El para sanar de nuestros males físicos y morales, para curar nuestras debilidades y nuestros pecados: obtendremos de El esperanza, fuerza y salud. según la medida de nuestra fe.
4. Pero, ¿qué diré de particular a los religiosos basilianos y a toda la comunidad monástica de Grottaferrata? La palabra de Dios que he querido explicar ciertamente vale también para ellos. Pero yo sé que esperan al menos un pensamiento para aliento de su vida de especial consagración al Señor en el espíritu de las enseñanzas ascéticas de San Basilio.
Aquí, a pocos kilómetros de Roma, sois expresión, mis queridos hermanos, de la fecundidad del ideal monástico de rito bizantino, y vuestra abadía —como escribió ya mi predecesor Pío XI, de venerada memoria, en el documento de su erección canónica— es "como una fulgidísima perla oriental" engarzada en la diadema de la Iglesia romana (cf. Constitución Apostólica Pervetustum Cryptaeferratae Coenobium; AAS, XXX, 1938, págs. 183-186).
Conozco, por otra parte, el singular vínculo de fidelidad que este monasterio, desde su fundación a comienzos del siglo XI, ha mantenido constantemente con la Sede Apostólica: causa ésta, no última, de la benevolencia que le han demostrado los Sumos Pontífices. Y sé también que esta relación permanecerá siempre estable... Pues bien, en la ejemplaridad de vuestra adhesión a la Sede de Pedro, tened cuidado de ofrecer un válido testimonio a cuantos tienen ocasión de acercarse a vosotros y conoceros: sabed irradiar la pura luz evangélica ante los hombres "para que, viendo vuestras buenas obras, glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos" (Mt 5, 16). El ejercicio de las virtudes: comenzando por la caridad fraterna, el equilibrio en la vida religiosa, la asidua laboriosidad, el estudio amoroso de las Sagradas Escrituras, la tensión continua hacia la "otra vida", lo mismo que son principios importantes en la regla del gran Basilio, así deben ser las cualidades que os distingan, en confirmación de la auténtica e ininterrumpida tradición de espiritualidad que tanto honra a vuestro Instituto. Y precisamente porque representáis esta tradición monástica griega, deberá distinguiros otra cualidad, esto es, una especial sensibilidad ecuménica: por vuestra situación, por vuestra formación, podéis hacer mucho a este respecto, comprometiéndoos en el diálogo y sobre todo en la oración a fin de favorecer la deseada unidad entre católicos y ortodoxos.
Al reanudar ahora la celebración de la Santa Misa, yo os invito a los religiosos y con vosotros a todos los fieles que os rodean, a unirse a mí en la invocación común para que el Señor Jesús, como si renovara el milagro del sordomudo, quiera abrir nuestros oídos para escuchar siempre con fidelidad su palabra, y vuelva expedita nuestra lengua para alabar y dar gracias a su Padre y nuestro Padre celeste. Así sea.
ORDENACIÓN EPISCOPAL DE MONSEÑOR JOSEF TOMKO
HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
Capilla Sixtina
Sábado 15 de septiembre de 1979
Queridos hermanos y hermanas:
1. He aquí a nuestro hermano José, a quien el Espíritu Santo "constituye" (cf. Ef 4, 11) hoy obispo de la Iglesia; mediante mi servicio, lo agrega al círculo de este Colegio que, con la sucesión de los Apóstoles, recibe no sólo los signos vivos de todo el Pueblo de Dios, sino también un particular poder sacerdotal, magisterial y pastoral en relación a los demás.
Este es un momento solemne e importante no sólo para el obispo que es consagrado, sino para toda la Iglesia. Nuestro hermano José debe asumir el importante cargo de Secretario General del Sínodo de los Obispos, del órgano que, según la decisión del último Concilio, se ha convertido en una expresión especialmente provechosa y en el instrumento de la colegialidad episcopal.
2. Y he aquí que en este momento se desarrolla un diálogo singular entre el nuevo ordenando y Cristo, viviente en la Iglesia, cuyas tres etapas están trazadas por las lecturas de la liturgia de la Palabra de hoy.
En la primera etapa somos testigos de cuanto dice el que nos conoce eternamente, el que sabe lo que hay en cada hombre (cf. Jn 2, 25): "Antes de que te formara en las maternas entrañas te conocía" (Jer 1, 5), y el hombre llamado por El, parece responder: "¡Ah, Señor Yavé! No sé hablar" (Jer 1, 6) ; a su vez, el Señor del corazón humano dice: "Irás adonde te envíe yo y dirás lo que yo te mande. No los temas, que yo estaré contigo, para protegerte" (Jer 1, 7-8). Esta es la primera etapa.
3. En la segunda etapa sólo habla él Señor y el llamado escucha. El Señor, en su discurso, manifiesta las exigencias con las palabras del Apóstol Pablo en la carta a Timoteo: "Te amonesto que hagas revivir la gracia de Dios que hay en ti por la imposición de mis manos... soporta con fortaleza los trabajos por la causa del Evangelio, en el poder de Dios... Cristo aniquiló la muerte y sacó a luz la vida y la incorrupción por medio del Evangelio... Retén la forma de los sanos discursos que de mí oíste, inspirados en la fe y en la caridad de Cristo Jesús. Guarda el buen depósito por la virtud del Espíritu Santo, que mora en nosotros" (2 Tim 1, 6-8. 13-14).
Estas palabras provienen de Pablo que se las dirigió a Timoteo. Se encierra en ellas una expresión espléndida de la sucesión apostólica. La consagración episcopal, que recibe hoy de las manos de Juan Pablo, Obispo de Roma, nuestro hermano José, forma parte y es un nuevo eslabón de ella.
4. Finalmente, la tercera etapa. En el Evangelio habla Cristo mismo. A las exigencias expresadas hace poco añade su propio ejemplo y modelo. "Yo soy el Buen Pastor; el Buen Pastor da su vida por las ovejas... Yo soy el Buen Pastor y conozco a las mías, y las mías me conocen a mí, como el Padre me conoce y yo conozco a mi Padre" (Jn 10, 11. 14-15).
Las palabras de Cristo resuenan con un eco especial en el alma de cada uno de los que, junto con la imposición de las manos, recibe la función pastoral, la solicitud y la responsabilidad. Precisamente con esta alegoría suya, con este ejemplo, Cristo obliga muy profundamente a cada uno de nosotros. Quiere que seamos como El es: el Buen Pastor.
He aquí las tres etapas del diálogo que, durante la liturgia de hoy, tiene lugar entre Cristo, viviente en la Iglesia, y nuestro hermano José, que recibe la ordenación episcopal. Sería difícil añadir algo más a estas palabras del Señor. Están llenas de sabiduría y de amor supremo. Nosotros todos que escuchamos, tratemos de ayudar a nuestro hermano con la oración, para que estas palabras se conviertan en el programa de su vida y en el contenido de su nuevo ministerio en la Iglesia.
5. De modo especial lo ayudan con la oración las personas más cercanas a él, sobre todo sus padres, su hermana y su cuñado, y otros familiares, que han podido venir aquí desde la nativa Eslovaquia; luego sus hermanos en el sacerdocio, los peregrinos de Kosice, Presov, Trnava y Bratislava, otros peregrinos provenientes de toda Europa, y también del Canadá, Estados Unidos de América y Australia, como también los que espiritualmente se unen a nosotros en este momento importante.
Mis pensamientos, junto con los del nuevo obispo, se dirigen ahora hacia los lugares de donde él proviene. hacia el declive meridional de los Tatra, de los que no queda lejos Udavské, su nido natal: la Iglesia de la que proviene y en la que entró mediante el bautismo y la confirmación, mediante el ambiente cristiano de su familia, el ejemplo de los padres, la amistad de los coetáneos. Nuestros pensamientos se dirigen también a la parroquia donde, en medio de la comunidad cristiana, dio los primeros pasos, y donde ciertamente oyó las primeras palabras de la llamada de Cristo al sacerdocio.
Hoy abrazamos de modo especial, con el recuerdo y el amor, a todo ese país y a toda la nación, porque hoy es el día de María Virgen Dolorosa, que en Eslovaquia, precisamente en este día, es venerada como la principal Patrona celeste. Estando presente bajo la cruz, Ella se unió del modo más pleno a su Hijo, nuestro Redentor. Estando presente bajo la cruz, es para nosotros el modelo más espléndido de la fortaleza materna, cuando con intrépida fuerza de espíritu parece repetir: "He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra" (Lc 1, 38). Estando presente bajo la cruz, nos acepta a cada uno como hijos suyos, lo mismo que aceptó a Juan.
Así Ella acepta hoy también a este hijo de la tierra eslovaca que recibe en la Capilla Sixtina en Roma, de las manos del Papa, la consagración episcopal. Y parece decir a todos los hijos e hijas de la lejana Eslovaquia: ¡Permaneced conmigo! ¡Permaneced con Cristo! Sed hijos del amor supremo con el que Dios mismo "amó tanto al mundo, que le dio su unigénito Hijo, para que todo el que crea en El no perezca, sino que tenga la vida eterna" (Jn 3, 16).
Hay aquí hermanos del nuevo arzobispo, procedentes de Bohemia, sus compañeros de estudio en el Pontificio Colegio Nepomuceno, que también le acompañan con sus oraciones. También a la querida nación hermana checa va en este momento el recuerdo de todos nosotros y la seguridad de que siempre está muy cerca del corazón del Papa.
SANTA MISA CON LOS PARTICIPANTES EN LA III ASAMBLEA PLENARIA
DEL CONSEJO PONTIFICIO PARA LOS LAICOS
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Capilla Matilde
Miércoles 10 de octubre de 1979
Queridos hermanos y hermanas:
Es fácil evocar la vida del querido mons. Marcel Uylenbroeck, escuchando las lecturas de la Escritura Santa: Dios le puso a prueba a lo largo de una enfermedad inexorable, que le ha atacado en plena madurez de su edad y cuando cumplía para la Iglesia un servicio importante y apreciado. El aceptó la prueba, con fe, y ofreció su vida por la Iglesia. Cristo, el dueño de la casa, vio entonces que tenía encendida su lámpara, la lámpara de la caridad y de la esperanza. Y aceptó su holocausto. Como dice San Pablo, tanto en la vida como en la muerte, pertenecemos al Señor.
Mons. Uylenbroeck había, como bien sabéis, consagrado su vida al Señor, con un especial celo por la evangelización. Muy pronto participó, siendo aún laico, en el apostolado con los jóvenes del mundo obrero, dentro de la JOC belga; luego, ya sacerdote, como consiliario nacional e internacional de dicho Movimiento. Cuando Pablo VI lo nombró, hace diez años, secretario del Consejo de los Laicos, aportaba, por tanto, al cargo una experiencia utilísima para comprender la vida de los laicos y su apostolado organizado. Y es ahí donde muchos de vosotros, y yo mismo, lo hemos visto actuar. En su tarea, sabía promover de buen grado las actividades multiformes de las Asociaciones de laicos, así como recoger los frutos de vida cristiana, en que tiene su parte el Espíritu Santo. Ayudaba a los responsables a reflexionar, a confrontar sus actividades con las de los demás en la Iglesia universal, siguiendo las orientaciones de la Santa Sede, y a profundizar en las motivaciones; al mismo tiempo, contribuía al servicio del Papa. Además de otras tareas que constituyen el honroso deber del Pontificio Consejo para los Laicos.
Al margen de este trabajo, continuaba interesándose, en la misma Roma y fuera de ella, por los jóvenes de toda condición, consagrando su tiempo y sus fuerzas apostólicas, en contactos personales o por correspondencia, a consolarlos, aclararles ideas, enderezarles hacia un camino mejor. inspirándose en el Evangelio.
Con todos cuantos se han beneficiado de este trabajo, vamos a ofrecérselo al Señor, pidiéndole que recompense a este siervo fiel y le conceda su luz, su paz, su gozo, en la vida eterna. Vosotros habéis seguido de modo especial ese trabajo durante la asamblea general. No es éste el lugar oportuno para insistir en ello, pero tengo que decir que me siento obligado a dar las gracias y estimular vivamente a los miembros y consultores del Consejo, algunos de los cuales han venido de muy lejos así como a todas las personas que prestan diariamente su colaboración en las actividades de este dicasterio. Yo mismo he participado como miembro del Consejo —en tiempos todavía no muy lejanos— a ese trabajo de confrontación y reflexión. Como Papa cuento con vuestra aportación para iluminar, sostener, armonizar el dinamismo de los laicos en todo el mundo, así como para que comuniquéis, a mí y a la Santa Sede, vuestras informaciones y sugerencias, y muy especialmente las de esta asamblea.
Las parroquias siguen siendo los lugares privilegiados donde los laicos de toda condición y de todas las asociaciones pueden reunirse para celebrar la Eucaristía, especialmente el culto dominical, para la oración, para la animación catequística, etc. Pero es conveniente también que existan, ligados a ellas; otros lugares, otros centros, tanto a escala mayor o, por el contrario, más reducida, a fin de proveer a las necesidades específicas del Pueblo de Dios en materia de educación, de catequesis, de asistencia, de ayuda sanitaria, de promoción social, etc. Esto permitirá una participación más directa del laicado y una acción más adecuada. Ese era precisamente el tema de vuestra asamblea: la formación de tales comunidades locales de base. Se trata de estimularlas, garantizando su autenticidad evangélica y su cualidad eclesial. Es muy importante para la vitalidad de la Iglesia, para su inserción y su testimonio en el mundo contemporáneo.
Sería oportuno también revisar los criterios de las Organizaciones internacionales católicas y el estatuto de sus asistentes eclesiásticos, porque deben estar bien definidos el papel de los laicos, el de los sacerdotes y la conexión con la Iglesia y el Magisterio.
Las mujeres, en especial, deben encontrar exactamente la función que les corresponde en la Iglesia y hacer que ésta se beneficie de todos sus recursos de fe y de caridad.
No nos olvidemos, por otra parte, que el próximo Sínodo llama desde ahora la atención de toda la Iglesia sobre un apostolado irreemplazable: el de la familia.
Por vuestra parte, contribuid a que toda esta acción de los laicos se inspire en la fe, es decir, en la importancia de la revisión de vida a la luz del Evangelio y en la importancia de la oración, así como en la fidelidad a la Iglesia, en la preocupación, no ya de uniformidad, sino de unidad y de comunión; y, sobre todo, en la esperanza.
Numerosos signos —como he podido comprobar en Irlanda y en Estados Unidos— demuestran hoy que existen maravillosas reservas de fe y de dinamismo cristiano en el corazón de nuestros contemporáneos, especialmente entre los jóvenes. E incluso aun cuando esos signos son menos evidentes —debemos trabajar con fe y paciencia—, no hemos de olvidar que Dios es fiel a sus promesas y que hará que consigan frutos quienes se arriesgan a construir su vida sobre la roca del Evangelio. ¡Animo! Que su Espíritu no abandona a quienes le imploran, como la Virgen en Pentecostés, y que hacen, como Ella, lo que el Señor les diga. Bendiciéndoos de todo corazón, ruego a Dios que fortifique vuestra esperanza. Y que conceda felicidad eterna a aquel que nos ha precedido en la casa del Padre, a nuestro amigo mons. Marcel Uylenbroeck.
CONCELEBRACIÓN EUCARÍSTICA
PARA LOS ALUMNOS DEL PONTIFICIO SEMINARIO ROMANO
HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
Capilla Paulina
Sábado 13 de octubre de 1979
Queridísimos alumnos del Seminario Romano:
Podéis imaginar con cuánto afecto y emoción celebro la Santa Misa con vosotros y para vosotros, esta mañana, al final de vuestros ejercicios espirituales y al comienzo del nuevo año académico.
En efecto, vosotros sois mis seminaristas, los alumnos del seminario de mi diócesis de Roma, que el Señor me ha confiado al disponer mi elección como Sumo Pontífice, y yo, como antes en Cracovia y como cualquier otro obispo, os considero el tesoro más precioso que tiene su puesto en lo íntimo de mi corazón y de mis solicitudes. Y aun cuando, a causa de la atención y servicio a la Iglesia universal, debo, como siempre hicieron mis predecesores, delegar gran parte del ministerio directo al cardenal Vicario, al vicegerente y a los obispos auxiliares, sin embargo, vosotros estáis especialmente presentes en mi oración cotidiana y en mi inquietud paterna.
Estamos aquí reunidos en torno al altar para ofrecer al Señor el Sacrificio eucarístico y para sellar de modo concreto los propósitos de vida, santa y comprometida, que sin duda habéis formulado en estos días de silencio y reflexión.
Mientras os agradezco de corazón vuestra buena voluntad y os expreso mi profunda alegría por este encuentro tan significativo, deseo también sugeriros algunas indicaciones apropiadas a este momento especial.
1. Mantened en vosotros constante y ferviente el sentido de la alegría por la verdad que conocéis.
Es realmente impresionante pensar que se posee la verdad, es decir, conocer el sentido de la vida humana, el significado de la historia y de todo el universo, el motivo de la existencia que se desarrolla entre cumbres de conquistas científicas y abismos de miserias y dolores.
¡Y la verdad es Dios, Creador, Redentor y Remunerador; la verdad es Cristo, que precisamente se ha definido como "camino, verdad, vida, luz, amor, salvación"; la verdad es la Iglesia que El ha querido y fundado para transmitir íntegra su Palabra y los medios de salvación! ¡Y vosotros poseéis, gustáis todo este patrimonio admirable!
¡Cuántos jóvenes no poseen la verdad y arrastran su existencia sin un "porqué"; cuántos, por desgracia, después de vanas y extenuantes búsquedas, desilusionados y amargados, se han abandonado y se abandonan todavía a la desesperación! ¡Y cuántos han logrado alcanzar la verdad sólo después de años de angustiosos interrogantes y experiencias penosas!
¡Pensad, por ejemplo, en el itinerario dramático de San Agustín para llegar a la luz de la verdad y a la paz de la inocencia reconquistada! ¡Y qué suspiro dio cuando finalmente llegó a la luz! ¡Y exclamó con nostalgia: "Sero Te amavi"!
¡Pensad en la fatiga que debió soportar el célebre cardenal Newman para llegar al catolicismo con la fuerza de la lógica! ¡Qué larga y dolorosa agonía espiritual!
Y así podríamos recordar a tantas otras figuras eminentes, pasadas y recientes, que han tenido que luchar duramente para conseguir la verdad.
Pues bien, ellos llegaron adonde vosotros ya estáis. Efectivamente, vosotros poseéis la verdad, entera, luminosa, consoladora. ¡Cuántos envidian vuestra situación!
Sabed, pues, gozar de la verdad, como dice Santo Tomás; sabed vivir de la verdad y en la verdad; sabed profundizar y dilucidar siempre más y mejor la verdad en todos sus aspectos y en todas sus exigencias filosóficas, teológicas, bíblicas, históricas, sicológicas, científicas, jurídicas, sociales, por íntima exigencia vuestra y para ser en todas partes "testigos de la verdad".
Tenéis tiempo, libros y profesores calificados para apasionaros cada vez más por la verdad y luego poderla comunicar un día con seguridad y competencia: no perdáis el tiempo. Y sobre todo no os arriesguéis a campos minados y peligrosos, no seáis jactanciosos y presuntuosos, porque es fácil caer en la confusión y ser vencidos por el orgullo; sabed ser sensibles y dóciles, para no desaprovechar ni estropear el don inmensamente precioso que poseéis.
2. Tened sentido de vuestra responsabilidad.
Reflexionad sobre vuestra "identidad": sois de los llamados, elegidos por el mismo Jesús, el divino Maestro, el Pastor y Salvador de nuestras almas, ¡el Redentor del hombre! El os ha elegido, de modo misterioso pero real, para haceros con El y como El salvadores; quiere transformaros en El, confiaros sus mismos poderes divinos... ¡Vosotros debéis un día actuar "in persona Christi"!
Por esto no sois como los otros jóvenes, que tienen delante sólo las metas normales de la carrera, de la posición social, del matrimonio, de las satisfacciones terrenas, aunque sea con ideales cristianos y aun apostólicos.
Vosotros sois distintos, porque estáis llamados al sacerdocio.
Y entonces debéis plantear vuestra vida sobre un tipo de formación y de responsabilidad eminentemente de apostolado y de testimonio.
A los jóvenes reunidos en Galway, Irlanda, les decía recientemente: `"Cristo os llama pero El os llama de verdad., Su llamada es exigente, porque os invita a dejaros 'capturar' completamente por El, de modo que veréis toda vuestra vida bajo una luz nueva" (30 de septiembre de 1979).
¡Si esto vale para los jóvenes, mucho más debe valer para vosotros, queridísimos seminaristas! ¡Dejaos capturar por Jesús y tratad de vivir sólo para El!
También os quiero confiar lo que dije a los seminaristas irlandeses en Maynooth: "La Palabra de Dios es el gran tesoro de vuestras vidas... Dios cuenta con vosotros y hace sus planes, en cierto modo, dependiendo de vuestra libre colaboración, de la oblación de vuestras vidas y de la generosidad con que sigáis las inspiraciones que el Espíritu Santo os hace en el fondo de vuestros corazones". Y también: "Vosotros os preparáis para el don total de vosotros mismos a Cristo y al servicio de su Reino. Lleváis a Cristo el don de vuestro entusiasmo y vitalidad juvenil. En vosotros Cristo es eternamente joven, y a través de vosotros rejuvenece a la Iglesia. No le defraudéis. No defraudéis al pueblo que está esperando que le llevéis a Cristo... Cristo os mira y os ama" (1 de octubre de 1979).
3. Finalmente, mantened vivo el sentido del compromiso.
Vosotros deseáis llegar a ser sacerdotes, o al menos deseáis descubrir si realmente estáis llamados. Y entonces la cuestión es seria, porque es necesario prepararse bien, con claridad de intenciones y con una formación severa. ¡El mundo mira al sacerdote, porque mira a Jesús! ¡Nadie puede ver a Cristo; pero todos ven al sacerdote, y por medio de él quieren entrever al Señor! ¡Inmensa grandeza y dignidad la del sacerdote, que ha sido llamado justamente "alter Christus"!
¡Por esto no debéis perder el tiempo! Efectivamente, es necesario un compromiso constante y apremiante en vuestra formación:
— empeño en la formación espiritual;
— empeño en la formación intelectual y cultural;
— empeño en la formación ascética, mediante el hábito del orden, de la pobreza, sacrificio, mortificación, control de los propios deseos, recordando la advertencia siempre válida de la "Imitación de Cristo": "Tantum proficies quantum tibi ipsi vim intuleris" (Lb. 1, cap. XXIV, núm. 11).
A los seminaristas de Filadelfia, después de haber citado la Optatam totius (núm. 11), les dije que el seminario debe proporcionar una sana disciplina para preparar al servicio consagrado: "Cuando la disciplina se ejercita adecuadamente, crea una atmósfera de recogimiento que capacita al seminarista para desarrollar interiormente esas actitudes que son tan deseables en un sacerdote, tales como la obediencia alegre. la generosidad y el sacrificio de sí mismo" (3 de octubre de 1979);
— empeño en la formación del propio carácter. Un buen carácter es un verdadero tesoro en la vida. A veces sacerdotes estupendos por su virtud y su celo merman la eficacia del ministerio por su temperamento impaciente, antipático, no equilibrado. Por eso es necesario formarse un buen carácter, abierto, comprensivo, paciente, y a esto ayuda ciertamente la dirección espiritual sincera, metódica;
— empeño en la formación social, conociendo la sicología de las diversas clases y sus exigencias, adquiriendo diversas posibilidades de atracción, aprendiendo también a ser autosuficientes para tantas necesidades de la vida.
Queridísimos seminaristas: El Señor os ayude y os acompañe cada día de este nuevo año de estudio y formación.
También os digo, como en el encuentro de Maynooth: "Este es un tiempo maravilloso para la historia de la Iglesia. Este es un tiempo maravilloso para ser sacerdote, para ser religioso, para ser misionero de Cristo. Alegraos siempre en el Señor. Alegraos en vuestra vocación" (1 de octubre de 1979).
Para lograr vuestro propósito, confiaos a María Santísima siempre, pero especialmente en los momentos de dificultad y de oscuridad: "De María aprendemos a rendirnos a la voluntad de Dios en todas las cosas. De María aprendemos a confiar también cuando parece haberse eclipsado toda esperanza. De María aprendemos a amar a Cristo, Hijo suyo e Hijo de Dios... Aprended de Ella a ser fieles siempre, a confiar en que la Palabra que Dios os da será cumplida, y que nada es imposible para Dios" (Homilía en la catedral de San Mateo en Washington, 6 de octubre de 1979).
Y también os sea propicia mi bendición que con afecto profundo os imparto a vosotros, a vuestros superiores y profesores y a todas las personas queridas.
BEATIFICACIÓN DE ENRIQUE DE OSSÓ Y CERVELLÓ
HOMILÍA DE JUAN PABLO II
Domingo 14 de octubre 1979
¡Alabado sea Jesucristo!
Venerables Hermanos y amados hijos e hijas
1. Esta mañana la Iglesia entona un canto de júbilo y de alabanza al Señor. Es el canto de la Madre que celebra la bondad y la misericordia divinas, al proclamar Beato a un hijo insigne, que se ha distinguido por el cultivo eminente de las virtudes cristianas: el sacerdote Enrique de Ossó y Cervelló, gloria de la amada España, tierra de Santos.
Para asistir a la glorificación del nuevo Beato, os habéis congregado en esta Basílica de San Pedro numerosos compatriotas suyos. Bienvenidos seáis todos, obispos, sacerdotes, religiosos y fieles españoles aquí presentes, así como los que procedéis de todos aquellos lugares a donde se ha irradiado el bien sembrado por el Beato Enrique de Ossó y donde ha brotado con pujanza el justo reconocimiento y el aprecio a su persona y a su obra.
Pero sobre todo bienvenidas seáis vosotras, Religiosas de la Compañía de Santa Teresa de Jesús, que habéis llegado con vuestras actuales y antiguas alumnas, provenientes de diversos lugares y Países de Europa, de África, de América, para ofrecer un cálido homenaje de devoción y renovada fidelidad a vuestro Padre Fundador.
Permitidme, sin embargo, que reserve una palabra de particular saludo a los representantes de la diócesis de Tortosa, y más concretamente a los del pequeño pueblo de Vinebre, cuna natal de esa admirable figura de hombre y de sacerdote, que la Iglesia propone hoy a nuestra imitación.
2. Sí, el Beato Enrique de Ossó nos ofrece una imagen viva del sacerdote fiel, perseverante, humilde y animoso ante las contradicciones, desprendido de todo interés humano, lleno de celo apostólico por la gloria de Dios y la salvación de las almas, activo en el apostolado y contemplativo en su extraordinaria vida de oración.
Y no era fácil la época que a él le tocó vivir, en una España dividida por las guerras civiles del siglo XIX y alterada por movimientos laicistas y anticlericales que pretendían la transformación política y social, dando incluso origen a sangrientos episodios revolucionarios. El, sin embargo, supo mantenerse firme e intrépido en su fe, en la que halló inspiración y fuerza para proyectar la luz de su sacerdocio sobre la sociedad de su tiempo. Con clara conciencia de lo que era su misión propia como hombre de Iglesia, a la que amaba entrañablemente, sin buscar nunca protagonismos humanos en campos que eran ajenos a su condición, en una apertura a todos sin distinción, para mejorarlos y llevarlos a Cristo. Cumplió su propósito: “ Seré siempre de Jesús, su ministro, su apóstol, su misionero de paz y de amor ”.
Los treinta años escasos de su vida sacerdotal dieron lugar a un continuo desarrollo de impresas apostólicas bien meditadas y abnegadamente ejecutadas, con una impresionante confianza en Dios.
La suya fue una existencia hecha oración continua que nutría su vida interior y que informaba todas sus obras. En la escuela de la gran Santa abulense aprende que la oración, ese “ trato de amistad ” con Dios, es medio necesario para conocerse y vivir en verdad, para crecer en la conciencia de ser hijos de Dios, para crecer en el amor. Es además un medio eficaz de transformar el mundo. Por ello será también un apóstol y pedagogo de la oración. ¡A cuántas almas enseñó a orar con su obra el Cuarto de hora de oración!
Este fue el secreto de su gran vida sacerdotal, lo que le dio alegría, equilibrio y fortaleza; lo que hizo que él, sacerdote, servidor y ministro de todos, sufriendo con todos, amando y respetando a todos, se sintiera dichoso de ser lo que era, consciente de que tenía en sus manos dones recibidos del Señor para la redención del mundo, dones que, aunque pequeño e indigno, ofrecía desde la infinita superioridad del misterio de Cristo y que llenaban su alma de un gozo inefable. Un testimonio y una lección de vida eclesial con plena validez para el sacerdote de hoy, que sólo en el Evangelio, en el ejemplo de los Santos y en las enseñanzas o normas de la Iglesia, no en sugerencias o teorías extrañas, puede encontrar orientación segura para conservar su identidad, para realizarse con plenitud.
Una vez más quiero exhortar, en esta espléndida ocasión, a mis amados hermanos sacerdotes, a la entrega total a Cristo, gozosamente vivida en el celibato por el Reino de los Cielos y en el servicio generoso a los hermanos, sobre todo a los más pobres, a través de una vida centrada en el propio ministerio pastoral, esto es, en la misión específica de la Iglesia, y caracterizada por ese estilo evangélico que expuse en mi Carta del Jueves Santo y del que he hablado nuevamente en mis gratísimos encuentros con los presbíteros durante mi reciente viaje apostólico.
3. Si queremos señalar ahora uno de los rasgos más característicos de la fisonomía apostólica del nuevo Beato, podríamos decir que fue uno de los más grandes catequistas del siglo XIX, lo que le hace muy actual en este momento en que toda la Iglesia reflexiona –como lo hizo también en la última sesión del Sínodo de los Obispos – sobre el deber de catequizar que incumbe a todos sus hijos.
Como catequista genial, él se distinguió por sus escritos y por su labor práctica; atento a dar a conocer, adecuadamente y en sintonía con el Magisterio de la Iglesia, el contenido de la fe, y ayudar a vivirlo. Sus métodos activos le hicieron anticiparse a conquistas pedagógicas posteriores. Pero sobre todo, el objetivo que se propuso fue dar a conocer y despertar el amor a Dios, a Cristo, y a la Iglesia, que es el centro de la misión del verdadero catequista.
En esa misión todos los campos: el de la niñez, con sus inolvidables catequesis en Tortosa (“ por los niños al corazón de los hombres ”); el del mundo juvenil, con las Asociaciones des jóvenes, que llegaron a tener muy amplia difusión; el de la familia, con sus escritos de propaganda religiosa, particularmente la Revista Teresiana; el de los obreros, tratando de dar a conocer la doctrina social de la Iglesia; el de le instrucción y la cultura en el que, con arreglo a la mentalidad de la época, luchó para asegurar la presencia del ideal católico en la escuela, a todos los niveles, incluso en el universitario. Se dedicó incansablemente al ministerio de la palabra hablada, a través de la predicación, y de la palabra escrita, a través de la prensa como medio de apostolado.
4. Pero en su afán catequizador, su obra predilecta, la que consumió la mayor parte de sus energías, fue la fundación de la Compañía de Santa Teresa de Jesús.
Para extender el radio de su acción en el tiempo y en el espacio; para penetrar en el corazón de la familia; para servir a la sociedad en una época en que la capacitación cultural empezaba a ser indispensable, llamó junto a sí a mujeres que podían ayudarle en tal misión, y se entregó a la tarea de formarlas con esmero. Con ellas dio comienzo el nuevo Instituto, que habría de distinguirse por estos rasgos: como hijas de su tiempo, la estima de los valores de la cultura; como consagradas a Dios, su entrega total al servicio de la Iglesia; como estilo propio de espiritualidad, la asimilación de la doctrina y ejemplos de Santa Teresa de Jesús.
Podríamos decir que la Compañía de Santa Teresa de Jesús fue y es como la gran catequesis organizada por el Beato Ossó para llegar a la mujer, y a través de ella infundir nueva vitalidad en la sociedad y en la Iglesia.
Hijas de la Compañía de Santa Teresa: dejadme decir que me complace ver que os mantenéis fieles a vuestro carisma, dentro de la renovación que demanda el momento actual a la luz de las orientaciones del Concilio Vaticano II y de la Exhortación Apostólica Evangelica testificatio de mi predecesor Pablo VI. De acuerdo con el legado de vuestro Fundador y el espíritu de la gran Santa de Ávila, sed generosas en vuestra donación total a Cristo, para dar mucho fruto en los países de misión. Que vuestra conducta toda refleje la riqueza de una vida interior en la que la renuncia es amor; el sacrificio, eficacia apostólica; la fidelidad, aceptación del misterio que vivís; la obediencia, elevación sobrenatural; la virginidad, donación alegre a los demás por el reino de los cielos. Sed ante el mundo, incluso con los signos externos, un testimonio vivo de ideales grandes hechos realidad, catequizando, evangelizando siempre con la palabra y con la acción apostólica; sed una prueba fehaciente de que, hoy como ayer, vale la pena no recortar las alas del propio espíritu para dar al mundo actual –que tanto lo necesita y que lo busca, a veces aún sin saberlo– la serenidad en la fe, la alegría en la esperanza, la felicidad en el verdadero amor. Vale la pena, sí, vivir para ello; vivir así la propia vocación de mujer y de religiosa. A imitación de la Virgen María, a quien vuestro Fundador profesó tan tierna devoción.
5. Para el cristiano de hoy, sumido en un ambiente de búsqueda acelerada de un ideal nuevo de hombre, el Beato Enrique de Ossó, el educador cristiano, deja asimismo un legado. Ese hombre nuevo que se busca, no podrá ser auténticamente tal sin Cristo, el Redentor del hombre. Habrá que cultivarlo, educarlo, dignificarlo cada vez más en sus polivalentes facetas humanas, pero hay que catequizarlo, abrirlo a horizontes espirituales y religiosos donde encuentre su proyección de eternidad, como hijo de Dios y ciudadano de un mundo que rebasa el presente.
¡Qué amplio campo si abre a la dedicación generosa de los padres y madres de familia; a los responsables y profesores en colegios e instituciones docentes, sobre todo de la Iglesia – que deberán continuar siendo, con el debido respeto a todos, centros de educación cristiana –; a muchas de vosotras antiguas alumnas de colegios de la Compañía de Santa Teresa que seguís al lado de vuestras maestras de un día; a tantas otras almas, que desde diversos puestos, privados o públicos, podéis contribuir a la elevación cultural y humana de los demás y a su formación en la fe! Sed conscientes de vuestra responsabilidad y posibilidades de hacer el bien.
6. Termino estas reflexiones dedicando un cordial saludo a los miembros de la Misión especial enviada a este acto por el Gobierno español. Pido a Dios que la tradición católica de la nación española, de la que tanto habló y escribió el nuevo Beato, sea de estímulo en la actual fase de su historia y pueda ésta alargarse hacia metas superiores, mirando decididamente al futuro, pero sin olvidar, más aún tratando de conservar y vitalizar las esencias cristianas del pasado, para que así el presente sea una época de paz, de prosperidad material y espiritual, de esperanza en Cristo Salvador.
MISA DE INAUGURACIÓN DEL CURSO ACADÉMICO DE LAS UNIVERSIDADES
Y CENTROS DE ESTUDIOS ECLESIÁSTICOS DE ROMA
HOMILÍA DEL SUMO PONTÍFICE JUAN PABLO II
Basílica de San Pedro
Lunes 15 de octubre de 1979
1. Es para mi motivo de alegría sincera encontrarme aquí hoy presidiendo esta solemne liturgia eucarística que ve reunidos en torno al altar ele Cristo, junto con el señor cardenal Prefecto de la Sagrada Congregación para la Educación Católica y con los rectores de las Pontificias Universidades y Ateneos romanos, a los profesores, alumnos y al personal auxiliar de estos centros de estudio.
Estamos aquí reunidos, hijos queridísimos, por una circunstancia especialmente significativa: quererlos inaugurar oficialmente con esta concelebración el año académico 1979-1980. Queremos inaugurarlo bajo la mirada de Dios. Sentimos que es justo hacerlo así. En efecto, ¿qué es un nuevo año de estudio sino la reanudación de una ascensión ideal que. por senderos frecuentemente empinados y escarpados, lleva al investigador cada vez más alto, a lo largo de las pendientes de esa misteriosa y fascinante montaña, que es la verdad? La fatiga del camino queda ampliamente recompensada por la belleza de los panoramas cada vez más sugestivos, que se abren ante el asombro de la mirada.
Pero la subida no carece de riesgos: hay pasos difíciles y apoyos insidiosos, hay el peligro de neblinas inesperadas. la posibilidad de perspectivas ilusorias y de obstáculos imprevistos. La metáfora es transparente: la conquista de la verdad es empresa ardua, no carente de incógnitas y riesgos. La persona responsable que se aventura no puede menos de sentir la necesidad de invocar en su fatiga la benevolencia de Dios, la ayuda de su luz, la intervención fortificante de su gracia.
Si esto vale para toda clase de investigación científica, mucho más aparece verdadero para la teológica, que se basa en el misterio infinito de Dios, que se nos ha comunicado personalmente mediante la palabra y la obra de la redención: y aparece verdadero, además. para las otras ramas de los estudios eclesiásticos que, si se orientan hacia los diversos campos de la investigación bíblica, de la ciencia filosófica, de la historia, etc., retornan de nuevo a este factor que las unifica a todas, y hace de vosotros "los especialistas" de Dios y de su misterio de salvación, manifestado al hombre. Por esto, el estudiante de las facultades eclesiásticas no se enfrenta con una verdad impersonal y fría. sino con el Yo mismo de Dios, que en la Revelación se ha hecho "Tú" para el hombre y ha abierto un diálogo con él, en el que le manifiesta algún aspecto de la riqueza insondable de su ser.
2. ¿Cuál será, pues. la actitud justa del hombre, llamado a una confidencia inimaginable por el amor preveniente de Dios? No es difícil responder. No puede ser más que una actitud de profunda gratitud, unida a la humildad sincera. Es tan débil nuestra inteligencia, tan limitada la experiencia, tan breve la vida, que cuanto logra decir de Dios tiene más la apariencia de un balbuceo infantil que la dignidad de un discurso exhaustivo y concluyente. Son conocidas las palabras con las que Agustín confesaba su temor al disponerse a hablar de los misterios divinos: suscepi enim tractanda divina homo. espiritalia carnalis, aeterna mortalis; "me he impuesto yo, que soy hombre, la tarea de tratar cosas divinas: yo, que soy carnal, de tratar cosas espirituales, y yo, que soy mortal, de tratar cosas que son eternas" (In Io. Ev. Tr. 18. núm. 1).
Este es el convencimiento básico con que el teólogo debe acercarse a su trabajo: debe recordar continuamente que, por mucho que pueda decir sobre. Dios, se tratará siempre de palabras de un hombre, y por lo tanto, de un pequeño ser finito, que se ha aventurado a la exploración del misterio insondable del Dios infinito.
Por lo tanto, nada tiene de sorprendente si los resultados a que han llegado los máximos genios del cristianismo, les hayan parecido como totalmente inadecuados respecto al Término trascendente de sus investigaciones. Confesaba Agustín: Deus ineffabilis est; facilius dicimus quid non sit, quam quid sit (Enarr. In Ps. 85. núm. 12); y explicaba: "Cuando desde este abismo nos elevamos a respirar esas alturas, no es poca ventaja poder saber lo que Dios no es, antes de saber lo que El es" (De Trin. 8, 2, 3). Y cómo no recordar a este propósito, la respuesta de Santo Tomás a su fiel secretario, fray Reginaldo de Piperno, que le exhortaba a proseguir la composición de la Summa, interrumpirla después de una experiencia mística transformante. Refieren los biógrafos que, a las insistencias del amigo, sólo opuso un lacónico: "Hermano, no puedo más; todo lo que he escrito me parece paja".
Y la Summa quedó incompleta. Y la humildad, de que nos dan ejemplo tan espléndido los más grandes maestros de teología, va junta con una profunda gratitud. ¿Cómo no ser agradecidos cuando Dios infinito se ha abajado a hablar con el hombre en su misma lengua humana? Efectivamente, El, que "muchas veces y en muchas maneras habló en otro tiempo a nuestros padres, por ministerio de los profetas, últimamente en estos días, nos habló por su Hijo" (Heb 1, 1-2). ¿Cómo no ser agradecidos cuando, de este modo, la lengua humana y el pensamiento humano han sido visitados por la Palabra de Dios y por la Verdad divina y han sido llamados a participar de ella, y a dar testimonio de ella, a anunciarla e incluso a explicarla y a profundizar en ella de modo correspondiente a las posibilidades y exigencias del conocimiento humano? Esto es precisamente la teología. Esta es precisamente la vocación del teólogo. En nombre de esta vocación nos reunimos hoy aquí para comenzar el nuevo año académico, que se desarrollará en todas esas canteras del trabajo científico y didáctico, que son los Ateneos de Roma.
3. La humildad es la contraseña de todo científico que tiene una relación honesta. con la verdad cognoscitiva. Ella ante todo abrirá el camino para que arraigue en su espíritu la disposición fundamental, necesaria para toda investigación teológica merecedora de este nombre. Esta disposición fundamental es la fe.
Reflexionemos: la Revelación consiste en la iniciativa de Dios, que ha salido personalmente al encuentro del hombre para entablar con él un diálogo de salvación. Es Dios quien comienza la conversación y es Dios quien la prosigue. El hombre escucha y responde. Pero la respuesta que Dios espera del hombre no se reduce a una fría valoración intelectualista de un contenido abstracto de ideas. Dios se encuentra con el hombre y le habla porque lo ama y quiere salvarlo. Por esto, la respuesta del hombre debe ser ante todo aceptación agradecida de la iniciativa divina y abandono confiado en la fuerza preveniente de su amor
Entrar en diálogo con Dios significa dejarse encantar y conquistar por la figura luminosa (doxa) de Jesús revelador y por el amor (agape) del que lo ha enviado. Y en esto precisamente consiste la fe. Con ella el hombre, iluminado interiormente y atraído por Dios, trasciende los límites del conocimiento puramente natural y tiene una experiencia de El, que de otro modo le estaría vedada. Ha dicho Jesús: "Nadie puede venir a mí si el Padre, que me ha enviado, no le trae" (Jn 6, 44). "Nadie", por esto, tampoco el teólogo.
El hombre, observa Santo Tomás, mientras está in statu viae, puede alcanzar alguna inteligencia de los misterios sobrenaturales, gracias al uso de su razón, pero sólo en cuanto la razón se apoya sobre el fundamento firme de la fe, que es participación del conocimiento mismo de Dios y de los bienaventurados comprensores: "Fides est in nobis ut perveniamus ad intelligendum quae credimus" (In Boeth. de Trin. q. 2. a. 2, ad 7). Es el pensamiento de toda la tradición teológica, y en particular la actitud del gran Agustín: "creyendo llegas a ser capaz de entender; si no crees, nunca conseguirás entender... Por lo tanto, que te purifique la fe, para que te sea concedido llegar al conocimiento pleno" (Im lo. Evan. Tr. 36, núm. 7). En otro lugar observa a este propósito: "Habet namque fides oculos suos, quibus quodammodo videt verum esse quod nondum videt" (Ep. 120 ad Consentium, núm. 2. 9), y por esto resulta que "intelectui fides aditum aperit, infidelitas claudit" (Ep. 137 ad Volusianum, núm. 4, 15).
La conclusión a que llega el obispo de Hipona se convertirá en clásica: "La inteligencia es el fruto de la fe. Por lo tanto no trates de entender para creer, sino cree para entender" (In Io. Evan. Tr. 29, núm. 6). Es una advertencia sobre la que debe reflexionar el que "hace teología": efectivamente, también hoy existe el peligro de pertenecer a la falange de los garruli ratiocinatores (De Trin. 2, 4), a quienes Agustín invitaba a cogitationes suas carnales non dogmatizare (Ep. 187 ad Dardanum, núm. 8; 29). Sólo la "obediencia a la fe" (cf. Rom 16, 26), con la que el hombre se abandona totalmente a Dios con plena libertad, puede hacer entrar en la comprensión profunda y sabrosa de las verdades divinas.
4. Hay una segunda ventaja que al teólogo le viene de la humildad: ésta constituye el humus en el que arraiga y germina la flor de la oración. En efecto, ¿cómo podría orar con acentos sinceros un espíritu soberbio? Y la oración es indispensable para crecer en la fe ha recordado el Concilio Vaticano II, cuando en la Constitución Dei Verbum, ha puesto de relieve que para prestar el asentimiento de la fe a la Revelación divina «es necesaria la gracia de Dios que se adelanta y nos ayuda», es necesario el auxilio del Espíritu Santo «que mueve el corazón y lo dirige a Díos, abre los ojos del espíritu y concede a todos gusto en aceptar y creer la verdad» (núm. 5).
Un componente esencial de la tarea teológica debe reconocerse en la dedicación a la oración: sólo una oración humilde y asidua puede impetrar la efusión de esas luces interiores que guían la mente al descubrimiento de la verdad. Deus semper idem, noverirn me noverim te, pedía Agustín en los Soliloqui (2. 1, 1), y en sus exposiciones catequéticas no se cansaba de invitar a sus oyentes a orar para obtener luz, y pedía luz él mismo en los momentos de oscuridad: "Dios Padre nuestro, que nos exhortas a pedirte y nos das lo que te pedirnos (..), escúchame a mí que me estremezco de frío en estas tinieblas y ofréceme la diestra. Hazme ver tu luz, retírame de los errores y haz que bajo tu guía vuelva a entrar en mí y en ti. Amén" (Solil. 2. 6, 9; cf. 1, 1. 2-6).
¿Y cómo no mencionar aquí la famosa oración que San Anselmo puso al comienzo de su Proslogio? Es una oración tan sencilla y bella, que puede ser un modelo de invocación para el que se dispone a "estudiar a Dios": "Dios, enséñame a buscarte y muéstrate a mí que te busco, ya que no puedo ni buscarte ni encontrarte si tú mismo no te muestras" (Prosl. 1).
Un auténtico trabajo teológico —digámoslo con franqueza— no puede ni comenzar ni concluir si no es de rodillas, al menos en el secreto de la celda interior donde siempre es posible "adorar al Padre en espíritu y verdad" (cf. Jn 4, 23).
5. Finalmente, la humildad sugiere al teólogo la justa actitud en relación con la Iglesia. El sabe que a ella le ha sido confiada la "Palabra", para que la anuncie al mundo, aplicándola a cada época y haciéndola así verdaderamente actual. Lo sabe y se alegra de ello.
Por esto, no duda en repetir con Orígenes: "Por mi parte, mi aspiración es ser realmente eclesiástico" (In Lucam, hom. 16), esto es, estar en plena comunión de pensamiento, sentimiento y vida con la Iglesia, en la que Cristo se hace contemporáneo a cada una de las generaciones humanas. De verdad homo ecclesiasticus, por eso ama el pasado de la Iglesia, medita su historia, venera y explora la Tradición. Pero no se deja encerrar en un culto nostálgico de sus particulares y contingentes expresiones históricas, sabiendo bien que la Iglesia es un misterio vivo y en camino, bajo la guía del Espíritu. Igualmente rechaza propuestas de rupturas radicales con lo que ha existido, por el mito deslumbrante de un comienzo nuevo: él cree que Cristo está siempre presente en su Iglesia, hoy como ayer, para continuar su vida, no para empezarla de nuevo.
Además, el sensus Ecclesiae que hay en él vivo y vigilante por la humildad, lo mantiene en constante actitud de escucha ante la palabra del Magisterio. que él acepta de buen grado como garante, por voluntad de Cristo, de la verdad salvífica. Y permanece en esta escucha también ante las voces que le llegan de todo el Pueblo de Dios, dispuesto siempre a recoger en la palabra docta del estudioso, como también en la sencilla, pero quizá no menos profunda, del común de los fieles, un eco iluminador del Verbo eterno que "se hizo carne y habitó entre nosotros" (]n 1, 14).
6. He aquí, hermanos e hijos queridísimos, algunos puntos de reflexión para este comienzo del año escolar y académico. Os veo reunidos aquí en torno a las reliquias de San Pedro, a quien Cristo dijo: "Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré yo mi Iglesia" (Mt 16, 18). Como Obispo vuestro, Obispo de Roma y a la vez Sucesor de Pedro, deseo dirigir a todos vosotros una llamada ardiente para que participéis en esta construcción de la Iglesia, que toma origen del mismo Cristo. Dirijo esta llamada tanto a los profesores y maestros, como a los estudiantes de cada uno de los Ateneos romanos. El trabajo que emprendéis juntos constituye como un gran laboratorio de la misión de la Iglesia en nuestra época debe dar frutos no sólo hoy, sino también en el futuro. Depende mucho de los resultados que aquí conseguís. Estos deben convertirse en la levadura de la fe y de la vida cristiana de muchos hombres en los diversos lugares de la tierra. Efectivamente, habéis venido aquí a esta Cátedra, sabiendo bien que su deber especial es unir en la verdad y en el amor sobre la tierra a los hijos de Dios de los diversos lugares, naciones, países y continentes.
Encomiendo vuestro encuentro con la Verdad y el Amor divino a la Patrona del día de hoy, a esa "gran" Teresa de Jesús que mereció, la primera entre las mujeres, el título de Doctor de la Iglesia. Sobre todo invoco para vosotros la continua protección de Aquella a quien la Iglesia honra como Sedes Sapientiae. Su materna solicitud acompañe vuestros pasos y, guiándoos para descubrir nuevos aspectos del misterio apasionante de Cristo, os ayude a crecer en el amor a El. Si cognovimus, amemos, porque —no debemos olvidarlo— cognitio sibe caritate non salvos facit, "un conocimiento sin amor no nos salva" (San Agustín, In 1 Ep. Io. Tr. 2, núm. 8):
VÍSPERA DE LA JORNADA MUNDIAL DE LAS MISIONES
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Plaza de San Pedro
Sábado 20 de octubre de 1979
Queridísimos hermanos y hermanas.
Queridísimos jóvenes:
Con alegría grande y profunda presido la liturgia eucarística en esta vigilia de la "Jornada mundial de las Misiones", por encontrarme con todos vosotros, fieles de la diócesis de Roma; así me siento más íntimamente unido a todas las diócesis del mundo en esta ocasión tan importante y significativa, y sobre todo a los misioneros y misioneras que, esparcidos por las diversas partes del mundo, anuncian a los hombres con gozo y fatiga el Evangelio de la salvación.
Sí, queridísimos, ésta es una ocasión muy importante para nuestra vida espiritual y para nuestra diócesis: aquí, en el centro de la cristiandad, en esta Basílica Vaticana, sentimos los ecos de la Iglesia universal, percibimos las necesidades de todos los pueblos, participamos en los afanes de todos los que con ardor incansable caminan en nombre de Cristo, dan testimonio, anuncian, convierten, bautizan, fundan nuevas comunidades cristianas.
Meditemos brevemente y busquemos juntos, siguiendo las lecturas de la liturgia, la motivación, la condición y la estrategia de la actividad misionera de la Iglesia.
1. ¿Cuál es la motivación primera y última de esta obra?
He aquí la primera pregunta. Y la respuesta es sencilla y perentoria: la Iglesia es misionera por voluntad expresa de Dios.
Jesús habla muchas veces a los Apóstoles de su mandato, de su misión, del motivo de su elección: "No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca" (Jn 15, 16).
Antes de ascender al cielo, Jesús da a los Apóstoles, y por medio de ellos a toda la Iglesia, de manera oficial y determinante, la misión de evangelizar: "Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura" (Mc 16, 15). Y el Evangelista anota: "Ellos se fueron, predicando por todas partes" (Mc 16, 20).
Desde entonces los Apóstoles y los discípulos de Cristo comenzaron a recorrer los caminos de la tierra, a superar incomodidades y fatigas, a encontrar gentes y tribus, pueblos y naciones, a sufrir hasta dar la vida, para anunciar el Evangelio, porque es la voluntad de Dios y respecto a Dios sólo hay la decisión de la obediencia y del amor.
San Pablo escribía a su discípulo Timoteo: "Dios quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad" (1 Tim 2, 4).
Y la verdad que salva es únicamente Jesucristo, el Redentor, el Mediador entre Dios y los hombres, el Revelador único y definitivo del destino sobrenatural del hombre. Jesús ha dado a la Iglesia la misión de anunciar el Evangelio; cada uno de los cristianos participa en esta misión. Cada uno de los cristianos es misionero por su naturaleza.
Pablo VI, de venerada memoria, escribía en la Exhortación Apostólica Evangelii nuntiandi: "La presentación del mensaje evangélico no constituye para la Iglesia algo de orden facultativo: está de por medio el deber que le incumbe, por mandato del Señor, con vistas a que los hombres crean y se salven. Sí, este mensaje es necesario. Es único. De ningún modo podría ser reemplazado. No admite indiferencia, ni sincretismo, ni acomodos. Está en causa la salvación de los hombres. Representa la belleza de la Revelación. Lleva consigo una sabiduría que no es de este mundo. Es capaz de suscitar por sí mismo la fe, una fe que tiene su fundamento en la potencia de Dios. Es la Verdad. Merece que el apóstol le dedique todo su tiempo, todas sus energías y que, si es necesario, le consagre su propia vida" (núm. 5). "Evangelizar constituye, en efecto, la dicha y la vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar" (núm. 14).
A veces dicen algunos que no se puede imponer el Evangelio, no se puede hacer violencia a la libertad religiosa, que más bien es inútil e ilusorio anunciar el Evangelio a los que ya pertenecen a Cristo de manera anónima por la rectitud de su corazón. Ya Pablo VI respondía así claramente: "Sería ciertamente un error imponer cualquier cosa a la conciencia de nuestros hermanos. Pero proponer a esa conciencia la verdad evangélica y la salvación ofrecida por Jesucristo, con plena claridad y con absoluto respeto hacia las opciones libres que luego pueda hacer, lejos de ser un atentado contra la libertad religiosa, es un homenaje a esa libertad, a la cual se ofrece la elección de un camino que incluso los no creyentes juzgan noble y exaltante... Este modo respetuoso de proponer la verdad de Cristo y de su Reino, más que un derecho es un deber del evangelizador. Y es a la vez un derecho de sus hermanos recibir, a través de él, el anuncio de la Buena Nueva de la salvación" (Evangelii nuntiandi, 80).
Son palabras muy serias, pero sobre todo iluminadoras y estimulantes, que precisan una vez más cuál es la voluntad positiva de Dios y nuestra responsabilidad de cristianos.
2. Pero hagámonos una segunda pregunta: ¿Cuál es la condición esencial para la obra misionera?: Es la unidad en la doctrina.
Así oró Jesús antes de dejar este mundo: "No ruego sólo por éstos, sino por cuantos crean en mí por su palabra, para que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, para que también ellos sean en nosotros y el mundo crea que tú me has enviado" (Jn 17, 20-21).
Y San Pablo escribía con ansia a su discípulo Timoteo: "Porque uno es Dios, uno también el mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, que se entregó a sí mismo para redención de todos" (1 Tim 2, 5-6).
Efectivamente, si falta la unidad en la fe, ¿quién y qué se anuncia? ¿Cómo puede ser creíble, tanto más cuando la doctrina es tan misteriosa y la moral tan exigente? Las diferencias y los contrastes doctrinales sólo crean confusión, y al fin decepción. En una materia tan esencial y delicada como es el contenido del Evangelio, no se puede ser jactanciosos, o superficiales, o posibilistas, inventando teorías y exponiendo hipótesis. La evangelización debe tener como característica la unidad en la fe y en la disciplina, y por esto, el amor a la verdad.
Meditemos las palabras equilibradas y profundas de Pablo VI: "De todo evangelizador se espera que posea el culto a la verdad, puesto que la verdad que él profundiza y comunica no es otra que la verdad revelada y, por tanto, más que ninguna otra, forma parte de la verdad primera que es el mismo Dios. El predicador del Evangelio será aquel que, aun a costa de renuncias y sacrificios, busca siempre la verdad que debe transmitir a los demás. No vende ni disimula jamás la verdad por el deseo de agradar a los hombres, de causar sombro, ni por originalidad o deseo aparentar. No rechaza nunca la verdad. No obscurece la verdad revelada por pereza de buscarla, por comodidad, por miedo. No deja de estudiarla. La sirve generosamente sin avasallarla" (Evangelii nuntiandi, 78).
Agradezcamos a Pablo VI estas indicaciones tan límpidas y al mismo tiempo pidamos intensamente que todos estudien, conozcan, anuncien la verdad y sólo la verdad, dóciles al Magisterio auténtico de la Iglesia, porque la certeza y la claridad son las cualidades indispensables de la evangelización.
3. Finalmente, he aquí la última pregunta: ¿Cuál es la estrategia de la obra misionera? También para esta pregunta es sencilla la respuesta: ¡El amor!
¡La estrategia única e indispensable para la obra misionera es sólo el amor íntimo, personal, convencido, ardiente a Jesucristo!
Recordemos la exclamación gozosa de Santa Teresa de Lisieux: "¡Mi vocación es el amor!... ¡En el corazón de la Iglesia, mi Madre, yo seré amor..., así seré todo!" (Man. B.).
¡Así debe ser también para nosotros!
— El amor intrépido y valiente: ¡Tres cuartas partes de la humanidad todavía no conocen a Jesús! ¡Por esto la Iglesia necesita muchos y generosos misioneros y misioneras para anunciar el Evangelio! ¡Vosotros, jóvenes y muchachas: estad atentos a la voz de Dios que llama! ¡Tenéis delante y os invitan ideales estupendos de caridad, de generosidad, de entrega! ¡La vida sólo es grande y bella en cuanto se entrega! ¡Sed intrépidos! ¡La alegría suprema está en el amor sin pretensiones, en una pura donación de caridad a los hermanos!
— El amor es dócil y confiado en la acción de la "gracia". Es el Espíritu Santo quien penetra en las almas y transforma los pueblos. Las dificultades siempre son inmensas, y especialmente hoy los mismos fieles, envueltos en la historia actual, están tentados por el ateísmo, el secularismo, la autonomía moral. Por eso es necesaria una confianza absoluta en la obra del Espíritu Santo (cf. Evangelii nuntiandi, 75). Y por eso el cristiano es paciente y alegre en su labor misionera, aunque deba sembrar con lágrimas, aceptando la cruz y manteniendo el espíritu de las bienaventuranzas.
— Finalmente, el amor es ingenioso y constante, ejercitándose en los diversos tipos de apostolado misionero: apostolado del ejemplo, de la oración, del sufrimiento, de la caridad, aprovechándose de todas las iniciativas y medios propuestos por las Obras Misionales Pontificias, tan beneméritas y tan activas en Roma y en todas las diócesis.
4. Sin embargo, no puedo olvidar algunas situaciones de hecho, que hacen hoy más apremiante el deber misionero de toda la Iglesia y de todos nosotros que la formamos. Se registran varias formas de anti-evangelización que tratan de oponerse radicalmente al mensaje de Cristo: la eliminación de toda trascendencia y de toda responsabilidad ultraterrena; la autonomía ética al margen de toda ley moral natural y revelada; el hedonismo considerado como único y satisfactorio sistema de vida; y en muchos cristianos, una debilitación del fervor espiritual, un ceder a la mentalidad mundana, una aceptación progresiva de las opiniones erróneas del laicismo y del inmanentismo social y político.
Tengamos siempre presente el grito de San Pablo: "Caritas Christi urget nos!" (2 Cor 5, 14).
La ardiente exclamación del Apóstol adquiere una elocuencia especial y determina una especial solicitud en nuestro tiempo. Es el imperativo misionero el que debe despertar a todos los cristianos, a las diócesis, parroquias y diversas comunidades: ¡el amor de Cristo nos apremia a testimoniar, anunciar y proclamar la Buena Nueva a todos y a pesar de todo!
Precisamente en este tiempo debéis ser testigos y misioneros de la verdad: ¡Ningún miedo! El amor de Cristo os debe estimular a ser fuertes y decididos, porque "si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros?" (Rom 8, 51). Efectivamente, nadie "nos puede separar del amor de Cristo" (Rom 8, 35).
Pero debemos dirigir nuestra atención también a esos territorios y naciones del mundo, donde, por desgracia, no puede ser predicado el Evangelio, donde la actividad misionera de la Iglesia está prohibida. ¡La Iglesia sólo quiere anunciar la alegría de la paternidad divina, el consuelo de la redención realizada por Cristo, la fraternidad de todos los hombres! Los misioneros sólo quieren anunciar la paz verdadera y justa, la del amor de Cristo y en Cristo, nuestro hermano y salvador. ¡Pueblos enteros esperan el agua viva de la verdad y de la gracia, y están sedientos de ella! Roguemos para que la Palabra de Dios pueda correr libre y rápidamente (cf. Sal 147, 15) en todos los pueblos de la tierra.
5. Por esto la Iglesia misionera necesita ante todo ele almas misioneras en la oración: ¡Estemos cercanos a los evangelizadores con nuestra oración! Especialmente por las misiones debemos orar siempre, sin cansarnos. Oremos ante todo por medio de la Santa Misa, uniéndonos al Sacrificio de Cristo por la salvación de todos los hombres: ¡Que la Eucaristía mantenga firme y fervorosa la fe de los cristianos!
Pero roguemos también con constancia y confianza a María Santísima, la Reina de las misiones, para que haga sentir cada vez más en los fieles el afán de la evangelización y la responsabilidad del anuncio del Evangelio. Pidámosle en particular con el rezo del santo Rosario, con el fin de unirnos así y ayudar a los que se fatigan entre dificultades e incomodidades para dar a conocer y amar a Jesús.
¡María, que estaba presente con los Apóstoles, los discípulos y las piadosas mujeres, el día de Pentecostés, al comienzo de la Iglesia, permanezca siempre presente en la Iglesia, Ella, la primera misionera, Madre y apoyo de todos los que anuncian el Evangelio!
CONSAGRACIÓN EPISCOPAL DEL NUEVO ARZOBISPO METROPOLITA DE FILADELFIA DE LOS UCRANIOS MONSEÑOR MYROSLAW LUBACHIVSKY
HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
Capilla Sixtina
Lunes 12 de noviembre de 1979
1. Con gran emoción me encuentro hoy ante el altar para realizar, juntamente con vosotros, venerables hermanos, el acto de la consagración episcopal del nuevo Metropolita de Filadelfia de los Ucranios.
Hace pocas semanas, durante mi viaje a los Estados Unidos, tuve la dicha de visitar su catedral en Filadelfia.
El encuentro con el arzobispo electo y con los obispos de la provincia eclesiástica de Filadelfia, con los sacerdotes, las religiosas y los fieles que se habían congregado en gran número junto con sus Pastores, fue para mí un acontecimiento que viví profundamente. En efecto, conozco de cerca la historia de vuestro pueblo y la historia de la Iglesia que, desde hace siglos, está vinculada a él. De aquí nace mi disposición para imponer hoy las manos, junto con vosotros, venerables hermanos, a aquel a quien el Espíritu Santo llama al ministerio episcopal. Al mismo tiempo lo llama a la unión con el Sucesor de Pedro y con toda la jerarquía de esta Iglesia, cuyo jerarca más eminente es nuestro venerabilísimo hermano el cardenal Josyf Slipyj.
2. Permíteme, pues, eminencia, que me dirija a ti de modo especial. No sólo los hijos e hijas de tu pueblo, sino toda la Iglesia y el mondo contemporáneo conocen tu testimonio nada común que, con tu vida difícil y particularmente con la prisión durante muchos años, has dado de Jesucristo y de la Iglesia, nacida de su cruz y resurrección. Esta prisión te arrancó de la querida sede de Lvov, para la que te había nombrado nuestro venerado predecesor Pío XII. Es consolador hacer resaltar que hoy te encuentras junto a nosotros, liberado hace ya muchos años, por la solicitud de mi venerado predecesor Juan XXIII y creado cardenal por Pablo VI. Por lo tanto, puedes dedicarte a tu pueblo en favor del cual has sido constituido, según las palabras de la Carta a los Hebreos (cf. Heb 5, 1).
Y continuamente eres constituido como el Pastor que da la vida por las ovejas (cf. Jn 10, 15), desterrado de esa Iglesia que, desde el año 1596, permanece en la unión con la Sede de San Pedro, manteniendo la propia fidelidad desde hace ya casi 400 años. Esta fidelidad, especialmente durante los últimos siglos, ha sido pagada y continúa siendo pagada con grandes sacrificios. Tu vida de Pastor es un ejemplo particular y una prueba de ello.
3. Deseo aprovechar la ocasión de hoy para manifestar la veneración que la Sede Apostólica y toda la Iglesia católica sienten por vuestra Iglesia. La fidelidad testimoniada a Pedro y a sus Sucesores nos obliga a una gratitud especial y también a una fidelidad recíproca respecto a quienes la conservan con tanta firmeza y nobleza de alma. Deseamos ofrecerles un tributo de verdad y de amor. Deseamos con todas las fuerzas aliviar las pruebas de quienes sufren precisamente a causa de su fidelidad. Deseamos de todo corazón asegurar la unidad interna de vuestra Iglesia y la unidad con la Sede de Pedro.
Permitid, eminencia, que exprese los mismos sentimientos al otro consagrante, el Metropolita Maxim Hermaniuk de Winnipeg, en Canadá, y a los representantes de la jerarquía de vuestra Iglesia aquí presentes, como también que manifieste mi estima y afecto a toda la Iglesia ucrania.
4. Celebramos la liturgia eucarística de la consagración en el día de la memoria de San Josafat, obispo y mártir, a quien vuestra Iglesia venera como Patrono especial. Sus reliquias, que desde el año 1963 están depositadas en la basílica de San Pedro, constituyen una motivación ulterior para este acontecimiento de hoy, en el que un nuevo Pastor es agregado al cuerpo de los obispos de vuestra Iglesia, recibiendo la ordenación en Roma junto a las reliquias de este Santo mártir. Hoy toda la Iglesia católica junto con vosotros venera a San Josafat.
5. Y tú, monseñor Lubachivsky, como nuevo Pastor de la grey, eres llamado a dar también testimonio de esa fidelidad que constituye parte tan grande de la tradición de tu pueblo. Como obispo católico, estás llamado a ser un signo de la fidelidad misma de Dios a su alianza, un signo del amor inmortal de Cristo a su Iglesia. Este es el ministerio que hoy se te confía: ofrecer incesantemente a los fieles el pan de la vida que, según las palabras del Concilio Vaticano II, se toma de la mesa de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo (cf. Dei Verbum, 21).
Sí, mediante la palabra y los sacramentos sostendrás a tu pueblo en su fidelidad al Evangelio, y lo guiarás por el camino de la salvación. La Palabra de Dios será lámpara para sus pasos y luz en su camino (cf. Sal 119, 103). Y todos tus esfuerzos pastorales estarán dirigidos a este fin: esto es, a que la Palabra ele Dios sea la norma práctica del vivir cristiano, y dé frutos de justicia y santidad de vida en la comunidad a la que presidirás y servirás. Por medio de la celebración del sacrificio eucarístico, continuarás sosteniendo al pueblo en la alegría, confirmándolo en la paz, en la unidad y en el vínculo de la caridad. Esta, venerable hermano, es una gran misión, en la que serás heredero y custodio de una gran tradición, que es católica y a la vez ucrania. Por esto en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, te exhorto a seguir adelante en la continuidad apostólica y en la fidelidad de proclamar al pueblo el Evangelio de la salvación. Al regresar a Filadelfia, te ruego que transmitas a tus fieles mi saludo cordial y mi bendición.
6. Nuestra asamblea hoy ante la Majestad de Dios Omnipotente en la Santísima Trinidad sea confirmación nueva de este camino por el que prosigue vuestra Iglesia y vuestro pueblo en conexión con este gran milésimo aniversario del bautismo, para el que habéis comenzado los preparativos este año.
El amor de Dios Padre, la gracia del Señor Nuestro Jesucristo y la comunión del Espíritu Santo, por intercesión de la Santísima e Inmaculada Madre de Cristo, y de San Josafat y de todos los Santos, esté siempre con todos vosotros. Amén.
MISA DE CLAUSURA DE LA V ASAMBLEA GENERAL DE LA UNIÓN INTERNACIONAL DE SUPERIORAS GENERALES (UISG)
HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
Capilla Sixtina
Miércoles 14 de noviembre de 1979
Queridas hermanas en el Señor:
Es para mí una gran alegría reunirme con vosotras, representantes especialmente autorizadas de la gran riqueza que constituye en la Iglesia la vida religiosa. Efectivamente mediante ésta se ofrece un testimonio muy evidente de lo que significa la donación total al amor y al servicio de Dios. Me siento feliz al mismo tiempo al ver y saludar en vosotras como a la imagen de la universalidad de la Iglesia: vosotras representáis aquí a todos los continentes, las diversas culturas; manifestáis, al mismo tiempo, la realización multiforme de la respuesta a la llamada del Señor. Por medio de vosotras deseo confirmar a todas las religiosas el aprecio y la confianza que la Iglesia tiene en ellas, no sólo por el apostolado inteligente, constante, generoso, sino aún más por la vida de consagración y de entrega, muy frecuentemente oculta, de aceptación gozosa y valiente de las inevitables pruebas y dificultades. Os pido que transmitáis mi bendición especialísima a todas las religiosas probadas o fatigadas en el cuerpo o en el espíritu, a las ancianas, a las enfermas, cuya vida de abnegación y sacrificio es un valor preciosísimo, irrenunciable, único, para la Iglesia, para el Papa y para el Pueblo de Dios.
Deseo también que esta celebración eucarística con el Papa constituya para cada una de vosotras un saludable momento de ánimo y consuelo para el cumplimiento de un compromiso siempre exigente, frecuentemente acompañado por el signo de la cruz y de una dolorosa soledad, y que exige, por parte vuestra, un sentido profundo de responsabilidad, una generosidad sin debilidades ni extravíos, un constante olvido de vosotras mismas. En efecto, vosotras debéis sostener y guiar a vuestras hermanas en este período postconciliar, ciertamente rico en experiencias nuevas, pero también tan expuesto a errores y desviaciones, que tratáis de evitar y corregir. Es conocida la evolución positiva de estos últimos años en la vida religiosa, interpretada con espíritu más evangélico, más eclesial y más apostólico; sin embargo, no se puede ignorar que ciertas opciones concretas, aunque sugeridas por buena, pero no siempre iluminada intención, no han ofrecido al mundo la imagen auténtica de Cristo, a quien la religiosa debe hacer presente entre los hombres.
Encontrándoos reunidas en torno al altar para renovar la ofrenda de Cristo al Padre, os sentís íntimamente invitadas a repetir, también en nombre de todas vuestras hermanas, la consagración de vosotras mismas que, iniciada ya con el bautismo, se hizo definitiva y perfecta por medio de los votos religiosos.
1. Acoged, pues, mi primera invitación a la oración ferviente y perseverante, para que resulte cada vez más evidente la importancia de la vocación religiosa y la necesidad de profundizar su valor esencial en la vida de la Iglesia y de la sociedad. La trayectoria personal de cada una de las religiosas, se centra efectivamente en el amor esponsalicio a Cristo, por quien ella, modelada por su espíritu, le entrega toda la vida, apropiándose sus sentimientos, sus ideales y su misión de caridad y de salvación. Como dije a las religiosas de Irlanda: "Ningún movimiento de la vida religiosa tiene valor alguno si no es simultáneamente un movimiento hacia el interior. hacia el 'centro' profundo de vuestra existencia, donde Cristo tiene su morada. No es lo que hacéis lo que más importa, sino lo que sois como mujeres consagradas al Señor" (Discurso a los sacerdotes, religiosos y religiosas de Irlanda, 1 de octubre de 1979; L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 14 de octubre, 1979, pág. 7).
— Orad para que cada religiosa, viviendo con alegría su relación única y fiel con Cristo, encuentre en su consagración el culmen de la propia realidad característica de mujer, que tiende totalmente al clon de sí.
— Orad confiadamente para que cada instituto pueda superar fácilmente las propias dificultades de crecimiento y de perseverancia y para que vuestra reunión anual contribuya a perfeccionar cada vez más cada una de las congregaciones a las que pertenecéis.
— Orad, finalmente, sin intermisión por las vocaciones religiosas: el ideal de la vida consagrada, don inmenso y gratuito de Dios, ejerza un atractivo cada vez mayor en numerosas jóvenes orientadas hacia las realizaciones más altas y más nobles.
El tema elegido por la Sagrada Congregación para los Religiosos e Institutos Seculares para la próxima reunión plenaria: `"Dimensión contemplativa de la vida religiosa", sea una ocasión privilegiada para profundizar en el valor fundamental de la oración. A este propósito, quiero dirigir un sentido recuerdo, con mi bendición, a las religiosas de vida contemplativa, a las que de todo corazón doy las gracias por su oración intensa y constante, que constituye una ayuda insustituible en la misión evangelizadora de la Iglesia.
2. Mi segunda exhortación quiere ser ahora una invitación a comprometeros en un testimonio religioso apto para nuestro tiempo.
Después de los años de experiencia, encaminados a la puesta al día de la vida religiosa, según el espíritu del propio instituto, ha llegado el momento de evaluar objetiva y humildemente los ensayos realizados, para discernir los elementos positivos, las eventuales desviaciones y, finalmente, para preparar una regla estable de vida, aprobada por la Iglesia, que deberá constituir para todas las religiosas un estímulo en orden a un conocimiento más profundo de sus compromisos y a una fidelidad gozosa en vivirlos.
El primer testimonio sea el de una adhesión filial y de una fidelidad a toda prueba a la Iglesia, Esposa de Cristo. Esta unión con la Iglesia debe manifestarse en el espíritu de vuestro instituto y en sus tareas de apostolado, porque la fidelidad a Cristo no puede separarse jamás de la fidelidad a la Iglesia. "Vuestra adhesión generosa y ferviente al Magisterio auténtico de la Iglesia es garantía sólida de la fecundidad de vuestro apostolado y condición indispensable para la interpretación exacta de los signos de los tiempos" (Discurso a las religiosas de los Estados Unidos, 7 de octubre de 1979; L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 4 de noviembre de 1979, pág. 10).
A imitación de María. la Virgen del corazón siempre disponible a la Palabra de Dios, debéis encontrar vuestra serenidad interior, vuestra alegría, en la disponibilidad a la palabra de la Iglesia y de aquel a quien Cristo ha puesto como su Vicario en la tierra.
Un segundo testimonio debe ser el de la vida comunitaria.
Es, en efecto, un elemento importante de la vida religiosa; es una característica que han vivido desde los orígenes las religiosas, porque los vínculos espirituales no pueden crearse, desarrollarse y perpetuarse sí no es mediante relaciones cotidianas y prolongadas. Esta vida comunitaria, en la caridad evangélica, está estrechamente ligada con el misterio de la Iglesia, que es misterio de comunión y de participación, y da prueba de vuestra consagración a Cristo. Poned todo empeño y cuidado para que esta vida comunitaria sea facilitada y amada de tal manera, que se convierta en medio precioso de ayuda recíproca y de realización personal.
Finalmente, como ya he tenido ocasión de decir otras veces, un último, particular testimonio es también el del hábito religioso. Efectivamente, constituye un signo evidente de consagración total a los ideales del Reino de los cielos, teniendo siempre en cuenta todas las circunstancias debidas, como por ejemplo, las de la tradición. de los diversos campos de compromiso apostólico, del ambiente, etc.; es signo, además, de separación definitiva de los meros intereses humanos y terrenos; es signo incluso de pobreza alegremente vivida y amada en abandono confiado a la acción providente de Dios.
Queridísimas superioras generales, vosotras debéis asumir la tarea delicada y a veces difícil, pero siempre tan preciosa, de promover entre las religiosas todo lo que puede contribuir a la unión de los espíritus y de los corazones. Una vida fraterna, fervorosa y auténtica es indispensable para que las religiosas puedan superar de modo permanente las obligaciones, las fatigas y las dificultades que comporta una vida de consagración y de apostolado en el mundo de hoy.
Vuestra tarea en la realización feliz de esta vida profundamente arraigada en los valores evangélicos, reviste una importancia de primer orden. El ejercicio de la autoridad, con espíritu de servicio y de amor a todas las hermanas, es una tanta vital, aun cuando es difícil y exige no poca valentía y entrega. La superiora tiene el deber de ayudar a la religiosa para que realice cada vez más perfectamente su vocación. La superiora no puede sustraerse a esta obligación ciertamente ardua, pero indispensable.
El cumplimiento de este deber exige oración constante, reflexión, consulta, pero también decisiones valientes, con conciencia de la propia responsabilidad ante Dios, ante la Iglesia y ante las mismas religiosas que esperan este servicio. La debilidad, como el autoritarismo, constituyen desviaciones igualmente perjudiciales para el bien de las almas y para el anuncio del Reino.
3. Para terminar, os exhorto con afecto: tened confianza. Sed siempre valientes en vuestra entrega religiosa, no os dejéis abatir por las eventuales dificultades, por la disminución de personal, por las incertidumbres que puedan pesar sobre el porvenir. No dudéis de la validez de las formas experimentadas de apostolado en el campo de la educación juvenil, para con los enfermos, los niños. los ancianos y todos los que sufren.
Estad seguras de que si vuestros institutos se comprometen sinceramente a promover entre las religiosas una fidelidad constante, generosa y dinámica a las exigencias de su vida consagrada, el Señor, que no se deja ganar en generosidad, os enviará las deseadas vocaciones, que esperáis para la llegada de su Reino.
Atentas a las sugerencias y a las palabras de la Sabiduría, como corresponde a personas llamadas a desarrollar una alta responsabilidad de gobierno, y agradecidas a Dios, junto con todas vuestras hermanas, por la vocación especial recibida, caminad con serena confianza por la vía de vuestro compromiso de total consagración a Cristo y a las almas. Os conforte y os sostenga María Santísima, Madre y modelo de todas las personas consagradas, y os acompañe con benevolencia especial mi bendición apostólica.
HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II EN EL VENERABLE COLEGIO INGLÉS DE ROMA
Jueves 6 de diciembre de 1979
Hermanos e hijos en Cristo Jesús:
He venido a celebrar con vosotros el IV centenario del Venerable Colegio Inglés, para conmemorar con vosotros y vuestros compatriotas en vuestra casa los cuatro siglos, durante los cuales los jóvenes que se preparan al sacerdocio han vivido aquí la fe católica. Desde este histórico edificio de la ciudad de Roma, estos jóvenes han partido, como sacerdotes, para transmitir la fe a generaciones de creyentes de Inglaterra y Gales.
En el contexto sagrado de esta liturgia eucarística, quiero rendir homenaje a esta fe salvadora en Jesucristo y honrar a todos aquellos cuyas vidas estuvieron ancladas en esta fe, a aquellos, que manteniendo sus ojos fijos en Jesús, el Hijo de Dios, estuvieron dispuestos a confesar su fe (cf. Heb 12, 2; 4, 14).
La fe viva en Jesucristo ha sido la piedra angular de este Colegio y de todas sus actividades desde la época de su fundación por obra de mi predecesor Gregorio XIII en 1579. La fe de los que fueron vuestros predecesores aquí, continúa inspirándoos con el ejemplo de sus vidas. Vuestra herencia es muy grande; un completo martyrum candidatos exercitus honra los comienzos de vuestro Colegio, y se extiende a lo largo de todo un siglo, desde los tiempos de San Ralph Sherwin en 1581 hasta San David Lewis en 1679. Estos mártires, como supremos testigos de la fe, os hablan hoy desde esta capilla, y desde cada uno de los rincones de esta casa. Y la misma Iglesia corrobora su testimonio y os exhorta a "considerando el fin de la vida, imitad su fe" (Heb 13, 7).
De este modo, queridos hijos y hermanos, este momento de gozosa celebración y conmemoración solemne, se convierte en un tiempo de reflexión orante y en un día desafiante para el resto de vuestras vidas. Como vuestros predecesores, también vosotros estáis llamados a ser sacerdotes de Jesucristo, siervos de su Evangelio, y testigos ante vuestro pueblo de la fe católica pura, tal como la transmitieron los Apóstoles, la proclamó el Magisterio de la Iglesia, y la testimoniaron los mártires y confesores de todas las épocas. Estáis llamados a manifestar vuestro testimonio cristiano en esta coyuntura histórica a través de la palabra y el ejemplo. Dios os llama aquí y ahora, en las circunstancias actuales de la Iglesia y del mundo. Cristo y su Iglesia os piden, sin embargo, afrontar el reto de esta hora, no sólo con vuestras propias posibilidades o con una mera sabiduría humana, sino con el poder del Evangelio.
Con palabras de San Pablo, debéis empuñar el escudo de la fe, el yelmo de la salvación y la espada del Espíritu, que es la Palabra cíe Dios (cf. Ef 6, 16-17). Vuestro testimonio individual y colectivo de la fe no debe ser esencialmente diferente del testimonio dado por vuestros mártires, un testimonio de la fe de la Iglesia universal, un testimonio que conduzca a los otros a Cristo, un testimonio que no ceda cuando, como nos dice Jesús en el Evangelio, venga la lluvia, se desborden los torrentes, soplen los vientos, y la casa se desplome (cf. Mt 7, 27).
Precisamente porque poseemos la completa armadura de Dios y estamos enraizados en la fe, nos sentimos fuertes en el Señor y en la fortaleza de su poder; pertrechados para proclamar todo el misterio del Evangelio y para dar testimonio, en el sucederse de esta generación de la plenitud de la verdad católica.
Este es el primer aspecto del reto que se os lanza hoy: ser testigos de la fe. Cristo os llama y os enviará por medio de su Iglesia a una misión eclesial, a dar testimonio de la fe en un lugar en que quizás nunca habíais soñado estar, y del modo que jamás habíais pensado. Así pues, debéis aprender de la historia de vuestro Colegio y, en particular, de las vidas de vuestros mártires la apertura, la disponibilidad y la serenidad. Hoy en esta liturgia, Isaías os dirige a cada uno de vosotros su profética exhortación: "Confiad siempre en Yavé, pués Yavé es la Roca eterna" (Is 26, 4), y yo os repito a vosotros estas palabras: Confiad en el Señor; confiad en el Señor para llevar a cabo vuestra misión de testigos de la fe, fe en Jesucristo.
Es bueno caer en la cuenta de que también estáis llamados a ser testigos en esta generación de la vitalidad de la juventud de la Iglesia, a ser testigos del poder y de la eficacia de la gracia de Cristo para cautivar los corazones de los jóvenes de hoy. El mundo necesita pruebas concretas de que Cristo puede atraer hacia sí mismo a esta generación: Y vosotros debéis mostrar que habéis comprendido el sentido de la vida en el contexto del amor de Cristo y de su llamada. Estáis llamados a testimoniar que, entre las mil y una atracciones y opciones que el mundo presente ofrece, vosotros habéis sido "cautivados" por Cristo, hasta el punto de abandonar lo demás para convertiros en sus compañeros y sus discípulos, para abrazar su misión y, finalmente, su cruz; y para experimentar el poder de su Resurrección.
La consideración de nuestro ser testigos de la fuerza de la gracia de Cristo, nos conduce de por sí a lo que se encuentra en la cúspide de nuestro verdadero ser: nuestra propia libertad. Sólo ejerciendo esta libertad, el gran don que Dios nos ha entregado, podremos responder adecuadamente a su invitación, a la llamada de su gracia, y al amor que nos ofrece. Este es el reto que se os presenta hoy a cada uno de vosotros: rendir vuestros corazones y vuestras voluntades a Cristo bajo la acción del Espíritu Santo, para entregaros libre, total y perseverantemente a Cristo. El Señor Jesús pide la respuesta y la entrega de vuestra libertad. Las palabras del Salmo os ayudan a responder: "Pronto está mi corazón, oh Dios, está mi corazón dispuesto" (Sal 57, 8).
Queridos hermanos e hijos: así pues, estáis llamados a dar testimonio de vuestra fe católica en toda su pureza, estáis llamados a ser testigos de la victoria del amor de Cristo, no como un poder abstracto, sino como algo que afecta a vuestras propias vidas y consagra vuestra propia libertad. Ciertamente éste es un momento en que todos debéis tener gran confianza. Aquel que comenzó en vosotros la obra buena —aquel que comenzó una obra buena en este Colegio hace 400 años— la llevará a cabo a través del poder de su Espíritu (cf. Fil 1, 6) para gloria de su nombre, honor de su Evangelio y para bien de toda su Iglesia.
Y María, la Reina de los Mártires, la Virgen Fiel, que estuvo al lado de vuestros mártires y de todos vuestros predecesores, estará con cada uno de vosotros, para que vuestro testimonio sea auténtico en fe y santidad. Ella os asistirá en la tarea que os corresponde corno verdaderos discípulos de su Hijo, miembros fieles de la Iglesia y estudiosos diligentes del Concilio Vaticano II y de todos los Concilios anteriores. De un modo especial encomiendo a su intercesión el testimonio que debéis dar, en la verdad y el amor, ante vuestros hermanos anglicanos en el diálogo providencial —que ha de ser sostenido por la plegaria y la penitencia— orientado a la restauración de la plena unidad en Jesucristo y en su Iglesia.
Y así, anclados en la fe y comprometidos en la santidad de vida, tratad de realizar con alegre confianza una nueva etapa de vuestro Colegio. Sacrificio y generosidad, oración y estudio, humildad y disciplina, serán tan importantes para vuestro futuro, como lo fueron para vuestro pasado. Innumerables hombres, mujeres y niños mirarán a vosotros para encontrar a Cristo. Desde lo profundo de su ser os dirán con las palabras del Evangelio: "Queremos ver a Jesús" (Jn 12, 21). Como el Apóstol Felipe debemos mostrar a Jesús al mundo, a Jesús y no a un sustituto, porque no hay salvación en otro nombre (cf. Act 4, 12). Como podéis ver claramente, el destino de vuestra patria se halla ligado al éxito de la misión de esta institución. La aportación que debéis dar al mundo depende de cómo deis testimonio de la fe y del poder de la gracia de Cristo en vuestras propias vidas.
Mis queridos hermanos, hijos y amigos: Este Colegio, por la gracia de Dios, es, después de 400 años, tan dinámico como siempre, y lo que representa es más relevante que nunca. Y así seguirá siendo con tal que vosotros continuéis poniendo en práctica lo que el mismo Jesús os manifiesta cuando dice: Predicad mi Evangelio. Proclamad mi palabra. Haced presente mi sacrificio. Sí, sed mis testigos. Permaneced en mi amor hoy y siempre. Amén.
MISA PARA LOS UNIVERSITARIOS ROMANOS
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Basílica de San Pedro
Martes 18 de diciembre de 1979
1. Dentro de una semana será Navidad y seguramente regresaréis a vuestras familias. Se suspenderán las clases y los demás deberes incluso en las escuelas superiores de Roma. La gran familia universitaria cederá el lugar, en vuestra vida. a esa pequeña familia doméstica, que es anterior a ella. La fiesta de Navidad confirma, de manera especial, el primado de la familia en la vida de cada uno de nosotros. En este tiempo, cuando Dios nace como hombre, cada uno de los hombres vuelve al lugar donde nació, junto a los seres humanos que son sus padres, junto al padre y a la madre, junto a los hijos de los mismos padres: los hermanos y las hermanas. Cada uno de nosotros se vuelve a encontrar en ese ambiente fundamental, en esa casa que tiene derecho y deber de llamar su casa: la casa familiar. Precisamente en esa noche, en la que Dios nace como niño sin casa, todos los que, con la fe y el corazón, se dirigen a ese Niño sienten una especial nostalgia de casa.
He deseado mucho encontrarme con vosotros precisamente ahora, mientras todavía nos preparamos a esta fiesta grande. He deseado encontrarme con vosotros, con el ambiente universitario de Roma, mientras todavía es tiempo de Adviento. Como hicimos en los días precedentes a la Pascua, así hacemos también hoy. Es hermoso que hayáis venido, que estéis hoy conmigo. Considero un derecho mío encontrarme con vosotros en la proximidad de Navidad, tal como hicimos antes de Pascua. Os saludo muy cordialmente en esta basílica de San Pedro. Saludo a todos: profesores y alumnos. A aquellos con quienes ya me he encontrado. Y a los nuevos, que están hoy aquí por vez primera. Saludo también a quienes, por cualquier motivo, no han venido.
En estos días cíe Adviento, en los que la Iglesia dice a Cristo que está para venir: "Ven, Señor, no tardes" (versículo del Aleluya), quisiera repetir a cada uno la misma invitación: "No tardes".
2. El Evangelio de hoy es muy interesante. Se podría decir que en él se contiene, de algún modo, una lección concisa de caracterología. Se podría decir que este pasaje ha sido escrito por los hombres que quieren mirar con atención dentro de sí mismos. Efectivamente, cuánto hace pensar el comportamiento de estos dos jóvenes a los que, uno después del otro, dice el padre: `"Hijo, ve hoy a trabajar en la viña" (Mt 21, 281. El primero se manifiesta inmediatamente dispuesto y no mantiene su palabra. En cambio, el otro, primero dice: "No quiero" (Mt 21, 29); pero después se puso a trabajar. Cuando Cristo pregunta: "¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?" (Mt 21, 31), la respuesta espontánea es: obviamente este "último".
Al escuchar estas palabras, estamos dispuestos a aplicarlas a nosotros mismos. Nos proponemos, pues, la pregunta: ¿a cuál de estos dos hermanos me parezco más? ¿A cuál de su comportamiento se parece mi comportamiento habitual? ¿Pertenezco a esos que se entusiasman fácilmente, prometen en seguida, y luego no hacen nada? Olvidan muy pronto que están obligados. O más bien ¿soy el hombre que primero dice "no"? Quizá en este primer "no" se ha convertido incluso en una costumbre, casi en una regla de mi conducta. Digo que "no", sin darme cuenta de poder agraviar con ello a alguien... Pero... pero... necesito ese "no" para poder reflexionar, meditar sobre todos los "pros" y los "contras". Para tomar una decisión finalmente. Y, como resultado, después de haber dicho primero "no", al final digo que "sí". En este caso, ¿no soy mejor que el que con su inicial "sí" no había ofendido; pero luego, nada ha hecho al fin? A la luz de las palabras de Cristo tengo derecho a pensar que obro mejor. Estas y semejantes meditaciones sobre el comportamiento y el carácter propio puede desarrollar cada uno de nosotros, escuchando el Evangelio de hoy. Son muy útiles. Especialmente son útiles para los jóvenes, que frecuentemente se preguntan: ¿quién soy?, ¿cómo soy?, ¿cuáles son mis predisposiciones?, ¿qué carácter debo formarme? Todo educador diligente, todo pedagogo experto dirá al joven: ¡Haceos estas preguntas! ¡Hacéoslas lo más pronto posible! ¡No tardéis!
3. El contexto completo de la liturgia de hoy indica que este acontecimiento significativo del Evangelio de San Mateo, cuyos protagonistas son los dos jóvenes, revela la dimensión más grande de la vida humana. Precisamente a esta dimensión se la debe llamar "adviento". Permitidme que yo la llame así. Y permitidme que explique por qué he llamado así a esta dimensión de la vida humana, que se revela a través del acontecimiento que narra el Evangelio de hoy.
Ante todo, vosotros sentís ciertamente necesidad de la siguiente explicación introductoria y fundamental: nos hemos acostumbrado a definir con la palabra "adviento" a un cierto período litúrgico que precede a la Navidad y nos prepara a ella. ¿Pero se puede afirmar que el "adviento" es una "dimensión de la misma vida humana"?
Según la liturgia de hoy quisiera probar que es indispensable tal extensión del significado, si no debe resultar vacío el adviento entendido como un período litúrgico. Este "Adviento" litúrgico, efectivamente, lo vivimos sólo en tanto en cuanto seamos capaces de descubrir el "adviento" en nosotros como una dimensión fundamental de nuestra vida, de nuestra existencia terrestre.
Precisamente a esto llama el padre, propietario de la viña, en el Evangelio de hoy, a sus dos hijos.
4. En efecto, ¿qué significa la "viña'?
La viña significa a la vez un conjunto y cada una de las partes de ese conjunto. Significa todo el mundo creado por Dios para el hombre: para cada uno de los hombres y para todos los hombres. Y simultáneamente significa esa partícula del mundo, ese "fragmento" que es un deber concreto para cada hombre concreto.
En este significado segundo la "viña" está a la vez "dentro de nosotros" y "fuera de nosotros". Debemos cultivarla, mejorando el mundo y mejorándonos a nosotros mismos. Más aún, lo uno depende de lo otro: hago al mundo mejor, en tanto en cuanto mejoro yo mismo. De lo contrario soy sólo un "técnico" del desarrollo del mundo y no un "trabajador en la viña".
Así pues, esa "viña", a la que he sido enviado como había sido enviado cada uno de los dos hijos del Evangelio de hoy, debe convertirse, al mismo tiempo, en lugar de mi trabajo por el mundo y de mi trabajo en mí mismo. Y eso es así en cuanto tengo una sólida conciencia de que Dios ha creado el mundo para el hombre. En este mundo visible Dios ha venido por vez primera al hombre y viene a él continuamente. Viene mediante todo lo que este mundo es, mediante todo lo que oculta en sí. Cada vez que el hombre avanza en descubrir lo que el mundo creado esconde en sí, se elogia el genio del hombre y la mayoría de las veces se detiene aquí. Mientras —si se reflexiona profundamente sobre el problema— ese mundo que el hombre descubre cada vez mejor, es el adviento cada vez irás pleno del Creador. Si vivimos el período litúrgico del Adviento cada año, lo hacemos para extenderlo también a ese adviento cada vez más pleno del Creador. Cada vez se le amplía más al hombre esa "viña" a la que ha sido llamado.
5. Sin embargo, la "viña" significa también el mundo interior. Este mundo es el hombre mismo. Cada hombre constituye este mundo único e irrepetible. Dios-Creador viene a este mundo interior a través del mundo exterior, pero a la vez viene también directamente. Viene de modo incomparable, diferente de todos los seres creados. Porque el hombre es imagen y semejanza de Dios. Y por esto ese adviento de Dios se realiza también directamente en el hombre. No sólo mediante el mundo que lleva en sí las huellas de la Sabiduría y del Poder creadores, sino directamente. En esta venida directa al hombre, Dios es no sólo Creador, sino sobre todo Padre. Viene, pues, al hombre en su Hijo, en el Verbo eterno. Viene como Padre en el Hijo, de otro modo no sería el adviento del Padre.
Este adviento del Padre en la historia del hombre es tan antiguo como el hombre. Nos hablan de esto los primeros capítulos de la revelación, las primeras páginas del libro del Génesis. Ya el primer lugar de la existencia humana era esta "viña" interior. Esa "viña" interior la recibimos en herencia del primer hombre, tal como heredamos también el mundo exterior, la tierra que el Creador confió al hombre para que la sometiese (cf. Gén 1, 28).
En el mismo lugar, al principio, entra también el pecado en la historia del hombre. El pecado original es una de esas realidades sobre las que la liturgia del Adviento se detiene con atención especial. En este cuadro comprendemos mejor el significado de la fiesta de la Inmaculada Concepción que se celebra en el Adviento. Poniendo de relieve este privilegio excepcional de la Virgen, elegida para convertirse en Madre del Redentor, el Adviento quiere, al mismo tiempo, recordarnos que esta "viña" heredada de nuestros progenitores, produce "espinas y cardos" (Gén 3, 18), que encontramos en los campos roturados por el trabajo del agricultor. Los encontramos también en nosotros, en nuestro corazón, También de él se puede decir que produce "espinas y cardos".
Y por esto es difícil el trabajo en la viña interior. Y no hay que maravillarse de que, a veces, un joven llamado a trabajar en ella, diga su "no iré". No obstante, el trabajo en la "viña interior" es indispensable. De otro modo el hombre introduce el pecado, introduce el mal, en este mundo que fue creado para él. Y en la "viña interior" se amplía el círculo del pecado, aumentando en poderío las estructuras del pecado. La atmósfera del mundo en que vivimos se vuelve moralmente cada vez más envenenada. No podemos rendirnos a esta destrucción del ambiente humano por parte del pecado.
Es necesario oponerse a él.
6. ¿Quién es Jesucristo? ¿Aquel a quien nos dirigimos con la ardiente invocación "Ven... no tardes"? ¿Aquel a cuya venida en la noche de Belén nos preparamos y se prepara cada hombre, mediante el período litúrgico de Adviento que precede a la gran fiesta de Navidad? Es la revelación plena y definitiva del adviento de Dios en la historia del hombre. Dios viene al hombre literalmente. No ya mediante las obras de la creación, esto es a través del mundo que habla de El. No ya sólo mediante los hombres que anuncian la verdad divina, como los profetas y los grandes jefes del Pueblo de la Antigua Alianza, Dios viene al hombre de modo mucho más radical y definitivo: viene por el hecho de que El mismo se hace Hombre, Hijo del hombre. "Con la encarnación —leemos en la Constitución del Concilio Gaudium et spes— el Hijo de Dios se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado" (núm. 22).
Jesucristo es la revelación más plena y definitiva del adviento de Dios en la historia de la humanidad y en la historia de cada uno de los hombres. De cada uno de nosotros. Y en El, en su venida, en su Nacimiento en el establo de Belén, luego en toda su vida de enseñanza, finalmente en su cruz y en su resurrección, somos llamados, todos y cada uno de nosotros, de modo definitivo a la "viña". El que es la plenitud del adviento de Dios, es también la plenitud de la llamada divina dirigida al hombre. En El parece que Dios nos dice a cada uno de nosotros: ¡"no tardes"!
7. Debemos admitir que esta "viña" nuestra, exterior e interior, ha cambiado mucho por el hecho de la venida de Cristo. Por obra del Verbo divino se ha encontrado en una luz nueva, totalmente expuesta al sol. Por obra de los santos sacramentos se ha hecho fértil de manera nueva. El trabajo en ella es, al mismo tiempo, más fácil (Cristo mismo dice: "mi yugo es blando y mi carga ligera", Mt 11, 30), pero es también más comprometido: efectivamente, Cristo lo llama "yugo" y "carga".
Es preciso mirar a esta viña con un sentido de máximo realismo. Volverla a encontrar en lo concreto de nuestra, de vuestra vida ele estudiantes, de universitarios.
8. ¿En qué sentido vosotros, universitarios, estáis invitados a trabajar en la viña personal de vuestra vida, en este período. tan importante y tan decisivo para vosotros?
. A la luz del mensaje de Navidad, esto es de la Encarnación de Dios en la historia humana, quisiera exhortaros a un serio compromiso en el estudio, es decir, en la preparación a la vida profesional que habéis elegido, entendiéndola como un servicio al hombre, como un acto de amor a la humanidad. Esta necesita de profesionales bien preparados, serios, responsables, porque a ellos está confiada la vida de cada uno y de la comunidad del mañana. La humanidad necesita de personalidades equilibradas, maduras, generosas, comprensivas, que hayan superado todo egoísmo. Y éste es precisamente el tiempo precioso de vuestra formación intelectual, Moral, afectiva, para las tareas que os esperan en la sociedad y para las que asumiréis un día en la familia que estaréis llamados. a formar y que desde hoy debe polarizar vuestras energías morales, a fin de que seáis mañana esos padres y esas madres que Dios quiere, que la Iglesia espera.
Comprometeos en la profundización de vuestra fe. El vivo contraste de hoy de las distintas mentalidades derivadas de diversas filosofías y el pluralismo ideológico exigen un conocimiento más profundo y claro de la propia fe, para poderla vivir y testimoniar con más serena convicción. Más allá de las tensiones y de las crisis, provocadas por las ideologías anti- o acristianas, hay hoy gran necesidad de estudio serio y metódico de la revelación, para comprender que no hay contraste entre fe y ciencia. y cómo la ciencia en sus aplicaciones debe estar iluminada también por la fe.
Éste debe ser también vuestro gozoso compromiso de universitarios.
Finalmente, comprometeos a vivir en "gracia". Jesús ha nacido en Belén precisamente para esto: para revelarnos la verdad salvífica y para darnos la vida de la gracia. Comprometeos a ser siempre partícipes de la vida divina injertada en nosotros por el bautismo. Vivir en gracia es dignidad suprema, es alegría inefable, es garantía de paz, es ideal maravilloso y debe ser también preocupación lógica de quien se llama discípulo de Cristo. Por tanto, Navidad. significa la presencia de Cristo en el alma mediante la gracia.'
Y si por debilidad de la naturaleza humana se ha perdido la vida divina a causa del pecado grave, entonces Navidad debe significar el retorno a la gracia. mediante la confesión sacramental, realizada con seriedad de arrepentimiento, de propósitos. Jesús viene también para perdonar; el encuentro personal con Cristo es una conversión, un nuevo nacimiento para asumir totalmente las responsabilidades propias de hombre y de cristiano.
9. "Ven, Señor, no tardes".
Mis queridos amigos, deseo que salgáis de nuestro encuentro de hoy, mejor y más profundamente preparados para la fiesta de Navidad. Deseo que ampliéis en vosotros esa "dimensión interior del Adviento", que es una dimensión esencial de toda la existencia cristiana.
Finalmente, deseo que este encuentro con Cristo, al que se prepara toda la Iglesia, os traiga la alegría. La verdadera alegría, y que vuestra alegría sea plena (cf. Jn 1. 4).
Ven, Señor, no tardes.
10. Permitidme todavía que formule. algunas intenciones para nuestra oración común.
Los hechos que en los últimos días y semanas han sacudido a la opinión pública, están ciertamente presentes en la conciencia de cada uno de nosotros: No se puede menos de encomendarlos a Dios, no se pueden dejar estos problemas fuera del ámbito de nuestra oración.
No podemos menos de recordar, pues, a ese amigo y coetáneo vuestro que, hace unas 24 horas, ha sufrido la muerte en una calle de Roma, como otra víctima más del inquietante proceso de que somos testigos en nuestro país.
Este proceso, que se advierte sobre todo en el norte de Italia, nos exige pensar en los ambientes especialmente probados por las acciones terroristas, y ante todo en Turín, como atestiguan las noticias de los últimos días. Debemos manifestar, de diversos mochos, la solidaridad fraterna con los que mueren asesinados. Con los que —ahora no hace mucho— han sido heridos. Con todos los que sufren. Es necesario también —así como lo hizo Cristo— orar por los que hacen sufrir y provocan la muerte, que difunden la violencia y siembran el terror.
Sin embargo, al. mismo tiempo no podemos dejarnos de preguntar: ¿cuál es la finalidad de estos actos que causan tanto sufrimiento a cada uno de los hombres, a familias enteras y a diversos ambientes? Y no podemos dejar de preguntar de qué fuentes, de qué premisas, de qué concepción del mundo (más bien resultaría difícil hablar en estos casos de una "ideología") toma origen este comportamiento en relación con el hombre, la falta total del respeto a la vida, la tendencia desenfrenada a la violencia, a la destrucción y al homicidio.
Debemos pensar sobre esto. Debemos reflexionar sobre todo esto.
Debernos hacer de estas manifestaciones peligrosas el tema de nuestra oración personal y comunitaria. Y también debemos hacer objeto de nuestra oración la gran amenaza del mundo y en particular de nuestro continente europeo, que se ha manifestado en el curso de las últimas semanas.
Sobre este problema —que justamente inquieta a la opinión de todos— volveré todavía con ocasión de la próxima Jornada mundial de la Paz, a la que se refiere también el mensaje publicado hoy y que se titula: La verdad, fuerza de la paz.
Deseo insertar en nuestra oración de hoy, en nuestra liturgia eucarística, todos estos problemas, cargados de solicitud social. Sí, es necesario orar. Es necesario velar en oración delante de Dios, para que el mal, que está creciendo en los hombres, no se haga más fuerte por nuestra debilidad. Y es necesario gritar juntos en la liturgia de Adviento:
"¡Ven, Señor, no tardes!".
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
DURANTE LA ORDENACIÓN EPISCOPAL
Solemnidad de la Epifanía del Señor
Domingo 6 de enero de 1980
1. "... ofrecieron sus dones...".
Con este gesto los tres Reyes Magos del Oriente realizaron la finalidad de su viaje. El les condujo por los caminos de esas tierras hacia las que también los acontecimientos actuales llevan frecuentemente nuestra atención. Para los tres Reyes Magos la guía en estos caminos fue la estrella misteriosa "que habían visto en Oriente" (Mt 2, 9), y que "les precedía, hasta que llegada encima del lugar en que estaba el Niño, se detuvo" (Mt 2, 9). A este Niño precisamente vinieron esos hombres únicos, llamados de fuera del círculo del Pueblo elegido hacia los caminos de la historia de este Pueblo. La historia de Israel les había dado la orden de detenerse en Jerusalén y preguntar ante Herodes: ¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer?" (Mt 2, 2). Efectivamente, los caminos de la historia de Israel habían sido marcados por Dios, y por esto era necesario buscarle en los libros de los profetas: esto es, de aquellos que habían hablado en nombre de Dios al Pueblo sobre su vocación especial. Y la vocación del Pueblo de la Alianza fue precisamente Aquel a quien conducía el camino de los Reyes Magos de Oriente. Apenas hubieron preguntado a Herodes, éste no tuvo duda alguna de quién —y de qué rey—se trataba, porque, como leemos, "reuniendo a todos los príncipes de los sacerdotes y a los escribas del pueblo, les preguntó dónde había de nacer el Mesías" (Mt 2, 4).
Así, pues, el camino de los Reyes Magos lleva al Mesías, a Aquel a quien el Padre "santificó y envió al mundo" (Jn 10, 56). Su camino es también el caminó del Espíritu. Es sobre todo el camino en el Espíritu Santo. Al recorrer este camino —no tanto en las vías de las regiones del Oriente Medio, cuanto más bien a través de los misteriosos caminos del alma— el hombre es conducido por la luz espiritual que proviene de Dios, representada en esa estrella, a la que seguían los tres Reyes Magos.
Los caminos del alma humana, que conducen hacia Dios, hacen ciertamente, que el hombre vuelva a encontrar en sí un tesoro interior. Así leemos también de los tres Reyes Magos, que al llegar a Belén "abrieron sus cofres" (Mt 2, 11). El hombre toma conciencia de los dones enormes de naturaleza y de gracia con que Dios lo ha colmado, y entonces nace en él la necesidad de ofrecerse, de devolver a Dios lo que ha recibido, de hacer ofrenda de ello como signo de la dádiva divina. Este don asume una triple forma, como en las manos de los tres Reyes Magos: "abriendo sus cofres, le ofrecieron dones, oro, incienso y mirra" (Mt 2, 11).
2. El Episcopado, que hoy, venerados y amadísimos hermanos, recibiréis de mis manos, es un sacramento en el que debe manifestarse de modo especial el clon. Efectivamente, el Episcopado es la plenitud del sacramento del orden, mediante el cual la Iglesia abre siempre ante Dios su tesoro más grande, y le ofrece de este tesoro los dones de todo el Pueblo de Dios. El tesoro mayor de la Iglesia es su Esposo: Cristo. Tanto el Cristo colocado sobre el heno de un pesebre, como también el Cristo que muere en la cruz. Es un tesoro inagotable. La Iglesia tiende continuamente la mano a este tesoro para tomar de El. Y tomando, no lo disminuye, sino que lo aumenta. Estos son los principios de la economía divina. La Iglesia, pues, tiende la mano al tesoro de la Navidad y de la Crucifixión, al tesoro de la Encarnación y de la Redención. Y tomando de él, no empobrece ese tesoro, sino que lo multiplica.
El obispo es el administrador, al mismo tiempo, de ese tomar y de ese multiplicar.
Es "dispensador de los misterios de Dios" (1 Cor 4, 1). No es sólo un mago que camina por las vías impracticables del mundo hacia el umbral del misterio. Está colocado en su mismo corazón. Su deber es abrir este misterio y sacar de él. Cuanto más generosamente saca, tanto más multiplica.
Recordad, queridísimos, que el Espíritu Santo os constituye hoy en medio de la Iglesia para que, sacando abundantemente del tesoro de la Navidad y de la Redención, lo multipliquéis con vuestra vida y vuestro ministerio.
3. De este tesoro se saca siempre, oro, incienso y mirra. Vuestra vida debe revestirse de este triple don, ya que estáis llamados para ofrecer a Dios en Cristo y en la Iglesia vuestro amor, vuestra oración y vuestro sufrimiento. Sin embargo, al ser constituidos en medio del Pueblo de Dios como Pastores y a la vez como siervos, vuestro don personal debe crecer en este Pueblo. "Fecit eum Dominus crescere in plebem suam". Vuestra vocación es el don de todo el Pueblo. Cada uno de vosotros debe ser el Pastor y el siervo de este amor, de la oración y del sufrimiento, que se elevan de todos los corazones a Dios en Cristo, Estos dones no deben ser malgastados ni se deben perder. Al contrario, deben encontrar el camino de Belén como los dones en las manos de los Magos, que siguieron la estrella de Oriente. Cada obispo es el dispensador del misterio y el siervo del don que se prepara incesantemente en los corazones humanos. Este don proviene de las experiencias de la generación a la que el mismo obispo pertenece. Proviene de la vida de centenares, millares y millones de hombres, sus hermanos y hermanas. El mismo, obispo, es el siervo del don, el que lo custodia y lo multiplica. Debéis penetrar profundamente en toda la complejidad de la vida de los hombres contemporáneos, a fin de que lo que la constituye no se descomponga en sus obras, en los corazones, en las relaciones sociales, en las corrientes de civilización, sino que vuelva a encontrar constantemente su sentido como don. Es Cristo mismo, Pastor y Obispo de nuestras almas, de todo lo que es humano, quien quiere hacer de nosotros un sacrificio perenne agradable a Dios (cf. Plegaria Eucarística III), un don al Padre.
El obispo es aquel que custodia el don, y el que despierta el don en los corazones, en las conciencias, en las experiencias difíciles de su época, en sus aspiraciones y en sus extravíos, en su civilización, en la economía y en la cultura.
4. Hoy llegan a Belén los tres Magos de Oriente. Llegan por el camino de la fe. ¿Acaso no puede decirse del Episcopado que es un sacramento del camino? ¡Vosotros recibís este sacramento para encontraros en el camino de tantos hombres a los que os envía el Señor; para emprender junto con ellos esta vía, caminando, como los Magos, detrás de la estrella; y muchas veces para hacerles ver la estrella, que en alguna parte ha cesado de brillar, en alguna parte ha desaparecido..., para mostrársela de nuevo!Entráis también vosotros, queridos hermanos, en este gran camino de la Iglesia, que ha sido trazado por la sucesión apostólica a cada una de las sedes episcopales.
¿Qué decir de esa maravillosa, rica sucesión en la sede de San Ambrosio, y luego de San Carlos de Milán? Se remonta casi a los primeros decenios del cristianismo y abunda en obispos mártires... y, precisamente en nuestro siglo; ha dado a la Iglesia dosPapas: Pío XI y Pablo VI. Está aquí presente el cardenal Giovanni Colombo, que recibió esta sede de Milán precisamente después de Pablo VI, el entonces cardenal Giovanni Battista Montini, para trasmitirla hoy, cuando se agotan sus fuerzas, a su sucesor. La Iglesia de Milán saluda con alegría a este sucesor, digno hijo de San Ignacio, estimado rector del "Bíblico" y después de la Universidad Gregoriana de Roma. La Iglesia de Milán saluda con alegría y confianza al que debe ser su nuevo obispo y Pastor, al nuevo dispensador del don, de que he hablado, al nuevo testigo de la estrella, de esa estrella que lleva infaliblemente a Belén.
La Santa Sede saluda también con satisfacción a su benemérito hijo, antiguo oficial de la Cancillería Apostólica. y entregado desde hace largos años al servicio de la Secretaría de Estado, como también celoso ministro de Dios en tantas obras de apostolado, que recibe hoy la ordenación episcopal como arzobispo titular de Serta, para desarrollar las funciones de Delegado para las Representaciones Pontificias.
Saludamos finalmente al hijo de África, al nuevo Pastor de la joven y querida Iglesia de Yagua en el Camerún, que hasta hoy ha trabajado intensamente, en su diócesis de origen, como rector del seminario regional mayor de Bambui y como generoso colaborador en distintas actividades pastorales; y en él dirigimos nuestro recuerdo cordial a todo el continente africano.
5. El Episcopado es el sacramento del camino. Es el sacramento de los numerosos caminos que recorre la Iglesia, siguiendo a la estrella de Belén, junto con cada uno de los hombres.
Entrad en estos caminos, venerados y queridos hermanos, llevad por ellos oro, incienso y mirra. Llevadlos con humildad y confianza. Llevadlos con valentía y constancia. Mediante vuestro servicio se abra el tesoro inagotable a nuevos hombres, a nuevos ambientes, a nuevos tiempos, con la inefable riqueza del misterio que se ha revelado a los ojos de los tres Magos, que llegaron de Oriente, al umbral del establo de Belén.
MISA PARA LOS ALUMNOS DEL SEMINARIO REGIONAL DE MOLFETTA (ITALIA)
HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
Capilla Paulina
Domingo 13 de enero de 1980
Queridísimos superiores y alumnos:
Habéis deseado vivamente este encuentro litúrgico con el Papa, y yo con gran alegría os expreso mi agradecimiento al encontrarme con vosotros, esta mañana, para celebrar el Sacrificio Eucarístico. Efectivamente, ¿hay algo más bello y consolador que estar juntos, para conocernos, para entendernos, para amarnos y sobre todo para gozar en común de la presencia y de la amistad de Cristo?
Por esto os saludo uno por uno con afecto paterno, y hago extensiva mi benevolencia a vuestros familiares, a todos los que os aman.
Vuestro seminario regional tiene ya una larga historia, y al pensar en tantos sacerdotes y en los numerosos obispos que ha formado, brota del corazón un vivo agradecimiento a Dios por el intenso trabajo realizado para el bien de la Iglesia y provecho de las almas.
Y ahora, queridísimos seminaristas, sois vosotros quienes os preparáis en ese seminario; sois vosotros los llamados; a vosotros a quienes la Iglesia y la sociedad os esperan con ansia, dada la extrema necesidad de ministros de Dios, que sean clarividentes y rectos, equilibrados y sabios, sacerdotes convencidos y animosos, como fueron precisamente en el pasado, y lo son todavía, tantas luminosas figuras del clero de vuestra región.
En esta época de tribulaciones y angustias, la Iglesia, avalada por la asistencia divina, continúa anunciando y dando testimonio de Jesucristo, luz y salvación de los hombres. Y el Señor os llama también a vosotros a esta misión grande e indefectible; para ella os preparáis.
Quiero sacar de la liturgia de hoy del bautismo de Jesús alguna reflexión útil para esta formación vuestra.
1. En el episodio del bautismo de Jesús, relatado por los cuatro Evangelistas, es evidente el mensaje doctrinal, es decir, teológico-dogmático.
Como sabemos, el bautismo administrado por Juan era solamente un rito de purificación, con miras a la inminente venida del Mesías; también Jesús, quiso someterse a este bautismo, para reconocer públicamente la misión de Juan, último profeta del Antiguo Testamento y Precursor del Mesías, y para significar de manera evidente que, aun no teniendo pecado, se mezclaba entre los pecadores precisamente para redimir a los hombres del pecado.
En este episodio del Evangelio se revela la Santísima Trinidad en una solemne teofanía; se revelan la divinidad de Cristo, Hijo predilecto del Padre, y su misión salvífica, para la que se encarnó.
He aquí revelado en este episodio el fundamento absoluto de nuestra fe y por lo tanto de nuestra consagración: la divinidad de Cristo y su misión.
2. Juan Bautista, al anunciar al Mesías, decía: "El os bautizará en Espíritu Santo y en fuego". En estas palabras se contiene un mensaje que vale para toda la historia de los hombres. El fuego es el símbolo bíblico del amor. de Dios, que quema y purifica de todo pecado; el Espíritu Santo indica la vida divina, que Jesús ha traído mediante la "gracia". Puesto que Jesús es Dios, su Palabra permanece válida para siempre. Y para que la verdad revelada y los medios de salvación permaneciesen íntegros a través de las vicisitudes de loa tiempos, Jesús instituyó la Iglesia sobre los Apóstoles y sus sucesores, y dio a Pedro y a sus sucesores el mandato de confirmar en la fe a los hermanos, dejándoles la seguridad de su oración particular y la asistencia del Espíritu Santo.
Esta certeza debe impulsaros, queridísimos seminaristas, a la confianza total y absoluta en Jesús, en su palabra, en la Iglesia querida y fundada por El mismo. Jesús es la verdad; ha venido para dar testimonio de la verdad; nos ha consagrado en la verdad (cf. Jn 14, 6-8. 12; 8, 31-32; 17, 17-19; 18, 37). No puede, engañarnos; no puede abandonarnos en la niebla de las confusiones, en la espiral de la duda, en el abismo de la angustia; en la ansiedad de la incertidumbre.
Todo pasa, pero la verdad permanece; pasa la figura de este mundo, pero la Iglesia no pasa.
3. Ahora os encontráis en el seminario, atendidos con amor y desvelo por vuestro superiores y profesores, para ser después vosotros mismos los que bauticen "en fuego y en Espíritu Santo". Por esto también se pueden aplicar a vosotros las palabras del Señor referidas por el profeta Isaías: "Te he llamado en la justicia y te he tomado de la mano. Yo te he formado y te he puesto por alianza para mi pueblo y para luz de las gentes, para abrir los ojos de los ciegos, para sacar de la cárcel a los presos, del fondo del calabozo a los que moran en tinieblas" (Is 42, 6-7).
Dejaos conducir por la mano del Señor, porque El quiere realizar hoy la Redención por medio de vosotros. La Redención siempre es actual, porque siempre es actual la parábola del trigo y de la cizaña, siempre son actuales las bienaventuranzas. La humanidad siempre tiene necesidad de la Revelación y de la Redención de Cristo, y por esto os espera. Siempre hay almas a las que iluminar; pecadores a quienes perdonar, lágrimas que enjugar, desilusiones que consolar, enfermos a quienes animar, niños y jóvenes a quienes guiar: ¡existe y existirá siempre el hombre a quien amar y salvar en nombre de Cristo! Esta es vuestra vocación, que os debe hacer alegres y animosos.
Pero debéis prepararos con sentido de gran responsabilidad y de profunda y convencida seriedad: seriedad en la formación cultural, particularmente filosófica, bíblica, teológica, así como en la ascética y disciplinar, de manera que os consagréis total y gozosamente sólo a Jesús y a las almas, recordando lo que ya escribía San Juan Crisóstomo: "Es necesario que la belleza del alma del sacerdote brille en todas partes, para que pueda alegrar y, al mismo tiempo, iluminar las almas de quienes lo ven" (Diálogo del Sacerdocio, L. III. 10) y también: "conozco toda la grandeza del ministerio sacerdotal y las graves dificultades inherentes al mismo: el alma del sacerdote está sacudida por olas más impetuosas que las que levantan los vientos en el mar" (ib., L. III, 5).
Queridísimos superiores y alumnos:
El 8 de diciembre de 1942 Pío XII de venerada memoria, como signo de afecto y estima, donaba a vuestro seminario regional un fresco del siglo XIV, colocado en tela, en el que aparece representada la Madre de Dios, a la que vosotros invocáis justamente bajo el título de "Regina 'Apuliae".
A Ella, a vuestra Reina, os confío y os encomiendo: rezadla cada día, amadla, confiad en Ella.
Mientras os aseguro un constante recuerdo en mi oración, con particular afecto os imparto la propiciadora bendición apostólica, que hago extensiva también a todas vuestras familias.
VISITA AL PONTIFICIO COLEGIO IRLANDÉS DE ROMA
HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
Domingo 13 de enero de 1980
Muy amados en Cristo:
1. Hoy una vez más, y de un modo especial, el Papa pertenece a Irlanda.
Después de mi visita a vuestra tierra, supone para mí una gran alegría venir al Pontificio Colegio Irlandés y reunirme con todos los que vivís aquí: sacerdotes y seminaristas, y hermanas de San Juan de Dios. Mi visita va destinada también a la comunidad del colegio franciscano de San Isidoro y al colegio agustiniano de San Patricio. Junto con el cardenal primado de Irlanda y algunos hermanos en el Episcopado, incluyendo antiguos rectores del Colegio Irlandés, celebramos juntos nuestra unidad en Jesucristo y en su Iglesia.
El lugar de nuestra celebración es importante por su contribución a la Iglesia, por el impacto que ha tenido en las vidas de los irlandeses, y por su responsabilidad de cara a futuras generaciones. Es igualmente importante por el testimonio de amor cristiano que aquí se ha dado: un ejemplo que conozco bien es la hospitalidad proporcionada por el Colegio Irlandés a refugiados polacos después de la segunda guerra mundial. A este respecto, la presencia en esta Misa de mons. Denis MacDaid constituye un vínculo vivo con las espléndidas realizaciones del pasado.
2. Y así, con nuestra historia y nuestras esperanzas, nos hallamos reunidos aquí para buscar luz y fortaleza en la conmemoración del bautismo del Señor. Tal como lo describen los Evangelios, el bautismo de Jesús señaló el comienzo de su ministerio público. Juan el Bautista proclamó la necesidad de la conversión, y el gran misterio de la comunión divina fue revelado: el Espíritu Santo descendió sobre Cristo, y Dios Padre lo presentó al mundo como su Hijo amado. A partir de este momento, Jesús se dedicó con resolución a su misión salvífica. La celebración de hoy nos invita a reflexionar personalmente sobre estos tres elementos: conversión, comunión y misión.
3. La tarea de Juan fue la de preparar la llegada de Cristo. La comunión existente en la vida de la Santísima Trinidad fue revelada en el contexto de la conversión. El Bautista proclamó una invitación a volver a Dios, a tomar conciencia del pecado, al arrepentimiento, a caminar en la verdad de nuestra propia relación con Dios. Entretanto, Jesús mismo se había sometido al rito penitencial y estaba orando cuando la voz del Padre le proclamó como Hijo: el que es totus ad Patrem, el que se halla totalmente dedicado al Padre y vive para El, el que está totalmente empapado en su amor. También nosotros estamos llamados a incorporar en nuestras vidas la actitud de Jesús hacia su Padre. La condición para esto, sin embargo, es la conversión: una vuelta a Dios diaria, repetida, constante, mantenida. La conversión consiste necesariamente en expresar la verdad de la adopción de hijos que adquirimos en el bautismo. Porque en el bautismo fuimos llamados a la unión con Cristo en su muerte y resurrección, y desde entonces hemos sido llamados a morir al pecado y a vivir para Dios. En el bautismo tuvo lugar en nosotros la acción vivificadora del Espíritu Santo, y el Padre ve en nosotros a su único Hijo, Jesucristo: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco» (Lc 3, 22).
4. La comunión de la Santísima Trinidad continúa en nuestras vidas. A través de Jesucristo tiene lugar el misterio de la adopción divina (cf. Ef 1, 5; Gál 4, 5), cuando el Unigenitus Dei Filius se convierte en Primogenitus in multis fratribus (Rom 8, 29). Un antiguo estudiante del Colegio Irlandés, el Siervo de Dios Dom Columba Marmion, os ha legado a vosotros y a toda la Iglesia extensos escritos de profunda percepción y gran valor sobre este misterio de la filiación divina y sobre el carácter central de Jesucristo en el plan divino de santificación.
5. En nuestras vidas diarias, la llamada a la conversión y a la comunión divina presenta exigencias prácticas, si queremos caminar en la profunda verdad de nuestra vocación, en la sinceridad de nuestra relación con el Padre, a través de Jesucristo y en el Espíritu Santo. En la práctica, debe haber una apertura al Padre y una apertura mutua. Recordad que Jesús es totus ad Patrem, y que deseó que el mundo le oyese decir: «Yo amo al Padre» (Jn 14, 31). Precisamente esta última semana, en mi audiencia del miércoles, mencioné que el hombre sólo cumple con su naturaleza «existiendo "con alguno'" y aún más profundamente y más completamente: existiendo "para alguno"» (Audiencia del 9 de enero de 1980). A su vez, estas palabras reflejan la enseñanza del Concilio Vaticano II cuando nos habla de la naturaleza social del hombre (cf. Gaudium et spes, 12, 25).
Nosotros, que en nuestro ministerio estamos llamados a formar comunidad sobre la base sobrenatural de la comunión divina, debemos ser los primeros en experimentar la comunidad en la fe y el amor. Esta experiencia de comunidad está enraizada en las más antiguas tradiciones de la Iglesia: tenemos que formar un solo corazón y una sola alma, y vivir unidos en la enseñanza de los Apóstoles, en la hermandad, en la fracción del pan y en la oración (cf. Act 4, 32; 2, 42).
Caminar en nuestra vocación significa esforzarse por agradar a Dios antes que a los hombres, por ser justos a los ojos de Dios. Significa llevar un estilo de vida que corresponda a la realidad de nuestro papel en la Iglesia de hoy, un estilo de vida que tenga en cuenta las necesidades de nuestros hermanos y el ministerio que ejerceremos el día de mañana. Vivir la verdad en el amor es un reto a la simplicidad de nuestras vidas y a una autodisciplina que se manifieste en un trabajo y un estudio diligentes, en una responsable preparación de cara a nuestra misión de servicio al Pueblo de Dios.
De un modo especial, vivir la verdad de nuestras vidas aquí y ahora (en Roma en 1980) significa fidelidad a la oración, contacto con Jesús, comunión con la Santísima Trinidad. El Evangelista señala que fue precisamente durante la oración de Jesús cuando se manifestó el misterio del amor del Padre y se reveló la comunión de las Tres Divinas Personas. Es en la oración donde aprendemos el misterio de Cristo y la sabiduría de la cruz. En la oración percibimos, en todas sus dimensiones. las necesidades reales de nuestros hermanos y hermanas de todo el mundo; en la oración nos fortalecemos de cara a las posibilidades que tenemos delante; en la oración cogemos fuerza para la misión que Cristo comparte con nosotros: dar «el derecho a las naciones.., servir a la alianza del pueblo» (Is 42, 1. 6).
Por eso se intenta que esta casa y todas las casas religiosas y seminarios de Roma sean casas de oración, donde Cristo sea formado en cada generación. Debido a que vivís en Roma, en una diócesis de la que debo rendir cuentas personalmente al Señor, os será fácil comprender lo ardientemente que deseo que Cristo se forme en vosotros (cf. Gál 4, 19).
Pero no debéis caminar solos hacia esta meta. Podréis hallar fortaleza y apoyo en una comunidad de hermanos que mantienen vivos y puros los mismos altos ideales del sacerdocio de Cristo. En la comunión de la Iglesia encontraréis alegría. Bajo la guía de competentes padres espirituales hallaréis coraje y podréis evitar el desánimo; al dirigiros a ellos rendiréis, sobre todo, homenaje a la humanidad de la Palabra Encarnada de Dios, que continúa manteniendo y guiando a la Iglesia a través de instrumentos humanos.
6. Y, al esforzaros por aceptar plenamente la llamada a la conversión y a la comunión (la llamada a una plena vida en Cristo), el sentido de vuestra misión se hará cada vez más agudo. Con tranquilidad y confianza, debéis empezar a experimentar cada vez más un sentido de urgencia: la urgencia por comunicar a Cristo y su Evangelio salvífico.
Gracias a Dios, continúa ahora en Irlanda un período de intensa renovación espiritual. Todos vosotros debéis veros envueltos en él. Debéis prepararos para esta misión mediante el trabajo y el estudio, y especialmente la oración. A este respecto, os pido que escuchéis una vez más las palabras que preparé para los estudiantes de Maynooth: «Lo que realmente quiero que comprendáis es esto: que Dios cuenta con vosotros: que El hace sus planes, en cierto modo, dependiendo de vuestra libre colaboración, de la oblación de vuestras vidas y de la generosidad con que sigáis las inspiraciones que el Espíritu Santo os hace en el fondo de vuestros corazones. La fe católica de la Irlanda de hoy, está ligada, en el plan de Dios, a la fidelidad de San Patricio. Y mañana. sí, mañana algunos aspectos del plan de Dios estarán ligados a vuestra fidelidad, al fervor con que digáis sí a la Palabra de Dios en vuestras vidas»,
7. La juventud de Irlanda ha entendido y respondido muy bien a mi llamada, la llamada a acercarse a Cristo, que es «el camino, la verdad y la vida».. Pero ellos necesitan vuestra entrega especial, vuestra ayuda, vuestro ministerio, vuestro sacerdocio, en orden a que consigan vivir la verdad de su vocación cristiana. No les desilusionéis. Id donde ellos y sed reconocidos, al igual que los Apóstoles, como hombres que han estado con Jesús (cf. Act 4, 13), hombres que se han empapado de su Palabra y están inflamados de su celo: «Es preciso que anuncie también el reino de Dios... para esto he sido enviado» (Lc 4, 43). Pero el éxito de esta misión vuestra depende de la autenticidad de vuestra conversión, del grado en que os hagáis conforme a Jesucristo, el Hijo amado del Padre Eterno, el Hijo de María. Dirigíos a Ella y pedidle su ayuda.
En esta Eucaristía que estoy celebrando con vosotros y para vosotros, tengo presente en mi corazón a vuestros familiares y amigos, y a toda la nación irlandesa. De un modo especial pido por la juventud de Irlanda. Y hoy, a vosotros, y a todos ellos a través de vosotros, deseo deciros una vez más: «¡Jóvenes de Irlanda, os quiero! ¡jóvenes de Irlanda, os bendigo! Os bendigo en nombre de Nuestro Señor Jesucristo». Amén-
MISA DE INAUGURACIÓN DEL SÍNODO PARTICULAR DE LOS OBISPOS DE HOLANDA HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Lunes 14 de enero de 1980
Venerables y queridos hermanos:
1. Nuestros pensamientos y nuestros corazones se dirigen hoy hacia el Señor, que es el Pastor de su rebaño, el Pastor de su pueblo y el Pastor de la Iglesia.
El es aquel a quien anuncia el Salmo de la liturgia de hoy con palabras que hacen nacer en nuestras almas la esperanza, la paz y la alegría.
«Es Yavé mi pastor: nada me falta. Me hace recostar en verdes pastos / y me lleva a frescas aguas. Recrea mi alma, / me guía por las rectas sendas por amor de su nombre» (Sal 23 [22], 1-3).
Por tanto, nuestros pensamientos y nuestros corazones se dirigen hacia El, hacia Jesucristo, porque El es ante todo nuestro Pastor.
El es el Pastor de la Iglesia entera y de todas las Iglesias. El es el Pastor de los Pastores. El Pastor de aquellos a quienes confía la solicitud pastoral de todo lo que concierne a la Iglesia. Les confía..., nos confía este ministerio pastoral que no es otra cosa que el servicio.
Nosotros hemos heredado de los Apóstoles esta conciencia de ministerio pastoral. Por medio de ella tratamos de orientar nuestro comportamiento respecto de Dios y de los hombres, teniendo fijos nuestros ojos en Cristo.
¿Existe, acaso, algo más maravilloso que esta imagen del Pastor, del Buen Pastor que El mismo nos ha mostrado como el modelo a imitar? Esta imagen surge ya en el profeta Isaías cuando habla del Siervo del Señor sobre el que Dios ha hecho reposar su Espíritu (42, 2).
«No gritará, no hablará recio ni hará oír su voz en las plazas. No romperá la caña cascada ni apagará la mecha que se extingue».
Y añade: «Expondrá fielmente el derecho» (42, 2-3).
2. Sin embargo, al final de todas las imágenes conocidas en la Sagrada Escritura, se encuentra esta realidad que es el mismo Cristo. El lo expresó en la parábola del Buen Pastor y al mismo tiempo lo puso en práctica, en todas sus acciones. Lo llevó a cumplimiento sobre todo por medio de su última obra, por la cual ofreció su vida por su rebaño (cf. Jn 10, 11).
A fin de preparar a sus Apóstoles para esta obra que es el culmen pascual de su misión, pasó con ellos largos ratos, y el Evangelista San Juan nos ha transmitido de un modo particular su último discurso. Las palabras que acabamos de leer hoy en el Evangelio forman parte del mismo.
«Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y en él haremos morada. El que no me ama no guarda mis palabras; y la palabra que oís no es mía, sino del Padre, que me ha enviado» (Jn 14, 23-24).
¿Podía Cristo habernos confiado una obligación mayor como Pastores y maestros de la Iglesia, que la contenida en estas palabras?
Ser Pastor y obispo de las almas significa guardar la palabra. Guardar la verdad. A través de ella El y el Padre vienen continuamente a nosotros: El, que es el Verbo Encarnado; El, que es el Cristo Redentor; El, que es el Pastor eterno de las almas.
El es por encima de todo el Pastor de los Pastores.
3. En el mismo discurso de despedida, del cual acabamos de leer hoy un breve pasaje, Cristo promete a los Apóstoles el Espíritu Santo, que es el Espíritu de amor y de verdad:
«Pero el Abogado, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, ése os lo enseñará todo y os traerá a la memoria todo lo que yo os he dicho" (Jn 14, 26).
Así pues, la Iglesia vive del Espíritu Santo.
El portavoz de esta certeza es Pablo de Tarso en su Epístola a los Corintios, donde muestra cómo, por la fuerza del Espíritu, se construye esta comunidad que, en Cristo, reúne como en un sólo Cuerpo místico a todos aquellos que han «bebido del mismo Espíritu» (1 Cor 12, 13).
En nuestra difícil época, en nuestro siglo XX, a través del Concilio Vaticano II, la Iglesia ha expresado de un modo particularmente pleno la verdad acerca de sí misma.
Esta enseñanza debe ser la medida del pensamiento y de la actuación de todos aquellos que constituyen la Iglesia de Cristo.
De un modo particular debe ser la medida de nuestro propio pensamiento y de nuestro propio comportamiento entre nosotros, ya que somos los maestros y los Pastores de la Iglesia.
Debe ser la medida de nuestro propio pensamiento y de nuestra actuación, en este Sínodo particular en el que nos hemos reunido. La razón de este Sínodo no es otra que una encarnación auténtica y plena en la vida de esta verdad apostólica acerca de la Iglesia, que ha sido puesta de manifiesto por las enseñanzas del Concilio Vaticano II. Desde el principio hasta el final ésta ha de ser su contenido, su inspiración y su
objetivo.
4. La asamblea Sinodal en la cual los obispos de la provincia eclesiástica de Holanda se reúnen con el Obispo de Roma es un acontecimiento sin precedentes. Todos somos conscientes de ello. Los Sínodos de los Obispos poseen ya un ritmo plurianual; sin embargo es la primera vez que se lleva a cabo un Sínodo de este género, un Sínodo particular.
El principio de la compenetración recíproca entre la Iglesia universal y la Iglesia local se expresa en este Sínodo de un modo especial. La Iglesia de Jesucristo, gracias al Espíritu Santo que es el alma de todo el Cuerpo y de todos los miembros, se realiza en estas dos dimensiones. Es universal y a la vez está compuesta de diversas partes. Es universal y local. El objetivo de nuestra reunión es manifestar la coherencia de estas dos dimensiones en su plenitud y consolidarlas.
Por este motivo nuestros corazones y pensamientos se dirigen de modo especial hacia Cristo: «Porque así como, siendo el cuerpo uno, tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, con ser muchos, son un cuerpo único, así es también Cristo...» (1 Cor 12, 12). Nuestros pensamientos y nuestros corazones se dirigen a Cristo. Hacia el Pastor y el Obispo de nuestras almas. Hacia el Pastor de los Pastores. Conscientes de la verdad, a la que debemos servir,. conscientes de la responsabilidad que debemos asumir, nos hallamos juntos alrededor de este altar para celebrar la Eucaristía, el sacramento de la muerte y la resurrección, a través del cual Cristo nos entrega continuamente su Espíritu. el Espíritu de verdad y de amor.
5. Dirijámonos con este Espíritu hacia este Pueblo: hacia esta comunidad, que constituyen todas las Iglesias que se encuentran en tierras de los Países Bajos.
Vayamos con un amor grande.
El amor es consciente de las dificultades: Pero por encima de todo es consciente del bien; es consciente de los dones: de los dones naturales y de los que proceden del a gracia, que el Buen. Pastor ha derramado en esta comunidad, y.que ha depositado en el corazón de todo hombre rescatado, al darle la libertad de los hijos de Dios.
Dones que espera..
He aquí porqué deseamos en este signo del pan y del vino la ofrenda espiritual de vuestro pueblo, la ofrenda espiritual de esta tierra de la que sois a la vez hijos y Pastores.
Roguemos a Cristo para que acepte esta ofrenda.
Roguemos para que la penetre de la luz y la gracia de su Espíritu, de este Espíritu, que por sí mismo opera todo bien, «distribuyendo a cada uno según quiere» (1 Cor 12, 11)
Este Espíritu que edifica la Iglesia y hace de ella «un sólo cuerpo» (1 Cor 12, 12).
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
DURANTE LA MISA CELEBRADA
EN EL COLEGIO CAPRÁNICA DE ROMA
Lunes 21 de enero de 1980
Hijos queridísimos:
1. Es para mí motivo de gozo sincero celebrar con vosotros esta Eucaristía en la fiesta de la patrona de vuestro "Almo Colegio", que se enorgullece del justo título de gloria de ser la primera institución de este género surgida en Roma. En efecto, a la clarividencia de su piadoso fundador, el cardenal Doménico Capránica, se debe el hecho de que casi un siglo antes del Concilio de Trento, hubiera en esta ciudad un lugar en el que se ofrecía a los jóvenes aspirantes al sacerdocio la ayuda necesaria para una buena preparación al futuro ministerio.
Enteras generaciones de eclesiásticos formados con un profundo "sensus Ecclesiae" han salido de esta institución a lo largo de más de cinco siglos de historia. Sé que el "Almo Colegio" cuenta entre sus alumnos dos Papas, Benedicto XV y Pío XII, además de numerosos cardenales y prelados y muchos sacerdotes celosos que han derramado tesoros de ciencia y bondad en la "viña del Señor". Hombres que han aprendido aquí a amar a Cristo y a su Iglesia, que en esta comunidad se han ejercitado en la práctica de virtudes humanas y cristianas; que se han preparado en ella a tomar su puesto activamente en distintas misiones, desde las más humildes a las prestigiosas, a las que el Señor les ha ido llamando.
Hijos queridísimos: Sois los herederos de una tradición gloriosa, y está bien que despertéis la conciencia de ello en vosotros también en esta circunstancia en torno a la mesa eucarística y bajo la mirada de Dios, para sentiros estimulados a estar a la altura de los nobles ejemplos de virtud que os dejaron quienes os han precedido entre estos muros venerandos. Su testimonio debe ser para cada uno de vosotros una llamada continua a comprometeros con generosidad y coherencia en el estudio y la disciplina, en la oración y la fidelidad a vuestros deberes, de modo que os preparéis a ser sacerdotes plenamente de Cristo para edificación del Pueblo de Dios.
2. A ello os estimula también el ejemplo de la jovencita a cuya intercesión está confiado vuestro seminario. Con su trayectoria de virginidad y martirio, Santa Inés ha suscitado en el pueblo romano y en el mundo una ola de emoción y admiración que el tiempo no ha conseguido extinguir. Impresionan en ella la madurez de juicio a pesar de su poca edad, la firmeza de decisión no obstante la impresionabilidad femenina, y la valentía impávida en medio de las amenazas de los jueces y la crueldad de los tormentos.
San Ambrosio manifestaba ya su asombro con las conocidas palabras que nos ha propuesto la liturgia en el Oficio de las lecturas: "¿Es que en aquel cuerpo tan pequeño cabía herida alguna...? A esta edad las niñas no pueden soportar ni la severidad del rostro de sus padres, y si distraídamente se pican con la aguja se ponen a llorar como si se tratara de una herida. Pero Inés queda impávida entre las sangrientas manos del verdugo" (De virginibus, I, 2, 7: PL 16, 190).
Como cordero frágil y candoroso ofrecido en don a Dios, Inés dio el testimonio supremo de Cristo con el holocausto cruento de su vida joven. El rito antiguo que incluye en este día la bendición de dos corderos cuya lana se emplea en la confección de los palios arzobispales, perpetúa el recuerdo de este ejemplo de valor invencible y pureza integra.
3. La imagen de esta niña heroica nos lleva espontáneamente con el pensamiento a las palabras de Jesús en él Evangelio: "Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a los sabios y discretos y las revelaste a los pequeñuelos. Sí, Padre, porque así te plugo" (Mt 11, 25-26). "Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra", en estas palabras solemnes se siente como el paso de un estremecimiento de júbilo. Jesús ve a lo lejos, ve a lo largo de los siglos la multitud de hombres y mujeres de toda edad y condición que se adherirán con gozo a su mensaje. E Inés está entre ellos.
Una característica les ensambla: son pequeños, es decir, sencillos, humildes. Y así ha sido desde el principio: "Los pobres son evangelizados" (Lc 7, 22), dijo Jesús a los mensajeros de Juan, y su primer "bienaventurados" lo ha reservado a ellos (Mt 5, 3). Es la gente humilde, rechazada y despreciada la que le entiende y corre tras El. Con esta gente Jesús establece entendimiento inmediato; es gente convencida de no saber ni valer nada, convencida de necesitar ayuda y perdón; por ello, cuando El habla de los misterios del Reino y cuando dice que ha venido a traer el perdón de Dios y la salvación, encuentra en ellos el corazón abierto para comprenderlo.
No así los "sabios" y los "inteligentes"; éstos se han formado su propia visión de Dios y del mundo, y no están dispuestos a cambiarla. Creen saber tocho acerca de Dios, creen poseer la respuesta decisiva y piensan que no tienen nada que aprender; por ello rechazan la "Buena Nueva" que de este mocho aparece extraña y en contraste con los principios de su "Weltanschauung". Es un mensaje que propone ciertos cambios radicales paradójicos que su "buen sentido" no puede aceptar.
Así ocurría en tiempos de Jesús y en los de Santa Inés; así acontece hoy también e incluso hoy de modo particular. Vivimos en una cultura que todo lo somete a análisis crítico, y muchas veces lo hace absolutizando criterios parciales, incapaces por naturaleza de percibir ese mundo de realidades y valores que escapa al control de los sentidos. Cristo no pide al hombre que renuncie a su razón. Y, ¿cómo podría pedírselo si ha sido El quien se la ha dado? Lo que le pide es no ceder ante la sugerencia ya vieja del tentador que sigue deslumbrándolo con la perspectiva engañosa de llegar a ser "como Dios" (cf. Gén 3, 5). Solamente quien acepta los propios límites intelectuales y morales y se reconoce necesitado de salvación, puede abrirse a la fe y en la fe encontrar en Cristo a su Redentor.
4. Un Redentor que le sale al encuentro en actitud de esposo. Tenemos bien presentes las estupendas expresiones del texto de Oseas que acabamos de escuchar: "Seré tu esposo para siempre, y te desposaré conmigo en justicia, en juicio, en misericordias y piedades, y yo seré tu esposo en fidelidad, y tú reconocerás a Yavé" (Os 2, 21-22). Es la anticipación del anuncio de la nueva alianza que Dios se apresta a concertar con su pueblo: un pacto de amor eterno no fundado ya en la fragilidad del hombre, sino en la justicia y fidelidad de Dios.
Son palabras dirigidas a la Iglesia, pero contienen también una verdad para cada alma. Inés las acogió como invitación personal a la entrega sin reservas, Aceptó salir "al desierto" (Os 2, 16) con el esposo divino y siguió caminando con El sin dejarse desviar ni por adulaciones ni por amenazas; puesta la prueba "et aetatem vicit et tyrannum; et titulum castitatis martyrio consecravit". (San Jerónimo, epístola 130 ad Dmetriadem, 5; PL 22, 1109).
5. La opción de Santa Inés es asimismo la vuestra, queridos hijos. También vosotros habéis decidido amar a Cristo con "corazón indiviso" (cf. 1 Cor 7, 54), conscientes de las riquezas de gracia que os reserva esta donación total. Sin embargo, como jóvenes perspicaces que sois, no se os ocultan las dificultades a que os expone esta opción. Sabéis que podrán llegaros contradicciones e incomprensiones, oposiciones y hostilidades incluso, tanto más dolorosas cuanto más subrepticias y engañosas.
Queridísimos: estas perplejidades son muy comprensibles. Pero, ¿no os parece que en las palabras de San Pablo presentadas en la segunda lectura se os da una respuesta capaz de confortar el corazón despavorido y titubeante? "Eligió Dios la necedad del mundo para confundir a los sabios y eligió Dios la flaqueza del mundo para confundir a los fuertes; y lo plebeyo, el deshecho del mundo, lo que no es nada lo eligió Dios para destruir lo que es, para que nadie pueda gloriarse ante Dios" (1 Cor 1, 27-29).
Es una línea de conducta que Dios no ha desmentido nunca. ¿Acaso no es nueva prueba de ello toda la trayectoria de Inés que hoy estamos recordando? A través de la debilidad e inexperiencia de una jovencilla frágil, Dios se ha mofado de la arrogancia de los potentes de este mundo, presentando un testimonio sorprendente de la fuerza victoriosa de la fe: "magna vis fidei, quae etiam ab illa testimonium invenit aetate" (San Ambrosio, De virginibus I, 2, 7: PL 16,190).
La sugerencia está clara, por tanto; no nos debemos mirar tanto a nosotros mismos cuanto a Dios, y en El debemos encontrar ese "suplemento" de energía que nos falta. ¿Acaso no es ésta la invitación que hemos escuchado de labios de Cristo: "Venid a mí todos los que estáis fatigados y cargados, que yo os aliviaré" (Mt 11; 28)? Es El la luz capaz de iluminar las tinieblas en que se debate nuestra inteligencia limitada; El es la fuerza que puede dar vigor a nuestras flacas voluntades; El es el calor capaz de derretir el hielo de nuestros egoísmos y devolver el ardor a nuestros corazones cansados. Siguiendo a Santa Inés, que nos indica el camino, vayamos pues a Cristo para experimentar nosotros también que "su yugo es suave y sucarga ligera" (cf. Mt 11, 50), y nuestro inquieto corazón, haciéndose "manso y humilde" (Mt 11, 29), encontrará finalmente alivio y paz.
SANTA MISA EN EL PONTIFICIO COLEGIO NORTEAMERICANO DE ROMA
HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
Viernes 22 de febrero de 1980
1. "Tú eres el Mesías", respondió Simón Pedro, "el Hijo de Dios , vivo" (Mt 16, 16).
Estas palabras de fe personal y divina inspiración, señalan el comienzo de la misión. de Pedro en la historia del Pueblo de Dios. Estas palabras señalan también el comienzo de una nueva era en la historia de la salvación. Desde el momento en que estas palabras fueron pronunciadas en Cesárea de Filipo, la historia del Pueblo de Dios quedó ligada al hombre que las había pronunciado: "Tú eres Pedro y sobre esta piedra. edificaré yo mi Iglesia" (Mt 16, 18).
Estás palabras tienen para mí un significado especial. Son expresión de lo que constituye el corazón de mi misión como Sucesor de Pedro al final del siglo XX. Jesucristo es el centro del universo y de la historia. Sólo El es el Redentor de cada ser humano. En la inescrutable providencia de Dios yo he sido elegido para continuar la misión de Pedro y para repetir con similar convicción: "Tú eres el Mesías, el Cristo, el Hijo de Dios vivo". Nada en mi ministerio ni en mi vida puede anteponerse a esta misión: proclamar a Cristo a todas las naciones, hablar de su maravillosa bondad, narrar su poder salvador y asegurar a cada hombre o mujer que aquel que crea en Cristo no morirá, sino que tendrá vida eterna (cf. Jn 3, 16).
Mis hermanos e hijos en Cristo: Las palabras de Pedro en Cesárea de Filipo también poseen un significado especial para vosotros. También vuestra vida ha de estar enraizada en Cristo y construida sobre El (cf. Col 2, 7). Pues, a causa de Cristo, gracias a Cristo y por Cristo, vosotros deseáis servir al Pueblo de Dios como sacerdotes. Por tanto, vuestro. conocimiento de Cristo y vuestro amor por El, debe crecer y profundizarse continuamente. Vosotros habréis de ser hombres de sólida fe, que por medio de la Eucaristía, la Liturgia de las Horas y la oración personal diaria, mantengan una vibrante amistad con Jesús, con Jesús que dijo a sus discípulos: "Ya no os llamo siervos..., sino que os digo amigos" (Jn 15, 15). Y de este modo en todo tiempo y lugar, vuestros primeros pensamientos han de dirigirse a El, que es el Cristo, el Mesías, el Hijo de Dios vivo.
2. La fiesta de la Cátedra de San Pedro coincide, por una feliz casualidad, con la fecha de nacimiento de George Washington, vuestro primer Presidente. En cierto modo estos dos acontecimientos indican el motivo de mi venida hoy aquí. Es deseo mío, como Obispo de Roma, visitar los diversos Colegios de la ciudad; sin embargo, he venido al Colegio Norteamericano en particular, como prolongación de mi reciente visita a los Estados Unidos. Esta tarde vosotros representáis para mí la Iglesia que está en los Estados Unidos: vosotros mis hermanos obispos, y vosotros que constituís la comunidad que está en Roma, conocida como Colegio Norteamericano, en la colina del Janículo y en Vía "dell'Umiltá". En todos vosotros y a través de vosotros saludo una vez más al pueblo de América.
En esta ocasión quisiera hablar de lo que yo considero elementos de extrema importancia en la preparación sacerdotal, y repetir algunos puntos que, respecto a esto, acentué en mi visita a vuestro país.
3. El primer lugar en la vida del seminario ha de ocuparlo la Palabra de Dios. La Palabra de Dios es el centro de todo estudio teológico. Es el principal instrumento para el desarrollo de la doctrina cristiana y es la fuente perpetua de vida espiritual (cf. Constitución Apostólica Missale Romanum, 3 de abril de 1969). Hablando a los seminaristas de América dije: "La formación intelectual del sacerdote, que es, tan vital para los tiempos en que vivimos, abarca algunas ciencias humanas, así como las diferentes ciencias sagradas. Todas ellas ocupan un lugar importante en vuestra preparación para el sacerdocio. Pero la faceta prioritaria en los seminarios de hoy ha de ser la enseñanza de la Palabra de Dios en toda su pureza y su integridad, con todo lo que ella exige y en todo su poder" (Discurso en el seminario de San Carlos, Filadelfia; L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 21 de Octubre de 1979, pág. 9).
Albergo la esperanza de que en vuestra reverencia por la Palabra de Dios seréis como María; como María, cuya respuesta a la Palabra de Dios fuel "Fiat": "Hágase en mí según tu palabra" (Lc 1, 38); como María, "que creyó que se cumpliría lo que se le había dicho de parte del Señor" (Lc 1, 45); como María, que atesoraba aquellas cosas que se decían de su Hijo y las meditaba en su corazón (cf. Lc 2, 19). Que vosotros atesoréis la Palabra de Dios siempre y la meditéis cada día en vuestro corazón, para que vuestra vida entera se convierta en una proclamación de Cristo, la Palabra hecha carne (cf. Jn 1, 14).
4. La proclamación de la Palabra de Dios alcanza su culmen en la celebración de la Eucaristía: Ciertamente todos vuestros esfuerzos personales y todas las actividades de la comunidad del seminario, están ligados al Sacrificio Eucarístico y dirigidos hacia él: "Y es que en la Santísima Eucaristía se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, a saber, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan vivo" (Presbyterorum ordinis, 5), Por tanto os exhorto vivamente a hacer de la Misa el centro real de vuestra vida cada día, y os recomiendo que dediquéis regularmente un tiempo a la plegaria ante el Santísimo Sacramento adorando a nuestro Señor y Salvador Jesucristo.
5. Igualmente la vida del seminario ha de caracterizarse por una atmósfera de recogimiento, que os permita a cada uno de vosotros adquirir hábitos duraderos de estudio y oración, y desarrollar interiormente las actitudes de abnegación, generosidad y obediencia alegre; actitudes que tan necesarias son en un sacerdote. Pues un sacerdote está llamado verdaderamente a revestir de Cristo su corazón y su mente (cf. Flp 2, 5), a imitar al Hijo que "aprendió por sus padecimientos la obediencia" (Heb 5, 8), y a decir con Jesús: "no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió" (Jn 5; 30). Una sólida disciplina en el seminario, cuando se pone en práctica de un modo adecuado, crea esa atmósfera de recogimiento que os ayuda a prepararos para una vida de conversión continua y servicio generoso. De modo particular os ayudará, como ya dije en Filadelfia, "a ratificar día a día en vuestros corazones la obediencia que debéis a Cristo y a su Iglesia"
6. Hoy hace diez años que mi amado predecesor Pablo VI visitó el Colegio Norteamericano. En aquella ocasión habló del valor especial de la formación sacerdotal en Roma. "Vuestra estancia aquí en Roma", dijo, "no es accidental ni carece de importancia. No se trata de una pura coincidencia... Se trata de algo premeditado con vistas vuestra formación espiritual, vuestra preparición para el ministerio sacerdotal, para un servicio futuro a la Iglesia y a vuestros conciudadanos".
Si alguna vez os preguntáis por que los obispos americanos han construido y mantenido este Colegio en Roma, o por qué los fieles católicos de los Estados Unidos han prestado ayuda financiera y se han sacrificado ellos mismos a lo largo de más de un siglo para proporcionaros a vosotros y a otros muchos la oportunidad de prepararos pan el sacerdocio en Roma, la respuesta se halla en las palabras de Pedro en Cesárea de Filipo; está ligada al misterio de la misión de Pedro en la Iglesia universal. La universalidad y la rica diversidad de la Iglesia se aprecia aquí es Roma más claramente que en ningún otro lugar. Aquí la tradición apostólica de la Iglesia como una realidad viva y no solamente como una reliquia del pasado se convierte en algo consciente en vuestra visión de fe. Y aquí en Roma os encontráis con el Sucesor d Pedro, que se esfuerza por testimoniar la fidelidad a Cristo confirmando a todos sus hermanos en la fe.
7. Quisiera aprovechar esta ocasión también para dirigir un especial salud al cardenal Baum, que recientemente ha llegado a Roma para hacerse cargo de la gravosa tarea de dirigir la Sagrada Congregación para la Educación Católica. Entre sus diversas responsabilidades estará la de promover un auténtico resurgir de la vida de los seminarios en Roma y en todo el mundo. Ninguna otra responsabilidad suya es más importante que ésta. Esta misma convicción mía reflejan las siguientes palabras que escribí a los obispos de la Iglesia en mi Carta del Jueves Santo el año pasado: "La plena revitalización de la vida de los seminarios en toda la Iglesia será la mejor prueba de la efectiva renovación, hacia la cual el Concilio ha orientado a la Iglesia".
8. Queridos hermanos e hijos en Cristo, vosotros ocupáis un lugar especial en mis pensamientos y oraciones y os miro con confianza, pues veo vuestra juventud y vuestra sinceridad, vuestra fortaleza y vuestro deseo de servir. Veo vuestra alegría y vuestro amor a Cristo y a su pueblo. Todo esto me confiere la esperanza de que la auténtica renovación de la Iglesia, comenzada por el Concilio Vaticano II, será efectivamente llevada a su término. Sí, vuestras vidas constituyen una gran promesa para el futuro de la Iglesia, para el futuro de la evangelización del mundo con tal que vosotros permanezcáis fieles: fieles a la Palabra de Dios, fieles a la Eucaristía, fieles a la oración y el estudio, y fieles al Señor, que ha comenzado en vosotros la obra buena, y que la llevará a término (cf. Flp 1, 6).
Queridos hermanos e hijos: Alabemos juntos su nombre y proclamemos de palabra y con obras, hoy y siempre, que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios vivo.
SOLEMNE CONCELEBRACIÓN LITÚRGICA DE RITO BIZANTINO-UCRANIO
PARA LA APERTURA DEL SÍNODO DE LOS OBISPOS UCRANIOS
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Capilla Sixtina
Lunes 24 de marzo de 1980
Con gran alegría en esta acción santísima e íntima comunión con Cristo —que en la Eucaristía, es decir, en el Sacramento "por el cual se significa y se realiza la unidad de la Iglesia" (Unitatis redintegratio, 2), se hace vínculo de la unidad en la caridad— os dirijo el más afectuoso saludo a todos vosotros que, con nuestro venerado hermano, el cardenal Josyf Slipyj, arzobispo mayor de Lwów, habéis venido de diversas partes del mundo, por donde se encuentran. dispersos vuestros fieles, para. la celebración de este Sínodo.
Vuestra procedencia originaria no puede menos de evocar en mi espíritu la particular cercanía de vuestro glorioso pueblo con mi pueblo de origen. ¿Cómo no congratularme, pues, con vosotros por el hecho de que, en unión de vuestros fieles, habéis sido hallados dignos de "padecer ultrajes por el nombre de Jesús" " (cf. Act 5, 41) precisamente por vuestra fidelidad a Jesucristo, a Iglesia y a esta Sede de Pedro?
1. Y precisamente a esta Sede de Pedro habéis dirigido el espíritu y el corazón, llenos de confianza, al ser convocados para este vuestro Sínodo, que he querido celebrar con vosotros. Podéis estar seguros de que el humilde Sucesor de Pedro, en toda ocasión, como en este encuentro fraterno de alegría, sólo tiene un deseo: el ser, como ha dicho el Vaticano II, "principio y fundamento perpetuo y visible de unidad así de los obispos como de la multitud de los fieles" (Lumen gentium, 23). Mi afán más sagrado corresponde a lo que la Lumen gentium afirma que es la función de la Cátedra de Pedro: "que preside la asamblea universal de la caridad, protege las diferencias legítimas, y simultáneamente vela para que las divergencias sirvan a la unidad en vez de dañarla" (núm. 13).
Esta unidad, testamento de amor y supremo deseo de Cristo en su gran oración sacerdotal (cf. Jn 17, 11. 21. 23), constituye ciertamente el anhelo más profundo de nuestros espíritus, si nos detenemos a considerar el misterio de la Iglesia en el mundo. Se trata de un anhelo que, si es profundo sufrimiento al contemplar la división de la veste inconsútil del Cuerpo de Cristo, se convierte a la vez en oración incesante que se une a la invocación de Cristo por la unidad, como también en acción prudente y animosa para que, dentro del pleno respeto a la libertad opcional de cada uno de los hombres, se pueda restaurar en la Iglesia la "unidad del espíritu en el vínculo de la paz", como conviene a los que están llamados a la gran esperanza única que es Cristo Jesús.
Es la unidad que manifiesta el misterio de esa vida por la que todos nosotros somos en Cristo "un cuerpo y un espíritu", en la realidad del "sólo un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos, que está, sobre todos, por todos y en todos" (Ef 4, 4-6). La múltiple diversidad de los ministerios, expresada también por la pluralidad de los dones, se orienta '"para la edificación del Cuerpo de Cristo, hasta que todos alcancemos la unidad de la fe" (ib., 13).
Este alcanzar forma parte de nuestro humilde servicio. Como Pastores de la grey de Dios, todos estamos comprometidos en hacer cuanto dependa de nosotros para que la caridad realice en Cristo la unidad de su Iglesia. Es el gran ideal que debe mantenernos vigilantes, atentos, ingeniosos, valientes, para que se realice lo que Jesús, Pastor Supremo, imploró "para que todos sean uno". ¿A qué otra cosa mira, fundamentalmente, nuestro Sínodo?
2. El "mysterium fidei" que celebramos en torno al altar, manifiesta y realiza de manera totalmente especial esta unidad que imploramos con Cristo y por la que trabajamos.
Ciertamente "la unidad de los fieles, que constituyen un solo cuerpo en Cristo, está representada y se realiza por el Sacramento del pan eucarístico" (Lumen gentium, 3; cf. también 11). Esta admirable unidad no se manifiesta solamente en el vínculo material que une estrechamente a los fieles en la única mesa, sino en la comunión profunda con Cristo "nuestra Pascua" (1 Cor 5, 7). Jesucristo, Redentor del hombre, es el principio de la unidad nueva de todos los hombres. "Por su sangre, nosotros, que estábamos lejos, hemos podido acercarnos en Cristo Jesús" (cf. Ef 2, 13). Y :precisamente el "memorial" por excelencia del Señor, la Eucaristía, es el que actualiza el misterio de gracia, sigilado fundamentalmente cuando Cristo ofreció en la cruz la reconciliación ya sellada en la. última Cena.
El, que es "nuestra paz", cuando en la muerte "se entregaba el cuerpo" ofrecido en la cena a los discípulos, ratificaba la unidad, que están llamados a tener en El todos los hombres. Entonces cae el muro de división que había creado el pecado, desaparece la enemistad, se restablece la paz y la reconciliación, queda constituido "un solo hombre nuevo" (cf. Ef 2, 14-16). El misterio del cuerpo inmolado y de la sangre derramada" para la edificación de la unidad, vive aquí en la Eucaristía, Aquí se consuma la "nueva y eterna alianza" que renueva y afianza más nuestra unión con El. Aquí esta unión se convierte en perenne "transfusión" de vida,que realiza el mayor ideal cristiano, el de vivir por Dios: "el que me come vivirá por mí" (Jn 6, 57).
Y vivir por Cristo, es vivir pos Dios; es tender a la gloria del Padre: es realizar con el Padre la perenne comunión orante que secunda la moción íntima del Espíritu que eleva a El (cf. Rom 8, 15; Gál 4, 6); es hacer de la voluntad, del Padre nuestra comida, en el cumplimiento fiel de la obra que El nos ha encomendado (cf. Jn 4, 34); es ser perfectos como es perfecto el Padre en el don del amor misericordioso y generoso a todos los hermanos (cf. Mt 5, 43-48). Así la vida divina, a través de la Eucaristía y por medio de la Eucaristía, "fuente y cumbre de toda la vida cristiana" (Lumen gentium, 11), alcanza en el hombre la plenitud. La plenitud de la comunión con el Padre en el Espíritu por medio de Cristo sacerdote y víctima, pan de vida, plenitud que se difunde en donación de caridad, comunión de gracia, realidad de "comunicación" entre los hermanos.
La verdadera profunda unidad entre los hombres nace de la Eucaristía de modo privilegiado. En ella nuestro Salvador ofrece a la Iglesia, su Esposa, "el memorial de su muerte y resurrección como sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad", según las conocidas palabras de San Agustín, que ha hecho propias la Sacrosanctum Concilium (núm. 47). En la Eucaristía, en la experiencia más viva de Cristo, que "nos amó y se entregó por nosotros en oblación y sacrificio" (Ef 5, 2), nosotros aprendemos a "caminar en el amor" (ib.), o mejor, nos hacemos profundamente idóneos para la vida de Cristo que se convierte en vida nuestra, para imitar a Dios como "hijos amados" (ib., 1). Al participar en la Eucaristía "comiendo del único pan y bebiendo del único cáliz" (cf. 1 Cor 10, 17) realizamos en Cristo la comunión que nos permite ser "un solo corazón y una sola alma" (cf. Act 4, 32) y estar disponibles para amar como Cristo ha amado (cf. Jn 13, 34), incluso a estar dispuestos para sufrir y dar la vida por los hermanos (cf. Jn 15, 13).
Si atendemos a la historia de vuestra Iglesia, historia que para algunos de vosotros ha sido realidad vivida, podemos decir con seguridad que la fuerza de la fe, que se hace amor y donación por los hermanos hasta el martirio, es una experiencia que nace de la Eucaristía. En ella ha encontrado vuestra Iglesia la fuente del heroísmo; por ella vuestro amor se ha manifestado en la "confessio" que ha afianzado la unidad de los Pastores y de los fieles.
3. "Porque el pan es uno, somos muchos un solo cuerpo, pues todos participamos de ese único pan" (1 Cor 10, 17). Esta unidad estupenda se realiza de manera especialmente notable en esta celebración que inaugura la asamblea de gracia y de amor que es el Sínodo de vuestra Iglesia.
Vosotros estáis aquí unidos con Pedro, "movidos por la comunión de fraterna caridad y por el celo de la misión universal confiada a los Apóstoles" (Christus Dominus, 36). Y de esta Eucaristía, que estamos celebrando, sacamos el espíritu necesario que, mientras nos une en Cristo a Dios en el único amor del Espíritu Santo, dilata a la vez nuestro corazón a la sensibilidad profunda y auténtica del interés, de la solicitud, de la donación en la caridad apostólica.
El deseo profundo de que el Sínodo se celebrase ad Petri cathedram no tiene otra finalidad sino la de poner de relieve "la unidad que hemos recibido de los Apóstoles: la unidad colegial". Ahora bien, como he subrayado en la Carta que he dirigido a todos los obispos en el primer domingo de Cuaresma de este año sobre el misterio y el culto de la Eucaristía, "esta unidad ha nacido, en cierto sentido, en la mesa del Pan del Señor, el jueves Santo" (p. III). Porque fue en el Cenáculo donde los Apóstoles, en la mesa del Señor; recibieron el mandato que con la celebración de la Eucaristía asegura la "consumación" de la vida de comunión con Dios y con los hermanos, estableciendo la unidad de la que vive la Iglesia y de la que debe ser signo y sacramento en el mundo. Así también fue en el Cenáculo; precisamente en el banquete de la cena eucarística, donde Jesús oró por la unidad de los "suyos", de esos Apóstoles, de cuya gracia y mandato nosotros llevamos el peso y el honor para la salvación de todo el mundo.
Estos días de gracia, que se inauguran con la celebración común de la Eucaristía, deben convertirse, por lo tanto, en una experiencia particular de unidad, de concordia, de colaboración. Gracias a la Eucaristía, "somos muchos un solo cuerpo", como acabo de decir con palabras de San Pablo. ¡Somos el Cuerpo de Cristo! Unidos a toda la Iglesia del Señor Jesús, con la mirada fija en El, nuestra Cabeza, Maestro y Redentor, y juntamente con el corazón que late con todos nuestros hermanos, especialmente con los fieles de vuestra Iglesia, en nuestra profunda unión debemos dar el testimonio que impulsa al mundo a creer (cf. Jn 17, 21). Pero, ¿qué han de creer? Creer que nosotros tenemos fe en Cristo, creer que estamos dominados por su amor, creer que por encima de toda realidad humana estamos convencidos del primado de Dios y de su acción, creer que amamos realmente a Dios y, por este amor, amamos al mundo y a todos los hombres, por los cuales estamos dispuestos a ofrecer con gozo nuestro ministerio diligente, atento, actualizado, completo, si es necesario incluso hasta la muerte y muerte de cruz.
Esto es lo que brota de nuestro espíritu mientras celebramos el misterio eucarístico, experimentando la gracia al comienzo de nuestro Sínodo. Reunidos en el Cenáculo no nos sentimos aislados de los hermanos por los cuales estamos unidos aquí. Ellos, especialmente en esta celebración eucarística, están con nosotros. Oran con nosotros y por nosotros, con nosotros y por nosotros invocan la plenitud del Espíritu Santo, con nosotros y por nosotros imploran esa unidad de espíritu en el vínculo de la paz, que nos ayude a ver las necesidades de su Iglesia, las urgencias más vivas, y juntamente nos dé la fuerza y la valentía para llevarles la ayuda oportuna. Solamente así este Sínodo, expresión típica de la unidad de la Iglesia, será una primavera del Espíritu Santo para nosotros y para la querida Iglesia ucrania que, por medio de vosotros, está aquí presente. Siglos de historia, de luchas y de martirios, manifestaciones de fe y de ardor evangélico, celo por el anuncio del Evangelio en comunión con la Iglesia universal y con Pedro, están presentes aquí, en esta hora, de modo extraordinario. Que esta presencia espiritual, pero verdadera, profunda, viva, sostenga nuestro trabajo, renovándonos a todos en el espíritu de los Apóstoles para bien de nuestros fieles.
La experiencia del Cenáculo no reflejaría la hora de gracia de la efusión del Espíritu, si no tuviese la gracia y la alegría de la presencia de María. "Con María, la madre de Jesús" (Act 1, 4), se lee en el gran momento de Pentecostés. Y ésta es la hora que nosotros queremos experimentar y renovar. Por esto, con la riquísima tradición mariana de vuestra Iglesia, nos unimos a la Virgen Santísima. Ella, Madre del amor y de la unidad, nos una profundamente para que, como la primera comunidad nacida del Cenáculo, seamos "un solo corazón y una sola alma". Ella, "madre de la unidad", en cuyo seno el Hijo de Dios se unió a la humanidad, inaugurando místicamente la unión esponsalicia del Señor con todos los hombres, nos ayude para ser "uno" y para convertirnos en instrumentos de unidad entre nuestros fieles y entre todos los hombres.
Es la gracia que confío como deseo de lo más profundo del corazón a la Virgen de la Encarnación. La humilde esclava del Señor "interceda ante su Hijo... hasta que todas las familias de los pueblos... lleguen a reunirse felizmente en paz y concordia en un solo Pueblo de Dios, para gloria de la Santísima e indivisible Trinidad" (Lumen gentium, 69). A Ella, "ejemplo de aquel amor maternal con que es necesario que estén animados todos aquellos que, en la misión apostólica de la Iglesia, cooperan a la regeneración de los hombres" (ib., 65), os confío a todos vosotros, uno por uno, con vuestras Iglesias y vuestros fieles, para que con su contemplación y con su ayuda, gracias también a este Sínodo, seamos realmente los apóstoles de los tiempos nuevos.
SANTA MISA PARA EL «COETUS INTERNATIONALIS MINISTRANTIUM»
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Sala Pablo VI
Miércoles 9 de abril de 1980
Queridos amigos:
Me siento feliz de celebrar la Eucaristía rodeado de todos vosotros, niños, jóvenes y adultos. En los distintos países de Europa a que pertenecéis, ejercéis este oficio habitualmente en torno a vuestros sacerdotes o a vuestros obispos que son los sucesores de los Apóstoles. Y esta tarde, en torno al Obispo de Roma, que es el Sucesor de Pedro, el Pastor dado por Cristo al conjunto de sus discípulos.
1. Habéis venido aquí a participar de las alegrías pascuales de la Iglesia, que celebra la resurrección del Señor con los cristianos de todos los países. Pero vosotros lleváis en vosotros mismos esta alegría de Pascua. No sólo creéis en Jesús vivo y habéis recibido su gracia en vosotros, sino que estáis muy especialmente dispuestos a servir a Cristo en el ejercicio de vuestro servicio litúrgico y revivís casi continuamente esta proximidad a que invita y admite a sus discípulos el Señor Jesús, sobre todo en este tiempo pascual saliendo a su encuentro y revelándoles su resurrección.
Lo sabéis, se trata en primer lugar de las mujeres que fueron a la tumba la mañana de Pascua; y a ellas saluda Jesús y las alienta, encargándoles de llevar la nueva a los Apóstoles. Luego María Magdalena, que busca su cuerpo y quisiera retener a Jesús cuando Este la llama por su nombre. Y los discípulos de Emaús, que caminan con El, le piden que se quede con ellos y le reconocen en el partir el pan. Están los Apóstoles y en particular Tomás, a quienes Jesús resucitado muestra sus manos y sus pies, y les confía el Evangelio para el mundo entero. Y luego Pedro y también Santiago.
Están de nuevo los Apóstoles, que le reconocen durante su pesca laboriosa, y Jesús los acoge en el almuerzo a borde del lago. Están los quinientos discípulos a los que se aparece, como narra San Pablo, el convertido.
Jesús les ha hecho entrar a unos y otros en la plenitud de la fe, hasta el punto de que llegaron a decir como Tomás: "Señor mío y Dios mío". Les ha preparado a vivir continuamente en su presencia invisible en paz y alegría. Les ha dado su Espíritu. Les ha hecho testigos suyos a los ojos de los demás. En una palabra, les ha introducido en su vida íntima y gloriosa.
El mismo Jesús elevado al cielo está presente hoy y actúa en los sacramentos de la Iglesia, sobre todo en la Eucaristía. Y vosotros, vinculados al servicio litúrgico del altar, tenéis el honor y la felicidad de acercaros íntimamente a este Cristo.
2. Claro está que la liturgia no agota toda la actividad de la Iglesia. Hay una parte muy grande de anuncio, catequesis y predicación para despertar la fe, alimentarla y educarla. Y vosotros mismos os beneficiáis de esto. En ella está la oración personal en la que cada uno debe hablar al Señor en lo secreto o con sus amigos. Están todas las obras de apostolado y caridad: el amor es la señal en que se reconoce a los discípulos de Cristo. Pero la liturgia es la cúspide a donde tiende toda la acción de la Iglesia, y la fuente de donde nace toda su fuerza (cf. Sacrosanctum Concilium, 9-10).
En ella se anuda la Alianza con Dios, se santifica el pueblo, se da gloria a Dios, se estrechan los vínculos con la Iglesia y se robustece su caridad. Durante el gran Concilio Vaticano II y después de él, la Iglesia ha querido restaurar la liturgia a fin de que exprese con más claridad estas realidades santas y el pueblo cristiano llegue a tomar parte en ella a través de una celebración plena, activa y comunitaria (cf. ib., 21). Es necesario que dentro de su sencillez esta celebración sea siempre bella y digna, y guíe a los participantes a entrar en la acción santa de Jesús que nos hace escuchar su palabra, se ofrece en sacrificio y nos une a su Cuerpo.
Yo mismo, con ocasión del Jueves Santo, acabo de escribir una Carta a todos los obispos y, por su medio, a todos los sacerdotes, sobre el significado de la Eucaristía y el modo de celebrarla.
Por tanto, al lado del sacerdote que es el único que actúa en nombre de Cristo, vosotros ejercéis una función encaminada a realzar la grandeza del misterio eucarístico. Escuchad lo que han dicho los obispos reunidos en Concilio: "En las celebraciones litúrgicas, cada cual, ministro o simple fiel, al desempeñar su oficio hará todo y sólo aquello que le corresponde por la naturaleza de la acción y las normas litúrgicas. Los monaguillos —es cabalmente vuestro papel de "ministrantes"—, lectores, comentadores y cuantos pertenecen a la "schola cantorum" desempeñan un auténtico ministerio litúrgico. Ejerzan, por tanto, su oficio con la sincera piedad y el orden que convienen a tan gran ministerio y les exige con razón el Pueblo de Dios" (ib., 28-29).
Y yo añadí recientemente en mi Carta: "Las posibilidades creadas actualmente por la renovación postconciliar son a menudo utilizadas de manera que nos hacen testigos y partícipes de la auténtica celebración de la Palabra de Dios. Aumenta también el número de personas que toman parte activa en esta celebración" (núm. 10).
Esto vale también para los muchachos que son "servidores", "ministrantes" —o como se dice según los países "chierichetti", "enfants de choeur", "grands cleres", "messdiener"— que acompañan al sacerdote en el altar, oran muy cerca de él, le presentan todo lo necesario para el santo sacrificio, en una palabra, ejercen casi función de acólitos aun sin haber recibido tal ministerio.
Hay otras funciones que son también necesarias para que la celebración sea digna. Pienso en la función de "lectores", por lo menos para los mayores; la de "cantores", dentro de las "scholae cantorum" para niños, jóvenes y adultos. Esta responsabilidad ha llegado a ser algo que concierne realmente a toda la comunidad y, por tanto, a los laicos hombres y mujeres; si se desempeña bien, toda la celebración resulta más significativa y fervorosa. Podríamos citar también, por ejemplo, a los que tornan parte en la procesión de las ofrendas; estas ofrendas simbolizan todo lo que la asamblea eucarística aporta de sí misma en ofrecimiento a Dios y ofrece en espíritu, y entre éstas el pan y el vino que se transformarán en el Cuerpo y la Sangre del Señor.
Pero todo esto hay que prepararlo, queridos amigos. Tenéis que comprender la liturgia y, lo que es más, uniros a Cristo y a la Iglesia de distintas maneras. Esta es la tarea educativa de vuestros equipos de reflexión y apostolado. En particular es necesario que quienes están encargados de leer o cantar los textos bíblicos, conozcan bien el significado de esta Palabra de Dios, se detengan a meditarla, aprendan a proclamarla con respeto y claridad, para que se oiga bien, se comprenda y sirva de edificación a todos.
Al decir esto insisto mucho en que los, sacerdotes y educadores dediquen todo el tiempo y el cuidado debidos a esta preparación.
¡Cómo quisiera ver en todas partes la liturgia restaurada y realizada como la acción sagrada por excelencia, puesto que nos pone en comunicación con Cristo tres veces santo! ¡Cómo quisiera que los fieles participaran activamente con la fe, respeto, devoción, recogimiento y también entusiasmo que convienen! Pues vosotros tenéis la suerte de poder contribuir a ello en gran medida. Ya sé que muchos lo hacéis estupendamente en vuestros países, si bien en ciertos lugares se descuida, por desgracia, este servicio y bajo pretexto de sencillez se cae en celebraciones desvaídas en las que el carácter sagrado y de fiesta está a punto de desaparecer. Por mi parte, en Polonia y en particular en mi diócesis de Cracovia, hice experiencias inolvidables en las que los jóvenes contribuían con una aportación importante a la belleza y vitalidad de la Misa.
3. Volvamos ahora al Evangelio de este día. En cierto modo es la misma trama de cada una de nuestras Misas. Como los discípulos de Emaús, escuchamos al Señor que nos habla del significado de su muerte y resurrección y de lo que espera de nosotros. Y al igual que Jesús, el celebrante os lo explica. Pero esto no basta. En la persona de su ministro el Señor bendice y parte el pan. Y bajo la apariencia de pan vuestros ojos educados a la fe están seguros de reconocerle. Este reconocimiento, esta cercanía de Jesús y, más aún, el hecho de que vosotros mismos después de digna preparación, recibís este Pan de vida que es su Cuerpo, os llenan de un gozo inefable porque amáis al Señor.
Os deseo que esta experiencia que renováis con frecuencia al lado del celebrante, deje huellas persistentes en vuestra vida. Claro está que no estáis dispensados de esforzaros, pues existe el peligro de que os "habituéis" a estos gestos que presenciáis tan de cerca y con tanta frecuencia, y que no reconozcáis suficientemente el amor de vuestro Salvador que se os acerca y os hace señas. Es necesario que tengáis el corazón en vela, es necesario que la oración mantenga en vosotros el deseo de encontraros con El, y es necesario asimismo que compartáis después de la Misa el amor recibido.
Vuestro servicio, queridos amigos, os asocia al sagrado ministerio del sacerdote que celebra la Eucaristía y los otros sacramentos en el nombre mismo de Cristo. Pero, ¿contaréis siempre con los sacerdotes que deseáis y de los que no puede prescindir el Pueblo de Dios? Vosotros sabéis qué necesidad tan grande de vocaciones sacerdotales tienen vuestros países. Dirigiéndome a los muchachos y jóvenes aquí presentes les digo: y tú, ¿no has pensado nunca que a lo mejor te invita el Señor a mayor intimidad con El, a un servicio más alto, a una donación radical precisamente como sacerdote suyo, ministro suyo? ¡Qué gracia sería para ti, para tu familia, para tu parroquia, para las comunidades cristianas que esperan sacerdotes! Está claro que esta gracia no es obligante... "si quieres", decía Jesús. ¡Pero tantos jóvenes tienen —también hoy— el gusto del riesgo! Estoy seguro de que muchos de ellos son capaces de dejarlo todo por seguir a Jesús y continuar su misión. En todo caso, os debéis plantear lealmente la pregunta. El modo en que cumpláis vuestro servicio ahora os prepara a responder a la llamada del Señor.
Al terminar de hablaros expreso mi esperanza de que la comunidad entera os ayude a tener aprecio de vuestras funciones litúrgicas y a cumplirlas lo más perfectamente posible, de modo que cuantos tomen parte en la celebración renueven su fe y caridad en Cristo. Quiero que sepáis que el Papa os ama y cuenta mucho con vosotros. Os bendigo con todo el corazón y os dejo con estas palabras: ¡"Servid al Señor con alegría"!
SANTA MISA PARA UN GRUPO DE NUEVOS DIÁCONOS
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Salón de los Suizos - Castelgandolfo
Viernes 11 de abril de 1980
Queridos hijos y hermanos en Cristo:
1. En presencia de la comunidad de fieles representada por un grupo de padres, familiares y amigos vuestros, habéis venido aquí a ratificar la oblación de vuestra vida como diáconos de la Iglesia de Dios. Al actuar así estáis llenos de confianza porque sabéis que vuestra vocación y ministerio tienen su apoyo eficiente en el poder de la resurrección de Cristo que la Iglesia está celebrando con gratitud y amor rebosantes de gozo, durante este tiempo santo.
No hay duda de que la Iglesia ha puesto un gran tesoro en vuestras manos al llamaros para que os asociéis de modo especial al Señor Jesús en su culto al Padre y su servicio a la humanidad. Estáis llamados a conformaros más íntimamente a Cristo el Siervo, y de ahora en adelante el ser discípulos suyos se expresará en el ministerio de la Palabra, del altar y de la caridad.
2. Toda vuestra vida debe estar afincada en la Palabra de Dios que estáis llamados a acoger y comunicar en toda su plenitud, tal y como la proclama la Iglesia una, santa, católica y apostólica. En el sacrificio eucarístico —en el que tomáis parte y que será siempre el centro de vuestra vida— el mismo Cristo ofrecerá vuestro ministerio de caridad a su Padre. De ahora en adelante vais a tener relación especial con los pobres, los que sufren, los enfermos, con todos los necesitados. Y recordad siempre que el servicio más grande que podéis prestar al Pueblo de Dios es anunciarles su Evangelio de salvación, dador de vida y ennoblecedor.
3. A fin de equiparos para esta tarea de servicio, la Iglesia ha invocado solemnemente el Espíritu Santo y sus siete dones sobre vosotros. Es El, el Espíritu Santo, quien tiene poder de configuraros cada vez más hondamente con ese Jesús que representáis y que desea prolongar a través de vosotros su contacto salvífico con la humanidad. Que el pueblo pueda ver a Cristo en vosotros; el Maestro debe ser reconocido en el discípulo. Precisamente en el nombre de Jesús sois enviados, y todo lo que hagáis tiene que llevarse a cabo "en nombre de Jesucristo Nazareno" (Act 4, 10).
4. Para tener plena conciencia de vuestra misión de ejercer el ministerio en su santo nombre y a fin de estar unidos a El, debéis orar. Tenéis que levantar el corazón frecuentemente al Señor que os ha llamado por vuestro nombre y os ha confiado una gran responsabilidad. A este respecto, la Liturgia de las Horas será riqueza de vuestra vida y garantía de eficacia de vuestro ministerio de servicio. La oración debe sostener vuestro servicio y, a su vez, el servicio debe llevaros una y otra vez de nuevo a la oración. Estad seguros de que María, Madre del Señor resucitado, os sostendrá en los esfuerzos y estará cerca de vosotros con su amor.
5. Y finalmente, queridos hijos y hermanos, para que vuestro gozo sea completo, recordad las palabras de Jesús, la seguridad que nos ha dado, la promesa maravillosa que nos ha hecho: "...si alguno me sirve, mi Padre le honrará" (Jn 12, 26). Sí, como diáconos que sois, estáis llamados a servir a Cristo en sus miembros y a ser honrados por su Eterno Padre, a quien se debe toda alabanza y acción de gracias en la unidad del Espíritu Santo por siempre jamás. Amén.
MISA PARA LOS FIELES DE KINSHASA
Y ORDENACIÓN DE OCHO NUEVOS OBISPOS
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Domingo 4 de mayo de 1980
Queridos hermanos en Cristo:
En este día tan gozoso, en esta circunstancia solemne me dirijo ante todo a quienes vais a recibir la gracia del Episcopado:
"No os llamo siervos... os digo amigos" (Jn 15, 15). Así les dijo Cristo a sus discípulos y así os lo digo yo a vosotros.
1. Desde hace tiempo, estáis íntimamente asociados a la vida de Cristo. Vuestra fe se ha desarrollado en este suelo africano, en vuestra familia o en vuestra comunidad cristiana y ha producido sus frutos. Habéis seguido luego a Cristo, que os invitaba a consagraros enteramente a su misión. Habéis recibido el sacerdocio ministerial de presbíteros para ser dispensadores de los misterios de Dios. Y os habéis esforzado en ejercerlos con acierto y valentía.
Y he aquí que habéis sido elegidos para "apacentar el rebaño del que el Espíritu Santo os ha hecho guardianes", como dijo San Pablo a los presbíteros de Efeso, para ser obispos que presidan su grey en nombre y en lugar de Dios, caminando al frente de ella. Habéis recibido como también dice San Ignacio de Antioquía, "el ministerio de la comunidad". Por eso, como los Apóstoles, os habéis enriquecido por Cristo con una efusión especial del Espíritu Santo, que hará fecundo vuestro ministerio (cf. oración de la unción de los obispos); habéis sido investidos de la plenitud del sacerdocio, sacramento que imprime en vosotros su carácter sagrado; así, de modo eminente y visible, ocupáis el lugar de Cristo mismo, Doctor, Sacerdote y Pastor (cf. Lumen gentium, 20-21). ¡Dad gracias al Señor!, y cantad: ¡Aleluya!
Es esto un motivo de gozo y un honor para las comunidades donde tenéis vuestros orígenes o que os reciben como Pastores, para Zaire, Burundi, Sudán, Yibuti y también para las comunidades religiosas que os han formado. Habéis sido "escogidos entre los hombres en favor de los hombres e instituidos para las cosas que miran a Dios" (Heb 5, 1). ¡El que las jóvenes Iglesias vean a sus hijos asumir la obra de evangelización y llegar a ser los obispos de sus hermanos, es una señal especialmente elocuente de la madurez y de la autonomía de esas Iglesias! En este día, procuremos también no olvidar los méritos de todos los precursores que han preparado, de lejos o de cerca, estos nuevos responsables y, en especial los sacerdotes y los obispos misioneros. Por ellos también, demos gracias al Señor.
2. Es Cristo resucitado, glorificado por la mano de Dios y puesto por su Padre en posesión del Espíritu Santo prometido (cf. Hch 2, 23); ese Cristo, que contemplamos con especial júbilo en este tiempo pascual; es El, quien actúa en nuestro ministerio. Porque El es el Principio, El es la Cabeza del Cuerpo que es la Iglesia (cf. Col 1, 18). En el Espíritu Santo, Cristo prosigue su obra por medio de aquellos a quienes ha constituido Pastores y que no cesan de transmitir ese don espiritual mediante la imposición de las manos. Ellos son "los sarmientos por los que se transmite la simiente apostólica"(cf. Lumen gentium, 20, citando a Tertuliano). Así, se continúa la línea del Episcopado, sin interrupción, desde los orígenes. Vosotros, por tanto, entráis en el Colegio Episcopal que sucede al Colegio de los Apóstoles. Trabajaréis al lado de vuestros mayores, con vuestros mayores. Más de cincuenta zaireños han sido ya agregados al cuerpo de los obispos desde la primera ordenación episcopal en 1956 y los otros países aquí representados están en una situación parecida. Trabajaréis en comunión con vuestros hermanos esparcidos por el universo entero y que forman un todo en Cristo, unidos en torno al Obispo de Roma, sucesor de Pedro. Estaréis tanto más adheridos a esa comunión indispensable cuanto que habéis sido ordenados por aquel a quien el Espíritu Santo ha confiado, como a Pedro, el encargo de presidir la unidad. Sí; dad gracias al Señor. Y cantad: ¡Aleluya!
3. Recibís una gracia muy grande para ejercer una función pastoral exigente. Conocéis los tres aspectos que se designan habitualmente como "el magisterio doctrinal, el sacerdocio del culto sagrado, el ministerio de gobierno" (cf. Lumen gentium, 20). La Constitución conciliar Lumen gentium (núms. 18-27) y el Decreto Christus Dominus (núms. 11-19) siguen siendo la carta de vuestro ministerio, que os convendrá meditar frecuentemente. L
Sois ante todo responsables de la predicación del Evangelio, cuyo libro va a ser impuesto sobre vuestra cabeza durante la oración consagrante y colocado después en vuestras manos. Aquí, en África, se pide ante todo a los hombres de Iglesia: dadnos la Palabra de Dios. Sí; es una cosa maravillosa ver la sed de Evangelio que tienen vuestros compatriotas; ellos saben, ellos presienten que es un mensaje de vida. Por eso, no estaréis solos. Vuestros sacerdotes, vuestros diáconos, vuestros religiosos y religiosas, vuestros catequistas, vuestros laicos son también evangelizadores muy meritorios, cotidianos, tenaces, muy cercanos al pueblo y, a veces, incluso pioneros en los lugares o en los ambientes donde el Evangelio no ha penetrado todavía plenamente. Vuestro papel será el de sostener su celo, armonizar su apostolado, vigilar para que el anuncio, la predicación y la catequesis sean fieles al sentido auténtico del Evangelio y a toda la doctrina, dogmática y ética, que la Iglesia ha desarrollado a lo largo de sus veinte siglos, partiendo del Evangelio. Os convendrá, al trismo tiempo, procurar que ese mensaje llegue realmente a los corazones y transforme las conductas, empleando el lenguaje adecuado a vuestros fieles africanos. Como va a deciros la liturgia, oportuna e importunamente, "predicad vosotros mismos la Palabra de Dios con una gran paciencia y la preocupación de instruir". Vosotros estáis en el primer puesto entre los testigos de la verdad divina y católica.
Recibís la misión de santificar al Pueblo de Dios. En este sentido, sois padres y transmitís la vida de Cristo por medio de los sacramentos que celebráis, o confiáis a vuestros sacerdotes su administración regular, digna y fecunda. Interesaos en preparar a vuestros fieles para estos sacramentos y en animarles a vivir en ellos con perseverancia. Que vuestra oración no deje de acompañar a vuestro pueblo por los caminos de la santidad. Contribuid a preparar, con la gracia del Señor, una Iglesia sin tacha y sin arruga, de la que es símbolo la nueva Jerusalén de que nos habla el Apocalipsis. "la esposa ataviada para su Esposo" (Ap 21, 21.
4. Por último, recibís el gobierno pastoral de una diócesis, o participaréis en ella como obispo auxiliar. Cristo os da autoridad para exhortar, para distribuir los ministerios y los servicios, a medida de las necesidades y capacidad, para vigilar su cumplimiento, traer al redil con misericordia a quienes se han alejado, velar por todo el rebaño y defenderlo, como decía San Pablo (Hch 20, 29-31), suscitar un espíritu cada vez más misionero. Buscad en todo la comunión y la edificación del Cuerpo de Cristo. Con toda razón lleváis sobre vuestra cabeza el emblema de jefe y en la mano el báculo de Pastor. Acordaos que vuestra autoridad, según Jesús, es la de Buen Pastor que conoce a sus ovejas y está atento a cada una de ellas; la de Padre que se impone por su espíritu de amor y dedicación; la de administrador, siempre dispuesto a dar cuentas a su señor; el de "ministro", que está en medio de los suyos "como quien sirve" y dispuesto a dar su vida. La Iglesia ha recomendado siempre al jefe de la comunidad cristiana un cuidado particular por los pobres, los débiles, los que sufren, los marginados de toda clase. Ella os pide que prestéis una ayuda especial a vuestros compañeros de servicio que son los sacerdotes y los diáconos; los cuales son vuestros hermanos, hijos, amigos (cf. Christus Dominus, 16).
La función puntual que os ha confiado, requiere de vosotros, además de la autoridad, la prudencia y sabiduría de los "ancianos"; espíritu de equidad y paz; la fidelidad a la Iglesia, cuyo símbolo es vuestro anillo; una pureza ejemplar de doctrina y de vida. Se trata en definitiva de conducir a los clérigos, religiosos y laicos hacia la santidad de nuestro Señor; se trata de ayudarles a vivir el mandamiento nuevo del amor fraternal, que Jesús nos dejó corno testamento (Jn 13, 24). Por eso, el reciente Concilio recuerda a los obispos el deber primordial de "ser ejemplo de santidad, por su caridad, su humildad y la sencillez de su vida"(cf. ib., 15). San Pedro escribía a los "ancianos'": "Apacentad el rebaño de Dios... según Dios... sirviendo de ejemplo al rebaño" (1 Pe 5. 2-5).
5. Así, proveeréis al bien de las almas, a su salvación. Así, proseguiréis la edificación de la Iglesia, tan bien implantada ya en el corazón de África y especialmente en cada uno de vuestros países. Así, podéis aportar una parte valiosa a la vitalidad de la Iglesia universal. llevando conmigo y con el conjunto de los obispos la solicitud de todas las Iglesias.
Además, formando las conciencias según la ley de Dios y educándolas en orden a las responsabilidades y a la comunión en la Iglesia, contribuiréis a formar ciudadanos honrados y valientes como el país los necesita; enemigos de la corrupción, de la mentira y de la injusticia; artífices de la concordia y del amor fraternal sin frontera, preocupados de un desarrollo armonioso principalmente entre las categorías más pobres. Haciendo esto, ejercéis vuestra misión que es de orden espiritual y moral; misión que os permitirá pronunciaros sobre los aspectos éticos de la sociedad, cada vez que los derechos fundamentales de las personas, las libertades fundamentales y el bien común lo exijan. Todo ello, dentro del respeto a las autoridades civiles, las cuales, en el plano político y en la búsqueda de medios para promover el bien común, tienen sus competencias y sus responsabilidades específicas. Así, prepararéis en profundidad el progreso social, el bienestar y la paz de vuestra querida patria y mereceréis la estima de vuestros conciudadanos. Sois aquí los pioneros del Evangelio y de la Iglesia, y al mismo tiempo los pioneros de la historia de vuestro pueblo.
6. Queridísimos hermanos: ese ideal no debe asustaros. Al contrario, debe animaros y serviros de trampolín de esperanza. Ciertamente, llevamos este tesoro en vasos de arcilla (cf. 2 Cor 4, 7), incluido quien os habla y al que se le reserva el nombre de "Santidad". ¡Hace falta mucha humildad para llevar este nombre! Pero sometiendo humildemente toda vuestra persona a Cristo que os llama a representarle, estáis seguros de su gracia, de su fuerza, de su paz. Como San Pablo, "yo os encomiendo al Señor y a la palabra de su gracia" (Hch 20, 32). ¡Que Dios sea glorificado en vosotros!
7. Y ahora, me dirijo más concretamente a todos cuantos os rodean con su simpatía y sus oraciones. Queridos hermanos y hermanas de Kinshasa, de Zaire, de Burundi, de Sudán, de Yibuti: acoged con gozo a estos nuestros hermanos que van a ser vuestros Padres y Pastores. Tened para ellos el respeto, el afecto, la obediencia que debéis a los ministros de Cristo, que es verdad, vida y camino. Escuchad su testimonio, porque vienen a vosotros como primeros testigos del Evangelio. Su mensaje es el mensaje de Jesucristo. Abrid vuestras almas a las bendiciones de Cristo, a la vida de Cristo que ellos os traen. Seguid los caminos que os tracen, a fin de que vuestra conducta sea digna de los discípulos de Cristo. Rogad por ellos. Con ellos, vais a edificar la Iglesia de África, a desarrollar las comunidades cristianas, en estrecha comunión con la Iglesia universal, cuya savia habéis recibido y continuáis recibiendo, en relación confiada con la Sede de Pedro, principio de unidad; pero con el vigor y las riquezas espirituales y morales que el Evangelio habrá hecho surgir de vuestras almas africanas.
Por Providencia divina este honor ha cabido también a África de lengua francesa, y concretamente a Sudán. En la persona del nuevo obispo auxiliar de Tuba felicito a toda la archidiócesis y a todos los hijos e hijas de la Iglesia que está en esas tierras. Gracia y paz a todos vosotros en Jesucristo, el Hijo de Dios, en Jesucristo Buen Pastor, cuya solicitud pastoral se continúa por el ministerio de los obispos en toda la Iglesia. Esté siempre, ahora y siempre, en vuestros corazones el amor del Salvador.
Y a vosotros, queridos amigos que no compartís la fe cristiana, pero habéis querido acompañar a los católicos en esta celebración litúrgica, yo os doy las gracias y os invito también a que acojáis a los nuevos obispos como jefes religiosos, como defensores del hombre, como artífices de la paz.
Y ahora, preparémonos para el rito de la ordenación. Como el Apóstol Pablo con los ancianos de Efeso, a los que iba a hacer recomendaciones urgentes, nosotros vamos a rezar. ¡Bendito sea el Señor que prolonga así su obra entre nosotros! ¡Que todos los Apóstoles intercedan por nosotros! ¡Que la Virgen María, la Madre del Salvador, la Madre de la Iglesia, la Reina de los Apóstoles, interceda por nosotros! A Ella consagramos estos nuevos servidores de la Iglesia. ¡Demos gracias al Señor, en la fe, la caridad y la esperanza! Amén. Aleluya .* * *
Antes de terminar esta liturgia solemne, séame permitido dar las gracias de modo muy especial al Presidente de la República del Zaire, a los miembros del Gobierno y al Cuerpo Diplomático, en nombre de la Iglesia del Zaire y en nombre también de la Iglesia universal. La paz y la bendición del Señor sean siempre con vosotros.
CONCELEBRACIÓN EUCARÍSTICA EN ACRA
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Plaza de la Independencia
Jueves 8 de mayo de 1980
Queridos hermanos y hermanas en Cristo:
1. Hace poco menos de diez años, tuvo lugar aquí, en Acra, el primer encuentro panafricano y malgache de laicos. Aunque no estuve presente, tuve la oportunidad entonces de seguir con particular atención, interés y admiración los momentos más importantes de aquel histórico acontecimiento, como arzobispo de Cracovia y, a la vez, como consultor del Consejo para los Laicos. En efecto, los seglares, hombres y mujeres, que vinieron desde treinta y seis países africanos, estaban diciendo al unísono: "¡Presente!". Estaban diciendo al mundo: "¡Estamos presentes en la comunión de los fieles; estamos presentes en la misión de la Iglesia de Cristo en África!".
2. Diez años más tarde. Dios me ha concedido la oportunidad de venir a Acra, de estar con vosotros hoy, de celebrar la Eucaristía junto con vosotros, de hablaros y, a través de vosotros, dirigir un mensaje a todos los laicos católicos de África. Hoy es el Sucesor de Pedro, el Papa Juan Pablo II, quien dice "¡Presente!". Sí, estoy presente con los seglares de África; vengo como vuestro padre y como Pastor de la Iglesia universal. ¡Estoy aquí como vuestro hermano en la fe! Como un hermano en Cristo quiero deciros cuán cercano estoy de vosotros en la caridad infinita del Señor crucificado y resucitado, y cuánto os amo, ¡cuánto amo a los seglares de África!
Como vuestro Pastor, quiero confirmaros en vuestros esfuerzos por permanecer fieles al Evangelio, y en vuestra misión de llevar a los otros la Buena Nueva de nuestra salvación. Quiero exhortaros a vosotros, los laicos, a renovar la fuerza de vuestro compromiso cristiano a través de la Eucaristía, a reavivar la alegría de ser miembros del Cuerpo de Cristo, a dedicaros una vez más, como cristianos en África, a promover el verdadero e íntegro desarrollo de este gran continente. Junto con vosotros quiero dar gracias al Padre celestial, recordando "la obra de vuestra fe, el trabajo de vuestra caridad y la perseverante esperanza en nuestro Señor Jesucristo" (1 Tes 1, 3).
3. Hermanos y hermanas en Cristo: Deseo dirigir mis palabras, mis saludos y mi bendición a los laicos católicos de cada uno de los países africanos. Quiero llegar a ellos más allá de las barreras de la lengua, la geografía y el origen étnico, y confiar a cada uno de vosotros sin distinción a Cristo el Señor. Por eso os pido a cada uno de vosotros que oís mi mensaje de fraterna solidaridad e instrucción pastoral, que lo comuniquéis. Os pido que hagáis pasar mi mensaje de pueblo en pueblo y de casa en casa. Decid a vuestros hermanos y hermanas en la fe que el Papa os ama a todos y os abraza en la paz de Cristo.
4. Este vasto continente de África ha sido dotado por el Creador con muchísimas recursos naturales. En nuestros días hemos podido observar cómo el desarrollo y el uso de estos recursos han servido sobremanera para hacer avanzar el progreso material y social de cada uno de vuestros países. Dando gracias a Dios por los beneficios de este progreso no debemos olvidar, no podemos atrevernos a olvidar, que el mayor recurso y el mayor tesoro que se os ha confiado, a vosotros como a cualquiera, es el don de la fe, el tremendo privilegio de conocer a Cristo Jesús como Señor.
Vosotros que sois laicos en la Iglesia y que poseéis la fe, el mayor de todos los recursos, vosotros poseéis una oportunidad única, una responsabilidad crucial. A través de vuestras vidas, en medio de vuestras actividades cotidianas en el mundo, mostráis el poder que tiene la fe para transformar el mundo y para renovar la familia de los hombres. Aunque vuestra función como laicos es oculta y desconocida, como la levadura o la sal de la tierra de que habla el Evangelio, sin embargo es indispensable para la Iglesia en el cumplimiento de su misión recibida de Cristo. Claramente enseñaron esto los padres del Concilio Vaticano II cuando afirmaron: "La Iglesia no está verdaderamente formada, no vive plenamente„ no es señal perfecta de Cristo entre los hombres, en tanto no exista y trabaje con la jerarquía un laicado propiamente dicho. Porque el Evangelio no puede penetrar profundamente en las conciencias, en la vida y en el trabajo de un pueblo sin la presencia activa de los seglares" (Ad gentes, 21).
5. El papel de los seglares en la misión de la Iglesia abarca dos aspectos: en unión con sus Pastores y asistidos por su orientación, edificáis la comunión de los fieles; en segundo lugar, como ciudadanos responsables impregnáis la sociedad en que vivís con la levadura del Evangelio, en sus dimensiones económicas, sociales, políticas, culturales e intelectuales. Cuando realizáis fielmente estas dos funciones, como ciudadanos de la ciudad terrena y del Reino celestial, entonces se cumplen las palabras de Cristo: "Vosotros sois la sal de la tierra... Vosotros sois la luz del mundo" (Mt 5, 13-14).
6. Hoy nuestros hermanos y hermanas reciben una nueva vida por el agua y el Espíritu Santo (cf. Jn 3, 3 ss.). Por el bautismo son incorporados a la Iglesia y renacen como hijos de Dios. Reciben la mayor dignidad que le cabe a una persona. Como dijo San Pedro, se convierten en "linaje escogido, sacerdocio regio, gente santa, pueblo adquirido para pregonar las excelencias de Dios" (1 Pe 2, 9). En el sacramento de la confirmación son incorporados más íntimamente a la Iglesia y dotados por el Espíritu Santo con una fortaleza especial (cf. Lumen gentium, 11). Por medio de estos dos grandes sacramentos Cristo convoca a su pueblo, Cristo convoca a cada uno de los seglares a tomar parte en la responsabilidad de construir la comunión de los fieles.
Como miembros laicos, estáis llamados a tomar parte activa en la vida sacramental y litúrgica de la Iglesia, de un modo especial en el Sacrificio eucarístico. Al mismo tiempo estáis llamados a difundir activamente el Evangelio con la práctica de la caridad y con la colaboración en los esfuerzos catequéticos y misioneros, según los dones que cada uno de vosotros haya recibido (cf. 1 Cor 12, 4 ss.). En toda comunidad cristiana, sea en la "Iglesia doméstica", constituida por la familia, o en la parroquia, colaborando con el sacerdote, o en la diócesis, unidos en torno al obispo, los laicos procuran, como los seguidores de Cristo en el siglo primero, permanecer fieles a las enseñanzas de los Apóstoles, fieles al servicio fraterno, fieles a la oración y a la celebración de la Eucaristía (cf. Act 2, 42).
7. Vuestra vocación cristiana no os aparta de ninguno de vuestros hermanos o hermanas. No os dificulta vuestro compromiso en los asuntos civiles ni os exime de vuestras responsabilidades como ciudadanos. No os separa de la sociedad ni os releva de las dificultades cotidianas de la vida. Más bien vuestro compromiso continuo en las actividades y profesiones seculares, verdaderamente forma parte de vuestra vocación. Pues vosotros estáis llamados a hacer presente y fructífera la Iglesia en las circunstancias ordinarias de la vida: en la vida matrimonial y familiar, en las condiciones diarias de ganaros la vida, en las responsabilidades políticas y cívicas, y en los proyectos culturales, científicos y educativos. Ninguna actividad humana es extraña al Evangelio. Dios quiso toda la creación para ordenarla a su Reino, y Dios ha confiado esta tarea de un modo especial a los laicos.
8. Los laicos de la Iglesia que está en África poseen la misión crucial de abordar los urgentes problemas y desafíos con que se enfrenta este vasto continente. Como seglares cristianos, la Iglesia espera de vosotros que ayudéis a configurar el futuro de cada uno de vuestros países, que contribuyáis a su desarrollo en cada esfera particular. La Iglesia os pide que llevéis la influencia del Evangelio y la presencia de Cristo al interior de cada una de las actividades humanas y que tratéis de construir una sociedad en que la dignidad de cada persona sea respetada y en la que la igualdad, la justicia y la libertad sean defendidas y promovidas.
9. También quisiera resaltar hoy la necesidad de continuar la instrucción y la catequesis de los laicos. Pues sólo una formación espiritual y doctrinal sería en vuestra identidad cristiana, junto con una preparación cívica y humana adecuada en las actividades seculares, puede hacer posible esta contribución tan deseada de los seglares al futuro de África. En este sentido recordamos la exhortación de San Pablo: "..os rogamos y amonestamos en el Señor Jesús que andéis según lo que de nosotros habéis recibido acerca del modo en que habéis de andar y agradar a Dios, como andáis ya, para adelantar cada vez más" (1 Tes 4, 1). Para alcanzar este objetivo es necesario un gran conocimiento del misterio de Cristo. Es necesario que los laicos penetren en este misterio de Cristo y que sean formados en la Palabra de Dios, que conduce hacia la salvación. El Espíritu Santo impulsa a la Iglesia a seguir este sendero con amorosa tenacidad y perseverancia. Por tanto, quiero apoyar las valiosas iniciativas que, a todos los niveles, han sido ya emprendidas en este campo. Que estos esfuerzos continúen y que los laicos se preparen cada vez mejor para su misión, para que con la santidad de vida se enfrenten con las diferentes necesidades que tienen delante, para que toda la Iglesia que está en África comunique a Cristo de un modo cada vez más efectivo.
10. Hermanos y hermanas míos: La segunda lectura nos ha recordado hoy que Jesucristo "es la piedra viva..." (1 Pe 2; 4). Jesucristo es Aquel en quien está fundado el futuro del mundo, Aquel de quien depende el futuro de cada hombre o mujer. En todo lugar hemos de fijarnos en El. En todo tiempo hemos de construir sobre El. Por eso os repito a vosotros lo que dije al mundo el día de Pascua de este año: "No rechacéis a Cristo, vosotros que construís el mundo humano. No lo rechacéis vosotros, los que, de cualquier manera y en cualquier sector, construís el mundo de hoy y el de mañana: el inundo de la cultura y de la civilización, el mundo de la economía y de la política, el mundo de la ciencia y de la información. Vosotros que construís el mundo de la paz... No rechacéis a Cristo: ¡El es la piedra angular!".
11. Con las palabras del Apóstol Pedro, os invito a "¡allegaros a él, para que también vosotros... como piedras vivas, seáis edificados como casa espiritual!" (1 Pe 2, 4 s.), construyendo la Iglesia en África, haciendo avanzar el Reino de Dios en la tierra.
Con este espíritu rezamos a nuestro Padre celestial:. "Venga a nosotros tu Reino. Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo". Amén.
Queridos hermanos y hermanas de Togo y de Benín:
Gracias por haber venido en un número tan grande y por haber caminado tanto para encontraros con el Vicario de Cristo. A vosotros os invito también a permanecer firmes en la fe, y muy unidos entre vosotros. El Señor es fiel; El no os abandonará si le entregáis vuestra confianza. El os hará fuertes para que deis testimonio de vuestra fe no sólo en la Iglesia, sino en las acciones de vuestra vida cotidiana, en las que hay que elegir incesantemente vivir según la verdad, según la pureza y según la caridad del Evangelio. Continuad instruyéndoos en las verdades de la fe. Y acercaos con alegría a los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía con el pensamiento de que es el Señor quien os perdona, quien os alimenta y quien os da su gracia. Este es el signo visible de su presencia invisible. Como decía Jesús resucitado: "Paz a vosotros". "No tengáis miedo". Que el Señor os bendiga.
MISA PARA LOS CATEQUISTAS
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Kumasi, Ghana
Viernes 9 de mayo de 1980
Queridos hermanos y hermanas:
I. Hoy es día de gran alegría, y yo he esperado este día desde hace mucho tiempo. He deseado venir y decir a los catequistas cuánto los amo, cuánto los necesita la Iglesia. Hoy es también día de profundo significado porque Jesús —el Hijo de Dios, el Señor de la historia, el Salvador del mundo— está presente en medio de nosotros. A través de su santo Evangelio nos habla con las palabras que dirigió una vez a sus discípulos: "Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra; id, pues; enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo cuanto os he mandado. Yo estaré con vosotros siempre..." (Mt 28, 18-20).
2. Este mandato y esta promesa de Jesús inspiraron la evangelización de Ghana y de toda África, orientando la vida de cuantos han colaborado en la causa del Evangelio. De modo particular estas palabras se grabaron en el corazón de numerosos catequistas, el siglo pasado. Y hoy intento manifestar la profunda estima de la Iglesia por estos devotos trabajadores al servicio del Evangelio. Expreso la gratitud de toda la Iglesia católica a los catequistas, que están presentes hoy, a sus predecesores en la fe, a sus colegas catequistas en el continente africano: gratitud por la ayuda prestada para reclutar discípulos de Cristo; por la ayuda que dan al pueblo para creer que Jesucristo es Hijo de Dios; por la ayuda al instruir a sus hermanos y hermanas en su vida y edificar así su Cuerpo, la Iglesia. Esta actividad catequística se ha desplegado con la palabra y con el ejemplo, y la entrega de innumerables catequistas y su adhesión profunda a la persona de Jesucristo son un capítulo de gloria en la historia de esta tierra y de este continente.
3. La Iglesia reconoce en estos catequistas a personas llamadas a ejercitar una particular tarea eclesial, una participación especial en la responsabilidad de hacer avanzar el Evangelio. Ve en ellos a los testigos de la fe, siervos de Jesucristo y de su Iglesia, colaboradores eficaces en la misión de establecer, desarrollar e incrementar la vida de la comunidad cristiana. En la historia de la evangelización muchos de estos catequistas han sido, de hecho, maestros de religión, guías de sus comunidades, celosos misioneros laicos, modelos de fe. Han ayudado fielmente a los misioneros y al clero local, apoyando su ministerio con el cumplimiento de su tarea característica.
Los catequistas han prestado muchos servicios vinculados con la difusión del conocimiento de Cristo, con la fundación de la Iglesia, con la inserción cada vez más profunda de la potencia transformadora y regeneradora del Evangelio en la vida de sus hermanos y hermanas. Han asistido al pueblo en muchas de sus exigencias humanas, contribuyendo al desarrollo y al progreso.
4. En todo esto han hecho conocer explícitamente el nombre y la persona de Jesucristo, su enseñanza, su vida, sus promesas y su Reino. Las comunidades que ellos han ayudado a construir, se basan en los mismos elementos que se encuentran en la Iglesia primitiva: en la enseñanza y la fraternidad de los Apóstoles, en la Eucaristía y en la oración (cf. Act 2, 42). Así, el señorío de Cristo se facilitaba en una comunidad después de otra, de una en otra generación. Mediante su trabajo generoso, el mandamiento de Cristo se cumplió continuamente y su promesa se verificó.
5. La Iglesia no sólo está agradecida por cuanto han realizado los catequistas en el pasado, sino que tiene confianza para el futuro. A pesar de las nuevas circunstancias, de las nuevas exigencias y de los nuevos obstáculos, la importancia de este gran apostolado no ha disminuido, porque siempre será necesario desarrollar una fe inicial y guiar al pueblo a la plenitud de la vida cristiana. Una creciente conciencia de la dignidad e importancia de la tarea del catequista es consecuencia de la insistencia del Concilio Vaticano II sobre el hecho de que toda la Iglesia está implicada en la responsabilidad del Evangelio. Sólo con la colaboración de sus catequistas la Iglesia podrá responder adecuadamente al desafío que he descrito en mi Exhortación Apostólica sobre la catequesis en nuestro tiempo: "En este final del siglo XX, Dios y los acontecimientos, que son otras tantas llamadas de su parte, invitan a la Iglesia a renovar su confianza en la acción catequética como en una tarea absolutamente primordial de su misión. Es invitada a consagrar a la catequesis sus mejores recursos de hombres y energías, sin ahorrar esfuerzos, fatigas y medios materiales para organizarla mejor y formar personal capacitado. En ello no hay un mero cálculo humano, sino una actitud de fe" (Catechesi tradendae, 15).
6. La Sagrada Congregación para la Evangelización de los Pueblos, numerosos obispos y Conferencias Episcopales han valorado fuertemente la importancia de la formación de catequistas, y en esto son dignos del más amplio elogio. El destino de la Iglesia en África está vinculado indudablemente al éxito de esta iniciativa. Por ello deseo animar plenamente este maravilloso trabajo. El futuro de la actividad catequística dependerá de profundos programas de preparación, que comprendan una instrucción cada vez mayor para los catequistas, que den prioridad a su formación espiritual y doctrinal, poniéndolos en disposición de experimentar en alguna medida el sentido auténtico de la comunidad cristiana que están llamados a edificar.
Los subsidios de la catequesis merecen también la debida atención, incluso un eficaz material catequético que tenga presente la necesidad de encarnar el Evangelio en determinadas culturas locales. Por esto, toda la Iglesia debe sentirse interesada para afrontar las dificultades y los problemas inherentes al sostenimiento de los programas catequísticos. De mocho especial, toda la comunidad eclesial debe manifestar su propia estima por la importante vocación del catequista, que debe sentirse apoyado por sus propios hermanos y hermanas.
7. Sobre todo, para asegurar el éxito de toda actividad catequística, es necesario que quede cristalinamente clara la finalidad misma de la catequesis: la catequesis es un trabajo de fe que va más allá de toda técnica; es un compromiso de la Iglesia de Cristo. Su objeto primario y esencial es el misterio de Cristo; su finalidad definitiva es poner a la gente en comunión con Cristo (cf. Catechesi tradendae, 5). A través de la catequesis continúa la actividad de Jesús Maestro; El solicita de sus hermanos la adhesión a su persona, y mediante su palabra y sus sacramentos los guía al Padre y a la plenitud de vida en la Santísima Trinidad.
8. Reunidos aquí hoy para celebrar el Sacrificio eucarístico, expresamos nuestra confianza en la potencia del Espíritu Santo para que continúe haciendo surgir y sosteniendo, para la gloria del Reino de Dios, nuevas generaciones de catequistas, transmisores fieles de la Buena Nueva de salvación y testigos de Cristo y de Cristo crucificado.
9. Hoy la Iglesia ofrece a los catequistas el signo del amor de Cristo, el gran símbolo de la redención: la cruz del Salvador. Para los catequistas de todo tiempo la cruz constituye la credencial de autenticidad y la medida del éxito. El mensaje de la cruz es, realmente, "el poder de Dios" (1Cor 1, 18).
Queridos catequistas, queridos hermanos y hermanas: Al realizar vuestra tarea, al comunicar a Cristo, recordad las palabras de un precursor de la catequesis en el siglo IV, San Cirilo de Jerusalén: "La Iglesia católica está orgullosa de todas las acciones de Cristo, pero su gloria mayor está en la cruz" (Catechesi, 13),
Con esta cruz, con el crucifijo que hoy recibís como señal de vuestra misión en la Iglesia, proseguid confiadamente y llenos de alegría. Y recordad también que María está siempre cercana a Jesús, junto a El, está siempre junto a la cruz. Ella os guiará incólumes a la victoria de la resurrección y os ayudará a comunicar a los otros el misterio pascual de su Hijo.
Queridos catequistas de Ghana y de toda África: Cristo os llama a su servicio; la Iglesia os envía. El Papa os bendice y os encomienda a la Reina del cielo.
Amén
MISA PARA LOS ESTUDIANTES DE COSTA DE MARFIL
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Yamusukro, domingo 11 de mayo de 1980
Queridos estudiantes:
1. ¿Cómo agradeceros el que hayáis venido en tan gran número, con tanta alegría y confianza en torno al Padre y jefe de la Iglesia católica? Deseo y pido a Dios que este encuentro resulte una muestra de comunión profunda de nuestros corazones y de nuestras almas, un momento inolvidable para mí y determinante para vosotros.
He podido ya conocer vuestros problemas y vuestras aspiraciones de estudiantes de Costa de Marfil. Me han causado a la vez alegría y emoción. Me dirijo, por tanto, con toda confianza a vosotros jóvenes, plenamente maduros y portadores de grandes esperanzas humanas y cristianas. La liturgia de la Palabra que acaba de realizarse habrá ciertamente contribuido a poner vuestras almas en estado de receptividad. Las tres lecturas constituyen un marco ideal para la obligada meditación que haremos enseguida. La Iglesia, a la que os habéis incorporado por los sacramentos del bautismo y de la confirmación —tendré además el gozo de conferir esta última a muchos de vosotros—, es una Iglesia abierta, desde su fundación, a todos los hombres y a todas las culturas; una Iglesia segura de llegar a un final glorioso a través de las humillaciones y persecuciones que ha sufrido en el transcurso de la historia; una Iglesia misteriosamente animada por el Espíritu de Pentecostés y ansiosa de revelar a los hombres la dignidad inalienable y su vocación de "familiares de Dios", de criaturas habitadas por Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. ¡Qué tonificante resulta respirar esta atmósfera de una Iglesia siempre joven y entusiasta!
Vuestros obispos os han dirigido recientemente, no sólo a vosotros, sino también a vuestros padres y a vuestros educadores, una carta que quería advertiros de los peligros que amenazan a la juventud, provocando en sus filas y en las de los adultos, un generoso sobresalto espiritual. Muchos de vosotros sois muy conscientes de las dificultades y necesidades que rodean los ambientes juveniles. Sin generalizar, no tenéis miedo de llamar a las cosas por su nombre e interrogar a vuestros mayores aludiendo a las célebres palabras del Profeta Ezequiel: "Los padres comieron las agraces y los dientes de los hijos sufren la dentera!' (Ez 18, 2).
2. Hoy, por mi parte, yo quisiera convenceros de una verdad muy sencilla, pero capital, que vale para todo hombre y para toda sociedad que sufre física o moralmente, a saber: que la enfermedad no puede curarse si no se tornan los remedios necesarios. Es lo que el Apóstol Santiago quería hacer comprender a los primeros cristianos (cf. Sant 1, 23-26). De nada sirve diagnosticar el mal en el espejo de la conciencia individual y colectiva, si se olvida fácilmente o no se le quiere curar. Cada uno en la sociedad tiene sus responsabilidades sobre esa situación y, por tanto. cada uno está llamado a una conversión personal que es realmente una forma de participar en la evangelización del mundo (cf. Evangelii nunliandi, 21, 41). Pero a vosotros yo os pregunto: ¿No es cierto que si todos los jóvenes consienten en cambiar su propia vida, toda la sociedad cambiará? ¿Por qué esperar más tiempo soluciones ya hechas para los problemas que sufrís? Vuestro dinamismo, vuestra imaginación, vuestra fe son capaces de transportar montañas.
Miremos juntos, con calma y con realismo, los caminos que os conducirán hacia la sociedad que soñáis. Una sociedad construida sobre la verdad, la justicia, la fraternidad, la paz; una sociedad digna del hombre y conforme al designio de Dios. Esos caminos son indiscutiblemente los de vuestra ardiente preparación para vuestras responsabilidades del mañana y los de una verdadera vigilancia espiritual
¡Jóvenes de Costa de Marfil! Encontrad unidos la valentía de vivir. Los hombres que hacen avanzar la historia, tanto al nivel más modesto como al más elevado, son los que siguen convencidos de la vocación del hombre: vocación de buscador, de luchador, de constructor. ¿Cuál es vuestro concepto del hombre? Es una pregunta fundamental, porque la respuesta será determinante para vuestro futuro y el futuro de vuestro país, porque tenéis el deber de hacer fructífera vuestra vida.
3. Tenéis, en efecto, obligaciones para con la comunidad nacional. Las generaciones pasadas os conducen invisiblemente. Son ellas las que os han permitido acceder a los estudios y a una cultura destinada a hacer de vosotros los cuadros dirigentes de una nación joven. El pueblo cuenta con vosotros. Dejadle que os considere como privilegiados. Lo sois realmente, al menos en el plano del reparto de bienes culturales. ¡Cuántos jóvenes de vuestra edad —en vuestro país y en el mundo— realizan su trabajo y contribuyen ya, como obreros o agricultores, a la producción y al éxito económico de su país! Otros, por desgracia, están sin trabajo, sin oficio y, a veces, sin esperanza. Y hay todavía otros que no tienen, ni tendrán, ocasión de acceder a centros escolares de calidad. Hacia todos ellos tenéis un deber de solidaridad. Y ellos tienen frente a vosotros el derecho de ser exigentes. Queridos jóvenes: ¿Queréis ser los pensadores, los técnicos, los responsables que necesitan vuestro país y África? Huid, como de la peste, de la negligencia y de las soluciones facilonas. Sed indulgentes para con los demás y severos con vosotros mismos. ¡Sed hombres!
4. Dejadme todavía subrayar un aspecto muy importante de vuestra preparación humana, intelectual, técnica, para vuestras tareas futuras. Eso también forma parte de vuestros deberes. Conservad bien vuestras raíces africanas. Salvaguardad los valores de vuestra cultura. Los conocéis y os sentís orgullosos de ellos: el respeto a la vida, la solidaridad familiar y la ayuda a los padres, la deferencia para con los ancianos, el sentido de hospitalidad, el juicioso mantenimiento de las tradiciones, el gusto de la fiesta y del símbolo, la utilización del diálogo y la palabra para arreglar las diferencias. Todo esto constituye un verdadero tesoro del que podéis y debéis sacar algo nuevo para la edificación de vuestro país, sobre un modelo original y típicamente africano, hecho de armonía entre los valores de su pasado cultural y las más aceptables prestaciones de la civilización moderna. En este plan preciso, estad muy vigilantes ante los modelos de sociedad que se fundan sobre la búsqueda egoísta del bienestar individual, o el poderoso dinero, o sobre la lucha de clases y los medios violentos. Todo materialismo es una fuente de degradación para el hombre y de servidumbre de la vida en sociedad.
5. Vayamos todavía más lejos en la clara visión del camino que hemos de seguir o tomar. ¿Cuál es vuestro Dios? Sin ignorar, ni mucho menos, las dificultades que las mutaciones socio-culturales de nuestra época causan a todos los creyentes, pero también pensando en todos los que luchan por conservar la fe, yo me atrevo a decir, en pocas palabras y con insistencia: ¡Levantad la cabeza! ¡Mirad con ojos nuevos hacia Jesucristo! Y me permito preguntaros amistosamente: ¿Habéis tenido conocimiento de la carta que escribí el año pasado a todos los cristianos sobre Cristo Redentor?
Siguiendo las huellas de los Papas que me han precedido, y especialmente de Pablo VI, me he esforzado por conjurar la tentación y el error del hombre contemporáneo y de las sociedades modernas de relegar a Dios y acabar con la expresión del sentimiento religioso. La muerte de Dios en el corazón y en la vida de los hombres es la muerte del hombre. Yo escribía en esta Carta: «El hombre que quiere comprenderse hasta el fondo a sí mismo —no solamente según criterios y medidas del propio ser, inmediatos, parciales, a veces superficiales e incluso aparentes— debe, con su inquietud, incertidumbre e incluso con su debilidad y pecaminosidad, con su vida y con su muerte, acercarse a Cristo. Debe, por decirlo así, entrar en El con todo su ser, debe "apropiarse" y asimilar toda la realidad de la Encarnación y de la Redención para encontrarse a sí mismo. Si se actúa en él este hondo proceso, entonces él da frutos no sólo de adoración a Dios, sino también de profunda maravilla de sí mismo.
¡Qué valor debe tener el hombre a los ojos del Creador, si "ha merecido tener tan gran Redentor", si "Dios ha dado a su Hijo", a fin de que él, el hombre, "no muera, sino que tenga la vida eterna"!» (Redemptor hominis, 10; L'Osserratore Romano, Edición en Lengua Española, 18 de marzo de 1979, pág. 6).
Sí, queridos jóvenes, Jesucristo no es un secuestrador del hombre, sino un Salvador. Quiere liberaros, para hacer de todos y cada uno de vosotros salvadores en el mundo estudiantil de hoy, así como en las profesiones y responsabilidades importantes que asumiréis en el futuro.
6. Así, pues, dejad de pensar en silencio o de decir en voz alta que la fe cristiana es solamente buena para los niños y las gentes sencillas. Si aparece todavía así, es porque los adolescentes y los adultos han sido gravemente negligentes al no procurar que su fe aumentase al ritmo de su propio crecimiento humano. La fe no es un vestido bonito para la época infantil. La fe es un don de Dios, una corriente de luz y de fuerza que viene de El y debe esclarecer y dinamizar todos los sectores de la vida, al compás y a medida que ésta va adquiriendo responsabilidades. Decidíos vosotros, decidid a vuestros amigos y a vuestros camaradas estudiantes a poner los medios para una formación religiosa personal, digna de este nombre. Seguid los consejos de los capellanes y colaboradores apostólicos puestos a vuestra disposición. Con ellos tratad de hacer la síntesis entre vuestros conocimientos humanos y vuestra fe, entre vuestra cultura africana y el modernismo, entre vuestro papel de ciudadanos y vuestra vocación cristiana. Celebrad vuestra fe y aprended a rezar unidos. Encontraréis así el sentido de Iglesia que es una comunión en el mismo Señor entre creyentes, que se mezclan diligentes con sus hermanos y hermanas para amarles y servirles a la manera de Cristo. Tenéis una necesidad vital de inserción en las comunidades cristianas, fraternales y dinámicas. Frecuentadlas asiduamente. Animadlas con el soplo de vuestra juventud. Creadlas, si no existen. Así se os quitará la tentación de ir a buscar en otra parte —en grupos esotéricos— lo que el cristianismo os proporciona plenamente.
7. Lógicamente, la profunda formación personal y comunitaria de que acabamos de hablar, os conducirá necesariamente a tareas apostólicas concretas. Muchos de vosotros estáis ya en ese camino y os felicito por ello. Jóvenes de Costa de Marfil, hoy Cristo os hace un llamamiento por medio de su Representante en la tierra. Os llama exactamente como llamó a Pedro y Andrés, Santiago y Juan, y a los demás Apóstoles. Os llama a edificar su Iglesia, a construir una sociedad nueva. ¡Venid en gran número! Tomad puesto en vuestras comunidades cristianas. Ofreced realmente vuestro tiempo y vuestros talentos, vuestro corazón y vuestra fe para animar las celebraciones litúrgicas, para participar en el inmenso trabajo catequístico con los niños, los adolescentes, los adultos; para insertaros en los numerosos servicios en beneficio de los más pobres, de los analfabetos, de los minusválidos, de los aislados, de los refugiados y de los emigrantes; para animar vuestros Movimientos estudiantiles, para trabajar en las tareas de defensa y promoción de la persona humana. En verdad, la cantera es inmensa y entusiasmante para los jóvenes que se sienten pletóricos de vida.
Me parece totalmente indicado este momento para dirigirme a los jóvenes que van a recibir el sacramento de la confirmación, precisamente para entrar en una nueva etapa de su vida bautismal: la etapa del servicio activo en la inmensa cantera de la evangelización del mundo. La imposición de las manos y la unción del santo crisma quieren significar, real y eficazmente, la venida plena del Espíritu Santo a lo más profundo de vuestra persona., algo así como al cruce de vuestras facultades humanas de inteligencia en busca de verdad y de libertad, en busca de ideal. Vuestra confirmación de hoy es vuestro Pentecostés para la vida. Comprobad la gravedad y la grandeza de este sacramento. ¿Cuál será vuestro estilo de vida en adelante? ¡El de los Apóstoles a la salida del Cenáculo! El de los cristianos de todo tiempo, enérgicamente fieles a la oración, a la intensificación y al testimonio de la fe, a la fracción del pan eucarístico, al servicio del prójimo y sobre todo de los más pobres (cf. Act 2, 42-47). Jóvenes confirmados de hoy o de ayer, avanzad todos por los caminos de la vida como testigos fervientes de Pentecostés, fuente inagotable de juventud y de dinamismo para la Iglesia y para el mundo.
Estad dispuestos para encontrar a veces oposición, desprecio, mofa. Los verdaderos discípulos no van a ser menos que el Maestro. Sus cruces son como la pasión y la cruz de Cristo: fuente misteriosa de fecundidad. Esta paradoja del sufrimiento ofrecido y fecundo se viene verificando desde hace veinte siglos en la historia de la Iglesia.
Dejadme, en fin, aseguraros que estas tareas apostólicas os preparan no solamente para soportar vuestras pesadas responsabilidades futuras, sino además para fundar sólidos hogares, sin los que una nación no puede largo tiempo mantenerse firme; y, lo que es más, hogares cristianos que son otras tantas células de base de la comunidad eclesial. Esas dedicaciones encaminarán a algunos de vosotros hacia la entrega total a Cristo, en el sacerdocio o en la vida religiosa. Las diócesis de Costa de Marfil, como todas las diócesis de África, tienen el derecho de contar con vuestra generosa respuesta al llamamiento que el Señor hace oír ciertamente a muchos de vosotros: "Ven, sígueme".
¿Humo de paja esta celebración? ¿Humo de paja esta meditación? Los textos litúrgicos de este sexto domingo de Pascua nos afirman lo contrario. El Evangelio de Juan nos certifica que el Espíritu Santo habita en los corazones amantes y fieles de los discípulos de Cristo. Su papel es el de refrescarles la memoria de creyentes, iluminarles hasta lo más profundo., ayudarles a responder a los problemas de su tiempo, en la paz y en la esperanza de ese mundo nuevo evocado en la lectura del Apocalipsis.
¡Que este mismo Espíritu Santo nos una a todos y nos consagre a todos al servicio de Dios nuestro Padre y de los hombres nuestros hermanos, por Cristo, en Cristo y con Cristo! Amén.* * *
Después de impartir la bendición apostólica, el papa dijo al Presidente:
Al agradecerle de nuevo su presencia, me felicito con usted por esta gran concentración de las juventudes de Costa de Marfil, y le deseo un porvenir espléndido para el país gracias a esta juventud.
SANTA MISA PARA EL MOVIMIENTO GEN - GENERACIÓN NUEVA-
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Plaza de San Pedro
Domingo 18 de mayo de 1980
Queridísimos jóvenes del Movimiento GEN:
1. Mi cordial bienvenida a todos vosotros. La alegría que brilla en vuestros rostros y que se expresa en vuestros cantos ha creado en torno a esta celebración eucarística un clima de íntima y profunda, comunión, el clima característico de una familia reunida en torno al hogar.
Sí, el "hogar"; un término que tiene un significado grande para vosotros. El pensamiento va espontáneamente al primer "hogar", constituido por los discípulos reunidos en el Cenáculo, "en el piso alto de la casa" (cf. Act 1, 13), después de la Ascensión del Señor. El libro de los Hechos los describe, mientras "perseveraban unánimes en la oración, con María" (cf. ib., ver. 14), esperando la venida del Espíritu Santo, que les había prometido el Maestro. En esa espera, en esa oración, en esa unión fraterna que forman —preparándose a la primera venida y, luego, a través de esa misma venida, viviendo en la caridad—, se realiza en su principio más profundo ese "por un mundo unido", que constituye el lema comprometido de este encuentro vuestro. De esta fusión, que se realizó en el Cenáculo, se podría decir que toma su origen y su fuente toda la espiritualidad de los "focolarinos".
El Movimiento, del que sois una expresión, tiene su centro focal en el amor que el Espíritu Santo difunde en los corazones de los creyentes. El mundo tiene una necesidad inmensa de este amor. Vosotros sois plenamente conscientes de ello: habéis reflexionado largamente sobre las tensiones que se contraponen entre sus individuos, clases sociales, áreas económicas y políticas, grupos que se inspiran en ideologías y fe diversas. En particular, os habéis dado cuenta de las divisiones y contradicciones introducidas en la humanidad por esas ideologías que tienen una base común materialista y que, examinándolas bien, no pueden tener otra perspectiva final que la pavorosa de una destrucción recíproca..
Pero vosotros, queridísimos jóvenes, no os habéis resignado frente a estas realidades. Con el entusiasmo que es propio de vuestra edad, no os habéis rendido al presente, habéis dirigido vuestra mirada al futuro, con la esperanza confiada de poder dejar, a quienes vendrán después de vosotros, un mundo mejor que el que habéis encontrado.
2. ¿Qué es lo que os inspira semejante confianza? ¿De dónde sacáis la valentía para proyectar e intentar la empresa ciclópea de la construcción de un mundo unido? Me parece escuchar la respuesta que prorrumpe de vuestros corazones: "De la Palabra de Jesús. Es El quien nos ha pedido amarnos entre nosotros hasta llegar a ser una sola cosa. Más aún, El ha orado por esto".
Efectivamente, es así: hemos vuelto a escuchar sus palabras en el pasaje evangélico que se acaba de proclamar. Jesús pronunció esas palabras en la última Cena, pocas horas antes de dar comienzo a su pasión. Son palabras en las que se encierra el ansia suprema del corazón del Verbo encarnado. Jesús entrega esta ansia a su Padre, como a Aquel que es el único que puede entender toda su intensidad y su urgencia, y que es el único en disposición de corresponder a ella eficazmente. Jesús pide al Padre el don de la unidad entre todos los que creerán en El: "Que todos sean una sola cosa".
No se trata de una recomendación dirigida directamente a nosotros. Merece la pena subrayarlo. Jesús, que nos conoce hasta el fondo (cf. Jn 2, 24 s.), sabe que no puede confiar particularmente en nosotros para la realización de un proyecto tan radical. Es necesaria una intervención de lo alto que, asumiendo nuestros corazones mezquinos en la corriente de amor que fluye entre las Personas divinas, los haga capaces de superar las barreras del egoísmo y de abrirse al "tú" de los hermanos en una comunión vital, en la que cada uno se pierda como él solo para volverse a encontrar en un "nosotros", que habla con la voz misma de Cristo, Primogénito de la humanidad nueva.
A esto se ha remitido el Concilio Vaticano II cuando, apoyándose en el mismo pasaje escriturístico, ha hablado de "horizontes cerrados a la razón humana", horizontes por los que, sin embargo, parece que el hombre, única criatura en la tierra a la que Dios haya amado por sí misma. "no puede encontrar su propia plenitud sino a través de la entrega sincera de sí" (Gaudium et spes, 24).
Estos "horizontes cerrados" podemos entreverlos y aventurarnos a ellos, si nos abrimos a la gracia de Cristo, que nos eleva a la participación misma de la vida trinitaria: el misterio altísimo de la eterna comunión entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo se convierte entonces en el modelo ejemplar y como en la fuente alimentadora de la comunión que debe establecerse entre los hombres: "Como Tú, Padre, estás en mí, y yo en ti, para que también ellos sean en nosotros uno" (Jn 17, 21).
"En nosotros": la unidad plena no se construye sobre otro fundamento. Por tanto, es necesario que cada uno se comprometa, ante todo, en la búsqueda de una unión cada vez más profunda con Dios, mediante la fe, el diálogo de la oración, la purificación del corazón, si quiere contribuir eficazmente a la construcción de la unidad. Para el creyente la dimensión vertical de la apertura a Dios y de la relación con El es el presupuesto que condiciona todo otro compromiso en la dimensión horizontal de la relación con los hermanos.
3. Sin embargo, esto, como es obvio, no significa que tenga poca importancia el compromiso que tiende a establecer nuevas relaciones de cordialidad sincera con los hermanos. Aún más, la calidad de estas relaciones, según la enseñanza de la Escritura, es criterio de comprobación de la autenticidad de la relación que se dice tener con Dios (cf. 1 Jn 4, 20; 3, 17). El esfuerzo para construir la unidad se presenta como la piedra de toque sobre la que cada uno de los cristianos debe verificar la seriedad de la propia adhesión al Evangelio.
¿Cuál será en concreto la actitud con la que el cristiano deberá disponerse a ir al encuentro de sus semejantes? Deberá ser fundamentalmente una actitud de confianza y de estima. El cristiano debe creer en el hombre, creer "en todo su potencial de grandeza, y además en su necesidad de redención del mal y del pecado que está en él". Esto dije en el mensaje de principio de año para la Jornada mundial de la Paz (cf. núm. 2); y me agrada remachar, en esta circunstancia particularmente significativa, la urgencia de ahondar bien a fondo en nosotros mismos, para llegar a esas zonas en las que —más .allá de las divisiones que comprobamos en nosotros y entre nosotros— podamos descubrir que los dinamismos propios del hombre. lo llevan al encuentro, al respeto recíproco, a la fraternidad y a la paz (cf. ib., núm. 4).
4. Cuando nos colocamos en esta óptica, somos llevados espontáneamente a comprender al otro y sus razones, a reducir a sus proporciones reales sus eventuales errores, a corregir o a integrar los propios puntos de vista, de acuerdo con los nuevos aspectos de verdad que emergen de la confrontación. En particular, se está en disposición de preservarse de la actitud de aquellos que, en el ardor de la polémica, terminan por desacreditar a quien piensa diversamente, atribuyéndole intenciones deshonestas o métodos incorrectos (cf. ib., núm. 5).
Sólo quien cultiva el respeto sincero por el propio semejante puede abrirse a él en un diálogo fructuoso y constructivo. En ese Mensaje he definido al diálogo como "medio indispensable de la paz" (ib., núm. 8). Efectivamente, lo es, al menos, cuando quien lo practica se esfuerza por atenerse a las reglas propias de él. Mi predecesor, el Papa Pablo VI, las ha descrito admirablemente en su Encíclica Ecclesiam suam: "El diálogo, recordaba él, no es orgulloso, no es mordaz, no es ofensivo. Su autoridad es intrínseca por la verdad que expone, por la caridad que difunde, por el ejemplo que propone; no es mandato, no es imposición. Es pacífico; evita los modos violentos; es paciente; es generoso" (núm. 83).
El diálogo: he aquí el camino por el que es posible dar grandes pasos hacia un entendimiento cada vez más profundo y hacia esa unidad que es meta siempre perfectible aquí abajo, porque nunca se la alcanza del todo.
5. Hay, sin embargo, una exigencia perjudicial, que condiciona todo compromiso serio en este sentido: consiste en la disponibilidad a perdonar. El pecado forma parte del bagaje del hombre histórico. No es posible, pues, imaginarse que se puede encontrar al hombre sin encontrar el pecado. Un planteamiento realista del diálogo puede prescindir de contar también con la necesidad de la "reconciliación" entre personas divididas por el pecado. Por esto, Jesús insistió con tanta fuerza en el deber del perdón, hasta hacer de él la condición para poder esperar, a su vez, el perdón de Dios (cf. Mt 6, 12. 14-15; 18, 35).
Y El personalmente nos dio ejemplo, porque en la cruz se encuentran la inocencia absoluta y la malicia más perversa. La oración: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen" (Lc 23, 34), nos quita todo posible pretexto para cerrarnos en nosotros mismos y rechazar el perdón.
San Esteban lo había comprendido perfectamente: en la primera lectura de esta liturgia lo hemos visto mientras, al caer bajo los golpes de las piedras, pronunciaba las palabras que resaltan su grandeza moral para siempre: "Señor, no les imputes este pecado" (Act 7, 60).
6. Queridísimos jóvenes, generación nueva que lleva en las manos el mundo del futuro: Vosotros habéis decidido hacer del amor la norma inspiradora de vuestra vida. Por esto, el compromiso por la unidad se ha convertido en vuestro programa. Es un programa eminentemente cristiano. El Papa, pues, se siente muy contento al animaros a proseguir en este camino, cueste lo que cueste. Debéis dar a vuestros coetáneos el testimonio de un entusiasmo generoso y de una constancia inflexible en el compromiso exigido por la voluntad de construir un mundo unido.
Vosotros sabéis dónde encontrar la fuente para sacar las energías necesarias para este camino nada fácil: está en el Corazón de Aquel que es "el alfa y la omega, el primero y el último, el principio y el fin" (Ap 22, 13). De El se ha dicho que ofrece a cada uno "gratis el agua de la vida" (ib., ver. 17).
Sea, pues, Cristo vuestro punto seguro de referencia, el fundamento de una confianza que no conoce vacilaciones. La invocación apasionada de la Iglesia: "Ven, Señor Jesús", se convierta en el suspiro espontáneo de vuestro corazón, jamás satisfecho del presente, porque tiende siempre al "todavía no" del cumplimiento prometido.
Queridísimos jóvenes: Vuestra vida debe gritar al mundo vuestra fe en Aquel que ha dicho: "He aquí que vengo presto, y conmigo mi recompensa" (Ap 22, 12). Debéis ser la vanguardia del pueblo en camino hacia esos "nuevos cielos" y esa "tierra nueva, en que tiene su morada la justicia" (2 Pe 3, 13). Los hombres que saben mirar al futuro son los que hacen la historia; los otros son arrastrados por ella y terminan por encontrarse al margen de ella, envueltos en una red de ocupaciones, de proyectos, de esperanzas que, al fin de cuentas, se manifiestan engañosos y alienantes. Sólo quien se compromete en el presente, sin dejarse "aprisionar" por él, sino permaneciendo con la mirada del corazón fija en las "cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios" (Col 3, 1), puede orientar la historia hacia su realización.
De tal realización es una anticipación "en el misterio" esta celebración eucarística. Ahora, como en cada una de las Misas, a la invocación de la Iglesia, Esposa de Cristo sometida todavía a las tribulaciones del mundo presente, se une la del Espíritu: "El Espíritu y la Esposa dicen: Ven" (Ap 22, 17). La liturgia de la tierra se armoniza con la del cielo. Y ahora, como en cada una de las Misas, llega a nuestro corazón necesitado de consuelo la respuesta tranquilizadora: "Dice el que testifica estas cosas: Sí, vengo pronto" (ib., ver. 20).
Sostenidos por esta certeza, reanudamos la marcha por los caminos del mundo, sintiéndonos más unidos y solidarios entre nosotros y, al mismo tiempo, llevando en el corazón el deseo que se ha hecho más ardiente de comunicar a los hermanos, envueltos todavía en las sombras de la duda y del desconsuelo, el "gozoso anuncio" de que en el horizonte de su existencia ha surgido "la estrella radiante de la mañana" (Ap 22. 16): el Redentor del hombre, Cristo Señor.
VIAJE APOSTÓLICO A PARÍS Y LISIEUX
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
DURANTE LA MISA CELEBRADA
ANTE LA BASÍLICA DE SANTA TERESITA DEL NIÑO JESÚS
Lisieux, lunes 2 de junio de 1980
Antes de comenzar la ceremonia, el obispo de la diócesis presentó al Papa la bienvenida de la gente de provincias, en especial de Bretaña, y recordó la visita a este lugar del joven sacerdote Wojtyla recién acabada la segunda guerra mundial. Juan Pablo II respondió improvisando estas palabras:
Al terminar mi viaje con esta peregrinación a Lisieux, doy gracias a Dios por haber concedido a la Iglesia a la joven carmelita que llegó a ser patrona de las misiones y de los misioneros, Teresa del Niño Jesús, que vino a ayudarnos a encender de nuevo el fervor misionero por la oración y la acción. Tenemos necesidad todos, quienquiera que seamos, de encontrar nuestro puesto en la Iglesia. Es lo que quería Teresa: que pudiéramos exclamar como ella: Si, he encontrado mi puesto en la Iglesia, y este puesto me lo habéis dado Vos, Dios mío; yo seré el amor. Si Teresa realizó su vocación con fidelidad constante a pesar de sus debilidades, es porque tuvo confianza en la misericordia incansable de Dios. Creemos como ella que el perdón de Dios es más potente que nuestro pecado. Por ello, preparémonos con confianza a celebrar esta Eucaristía reconociéndonos pecadores.* * *
1. Experimento una gran alegría al haber podido venir a Lisieux con ocasión de mi visita a la capital de Francia. Aquí me encuentro como peregrino con todos vosotros, queridos hermanos y hermanas que, desde muchas regiones de Francia, habéis venido también junto a "Teresita", a quien tanto queremos y cuyo camino hacia la santidad está tan estrechamente ligado al carmelo de Lisieux.
Si los estudiosos de la ascética y la mística, y las personas que aman a los santos, acostumbran a llamar a este itinerario de Sor Teresa del Niño Jesús "el caminito", está fuera de toda duda que el Espíritu de Dios que la ha guiado en este camino, lo ha hecho con la misma generosidad con que guió en otro tiempo a su patrona, la "gran Teresa" de Ávila, y con que ha guiado —y continúa guiando— a tantos santos en su Iglesia. ¡Gloria a El por siempre!
La Iglesia se goza en esta maravillosa riqueza de dones espirituales, tan espléndidos y variados, como son todas las obras de Dios en el universo visible e invisible. Cada uno de ellos refleja el misterio interior del hombre y corresponde, a la vez, a las necesidades de los tiempos en la historia de la Iglesia y de la humanidad.
Esto debe decirse de Santa Teresa de Lisieux quien, hasta una época reciente, fue efectivamente nuestra santa "contemporánea". Personalmente así lo veo yo en el marco de mi vida. Pero, ¿continúa siendo la santa "contemporánea"? ¿No ha dejado de serlo para la generación que actualmente está llegando a la madurez en la Iglesia? Habría que preguntárselo a los hombres de esta generación. Permítaseme, en todo caso, decir que los santos no envejecen prácticamente nunca, que los santos no "prescriben" jamás. Continúan siendo los testigos de la juventud de la Iglesia. Nunca se convierten en personajes del pasado, en hombres y mujeres "de ayer". Al contrario: son siempre los hombres y mujeres del "mañana", los hombres del futuro evangélico del hombre y de la Iglesia, los testigos del "mundo futuro".
2. "Los que son movidos por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios. Que no habéis recibido el espíritu de siervos para recaer en el temor, antes habéis recibido el espíritu de adopción, por el que clamamos: ¡Abba! ¡Padre!" (Rom 8, 14-15).
Sería quizá difícil encontrar palabras más sintéticas, y al mismo tiempo más subyugantes, para caracterizar el carisma particular de Teresa Martin, es decir, lo que constituye el don absolutamente especial de su corazón, y que, a través de su corazón, se ha convertido en un don particular para la Iglesia. El don maravilloso en su sencillez, universal y único al mismo tiempo. De Teresa de Lisieux se puede decir con seguridad que el Espíritu de Dios permitió a su corazón revelar directamente, a los hombres de nuestro tiempo, el misterio fundamental, la realidad del Evangelio: el hecho de haber recibido realmente "el espíritu de adopción por el que clamamos: ¡Abba! ¡Padre! "El caminito" es el itinerario de la "infancia espiritual". Hay en él algo único, un carácter propio de Santa Teresa de Lisieux. En él se encuentra, al mismo tiempo, la confirmación y la renovación de la verdad más fundamental y más universal. ¿Qué verdad hay en el mensaje evangélico más fundamental y más universal que ésta: Dios es nuestro Padre y nosotros somos sus hijos?
Esta verdad, la más universal de todas, esta realidad, ha sido igualmente "releída" de nuevo con la fe, la esperanza y el amor de Teresa de Lisieux. Ha sido en cierto sentido redescubierta con la experiencia interior de su corazón y por la forma que tomó su vida, sólo los veinticuatro años de su vida. Cuando ella murió aquí, en el carmelo, víctima de la tuberculosis que venía incubando desde mucho antes, era casi una niña. Dejó el recuerdo del niño: de la infancia espiritual. Y toda su espiritualidad confirmó una vez más la verdad de estas palabras del Apóstol: "Que no habéis recibido el espíritu de siervos para recaer en el temor, antes habéis recibido el espíritu de adopción...". Sí. Teresa fue la niña. La niña que "confiaba" hasta el heroísmo, y por consiguiente, "libre" hasta el heroísmo. Pero justamente porque lo fue hasta el heroísmo, conoció en la soledad el sabor interior y también el precio interior de esta confianza que impide "recaer en el temor"; de esta confianza que, hasta en las más profundas oscuridades y sufrimientos del alma, permite clamar: "¡Abba! ¡Padre!".
Sí, ella conoció este sabor y este precio. Para quien lee atentamente su "Historia de un alma", es evidente que este sabor de la confianza filial proviene, como el perfume de las rosas, del tallo que tiene también espinas. "Pues, si somos hijos, somos también herederos; herederos de Dios, coherederos de Cristo, supuesto que padezcamos con El para ser con El glorificados" (Rom 8, 17). Por esto precisamente, la confianza filial de Teresita, Santa Teresa del Niño Jesús, pero también "de la Santa Faz", es tan "heroica", porque proviene de la ferviente comunión con los sufrimientos de Cristo.
Y cuando veo ante mí a todos estos enfermos, pienso que también ellos, como Teresa de Lisieux, están asociados a la pasión de Cristo y que, gracias a su fe en el amor de Dios, gracias a su propio amor, su ofrenda espiritual obtiene misteriosamente para la Iglesia, para todos los demás miembros del Cuerpo místico de Cristo, un aumento de fuerza. Que no olviden nunca esta bella frase de Santa Teresa: "En el corazón de la Iglesia mi Madre, yo seré el amor". Pido a Dios que conceda a cada uno de estos amigos enfermos, por los que siento un especial afecto, el consuelo y la esperanza.
3. Tener confianza en Dios como Teresa de Lisieux quiere decir seguir el "caminito" por el que nos guía el Espíritu de Dios: El guía siempre hacia la grandeza en la que participan los hijos e hijas de la adopción divina. Siendo niño todavía, un niño de doce años, el Hijo de Dios dijo que su vocación era ocuparse de las cosas de su Padre (cf. Lc 2, 49). Ser niño, hacerse como un niño, quiere decir entrar en el mismo centro de la más grande misión a la que el hombre es llamado por Cristo, una misión que penetra el corazón mismo del hombre. Teresa lo sabía perfectamente. Esta misión tiene su origen en el amor eterno del Padre. El Hijo de Dios como hombre, de una manera visible e "histórica", y el Espíritu Santo, de manera invisible y "carismática", lo realizan en la historia de la humanidad.
Cuando, en el momento de abandonar el mundo, Cristo dice a los Apóstoles: "Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura" (Mc 16, 15), por la fuerza de su misterio pascual, los inserta en la gran corriente de la misión eterna. A partir del momento en que los dejó para ir hacia el Padre, comienza al mismo tiempo a venir "de nuevo en la potencia del Espíritu Santo" que el Padre envía en su nombre. El Concilio Vaticano II ha puesto de relieve esta verdad en la conciencia de nuestra generación más profundamente que todas las otras verdades sobre la Iglesia. Gracias a ello todos nosotros hemos comprendido mejor que la Iglesia está constantemente "en estado de misión", lo cual quiere decir que toda la Iglesia es misionera. También hemos comprendido mejor este misterio particular del corazón de Teresita de Lisieux, la cual, a través de su "caminito", fue llamada a participar en la más elevada misión de manera tan plena y tan fructuosa. Precisamente esta "pequeñez" que tanto amaba, la pequeñez del niño, le abrió generosamente toda la grandeza de la misión divina de la salvación, que es la misión eterna de la Iglesia.
Aquí, en su carmelo, en la clausura del convento de Lisieux, Teresa se sintió especialmente unida a todas las misiones y a los misioneros de la Iglesia en el mundo entero. Se sintió ella misma "misionera", presente por la fuerza y la gracia especial del Espíritu de amor en todos los centros misioneros, cercana a todos los misioneros, hombres y mujeres, en el mundo. La Iglesia la proclamó Patrona de las misiones, como a San Francisco Javier, que viajó de modo incansable por Extremo Oriente: sí, ella, Teresita de Lisieux, encerrada en la clausura carmelitana, aparentemente separada del mundo. Y gracias a ella, Lisieux se ha convertido en un lugar de donde parten los esfuerzos por las misiones extranjeras, y también interiores, en Francia.
Me llena de alegría el poder venir aquí poco después de mi visita al continente africano y, ante esta admirable "misionera", ofrecer al Padre de la verdad y del amor eternos todo lo que, por la fuerza del Hijo y del Espíritu Santo, es ya fruto del trabajo misionero de la Iglesia entre los hombres y los pueblos del continente negro. Querría al mismo tiempo, si puedo hablar así, que Teresa de Lisieux me prestara la mirada perspicaz de su fe, su sencillez y confianza, en una palabra, la "pequeñez" juvenil de su corazón, para proclamar ante toda la Iglesia cuan abundante es la mies, y para pedir como ella, para pedir al Dueño de la mies, que envíe, con mayor generosidad aún, obreros a su mies (cf. Mt 9, 37-38). Que El los envíe a pesar de todos los obstáculos y de todas las dificultades que encuentra en el corazón del hombre, en la historia del hombre.
En África he pensado muchas veces: ¡Qué fe, qué energía espiritual tenían estos misioneros del siglo pasado o de la primera mitad de este siglo, y todos estos institutos misioneros que se fundaron, para marchar sin dudarlo a estos países, desconocidos entonces, con el único fin de dar a conocer el Evangelio, de hacer surgir la Iglesia! Veían en ello con toda razón una obra indispensable para la salvación. Sin su audacia, sin su santidad, no habrían existido jamás las Iglesias locales cuyo centenario hemos celebrado recientemente y que son conducidas ya en su mayoría por obispos africanos. Queridos hermanos y hermanas: ¡No perdamos este impulso!
Me consta que de ninguna manera queréis perderlo. Saludo a los ancianos obispos misioneros que se encuentran entre vosotros, testigos del celo del que hablaba. Francia tiene aún muchos misioneros por todo el mundo, sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos, y algunos institutos se han abierto a las misiones. Aquí veo a los miembros del capítulo de las Misiones Extranjeras de París, y evoco al beato Teófano Vénard, cuyo martirio en Extremo Oriente fue una luz y una llamada para Teresa. Pienso también en todos los sacerdotes franceses que consagran por lo menos algunos años al servicio de las jóvenes Iglesias en el marco de "Fidei donum". Por otra parte, se comprende mejor hoy la necesidad de un intercambio fraternal entre las jóvenes y las antiguas iglesias, en beneficio de las dos. Sé, por ejemplo, que las Obras Misionales Pontificias, en coordinación con la comisión episcopal de las Misiones en el exterior no intentan suscitar sólo la ayuda material, sino formar el espíritu misionero de los cristianos de Francia, y eso me alegra. Este impulso misionero no puede nacer y dar fruto más que a partir de una gran vitalidad espiritual, de la irradiación de la santidad.
4. "Lo bello existe a fin de que nos sintamos atraídos hacia el trabajo", ha escrito Cyprian Norwid, uno de los más grandes poetas y pensadores que ha producido la tierra polaca, y que la tierra francesa ha acogido y conservado en el cementerio de Montmorency...
Demos gracias al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo por los santos. Demos gracias por Santa Teresa de Lisieux. Demos gracias por la belleza profunda, simple y pura que en ella se manifestó a la Iglesia y al mundo. Esta belleza encanta. Y Teresa de Lisieux tiene un don especial para encantar por la belleza de su alma. Aun sabiendo todos nosotros que esta belleza fue difícil y que creció en el sufrimiento, no por eso deja de alegrar con su encanto especial los ojos de nuestras almas.
Nos seduce esta belleza, esta flor de santidad que creció en este suelo; y su encanto estimula constantemente nuestros corazones al trabajo: "Lo bello existe a fin de que nos sintamos atraídos hacia el trabajo". Hacia el trabajo más importante, en el que el hombre aprende a fondo el misterio de su humanidad. Descubre en él mismo lo que significa haber recibido "un espíritu de adopción", radicalmente distinto de "un espíritu de esclavitud", y comienza a clama con todo su ser: "¡Abba! ¡Padre!" (cf. Rom 8, 15).
Por los frutos de este magnífico trabajo interior se construye la Iglesia, el Reino de Dios en la tierra, en su sustancia más profunda y más fundamental, el grito "¡Abba! ¡Padre!", que resuena a lo ancho de todos los continentes de nuestro planeta, torna en su eco a la silenciosa clausura carmelitana, a Lisieux, haciendo siempre vivo el recuerdo de Teresita, quien en su vida breve y oculta pero tan rica, pronunció con una fuerza particular "¡Abba! ¡Padre!". Gracias a ella, la Iglesia entera ha vuelto a encontrar toda la sencillez y toda la lozanía de este grito, que tiene su origen y su fuente en el corazón del mismo Cristo.
ORDENACIÓN SACERDOTAL DE 45 JÓVENES DIÁCONOS
HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
Basílica de San Pedro
Domingo 15 de junio de 1980
1. Carísimos
Es necesario que os encontréis a vosotros mismos. Es necesario que encontréis la grandeza justa del momento que vivís, a la luz de las palabras de Cristo, que habéis escuchado en el Evangelio de hoy.
Cristo dirige su oración al Padre. Ora en alta voz, ante los Doce que El había elegido. Ora en el Cenáculo, el Jueves Santo, después de haber instituido el sacramento de la Nueva y Eterna Alianza. Esta oración se llama comúnmente la "oración sacerdotal". Dice así:
"He manifestado tu nombre a los hombres que de este mundo me has dado. Tuyos eran, y tú me los diste... No pido que los tomes del mundo, sino que los guardes del mal" (Jn 17, 6. 15).
"Santifícalos en la verdad, pues tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así yo los envié a ellos al mundo, y yo por ellos me santifico, para que ellos sean santificados en la verdad" (Jn 17, 17-19).
2. Los que en este momento vais a recibir la ordenación sacerdotal, escuchad estas palabras, porque se refieren a vosotros. Hablan de vosotros. Brotan directamente del Corazón de Cristo, que se reveló ante sus discípulos como sacerdote de la Nueva y Eterna Alianza... y se refieren a vosotros. Y hablan de vosotros. Dicen lo que sois —en lo que os vais a convertir—, lo que debéis ser. Escuchad bien estas palabras y grabadlas profundamente en vuestros corazones, porque deben constituir durante toda la vida el fundamento de vuestra identidad sacerdotal.
3. Por lo tanto, ante todo:
— sois "escogidos del mundo y entregados a Cristo".
Dentro de poco, esto se realizará definitivamente. Seréis "tomados de entre los hombres" (como dice la Carta a los Hebreos 5, 1), "tomados del mundo" y "entregados a Cristo". ¿Por quién? Por el Padre. No por los hombres, aunque "de entre los hombres" y ciertamente también por obra de varios hombres: vuestros padres, vuestros coetáneos, vuestros educadores..., en particular quizá por obra de otros sacerdotes: muchos o sólo alguno, mediante quien se os reveló la Voluntad divina...
Pero, en definitiva, siempre y exclusivamente: por el Padre. El Padre os entrega hoy a Cristo, lo mismo que le entregó aquellos primeros Doce, que estuvieron con El en la hora de la última Cena. Así también a vosotros: "os toma del mundo y os da a Cristo". Esto se va a realizar precisamente dentro de poco en el corazón mismo de la Iglesia, mediante mi servicio sacramental.
4. En la liturgia de la Palabra se ha leído la descripción de la vocación de un Profeta, la llamada de Jeremías, para que podáis recordar una vez más cómo se ha desarrollado vuestra propia llamada, de qué modo se ha revelado Dios a cada uno de vosotros con su gracia, cómo ha llamado a cada uno de vosotros...
El Profeta se defendía, se excusaba, tenía miedo. Quizá muchos de vosotros han experimentado lo mismo. En la vocación presbiteral hay siempre un misterio, frente al que se encuentra el corazón humano, misterio atrayente y al mismo tiempo nada fácil: fascinosum et tremendum. El hombre debe sentir miedo, para que luego se manifieste tanto más la potencia de la llamada, y tanto más límpidamente se ponga de relieve que es el Señor quien llama, y que el llamado actuará no por la propia voluntad ni por la propia fuerza, sino solamente por la voluntad y la fuerza de Dios mismo. "Y ninguno se toma por sí este honor, sino el que es llamado por Dios", como afirma la Carta a los Hebreos (5, 4) en su texto clásico sobre el sacerdocio.
5. Así, pues, es preciso conservar en este momento y durante toda la vida, un sentido profundo de las justas proporciones. Es preciso conservar la humildad: "llevamos este tesoro en vasos de barro para que la excelencia del poder sea de Dios y no parezca nuestra" (2 Cor 4, 7). Sí. Es necesario conservar la humildad. También es ella la fuente de un celo auténtico. El celo, efectivamente, no es más que la profunda gratitud por el don, que se expresa en toda la vida y en el propio comportamiento. ¡Sed, pues, fervorosos! ¡No os concedáis reposo en el celo! La verdad interior de vuestro sacerdocio ministerial se irradie sobre los otros, en particular sobre los jóvenes, de modo que también ellos sigan vuestras huellas. La Iglesia, mediante aquellos a los que ordena sacerdotes, llama constantemente a nuevos candidatos al camino del ministerio sacerdotal. Vuestra ordenación va acompañada de mi oración y, juntamente, de la de toda la Iglesia por las vocaciones sacerdotales.
6. "No pido que los tomes del mundo, sino que los guardes del mal... Santifícalos en la verdad" (Jn 17, 15. 17). Sí. Sois "tomados de entre los hombres", "entregados a Cristo" por el Padre, para estar en el mundo, en el corazón de las masas. Sois "instituidos en favor de los hombres" (Heb 5, 1). El sacerdocio es el sacramento, en el que la Iglesia se manifiesta como la sociedad del Pueblo de Dios, es el sacramento "social". Los sacerdotes deben "convocar" a cada una de las comunidades del Pueblo de Dios en torno a sí, pero no para sí. ¡Para Cristo!, "pues no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús, Señor; y cuanto a nosotros nos predicamos siervos vuestros por amor de Jesús" (2 Cor 4, 5).
Por esto debéis ser fieles. Debe transparentarse en vosotros el sacerdocio de Cristo mismo. En vosotros debe manifestarse Cristo, Buen Pastor. Debe hablar, mediante vosotros, su voluntad y sólo su voluntad.
Mirad lo que dice también el Apóstol: "Desechando los tapujos vergonzosos, no procediendo con astucia, ni falsificando la Palabra de Dios, manifestamos la verdad y nos recomendamos nosotros mismos a toda humana conciencia ante Dios" (2 Cor 4, 2). Sí. Cada uno de los hombres tendrá derecho de juzgaros por la verdad de vuestras palabras y de vuestras obras, en el nombre de ese "sentido de la fe", que se da a todo el Pueblo de Dios como fruto de la participación en la misión profética de Jesucristo.
7. Y por esto vuelvo una vez más a esas espléndidas palabras de Pablo de la segunda lectura de hoy, y por esto los deseos más cordiales que hoy tengo para vosotros, y que tiene toda la Iglesia conmigo, vuestro Obispo, son éstos: Dios, que mandó que de las tinieblas brillase la luz, brille en vuestros corazones, para hacer resplandecer el conocimiento de la gloria divina que brilla sobre el rostro de Cristo (cf. 2 Cor 4, 6). Este es el primer deseo.
Y el segundo es que vosotros, investidos de este ministerio por la misericordia de que habéis sido objeto, no desfallezcáis (cf. 2 Cor 4, 1).
Cristo está con vosotros. Su Madre es vuestra Madre. Los santos, cuya intercesión invocamos hoy, están con vosotros. La Iglesia está con vosotros. Si vaciláis en algún momento, recordad que en el Cuerpo de Cristo están las potentes fuerzas del Espíritu, capaces de levantar a cada uno de los hombres y sostenerlo en el camino de la vocación. En el camino al que lo ha llamado Dios mismo.
8. Estos son los pensamientos que nacen de la meditación sobre la Palabra de Dios, que nos ofrece la Iglesia en este momento solemne. ¡Y ahora acercaos! Que se realicen en cada uno de vosotros las palabras de la oración sacerdotal de Cristo: las palabras que pronunció en el Cenáculo, en el umbral de su misterio pascual. Que se realicen estas palabras: Padre, "como tú me enviaste al mundo, así yo los envié a ellos al mundo, y yo por ellos me santifico, para que ellos sean santificados en la verdad" (Jn 17, 18-19). Amén.
VIAJE APOSTÓLICO A BRASIL
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
DURANTE LA MISA PARA LOS JÓVENES
Plaza de Israel Pinheiro, Belo Horizonte
Martes 1 de julio de 1980
Antes de pronunciar la homilía, Juan Pablo II improvisó estas palabras
Doy las gracias a todos los presentes y a cuantos he encontrado a lo largo del camino hasta llegar aquí. Doy las gracias a todos. Pastores y fieles. Mil gracias. Permítaseme dedicar esta homilía a todos los jóvenes de Brasil. Al volver la mirada a estas montañas, entiendo por qué el nombre de Belo Horizonte; (y dirigiéndose a los jóvenes, añadió) Mirándoos me dan ganas de decir que el "Belo Horizonte" sois vosotros.* * *
Queridos jóvenes y amigos míos:
1. No os sorprenderéis de que el Papa comience esta homilía con una confesión. Yo había leído muchas veces que vuestro país tiene la mitad de su población con menos de veinticinco años de edad. Contemplando desde mi llegada a Brasilia, en todas partes por donde pasaba, una infinidad de rostros jóvenes; pasando, al llegar a esta ciudad, por entre multitudes de gente joven; viéndoos a vosotros, jóvenes, en tan gran número en torno a este altar, confieso que comprendí mejor, a través de esta visión concreta, lo que había aprendido de modo abstracto. Creo que he comprendido mejor también por qué los obispos de Puebla hablan de opción preferencial —no exclusiva, ciertamente, pero sí prioritaria— por los jóvenes.
Esta opción significa que la Iglesia asume el compromiso de anunciar incesantemente a los jóvenes un mensaje de liberación plena. Es el mensaje de salvación que ella recibió de labios del propio Salvador y debe transmitir con toda fidelidad.
2. En esta Misa que tengo la alegría de celebrar en medio de vosotros y por vuestras intenciones, ese mensaje aparece con su contenido esencial en las lecturas que escuchamos.
"Cumple el deber, practica la justicia", exhorta el profeta Isaías, con una fuerza que no se ha agotado a dos mil quinientos años de distancia (Is 56, 1). Y añade: importa, por encima de todo, "permanecer firmes en la Alianza" que Dios selló con el hombre. Es una invitación a la coherencia y a la fidelidad, invitación que afecta muy de cerca a los jóvenes.
En la Carta de San Pablo a los cristianos de Corinto hay una frase enérgica y convincente, como suelen ser las del gran Apóstol: si alguien quiere construir su vida, no debe poner otro fundamento que el que ya está puesto: Cristo Jesús (cf. 1 Cor 3, 10). Sabía bien lo que decía, este Pablo. De adolescente, había perseguido la Iglesia de Cristo. Pero un buen día, en el camino de Damasco, tuvo aquel encuentro inesperado con el mismo Jesús. Y es el testimonio de la propia vida lo que le hace decir: No hay otro fundamento posible. Es urgente colocar a Jesús como base de la existencia.
Y en el Evangelio de San Mateo está la página que nadie lee sin emoción: "¿Quién dicen los hombres que soy yo?", pregunta Jesús a los Apóstoles. Y después que ellos transmiten una serie de opiniones, viene la pregunta de fondo: "Pero para vosotros, ¿quién soy yo?". Todos nosotros conocemos ese momento, en el que no basta hablar de Jesús repitiendo lo que los otros han dicho, sino que hay que decir lo que uno piensa; no basta recoger una opinión, sino que es preciso dar testimonio, sentirse comprometido por el testimonio y después llegar hasta los extremos de las exigencias de ese compromiso. Los mejores amigos, seguidores, apóstoles de Cristo fueron siempre los que percibieron un día dentro de sí la pregunta definitiva, que no tiene vuelta de hoja, ante la cual todas las demás resultan secundarias y derivadas: "Para ti, ¿quién soy yo?". La vida, el destino, la historia presente y futura de un joven, depende de la respuesta nítida y sincera, sin retórica ni subterfugios, que puede dar a esa pregunta. Esa respuesta ha transformado ya la vida de muchos jóvenes.
3. Y de estos mensajes ofrecidos por la Palabra de Dios quisiera yo extraer el mensaje sencillo que os dejo en este encuentro y que me permite sentir la seriedad con que afrontáis vuestra existencia.
La mayor riqueza de este país, inmensamente rico, sois vosotros. El futuro real de este país del futuro se encierra en vuestro presente. Por eso, este país, y con él la Iglesia, os miran con ojos de expectación y de esperanza.
Abiertos a las dimensiones sociales del hombre, no ocultáis vuestra voluntad de transformar radicalmente. las estructuras que os parecen injustas en la sociedad. Decís, con razón, que es imposible ser feliz viendo una multitud de hermanos carentes de las mínimas oportunidades de una existencia humana. Decís también que no está bien que algunos derrochen lo que falta a la mesa de los demás. Y estáis resueltos a construir una sociedad justa, libre y próspera, donde todos y cada uno puedan gozar de los beneficios del progreso.
4. Yo viví en mi juventud esas mismas convicciones. Y las proclamé, siendo joven estudiante, con la voz de la literatura y con la voz del arte. Dios quiso que se acrisolaran en el fuego de una guerra cuya atrocidad no respetó mi hogar. Vi conculcadas de muchas formas esas convicciones. Temí por ellas viéndolas expuestas a la tempestad. Un día decidí confrontarlas con Jesucristo; pensé que era el único que me revelaba su verdadero contenido y valor y las protegía contra no sé qué inevitables desgastes.
Todo eso, esa tremenda y valiosa experiencia me enseñó que la justicia social sólo es verdadera si está basada en los derechos del individuo. Y esos derechos sólo serán realmente reconocidos si se reconoce la dimensión trascendente del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, llamado a ser su hijo y hermano de los otros hombres, destinado a una vida eterna. Negar esa trascendencia es reducir el hombre a instrumento de dominio, cuya suerte está sujeta al egoísmo y a la ambición de otros hombres, o a la omnipotencia del Estado totalitario, erigido en valor supremo.
En el propio proceso interior que me llevó al descubrimiento de Jesucristo y me arrastró irresistiblemente hacia El, percibí algo que mucho más tarde el Concilio Vaticano II expresó claramente. Percibí que "el Evangelio de Cristo anuncia y proclama la libertad de los hijos de Dios, rechaza todas las esclavitudes, que derivan en última instancia del pecado; respeta santamente la dignidad de la conciencia y su libre decisión; advierte sin cesar que todo talento humano debe redundar en servicio de Dios y bien de la humanidad; encomienda, finalmente, a todos a la caridad de todos. Esto corresponde a la ley fundamental de la economía cristiana" (Gaudium et spes, 41).
5. Aprendí que un hombre cristiano deja de ser joven y no será buen cristiano, cuando se deja seducir por doctrinas e ideologías que predican el odio y la violencia. Pues no se construye una sociedad justa sobre la injusticia. No se construye una sociedad que merezca el título de humana, dejando de respetar y, peor todavía, destruyendo la libertad humana, negando a los individuos las libertades más fundamentales.
Participando, como sacerdote, obispo y cardenal, en la vida de innumerables jóvenes en la universidad, en los grupos juveniles, en las excursiones por las montañas, en los círculos de reflexión y oración, aprendí que un joven comienza peligrosamente a envejecer cuando se deja engañar por el principio, fácil y cómodo, de que "el fin justifica los medios"; cuando llega a creer que la única esperanza para mejorar la sociedad está en promover la lucha y el odio entre los grupos sociales, en la utopía de una sociedad sin clases, que se revela muy pronto como creadora de nuevas clases. Me convencí de que sólo el amor aproxima lo que es diferente y realiza la unión en la diversidad. Las palabras de Cristo "Un precepto nuevo os doy: que os améis los unos a los otros, como yo os he amado" (Jn 13, 34), me parecían entonces, por encima de su inigualable profundidad teológica, como germen y principio de la única transformación lo suficientemente radical como para ser apreciada por un joven. Germen y principio de la única revolución que no traiciona al hombre. Sólo el amor verdadero construye.
6. Si el joven que yo fui, llamado a vivir la juventud en un momento crucial de la historia, puede decir algo a los jóvenes que sois vosotros, creo que os diría: ¡No os dejéis instrumentalizar!
Procurad ser bien conscientes de lo que pretendéis y de lo que hacéis. Y veo que eso mismo os dijeron los obispos de América Latina, reunidos en Puebla el año pasado: "Debe formarse en el joven el sentido crítico frente a los contravalores culturales que las diversas ideologías tratan de transmitirle" (Documento de Puebla, núm. 1197), especialmente las ideologías de carácter materialista, para que no sea manipulado por ellas. Y el Concilio Vaticano II dice: "El orden social hay que desarrollarlo a diario, fundarlo en la verdad, edificarlo sobre la justicia, vivificarlo por el amor. Pero debe encontrar en la libertad un equilibrio cada día más humano" (Gaudium et spes, 26).
Un gran predecesor mío, el Papa Pío XII, adoptó como lema: "Construir la paz en la justicia". Creo que es un lema y sobre todo un compromiso digno de vosotros, jóvenes brasileños.
7. Me temo que muchos buenos deseos de construir una sociedad justa naufraguen en la falta de autenticidad y se disipen como pompas de jabón porque, les falte el sustento de una seria decisión de austeridad y frugalidad. En otras palabras: es indispensable saber vencer la tentación de la llamada, "sociedad de consumo", de la ambición de tener siempre más, en vez de procurar ser siempre más, de la ambición de tener siempre más, mientras otros tienen siempre menos. Creo que aquí en la vida de cada joven adquiere fuerza y sentido concretos y actuales la bienaventuranza de la pobreza de espíritu; en el joven rico, para que aprenda que lo que a él le sobra casi siempre les falta a los demás y para que no se retire triste (cf. Mt 19, 22), cuando oiga en el fondo de su conciencia la llamada del Señor para que abandone todo; en el joven que vive la dura contingencia de la incertidumbre respecto al día de mañana y hasta pasa hambre, para que, buscando la legítima mejora de condiciones para sí y para los suyos, sea atraído por la dignidad humana, pero no por la ambición, por la ganancia, por la fascinación de lo superfluo.
Amigos míos: Vosotros sois también responsables de la conservación de los verdaderos valores que siempre honraron al pueblo brasileño. No os dejéis llevar por la exasperación del sexo, que falsea la autenticidad del amor humano y conduce a la disgregación de la familia "¿No sabéis que vuestro cuerpo es un templo y el Espíritu Santo habita en vosotros?", escribe San Pablo en el texto que acabamos de escuchar.
Que las jóvenes procuren encontrar el verdadero feminismo, la auténtica realización de la mujer como persona humana, como parte integrante de la familia y como parte de la sociedad, en una participación consciente, según sus características.
8. Recuerdo, para terminar, las palabras-clave que recogemos de las lecturas de esta Misa:
— cumplir el deber y practicar la justicia;
— no construir sobre otro fundamento que no sea Jesucristo;
— tener una respuesta que dar al Señor, cuando pregunta: "para ti, ¿quién soy yo?".
Este es el mensaje sincero y confiado de un amigo. Me gustaría estrechar las manos de cada uno de vosotros y hablaros a cada uno. De todas formas, valga para cada uno lo que os digo a todos: ¡Jóvenes de Belo Horizonte y de todo Brasil, el Papa os quiere realmente mucho! ¡El Papa no os olvidará jamás! ¡El Papa se lleva de aquí un gran recuerdo de vosotros I
Recibid, queridos amigos, la bendición apostólica que voy a dar al final de la Misa, como señal de mi amistad y confianza en vosotros y en todos los jóvenes de este país.
Antes de pasar a la liturgia eucarística, propiamente, todavía una palabra más: sólo el amor construye, sólo el amor acerca, sólo el amor logra la unión de los hombres en su diversidad.
Hace poco estuve en Francia y, allí los jóvenes con quienes me encontré, en un gesto espontáneo, me pidieron que os trajera a vosotros algunos mensajes de amistad, lo que he hecho con mucho gusto. Que este gesto de darse la mano sirva como estímulo para construir cada vez más la fraternidad humana, cristiana y eclesial en el mundo. ¿A dónde vais? Con vosotros hago esta pregunta, con vosotros, amados jóvenes, voy a ofrecer también todo cuanto de noble hay en vuestros corazones, todo lo que de hermoso vivimos aquí juntos, por el buen éxito del Congreso Eucarístico de Fortaleza, hacia el que voy peregrinando, junto con la Iglesia que está en el Brasil "¿A dónde vais?". Amén.
CONCELEBRACIÓN EUCARÍSTICA Y ORDENACIÓN SACERDOTAL DE DIÁCONOS
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Estadio de Maracaná
Miércoles 2 de julio de 1980
Venerables hermanos y carísimos hijos:
1. Es solemne esta hora. El Señor está presente aquí, en medio de nosotros. Para darnos seguridad sobre esto, bastaría su promesa: "Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos" (Mt 18, 20), Y en su nombre estamos reunidos para la ordenación sacerdotal de estos jóvenes que están aquí, delante del altar. Sobre ellos, elegidos de entre la maravillosa y generosa tierra de Brasil con afecto de predilección, Jesús hará descender, dentro de poco, el Espíritu del Padre y el Suyo. Y el Espíritu Santo, marcándolos con su sello a través de la imposición de las manos del obispo, enriqueciéndolos de gracias y poderes particulares, realizará en ellos una misteriosa y real configuración con Cristo, Cabeza y Pastor de la Iglesia y hará de ellos sus ministros para siempre.
Conviene, en este momento del solemne rito, detenernos a meditar. El Evangelio que hemos escuchado y la ceremonia litúrgica que precedió a su lectura son temas capaces de fijar nuestra mente en una contemplación sin fin. Es natural que en este momento de intensa alegría, yo me dirija de modo especial a vosotros, carísimos ordenandos, que sois el motivo de esta celebración. Y lo hago con las palabras del Apóstol Pablo: "Os nostrum patet ad vos... cor nostrum dilatatum est". "Os abrimos nuestra boca... ensanchamos nuestro corazón" (2 Cor 6, 11). Deseo ardientemente ayudaros a comprender la grandeza y el significado del paso que os disponéis a dar. Esta solemne hora tendrá indudablemente un reflejo sobre todas las que vendrán después en el transcurso de vuestra existencia. Deberéis volver muchas veces a recordar este momento a fin de tomar impulso para continuar, con renovado ardor y generosidad, el servicio que hoy sois llamados a ejercer en la Iglesia.
2. "¿Quién soy yo? ¿Qué se exige de mí? ¿Cuál es mi identidad?" Es esta la angustiosa pregunta que más frecuentemente se plantea hoy el sacerdote, ciertamente expuesto a los contraataques de la crisis de transformación que sacude al mundo.
Vosotros, carísimos hijos, no sentís ciertamente la necesidad de haceros esas preguntas. La luz que hoy os invade os da una certeza casi sensible de lo que sois, de aquello para lo que estáis llamados. Pero puede suceder que encontréis mañana a hermanos en el sacerdocio que, en medio de incertidumbres, se pregunten sobre su propia identidad. Puede suceder que, adormecido y distante el primer fervor, lleguéis también vosotros un día a interrogaros. Por eso, yo quisiera proponeros algunas reflexiones sobre la verdadera fisonomía del sacerdote, que sirviesen de poderosa ayuda para vuestra fidelidad sacerdotal.
Ciertamente, no encontraremos nuestra respuesta en las ciencias del comportamiento humano ni en las estadísticas socio-religiosas, pero sí en Cristo y en la fe. Interrogaremos humildemente al Divino Maestro y le preguntaremos quiénes somos, cómo quiere El que seamos, cuál es, ante El, nuestra identidad.
3. Una primera respuesta se nos da inmediatamente: somos llamados. La historia de nuestro sacerdocio comienza por un llamamiento divino, como sucedió a los Apóstoles. Al elegirlos, es manifiesta la intención de Jesús. Es El quien toma la iniciativa. El mismo lo hará notar: "No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros" (Jn 15, 16). Las sencillas y enternecedoras escenas que nos representan la llamada de cada discípulo revelan la actuación precisa de determinadas preferencias (cf. Lc 6, 13), sobre las cuales es conveniente meditar.
¿A quién elige El? No parece que considere la clase social de sus elegidos (cf. 1 Cor 1, 27), ni que cuente con entusiasmos superficiales (cf. Mt 8, 19-22). Una cosa es cierta: somos llamados por Cristo, por Dios. Lo que quiere decir que somos amados por Cristo, por Dios. ¿Pensamos en esto bastante? En realidad, la vocación al sacerdocio es una señal de predilección por parte de Aquel que, escogiéndoos entre tantos hermanos, os llamó a participar, de un modo totalmente especial, de su amistad: "Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os digo amigos, porque todo lo que oí de mi Padre os lo he dado a conocer" (Jn 15, 15). Nuestro llamamiento al sacerdocio, al señalar el momento más alto en el uso de nuestra libertad, provocó la grande e irrevocable opción de nuestra vida y, por tanto, la página más bella en la historia de nuestra experiencia humana. ¡Nuestra felicidad consiste en no despreciarla jamás!
4. Con el rito de la sagrada ordenación seréis introducidos, hijos carísimos, en un nuevo género de vida, que os separa de todo y os une a Cristo con un vínculo original, inefable, irreversible. Así, vuestra identidad se enriquece con otra distinción: sois consagrados.
Esa misión del sacerdocio no es un simple título jurídico. No consiste precisamente en un servicio eclesial prestado a la comunidad, delegado por ella y, por tanto, revocable por la misma comunidad o renunciable por libre decisión del "funcionario". Se trata, por el contrario, de una real e íntima transformación por la que pasó vuestro organismo sobrenatural gracias a una "señal" divina, el "carácter", que os habilita para obrar "in persona Christi" (haciendo las veces de Cristo), y por eso os califica en relación a El como instrumentos vivos de su acción.
Comprenderéis ahora cómo el sacerdote se convierte en un "segregatus in Evangelium Dei" (elegido para anunciar el Evangelio de Dios, cf. Rom 1, 1); no pertenece a este mundo, sino que se halla, de ahora en adelante, en un estado de exclusiva propiedad del Señor. El carácter sagrado le afecta de modo tan profundo que orienta integralmente todo su ser y su obrar hacia un destino sacerdotal. De modo que no queda en él ya nada de lo que pueda disponer como si no fuese sacerdote y, menos todavía, como si estuviese en contraste con tal dignidad. Aun cuando realiza acciones que, por su naturaleza son de orden temporal, el sacerdote es siempre ministro de Dios. En él, todo, incluso lo profano, debe convertirse en "sacerdotalizado", como en Jesús, que siempre fue sacerdote, siempre actuó como sacerdote, en todas las manifestaciones de su vida.
Jesús nos identifica de tal modo consigo en el ejercicio de los poderes que nos confirió, que nuestra personalidad es como si desapareciese delante de la suya, ya que es El quien actúa por medio de nosotros. "Por el sacramento del orden —dijo alguien acertadamente—, el sacerdote se capacita efectivamente para prestar a Nuestro Señor la voz, las manos, todo su ser. Es Jesucristo quien, en la Santa Misa, con las palabras de la Consagración, cambia la sustancia del pan y del vino en su Cuerpo y en su Sangre" (cf. J. M. Escrivá de Balaguer, Sacerdote para la eternidad, pág. 20. Madrid, 1973). Y podemos añadir: Es el propio Jesús quien, en el sacramento de la penitencia, pronuncia la palabra autorizada y paterna: "Tus pecados te son perdonados" (Mt 9, 2; Lc 5, 20; 7, 48; cf. Jn 20, 23). Y es El quien habla, cuando el sacerdote, ejerciendo su ministerio en nombre y en el espíritu de la Iglesia, anuncia la Palabra de Dios. Es el propio Cristo quien cuida los enfermos, los niños y los pecadores, cuando les envuelve el amor y la solicitud pastoral de los ministros sagrados.
Como veis, nos encontramos aquí en la culminación del sacerdocio de Cristo, del que somos partícipes y que hacía exclamar al autor de la Carta a los Hebreos: "... Grandis sermo et inínterpretabilis ad dicendum", "tenemos mucho que decir, de difícil inteligencia" (Heb 5,11).
La expresión "Sacerdos, alter Christus", "el sacerdote es otro Cristo", acuñada por la intuición del pueblo cristiano, no es un simple modo de hablar, una metáfora, sino una maravillosa, sorprendente y consoladora realidad.
5. Este don del sacerdocio, no os olvidéis nunca de ello, es un prodigio que fue realizado en vosotros, pero no para vosotros. Lo fue para la Iglesia, lo que quiere decir para que el mundo se salve. La dimensión sagrada del sacerdocio está totalmente ordenada a la dimensión apostólica; es decir, a la misión, al ministerio pastoral. "Como me envió mi Padre, así os envío yo" (Jn 20, 21).
El sacerdote es, por tanto, un enviado. Es ésta otra nota esencial de la identidad sacerdotal.
El sacerdote es el hombre de la comunidad, ligado de forma total e irrevocable a su servicio, lo explicó claramente el Concilio (cf. Presbyterorum ordinis, 12). Bajo este aspecto, estáis destinados al cumplimiento de una doble función, que bastaría, de por sí, para una interminable meditación sobre el sacerdocio. Revistiéndoos de la persona de Cristo ejerceréis de algún modo su función de mediador. Seréis intérpretes de la Palabra de Dios, dispensadores de los misterios divinos (cf. 1 Cor 4, 1; 2 Cor 6, 4) ante el pueblo. Y seréis, ante Dios, los representantes del pueblo en todos sus componentes: los niños, los jóvenes, las familias, los trabajadores, los pobres, los humildes, los enfermos, e incluso los distanciados y los enemigos. Seréis los portadores de sus ofrendas. Seréis su voz orante y suplicante, alegre y llorosa. Seréis su expiación (cf. 2 Cor 5, 21).
Llevemos, por tanto, grabada en la memoria y en el corazón la palabra del Apóstol: "Pro Cristo legatione fungimur, tamquam Deo exhortante per nos", "Somos, pues, embajadores de Cristo, como si Dios os exhortase por medio de nosotros" (2 Cor 5, 20), para hacer de nuestra vida una íntima, progresiva y firme imitación de Cristo Redentor.
6. Queridos hijos: con esta rápida exposición he procurado trazaros los rasgos fundamentales del perfil del sacerdote.
Deseo ahora sacar algunas consecuencias prácticas que os ayudarán en el cumplimiento de vuestra actividad sacerdotal, dentro o fuera de la sociedad eclesial.
Ante todo, en el mundo eclesial. Sabéis que la doctrina del sacerdocio común de los fieles, tan ampliamente desarrollada por el Concilio, ofreció al laicado la ocasión providencial de descubrir cada vez más la vocación de todo bautizado al apostolado y su necesario compromiso, activo y consciente, con la tarea de la Iglesia. De ello resultó un amplio y consolador florecimiento de iniciativas y de obras que constituyen una inestimable contribución para el anuncio del mensaje cristiano, tanto en tierras de misión como en países como el vuestro, donde se siente más agudamente la necesidad de suplir, con el auxilio de los laicos, la presencia del sacerdote.
Es algo consolador y debemos ser los primeros en alegrarnos con esta colaboración del laicado y alentarla.
Urge decir, mientras tanto, que nada de eso disminuye en modo alguno la importancia y la necesidad del ministerio sacerdotal, ni puede justificar un menor interés por las vocaciones eclesiásticas. Menos aún, puede justificar el intento de trasladar a la asamblea o a la comunidad el poder que Cristo confirió exclusivamente a los ministros sagrados. El papel del sacerdote sigue siendo insustituible. Debemos, ciertamente, solicitar, de todos modos, la colaboración de los laicos. Pero, en la economía de la Redención, existen tareas y funciones —como la ofrenda del sacrificio eucarístico, el perdón de los pecados, el oficio del magisterio— que Cristo quiso ligar esencialmente al sacerdocio y en las cuales nadie nos podrá sustituir sin haber recibido las sagradas órdenes. Sin el ministerio sacerdotal, la vitalidad religiosa corre el riesgo de ver cortadas sus fuentes; la comunidad cristiana, de disgregarse; y la Iglesia, de secularizarse.
Es verdad que la gracia de Dios puede actuar de igual modo, especialmente donde existe la imposibilidad de tener un ministro de Dios, y donde nadie tiene culpa del hecho de no tenerlo. Es necesario, sin embargo, no olvidar que el camino normal y seguro de los bienes de la Redención pasa a través de los medios instituidos por Cristo y en las formas establecidas por El.
De aquí se deduce también el interés que cada uno de nosotros debemos tener por el problema de las vocaciones. Os exhortamos a consagrar las primeras y más desveladas preocupaciones de vuestro ministerio a este sector. Es un problema de la Iglesia (cf. Optatam totius, 2). Es un problema que sobresale entre todos. De él depende la certeza del futuro religioso de vuestra patria. Podrán tal vez desanimaros las dificultades reales para hacer llegar al mundo joven la invitación de la Iglesia. Pero ¡tened confianza! También la juventud de nuestro tiempo siente poderosamente la atracción hacia las alturas, hacia las cosas arduas, hacia los grandes ideales. No os ilusionéis con que la perspectiva de un sacerdocio menos austero en sus exigencias de sacrificio y de renuncia —como por ejemplo en la disciplina del celibato eclesiástico— pueda aumentar el número de quienes pretenden comprometerse en el seguimiento de Cristo. Por el contrario, más bien es una mentalidad de fe vigorosa y consciente lo que falta y se hace necesario crearla en nuestras comunidades. Allí donde el sacrificio cotidiano mantiene despierto el ideal evangélico y eleva a alto nivel el amor de Dios, las vocaciones continúan siendo numerosas. Lo confirma la situación religiosa en el mundo. Los países donde la Iglesia es perseguida son, paradójicamente, aquellos en que las vocaciones son más florecientes y algunas veces incluso más abundantes.
7. Es necesario, además, que toméis conciencia, amados sacerdotes, de que vuestro ministerio se desarrolla hoy en el ámbito de una sociedad secularizada, cuya característica es el eclipse progresivo de lo sagrado y la eliminación sistemática de los valores religiosos. Estáis llamados a realizar en ella la salvación como signos e instrumentos del mundo invisible.
Prudentes, pero confiados, viviréis entre los hombres para compartir sus angustias y esperanzas, para alentarles en sus esfuerzos de liberación y de justicia. No os dejéis, sin embargo, poseer por el mundo ni por su príncipe, el maligno (cf. Jn 17, 14-15). No os acomodéis a las opiniones y a los gustos de este mundo, como exhorta San Pablo: "Nolíte conformari huic saeculo" (Rom 12, 1-2). Por el contrario, ajustad vuestra personalidad, con sus aspiraciones, a la línea de la voluntad de Dios.
La fuerza del signo no está en el conformismo, sino en la distinción. La luz es distinta de las tinieblas para poder iluminar el camino de quien anda en la oscuridad. La sal es distinta de la comida para darle sabor. El fuego es distinto del hielo para calentar los miembros ateridos por el frío. Cristo nos llama luz y sal de la tierra. En un mundo disipado y confuso como el nuestro, la fuerza del signo está exactamente en ser diferente. El signo debe destacarse tanto más cuanto que la acción apostólica exige mayor inserción en la masa humana.
A este propósito, ¿cómo negar que una cierta absorción de la mentalidad del mundo, la frecuentación de ambientes disipadores, así como también el abandono del modo externo de presentarse, distintivo de los sacerdotes, pueden disminuir la sensibilidad del propio valor del signo?
Cuando se pierden de vista esos horizontes luminosos, la figura del sacerdote se oscurece, su identidad entra en crisis, sus deberes peculiares no se justifican ya y se contradicen, se debilita su razón de ser.
Y no se recupera esa fundamental razón de ser haciéndose el sacerdote "un hombre para los demás". ¿Acaso no lo debe ser quienquiera que desee seguir al Divino Maestro? . "Hombre para los demás" el sacerdote lo es, ciertamente, pero en virtud de su manera peculiar de ser "hombre para Dios". El servicio de Dios es el cimiento sobre el que hay que construir el genuino servicio de los hombres, el que consiste en liberar a las almas de la esclavitud del pecado y volver a conducir al hombre al necesario servicio de Dios. Dios, en efecto, quiere hacer de la humanidad un pueblo que lo adore, "en espíritu y en verdad" (Jn 4, 23).
Quede así bien claro que el servicio sacerdotal, si quiere permanecer fiel a sí mismo, es un servicio excelente y esencialmente espiritual. Que se acentúe esto hoy, contra las multiformes tendencias a secularizar el servicio del cura, reduciéndolo a una función meramente filantrópica. Su servicio no es el del médico, del asistente social, del político o del sindicalista. En ciertos casos, tal vez, el cura podrá prestar, quizá de manera supletoria, esos servicios y, en el pasado, los prestó de forma muy notable. Pero hoy, esos servicios son realizados adecuadamente por otros miembros de la sociedad, mientras que nuestro servicio se especifica cada vez más claramente como un servicio espiritual. Es en el campo de las almas, de sus relaciones con Dios, y de su relación interior con sus semejantes, donde el sacerdote tiene una función esencial que desempeñar. Es ahí donde debe realizar su asistencia a los hombres de nuestro tiempo. Ciertamente, siempre que las circunstancias lo exijan, no debe eximirse de prestar también una asistencia material, mediante las obras de caridad y la defensa de la justicia. Pero, como he dicho, eso es en definitiva un servicio secundario, que no debe jamás perder de vista el servicio principal, que es el de ayudar a las almas a descubrir al Padre, abrirse a El y amarlo sobre todas las cosas.
Solamente así, es como el sacerdote jamás podrá sentirse un inútil, un fracasado, aun cuando se viere obligado a renunciar a alguna actividad exterior. El Santo Sacrifico de la Misa, la oración, la penitencia, lo mejor, —más aún, lo esencial— de su sacerdocio, permanecería íntegro, como lo fue para Jesús en los treinta años de su vida oculta. A Dios le sería dada una gloria todavía más inmensa. La Iglesia y el mundo no quedarían privados de un auténtico servicio espiritual.
8. Queridos ordenandos, carísimos sacerdotes: al llegar aquí, mi plática se transforma en oración, en una oración que deseo confiar a la intercesión de María Santísima, Madre de la Iglesia y Reina de los Apóstoles. En la ansiosa espera del sacerdocio, os colocasteis ciertamente cerca de Ella, como los Apóstoles en el Cenáculo. Que Ella os obtenga las gracias que más necesitáis para vuestra santificación y para la prosperidad religiosa de vuestro país. Que Ella os conceda sobre todo el amor, su amor, el que le dio la gracia de engendrar a Cristo, para ser capaces de cumplir la misión de engendrar a Cristo en las almas. Que Ella os enseñe a ser puros, como Ella lo fue, os haga fieles al llamamiento divino, os haga comprender, toda la belleza, la alegría y la fuerza de un ministerio vivido sin reservas en la dedicación y en la inmolación por el servicio de Dios y de las almas. Pedimos finalmente a María, para vosotros y para todos nosotros los aquí presentes, que nos ayude a decir, a ejemplo suyo, la gran palabra: SÍ a la voluntad de Dios, aun cuando sea exigente, aun cuando sea incomprensible, aun cuando sea dolorosa para nosotros. ¡Así sea!
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II DURANTE LA MISA CELEBRADA EN HONOR DEL BEATO JOSÉ DE ANCHIETA
Campo de Marte, São Paulo
Jueves 3 de julio de 1980
1. Me siento realmente feliz por estar hoy con vosotros, en esta querida ciudad de São Paulo, cuyo Ayuntamiento, delicadamente, quiso ofrecerme el título de "ciudadano paulista", motivando este gesto el hecho de haber recientemente, como Sumo Pontífice, decretado la beatificación del padre José de Anchieta, de la Compañía de Jesús, considerado —y con razón— uno de los fundadores de vuestra ciudad.
Esta manifestación de cordialidad me conmueve y me lleva a expresar mi vivo y sincero agradecimiento.
Y ahora, deseo reflexionar con vosotros sobre la fascinante figura del Beato Anchieta, tan ligado a la historia religiosa y civil de este querido Brasil.
El Beato Anchieta llegó aquí, a esta parte de vuestra gran nación, Brasil, en 1554. La ciudad no existía aún; había apenas algunos poblados de aborígenes. Llegó el 24 de enero, vigilia de la fiesta de la Conversión de San Pablo. La primera Misa aquí celebrada fue, por tanto, exactamente en honor del Apóstol de los Gentiles y a él fue dedicada la villa que debía surgir en torno a la pequeña cabaña —la "iglesiña"—, que sería su corazón. De ahí, el nombre de esta vuestra ciudad de São Paulo, hoy sin duda la mayor ciudad de Brasil.
Natural de las Islas Canarias, educado en Portugal, José de Anchieta provenía de aquellas naciones que, en esa época, tanto contribuyeron al descubrimiento del nuevo mundo: de España y de Portugal partían navegadores y pioneros, que, surcando los mares, llegaban a tierras hasta entonces desconocidas. En su rastro, seguían los conquistadores, colonos, comerciantes, exploradores.
¿Había venido el padre Anchieta como un soldado en busca de gloria, un conquistador en busca de tierras, o un comerciante en busca de buenos negocios y dinero? ¡No! Vino como misionero, para anunciar a Jesucristo, para difundir el Evangelio. Vino con el único objetivo de conducir los hombres a Cristo, transmitiéndoles la vida de hijos de Dios, destinados a la vida eterna. Vino sin exigir nada para sí; por el contrario, dispuesto a dar su vida por ellos.
Pues bien, también yo vengo a vosotros, impulsado por el mismo motivo, impulsado por igual amor; vengo a vosotros como humilde mensajero de Cristo.
Esa ha sido siempre la única motivación de los viajes que me han llevado a los diversos continentes; son viajes apostólicos del que, por ser Siervo de Cristo, quiere confirmar a los hermanos en la fe.
Es ese el motivo, también hoy, de que me encuentre en medio de vosotros. Motivo que me une, íntimamente, a vuestro amado Beato José de Anchieta.
Recibidme igual que recibisteis al padre Anchieta: que mi paso por entre vosotros tenga algo de lo que fue el paso y la permanencia del gran apóstol en medio de vuestra gente, en vuestras aldeas de entonces, en vuestro gran país. Que sea el paso de la gracia del Señor.
2. Joven, lleno de vida, inteligente, alegre por naturaleza, de corazón abierto y amado por todos, brillante en los estudios de la universidad de Coimbra, José de Anchieta supo granjearse la simpatía de sus colegas, que gustaban de oírle recitar. Por causa de su timbre de voz, le llamaban el "canariño", recordando así el cántico de los pájaros de su isla natal, Tenerife, en las Canarias.
Ante sí, se abrían muchos caminos al éxito. Pero, joven de fe, estaba atento a las inspiraciones y mociones de Dios que le atraía por otros caminos, le llamaba y orientaba por una vereda muy diferente de la que otros, tal vez, habían imaginado para él. Cuando su alma se sentía en oscuridad espiritual, el joven buscaba el silencio, la soledad, para orar. Muchas veces, dejando a un lado los libros, paseaba solitario por las márgenes del río Mondego.
En una de esas caminatas, José entró en la catedral de Coimbra y, ante el altar de la Virgen María, sintió inesperadamente la paz y serenidad tan deseadas. Resolvió entonces dedicar su vida al servicio de Dios y de los hombres. Y, para vivir este ideal, hizo allí, en esa misma ocasión, el voto de castidad, consagrándose a la Virgen; tenía entonces 17 años.
A partir de ese momento, intensificó su oración, prosiguió sus estudios con ardor. Todavía joven demostraba un gran sentido de madurez ante el valor de la vida. El don de sí, hecho a la Madre de Dios, comenzó a concretarse en un llamamiento a la vida religiosa.
Por esa época, se leían en la universidad de Coimbra las cartas que Francisco Javier —el gran misionero— escribía desde Oriente y que traían también insistentes llamamientos a los jóvenes estudiantes de las universidades europeas. Profundamente impresionado con lo que Francisco Javier decía acerca de las carencias de tantos pueblos y países y deseando seguir su ejemplo tan elocuente de dedicación a la gloria de Dios y al bien de los hombres, José de Anchieta decidió entrar en la Compañía de Jesús: ¡quería ser misionero!
Y así, pocos años después, vino a Brasil.
En este instante, quiero dirigirme a vosotros, jóvenes de São Paulo, jóvenes de todo Brasil, de la gran nación que puede ser llamada "joven", ya que su población cuenta con tan elevado índice de juventud: ¡mirad a vuestro Anchieta!
Era joven como vosotros, pero abierto a Dios y a sus llamadas. Estaba lleno de vida como vosotros, pero en la oración buscaba la respuesta a la vida. Y en este contacto con Dios vivo encontró el camino que conduce a la vida verdadera, a una vida de amor a Dios y a los hombres.
El Señor, que vivió sobre la tierra, yendo de aldea en aldea haciendo el bien (cf. Mt 9, 35), sigue pasando todavía hoy, en busca de corazones abiertos a su invitación: "Ven y sígueme" (Mt 19, 21; Lc 10, 2).
Recordad: José de Anchieta respondió generosamente y el Señor hizo de él el "apóstol de Brasil", que contribuyó, de manera insigne, al bien de vuestro pueblo.
3. Hecho misionero, José de Anchieta vivió el espíritu del Apóstol de los Gentiles, que en sus Cartas hablaba de peripecias, dificultades y peligros afrontados, para llenar su corazón, como "cuidado de todos los días, de la preocupación por todas las Iglesias" (2 Cor 11, 26-28).
En una carta, fechada el 1 de junio de 1560, revelando sus ansias por conducir al Señor los pueblos de este país, el padre Anchieta escribía textualmente: "Por este motivo, sin dejarnos intimidar por los grandes calores, las tempestades, las lluvias, las corrientes torrenciales e impetuosas de los ríos, procuramos sin descanso visitar todas las aldeas y villas tanto de los indios como de los portugueses e incluso de noche acudimos a los enfermos, atravesando bosques tenebrosos a costa de grandes fatigas, tanto por la aspereza de los caminos como por el mal tiempo" (Carta al p. Diego Laínez, prepósito general de la Compañía de Jesús). Y describiendo todavía más abiertamente las condiciones de quienes, con él y como él, dedicaban a los "brasís" —como solía llamarlos—, revela más profundamente aún la grandeza de su amor y de su espíritu de sacrificio y, sobre todo, la finalidad de su existencia: "Pero nada es difícil para quienes acarician en su corazón y tienen como único fin la gloria de Dios y la salvación de las almas, por las que no dudan en dar su vida" (ib.).
Salvar las almas para gloria de Dios: ése era el objetivo de su vida. Ello explica la prodigiosa actividad de Anchieta para buscar nuevas formas de actuación apostólica, que lo llevaban finalmente a hacerse todo para todos, por el Evangelio; a hacerse siervo de todos a fin de ganar el mayor número posible para Cristo (cf. 1 Cor 9, 19-22).
No escatimó ningún esfuerzo, para comprender a sus "brasís" y compartir con ellos la vida. Si aprendió la difícil lengua de ellos —y tan perfectamente que fue el primero en componer una gramática de esa lengua— se debe a su amor, que le impelía a encarnarse entre ellos, pero para hablarles de Jesús y transmitirles la Buena Nueva. De ese modo, se transformó en eximio catequista que —siguiendo el ejemplo de Cristo Señor, Dios hecho hombre para revelar al Padre—, viviendo entre los hombres, les hablaba de manera sencilla, acomodándose a sus categorías mentales y a sus costumbres.
Con esa misma finalidad, tomando en consideración las dotes y cualidades naturales de los indios, su sed de saber, su generosidad, hospitalidad y sentido comunitario, promovió y desarrolló las "aldeas", centros donde la vida de cada familia se fundía con la de los demás, de modo adecuado, en el trabajo, en la solidaridad, en la cooperación. Corazón de cada uno de esos centros era siempre la Casa de Dios, donde el Sacrificio Eucarístico era celebrado regularmente y donde el Señor Sacramentado permanecía presente. Sí; porque un grupo social que no esté animado por la caridad que sólo Dios sabe infundir en los corazones (cf. Rom 5, 5) no puede durar, ni puede ofrecer lo que el corazón del hombre y la humanidad entera buscan con ansiedad.
En Puebla, hablando de la liberación del hombre, insistí en que debe ser vista a la luz del Evangelio, es decir, a la luz de Cristo, que dio su vida para rescatar a la humanidad, liberándola del pecado. Más recientemente aún, hablando en África, donde tan vivo es el sentido comunitario, recomendé a los pueblos de aquel continente que procurasen desarrollar su sentido social de manera auténticamente cristiana, sin dejarse influir por corrientes ajenas, materialistas de un lado y consumistas de otro. Lo mismo os repito a vosotros. El padre Anchieta conseguía comprender la mentalidad y las costumbres de vuestra gente. Con su prudente acción social, inspirada en el Evangelio y enraizada en él, supo estimular un crecimiento y desarrollo capaces de integrar esa misma mentalidad y costumbres —en lo que tenían de auténticamente humano y, por tanto, querido por Dios— en la vida de las personas y de la comunidad civil y cristiana.
Apreciando el ansia de saber de los "brasís", su acentuado talento para la música, su habilidad y otras dotes, creó para ellos centros de formación cultural y artesana que, poco a poco, contribuyeron a elevar el nivel general de las generaciones futuras: São Paulo, Olinda, Bahía, Porto Seguro, Río de Janeiro, Reritiba —donde murió y que hoy se llama Anchieta— son lugares que, junto con otros no mencionados, nos hablan de la incansable actividad apostólica del Beato.
Pero en todo este inmenso esfuerzo realizado por él con ayuda de muchos hermanos suyos en religión, desconocidos por muchos, pero igualmente admirables, había una visión y un espíritu: la visión integral del hombre rescatado por la Sangre de Cristo y el espíritu del misionero que hace todo lo posible para que los seres humanos a quienes se acerca para ayudarlos, apoyarlos y educarlos, consigan la plenitud de la vida cristiana.
Permitid que me dirija ahora de modo especial a vosotros, obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, que entregasteis vuestra vida para servir a la causa de Dios, en la Iglesia. Que la finalidad de vuestra acción pastoral, individual o colectivamente, no se desvíe jamás de lo que es —como dije en mi Encíclica Redemptor hominis— el verdadero fin por el que el Hijo de Dios se hizo hombre y actuó entre nosotros. Que su misión de amor, de paz y de redención sea verdaderamente la vuestra. Acordaos de que el mismo Cristo nos indicó en qué consiste su misión: "Veni ut vitam habeant et ut abundantius habeant" (Jn 10, 10) "Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante".
Si queréis ser continuadores de la vida y de la misión de Cristo, sed fieles a vuestra vocación. El padre Anchieta se multiplicó incansablemente, a través de tantas actividades, incluso el estudio de la fauna y la flora, de la medicina, de la música y de la literatura; pero todo eso él lo orientaba hacia el bien verdadero del hombre, destinado y llamado a ser y a vivir como hijo de Dios.
4. ¿De dónde sacó el padre Anchieta la fuerza para realizar tantas obras en una vida consumada toda en pro de los demás, hasta morir, extenuado, cuando todavía estaba en plena actividad?
Desde luego, no de una salud de hierro. Al contrario; siempre tuvo una salud precaria. Durante sus viajes apostólicos, hechos a pie y sin ayuda, sufrió continuamente en su cuerpo las consecuencias de un accidente que había tenido siendo joven.
¿Tal vez sacó su fuerza de su talento y dotes humanas? En parte, sí; pero eso no lo explica todo. Solamente con esa afirmación no se llega a la verdadera raíz.
El secreto de este hombre era su fe: José de Anchieta era un hombre de Dios. Como San Pablo, podía decir: "Scio cui credidi", "Sé a quién me he confiado... y estoy seguro de que puede guardar mi depósito para aquel día" (2 Tim 1. 12).
Desde el momento en que, en la catedral de Coimbra, habló con Dios y con la Virgen María, Madre de Cristo y nuestra, desde aquel momento hasta el último suspiro, la vida de José de Anchieta fue de una claridad lineal: servir al Señor, estar a disposición de la Iglesia, prodigarse por aquellos que eran y debían ser hijos del Padre que está en los cielos.
Por cierto, no le faltaron dolores y penas, decepciones y fracasos; también él tuvo su parte en el pan de cada día de todo apóstol de Cristo, de lodo sacerdote del Señor. Pero en medio de su incansable actividad y continuo sufrimiento, jamás le faltó la tranquila, serena y viril certeza basada en el Señor Jesucristo, con quien se encontraba y a quien se unía en el misterio eucarístico; a quien se entregaba constantemente para dejarse plasmar por su Espíritu.
José de Anchieta había comprendido cuál era la voluntad de Dios en este aspecto, el día en que se arrodilló humildemente ante una imagen de Nuestra Señora: la Madre del Salvador comenzó a ocuparse de él y él a nutrir un tiernísimo amor por Ella. Enseñó a sus "brasís" a conocerla y a quererla bien. Le dedicó un poema que es un verdadero cántico del alma, escrito en circunstancias dificilísimas cuando, tomado como rehén, corría permanente peligro de vida. No teniendo papel ni tinta a su disposición, en la arena de la playa escribió con amor su poema, que aprendió de memoria: "De Beata Virgine Matre Dei Maria".
La unión con Dios profunda y ardiente; el apego vivo y afectuoso a Cristo crucificado y resucitado presente en la Eucaristía; el tierno amor a María: ahí está la fuente de donde mana la riqueza de la vida y actividad de Anchieta, auténtico misionero, verdadero sacerdote.
Quiera Dios, por la intercesión del Beato José de Anchieta, concederos la gracia de vivir como él enseñó, como nos invita con el ejemplo de su existencia.
SANTA MISA PARA LOS CATEQUISTAS
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Explanada de la Rua José de Alencar, Porto Alegre
Sábado 5 de julio de 1980
¡Venerables hermanos, hijos carísimos!
1. ¡Laudetur Jesus Christus! (Alabado sea Jesucristo). Con estas palabras de saludo cristiano deseo dirigirme a vosotros en este encuentro marcado por la Providencia en el programa de mi viaje por Brasil, en esta hora de plenitud espiritual.
Os agradezco el consuelo que me proporciona esta vuestra acogida tan afectuosa y cordial. No os detengáis precisamente en mi humilde persona. Elévense, más bien, vuestros corazones hasta Aquel a quien representa y sirve, el Señor Jesucristo. En su nombre vengo a vosotros. A El, que dentro de poco bajará a este altar, todo el honor y la gloria, sobre todo en este día iluminado por el suave y pacífico triunfo eucarístico en tierras de Brasil.
Viniendo al encuentro de un deseo vuestro, tal vez ni siquiera manifestado, quisiera responder, antes que nada, a algunas preguntas que, más o menos conscientemente, se habrá hecho vuestro corazón: ¿Por qué el Papa ha venido desde tan lejos hasta nosotros? ¿Cuáles son los motivos que le han traído hasta aquí?
Pues bien, hijos carísimos, la razón es ésta: he venido para conoceros mejor, para escucharos, para entrar en diálogo con vosotros, para mostraros que la Iglesia está cerca de vosotros y participa de vuestros problemas, de vuestras dificultades y sufrimientos, de vuestras esperanzas. Soy el primer Papa que llega a esta bellísima tierra.
Entonces, he venido también para dar gracias al Señor con vosotros por el don inestimable que os ha concedido, la fe católica. Vuestro maravilloso país, donde la naturaleza derramó inmensas riquezas, es un país joven, abierto al futuro, de impresionante pujanza en todos los sectores de la vida humana. Vuestra mayor riqueza, sin embargo, es el patrimonio religioso y moral de vuestra tradición cristiana. Este patrimonio no sólo merece ser conservado a toda costa, sino que, además de esto, debe introducirse en el movimiento ascendiente de la nación, debe ser su alma, a fin de que, así como ha sido católico el sustrato de vuestra historia pasada, también sea cristianamente vivo y operante el espíritu de vuestra sociedad de hoy.
Cumpliendo la misión recibida por San Pedro y sus sucesores, he venido para confirmaros en la fe. Hemos oído en la segunda lectura que Pablo recorría las ciudades ya evangelizadas, exhortando a los cristianos a observar la doctrina apostólica y confirmándolos en la fe recibida (cf. Act 16, 4-5). Pido a Dios que este mi viaje apostólico tenga para vosotros el mismo sentido y obtenga el mismo resultado.
Por eso, hijos carísimos, los mejores votos que puedo haceros, la directriz que deseo dejaros como recuerdo de este mi viaje, son las palabras de San Pedro a las comunidades de la Iglesia naciente. "Permaneced firmes en la fe" (1 Pe 5, 9): firmes en la adhesión interior, plena y sincera, al Evangelio; y firmes en la proclamación exterior, exenta de cualquier intemperancia o falta de respeto hacia las opiniones ajenas, pero franca, valiente, coherente, perseverante, digna de la fe de vuestros padres.
2. Sois una nación que hoy se encuentra en fase de transformación febril. Y esto, como bien sabéis, trae consigo cambios no pequeños, no sólo en cuanto al aspecto exterior del país, sino sobre todo en cuanto al interior de la vida y de las costumbres del pueblo.
¿Estarán los cristianos de Brasil preparados para enfrentarse al choque provocado por este paso de las viejas a las nuevas estructuras económicas y sociales? ¿Su fe estará en condiciones de permanecer inquebrantable?
En otros tiempos, a muchos les bastaba un tipo modesto de instrucción elemental y aquella sincera religiosidad popular, enraizada tan profundamente con sus diversas expresiones en el contexto social y cultural de vuestra nación.
Hoy ya no es así. La difusión de la cultura, el espíritu crítico, la publicidad dada a todas las cuestiones, los debates, exigen un conocimiento más completo y profundo de la fe. La misma religiosidad popular debe ser alimentada, de manera cada vez más explícita, por la verdad revelada, y liberada de los elementos que la hacen parecer no auténtica. Necesita el alimento sólido de que habla San Pablo. En otras palabras, se impone un esfuerzo serio y sistemático de catequesis. Es el problema que hoy se pone ante vosotros en toda su gravedad y urgencia.
Providencialmente, este esfuerzo ya está siendo realizado en vuestro país. Tal esfuerzo corresponde a la tarea fundamental de la Iglesia, a su misión primaria y específica. "Evangelizados por el Señor en su Espíritu -—así se expresaron vuestros obispos en Puebla— fuimos enviados para llevar la Buena Nueva a todos los hermanos, especialmente a los pobres y olvidados" (núm. 164).
Se trata de una misión grandiosa, a la que todos somos llamados a dar nuestra contribución. Un edificio está formado por muchas piedras; su construcción es el fruto conjunto de quien lo ideó y de quien puso en acto los planos.
3. Esto mismo sucede con la Iglesia, como la vemos hoy: el gran artífice es Dios, que la ideó y continúa vivificándola; pero las piedras son aquellos que sirvieron como instrumentos dóciles y prestos a la acción del Espíritu Santo y que transmitieron esta maravillosa herencia de la fe. Somos nosotros, ahora, los que tenemos que continuarla y ampliarla, para que se haga realidad la llegada del Reino de Dios.
¿Qué servicio es más hermoso que el del catequista que anuncia la Palabra divina, que se une con amor, confianza y respeto a su hermano para ayudarle a descubrir y realizar los designios providenciales de Dios sobre él?
Pero se trata también de una tarea extremadamente ardua y delicada, porque la catequesis no es mera enseñanza, sino transmisión de un mensaje de vida, como nunca será posible encontrar en otras expresiones del pensamiento humano, aun en las más sublimes.
Quien dice mensaje dice algo más que doctrina. En efecto, ¡cuántas doctrinas jamás llegan a ser mensaje!
El mensaje no se limita a proponer ideas: exige una respuesta, puesto que es interpelación entre personas, entre el que propone y el que responde.
El mensaje es vida. Cristo anunció la Buena Nueva, la salvación y la felicidad: "Bienaventurados los pobres de espíritu, bienaventurados los mansos, bienaventurados los perseguidos..." (cf. Mt 5, 3-11); y además: "Os dejo mi paz, os doy mi alegría" (cf. Jn 14, 27; 15, 11). Las multitudes lo escuchaban porque veían en él la esperanza y la plenitud de la vida (cf. Jn 10, 10).
Además, es preciso respetar este mensaje divino, pues el hombre no es juez de la palabra y la obra de Dios (cf. Catechesi tradendae, núms. 17, 29, 30, 49, 52, 58, 59). Debe respetarla manteniéndose fiel, sobre todo, a Cristo, a su verdad, a su mandato —sin esto, habría alteración, traición—, y al hombre, destinatario de la Palabra y el mensaje del Señor. Y no al hombre abstracto, imaginario, sino al hombre concreto que vive en el tiempo, con sus dramas, sus esperanzas. Es a este hombre a quien se debe anunciar el Evangelio, para que en él y por él reciba del Espíritu Santo la fuerza para realizarse plenamente, en la integridad de su ser y de sus valores.
La eficacia de la catequesis, por consiguiente, dependerá en gran parte de esta su capacidad de dar un sentido, el sentido cristiano, a todo lo que constituye la vida del hombre en su tiempo, hombre entre los hombres, ciudadano entre los ciudadanos.
4. En cuanto al tema de la catequesis, sabéis que el pensamiento de la Iglesia fue ampliamente expuesto en la reciente Exhortación Apostólica Catechesi tradendae. No pretendo repetir lo que se dijo en este Documento.
Sin embargo, quisiera llamar la atención sobre algunos puntos que afectan más de cerca a las necesidades de la Iglesia en Brasil.
Antes que nada: la catequesis en la familia. En los primeros años de vida de los niños, se lanzan las bases y el fundamento de su futuro. Por eso mismo, los padres tienen que comprender la importancia de su misión a este respecto. En virtud del bautismo y del matrimonio son ellos los primeros catequistas de sus hijos: en efecto, educar es continuar el acto de la generación. En esta edad, Dios pasa de manera particular "a través de la intervención de la familia" (Directorio catequístico general, 79).
Los niños tienen necesidad de aprender y de ver a sus padres que se aman, que respetan a Dios, que saben explicar las primeras verdades de la fe (cf. Catechesi tradendae, 36), que saben exponer el "contenido cristiano" en el testimonio y en la perseverancia "de una vida de todos los días vivida según el Evangelio" (ib., 68).
El testimonio es fundamental. La Palabra de Dios es eficaz en sí misma, pero adquiere sentido concreto cuando se vuelve realidad en la persona que la anuncia. Esto vale en manera particular para los niños que aún no tienen condiciones para distinguir entre la verdad anunciada y la vida del que la anuncia. Para el niño no hay distinción entre la madre que reza y la oración; más aún, la oración tiene valor especial ' porque la reza la madre.
Que no suceda, amadísimos padres que me escucháis, que vuestros hijos lleguen a la madurez humana, civil y profesional, quedando niños en asuntos de religión. No es exacto decir que la fe es una opción para realizar en la edad madura. La verdadera opción supone el conocimiento; y nunca podrá haber elección entre cosas que no fueron propuestas sabia y adecuadamente.
Padres catequistas, la Iglesia tiene confianza en vosotros, espera mucho de vosotros.
Además de esto, quiero recomendar vivamente la catequesis parroquial. La parroquia es el lugar en que la catequesis puede poner de manifiesto toda su riqueza. En ella, la escucha de la palabra se asocia a la oración, a la celebración de la Eucaristía y de los otros sacramentos, a la comunión fraterna y al ejercicio de la caridad. En ella, el misterio cristiano es anunciado y vivido. Urge que cada parroquia se convierta en un lugar donde la catequesis ocupe la mayor de las atenciones y vuelva a encontrar "su propia vocación, que es la de ser una casa de familia, fraternal y acogedora, donde los bautizados y los confirmados toman conciencia de ser Pueblo de Dios" (ib., 67).
Además, está la enseñanza religiosa en las escuelas.
En la escuela, el ciudadano se forma a través de la cultura y la formación profesional. La educación de la conciencia religiosa es un derecho de la persona humana. El joven exige ser encaminado hacia todas las dimensiones de la cultura y quiere también encontrar en la escuela la posibilidad de entablar conocimiento con los problemas fundamentales de la existencia. Entre estos, ocupa el primer lugar el problema de la respuesta que él tiene que dar a Dios. Es imposible llegar a auténticas opciones de vida, cuando se pretende ignorar la religión, que tiene tanto que decir, o incluso cuando se quiere restringirla a una enseñanza vaga y neutra y, por consiguiente, inútil, por carecer de una relación con los modelos concretos y coherentes co la tradición y la cultura de un pueblo.
La Iglesia, al defender esta incumbencia de la escuela, no ha pensado ni piensa en privilegios: ella propugna una educación integral amplia y los derechos la familia y la persona.
5. Finalmente, quiero recordar la contribución que nos viene de los medios de comunicación social.
No podemos dejar de admirar su enorme desarrollo. Por ellos, la cultura llega a todos los rincones, ya no hay barreras de espacio ni de tiempo. Estos medios penetran en la intimidad de los hogares y llegan a los lugares más humildes y alejados.
Son muchas las ventajas que ofrecen: informan con rapidez, instruyen, divierten, hermanan a los hombres, unen a la expresión racional la imagen, el símbolo, el contacto personal; la palabra se conjuga con la expresión estética y artística.
Su poder es tal que da fuerza a aquello de lo que hablan y empequeñece lo que callan.
Pueden tener sus riesgos, cómo los de la cultura generalizada y, por consiguiente, reducida; de la pasividad y de la emotividad y, por consiguiente, del empobrecimiento del sentido crítico; de la manipulación y, por consiguiente, del impulso a la evasión y al hedonismo.
Pero estos defectos no están precisamente ligados a la técnica y sus medios, sino al hombre que se sirve de ellos. La catequesis, que hasta ahora tuvo sobre todo expresión escrita, está llamada a expresarse cada vez más también a través de estos nuevos instrumentos. La tarea es grande y de mucha responsabilidad: es necesario actuar en los medios de comunicación y, al mismo tiempo, educar para el uso de esos instrumentos (cf. Inter mirífica, 3). •
Construiremos la Iglesia también a medida que sepamos trabajar en este campo.
6, Hijos carísimos, poco valor tendría una catequesis, aun sustanciosa y segura, si no se transmitiera con eficacia de expresión y apoyo de los subsidios didácticos que hoy se presentan cada vez más ricos y sugestivos. La catequesis exige una "ars docendi" especial, una pedagogía propia. Para poseerla, no basta la información común, muchas veces aproximada y empírica, como la puede tener cualquier sacerdote o religioso o cualquier laico que tenga instrucción religiosa.'
Muchos elementos culturales, didácticos y, sobre todo, morales son necesarios para dar al catequista el prestigio y la eficiencia que le deben cualificar. ¿No existe, acaso, en esto el peligro de que, al faltar estas exigencias, la enseñanza del catecismo no sólo sea infructuosa, sino a veces incluso nociva? Por eso comprobamos con gran satisfacción que también entre vosotros aparecen y se multiplican las escuelas de catequesis, para posibilitar a los catequistas una preparación doctrinal, didáctica y espiritual progresivamente actualizada. Así comprenderéis que yo, lleno de viva esperanza acompañada de insistente oración, formule mis fervientes votos por el feliz y fecundo resultado de todas estas acertadas iniciativas.
El Evangelio de hoy nos habla por medio de símbolos de vida y de crecimiento, lento tal vez, pero constante: es la semilla que, arrojada al suelo, se desarrolla hasta la espiga; es el grano de mostaza que llega a convertirse en arbusto en el que las aves del cielo encuentran refugio (cf. Mc 4, 1-2; 26, 32). Que cada uno de vosotros medite bien sobre el sentido de esas palabras del Señor y, viviendo su vocación y misión específicas en la Iglesia, tenga en sí mismo esa vida y participe de ese crecimiento, para ayudar también a los demás a crecer en una fe firme y madura.
Amadísimos hijos: os he hablado con afecto profundo; os he dado algunas directrices, pero, sobre todo, he querido alentaros.
Que el Señor os bendiga en el camino que loablemente emprendisteis con alegría. Os recomiendo a todos a la protección de María Santísima, "Madre y modelo de los catequistas" (Catechesi tradendae, 73).
MISA PARA EL MOVIMIENTO INTERNACIONAL OASIS
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Castelgandolfo
Martes 24 julio 1980
Carísimos hermanos e hijos pertenecientes al Movimiento "Oasis":
1. Habiendo participado al Congreso internacional en ocasión del XXX aniversario de la fundación de vuestra asociación, habéis querido concluirlo con la Santa Misa celebrada por el Papa. Realmente es una gran alegría para mí acogeros en esta conmemoración, que constituye el punto culminante de vuestro encuentro y ofrezco a los dirigentes y a todos vosotros mi saludo más afectuoso. ¡Y os doy las gracias por vuestra ardiente y fervorosa juventud, por vuestra generosidad y por la alegría que me traéis a mí, a la Iglesia y al mundo!
Han pasado treinta años desde aquel día en que, durante el Año Santo 1950, escondida y humildemente nació este Movimiento eclesial, tan comprometido y determinante, que fue denominado "Oasis", porque queríais indicar —como subrayó Pío XII, de venerada memoria— que "en el desierto de este mundo, tan árido porque está tan quemado" era vuestro deseo y vuestra deliberada voluntad que naciera, creciera y se multiplicara la vida de Dios, convirtiéndoos en los canales, alimentados por Aquel que es manantial de agua viva (cf. Discurso del 23 noviembre de 1952).
Desde entonces la pequeña semilla se ha desarrollado dando lugar a un gran árbol, que tiende sus ramas fecundas en nada menos que treinta y cinco Estados en todos los continentes, reuniendo a miles y miles de jóvenes que se dejan guiar total y alegremente por el amor de Cristo para dar testimonio de El en la sociedad moderna. De este fenómeno espiritual tan significativo y eficaz damos gracias, antes que nada, al Señor y a la Virgen Santísima, a quien estáis particularmente consagrados, y luego expresamos también nuestro reconocimiento hacia los que con confianza lo comenzaron y lo han continuado con perseverante dedicación.
2. Pero hoy, que después de las celebraciones del trigésimo aniversario, os preparáis a volver como levadura, escondida pero eficaz, a la sociedad, tan necesitada de seguridad y salvación, esperáis del Vicario de Cristo una palabra programática, que os comprometa ulteriormente en vuestra "consagración", tan hermosa y tan necesaria.
Reflexionando sobre la palabra "Oasis", que sugiere inmediatamente la idea de paz, descanso, serenidad, deseo recordar el encuentro de Cristo con Marta y María, en Betania, que era algo parecido al "oasis" de Jesús, como hemos leído en el Evangelio del domingo pasado.
Escribe el Evangelista que Jesús fue acogido en casa por Marta: "Tenía ésta una hermana llamada María la cual, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Marta andaba afanada en los muchos cuidados del servicio y acercándose, dijo: Señor, ¿no te preocupa que mi hermana me deje a mí sola en el servicio? Dile, pues, que me ayude. Pero Jesús le contestó: Marta, Marta, tú te inquietas y te turbas por muchas cosas, pero pocas son necesarias o más bien una sola. María ha escogido la mejor parte, que no le será arrebatada" (Lc 10, 38-42). Evidentemente, Jesús no le reprochaba a Marta su solicitud en las tareas domésticas, llena de atención y gentileza, sino su excesiva preocupación material, que casi le hacía olvidar la "precedencia absoluta" debida al Huésped divino; mientras que elogiaba a María la cual, escuchando a Jesús, había elegido la parte mejor.
¡Y la parte mejor se encuentra en la escucha de la Palabra de Dios, en la escucha del mensaje de Cristo! ¡Y aquí está precisamente el "espíritu" del "Oasis"! Vosotros queréis elegir la "parte mejor", escuchando la palabra de Cristo y permaneciendo fieles testimonios de su mensaje de salvación.
En efecto, es ésta la única cosa que realmente necesitamos: la luz de la revelación y la potencia redentora de la gracia. Sin la luz de Cristo, todo se hace enigmático, oscuro, contradictorio, hasta absurdo, como confirman, desgraciadamente, tantas corrientes del agnosticismo contemporáneo. Y la agitación frenética de las multitudes se convierte en una realidad trágica y espantosa, si falta la seguridad que sólo procede de Cristo Salvador. "Jesucristo es el Señor —he dicho recientemente a la multitud de Curitiba—; Él es la única orientación del espíritu, la única dirección de la inteligencia, de la voluntad y del corazón para todos nosotros; Él es el Redentor del hombre; Él es el Redentor del mundo; en Él está nuestra salvación" (L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 20 julio, 1980, pág. 9).
Vosotros, los de "Oasis", que, escuchando la Palabra de Dios, queréis elegir la parte mejor, permaneced pues fieles y dad testimonio de ella, en cualquier lugar, con espíritu de servicio y de amor.
— Por la palabra de Jesús aprendemos, ante todo la naturaleza misma de Dios, que es vida, luz, amor, Trinidad. Ningún filósofo ni ningún teólogo pueden penetrar, en la esencia de Dios; sólo Jesús, el Verbo encarnado, puede revelar y garantizar esta verdad fundamental, por la que estamos seguros de que entre Dios creador y los hombres hay una relación de amor: cada ser humano es un latido eterno del amor de Dios; .
— por la palabra de Jesús conocemos nuestro destino eterno: sólo Jesús, con su palabra divina, nos puede asegurar de manera absoluta la inmortalidad del alma y la resurrección final de los cuerpos, por lo que merece la pena nacer, vivir y proyectar nuestra existencia más allá del tiempo, hacia la felicidad sin fin;
— por la palabra de Jesús aprendemos, además, dónde está la verdadera dignidad del hombre, es decir en la participación a la misma vida divina, mediante la gracia. "Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y en él haremos morada" (Jn 14, 23). La verdadera alegría, la auténtica grandeza, la suprema dignidad se encuentran únicamente en la vida de la gracia;
— por la palabra de Jesús aprendemos cómo debemos comportarnos, porque El nos revela que la voluntad de Dios está expresada en la ley moral y en el mandamiento supremo de la caridad recíproca. La voluntad de Dios, en efecto, es la discriminante absoluta entre el bien y el mal, la línea directriz para la justa conducta y para la verdadera pedagogía;
— finalmente, por la palabra de Jesús conocemos también su presencia siempre actual y viva en el tiempo y en la historia, mediante la Iglesia, querida y fundada por El, que nos da seguridad acerca de las verdades que hay que creer y practicar y nos ofrece la Eucaristía, misterio de fe y al mismo tiempo suprema manifestación de amor.
Esta es la "parte mejor", que queréis elegir escuchando a Jesús; ésta es la riqueza, que debéis poseer. Sin duda, como escribía San Pablo a los Corintios, "llevamos un tesoro en vasos de barro", es decir, que somos frágiles y débiles; pero todo esto sucede para que "la excelencia del poder sea de Dios y no parezca nuestra" (2 Cor 4, 7). Por tanto, tened siempre el valor de la verdad, de la firmeza, de la fidelidad al espíritu del "Oasis".
Este es el maravilloso programa que debéis realizar cada día; este es vuestro servicio de amor, recordando lo que dijo el divino Maestro a los Apóstoles: "...el que entre vosotros quiera llegar a ser grande sea vuestro servidor..., así como el Hijo del hombre no ba venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos" (Mt 20, 26-28).
¡Carísimos jóvenes de "Oasis"!
El mundo necesita vuestra fe, vuestra pureza, vuestra alegría, vuestra ayuda, vuestra sonrisa. También vosotros, que habéis elegido la "parte mejor", debéis ser evangelizadores. Yo os confío a María Santísima, con tierno afecto y gran confianza, y con vosotros le repito la invocación que le he dirigido durante mi viaje apostólico en Brasil: "Madre, envuelta por el misterio de vuestro Hijo, muchas veces incapaz de entender, pero capaz de recoger todo y meditar en el corazón, haced que nosotros los evangelizadores comprendamos siempre que, más allá de las técnicas y de las estrategias, de la preparación y los planes, evangelizar es sumergirse en el misterio de Cristo e intentar comunicar algo de Él a los hermanos" (Homilía en la Santa Misa celebrada en Belém; L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 27 de julio, 1980, pág. 6).
Con estos votos os imparto de corazón la propiciadora bendición apostólica, prenda de múltiples favores celestiales, que de . buen grado extiendo a todos los miembros y amigos de cada "Oasis" del mundo.
Queridos jóvenes de lengua francesa, me siento muy feliz por este encuentro con vuestro Movimiento "Oasis". ¡Os felicito! Y os aliento a que profundicéis vuestra unión en Cristo, a la escucha de su palabra y en la oración; es Él quien hace de vosotros morada suya y que os da así la serenidad en la fe. Sed, por vuestra parte, testigos de su paz, de su amor puro y fuerte, para con todos cuantos pone Dios en vuestro camino.
Os saludo también en inglés. Recordad que es sólo Jesús quien puede satisfacer nuestra sed espiritual. El agua que Jesús da se convierte en nosotros en una fuente de agua pura que brota para la vida eterna. Bebed de esta agua vosotros mismos y dadla a aquellos que como la samaritana dicen: Dadme de esta agua para que jamás vuelva a tener sed.
Un especial saludo, cordialísimo, a todos los jóvenes procedentes de las diversas naciones de lengua española.
Sed valientes en el camino hacia Cristo, que os hará descubrir ese magnífico oasis de paz, de gracia, de ideales superiores que dan a la propia existencia una dimensión nueva. Y entregaos generosamente a la tarea de mostrar a los demás jóvenes que vale la pena vivir la vida, iluminándola siempre con los grandes valores de la fraternidad y del amor efectivo que Cristo nos enseña. María, Madre nuestra, os acompañe en vuestro recorrido.
Queridos hermanos de lengua portuguesa:
Al saludaros cordialmente, deseo que de esta Eucaristía y encuentro de hermanos saquéis bien reavivado el espíritu del Movimiento "Oasis": en la luz de María Santísima, cultivad la gracia divina esplendorosa; sed "levadura en la masa" en que estáis llamados a vivir y a dar testimonio, con los ojos y el corazón fijos en el Señor Jesús, del destino, la dignidad y los auténticos valores de personas humanas; y servid siempre, con vuestra fidelidad a Dios y a vosotros mismos, la causa del hombre, en la luz del misterio de Cristo Redentor, con optimismo, serenidad y alegría.
Un afectuoso saludo dirijo a los presentes que representan el Movimiento "Oasis" en Polonia. Este encuentro de hoy con vosotros es continuación de todos los precedentes contactos que teníamos cuando yo era arzobispo de Cracovia; y es también continuación de nuestro encuentro en Nowy Targ, en Cracovia, así como de los celebrados ya precedentemente en Castelgandolfo.
¡Queridos míos! Me alegra mucho que estéis y trabajéis en la patria y que los representantes de vuestro Movimiento hayan podido llegar a Roma y participar en este Congreso y también en este encuentro con el Papa. Hay en esto una gran riqueza para la Iglesia y para vosotros. Doy gracias a Dios por ello.
Llevad, por favor, mi cordial saludo a todos vuestros colegas, hermanos y hermanas, y a todos los que participan en el Movimiento "Luz y Vida", en Polonia. Como siempre, os encomiendo a María Santísima, Madre del Amor Hermoso. No os detengáis; sed fermento evangélico, sed testigos de la presencia de Dios en el hombre y entre los hombres, tened la Vida y la Luz en sí misma y sed vosotros vida y luz para los demás.
Os bendigo de todo corazón.
MISA PARA LOS JÓVENES DEL «CENTRO ITALIANO DE SOLIDARIDAD»
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Castelgandolfo
Sábado 9 de agosto de 1980
Carísimos hijos y hermanos:
Habéis querido tener este encuentro eucarístico con el Papa para expresar de modo concreto vuestra fe y vuestra devoción; y yo, acogiéndoos en torno al altar del Señor, os dirijo mi saludo más cordial y os expreso mi más profunda gratitud. Vosotros, en efecto, me dais ocasión de encontrarme con personas serias y comprometidas, que participan activamente de las ansias y de las preocupaciones de la Iglesia y aportan experiencias, a veces dramáticas y, sin embargo, útiles para remediar muchos desconciertos y muchas necesidades de la sociedad moderna. Vuestra presencia, tan delicada y afectuosa, me proporciona gran consuelo: vosotros, en efecto, comprendéis la solicitud del Vicario de Cristo, el cual, como Pastor responsable, inmerso en esta sociedad del siglo XX, siente la responsabilidad de iluminar y guiar a todos los hombres. Vosotros le ofrecéis vuestra ayuda, vuestra oración, vuestra colaboración sincera. ¡Adonde no puede llegar él, llegáis vosotros, para aliviar penas y sufrimientos, para disipar dudas y aprensiones, para salvar a quien, desesperadamente, invoca ayuda en la derrota y en la desolación! Me infundís confianza y esperanza, por lo cual os doy las más sentidas gracias.
La obra de recuperación y de prevención de las nefastas y terribles consecuencias de la droga es actualmente no sólo benemérita, sino necesaria: los caminos en que yacen tantos heridos y sacudidos por los traumas dolorosos de la vida han aumentado espantosamente, lo cual hace que haya mayor necesidad de buenos samaritanos.
De modo especial, partiendo de ésta celebración eucarística; quisiera haceros algunas exhortaciones concretas;
Dicen los sicólogos y sociólogos que la primera causa que empuja a los jóvenes y adultos a la perniciosa experiencia de la droga es la falta de claras y convincentes motivaciones dé vida. En efecto, la falta de puntos de referencia, el vacío de los valores, la convicción de que nada tiene sentido y que, por tanto, no vale la pena vivir, el sentimiento trágico y desolador de ser viandantes desconocidos en un universo absurdo, puede empujar a algunos a la búsqueda de huidas exasperadas y desesperadas.
Ya lo escribía la conocida pensadora francesa Raissa Maritain, contando las experiencias de su juventud, al comienzo de este siglo, cuando era estudiante en La Sorbona de París y había perdido totalmente la fe: «Todo resultaba absurdo e inaceptable... La ausencia de Dios despoblaba el universo. Si debemos renunciar a encontrar cualquier sentido a la palabra "verdad", a la distinción entre el bien y el mal, entre lo justo y lo injusto, no es posible vivir humanamente. No quería saber nada de una semejante comedia —dice la escritora—. Habría aceptado una vida dolorosa, no una vida absurda... O era posible la justificación del mundo y no podía hacerse sin un conocimiento verdadero, o la vida no valía la pena de un instante de atención». Y concluía con dramático realismo: «Esta angustia metafísica que penetra en las fuentes mismas del deseo de vivir, es capaz de convertirse en una desesperación total y desembocar en el suicidio» (I grandi amici, Vita e Pensiero, Milán, 1955, págs. 73-75).
Son palabras que hacen pensar: los hombres tienen necesidad de la verdad; ¡tienen la absoluta necesidad de saber por qué viven, mueren y sufren! Pues bien, ¡vosotros sabéis que la "verdad" es Jesucristo! El mismo lo ha afirmado categóricamente: "¡Yo soy la verdad!" (Jn 14, 6), "Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no anda en tinieblas" (Jn 8, 12). ¡Amad, pues, la verdad! ¡Llevad la verdad al mundo! Testimoniad la verdad que es Jesús, con toda la doctrina revelada por El mismo y enseñada por la Iglesia, divinamente asistida e inspirada. Es la verdad la que salva a nuestros jóvenes; la verdad toda entera, ¡iluminante y exigente, como es! No tengáis miedo de la verdad y, frente a tantos maestros del absurdo y de la sospecha, que pueden quizá fascinar, pero que luego fatalmente llevan a la destrucción, oponed sólo y siempre a Jesucristo.
Hay un segundo motivo, siempre según los expertos, que empuja a la búsqueda de "paraísos artificiales", en los diversos tipos de droga y es la estructura social deficiente e insatisfactoria.
Indudablemente, es este un tema muy importante, pero también muy difícil y complicado. En efecto; estamos asistiendo a la difusión y arraigo, en todos los Estados, de una "moral laica", que prescinde casi totalmente de la moral objetiva, denominada "natural", y de la moral revelada por el Evangelio. Nosotros no queremos hacer el proceso a la sociedad; debemos constatar, sin embargo, qué muchas carencias en las estructuras de la sociedad, como la desocupación, la falta de viviendas, la injusticia social, el arribismo político, la inestabilidad internacional, la falta de preparación para el matrimonio, la legalización del aborto y del divorcio, causan fatalmente una sensación de desconfianza y de opresión, que puede desembocar a veces incluso en experiencias pavorosamente negativas. ¡No debemos desanimarnos! A pesar de las dificultades, continuad influyendo en el bien de la sociedad; contribuid activamente incluso en el campo político y legislativo; sostened siempre y con entusiasmo lo que debe ser el primero y principal intento de todo organismo y de todo Estado: ¡el respeto al amor por el hombre! Lo que escribía San Juan para los primeros cristianos vale también para hoy: "Dios nos ha dado la vida eterna y esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios, tampoco tiene la vida" (/ jn 11-12).
A este propósito, me uno con toda la profunda participación de mi espíritu a las preocupaciones expresadas por la "Asociación de Médicos Católicos italianos" respecto a la propuesta de ley referente a la liberalización de las drogas erróneamente definidas "ligeras" y la facultad de suministrar heroína en los centros sanitarios (XV Congreso nacional, noviembre 1979, en Asís; VI Congreso Europeo, mayo 1980, en Bruselas). Como ya demuestra la dolorosa experiencia de algunas naciones, una legislación más permisiva en este campo, no sirve ni para prevenir ni para redimir.
Por último, siempre según los expertos de sicosociología, otra causa del fenómeno de la droga es también la sensación de soledad e incomunicabilidad que desgraciadamente pesa sobre la sociedad moderna, rumorosa y alienada, e incluso en la propia familia. De hecho, es un dato dolorosamente verdadero, que, junto con la falta de intimidad con Dios, hace comprender aunque no ciertamente justificar, la huida hacia la droga para olvidar, para aturdirse, para evadirse de situaciones que han llegado a ser insoportables y oprimentes, e incluso para iniciar voluntariamente un viaje sin retorno.
En efecto; el mundo moderno tiene una extrema necesidad de amistad, de comprensión, de amor, de caridad. ¡Llevad, por tanto, con perseverancia y con sensibilidad vuestra caridad, vuestro amor, vuestra ayuda! ¡Es la caridad la que salva y se hace camino hacia la verdad! Cada vez se comprende más qué el joven, envuelto en las espirales envenenadas de la droga, tiene necesidad esencial de sentirse amado y comprendido para redimirse y reanudar el camino normal de quien acepta la Vida en la perspectiva de la eternidad. Pero sobre todo, sed los portadores y los testigos del amor y de la misericordia de Dios, el amigo que no traiciona y sigue amando y esperando con confiada esperanza. Cuán verdaderas y conmovedoras son las palabras, escritas por Santa Teresa del Niño Jesús en su última enfermedad: "Sí; lo siento: aunque tuviese sobre la conciencia todos los pecados que pueden cometerse, me arrojaría igualmente en los brazos de Jesús, con el corazón quebrantado por el arrepentimiento, porque sé lo que El ama al hijo pródigo que vuelve a El".
¡Carísimos! He aquí vuestra tarea y vuestra consigna: ¡Llevad confianza y amor! La Sagrada Escritura, por boca del antiguo profeta dice que "el justo vivirá por su fe" (Hab 2, 4; cf. Rom 1, 17 ss.; Gál 3, 11) y Jesús exhorta a tener fe, al menos igual al de un grano de mostaza (cf. Mt 17, 18-19).
¡También vosotros estáis comprometidos a salvar a la sociedad con amor y con fe! ¡Encomendaos cada día a María Santísima, rezadle cada día con afecto y confianza, a fin de que ilumine siempre vuestros pensamientos y guíe vuestros pasos sobre los caminos del mundo, para alivio de tantos como tienen necesidad de encontrar su Corazón inmaculado y maternal! . i Y os acompañe mi propiciadora bendición!* * *
Después de la Misa, durante él diálogo con los jóvenes, el Papa les dijo:
A veces se abrazan las personas con las manos; otras veces, nos encontramos en situación un poco diversa, prefiriendo abrazar a las personas con la palabra. Esto sucede cuando nos encontramos en momentos de reflexión. Y el que vivimos hoy es un momento de reflexión, de reflexión sobre los problemas fundamentales de la vida, de la existencia humana, del sufrimiento humano y de la confianza, de la esperanza que nos queda siempre y en algún modo. Al finalizar este encuentro, quisiera todavía abrazaros una vez más a todos vosotros con estas palabras. Quisiera abrazar sobre todo a los jóvenes, estos jóvenes que, como han demostrado recientemente, han podido vencer y dar testimonio de cómo se puede vencer y recobrar la propia humanidad, la propia libertad y el sentido del "ser", del ser hombre y de vivir entre los hombres. Ellos han podido vencer y esta es la cosa más importante de todo el trabajo que se realiza en el Centro Italiano de Solidaridad y en los diversos Centros mundiales, sobre todo en el estadounidense y por doquier en el mundo. Si nosotros debemos afrontar ese gran peligro de la droga, peligro paradla persona humana, para cualquier hombre y sobre todo para el hombre joven, debemos tener las pruebas de la posibilidad de vencer. Si tenemos la certeza de que se puede vencer, una certeza comprobada a través de las personas que han vencido, entonces podremos afrontar el peligro con esperanza.
Así, pues, vosotros, jóvenes que habéis vencido, resultáis para los demás un testimonio de esperanza, un testimonio de que la victoria es posible; y suponéis también, para la sociedad preocupada por el fenómeno de la droga, un nuevo impulso para luchar, para empeñar todas las fuerzas, toda la buena voluntad. Vale la pena, porque la victoria es posible.
He aquí que con estas palabras conclusivas quisiera abrazar a todos los presentes, no sólo a los jóvenes, sino también a todos los demás que participan en el empeño social contra la droga, contra el peligro de la droga. Un peligro directo para la humanidad, para la personalidad humana. Todos cuantos en la sociedad y en la Iglesia participan en los esfuerzos para vencer la droga, se encuentran entre nosotros hoy, en nuestra común oración y también en ese testimonio que ha completado, en cierto modo, nuestra oración. Que puedan encontrar una incitación, un estímulo para continuar. A todos vosotros yo, como Obispo vuestro, quiero reiterar mi agradecimiento. Estamos verdaderamente unidos en esta preocupación y en esta lucha. Estamos verdaderamente unidos como amigos, como cristianos, como discípulos de Cristo, porque El está presente en todos los que sufren; El está realmente, verdaderamente presente en cada joven que sufre las experiencias de la droga, tristes y dolorosas. Si nosotros nos comprometemos a ayudar a esos jóvenes, nos encontramos a El mismo en cada uno de los que tratamos de ayudar. Así, pues, quiero dar las gracias también a todos cuantos se dedican a ello, a todos los sacerdotes y hermanas religiosas, a todos los laicos que. de diversas maneras participan en este empeño social, religioso y apostólico, a quienes hoy he tenido la ocasión y la alegría de encontrar. Por este encuentro os doy las gracias cordialmente, profundamente, y una vez más os digo: en espíritu abrazo a todos como amigos míos, como mis hermanos y. hermanas. Os doy las gracias y os digo que continuéis. ¡Alabado sea Jesucristo!
SANTA MISA PARA UNA PEREGRINACIÓN DE JÓVENES DE DUBLÍN
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Sala de las Audiencias, Castelgandolfo
Jueves 28 de agosto de 1980
Queridos jóvenes de Dublín:
1. El amor de Cristo nos ha reunido esta mañana. Ninguna otra razón puede explicar adecuadamente esta maravillosa unión nuestra. Nos hemos congregado en el nombre de Jesús y El está presente en medio de nosotros. Jesucristo está entre nosotros (cf. Mt 18, 20).
2. Habéis venido a Roma representando a la juventud de Dublín; habéis querido devolverme la visita que os hice en Irlanda. Al mismo tiempo me estáis proporcionando nueva oportunidad de hablaros de Cristo, de recordaros vuestra dignidad cristiana y proclamar ante vosotros la comunión que el Espíritu Santo ha dado a todos nosotros: la comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo (cf. 1 Jn 1, 3).
3. Y sobre todo habéis venido aquí a celebrar juntos nuestra vida en Cristo y obtener cada vez mayor Comunión con la Trinidad Santísima, por los méritos de la redención de Cristo. Un aspecto maravilloso de nuestra Eucaristía reside en que en ella llevamos a Cristo la trama de nuestra vida diaria. El acepta nuestra ofrenda, la une a su propia oblación y la presenta al Eterno Padre. Al mismo tiempo, en la Misa escuchamos la Palabra de Dios según la proclama la Iglesia, proclamación que alcanza su expresión más alta en la renovación real del Sacrificio de Cristo. Cuando celebramos este Sacrificio eucarístico, estamos realizando una acción que se sitúa en la misma cumbre de nuestra vida cristiana; aquí llega a su realización plena nuestra dignidad cristiana. Y todo ello es algo que realizamos juntos como comunidad, comunidad en Cristo y con Cristo; como miembros de su Cuerpo, miembros de su Santa Iglesia.
Y de esta celebración eucarística saldréis a responder a vuestro llamamiento, a ocuparos de las actividades de vuestra vida y, finalmente, a vuestro destino. Por todo ello reflexionemos unos momentos dentro del sagrado contexto de la Palabra de Dios, sobre estos elementos importantes de la vida cristiana.
4. Cada uno de vosotros es llamado individualmente por Cristo, llamado a tomar parte en su Reino y a desempeñar una tarea dentro de su misión de salvación. Estas son las grandes realidades de vuestro bautismo y confirmación. Al llamaros nominalmente, Dios os envía a realizar lo que El quiere que hagáis. Dice a cada uno de vosotros lo que dijo al Profeta Jeremías: "Estoy contigo para protegerte". Confirma su protección sobre vosotros poniendo sus palabras en vuestros labios. Según la expresión del Salmista, la Palabra de Dios es lámpara para vuestros pies y luz en vuestro camino (cf. Sal 119, 105). Cristo os llama a vivir una vida nueva radicada en las bienaventuranzas, con nuevos criterios de juicio, perspectiva espiritual rebosante de lozanía y estilo de vida transformado. Incorporados a la novedad de la misma vida de Cristo, sólo la referencia constante a El os realizará y dará gozo. La conversión constante del corazón se transforma en premisa de la eficacia de vuestras actividades y del logro de vuestro destino.
5. Cuando os pongáis a responder al llamamiento cristiano fundamental, se os aconsejará realizar gozosa y fielmente las acciones de cada momento, cada día y cada semana. Para muchos de vosotros el campo de acción es el mismo mundo secular necesitado de la levadura evangélica. Vuestra tarea está clara como el cristal: llevar a Cristo al mundo y llevar el mundo a Cristo. Estoy seguro de que ya habíais captado todo esto. ¿Acaso no es éste el contexto de vuestro lema "Hacer más, amar más, servir más"?
Este "hacer, amar y servir" puede expresarse de muchas maneras. Por ejemplo, estáis llamados a ser hombres y mujeres honrados e íntegros, a "vivir en la verdad y el amor", según dice la petición de la Misa de esta mañana. Estáis llamados a abrir el corazón a la justicia del Evangelio, para ser vosotros asimismo instrumentos de justicia y constructores de paz.
Sois jóvenes y con razón buscáis la comprensión de los demás —de vuestros mayores, de vuestros sacerdotes, de vuestros padres queridos, de cuantos construyeron las generaciones precedentes de la sociedad—, y esperáis misericordia y amistad. Pero precisamente porque sois jóvenes con la vitalidad de la gracia de Cristo y compartís el entusiasmo por su mensaje, sabéis que hay algo todavía más alto y noble; de ahí que os resulte fácil orar "no tanto para ser comprendidos, cuanto para comprender; no tanto para ser amados, cuanto para amar". Así, pues, estáis llamados a ser líderes de la próxima generación a través de la comprensión y del amor. Queridos jóvenes: ¿No es verdad que casi la mitad de vuestra archidiócesis está constituida por jóvenes menores de 21 años? ¿Podéis tener alguna duda de que el futuro de Dublín y del resto de Irlanda depende realmente de vuestra generosidad, de vuestra entrega a Cristo y de vuestro servicio a los hermanos y hermanas?
Estáis llamados a comprenderos mutuamente, trabajar juntos, recorrer juntos el camino de la vida —juntos entre sí y con Cristo—, respetar la humanidad de cada hombre, incluidos los hombres que han perdido el sentido de la propia dignidad. Tenéis que ver a Cristo en los demás y dar a los otros a Cristo, ¡a Cristo que es la sola esperanza del mundo! En todas las circunstancias de la vida estáis llamados a ser portadores de un mensaje de esperanza, llamados, como dice San Pedro, a estar dispuestos a responder a quien quiera que os pidiere, "dar razón de vuestra esperanza" (1 Pe 3, 15). Con esta esperanza, con comprensión y amor, equipados con todos los principios de la fe católica, estaréis en grado de afrontar serenamente los acontecimientos de la vida diaria. Y podéis estar seguros de que María, Madre de Jesús y luminoso "Sol de la gente irlandesa", os ayudará siempre con su intercesión.
Los problemas sociales y políticos tan complicados no son de fácil solución. Con todo, la perseverancia nacida de la esperanza y de la entrega fraterna a las necesidades de nuestros hermanos y hermanas, es condición indispensable para avanzar de verdad en estos campos. Vuestro llamamiento cristiano os impele a prestar vuestra aportación —grande o pequeña, pero siempre única e insustituible— en la construcción de una sociedad justa y pacifica. Y este mismo llamamiento cristiano os invita individualmente y en grupo a ayudar con la oración, el sacrificio y la disciplina cristiana personal, y una serie de medios abiertos a vuestra iniciativa y creatividad, a insertar el Evangelio de salvación en la vida de muchas personas. La parroquia os necesita y necesita vuestra aportación de vida cristiana. La comunidad necesita vuestra vitalidad, alegría y esfuerzo para trabajar juntos por el bien de todos.
Hasta el mismo Creador ha pedido vuestra colaboración para mantener la obra de su creación. Estad siempre convencidos de que vuestro trabajo diario tiene gran valor a los ojos de Dios. Esforzaos para que la calidad de aquél sea digna de Cristo y de sus miembros. Y recordad también que Cristo quiere recibir el don de vuestro trabajo y de vuestra vida, y ofrecerlos a su Padre. De hecho, lo está haciendo ahora precisamente en su Eucaristía.
Ya he aludido a la necesidad de dirigirse continuamente a Cristo y estar convirtiéndose a El incesantemente. La vida cristiana no está completa sin esta conversión constante, y la conversión no es plenamente auténtica sin el sacramento de la penitencia. Queridos jóvenes de Dublín: Cristo quiere ir a encontrarse con vosotros personalmente con regularidad y frecuencia en un encuentro personal de misericordia amorosa, perdón y curación. Quiere sosteneros en vuestra debilidad y manteneros en alto levantándoos y acercándoos a su corazón. Como he dicho en mi Encíclica Redemptor hominis, el encuentro en este sacramento es un derecho que pertenece a Cristo y a cada uno de vosotros (cf. núm. 20). Por eso el Papa habla muy en serio cuando os dice ahora: No privéis a Cristo de su derecho en este sacramento y no renunciéis nunca a este derecho vuestro.
6. Y finalmente, queridos jóvenes, de esta Eucaristía vais a salir a realizar vuestro destino. Esta realización depende de la gracia de Dios, como nos recuerda hoy con tanta fuerza la fiesta de San Agustín. Pero requiere también el asentimiento de vuestro libre albedrío. Debéis decir sí a Cristo una y otra vez, a fin de asegurar el éxito de vuestra tarea, única en el plan de Dios para salvar al mundo. Aquí debemos reflexionar de nuevo sobre la importancia de la fidelidad a vuestro llamamiento.
En otras ocasiones he hecho mención de la gran incidencia que tuvo en la historia de Irlanda y del mundo la fidelidad de un hombre, la fidelidad de San Patricio. La proporción puede ser diferente, pero el principio es el mismo. Cristo tiene una misión especial para cada uno de vosotros, una misión que sólo vosotros podéis desempeñar. Sin vuestra cooperación se quedaría incumplida. Cristo conduce a cada uno de vosotros personalmente hacía un destino para cuya consecución sois interdependientes. Miradle hoy a El, mirad a Cristo. Aceptad su ofrecimiento cuando os tiende la mano, os abraza con la fuerza de su brazo y os revela el amor de su Corazón Sagrado.
7. Y ahora permitidme añadir una sola palabra antes de terminar. Cuando estuve en Galway dije a todos los allí presentes que creo en la juventud con todo el corazón, que creo en la juventud de Irlanda, en cada uno de vosotros. Y hoy quisiera añadir algo a ese mensaje, y es esto: Por todo lo que Cristo os ha dado, por sus dones gratuitos de vida y gracia, El cree en vosotros. Cristo cree en la juventud, en la juventud de Irlanda, en cada uno de vosotros. Y os ama. Queridos jóvenes de Dublín: ¡Cristo os ama!
Cristo os ama y quiere amar por vuestro medio. Amén.
CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA EN EL INSTITUTO INTERNACIONAL MISIONERO DE CATEQUESIS «MATER ECCLESIAE»
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Castelgandolfo
Viernes 12 de septiembre de 1980
Me siento particularmente contento de celebrar esta mañana la Santa Misa con vosotros, queridísimos catequistas. Sé que estáis distribuidos en tres grupos. Entre vosotros se hallan los de Propaganda Pide procedentes de varios países del mundo; después, el grupo más cercano, el de la parroquia de Castelgandolfo; y en fin, el grupo de la archidiócesis de Florencia.
Saludo a todos con afecto profundo y también con emoción, porque no puedo dejar de acordarme del encuentro con los catequistas durante mi viaje pastoral a África, en Kumasi, Ghana. Un mismo vínculo de fe y amor os une a aquellos hermanos lejanos, y al igual que ellos y con ellos, sois muy queridos para mí.
Hijos amadísimos: Sabed que la Iglesia y de modo particular el Papa cuentan mucho con vosotros. Pues estáis injertados en la estructura que sostiene la evangelización, que es el factor primero y fundamental para dar a conocer a Jesucristo al mundo. Hemos oído exclamar a San Pablo en la primera lectura: "¡Ay de mí si no evangelizara!" (1 Cor 9, 16). El anuncio oral es el medio esencial de la misión cristiana; y es el mismo Apóstol quien nos recuerda un principio primario del cristianismo: "La fe es por la predicación" (Rom 10, 17). Pero, "¿cómo creerán sin haber oído de El? Y, ¿cómo oirán si nadie les predica?" (ib., 10, 14). Desde aquí se puede medir el alcance e importancia de vuestra tarea. Es tarea de la que la Iglesia no puede prescindir, porque se juega en ella no sólo la madurez, sino la misma identidad cristiana. En efecto, esta tarea, según escribí en la Exhortación Apostólica Catechesi tradendae, "persigue el doble objetivo de hacer madurar la fe inicial y de educar al verdadero discípulo por medio de un conocimiento más profundo y sistemático de la persona y del mensaje de Nuestro Señor Jesucristo" (núm. 19).
Pero estoy seguro de que son cosas muy conocidas ya para vosotros. Mi palabra pasa a ser, por tanto, aliento paterno en el desempeño celoso e inteligente de vuestra valiosísima actividad. Cultivad primero en vosotros y vivid esa fe cuyo contenido transmitís a los demás; y también tened siempre un sentido radical y responsable de pertenencia a la Iglesia.
Sea esta Santa Misa que estamos celebrando, ocasión propicia para pedir al Señor gracias copiosas y fecundas. Sea El quien os ilumine, dirija y sostenga. Y sea asimismo El quien os conceda la recompensa verdadera prometida a quien se hace ministro fiel de la palabra. Así sea.
VISITA PASTORAL A MONTECASSINO Y CASSINO
CONCELEBRACIÓN EUCARÍSTICA CON LOS ABADES EN EL MONASTERIO
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Sábado 20 de septiembre de 1980
Venerables hermanos y queridos hijos e hijas:
Esta basílica que —resurgida prodigiosamente de entre las ruinas bélicas y consagrada de nuevo por mi inolvidable predecesor Pablo VI— se ve hoy inundada con la asamblea preclara, más aún, realmente única quizá en la historia más que milenaria de Montecassino, de hijos e hijas de San Benito, reunidos en torno a su glorioso sepulcro que parece redivivo, y en torno al altar donde hoy se concelebra el Sacrificio eucarístico; en este espléndido escenario me viene espontáneamente a la mente y a los labios aquel grito jubiloso del Profeta Isaías: Oh venerado Padre, "alza los ojos y mira en torno tuyo; todos se reúnen y vienen a ti; llegan de lejos tus hijos, y tus hijas son traídas en brazos" (cf. Is 49, 18; 60, 4).
Han venido de todas las parles del orbe para celebrar tu jubileo, con la gloria de poderse afirmar fieles hijos e hijas tuyos, contentos al dirigirte sus oraciones implorando con gozo tus fecundas bendiciones, en comunión visible y anhelada con el Sucesor de Pedro. Y al Sucesor de Pedro mucho le complace también encontrarse entre ellos, para testimoniarte, Patriarca de millones de monjes, la estima y el amor que toda la Iglesia te profesa, al haber sido constituido por el designio y la gracia de Dios artífice de tesoros inmensos de civilización humana, de cultura y, sobre todo, de santidad.
Tu vida, aunque discurrió en los estrechos límites de una región, sin embargo, brilla maravillosamente por tus virtudes y prodigios. Pues la acción de tu mensaje vivificante, al penetrar en toda Europa y, desde ella,, en todo el mundo, ha llegado hasta nuestros días, gracias a ese pequeño y a la vez grandísimo libro tuyo que se ha convertido en "fermento de la justicia divina" para modelar cristianamente a las multitudes que Dios, lo mismo que antes a Abraham, te preparó como heredad incomparable.
Resulta muy grato y, al mismo tiempo, emocionante para mí y para todos los aquí presentes recordar que en este mismo monasterio, o mejor dicho, en una de sus más pequeñas estancias —que se libró del desastre de la guerra— fue compuesto ese libro, es decir, su regla, como recuerda abajo la inscripción lapidaria: "Hic scripsit Regulam et verbo et opere docuit".
Venerables abades, queridísimos hijos e hijas de tan gran padre y legislador: En esta asamblea que podemos llamar ciertamente extraordinaria, y en este culmen de las celebraciones centenarias con motivo de su nacimiento, es conveniente volver a ese augusto libro y partir de él para realizar la renovación moral y religiosa que nos urge instantemente y que debemos ofrecer solícitamente al mundo. En mi reciente Carta Apostólica Sanctorum Altrix, quise exponer, como en una amplia panorámica, cuanto de vital y fértil puede ofrecernos hoy la doctrina y la institución de San Benito, no sólo para la vida de perfección, sino también para la restauración y robustecimiento de los sentimientos y costumbres que derivan del Evangelio.
He sabido con gran satisfacción que vosotros —deseando celebrar dignamente este centenario— ya habéis comenzado muy acertadamente en Roma, primera sede de la religión cristiana, un Symposium peculiar, precisamente sobre la regla, con el fin de descubrir y delimitar, después de muchos estudios recientes y de acuerdo con experiencias ya realizadas o todavía en curso, lo que de válido y vivificante contiene también para este tiempo, las estructuras principales e inviolables que deben prevalecer sobre otras advenedizas que el paso de los siglos han vuelto caducas, cuáles han de conservarse firmemente como bienes necesarios en los monasterios, de manera que puedan decir los hermanos que todavía siguen con seriedad por los caminos de la familia benedictina.
Como sucede hoy en la teoría y en la práctica, con razón vosotros —especialmente los que sois Pastores de las comunidades— os dais cuenta perfectamente de que es preciso que brille con claridad la propia identidad y calidad de los hijos y discípulos de San Benito. "Hablo a los que saben": vosotros mismos que tantas veces habéis leído y meditado ampliamente vuestra regla, habéis conocido muy bien lo que el Patriarca quiere construir y, al mismo tiempo, enseñar por medio de esa regla de la que —como advierte— "nadie se aparte temerariamente" (3, 7).
Está bien claro que quiso construir "la escuela del servicio divino" (Pról., 45), Por lo tanto, vuestra identidad está en este servicio absoluto y universal al Bien Absoluto, que es Dios. Aunque el mundo todo ya está en Dios, sin embargo, el monasterio —como le gusta describirlo a San Benito— es "la casa de Dios" (Regla, 31, 19) de modo particular, pues el monje está allí para servir al Señor de esa casa con humildad, obediencia y oración, con el silencio y el trabajo, y ante todo con la caridad. Sabéis muy bien con cuánta fuerza y énfasis inculca vuestro padre legislador, para el seguimiento de Cristo, esta misma virtud como informadora de la vida monástica. El cuarto capítulo sobre los instrumentos de las buenas obras, nos da a conocer que la doctrina ascética y mística benedictina es en realidad sencillamente evangélica, o sea, que emana del Evangelio aceptado y vivido con todas sus consecuencias.
Así, pues, una vez admitida esta vuestra identidad y naturaleza, he aquí que se exige —como ocurre hoy también en todas partes— sincera, voluntad y amor hacia esa genuina índole vuestra. Esto pido a los benedictinos, esto desean todos en la Iglesia y en el mundo: que sean auténticos monjes según la mente del Patriarca, que "en realidad" ("revera") —palabra que él utiliza— sean buscadores de Dios y que amen a Dios, que se alegren de vivir alejados del mundo, pero, por comunión de amor, unidos a los hermanos en el mundo, que vivan, además, en un contexto familiar de obediencia y caridad, de donde nazcan la paz y la alegría: "que nadie se perturbe ni contriste en la casa de Dios" (Regla, 31, 19).
Ciertamente, una larguísima y jamás interrumpida tradición —esto es, la más larga de todas que puede compararse a la de la Iglesia— ha comprobado la nobleza, la hermosura y fecundidad de la espiritualidad benedictina. Gloriaos de ella, por lo tanto, con santo afecto, y teniendo en cuenta las necesarias y prudentes acomodaciones introducidas de acuerdo con los cambios de nuestro tiempo, seguid por el camino que marcó vuestro antiguo padre y legislador, y los padres de vuestra tradición; y no os dejéis arrastrar o captar por movimientos que tienden al secularismo, ni por irrazonables o innecesarias novedades, ni por inmoderadas opiniones de pluralismo, que a veces logran que os alejéis del camino de vuestro padre legislador. La claridad se ha manifestado como uno del los principales méritos de la regla, pues todos pueden fácilmente percibir y comprender lo que prescribe y manda el gran maestro; sólo hace falta que le sigan humilde y dócil y gozosamente.
Con la bendición de Dios, con el amable auxilio de María, Reina de los monjes, con la protección de vuestro padre fundador, continuad, de acuerdo con el mensaje de su doctrina, desarrollada por la sana tradición y practicada por vuestro ejemplo fiel; continuad —digo- también hoy y en el futuro, predicando la potencia de la fe, la dulce tarea de la oración cristiana, el ardiente amor a la liturgia, las ventajas de la autoridad y la obediencia, el cultivo de la lectura divina y de todos los estudios sagrados, la dulzura de vuestro canto gregoriano, el entusiasmo diligente en los trabajos intelectuales y manuales, la dignidad del comportamiento exterior en las actitudes, así como en el hábito religioso, la alegría de la vida común y, ante todo, la adquisición sincera de la caridad y la paz.
Pero en esta singular y consoladora reunión con todos los abades y superiores benedictinos, me place sobremanera —más aún, me parece necesario— recordar de nuevo lo que en la antes citada Carta Apostólica dije ya sobre la propia figura paterna de vuestro padre legislador, a propósito del gobierno abacial. Vosotros sois indudablemente superiores, administradores y maestros: pero, ante todo, padres. Y en esta "sociedad carente de padres" —como dije allí mismo (cf. VI)— debéis dar testimonio de que San Benito pensó erigir su monasterio como una comunidad familiar, en la que el padre debe ser quien cuide y enseñe y quien, sobre todo, ame y mire por sus monjes, respetando su dignidad, quien, finalmente, les haga además partícipes de sus consejos, los guíe con un amor que tenga también cierta ternura de corazón maternal.
Vosotros debéis tener como norma: "ser más amados que temidos" (Regla, 64, 14); y los dos capítulos de la regla que vienen a ser como vuestro Directorio, a saber, el capítulo 2 y el 64 —pero sobre todo el maravilloso capítulo 64, que brotó realmente de un corazón lleno de sabiduría y caridad— son como "la carta magna", es decir, la ley principal que debe regir y penetrar toda la razón de ser de vuestra vida. Pero en realidad toda la regla habla de vosotros, para inculcaros sabiduría y prudencia, inconmovible oposición a los vicios y promoción de la virtud, misericordia para con los débiles y, ante todo, esa discreción romana y cristiana, que como nota peculiar, distingue al ilustre código de vuestra regla, y ha sido la causa principal de su difusión por todas partes; más aún, ha prevalecido entre todas las gentes. El equilibrio armonioso del abad engendra y sustenta el amor mutuo de él y sus hijos, y el de los hermanos entre sí. En nuestro mundo, donde la falta de amor priva a los espíritus tanto de fuerzas como de alegrías, vean todos y reconozcan por vuestros sacrificios magnánimos que el monasterio es una sociedad de auténtico amor humano y sobrenatural.
Antes de terminar, quiero saludar expresamente a las familias benedictinas de mujeres, algunas de las cuales han enviado sus delegadas. Bajo la luz y el perfume de virtud de Santa Escolástica, que descansa en este mismo lugar junto a su hermano, vuestra purísima y virginal presencia —hijas todas de San Benito— alegra y edifica al Pueblo de Dios. En el silencio de vuestro retiro, o en la humildad de vuestros trabajos, representáis de modo singular —más aún, debéis seguir con toda convicción— la actitud espiritual de la Virgen Madre María, que se alegraba de ser la esclava del Señor, profundamente entregada a la sola voluntad del Padre celestial. "Floreced como el lirio, exhalad perfume suave y entonad cánticos de alabanza" (Eclo 39, 19). Y para gozo y utilidad de todos los hombres, vuestros hermanos en la tierra, cantad al Señor castísimas alabanzas y cantad a vuestro Esposo Cristo el júbilo mismo de vuestra unión íntima por el amor.
Padres y hermanos y hermanas todos: Alegrémonos, pues, con gran gozo, "al celebrar la fiesta en honor de San Benito", de cuya gloria se alegran los ángeles y los santos, cuya doctrina e institución nos ayuda a miles de hombres, dentro o. Fuera del recinto de los monasterios, de cuyo ejemplo y patrocinio tantas ventajas reciben la Iglesia y todo el mundo. También hoy resuena su voz: "Nada absolutamente antepongan a Cristo" (Regla, 72, 11). Este es su mensaje primero; y si su ardiente deseo es que todos los hermanos de las familias monásticas vivan en la paz, ciertamente el mismo anhelo y deseo se convertirá para toda la familia humana en verdad felicísima y en realidad estable, si en ella entra definitivamente Cristo.Esto es lo que con todo cariño os quería decir. Sea, finalmente deseo y prenda de los frutos espirituales que surjan de esta celebración benedictina, la bendición apostólica que muy gozosamente os imparto.
MISA DE INAUGURACIÓN DEL SÍNODO DE LOS OBISPOS 1980
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Capilla Sixtina
Viernes 26 de septiembre de 1980
1. Venerables hermanos en el Episcopado y queridos todos los que participáis en la sesión del Sínodo que va a comenzar:
Conviene que iniciemos nuestros trabajos entrando en el corazón mismo de la oración sacerdotal de Cristo. Sabemos en qué momento tan importante y tan especial pronunció Jesús esta plegaria. Escuchemos sus palabras, cuyo contenido resulta tan profundo, tan grande y tan luminoso: "Padre Santo, guarda en tu nombre a éstos que me has dado, para que sean uno como nosotros" (Jn 17, 11).
Cuando la Iglesia ora por su unidad, lo que hace es sencillamente conectar con esas palabras. Con esas mismas palabras oramos por la unión de los cristianos. Y, sirviéndonos de ellas mismas, pedimos al Padre, en nombre de Cristo, esa unidad que debemos realizar durante la asamblea del Sínodo de los Obispos, que hoy comienza y que emprende sus trabajos, tras una preparación larga y profunda, para tratar el tema relativo a la misión de la familia cristiana.
2. Este tema ha sido elegido entre las propuestas hechas por muchos obispos y Conferencias Episcopales, así como por los Sínodos de los padres orientales, a la Secretaría general del Sínodo de los Obispos, la cual las examinó atentamente. Durante las próximas semanas este tema constituirá la base de nuestras reflexiones, ya que estamos profundamente convencidos de que, a través de la familia cristiana, la Iglesia vive y cumple su misión que Cristo le ha confiado. Por eso se puede decir muy bien que el tema de la presente sesión del Sínodo es como una continuación de los tratados en las dos sesiones anteriores. Tanto la evangelización, tema del Sínodo de 1974, como la catequesis, que lo fue del Sínodo de 1977, no sólo se dirigen a la familia, sino que de ella reciben su auténtica vitalidad. La familia es en realidad el objeto primordial de la evangelización y de la catequesis de la Iglesia, y es al mismo tiempo el sujeto indispensable e insustituible de ellas: el sujeto creativo.
3. Precisamente para esto, para ser ese sujeto, y no sólo para perseverar en la Iglesia y recibir de ella su fuerza espiritual, sino también para constituir la Iglesia en su dimensión fundamental, como una "Iglesia en miniatura" (Ecclesia domestica), la familia debe ser consciente, de un modo especial, de la misión de la Iglesia y de su propia participación en esta misión.
A este Sínodo corresponde la tarea de mostrar a todas las familias su peculiar participación en la misión de la Iglesia. Esta participación comporta, al mismo tiempo, la realización de la finalidad propia de la familia cristiana en su plenitud, dentro de lo posible.
En esta asamblea sinodal queremos captar de nuevo el rico magisterio del Concilio Vaticano II en lo referente a la verdad sobre la familia, contenida en él, así como en lo referente a la aplicación del Concilio mismo por parte de las familias. Las familias cristianas deben encontrar su puesto en esta tarea tan importante. El Sínodo quiere ayudar, ante todo, a alcanzar este fin.
4. Como enseña San Pablo en la segunda lectura de la liturgia de hoy, "nosotros, siendo muchos, somos un solo cuerpo en Cristo, pero cada miembro está al servicio de los otros miembros" (Rom 12, 5). Así, pues, aunque la asamblea sinodal es, por su misma naturaleza, una forma peculiar de actividad del Colegio Episcopal, dentro de esta misma asamblea sentimos una necesidad especial de la presencia y del testimonio de nuestros queridos hermanos y hermanas que representan a las familias cristianas de todo el mundo. "Todos tenemos dones diferentes, según la gracia que nos. fue dada" (Rom 12, 6). Y precisamente durante esta asamblea, cuyo tema es la familia cristiana y su misión, tenemos tanta necesidad de la presencia y del testimonio de aquellos cuyos "dones", según "la gracia" del sacramentó del matrimonio que les ha sido "concedida", son dones de vida y de vocación al matrimonio y a la vida familiar.
Queridos hermanos y hermanas: Os quedaremos muy agradecidos si durante los trabajos del Sínodo, a los que nos dedicaremos según nuestra responsabilidad episcopal y pastoral, compartís con nosotros estos "dones" de vuestro estado y de vuestra vocación, aunque sólo sea con el testimonio de vuestra presencia y también de vuestra experiencia, radicada en la santidad de este gran sacramento, que es el vuestro: el sacramento del matrimonio.
5. Cristo Señor, antes de morir, en los umbrales del misterio pascual, ora así: "Padre Santo, guarda en tu nombre a éstos que me has dado, para que sean uno como nosotros". Entonces pide de algún modo, quizás de un modo especial, también la unidad de los esposos y de las familias. Ora por la unión de los discípulos, por la unidad de la Iglesia; y San Pablo compara el misterio de la Iglesia con el matrimonio (cf. Ef 5, 21-33). La Iglesia, por tanto, no sólo coloca el matrimonio y la familia en un lugar especial dentro de sus afanes, sino que, en cierto modo, considera también el matrimonio como preclara imagen suya. Colmada del amor de Cristo-Esposo, que nos amó "hasta el extremo", la Iglesia mira hacia los esposos, que se juran amor hasta la muerte, y considera como tarea suya peculiar salvaguardar este amor, esta fidelidad y esta honestidad y todos los bienes que nacen de ahí para la persona humana y para la sociedad. Es precisamente la familia la que da la vida a la sociedad. Es en ella donde, a través de la obra de la educación, se forma la estructura misma de la humanidad, de cada hombre sobre la tierra.
He aquí lo que dice, en el Evangelio de hoy, el Hijo al Padre: "Yo les he comunicado las palabras que tú me diste, y ellos ahora las recibieron... y creyeron que tú me has enviado...; todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío" (Jn 17, 8-10).
¿No resuena, en el corazón de las generaciones, el eco de este diálogo? ¿No constituyen estas palabras algo así como la historia viva de cada una de las familias y, a través de la familia, de cada hombre?¿No nos sentimos, mediante estas palabras, especialmente vinculados a la misión del mismo Cristo: de Cristo Sacerdote, Profeta y Rey? ¿No nace la familia del corazón mismo de esta misión?
6. "Os ruego, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcáis vuestros cuerpos como hostia viva, santa, grata a Dios; éste es vuestro culto racional" (Rom 12, 1). Este sacrificio y este culto testimonian vuestra participación en el sacerdocio real de Cristo. Y .esto sólo se realiza obedeciendo a aquella exhortación hecha por Dios, Creador y Padre; ya que en la primera lectura, tomada del libro del Deuteronomio, se dice: "La palabra la tienes enteramente cerca de ti, la tienes en tu boca, en tu mente, para poder cumplirla" (Dt 30, 14).
Y Cristo ora así por sus discípulos: "No pido que los tomes del mundo, sino que los guardes del mal... Santifícalos en la verdad... Yo por ellos me santifico para que ellos sean santificados en la verdad" (Jn 17, 15-19).
He aquí, tal como aparece en la liturgia de hoy, la misión que debemos presentar a las familias cristianas en la Iglesia y en el mundo contemporáneo:
— la conciencia de la propia misión, que brota de la misión salvífica del mismo Cristo y se realiza como servicio peculiar;
— esta conciencia se alimenta con la Palabra del Dios vivo y con la fuerza del sacrificio de Cristo. De este modo se hace realidad el testimonio capaz de formar la vida de los demás, capaz de "santificar en la verdad";
— esta conciencia hace que se difunda el bien, lo único capaz de "guardar del mal". La misión de la familia es así semejante a la función de Aquel que en el Evangelio de hoy dice de Sí mismo: "Mientras yo estaba con ellos, yo conservaba en tu nombre a éstos que me has dado, y los guardé, y ninguno de ellos pereció..." (Jn 17, 12).
Sí. La misión de cada familia cristiana es la de salvaguardar y conservar los valores fundamentales. Es salvaguardar y conservar al hombre.
7. Que el Espíritu Santo guíe y sostenga todos nuestros trabajos durante la asamblea que hoy comienza.
Conviene iniciarla en el corazón mismo de la gran oración "sacerdotal" de Cristo. Conviene iniciarla con la Eucaristía.
Todo nuestro trabajo durante los próximos días no será más que un servicio hecho a los hombres: a nuestros hermanos y hermanas, a los esposos, a los padres, a los jóvenes, a los niños, a las generaciones, a las familias, a todos aquellos a quienes Cristo ha revelado el Padre, a todos aquellos "del mundo" que el Padre ha dado a Cristo. "Yo ruego por ellos..., por los que tú me diste; porque son tuyos" (Jn 17, 9).
ANTA MISA EN LA NUEVA CAPILLA HÚNGARA DE LA CRIPTA DE LA BASÍLICA DE SAN PEDRO
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Grutas Vaticanas
Miércoles 8 de octubre de 1980
¡Alabado sea Jesucristo!
Señor cardenal,
venerados hermanos en el Episcopado,
ilustres representantes de la nación húngara,
queridos fieles:
Reunidos en torno al altar del Señor para celebrar el Sacrificio eucarístico, no es fácil expresar la emoción de este momento, intensamente evocativo y denso de recuerdos, que sella, en cierto modo, la conclusión solemne de manifestaciones pluricentenarias ligadas a los albores de la Iglesia en Hungría y a los orígenes de la nación húngara.
1. Tras la conmemoración del milenio de la Iglesia en Hungría y del nacimiento y bautismo del Rey San Esteban, a quien mi predecesor Pablo VI exaltó en la Carta Apostólica Sancti Stephani ortum, del 6 de agosto de 1970, ha sido solemnemente recordada, precisamente en estos días, la fecha diez veces centenaria del nacimiento de San Gerardo, obispo y mártir.
Al concluir este decenio, marcado por efemérides tan significativas, la inauguración de esta capilla adquiere el patente significado de un sello y un testimonio perenne que, transfigurados por la sugestiva potencia del arte, Indican a las generaciones presentes y futuras el permanente recuerdo de momentos históricos, siempre vivos en la conciencia nacional y enlazados con la idealidad profunda de un pueblo, cuya conversión a Cristo coincidió con el comienzo de la propia civilización.
2. Deseando profundizar con vosotros en el valor de esta monumental iniciativa, el primer motivo que se presenta a nuestra atención es el de un homenaje de devoción a Nuestra Señora de Hungría, la cual ha sido constantemente implorada por el pueblo, en las horas más cruciales de la vida nacional.
Desde que San Esteban confió la sacra corona, símbolo venerado de la unidad nacional, y el pueblo entero a los cuidados de la Virgen Santísima, hasta las horas dolorosas y turbulentas del último conflicto mundial, no se ha interrumpido jamás la corriente de confiada oración de los hijos de Hungría hacia Quien, "con su amor materno" se cuida de los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan y se hallan en peligros y ansiedad" (Lumen gentium, 62).
3. Otro significado evidente de esta mística capilla es, ciertamente, el de un testimonio de fidelidad al Sucesor de San Pedro. Su donación, por parte de Pablo VI recuerda el gesto, generoso y pastoral a la vez, del Sumo Pontífice Silvestre II, el cual, en su solicitud por la naciente Iglesia húngara, escuchó el deseo de San Esteban de tener junto a la tumba de San Pedro un Oratorio nacional y una hospedería para los peregrinos de su tierra. La unión de fe y de disciplina con el Romano Pontífice está simbolizada por este lugar sacro, el cual permanecerá como signo de la inserción vital de las Iglesias locales de Hungría en la comunidad universal de la Iglesia de Cristo.
4. Al detener después la mirada en las esculturas que, desde las paredes laterales, sirven de corona a la gran estatua de la Virgen y que representan episodios de la vida de santos y beatos húngaros, nos sentimos estimulados a reflexionar sobre la obra realizada por ellos, en conformidad con el mandato evangélico de servir a los propios hermanos, para elevar la condición humana y social de un pueblo que daba todavía sus primeros pasos hacia las metas de la civilización.
Frente a tantos ejemplos de santidad como han iluminado los primeros siglos de la vida del pueblo húngaro, surge espontánea la consideración de que tal adhesión heroica a Cristo crea hombres profundamente conformes a El (cf. Rom 8, 29), disponibles a la donación total de sí mismos para la afirmación de la justicia, de la libertad y de la paz. En efecto, como afirma el Concilio Vaticano II, "la santidad suscita un nivel de vida más humano, incluso en la sociedad terrena" (Lumen gentium, 40) 7 la fe estimula y alimenta el auténtico progreso civil.
5. Permítaseme una última consideración. De la obra de los santos que hemos conmemorado nació una civilización europea basada sobre el Evangelio de Cristo y brotó el fermento de un auténtico humanismo, empapado de valores perennes, arraigándose además una obra de promoción civil en el signo y en el respeto del primado de lo espiritual.
La perspectiva abierta entonces por la firmeza de tales testimonios de la fe sigue siendo actual ahora, y constituye el camino maestro para continuar edificando una Europa pacífica, solidaria, verdaderamente humana, así como para superar oposiciones y contrastes, que corren el riesgo de perturbar la serenidad de los individuos y de las naciones.
Me agrada pensar que esta preciosa y ya tan amada capilla pueda convertirse en un cenáculo de oración e inspiración para cristianos y hombres de buena voluntad, deseosos de ser eficaces operadores de paz en una Europa unida.
6. Con estos sentimientos, manifestando al cardenal primado mi agradecimiento cordial por las nobles y afectuosas palabras que ha querido dirigirme, deseo expresar a cada uno de los aquí presentes mi saludo de buen auspicio, que quiere llegar, a través del silencioso pero seguro camino del corazón, a cada uno de los hijos de Hungría.
A ellos les deseo que sepan conservar fielmente y aumentar cada vez más las riquezas espirituales del pasado; es decir, el valioso patrimonio religioso y el generoso amor a la patria.
Acompaño mis votos con una ferviente oración a la "Magna Domina hungarorum", en la confiada certeza de que su materna protección no defrauda jamás las ardientes esperanzas de los propios hijos. Por su intercesión y por la de todos vuestros santos, imploro sobre vosotros, sobre vuestras familias y sobre toda Hungría la abundancia de las bendiciones divinas.
MISA PARA LOS ALUMNOS DEL SEMINARIO MAYOR DE ROMA
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Capilla Paulina del Vaticano
Martes 14 de octubre de 1980
¡Queridísimos seminaristas del seminario romano mayor!
Os expreso mi paterna alegría por la ocasión que aquí os reúne: termináis vuestros ejercicios espirituales en torno al altar del Señor con una celebración litúrgica con el Papa, vuestro Obispo. Os doy las gracias por la alegría que me proporcionáis; y pienso que estaréis bien dispuestos a dejar entrar en vuestra alma, sin ninguna condición, todas esas iluminaciones y exhortaciones que en estos días os han venido del Espíritu Santo mediante la palabra del predicador; por tanto, deseo que sepáis traducir en la práctica los oportunos propósitos para un ulterior avance en el camino de la perfección espiritual, a la que el Señor os llama no sólo como cristianos, sino también y sobre todo como candidatos al sacerdocio.
Si para mí es siempre motivo de alegría y consuelo encontrarme con todos los jóvenes (¡y en todos mis viajes no dejo de hacerlo!), lo es aún más encontrarme con vosotros, jóvenes seminaristas de mi diócesis de Roma, a los que amo realmente como a las pupilas de mis ojos, porque veo en vosotros a los futuros colaboradores del Sucesor de Pedro en la sede romana.
Y esta alegría que veo brillar también en vuestros ojos y que comparto con vosotros en este momento litúrgico, parece encontrar un eco significativo en la Palabra de Dios que acaba de ser proclamada. En efecto, en la primera lectura, San Pablo nos exhorta a que vivamos "alegres con la esperanza" (Rom 12, 12), y a alegrarnos "con los que se alegran" (Rom 12, 15). El Salmo responsorial nos indica la raíz de estos sentimientos: "En tu voluntad está mi alegría" (Sal 118, 16). Y por último, el Evangelio, con la narración de la parábola de los talentos, mientras nos alienta al empleo generoso de todas nuestras energías, nos señala al mismo tiempo la meta final, que es la consecución y la consumación de la alegría perfecta: "Siervo bueno y fiel..., entra en el gozo de tu señor" (cf. Mt 25, 21-23).
Todo esto indica un estilo de vida, dice sobre todo con qué espíritu el candidato al sacerdocio debe emprender su exigente itinerario espiritual. Este espíritu tiene que manifestarse en los diversos quehaceres de la vida cotidiana, en una gozosa donación de sí mismo, hecha de optimismo, de entusiasmo y de empuje para comprender mejor hoy la Buena Nueva que estáis llamados a vivir en la intimidad de vuestra alma y de vuestro seminario, y para comunicar mejor mañana al pueblo cristiano "el gozo de su salvación" (Sal 50, 14).
Sólo esta riqueza interior os dará la fuerza para responder fielmente a una llamada tan exigente como es la sacerdotal, que no os promete nada de lo que el mundo considera atrayente, sino al contrario, os pide generosidad, renuncia a uno mismo, sacrificio y, a veces, incluso heroísmo. En esta visión, el mismo celibato, que a los ojos del mundo profano puede parecer negativo, se convierte en consoladora expresión de amor único, incomparable e inextinguible hacia Cristo y las almas, a quienes asegura total disponibilidad en el ministerio pastoral.
Si estáis animados por ese espíritu sabréis alejaros de ciertas formas de comportamiento vacío y estéril, que tiende más a disgregar y destruir que a edificar y realizar; encontraréis la capacidad de saberos someter tanto a la necesaria disciplina y a la obediencia debida a vuestros superiores, como a la mortificación voluntariamente escogida por vosotros; en una palabra, sabréis ser decididos y prudentes en la conducta moral, dando a vuestro sello espiritual tal energía de fidelidad que no os deje retroceder frente a las dificultades que inevitablemente se presentarán en vuestro camino.
Hijos carísimos: El tiempo de vuestra preparación al sacerdocio os permitirá realizar todo esto si tenéis esta gozosa y, por tanto, desinteresada visión de los deberes que os esperan: sabed aprovecharla sobre todo en la oración y en la meditación de la Sagrada Escritura, para tener siempre esa reserva espiritual que es necesaria para desarrollar mañana la misión que la Iglesia tiene intención de confiaros. "Aprovechad estos años en el seminario —como ya dije a los seminaristas de Guadalajara— para llenaros de los sentimientos del mismo Cristo... Veréis cómo, a medida que va madurando vuestra vocación en esta escuela, vuestra vida irá asumiendo gozosamente una marca específica, una indicación bien precisa: la orientación a los demás... De este modo, lo que humanamente podría parecer un fracaso, se convierte en un radiante proyecto de vida, ya examinado y aprobado por Jesús: no existir para ser servido, sino para servir (cf. Mt 20, 28)" (L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 11 de febrero de 1979, pág. 6).
Y ahora, mientras presentamos al Padre la ofrenda que se convertirá en el Cuerpo y la Sangre de su Hijo Divino, roguémosle juntos para que nos conceda todas estas gracias, por la intercesión de la Virgen Santísima, Madre de la Confianza y celestial Patrona de vuestro seminario. Amén.
SANTA MISA PARA LOS PONTIFICIOS ATENEOS ROMANOS
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Altar de la Confesión, Basílica de San Pedro
Martes 21 de octubre de 1980
¡Señores cardenales,
distinguidos profesores,
carísimos alumnos!
1. Este encuentro me llena de alegría. Vosotros ocupáis un lugar especial en mi corazón y en el corazón de la Iglesia. Al miraros, afloran en mis labios las palabras del Apóstol: "A todos los amados de Dios, llamados santos, que estáis en Roma, la gracia y la paz con vosotros de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo" (Rom 1, 7).
Mi saludo se dirige ante todo al señor cardenal Baum, a quien va mi reconocimiento por las amables palabras con las que ha querido presentar a esta asamblea, interpretando de manera penetrante vuestros sentimientos de sincera adhesión a la Cátedra de Pedro. Saludo cordialmente a los profesores, que honran con su presencia este encuentro de reflexión y oración. Y saludo a todos vosotros, queridísimos alumnos, que habéis querido congregaros conmigo en torno al altar de Cristo, al comienzo del curso académico.
Yo mismo he deseado vivamente este momento, al que atribuyo una importancia particular. En efecto, considero muy significativo, al comienzo de un nuevo curso de estudio, el encuentro de las comunidades distribuidas en las diversas universidades eclesiásticas de Roma con su Obispo para una solemne celebración eucarística, en la que se parte ese pan divino que puede hacer de muchos un solo cuerpo (cf. 1 Cor 10, 17). La Palabra de Dios, que hace poco hemos oído proclamar, nos ayuda a penetrar en profundidad en el significado de este acontecimiento, consintiéndonos medir su trascendente importancia.
2. "Vosotros sois la sal de la tierra. Vosotros sois la luz del mundo" (Mt 5, 13-14), ha repetido Jesús en el Evangelio. ¿Qué quiere decir sal? ¿Qué quiere decir luz? Está claro que, con la ayuda de estas metáforas, Jesús ha querido definir quiénes son sus discípulos e indicar qué dotes deben poseer. El binomio "sal-luz" constituye la síntesis expresiva de la misión encomendada por El a la Iglesia y a cada uno de sus miembros.
Si esta consigna interesa a cada discípulo de Cristo, se refiere de manera particular a quien tiene la tarea de ser animador de la comunidad cristiana, porque está llamado a servir de guía a sus hermanos en el descubrimiento progresivo de los tesoros de la verdad, ofrecidos al hombre por la Revelación. ¿Cómo no situar entre estos animadores a cuantos pertenecen a los centros eclesiásticos universitarios, de los que la Iglesia espera, según las palabras del Concilio Vaticano II, que profundicen en "los distintos campos de las disciplinas sagradas, de forma que se logre una inteligencia cada día más profunda de la sagrada Revelación, se abra acceso más amplio al patrimonio de la sabiduría cristiana, legado por nuestros mayores, se promueva el diálogo con los hermanos separados y con los no cristianos, y se responda a los problemas suscitados por el progreso de las ciencias" (Gravissimum educationis, 11)?
Reflexionemos, pues, sobre lo que dejan entrever las sugestivas imágenes a las que recurre Jesús. Preguntémonos qué es lo que ellas implican para vuestra específica situación. ¿No está simbolizada en ellas de alguna manera la íntima naturaleza de la comunidad académica, en la cual los profesores deben "resplandecer" ante los discípulos por la competencia de su doctrina y "condimentar" al mismo tiempo su formación con la "sal" del saber y de la sabiduría? Pensándolo bien, aquí está indicado el principio en base al cual se debe construir esa particular unidad espiritual que toma su origen en el amor hacia la "luz" —es decir la verdad—, y deriva además de la potencia, la solidez, la perfección del testimonio vivido que, como "sal", hace creíble la enseñanza impartida. La vida de toda la comunidad universitaria encuentra aquí el criterio decisivo de su autenticidad.
La parábola evangélica, además, desvela, en perspectiva, el futuro hacia el que debe tender toda comunidad encuadrada en la estructura, universitaria: en ella se preparan quienes serán, mañana, la "luz" y la "sal" entre sus hermanos; "no se enciende una lámpara y se la pone bajó' el' celemín" (Mt 5, 15). La dimensión pastoral debe estar' constantemente ante los ojos de cuantos pertenecen a la universidad y debe orientar eficazmente su tarea. Cuando Cristo dice "así ha de lucir vuestra luz ante los hombres" (Mt 5, 16); señala una particular responsabilidad tanto de los discípulos como de los enseñantes: la responsabilidad de obrar por la gloria del Padre.
3. Nuestra reflexión esta tarde está estimulada y orientada también por las sugerencias contenidas en el espléndido fragmento de la primera Carla a los Corintios que se nos ha propuesto. En él el Apóstol habla del "espíritu del hombre" que "conoce los secretos del hombre" y del "Espíritu de Dios", que es el único al que se desvelan "los secretos de Dios" (cf. 1 Cor 2, 11).
Son expresiones de las que destaca, ante todo, la estima del Apóstol Pablo hacia la capacidad que tiene el espíritu humano de penetrar en su propio mundo interior y, a través de éste, también en el mundo que lo rodea. Es una estima que lleva consigo una consigna precisa: la de utilizar sabiamente los recursos de la propia inteligencia en el esfuerzo requerido para la conquista de la "ciencia" de que habla San Pablo. La consigna vale de manera particular para vosotros que, como miembros de centros universitarios, tenéis deberes peculiares con respecto a esto, y por estos deberes disponéis también de posibilidades e instrumentos que no están al alcance de otros.
Precisamente esa "ciencia" es fruto de la "enseñanza del Espíritu", y decide sobre todo la autenticidad y riqueza de vuestra vida espiritual: en ella se encierra como la síntesis de la "teología" y de la "vida por el Espíritu", concentrada en el misterio pascual que se irradia también sobre vuestros estudios.
Por tanto, es necesario que afrontéis el trabajo —de enseñantes o de discípulos— con seriedad y con sentido de responsabilidad. Lo cual significa muchas cosas: por ejemplo, el buen empleo del tiempo, utilizando, especialmente, las muchas posibilidades que ofrece una ciudad como Roma para la búsqueda personal, el diálogo cultural, el intercambio de ideas, de informaciones, de experiencias a nivel eclesial, internacional e intercontinental.
Significa también el empeño de un estudio profundo, metódico, orgánico, tanto en los cursos fundamentales, como en los especializados y monográficos, según el programa y las normas de la Constitución Apostólica Sapientia christiana, emanada el 15 de abril de 1979, y de las Normas Aplicativas que la acompañan; documentos muy importantes, a cuya solícita aplicación estoy cierto que cada uno querrá aportar su propia contribución generosa.
Seriedad y sentido de responsabilidad significan también la adquisición de una real competencia en las varias materias, para poder responder a las exigencias tanto del trabajo científico y pastoral, ecuménico, escolar, misional, como a las del servicio que estáis llamados a dar a las Iglesias locales y a la Iglesia universal, como se requiere en la citada Constitución (cf. Proemio, III).
En esta circunstancia, quiero llamar la atención de todos vosotros, queridos moderadores, profesores y alumnos, sobre la necesidad de cultivar las disciplinas filosóficas y teológicas, tanto en sí mismas como en su conexión con las ciencias antropológicas y cosmológicas o en relación con las experiencias vivas de la pastoral, la cultura, las costumbres, la vida social y política de nuestro tiempo. Este es el camino para alcanzar y anunciar la verdad evangélica con fuerza persuasiva en la confrontación entre razón y fe, con método adecuado y en diálogo constructivo con los hombres del propio tiempo. Este es el secreto para convertirse, a nivel cultural y científico, pero también pastoral y catequético, en "sal de la tierra y luz del mundo".
4. El Apóstol Pablo no habla sólo del "espíritu del hombre", sino también del "Espíritu de Dios", a propósito del cual afirma: "Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu de Dios, para que conozcamos los dones que Dios nos ha concedido" (cf. 1 Cor 2, 12). Para el Apóstol el conocimiento de la Verdad no es sólo fruto del esfuerzo humano: también —y para la verdad teológica, sobre todo— es don de lo alto, que hay que acoger con humilde disponibilidad y, diré, en profunda, agradecida adoración.
Este don no puede ser apreciado y acogido por el "hombre natural" (1 Cor 2, 14), que considera "locura" todo lo que, en la interpretación de sí mismo y del mundo, transciende la medida de su inteligencia. A la "enseñanza del Espíritu" está abierto, por el contrario, el "hombre espiritual", quien puede afirmar con el Apóstol: "Nosotros tenemos el pensamiento de Cristo" (1 Cor 2, 16), un "pensamiento" que tiene en su centro, como precisa San Pablo en el mismo contexto, el misterio "absurdo" de la cruz (cf. 1 Cor 1, 17 ss.; 2, 2).
Por tanto, en la búsqueda teológica adquiere importancia fundamental la oración, entendida como práctica de cada día y como espíritu de fe y de contemplación, que debe convertirse en un estado habitual de la vida del estudioso cristiano. Este es el punto: la verdad del Señor se estudia con la cabeza inclinada; se enseña y se predica en la expansión del alma que la cree, la ama y vive de ella.
Por eso hay que elevar a menudo la oración que traduce la decisión del autor del Libro de la Sabiduría: "Imploré y vino a mí el Espíritu de la sabiduría. Lo preferí a cetros y tronos. En comparación con ella estimé en nada la riqueza..,.; la amé más que a la salud y a la belleza; preferí su posesión a la misma luz, porque el esplendor que emana de ella no tiene ocaso" (Sab 7, 7-8. 10).
Todos los que cultivan las ciencias sagradas y las que están relacionadas con ellas deben emplearse en esta docilidad y fidelidad al Espíritu de Dios, como los grandes Padres y Maestros de la Iglesia, entre los que me gusta recordar, hoy, a San Alberto Magno, porque el próximo 15 de noviembre se celebrará el séptimo centenario de su muerte.
Ese día iré a Colonia para honrar a este eminente filósofo y teólogo medieval que, en su trabajo científico, supo armonizar la cultura humana y la sabiduría cristiana, precisamente porque vivía en la oración y en la meditación de las verdades eternas para alimentar en su corazón la llama del amor divino. El no dudaba en afirmar: "Oratione et devotione plus acquiritur quam studio" (S. Th., pról.), Santo Tomás, su discípulo, fue también su imitador en este culto de la vida interior y en la práctica de la oración.
5. He aquí las tareas que tenéis delante, queridísimos profesores y alumnos, en la perspectiva de este nuevo curso académico, que inauguramos esta tarde en el contexto majestuoso de esta basílica, en la que se custodian los restos mortales del Apóstol Pedro. ¿No es, quizá, necesario que cada uno se ponga a la escucha de lo que le sugiere la eterna Palabra de Dios? ¿No es razonable, pues, reflexionar sobre ello con ánimo generoso y disponible, y con el deseo de corresponder de la mejor manera posible a las expectativas de los superiores, de los hermanos, de la Iglesia entera?
Como Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia universal, estoy aquí rezando con vosotros, para invocar la venida del Espíritu Santo a vuestras mentes y a vuestros corazones, para pedir que El os inunde con el resplandor de su luz y os asista con el consuelo de sus siete dones en vuestro estudio y en vuestro apostolado.
Queridísimos jóvenes: Conozco vuestra generosidad y sé que puedo confiar en vuestra capacidad de empeño y en vuestro espíritu de sacrificio. Por tanto, al expresaros mis cordiales deseos de un curso escolar sereno y fructífero, os recomiendo: estudiad y portaos de manera que se cumplan las aspiraciones del pueblo cristiano, que también en el Sínodo de los Obispos se han indicado varias veces, especialmente en las palabras conmovedoras de la madre Teresa de Calcuta, quien pedía a los padres sinodales que dieran a las comunidades cristianas santos sacerdotes, apóstoles de la verdad y del amor.
Y a vosotros, profesores y responsables de la vida universitaria, deseo confirmaros, también en esta circunstancia, el alto aprecio que siento hacia la tarea desarrollada por vosotros en la Iglesia: ¡Misión sublime la vuestra! Pero también misión particularmente delicada y difícil, no sólo por los arduos caminos de la investigación científica por los que debéis adentraros, sino también por la responsabilidad formativa con respecto a tantos jóvenes que se confían a vuestra guía. Que os sostenga la confianza del Papa, que con vosotros y por vosotros ruega ante el altar de Dios.
La celebración eucarística, que nos ha reunido esta tarde en la contemplación de las profundidades de la Palabra de Dios, consolide la íntima unión de mente y corazones que debe existir entre los Ateneos eclesiásticos de Roma durante todo el curso académico. Si bien dedicados en distintas sedes a profundizar en campos diferentes de la investigación, y tal vez según métodos diferentes, permaneced en la unidad que brota de la verdad, que hoy habéis escuchado.
Que el Espíritu divino baje sobre todos vosotros y, en virtud del signo de Cristo, os haga sabios cultivadores de la verdad y buenos administradores de los dones de Dios.
"Vosotros sois la luz del mundo... Vosotros sois la sal de la tierra... Así ha de lucir vuestra luz sobre los hombres". Amén.
CLAUSURA DE LA V ASAMBLEA GENERAL DEL SÍNODO DE LOS OBISPOS
ALOCUCIÓN DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Capilla Sixtina
Sábado 25 de octubre de 1980
Venerables hermanos:
1. Acabamos de escuchar al Apóstol San Pablo, que da gracias a Dios por la Iglesia de Corinto, "porque en Cristo Jesús habéis sido enriquecidos en todo: en toda palabra y en todo conocimiento" (cf. 1 Cor 1, 4-5). También nosotros en este momento nos sentimos impulsados, antes de nada, a dar gracias a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo en el momento de clausurar este Sínodo de los Obispos; tanto los miembros como los colaboradores de esta Asamblea nos hemos reunido, para celebrarlo, en el misterio de esa suprema unidad propia de la Santísima Trinidad. A Ella, pues, elevamos nuestros corazones agradecidos por haber llevado a cabo este Sínodo, que es un signo sobresaliente de la vitalidad de la Iglesia y que tiene gran importancia para la vida eclesial. El Sumo Pontífice Pablo VI, siguiendo los deseos del Concilio, instituyó el Sínodo de los Obispos —por usar las palabras del mismo Concilio— "como representación de todo el Episcopado católico y para significar a la vez que todos los obispos en comunión jerárquica participan de la solicitud de la Iglesia universal" (Christus Dominus, 5).
Damos también las gracias por estas cuatro semanas que hemos dedicado al trabajo. Porque ya durante este tiempo, antes incluso de la formulación de los últimos documentos, es decir, el Mensaje y las Proposiciones, ese trabajo ha fructificado en nosotros mismos, en cuanto que la verdad y el amor han ido sin duda madurando y progresando cada vez más en nuestras 'almas a medida que iban pasando los días y las semanas.
Hay que poner de relieve este progreso y describir en pocas palabras sus características más sobresalientes. En ellas aparece con cuánta rectitud y sinceridad se han manifestado en el Sínodo la libertad y el afán de responsabilidad en torno al tema tratado.
Queremos hoy, ante todo, dar gracias a Aquel "que ve lo oculto" (Mt 6, 4) y que actúa como "Dios escondido", por haber dirigido nuestros pensamientos, nuestros corazones y nuestras conciencias, y por habernos concedido actuar con paz fraterna y gozo espiritual, de tal modo que apenas hemos sentido el peso del trabajo y del cansancio. Y, sin embargo, ¡qué grande ha sido realmente la fatiga! Pero vosotros no habéis escatimado ningún esfuerzo.
2. Debemos también darnos las gracias unos a otros. Ante todo hay que decir que ese progreso que madurando poco a poco nos ha llevado a "realizar la verdad en la caridad", todos nosotros debemos atribuirlo a las oraciones intensas que toda la Iglesia, unida a nosotros, ha elevado durante este tiempo. Se ha rezado por el Sínodo y por las familias: por el Sínodo en cuanto que se refería a las familias, y por las familias en lo relativo a la misión que deben cumplir en la Iglesia y en el mundo actual. El Sínodo se ha beneficiado de estas oraciones quizás de un modo especial.
Se han dirigido a Dios preces asiduas e insistentes, sobre todo el 12 de octubre, día en que los matrimonios, que representaban a las familias de todo el mundo, se dieron cita en la basílica de San Pedro para celebrar los sagrados ritos y orar con nosotros.
Debemos darnos las gracias unos a otros, pero debemos darlas también a tantos bienhechores desconocidos, que en todo el mundo nos han ayudado con sus oraciones y han ofrecido también sus dolores por este Sínodo.
3. Ahora queremos manifestar nuestro agradecimiento personalmente a todos los que han colaborado en la celebración de esta Asamblea: los Presidentes, el Secretario General, el Relator general, todos los padres sinodales, el Secretario especial y sus ayudantes, los auditores, las auditoras, los encargados de los medios de comunicación social, los dicasterios de la Curia Romana, y especialmente el Comité para la Familia, y las demás personas, es decir, los que ayudaban en la sala y también los técnicos, los tipógrafos y otros.
Todos estamos agradecidos por haber podido concluir este Sínodo, que ha sido una manifestación singular de la solicitud colegial de los obispos de todo el mundo por la Iglesia. Estamos agradecidos porque hemos podido proyectar nuestra atención sobre la familia tal como es realmente en la Iglesia y en el mundo contemporáneo, teniendo en cuenta las múltiples y diversas situaciones en las que se encuentra, las tradiciones que dimanan de las diferentes culturas y que influyen sobre ella, los condicionamientos propios del desarrollo a los que se ve sometida y por los que se ve afectada, y otras cosas semejantes. Estamos agradecidos porque, con fidelidad a la fe, hemos podido escrutar de nuevo el designio eterno de Dios sobre la familia, manifestado en el misterio de la creación y confirmado con la sangre del Redentor, Esposo de la Iglesia; y finalmente porque hemos podido precisar, según el plan sempiterno sobre la vida y el amor, la misión de la familia en la Iglesia y en el mundo contemporáneo.
4. El fruto inmediato que este Sínodo de 1980 ha producido ya está contenido en las Proposiciones aprobadas por la Asamblea, la primera de las cuales trata: "Sobre cómo conocer la voluntad divina en la peregrinación del Pueblo de Dios. El sentido de fe".
Acogemos ahora, como fruto valiosísimo de los trabajos del Sínodo, este rico tesoro de Proposiciones, que son en total 43.
Al mismo tiempo manifestamos nuestra alegría porque la Asamblea misma ha hablado a toda la Iglesia dirigiéndole un Mensaje. La Secretaría general se preocupará de enviar este Mensaje a todos los interesados, con la ayuda de los organismos de la Sede Apostólica y también por medio de las Conferencias Episcopales.
5. Lo que el Sínodo de este año 1980 ha estudiado intensamente y ha enunciado en las citadas Proposiciones, nos permite comprender mejor la misión cristiana y apostólica de la familia en el mundo contemporáneo, deduciéndola, en cierto modo, de la gran riqueza de las enseñanzas del Concilio Vaticano II. Hay que actuar eficazmente de forma que las propuestas doctrinales y pastorales de este Sínodo encuentren una concreta realización; éste es el camino a seguir.
Por lo demás, el Sínodo de este año empalma muy bien con los Sínodos anteriores y es como su continuación —hablamos de los Sínodos celebrados en 1971 y, sobre todo, en 1974 y 1977—, que han servido y deben seguir sirviendo para aplicar en la vida concreta el Concilio Vaticano II. Estos Sínodos hacen que la Iglesia se presente a sí misma de modo auténtico, cual conviene que sea en la situación del mundo actual.
6. Entre los trabajos de este Sínodo hay que dar la máxima importancia al examen atento de aquellos problemas doctrinales y pastorales que lo estaban exigiendo de un modo especial, y, en consecuencia, dar un juicio cierto y claro sobre cada una de esas cuestiones.
En la riqueza de las intervenciones, de las relaciones y de las conclusiones de este Sínodo —que se ha movido sobre dos ejes: la fidelidad al plan de Dios acerca de la familia y la "praxis" pastoral, caracterizada por el amor misericordioso y el respeto debido a los hombres, abarcándolos en toda su plenitud, en lo referente a su "ser" y a su "vivir"—, en esa gran riqueza, decíamos, que ha sido para nosotros motivo de gran admiración, hay algunas partes que han llamado la atención de los padres de un modo especial, porque tenían conciencia de ser intérpretes de las expectativas y de las esperanzas de muchos esposos y familias.
Entre los trabajos de este Sínodo es útil recordar esas cuestiones y más útil aún conocer el estudio profundo que sobre ellas se ha realizado: pues se trata del examen doctrinal y pastoral de problemas que, aunque no sean los únicos tratados en los debates del Sínodo, sin embargo han tenido un relieve especial, puesto que se han afrontado de un modo sincero y libre. De ahí la importancia especial que hay que atribuir a los juicios dados por el Sínodo de un modo claro y valiente sobre esas cuestiones, manteniendo al mismo tiempo la visión cristiana según la cual el matrimonio y la familia han de ser considerados como dones del amor divino.
7. Por eso, el Sínodo, al tratar del ministerio pastoral referente a los que han contraído nuevo matrimonio, después del divorcio, alaba con razón a aquellos esposos que, aunque encuentran graves dificultades, sin embargo, testimonian en la propia vida la indisolubilidad del matrimonio; pues en su vida se aprecia la buena nueva de la fidelidad al amor, que tiene en Cristo su fuerza y su fundamento.
Además, los padres sinodales, confirmando de nuevo la indisolubilidad del matrimonio y la "praxis" de la Iglesia de no admitir a la comunión eucarística a los divorciados que, contra las normas establecidas, han contraído nuevo matrimonio, exhortan, al mismo tiempo, a los Pastores y a toda la comunidad cristiana a ayudar a estos hermanos y hermanas para que no se sientan separados de la Iglesia, ya que, en virtud del bautismo, pueden y deben participar en la vida de la Iglesia orando, escuchando la Palabra, asistiendo a la celebración eucarística de la comunidad y promoviendo la caridad y la justicia.
Aunque no se debe negar que esas personas pueden recibir, si se presenta el caso, el sacramento de la penitencia y después la comunión eucarística, cuando con corazón sincero abrazan una forma de vida que no esté en contradicción con la indisolubilidad del matrimonio, es decir, cuando el hombre y la mujer, que no pueden cumplir la obligación de separarse, se comprometen a vivir en continencia total, esto es, absteniéndose de los actos propios sólo de los esposos y al mismo tiempo no se da escándalo; sin embargo, la privación de la reconciliación sacramental con Dios no debe alejarlos lo más mínimo de la perseverancia en la oración, en la penitencia y en el ejercicio de la caridad, para que puedan conseguir finalmente la gracia de la conversión y de la salvación. Conviene que la Iglesia se muestre como madre misericordiosa orando por ellos y fortaleciéndolos en la fe y en la esperanza.
8. Los padres sinodales conocían muy bien las graves dificultades que muchos esposos sienten en sus conciencias acerca de las leyes morales relativas a la transmisión y a la defensa de la vida humana. Conscientes de que todo precepto divino lleva consigo la promesa y la gracia, los padres sinodales han confirmado abiertamente la validez y la verdad firme del anuncio profético, dotado de un profundo significado y en consonancia con la situación actual, contenido en la Carta Encíclica Humanae vitae. El Sínodo mismo ha invitado a los teólogos a unir sus esfuerzos con la labor del Magisterio jerárquico para esclarecer cada vez más los fundamentos bíblicos y las razones "personalistas", como hoy se dice, de esta doctrina, con el fin de que todos los hombres de buena voluntad la acepten y comprendan cada vez mejor.
Los padres sinodales, dirigiéndose a los que ejercen el ministerio pastoral en favor de los esposos y de las familias, han rechazado toda separación o dicotomía entre la pedagogía, que propone un cierto progreso en la realización del plan de Dios, y la doctrina propuesta por la Iglesia con todas sus consecuencias, en las cuales está contenido el precepto de vivir según la misma doctrina. No se trata del deseo de observar la ley como un mero "ideal", como se dice vulgarmente, que se podrá conseguir en el futuro, sino como un mandamiento de Cristo Señor a superar constantemente las dificultades. En realidad no se puede aceptar un "proceso de gradualidad", como se dice hoy, si uno no observa la ley divina con ánimo sincero y busca aquellos bienes custodiados y promovidos por la misma ley. Pues la llamada "ley de gradualidad" o camino gradual no puede ser una "gradualidad de la ley", como sí hubiera varios grados o formas de precepto en la ley divina, para los diversos hombres y las distintas situaciones. Todos los esposos están llamados a la santidad en el matrimonio, según el plan de Dios, y esta excelsa vocación se realiza en la medida en que la persona humana se encuentra en condiciones de responder al mandamiento divino con ánimo sereno, confiando en la gracia divina y en la propia voluntad. Por tanto, los esposos a quienes no unen las mismas convicciones religiosas, no pueden limitarse a aceptar de forma pasiva y fácil la situación, sino que deberán esforzarse, con paciencia y benevolencia, por llegar a una voluntad común de fidelidad a los deberes del matrimonio cristiano.
9. Los padres sinodales han llegado a un conocimiento más profundo y a una mayor conciencia de las riquezas que se encuentran en las diversas formas de cultura de los pueblos y de los bienes que ofrece cada una de las culturas, en orden a una mayor comprensión del inefable misterio de Cristo. Además, se han dado cuenta de que, también en el ámbito del matrimonio y de la familia, se abre un vasto campo a la investigación teológica y pastoral, para facilitar mejor la adaptación del mensaje evangélico a la índole de cada pueblo y para percibir de qué modo las costumbres, las tradiciones, el sentido de la vida y la índole peculiar de cada cultura humana pueden armonizarse con aquellas realidades a través de las cuales se manifiesta la Revelación divina (cf. Ad gentes divinitus, 22). Esta investigación aportará sus frutos a la familia si se realiza según el principio de la comunión de la Iglesia universal y bajo el estímulo de los obispos locales, unidos entre sí y con la Cátedra de San Pedro, "que preside la asamblea universal de la caridad" (Lumen gentium, 13).
10. El Sínodo ha hablado de la mujer con palabras oportunas y persuasivas, con respeto y con mucha gratitud; ha hablado de su dignidad y de su vocación como hija de Dios, como esposa y madre. Y ha puesto de relieve también la dignidad de la madre, rechazando todo lo que lesiona su dignidad humana. Por eso ha afirmado con razón que la sociedad debe organizarse de tal modo que las mujeres no se vean obligadas a trabajar fuera de casa por razones de retribución, o como se dice hoy por razones profesionales, sino que es necesario que la familia pueda vivir con holgura también cuando la madre se dedica plenamente a ella.
11. Hemos recordado estos problemas principales y las respuestas que a ellos ha dado el Sínodo; pero no queremos infravalorar las otras cuestiones afrontadas por él; pues tal como lo han manifestado las numerosas intervenciones de estas semanas útiles y fecundas, se trata de problemas importantes, que tanto en la enseñanza como en el ministerio pastoral de la Iglesia deben ser tratados con gran respeto, amor y misericordia hacia los hombres y las mujeres, hermanos y hermanas nuestros, que miran a la iglesia para recibir una palabra de fe y de esperanza. Ojalá los Pastores, siguiendo el ejemplo del Sínodo y con la misma atención y voluntad, afronten estos problemas tal como se presentan realmente en la vida conyugal y familiar, para que todos "realicemos la verdad en la caridad".
Queremos añadir ahora, como fruto de los trabajos a los que nos hemos dedicado durante más de cuatro semanas, que nadie puede construir la caridad sin la verdad. Este principio vale tanto para la vida de cada familia como para la vida y la acción de los Pastores que intentan ayudar realmente a las familias.
El fruto principal de esta sesión del Sínodo es que la misión de la familia cristiana, cuyo corazón viene a ser la misma caridad, no puede realizarse sino viviendo plenamente la verdad. Todos aquellos a quienes en cuanto miembros de la Iglesia se les ha confiado esta tarea de colaboración —bien sean laicos, clérigos, religiosos y religiosas—, no pueden realizarla sino en la verdad. Pues es la verdad la que libera; la verdad es la que pone orden y la verdad es la que abre el camino a la santidad y a la justicia.
Hemos podido comprobar cuánto amor de Cristo y cuánta caridad se ofrece a todos los que en la Iglesia y en el mundo forman una familia: no sólo a los hombres y a las mujeres unidos en matrimonio, sino también a los niños y a las niñas, a los jóvenes, a los viudos y a los huérfanos, a los abuelos y a todos aquellos que de algún modo participan en la vida de la familia.
Para todas estas personas la Iglesia de Cristo quiere ser y quiere permanecer testigo y como puerta de esa plenitud de vida de la que San Pablo habla en la Carta a los Corintios: porque en El (en Cristo) todos hemos sido enriquecidos, en toda palabra y en todo conocimiento (cf. 1 Cor 1, 5).
Ahora os anunciamos que hemos designado para ayudar a la Secretaría general del Sínodo de los Obispos, los tres prelados cuyo nombramiento corresponde al Romano Pontífice, y que se añaden a los doce que vosotros habéis elegido. Son:
— el cardenal Wladyslaw Rubín, Prefecto de la Sagrada Congregación para las Iglesias Orientales;
— Paulos Tzadua, arzobispo de Adis Abeba ;
— Carlo María Martini, arzobispo de Milán.
Os deseamos finalmente todo bien en el Señor.
SANTA MISA CONCELEBRADA CON MOTIVO DE LA ASAMBLEA NACIONAL ITALIANA SOBRE "LA ESPIRITUALIDAD DEL PRESBITERIO DIOCESANO HOY"
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Basílica de San Pedro
Martes 4 de noviembre de 1980
Carísimos hermanos:
Considero un momento privilegiado de mi vida poder concelebrar hoy con vosotros, sacerdotes, en el altar de la Cátedra de esta Basílica Vaticana, que es símbolo, centro e irradiación de fe y de anuncio del nombre de Nuestro Señor Jesucristo.
1. La oportuna circunstancia que os ha reunido aquí procedentes de todas las regiones de Italia, junto al venerado hermano mons. Luigi Boccadoro —la asamblea nacional sobre la "Espiritualidad del presbiterio diocesano hoy"— coincide con la fecha en que la liturgia de la Iglesia nos hace recordar la espléndida figura de San Carlos Borromeo, infatigable Pastor de la diócesis de Milán y también celestial patrono mío.
La memoria de San Carlos, que estamos celebrando, puede aportar mucha luz a la amplia y delicada problemática que estáis debatiendo en estas jornadas romanas. Dicha problemática se resume fundamentalmente en la razón pastoral de vuestro ser y de vuestro actuar dentro de la comunidad cristiana. Razón que exige no sólo el empleo generoso de todos los talentos y recursos con que el Señor os ha dotado, sino incluso la pérdida y la donación total de la misma vida, a semejanza del Buen Pastor de que hablan las lecturas de la liturgia de hoy, el cual no duda en "dar la vida por los hermanos" (1 Jn 3, 16) y en "ofrecer la vida por las ovejas" (Jn 10, 15), para que "oigan mi voz y habrá un solo rebaño y un solo pastor" (Jn 10, 16).
2. Fue precisamente esa conciencia pastoral la que sostuvo y guió la espiritualidad y la obra de San Carlos, el cual, rico y noble como era, se olvidó de sí mismo para hacerse todo a todos en una actividad sacerdotal verdaderamente prodigiosa. Visitas pastorales, reuniones de sacerdotes, fundaciones de seminarios, directrices litúrgicas para los dos ritos romano y ambrosiano, catequesis a todos los niveles, sínodos diocesanos, fundaciones de escuelas gratuitas, de colegios para la juventud y de asilos para pobres y ancianos: he ahí algunos signos demostrativos de esa intensa y vibrante caridad pastoral que presionaba fuertemente en su gran espíritu, solícito por la salvación de las almas.
Pero, ¿de dónde sacaba tanta fuerza en ese diligente servicio eclesial, convertido luego en ejemplar y emblemático para todos los obispos y sacerdotes, tras la reforma tridentina? El secreto de su éxito fue el espíritu de oración. En efecto: se sabe que dedicaba mucho tiempo, día y noche, a la contemplación y unión con Dios tanto en su capilla privada como en las iglesias parroquiales en que realizaba la visita pastoral. "Las almas —solía repetir— se conquistan de rodillas". Y en el discurso que tuvo en su último sínodo y que hoy meditamos en el Breviario, habló así a sus sacerdotes: "Nada es tan necesario a todos los hombres eclesiásticos como lo es la oración mental, que precede todas nuestras acciones, las acompaña y las sigue... Cuando administras, hermano, los sacramentos, medita sobre lo que haces; cuando celebras la Misa, piensa en lo que ofreces; cuando cantas en el coro, piensa a quién y de qué hablas; cuando diriges las almas, medita sobre la sangre con que fueron redimidas... Así tendremos fuerzas para hacer vivir a Cristo en nosotros y en los demás" (Acta Ecclesiae Mediolanensis, Milán, 1599, 1177-1178).
3. Solamente en esas condiciones seremos capaces de "dar la vida" por las almas, como hemos escuchado en la proclamación de la Palabra; es decir, podremos ser auténticos Pastores de la Iglesia de Dios. Sólo así, la "pastoralis charitas", de que habla el Concilio Vaticano II (cf. Presbyterorum ordinis, 14), puede alcanzar su máxima expansión y el ministerio sacerdotal transformarse realmente en ese "amoris officium" de que habla San Agustín (cf. Tract. in Ioannen, 123, 5; PL 35, 1967).
Sólo así el sacerdote, que acepta la vocación al ministerio, es capaz de hacer de él una decisión de amor, por la cual la Iglesia y las almas llegan a ser su interés principal y, con esa espiritualidad concreta, será también capaz de amar a la Iglesia universal y a la parte de ella que le ha sido confiada, con todo el ímpetu de un esposo hacia la esposa. Un sacerdote que no supiera encuadrarse por entero en una comunidad eclesial, no podría ciertamente presentarse como modelo válido de vida ministerial, estando como está dicha vida esencialmente inserta en el contexto concreto de las relaciones interpersonales de la comunidad misma.
En ese contexto encuentra su pleno sentido el propio celibato. Tal decisión de vida representa un signo público altamente valioso del amor primordial y total que el sacerdote ofrece a la Iglesia. El celibato del Pastor no tiene solamente un significado escatológico, como testimonio del Reino futuro, sino que expresa también el profundo vínculo que le une a los fieles, en cuanto son la comunidad nacida de su carisma y destinada a totalizar toda la capacidad de amar que un sacerdote lleva dentro de sí. El celibato, además, lo libera interior y exteriormente, haciendo que pueda organizar su vida de modo que su tiempo, su casa, sus costumbres, su hospitalidad y sus recursos financieros estén solamente condicionados por lo que es el objetivo de su vida: la creación, en torno a sí, de una comunidad eclesial.
4. He ahí, carísimos sacerdotes, algunos rápidos apuntes de reflexión —dada la brevedad del tiempo— para una espiritualidad sacerdotal que nos viene de la figura y del ministerio de San Carlos, admirado y venerado Pastor de la Iglesia milanesa. Recémosle en la celebración de esta Eucaristía, a fin de que nos obtenga del Padre, mediante la ofrenda del Cuerpo y Sangre de Cristo, que seamos sacerdotes piadosos y activos para su mayor gloria y para la salvación de las almas. Así sea.
VIAJE APOSTÓLICO A LA REPÚBLICA FEDERAL DE ALEMANIA
SANTA MISA EN EL ESTADIO «ILLOS HÖHE» DE OSNABRÜCK
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Domingo 16 de noviembre de 1980
¡Venerables hermanos, queridos hermanos y hermanas en el Señor!
1. Cuando Juan el Evangelista, a partir del trato confiado con su Maestro y del profundo conocimiento del corazón amoroso de Jesús, dio forma a las palabras del actual Evangelio, la plegaria de despedida del Señor, tenía ante sí las primeras comunidades cristianas: sólo trabajosamente y poco a poco se habían ido formando, primero en Palestina, después, tras una primera persecución y huida, en Antioquía y desde aquí, bajo el impulso misionero de San Pablo, en Asia Menor y Grecia, hasta llegar incluso a Roma. Sin embargo, su estabilidad era más bien escasa y arriesgada; estas comunidades como minoría vivían entre la gran mayoría de paganos dentro del Imperio romano.
A estos cristianos quiere el Evangelista consolar y fortalecer cuando les dice cómo Jesús mismo, había rogado precisamente por ellos: a ellos les ha revelado Jesús el "nombre" de Dios, a ellos les ha regalado su "gloria", en ellos debe estar el "amor" que existe entre Dios Padre y el Hijo, ellos deben ser "plenamente uno", como Jesús es uno con el Padre. ¡Poderosas palabras de consolación y de fortalecimiento interior para una vida fatigosa en la "dispersión", en la "diáspora"!
¡Hermanos y hermanas míos! A todos vosotros os traigo hoy este Evangelio, esta feliz noticia, esta eficaz oración de Jesús: vale para vosotros, los creyentes de esta antigua, venerable diócesis, que precisamente ha comenzado gozosamente el aniversario de sus 1200 años de existencia; vale para todos los católicos que viven en la diáspora de Alemania del norte y Escandinavia, a los que, hoy me quiero dirigir especialmente desde esta ciudad de Osnabrück, sede episcopal de la diócesis situada más al norte de este país.
Saludo con especial alegría a los Pastores de esta y de las vecinas diócesis, aquí presentes, especialmente a los obispos de Berlín y Escandinavia e igualmente a los sacerdotes y creyentes de cada una de las regiones y países de la diáspora. El Supremo Pastor de la Iglesia, que vive unida entre muchos pueblos, ha venido hasta vosotros, para, juntamente con vosotros, dar gracias a Dios por vuestro coraje en la fe y para fortaleceros en ella con el fin de que sigáis siendo testigos vivos de nuestra redención en Cristo.
2. La situación de fe de los católicos en esta alejada diáspora es muy varia y difícil. Más aún, precisamente en las diócesis del norte de Alemania, está decisivamente teñida de una especial circunstancia histórica. Al final de la guerra fueron muchos los que tuvieron que dejar su patria, entre ellos muchos católicos; afluyeron y se asentaron en grandes regiones de estas diócesis, que hasta entonces habían tenido una población, casi exclusivamente evangélica. Junto a su pequeño equipaje de cosas materiales estos hombres llevaban consigo, como preciosa propiedad, ante todo su fe, a menudo simbolizada solamente en el libro de oraciones que traían de su antigua patria.
Muchos de vosotros, queridos hermanos y hermanas en la fe, se acuerdan todavía de cómo, en aquel tiempo, tuvieron que buscar una nueva residencia en el extranjero, de cómo había que asegurar las más elementales necesidades vitales y de cómo, al mismo tiempo, tuvieron que ser fundadas centenares de nuevas comunidades católicas. Vosotros, bajo la dirección de activos sacerdotes y obispos, habéis construido nuevas iglesias y habéis levantado nuevos altares.
Aunque vosotros mismos padecíais necesidad y vivíais con gran inquietud por vuestras familias, también en vuestra nueva patria os habéis comprometido en la organización de la vida eclesial y habéis contribuido a ello con numerosas ofrendas. Así habéis demostrado al mundo que permanecéis firmes en la fe, que no os habéis dejado desanimar por la cruz que os ha tocado: al contrario, habéis podido trocar el sufrimiento en bendición y la discordia en reconciliación. Por este ejemplo de fidelidad en la fe tenemos que estaros muy agradecidos.
Respecto al desarrollo de la vida eclesial en aquellos difíciles años recordamos también con agradecimiento a las numerosas comunidades evangélicas de este país, que durante mucho tiempo han abierto sus iglesias también a los cristianos católicos dando así, a sus Pastores la posibilidad de reunir de nuevo a su grey dispersada.
3. De hecho, tiempos duros han producido amargas heridas; pero el Señor también las ha sanado y ha ayudado. Evocando estas cosas, parece apropiado señalar hoy que vuestro país se acuerda de los innumerables muertos de la última guerra mediante el "día de duelo popular". El mismo Señor Jesucristo que ayer estuvo a vuestro lado con su fuerza consoladora, os proporciona también hoy y os proporcionará mañana la fuerza de su amor, para que, en medio de las pruebas de este tiempo, sigamos siendo testigos fidedignos de su anuncio liberador.
Así —según las palabras de la segunda lectura de la liturgia de hoy tomada de la primera Carta de San Pedro— vosotros tenéis una buena razón "por la cual exultáis, aunque ahora tengáis que entristeceros un poco, en las diversas tentaciones para que vuestra fe probada, más preciosa que el oro, que no se corrompe aunque acrisolado por el fuego, aparezca digna de alabanza" (1 Pe 1, 6-7). El crédito de vuestra fe: ¡Esa es vuestra suerte! ¡Una fe interior, madura, conscientemente responsable: éste puede ser vuestro regalo a toda la Iglesia! Y vosotros mismos podréis, así, lograr la meta de vuestra fe, la salvación de las almas" (ib., 9), que os ha de tocar en suerte "en la revelación de Jesucristo". "A quien amáis sin haberlo visto, en quien ahora creéis sin verle" (ib., 8). Por su resurrección de entre los muertos tenéis vosotros "una viva esperanza" en la "herencia incorruptible... inmarcesible..., que os está reservada en el cielo" (ib., 3-4). El mismo "poder de Dios" es el que os fortalece en esta fe (ib., 5), si vosotros —nos permitimos añadir— hacéis lo que os es posible para mantener vuestra fe viva y fortalecida. Vuestra situación vital como cristianos en la diáspora os presenta un desafío especial.
Pocos de entre nosotros pueden hoy, en su praxis de fe, sentirse sostenidos todavía con facilidad por un fuerte ambiente creyente. Más bien tenemos que decidirnos, conscientemente, a querer ser cristianos declarados y tener el valor, si es necesario, de diferenciarnos de nuestro ambiente. Presupuesto para un decisivo testimonio cristiano de vida así, es que observemos y tomemos la fe como una preciosa posibilidad de vida, que es superior a los modos de vivir y a la praxis vital del mundo ambiente. Deberíamos aprovechar cualquier oportunidad para experimentar cómo la fe enriquece nuestra vida, cómo produce en nosotros una adecuada fidelidad en la lucha vital, cómo fortalece nuestra esperanza contra el asalto de cualquier forma de pesimismo y duda, cómo nos motiva, fuera de todo extremismo, para un compromiso por la justicia y la paz en el mundo, cómo, finalmente, nos puede consolar en el sufrimiento y nos puede alentar. Tarea y posibilidad de la situación de diáspora es, pues, experimentar más conscientemente cómo la fe ayuda a vivir más plena y profundamente.
4. Nadie, sin embargo, cree para sí mismo. El Señor ha convocado a sus discípulos en una comunidad, en un Pueblo de Dios peregrino, en la Iglesia, que El, con su fuerza vital, vivifica como un cuerpo vivo. Allí donde varios creyentes se reúnen para la profesión común, la celebración, la oración y la actuación, allí quiere el Señor encontrarse con ellos. "Donde están dos o tres congregados en mi nombre; allí estoy yo en medio de ellos" (Mt 18, 20). ¡Como si el Señor quisiera, con estas palabras, aludir precisamente a una situación de diáspora, no habla de miles, ni de cientos, ni de diez, sino de "dos o tres"! Ya aquí nos promete el Señor su presencia corroborante.
Respecto a esto, vuestras diócesis y comunidades parroquiales ofrecen múltiples posibilidades de encontrar no uno o dos creyentes, sino enteras comunidades y grupos. Por ello quisiera yo agradecer de corazón, en este lugar, a todos los sacerdotes y colaboradores laicos, que se comprometen, a pesar de grandes dificultades, incansablemente, con abnegado celo, en pro de una vida comunitaria viva y fructífera. Al mismo tiempo pido a todos los creyentes que en nombre de Dios aprovechen todas las oportunidades que se les ofrecen para la mejora de su fe y su futuro. Sed especialmente asiduos y fieles en la asistencia a la Santa Misa el domingo o el sábado por la tarde. Y donde la asistencia a la celebración eucarística dominical no sea posible por causa de las grandes distancias, pero haya una celebración de la Palabra de Dios, quizás con distribución de la sagrada comunión, ¡tomad parte en ello! Donde estamos reunidos en el nombre de Jesús allí está El, en medio de nosotros.
5. Ante todo, sin embargo, yo quisiera animaros a buscar el contacto con vuestros compañeros creyentes evangélicos en la fe sincera y a profundizar en ello. El movimiento ecuménico de los últimos decenios os ha hecho ver claramente cuán unidos están con vosotros los cristianos evangélicos en sus preocupaciones y alegrías y cuánto tenéis en común con ellos, cuando vosotros y ellos vivís honrada y consecuentemente la fe en nuestro Señor Jesucristo. Por ello, agradecemos de todo corazón a Dios que las diversas comunidades eclesiales en vuestras tierras ya no vivan sin comprenderse ni se cierren temerosamente en sí mismas unas en relación con las otras. Más bien ya habéis hecho a menudo la feliz experiencia de que una comprensión y una aceptación mutuas eran especialmente fáciles, cuando ambas partes conocían bien su propia fe, la afirmaban con alegría y apreciaban mucho vivirla en comunidad con los propios hermanos de fe. Yo quisiera animaros a seguir por ese camino.
Vivid vuestra fe como cristianos católicos agradecidos a Dios y a vuestra comunidad eclesial, dad un testimonio fidedigno de los valores propios de vuestra fe con toda humildad y sin arrogancia, y animad discreta y amorosamente también a vuestros compañeros creyentes evangélicos a que fortalezcan y profundicen sus propias convicciones de fe y sus formas religiosas de vida en Cristo. Si realmente todas las Iglesias y comunidades crecen hacia la plenitud del Señor, su Espíritu nos mostrará, con toda seguridad, el camino para alcanzar la unidad interna y externa de la Iglesia.
Jesús mismo ha orado por la plena unidad de los suyos: "Para que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, para que también ellos sean en nosotros y el mundo crea que tú me has enviado" (Jn 17, 21). Es lo que acabamos de escuchar en el Evangelio. Y una vez más, todavía más encarecidamente, Jesús pide a su divino Padre: "Yo les he dado la gloria que tú me diste, a fin de que sean uno, como nosotros somos uno. Yo en dios y tú en mí, para que sean perfectamente uno y conozca el mundo que tú me enviaste y amaste a éstos como me amaste a mí" (Jn 17, 22-23).
Esta petición por la unidad debe valer, según la voluntad de Jesús, también para todos y cada uno de los cristianos, que se apoyan mutuamente y se fortalecen en la fe. "Pero no ruego sólo por éstos", así ora Jesús, "sino por cuantos crean en mí por su palabra (ib., 20). Por eso podemos esperar confiadamente que todos los diálogos ecuménicos, toda oración y actuación comunitaria de cristianos de diferentes confesiones están comprendidos en esta oración de Jesús: "Para que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, para que también ellos sean una cosa en nosotros". De esta unidad depende la credibilidad del anuncio de la redención mediante la muerte y resurrección de Cristo: "para que el mundo crea que tú me has enviado" (ib., 21). Una condición expresa, ciertamente, el Señor en la misma oración: "Y yo les di a conocer tu nombre, y se lo haré conocer, para que el amor con que tú me has amado, esté en ellos y yo en ellos" (ib., 26). Así pues, nosotros rezaremos y actuaremos ecuménicamente, realmente en "el nombre de Jesús", si guardamos el amor a Cristo y a los demás y si ponemos como fundamento de todos nuestros esfuerzos una profunda unidad.
Yo confío firmemente en que esta oración del Hijo de Dios, nuestro Señor y hermano, por la unidad de todos los cristianos, alguna vez producirá su pleno fruto. Nosotros queremos pedirle a El que permita que se haga realidad en nosotros lo que el Profeta nos ha anunciado hoy en la primera lectura: "Yo os tomaré de entre las gentes y os reuniré de todas las tierras y os conduciré a vuestra tierra. Y os aspergeré con aguas puras y os purificaré de todas vuestras impurezas, de todas vuestras idolatrías... Os daré un corazón nuevo y un espíritu nuevo... Pondré dentro de vosotros mi espíritu y os haré ir por mis mandamientos y observar mis preceptos y ponerlos por obra" (Ez 36, 24-28).
6. ¡Queridos hermanos y hermanas! vosotros vivís vuestra fe ciertamente en condiciones difíciles. Otras diócesis de vuestro país, que se encuentran en mejores condiciones, están a vuestro lado solidariamente, con múltiples ayudas, sobre todo mediante la muy valiosa y eficaz organización de la obra de San Bonifacio. Por vuestra parte, vosotros colaboráis en la obra Ansgar, con la que prestáis fraterno apoyo y asistencia a las diócesis escandinavas. En el Reino de Dios nada pierde quien sabe compartir; más bien al contrario, sólo llegará a ser un verdadero discípulo de Cristo quien se haga pobre por nosotros, para hacernos ricos a todos nosotros (cf. 2 Cor 8, 9).
Ser cristiano en la diáspora es algo que hay que vivir con la conciencia de pertenecer a una gran comunidad de hombres, al Pueblo de Dios a partir de todos los pueblos de esta tierra. También en la "dispersión" estáis, junto con vuestros sacerdotes y obispos, unidos y de múltiples maneras a la Iglesia de vuestro país y a la Iglesia universal. Por eso entiendo que es una gran dicha el que yo, como Obispo de Roma, hoy, el segundo día de mi visita a Alemania, pueda estar precisamente en esta ciudad episcopal conectada con el territorio más nórdico de Europa y esté celebrando con vosotros esta Santa Eucaristía.
Eucaristía significa acción de gracias , de la comunidad creyente al Señor "en comunión con toda la Iglesia", tal como rezamos en el primer canon de la Misa. Hoy queremos, unidos a todos los creyentes, dar gracias a Dios por los favores, mediante los cuales ha guardado y fortalecido El vuestra fe y vuestro amor a la Iglesia, incluso en circunstancias difíciles y en tiempos de duras pruebas. La celebración de la Misa es la inagotable fuente de energía para la vida religiosa y para el mantenimiento de la fe de todo cristiano. Ella conserva y alimenta nuestra comunión con Cristo, a través de la comunión viva con su Cuerpo místico, que es la Iglesia.
Cuando la santa comunión se parte se nos ofrece el pan del Señor y su cuerpo, nosotros vivimos y realizamos clara y comprensiblemente esa interna unidad del Cuerpo de Cristo, la comunión de todos los creyentes. ¡Tomad, pues, hoy nuevamente conciencia, con feliz agradecimiento, de esa profunda unidad interna de la Iglesia por encima de todas las fronteras y límites humanos! ¡Llevad esta conciencia, como precioso tesoro, a vuestras comunidades, a vuestro vecindario, a vuestras familias! Pues, como 'creyentes, jamás sois sólo "pocos", jamás estáis "solos", sino unidos con "tantos", que, a lo largo y ancho del mundo, a través de la fe y la esperanza siguen con vosotros al Señor Jesucristo y dan testimonio de su amor redentor. El es la fuerza de nuestra fe y el fundamento de nuestra confianza, El os bendiga a vosotros y a vuestras familias y conduzca vuestro peregrinar como cristianos católicos hasta su meta eterna, a la patria definitiva de todos los creyentes, os conduzca de la dispersión de este tiempo a su Reino eterno. Amén.
VIAJE APOSTÓLICO A LA REPÚBLICA FEDERAL DE ALEMANIA
MISA PARA LO SACERDOTES, DIÁCONOS Y SEMINARISTAS
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Catedral de Fulda
Lunes 17 de noviembre de 1980
1. Venerados hermanos, cardenales, arzobispos y obispos, que formáis el episcopado de vuestra patria; mis sacerdotes, amados en Cristo, del presbiterio de cada una de las diócesis de Alemania; queridos diáconos; queridos alumnos de los seminarios sacerdotales, queridos estudiantes de teología:
Las palabras del Apóstol Pedro que acabamos de escuchar hoy en la segunda lectura de esta celebración litúrgica me parece que encielan una especial resonancia aquí en Fulda, junto a la tumba de San Bonifacio: "A los presbíteros que hay entre vosotros los exhorto yo, copresbítero, testigo de los sufrimientos de Cristo y participante de la gloria que ha de revelarse: Apacentad el rebaño de Dios que os ha sido confiado" (1 Pe 5, 1-2)
Ya han pasado 19 siglos desde que fueron escritas estas palabras, y sin embargo resuenan también para nosotros con una actualidad y con una fuerza permanentemente iguales; me parece que ellas nos anuncian un mensaje del todo particular en este momento en que vosotros os encontráis aquí, junto a la tumba del obispo y mártir que es el patrón principal de Alemania; y me parece que se refiere precisamente a vosotros, aunque en diverso grado, aquel requerimiento de Pedro: "Apacentad el rebaño de Dios". Pedro, como el primero que había sentido de Jesús, el Buen Pastor, una tal exigencia: "Apacienta mis ovejas" (Jn 21, 16), se dirige como "copresbítero" a todos aquellos que juntamente con él eran los Pastores de la Iglesia de su tiempo. ¡Con qué íntima emoción sentimos esta llamada también nosotros, que somos hoy los Pastores de la Iglesia, en el segundo milenio del cristianismo, milenio que se encamina rápidamente hacia su fin ¡Vosotros, que según el diverso grado de vuestro ministerio, como obispos, presbíteros o diáconos, sois los Pastores de la Iglesia en .vuestra patria! ¡Y también vosotros, los que habéis oído la llamada de Cristo y os preparáis para el ministerio pastoral de los tiempos venideros!
"Apacentad el rebaño de Dios", ¡Sed Pastores de vuestros hermanos y hermanas en su fe, en su gracia bautismal y en su esperanza en la bendita participación en la gracia y amor eternos!
2. Pedro nos recuerda en su Carta los padecimientos de Cristo y asimismo el misterio pascual, del que él había llegado a ser testigo. Con este testimonio de la cruz y la resurrección une él también la esperanza en la participación "en la gloria que ha de revelarse" (1 Pe 5, 1).
La vocación a Pastores en la Iglesia, vuestroúltiple ministerio, tiene siempre y en todas partes su raíz en el misterio de Cristo que lo abarca todo; de El procedéis y hacia El os dirigís; en El encontráis la fuerza de vuestro crecimiento y vuestra firme solidez; a El servís con el fruto de vuestro trabajo.
Este misterio se acepta realmente en la fe, cuando aquellos que lo sirven se parecen a hombres "que esperan a su amo de vuelta de las bodas, para que, al llegar él y llamar, al instante le abran" (Lc 12, 36).
Aquí se trata también del servicio de estar vigilantes por el Señor. Cuando Jesús comenzó el período de la pasión, llevó consigo los Apóstoles al huerto de Getsemaní, y llevó todavía más adentro a tres de ellos, pidiéndoles que vigilaran con El. Pero, cuando ellos, dominados por el cansancio, se habían quedado dormidos, volvió Jesús adonde estaban y les dijo: "Velad y orad para que no accedáis a la tentación" (Mt 26, 41).
El ministerio que nosotros desempeñamos, queridos hermanos, es también el de permanecer vigilantes por el Señor. Vigilar significa conservar el don confiado. El bien que nos ha sido confiado es de un precio infinito. Nosotros debemos perseverar constantemente en él.
Nosotros debemos introducir cada vez más las raíces de nuestra fe, de nuestra esperanza y de nuestro amor en las "grandezas de Dios" (Act 2, 11); debemos identificarnos cada vez más profundamente con la revelación del Padre en Cristo; debemos finalmente ser cada vez más sensibles a la acción del Espíritu Santo que el Señor nos ha donado y que quiere seguir donando a través de nosotros, de nuestro ministerio, de nuestra santidad, de nuestra identidad sacerdotal.
De igual modo debemos ser cada vez más sensibles a la grandeza del hombre, como nos ha sido manifestada en el misterio de la encarnación y de la redención: cuán preciosa es cada alma humana y qué ricos los tesoros de la gracia y del amor.
Así corresponderemos a las indicaciones de Pedro, que nos conjura a desempeñar nuestro ministerio "no por fuerza, sino espontáneamente, según Dios..., con prontitud de ánimo..: (como) sirviendo de ejemplo al rebaño" (1 Pe 5, 2-3).
3. Recordemos a tantos insignes obispos y sacerdotes que han salido de este país; nombro sólo algunos de la historia reciente: el obispo von Ketteler y Adolf Kolping, los cardenales von Calen, Fring, Döpfner y Bengsch, padre Alfred Delp y los neosacerdotes Karl Leisner, Karl Sonnenschein y el padre Rupert Mayer, Romano Guardini y el padre Kentenich.
¡Contemplémoslos con más atención! Ellos nos muestran lo que significa "vigilar"; lo que significa "estar ceñidos" y llevar "una lámpara en la mano" (cf. Lc 12, 35); cómo se puede ser "el siervo fiel y prudente, a quien constituyó su amo sobre la servidumbre para darles provisiones a su tiempo" (Mt 24, 45).
Estos y otros muchos sacerdotes modelos de la Iglesia de vuestro país pueden enseñarnos cómo nuestra vocación y todo nuestro ministerio de obispo, sacerdote o diácono, está cimentado sobre aquel grandioso misterio del corazón humano: el misterio de la intimidad con Cristo, y cómo en fuerza de esta intimidad crece el verdadero amor pastoral por el hombre, un puro y generoso amor del que tan sediento se encuentra el mundo de hoy, y especialmente las jóvenes generaciones.
Yo sé que innumerables sacerdotes de la Iglesia de vuestro país experimentan la alegría y la felicidad de esta profunda familiaridad espiritual con Jesucristo. Pero también sé que forman parte de la actual vida del sacerdote las horas de apuros, de agotamiento, de desorientación, de exigencias, de desilusión. Estoy convencido de que todo esto pertenece también a la vida de aquellos sacerdotes que se esfuerzan con todas sus energías en ser fieles a su misión, y que corresponden con gran escrupulosidad a las tareas de su ministerio. ¿Puede extrañarnos que aquel que tan profundamente está unido con Jesucristo en su misión, participe también de las horas del monte de los olivos?
4. ¿Qué medicina puedo ofreceros yo en estas circunstancias?
No un aumento externo de actividades, ni esfuerzos convulsivos, sino una penetración profunda en el centro de vuestra vocación, en la intimidad con Cristo y en la mutua amistad de unos con otros. A través de ella Cristo mismo, como el amigo de todos, quiere hacerse visible en medio de vosotros y en medio de vuestras comunidades. ,"Ya no os llamo siervos, sino amigos" (cf, Jn 15, 15). Estas palabras, que desde el día de vuestra ordenación sacerdotal todavía resuenan en vuestro corazón, deben dar el tono fundamental a vuestra vida. Al amigo yo le puedo decir todo, le puedo confiar todo personalmente: todas las preocupaciones y necesidades, y también los problemas no aclarados y las dolorosas experiencias personales. Yo debo vivir de su palabra, de los sacramentos, de la Eucaristía y —no en último lugar— de la penitencia. Este es el fundamento sobre el que os mantendréis. Tened confianza en Jesucristo, pues El no nos abandona, El sostiene nuestro ministerio, aun allí donde externamente no se alcanza un éxito inmediato. Creed en El; creed que El espera todo de vosotros, del mismo modo que un amigo lo espera de su amigo.
Intimidad con Jesucristo, ésta es la más profunda razón por la que una vida de celibato, en el espíritu de los consejos evangélicos, es tan importante para el sacerdote. Tener el corazón y las manos libres para el amigo, Jesucristo, estar totalmente disponible para El y llevar su amor a todos, éste es un testimonio que en un primer momento no todos pueden entender. Pero si nosotros ofrecemos este testimonio desde dentro, si lo vivimos como la forma existencial de nuestra intimidad con Jesús, entonces también crecerá de nuevo en la sociedad la comprensión para esta forma de vida que se apoya en el Evangelio.
La intimidad con Jesús tiene como fruto y como consecuencia la intimidad de unos con otros. Los sacerdotes forman un presbiterio en torno a su obispo. El obispo es aquel que de un modo especial para vosotros y con vosotros representa a Cristo. Quien es amigo de Cristo, no puede prescindir de la misión del obispo. Y deberá estar muy atento a no contraponer las propias opiniones o criterios a la misión que Cristo ha confiado al obispo. La unidad con el obispo, y la unidad con el Sucesor de Pedro, son el más firme fundamento de una fidelidad que sin la intimidad con Cristo no puede ser vivida. Esta unidad es también un presupuesto para que nuestro ministerio, el ministerio de los obispos y del Papa, pueda realizarse en relación a vosotros con una donación abierta, fraternal y llena de comprensión.
Pero esta intimidad pide todavía más. Pide también esa apertura fraternal de unos hacia otros, ese llevar en común los unos las cargas de los otros, ese común testimonio con que pueden ser superados los juicios, las críticas y las desconfianzas. Yo estoy convencido de que si realizáis vuestro ministerio con este espíritu de intimidad y de fraternidad lograréis mucho más que si cada uno trabaja por sí solo. Con la fuerza de una tal intimidad con el Señor, podréis "vigilar", como el Señor en el Evangelio lo espera del "buen siervo".
5. Este "estar vigilante" del siervo —del amigo— en la espera de su Señor, se refiere al futuro definitivo en Dios, pero también al curso de la historia, a cada momento. El Señor puede llegar "a la segunda vigilia o a la tercera" (Lc 12, 38).
A través de las enseñanzas del Concilio Vaticano II está claro para toda la Iglesia que vuestra misión es para la hora presente, es decir, se dirige a un mundo que se encuentra en constante desarrollo, y sobre todo a las expectativas del hombre en este mundo: a sus gozos y esperanzas, pero también a sus fallos y faltas (cf. Gaudium et spes, 1).
El ministerio del Pastor atento y vigilante comporta también abrir los ojos a todo lo que es bueno y justo, a todo lo verdadero y lo hermoso, pero igualmente a todo lo que de difícil y doloroso hay en la vida del hombre para estar cercano a él y solidarizarse con él, en total disponibilidad y amor hasta la entrega de la vida (cf. Jn 10, 11).
El ministerio vigilante del Pastor comprende además la disposición para defender del lobo sanguinario —como en la parábola del buen pastor— o del ladrón para impedir que pueda saquear la casa (cf. Lc 12, 39). Con esto no quiero decir que el Pastor ha de contemplar a su rebaño con mirada de dureza inmisericorde y de total desconfianza, por el contrario, hablo del Pastor que quiere liberar del pecado y de la culpa por medio del ofrecimiento de la conciliación, que ofrece a los hombres sobre todo el sacramento de la reconciliación, el sacramento de la penitencia. "En nombre de Cristo" puede y debe el sacerdote gritar a un mundo que parece irreconciliado e irreconciliable;. "Reconciliaos con Dios". (2 Cor 5, 20). Así mostramos a los hombres el corazón de Dios, del Padre, y somos imágenes de Cristo, él Buen Pastor. Nuestra vida entera debe convertirse en signo e instrumento de la reconciliación, en "sacramento" de la unión entre Dios y los hombres.
Juntamente conmigo deberéis reconocer con dolorida preocupación que la recepción personal del sacramento de la penitencia ha disminuido fuertemente en vuestras comunidades durante los últimos años. De corazón os ruego y os exhorto a hacer lo posible para que todos los bautizados vuelvan a la práctica frecuente del sacramento de la penitencia a través de la confesión personal. A esto han de llevar las celebraciones penitenciales, que tan importante papel asumen en la praxis penitencial de la Iglesia, pero que en circunstancias normales no pueden sustituir la recepción privada del sacramento de la penitencia. Procurad también vosotros recibir regularmente el sacramento de la penitencia.
6. La vigilancia del buen Pastor exigirá de vosotros, como corazón de toda actividad sacerdotal, la celebración de la sagrada liturgia. Precisamente después de las amplias reformas introducidas en las celebraciones litúrgicas, han surgido para vosotros importantes tareas pastorales. En primer lugar, tenéis que familiarizaros vosotros mismos con los ritos aprobados, por medio del estudio y de la práctica atenta. Debéis estar dispuestos a servir como liturgos la profunda fe, la firme esperanza y el gran amor del Pueblo de Dios. Quisiera daros las gracias por todos los esfuerzos que ya habéis hecho hasta ahora para lograr tan importantes objetivos, cuyos buenos frutos yo mismo he podido experimentar entre vosotros. Por eso es tanto más deplorable que en algunos lugares la celebración del misterio de Cristo, en vez de crear unidad con Cristo y entre los hombres, origine disputas y discordias. Nada contradice tanto como esto la voluntad y el espíritu de Cristo.
Así, pues, yo os ruego, hermanos y amigos en el sacerdocio, que continuéis con responsabilidad por el camino que la Iglesia ha decidido seguir hoy con plena fidelidad a su antigua tradición y que mantengáis ese camino libre de cualquier falso subjetivismo. Quisiera asimismo declarar que las normas especiales en el campo litúrgico que los obispos alemanes han Solicitado por motivos pastorales, han sido aprobadas por la Sede Apostólica, y consiguientemente están de acuerdo con el derecho.
Esforzaos ante todo por anunciar a Jesucristo, al cual vosotros mismos estáis íntimamente unidos, en concordia con la entera comunidad de la Iglesia y en una celebración reverente y devota de la liturgia.
7. Venerables hermanos, queridos hijos en el Señor:
¡Cuánto deberíamos amar nuestro ministerio y nuestra vocación! Esto os lo digo a todos: a vosotros, los mayores, que quizás bajo el peso del trabajo estáis ya cansados y agotados; a vosotros, que todavía os encontráis en la plenitud de vuestras fuerzas, y a vosotros, los que estáis comenzando vuestro camino sacerdotal. Pienso también en vosotros, los jóvenes que aceptáis la llamada misteriosa de Cristo: querría animaros a asumir de un modo aún más fuerte y más profundo esta llamada en vuestras vidas, y a seguirla de un modo definitivo y para siempre.
Del milagro de esta vocación nos habla hoy de un modo especialmente claro la primera lectura de la liturgia, tomada del Profeta Jeremías. Un inaudito pero real, diálogo entre Dios y el, hombre. Dios —Yavé— dice: "Antes que te formara en el vientre te conocí, antes de que tú salieses del seno materno te consagré y te designé para profeta de pueblos".
El hombre —Jeremías— responde: "¡Ah, Señor Yavé! He aquí que no sé hablar, pues soy un niño".
Dios —Yavé— replica: "No digas: Soy un niño, pues irás a donde te envíe yo y dirás lo que yo te mande. No tengas temor ante ellos, que yo estaré contigo para salvarte" (Jer 1, 5-8).
¡Qué profunda es la verdad que se encierra en este diálogo! ¡Nosotros deberíamos hacerla incondicionalmente la verdad de nuestra propia vida! ¡Deberíamos tomarla con las dos manos y con todo el corazón, vivirla, hacerla objeto de nuestra oración y llegar a ser una sola cosa en ella y por ella!
Aquí se encuentra expresada a un mismo tiempo la verdad teológica y sicológica de nuestra vida: el hombre, que reconoce su vocación y su misión, respondiendo a Dios desde su debilidad.
8. Los que propugnan una imagen del sacerdote diferente de ese modelo que ha sido desarrollado por la Iglesia y conservado especialmente en la tradición occidental, parecen poner frecuentemente en nuestro tiempo esta debilidad como principio fundamental de todo lo demás, llegando casi a declarar que es como un derecho humano.
Cristo, por el contrario, nos ha enseñado que el hombre tiene sobre todo derecho a una peculiar grandeza, a un derecho a aquello que propiamente lo supera. Precisamente en esto se muestra su especial dignidad; en esto se manifiesta el sublime poder de la gracia: nuestra verdadera grandeza es un don que procede del Espíritu Santo.
En Cristo tiene el hombre un derecho a tal grandeza. Y la Iglesia tiene por medio de Cristo, un derecho al don de este hombre: un don a través del cual el hombre se entrega totalmente a Dios, eligiendo también el celibato "por el reino de los cielos" (Mt 19, 12) para convertirse en servidor de todos.
El hombre y la Iglesia poseen, por tanto, tal derecho. ¡No debemos debilitar en nosotros esta certeza y esta convicción!
No podemos renunciar a esta sublime herencia de la Iglesia ni poner dificultades a que entre en los corazones de los jóvenes. ¡No perdamos la confianza en Dios y en Cristo! El Señor dice: "No tengas temor ante ellos, que yo estaré contigo para salvarte" (Jer 1, 8). Después de estas palabras toca el Señor la boca del hombre y dice: "He aquí que pongo en tu boca mis palabras" (Jer 1, 9). ¿No hemos tenido nosotros esta misma experiencia? ¿No puso El durante nuestra ordenación sacerdotal sus palabras —las palabras de la consagración eucarística— en nuestra boca? ¿No sella El esta boca y el hombre entero con la fuerza de su gracia?
Con nosotros se encuentran también los santos de la Iglesia: los patronos de vuestras diócesis, los grandes Pastores de vuestro país, las famosas mujeres del amor al prójimo y sobre todo María, la Madre de la Iglesia.
Cuando el Evangelista Lucas describe la comunidad de los discípulos después de la Ascensión del Señor a los cielos, alude explícitamente a su perseverante y unánime oración "con María, la Madre de Jesús" (Act 1, 14). Ella, la Madre del Señor, la Madre de todos los creyentes, la Madre también de los sacerdotes, quiere permanecer con nosotros, para que en el Espíritu podamos ser continuamente enviados a este mundo y a los hombres en todas sus necesidades.
9. Venerables hermanos y queridos hijos en el Señor: Las lecturas litúrgicas de esta celebración nos recuerdan finalmente la recompensa para los Pastores que permanecen vigilantes. El Apóstol Pedro habla de "la corona inmarcesible de la gloria" (1 Pe 5, 4).
Aún más impresionantes son las palabras de Cristo en la parábola de los siervos vigilantes: "Dichosos los siervos aquellos a quienes el amo hallare en vela; en verdad os digo que se ceñirá, y los sentará a la mesa, y se prestará a servirlos. Ya llegue a la segunda vigilia, ya a la tercera, si los encontrare así, dichosos ellos" (Lc 12, 37-38).
Permitidme que concluya así estas palabras sin añadir ni quitar nada. Quisiera, sin embargo, que ellas merecieran la oración y la atención de vuestro corazón. Amén.* * *
Terminada la concelebración, el Santo Padre dijo:
Hoy he venido a vosotros a traeros fuerza y ayuda en nombre de Cristo para vuestra tarea, que consiste en anunciar la salvación al Pueblo de Dios. Esta finalidad y atención van acompañados del don que os voy a hacer en la tumba de San Bonifacio. Es una reliquia del Beato Maximiliano Kolbe, que entregaré al Presidente de la Conferencia Episcopal, Emmo. cardenal Höffner, como regalo de la Iglesia universal a la Iglesia que está en Alemania. El Beato Maximiliano Kolbe, maestro de amor al prójimo, sea para vosotros, pastores y fieles, ejemplo luminoso e intercesor en el camino de seguimiento de Cristo sin reservas, con amor dispuesto al sacrificio y espíritu de servicio desinteresado a nuestros hermanos y hermanas. Nadie tiene amor más grande que quien da la vida por sus amigos. Que esta reliquia del Beato Maximiliano Kolbe os recuerde siempre este amor y os anime a imitarle en vuestro servicio de cura de almas. Beato Maximiliano Kolbe: ruega por nosotros.
VIAJE APOSTÓLICO A LA REPÚBLICA FEDERAL DE ALEMANIA
MISA PARA LOS JÓVENES
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
«Theresienwiese» de Munich
Miércoles 19 de noviembre de 1980
Queridos hermanos y hermanas,
queridos jóvenes:
1. Cristo, al hablar del Reino de Dios utiliza frecuentemente imágenes y parábolas. Su imagen de la "cosecha" de la "gran cosecha", debía de evocar en sus oyentes esa época tan bien conocida del ciclo anual en que el hombre podía disponerse a cosechar los frutos de la tierra, sazonados gracias al duro y constante trabajo humano.
La palabra "cosecha" dirige también hoy nuestros pensamientos en la misma dirección, aunque nosotros, hombres de países con un alto nivel de industrialización, apenas somos capaces de captar en su justa medida la importancia y el significado que tienen para el agricultor, y sobre todo para los hombres, la maduración y la cosecha de los frutos de la tierra.
Con la imagen del grano, que va madurando hasta el momento de la cosecha, se refiere Jesús a la madurez y el crecimiento internos del hombre.
El hombre está ligado a su naturaleza y depende de ella. Pero al mismo tiempo la supera con toda la organización interna de su esencia personal. Por eso, la madurez humana es algo diferente del proceso de maduración en la naturaleza. En el hombre no se trata sólo de esfuerzos corporales e inmateriales. Del proceso de maduración humano forma parte esencial la dimensión espiritual y religiosa de su ser. Cuando Cristo habla de la "cosecha", quiere decir que el hombre tiene que ir madurando con vistas a Dios, para después conseguid en Dios mismo, en su Reino, los frutos de su esfuerzo y su madurez.
Con gran seriedad, pero a la vez con alegre esperanza, quisiera haceros hoy hincapié, a vosotros jóvenes de hoy, en esta verdad del Evangelio. Os encontráis en un período de vuestra vida especialmente importante y crítico, en el que se deciden muchas cosas, o casi todo, de cara a vuestro ulterior desarrollo y a vuestro futuro.
El conocimiento de la verdad es de una importancia básica para la formación de la propia personalidad, para la construcción del ser interno del hombre. Realmente, el hombre puede ir madurando sólo apoyado y situado en la verdad. En esto consiste el profundo sentido de tan importante proceso educativo, al que también debe ofrecer sus servicios el sistema global escolar, incluidas las universidades. Ese proceso debe ayudar al joven a conocerse a sí mismo y a comprender el mundo; debe ayudarle a percibir y a tener en perspectiva todo aquello a través de lo cual adquieren pleno sentido la existencia y la acción del hombre en el mundo. Para ello debe ayudarle también a conocer a Dios. El hombre no puede vivir sin conocer el sentido de su existencia.
2. Sin embargo, esta búsqueda, esta autorrealización y maduración sobre la fundamental y plena verdad de la realidad, no es fácil. Siempre ha habido que superar muchas dificultades. Es precisamente a este problema al que parece aludir San Pablo cuando escribe en su segunda Carta a los Tesalonicenses: "No os turbéis de ligero, perdiendo el buen sentido, y no os alarméis... Que nadie en modo alguno os engañe" (2, 2-3). Estas palabras, dirigidas a una joven comunidad de primitivos cristianos, deben hoy ser leídas de nuevo ante el mudado telón de fondo de nuestra civilización y cultura modernas. También yo desearía lanzaros este llamamiento a vosotros, jóvenes de hoy: ¡No os descorazonéis! ¡No os dejéis embaucar!
Dad gracias si tenéis unos buenos padres que os animan y os muestran el recto camino. Tal vez son mejores de lo que, a primera vista, sois capaces de reconocer. Pero no pocos sufren bajo sus padres y se sienten poco comprendidos o casi solos. Otros deben encontrar el camino de la fe sin, o en contra de, sus padres. Otros sufren en la escuela por el "peso del trabajo", como vosotros decís, sufren por las relaciones humanas y las tensiones en los lugares de trabajo, por la inseguridad que crean las perspectivas profesionales de cara al futuro. ¿No va uno a angustiarse cuando advierte que el desarrollo técnico y económico destruye las condiciones de vida naturales del hombre? Y sobre todo: ¿Cómo le irá a este mundo nuestro, dividido en bloques militares de poder, en países ricos y pobres, en Estados libres y totalitarios? Continuamente surgen guerras, en esta u otras latitudes de la tierra, que causan muerte y miseria entre los hombres. Y por otro lado, en muchas partes del mundo, cerca o lejos, se registran actos de la más cruda violencia y de sangriento terrorismo. Incluso en este lugar de nuestra celebración eucarística hemos de tener presentes ante Dios a las víctimas que recientemente fueron heridas o muertas por un artefacto junto a esta plaza. Apenas podemos darnos cuenta de lo que es capaz el hombre en el extravío de su espíritu y su corazón.
Con este trasfondo es como mejor podemos percibir la llamada de atención de la Buena Nueva: "¡No os dejéis desconcertar tan pronto!". Todas estas necesidades y dificultades forman parte de los obstáculos en los que debemos acrisolar nuestro crecimiento en la verdad fundamental. De ahí nos vendrán entonces las fuerzas para colaborar en la construcción de un mundo más justo y más humano; de ahí surgirán el empeño y el coraje para aceptar poco a poco la responsabilidad en la vida de la sociedad, del Estado y de la Iglesia. Nos proporciona un consuelo en verdad no pequeño el pensar que, a pesar de tantas sombras y tinieblas, existe mucho, pero que mucho bien. El hecho de que se hable poco de él no quiere decir que falte. A menudo hemos de permitir que se descubra todo el bien que opera en el anonimato y que sólo más tarde, de improviso, surge radiante. ¿Qué ha tenido que hacer, por ejemplo, una madre Teresa de Calcuta, sino trabajar oculta y desapercibida antes de que un mundo asombrado se apercibiese de ella y de su obra? ¡No os dejéis desanimar tan pronto!
3. ¿Pero no es verdad que en vuestra sociedad, tal como la experimentáis en vuestro medio ambiente, hay no pocos que, confesándose cristianos, andan vacilantes o han perdido el rumbo? ¿Y no se opera eso, de modo pernicioso, particularmente en los jóvenes? ¿No se hace patente de algún modo la multiforme tentación del abandono de la fe de la que habla el Apóstol en su Carta?
La Palabra de Dios de la liturgia de hoy nos permite vislumbrar el amplio horizonte de una tal apostasía de la fe, como parece perfilarse precisamente en nuestro siglo, y nos aclara sus dimensiones.
San Pablo escribe: "El misterio de iniquidad está ya en acción..." (2 Tes 2, 7). ¿No podemos afirmar esto mismo respecto a nuestro tiempo? El poder oculto de la iniquidad, de la apostasía, tiene, según las palabras de la Carta de San Pablo, una estructura interna y una determinada progresión dinámica: "...ha de manifestarse el hombre de la iniquidad..., el hijo de la perdición, que se opone y se alza contra todo lo que se dice Dios o es adorado, hasta sentarse en el templo de Dios y proclamarse dios a sí mismo" (2 Tes 2, 3-4).
También aquí tenemos una estructura interna del rechazo, de la erradicación de Dios del corazón del hombre y de la erradicación de Dios de la sociedad humana, y todo esto con el propósito, como se dice, de una total "humanización" del hombre, es decir, de hacer del hombre el Hombre en sentido absoluto y colocarlo, en cierto modo, en el lugar de Dios, de "divinizarlo" como quien dice. Por otra parte, esta estructura es ya muy antigua; ya aparecía en el principio, como advertimos en los primeros capítulos del Génesis: la tentación de sustituir el "carácter divino" (de la imagen y semejanza de Dios), otorgado al hombre por su Creador, por la "divinización" del hombre frente a Dios (o sin Dios), como aparece claramente en las concepciones ateas de algunos sistemas actuales.
Quien se niega a aceptar la fundamental verdad de la realidad, quien se erige en medida de todo, situándose así en el lugar que ocupa Dios, quien más o menos conscientemente afirma poder prescindir de Dios, creador del mundo, de Cristo, liberador de los hombres, quien, en lugar de buscar a Dios, corre tras los ídolos, siempre estará huyendo de la única verdad capaz de fundamentar nuestra existencia y de ponerla a salvo.
Existe una huida hacia el interior. Puede conducir a la resignación. "Nada tiene sentido". Si los discípulos de Jesús hubiesen actuado de este modo, nunca habría podido experimentar el mundo el mensaje liberador de Cristo. La huida hacia el interior puede adoptar la forma de una pretendida amplitud de conciencia. Por eso, no pocos jóvenes de entre vosotros destruyen su ser interno de hombres refugiándose en el alcohol y las drogas.
A menudo, tras esa actitud se encuentra la angustia y la desesperación; pero otras veces ese comportamiento oculta la búsqueda del placer, la falta de autocontrol o una irresponsable curiosidad de "probarlo" todo. A veces, la huida hacia el interior empuja a algunos a formar parte de sectas seudorreligiosas, que hacen mal uso de vuestro idealismo y de vuestra capacidad de entusiasmo y os roban la libertad de pensamiento y de conciencia. A esta actitud pertenece también la huida a cualquier doctrina de salvación, de esas que ofrecen la conquista de la verdadera felicidad mediante la práctica de determinados requisitos externos, pero que en definitiva vuelven a dejar al hombre abandonado a su irredenta soledad.
También hay quienes huyen de esa verdad básica hacia el exterior, militando en utopías políticas y sociales o en cualquier quimera de la vida social. Por muy necesarios que sean los ideales y las metas propuestas, las "fórmulas mágicas" utópicas ya no pueden ayudarnos, sobre todo cuando, como ocurre la mayoría de las veces, van acompañados de un poder totalitario o del uso de una fuerza destructora.
4. Podéis ver, pues, las numerosas formas que existen de huir de la verdad; podéis percibir cómo opera el oculto e inquietante poder de la iniquidad y de la maldad. ¿Os da buen resultado la tentación del aislamiento y el extravío? La respuesta la da la lectura de hoy del Profeta Ezequiel. Este habla de un pastor que va tras sus ovejas perdidas en la soledad para ponerlas "en salvo en todos los lugares en que fueron dispersadas el día del nublado y de la tiniebla" (Ez 34, 12).
Ese Pastor, que va en busca del hombre por las oscuras calles de su soledad y su extravío para conducirlo a la luz, es Cristo. El es el Buen Pastor. Siempre se halla presente en el oculto centro del "misterio del mal" y se encarga personalmente de los graves asuntos de la existencia humana en la tierra. El obra todo esto en la verdad, liberando el corazón del hombre de esa contradicción fundamental que consiste en pretender divinizar al hombre sin o contra Dios, pretensión que en definitiva acaba creando un clima de aislamiento y extravío. En este camino que conduce del oscuro aislamiento al auténtico ser del hombre, es Cristo, el Buen Pastor, quien, acompañándonos continuamente con el más profundo amor, se preocupa de cada uno de nosotros, especialmente de los jóvenes y su proceso de maduración.
Sigue diciendo el Profeta Ezequiel de este pastor: "Las reuniré en todas las tierras, y las llevaré a su tierra, y las apacentaré sobre los montes de Israel, en los valles y en todas las regiones del país" (Ez 34, 13). "Buscaré la oveja perdida, traeré la extraviada, vendaré la perniquebrada y curaré la enferma, y guardaré las gordas y robustas, apacentaré con justicia" (Ez 34, 16).
De este modo acompañará Cristo el proceso de madurez del hombre en su faceta humana. Nos acompaña, nutre y fortalece en la vida de su Iglesia con su Palabra y sus sacramentos, con el Cuerpo y la Sangre de su celebración pascual. Nos nutre como eterno Hijo de Dios, permite que el hombre participe de su filiación divina, le "diviniza" interiormente para que pueda ser "hombre" en sentido pleno, para que el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, consiga su madurez en Dios.
5. Precisamente fundándose en esto dice Cristo que la mies es "mucha". Es mucha a causa de la definición del hombre, que hace saltar los intentos de encuadrarlo. Es mucha a causa del valor del hombre. Es mucha por la grandeza de su vocación. Es mucha esta admirable cosecha del Reino de Dios en la humanidad, la cosecha de la salvación en la historia del hombre, de los pueblos y de las naciones. Es, en verdad, grande, "pero los obreros son pocos" (Mt 9, 37).
¿Qué quiere decir esto? Esto puede significar, queridos jóvenes, que vosotros sois llamados, llamados por Dios. Mi vida, mi vida humana tiene entonces sentido, cuando soy llamado por Dios, de forma efectiva, decisiva y perentoria. Sólo Dios puede llamar así al hombre, nadie fuera de El. Y esta llamada de Dios va dirigida incesantemente, en Cristo y a través de Cristo, a cada uno de vosotros: llamada a ser obreros en la mies del ser humano propio, a ser obreros en la viña del Señor, en la cosecha mesiánica de la humanidad.
Jesús necesita jóvenes entre vosotros que sigan su llamada y quieran vivir como El, pobres y célibes, para ser así un testimonio vivo de la realidad de Dios entre sus hermanos y hermanas.
Dios necesita sacerdotes, que acepten la llamada a ser buenos Pastores al servicio de su Palabra y de sus sacramentos.
Necesita religiosos, hombres y mujeres, que dejen todo para seguirle y servir así, a los hombres.
Necesita seglares cristianos que se ayuden mutuamente, y ayuden también a sus hijos, en la consecución de la plena madurez del ser humano en Dios.
Dios necesita hombres que estén dispuestos a socorrer y a servir a los pobres, los enfermos, los abandonados, los oprimidos y los olvidados espiritualmente.
La gloriosa historia de más de mil años de fe cristiana en vuestro pueblo es rica en hombres cuya imagen os puede servir de estímulo en la consecución y realización de vuestra vocación. Quisiera nombrar a cuatro figuras que me traen a la memoria el día de hoy y la ciudad de Munich. En los primeros inicios de la historia de vuestra fe vivió San Corbiniano, cuya labor como obispo colocó la primera piedra de la archidiócesis de Munich-Freising. Celebramos su memoria en la liturgia de hoy. Pienso también en el santo obispo Benno de Meissen, cuyos huesos reposan en el convento de religiosas de Munich. Fue un hombre de paz y de reconciliación, que predicó en su época el desprendimiento del poder; un amigo de los pobres y de los necesitados. También hoy pienso en Santa Isabel, cuyo emblema rezaba: "Amar conforme al Evangelio".
Como princesa de Wartburg, renunció a los privilegios de su estado y vivió para siempre dedicada a los pobres y marginados. Finalmente quisiera mencionar a un hombre que alguno de vosotros o de vuestros padres habrán conocido personalmente. Me refiero al jesuita Rupert Mayer, cuya tumba, situada en el centró de Munich, en la cripta del Bürgersaal, es visitada diariamente por cientos de personas que se detienen a dirigirle una breve plegaria. Sin preocuparse de las consecuencias de una grave herida recibida durante la primera guerra mundial en el servicio de su ministerio, se comprometió abierta e intrépidamente, en una época difícil, en la defensa de los derechos de la Iglesia y de la libertad, a consecuencia de lo cual hubo de sufrir el rigor del campo de concentración y del destierro.
¡Queridos jóvenes! ¡Permaneced abiertos a la llamada que os dirige Cristo! Vuestra vida humana es una "empresa y aventura única", que puede conducir a "bendición o a maldición". Con respecto a vosotros, jóvenes, que constituís la gran esperanza de nuestro futuro, queremos pedir al Señor de la mies que os envíe a cada uno de vosotros y a cada uno de vuestros compañeros como operarios de su "abundante cosecha" de esta tierra, como conviene a la gran abundancia de vocaciones y dones en su Reino sobre este país.
Quisiera concluir con un deseo de bendición especial para nuestros hermanos y hermanas evangélicos, que precisamente hoy celebran en este país su día de penitencia y de rogativas. Al celebrar esta jornada tratan de recordar la necesidad de una conversión siempre renovada y la toma de conciencia de la misión de la Iglesia, así como de orar por el pueblo y el Estado. A estas intenciones se adhiere la Iglesia católica romana. Pidamos que en la oración de este día incluyan tanto a sus compatriotas católicos como a su hermano Juan Pablo y su misión. Amén.
MISA PARA LOS SACERDOTES Y SEMINARISTAS DEL ESTUDIO TEOLÓGICO INTERDIOCESANO DE FOSSANO (ITALIA)
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Capilla Matilde del Vaticano
Lunes 8 de diciembre de 1980
Venerables hermanos en el Episcopado,
hijos queridísimos:
Me siento feliz al dirigiros la palabra, mientras celebramos la liturgia de la Inmaculada Concepción de María, Madre de Jesús. En esta solemnidad recordamos y celebramos a Aquella que, desde las rafees de su existencia estuvo a completa disposición del plan divino de salvación, hasta el punto de dejarse invadir totalmente por la gracia para poder prestar un servicio pleno y fecundo al misterio de la Encarnación.
La primera y la tercera lectura de la Misa, que acabamos de escuchar, nos han propuesto la neta contraposición entre la primera Eva que, con su desobediencia y ligereza, perdió la ciudadanía del paraíso terrenal, y la segunda Eva, la Virgen de Nazaret, que, en cambio, con la generosa ofrenda de sí permitió al Verbo Divino habitar entre los hombres, para que pudiéramos obtener de El gracia sobre gracia (cf.Jn 1, 14. 16).
Por esto la proclamamos verdaderamente bendita entre todas las mujeres (cf. Lc 1, 42), realmente "llena de gracia" (ib., 1, 28), porque verdaderamente en Ella "ha hecho cosas grandes el Poderoso" '.(ib., 1, 49). Sin este adorable e indiscutible beneplácito de Dios misericordioso, no se explicaría el misterio de María; pero precisamente María, como he escrito en la reciente Encíclica Dives in misericordia, "es la que conoce más a fondo el misterio de la misericordia divina" (núm. 9). Por lo demás, en la segunda lectura bíblica hemos escuchado al Apóstol Pablo recordarnos que también nosotros, bautizados, hemos sido elegidos por Dios en Cristo "antes de crear el mundo..., por pura iniciativa suya... para alabanza y gloria de su gracia" (Ef 1, 4. 6). Por tanto, hoy, mientras celebramos la singularidad de María Santísima, nos unimos también a Ella para cantar juntos, con alegría y humildad, la benevolencia inmerecida y la magnificencia sorprendente de Aquel de quien Jesús mismo hubo de decir: "Nadie es bueno, sino sólo Dios" (Mc 10, 18).
Venerables hermanos y queridísimos hijos: Sé que vosotros, reunidos aquí, representáis casi por completo al estudio teológico interdiocesano de Fossano, que reúne a los estudiantes de teología de las cinco diócesis de la provincia de Cúneo, en Piamonte. Estoy informado de su fundación, hace ocho años, de su sólido planteamiento y de su buen funcionamiento. Por esto quiero felicitar a los obispos de las diócesis de Alba, Cúneo, Fossano, Mondoví y Saluzzo por su laudable iniciativa, a los responsables y profesores por su solicitud y competencia, y a los estudiantes por su seriedad y su entusiasmo.
Os animo vivamente a proseguir con interés por este camino de mutua colaboración. Y hago votos cordiales para que la institución pueda reunir en sí lo mejor que pertenece a la tradición y a la vida de las respectivas diócesis, y convertirse, a su vez, en un centro propulsor de cultura teológica y de actualización pastoral, que se irradien sobre cada una de las comunidades diocesanas. Lo importante es alimentar con abundancia un constante amor hacia la Palabra de Dios: tanto a la personal, encarnada en Jesucristo, como a la literaria, depositada en la Sagrada Escritura. Es necesario meditar y profundizar en esta Palabra cada vez más, diría que con pasión, según las perspectivas de las disciplinas teológicas, y luego, sobre este fundamento seguro, hecho parte de nosotros mismos, estudiar los mejores modos para anunciarla y dar testimonio de ella eficazmente a los hombres de nuestro tiempo. Sed de estos ministros, de la Palabra (cf. Act 6, 4), y cultivad una incesante actitud de oración, porque "nuestra suficiencia viene de Dios" (2 Cor 3, 5).
Y sabed que el Papa espera mucho de vosotros, pero os asegura su afecto y su recuerdo en el Señor. Precisamente el Señor Jesús, dentro de poco, se hace una vez más presente entre nosotros, para abrirnos la riqueza de su comunión salvífica. El es nuestro Salvador, a cuyo servicio estamos consagrados. A El "el honor, la gloria y la bendición" (Ap 5, 12). ¡Amén!
MISA PARA LOS UNIVERSITARIOS ROMANOS
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Basílica de San Pedro
Viernes 19 de diciembre de 198
1. "O Radix Iesse, qui stas in signum populorum, super quem continebunt reges os suum, quem gentes deprecabuntur: veni ad liberandum nos, iam noli tardare!".
Con estas palabras la liturgia de Adviento saluda hoy a Aquel que debe venir, a Aquel que es el objeto de nuestra espera. En torno a estas palabras de la liturgia de hoy deseo encontrarme con vosotros, que constituís el ambiente universitario de Roma: con vosotros, distinguidos profesores e investigadores, con vosotros, queridos estudiantes. He deseado mucho este encuentro de Adviento. Lo considero como un acto indispensable de mi ministerio en la Iglesia romana. Lo juzgo, además, como una ocasión particular para manifestar esta unidad, esta "communio" espiritual, que os une en torno a Cristo, y mediante esto os une también entre vosotros, y de manera más fuerte que las diversas divisiones y diferencias, a las que está sometida la vida pública y la opinión social. En estas diferencias se manifiesta, sin duda, la dignidad humana y cívica. Sin embargo, es necesario estar muy atentos para que no se conviertan en un factor, que haga imposible la acción por el bien común, y paralice el indispensable vínculo social.
Me alegro, pues, de vuestra presencia, queridos hermanos y hermanas míos, y al mismo tiempo, hijos e hijas, dado que como Obispo de Roma, en lo que se manifiesta también la paternidad de nuestra familia espiritual, me es lícito llamaros así. Me alegro de vuestra presencia, esta tarde, en la basílica de San Pedro, y me gozo juntamente con vosotros de esa alegría de Adviento que, sobre todo, en los últimos días de este período, se hace sentir particularmente en la liturgia. Efectivamente, en estos días el Adviento se convierte verdaderamente en el período de la espera gozosa.
Mientras estoy de nuevo aquí reunido con vosotros, no puedo separar este encuentro del contexto más amplio de tantos otros encuentros vinculados a mi ministerio pastoral en diversos lugares de Italia y del mundo. Pienso en los diversos encuentros que en el pasado, y particularmente en el curso de este último año, han tenido lugar en diversos países e incluso en diversos continentes. Sin embargo, han sido parecidos a nuestros encuentros de Adviento y de Cuaresma en la basílica de San Pedro, tanto por lo que se refiere al carácter del ambiente, con el que he podido encontrarme durante mis visitas fuera de Roma, como también por lo que se refiere a la semejanza de los temas que presentan esos ambientes, dado su carácter universitario.
Recuerdo, pues, muy bien el continente africano y los encuentros de Kinshasa, en el Zaire, y también, un poco después, los de Abidján en Costa de Marfil. Por lo que se refiere a la visita que hice en el mes de julio a Brasil, la gran reunión de jóvenes en Belo Horizonte, no estaba reservada solamente a la juventud académica, sino a toda la juventud del lugar y también a la que había llegado de las diversas partes de ese inmenso país. Sin embargo, por otra razón, no puedo pasar por alto el encuentro particular con los representantes calificados del mundo de la ciencia y de la cultura en Río de Janeiro. Volviendo al continente europeo, tengo vivo en la memoria el "coloquio" vespertino con 50.000 jóvenes franceses en el "Parc des Princeps", y además la visita al Instituto Católico de París. Finalmente, hace poco, en Alemania, recuerdo, sobre todo, el encuentro que tuvo lugar en la catedral de Colonia y luego el de Munich.
Recuerdo esta tarde todo esto para poner en evidencia también el carácter esencial de nuestro encuentro de Adviento. Como Obispo de Roma aprecio mucho estas tardes de oración común con vosotros, y de participación común en la Palabra de Dios y en la Eucaristía, que me permiten sacar de ellas inspiración para otros encuentros similares, y de estos otros encuentros toman, no obstante, la dimensión y el tema. Pero en todas estas vías por las que pasa el coloquio con el hombre contemporáneo sobre el tema de la cultura, de la ciencia y, al mismo tiempo, de las dimensiones fundamentales de la existencia espiritual, soy sobre todo el Obispo de Roma, es decir, vuestro Obispo. La cultura, la ciencia, el servicio a la verdad y a la belleza son, efectivamente, con mucha frecuencia la expresión ignorada del Adviento para el hombre, son la manifestación del hecho de que él vive en una espera que, a la vez, es una aspiración; y la medida de esta aspiración es más grande que la forma solamente material de la producción y del consumo, que la civilización contemporánea trata de imponer a la vida humana.
Y por esto aprecio tanto que junto a la Santa Sede exista la Pontificia Academia de las Ciencias y otros organismos que sirven a la causa de la cultura y de la ciencia. Y estoy muy contento porque he podido hablar sobre este tema, durante el año que acaba, en París ante la Asamblea General de la UNESCO. Os agradeceré muy particularmente a vosotros, que formáis el ambiente universitario de Roma, el que penséis conmigo, vuestro Obispo, en estos importantes problemas, y os agradeceré también que busquéis conmigo los caminos para el futuro del hombre, los caminos del adviento humano.
Efectivamente, por estos caminos se encuentra precisamente Aquel a quien la Iglesia, en la antífona de Adviento de hoy, invoca gritando como desde lo profundo de cada hombre, desde la profundidad de su humanidad misma: "O Radix Iesse, qui stas in signum populorum,... veni!".
3. Las lecturas litúrgicas de esta tarde, como sucede otras veces, confrontan dos acontecimientos distintos en el tiempo, pero de algún modo semejantes y recíprocamente cercanos. Uno de ellos se vincula con el nacimiento de Sansón, el cual, en la época de los Jueces, después de haber llegado el pueblo de Israel a la Tierra Prometida, fue llamado a defender a su pueblo de los filisteos. En cambio, el otro se vincula con el nacimiento de Juan el Bautista.
Todo el Adviento permanece en la perspectiva del nacimiento. Sobre todo de ese nacimiento en Belén que representa el punto culminante de la historia de la salvación. Desde el momento de ese nacimiento, la espera se transforma en realidad. El "ven" del Adviento se encuentra con el "ecce adsum" de Belén.
Sin embargo, esta primera perspectiva del nacimiento se transforma en una ulterior. El Adviento nos prepara no sólo al nacimiento de Dios que se hace hombre. Prepara también al hombre a su propio nacimiento de Dios. Efectivamente, el hombre debe nacer constantemente de Dios. Su aspiración a la verdad, al bien, a lo bello, al absoluto se realiza en este nacimiento. Cuando llegue la noche de Belén y luego el día de Navidad, la Iglesia dirá ante el recién Nacido, que, como todo recién nacido, demuestra la debilidad y la insignificancia: "A cuantos le recibieron dioles poder de venir a ser hijos de Dios" (Jn 1, 12). El Adviento prepara al hombre a este "poder": a su propio nacimiento de Dios. Este nacimiento es nuestra vocación. Es nuestra heredad en Cristo. El nacimiento que dura y se renueva. El hombre debe nacer de Dios siempre de nuevo en Cristo; debe renacer de Dios.
El hombre camina hacia Dios —y éste es su adviento— no sólo como hacia un absoluto desconocido del ser. No sólo como hacia un punto simbólico, el punto "Omega" de la evolución del mundo. El hombre camina hacia Dios, de manera que llega a El mismo: al Dios viviente, al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Y llega, cuando Dios mismo viene a él, y éste es el Adviento de Cristo. El Adviento que supera la perspectiva de la trascendencia humana, supera la medida del adviento humano.
El Adviento de Cristo se realiza en el hecho de que Dios se hace hombre, Dios nace como hombre. Y al mismo tiempo, se realiza en el hecho de que el hombre nace de Dios, el hombre renace constantemente de Dios.
Una vez, al comienzo de su historia, el hombre, varón y mujer, escuchó las palabras de la tentación: "Seréis como Dios, conocedores del bien y del mal" (Gén 3, 5). Y el hombre siguió esta tentación. Y continúa siguiéndola instantemente. Ahora, en medio de la historia de la humanidad ha venido Cristo para llevar de nuevo al hombre de los caminos de la tentación al sendero de la Promesa y de la Alianza, para mostrar lo que en esa tentación hubo de falso y, al mismo tiempo, revelar cómo debe realizarse el adviento del hombre en el camino de la Promesa divina y de la Alianza. ¿De qué modo, por el contrario, puede el hombre "ser como Dios", sino sólo "naciendo" de Dios, sino sólo como "hijo en el Hijo Unigénito"? ¿Cómo podrá de otra manera?
A la tentación perenne del hombre hay que contraponer el Adviento de Cristo: es necesario nacer de Dios y renacer incesantemente de Dios.
Y si en medio de las amplias perspectivas, que despliega ante nosotros el progreso de la cultura o de la ciencia, el cual suscita la legítima alegría y el desarrollo de la civilización, de la amenaza y de la violencia, si, repito, en medio de estas perspectivas tengo, en esta tarde de Adviento, alguna propuesta particular que dirigiros, es la siguiente: ¡no ceséis de vivir, naciendo constantemente de Dios y renaciendo de Dios!
El Adviento de Cristo late en la nostalgia del hombre por la verdad, por el bien y la belleza, por la justicia, el amor y la paz. El Adviento de Cristo late en los sacramentos de la Iglesia, que nos permiten nacer de Dios y renacer de Dios.
¡Vivir la Navidad, regenerados en Cristo por el sacramento de la reconciliación! ¡Vivid la Navidad, sumergiéndoos en el contenido más profundo del misterio de Dios, hacia el cual, en definitiva, se abre todo el adviento del hombre. // "O Radix Iesse... veni ad liberandum nos, iam noli tardare!".
4. Con el anuncio del nacimiento de Juan el Bautista, su padre Zacarias escuchó estas palabras: "...Será grande a los ojos del Señor... Se llenará de Espíritu Santo ya en el vientre materno, y convertirá muchos israelitas al Señor, su Dios. Irá delante del Señor con el espíritu y poder..." (Lc I, 15-17).
Esta es también otra dirección del camino, por el que nos lleva el Adviento. El hombre no sólo camina hacia Dios a través de lo que en él hay: a través de su imperfección, de su amenaza, y a la vez del carácter trascendental de su personalidad, orientado hacia la verdad, el bien, la belleza; a través de la cultura y de la ciencia; a través del deseo y de la nostalgia por un mundo más humano, más digno del hombre.
El hombre no sólo camina hacia Dios (por lo demás, frecuentemente sin saberlo o incluso negándolo) a través de su propio adviento: a través del grito de su humanidad. El hombre va hacia Dios, caminando, en la historia de la salvación, ante Dios: ante el Señor, como escuchamos en el Evangelio con relación a Juan el Bautista, que debía caminar delante del Señor con el espíritu y el poder.
Esta nueva dirección del camino del adviento del hombre está vinculada de modo particular con el Adviento de Cristo. Sin embargo, el hombre camina "delante del Señor" desde el comienzo y caminará delante de El hasta el fin, porque es sencillamente imagen de Dios. Al caminar, pues, por las sendas del mundo, dice al mundo y se da testimonio a sí mismo de Aquel cuya imagen es. Camina delante del Señor sometiendo la tierra, porque de hecho la misma tierra, así como toda la creación, están sometidas al Señor y el Señor se las ha dado al hombre para que las domine.
Camina delante del Señor, llenando su humanidad y su historia terrestre con el contenido de su trabajo, con el contenido de la cultura y de la ciencia, con el contenido de la búsqueda incesante de la verdad, del bien, de la belleza, de la justicia, del amor, de la paz. Y camina delante del Señor, implicándose frecuentemente en todo lo que es negación de la verdad, del bien y de la belleza, negación de la justicia, del amor y de la paz. A veces se siente muy implicado en estas negaciones. Entonces, como por contraste, advierte todo el peso de la imagen desfigurada de Dios en su alma y en su historia.
El adviento del hombre se encuentra con el Adviento de Cristo.
"O Radix Iesse, qui stas in signum populorum... quem gentes deprecabuntur, veni ad liberandum nos, iam noli tardare!".
El Adviento de Cristo es indispensable para que el hombre encuentre de nuevo en él la certeza de que, caminando por el mundo, viviendo de día en día y de año en año, amando y sufriendo..., camina delante del Señor, cuya imagen es en el mundo; da testimonio de El ante toda la creación.
5. Queridos participantes en este encuentro de Adviento. Al terminar esta meditación, quiero desearos a vosotros y a todo el ambiente que representáis, que la Navidad renueve en cada uno de vosotros la certeza de este camino, por el que vais, en el que os guía Cristo.
Que todos vosotros, vuestros compatriotas y juntamente todos aquellos a los que ha llegado, en el curso de este año que está alcanzando su fin, mi servicio, adquiráis de nuevo la valentía y la alegría de este camino por el que vais, en el que os guía Cristo.
Que continuéis, con constancia y de manera cada vez más madura, "caminando delante del Señor".
¡Sí! Que caminéis "delante del Señor". Amén.
SOLEMNIDAD DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR ORDENACIÓN DE 11 NUEVOS OBISPOS
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Basílica de San Pedro
Martes 6 de enero de 1981
1. "Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti!" (Is 60, 1). Con estas palabras del Profeta Isaías la liturgia de hoy anuncia la celebración de una gran fiesta: la solemnidad de la Epifanía del Señor, que es la culminación de la fiesta de Navidad; del nacimiento de Dios
Las palabras del Profeta se dirigen a Jerusalén, a la ciudad del Pueblo de Dios, a la ciudad de la elección divina. En esta ciudad la Epifanía debía alcanzar su cénit en los días del misterio pascual del Redentor.
Sin embargo, por el momento, el Redentor es todavía un niño pequeño. Yace en una pobre gruta cerca de Belén, y la gruta sirve de refugio para los animales. Allí encontró el primer albergue para Sí mismo sobre esta tierra. Allí le rodearon el amor de la Madre y la solicitud de José de Nazaret. Y allí tuvo lugar también el comienzo de la Epifanía: de esa gran luz que debía penetrar los corazones, guiándolos por el camino de la fe hacia Dios, con el cual solamente por esta senda puede encontrarse el hombre: el hombre viviente con el Dios viviente.
Hoy en este camino de la fe vemos a los tres nuevos hombres que vienen de Oriente, de fuera de Israel. Son hombres sabios y poderosos, que vienen a Belén conducidos por la estrella en el firmamento celeste y por la luz interna de la fe en la profundidad de sus corazones.
2. En este día, tan solemne, tan elocuente, os presentáis aquí vosotros, venerados y queridos hijos, que por el acto de la ordenación debéis venir a ser hermanos nuestros en el Episcopado, en el servicio apostólico de la Iglesia. Os saludo cordialmente en esta basílica, la cual se trasladó la luz de la Jerusalén mesiánica juntamente con la persona del Apóstol Pedro, que vino aquí guiado por el Espíritu Santo de acuerdo con la voluntad de Cristo.
Aquí, en este lugar, medito con vosotros las palabras de la liturgia de hoy, en las que se manifiestan la luz de la Epifanía y la misión nacida en los corazones de los hombres por la fe en Jesucristo. Que esta luz resplandezca sobre vosotros de modo particular en el día de hoy, que brille continuamente en los caminos de vuestra vida y de vuestro ministerio. Que esta luz os guíe —como la estrella de los Magos— y os ayude a guiar a los demás de acuerdo con la sustancia de vuestra vocación en el Episcopado.
"Los obispos —ha recordado el Concilio Vaticano II— como sucesores de los Apóstoles, reciben del Señor, a quien ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra, la misión de enseñar a todas las gentes y de predicar el Evangelio a toda criatura, a fin de que todos los hombres consigan la salvación por medio de la fe, del bautismo y del cumplimiento de los mandamientos (cf. Mt 28, 18-20; Mc 16, 15-16; Act 26. 17 ss.). Para cumplir esta misión, Cristo Señor prometió a los Apóstoles el Espíritu Santo, y lo envió desde el cielo el día de Pentecostés, para que, confortados con su virtud, fuesen sus testigos hasta los confines de la tierra ante las gentes, los pueblos y los reyes (cf. Act 1, 8; 2, 1 ss.; 9, 15). Este encargo que el Señor confió a los Pastores de su pueblo es un verdadero servició, que en la Sagrada Escritura se llama con toda propiedad 'diaconía', o sea, ministerio (cf. Act 1, 17 y 25; 21, 19; Rom 11, 13; 1 Tim 1, 12)" (Lumen gentium, 24).
3. Debéis ser, queridos hermanos, confesores de la fe, testigos de la fe, maestros de la fe. Debéis ser los hombres de la fe. Contemplad este maravilloso acontecimiento que la solemnidad de hoy presenta a los ojos de nuestra alma.
Un día, después de la venida del Espíritu Santo, se realizó en la comunidad de la Iglesia primitiva un gran cambio. El protagonista de este cambio fue Pablo de Tarso. Escuchemos cómo habla en la liturgia de hoy: "Se me dio a conocer por revelación el misterio...: que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa en Jesucristo, por el Evangelio" (Ef 3, 3. 6).
Este misterio, en virtud del cual Pablo, y luego los otros Apóstoles, llevaron la luz del Evangelio más allá de las fronteras del Pueblo de la Antigua Alianza, este misterio se anuncia ya hoy. Ya en el momento del nacimiento del Mesías: en su pesebre de Belén, en la coparticipación de la promesa que El ha venido a realizar, son llamados con la luz de la estrella y con la luz de la fe tres hombres que provienen de fuera de Israel.
Estos tres hombres hablan de todos aquellos que deben seguir la misma luz mesiánica, tanto de Oriente como de Occidente, tanto del Norte como del Sur, para encontrar juntamente "con Abraham, Isaac y Jacob" la promesa del Dios viviente.
Esta promesa se realiza hoy ante los ojos de los Magos, tal como se realizó en la noche del nacimiento de Dios ante los ojos de los pastores, cerca de Belén.
¡Oh, cuánto nos dicen hoy las palabras del Profeta, que interpela a Jerusalén: "Levanta la vista en torno, mira... tu corazón se asombrará, se ensanchará" (Is 60, 4-5).
4. Queridos hijos y amados hermanos:
Debéis convertiros en testigos singulares de la alegría que siente hoy la Jerusalén del Señor ¡Deben palpitar y dilatarse vuestros corazones ante el misterio que contempláis! ¡Ante la luz a la que debéis servir!
¡Qué grande es la fe de los Magos! ¡Qué seguros están de la luz que el Espíritu del Señor encendió en sus corazones! Con cuánta tenacidad la siguen. Con cuánta coherencia buscan al Mesías recién nacido. Y cuando finalmente llegaron a la meta, "...se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al Niño con María, su Madre, y, cayendo de rodillas, lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro. incienso y mirra" (Mt 2, 10-11).
La luz de la fe les permitió escrutar todas las incógnitas. Los caminos incógnitos. las circunstancias incógnitas. Como cuando se hallaron ante el recién Nacido, un recién nacido humano que no tenía casa. Ellos se dieron cuenta de la miseria del lugar. ¡Qué contraste con su posición de hombres instruidos y socialmente influyentes! Y, sin embargo, "cayendo de rodillas, lo adoraron" (cf. Mt 2, 11).
Si este Niño, Cristo, hubiese podido hablar entonces, tal como habló después muchas veces, les debería haber dicho: ¡Hombres, qué grande es vuestra fe! Palabras semejantes a las que una vez, más tarde, escuchó la mujer cananea: "¡Grande es tu fe!" (cf. Mt 15, 28).
5. Queridos hermanos: Dentro de poco, también vosotros os inclinaréis profundamente, y os postraréis, y tendidos sobre el pavimento de esta basílica, prepararéis vuestros corazones para la nueva venida del Espíritu Santo, para recibir sus dones divinos. Son los mismos dones que iluminaron y robustecieron a los Magos en el camino de Belén, en el encuentro con el recién Nacido y, luego, en el camino de retorno y en toda su vida.
A estos dones divinos ellos respondieron con un don: el oro, el incienso y la mirra, realidades que tienen también su significado simbólico. Teniendo presente ese significado, ofreced hoy vuestros dones, a vosotros mismos en don, y estad dispuestos a ofrecer, durante toda vuestra vida el amor, la oración, el sufrimiento.
Y luego, levantaos, dirigíos por el camino por el que os conducirá el Señor, guiándoos por las sendas de vuestra misión y de vuestro ministerio.
¡Levantaos, robusteceos en la fe! Como testigos del ministerio de Dios. Como siervos del Evangelio y dispensadores de la potencia de Cristo. Y caminad a la luz de la Epifanía, guiando a los otros a la fe y fortificando en la fe a todos los que encontréis.
Que os acompañe siempre la sabiduría, la humildad y la valentía de los Magos de Oriente.
MISA EN EL PONTIFICIO SEMINARIO FRANCÉS DE ROMA
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Domingo 11 de enero de 1981
Esta celebración del Bautismo de Jesús el Señor nos introduce en la intimidad del misterio de la persona y misión de Cristo. Y por lo mismo nos introduce en una mejor comprensión de nuestro ser de cristiano, de bautizado y, más aún, de nuestra vocación de sacerdote o futuro sacerdote.
1. Al final de esta semana de Epifanía asistimos precisamente a la manifestación de Cristo, a su "epifanía" al ser bautizado por Juan Bautista. A orillas del Jordán Jesús se mezcló con los pecadores, con cuantos esperaban la presencia del Mesías haciendo penitencia.
El Verbo hecho carne, a pesar de ser de condición divina, no reputó codiciable tesoro mantenerse igual a Dios, sino que tomó la forma de esclavo, haciéndose semejante a los hombres, y se hizo obediente (cf. Flp 2, 4-8) viviendo en la carne para rescatar a cuantos estaban en poder de la carne.
Y "los cielos se abrieron", dice misteriosamente San Mateo. Queda manifiesto así a quienes fue revelado entonces este acontecimiento espiritual, y a todos aquellos a quienes está destinado el relato evangélico, que no hay barrera alguna entre Dios y Jesús, sino contacto inmediato, unión total, un cara a cara; y nosotros creemos que es así en virtud también de la Encarnación, pues es el Verbo de Dios quien se ha hecho carne.
El Profeta Isaías había suspirado por la venida de Dios después de su revelación plena, con estos términos conmovedores: "Oh si rasgaras los cielos y bajaras... para dar a conocer tu nombre" (Is 64, 1-2). Gracias al Hijo conocemos ahora el nombre verdadero de Dios. El Padre se revela como tal llamando a su Hijo "muy amado" en quien ha puesto todo su amor. Revela al Hijo. Lo presenta abiertamente al mundo, comenzando por sus discípulos. "Es el testimonio de Dios, el testimonio que Dios ha dado de su Hijo" (1 Jn 5, 9), dirá San Juan. Con Jesús penetramos en el misterio verdadero de Dios, el de la Trinidad Santa.
Porque el Espíritu Santo también se manifestó. Se posa sobre Jesús en forma de paloma, esta ave familiar, símbolo del amor y de la paz, que aquí es imagen del don perfecto procedente de las profundidades de Dios. Viene a manifestar el vínculo inefable que une a Jesús con su Padre, y a dar a entender también que Jesús va a inaugurar públicamente su misión de salvación entre los hombres con la potencia de lo Alto. Se nos invita, pues, a aplicar a Jesús la profecía de Isaías donde Dios dice: "He aquí a mi siervo, a quien sostengo yo, mi elegido en quien se complace mi alma. He puesto mi espíritu sobre él... te he tomado de la mano, y te he formado, te he puesto por alianza para mi pueblo y para luz de las gentes" (Is 42, 1-6).
Sí, adoremos al Hijo muy amado en esta "epifanía" que los Padres, de Oriente sobre todo, celebran al mismo tiempo que la manifestación a los Magos en Belén; abierto el cielo, se nos ha manifestado en el seno de la Trinidad, se nos ha manifestado como investido de su misión para con nosotros.
2. El Hijo único de Dios viene a hacernos hijos a nosotros. El misterio de su bautismo nos adentra en el misterio de nuestro bautismo. "Pues de su plenitud recibimos todos gracia sobre gracia" (Jn 1, 16). Hemos sido bautizados no sólo en agua, sino en el Espíritu que viene de lo alto y comunica la vida de Dios. Hemos sido bautizados en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo, para entrar en comunión con ellos. En cierta manera los cielos se han abierto para cada uno de nosotros, a fin de que entremos en la "casa de Dios" y conozcamos la adopción divina. Llevamos el sello para siempre, no obstante nuestra debilidad e indignidad. Demos gracias hoy del don de nuestro bautismo; al hacernos partícipes de la vida de Dios, nos hace participar en el culto espiritual de Cristo, en su misión profética, en su servicio real que constituye el sacerdocio común de todos los bautizados. "¡Cristiano, reconoce tu dignidad!". El 1 de junio último interpelé así a todo el pueblo de Francia: "Francia, hija primogénita de la Iglesia, ¿eres fiel a las promesas de tu bautismo?". Este interrogante os lo planteo hoy a cada uno de vosotros que pertenecéis al pueblo de Francia, si bien vivís actualmente en la diócesis de Roma.
3. Y en fin, damos gracias a Dios por esta llamada de Cristo a participar en su sacerdocio ministerial, que nos une tan estrechamente a su misma misión de "Siervo" inaugurada en su bautismo.
Tengo la alegría de celebrar precisamente hoy la Eucaristía en un seminario y dirigirme a sacerdotes y en particular a quienes se preparan al sacerdocio, y también a sus amigos de Roma. No olvido que representáis una parte de los seminaristas de Francia —prácticamente la décima parte, me han dicho— y procedéis de gran número de diócesis de Francia.
Queridos amigos: ¿Os dais bien cuenta de la gracia que el Señor os ha concedido ya? Ha hecho resonar en vosotros su llamada a dejarlo todo para seguirle, esperando conferiros su Espíritu con la imposición de las manos que hará de vosotros diáconos y sacerdotes suyos. ¿Cómo deciros la gran esperanza que pone la Iglesia en vosotros sobre todo para el porvenir de la Iglesia en Francia? El querido cardenal Marty, felizmente presente entre nosotros, podría atestiguarlo mejor que nadie. El Papa comparte esta esperanza de los obispos de Francia y con ellos os manifiesta su confianza y afecto.
A vuestros compañeros del seminario de Issy-les-Moulineaux ya tuve ocasión de decirles mis ideas en junio último, si bien había confiado a los sacerdotes en Notre Dame el aliento y exhortaciones destinados a ellos. Seguro de que no habréis dejado de volver a leer aquellos textos y de que vuestros directores saben orientaros hacia lo esencial, me contentaré con pocos puntos.
4. Realizáis aquí el aprendizaje de servidores de Cristo, aprendizaje que necesita larga maduración espiritual, intelectual y pastoral. Es un poco como la experiencia que hicieron los Apóstoles que el Señor congregó después de su bautismo.
Necesitáis en primer lugar entrar cada día un poco más en el Espíritu de Cristo, enraizaros en El. Esto expresa hasta qué punto debéis familiarizaros con su Palabra, con la Escritura, y meditarla; tratar con el Señor en la intimidad de la oración —nada puede reemplazar la oración personal sin la que nuestra vida sacerdotal se secaría—; aprender a orar juntos y a tener conversaciones espirituales con toda sencillez; celebrar al Señor en una liturgia digna y vivida, según lo permiten el Concilio y la reforma de Pablo VI bien entendida; uniros al Sacrificio de Cristo que será el cénit y centro de vuestra vida sacerdotal diaria. También debéis aprovecharos de la experiencia de autores espirituales e iniciaros en las escuelas de espiritualidad para nutrir vuestra mentalidad cristiana, orientar y fortificar vuestra acción cristiana y adquirir el arte de guiar a las almas, como recordé en mi Carta a los sacerdotes del Jueves Santo de 1979.
5. Estáis aquí igualmente para recibir una sólida formación doctrinal en las diferentes ramas del saber teológico, bíblico, canónico, filosófico. No insisto en ello porque pienso que sois unos convencidos y sé —así lo creo— que os empeñáis en adquirirla. Por otra parte, en esta ciudad de Roma tenéis la suerte de disponer de universidades y facultades relevantes que exigen alto nivel de estudios e investigación; éstas os permiten iniciaros de modo equilibrado en todo el pensamiento del Magisterio de la Iglesia, descubrir su significado profundo y adheriros a él con fidelidad.
A veces no veis relación directa entre estos estudios y el ministerio que se os va a pedir; pienso, por ejemplo, en los fundamentos filosóficos que revisten tanta importancia. Pero tened paciencia. Estáis enriqueciendo vuestro raciocinio con elementos sólidos y métodos absolutamente indispensables para libraros de estar a merced de cualquier viento de doctrina y ser capaces de predicar, enseñar y guiar con seguridad la reflexión de los laicos cristianos en el dédalo de las corrientes ideológicas y costumbres actuales.
Estos estudios romanos deben daros también gusto y posibilidad de proseguir el trabajo intelectual a lo largo de toda la vida. Claro está que se os llamará a ministerios diversificados que vosotros no podéis prever ni os tocará elegir, pero que exigirán a todos formación sólida y cualificada. Personalmente, siendo arzobispo de Cracovia y profesor en Lublín, siempre he insistido en estos estudios profundos. Piden sacrificios, claro está. Pero dan seguridad a la preparación del porvenir. El problema está en velar para que vuestra vida intelectual y vuestra vida espiritual vayan unidas.
6. En fin, todo cuanto hacéis se endereza a prepararos a la vida apostólica de sacerdotes. Y habla del esfuerzo que debe animaros en orden a llevar el Evangelio a vuestros contemporáneos, ayudarles a acogerlo con una adhesión de fe que frecuentemente resulta difícil, ejercitarlos en la oración común y en la recepción fructuosa de los sacramentos, y educarlos a las exigencias concretas de la fe en sus ocupaciones varias.
Esta ansia de evangelizar ha sido y sigue siendo gloria de un gran número de sacerdotes franceses; espero que seréis de éstos. No para hacer algo para vosotros. Sino para llevar a Jesucristo. Y por los caminos que quiere la Iglesia. Pues ser sacerdote será, participando en el sacerdocio único de Cristo, participar en el sacerdocio de vuestro obispo y bajo su responsabilidad; será integraros en el presbyterium de vuestra diócesis con entusiasmo, confianza y humildad, para ejercer una parte del ministerio, la que se os confíe y a la que debéis estar disponibles; será trabajar solidariamente con vuestros hermanos sacerdotes sin abdicar ninguna de las exigencias de la Iglesia integradas en vuestra formación. Por el momento, el deber del estudio y el hecho de no ser aún sacerdotes, no os consienten encargaros de un apostolado, si bien algunos prestan la ayuda que pueden a la diócesis de Roma.
Pero debéis preocuparos por encima de todo de mantener vínculos verdaderos y confiados con vuestro obispo, estar humildemente abiertos a las necesidades espirituales a que deberéis responder el día de mañana; a las inquietudes apostólicas de vuestros hermanos franceses y, sobre todo, a las de vuestros obispos que tienen la responsabilidad de la evangelización. El aprendizaje de la vida eclesial se hace también a través de la calidad de vuestra vida comunitaria en este seminario de "Santa Chiara", de vuestra vida fraterna, de vuestra capacidad de aceptaros, diferentes como sois, y vivir en equipos, orientados hacia la misma meta: la misión de la Iglesia.
Recordáis cómo delineaba Isaías hace un momento la figura del servidor: "No gritará... la caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará. Promoverá fielmente el derecho. No vacilará". Ojalá seáis el día de mañana esos Pastores. intrépidos, firmes y misericordiosos a un tiempo. Y suscitéis también otros candidatos al sacerdocio. Sí, queridos jóvenes, vuestra oración, ejemplo y dinamismo al servicio de la Iglesia, y vuestro gozo de servir a Cristo, pueden mucho para obtener de Dios las vocaciones de que tienen necesidad vital la Iglesia en general, y la Iglesia en Francia.
Finalmente, ¿es necesario añadir que aquí en Roma tenéis la suerte de poder unir a este sentido pastoral, al amor a vuestra Iglesia local, la apertura a otras Iglesias locales con cuyos miembros podéis alternar aquí, y la inquietud por la necesaria unidad de la Iglesia universal en comunión con el Papa? Estoy seguro de que mantendréis fuertemente esta adhesión a Roma y al Sucesor de Pedro; y siempre ayudaréis a vuestras comunidades cristianas a vivirla, para que su crecimiento se desenvuelva dentro de la fidelidad a la fe y en armonía con todo el Cuerpo de Cristo.
7. Queridos amigos: Esta formación será fruto de esfuerzos perseverantes que yo tenía interés en alentar. Los haréis con la ayuda de vuestros directores y profesores de esta casa, y de vuestros consejeros espirituales. Quiero darles gracias sinceras por su colaboración y rendir honor a la congregación de los padres del Espíritu Santo por la animación de este seminario pontificio desde su fundación.
El alma de vuestros progresos en el camino del sacerdocio será, en fin, el Espíritu Santo, el que se apareció sobre Jesús en su bautismo y lo encaminó a su misión. Vamos a pedir al Espíritu Santo por vosotros. Asimismo haréis vosotros por mí. Y ello en unión siempre con la Santísima Virgen, tan disponible precisamente al Espíritu Santo, María Inmaculada, a quien está consagrada vuestra casa y a quien os dirigís con justo título como a la "Tutela domus". Ella os conducirá con seguridad a Jesús el Salvador, para que como sacerdotes lleguéis a ser servidores de su amor. Amén.
SANTA MISA CONCELEBRADA EN EL COLEGIO DE SAN PABLO APÓSTOL
HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
Sábado 24 de enero de 1981
Queridísimos sacerdotes:
1. Es para mí una gran alegría poderme encontrar hoy con vosotros, en este Colegio dedicado a San Pablo Apóstol, donde tenéis vuestra residencia, mientras frecuentáis la Universidad de "Propaganda Fide", para desarrollar y completar vuestros estudios filosóficos y teológicos y vuestra preparación pastoral. En las visitas que estoy realizando a los diversos institutos y ateneos de la ciudad de Roma, no podía y no debía faltar, en la circunstancia tan singular de la fiesta del Colegio, este encuentro con vosotros, que venís de todas las partes del mundo y que traéis aquí, al centro de la cristiandad, las características y los anhelos de vuestros pueblos y de vuestras culturas.
Por esto, recibid mi saludo cordial y afectuoso, que se dirige, ante todo, al cardenal Prefecto y al Secretario de la Sagrada Congregación para la Evangelización de los Pueblos, a los superiores y responsables del Colegio, y se extiende además a cada uno de vosotros personalmente, comprendiendo también a todos los que colaboran con diversas tareas para la buena marcha de la casa y de la vida en común. Es un saludo que quiere expresar satisfacción y aprecio por la buena voluntad que demostráis en vuestro compromiso de estudio y de actualización, para un ministerio más eficaz, adaptado a las exigencias de la sociedad, y para una ayuda iluminada y concreta a las comunidades eclesiales de vuestras naciones y de vuestras diócesis. Y es un saludo que trata también de manifestar mi agradecimiento por vuestra fidelidad a la Sede Apostólica y por las oraciones que ofrecéis por mi persona y misión universal.
2. Pero deseo que el encuentro de hoy en torno al altar, celebrando el Sacrificio eucarístico, se convierta para todos vosotros en un estímulo para una vida sacerdotal cada vez más santa y para un compromiso cada vez más responsable en vuestros estudios y en vuestros ideales. Precisamente las lecturas de la liturgia se prestan para algunas reflexiones de notable importancia a este fin.
En la primera lectura hemos oído lo que dice el Señor por medio del Profeta Isaías: "Como baja la lluvia y la nieve de lo alto del cielo, y no vuelven allá sin haber empapado y fecundado la tierra y haberla hecho germinar, dando la simiente para sembrar y el pan para comer, así la palabra que sale de mi boca no vuelve a mí vacía, sino que hace lo que yo quiero y cumple su misión" (Is 55, 10-11). Se trata de expresiones bien conocidas, que han hecho reflexionar a los Padres y a los Doctores de la Iglesia, a los santos y a los místicos de todas las épocas y que causan impresión también a nuestras almas, porque afirman la absoluta potencia y eficacia de la Revelación de Dios: ningún obstáculo o rechazo humano puede detenerla o apagarla. Nosotros sabemos que la "Palabra de Dios" se encarnó en la plenitud de los tiempos: "En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios... Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros" (Jn 1, 1. 14), y permanece presente en la historia humana por medio de la Iglesia: "Yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación del mundo" (Mt 28; 20).
La "Palabra de Dios" es siempre eficaz, porque ante todo pone en crisis a la razón humana: las filosofías simplemente racionales y temporales, las interpretaciones meramente humanistas e historicistas, quedan desquiciadas por la "Palabra de Dios", que responde con suprema certeza y claridad a los interrogantes que se plantean al corazón del hombre, y lo ilumina acerca de su verdadero destino, sobrenatural y eterno, indicándole la conducta moral que debe practicar, como camino auténtico de serenidad y de esperanza. No sólo esto: la "Palabra de Dios" da "luz" y "vida", se hace vida de gracia, participación en la misma vida divina, inserción en el misterioso, pero real, dinamismo de la redención de la humanidad. Efectivamente, Jesús se definió "luz del mundo": "Yo he venido como luz al mundo, para que todo el que crea en mi no permanezca en tinieblas" (Jn 12, 46), y vida de las almas.
¡Fortalecidos con esta certeza que viene de Dios, es necesario tener la valentía de su Palabra! ¡Ningún miedo a la verdad: la "Palabra de Dios" es siempre eficaz, no es inerte, jamás es derrotada, no vuelve a Dios humillada o desilusionada! Y entonces, os digo con San Pablo: "Andad como hijos de la luz" (Ef 5, 8). Ciertamente la "Palabra de Dios" es desconcertante, porque dice el Señor: "No son mis pensamientos vuestros pensamientos, ni mis caminos son vuestros caminos" (Is 55, 8); pone en crisis, porque es exigente, es tajante como espada de dos filos, no se basa en persuasivos discursos de sabiduría humana, sino en la manifestación del Espíritu y de su potencia (cf. 1 Cor 2, 4-5). "Nadie se engañe —escribía San Pablo a los Corintios—; si alguno entre vosotros cree que es sabio según este siglo, hágase necio para llegar a ser sabio. Porque la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios... Nadie, pues, se gloríe en los hombres" (1 Cor 3, 18-19. 21). En efecto, hay una falsa sabiduría que puede tentar y engañar, confundiendo y convirtiendo en presuntuosos. Comentando la afirmación: "Demos a Dios un culto que le sea agradable, con temor y reverencia, porque mostró Dios ser un fuego devorador" (Heb 12, 28-29), el cardenal Newman, un apasionado de San Pablo, decía así: "El temor de Dios es el principio de la sabiduría; hasta que no veáis a Dios como un fuego consumidor, y no os acerquéis a El con reverencia y santo temor, por ser pecadores, no podréis decir que tenéis siquiera a la vista la puerta estrecha: El temor y el amor deben ir juntos; continuad temiendo, continuad amando hasta el último día de vuestra vida. Esto es cierto; pero debéis saber qué quiere decir sembrar aquí abajo con lágrimas, si queréis cosechar con alegría en el más allá" (Parochial and Plain Sermons, vol. I, Serm. 24; cf. J. H. Newman, La mente e il cuore di un grande, Bari, 1962, página 230).
3. En la segunda lectura, el célebre episodio de la conversión de San Pablo, contado por él mismo a los judíos de Jerusalén, es igualmente denso de enseñanzas para vuestra vida sacerdotal. En el camino de Damasco, caído en el polvo, San Pablo queda cegado por la luz fulgurante de aquel Jesús a quien él perseguía en los cristianos; sigue su conversión inmediata y decisiva, evidente obra milagrosa de la gracia de Dios, porque Pablo debía ser el primer autorizado intérprete del mensaje de Jesús, divinamente inspirado. El Divino Maestro le manda levantarse y proseguir el camino; y desde ese momento, se puede decir que San Pablo se convierte en maestro y guía del conocimiento y del amor a Cristo.
Pero sobre todo deben interesarnos y hacernos meditar las palabras del justo Ananías: "El Dios de nuestros padres te ha elegido para que conozcas su voluntad, para que vieras al Justo y oyeras su voz, porque vas a ser testigo ante todos los hombres de lo que has visto y oído" (Act 22, 14-15).
Estas palabras se pueden aplicar también a cada sacerdote, ministro de Cristo. También vosotros habéis sido elegidos, más aún, predestinados, por el Altísimo para conocer la "Palabra de Dios", para encontraros con Cristo, para participar de sus mismos poderes divinos, para anunciarlo y testimoniarlo ante todos los hombres. Como Pablo, convertido a la verdad, se lanzó con ardiente fervor a su misión de apóstol y testigo, y ninguna dificultad logró nunca detenerlo, haced así también vosotros. El mundo tiene necesidad de almas fervorosas y decididas, humildes en el comportamiento, pero firmes en la doctrina; generosas en la caridad, pero seguras en el anuncio; serenas y animosas, como Pablo, que en medio de dificultades y contrastes de todo género, sobreabundaba de alegría en cada una de sus tribulaciones, porque para él vivir era Cristo y morir una ganancia (cf. 2 Cor 7, 4; Flp 1, 21).
El Evangelista San Marcos refiere las últimas palabras de Jesús, categóricas e imperativas: "Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará; el que se resista a creer, será condenado" (Mc 16, 15-16). Ellas significan que es positiva voluntad de Dios que el mensaje evangélico sea anunciado a todo el mundo, y que se crea en la "Palabra de Dios". Ser sacerdotes es indudablemente una dignidad inmensa y excelsa; pero es también una responsabilidad grande. ¡Tened siempre conciencia clara de vuestra grandeza y sed dignos de la confianza que Dios ha puesto en vosotros!
Queridísimos, que os ilumine en vuestros estudios y os conforte en vuestros propósitos María Santísima, a la que en estos días rezamos como "Madre de la unidad de la Iglesia", y a la que siempre invocamos como "Trono de la Sabiduría", "Causa de nuestra alegría".
VIAJE APOSTÓLICO A EXTREMO ORIENTE
SANTA MISA PARA LOS RELIGIOSOS
HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
Catedral de Manila
Martes 17 de febrero de 1981
Muy amados en Cristo:
1. En estas fechas hace cuatrocientos años llegaba a Manila el obispo Domingo de Salazar. Lo había enviado el Papa Gregorio XIII para ser el primer obispo de esta diócesis apenas creada, y vino a vuestro país a proseguir la obra de evangelización y seguir construyendo sobre la base de lo realizado por los misioneros que le habían precedido.
Al celebrar hoy la Eucaristía en la catedral de Manila, me siento en cercanía espiritual con el obispo de Salazar y el Papa Gregorio. El mismo amor al Evangelio y al pueblo filipino que a ellos impulsaba, me ha movido a mí, al actual Obispo de Roma, a venir a vuestra amada tierra a proclamar el mensaje de Cristo y confirmaros en la fe. Es éste un momento de gran alegría para mí al celebrar la Eucaristía con vosotros en la catedral de Manila, al unir nuestros corazones y nuestras voces en la proclamación de las grandezas de Dios y .en la alabanza y gloría al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo. Lo hacemos evocando el gran esfuerzo de renovación hecho por esta Iglesia local de Manila el año 1979 y pidiendo a Dios lleve a cumplimiento el gran trabajo comenzado en el Sínodo archidiocesano.
Estos días tendré el honor especial de beatificar a Lorenzo Ruiz, uno de vuestros compatriotas, padre de familia y laico de fe intrépida. Entre todos los acontecimientos con que habéis conmemorado el IV centenario de la Iglesia en Manila, la beatificación de Lorenzo Ruiz y sus quince compañeros mártires ocupa el lugar principal. Sea también para todos vosotros —obispos, sacerdotes, religiosos y laicos— un estímulo a procurar la santidad que se funda en Cristo Jesús.
2. En este momento deseo dirigir un mensaje especial a todos los religiosos —sacerdotes y hermanos— que están aquí presentes, y a través de ellos a todos los religiosos de Filipinas. Permitidme comenzar, hermanos míos, manifestando mi gratitud al Señor por vuestra presencia en esta Iglesia y vuestra colaboración en la misión que la Iglesia tiene de proclamar el Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo.
En el pasaje de San Juan que acabamos de escuchar, se nos recuerda la esencia de la vida religiosa. "No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto" (Jn 15, 16). Por , iniciativa del Salvador y por vuestra respuesta libre a El, Cristo se ha convertido en el objeto de vuestra vida y en el centro de todos vuestros pensamientos. Por Cristo precisamente hacéis la profesión de los consejos evangélicos; y es Cristo quien os sostendrá en la fidelidad a El y en el servicio amoroso a su Iglesia.
La consagración religiosa es esencialmente un acto de amor: el amor de Cristo a vosotros y, en correspondencia, vuestro amor a El y a todos sus hermanos. Hoy se proclama este misterio en el Evangelio cuando Jesús dice a sus discípulos: "Como el Padre me amó, yo también os he amado; permaneced en mi amor" (Jn 15, 9). Cristo quiere que permanezcáis en El, de El os alimentéis diariamente en la celebración de la Eucaristía, y le entreguéis la vida en la oración y negación de vosotros mismos. Fiados de su palabra y confiando en su misericordia respondéis al amor de Cristo. Elegís seguirle más de cerca en castidad, pobreza y obediencia; y queréis tomar parte más plenamente en la vida y santidad de la Iglesia. Queréis amar como a hermanos y hermanas a todos cuantos Cristo ama.
3. Hoy el mundo necesita ver vuestro amor a Cristo. Necesita el testimonio público de la vida religiosa. Como ya dijo Pablo VI: "El hombre moderno escucha más a los testigos que a los maestros, y si escucha a los maestros es porque son testigos" (AAS 66, 1974, 568). Si los no creyentes de este mundo han de llegar a creer en Cristo, necesitan vuestro testimonio fiel, testimonio que brota de vuestra confianza total en la abundante misericordia del Padre y de vuestra esperanza perseverante en el poder de la cruz y la resurrección.
Y así, los ideales, valores y convicciones que subyacen en vuestra entrega a Cristo, deben traducirse al lenguaje de la vida diaria. En medio del Pueblo de Dios, en la comunidad eclesial local, vuestro testimonio público forma parte de vuestra aportación a la misión de la Iglesia. Como dice San Pablo: "Sois una carta de Cristo... escrita no con tinta, sino con el Espíritu de Dios vivo; no en tablas de piedra sino en las tablas de carne que son vuestros corazones" (2 Cor 3, 3).
4. Como hermanos y sacerdotes religiosos estáis ocupados en gran variedad de actividades apostólicas: proclamar la Palabra de Dios, administrar sacramentos, enseñar, catequizar, cuidar a enfermos, ayudar a pobres y huérfanos, practicar la caridad, servir por la oración y el sacrificio, edificar las comunidades locales para que sean reflejo del Evangelio y formen el Reino de Dios. Cuando ejecutéis estas obras de servicio con perseverancia firme, recordad el consejo de San Pablo: "Todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como obedeciendo al Señor y no a los hombres" (Col 3, 23).
Todas estas actividades apostólicas conservan su importancia hoy. Siguen siendo dimensiones vitales de la evangelización, constituyen un testimonio profético del amor de Dios y contribuyen al progreso humano completo. Estoy seguro de que la comunidad en general, así como la comunidad eclesial, estarán agradecidas a los religiosos porque ayudan a la Iglesia a desempeñar sus tareas con estas expresiones varias de su acción pastoral.
Al mismo tiempo, justamente buscáis modos adicionales de dar testimonio de Cristo y servir a su pueblo. Pues es claro que la Iglesia debe estar atenta a las necesidades de los hombres y mujeres de nuestro tiempo. No puede permanecer indiferente ante los problemas que aquéllos afrontan ni ante las injusticias que padecen. Os ofrezco mi aliento y la seguridad de mis oraciones cuando buscáis caminos nuevos para extender el Evangelio y promover los valores humanos. A la vez os pido que sigáis esta línea: todo esfuerzo apostólico debe ir en armonía con las enseñanzas de la Iglesia, con los objetivos apostólicos de vuestros institutos respectivos y con el carisma originario de vuestros fundadores. Permitidme también recordaros mis palabras en Guadalupe: "Sois sacerdotes y religiosos; no sois dirigentes sociales, líderes políticos o funcionarios de un poder temporal... No nos hagamos la ilusión de servir al Evangelio si tratamos de 'diluir’ nuestro carisma a través de un interés exagerado hacia el amplio campo de los problemas temporales" (En la basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, 27 de enero: AAS 71, 1979, pág. 193; L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 11 de febrero de 1979, pág. 4). Es importante que el pueblo os vea como "ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios" (1 Cor 4, 1).
5. La fidelidad a Cristo en la vida religiosa exige fidelidad triple: fidelidad al Evangelio, fidelidad a la Iglesia, fidelidad al carisma particular de vuestros institutos.
En primer lugar debéis ser fieles al Evangelio. Nos lo recuerda el Concilio Vaticano II que enseñó: "La norma última de la vida religiosa es el seguimiento de Cristo tal como se propone en el Evangelio" (Perfectae caritatis, 2). Por esta razón hacéis de la escucha de la Palabra de Dios, de su ponderación en el corazón y de su puesta en práctica, la primera prioridad vuestra. Que encontréis tiempo cada día para meditar la Palabra de Dios con confianza en su poder de iluminar vuestra mente y dar vida en vosotros al espíritu de las bienaventuranzas.
En segundo lugar, a la vez que refuerza vuestra entrega a Cristo, la consagración religiosa os vincula inseparablemente a la vida y santidad de su Esposa, la Iglesia. Y la expresión concreta de esto se da en la comunidad eclesial local. He aquí la razón por la cual es tan importante para vosotros trabajar en estrecha colaboración con el clero y el laicado de la Iglesia local, y aceptar de buen grado la autoridad y ministerio del obispo local, como el foco de su unidad.
En relación con esto quisiera indicar dos expresiones relevantes de esta entrega a la Iglesia local. La primera es la relación de los sacerdotes religiosos con el clero diocesano. Los sacerdotes religiosos deben sentirse felices de tomar parte leal y desinteresadamente en el apostolado de la Iglesia local con los sacerdotes diocesanos, cuyas tareas están llamados a compartir no en casos de excepción, sino como base normal. La segunda es la relación con la Conferencia nacional de los obispos. Siguiendo el espíritu del documento Mutuae relationes, los superiores religiosos deben procurar, aceptar y cultivar el diálogo franco y filial con los Pastores que el Espíritu Santo ha puesto para gobernar a la Iglesia de Dios. En este sentido nunca se insistirá demasiado en la importancia de las relaciones entre la Conferencia Episcopal nacional, cuya tarea consiste en elaborar y fijar los planes pastorales del país; y las asociaciones de superiores religiosos mayores que asumen la misión de impulsar la vida religiosa, cuidando de que siga siendo fiel a sus raíces más profundas y al carisma que las caracteriza.
Por ser religiosos estáis en una situación de prestar una aportación especial en la promoción de la unidad de la Iglesia. Vuestra experiencia de vida comunitaria, oración común, y servicio apostólico asociado os prepara a esta tarea. Entregaos con nuevo vigor a la gran causa de la unión, tratando de derribar fronteras de desunión e impulsar el crecimiento de la armonía y colaboración mutuas, con espíritu de apertura y respeto.
Y, finalmente, sed siempre fieles al carisma particular del instituto de cada uno. Para ilustrar este punto deseo mencionar dos acontecimientos de gran trascendencia para la Iglesia de Filipinas que se celebran este año.
En primer lugar el 300 aniversario de los hermanos de las Escuelas Cristianas de la Salle. La instrucción de la juventud en la fe cristiana y en otros temas sigue siendo indispensable a la misión de Cristo, como lo era cuando se fundo esta congregación. Y la Iglesia en Filipinas ha recibido muchas bendiciones a través de su vida consagrada y su servicio entregado.
El segundo acontecimiento es la conmemoración del 400 aniversario de la presencia de la Compañía de Jesús en Filipinas. Por sus esfuerzos misioneros, su actuación en escuelas y parroquias y por la espiritualidad de San Ignacio, los sacerdotes y hermanos de la Compañía de Jesús han prestado una gran aportación a Filipinas y al mundo entero.
De igual modo todas las familias religiosas aquí representadas hoy, contribuyen a la santidad y a la vida de la Iglesia, cada una según su modo característico. Un índice de la eficiencia de vuestras aportaciones ha sido y sigue siendo la fidelidad al espíritu de los fundadores, a sus intenciones evangélicas y al ejemplo de su santidad. Que esta fidelidad a vuestros carismas respectivos se considere siempre parte integrante de vuestra fidelidad a Cristo.
6. Para terminar permítaseme decir una vez más que vuestra vida de consagración y vuestra participación en el Evangelio me llenan de gozo en mi función de Pastor de la Iglesia universal. He venido aquí, a esta catedral, a celebrar con vosotros y con toda la comunidad eclesial, la santidad de la Iglesia de Cristo y las maravillas de gracia que se han realizado en esta archidiócesis durante los últimos cuatro siglos de evangelización. Mi oración se eleva para que la conmemoración de este aniversario os llene de ánimo para prestar vuestra colaboración específica de religiosos a la vida de esta Iglesia local y a la vida de la Iglesia de todo el país. Oro para que los celosos religiosos continúen sirviendo al Pueblo de Dios fielmente con la palabra y las obras, como en los cuatro siglos últimos. Y para que, por vuestro ejemplo generoso y alegre, los jóvenes se animen a perpetuar las tradiciones en esta nueva era de gracia.
Que la Virgen María. Madre y modelo de todo religioso, os ayude con su intercesión. Sea Ella vuestra guía constante en el camino de fe hacia el Padre celestial, y os ayude a alcanzar la meta más alta: ser uno en el amor con Nuestro Señor Jesucristo.
VIAJE APOSTÓLICO A EXTREMO ORIENTE
MISA DE ORDENACIÓN SACERDOTAL DE 15 DIÁCONOS
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Catedral de Nagasaki, Japón
Miércoles 25 de febrero de 1981
Queridos hermanos y hermanas en Cristo:
Doy gracias a Dios que me ha permitido venir a Nagasaki, ciudad que cuenta con una historia marcada al mismo tiempo por la gloria y la tragedia, y dirigirme a vosotros, que sois los descendientes y sucesores de aquellos que alcanzaron la gloria y superaron la tragedia. Os saludo con gran afecto, sintiendo a la vez un profundo respeto por la admirable tradición católica de esta Iglesia local.
Es éste ciertamente un momento cumbre de mi viaje apostólico a Japón, en el que el Sucesor de Pedro se dispone a la ordenación de sacerdotes en uno de los puntos más alejados de su sede de Roma, dando así vivo testimonio de la universalidad de su misión.
Este es un momento solemne y conmovedor para el Papa. Pero lo es aún más para vosotros, queridos hijos, que vais a ser consagrados sacramentalmente como "ministros de Jesucristo entre los gentiles, encargados de un ministerio sagrado en el Evangelio de Dios" (Rom 15, 16) y "administradores de los misterios de Dios" (1 Cor 4, 1).
Únicamente a través de largos años de fidelidad al don que vais a recibir hoy es como llegaréis poco a poco a comprender cada vez mejor este acontecimiento y la maravilla que encierra. En efecto, toda una vida no es suficiente para comprender en su plenitud lo que significa ser sacerdote de Jesucristo. Y ahora sólo podemos presentar algunos aspectos de este misterio, sirviéndonos de las lecturas de esta solemnidad.
1. Las primeras palabras que se refieren a vosotros son las que emplea el Profeta Isaías para describir su vocación: "El espíritu del Señor, Yavé, está sobre mí, pues Yavé me ha ungido" (Is 61, 1).
Estas palabras son aplicables a cualquier sacerdote. Se aplican, pues, a vosotros. Quieren decir que en la raíz de toda vocación sacerdotal no se da una iniciativa humana y personal, con sus inevitables limitaciones humanas, sino una iniciativa misteriosa por parte de Dios. La Carta a los Hebreos nos dice sobre el sacerdocio de Cristo: "Cristo no se exaltó a Sí mismo, haciéndose Pontífice, sino el que le dijo: Hijo mío eres Tú" (Heb 5, 5). Esto es verdad no sólo de Cristo, sino también de cuantos participan en su sacerdocio.
Todo sacerdote puede decir: "El Señor me ha ungido". El Señor me ha ungido, ante todo, desde la eternidad, aun antes de que yo existiera, cuando El dijo mi nombre. "Yavé me llamó desde el seno materno", dice Isaías, "desde las entrañas de mi madre me llamó por mi nombre" (Is 49, 1). Una comprensión completa de lo que es la vocación sacerdotal requiere necesariamente hacer referencia a esta unción por parte del amor singular de Dios para con una persona determinada, incluso antes de su existencia, y a la llamada que Dios dirige a dicha persona a causa de ese mismo amor.
Un sacerdote puede decir también que el Señor le ha ungido cuando, en la infancia o en la juventud, su corazón respondió a la llamada del Señor: "Sígueme". No siempre es fácil precisar este momento e identificar el acontecimiento que dio origen a la llamada: ¿el ejemplo de un sacerdote o de un amigo?, ¿la experiencia de un vacío que únicamente puede llenarse mediante un total servicio de Dios?, ¿un deseo de responder de manera perfecta y eficaz al sufrimiento material, moral o espiritual? Pero, en cualquier circunstancia, es Dios quien ha llamado. Le sea posible o no al sacerdote fijar el día en que señaló rumbo a su vida, respondiendo a la sugerencia del Señor —lo que el Profeta Jeremías llama la seducción del Señor (cf. Jer 20, 7)—, lo cierto es que será consciente de que Dios le ha llamado.
En tercer lugar, un sacerdote puede decir que el Señor le ha ungido el día de su ordenación, el día en que finalmente y para siempre se convierte en sacerdote de Jesucristo. Es el día de la unción propiamente dicha por manos de un obispo. Los sacerdotes debemos recordar siempre este día. Pablo exhorta encarecidamente a Timoteo, diciéndole: "Haz revivir la gracia de Dios que hay en ti por la imposición de mis manos" (2 Tim 1, 6). Debemos recordar siempre nuestra ordenación con el propósito de reavivar constantemente el fervor que tuvimos al principio y de sacar fuerzas de ese recuerdo, a fin de vivir una vida que sea conforme con su profundo significado. La unción que va a tener lugar hoy es para vosotros, queridos hijos, el signo visible y actual de un sello permanente en vuestras personas. Es el signo sacramental de una gracia, por la que Cristo Sacerdote os consagra para una misión especial al servicio de su Reino, haciendo de vosotros sacerdotes de Jesucristo para siempre.
2. ¿Qué estáis llamados a hacer como sacerdotes? La respuesta nos la da otro pasaje de la liturgia de hoy: "Vosotros sois la luz del mundo" (Mt 5, 14).
Nos desconcierta, conscientes como somos de nuestra pequeñez y miseria, ver que estas palabras concretas están dirigidas nosotros: "Vosotros sois la luz del mundo". Los Apóstoles debieron quedarse asustados al oírlas. Lo mismo les ha ocurrido a miles de personas desde entonces. Y el Señor sabe que dice estas palabras a personas humanas, limitadas y pecadoras. Pero sabe también que deben ser luz, no por sus propias fuerzas, sino reflejando y comunicando la luz recibida de El, pues El mismo nos dice de Sí: "Yo soy la luz del mundo" (Jn 8, 12; 9, 5; cf. 1, 5. 9; 3, 19; 12, 46).
Todo sacerdote advierte que puede iluminar a los que están en tinieblas únicamente en la medida que él mismo ha aceptado la luz del Maestro, Jesucristo. Sin embargo, se halla rodeado de peligrosa oscuridad y ya no es capaz de iluminar a otros cuando se aparta del único manantial de toda luz verdadera. Por tanto, queridos hijos, tenéis que permanecer siempre unidos a Cristo Sacerdote, escuchando asiduamente su palabra, celebrando sus misterios en la Eucaristía y mediante una profunda y constante amistad con El. La gente reconocerá vuestra comunión con Cristo en vuestra ¿capacidad de ser luz verdadera para un mundo que con demasiada frecuencia se siente todo él en tinieblas.
Pero en último término, no le basta al sacerdote con reflejar, más o menos imperfectamente, la luz de Cristo: tiene que ocultarse y dejar brillar directamente a Cristo. «Pues no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús, Señor... Porque Dios, que dijo: "Brille la luz del seno de las tinieblas", es el que ha hecho brillar la luz en nuestros corazones para hacer resplandecer la ciencia de la gloria de Dios en el rostro de Cristo» (2 Cor 4, 5-6).
Vais a ser, como sacerdotes, ministros de la luz que brilla en el rostro de Cristo mediante la fe. Por consiguiente, vuestra misión consiste, primera y principalmente, en dedicaros a esa predicación, de la que nace la fe en quien la oye (cf. Rom 10, 17). El Concilio Vaticano II define a los sacerdotes como "educadores en la fe" (Presbyterorum ordinis, 6). Vuestro servicio fundamental es proclamar en medio de todos a Cristo como la Verdad y las verdades de fe, alentar constantemente la fe, fortalecerla donde sea débil y defenderla frente a toda amenaza.
No es necesario afirmar que seréis mejores educadores en la fe en la medida que vosotros mismos oseáis una fe profundamente arraigada, madura, valiente y contagiosa. Los evangelistas describen los años que Jesús pasó en compañía de los Doce como un proceso de maduración de la fe de los Apóstoles: "Jesús... manifestó su gloria y creyeron en El sus discípulos" (Jn 2, 11; cf. 11, 15). Vosotros, al igual que los Doce, habéis pasado unos años con Jesús antes de llegar a este momento. Tenéis que ser discípulos con una fe probada y madura, firmemente anclados en la palabra del Maestro y dispuestos para la lucha. Nunca dejéis de uniros a la oración humilde y fervorosa de los Apóstoles: "Acrecienta nuestra fe" (Lc 17, 5), y ojalá escuchéis siempre como respuesta lo que Jesús dijo a Pedro: "Yo he rogado por ti, para que no desfallezca tu fe" (Lc 22, 32). De esta manera estaréis preparados para conducir a muchos otros a la fe.
Existe una especial obligación por parte de cada sacerdote y del presbyterium como tal en promover vocaciones al sacerdocio. A este propósito es esencial la oración; pero es también esencial para los jóvenes sentirse apoyados por el ejemplo de santidad y de alegría que ven en sus sacerdotes. Por esta razón Jesucristo ha confiado en verdad esta mañana a estos jóvenes sacerdotes una importante misión que cumplir: llegar con el ejemplo a los corazones de los jóvenes.
4. Quisiera decir ahora unas palabras a las familias de los nuevos sacerdotes y también a todas las familias cristianas de Japón.
Recuerdo con profunda emoción el encuentro que tuvo lugar aquí en Nagasaki entre un misionero que acababa de llegar y un grupo de personas que, una vez convencidas de que era un sacerdote católico, le dijeron: "Hemos estado esperándote durante siglos". Habían estado sin sacerdote, sin iglesias y sin culto durante más de doscientos años. Y, sin embargo, a pesar de las circunstancias adversas, la fe cristiana no había desaparecido; se había transmitido dentro de la familia de generación en generación. De esta manera la familia cristiana demuestra la inmensa importancia que ella tiene en lo que se refiere a la vocación a ser cristiano.
La familia cristiana es también, en grado supremo, algo vital para las vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa. La mayoría de estas vocaciones brotan y se desarrollan en familias profundamente cristianas. Por eso el Concilio Vaticano II llama a la familia el primer seminario (cf. Optatam totius, 2). Estoy convencido de que numerosas vocaciones del "pequeño rebaño" de la comunidad católica en Japón han nacido y han crecido en el seno de familias animadas por un espíritu de fe, de caridad y de piedad.
En el momento en que me dispongo, como Sucesor de Pedro, a ordenar nuevos sacerdotes para vuestra nación, quiero exhortar a cada familia cristiana de Japón a ser verdaderamente una "iglesia domestica": un lugar donde se dé gracias y alabanza a Dios, un lugar donde su palabra sea escuchada y su ley obedecida, un lugar donde se eduque para la fe y donde la fe se alimente y se fortalezca. un lugar de caridad fraterna y de mutuo servicio, un lugar de apertura a los demás, especialmente a los pobres y necesitados.
Estad abiertos a las vocaciones que surjan entre vosotros. Orad para que, como señal de su amor especial, el Señor se digne llamar a uno o a más miembros de vuestras familias a servirle. Vivid vuestra fe con una alegría y un fervor que sean capaces de alentar dichas vocaciones. Sed generosos cuando vuestro hijo o vuestra hija, vuestro hermano o vuestra hermana decida seguir a Cristo por este camino especial. Dejad que su vocación vaya creciendo y fortaleciéndose. Prestad todo vuestro apoyo a una elección hecha con libertad.
Prosigamos ahora con fe y devoción cuantos estamos aquí reunidos esta celebración eucarística del Sacrificio de Cristo Sacerdote. Recordando a los sacerdotes, religiosos y seglares japoneses que en este mismo lugar dieron el supremo testimonio de sus vidas por amor a Jesucristo, oremos por las familias cristianas de esta tierra, para que sepan vivir con intensidad su vocación cristiana. Pidamos al Señor se digne conceder que surjan de entre ellas muchos sacerdotes, como éstos que van a comenzar hoy su vida sacerdotal y su ministerio, y que surjan también muchos religiosos, para gloria de Jesucristo y para la salvación del mundo. Amén.
CONCELEBRACIÓN EUCARÍSTICA PARA LA CLAUSURA
DEL XV CENTENARIO DEL NACIMIENTO DE SAN BENITO
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
San Pablo Extramuros
Sábado 21 marzo de 1981
Venerados hermanos e hijos queridísimos:
1. "El benedicam tibi... erisque benedictus" (Gén 12, 3). Como culmen de los diversos encuentros y de las palabras que, en distintas fechas, he tenido ocasión de pronunciar durante el año centenario de los Santos Benito y Escolástica, en Nursia, Montecassino y Subiaco, me es grato tomar —como acaba de hacerlo la sagrada liturgia— esta bella expresión bíblica, que contiene una de las arcanas promesas hechas por Dios al Patriarca Abraham, y aplicarla al Patriarca del monaquismo occidental, igualmente bendito por el nombre y por las obras. Efectivamente, considero muy oportuno y significativo el rito de esta tarde, junto a la tumba del Apóstol de las Gentes, con el fin de honrar todavía a Benito, y concluir dignamente las fructuosas celebraciones conmemorativas, así como con ocasión del XIV centenario de su piísimo tránsito hizo ya, en esta misma basílica, mi predecesor Pío XII, de venerada memoria, en septiembre de 1947. Después del dramático conflicto que había devastado y ensangrentado a tantas naciones, él quiso precisamente aquí invocar la protección especial de Benito, Europae altor et pater, para el renacimiento espiritual y material no sólo del continente europeo, sino también de todo el mundo (cf. Pío XII, Discorsi e Radiomessaggi, vol. IX, páginas 237-241).
2. Deseo saludaros cordialmente a todos los que estáis aquí presentes, obispos, sacerdotes, religiosos y laicos: me dirijo, ante todo, a la comunidad local benedictina con su abad ordinario y con el abad presidente de la congregación casinense. Saludo también a los superiores y miembros de las familias monásticas, masculinas y femeninas, de Roma, reunidas aquí con otros muchos representantes de órdenes y congregaciones religiosas, para celebrar con espíritu de auténtica comunión fraterna al gran maestro de la vida consagrada. Y, finalmente, saludo a los fieles de la parroquia de San Pablo, a quienes los mismos padres benedictinos del monasterio anexo dedican, por una tradición más que secular, su apreciado servicio, dando así testimonio del ideal monástico y, al mismo tiempo, de su capacidad de irradiación apostólica.
Realmente, en esta basílica la institución monástica está llamada a dar prueba de su consistencia: está llamada a ofrecer el ejemplo del más esmerado estilo litúrgico, del más asiduo interés por el indispensable ministerio sacramental de la reconciliación, de la hospitalaria acogida a los peregrinos y visitantes, que provienen de todas las partes del mundo; pero está llamada, a la vez, a preparar un programa apropiado de encuentros religiosos, de iniciativas en defensa de la convivencia familiar, de diálogos ecuménicos. Y todo esto constituye una preciosa aportación no sólo para la pastoral diocesana, sino también para la animación de toda la Iglesia. Aquí, más que en otros monasterios colocados en el corazón de la vida eclesial y civil, la espiritualidad de la contemplación se pone al servicio del compromiso apostólico, según la enseñanza de San Gregorio Magno, el cual, a poca distancia del Patriarca de Casino, comprometió a los monjes en la ardua empresa de la evangelización de Inglaterra, dando impulso a esa admirable serie de viajes misioneros que abrieron la Europa Occidental al cristianismo y a la civilización; lo mismo que en la oriental trabajaron con idéntico fervor pastoral los grandes apóstoles del mundo eslavo, Cirilo y Metodio.
3. Como fruto del año centenario, en el curso del cual la figura y la obra de San Benito han difundido en la Iglesia y en la sociedad un sorprendente mensaje de luz, se puede ya advertir más claramente la necesidad de que el monaquismo haga revivir sus genuinas y múltiples tradiciones, tanto de vida estrictamente claustral, como de activa presencia en los sectores de la pastoral, de la artesanía o de la agricultura, de la investigación científica, etc. Todo esto tendrá más fácil aplicación y más segura eficacia, solamente si se afirman el primado de la búsqueda de Dios en la liturgia y en la lectio divina, el respeto a las exigencias connaturales de la vida comunitaria y la adhesión fiel al trabajo en sus diversas formas.
Volviendo a tomar cuanto se afirmó al final del simposio, que en el pasado septiembre vio reunidos a los abades y abadesas y a los superiores benedictinos, cistercienses y trapenses, gustosamente hago votos para que "las comunidades monacales proclamen que todas las generaciones, mentalidades, razas y clases sociales pueden encontrarse en Cristo; que sean ellas centros de oración, en los que la Palabra de Dios sea comprendida y recibida; que estén cercanas a los oprimidos y a los pequeños de este mundo con la sencillez de su vida; que busquen la paz y la justicia para todos, que sensibilicen a nuestros contemporáneos sobre los males del consumismo, del individualismo y de la violencia" (cf. Mensaje del simposio monástico).
Como al fin de la Edad Antigua San Benito y sus monjes supieron hacerse constructores y custodios de la civilización, así en esta Edad nuestra, marcada por una rápida evolución cultural, urge tomar conciencia de los desafíos que nos vienen del mundo moderno y afirmar, al mismo tiempo, la sincera adhesión a los valores perennes. El primero e inagotable valor es la Palabra de Dios, que debe ser escuchada cada día para la continua conversión de la vida, con referencia precisa a los problemas presentes y a los que se perfilan en el horizonte: el Tercer Mundo, la crisis de la familia, la difusión de la droga y de la violencia, la amenaza de los armamentos, las mismas dificultades de orden económico.
Si realmente, como en Benito, es profunda la espiritualidad en el cristiano, en el religioso, en el sacerdote; si cada uno es —como debe ser— "hombre de Dios", entonces podrá ser eficazmente "siervo del hombre". La escucha atenta de Dios que habla abrirá su alma al discernimiento de los signos de los tiempos, como sucedió en este monasterio el 25 de enero de 1959, cuando el Papa Juan XXIII anunció, además del Sínodo de la diócesis de Roma, el gran Concilio Ecuménico, que fue el Vaticano II con todos los copiosos frutos que ya ha dado y que dará aún para todo el Pueblo de Dios.
La credibilidad del mensaje cristiano depende de la integración entre la catequesis, la liturgia y la justicia perfeccionada en la caridad. La proclamación de la Palabra en las celebraciones sagradas, la reflexión encauzada en la catequesis, deben ser obra de testigos de justicia y de caridad, de comunidades decididas a la continua conversión en la caridad y en la misericordia. La Palabra debe llevar al oyente a la conciencia personal de los problemas y de los compromisos, debe estimular la comunidad a opciones de servicio, con preferencia por los pobres, como dice el Evangelio (cf. Mt 11, 5; Lc 4, 18).
4. A este propósito, me parece que —por una singular y, diría, providencial coincidencia— el final del centenario de San Benito puede introducir, con atención particular a la pobreza, el VIII centenario del nacimiento de San Francisco, que comenzará el próximo octubre. De hecho, se trata de una de las exigencias más importantes que surgieron de los encuentros monásticos del ya pasado centenario benedictino: por lo demás, no era posible cerrar los ojos ante la oleada de materialismo, hedonismo, ateísmo teórico y práctico que desde los países occidentales se ha volcado sobre el resto del mundo.
Los monjes del gran árbol benedictino, los hijos de las diversas familias franciscanas, y en general todos los religiosos tienen la responsabilidad de volver a introducir en la sociedad, con testimonio unívoco, por medio de la conversión del corazón y del estilo de vida, los valores de la pobreza real, de la sencillez de vida, del amor fraterno y de la coparticipación generosa. También aquí, haciendo mías las palabras del mensaje de los benedictinos y benedictinas de Asia, deseo que el ejemplo de los Santos Benito y Francisco nos lleve a "tomar conciencia de nuestra llamada a ser pobres con Cristo pobre y nos impulsen a seguirle gozosamente a través de una mayor solidaridad con los más pobres de nuestros países y de todo el mundo.
De este modo creemos poder llegar a comprender, con toda la humanidad, más profundamente el amor de Dios a los hombres y a comprometernos concretamente en favor de nuestros semejantes". Por otra parte, también los obispos de Europa han puesto de relieve este mismo compromiso en favor del hombre y de la sociedad humana con el mensaje "Por una Europa de los hombres y de los pueblos", difundido desde Subiaco en el pasado septiembre.
5. Pero es evidente, hermanos e hijos queridísimos, que este compromiso global y los particulares deberes y ministerios en que se articula, hacen volver a todos y siempre a su fuente espiritual. ¿Quién ignora que la acción supone la contemplación? Y ésta, especialmente en las órdenes monásticas y mendicantes, ¿acaso no exige, no presupone una ferviente celebración eucarística, una fiel liturgia coral y una comprometida forma comunitaria, para evitar el predominio del "hacer" sobre el "ser", o el desarrollo de un activismo desequilibrado con relación al primado de la vida interior? Sí, porque en todo ministerio apostólico, por cualquiera que se desarrolle y de cualquier forma sea desarrollado, el servicio tiene necesidad de la catequesis, y el compromiso necesita la oración, a fin de que la caridad no se reduzca a simple filantropía, sino que el amor al prójimo esté ordenado, animado y enriquecido con el amor de Dios.
Por esto, también nosotros ahora queremos orar, debemos orar. Si el centenario benedictino, que ya concluye, nos ha hecho retornar —me refiero a nosotros Pastores de la Iglesia de Dios y a todos vosotros, religiosos y religiosas, y también a los laicos que sentís con más fuerza la vocación al apostolado— a esta dimensión primaria como base y presupuesto de cualquier actividad ministerial, podemos servirnos inmediata y muy oportunamente de la profunda palabra del Evangelio que acabamos de escuchar.
Efectivamente, Jesús mismo está orando en el Cenáculo y nos ofrece un insuperable modelo de estilo y de contenido en orden a nuestras oraciones, sean personales o comunitarias, sean litúrgicas o privadas. Habiendo llegado ya al momento culminante de su misión, pridie quam pateretur. El nos enseña en este pasaje conclusivo de la llamada "oración sacerdotal" qué debemos pedir, por quién debemos pedir y para qué debemos pedir. En diálogo directo con el Padre, en contacto íntimo con El (tu in me et ego in te), Jesús ruega no sólo por sus Apóstoles a quienes ve reunidos a su alrededor, sino también por aquellos que, gracias a su predicación, creerán en El: es decir, ruega por los fieles de todas las edades y gene, a-iones sucesivas, y ruega "para que sean una sola cosa".
¿Cuántas veces resuena en este texto sublime la invocación, o mejor, la llamada y el anhelo de la unidad? Se trata de la unidad de los "suyos", de la unidad como nota distintiva de "su" Iglesia; de la unidad que, con eficacia simultánea, une íntimamente a los que ya tienen la fe y, al mismo tiempo, impulsa al mundo a aceptar la fe, o sea, a los que todavía no creen: ut omnes unum sint... ut credat mundus (v. 21)..., et cognoscat mundus (v. 23). El Señor nos lo dice todo sobre la unidad: el modo, la medida, la naturaleza y el efecto, la causa ejemplar que es la unidad existente entre El mismo y el Padre, la causa final que es la fe que hay que suscitar en quien todavía no la tiene.
Ahora bien, ¿cómo negar que estas palabras adquieren un gran relieve y una fuerza particular en este lugar sagrado y en una ocasión como ésta? Además de un modelo de oración, constituyen un programa de trabajo, tienen el valor y el mérito de armonizar contemplación y acción. Y, ante todo, nos impresionan mucho más porque éste es el lugar donde reposa el Apóstol Pablo, que fue mensajero infatigable de la unidad de la Iglesia de Cristo entre las gentes, con la visión estupenda de la Iglesia como Cuerpo místico y como Esposa mística (cf. 1 Cor 12, 12-27; Gál 3, 28; Ef 4, 1-5); y además, porque la circunstancia que aquí nos ha reunido es el centenario de Benito de Nursia, el Santo del ora et labora, el cual oró y trabajó por la unidad con el Evangelio y con la cruz, contribuyendo eficazmente a construir la unidad en el mundo europeo, que era la gran parte del mundo entonces conocido.
He aquí por qué esta palabra-oración de Cristo, nuestro Maestro y Señor, recogida muy pronto y difundida por Pablo, escuchada y realizada más tarde por Benito, debe grabarse en nuestro espíritu, como término irrevocable de nuestra misma oración y parámetro permanente de nuestra actividad apostólica. Ut omnes unum sint! Esta palabra que encierra y expresa el sacramentum unitatis (cf. San Cipriano, De Ecclesiae catholicae unitate, cap. 7: PL, tom. IV, col. 504), es como una palabra de orden y, por la ocasión en la que fue pronunciada primeramente, tiene el valor de un legado testamentario, y por esto debe iluminar y guiar cada una de las iniciativas pastorales y ecuménicas, coordinando y orientando todo hacia la dimensión suprema de la caridad: "Para que el amor con que tú me has amado esté con ellos" (v. 26). Este —no lo olvidemos jamás— es el punto de llegada, ésta es la meta final, porque unidad y caridad en la vida eclesial van juntas. La unidad es caridad, y la caridad es unidad.
MISA PARA LOS UNIVERSITARIOS DE ROMA
COMO PREPARACIÓN A LA PASCUA
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Basílica de San Pedro
Jueves 26 de marzo de 1981
1. ¡Gloría a Ti, Cristo, Verbo de Dios!
El tiempo de Cuaresma es el período de una catequesis intensa. Lo fue ya para los antiguos catecúmenos. Y ha continuado siendo así. También nuestro encuentro cuaresmal, que ya se ha hecho costumbre, es expresión de esto. La catequesis debe presentar el misterio divino revelado en Jesucristo. El tiempo pascual lleva consigo una especial profundidad de este misterio, y es una singular condensación del mismo. Por eso el corazón del cristiano debe corresponder con una sensibilidad particular ante ello.
Esto se refiere a todos los que confiesan a Cristo, a todas las generaciones y vocaciones. De modo específico se refiere también a vuestro ambiente. La universidad es un ambiente donde se cultiva la ciencia y donde se adquiere la instrucción superior. En este contexto es necesario crear nuevas condiciones y nuevas posibilidades para el encuentro con el misterio de Cristo y para poder vivir en intimidad con El.
Es importante que la luz del conocimiento de Cristo no se ofusque, sino que encuentre siempre una fuerza proporcional en los entendimientos que se ocupan de la múltiple problemática de los estudios universitarios. Más aún, es importante que el conocimiento de la Palabra de Dios madure en estos entendimientos, según la justa proporción, todavía con más plenitud. Finalmente, es importante que nuestros corazones conserven esa sencillez, y las conciencias esa limpidez que son fruto de la Palabra de Dios, cuando esta Palabra obra en ellos sin encontrar obstáculo. Precisamente por esto nos encontramos hoy. Saludo cordialmente a todos los presentes, tanto a los profesores y hombres de ciencia, como a los estudiantes.
Saludo a los que han venido ya otras veces a este encuentro. Y saludo también a los que han venido hoy por primera vez.
¡Gloria a Ti, Cristo, Verbo de Dios! Juntamente con vosotros rindo adoración a Cristo-Verbo, que mediante mi ministerio quiere hablaros en la catequesis cuaresmal de hoy. ¡Gloria a Ti, Cristo, Verbo de Dios!
2. Esta catequesis se centra ante todo en el misterio de la creación: "Venid, aclamemos al Señor... Entrad, postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor, creador nuestro. Porque El es nuestro Dios, y nosotros su pueblo, el rebaño que El guía" (Sal 94 [95], 1 6-7).
¡Venid, adoremos!
La Iglesia comienza su cotidiana oración litúrgica, la Liturgia de las Horas, precisamente con estas palabras del Salmista. Ellas contienen una invitación dirigida al entendimiento humano y juntamente a la voluntad y al corazón. Es la invocación más fundamental: ¡Sal fuera y ve al encuentro de Dios, que es el Creador! ¡Tu Creador! Al encuentro de Dios a quien todo lo que existe debe su existencia. Al encuentro de Dios, el cual, como Creador, está "por encima" de todo lo creado, por encima del cosmos, y, a la vez, abraza y penetra este cosmos hasta el fondo último, hasta la esencia de todas las cosas.
¡Sal al encuentro de Dios, que es el Creador! Esta es la primera y fundamental invitación al entendimiento iluminado por la fe, más aún, es también la primera invitación al entendimiento que busca sinceramente la verdad por los caminos de la ciencia y de la reflexión filosófica. Se podría encontrar confirmación de ello en las declaraciones de los hombres de ciencia en el curso de los siglos y también en nuestra época.
Newton, por ejemplo, afirmaba textualmente que "un Ser inteligente y potente... gobierna todas las cosas no como alma del mundo, sino como Señor del universo, y a causa de su dominio se le suele llamar Señor Dios, Pantocrátor". Por su parte, Einstein, el cual sostenía que "la ciencia sin la religión está coja, y la religión sin la ciencia es ciega", llegó a decir: "Deseo saber cómo Dios ha creado el mundo. Yo no estoy interesado en este o en otro fenómeno, ni en el espectro de un elemento químico. Quiero conocer el pensamiento de Dios; lo demás es un detalle".
Pues bien, la catequesis de la liturgia de hoy está centrada en el misterio de la creación y, aunque esto esté expresado allí de modo conciso, se podría decir discreto, sin embargo, es necesario que desarrollemos este punto en nuestra meditación, más aún, que lo desarrollemos constantemente en nuestra vida interior consciente. En efecto, ésta es la primera verdad de la fe, el primer artículo de nuestro Credo: "Creo en Dios, Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra".
Las criaturas dan testimonio del Creador. En la invitación litúrgica del Salmo —de este Salmo de hoy y de los otros— se encierra la convicción justa de que cuanto el hombre más se deja arrebatar por la elocuencia de las criaturas, por su riqueza y belleza, tanto más crece en él —¡y debe crecer!— la necesidad de adorar al Creador: "Entrad, postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor". Estas palabras no son excesivas. Confirman los caminos perennes de la lógica fundamental de la fe y, al mismo tiempo, de la lógica fundamental del pensar en el mundo, en el cosmos, en el macro y micro-cosmos. Quizá precisamente aquí la fe se manifiesta y se vuelve a afirmar de modo particular como rationabile obsequium.
Añado también que la invitación del Salmo en modo alguno está en colisión con la "justa autonomía de lo creado". Este es un amplio problema al que aquí sólo quiero aludir. Sin embargo, al mismo tiempo, os ruego que volváis a leer con atención los respectivos pasajes de la enseñanza del Concilio Vaticano II, contenidos en la Constitución Gaudium et spes, y penséis en ellos. Os dejo esto como tarea para casa. No puede haber una sólida catequesis sin las tareas, sin el trabajo personal de quienes participan en ella.
En cambio, hoy os ruego que penséis en esta desproporción, que efectivamente existe en zonas gigantescas de la civilización contemporánea: el hombre, cuanto mejor conoce el mundo, parece sentirse tanto menos obligado a "doblar las rodillas" y a "postrarse" ante el Creador. Es necesario, pues, preguntar: ¿Por qué? ¿Acaso se piensa que el conocimiento mismo del mundo y el disfrutar de los efectos de este conocimiento convierte al hombre en dueño de lo creado? ¿Pero no se debería pensar, más bien, que lo que el hombre conoce —las riquezas sorprendentes del microcosmos y las dimensiones del macrocosmos— lo encuentra ya en el cosmos, lo toma de él, por decirlo así, "preparado", ya hecho, y que lo que, basándose en esto, él mismo produce después, lo debe a toda esa riqueza de las materias primas, que halla en el mundo creado?
¿Por qué el hombre no es capaz —igual que los entendimientos más grandes— de caer en el asombro ante la trascendencia, ante el primado de esa Sabiduría creadora, dado que para penetrar en los efectos de su actuar han sido necesarios los esfuerzos de innumerables entendimientos humanos en el curso de generaciones enteras y de siglos?... ¿Y cuánto es todavía el camino ante ellos? ¿Pero es posible que precisamente el hombre contemporáneo no piense que en toda la orientación del desarrollo de su civilización y de su mentalidad (que se definen con múltiples nombres) pueda haber una fundamental "injusticia": la "injusticia" en relación con el Creador?
"¡Entrad, postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor creador nuestro!".
3. En la obra de la creación ha sido grabado, injertado el Reino de Dios. Por esto, la catequesis de la liturgia de hoy se centra también en el misterio del Reino.
Este Reino, que comenzó en la historia de la creación juntamente con el hombre, tiene una larga historia. En el ápice de esta historia se encuentra Cristo. "El reino de Dios está cercano" (Mc 1, 15). El habla desde el principio sobre su enseñanza mesiánica, y anuncia con perseverancia, incansablemente, este Reino al pueblo elegido. Anuncia y, al mismo tiempo, es consciente de que en torno al problema de ese Reino ha crecido un equívoco fundamental, y éste continúa permaneciendo y es necesaria la controversia para poder encontrar de nuevo la verdad plena sobre el Reino de Dios. Por esta verdad, en fin de cuentas, El da la vida.
El pasaje del Evangelio de hoy, desde este punto de vista, es muy significativo y elocuente. Ante los signos que Jesús realizaba, liberando a los hombres de la potencia de múltiples males, algunos comenzaron a difundir la opinión de que lo que El hacía provenía de la potencia del espíritu maligno. "Si echa los demonios es por arte de Belcebú, príncipe de los demonios". "Otros —continúa el Evangelista—, para ponerlo a prueba, le pedían un signo en el cielo" (Lc 11, 15-16).
Entonces, Cristo pronuncia estas palabras sobre el reino dividido y desgarrado, palabras misteriosas, pero, a la vez, penetrantes, que leemos en el Evangelio de hoy: "Todo reino en guerra civil va a la ruina y se derrumba casa tras casa. Si también Satanás está en guerra civil, ¿cómo mantendrá su reino? Vosotros decís que yo echo los demonios con el poder de Belcebú; y vuestros hijos, ¿por arte de quién los echan? Por eso, ellos mismos serán vuestros jueces. Pero si yo echo los demonios con el dedo de Dios, entonces es que el Reino de Dios ha llegado a vosotros" (Lc 11, 17-20).
¡Palabras misteriosas y, a la vez, penetrantes! Exigirían una exégesis más detallada. Podéis aceptar también esto como una tarea para casa, en el curso de los encuentros de vuestros grupos bíblicos. Sé que existen.
Sin embargo, digamos inmediatamente lo que cuenta más. Cristo confirma la existencia del espíritu maligno y de su reino, que se deja guiar por un programa propio. Este programa exige una lógica estricta de la acción, una lógica tal, capaz de hacer que "el reino del mal" pueda mantenerse. Más aún, que pueda desarrollarse en los hombres a quienes se dirige. Satanás no puede actuar contra su propio programa, el espíritu maligno no puede echar fuera al espíritu maligno. Así dice Cristo. Y deja que los oyentes saquen las conclusiones definitivas, terminando con esta frase: "Pero si yo echo los demonios con el dedo de Dios, es que el Reino de Dios ha llegado a vosotros".
La controversia sobre el Reino de Dios terminó el Viernes Santo. El Domingo de Resurrección fue confirmada la verdad de las palabras de Cristo, la verdad de que ha llegado a nosotros el Reino de Dios, la verdad de toda su misión mesiánica. Sin embargo, la lucha entre el reino del mal, del espíritu maligno, y el Reino de Dios, no ha cesado, no ha terminado. Solamente ha entrado en una nueva etapa, más aún, en la etapa definitiva. En esta etapa la lucha perdura en las generaciones siempre nuevas de la historia humana.
¿Acaso debemos demostrar expresamente que esta lucha continúa también en nuestros tiempos? Sí. Ciertamente continúa. Más aún, se desarrolla a medida de la historia de la humanidad en cada uno de los pueblos y naciones. La lucha continúa también en cada uno de nosotros. Y siguiendo esta historia, comprendida nuestra historia contemporánea, podemos explicar también cómo el reino del espíritu maligno no está dividido, sino que busca una unidad de acción en el mundo por diversos caminos, trata de producir sus efectos en el hombre, en los ambientes, en las familias, en las sociedades. Como al principio, así también ahora pone en juego su programa sobre la libertad del hombre..., sobre su libertad aparentemente ilimitada.
Sin embargo, de esto no nos ocuparemos más. Dejemos también este problema para una ulterior meditación de cada uno. En cambio —dado que creemos que en Jesucristo ha llegado a nosotros el Reino de Dios (cf. Lc 11, 20)— pensemos con qué unidad debe caracterizarse en cada uno de nosotros para poder perseverar, crecer y desarrollarse orgánicamente.
Este es precisamente el tema central de la Cuaresma. Este período existe para que nosotros penetremos muy a fondo en el programa del Reino de Dios, para que busquemos esta unidad que dicho Reino debe constituir en nosotros y entre nosotros, en cada cristiano y en la comunidad de la Iglesia.
4. En el Evangelio de hoy Cristo dice (y éstas son las últimas palabras del pasaje que hemos leído): "El que no está conmigo, está contra mí; el que no recoge conmigo (esto es, no acumula), desparrama" (Lc 11, 23).
Crear el Reino de Dios quiere decir estar con Cristo. Crear la unidad que debe constituir en nosotros y entre nosotros, quiere decir precisamente: recoger (¡acumular!) juntamente con El. He aquí el programa fundamental del Reino de Dios, que Cristo en su enunciación contrapone a la actividad del espíritu maligno en nosotros y entre nosotros.
Esa actividad pone en juego su programa sobre la libertad del hombre, aparentemente ilimitada. Halaga al hombre con una libertad que no le es propia. Halaga a todos los ambientes, sociedades, generaciones. Halaga para manifestar, al fin, que esta libertad no es otra cosa que adaptarse a una múltiple coacción: a la coacción de los sentidos y de los instintos, a la coacción de la situación, a la coacción de la información y de los varios medios de comunicación, de los esquemas corrientes de pensar, de valorar, de comportarse,, en los que se hace callar la pregunta fundamental: esto es, si este comportamiento es bueno o malo, digno o indigno.
Gradualmente el mismo programa prejuzga y sentencia sobre el bien y el mal, no según el verdadero valor de las obras y de las cuestiones, sino según las ventajas y las coyunturas, según el "imperativo" del goce o del éxito inmediato.
¿Puede despertarse todavía el hombre? ¿Puede decirse con claridad a sí mismo que esta "libertad ilimitada" se convierte, a fin de cuentas, en una esclavitud?
Cristo no halaga a sus oyentes, no halaga al hombre con la apariencia de la libertad "ilimitada". Dice: "Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres" (Jn 8, 32), y de este modo afirma que la libertad no le ha sido dada al hombre sólo como un don, sino como una tarea. Sí. Se le da a cada uno de nosotros como esa tarea en la que cada uno de vosotros y yo ha sido dado como tarea a sí mismo. Es la tarea a medida de la vida. Y no se trata de una propiedad de la que se pueda gozar de cualquier modo y que se pueda "derrochar".
Esta tarea de la libertad —tarea maravillosa— se realiza según el programa de Cristo y de su Reino sobre el terreno de la verdad. Ser libres quiere decir realizar los frutos de la verdad, actuar en la verdad. Ser libres quiere decir también saber rendirse, someterse a sí mismos a la verdad, y no: someter la verdad a sí mismos, a las propias veleidades, a los propios intereses, a las propias coyunturas. Ser libres —según el programa de Cristo y de su Reino— no quiere decir goce, sino fatiga: la fatiga de la libertad. A precio de esta fatiga el hombre "no derrocha", sino que "recoge" y "acumula" con Cristo.
A precio de esta fatiga el hombre obtiene también en sí mismo esa unidad que es propia del Reino de Dios. Y, al mismo precio, logran una unidad parecida los matrimonios, las familias, los ambientes, las sociedades. Es la unidad de la verdad con la libertad. Es la unidad de la libertad con la verdad. ¡Mis queridos amigos! Esta unidad es vuestra tarea particular, si no queréis ceder, si no queréis rendiros a la unidad de ese otro programa, el que trata de realizar en el mundo, en la humanidad, en nuestra generación, y en cada uno de nosotros, aquel a quien la Sagrada Escritura llama también "padre de la mentira" (Jn 8, 44).
Por esto la llamada de la Cuaresma —llamada fundamental— es la llamada a "recoger con Cristo" ("o a acumular con Cristo"). No permitáis que se destruya esta unidad interior, que Cristo elabora en la conciencia de cada uno de vosotros, mediante el Espíritu Santo: la unidad, en la que la libertad crece por la verdad, y la verdad es el metro de la libertad.
Aprended a pensar, a hablar y a actuar según los principios de la sencillez y de la claridad evangélica: "Sí, sí; no, no". Aprended a llamar blanco a lo blanco, y negro a lo negro; mal al mal, y bien al bien. Aprended a llamar pecado al pecado, y no lo llaméis liberación y progreso, aun cuando toda la moda y la propaganda fuesen contrarias a ello. Mediante esta sencillez y claridad se construye la unidad del Reino de Dios, y esta unidad es, al mismo tiempo, una madura unidad interior de cada hombre, es el fundamento de la unidad de los esposos y de las familias, es la fuerza de las sociedades: de las sociedades que acaso sienten ya, y sienten cada vez mejor, cómo se trata de destruirlas y descomponerlas desde dentro, llamando mal al bien, y pecado a la manifestación del progreso y de la liberación.
5. Cristo no pone en juego el programa de su Reino sobre las apariencias. Lo construye sobre la verdad. Y la liturgia de la Cuaresma, día tras día, con las palabras del Profeta —¡qué palabras tan ardientes!— nos recuerda la verdad del pecado y la verdad de la conversión.
Así hace también la liturgia de hoy, dando la palabra, primero al más trágico de los Profetas, Jeremías, para añadir después, con las palabras de Cristo, la invitación a la penitencia:
"Convertíos al Señor, vuestro Dios, que es clemente y misericordioso" (Jl 2, 13).
El derecho de la conversión corresponde a la verdad sobre el hombre. Corresponde también a la verdad interior del hombre. Lo que la Iglesia implora ardientemente (en particular durante la Cuaresma) es también que el hombre no permita sofocar en sí esta verdad sobre sí mismo y no se prive de la propia verdad interior. Que no se deje arrancar esta verdad bajo la apariencia "de la libertad ilimitada". Que no pierda en sí el grito de la conciencia como voz de la Verdad, que lo supera, pero que, al mismo tiempo, decide de él: que lo hace hombre y decide de su humanidad.
La Iglesia ruega para que el hombre, cada uno de los hombres (en particular los jóvenes, pero también todo hombre) no cambie la apariencia de la libertad y la apariencia de la liberación por la libertad verdadera y por la liberación construida sobre la verdad, por la liberación en Jesucristo. La Iglesia ruega por esto cada día: "Ojalá escuchéis hoy su voz: no endurezcáis vuestro corazón como en Meribá, como el día de Masá en el desierto, cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras" (Sal 94 [95], 8-9).
Sí. Que el hombre, testigo de la creación, el hombre cristiano, testigo de la cruz y de la resurrección (testigo, es decir, uno que ha visto y que mira), tenga el corazón abierto y la conciencia limpia. Tenga en sí esa libertad para la que Cristo lo ha liberado (cf. Gál 5,1).
Y rezad por esto, queridos amigos, ante todo por vosotros mismos, cuando recibáis el sacramento de la Penitencia y os unáis, mediante la Eucaristía, en la unidad del Reino de Dios.
Rezad, con este fin, también por vuestros amigos, por vuestras escuelas, por los ambientes donde vivís, por todos los hombres, que son vuestros hermanos y hermanas en la vocación a la dignidad humana y a la salvación eterna en Cristo crucificado y resucitado.
SANTA MISA PARA LAS ESTUDIANTES DEL COLEGIO SAN VICENTE PAÚL DE LOOS, FRANCIA
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Capilla Paulina
Martes 31 de marzo de 1981
Muy queridas jóvenes:
Esta semana vivida en Roma es sin duda la realización de un sueño de vuestro corazón. Ansiabais pisar las huellas de los Apóstoles Pedro y Pablo, de los primeros cristianos, de tantos santos y santas y peregrinos que acudían a las fuentes de la fe como vosotras. Os felicito porque no sólo habéis soñado, sino que habéis preparado minuciosamente esta peregrinación que marcará vuestra vida, e incluso habéis llegado a conseguir que el Papa presida esta Eucaristía.
En este IV martes de Cuaresma, la liturgia de la Palabra tiene tonalidad plenamente bautismal. La visión de Ezequiel y el milagro de la piscina de Bezatha —tan evocadores para los catecúmenos de la Iglesia primitiva— tienen capacidad de resonar también con gran fuerza en cada una de vosotras. Más todavía porque durante meses y haciéndoos eco del interrogante que dirigí el año pasado a los católicos de vuestro país, "Francia, Hija primogénita de la Iglesia, ¿eres fiel a tu bautismo?", habéis ahondado en el gran misterio de vuestro nacimiento a la vida de Dios en el baptisterio de vuestra parroquia.
Queridas jóvenes: Amad siempre los manantiales transparentes y tonificantes. Los de los bosques y las montañas, y mucho más los de la gracia. En espíritu y en verdad atravesad con frecuencia el río de agua de que habla Ezequiel y sumergíos misteriosamente en la piscina de vuestro bautismo. Esta agua simboliza real y eficazmente a Cristo, vida y luz de los hombres. De todos los hombres que, a causa de sus límites y pecados, tienen necesidad de Cristo para solucionar sus problemas de visión clara de la verdad, de orientación madura de la vida, de entrega al servicio de los hermanos que padecen miseria moral o material. Vais a renovar ahora las promesas de vuestro bautismo. ¡Gesto significativo y emocionante! Rezaré con fervor para que produzca todos sus frutos en vosotras y en vuestro alrededor.
ORDENACIÓN EPISCOPAL
DE MONSEÑOR STANISLAW SZYMECKI
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Capilla Sixtina
Domingo de Ramos, 12 de abril de 1981
La Iglesia es consciente de que quien entra triunfalmente en Jerusalén entre los hosanna de la muchedumbre, llega allí para cumplir la voluntad del Padre. Este domingo es el primer día de la Semana de Pasión y, por ello, también esta liturgia se presenta llena del contenido de la pasión.
Acoge en lo profundo de tu corazón la liturgia del domingo de tu consagración episcopal. Hoy impondré sobre ti las manos, junto con el cardenal Rubin y mis hermanos en el Episcopado, para introducirte en el Colegio Episcopal de la Iglesia. Lo hago con alegría, con espíritu de gratitud a la Iglesia de que procedes y a la que estás destinado. En efecto, todo sacerdote venido del pueblo vuelve al pueblo, según las palabras de San Pablo. Vienes del pueblo trabajador de nuestra Silesia polaca y eres sacerdote de la Iglesia de Katowice. En tu currículo personal y sacerdotal figura el largo capitulo de tu permanencia en Francia y las experiencias vinculadas a ésta. Últimamente desempeñabas una tarea pastoral en Francia con los emigrados polacos. Pero antes, y durante muchos años, has sido rector del seminario que la diócesis de Katowice tiene en Cracovia; de estos años tenemos recuerdos comunes. Ahora has sido destinado a la Iglesia de Kielce para ser su obispo y pastor, tras la muerte del obispo Jan Jaroszewicz.
Aquí quisiera poner de relieve nuevamente el gran motivo de gratitud que, en este ministerio mío, brota de la ordenación episcopal del nuevo obispo de Kielce, sucesor del difunto obispo Jan. Hemos estado juntos muchos años, y largos años nos ha unido la comunidad de la metrópoli de Cracovia. ¡Cuántas reuniones, cuántas conversaciones, cuántas preocupaciones y proyectos pastorales! Y si retrocedemos en el tiempo, entonces contemplamos siglos enteros de pertenencia a la actual diócesis de Kielce, a la antigua diócesis de Cracovia. Al marchar a la Iglesia que te confía el Espíritu Santo, llevarás el Evangelio, este Evangelio que dentro de poco te pondremos sobre los hombros para que sientas su peso, del mismo modo que conoces sus dulzuras, a fin de que este Evangelio sea para ti fuente de sabiduría y de deseo de servicio. Anúncialo al pueblo que te está esperando. Anúncialo, a las familias religiosas. Anúncialo a tus hermanos en el sacerdocio. Nárralo, a todos porque es palabra de salvación eterna. Vas a esa Iglesia de la que el Espíritu Santo te constituye obispo y pastor para ejercer en ella el ministerio sacerdotal según el rito de Melquisedec, para actuar el sacrificio y ocuparte de que se actúe plenamente en cada parroquia, en cada reunión del Pueblo de Dios, en todos los sitios donde el sacrificio de Cristo congrega al pueblo y abre los corazones, y crea un espacio para la acción del Espíritu Santo en el alma de la gente. Sé sacerdote de tu Iglesia, actúa el santísimo sacrificio, exhorta a actuarlo a todos tus hermanos en el sacerdocio.
Ora con ellos y con todo el Pueblo de Dios de la Iglesia de Katowice para que haya nuevas vocaciones sacerdotales, a fin de que a este pueblo de la tierra polaca y a la Iglesia entera no les falte nunca el servicio sacerdotal diario de los siervos del altar. Llévate contigo el Evangelio de la pasión de Cristo; que sea tu fuerza, como fue la fuerza y la sabiduría de San Pablo. Fortalecido con esta fuerza conforta a todos, sostén a todos y mantén a tu Iglesia como la han edificado tus predecesores, como el difunto obispo Jan, a la altura de la cruz de Cristo, que es signo de salvación y victoria. Vas a construir en la comunidad de la Iglesia de Kielce el Reino de Cristo, El Reino de Dios en la tierra, el Reino del Mesías.
En nombre de este Reino, Cristo quiso hacer su entrada en Jerusalén. Y al entrar en medio del pueblo, que lo rodeaba con palabras de júbilo, presentaba en sí todos los rasgos de la llegada del Mesías. Este Reino que no es de este mundo y, sin embargo, El lo ha instaurado con su pasión y su cruz, con su muerte y resurrección; este Reino debe nacer incesantemente y madurar en los pueblos y en la gente de las distintas generaciones y naciones diferentes.
Este Reino tiene ya su historia más que milenaria en la tierra polaca, en la Iglesia de Kielce. Adéntrate en la gran tradición de esta Iglesia y prosigue la obra de tus predecesores, como obispo y pastor ante el pueblo y destinado al pueblo. Cristo, que ha hecho hoy su entrada en Jerusalén para cumplir la voluntad del Padre, te ayude a ti a cumplir la voluntad del Padre; Cristo, que hoy ha entrado en Jerusalén para dar cumplimiento al misterio pascual de su muerte y resurrección, te conceda que resplandezca este misterio en toda tu vida de obispo y en tu vida de Iglesia, Iglesia a la que debes servir desde ahora a semejanza de Aquel que vino a servir, y a semejanza de su Madre, que se llamó "sierva del Señor" en el momento de la exaltación suprema. Que esté en los caminos María Madre de Cristo, para que el Reino de Cristo crezca y se consolide en el Pueblo de Dios de la Iglesia a la que has sido llamado.
MISA CRISMAL
HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
Basílica de San Pedro
Jueves Santo, 16 de abril de 1981
1. "Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír" (Lc 4, 21).
Venerables y queridos hermanos:
No fue demasiado largo el tiempo que, en la vida de Jesucristo, separó el día, en que El pronunció por vez primera estas palabras en la sinagoga de Nazaret, del día en que comenzó a cumplirse en El la misión suprema de Ungido.
Cristo, el Ungido: Aquel que viene en la plenitud del Espíritu del Señor, tal como dijo de El, el Profeta Isaías:
"El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado..." (Is 61, 1).
He aquí: el Ungido, o el Enviado, está en el final de su misión terrena.
Suenan ya las horas de los días espantosos y, a la vez, santos, en el curso de los cuales la Iglesia, cada año, acompaña, mediante la fe y la liturgia, el último Paso del Señor, Pascha Domini. Y la Iglesia lo hace, encontrando en El siempre de nuevo el principio de la vida del Espíritu y de la Verdad, de la Vida que debía revelarse sólo mediante la muerte. Todo lo que había precedido a esta muerte del Ungido, fue solamente una preparación a esta única Pascua.
2. Nosotros también nos hemos reunido hoy, en la mañana del Jueves Santo, para preparar la Pascua.
Los cardenales y los obispos, los presbíteros y los diáconos, juntamente con el Obispo de Roma, celebran la liturgia de la bendición del crisma, del óleo de los catecúmenos y del óleo de los enfermos. La liturgia matutina del Jueves Santo constituye la preparación anual a la Pascua de Cristo, que vive en la Iglesia, comunicando a todos esa plenitud del Espíritu Santo, que está en El mismo, comunicando a todos la plenitud de su unción.
¡Los cristianos son uncti ex Uncto! Nos hemos reunido aquí para preparar, de acuerdo con el carácter de nuestro ministerio, la Pascua de Cristo en la Iglesia: para preparar la Pascua de la Iglesia en cada uno de ‘los que participan en su misión, desde el niño recién nacido, hasta el venerable anciano gravemente enfermo que se acerca al fin de su vida. Cada uno participa en la misión consignada a toda la Iglesia por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, misión suscitada por obra del misterio pascual de Jesucristo.
La unción y la misión son propias de todo el Pueblo de Dios. Y nosotros hemos venido para preparar la Pascua de la Iglesia de la cual toma inicio, siempre de nuevo, la unción y la misión de todo el Pueblo de Dios.
"A Aquel que nos amó, nos ha liberado de nuestros pecados por su sangre, nos ha convertido en un reino, y hecho sacerdotes de Dios, su Padre, a El la gloria y el poder por los siglos de los siglos" (Ap 1, 5-6).
3. Estamos, pues, aquí juntos en la comunidad de la concelebración. Estamos juntos nosotros, loshumildes adoradores e indignos administradores del misterio pascual de Jesucristo. Nosotros, servidores de la incesante Pascua de la Iglesia, elegidos por la gracia de Dios.
Estamos presentes para renovar el vínculo vivificante de nuestro sacerdocio con el único Sacerdote, con el Sacerdote eterno, con Aquel "que nos ha convertido en un reino, y hecho sacerdotes de Dios, su Padre" (Ap 1, 6).
Estamos presentes, para prepararnos a descender juntos con El al "abismo de la pasión", que se abre con el Triduum Sacrum, para sacar de nuevo fuera de este abismo el sentido de nuestra indignidad y la infinita gratitud por el don, del que participa ‘cada uno de nosotros.
Estamos aquí, queridos hermanos, para renovar los compromisos de nuestra fidelidad presbiteral. "Por lo demás, lo que en los dispensadores se busca es que sean fieles" (1 Cor 4, 2).
¡Somos uncti ex Uncto! Hemos sido ungidos, igual que todos nuestros hermanos y hermanas, con la gracia del bautismo y de la confirmación.
Pero, además de esto, también han sido ungidas nuestras manos, con las cuales debemos renovar su propio Sacrificio sobre tantos altares de esta basílica, de la Ciudad Eterna, de todo el mundo.
Y han sido ungidas también nuestras cabezas, puesto que el Espíritu Santo ha elegido a algunos de entre nosotros y los ha llamado a presidir a la Iglesia, a la solicitud apostólica por todas las Iglesias (sollicitudo omnium Ecclesiarum).
Uncti ex Uncto!
¡Qué inestimable es para nosotros este día! Qué especial es la fiesta de hoy: el día en el que hemos nacido todos y ha nacido cada uno de nosotros como sacerdote ministerial por obra del Ungido Divino. "Vosotros os llamaréis sacerdotes del Señor, dirán de vosotros: ministros de nuestro Dios" (Is 61, 6).
Así dice el Señor: "Les daré su salario fielmente y haré con ellos un pacto perpetuo. Su estirpe será célebre entre las naciones, y sus vástagos entre los pueblos. Los que les vean reconocerán que son la estirpe que bendijo el Señor" (Is 61, 8-9).
Así se expresa el Profeta Isaías en la primera lectura.
Queridísimos hermanos: Que se cumplan estas palabras en cada uno de nosotros y sobre nosotros.
Recemos también por aquellos que han roto la fidelidad a la alianza con el Señor y a la unción de las manos sacerdotales.
Oremos pensando en aquellos que, después de nosotros, deben asumir la unción y la misión. Que lleguen de diversas partes y entren en la viña del Señor, sin tardar y sin mirar atrás.
Uncti ex Uncto!
Amén.
CONCELEBRACIÓN EUCARÍSTICA CON OCHO SACERDOTES IRLANDESES
EN EL XXV ANIVERSARIO DE SU ORDENACIÓN SACERDOTAL
HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
Capilla Paulina del Palacio Apostólico
Viernes 24 de abril de 1981
Muy queridos en Cristo:
1. Después de su resurrección, nuestro Señor Jesucristo vuelve a la compañía de sus discípulos. Se siente feliz de encontrarse de nuevo entre ellos. Les muestra su profundo interés personal por ellos; les llama "amigos" y come con ellos. Es la tercera vez que se aparece a sus discípulos, como nos lo hace notar San Juan en el Evangelio de esta mañana. Y al hacerlo, Jesús pone de manifiesto la vida nueva y el poder de su resurrección.
2. Es importante para nosotros hoy hacer notar que los discípulos a quienes se apareció Jesús —Pedro y Tomás, Natanael, Santiago y Juan— eran ya sacerdotes suyos; eran de los que habían estado con El poco antes en la última Cena; eran de los que le habían oído decir: "Haced esto en memoria mía" (Lc 22, 19). Según la enseñanza conjunta de la Iglesia y la declaración solemne del Concilio de Trento, con estas palabras confirió Jesús el sacerdocio a sus Apóstoles y les mandó que ellos y sus sucesores en el sacerdocio ofrecieran el sacrificio de su Cuerpo y Sangre (cf. sesión 22, cap. 1, can. 2).
3. Esta mañana nuestra celebración de la resurrección del Señor va unida a la celebración del sacerdocio sagrado. Rendimos homenaje a este sacerdocio en el Señor resucitado, en Jesucristo mismo. Le rendimos homenaje en el arzobispo White y en los otros de su mismo año que están conmemorando el XXV aniversario de ordenación. Y así rendimos homenaje a este sacerdocio del Nuevo Testamento tal y como se ha transmitido a través de la ininterrumpida sucesión apostólica y según se comunicará en un futuro próximo a los nuevos diáconos aquí presentes hoy; el sacerdocio sacrificial que perpetuará el misterio pascual y fortalecerá a la Iglesia hasta que Cristo venga de nuevo en gloria a juzgar a los vivos y a los muertos.
4. El sacerdocio que estamos celebrando actualiza de nuevo sacramentalmente en la Eucaristía, la muerte y la glorificación del Señor. La Eucaristía es la proclamación de la resurrección de Cristo en su forma más elevada, del mismo modo que es fuente y cumbre de toda evangelización (cf. Presbyterorum ordinis, 5). Y todos los esfuerzos de quienes participan en el sacerdocio de Cristo deben encaminarse a anunciar el misterio del Salvador resucitado.
Tanto si parece oportuno o desacorde con los modelos del mundo, el sacerdocio de la Iglesia católica debe proclamar incesantemente la doctrina de la resurrección. Para actuar así ha sido maravillosamente investido del poder del Espíritu Santo. Y por este poder del Espíritu Santo, la proclamación de la resurrección tiene hoy la misma capacidad de suscitar la fe y convertir los corazones como cuando lo hicieron los Apóstoles Pedro y Juan. El nombre de Jesús crucificado y resucitado debe proclamarse ante el mundo. En nombre de Jesús, ofrece la Iglesia a todos los individuos y pueblos esperanza invencible, esperanza capaz de disipar toda tristeza, desterrar todo pesimismo, vencer todo pecado y triunfar finalmente sobre la misma muerte. Cristo resucitado da esperanza al mundo. En el nombre de Jesús hay esperanza de salvación, resurrección y novedad de vida. Ciertamente "ningún otro nombre nos ha sido dado entre los hombres por el cual podamos ser salvos" (Act 4. 12).
5. Después de haber pasado un cierto número de años en el ministerio sacerdotal ejercido de modos diferentes según la Iglesia de Dios y su providencia lo han dispuesto, no hay nadie entre los que concelebramos hoy esta Misa que pueda imaginar mayor gozo en nuestro sacerdocio' que la alegría de proclamar repetidamente el misterio pascual en su re-actualización sacramental en el Sacrificio eucarístico.
En ningún momento Jesucristo es más eminentemente el Señor de la vida que en la Eucaristía, de donde dimana sobre la tierra su poder salvador y dador de vida. A través de la Eucaristía, la victoria y el triunfo de la resurrección de Cristo se comunican a la humanidad ansiosa de reconciliación, salud y vida.
6. Queridos sacerdotes que celebráis este aniversario: La proclamación sacramental del misterio pascual de Cristo no engloba todo vuestro ministerio en la Iglesia, pero contiene ciertamente su aspecto más importante. La Misa es el centro de vuestra vida sacerdotal. Es la aportación más dinámica y efectiva que podéis prestar al bien del Pueblo de Dios; muriendo Jesús mismo ha vencido la muerte y resucitando ha devuelto su pueblo a la vida. Y esto se comunica por la Eucaristía, la cual sólo es posible por el sacerdocio.
Estas reflexiones esenciales no minimizan otros aspectos de vuestro ministerio sacerdotal; no os hacen menos disponibles a los numerosos servicios que el Pueblo de Dios os pide. Pero todo lo demás adquiere perspectiva en su relación con la Eucaristía y en su relación con la vida nueva que vive Jesús por su resurrección para gloria de su Padre. Así que al mirar atrás, al día feliz de vuestra ordenación, y recordar a vuestros padres y familiares y a los que os ayudaron en el sacerdocio, debéis mirar también adelante y pensar en cuantos dependen de vosotros y podrán "vivir una vida nueva" (Rom 6, 4), gracias a vuestra fidelidad en el ministerio. Para vosotros, mis hermanos sacerdotes, éste es un día de acción de gracias y de renovar la fidelidad. Para vosotros, queridos diáconos, ésta es una ocasión que debe infundiros confianza, generosidad y deseos de oración. Y para toda la Iglesia, representada aquí por vuestros familiares y amigos, es una hora de gozo, gozo que todos compartimos con María, Reina del cielo, que se regocija en la victoria pascual de su Hijo resucitado, Señor nuestro y Sumo Sacerdote, Jesucristo. Amén.
CONGRESO INTERNACIONAL PARA LAS VOCACIONES
CONCELEBRACIÓN EUCARÍSTICA
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Domingo 10 de mayo de 1981
1. En el IV domingo de Pascua contemplamos a Cristo resucitado, que dice de Sí mismo: "Yo soy la puerta de las ovejas" (Jn 10, 7).
El se llama también a Sí mismo el Buen Pastor; con esas palabras completa, en cierto sentido, esta imagen, dándole una nueva dimensión:
"Os aseguro que el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas camina delante de ellas, y las ovejas, lo siguen, porque conocen su voz: a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños" (Jn 10, 1-5).
Jesús, pues, es la puerta del aprisco. Al atribuirse este título, Jesús se presenta a Sí mismo como el camino obligado para entrar pacíficamente en la comunidad de los redimidos: efectivamente, El es el único mediador por medio del cual Dios se comunica a los hombres y los hombres tienen acceso a Dios. Quien no pasa a través de esta "puerta" es un "ladrón y un bandido". Con todo, se pasa a través de esta puerta siguiéndole a El, que es el verdadero Pastor.
"Mirad bien —comentaba San Agustín— que Cristo nuestro Señor es la puerta y el pastor: la puerta, abriéndose (en la Revelación), y pastor, entrando El mismo. Y ciertamente, hermanos, ha comunicado también a sus miembros la prerrogativa de pastor; y así es pastor Pedro, y Pablo es pastor, y pastores son los otros Apóstoles, y pastores también los buenos obispos. Pero ninguno de nosotros se atreverá a llamarse puerta; Cristo se ha reservado solamente para El ser la puerta, a través de la cual entran las ovejas" (In Io. Evang. Tr. 47, 3).
2. Esta imagen de Cristo que, como único "Buen Pastor", es al mismo tiempo la "puerta de las ovejas", debe estar ante los ojos de todos nosotros.
Debéis tenerla ante los ojos, de modo particular vosotros, queridos hermanos míos, que concelebráis conmigo esta Santa Misa, con la que se inaugura el Congreso internacional para las Vocaciones.
Llegue a todos y a cada uno mi saludo cordial: al señor cardenal Baum, Prefecto de la Sagrada Congregación para la Educación Católica y a sus colaboradores; a los venerados hermanos en el Episcopado y a los sacerdotes que se han reunido aquí como delegados o enviados de las Conferencias Episcopales y de los competentes secretariados de las mismas Conferencias.
Saludo también a los superiores y superiores generales, a los moderadores de los institutos seculares y a las otras dignísimas personas disponibles, incluso a precio de no leves sacrificios, para dar su preciosa aportación a la reflexión común.
El tema del Congreso: "Desarrollo de la pastoral vocacional en las Iglesias particulares: Experiencias del pasado y propuestas para el futuro", parece singularmente oportuno y actual. Se propone mejorar la mediación de la Iglesia local en orden a las vocaciones, y no hay quien no vea la importancia de este "momento" de la acción pastoral para la vida de la Iglesia en todo el mundo.
A este fin han sido consultados los planes de acción preparados en las diócesis de las diversas partes del mundo y las aportaciones de carácter nacional llegadas a la Sagrada Congregación para la Educación Católica: sobre esta base se ha redactado el "Documento de trabajo" que ha sido sometido a vuestra atención como esquema útil para las próximas discusiones.
Por tanto, el Congreso se presenta como el punto de llegada de un diligente trabajo de preparación, que no dejará de facilitar su ordenado y fructuoso desarrollo. El deseo, avalado por la oración común, es que se convierta también en el punto de partida para un nuevo impulso en favor de la pastoral de las vocaciones en cada una de las Iglesias particulares. De este modo, se cierra el círculo: se ha partido de las varias experiencias de las Iglesias particulares y, ahora, se retorna a ellas con la riqueza de las aportaciones recogidas en la confrontación con "lo vivido" en las Iglesias hermanas.
No puedo ocultar mi alegría por el hecho de que el Congreso se desarrolle en Roma. Esto me permite sentirme directamente partícipe: lo inauguro juntamente con vosotros en esta concelebración eucarística, y estaré cercano a vosotros con el pensamiento y la oración.
3. El problema de las vocaciones sacerdotales —y también el de las religiosas, tanto masculinas como femeninas— es, lo diré abiertamente, el problema fundamental de la Iglesia. Es una comprobación de su vitalidad espiritual y es la condición misma de esta vitalidad. Es la condición de su misión y de su desarrollo.
Esto se refiere tanto a la Iglesia, en su dimensión universal, como también a cada una de las Iglesias locales, a las diócesis y, analógicamente, a las congregaciones religiosas. Es necesario, pues, considerar este problema en cada una de estas dimensiones, si nuestra actividad en el sector del florecimiento de las vocaciones quiere ser apropiada y eficaz.
Las vocaciones son la comprobación de la vitalidad de la Iglesia. La vida engendra vida. No por casualidad el Decreto sobre la formación sacerdotal, al tratar del deber de "incrementar las vocaciones", subraya que la comunidad cristiana "está obligada a realizar esta tarea ante todo con una vida plenamente cristiana" (Optatam totius, 2). Lo mismo que un terreno demuestra la riqueza de su propio humus vital con la lozanía y el vigor de la mies que en él se desarrolla (la referencia a la parábola evangélica del sembrador es aquí espontánea: cf. Mt 13, 3-23), así una comunidad eclesial da prueba de su vigor y de su madurez con la floración de las vocaciones que llega a afirmarse en ella.
Las vocaciones son también la condición de la vitalidad de la Iglesia. No hay duda de que ésta depende del conjunto de los miembros de cada comunidad, del "apostolado común", en particular del "apostolado de los laicos". Sin embargo, es igualmente cierto que para el desarrollo de este apostolado es indispensable precisamente el ministerio sacerdotal. Por lo demás, esto lo saben muy bien los mismos laicos. El apostolado auténtico de los laicos se basa sobre el ministerio sacerdotal y, a su vez, manifiesta la propia autenticidad logrando, entre otras cosas, hacer brotar nuevas vocaciones en el propio ambiente.
4. Podemos preguntarnos por qué las cosas están así.
Tocamos aquí la dimensión fundamental del problema, es decir, la verdad misma sobre la Iglesia: la realidad de la Iglesia, tal como ha sido plasmada por Cristo en el misterio pascual y como se plasma constantemente bajo la acción del Espíritu Santo. Para reconstruir en la conciencia, o profundizar en ella, la Convicción acerca de la importancia de las vocaciones, hay que remontarse a las raíces mismas de una sana eclesiología, tal como han sido presentadas por el Vaticano II. El problema de las vocaciones, el problema de su florecimiento, pertenece de modo orgánico a esa gran tarea que se puede llamar "la realización del Vaticano II".
Las vocaciones sacerdotales son comprobación y, al mismo tiempo, condición de la vitalidad de la Iglesia, ante todo porque esta vitalidad encuentra su fuente incesante en la Eucaristía, como centro y vértice de toda la evangelización y de la vida sacramental plena. De aquí brota la necesidad indispensable de la presencia del ministro ordenado que está precisamente en disposición de celebrar la Eucaristía.
Y luego, ¿qué decir de los otros sacramentos mediante los cuales se alimenta la vida de la comunidad cristiana? Especialmente, ¿quién administraría el sacramento de la penitencia si faltase el sacerdote? Y este sacramento es el medio establecido por Cristo para la renovación del alma y para su integración activa en el contexto vital de la comunidad. ¿Quién atendería al servicio de la Palabra? Y, sin embargo, en la economía actual de la salvación "la fe es por la predicación, y la predicación, por la palabra de Cristo" (Rom 10, 17).
Están luego las vocaciones a la vida consagrada. Ellas son la comprobación y, a la vez, la condición de la vitalidad de la Iglesia, porque esta vitalidad debe encontrar, por voluntad de Cristo, su expresión en el radical testimonio evangélico del Reino de Dios en medio de todo lo que es temporal.
5. El problema de las vocaciones no cesa de ser, queridos hermanos, un problema por el que tengo mucho interés de modo muy especial. Lo he dicho en diversas ocasiones. Estoy convencido de que —a pesar de todas las circunstancias que forman parte de la crisis espiritual existente en toda la civilización contemporánea— el Espíritu Santo no deja de actuar en las almas. Más aún, actúa todavía con mayor intensidad. Precisamente de aquí nacen también para la Iglesia de hoy perspectivas favorables en cuanto a las vocaciones, con tal que ella trate de ser auténticamente fiel a Cristo; con tal de que espere ilimitadamente en la potencia de su redención, y trate de hacer todo lo posible para "tener derecho" a esta confianza.
"Condición de la communio —he dicho en otras circunstancias— es la pluralidad de las vocaciones y también la pluralidad de los carismas. Es única la común vocación cristiana: la llamada a la santidad; y único el carisma fundamental del ser cristiano: el sacramento del bautismo; sin embargo, sobre su fundamento se identifican las vocaciones particulares, como la sacerdotal y la religiosa y, junto a éstas, la vocación de los laicos, la que, a su vez, lleva conmigo todo el conjunto de las variedades posibles. En efecto, los laicos pueden participar de diversos modos en la misión de la Iglesia dentro de su apostolado.
"Sirven a la comunidad misma de la Iglesia, tomando parte, por ejemplo, en la catequesis o en el servicio caritativo y, al mismo tiempo, abren en el mundo los caminos en muchos campos del compromiso específico de ellos.
"Servir a la comunión del Pueblo de Dios en la Iglesia significa cuidar las diversas vocaciones y los carismas en lo que les es especifico y trabajar a fin de que se completen recíprocamente, igual que cada uno de los miembros en el organismo (cf. 1 Cor 12, 12 ss.)".
Podemos mirar confiadamente hacia el futuro de las vocaciones, podemos confiar con la eficacia de nuestros esfuerzos que miran a su florecimiento, si alejamos de nosotros, de modo consciente y decisivo, esa particular "tentación eclesiológica" de nuestros tiempos que, desde diversas partes y con múltiples motivaciones, trata de introducirse en las conciencias y en las actitudes del pueblo cristiano. Quiero aludir a las propuestas que tienden a "laicizar" el ministerio y la vida sacerdotal, a sustituir a los ministros "sacramentales" por otros "ministerios", juzgando que responden mejor a las exigencias pastorales de hoy, y también a privar a la vocación religiosa del carácter de testimonio profético del Reino, orientándola exclusivamente hacia funciones de animación social o incluso de compromiso directamente político.
Esta tentación afecta a la eclesiología, como se expresó lúcidamente el Papa Pablo VI, el cual, hablando a la asamblea general de la Conferencia Episcopal Italiana sobre los problemas del sacerdocio ministerial, declaraba: "En este punto, lo que nos aflige es la suposición, más o menos difundida en ciertas mentalidades, de que se pueda prescindir de la Iglesia tal como es, de su doctrina, de su constitución, de su origen histórico, evangélico y hagiográfico, y que se pueda inventar y crear una nueva Iglesia según determinados esquemas ideológicos y sociológicos, también ellos mutables y no garantizados por exigencias eclesiales intrínsecas. Así, vemos a veces cómo los que alteran y debilitan a la Iglesia en este punto no son tanto sus enemigos de fuera, cuanto algunos de sus hijos de dentro, que pretenden ser sus libres fautores" (Pablo VI: Enseñanzas al Pueblo de Dios, II, 1970, pág. 280).
6. ¡Cristo es la puerta de las ovejas!
¡Que todos los esfuerzos de la Iglesia —y en particular de vuestro Congreso—, que todas las oraciones de esta asamblea eucarística de hoy vuelvan a confirmar esta verdad!
¡Que le den eficacia plena! ¡Que entren a través de esta "puerta" siempre nuevas generaciones de Pastores de la Iglesia! ¡Siempre nuevas generaciones de "administradores de los misterios de Dios"! (1 Cor 4, 1). Siempre nuevas falanges de hombres y de mujeres que con toda su vida, mediante la pobreza, la castidad y la obediencia libremente aceptadas y profesadas, den testimonio del Reino, que no es de este mundo y que no pasa jamás.
Que Cristo —Puerta de las ovejas— se abra ampliamente hacia el futuro del Pueblo de Dios en toda la tierra. Y que acepte todo lo que según nuestras débiles fuerzas —pero apoyándonos en la inmensidad de su gracia— tratamos de hacer para despertar las vocaciones.
Que interceda por nosotros en estas iniciativas la humilde Sierva del Señor, María, que es el modelo más perfecto de todos los llamados; Ella que, a la llamada de lo alto, respondió: "Heme aquí, hágase en mí según tu palabra" (cf. Lc 1, 38).
SANTA MISA PARA LOS PARTICIPANTES EN EL CONGRESO "MOVIMIENTOS EN LA IGLESIA"
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Castelgandolfo
Domingo 27 de septiembre de 1981
- Me siento feliz por este encuentro y os saludo cordialmente, queridos participantes en el Congreso internacional "Movimientos en la Iglesia".
2. Como bien sabéis, la Iglesia misma es un "movimiento". Y, sobre todo, es un misterio: el misterio del eterno "Amor" del Padre, de su Corazón paterno, en el que comienza la misión del Hijo y la misión del Espíritu Santo. La Iglesia, que nació de esta misión, se encuentra "in statu missionis". Ella es un "movimiento" que penetra en los corazones y en las conciencias. Es un "movimiento", que se inscribe en la historia del hombre-persona y de las comunidades humanas.
2.Los "movimientos" en la Iglesia deben reflejar en sí el misterio de ese "Amor", del que ella nació y nace continuamente. Los diversos "movimientos" deben vivir la plenitud de la Vida transmitida al hombre como don del Padre en Jesucristo por obra del Espíritu Santo. Deben realizar, en toda la plenitud posible, la misión sacerdotal, profética y real de Cristo, misión que es participada por todo el Pueblo de Dios.
3. Los "movimientos" en el seno de la Iglesia-Pueblo de Dios expresan ese movimiento múltiple, que es la respuesta del hombre a la Revelación, al Evangelio:
— el movimiento hacia el mismo Dios Viviente, que se ha acercado tanto al hombre;
— el movimiento hacia la propia intimidad, hacia la propia conciencia y hacia el propio corazón, el cual, en el encuentro con Dios, descubre la profundidad que le es propia;
— el movimiento hacia los hombres, nuestros hermanos y hermanas, a quienes Cristo pone en el camino de nuestra vida;
— el movimiento hacia el mundo, que espera incesantemente en sí "la manifestación de los hijos de Dios" (Rom 8, 19).
La dimensión sustancial del movimiento en cada una de las direcciones mencionadas es el amor: "el amor de Dios se ha derramado en nuestros corazones por virtud del Espíritu Santo, que nos ha sido dado"(Rom 5, 5).
- Abrazo de todo corazón uno por uno a los participantes en el Congreso y expreso los más cordiales votos de todo bien a los diversos "movimientos" que representáis: Comunión y Liberación, "Swiatlo-Zycie", Focolares, Cursillos de Cristiandad, Renovación en el Espíritu, Schönstatt, Equipe Nôtre Dame, Oasi, Comunidades de vida cristiana. Os bendigo a todos cordialmente.
BEATIFICACIÓN DE LOS SIERVOS DE DIOS ALAIN SE SOLMINIHAC, LUIS SCROSOPPI, RICARDO PAMPURI, CLAUDINA THÉVENET Y MARÍA REPETTO
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Plaza de San Pedro
Domingo 4 de octubre de 1981
Hermanos y hermanas queridísimos:
1. ¡ Hoy es un día de sincero júbilo y de ferviente alegría para el Pueblo de Dios! Toda la Iglesia se arrodilla para venerar a tres de sus hijos y a dos de sus hijas, que realizaron de manera heroica en su vida terrena, día tras día, las exigencias del mensaje del Evangelio. ¡La Iglesia, santificada por la sangre de su Esposo, Cristo, se ha convertido en madre de Santos y de Santas! Y en este día tiene el íntimo orgullo de presentar al mundo contemporáneo cinco nuevos Beatos, testigos de su perenne, inagotable, juvenil vitalidad, y portadores de ese mensaje de alegría, que es típico del anuncio del Evangelio.
Y en el signo de esta alegría cristiana escucharemos el mensaje que los nuevos cinco Beatos nos entregan hoy, para que lo sepamos hacer nuestro, realizándolo en nuestra vida y lo transmitamos, así, en su autenticidad a la sociedad de hoy, que está en continua búsqueda del Absoluto.
2. ALAIN DE SOLMINIHAC, nacido de antigua familia del Périgord cuyo lema era "Fe y valor", soñó primero en los Caballeros de Malta. Pero en 1613, a la edad de veinte años, decidió entrar en la abadía de Chancelade, cerca de Périgueux, de los Canónigos Regulares de San Agustín. Tras la ordenación, prosiguió estudios de teología y espiritualidad en París. En la Epifanía de 1623 recibió la bendición abacial y emprendió valientemente la restauración material y espiritual de la abadía.
Era la época de la puesta en práctica del Concilio de Trento. Su ejemplo tuvo gran resonancia en la región y fuera de ella. En este momento quisiera hacer notar que este guía de vida evangélica puede iluminar singularmente a los institutos religiosos de nuestro tiempo. Alcanzados éstos inevitablemente por las mutaciones socio-culturales de hoy, deben afrontar el reto de no hacerse insípidos o incluso diluirse, renovando la fidelidad a la "vía estrecha" enseñada por Jesucristo y caracterizada para siempre por la opción consciente y permanente de la pobreza, castidad y obediencia consagradas. La experiencia de Alain de Solminihac recuerda oportunamente a todos los religiosos el valor y la fecundidad de su oblación radical, sostenida por la observancia de la regla, la mortificación y la vida en comunidad. Pido al nuevo Beato que les contagie su fervor ascético.
En 1636 la fama de celo y santidad del abad de Chancelade hizo que el Papa Urbano VIII le nombrara obispo de Cahors. Admirador ferviente de la pastoral conciliar del santo arzobispo de Milán, Carlos Borromeo, mons. de Solminihac tomó también él la decisión de dar a su diócesis la fisonomía y vitalidad demandadas por el Concilio de Trento. Sus veintidós años de episcopado en el Quercy fueron un despliegue incesante de actividades importantes y eficaces: convocación del Sínodo diocesano, instauración de un consejo episcopal semanal, visita sistemática a las ochocientas parroquias de la diócesis, a cada una de las cuales acudirá nueve veces, creación de un seminario que confió a los paúles, multiplicación de las misiones parroquiales, desarrollo del culto eucarístico en un tiempo en que el jansenismo comenzaba a extenderse, promoción o fundación de obras caritativas para ancianos y huérfanos, enfermos y víctimas de la peste. Tres años antes de la muerte, él mismo predicaba el Jubileo de 1656 con dos objetivos: convertir a su pueblo y sensibilizarlo sobre la misión particular del Obispo de Roma, custodio de la comunión entre las Iglesias. En una palabra, la frase del Salmo 69 "Me consume el celo de tu casa", podría resumir perfectamente la vida pastoral de este obispo del siglo XVII. La figura eminente de Alain de Solminihac bien se merecía que la pusiera en el candelero la Iglesia a quien había servido tan ardientemente. Ojalá los obispos de Francia y de todos los países encuentren en la vida del Beato Alain de Solminihac, valentía para evangelizar sin miedo el mundo contemporáneo.
3. LUIS SCROSOPPI, de Udine, ordenado sacerdote en , 1827, se entrega a un apostolado incansable, animado e impulsado por la caridad de Cristo. Instituye la "Casa de las abandonadas" o "Instituto de la Providencia", para la formación humana y cristiana de las muchachas; abre la "Casa provvedimento" para las ex-alumnas sin trabajo; da comienzo a la Obra en favor de las sordomudas, y funda las religiosas de la Providencia bajo la protección de San Cayetano. El padre Luis ingresa en la congregación del Oratorio y la convierte en un dinámico centro de irradiación de vida espiritual.
En su vida, gastada totalmente por las almas, tuvo tres grandes amores: Jesús; la Iglesia y el Papa; los "pequeños".
Desde muy joven, elige a Cristo como Maestro y lo ama, contemplándolo pobre y humilde en Belén; trabajador en Nazaret; paciente y víctima en Getsemaní y en el Gólgota; presente en la Eucaristía. "Quiero serle fiel —escribe— unido perfectamente a El en el camino del cielo y llegar a ser una copia suya".
Su amor a la Iglesia se manifiesta en la fidelidad completa a las leyes eclesiásticas; en su apostolado, que no conoce pausas o vacilaciones; en la dócil aceptación del Magisterio.
El padre Scrosoppi gastó literalmente toda su vida en el ejercicio de la caridad para con el prójimo, especialmente con los más pequeños y los más abandonados. Distribuyó a los pobres sus numerosos bienes patrimoniales. "Los pobres y los enfermos son nuestros dueños y representan la persona misma de Jesucristo": son palabras suyas; pero son también, y mucho más, su vida.
En la base de su múltiple actividad pastoral y caritativa hay una profunda interioridad; su jornada es una continua oración: meditación, visitas al Santísimo Sacramento, rezo del Breviario, "Via Crucis" diario, Rosario y, finalmente, larga oración nocturna; dando de este modo a los fieles, a los sacerdotes y a los religiosos un luminoso y eficaz ejemplo de equilibrada síntesis entre vida contemplativa y vida activa.
4. HERMINIO FELIPE PAMPURI, el décimo de once hijos, a los 24 años es médico rural y a los 30 entra en la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios (Fatebenefratelli). Tres años después moría.
Es una figura extraordinaria, cercana a nosotros en el tiempo, pero más cercana aún a nuestros problemas y a nuestra sensibilidad. Nosotros admiramos en Herminio Felipe, que en la Orden se llamó fray Ricardo Pampuri, al joven laico cristiano, empeñado en dar testimonio dentro del ambiente estudiantil, como miembro activo del círculo universitario "Severino Boecio" y socio de la Conferencia de San Vicente de Paúl; al médico dinámico, animado por una intensa y concreta caridad hacia los enfermos y los pobres, en los cuales entrevé el rostro de Cristo paciente. Realizó literalmente las palabras que escribió a su hermana religiosa, cuando era médico rural: "Ruega para que la soberbia, el egoísmo y cualquier otra pasión no puedan impedirme ver siempre a Jesús paciente en mis enfermos, cuidarle, confortarle. ¡Con este pensamiento siempre vivo en la mente, qué suave y qué fecundo debería parecerme el ejercicio de mi profesión!".
Lo admiramos también como religioso integérrimo de una benemérita Orden que, según el espíritu de su fundador, San Juan de Dios, ha hecho de la caridad hacia Dios y hacia los hermanos enfermos la propia misión específica y el propio carisma originario. "Quiero servirte, Dios mío, en el futuro, con perseverancia y amor sumo: en mis superiores, en mis hermanos, en los enfermos tus predilectos: dame la gracia de servirles como te serviría a ti": así escribía en los propósitos de preparación para la profesión religiosa.
La vida breve, pero intensa, de fray Ricardo Pampuri es un estímulo para todo el Pueblo de Dios, pero especialmente para los jóvenes, para los médicos, para los religiosos.
Dirige a los jóvenes contemporáneos la invitación a vivir gozosa y valientemente la fe cristiana; en continua escucha de la Palabra de Dios, en generosa coherencia con las exigencias del mensaje de Cristo, en la donación a los hermanos.
A los médicos, sus colegas, les dirige una llamada para que desarrollen con esfuerzo su delicada arte, animándola con ideales cristianos, humanos, profesionales, a fin de que sea una auténtica misión de servicio social, de caridad fraterna, de auténtica promoción humana.
A los religiosos y religiosas, especialmente a los que, en humildad y ocultamiento, realizan su consagración en las salas de los hospitales o de las clínicas, fray Ricardo les recomienda vivir el espíritu originario de su Instituto, en el amor a Dios a los hermanos necesitados.
5. CLAUDINA THEVENET pasó toda su vida en Lión. Su adolescencia fue turbada por la Revolución francesa que sacudió con gran violencia su ciudad natal. Una mañaña de enero de 1794, esta muchacha de 19 años reconoció a sus hermanos Luis y Francisco en el pelotón de condenados a muerte; y tuvo el valor de acompañarlos hasta el lugar del suplicio y recoger sus últimas palabras: "Glady: Perdona como nosotros perdonamos".
Sin duda alguna este hecho fue elemento determinante de la vocación de Claudina, que era muy compasiva con las miserias acumuladas por la tempestad revolucionaria. Sueña con ser mensajera de la misericordia y el perdón de Dios en aquella sociedad destrozada, y dedicar la vida a la educación de las jóvenes, sobre todo de las más pobres cuya situación supera toda imaginación. Por ello y con la ayuda clarividente del padre Coindre, Claudina funda en 1816 una Pía Unión que será más tarde la congregación de Jesús-María. Para gozo grande de la Iglesia, las hijas de la madre Thévenet son hoy más de 2.000 y están presentes en todos los continentes viviendo realmente de su espíritu. Escuelas y colegios, hogares de muchachas y ancianos, pastoral catequética y familiar, dispensarios y casas de oración sólo tienen un objetivo: el de dar a conocer a Jesús y María, trabajando al mismo tiempo en la promoción social de los pobres.
A ciento cincuenta años de distancia, la vida de esta fundadora sigue interpelando a sus hijas y también a los cristianos. ¿Acaso no nos hallamos nosotros igualmente en una sociedad demasiado tentada y desfigurada por la violencia? ¿Es que no necesitamos dejarnos invadir por la misericordia infinita de Dios para prestar nuestra aportación valiente a la "civilización del amor" de que hablaba Pablo VI, la única digna del hombre? Claudina Thévenet se nos presenta como modelo de amor y perdón: "Que la caridad sea como la pupila de vuestros ojos", sigue diciéndonos ahora como gustaba repetir a sus religiosas. "Estad dispuestas a sufrir todo de los demás y a no hacer sufrir a nadie".
Por otra parte, ¿acaso no continúa siendo la nueva Beata un modelo de vida evangélica y religiosa para aquellos y aquellas que se consagran a la educación de la juventud en la Iglesia y siguiendo sus directrices? Las intuiciones y métodos pedagógicos de Claudina Thévenet siguen de actualidad; o sea, una educación rebosante de atenciones maternas que procura preparar a las chicas a la vida con la adquisición de competencia profesional e iniciándolas gradualmente en sus responsabilidades futuras de esposas y madres; y sobre todo, educación profundamente cristiana porque "no hay desgracia mayor —solía repetir— que vivir y morir sin conocer a Dios".
Claudina, que hizo de su vida religiosa un "himno de gloria" al Señor imitando a la Virgen María a quien veneraba profundamente, recuerda a los cristianos que vale la pena jugárselo todo por Dios. A aquellos y aquellas a quienes el Señor invita a consagrarse más particularmente a su servicio, les confirma que es menester saber "perder la Vida" para que otros lleguen a amar y conocer a Dios; y con su ejemplo les confirma asimismo que el logro más bello de la vida es la santidad.
6. MARÍA REPETTO, ingresa a los 22 años en Génova en la congregación de las religiosas de Nuestra Señora del Refugio, en Monte Calvario. Durante las numerosas y graves epidemias de cólera que se abaten sobre la ciudad, corre intrépida a la cabecera de los enfermos. La fama de la "monja santa" crece cada día y, cuando asume la tarea de portera, continúa dando los tesoros de su alta espiritualidad a cuantos acuden a ella pidiendo ayuda y consejo.
María Repetto desde la juventud aprendió y vivió una gran verdad, que también nos ha transmitido a nosotros: Jesús debe ser contemplado, amado y servido en los pobres, en todos los momentos de nuestra vida. Ella da todo lo que tiene: sus ahorros, sus cosas, su palabra, su tiempo, su sonrisa. "Servir a los pobres de Jesús", era el programa de su Instituto; programa que ella realizó en los 50 años de vida religiosa, sirviendo, ante todo, a Jesús, creciendo en la perfección del amor, recordándose a sí misma: "ante todo ser religiosa", y sirviendo a los pobres, porque Cristo vive en los pobres.
San Francisco de Caporoso, llamado por los genoveses "el padre santo" enviaba a la "monja santa" personas de toda extracción social, necesitadas de ayuda y de consejos. El humilde fraile mendicante, canonizado en 1962, y la humilde religiosa portera que sube hoy al honor de los altares, fueron en el siglo pasado los dos polos de la vida religiosa de Génova. María Repetto estaba siempre contenta y serena y se alegraba de tener el corazón más abierto que la puerta del convento, y de dar, dar siempre, dar todo. Y esta alegría de su donación a Dios culminó en su muerte: con la sonrisa en los labios, la Beata pronunció sus últimas palabras, que son un himno de júbilo a la Madre de Dios: "Regina coeli, laetare, alleluia!".
7. Queridísimos:
Hemos comenzado esta reflexión con el signo de la alegría cristiana; y en el signo del gozo pascual, fruto de la cruz de Jesús, continuamos esta solemne celebración, confortados por los admirables ejemplos de estos nuevos Beatos, que nos indican el camino que también nosotros debemos recorrer en nuestra peregrinación terrena: el camino del amor a Dios y a los hermanos, especialmente a los que sufren en el espíritu y en el cuerpo.
Los nuevos Beatos confiaron en el Señor, lo invocaron, seguros de su clemencia y misericordia; siguieron sus caminos; trataron de agradarle; se echaron en sus brazos (cf. Sir 2, 7 s.). En la cumbre de sus pensamientos, por encima de todo, pusieron la caridad, convencidos de que ella es "el vínculo de la perfección" (cf. Col 3, 14). Haciendo propia la invitación de Cristo, vendieron todo lo que tenían y lo dieron en limosna; se hicieron bolsas que no envejecen, y han conseguido un tesoro inagotable en los cielos (cf. Lc 12, 32 s.), como dice el pasaje evangélico que se ha leído hace poco.
Mientras nos inclinamos reverentes ante ellos, nos confiamos a su potente intercesión:
¡Beato Alain de Solminihac, Beato Luis Scrosoppi, Beato Ricardo Pampuri, Beata Claudina Thévenet, Beata María Repetto, rogad a la Santísima Trinidad por vuestras patrias terrenas, para que vivan en serena concordia. ¡Rogad por vuestras familias religiosas, para que den a la sociedad contemporánea un gozoso testimonio de su donación a Dios! ¡Rogad por la Isglesia, peregrina en la tierra, para que sea siempre signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano!
¡Rogad por todos los pueblos del mundo, para que realicen en sus relaciones la justicia y la paz!
¡Oh nuevos Beatos y Beatas, rogad por nosotros!
¡Amén!
VISITA AL PONTIFICIO COLEGIO ALEMÁN DE ROMA
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Domingo 18 de octubre de 1981
Queridos alumnos,
queridos padres y hermanos de la Compañía de Jesús,
queridas hermanas,
querida familia del Colegio:
1. En la primera Carta a los Tesalonicenses, cuya lectura comienza en la liturgia dominical de hoy, el Apóstol Pablo, junto con Silvano y Timoteo, escribe: "Nos habíamos propuesto resueltamente ir a vosotros..." (2, 18). Entre los dos viajes pastorales a dos de vuestros países, Alemania y Suiza, estaba especialmente indicado que el Papa hiciera también una visita al Pontificio Colegio Germánico-Húngaro. Conocéis bien la causa que hizo imposible realizar a su debido tiempo, tanto esta visita a vosotros, como mi viaje a Suiza. Pero sabéis también "que Dios hace concurrir todas las cosas para el bien de los que le aman" (Rom 8, 28). Así, pues, se nos ha concedido hoy este encuentro tan deseado, en medio de la alegría profunda que brota de la fe y con un redoblado deseo de abrir el corazón ante Dios para darle gracias, queriendo compartir a la vez con todos vosotros estos mismos sentimientos.
omo dice la lectura de hoy, yo también veo en vosotros una "comunidad..., que vive en Dios Padre y en el Señor Jesucristo" (1 Tes 1, 1) y, lo mismo que Pablo, "doy gracias a Dios por todos vosotros, por la actividad de vuestra fe, por el esfuerzo de vuestro amor y el aguante de vuestra esperanza" (cf. 1, 2 s.). Lleno de alegría puedo afirmar con el Apóstol: "Bien sabemos, hermanos amados de Dios, que El os ha elegido" (1, 4). Esta gratuita vocación en Cristo concierne a todos los miembros del nuevo Pueblo de Dios; pero va dirigida de una manera especial a quienes han sido llamados a seguirle más de cerca como discípulos suyos.
A vosotros, queridos sacerdotes y aspirantes al ministerio sacerdotal del Colegio Germánico-Húngaro, os ha cabido en suerte esta llamada al seguimiento especial de Cristo. La historia de vuestro Colegio os da derecho a sentir orgullo y alegría; pero al mismo tiempo os invita a una humilde seriedad. Estáis llamados según la mente de los fundadores del Colegio, a anunciar la Buena Nueva en vuestros pueblos y, de un modo especial, a poneros al servicio de aquella unidad, por la que Jesús oró en su despedida y que hoy es tan intensamente deseada por la cristiandad (¡y no sólo por ella!). ¡Ojalá vuestros países, en otro tiempo origen de separación, puedan ser hoy también origen de reconciliación!
2. A fin de subrayar la gran importancia que tiene en nuestro tiempo esta solicitud por el ecumenismo, quise con especial interés hacer mi visita pastoral a Alemania, precisamente en el año jubilar de la Confessio Augustana. Y Dios me concedió el favor de tener allí encuentros felices con los dirigentes de las otras Iglesias cristianas, como deseo tener y así lo pido encarecidamente a Dios durante el viaje que espero hacer a Suiza.
Mi memorable visita a la República de Alemania, en el 700 aniversario de la muerte de San Alberto Magno, iba naturalmente dirigida en primer lugar a mis hermanos y hermanas en la fe, para vivir intensamente, en alabanza de Dios y en intercambio fraterno, la experiencia de la comunión eclesial; iba dirigida a la renovación y animación de la vida religiosa en las familias y en las comunidades. Pero mi visita quiso servir también al mismo tiempo a la gran causa de la Ekumene: "ut unum sint" (cf. Jn 17, 21). Pues sólo una Iglesia viva y afianzada en su fe puede ser una Iglesia de auténtico diálogo.
3. Lo inmerecida que es la elección de la que hemos sido objeto y la situación tan radical a que conduce nos lo pone claramente ante los oíos la lectura que hemos hecho del Antiguo Testamento en la liturgia de hoy: "Te di un título, aunque no me conocías. Yo soy el Señor y no hay otro: fuera de mí no hay dios" (Is 45. 4 s.).
El Evangelio que acabamos de escuchar nos muestra con qué fuerza contrapone el Señor esta exigencia radical de Dios a las pretensiones del mundo: "Pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios" (Mt 22, 21). Estas palabras conservadas por el Evangelista van más allá del contexto inmediato des la discusión de Jesús con los fariseos, convirtiéndose en clave fundamental para superar la tensión entre nuestro estar en el mundo y nuestro ser para Dios. Quien tome en serio nuestra implicación con él cosmos y con la humanidad debe guardarse de menospreciar dicha exigencia de Dios. Quien ponga a Dios resueltamente en el centro de su vida tiene que pensar que, al mismo tiempo, debe estar en consonancia con la creación de Dios y con las exigencias que surgen de vivir con los demás hombres.
¡Queridos alumnos del Colegio Germánico-Húngaro! En el esfuerzo personal por descubrir de manera realmente católica y por vivir luego en consecuencia esa orientación nuestra a Dios y nuestra vinculación con el mundo, os puede ser de provecho la circunstancia de que vuestro Colegio fue fundado por San Ignacio de Loyola, cuya espiritualidad se os inculca en esta casa. Según el "principio y fundamento" que nos dio en el libro de sus Ejercicios, el hombre ha sido "criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor, y mediante esto salvar su ánima; y las otras cosas sobre la haz de la tierra son criadas para el hombre, y para que le ayuden en la prosecución del fin para que es criado" (Ejercicios espirituales, núm. 23).
Que vuestra vida sepa dar siempre al cuerpo, a la naturaleza, a las cosas, a las estructuras humanas, lo que les corresponde, pero sin quedarse ahí, sino más bien ofreciéndose en todo a Dios, como nos enseña San Ignacio: "Tomad, Señor, y recibid..." (Ejercicios espirituales, núm. 234). De esta manera responderéis a vuestra vocación sacerdotal; así seréis para los creyentes y para el mundo un vivo "Sursum corda".
En estos años que pasáis en el Colegio estáis libres del trabajo que será después vuestra carga y vuestra alegría. Para el futuro servicio de anunciar la Palabra, tenéis ahora la obligación de escuchar la Palabra y de dedicaros fielmente al estudio asiduo y a veces árido. Es posible que sintáis el temor de que el trato prolongado con los libros os pueda dificultar luego el trato con los hombres. Considerad, sin embargo, la ventaja que supone el proveeros, en un retiro tranquilo, de un bagaje sólido antes de enfrentaros con "los cuidados y la preocupación diaria por las comunidades" (cf. 2 Cor 11, 28). El acercamiento a los hombres ejercitadlo con quienes ahora son vuestros prójimos. Prestadles la misma atención diligente, delicada, comprensiva y generosa, con la que luego querréis acercaros en nombre de Jesús a las personas que os hayan sido encomendadas.
4. El mosaico del ábside de vuestra iglesia nos presenta a María como Reina de los Apóstoles, Esposa del Espíritu Santo y Madre de la Iglesia. En este Domingo mundial de las Misiones le encomendamos de manera especial a quienes fueron alumnos de este Colegio y luego, siguiendo una especial invitación de Dios, quisieron ser misioneros, bien como religiosos, o bien —siguiendo las orientaciones de la " Fidei donum" y con la aprobación magnánima de sus obispos— como sacerdotes diocesanos. Que su espíritu misionero anime también a los que saliendo de aquí y siguiendo el objetivo de la fundación del Colegio, vuelven a sus países, a fin de que sepan mantener vivos dentro de sí y afianzarlos en todas sus actividades el pensar y el sentir propios de la Iglesia universal, que tan generosamente se les ha comunicado en ésta ciudad que sabe abrir sus puertas a todos los pueblos.
El pensar y el sentir, la oración y el sacrificio misioneros pude experimentarlo con profunda alegría durante mi visita pastoral a Alemania, como aspiración de las personas concretas, de las familias, de las comunidades, de las diócesis y de las obras interdiocesanas "Missio" y "Adveniat". Con semejante garantía de cada Iglesia local y con la fiel oración y el sacrificio de todos los creyentes puede ser cada vez mayor realidad lo que nos proclama el Salmista en el Salmo responsorial de hoy: "¡Cantad al Señor, toda la tierra! ¡Contad a los pueblos su gloria, sus maravillas a todas las naciones!" (Sal 96 [95], 1.3).
¡Queridos hermanos y hermanas! El Colegio Germánico-Húngaro congrega en Roma, junto a la Sede episcopal de Pedro, a seminaristas y a sacerdotes de diferentes países y lenguas. Se convierte así de un modo especial en un lugar de encuentro y en un lazo promotor de unidad entre distintas Iglesias locales de Europa. ¡Ojalá el Colegio sepa seguir ahondando y consolidando esa unidad de la Iglesia, de la que Roma es signo y centro puesto a su servicio!
Oremos en esta celebración de la Eucaristía por todos los superiores, colaboradores y alumnos de este benemérito Colegio, por quienes lo son ahora y por quienes lo han sido, dondequiera que se encuentren en este momento sirviendo a la Iglesia de Cristo, y digamos con las palabras de la liturgia de hoy: "Dios todopoderoso y eterno, te pedimos entregarnos a Ti con