ESCRITOS ESPIRITUALES DE AUTORES

ESCRITOS ESPIRITUALES DE AUTORES (36)

II.- TRABAJO SOBRE LA SANTIDAD CRISTIANA O SACERDOTAL EN      AUTORES

APOSTOLADO DE LA ORACIÓN

 

CRISTIANOS MOLDEADOS POR LA EUCARISTIA

 

Luis Mª Mendizábal S.J. Director Nacional del Apostolado de la Oración

 

Introducción:"Se establece un doble movimiento: traer la vida entera para ofrecerla en la Eucaristía y llevar la Eucaristía para informar nuestra vida"

La introducción que titula esta conferencia está tomada de un discurso de Juan Pablo II a los Directores Nacionales del A.O. Dicen los Estatutos (n.9): "es menester que la espiritualidad de los fieles se regule por el Misterio Eucarístico, penetre y moldee toda su vida, y los conduzca a una participación consciente y vital de este Misterio". Lo que el A.O. promueve relacionado con la Eucaristía podría esquematizarse en estos puntos:

 

1) Ofrecimiento: Me ofrezco contigo al Padre en tu Santo Sacrificio del altar; por las Intenciones por las cuales vos os inmoláis en el altar;

 

2) Comunión reparadora;

 

3) Vida moldeada por la Eucaristía.

 

Estos puntos no son meras prácticas, aunque tienen su plasmación práctica, sino que brotan de una actitud fundamental del Apóstol de la Oración, que arranca de su sintonía con el Corazón redentor de Jesucristo. Por eso juzgo importante encuadrar esta dimensión eucarística en el marco del A.O. y en el proyecto eclesial de hoy.

 

1.- La Nueva Evangelización. El Papa ha lanzado el reto de la Nueva Evangelización para un mundo que la necesita. Se ha evangelizado ya tanto en Europa como en América. Pero hoy hace falta una Nueva Evangelización para construir la Civilización del Amor. Evangelización nueva en su ardor, en sus métodos, en su acomodación al mundo actual.

Fundamental para la Nueva Evangelización es formar nuevos evangelizadores e infundir en todos los fieles la convicción de que todos los fieles son evangelizadores. Y esos nuevos evangelizadores se han de caracterizar por la vivencia profunda de su fe, de su comunión con Cristo, de su autenticidad de vida cristiana exultante y gozosa en la totalidad de su entrega y de su oblación (Chi 74...). Hombres conscientes de que la construcción de una Humanidad nueva, de una civilización del amor no es tarea de nivel simplemente humano; sino que el único Salvador es Jesucristo, por su oblación a lo largo de toda su vida consumada en la cruz.

Para que se cumpla la redención es necesario que a la oblación de Cristo se una nuestra pobre oblación. Como sacerdotes, partícipes del sacerdocio único de Jesucristo, tenemos que ofrecemos como él y mantener ese ofrecimiento a lo largo de toda nuestra vida. Entendiendo este mantenimiento no como una actitud paralela a la que asumimos en las diversas circunstancias de la vida diaria, sino haciendo de esa oblación la raíz y médula de todos nuestros actos. La oblación pone a la Iglesia en disponibilidad de ofrenda y en docilidad a la voluntad del Señor.

Los Nuevos evangelizadores han de ser hombres que viven su oblación en sintonía con la de Cristo. Y a esa entrega gozosa está vinculado el nuevo ardor de la caridad, que inspira los nuevos métodos y los anima con el espíritu de entrega y que, en sintonía con el Corazón de Cristo se hace cordialmente cercano y se acomoda evangélicamente al mundo de hoy.

 

2. El Apostolado de la Oración. Es un movimiento, un espíritu, dentro de la Iglesia, que no se detiene en elementos marginales u ornamentales de la vida cristiana, sino que se siente llevado al meollo mismo del ser en Cristo. Arranca de la persuasión de que todo redimido por Cristo está llamado a ser redentor con Cristo. Y por cierto, que si fue redimido por la oblación del cuerpo de Cristo (Heb 10,10), está llamado a ser redentor con Cristo por la oblación de su propio cuerpo, unida a la oblación de Cristo: "Os ruego... que ofrezcáis vuestros cuerpos, como hostia viva, santa, agradable a Dios: tal es vuestro sacrificio razonable" (Rom 12,1).

Se trata de una penetración y vivencia central del misterio de la redención. De la contemplación del misterio redentor de Cristo y de su corazón redentor brota la oblación de si mismo vivida con análogo corazón redentor. Toda la vida se hace redentora, si es vivida con corazón redentor y como expresión de la oblación mantenida.

 La revitalización de la actitud del corazón es la base del nuevo evangelizador y de la nueva evangelización. Una Iglesia ofrecida siempre y entregada en cada momento en amor, es una Iglesia radiante y rejuvenecida. Porque solo el temor de la muerte envejece y la falta de ilusión en la vida personal y del mundo.      

 

3. La Eucaristía en el Apostolado de la Oración. La Eucaristía hemos de entenderla en su totalidad: sacramento-sacrificio, sacramento-comunión, sacramento-presencia. La vida cristiana debe estar eucaristizada. Con mayor razón la vida del miembro del Apostolado de la Oración. En efecto: si el A.O. cultiva especialmente el misterio de la redención y la colaboración a la redención, la Eucaristía es el sacramento de la redención, centro así de la vida cristiana, fuente y cumbre de su vida espiritual.

La vivencia eucarística en la espiritualidad del A.O. no se reduce al amor y veneración de la presencia sacramental, ni a la reparación amorosa por los sagrarios abandonados. Estos aspectos, valiosos y dignos de vocación especial en la Iglesia, no los excluye ciertamente; pero no constituyen su luz especial. El A.O. pretende que el fiel viva la Eucaristía.

 

El Sacramento-Sacrificio.

 

El sentido que no puede faltar es el de representación del misterio de la redención, perpetuación del sacrificio de la cruz (Sac. Conc. n. 47), por el que nos mereció la justificación y todos los beneficios de la redención (Con. Trid. sess. 6, c. 7: D. 799; Myst. Corp. 198ss).

El Apostolado mueve a sus socios a que reconozcan en la Eucaristía la oblación redentora de Cristo y a que unan su oblación de vida con el sacrificio eucarístico, haciendo de éste el centro de su vida. El sacramentosacrificio acerca a nosotros el sacrificio de la cruz con toda su dimensión trinitaria. . Es necesario contemplar el misterio de la Santa Misa, para leer en él el gran amor del Corazón de Jesucristo, del corazón del hombre Cristo Jesús nuestro redentor y mediador.

Porque si la Eucaristía es esencialmente ofrecer, ese término incluye también esencialmente el amor, que anima el ofrecimiento. Ese Cristo, de Corazón vivo y palpitante, nos ama con el amor con que ofreció su vida en la cruz y la ofrece en el cielo y en el altar. Quedarse sobrecogido ante el costado abierto para ver el misterio de la redención y como Juan al contemplar la lanzada, sentirse interpelado para dar testimonió, para gritar a los hombres la novedad vivida, para que también ellos crean, y entiendan ese misterio de amor que da la vida, y dando su vida nos da la vida.

La vivencia sacramental de este misterio, presentando la oblación redentora total de Cristo, se convierte en estimulo de amor ardiente de corredención con él y anhelo de su reinado, y suscita en nosotros la respuesta de entrega, el ofrecimiento de nuestro cuerpo y de nuestra sangre con él y en él y por él al Padre, por la redención del mundo.

Ese ofrecimiento nuestro es el que Cristo asume en su propia oblación para presentarla al Padre. En la Santa Misa nos asociamos además a la gran oración de Cristo en la cruz, al ofrecer al Padre la inmolación de si mismo (Heb. 9,14 ) y a la gran oración que continuamente hace por nosotros ante el Padre, "siempre vivo para interceder por nosotros" (Heb 7,25).. Habiendo entrado como Sumo Sacerdote en el cielo es perpetuamente nuestro abogado ante el Padre, adorándole por nosotros, alabándole y presentando e1 culto perfecto que ofreció en el sacrificio de la cruz (Apoc 5;6).

La Misa es así el punto de unión de la Iglesia con el Corazón redentor de Jesucristo, "Celebrando y al mismo tiempo participando en la Eucaristía, nosotros nos unimos a Cristo terrestre y celestial que intercede por nosotros ante el Padre, pero nos unimos siempre por medio, del acto redentor de su sacrificio, por medio del cual El nos ha redimido" (Red. Hom n.20~ La Iglesia Cuerpo de Cristo en la tierra y otro Cristo: íntima unión de vida y de amor, y también de sacrificio. Cristo perpetúa su oficio sacerdotal por la Iglesia que fundó en la Cruz (Con. Trid. sess. 22: De sacrificio Missae, c.1: D 938.939; cf.Med.Dei, AAS p.522).

 

A) EL SACRIFICIO EUCARÍSTICO ES EL SACRIFICIO DE CRISTO Y DE LA IGLESIA.

 

1) Sacrificio de Cristo: Verdadero sacrificio en relación esencial con la cruz. Con el mismo sacerdote. Con la misma víctima. Con los mismos fines. Por él se ofrecen continuamente la misma gloria y acción de gracias, la misma expiación de la cruz; y nos alcanza torrentes de gracias de los tesoros de Dios. Sacrificio de la Iglesia: Cristo es Sacerdote para nosotros, en nombre de toda la humanidad; es la víctima para nosotros, cargando con nuestras culpas. Se exige del cristiano que procure tener ánimo de Cristo cuando hacía el sacrificio de su mismo. Los fieles son -en un sentido verdadero- oferentes y víctimas en este sacrificio; no sacrifican, pero si ofrecen por manos del sacerdote, junto con él; así la oblación de los fieles entra en el culto litúrgico. Son también víctima: participando por la fe viva, consagrándose y asimilándose a Cristo inmolado con inmensos dolores (Med.Dei:AAS p.558).

 

2) Sacramento-comunión:

 

- Por la comunión del Cuerpo y Sangre inmolados de Cristo recibimos la fuerza de la caridad inmolativa, el fuego del corazón redentor, para ofrecemos por la humanidad en unión y participación de los sentimientos del Corazón de Cristo. El efecto propio de la Eucaristía es la "caridad inmolativa", redentora, que corresponde al signo sacramental.

Más allá de una simple caridad de benevolencia o de simple mutua entrega afectuosa, se comunica un amor inmolado hasta la muerte, que suscita amor de inmolación hasta la muerte por Cristo y los hermanos.

Contemporáneamente hay una comunicación especial del Espíritu Santo; ya que al abrazar Cristo al fiel, le abraza en él el Padre; y ese abrazo del Padre y del Hijo es donación del Espíritu Santo, como se da en el momento redentor del Calvario (Red. Hom. 9). Y la Eucaristía, comunión de Cristo inmolado por nosotros, es fuente de la caridad propia de cada vocación.

 

 

3) Sacramento-presencia.

 

 Con la presencia del Cordero inmolado mostrando siempre sus llagas y su costado al Padre y a los hombres, se nos hace presente la inmolación de Cristo y su entrega a los hombres, haciendo resonar silenciosamente en nuestros corazones a través de nuestra mirada contemplativa, las palabras de la Institución: "Toma y come, esto es mi Cuerpo entregado por ti; ésta es mi Sangre derramada por ti y por todos los hombres".

Con ello tenemos un estímulo constante para mantener nuestro ofrecimiento a lo largo del día, renovando nuestra unión y nuestra entrega en los frecuentes momentos de adoración eucarística.

 

4) Vivir la Eucaristía en la vida.

 

Hay en ese sacramento una vivencia espiritual del ser redimido por Cristo, al entregar él su Cuerpo y Sangre por nosotros y por todos los hombres. Se da una invitación y urgencia a ofrecer el sacrificio de Cristo y nuestro sacrificio con él: "Os he dado ejemplo', para que la que yo he hecho con vosotros lo hagáis también los unos con los otros" (Jn 13,15).

De esta manera estimula al cristiano a imitar la oblación de Jesucristo haciendo lo mismo por lo demás, aprendiendo la actitud oblativa redentora de la vida entera: el ofrecimiento de la propia vida con Cristo al Padre (c1. Miser. Redemptor, AAS 1928, p.170172), en sacrificio espiritual extralitúrgico -"hostia viva y santa"; "ofrenda permanente" viviendo según la voluntad de Dios, ofreciendo los trabajos y las alegrías, aceptando las adversidades de la vida (LG 34). " .

El sacrificio del altar vivido en su esencia nos hace asumir el sentido sacrificial de la vida cristiana y nos da energía para vivir los sacrificios espirituales de la vida diaria, de las alegrías y de las cruces, para luego traerlas en el ofertorio de la Misa siguiente y ofrecerlas con Cristo, transformados en la inmolación del mismo Cristo (L.G.11.34; P.0.2. 5).

Nos mueve además a vivir toda nuestra existencia en servicio entregado a los hermanos con las disposiciones de Cristo en la Eucaristía: con amor entregado, poniendo en juego nuestro ser entero, sirviendo a los hermanos con los que convivimos, e irradiando en torno la caridad de Cristo. De esta manera la Eucaristía construye la comunión eclesial. Es lo que podemos llamar "vivir la Misa 24 horas". Vivir el ofrecimiento; con calidad digna de lo que ha sido ofrecido a Dios y asociado a la redención de Jesucristo. Se establece un doble movimiento: traer la vida entera para ofrecerla en la Eucaristía y llevar la Eucaristía para informar nuestra vida

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LA DOCTRINA ESPIRITUAL DE SOR ISABEL DE LA TRINIDAD

 (P. Philippon)

SOR ISABEL Y EL SACERDOCIO

 

El misterio de la habitación de la Santísima Trinidad en lo más íntimo de ella fue la gran realidad de su vida espiritual. ¿No decía ella misma: «La Trinidad, he ahí nuestra morada, nuestra <casa>, la casa paterna de la que no debemos salir nunca... Me parece que he encontrado mi cielo en la tierra, puesto que el cielo es Dios y Dios está en mi alma. El día en que comprendí eso, todo se iluminó en mí... »?

       Como verdadera hija de San Juan de la Cruz, tenía conciencia de ese papel primordial de la fe en el orden sobrenatural. «Para acercarse a Dios, escribía, hay que creer. La fe es la sustancia de las cosas que hay que esperar y la convicción de las que no se ven. Sólo ella puede darnos verdaderas luces sobre Aquel que amamos; y nuestra alma debe escogerla como medio para llegar a la unión bienaventurada....Mi único ejercicio es entrar adentro y sumergirme en Los que están ahí».

La víspera de su muerte, podía escribir con toda verdad: «Creer que un ser que se llama Amor habita en nosotros en todo instante del día y de la noche, y que nos pide que vivamos en sociedad con Él, he aquí, os lo confío, lo que ha hecho de mi vida un cielo anticipado».

       El formulario llenado por Sor Isabel de la Trinidad, en forma recreativa, ocho días después de su entrada en el Carmelo, nos revela su estado de alma en el umbral de su vida religiosa. En él aparecen ya fuertemente señalados los rasgos más característicos de su fisonomía espiritual: su ideal de santidad: Vivir de amor para morir de amor, su apasionado culto de la voluntad divina, su predilección por el silencio, su devoción al alma de Cristo, la consigna de toda su vida interior: Sepultarse en lo más profundo del alma para encontrar en ella a Dios. Nada queda olvidado, ni siquiera su defecto dominante: la sensibilidad. Sólo falta el trabajo de desposeimiento, que será obra de las purificaciones pasivas del Noviciado, y la gracia suprema que transformará su vida dándole el sentido de su vocación definitiva: ser una alabanza de gloria a la Trinidad.

--¿Cuál es, según vos, el ideal de la santidad?

--Vivir de amor.

--¿Cuál es el medio más rápido para llegar a ella?

--Hacerse pequeñita, entregarse para siempre.

--¿Cuál es el Santo que preferís?

--El Discípulo amado que descansó sobre el corazón de su Maestro.

--¿Qué punto de la Regla preferís?

--El silencio.

--¿Cuál es el rasgo dominante de vuestro carácter?

--La sensibilidad.

--¿Vuestra virtud predilecta?

--La pureza. «Bienaventurados los corazones puros, porque verán a Dios».

--¿El defecto que os inspira más aversión?

--El egoísmo en general.

--Dadnos una definición de la oración.

--La unión de aquella que no es con Aquel que es.

--¿Qué libro preferís?

--El alma de Cristo; Ella me entrega todos los secretos del Padre que está en los cielos.

--¿Tenéis grandes deseos del cielo?

--Siento a veces su nostalgia, pero, excepto la visión, lo poseo en lo más íntimo de mi alma.

¿Qué disposiciones quisierais tener en la hora de la muerte?

--Quisiera morir amando y caer así en los brazos del que amo.

--¿Os agradaría más cierta clase de martirio?

--Me gustan todos, sobre todo, el del amor.

--¿Qué nombre quisierais tener en el cielo’?

--Voluntad de Dios.

--¿Cuál es vuestra divisa?

--Dios en mí y yo en El.

       Su correspondencia está llena de consejos sobre la Presencia de Dios: «Que vuestra alma sea un santuario, su reposo en esta tierra en donde es tan ofendido». «Que El haga de vuestra alma un pequeño cielo en donde pueda descansar con felicidad. Quitad de ella todo lo que pudiera herir su mirada divina. Vivid con Él. Dondequiera que estéis, cualquier cosa que hagáis, Él no os abandona nunca. Permaneced, pues, sin cesar con Él. Entrad en el interior de vuestra alma: Lo encontraréis siempre allí, queriendo haceros bien. Hago por vos una oración, que San Pablo hacía por los suyos: pedía que “Jesús habitara por la fe en sus corazones, a fin de que estuviesen arraigados en el amor”. Esta sentencia ¡es tan profunda, tan misteriosa! Si, que el Dios todo amor sea vuestra morada inmutable, vuestra celda y vuestro claustro en medio del mundo. Recordad que El permanece en el centro más íntimo de vuestra alma como en un santuario en donde quiere ser amado hasta la adoración».

«Allá arriba, en el foco del amor, pensaré activamente en vosotros. Para vosotros pediré --y ésa será la señal de mi entrada en el cielo-- una gracia de unión, de intimidad con el Maestro. Es lo que ha hecho de mi vida, os lo confío, un cielo anticipado: Creer que un Ser, que se llama el Amor, habita en nosotros en todo momento del día y de la noche y que nos pide que vivamos en Sociedad con El» .

 

2. Sor Isabel y los sacerdotes

 

El alma de una contemplativa no se deja encerrar en los limitados horizontes de las paredes de su convento. Su vida espiritual transportada en la gran corriente del pensamiento de la Iglesia se mueve bajo las perspectivas mismas de la redención. En todo momento su oración corredentora cubre al mundo. Así escribe a un sacerdote que se había encomendado a sus oraciones: «Antes de entrar en el gran silencio de Cuaresma, quiero contestar a su buena carta, y mi alma tiene necesidad de decirle que está en comunión con la suya para dejarse tornar, arrebatar, invadir por Aquel cuya caridad nos envuelve y que quiere consumarnos en el Uno con Él».

»¿No tiene esta pasión por escucharle? A veces esa necesidad de callarse es tan fuerte que quisiera una no saber otra cosa que quedarse como Magdalena a los pies del Maestro, ávida de oírlo todo, de penetrar siempre cada vez más en ese misterio de caridad que ha venido a revelarnos. ¿No le parece que en la acción, cuando en apariencia desempeña una el oficio de Marta, puede el alma permanecer siempre sepultada como Magdalena en su contemplación, manteniéndose en esta fuente? Así es como comprendo yo el Apostolado para la Carmelita como para el sacerdote. Entonces uno y otro pueden irradiar a Dios, darlo a las almas, si se mantienen ellos en esas fuentes divinas. Me parece que habría que colocarse muy cerca del Maestro, participar de su alma, identificarse  con todos sus movimientos, luego irse, como Él, en la voluntad de su Padre.

«Durante toda esta octava tenemos el Santísimo Sacramento expuesto en el oratorio; son horas divinas que uno pasa en ese rinconcito del cielo en el que poseemos la visión en sustancia bajo la humilde Hostia. Sí, es por cierto el mismo que contemplan los bienaventurados en la claridad y que adoramos nosotros en la fe. El otro día me escribían un pensamiento ¡tan bello! Se lo envío: «La fe es el cara a cara en las tinieblas».

»Unámonos, Padre, para constituir la felicidad de “Aquel que nos ha amado con exceso”, como dice San Pablo. Hagámosle en nuestra alma una morada totalmente pacificada en la que se cante siempre el cántico del amor, de la acción de gracias. Y luego, ese gran silencio... eco del que está en Dios... Como me lo decía, acerquémonos a la Virgen purísima, luminosísima, para que Ella nos introduzca en Aquel a quien penetró tan profundamente. Que nuestra vida sea una comunión continua, un movimiento simplísimo hacia Dios. Ruegue por mi a la Reina del Carmelo»

Carta a un seminarista que se iba a ordenar de diácono: «“Misericordias Domini in aeternum cantabo”. Como nuestra reverenda Madre no está libre esta noche, me encarga que yo vaya a usted para que reciba una palabrita del Carmelo que le diga cuán unido le está en este gran día. Por mi parte me recojo y me retiro hasta el fondo de mi alma, allí donde habita el Espíritu Santo. Le pido, a este Espíritu de amor “que todo lo penetra, aún las profundidades de Dios”,

que se dé sobreabundantemente a usted e irradie su alma a fin de que, bajo la gran luz, vaya ella a recibir “la Unción del Santo”, de que habla el discípulo del amor. Con usted canto el himno de la acción de gracias y me callo para adorar el misterio que envuelve todo su ser. Es la Trinidad entera la que se inclina hacia usted para hacer resplandecer la “gloria de su gracia”

San Pablo en su epístola a los Romanos dice que “a los que ha conocido en su presencia, Dios los ha también predestinado para ser conformes a la imagen de su Hijo” . Me parece que de quien aquí se trata es justamente de usted. ¿No es usted ese predestinado que ha elegido Dios para ser su sacerdote? Creo que en su actividad de amor el se inclina hacia su alma, que la trabaja dándole con su mano divina un toque delicado para que la semejanza con el Ideal divino vaya siempre en aumento hasta el día en que le diga la Iglesia: “Tu es sacerdos in aeternum”. Entonces todo en usted será, por decirlo así, una copia de Jesucristo, el Pontífice Supremo, y podrá reproducirlo sin cesar frente a su Padlre y delante de las almas. ¡Qué grandeza! Es la virtud “supereminente” de Dios que se vierte en su ser para transformarlo y divinizarlo. ¡Qué recogimiento! ¡qué amorosa atención a Dios reclama esa obra sublime!».

Habiendo por fin llegado la hora de la ordenación sacerdotal, frente al misterio inminente, el alma de Sor Isabel, impotente para traducir sus sentimientos, no encuentra refugio sino en una oración más intensa: «Había pedido a nuestra reverenda Madre permiso para escribirle a fin de decirle que mi alma estaba toda con la suya en estos últimos días que preceden a su ordenación; pero he aquí que al acercarme a usted delante del gran misterio que se prepara no sé sino callarme..., y adorar los excesos de amor de nuestro Dios. Con la Virgen podrá usted cantar su Magníficat y estremecerse de alegría en Dios su Salvador, pues el Omnipotente hace en usted grandes cosas y su misericordia es eterna. Luego, como María, conserve todo eso en su corazón. Colóquelo juntito al de Ella, pues esta Virgen sacerdotal es también «Madre en la divina gracia», y en su amor quiere prepararle para ser “ese sacerdote fiel enteramente según el Corazón de Dios”, de que se habla en la Sagrada Escritura. Como ese pontífice “sin padre, sin madre, sin genealogía, sin comienzo de días, sin fin de vida”, imagen del Hijo de Dios, de que habla San Pablo en su epístola a los Hebreos, usted también llega a ser por la unción santa ese ser que no pertenece más a la tierra, ese mediador entre Dios y las almas, llamado a hacer resplandecer “la gloria de su gracia” participando en la eminente grandeza de su virtud.

Jesús, el Sacerdote eterno, decía al Padre al entrar en el mundo: “Heme aquí para hacer vuestra voluntad”. Me parece que esta hora solemne de su entrada en el sacerdocio ésa debe ser también su oración, y me gusta rezarla con usted. El viernes, en el Santo Altar, cuando por la primera vez entre sus manos consagradas, Jesús, el Santo de Dios, venga a encarnarse en la humilde hostia, no olvide a aquella a quien Él ha conducido al Carmelo para que allí sea la alabanza de su gloria. Pídale que la sepulte en la profundidad de su misterio y que la consuma con los fuegos de su amor. Después ofrézcala al Padre con el Cordero divino. Adiós, Padre, si supiera cómo ruego por Usted. “Que la gracia de Nuestro Señor Jesucristo, la caridad de Dios y la comunicación del Espíritu Santo sean con usted”» (18).

Sor Isabel amaba al sacerdote sobre todo en el Altar, en el momento en que, entre sus manos, el Verbo Encarnado se inmola por la Iglesia. El sentido de Cristo grabado en su alma por el bautismo le daba conciencia de que, en ese momento sobre todo, el sacerdote ejerce en el mundo su oficio de mediador. No iba, como Santa Catalina de Sena, a besar las huellas de los pasos del sacerdote que, en la Comunión, le había dado a Cristo; pero, con insistencia conmovedora, nunca dejaba de suplicar a los sacerdotes a quienes conocía, que se acordaran de ella en el altar y sumergieran su alma «en la sangre del Cordero» (19). «Sé que cada día ruega por mí en la Santa Misa. Póngame en el cáliz para que mi alma sea totalmente bañada en esa sangre de mi Cristo de la que tengo sed, para ser toda pura, toda transparente, para que la Trinidad pueda reflejarse en mí como en un cristal».

No se cansa, con ocasión de las más pequeñas fiestas o aniversarios, de implorar este gran favor. «Mañana es la fiesta de Santa Magdalena aquella de quien la Verdad dijo: “Ha amado mucho”; es también fiesta para mi alma, pues celebro el aniversario de mi bautismo. Puesto que sois el sacerdote del Amor, vengo a pedirle, con permiso de nuestra reverenda Madre, tenga a bien consagrarme a Él mañana en la Santa Misa. Bautíceme en la sangre del Cordero, a fin de que, virgen de todo lo que no es Él, no viva más que para amar con una pasión siempre creciente, hasta esa feliz unidad a la que Dios nos ha predestinado en su voluntad eterna e inmutable. Gracias, Padre, me recojo bajo su bendición».

Conocía bien el texto de su Padre espiritual, San Juan de la Cruz, en el cántico: «Es más precioso delante de El (Dios) y del alma un poquito de este puro amor y más provecho hace a la Iglesia, aunque parece que no hace nada, que todas esas otras obras juntas».

«Tan cierto es que la más pequeña chispa de puro amor es para la Iglesia de la mayor importancia. Ser apóstol es comunicar a Jesucristo al mundo. Pero no lo da uno sino en la medida en que uno mismo lo posee. En su último discurso a sus discípulos,--la víspera de su muerte--, el Maestro mismo nos ha enseñado las verdaderas leyes del apostolado: «“Yo soy la viña, vosotros sois los sarmientos. El que permanece en Mí y Yo en él dará mucho fruto. Una rama no puede dar fruto, separada del tronco; vosotros, lo mismo; sin Mí no podéis hacer nada. Pero si permanecéis en Mí daréis fruto, mucho fruto”».

En pos de su Maestro, Sor Isabel de la Trinidad, tan solícita de vida interior, no podía dejar de subrayar esta necesidad para el sacerdote, de la unión con Nuestro Señor, si quiere a su vez comunicarlo a las almas. En el pensamiento de Sor Isabel, el apóstol es ante todo un ser de oración y de inmolación silenciosa, a imagen del Crucificado que ha salvado al mundo no con una acción brillante o con hermosos discursos, sino con sus sufrimientos y su muerte. Su apostolado de Carmelita asociado a la acción del sacerdote quiere permanecer en la línea de esa inmolación redentora y en la imitación de esa muerte. Se afana “por completar en su carne lo que falta a los sufrimientos de Jesús para su cuerpo que es la Iglesia” y llenar así esas misteriosas lagunas de la Pasión de Cristo, dejadas por Dios a fin de que nosotros mismos podamos contribuir con nuestra gota de sangre a esa grandiosa obra de la redención del mundo.

«Pidámosle que nos haga verdaderos en nuestro amor, es decir, que haga de nosotros seres de sacrificio, pues me parece que el sacrificio no es más que el amor puesto en acción. “Me amó, se entregó por mí”. Me gusta este pensamiento: La vida del sacerdote --y de una Carmelita— es un Adviento que prepara la Encarnación de las almas”. David canta en un salmo: “el fuego marchará delante del Señor” . El fuego ¿no es el amor? ¿Y no es también nuestra misión la de preparar los caminos del Señor por nuestra unión con Aquel a quien llama el Apóstol “un fuego devorador”? A su contacto nuestra alma llegará a ser como una llama de amor que se difunde en todos los miembros del Cuerpo de Cristo que es la Iglesia. Entonces consolaremos al corazón de nuestro Maestro, y él podrá decir mostrándonos al Padre: “Ya estoy glorificado en ellos”».

«¿No os parece que para las almas no hay distancia, separación? Es por cierto la realización de la oración de Cristo: “Padre, que sean consumados en el Uno”. Me parece que las almas en la tierra y los glorificados en la luz de la visión están tan cerca unos de otros, puesto que participan todos de un mismo Dios, de un mismo Padre que se da a unos en la fe y el misterio y sacia a los otros en sus claridades divinas. Pero es el mismo y Le llevamos en nosotros. Está inclinado hacia nosotros con toda su caridad, de día y de noche, queriendo comunicarnos, infundirnos su vida divina, a fin de hacer de nosotros seres deificados que lo irradien por doquier. ¡Cuán poderoso es sobre las almas el apóstol que permanece siempre en la fuente de las aguas vivas! Entonces puede desbordarse a su alrededor sin que su alma nunca se vacíe, puesto que él participa del Infinito. Ruego mucho por Vd., para que Dios invada todas las potencias de su alma, le haga participar de todo el misterio, para que todo en Vd. sea divino y marcado con su sello, a fin de que sea otro Cristo que trabaja por la gloria del Padre. Vd. también ruega por mí, ¿verdad? Quiero trabajar por la gloria de Dios y para eso es necesario que esté enteramente llena de El. Entonces tendré todo poder: una mirada, un deseo, llegan a ser una oración irresistible que puede obtenerlo todo puesto que, por decirlo así, es Dios el que uno ofrece a Dios. Que nuestras almas no formen más que una en Él. Mientras Vd. Le lleva a las almas, yo quedaré como Magdalena, silenciosa y adoradora junto al Maestro, pidiéndole que haga fecunda en las almas su palabra. Apóstol y Carmelita, es todo uno. Seamos enteramente de Él, dejémonos invadir por su savia divina. Que Él sea la vida de nuestra vida, el alma de nuestra alma, y permanezcamos día y noche conscientes bajo su acción divina».

¿Qué decir de la acción del sacerdote en las almas más espirituales de la Iglesia? Ellas, sobre todo, tienen necesidad de la prudente discreción del sacerdote para no extraviarse en el «sendero estrecho» que conduce a la unión divina. San Juan de la Cruz ha dejado páginas severas y duras advertencias a los directores insuficientes que carecen de ciencia y de virtud. ¡Un buen director de almas es tan raro y de tal precio! «Hay que escogerlo entre mil», advertía San Francisco de Sales. Santa Teresa, que sobre este punto tuvo no poco que sufrir, conservó siempre un recuerdo agradecido de esos sacerdotes doctos y piadosos en los que Dios le había proporcionado «un lanzarse hacia lo que está adelante».

»Cómo siente uno la necesidad de santificarse, de olvidarse, para dedicarse enteramente a los intereses de la Iglesia! ¡Pobre Francia! Me gusta cubrirla con la sangre del Justo, de “Aquel que está siempre vivo a fin de interceder”  y pedir misericordia. ¡Cuán sublime es la misión de la Carmelita! Debe ser mediadora con Jesucristo, ser para Él como una humanidad suplementaria en la que Él pueda perpetuar su vida de reparación, de sacrificio, de alabanza y de oración. Pídale que yo esté a la altura de mi vocación y que no abuse de las gracias que me prodiga. ¡Si supiera cómo eso me da miedo a veces! Entonces, me arrojo en Aquel a quien San Juan llama “el Fiel, el Verdadero” y Le suplico que sea Él mismo mi fidelidad... El Domingo de la Epifanía es el tercer aniversario de mis bodas con el Cordero: ¿querrá, en el Santo Sacrificio, al consagrar la hostia en que se encarna Jesús, consagrar también a su hijita al Amor Omnipotente, para que El la transforme en alabanza de gloria».

 

Una cosa que no sospechaba Sor Isabel de la Trinidad era la atmósfera divina a la que conducía a las almas sacerdotales que tuvieron la dicha de tratarla y todas las cuales conservaron de ella el recuerdo de una muy alta santidad. Los que tienen experiencia lo saben: si el sacerdote es puesto por Dios junto a las almas para dirigirlas y salvarlas, en el plan de la Providencia hay también almas puestas junto al sacerdote, a fin de revelarle o de recordarle el camino de las cimas.

¡Cuántas almas sacerdotales han sacado de los escritos de Sor Isabel de la Trinidad esa mirada definitiva hacia las cimas que hace nuevas todas las cosas! Para la humilde Carmelita de Dijón, ésta es su manera agradecida de devolver al sacerdocio algo de lo que había recibido de él. Más que nunca, de lo alto del cielo.

 

 

3. Alabanza de gloria

 

«Hemos sido predestinados por un decreto de Aquel que todo lo obra según el consejo de Su voluntad, a fin de que seamos la “alabanza de su gloria”. Es San Pablo el que así habla. San Pablo instruido por Dios mismo. ¿Cómo realizar ese gran sueño del corazón de nuestro Dios, esa voluntad inmutable sobre nuestras almas? ¿Cómo, en una palabra, responder a nuestra vocación y llegar a ser perfectas alabanzas de gloria a la Santísima Trinidad? En el cielo, cada alma es una alabanza de gloria al Padre, al Verbo, al Espíritu Santo, porque cada alma está fijada en el puro amor y no vive ya de su vida propia, sino de la de Dios. Entonces dice San Pablo “ella le conoce como es conocida por Él”».

En otros términos:

Una alabanza de gloria, es un alma que permanece en Dios, que le ama con amor puro y desinteresado, sin buscarse a sí misma en la dulzura de este amor, que le ama por encima de todos sus dones, aun cuando no hubiera recibido nada de Él, y que desea el bien al objeto así amado. Ahora bien, ¿cómo desear y querer efectivamente el bien a Dios, sino cumpliendo su voluntad, puesto que esta voluntad ordena todas las cosas para su mayor gloria? Así pues, esta alma debe entregarse a esa voluntad plena, ardientemente, hasta no poder ya querer otra cosa que lo que Dios quiere.

«Una alabanza de gloria», es un alma de silencio que permanece como una lira bajo la pulsación misteriosa del Espíritu Santo para hacerle producir armonías divinas. Sabe que el sufrimiento es una cuerda que produce sonidos más hermosos aún; por eso quiere tenerla en su instrumento a fin de remover más deliciosamente el corazón de su Dios.

Finalmente, una «alabanza de gloria» es un ser siempre en acción de gracias: cada uno de sus actos, de sus movimientos, de sus pensamientos, cada una de sus aspiraciones, al mismo tiempo que la arraigan más profundamente en el amor, son como un eco del Sanctus eterno.

       Dice la «santa» Sor Isabel:

«En el cielo de la gloria, los bienaventurados no tienen descanso ni de día ni de noche, diciendo: «Santo, Santo, Santo es el Señor Omnipotente...» y, prosternándose, adoran al que vive por los siglos.

«En el cielo de nuestra alma, seamos ALABANZA DE GLORIA DE LA SANTISIMA TRINIDAD, alabanza de amor a nuestra Madre luma- culada. Un día se descorrerá el velo, seremos introducidos en los atrios eternos, y allí cantaremos en el seno del Amor infinito, y Dios nos dará el nombre nuevo prometido al vencedor; ¿cuál será’?: LAUDEM GLORIAE».

 

4. ULTIMO RETIRO DE «LAUDEM GLORIAE»

 

El P. Phillipon, para mí uno de los que mejor ha profundizado y escrito sobre la doctrina de Sor Isable de la Trinidad, dice: «Si se desea conocer en toda su profundidad el pensamiento de Sor Isabel de la Trinidad, hay que recurrir a su último retiro. El Ultimo retiro de Laudem gloriae --ella misma le dio este título-- es, por decirlo así, su pequeña suma mística, la quintaesencia de su doctrina espiritual, en el momento más elevado de su experiencia mística. Es un verdadero tratado de la unión transformante, tal como ella la concebía en la línea de su vocación suprema de «alabanza de gloria», y tal cual la vivía interiormente. En él deja un programa de vida a todas las «alabanzas de glorias» que más tarde quieran marchar en pos de ella por el camino de una santidad que se olvida enteramente de sí y orientada por completo hacia la purísima gloria de la Trinidad».

 

 

Último día: viernes, 31 de agosto de 1906.

«Mi sueno es ser la alabanza de su gloria».

 

EN EL SENO DE LA TRANQUILA TRINIDAD

 

«Como el sediento ciervo ansía las fuentes de aguas vivas, así, oh Dios mío, clama por ti el alma mía. Sedienta está mi alma del Dios fuerte y vivo. ¿Cuándo será que yo llegue y me presente ante la faz divina?»

Y no obstante, así como el “pajarillo halló hueco donde guarnecerse, y nido la tórtola para poner sus polluelos”, Laudem gloriae, esperando verse trasladada a la Jerusalén santa, “beata pacis visio,” ha encontrado su retiro, beatitud y cielo anticipado, donde comienza la vida de su eternidad.

“Callada permanece mi alma en Dios, aguardando me libre su mano; sí, Él es la roca donde me pongo a salvo, mi alcázar fuerte e inquebrantable”.

He aquí el misterio que hoy canta mi lira. Como a Zaqueo, mi divino Maestro me lo ha dicho: “Baja luego, porque conviene que hoy me hospede en tu casa”. Baja luego. Pero ¿a dónde? A lo más profundo de mi ser, después de haberme dejado a mí misma, en una palabra, sin mi yo.

“Conviene que me hospede en tu casa”. Mi Maestro es quien me manifiesta este deseo; mi Señor, el Verbo encarnado es quien quiere morar en mi, con el Padre y el Espíritu de amor, para que esté en sociedad (138) con Ellos.

“Ya no sois huéspedes o extraños; antes bien de la casa de Dios”, dice San Pablo. He aquí cómo entiendo yo ser de la casa de Dios: procurando vivir en el seno de la apacible Trinidad, en mi interior abismo, en aquel alcázar inexpugnable del santo recogimiento de que habla San Juan de la Cruz.

“Mi alma cae desfallecida al penetrar en los atrios del Señor”. Tal debe ser la actitud de toda alma que penetra en su interior para contemplar allí a su Dios y estar en contacto con El. Desfallece en un desmayo divino en presencia de aquel amor todopoderoso, de aquella majestad infinita que mora en ella. La vida no es la que la abandona, sino que ella misma es quien desprecia esa vida natural y se aparta de ella, sintiendo que no es digna de su esencia tan preciosa; así desea morir y engolfarse en su Dios. ¡Oh, cuán bella es esta criatura así libertada y desasida! Hállase en estado de “disponer en su corazón escalones para subir desde este valle de lágrimas (es decir, desde todo cuanto no es Dios) hasta el lugar que Dios le destinó”, hasta aquel lugar espacioso que es la insondable Trinidad: «Immensus Pater, immensus Filius, immensus Spiritus Sanctus».

Luego sube, elévase ella por encima de los sentidos, de la naturaleza; pasa más allá de sí misma, por encima de todo gozo, de cualquier dolor, y atraviesa las nubes, sin pararse hasta haber penetrado en el interior de Aquel a quien ama, y que la ha de conceder el reposo del abismo; todo lo cual se verifica sin que haya salido del alcázar santo, habiéndole dicho el divino Maestro: “Baja luego”.

De igual modo, sin salir de allí, ha de vivir, a semejanza de la Trinidad inmutable, en un presente eterno, adorándola siempre por ser quien es y llegando a ser, en virtud de una mirada cada vez más sencilla, cada vez más unitiva, “el esplendor de su gloria”, o sea incesante alabanza de gloria de sus adorables perfecciones.

 

DECIMOQUINTO DÍA

 

      «JANUA COELI»

 

Después de Jesucristo, pero teniendo en cuenta la distancia que media entre lo infinito y lo finito, hay una criatura que fue también la magna alabanza de gloria de la Santisíma Trinidad, habiendo correspondido plenamente a la elección divina de que habla el Apóstol; pues fue siempre y en todo momento, pura, inmaculada e irreprensible a los ojos de Dios de toda santidad.

Su alma es tan sencilla y los movimientos de la misma tan íntimos, que no es posible percibirlos; parece que reproduce en la tierra la vida del Ser divino, del Ser simplicísimo; por lo mismo es tan transparente, tan luminosa, que se la podría creer la luz misma. Sin embargo, no es sino el «espejo del Sol de Justicia». «Speculum justitiae».

Puede compendiarse toda su historia en estas pocas palabras: “La Virgen conservaba todas estas cosas en su corazón”; en él recogida vivió, y en tal profundidad, que la mirada humana no alcanza a sondearla.

Cuando leo en el Evangelio que María fue presurosa hacia las montañas de Judea, a desempeñar oficios de caridad para con su prima Isabel, ¡cuán bella la veo caminar! ¡Cuán serena, majestuosa y recogida dentro de sí con el Verbo de Dios! Su oración, como también la de El fue siempre ésta: “Ecce”: Aquí me tenéis. ¿A quién? ¡A la esclava del Señor, a la última de sus criaturas, ella, su Madre!

Tan sincera fue su humildad, siempre olvidada, ignorada de si misma, que le fue dado exclamar: “Ha obrado cosas grandes en mí el que es Todopoderoso. Desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones”.

Pero esta Reina de las Vírgenes es asimismo Reina de los Mártires; mas en su corazón es donde la traspasó la espada, porque en Ella todo se verifica en el interior.

¡Oh, cuán bella es para quien la contempla durante su prolongado martirio envuelta en una majestad que a la vez ostenta fortaleza y mansedumbre!, pues había aprendido del Verbo mismo cómo deben sufrir aquellos a quienes el Padre escogió por víctimas, aquellos a quienes resolvió asociar a la magna obra de la redención, “los que conoció y predestinó para ser conformes a Cristo, crucificado por amor”.

Ahí está de pie cerca de la Cruz, en la actitud de fortaleza y valor; y mi Maestro me dice, dándomela como Madre: “Ecce Mater tua”. Y ahora que Él ha vuelto a la mansión del Padre y me sustituyó sobre la cruz en su lugar, con objeto de que “sufra yo en mí lo que resta padecer en pro de su cuerpo”, que es la Iglesia, junto a mí está la Virgen para enseñarme a sufrir como Él, y hacerme oír los últimos ecos de su alma, que nadie más que su Madre pudo percibir.

En cuanto haya pronunciado mi “consummatum est”, también Ella, «Janua Coeli», es quien ha de introducirme en los atrios eternales con estas dulces palabras: «Laetatus sum in his quae dicta sunt mihi: in domum Domini ibimus! «...

«¡Sed hombres de oración!»: programa del Papa a los obispos de reciente nombramiento

Recibidos en audiencia el sábado


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CASTEL GANDOLFO, domingo, 23 septiembre 2007 (ZENIT.org).- No es sólo un compromiso, sino una necesidad: de la oración --de la intensidad de unión con el Señor-- depende la fecundidad pastoral del obispo, constata Benedicto XVI.


Al recibir en audiencia, el sábado en Castel Gandolfo, a los obispos de reciente nombramiento, el Papa apuntó los compromisos que asumen los candidatos antes de su ordenación episcopal –como «el de anunciar con fidelidad el Evangelio y custodiar la fe»--, deteniéndose en el «carácter apostólico y pastoral de la oración del obispo».

Acogieron sus palabras los 112 prelados nombrados el último año; han celebrado esta semana unas jornadas de estudio –ya tradicionales-- organizadas por la Congregación vaticana para los Obispos en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum de Roma.

«Igual que los Apóstoles, también nosotros, queridísimos hermanos, como sus sucesores, hemos sido llamados sobre todo para estar con Cristo –les dijo el Papa--, para conocerle más profundamente y ser partícipes de su misterio de amor y de su relación plena de confianza con el Padre».

Bien habían comprendido los apóstoles que «la escucha en la oración y el anuncio de las cosas oídas debían tener la primacía sobre las muchas cosas que hay que hacer», un programa apostólico –reconoció Benedicto XIV-- «más actual que nunca».

Y es que «en el ministerio de un obispos los aspectos organizativos son absorbentes, los compromisos múltiples, las necesidades siempre muchas, pero el primer lugar en la vida de un sucesor de los Apóstoles debe estar reservado a Dios», advirtió.

 

A los nuevos obispos quiso recordar el Papa que la oración hace al pastor sensible y misericordioso hacia todos.


En la oración del obispo –siguió el Santo Padre-- un lugar especial deben tener los sacerdotes confiados a su cuidado, «para que sean perseverantes en la vocación y fieles a la misión presbiteral», y «la súplica por las nuevas vocaciones».

Asimismo los obispos tienen el compromiso «de ser animadores de oración en la sociedad».


«En las ciudades en las que vivís y trabajáis, frecuentemente convulsas y ruidosas, donde el hombre corre y se pierde, donde se vive como si Dios no existiera, sabed crear lugares y ocasiones de oración –les pidió--, donde en el silencio, en la escucha de Dios mediante la “lectio divina”, en la oración personal y comunitaria, el hombre pueda encontrar a Dios y tener la experiencia viva de Jesucristo que revela el auténtico rostro del Padre».


«No os canséis de procurar que las parroquias y los Santuarios, los ambientes de educación y de sufrimiento, pero también las familias, se conviertan en lugares de comunión con el Señor», añadió.


Y les exhortó de manera particular «a hacer de la Catedral una ejemplar casa de oración, sobre todo litúrgica, donde la comunidad diocesana reunida con su obispos pueda alabar y dar gracia a Dios por la obra de salvación e interceder por todos los hombres».

«¡Sed hombres de oración!», sintetizó el Papa, recalcando que «la fecundidad del ministerio del obispo depende de la intensidad de su unión con el Señor», y que es de la oración de donde un obispo debe obtener luz, fortaleza y consuelo en su actividad pastoral.


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ROMA, jueves 7 de abril de 2011 (ZENIT.org).-

 

Si abrimos el Catecismo de la Iglesia Católica leemos: “En la Liturgia de la Nueva Alianza, toda acción litúrgica, especialmente la celebración de la Eucaristía y de los Sacramentos es un encuentro entre Cristo y la Iglesia”[1]. La Liturgia es pues el “lugar” privilegiado del encuentro de los cristianos con Dios y con quien Él envió, Jesucristo (cf. Jn 17,3)[2].

En este encuentro la iniciativa, como siempre, es del Señor que se sitúa en el centro de la ecclesia, ahora resucitado y glorioso. De hecho, “si en la liturgia no destacase la figura de Cristo, que es su principio y está realmente presente para hacerla válida, ya no tendríamos la liturgia cristiana, totalmente dependiente del Señor y sostenida por su presencia creadora”[3].

Cristo precede a la asamblea que celebra. Él –que actúa inseparablemente unido al Espíritu Santo- la convoca, la reúne y la instruye. Por eso, la comunidad, y cada fiel que la forma, “debe prepararse para encontrar a su Señor, debe ser un pueblo bien dispuesto”[4]. A través de las palabras, las acciones y los símbolos que constituyen la trama de cada celebración, el Espíritu Santo pone a los fieles y a los ministros en relación viva con Cristo, Palabra e imagen del Padre, a fin de que puedan incorporar a su vida el sentido de lo que oyen, contemplan y realizan[5]. De ahí que “toda celebración sacramental es un encuentro de los hijos de Dios con su Padre, en Cristo, y en el Espíritu Santo, y este encuentro se expresa como un diálogo a través de acciones y de palabras”[6].

Así pues, la confianza filial debe caracterizar nuestro encuentro con Cristo. Sin olvidar que “esta familiaridad encierra también un peligro: el de que lo sagrado con el que tenemos contacto continuo se convierta para nosotros en costumbre. Así se apaga el temor reverencial. Condicionados por todas las costumbres, ya no percibimos la grande, nueva y sorprendente realidad: él mismo está presente, nos habla y se entrega a nosotros”[8].

La liturgia y de modo especial la Eucaristía, “es un encuentro y una unificación de personas, pero la persona que viene a nuestro encuentro y desea unirse a nosotros es el Hijo de Dios”[9]. El hombre y la comunidad han de ser conscientes de encontrarse ante Aquel que es tres veces santo. De ahí, la necesaria actitud, impregnada de reverencia y sentido de estupor, que brota del saberse en la presencia de la majestad de Dios. ¿No era esto, acaso, lo que Dios quería expresar cuando ordenó a Moisés que se quitase las sandalias delante de la zarza ardiente? ¿No nacía de esta conciencia, la actitud de Moisés y de Elías, que no osaron mirar a Dios cara a cara?[10]. Y ¿no nos muestran esta misma actitud los Magos que “postrándose le adoraron”? Los diferentes personajes del Evangelio, al encontrarse con Jesús que pasa, que perdona... ¿no nos da también una ejemplar pauta de conducta ante nuestros actuales encuentros con el Hijo de Dios vivo?.

En realidad, los gestos del cuerpo expresan y promueven “la intención y los sentimientos de los participantes”[11]y permiten superar el peligro que acecha a todo cristiano: el acostumbramiento. “Para nosotros, que vivimos desde siempre con el concepto cristiano de Dios y nos hemos acostumbrado a él, el tener esperanza, que proviene del encuentro real con este Dios, resulta ya casi imperceptible”[12]. Por eso “un signo convincente de la eficacia que la catequesis eucarística tiene en los fieles es sin duda el crecimiento en ellos del sentido del misterio de Dios presente entre nosotros. Esto se puede comprobar a través de las manifestaciones específicas de veneración de la Eucaristía, hacia la cual el itinerario mistagógico debe introducir a los fieles”[13].

Los actos de devoción se comprenden, de modo adecuado, en este contexto de encuentro con el Señor, que implica unión, “unificación que sólo puede realizarse según la modalidad de la adoración”[14]. Destacamos en primer lugar la genuflexión[15], “que se hace doblando la rodilla derecha hasta la tierra, significa adoración; y por eso se reserva para el Santísimo Sacramento, así como para la santa Cruz desde la solemne adoración en la acción litúrgica del Viernes Santo en la Pasión del Señor hasta el inicio de la Vigilia Pascual”[16]

La inclinación de cabeza significa reverencia y honor[17]. En el Credo -excepto en las solemnidades de Navidad y la Encarnación en las que es sustituida por el arrodillarse-, unimos este gesto a la pronunciación de las palabras admirables “Y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre”[18].

Finalmente queremos destacar el arrodillarse en la consagración[19]y, donde se conserva este uso desde el Sanctus hasta el final de la Plegaria eucarística[20], o al recibir la sagrada Comunión[21]. Son signos fuertes que manifiestan la conciencia de estar ante Alguien particular. Es Cristo, el Hijo de Dios vivo, y ante él caemos de rodillas[22]. En el arrodillarse el significado espiritual y corporal forman una unidad pues el gesto corporal implica un significado espiritual y, viceversa, el acto espiritual exige una manifestación, una traducción externa. Arrodillarse ante Dios no es algo “no moderno”, sino que corresponde a la verdad de nuestro mismo ser[23]. “Quien aprende a creer, aprende también a arrodillarse, y una fe, o una liturgia que desconociese el arrodillarse, estaría enferma en uno de sus puntos capitales. Donde este gesto se ha perdido, se debe aprender de nuevo, para que nuestra oración permanezca en la comunión de los Apóstoles y los mártires, en la comunión de todo el cosmos, en la unidad con Jesucristo mismo” [24].

 

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- La Sacrosanctum Concilium, en el art. 7, dice; "con razón se considera la Liturgia como el ejercicio de la función sacerdotal de Cristo". ¿Podría explicar por qué?

Gregório Lutz: Las palabras citadas del documento del Concilio Vaticano II sobre la Liturgia son las primeras de la frase tal vez más importante de todo este documento. Muchos consideran esta frase como una definición de Liturgia. Creo que junto con estas palabras debemos también considerar las últimas de esta frase que nos dicen quién es este Cristo que en la Liturgia ejerce su sacerdocio: Es el Cristo todo, cabeza y miembros. Para entender bien esta afirmación del Concilio Vaticano II, es bueno recordar la situación de fondo, dentro de la cual se hizo: Era la de l comprensión de la Liturgia como ritual externo, como conjunto de ceremonias, como reglas y prescripciones que regulaban las celebraciones. Además de eso, como celebrantes de la Liturgia se consideraban solamente los ordenados, sobre todo los padres y los obispos, mientras que los laicos asistían en las celebraciones pero no tenían parte activa en ellas. Para el movimiento litúrgico, que se considera comenzado en 1909, esta comprensión de la liturgia se corrigió en muchas cabezas, pero sabemos que aún hoy ésta existe.

Ya el papa Pío XII había declarado, en 1947, en su encíclica Mediator Dei sobre la Liturgia: "No tienen por esto una exacta noción de la Sagrada Liturgia aquellos que la consideran como una parte exclusivamente externa y sensibles del culto divino ó como un ceremonial decorativo; ni yerran menos aquellos que la consideran como una mera suma de leyes y de preceptos, con los cuales la Jerarquía eclesiástica ordena al cumplimiento de los ritos " (nº 23 de la edición ‘Documentos Pontifícios’ de la Editorial portuguesa Vozes, de 1963). De modo positivo, el papa Pio XII dice, en el mismo documento, la siguiente definición de Liturgia: “La Sagrada Liturgia es, por tanto, el culto público que nuestro Redentor rinde al Padre como Cabeza de la Iglesia, y es el culto que la sociedad de los fieles rinde a su Cabeza, y, por medio de ella, al Padre eterno; es, para decirlo en pocas palabras, el culto integral del Cuerpo místico de Jesucristo; esto es, de la Cabeza y de sus miembros" (nº 17).

Esta encíclica aprobó ampliamente aquello por lo que los protagonistas del movimiento litúrgico habían luchado y que en la conciencia y en la práctica celebrativa de muchos católicos y comunidades ya habían asumido: Liturgia no es solo el ritual que el clero realiza, sino que es Jesucristo, nuestro Sumo Sacerdote en medio de su pueblo sacerdotal y con los miembros de su cuerpo místico celebrando a obra divina de salvación de la humanidad. El Concilio Vaticano II, como suprema instancia de la Iglesia, ratificó esta visión de la Liturgia y colocó los fundamentos para la reforma litúrgica que debía facilitar que todos los que en el bautismo fueron ungidos sacerdotes, pudiesen celebrar la Liturgia, participando de forma activa, externa e interna, consciente, plena y fructuosamente, y así ejercer su derecho y deber como pueblo sacerdotal (cf. SC 14), en lugar de apenas asistir desde la nave de la iglesia a lo que el clero hacía en el altar. Conforme al Concilio, los fieles deben también aprender a "ofrecerse a sí mismos al ofrecer la hostia inmaculada no sólo por manos del sacerdote, sino juntamente con él" (SC 48).

- "Toda celebración litúrgica, por ser obra de Cristo sacerdotes y de su Cuerpo, que es la Iglesia, es acción sagrada por excelencia, cuya eficacia, con el mismo título y en el mismo grado, no la iguala ninguna otra acción de la Iglesia" (SC 7). ¿Cómo ve el protagonismo reclamado por muchos sacerdotes y también por laicos en las celebraciones litúrgicas?

Gregório Lutz: Para el Concilio Vaticano II la Iglesia católica quería volver a sus fuentes, no por una tendencia arqueologística, sino para volver a ser la auténtica Iglesia de Jesucristo. Dado que la Iglesia está formada por personas humanas que no son perfectas, no todas las evoluciones a lo largo de los siglos eran positivas, para mejorar a la Iglesia. Lo mismo sucedió con la Liturgia. La meta de la reforma litúrgica era volver a la liturgia romana clásica, como se creó y existía en los siglos del 5 al 7. La Liturgia de esta época era típicamente romana, quiere decir, simple y sobria. En ella se expresaba el misterio celebrado en palabras y gestos concisos, sin adornos superfluos que ofuscan lo esencial de las celebraciones. Los libros litúrgicos que tenemos de aquella época nos muestran claramente esto. Los responsables de la elaboración de nos nuevos libros litúrgicos pensaban también que los ritos y las oraciones de esta liturgia post-conciliar, elaborada en Roma para la Iglesia entera, debiera y pudiera fácilmente ser adaptada en las distintas partes y culturas del mundo. Esto, mientras tanto, casi no ocurrió, al menos en Brasil. Por ello, sobre todo la celebración de la misa para muchos, fieles y sacerdotes, fue percibida como seca y fría, de algún modo como esqueleto sin carne. Entonces, para conseguir una liturgia "más cálida y con carne", surgió una rica creatividad, pero con mucha frecuencia sin criterios válidos para una liturgia auténtica. Esta creatividad, que antes deteriora las celebraciones en lugar de facilitar a las asambleas sumergirse en el misterio de Cristo, se debía y se debe sobre todo a la falta de formación litúrgica de clero y de los fieles. Aún peor son los resultados de estas iniciativas cuando sus protagonistas creen que son peritos competentes para crear “su” liturgia y no recuerdan que son sólo administradores de la liturgia de la Iglesia, que nos viene de Cristo y de los apóstoles, pero de la que no somos dueños. Estos aficionados no tienen conciencia de que son ministros, es decir, servidores en la Iglesia y en la asamblea litúrgica, para que el pueblo de Dios pueda, con su ayuda, celebrando, hacer suya la salvación que Cristo realizó, y cuya memoria hacemos en la Liturgia.   

- ¿Usted considera que hay un cierto descuido e incluso una falta de espiritualidad seria que lleva a abusos y banalización de la Liturgia hoy en Brasil?

Gregório Lutz: Así como, tristemente, muchos de nuestros hermanos sacerdotes y laicos no tienen conciencia del lugar de Jesucristo como "celebrante principal" de la Liturgia, muchos tampoco saben que en las acciones litúrgicas todo sucede "por la fuerza del Espíritu Santo" (SC 6). Espiritualidad significa de hecho respeto a la presencia y acción del Espíritu Santo en nuestro ser y actuar como miembros de la Iglesia y, particularmente, en la Liturgia. Es verdad que el Espíritu Santo sopla donde quiere y, ciertamente en el campo de la Liturgia él estaba presente en muchas de las iniciativas propias y características de la Iglesia en Brasil. Pero, sobre todo cuando una persona cree que sólo ella posee el Espíritu Santo o, peor aún, cuando se cree dueña de la Liturgia, se debe de dudar si el espíritu con el que actúa es de Dios. Actúa en verdadera espiritualidad quien entiende los ministerios o cualquier servicio dentro de la Liturgia o ligado a ella, en el espíritu de Jesús, que es el de servir gratuitamente, para que los demás tengan vida; en este espíritu la persona se esforzará en la medida de lo posible y por una Liturgia auténtica. Creo que debemos reconocer que en Brasil no todos los agentes de pastoral litúrgica tienen esta espiritualidad y que esta falta es causa de abusos y banalizaciones que también existen entre nosotros. Es este contexto, quisiera recordar una vez más que en la raíz de todos los problemas que encontramos en nuestras celebraciones litúrgicas, y también de esta falta de espiritualidad, está la insuficiente formación litúrgica.

- ¿Cómo cuidar del esmero y de la belleza de la Liturgia?

Gregório Lutz: Tengo la impresión que particularmente en comunidades de población pobre es difícil, por un motivo bien concreto, que se percibe sobre todo en la construcción y arreglo de los espacios litúrgicos: La comunidad de pobres ya se da por satisfecha si tienen un espacio para sus reuniones celebrativas, si este ambiente tiene un refinamiento como el de sus propias casas. Si tiene paredes con ventanas y puertas y un tejado, ya está bien, porque no tiene condiciones para conseguir más, como yeso o pintura. Lo mismo estoy observando en la construcción de iglesias y capillas y sus instalaciones. Con todo, cuando se consigue mejorar el edificio y hacerlo por fuera y por dentro más bello, se siente como algo bueno para la comunidad y también conveniente para la casa de Dios.

Ahora bien, cuando la comunidad tiene la sensibilidad y la posibilidad de volver su salón o su capilla más bonitos, existe el peligro de poner adornos que no ayudan a percibir mejor el misterio que se celebra en nuestras iglesias. Al contrario, a veces son elementos que desvían la atención de lo esencial que sucede en la asamblea litúrgica, o incluso son de mal gusto. La comunidad debe poder reconocer siempre su espacio celebrativo como suyo. La solución también me parece que es una formación adecuada. En primer sería necesario intentar elevar el nivel humano y cultural de la comunidad, después ayudarla a profundizar su fe en general y particularmente con respecto a la Liturgia; entonces sería más fácil despertar una sensibilidad mejor también para el esmero y a belleza de la Liturgia.

- La ‘Sacrosanctum Concilium’, al mismo tiempo que enfatiza la primacía del canto gregoriano "como canto propio de la liturgia romana" (nº 116), también "aprueba y acepta en el culto divino todas las formas auténticas de arte, que estén dotadas de las cualidades requeridas" (nº 112), pide que "se guarde y se desenvuelva con diligencia el patrimonio de la música sacra" (nº 114). ¿Usted considera que se ve en las celebraciones litúrgicas el cuidado y calidad artística que se debería tener con la música sacra?

Gregório Lutz: Yo personalmente creo una pena que en “mis comunidades” (extremamente pobres, de periferia) no podamos cantar el canto gregoriano, y me alegro de que por ejemplo en el monasterio de São Bento en el centro de São Paulo tenga cada domingo la misa principal con canto gregoriano, y una gran asamblea de personas de la ciudad participa en esta misa. Pero donde no se sabe latín, ¿este canto no pondría alabanzas vacías de los labios, que Dios detesta? Lo mismo vale, en ambientes parecidos de población pobre, para la polifonía clásica. Sé que a veces puede ser participación de alguna manera activa también el mero escuchar una melodía que ayuda a entrar en el misterio de Cristo. Sin embargo, "el canto sacro, basado en palabras, forma parte necesaria e integrante de la liturgia solemne" y la música sacra ejerce una "función ministerial ... en el culto del Señor" (SC 112) .

Otra cuestión se plantea respecto al cuidado y la calidad artística de lo que se canta generalmente en nuestras asambleas litúrgicas en Brasil. Pienso que debemos tener cuidado no solamente con la cualidad artística de nuestro canto, sino también con su función litúrgica. A este respecto no hay ningún modelo mejor que el propio canto gregoriano, en cuanto que su letra está totalmente integrada en la liturgia y es siempre bíblica o por lo menos de inspiración bíblica. Siendo de una asamblea, el canto no debe ser individualista, ni totalmente subjetivista o sentimental. Evidentemente no debe faltar una buena calidad artística en la letra y en la melodía. Que son todos estos aspectos que dejan muchas veces que desear en el canto en nuestras celebraciones, no es un secreto. Sin embargo, para superar estas deficiencias, la solución general no es un regreso al canto gregoriano o invertir sólo en la polifonía clásica. Ambas formas de cantar no tienen que desterrarse totalmente de nuestras comunidades sencillas, y menos aún de las iglesias en lugares de clase media o alta. Pero, en todos estos casos, es menester sobre todo la formación de todos, especialmente de cantores e instrumentistas, para que el canto y la música, que tanto pueden ayudar a sumergirse en el misterio que celebramos, puedan cumplir la misión que el Concílio Vaticano II les atribuye.

- ¿Podría hablarnos de los trabajos de traducción del nuevo Misal?

Gregório Lutz: En el año 2000 se publicó en Roma una nueva edición del Misal. Lo nuevo en él, en comparación con la edición anterior, son la introducción de algunas memorias de santos recientemente canonizados, y oraciones sobre el pueblo al final de todas las misas de los días de la semana en Cuaresma. Este Misal, evidentemente editado en latín, debe ser traducido a las lenguas modernas de los diferentes pueblos del mundo, también para Brasil, que no adoptará la traducción hecha para los demás países de lengua portuguesa. Ya que la mayor parte de los textos de esta es en latín idéntica a los de la edición anterior, apenas necesitan una revisión. Para la traducción y revisión, la Congregación para el Culto Divino, en Roma, publicó una instrucción especial.

Según consta, en ningún país este trabajo de traducción y revisión se terminó en el plazo establecido de cinco años a partir de 2002. En Brasil, la comisión que se encargó de este servicio está terminando su tarea antes de la pascua de este año. Pero lo que nosotros, tres sacerdotes y un laico, hacemos aquí en São Paulo, debe ser visto y eventualmente corregido o mejorado por una comisión de cinco obispos, y después ser presentado a la asamblea general de los obispos de Brasil, para su aprobación. Este trabajo de los obispos está aún lejos de terminarse. Después de la aprobación por la asamblea general de los obispos, el texto será enviado a Roma, para su examen y confirmación por la Congregación para el Culto Divino. Solo con esta confirmación el nuevo Misal podrá ser editado en Brasil. Es imposible decir cuando será eso. Ciertamente vamos a tener que esperar aún algunos años.[Por Alexandre Ribeiro, traducción del portugués por Inma Álvarez)***********************

MENSAJE DEL PAPA BENEDICTO XVI
PARA LA XLVII JORNADA MUNDIAL 
DE ORACIÓN POR LAS VOCACIONES.

25 DE ABRIL DE 2010 – IV DOMINGO DE PASCUA

Tema: El testimonio suscita vocaciones

 Venerados Hermanos en el Episcopado y en el Sacerdocio; queridos hermanos y hermanas

La 47 Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, que se celebrará en el IV domingo de Pascua, domingo del “Buen Pastor”, el 25 de abril de 2010, me ofrece la oportunidad de proponer a vuestra reflexión un tema en sintonía con el Año Sacerdotal: El testimonio suscita vocaciones. La fecundidad de la propuesta vocacional, en efecto, depende primariamente de la acción gratuita de Dios, pero, como confirma la experiencia pastoral, está favorecida también por la cualidad y la riqueza del testimonio personal y comunitario de cuantos han respondido ya a la llamada del Señor en el ministerio sacerdotal y en la vida consagrada, puesto que su testimonio puede suscitar en otros el deseo de corresponder con generosidad a la llamada de Cristo. Este tema está, pues, estrechamente unido a la vida y a la misión de los sacerdotes y de los consagrados. Por tanto, quisiera invitar a todos los que el Señor ha llamado a trabajar en su viña a renovar su fiel respuesta, sobre todo en este Año Sacerdotal, que he convocado con ocasión del 150 aniversario de la muerte de san Juan María Vianney, el Cura de Ars, modelo siempre actual de presbítero y de párroco.

Ya en el Antiguo Testamento los profetas eran conscientes de estar llamados a dar testimonio con su vida de lo que anunciaban, dispuestos a afrontar incluso la incomprensión, el rechazo, la persecución. La misión que Dios les había confiado los implicaba completamente, como un incontenible “fuego ardiente” en el corazón (cf. Jr 20, 9), y por eso estaban dispuestos a entregar al Señor no solamente la voz, sino toda su existencia. En la plenitud de los tiempos, será Jesús, el enviado del Padre (cf. Jn 5, 36), el que con su misión dará testimonio del amor de Dios hacia todos los hombres, sin distinción, con especial atención a los últimos, a los pecadores, a los marginados, a los pobres. Él es el Testigo por excelencia de Dios y de su deseo de que todos se salven. En la aurora de los tiempos nuevos, Juan Bautista, con una vida enteramente entregada a preparar el camino a Cristo, da testimonio de que en el Hijo de María de Nazaret se cumplen las promesas de Dios. Cuando lo ve acercarse al río Jordán, donde estaba bautizando, lo muestra a sus discípulos como “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29). Su testimonio es tan fecundo, que dos de sus discípulos “oyéndole decir esto, siguieron a Jesús” (Jn 1, 37).

También la vocación de Pedro, según escribe el evangelista Juan, pasa a través del testimonio de su hermano Andrés, el cual, después de haber encontrado al Maestro y haber respondido a la invitación de permanecer con Él, siente la necesidad de comunicarle inmediatamente lo que ha descubierto en su “permanecer” con el Señor: “Hemos encontrado al Mesías —que quiere decir Cristo— y lo llevó a Jesús” (Jn 1, 41-42). Lo mismo sucede con Natanael, Bartolomé, gracias al testimonio de otro discípulo, Felipe, el cual comunica con alegría su gran descubrimiento: “Hemos encontrado a aquel de quien escribió Moisés, en el libro de la ley, y del que hablaron los Profetas: es Jesús, el hijo de José, el de Nazaret” (Jn 1, 45). La iniciativa libre y gratuita de Dios encuentra e interpela la responsabilidad humana de cuantos acogen su invitación para convertirse con su propio testimonio en instrumentos de la llamada divina. Esto acontece también hoy en la Iglesia: Dios se sirve del testimonio de los sacerdotes, fieles a su misión, para suscitar nuevas vocaciones sacerdotales y religiosas al servicio del Pueblo de Dios. Por esta razón deseo señalar tres aspectos de la vida del presbítero, que considero esenciales para un testimonio sacerdotal eficaz.

Elemento fundamental y reconocible de toda vocación al sacerdocio y a la vida consagrada es la amistad con Cristo. Jesús vivía en constante unión con el Padre, y esto era lo que suscitaba en los discípulos el deseo de vivir la misma experiencia, aprendiendo de Él la comunión y el diálogo incesante con Dios. Si el sacerdote es el “hombre de Dios”, que pertenece a Dios y que ayuda a conocerlo y amarlo, no puede dejar de cultivar una profunda intimidad con Él, permanecer en su amor, dedicando tiempo a la escucha de su Palabra. La oración es el primer testimonio que suscita vocaciones. Como el apóstol Andrés, que comunica a su hermano haber conocido al Maestro, igualmente quien quiere ser discípulo y testigo de Cristo debe haberlo “visto” personalmente, debe haberlo conocido, debe haber aprendido a amarlo y a estar con Él.

Otro aspecto de la consagración sacerdotal y de la vida religiosa es el don total de sí mismo a Dios. Escribe el apóstol Juan: “En esto hemos conocido lo que es el amor: en que él ha dado su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por los hermanos” (1 Jn 3, 16). Con estas palabras, el apóstol invita a los discípulos a entrar en la misma lógica de Jesús que, a lo largo de su existencia, ha cumplido la voluntad del Padre hasta el don supremo de sí mismo en la cruz. Se manifiesta aquí la misericordia de Dios en toda su plenitud; amor misericordioso que ha vencido las tinieblas del mal, del pecado y de la muerte. La imagen de Jesús que en la Última Cena se levanta de la mesa, se quita el manto, toma una toalla, se la ciñe a la cintura y se inclina para lavar los pies a los apóstoles, expresa el sentido del servicio y del don manifestados en su entera existencia, en obediencia a la voluntad del Padre (cfr Jn 13, 3-15). Siguiendo a Jesús, quien ha sido llamado a la vida de especial consagración debe esforzarse en dar testimonio del don total de sí mismo a Dios. De ahí brota la capacidad de darse luego a los que la Providencia le confíe en el ministerio pastoral, con entrega plena, continua y fiel, y con la alegría de hacerse compañero de camino de tantos hermanos, para que se abran al encuentro con Cristo y su Palabra se convierta en luz en su sendero. La historia de cada vocación va unida casi siempre con el testimonio de un sacerdote que vive con alegría el don de sí mismo a los hermanos por el Reino de los Cielos. Y esto porque la cercanía y la palabra de un sacerdote son capaces de suscitar interrogantes y conducir a decisiones incluso definitivas (cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal, Pastores dabo vobis, 39).

Por último, un tercer aspecto que no puede dejar de caracterizar al sacerdote y a la persona consagrada es el vivir la comunión. Jesús indicó, como signo distintivo de quien quiere ser su discípulo, la profunda comunión en el amor: “Por el amor que os tengáis los unos a los otros reconocerán todos que sois discípulos míos” (Jn 13, 35). De manera especial, el sacerdote debe ser hombre de comunión, abierto a todos, capaz de caminar unido con toda la grey que la bondad del Señor le ha confiado, ayudando a superar divisiones, a reparar fracturas, a suavizar contrastes e incomprensiones, a perdonar ofensas. En julio de 2005, en el encuentro con el Clero de Aosta, tuve la oportunidad de decir que si los jóvenes ven sacerdotes muy aislados y tristes, no se sienten animados a seguir su ejemplo. Se sienten indecisos cuando se les hace creer que ése es el futuro de un sacerdote. En cambio, es importante llevar una vida indivisa, que muestre la belleza de ser sacerdote. Entonces, el joven dirá:"sí, este puede ser un futuro también para mí, así se puede vivir" (Insegnamenti I, [2005], 354). El Concilio Vaticano II, refiriéndose al testimonio que suscita vocaciones, subraya el ejemplo de caridad y de colaboración fraterna que deben ofrecer los sacerdotes (cf. Optatam totius, 2).

Me es grato recordar lo que escribió mi venerado Predecesor Juan Pablo II: “La vida misma de los presbíteros, su entrega incondicional a la grey de Dios, su testimonio de servicio amoroso al Señor y a su Iglesia —un testimonio sellado con la opción por la cruz, acogida en la esperanza y en el gozo pascual—, su concordia fraterna y su celo por la evangelización del mundo, son el factor primero y más persuasivo de fecundidad vocacional” (Pastores dabo vobis, 41). Se podría decir que las vocaciones sacerdotales nacen del contacto con los sacerdotes, casi como un patrimonio precioso comunicado con la palabra, el ejemplo y la vida entera.

Esto vale también para la vida consagrada. La existencia misma de los religiosos y de las religiosas habla del amor de Cristo, cuando le siguen con plena fidelidad al Evangelio y asumen con alegría sus criterios de juicio y conducta. Llegan a ser “signo de contradicción” para el mundo, cuya lógica está inspirada muchas veces por el materialismo, el egoísmo y el individualismo. Su fidelidad y la fuerza de su testimonio, porque se dejan conquistar por Dios renunciando a sí mismos, sigue suscitando en el alma de muchos jóvenes el deseo de seguir a Cristo para siempre, generosa y totalmente. Imitar a Cristo casto, pobre y obediente, e identificarse con Él: he aquí el ideal de la vida consagrada, testimonio de la primacía absoluta de Dios en la vida y en la historia de los hombres.

Todo presbítero, todo consagrado y toda consagrada, fieles a su vocación, transmiten la alegría de servir a Cristo, e invitan a todos los cristianos a responder a la llamada universal a la santidad. Por tanto, para promover las vocaciones específicas al ministerio sacerdotal y a la vida religiosa, para hacer más vigoroso e incisivo el anuncio vocacional, es indispensable el ejemplo de todos los que ya han dicho su “sí” a Dios y al proyecto de vida que Él tiene sobre cada uno. El testimonio personal, hecho de elecciones existenciales y concretas, animará a los jóvenes a tomar decisiones comprometidas que determinen su futuro. Para ayudarles es necesario el arte del encuentro y del diálogo capaz de iluminarles y acompañarles, a través sobre todo de la ejemplaridad de la existencia vivida como vocación. Así lo hizo el Santo Cura de Ars, el cual, siempre en contacto con sus parroquianos, “enseñaba, sobre todo, con el testimonio de su vida. De su ejemplo aprendían los fieles a orar” (Carta para la convocación del Año Sacerdotal, 16 junio 2009).

Que esta Jornada Mundial ofrezca de nuevo una preciosa oportunidad a muchos jóvenes para reflexionar sobre su vocación, entregándose a ella con sencillez, confianza y plena disponibilidad. Que la Virgen María, Madre de la Iglesia, custodie hasta el más pequeño germen de vocación en el corazón de quienes el Señor llama a seguirle más de cerca, hasta que se convierta en árbol frondoso, colmado de frutos para bien de la Iglesia y de toda la humanidad. Rezo por esta intención, a la vez que imparto a todos la Bendición Apostólica.

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Vaticano, 13 de noviembre de 2009

BENEDICTUS PP. XVI

 

Carta vaticana para la Jornada de Oración por la Santificación de los Sacerdotes

De la Congregación para el Clero

CIUDAD DEL VATICANO, martes, 22 abril 2008 (ZENIT.org).- Publicamos la carta que han enviado Cardenal Cláudio Hummes, o.f.m. y el arzobispo Mauro Piacenza, presidente y secretario de la Congregación vaticana para el Clero con motivo de la Jornada Mundial de Oración por la Santificación de los Sacerdotes que se celebra el 30 de mayo, fiesta del Corazón de Jesús.

* * *

 

Reverendos y queridos hermanos en el sacerdocio:

       En la fiesta del Sacratísimo Corazón de Jesús, con una mirada incesante de amor, fijamos los ojos de nuestra mente y de nuestro corazón en Cristo, único Salvador de nuestra vida y del mundo. Remitirnos a Cristo significa remitirnos a aquel Rostro que todo hombre, consciente o inconscientemente, busca como única respuesta adecuada a su insuprimible sed de felicidad.

      Nosotros ya encontramos este Rostro y, en aquel día, en aquel instante, su amor hirió de tal manera nuestro corazón, que no pudimos menos de pedir estar incesantemente en su presencia. «Por la mañana escucharás mi voz, por la mañana te expongo mi causa y me quedo aguardando» (Salmo 5).

      La sagrada liturgia nos lleva a contemplar una vez más el misterio de la encarnación del Verbo, origen y realidad íntima de esta compañía que es la Iglesia: el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob se revela en Jesucristo. «Nadie habría podido ver su gloria si antes no hubiera sido curado por la humildad de la carne. Quedaste cegado por el polvo, y con el polvo has sido curado: la carne te había cegado, la carne te cura» (San Agustín, Comentario al Evangelio de san Juan, Homilía 2, 16).

  Sólo contemplando de nuevo la perfecta y fascinante humanidad de Jesucristo, vivo y operante ahora, que se nos ha revelado y que sigue inclinándose sobre cada uno con el amor de total predilección que le es propio, se puede dejar que él ilumine y colme ese abismo de necesidad que es nuestra humanidad, con la certeza de la esperanza encontrada, y con la seguridad de la Misericordia que abarca nuestros límites, enseñándonos a perdonar lo que de nosotros mismos ni siquiera lográbamos descubrir. «Una sima grita a otra sima con voz de cascadas» (Salmo 41).

 

1.- Con ocasión de la tradicional Jornada de oración por la santificación de los sacerdotes, que se celebra en la fiesta del Sacratísimo Corazón de Jesús, quiero recordar la prioridad de la oración con respecto a la acción, en cuanto que de ella depende la eficacia del obrar. De la relación personal de cada uno con el Señor Jesús depende en gran medida la misión de la Iglesia. Por tanto, la misión debe alimentarse con la oración: «Ha llegado el momento de reafirmar la importancia de la oración ante el activismo y el secularismo» (Benedicto XVI, Deus caritas est, 37). No nos cansemos de acudir a su Misericordia, de dejarle mirar y curar las llagas dolorosas de nuestro pecado para asombrarnos ante el milagro renovado de nuestra humanidad redimida.

 

Queridos hermanos en el sacerdocio, somos los expertos de la Misericordia de Dios en nosotros y, sólo así, sus instrumentos al abrazar, de modo siempre nuevo, la humanidad herida. «Cristo no nos salva de nuestra humanidad, sino a través de ella; no nos salva del mundo, sino que ha venido al mundo para que el mundo se salve por medio de él (cf. Jn 3, 17)» (Benedicto XVI, Mensaje «urbi et orbi», 25 de diciembre de 2006: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 29 de diciembre de 2006, p. 20). Somos, por último, presbíteros por el sacramento del Orden, el acto más elevado de la Misericordia de Dios y a la vez de su predilección.

 

2.- En segundo lugar, en la insuprimible y profunda sed de él, la dimensión más auténtica de nuestro sacerdocio es la mendicidad: la petición sencilla y continua; se aprende en la oración silenciosa, que siempre ha caracterizado la vida de los santos; hay que pedirla con insistencia. Esta conciencia de la relación con él se ve sometida diariamente a la purificación de la prueba. Cada día caemos de nuevo en la cuenta de que este drama también nos afecta a nosotros, ministros que actuamos in persona Christi capitis. No podemos vivir un solo instante en su presencia sin el dulce anhelo de reconocerlo, conocerlo y adherirnos más a él. No cedamos a la tentación de mirar nuestro ser sacerdotes como una carga inevitable e indelegable, ya asumida, que se puede cumplir «mecánicamente», tal vez con un programa pastoral articulado y coherente. El sacerdocio es la vocación, el camino, el modo a través del cual Cristo nos salva, con el que nos ha llamado, y nos sigue llamando ahora, a vivir con él.

 

3.- La única medida adecuada, ante nuestra santa vocación, es la radicalidad. Esta entrega total, con plena conciencia de nuestra infidelidad, sólo puede llevarse a cabo como una decisión renovada y orante que luego Cristo realiza día tras día. Incluso el don del celibato sacerdotal se ha de acoger y vivir en esta dimensión de radicalidad y de plena configuración con Cristo. Cualquier otra postura, con respecto a la realidad de la relación con él, corre el peligro de ser ideológica.

      Incluso la cantidad de trabajo, a veces enorme, que las actuales condiciones del ministerio nos exigen llevar a cabo, lejos de desalentarnos, debe impulsarnos a cuidar con mayor atención aún nuestra identidad sacerdotal, la cual tiene una raíz ciertamente divina. En este sentido, con una lógica opuesta a la del mundo, precisamente las condiciones peculiares del ministerio nos deben impulsar a «elevar el tono» de nuestra vida espiritual, testimoniando con mayor convicción y eficacia nuestra pertenencia exclusiva al Señor.

      Él, que nos ha amado primero, nos ha educado para la entrega total. «Salí al encuentro de quien me buscaba. Dije: "Heme aquí" a quien invocaba mi nombre». El lugar de la totalidad por excelencia es la Eucaristía, pues «en la Eucaristía Jesús no da "algo", sino a sí mismo; ofrece su cuerpo y derrama su sangre. Entrega así toda su vida, manifestando la fuente originaria de este amor divino» (Sacramentum caritatis, 7).

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Queridos hermanos, seamos fieles a la celebración diaria de la santísima Eucaristía, no sólo para cumplir un compromiso pastoral o una exigencia de la comunidad que nos ha sido encomendada, sino por la absoluta necesidad personal que sentimos, como la respiración, como la luz para nuestra vida, como la única razón adecuada a una existencia presbiteral plena.

El Santo Padre, en la exhortación apostólica postsinodal Sacramentum caritatis (n. 66) nos vuelve a proponer con fuerza la afirmación de san Agustín: «Nadie come de esta carne sin antes adorarla (...), pecaríamos si no la adoráramos» (Enarrationes in Psalmos 98, 9). No podemos vivir, no podemos conocer la verdad sobre nosotros mismos, sin dejarnos contemplar y engendrar por Cristo en la adoración eucarística diaria, y el «Stabat» de María, «Mujer eucarística», bajo la cruz de su Hijo, es el ejemplo más significativo que se nos ha dado de la contemplación y de la adoración del Sacrificio divino.

Como la dimensión misionera es intrínseca a la naturaleza misma de la Iglesia, del mismo modo nuestra misión está ínsita en la identidad sacerdotal, por lo cual la urgencia misionera es una cuestión de conciencia de nosotros mismos. Nuestra identidad sacerdotal está edificada y se renueva día a día en la «conversación» con nuestro Señor. La relación con él, siempre alimentada en la oración continua, tiene como consecuencia inmediata la necesidad de hacer partícipes de ella a quienes nos rodean. En efecto, la santidad que pedimos a diario no se puede concebir según una estéril y abstracta acepción individualista, sino que, necesariamente, es la santidad de Cristo, la cual es contagiosa para todos: «Estar en comunión con Jesucristo nos hace participar en su ser "para todos", hace que este sea nuestro modo de ser» (Benedicto XVI, Spe salvi, 28).

 

Este «ser para todos» de Cristo se realiza, para nosotros, en los tria munera de los que somos revestidos por la naturaleza misma del sacerdocio. Esos tria munera, que constituyen la totalidad de nuestro ministerio, no son el lugar de la alienación o, peor aún, de un mero reduccionismo funcionalista de nuestra persona, sino la expresión más auténtica de nuestro ser de Cristo; son el lugar de la relación con él. El pueblo que nos ha sido encomendado para que lo eduquemos, santifiquemos y gobernemos, no es una realidad que nos distrae de «nuestra vida», sino que es el rostro de Cristo que contemplamos diariamente, como para el esposo es el rostro de su amada, como para Cristo es la Iglesia, su esposa. El pueblo que nos ha sido encomendado es el camino imprescindible para nuestra santidad, es decir, el camino en el que Cristo manifiesta la gloria del Padre a través de nosotros.

«Si a quien escandaliza a uno solo y al más pequeño conviene que se le cuelgue al cuello una piedra de molino y sea arrojado al mar (...), ¿qué deberán sufrir y recibir como castigo los que mandan a la perdición (...) a un pueblo entero?» (San Juan Crisóstomo, De sacerdotio VI, 1.498).

Ante la conciencia de una tarea tan grave y una responsabilidad tan grande para nuestra vida y salvación, en la que la fidelidad a Cristo coincide con la «obediencia» a las exigencias dictadas por la redención de aquellas almas, no queda espacio ni siquiera para dudar de la gracia recibida. Sólo podemos pedir que se nos conceda ceder lo más posible a su amor, para que él actúe a través de nosotros, pues o dejamos que Cristo salve el mundo, actuando en nosotros, o corremos el riesgo de traicionar la naturaleza misma de nuestra vocación. La medida de la entrega, queridos hermanos en el sacerdocio, sigue siendo la totalidad. «Cinco panes y dos peces» no son mucho; sí, pero son todo. La gracia de Dios convierte nuestra poquedad en la Comunión que sacia al pueblo. De esta «entrega total» participan de modo especial los sacerdotes ancianos o enfermos, los cuales, diariamente, desempeñan el ministerio divino uniéndose a la pasión de Cristo y ofreciendo su existencia presbiteral por el verdadero bien de la Iglesia y la salvación de las almas.

 

Por último, el fundamento imprescindible de toda la vida sacerdotal sigue siendo la santa Madre de Dios. La relación con ella no puede reducirse a una piadosa práctica de devoción, sino que debe alimentarse con un continuo abandono de toda nuestra vida, de todo nuestro ministerio, en los brazos de la siempre Virgen. También a nosotros María santísima nos lleva de nuevo, como hizo con san Juan bajo la cruz de su Hijo y Señor nuestro, a contemplar con ella el Amor infinito de Dios: «Ha bajado hasta aquí nuestra Vida, la verdadera Vida; ha cargado con nuestra muerte para matarla con la sobreabundancia de su Vida» (San Agustín, Confesiones IV, 12).

Dios Padre escogió como condición para nuestra redención, para el cumplimiento de nuestra humanidad, para el acontecimiento de la encarnación del Hijo, la espera del «fiat» de una Virgen ante el anuncio del ángel. Cristo decidió confiar, por decirlo así, su vida a la libertad amorosa de su Madre: «Concibiendo a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo al Padre en el templo, sufriendo con su Hijo que moría en la cruz, colaboró de manera totalmente singular a la obra del Salvador por su obediencia, su fe, su esperanza y su amor ardiente, para restablecer la vida sobrenatural de los hombres. Por esta razón es nuestra madre en el orden de la gracia» (Lumen gentium, 61).

El Papa san Pío X afirmó: «Toda vocación sacerdotal viene del corazón de Dios, pero pasa por el corazón de una madre». Eso es verdad con respecto a la evidente maternidad biológica, pero también con respecto al «alumbramiento» de toda fidelidad a la vocación de Cristo. No podemos prescindir de una maternidad espiritual para nuestra vida sacerdotal: encomendémonos con confianza a la oración de toda la santa madre Iglesia, a la maternidad del pueblo, del que somos pastores, pero al que está encomendada también nuestra custodia y santidad; pidamos este apoyo fundamental.

 

Se plantea, queridos hermanos en el sacerdocio, la urgencia de «un movimiento de oración, que ponga en el centro la adoración eucarística continuada, durante las veinticuatro horas, de modo tal que, de cada rincón de la tierra, se eleve a Dios incesantemente una oración de adoración, agradecimiento, alabanza, petición y reparación, con el objetivo principal de suscitar un número suficiente de santas vocaciones al estado sacerdotal y, al mismo tiempo, acompañar espiritualmente -al nivel de Cuerpo místico- con una especie de maternidad espiritual, a quienes ya han sido llamados al sacerdocio ministerial y están ontológicamente conformados con el único sumo y eterno Sacerdote, para que le sirvan cada vez mejor a él y a los hermanos, como los que, a la vez, están "en" la Iglesia pero también, "ante" la Iglesia (cf. Juan Pablo II, Pastores dabo vobis, 16), haciendo las veces de Cristo y, representándolo, como cabeza, pastor y esposo de la Iglesia» (Carta de la Congregación para el clero, 8 de diciembre de 2007).

      Se delinea, últimamente, una nueva forma de maternidad espiritual, que en la historia de la Iglesia siempre ha acompañado silenciosamente el elegido linaje sacerdotal: se trata de la consagración de nuestro ministerio a un rostro determinado, a un alma consagrada, que esté llamada por Cristo y, por tanto, que elija ofrecerse a sí misma, sus sufrimientos necesarios y sus inevitables pruebas de la vida, para interceder en favor de nuestra existencia sacerdotal, viviendo de este modo en la dulce presencia de Cristo.

Esta maternidad, en la que se encarna el rostro amoroso de María, es preciso pedirla en la oración, pues sólo Dios puede suscitarla y sostenerla. No faltan ejemplos admirables en este sentido. Basta pensar en las benéficas lágrimas de santa Mónica por su hijo Agustín, por el cual lloró «más de lo que lloran las madres por la muerte física de sus hijos» (San Agustín, Confesiones III, 11). Otro ejemplo fascinante es el de Eliza Vaughan, la cual dio a luz y encomendó al Señor trece hijos; seis de sus ocho hijos varones se hicieron sacerdotes; y cuatro de sus cinco hijas fueron religiosas. Dado que no es posible ser verdaderamente mendicantes ante Cristo, admirablemente oculto en el misterio eucarístico, sin saber pedir concretamente la ayuda efectiva y la oración de quien él nos pone al lado, no tengamos miedo de encomendarnos a las maternidades que, ciertamente, suscita para nosotros el Espíritu.

Santa Teresa del Niño Jesús, consciente de la necesidad extrema de oración por todos los sacerdotes, sobre todo por los tibios, escribe en una carta dirigida a su hermana Celina: «Vivamos por las almas, seamos apóstoles, salvemos sobre todo las almas de los sacerdotes (...). Oremos, suframos por ellos, y, en el último día, Jesús nos lo agradecerá» (Carta 94).

      Encomendémonos a la intercesión de la Virgen Santísima, Reina de los Apóstoles, Madre dulcísima. Contemplemos, con ella, a Cristo en la continua tensión a ser total y radicalmente suyos. Esta es nuestra identidad.      Recordemos las palabras del santo cura de Ars, patrono de los párrocos: «Si yo tuviera ya un pie en el cielo y me vinieran a decir que volviera a la tierra para trabajar por la conversión de los pecadores, volvería de buen grado. Y si para ello fuera necesario que permaneciera en la tierra hasta el fin del mundo, levantándome siempre a medianoche, y sufriera como sufro, lo haría de todo corazón» (Frère Athanase, Procès de l'Ordinaire, p. 883).  El Señor guíe y proteja a todos y cada uno, de modo especial a los enfermos y a los que sufren, en el constante ofrecimiento de nuestra vida por amor.

Cardenal Cláudio Hummes, o.f.m.

Prefecto

 Mons. Mauro Piacenza

Arzobispo tit. de Vittoriana

Secretario

ORACIÓN DE LOS SACERDOTES

  

Señor, Tu me has llamado al ministerio sacerdotal

en un momento concreto de la historia en el que,

como en los primeros tiempos apostólicos,

quieres que todos los cristianos,

y en modo especial los sacerdotes,

seamos testigos de las maravillas de Dios

y de la fuerza de tu Espíritu.

Haz que también yo sea testigo de la dignidad de la vida humana,

de la grandeza del amor

y del poder del ministerio recibido:

Todo ello con mi peculiar estilo de vida entregada a Ti

por amor, sólo por amor y por un amor más grande.

Haz que mi vida celibataria

sea la afirmación de un sí, gozoso y alegre,

que nace de la entrega a Ti

y de la dedicación total a los demás

al servicio de tu Iglesia.

Dame fuerza en mis flaquezas

y también agradecer mis victorias.

Madre, que dijiste el sí más grande y maravilloso

de todos los tiempos,

que yo sepa convertir mi vida de cada día

en fuente de generosidad y entrega,

y junto a Ti,

a los pies de las grandes cruces del mundo,

me asocie al dolor redentor de la muerte de tu Hijo

para gozar con El del triunfo de la resurrección

para la vida eterna. Amen

  

Oración que los sacerdotes pueden rezar cada día

       Dios omnipotente, que Tu gracia nos ayude para que nosotros, que hemos recibido el ministerio sacerdotal, podamos servirte de modo digno y devoto, con toda pureza y buena conciencia. Y si no logramos vivir la vida con mucha inocencia, concédenos en todo caso de llorar dignamente el mal que hemos cometido, y de servirte fervorosamente en todo con espíritu de humildad y con el propósito de buena voluntad. Por Cristo, nuestro Señor. Amén.

Invocación

       ¡Oh buen Jesús!, haz que yo sea sacerdote según Tu corazón.

Oración a Jesucristo

       Jesús justísimo, tú que con singular benevolencia me has llamado, entre millares de hombres, a tu secuela y a la excelente dignidad sacerdotal, concédeme, te pido, tu fuerza divina para que pueda cumplir en el modo justo mi ministerio. Te suplico, Señor Jesús de hacer revivir en mí, hoy y siempre, tu gracia, que me ha sido dada por la imposición de las manos del obispo. Oh médico potentísimo de las almas, cúrame de manera tal que no caiga nuevamente en los vicios y escape de cada pecado y pueda complacerte hasta mi muerte. Amén.

Oración para suplicar la gracia de custodiar la castidad

       Señor Jesucristo, esposo de mi alma, delicia de mi corazón, más bien corazón mío y alma mía, frente a ti me postro de rodillas, rogándote y suplicándote con todo mi fervor de concederme preservar la fe que me has dado de manera solemne. Por ello, Jesús dulcísimo, que yo rechace cada impiedad, que sea siempre extraño a los deseos carnales y a las concupiscencias terrenas, que combaten contra el alma y que, con tu ayuda, conserve íntegra la castidad.

¡Oh santísima e inmaculada Virgen María!, Virgen de las vírgenes y Madre nuestra amantísima, purifica cada día mi corazón y mi alma, pide por mí el temor del Señor y una particular desconfianza en mis propias fuerzas.

San José, custodio de la virginidad de María, custodia mi alma de cada pecado.

       Todas ustedes Vírgenes santas, que siguen por doquier al Cordero divino, sean siempre premurosas con respecto a mí pecador para que no peque en pensamientos, palabras u obras y nunca me aleje del castísimo corazón de Jesús. Amén

Oración por los sacerdotes

Señor Jesús, presente en el Santísimo Sacramento,que quisiste perpetuarte entre nosotros por medio de tus Sacerdotes,

haz que sus palabras sean sólo las tuyas, que sus gestos sean los tuyos,

que su vida sea fiel reflejo de la tuya.

Que ellos sean los hombres que hablen a Dios de los hombres

y hablen a los hombres de Dios.

Que non tengan miedo al servicio, sirviendo a la Iglesia como Ella quiere ser servida.

Que sean hombres, testigos del eterno en nuestro tiempo,

caminando por las sendas de la historia con tu mismo paso

y haciendo el bien a todos.

Que sean fieles a sus compromisos, celosos de su vocación y de su entrega,

claros espejos de la propia identidad y que vivan con la alegría del don recibido.

Te lo pido por tu Madre Santa María:Ella que estuvo presente en tu vida

estará siempre presente en la vida de tus sacerdotes. Amen

 [Traducción distribuida por la Congregación para el Clero]

 

 

 

LA EUCARISTÍA

FUENTE DE VIDA ECLESIAL

 

Edita

Obispado de Ourense

Ilustración portada:

Xan Rodríguez López

Depósito Legal OU-26-2006

 

LA EUCARISTÍA, FUENTE DE VIDA ECLESIAL

 

Carta Pastoral del Obispo de Ourense

Luis Quinteiro Fiuza

 

ÍNDICE

Introducción ......................................................................... 9

Capítulo I. El misterio de la Eucaristía ............................. 11

1. La Eucaristía, un don de Dios .................................................. 11

2. La Sagrada Eucaristía es un misterio de fe ............................... 12

3. Un misterio de luz ........................................................... 14

4. La presencia real del Señor en la Eucaristía ............................ 17

5. La reserva eucarística y adoración del Santísimo Sacramento ...... 21

6. La Eucaristía, sacramento del único sacrificio

de Cristo ........................................................................ 25

7. La Eucaristía es un verdadero banquete ..................... 30

Capítulo II. La Eucaristía y la Iglesia ................................. 37

1. Antecedentes de la asamblea eucarística

en la historia de la salvación ................................................... 37

2. Eucaristía e Iglesia, una relación constitutiva ..................... 41

3. María, mujer “eucarística” ............................................... 55

Capítulo III. La Eucaristía y la misión de la Iglesia .............. 61

1. La Iglesia, misterio de comunión ...................................... 61

2. La Iglesia, misterio de comunión y de misión .................... 66

3. El Espíritu Santo, protagonista de la misión ............................. 69

4. La Eucaristía, un eficaz descendimiento del Espíritu Santo .......... 74

5. La Eucaristía, fuente y cumbre de la misión de la Iglesia ...... 76

Capítulo IV. Los Cristianos, Testigos del Amor en el Mundo . 84

1. Rasgos esenciales de la espiritualidad de comunión ............... 85

2. Variedad de vocaciones ....................................... 86

3. Eucaristía y movimiento ecuménico .............. 93

4. Diálogo interreligioso y misión.............................................. 95

5. Apostar por la caridad ......................................... 97

6. Eucaristía y acogida a los más pobres ..................... 99

Conclusión ........................................................ 105

 

LA EUCARISTÍA, FUENTE DE VIDA ECLESIAL

 

Introducción

1. En la Carta Apostólica “Novo millennio ineunte” de ca­rácter programático, Juan Pablo II, describe una perspectiva de compromiso pastoral basado en la contemplación del rostro de Cristo: “Los hombres de nuestro tiempo, quizás no siempre cons­cientemente, piden a los creyentes de hoy no sólo ‘hablar’ de Cris­to, sino en cierto modo hacérselo ‘ver’. ¿Y no es quizás cometido de la Iglesia reflejar la luz de Cristo en cada época de la historia y hacer resplandecer también su rostro ante las generaciones del nuevo milenio?. Nuestro testimonio sería, además, enormemente deficiente si nosotros no fuésemos los primeros contempladores de su rostro” . Desde la contemplación del rostro de Cristo se puede avanzar por la senda de la santidad mediante el arte de la oración. Este compromiso pastoral “se centra, en definitiva, en Cristo mis­mo, al que hay que conocer, amar e imitar, para vivir en él la vida trinitaria y transformar con él la historia hasta su perfecciona­miento en la Jerusalén celeste” .

En este marco pastoral ha de situarse la contemplación del rostro eucarístico de Cristo. En este sentido, nuestra Diócesis vivió con gozo el Año de la Eucaristía, durante el cual hemos compartido celebraciones y acontecimientos singulares, entre los que cabe destacar la realización en nuestra Catedral de la exposición «Camino de Paz. Mane Nobiscum Domine». Una oportunidad que, sin interrumpir el propio camino pastoral, nos ha permitido acentuar “la dimensión eucarística propia de toda la vida cristiana” . No hay que olvidar que “la mirada de la Iglesia se dirige continuamente a su Señor, presente en el Sacramento del altar, en el cual descubre la plena manifesta­ción de su inmenso amor” . En efecto, la Eucaristía es fuente, centro y cumbre tanto de la vida del cristiano como de la vida de la Iglesia y, en consecuencia, de su pastoral . La experien­cia gozosa y profunda del Año de la Eucaristía representa para nosotros un programa pastoral para vivir la fe cristiana en este momento histórico. Por este motivo, después de haber recibido con inmenso gozo, con toda la Iglesia, la primera Encíclica del Santo Padre Benedicto XVI, «Deus Caritas est», deseo entre­garos esta Carta Pastoral sobre la Eucaristía, fuente de vida eclesial. En ella quiero mostrar las dimensiones fundamentales del misterio eucarístico cuya celebración es tan decisiva para la vida cristiana y para el ejercicio de la Caridad. Juan Pablo II, Carta Apostólica, Novo millennio ineunte, (NMI), (2001), n.16. NMI. n.29.

 

Juan Pablo II, Carta Apostólica, Mane nobiscum Domine, (MND), (2004), n.5.

Juan Pablo II, Carta Encíclica, Ecclesia de Eucharistía, (EE), (2003), n.1.

Cfr. Concilio Vaticano II, Constitución, Lumen Gentium, (LG), n.11.· 11

 

El misterio dela Eucaristía

 

2. El misterio de la Eucaristía, tan extraordinariamente rico, incluye diversas dimensiones íntimamente unidas entre sí. Al ha­blar de la institución de la Eucaristía y de su relación con el miste­rio pascual, afirma el Concilio Vaticano II: “Nuestro Salvador, en la última Cena, la noche que le traicionaban, instituyó el sacrificio eucarístico de su Cuerpo y Sangre, con el cual iba a perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz y confiar a su Esposa, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección: sacra­mento de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad, banquete pascual, en el cual se recibe como alimento a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria venidera” . El texto conciliar recoge los aspectos fundamentales del misterio eu­carístico. Se puede afirmar que la Eucaristía es la actualización y recapitulación sacramental de todo el misterio cristiano. Es el le­gado recapitulador de la vida, muerte y resurrección de Jesucristo; es glorificación de Dios y salvación para el ser humano; vivencia personal a la vez que eclesial; don al mismo tiempo que tarea. La Iglesia ha contemplado siempre en la Eucaristía el misterio central de su fe. Es evidente que este misterio no puede ser entendido a partir de uno solo de sus aspectos. De modo conciso deseo subra­yar algunas dimensiones del único misterio eucarístico.

1) La Eucaristía, un don de Dios

 

3. El sacramento de la Eucaristía es la manifestación del amor fontal del Padre que envía a su Hijo y al Espíritu Santo para nues­tra salvación. En la celebración de la Santa Misa actualizamos la historia de la salvación donde actúan la Trinidad Santa. La institu­ción de la Eucaristía nos conduce al Cenáculo donde se encuentra el Señor con sus discípulos.

 

Concilio Vaticano II, Constitución, Sacrosanctum Concilium, (SC), n.47.

 

En efecto, “para dejarles una prenda de este amor, para no alejarse nunca de los suyos y hacerles partíci­pes de su Pascua, (el Señor) instituyó la Eucaristía como memorial de su muerte y de su resurrección y ordenó a su apóstoles celebrarlo hasta su retorno, constituyéndoles entonces sacerdotes del Nuevo testamento” . No se trata de un don entre otros muchos, aunque sea muy valioso, sino del “don por excelencia”. Con palabras que rezuman una intensa emoción Juan Pablo II, se preguntaba: “¿Qué más podía hacer Jesús por nosotros? Verdaderamente, en la Euca­ristía nos muestra un amor que llega ‘hasta el extremo’ (Jn.13,1), un amor que no conoce medida” . El Concilio Vaticano II describe de esta forma la inmensa riqueza del don de la Eucaristía: “Y es que en la santísima Eucaristía se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, a saber, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan vivo por su carne, que da la vida a los hombres, vivificada y vivificante por el Espíritu Santo” .

2) La Sagrada Eucaristía es un misterio de fe

 

4. El sacerdote después de la consagración exclama: “Este es el misterio de nuestra fe”. El pueblo fiel contesta con esta acla­mación: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ¡ven, Señor Jesús!”. La Eucaristía es el misterio al que debemos acercarnos “con humilde reverencia, no buscando razones hu­manas que deben callar, sino adhiriéndonos firmemente a la Re­velación divina” 10. Este misterio supera totalmente la luz de la inteligencia humana, sólo puede ser acogido y contemplado con los ojos de la fe. Los Santos Padres y Doctores de la Iglesia han destacado esta dimensión de la Eucaristía. S. Juan Crisóstomo habla de esta realidad con términos claros y precisos: “Incliné­

Juan Pablo II, Catecismo de la Iglesia Católica de la Iglesia Católica, (CEC), n.1337.

EE. n.11.

Concilio Vaticano II, Decreto, Presbiterorum Ordinis, (PO), n.5.

10 Pablo VI, Carta Encíclica, Mysterium fidei, (MF), en Ecclesia, 1261 (18-IX-1965) p.11.· 13 L A EUCARISTÍA, FUENTE DE VIDA ECLESIALmonos ante Dios, y no le contradigamos aun cuando lo que Él dice pueda parecer contrario a nuestra razón y a nuestra inteligencia, sino que su palabra prevalezca sobre nuestra razón e inteligencia. Observemos esta misma conducta respecto al misterio eucarístico, no considerando solamente lo que cae bajo los sentidos, sino aten­diendo a sus palabras, porque su palabra no puede engañar” 11. S. Cirilo de Jerusalén, exhorta a los fieles con estas palabras: “No veas en el pan y en el vino meros y naturales elementos, porque el Señor ha dicho expresamente que son su cuerpo y su sangre: la fe te lo asegura, aunque los sentidos te sugieran otra cosa” 12. Los fieles cristianos, haciéndose eco de las palabras de Santo Tomás de Aquino, cantan frecuentemente: “En ti se engaña la vista, el tacto, el gusto; solamente se cree al oído con certeza. Creo lo que ha dicho el Hijo de Dios, pues no hay nada más verdadero que la Palabra de la verdad” 13. Cristo en la Eucaristía está realmente presente y vivo y actúa con su Espíritu 14.

A lo largo de la historia de la Iglesia, la teología ha realiza­do notables esfuerzos para mostrar el genuino sentido de esta verdad. La tarea teológica ha de conjugar el ejercicio crítico del pensamiento con la fe vivida de la Iglesia 15. Pablo VI, después de alabar los notables esfuerzos de los teólogos, advierte con toda claridad que “toda explicación teológica que intente bus­car alguna inteligencia de este misterio, debe mantener, para estar de acuerdo con la fe católica, que en la realidad misma, independiente de nuestro espíritu, el pan y el vino han dejado de existir después de la consagración, de suerte que el Cuerpo y la Sangre adorables de Cristo Jesús son los que están realmente delante de nosotros” 16.

11 S.Juan Crisóstomo, In Math.Homil, 82,4: (PG. 58,743).

12 S. Cirilo de Jerusalén, Catequesis mistagógicas, IV,6: SCh. 126,138.

13 Secuencia de la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo.

14 Juan Pablo II, Carta Encíclica, Fides et ratio ,(1998), n.13.

15 EE.n.15.

16 Pablo VI, El Credo del Pueblo de Dios , (Madrid, 1968), n.25.L A E U C A R I S T Í A , F U E N T E D E V I D A E C L E S I A L 14 · 3) Un misterio de Luz

5. Juan Pablo II presentó el año de la Eucaristía siguiendo el icono de los dos discípulos de Emaús 17. El camino emprendi­do por estos dos discípulos es también el camino del hombre de hoy. En efecto, “En el camino de nuestras dudas e inquietudes, y a veces de nuestras amargas desilusiones, el divino Caminante sigue haciéndose nuestro compañero para introducirnos, con la in­terpretación de las Escrituras, en la comprensión de los misterios de Dios” 18. Durante su vida pública Jesús se presentó a sí mis­mo como la verdadera y única luz del mundo: “Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no caminará a oscuras, sino que tendrá la luz de la vida”19. El signo de la curación del ciego de nacimiento adquiere en este punto una significación especial. Jesús declara entonces: “Mientras estoy en el mundo yo soy la luz del mundo” 20. De hecho Él vino al mundo para ser luz: “Yo he venido al mundo como luz, para que todo el que cree en mí no siga en tinieblas” 21. Ante la persona de Jesús es necesario decidirse. La luz es incom­patible con la tiniebla. Así el drama que se establece ante Jesús es un enfrentamiento de la luz y de las tinieblas. La luz brilla en las tinieblas 22 y el mundo trata de sofocar la luz, porque sus obras son malas. Cuando Judas sale del Cenáculo, para entregar a Jesús, el evangelista nota intencionadamente: “Era de noche” 23 ; el mismo Jesús al ser arrestado declara: “Esta es vuestra hora y el poder de las tinieblas” 24.

En el relato de la aparición a los dos discípulos de Emaús en­contramos una clave para hablar de la Eucaristía como misterio de

17 Cfr. Lc. 24,13-35.

18 MND.n.2.

19 Jn. 8,12.

20 Jn. 9,5.

21 Jn.12,46.

22 Cfr.Jn.1,4.5.9.

23 Jn.13,30.

24 Lc.22,53.· 15 L A EUCARISTÍA, FUENTE DE VIDA ECLESIALluz. En efecto, “la Eucaristía es luz, ante todo, porque en cada Misa la liturgia de la Palabra de Dios precede a la liturgia eucarística, en la unidad de las dos ‘mesas’, la de la Palabra y la del Pan” 25. Este es el mismo ritmo que se nos presenta en la narración del encuentro del Resucitado con los discípulos. El Señor interviene para mostrar “comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, cómo toda la Escritura lleva al misterio de su persona” 26. Las palabras del Resuci­tado hacen ‘arder’ los corazones de los discípulos, les rescatan de la tristeza de la oscuridad y desesperación y suscitan el deseo intenso de permanecer con Él: “Quédate con nosotros, Señor”27.

Al hablar de las diversas presencias de Cristo en la Iglesia, el Concilio Vaticano II enseña que “está presente en su palabra, pues es Él mismo el que habla cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritu­ra” 28. Sin perder de vista que “la liturgia de la palabra y la eucarística, están tan íntimamente unidas que constituyen un solo acto de cul­to” 29, deseo subrayar la importancia de la mesa de la Palabra dentro de la celebración eucarística. Hay que reconocer que actualmente ‘los tesoros bíblicos’ son más asequibles para todos los fieles 30. La procla­mación de la Palabra de Dios en el contexto de la Asamblea litúrgica favorece ante todo el diálogo de Dios con su pueblo. La enseñanza conciliar es muy clara al respecto: “En los Libros sagrados, el Padre, que está en el cielo, sale amorosamente al encuentro de sus hijos para conversar con ellos. Y es tan grande el poder y la fuerza de la Palabra de Dios, que constituye sustento y vigor de la Iglesia, firmeza de fe para sus hijos, alimento del alma, fuente límpida y perenne de vida espiritual” 31. Más concretamente, cuando proclamamos la Palabra de Dios en la liturgia, Cristo en persona nos habla 32.

25 MND. n.12.

26 Ibid.

27 Lc.24,29.

28 SC.n.7.

29 C.n.56.

30 Cfr. Concilio Vaticano II, Constitución, Gaudium et Spes, (GS), n.51.

31 Concilio Vaticano II, Constitución, Dei Verbum, (DV), n.21.

32 Cfr. SC.n.7.L A E U C A R I S T Í A , F U E N T E D E V I D A E C L E S I A L 16 · 6. Transcurridos cuarenta años desde la clausura del Concilio Vaticano II y al finalizar el año de la Eucaristía, sería oportuno re­visar personal y comunitariamente “de qué manera se proclama la Palabra de Dios, así como el crecimiento efectivo del conocimiento y del aprecio por la Sagrada Escritura en el Pueblo de Dios” 33. Juan Pablo II se mostraba muy realista a la hora de hacer dicha revisión. Se situaba en las circunstancias precisas que preceden y están pre­sentes en la celebración litúrgica. He aquí sus palabras: “En efecto, no basta que los fragmentos bíblicos se proclamen en una lengua conocida si la proclamación no se hace con el cuidado, preparación previa, escucha devota y silencio meditativo, tan necesarios para que la Palabra de Dios toque la vida y la ilumine” 34. Estas advertencias tan concretas suponen para nosotros un compromiso activo a re­flexionar previamente sobre la Palabra de Dios, a escucharla atenta­mente en la celebración y a practicarla en nuestra vida cotidiana.

En la mesa de la Palabra aprendemos diariamente a vivir como hi­jos de la luz. La Palabra de Dios ha de ser para un creyente como la lám­para que alumbra sus pasos. Dios es quien “nos llamó de las tinieblas a su admirable luz” 35. En otro tiempo éramos tinieblas, ahora somos luz en el Señor 36. El fruto apetecido de la luz es todo lo que es bueno, justo y verdadero. Es necesario caminar en la luz para estar en comunión con Dios que es del todo luz, sin mezcla alguna de tiniebla 37. El criterio básico para saber si caminamos en la luz es el amor fraterno: “Quien ama a su hermano permanece en la luz y nada le hará tropezar” 38. En consecuencia, “Dios, al comunicar su Palabra, espera nuestra respuesta; respuesta que Cristo dio ya por nosotros con su ‘Amén’ (cfr.IICor. 1,20-22) y que el Espíritu Santo hace resonar en nosotros de modo que lo que se ha escuchado impregne profundamente nuestra vida” 39.

33 Juan Pablo II, Carta Apostólica, Dies Domini, (DD), (1998), n.40.

34 MND.n.13.

35 IPe.2,9.

36 Cfr.Ef.5,8.

37 Cfr.IJn.1,5-ss.

38 Cfr. IJn.2,8-11.

39 DD.n.41.· 17 L A EUCARISTÍA, FUENTE DE VIDA ECLESIAL4) La presencia real del Señor resucitado en la Eucaristía

7. Todos los aspectos del misterio eucarístico “confluyen en lo que más pone a prueba nuestra fe: el misterio de la presencia real” 40. Creemos firmemente que bajo las especies eucarísticas está realmente presente el Señor. Esta es la fe de la Iglesia que hun­de sus raíces en la misma Verdad revelada.

a) En la fuente de la Sagrada Escritura

8. En los relatos de la institución de la Eucaristía se nos indica que Jesús se da a sí mismo bajo las apariencias de pan y de vino como el nuevo sacrificio pascual (carne y sangre) para la comida 41. También en el cuarto evangelio se afirma esta presencia real sacra­mental de Cristo en la Eucaristía 42. Por voluntad del Padre es el mismo Jesús quien da a comer su carne y a beber su sangre: “Mi Pa­dre es quien os da a vosotros el verdadero pan del cielo... El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo” 43. De los datos bíblicos brota la convicción de que Cristo se hace realmente presente en la Eucaristía para dar a sus discípulos, en las especies de pan y de vino su propio cuerpo y sangre como alimento y bebida44. Desde esta perspectiva de presencia y donación los apóstoles Juan y Pablo saca­ron algunas consecuencias para la vida personal y comunitaria del creyente. San Juan insiste en la dimensión personal: “El que come mi carne y bebe mi sangre vive en mí y yo en él. El Padre, que me ha enviado, posee la vida, y yo vivo por Él. Así también, el que me coma vivirá por mí” 45. San Pablo incide especialmente en la pers­

40 MND.n.16.

41 Cfr. Mt.26,26-29; Mc. 14,22-25; Lc.22,15-20; ICor.11,23-25.

42 Cfr. Ratzinger, J., La Eucaristía centro de la vida, (Valencia, 2003), p.84.

43 Jn. 6,32.35.

44 Cfr. Benedicto XVI, Homilía en la Misa de Clausura del Congreso Eucarístico Italiano (Bari) AAS, 97 (2005) 785-789; Homilía en la Solemnidad del Corpus Christi, Ciudad del Vaticano, AAS, 97 (2005) 782-785

45 Jn. 6,56-57.L A E U C A R I S T Í A , F U E N T E D E V I D A E C L E S I A L 18 · pectiva comunitaria: “Pues si el pan es uno solo y todos participamos de ese único pan, todos formamos un solo cuerpo” 46.

b) El testimonio de los Padres de la Iglesia

9. Desde los primeros siglos, los Padres de la Iglesia, frente a las afirmaciones de carácter gnóstico, afirmaron la presencia real de Cristo en la Eucaristía con diversas expresiones. Son abundan­tes los testimonios al respecto. Ellos afirmaron con fuerza la fe de la Iglesia en la eficacia de la Palabra de Cristo y de la acción del Espíritu Santo para obrar la conversión del pan y del vino en el Cuerpo y en la Sangre del Señor. Frente al pensamiento gnós­tico de carácter dualista, S. Ireneo subraya, por una parte, la en­carnación y resurrección de Cristo y, por otra, la Eucaristía y la resurrección final: el pan y el vino, parte de este cosmos mate­rial, han sido asumidos para un sacramento salvador por el mismo Cristo y nos dan la garantía de la resurrección corporal. He aquí sus palabras: “En cambio, nuestras creencias están en armonía con la Eucaristía y a su vez la Eucaristía es confirmación de nuestras creencias. Porque ofrecemos lo que es de él, proclamando de una manera consecuente la comunidad y la unidad que se da entre la carne y el espíritu. Y así como el pan que procede de la tierra, al recibir la invocación de Dios, ya no es pan común, sino Eucaris­tía, compuesta de dos cosas, la terrena y la celestial, así también nuestros cuerpos cuando han recibido la Eucaristía, ya no son co­rruptibles, sino que tienen la esperanza de la resurrección” 47. Por su parte, S.Juan Crisóstomo sostiene: “No es el hombre quien hace que las cosas ofrecidas se conviertan en Cuerpo y Sangre de Cristo, sino Cristo mismo que fue crucificado por nosotros. El sacerdote, figura de Cristo, pronuncia estas palabras, pero su eficacia y su

46 ICor. 10,17.

47 S.Ireneo, Adversus haereses, IV,18,4-5: (PG. 7,1027); cfr. también: Ibid. V, 2,2-3: (PG. 7,1124).· 19 L A EUCARISTÍA, FUENTE DE VIDA ECLESIALgracia provienen de Dios. ‘Esto es mi cuerpo’, dice. Esta palabra transforma las cosas ofrecidas” 48.

c) las afirmaciones del Magisterio de la Iglesia

10. El Magisterio de la Iglesia, ha expresado esta verdad de fe en diversas ocasiones. Recordaré algunas afirmaciones que considero fundamentales. El Concilio de Trento enseña el sentido verdadero e íntegro del misterio eucarístico. Los Padres conciliares de Trento sostienen que en sacramento de la Eucaristía están “ contenidos ver­dadera, real y substancialmente el Cuerpo y la Sangre junto con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y, por consiguiente, Cristo entero” 49. El Concilio tridentino habla, pues, de presencia real, verdadera y sustancial de Cristo, verdadero Dios y verdadero hom­bre, bajo la apariencia sensible del sacramento. Además, apoyándose en las palabras de Cristo, el Concilio de Trento enseña que la Iglesia siempre tuvo la persuasión de “que por la consagración del pan y del vino se realiza la conversión de toda la sustancia del pan en la sustan­cia del Cuerpo de Cristo nuestro Señor, y de toda la sustancia del vino en la sustancia de su sangre. Esta conversión fue llamada oportuna y propiamente, por la Iglesia católica, transustanciación” 50.

Sobre la presencia real, el Concilio Vaticano II afirma que la Eucaristía es memorial de del sacrificio de la cruz: “Cristo instituyó el sacrificio eucarístico de su cuerpo y sangre, con el cual iba a perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz, y a confiar así a su Esposa, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección” 51.

11. Pablo VI se hace eco de las diferentes presencias que Cris­to tiene en la Iglesia 52 y, en el contexto de éstas resalta la peculia­

48 S. Juan Crisóstomo, De proditione Iudae homilía, 1, 6: (PG. 49,380); Cfr. Solano, J., Textos eucarístico primitivos, Madrid, 1978; Cfr. Sánchez-Caro, J.M., Eucaristía e Historia de la Salvación, Madrid, 1983.

49 Concilio de Trento, Decreto sobre la Santísima Eucaristía, canon 1: (DS. 1651).

50 Ibid. cap.IV: (DS.1642).

51 SC. n.47; cfr. también: SC.nn. 6,10; LG. n.28; PO. n.13.

52 Cfr. SC. n.7.L A E U C A R I S T Í A , F U E N T E D E V I D A E C L E S I A L 20 · ridad de la presencia eucarística: “Esta presencia se llama ‘real’ no por exclusión, como si las demás no fueran ‘reales’, sino por anto­nomasia, ya que es sustancial, ya que por ella ciertamente se hace presente Cristo, Dios y hombre, entero e íntegro” 53. Siguiendo la tradición viva de la Iglesia, afirma que sólo en virtud del cambio sustancial del pan y del vino se puede afirmar que los elementos eucarísticos son el cuerpo y la sangre de Cristo 54. Una vez reali­zada esta conversión sustancial, se puede decir que las especies de pan y de vino adquieren un nuevo significado, porque contienen una nueva realidad. Así lo declaraba Pablo VI con estos términos tan precisos: “Realizada la transustanciación, las especies de pan y vino adquieren, sin duda, un nuevo significado y un nuevo fin, puesto que ya no son el pan ordinario y la ordinaria bebida, sino el signo de una cosa sagrada, signo de un alimento espiritual; pero en tanto adquieren un nuevo significado y un nuevo fin en cuento contienen ‘una realidad’ que con razón denominamos ontológi­ca. Porque bajo dichas especies ya no existe lo que había antes, sino una cosa completamente diversa; y esto no únicamente por el juicio de la Iglesia, sino por la realidad objetiva, puesto que, con­vertida la sustancia o naturaleza del pan y del vino en el cuerpo y la sangre de Cristo, no queda ya nada del pan y del vino, sino las solas especies” 55. Pablo VI recalcaba que esta presencia tiene lugar en la realidad objetiva, más allá de la fe de los creyentes.

La conexión entre la presencia real y la transustanciación aparece muy resaltada en el “Credo del Pueblo de Dios”. Pablo VI después de afirmar la presencia verdadera, real y sustancial del Señor en la Eucaristía 56, sostenía: “En este sacramento, Cris­to no puede hacerse presente de otra manera que por la conver­sión de toda la sustancia de pan en su cuerpo y la conversión de toda la sustancia de vino en su sangre, permaneciendo solamen­ te íntegras las propiedades del pan y del vino que percibimos

53 MF, lc.p.16.

54 Cfr. Ibid. lc. pp.16-17

55 Ibid. lc. p.18.

56 Cfr. Pablo VI, Credo del Pueblo de Dios, lc. n. 24.

 

por nuestros sentidos. La cual conversión misteriosa es llamada por la santa Iglesia, conveniente y propiamente, transustanciación” 57. El Papa deseaba mostrar que el cambio tiene lugar “en la misma naturaleza de las cosas, independientemente del conocimiento del creyente” 58. Posteriormente, el Catecismo de la Iglesia Católica y Juan Pablo II hablaron de la presencia real del Señor en la Euca­ristía en los mismos términos, citando expresamente la doctrina del Concilio de Trento y de Pablo VI 59. En la Eucaristía actua­lizamos el misterio pascual de Cristo. En efecto, como nos dice el Santo Padre, “después de la consagración, la Asamblea de los fieles, consciente de estar ante la presencia real de Cristo crucifi­cado y resucitado, hace esta aclamación: Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ¡ven Señor Jesús!. Con los ojos de la fe la comunidad reconoce a Jesús vivo con los signos de su pasión y, junto con Tomás, llena de maravilla, puede repetir: Señor mío y Dios mío (Jn.20,28)” 60

5) La reserva eucarística y adoración del Santísimo Sacramento

12. Como una consecuencia lógica de la fe en la peculiar presencia real de Cristo en la Eucaristía, la Iglesia ha legitimado la práctica de la reserva eucarística. En efecto, “la presencia eu­carística de Cristo comienza en el momento de la consagración y dura todo el tiempo que subsistan las especies eucarísticas” 61. La Iglesia primitiva solicitaba a los fieles a conservar con suma diligencia la Eucaristía que llevaban a los enfermos. Así nos lo recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica: “El sagrario (taber­ náculo) estaba primeramente destinado a guardar dignamente

 

57 Ibid. n.25.

58 Ibid.

59 Cfr. CEC. nn.1373-1377; EE. n.15; MND. n.16.

60 Benedicto XVI, Mensaje en el Angelus (11-9-2005): en ‘Ecclesia’, 3.282 (5-XI-2005), p.28.

61 CEC.n.1377.

 

la Eucaristía para que pudiera ser llevada a los enfermos y ausentes fuera de la misa” 62. Pablo VI con palabras sencillas pero muy sentidas nos recordaba que “la Eucaristía es conservada en los templos y oratorios como el centro espiritual de la comunidad re­ligiosa y parroquial, más aún, de la Iglesia universal y de toda la humanidad, puesto que bajo el velo de las sagradas especies con­tiene a Cristo, Cabeza visible de la Iglesia, Redentor del mundo, centro de todos los corazones, ‘por quien son todas las cosas y nosotros por Él’ (ICor.8,6)” 63. Esta presencia sacramental es una manifestación elocuente del amor hasta el extremo del Hijo de Dios por nosotros: “Puesto que Cristo iba a dejar a los suyos bajo su forma visible, quiso darnos su presencia sacramental; puesto que iba a ofrecerse en la cruz por nuestra salvación, quiso que tu­viéramos el memorial del amor con que nos había amado ‘hasta el fin’ (Jn.13,1), hasta el don de su vida. En efecto, en su presen­cia eucarística permanece misteriosamente en medio de nosotros como quien nos amó y se entregó por nosotros, y se queda bajo los signos que expresan y comunican este amor” 64.

13. La Iglesia manifiesta su fe en la presencia real del Señor en la Eucaristía no solamente durante la Santa Misa, sino también fuera de su celebración. Cristo en el tabernáculo es para nosotros una llamada continua al encuentro personal con Él. Supone una invitación a reproducir en nosotros sus mismos sentimientos 65. ¿Cómo olvidar a Cristo presente en el sagrario? Si Cristo ha que­rido regalarnos esta presencia tan singular, ¿no será que a través de ella quiere entablar con nosotros un diálogo muy personal? Si somos sinceros hemos de reconocer que debemos mucho al trato íntimo con Cristo presente en el sagrario. Deseo recordar varios testimonios muy esclarecedores al respecto.

62 Ibid. n.1379.

63 MF. lc. p.19

64 CEC. n.1380.

65 Cfr. Flp. 2,5.·

 

Pablo VI nos advertía: “Durante el día, los fieles no omitan el hacer la visita al Santísimo Sacramento, que debe estar reservado en su sitio dignísimo, con el máximo honor en las Iglesias, confor­me a las leyes litúrgicas, puesto que la visita es prueba de gratitud, signo de amor y deber de adoración a Cristo nuestro Señor allí presente” 66. Seguidamente destacaba el carácter dinámico de esta presencia que transforma nuestra existencia cotidiana: “Pues día y noche (Cristo) está en medio de nosotros, habita con nosotros, lleno de gracia y de verdad (cfr.Jn.1,14); ordena las costumbres, alimenta las virtudes, consuela a los afligidos, fortalece a los dé­biles, invita a su imitación a todos los que se acercan a Él, a fin de que con su ejemplo aprendan a ser mansos y humildes de corazón y a buscar no las propias cosas, sino las de Dios” 67. La visita al Santísimo se desarrolla en un clima de diálogo de amor con quien sabemos que nos amó hasta la muerte, y muerte de Cruz. Es una conversación que nos ayuda eficazmente a caminar por la senda de la santidad: “Cualquiera, pues, que se dirige al augusto sacra­mento eucarístico con particular devoción y se esfuerza en amar, a su vez, con prontitud y generosidad a Cristo, que nos ama infini­tamente, experimenta y comprende a fondo, no sin grande gozo y aprovechamiento de espíritu, cuán preciosa sea la vida escondida con Cristo en Dios (cfr.Col.3.3) y cuánto valga entablar conversa­ciones con Cristo; no hay cosa más suave que ésta, nada más eficaz para recorrer el camino de la santidad” 68.

Años más tarde, Pablo VI calificaba la adoración del Santí­simo Sacramento como de verdadera obligación: “Estamos obli­gados, por obligación ciertamente suavísima, a honrar y adorar la hostia santa que nuestros ojos ven, al mismo Verbo encarnado que éstos no pueden ver y que, sin embargo, se ha hecho presente delante de nosotros sin haber dejado los cielos” 69.

66 MF. lc. p.19

67 Ibid.

68 Ibid.

69 Pablo VI, Credo del Pueblo de Dios, lc.n.26

 

14. Juan Pablo II nos apremiaba también al culto de adora­ción que se da a la Eucaristía fuera de la Santa Misa. Lo conside­raba de un valor inestimable en la vida de la Iglesia. La adoración debe mantenerse permanentemente como algo necesario para la vida de las comunidades cristianas: “La Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico. Jesús nos espera en este sacramento del amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y abierta a reparar las graves faltas y delitos del mundo. No cese nunca vuestra ado­ración” 70. Es necesario crecer en el ‘arte de la oración’ que se va descubriendo en el trato personal e íntimo con Cristo presente en el sagrario: “Es hermoso estar con Él y, reclinados sobre su pecho como el discípulo predilecto (cfr.Jn.13,25), palpar el amor infini­to de su corazón. Si el cristianismo ha de distinguirse en nuestro tiempo sobre todo por el ‘arte de la oración’ (cfr.NMI. n.32) ¿cómo no sentir una renovada necesidad de estar largos ratos en conver­sación espiritual, en adoración silenciosa, en actitud de amor, ante Cristo presente en el Santísimo Sacramento?” 71. Él nos hablaba del diálogo espiritual con Jesús Sacramentado desde su propia ex­periencia: ¡Cuántas veces, mis queridos hermanos y hermanas, he hecho esta experiencia y en ella he encontrado fuerza, consuelo y apoyo!” 72. Con motivo de la XX Jornada Mundial de la Juventud, el Santo Padre Benedicto XVI nos hablaba así de la adoración: “La palabra latina adoración es ‘ad-oratio’, contacto boca a boca, beso, abrazo y, por tanto, en resumen, amor. La sumisión se hace unión, porque aquel al cual nos sometemos es Amor... Volvamos de nuevo a la Última Cena” 73. Precisamente el Sínodo de los Obispos sobre la Eucaristía, “reconociendo los múltiples frutos de la adoración eucarística en la vida del pueblo de Dios”, pide que “sea mante­- nida y promovida, según las tradiciones, tanto de la Iglesia latina como de las Iglesias orientales” 74.

 

 

70 Juan Pablo II, Carta a los Obispos sobre el misterio y el culto a la Eucaristía, (1980), n.3.

71 EE. n.25.

72 Ibid.

73 Benedicto XVI, Homilía en Marienfield en la Eucaristía de clausura de la XX Jornada Mundial de la Juventud (21-VIII-2005): en ‘Ecclesia’, 3.272-73 (27-VIII y 3-IX-2005), p.41.·

15. Estos testimonios consideran a la Eucaristía como un te­soro inestimable que nos ofrece la posibilidad de acercarnos al ma­nantial de la gracia. En consecuencia, “Una comunidad cristiana que quiera ser más capaz de contemplar el rostro de Cristo, en el espíritu que he sugerido en las Cartas Apostólicas Novo millennio ineunte y Rosarium Virginis Mariae, ha de desarrollar también este aspecto del culto eucarístico, en el que se prolongan y multipli­can los frutos de la comunión del cuerpo y sangre del Señor” 75.

Conviene fomentar, tanto en la celebración de la Santa Misa como en el culto fuera de ella, la conciencia viva de la presencia real de Cristo, tratando de testimoniarla con el tono de la voz, con los gestos, con el modo de comportarse 76. No hay que olvidar que la adoración eucarística nace del sentimiento profundo de acción de gracias y de reconocimiento porque Cristo, Dios y hombre, está realmente presente entre nosotros. La presencia personal de Cristo en la Eucaristía justifica por sí misma nuestra gratitud y nuestra adoración. Se adora porque se cree firmemente que Cristo está en­tre nosotros de una forma singular en el sagrario. No hay nada que engrandezca, tanto a la persona humana como arrodillarse ante el Santísimo. Este es realmente el misterio de nuestra fe.

6) La Eucaristía, sacramento del único sacrificio de Cristo

16. Entre las denominaciones del misterio eucarístico se nombra el de ‘Santo Sacrificio’ porque actualiza el único sacrificio de Cristo Salvador e incluye la ofrenda de la Iglesia; o también Santo Sacrificio de la Misa, ‘sacrificio de alabanza’ (Hch.13,15), sacrifico espiritual, sacrifico puro y santo, puesto que completa y

74 Proposiciones del Sínodo de los Obispos sobre la Eucaristía, n.6: en ‘Ecclesia’, 3.282 (5-XI-2005), p.33.

75 Ibid.

76 Cfr. MND. n.18.L

 

supera todos los sacrificios de la Antigua Alianza” 77. El Catecismo de la Iglesia Católica recoge los diversos calificativos que la Sagra­da Escritura da al Sacrificio de la Misa.

a) En la Eucaristía se actualiza el mismo sacrificio de Cristo

17. La Eucaristía es verdadero sacrificio por ser memorial de la Pascua de Cristo. El carácter sacrificial de la Eucaristía nos lo recuerdan las mismas palabras de la institución: “Esto es mi Cuerpo que será entregado por vosotros” y “Esta copa es la nueva Alianza en mi sangre, que será derramada por vosotros (Lc.22, 19-20)”. Así pues, “en la Eucaristía, Cristo da el mismo cuerpo que por nosotros entregó en la cruz y la sangre misma que ‘derramó por muchos... para la remisión de los pecados’ (Mt.26,28)” 78.

En la Santa Misa se hace presente el sacrificio de la cruz, por­que es su memorial y gracias a él los hombres pueden acoger su fruto 79. El Catecismo de la Iglesia Católica, para explicitar esta verdad eucarística, nos remite a un texto básico del Concilio de Trento donde se describe con cierto detalle el carácter sacrificial de la Eucaristía: “Cristo, nuestro Dios y Señor (…) se ofreció a Dios Padre (…) una vez por todas, muriendo como intercesor so­bre el altar de la cruz, a fin de realizar para ellos (los hombres) una redención eterna. Sin embargo, como su muerte no podía poner fin a su sacerdocio (Heb.7,24.27), en la última Cena, ‘la noche en que fue entregado’ (ICor.11,23), quiso dejar a la Iglesia, su esposa amada, un sacrificio visible (como lo reclama la naturaleza huma­na) (…) donde sería representado el sacrificio sangriento que iba a realizarse una única vez en la cruz, cuya memoria se perpetuaría hasta el fin de los siglos y cuya virtud saludable se aplicaría a la re­dención de los pecados que cometemos cada día” 80. De esta forma, mediante la Eucaristía llega

77 CEC. n. 1330.

78 Ibid. n. 1365.

79 Cfr. n. 1366.

80 Concilio de Trento, Doctrina del Santo Sacrificio de la Misa, c.2: (DS. 1740).·

 

a los hombres de hoy la gracia de la reconciliación obtenida por Cristo de una vez para siempre 81. Así el sacrificio de Cristo y el de la Eucaristía son un único sacrificio, porque “Es una y la misma víctima, que se ofrece ahora por el mi­nisterio de los sacerdotes que se ofreció a sí misma entonces en la cruz. Sólo difiere la manera de ofrecer” 82.

b) La Eucaristía, sacrificio de la Iglesia

18. La Eucaristía es también sacrificio de la Iglesia, porque sus miembros se ofrecen a sí mismos junto con la Víctima divina 83. En la Eucaristía el sacrificio de Cristo y lo ofrecemos en Él y con Él, lo presentamos ante el Padre y participamos en su misma ac­titud de sacrificio pascual y de auto-ofrenda. El sacrificio pascual se prolonga en la historia en el Cuerpo de Cristo. Es el sacrificio también de la comunidad unida a Cristo. Con ello la Iglesia no pretende hacer una obra suya, meritoria. No se intenta hacer un nuevo sacrificio al lado del de Cristo. Al contrario, la Iglesia es y vive por el Espíritu del sacrificio de Cristo, acogiéndolo en la fe, desarrollando toda su virtualidad, asociándose activamente a él. La Iglesia es consciente de que sólo lo puede hacer “en memoria de él” y lo que ella hace tiene eficacia sólo “por él, con él y en él”. Los creyentes aceptan profundamente el acontecimiento de la Cruz de Cristo y se dejan penetrar por su fuerza salvadora. La Iglesia es, vive y celebra el memorial del sacrificio pascual con su Señor y Esposo. Esto acontece sacramentalmente en el gesto eucarístico, pero también se realiza en su vida entera. Al sacri­ficio ritual le corresponde el sacrificio vivencial, espiritual, de la ofrenda de toda la vida84. En este sentido se trata de vivir a fondo

81 Cfr. EE. n.12.

82 Concilio de Trento, Doctrina del Santo Sacrificio de la Misa, c.2: (DS. 1743).

83 Cfr. LG.n.11; PO.n. 5; CEC. n. 1368.

84 Cfr. Arostegui, M., Lugar que ocupa la oración en el culto según San Ireneo de Lyon, en: Teología y Catequesis 95 (2005) 175-197.

 

encias eucarísticas del sacerdocio común de todos los bau­tizados. La vida de Cristo fue una entrega ofrecida al Padre por todos los hombres. Toda su vida fue una verdadera “diakonía” que culmina con su pasión y muerte en la Cruz.

Toda la Iglesia se une a la ofrenda y a la intercesión de Cris­to. La Iglesia que peregrina en este mundo, pastores y fieles, par­ticipa en la celebración del sacrificio eucarístico de Cristo: “En­cargado del ministerio de Pedro en la Iglesia, el Papa es asociado a toda celebración de la Eucaristía en la que es nombrado como signo y servidor de la unidad de la Iglesia universal. El Obispo del lugar es siempre responsable de la Eucaristía, incluso cuando es presidida por un presbítero; el nombre del Obispo se pronuncia en ella para significar su presidencia de la Iglesia particular en medio del presbiterio y con la asistencia de los diáconos. La co­munidad intercede también por todos los ministros que, por ella y con ella, ofrecen el Sacrificio Eucarístico” 85. La Iglesia celebra el santo Sacrificio de la Misa como comunidad jerárquica. Cada miembro participa activamente desde su misión concreta en la comunidad cristiana.

19. Los miembros que gozan de la gloria del cielo se unen también a la ofrenda de Cristo. En la celebración eucarística es­tamos en comunión “con la santísima Virgen María y haciendo memoria de ella, así como de todos los santos y santas. En la Euca­ristía, la Iglesia, con María, está como al pie de la cruz, unida a la ofrenda y a la intercesión de Cristo” 86. Juan Pablo II nos invitaba a todos a entrar en la escuela de María, Mujer ‘eucarística” 87. Tam­bién se ofrece el sacrifico eucarístico “por los fieles difuntos que han muerto en Cristo y todavía no están plenamente purificados, para que puedan entrar en la luz y la paz de Cristo” 88. Considero muy oportuno recordar aquella recomendación tan llena de fe de santa Mónica dirigida a san Agustín y a su hermano poco antes de

85 CEC. n. 1369.

86 Ibid. n.1370.

87 Cfr. EE. nn. 53-58.

88 CEC. n.1371.·

 

fallecer: “Enterrad este cuerpo dondequiera, y no tengáis más cuidado de él; lo que únicamente pido y os encomiendo muy de ve­ras es que os acordéis de mí en el altar del Señor, dondequiera que os halléis” 89. Es muy consoladora la verdad de la comunión de los santos que no se rompe ni siquiera con la muerte: “La unión de los viadores con los hermanos que se durmieron en la paz de Cristo, de ninguna manera se interrumpe, antes bien, según la constante fe de la Iglesia, se robustece con la comunicación de bienes espiri­tuales” 90. En la Eucaristía actualizamos sacramentalmente la co­munión entre todos los miembros del Cuerpo de Cristo.

En la celebración litúrgica alcanza su verdadera expresión el carácter sacrificial de la Eucaristía sobre todo en las anáforas. En ellas se une la anamnesis con la acción de gracias como sacrificio vivo y santo, a la vez que se afirma que la ofrenda de la Iglesia está unida a la víctima inmolada que nos reconcilia, y transforma nuestra vida en ofrenda permanente: “Así pues, Padre, al celebrar ahora el memorial de la pasión salvadora de tu Hijo (…), te ofre­cemos, en esta acción de gracias, el sacrificio vivo y santo. Dirige tu mirada sobre la ofrenda de tu Iglesia, y reconoce en ella la Víc­tima por cuya inmolación quisiste devolvernos tu amistad (…). Que Él nos transforme en ofrenda permanente” 91. En la santa Misa se ofrece el único sacrificio agradable por el que Cristo nos ha redimido, pero un sacrificio que el mismo Dios “ha preparado a su Iglesia”, para una salvación actual que se extiende a todos los hombres y también a los difuntos 92. En las diversas anáforas se destacan la dimensiones cristológica (“Dirige tu mirada, Pa­dre santo, sobre esta ofrenda: es Jesucristo que se ofrece con su cuerpo y con sus sangre y, por este sacrificio nos abre el camino hacia ti”) 93 pneumatológica sin la cual no hay Eucaristía (“san­tifica estos dones con la efusión de tu Espíritu”)94 y eclesiológica del sacrificio eucarístico (“Acéptanos también a nosotros, Padre santo, juntamente con la ofrenda de tu Hijo” )95.

 

89 S.Agustín, Confesiones, 9, 11,27: (PL. 32,773).

90 LG.n.49.

91 Plegaria Eucarística (PE), III.

92 PE. IV.

7) La Eucaristía es un verdadero banquete

 

20. El misterio de la Eucaristía es, a la vez e inseparablemente sacrificio y “banquete sagrado de la comunión en el Cuerpo y en la Sangre del Señor” 96. Más todavía, “la celebración del sacrificio eucarístico está totalmente orientada hacia la unión íntima de los fieles con Cristo por medio de la comunión. Comulgar es recibir a Cristo mismo que se entregó por nosotros” 97.

En la última Cena Jesús tomó el pan dio gracias, lo partió y lo dio a comer a sus discípulos; y tomó el vino dio gracias después de comer, y lo dio a beber a sus discípulos. Jesús se man­tiene en le marco de la cena pascual judía. Lo que cambia es el contenido y el sentido del rito, expresándolo por las palabras que acompañan: “Esto es mi cuerpo... ésta es mi sangre”. Jesús renueva el contenido y sentido, que en adelante ya no remitirán a la antigua Pascua, sino a la nueva. Así nos lo enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: “Al celebrar la última Cena con sus após­toles en el transcurso del banquete pascual, Jesús dio su sentido definitivo a la Pascua judía. En efecto, el paso de Jesús a su Padre por su muerte y su resurrección, la Pascua nueva, es anticipada en la Cena y celebrada en la Eucaristía que da cumplimiento a la Pascua judía y anticipa la Pascua final de la Iglesia en la gloria del Reino” 98.

 

93 PE. V/a.

94 PE, II.

95 PE para la Reconciliación II.

96 CEC. n.1382.

97 Ibid.

98 Ibid. n. 1340·

 

a) La invitación apremiante de Cristo y de la Iglesia a parti­cipar adecuadamente en este banquete

21. El mismo Señor nos invita con fuerza a recibirle en la Eucaristía: “En verdad, en verdad os digo: si no coméis la car­ne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros” 99. Él es el pan de vida que ha bajado del cielo para que tengamos vida y la tengamos en abundancia. Para acoger a esta apremiante invitación del Señor es necesario prepararnos adecuadamente. El mismo Apóstol llamaba la atención sobre este deber: “Examínese, pues, cada cual, y coma así el pan y beba de la copa” 100.

Con la fuerza de su elocuencia y con toda claridad, S. Juan Crisóstomo exhortaba con estos términos a sus fieles: “También yo alzo la voz, suplico, ruego y exhorto encarecidamente a no sen­tarse a esta sagrada Mesa con una conciencia manchada y corrom­pida. Hacer esto, en efecto, nunca jamás podrá llamarse comunión, por más que toquemos mil veces el cuerpo del Señor, sino condena, tormento y mayor castigo” 101. En este mismo sentido el Catecismo de la Iglesia Católica establece: “Quien tiene conciencia de estar en pecado grave debe recibir el sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a comulgar” 102.

Juan Pablo II se hacía eco de todas estas advertencias y reiteraba la vigencia de la norma del Concilio de Trento que sostiene que para recibir dignamente la Eucaristía, “debe preceder la confesión de los pecados, cuando uno es consciente de pecado mortal” 103. Desde esta perspectiva se comprende la estrecha vinculación existente entre el sacramento de la Eucaristía y la Penitencia. Así pues, “La Eucaris­tía, al hacer presente el Sacrificio redentor de la Cruz, perpetuándo­

99 Jn.6,53.

100 ICor. 11,28.

101 S. Juan Crisóstomo, In Isaiam, 6,3: (PG. 54,480).

102 CEC. n. 1385.

103 EE. n.36.

lo sacramentalmente, significa que de ella se deriva una exigencia continua de conversión, de respuesta personal a la exhortación que san Pablo dirigía a los cristianos de Corinto: ‘En nombre de Cristo os suplicamos: ¡Reconciliaos con Dios!’ (IICor.5,20)” 104. Al tratarse de una valoración de conciencia, el juicio sobre el estado de gracia corresponde al propio interesado. En casos de un comportamiento externo grave, la Iglesia en su cuidado pastoral no debe, por el buen orden comunitario y por respeto al Sacramento, mostrarse indife­rente. A esta situación de manifiesta indisposición moral alude la norma del Código de Derecho Canónico que no permite la admi­sión a la comunión eucarística a las persona que “obstinadamente persistan en un manifiesto pecado grave” 105.

b) Los frutos del banquete eucarístico

22. Los frutos de la Eucaristía son decisivos para la vida de los creyentes. Ante todo la comunión nos une muy estrechamente a Cristo. El mismo Cristo lo había anunciado: “Quien come mi Carne y bebe mi Sangre permanece en mí y yo en él” 106. La comu­nión sacramental fundamenta nuestra vida en Cristo: “Lo mismo que me ha enviado el Padre, que vive, y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí” 107. La Eucaristía une a los fieles con Cristo en la mayor unión de intimidad y de amor. El pan eucarístico incorpora a los hombres a Cristo y hace así de ellos un único cuerpo espiritual. S. Agustín describe esta unión íntima de forma magistral con estas palabras: “Yo soy el pan de los fuertes, ¡cómeme! Pero no serás tú el que me transformes a mí, sino que seré yo quien te transformaré a ti en mí” 108. En las comidas habi­tuales el hombre es el más fuerte y asimila los alimentos. Pero en nuestra relación con Cristo sucede a la inversa: el más fuerte es Él, Él es

 

104 EE. n. 37.

105 CIC. c. 915.

106 Jn. 6,56.

107 Jn. 6,57.

108 S. Agustín, Confesiones, 7,10,16: (PL. 32,742).·

 

el protagonista. Al comulgar somos despojados de nosotros mismos y asimilados a Él. Somos hechos uno con Él.

Al llegar a la aldea de Emaús, adonde iban, el Caminante hizo ademán de seguir adelante. Los dos discípulos le rogaron que se quedase con ellos. El Caminante accedió “y entró para quedar­se con ellos” 109. En el sacramento de la Eucaristía, el Resucitado encontró el modo de quedarse no sólo “con” ellos, sino también “en” ellos. La alegoría de la vid y los sarmientos evoca esta íntima unión entre Cristo y los cristianos 110. En dicha alegoría se repite varias veces el verbo “permanecer”. Juan Pablo II, aplicando estas palabras a la Eucaristía, comentaba así esta permanencia: “Esta relación de íntima y recíproca ‘permanencia’ nos permite en cierto modo el cielo en la tierra. ¿No es quizás éste el mayor anhelo del hombre? ¿no es esto lo que Dios se ha propuesto realizando en la historia su designio de salvación? El ha puesto en el corazón del hombre el ‘hambre’ de su Palabra (cfr.Am.8,11), un hambre que sólo se satisfará en la plena unión con Él. Se nos da la comunión eucarística para ‘saciarnos’ de Dios en esta tierra, a la espera de la plena satisfacción en el cielo” 111.

23. La comunión nos separa del pecado. El pan de vida que recibimos en la Eucaristía es el Cuerpo entregado por nosotros y la Sangre derramada por muchos para remisión de los pecados. La Eucaristía nos une a Cristo, purificándonos de los pecados come­tidos y preservándonos de futuros pecados 112. En la vida normal el alimento corporal sirve para restaurar la pérdida de fuerzas. De modo análogo, la Eucaristía robustece la caridad que, en el trato cotidiano, puede debilitarse. La caridad vivificada por la co­munión “borra los pecados veniales” 113. Cristo, nuestro alimento,

 

109 Lc.24, 28-29.

110 Cfr. Jn.15,1-17.

111 MND. n. 19.

112 Cfr. CEC. n. 1393.

113 Concilio de Trento, Decreto sobre la Eucaristía, c.2: (DS.1638).

 

reaviva en nosotros el verdadero amor, nos capacita para romper los lazos desordenados que nos atan a las criaturas y nos arraiga más en su amor. En efecto, “cuanto más participamos en la vida de Cristo y más progresamos en su amistad, tanto más difícil se nos hará romper con Él por el pecado mortal 114.

24. La unión con Cristo conlleva la unidad del Cuerpo mís­tico. Los dos discípulos de Emaús, cuando descubren y recono­cen el rostro del Resucitado al partir el pan, “en aquel mismo instante se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los once y a todos los demás” 115. El en­cuentro con el Resucitado impide la dispersión y los vuelve al lu­gar de la unidad. En la misma alegoría de la vid y los sarmientos, el Señor nos presenta el mandamiento nuevo: “Mi mandamiento es éste: Amaos los unos a los otros como yo os he amado. No existe mayor amor que dar la vida por los amigos” 116. No es posible es­tar unidos a la Vid verdadera, sino estamos en comunión con los demás miembros del Cuerpo de Cristo. Mediante el sacramen­to de la Eucaristía se va edificando la Iglesia como misterio de comunión. No me detengo en el análisis de este fruto concreto de la Eucaristía; lo haré en el capítulo siguiente, al tratar de la relación entre Eucaristía e Iglesia.

25. En la Carta de convocación del año de la Eucaristía Juan Pablo II mencionaba con fuerza el carácter de compromiso con los más pobres que brota de la celebración de este sacramento. La viva tradición de la Iglesia recuerda desde siempre esta dimensión del misterio de la Eucaristía. De modo muy claro y preciso nos lo hace saber el Catecismo de la Iglesia Católica: “La Eucaristía entraña un compromiso a favor de los pobres: para recibir en la verdad el Cuerpo y la Sangre de Cristo entregados por nosotros debemos reconocer a Cristo en los más pobres, sus hermanos (cfr. CEC. n. 1395.Mt.25,40)” 117.

115 Lc. 24,33.

116 Jn. 15,12-13.· 35 L A EUCARISTÍA, FUENTE DE VIDA ECLESIAL

 

Como dice Juan Pablo II, “se trata de su impulso para un compromiso activo en la edificación de una sociedad más equitativa y fraterna” 118. En el último capítulo de esta Carta abor­daré esta temática, al hablar de la espiritualidad de comunión.

26. La Eucaristía es prenda de la gloria futura. “Si la Eucaris­tía es el memorial de la Pascua del Señor y si por nuestra comunión en el altar somos colmados ‘de gracia y bendición’, la Eucaristía es también la anticipación de la gloria celestial” 119. En nuestra eco­nomía sacramental tenemos un medio de salvación proporcionado a nuestra esperanza de resurrección. El mismo Señor nos garan­tizó que la Eucaristía es fuente auténtica de resurrección: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día” 120. En este sentido la Eucaristía es “medicina de inmortalidad, alimento contra la muerte, alimento de eterna vida en Jesucristo” 121. En un mundo de múltiples contradicciones como el nuestro debe brillar con intensidad la esperanza cristia­na 122. Ahora bien, Cristo fundamenta nuestra esperanza con su resurrección y con su promesa de su venida gloriosa a la tierra 123. Sin embargo, no puede haber mejor garantía de la segunda venida de Cristo que su venida continua en la Eucaristía 124. Este sacra­mento anima desde dentro la esperanza que colma las aspiraciones del corazón del hombre. Al hacerse presente por el Espíritu Santo el cuerpo y la sangre de Cristo, anticipan ya la transformación gloriosa que esperamos: “El Señor dejó a los suyos prenda de tal esperanza y alimento para el camino en aquel sacramento de la fe

117 CEC. n. 1397.

118 MND. n.28.

119 CEC.n. 1402.

120 Jn. 6,55.

121 S.Ignacio de Antioquía, Ad Eph”, 20,2: (PG. 5,611); cfr. también, S.Ireneo, Adv.haer., 5,2,2-3: (PG. 7,1124).

122 Cfr. EE.n.20. Cfr. Conferencia Episcopal Española, Una Iglesia esperanzada: “¡Mar adentro! (Lc 5, 4)”, (2002).

123 Cfr. Juan Pablo II, Exhortación apostólica, Ecclesia in Europa (EinE.) (2003). En este documento se indica una y otra vez que la resurrección de Cristo es el único fundamento de la esperanza humana.

 

124 Cfr. CEC. n. 1405.

 

en el que los elementos de la naturaleza, cultivados por el hombre, se convierten en el cuerpo y la sangre gloriosos con la cena de la comunión fraterna y la degustación del banquete celestial” 125. Ce­lebramos la Eucaristía, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo.

27. Como se puede deducir de todo lo dicho, el misterio eu­carístico encierra en sí mismo una pluralidad de aspectos que en esta ocasión os he querido señalar brevemente. Recojo un texto de la Instrucción “Eucharisticum mysterium” que nos ofrece una admirable síntesis de los aspectos centrales de la Eucaristía: “Por eso la Misa o Cena del Señor es a la vez e inseparablemente: sacri­ficio en el que se perpetúa el sacrificio de la cruz; memorial de la muerte y resurrección del Señor, que dijo: ‘Haced esto en memoria mía’ (Lc.22,19); banquete sagrado, en el que, por la comunión del cuerpo y de la sangre del Señor, el pueblo de Dios participa en los bienes del sacrificio pascual, renueva la nueva alianza entre Dios y los hombres sellada de una vez para siempre con la sangre de Cristo, y prefigura y anticipa en la fe y en la esperanza el banquete escatológico en el reino del Padre, anunciando la muerte del Señor hasta que venga” 126.

125 GS. n.38. Cfr. San Ireneo Adv.haer., V, 2-3 (PG, 7. 1125-1128).

126 Pablo VI, Instrucción, Eucharisticum mysterium, (EM) (1967), n.3.·

 

La Eucaristía y la Iglesia

 

28. Existe un vínculo estrechísimo entre el misterio de la Eu­caristía y la Iglesia. Como nos recordaba Juan Pablo II: “si la Eu­caristía edifica la Iglesia y la Iglesia hace la Eucaristía, se deduce que hay una relación sumamente estrecha entre una y otra. Tan verdad es esto, que nos permite aplicar al Misterio eucarístico lo que decimos de la Iglesia cuando, en el Símbolo niceno-constan­tinopolitano, la confesamos una, santa, católica y Apostólica” 127. San Agustín formuló en toda su profundidad en el fragor del cis­ma donatista la íntima relación entre Eucaristía e Iglesia. Llama a la Eucaristía “signo de unidad” y “vínculo de caridad” 128. Am­bas afirmaciones aparecen permanentemente en la memoria de la Iglesia. Nuestro Salvador en la última Cena instituye la Eucaristía que es a la vez sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad y banquete pascual 129. Dentro de esta amplia temática me fijaré inicialmente en algunos aspectos.

1) Antecedentes de la Asamblea eucarística en la historia de la salvación

29. La vida y la historia de una comunidad en marcha se con­vierte, tanto en el pueblo de Israel como en el cristianismo, en símbolo primordial de la presencia de la divinidad como manifes­tación del misterio. En efecto, “fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo, que le confesara en verdad y le sirviera santamente” 130.

 

127 EE. n.26

128 S.Agustín, In Ioan., 26,6,13: (PL. 35,1608).

129 Cfr. SC.n. 47.

130 LG.n.9.

 

· a) La realidad de la Asamblea en el Antiguo Testamento

El Antiguo Testamento nos remite a las Asambleas que tu­vieron lugar en las diversas etapas de la historia de la salvación. El mismo pueblo de Israel se entiende como una verdadera Asamblea, como pueblo convocado y congregado por Dios. Este pueblo li­berado de la esclavitud de Egipto, celebra la Alianza en el Sinaí 131. El acontecimiento de la Pascua y de la consiguiente Alianza hace de Israel el pueblo de Dios, la congregación de los elegidos, una Asamblea adornada con estas connotaciones: Convocada por ini­ciativa de Dios, a través de Moisés 132. Presencia de Dios en medio del pueblo reunido, expresada por la teofanía. Dios se comunica con el pueblo en Asamblea y le expresa su voluntad en las tablas de la Ley 133. Respuesta de la Asamblea, como aceptación del compro­miso y profesión de fe: “Nosotros haremos todo cuanto ha dicho Yahvé” 134. Rito sacrificial de la alianza 135.

Las reuniones cultuales posteriores serán conmemoración del acontecimiento pascual. La Asamblea anual de la Pascua es una reunión familiar y religiosa cuyos ritos, puestos en relación con la liberación de la esclavitud de Egipto, son como el memorial, la expresión de la salvación concedida por Yahvé a su pueblo 136. En esta celebración, además del rito, es importante el diálogo, recor­dando las maravillas del Dios liberador. En los libros del Antiguo Testamento se describe la relación de Dios con el pueblo escogido con categorías que, de alguna forma, expresan la comunión. Se utilizan términos como palabra, alianza, fidelidad, misericordia, justicia, amor. Para concretar tal relación, Dios “eligió al pueblo de Israel como pueblo suyo, pactó con él una alianza y le instruyó gradualmente, revelándose a Sí mismo y los designios de su vo­ luntad a través de la historia de este pueblo, y santificándolo para Sí”

 

131 Cfr. Ex.19,24.

132 Cfr.Ex. 19,7.

133 Cfr.Ex. 19,17-18; Dt. 9,10; Ex.20,1-ss.

134 Ex. 19,8; 24,3.7; cfr. Dt. 27, 15-26.

135 Cfr. Ex. 24,8.

136 Cfr. Ex.13, 14-16

 

137. La Asamblea pascual constituye al pueblo de Israel como tal pueblo.

En la historia de la salvación esta Asamblea no será defi­nitiva 138. Los profetas de modo progresivo anuncian una futura Asamblea, una reunión escatológica que será más perfecta y que reunirá en sí todos los pueblos. Del resto fiel de Israel Dios convo­cará un nuevo pueblo y establecerá con él una nueva Alianza: “Así dice el Señor Yahvé: He aquí que voy a recoger a los hijos de Israel de entre las naciones a las que marcharon. Voy a congregarlos de todas partes para conducirlos a su suelo (…) Concluiré con ellos una alianza eterna. Los estableceré, los multiplicaré y pondré mi santuario en medio de ellos para siempre. Mi morada estará junto a ellos, seré su Dios y ellos serán mi pueblo” 139. Las palabras del profeta nos indican ya los rasgos esenciales de esta Asamblea defi­nitiva: Dios convoca a esta nueva Asamblea al pueblo disperso de Israel y a todos los pueblos. Será la Asamblea definitiva. Con este pueblo se realizará un nuevo pacto o Alianza. En ella se ofrecerá un culto espiritual. Dios estará presente y habitará en su nuevo pueblo para siempre.

b) La Asamblea en el Nuevo Testamento

30. Toda la actuación de Dios en la antigua Alianza “sucedió como preparación y figura de la Alianza nueva y perfecta que ha­bía de pactarse en Cristo y de la revelación completa que había de hacerse por el Verbo de Dios hecho carne” 140. El Nuevo Testamen­to nos presenta a Jesús como el que ha venido a dar cumplimiento a las promesas. Su misión es reunir a todos los hombres en el reino del Padre. En la vida pública comienza reuniendo a sus discípulos, a los “Doce”, a la gente que escucha

 

137 LG. n. 9.

138 Cfr. Jr.23,3; 29,14.

139 Ez. 37,21.23-24.26-27.

140 LG. n. 9.

 

sus palabras y contempla sus signos y milagros. En su predicación anuncia el Reino. Más toda­vía, Él es en persona el Reino.

El signo definitivo de que Cristo es el convocador y funda­mento de la nueva Asamblea será su misterio pascual. Cristo es el Salvador que ha constituido un nuevo Pueblo, lo adquirió con su sangre 141. Concretamente, la última Cena es la Asamblea culmi­nante de Cristo con los discípulos y la Asamblea cultual referente de la comunidad cristiana. Juan Pablo II describía la analogía en­tre la alianza del Sinaí y la nueva Alianza sellada con la sangre de Cristo con estas palabras: “Análogamente a la alianza del Sinaí, sellada con el sacrificio y la aspersión con la sangre, los gestos y las palabras de Jesús en la Última Cena fundaron la nueva comuni­dad mesiánica, el pueblo de la nueva Alianza” 142.

San Pablo resalta especialmente la relación que existe entre el cuerpo eclesial y el cuerpo eucarístico de Cristo. Ante las divi­siones y discriminaciones incipientes, el Apóstol corrige la actua­ción de la comunidad no sólo porque no se atiende al bien de toda la comunidad y a las exigencias de la verdadera fraternidad, sino también porque una actitud insolidaria con los más pobres está en evidente contradicción con la participación eucarística del cuerpo y la sangre de Cristo 143. Existe, por tanto, una estrecha relación entre la Cena del Señor, que el Apóstol transmite siendo fiel a la tradición recibida, y la comunidad de hermanos que se reúne en Asamblea eucarística para celebrar y conmemorar esta Cena y la participación en la misma Eucaristía expresando la unidad en la fe en el mismo Señor.

La primitiva comunidad cristiana tiene conciencia de ser el nuevo Pueblo de Dios. Si la venida del Espíritu en el Jordán inau­gura la vida pública de Cristo, el acontecimiento de Pentecostés representa el inicio de

 

141 Cfr. IPe.1,9-10.

142 EE. n.21.

143 Cfr. ICor. 10,16-17; 11, 23-29.·

 

la vida pública de la Iglesia. La comunidad que brota de Pentecostés se caracteriza por ser: Asamblea univer­sal donde tienen cabida todos los pueblos y razas sin distinción. Asamblea escatológica, ya que en ella se cumplen las promesas 144. Asamblea que vive intensa y conscientemente la presencia del Es­píritu que es enviado sobre ella de modo extraordinario. Asamblea que acoge en su seno y proclama a todas las gentes el Evangelio. Asamblea que celebra los signos de salvación. Esta Asamblea ten­drá como día propio para la reunión el domingo, el día del Señor. Ninguna Asamblea será signo tan real y eficaz de la presencia del Señor y de la realización de la misma Iglesia como la Asamblea del domingo, cuando se reúne para celebrar la Eucaristía.

2) Eucaristía e Iglesia, una relación constitutiva

31. La Asamblea eucarística y la Iglesia forman, desde los co­mienzos mismos, una unidad. Así pues, “la Iglesia es comunidad eucarística” 145. No hubo un tiempo inicial de la Iglesia en el que todavía no existiera la Eucaristía. Desde sus orígenes la Iglesia se entendió a sí misma como Asamblea eucarística. Juan Pablo II señalaba que “hay un influjo causal de la Eucaristía en los oríge­nes mismos de la Iglesia. Los evangelistas precisan que fueron los Doce, los Apóstoles, quienes se reunieron con Jesús en la Última Cena (cfr. Mt.26,20; Mc.14,17; Lc.22,14). Es un detalle de notable importancia, porque los Apóstoles ‘fueron la semilla del nuevo Is­rael, a la vez que el origen de la jerarquía sagrada’... Los Apóstoles, aceptando la invitación de Jesús en el Cenáculo: ‘Tomad, comed... Bebed de ella todos...’ (Mt.26,26.27), entraron por vez primera en comunión sacramental con Él. Desde aquel momento, y hasta el final de los siglos, la Iglesia se edifica a través de la comunión sa­cramental con el Hijo de Dios inmolado por nosotros: ‘Haced esto

144 Cfr. Hech. 2,16-21; Jn.14-17.

145 Ratzinger, J., Lc. p.128.

 

en recuerdo mío... Cuantas veces la bebiereis, hacedlo en recuerdo mío” (ICor.11,24-25; cfr. Lc.22,19)” 146.

Por el bautismo somos incorporados al Cuerpo único de Cris­to 147. El Apóstol afirma algo parecido sobre la participación en el único cáliz eucarístico y en el único pan eucarístico 148. De esta forma, “la incorporación a Cristo, que tiene lugar por el Bautismo, se renueva y se consolida continuamente con la participación en el Sacrificio eucarístico, sobre todo cuando ésta es plena mediante la comunión sacramental. Podemos decir que no solamente cada uno de nosotros recibe a Cristo, sino que también Cristo nos recibe a cada uno de nosotros…” 149. La Iglesia está allí donde quiera que los cristianos se acercan para celebrar la Cena del Señor en torno a la mesa del Señor. Comunidad eucarística y comunidad eclesial forman una unidad y no pueden ser separadas.

La Iglesia celebra y vive los misterios de nuestra fe. En una obra clásica del P. Henri de Lubac, cuyas aportaciones han ayuda­do a profundizar en la relación vital entre Eucaristía e Iglesia, se puede leer: “Es la Iglesia la que hace la Eucaristía; pero es también la Eucaristía la que hace la Iglesia. En el primer caso, es la Iglesia en cuanto la hemos considerado en su sentido activo, en el ejercicio de su poder de santificación; en el segundo, se trata de la Iglesia en su sentido pasivo, de la Iglesia de los santificados. Y en virtud de esta misteriosa interacción, es el Cuerpo único, en fin de cuentas, el que se construye, en las condiciones de la vida presente, hasta el día de su definitiva perfección” 150. Más adelante, el P. Henri de Lubac afirma de modo sintético: “Es en la Eucaristía donde la esencia misteriosa de la Iglesia encuentra su expresión más plena y, correlativamente, es en la Iglesia, en su unidad católica, don­de florece en frutos efectivos la misma Eucaristía” 151. La relación

146 EE. n. 21.

147 Cfr. Rom. 6,3-5; ICor.12,12-ss; Gál. 3,27-ss.

148 Cfr. ICor. 10,16-ss.

149 EE. n.22.

150 de Lubac, H., Meditación sobre la Iglesia, (Madrid, 1980) p.112.

151 Ibid. 132.·

 

entre Eucaristía e Iglesia es tan profunda y tan íntima que ni la Eucaristía podría existir sin la Iglesia, ni puede haber Iglesia sin Eucaristía. Cristo es, en la Eucaristía, el corazón de la Iglesia. Es decir, Eucaristía e Iglesia conforman el único Cuerpo de Cristo.

2.1. La Iglesia hace la Eucaristía

 

32. Jesucristo es el único sumo Sacerdote de la nueva Alian­za. Él es el gran celebrante de la Eucaristía. A través del Espíritu Santo se hace presente de múltiples maneras en la celebración de la Eucaristía: en su Palabra y bajo las especies del pan y del vino, en la persona del sacerdote y en la propia comunidad que celebra 152. La Eucaristía tiene, por tanto, su origen en Cristo y es un don de Dios. Sin embargo, desde un punto visible y externo, la Eucaristía es el sacramento central de la Iglesia, en el que se manifiesta de modo especial la verdadera naturaleza, la estructura ministerial y la acción sacerdotal de todo el pueblo de Dios. Es la Iglesia entera la que está de algún modo presente, como pueblo sacerdotal, ejer­ciendo su universal sacerdocio. Así se reconoce en el Misal de Pa­blo VI, cuando se dice: “La celebración de la Misa, como acción de Cristo y del pueblo de Dios jerárquicamente ordenado, es el centro de toda la vida cristiana para la Iglesia, tanto universal como local y para cada uno de los fieles” 153.

a) Toda la Iglesia, como Pueblo sacerdotal, participa en la celebración de la Eucaristía

33. El Concilio Vaticano II recordó de nuevo la doctrina del sacerdocio común 154, invitando a todos los fieles presentes en la celebración de la Eucaristía a participar en ella de forma conscien­ te, piadosa y activa 155.

 

152 Cfr. SC.n. 7.

153 Ordenación General del Misal Romano (OGMR), cap.I, n.1.

154 Cfr. LG.nn.10-12.

 

Promover y facilitar esta participación de todos en la celebración eucarística es uno de mis grandes deseos como Obispo de la querida diócesis de Ourense. Participación activa no puede ser entendida de un modo meramente exterior y activista. Al hablar del ejercicio del sacerdocio común en los sacramentos, el Concilio describe la participación en la Eucaristía con estos términos: “Participando (los fieles) del sacrificio euca­rístico, fuente y cumbre de toda la vida cristiana, ofrecen a Dios la Víctima divina y se ofrecen a sí mismos juntamente con ella. Y así, sea por la oblación o sea por la sagrada comunión, todos tienen en la celebración litúrgica una parte propia, no confusamente, sino cada uno de modo distinto. Más aún, confortados con el Cuerpo de Cristo en la sagrada liturgia eucarística, muestran de un modo concreto la unidad del pueblo de Dios, significada con propiedad y maravillosamente realizada por este augustísimo sacramento” 156.

La participación en la santa Misa conlleva interrumpir la ac­tividad y la rutina cotidianas para alabar la bondad de Dios, de la que vivimos y de la que tenemos experiencia día tras día y para darle gracias a Dios por habernos dado a Jesucristo como Camino, Verdad y Vida 157. En la celebración eucarística tenemos también la oportunidad de descubrir lo que es esencial para nuestra vida, so­bre aquello que nos sustenta y sostiene. En la Eucaristía tomamos conciencia de la fuente de la que nos alimentamos y del fin para el que vivimos. Está claro que no nos alimentamos de nosotros mis­mos, ni vivimos por nosotros mismos ni para nosotros mismos. La celebración de la Eucaristía no debería ser un acto ceremonioso y triste, sino una fiesta alegre y viva. Todos los que en ella participan –niños, jóvenes, adultos y ancianos– deberían hacerlo con todas las dimensiones de la persona. El gozo en el Señor es nuestra fuer­za 158. El Apóstol nos insiste: “Estad siempre alegres en el Señor; os

 

155 Cfr. SC.nn.11.14.48.50.

156 LG.n.11.

157 Cfr. Jn.14,6.

158 Cfr. Neh. 8,10.·

 

lo repito, estad alegres. Que todo el mundo os conozca por vuestra bondad. El Señor está cerca. Que nada os angustie; al contrario, en cualquier situación presentad vuestros deseos a Dios orando, supli­cando y dando gracias” 159. La Eucaristía ha de ser una verdadera celebración festiva llena del gozo más auténtico.

34. Por otro lado, en la celebración de la Eucaristía ha de man­tenerse el respeto ante el Dios santo y ante la presencia de nuestro Señor en el sacramento. Debe ser también un espacio para el silen­cio, la meditación, la adoración y el encuentro personal con Dios. En este sentido, la liturgia nunca es un medio para un fin, sino un fin en sí misma. Contribuye a la glorificación de Dios y, por eso mismo, a la salvación del ser humano. Es necesario redescubrir la riqueza de la Eucaristía y elucidar su sentido. La verdadera forma­ción litúrgica, que llegue al fondo no sólo del entendimiento, sino del corazón, es imprescindible para una participación más prove­chosa en el don de la Eucaristía. Son múltiples los ministerios que los fieles laicos pueden y deben asumir en la celebración eucarísti­ca. Todos ellos desempeñan un auténtico ministerio litúrgico que merecen nuestra gratitud y reconocimiento 160. Desde esta pers­pectiva, la Eucaristía es expresión de una Asamblea participativa. Todo el pueblo de Dios es sujeto participativo de la acción litúrgi­ca de la Iglesia. De ahí que “las acciones litúrgicas no son acciones privadas, sino celebraciones de la Iglesia, que es ‘sacramento de unidad’, pueblo santo congregado y ordenado bajo la dirección de los obispos. Por eso, pertenecen a todo el cuerpo de la Iglesia, lo manifiestan y lo implican; pero cada uno de los miembros de este cuerpo recibe un influjo diverso según la diversidad de órdenes, funciones y participación actual” 161. Se trata, como ya dije, de una participación que actualiza el sacerdocio universal y que expresa la unidad en la diversidad de oficios y ministerios.

159 Fil.4,4-6.

160 Cfr. SC. n.29.

161 Ibid. n. 26.

 

b) La Eucaristía y el ministerio ordenado

35. La acción eucarística de la Iglesia se expresa y ejerce de modo diferenciado, haciendo en ella cada uno todo y sólo aquello que le pertenece 162. No se debe caer, por tanto, ni en una confusión de funciones y ministerios, ni en una absorción de los mismos. Jesús no sólo llamó al pueblo en general. A los Doce los llamó y envió de un modo especial, confiándoles también la celebración de la Cena: “Haced esto en memoria mía” 163. La Eucaristía mani­fiesta la participación y comunión de todo el Pueblo de Dios en su estructura jerárquica. Esta ordenación jerárquica se manifies­ta sobre todo en la Eucaristía presidida por el Obispo, rodeado del presbiterio y con la actuación adecuada de todos los servicios y ministerios 164. En la Eucaristía dominical, donde se reúne la Asamblea en un determinado lugar, se representa a la Iglesia ente­ra en comunión con el Obispo y con las otras Iglesias 165.

Juan Pablo II describe con cierta amplitud el tema de la apos­tolicidad de la Iglesia y de la Eucaristía 166. Me detendré en aquellos aspectos que muestran cómo la Eucaristía es esencialmente Apos­tólica. Los Apóstoles están en íntima relación con la Eucaristía, porque Jesús les confió este Sacramento y ellos y sus sucesores lo trasmitieron hasta nosotros. “La Iglesia celebra la Eucaristía a lo largo de los siglos precisamente en continuidad con la acción de los Apóstoles, obedientes al mandato del Señor” 167. En un segundo sentido la Eucaristía es Apostólica, pues se celebra en conformi­dad con la fe de los Apóstoles. Durante la bimilenaria historia del Pueblo de la nueva Alianza, el Magisterio de la Iglesia ha ido precisando con sumo cuidado la doctrina sobre la Eucaristía. De este modo se ha salvaguardado la fe Apostólica en este Misterio

162 Cfr. Ibid. n.28.

163 Lc.22,19; ICor.11,24ss.

164 Cfr. SC. nn. 41.29.

165 Cfr. Ibid. 42.

166 Cfr. EE., cap. III.

167 EE. n.27.·

 

tan excelso. “Esta fe permanece inalterada y es esencial para la Iglesia que perdure así” 168. En tercer lugar, la sucesión Apostólica conlleva necesariamente el sacramento del Orden. Esta sucesión es esencial para que haya Iglesia en sentido propio y pleno. Más todavía, la sucesión de los Apóstoles en la misión pastoral afecta esencialmente a la celebración eucarística. “En efecto, como enseña el Concilio Vaticano II, los fieles ‘participan en la celebración de la Eucaristía en virtud de su sacerdocio real’, pero es el sacerdocio ordenado quien ‘realiza como representante de Cristo el sacrificio eucarístico y lo ofrece a Dios en nombre de todo el pueblo” 169.

36. Ni el ministerio sacerdotal ni la Eucaristía pueden ser derivados ‘desde abajo’, a partir de la comunidad. Ambos supe­ran radicalmente la potestad de la Asamblea. Para la celebración eucarística es irrenunciable el ministerio del sacerdote ordenado. La Eucaristía, que se funda en la previa acción salvífica de Dios, es signo pleno de la permanente donación y condescendencia del Padre por Cristo en el Espíritu Santo. Este advenimiento de la salvación ‘desde fuera’ y ‘desde arriba’, cobra expresión simbóli­co-sacramental en el envío del sacerdote a la comunidad. Es cier­to que el sacerdote, en cuanto destinatario de la salvación, forma parte de la comunidad cristiana. Como cualquier otro cristiano depende a diario y siempre de nuevo del perdón y la misericordia de Dios, de su ayuda y de su gracia. Sin embargo, en el ejercicio de su ministerio sacerdotal se halla frente a la comunidad como representante de Aquel que es Cabeza de la Iglesia y verdadero Celebrante primordial. En este sentido, el sacerdote ordenado “realiza como representante de Cristo el Sacrificio eucarístico” 170. El sacerdote actúa, entonces, “in persona Christi Capitis”. La pa­labra autorizada de Juan Pablo II nos ofrecía el significado preciso de esta expresión: “in persona Christi quiere decir más que ‘en nombre’ o también, ‘en vez’ de Cristo.

 

168 EE. n.27.

169 Ibid. n. 28.

170LG.n.10L

In ‘persona’: es decir, en la identificación específica, sacramental con el ‘sumo y eterno Sacer­dote’, que es el autor y el sujeto principal de su propio sacrificio, en el que, en verdad, no puede ser sustituido por nadie” 171.

El ministerio del sacerdote ordenado “es insustituible en cualquier caso para unir válidamente la consagración eucarísti­ca al sacrificio de la Cruz y a la Última Cena” 172. El ministe­rio sacerdotal es constitutivo para la celebración eucarística. La Asamblea que es convocada para celebrar la Eucaristía necesita absolutamente un sacerdote ordenado que la presida. La función de presidir la Eucaristía no consiste sólo en realizar determinados ritos o en pronunciar ciertos textos, sino en actuar permanente­mente “en la persona de Cristo”, a quien representa, y “en nombre de la Iglesia”, elevando al Padre la plegaria y la ofrenda del Pueblo santo, siendo instrumento dócil en las manos del Señor para la santificación de la comunidad eclesial.

37. Si la Eucaristía es centro y cumbre de la vida de la Iglesia, lo es también del ministerio sacerdotal. La praxis de la celebración diaria de la Eucaristía tiene una importancia decisiva para la vida espiritual de los presbíteros 173. La Eucaristía “es la principal y cen­tral razón de ser del sacramento del sacerdocio, nacido efectiva­mente en el momento de la institución de la Eucaristía y a la vez que ella” 174. Son múltiples y variadas las actividades pastorales del presbítero. Hoy día existe en su vida un serio peligro de disper­sión. La caridad pastoral debe ser el vínculo que dé unidad a toda la vida del presbítero 175. Esta caridad pastoral que tiene su fuente específica en el sacramento del Orden, halla su expresión plena y su alimento supremo en la Eucaristía. “El alma sacerdotal ha de reproducir en sí misma lo que se hace en el ara sacrificial” 176.

 

171 EE. n.29.

172 Ibid.

173 Cfr. PO. n.18.

174 Juan Pablo II, Carta Apostólica, Dominicae Cenae, (DC) (1980) n.2.

175 Cfr. Juan Pablo II, Exhortación Apostólica, Pastores Dabo Vobis, (PDV) (1992), n.23.

176 PO. n.14

 

En consecuencia, “la caridad pastoral del sacerdote no sólo fluye de la Eucaristía, sino que encuentra su más alta realización en su cele­bración, así como también recibe de ella la gracia y la responsabi­lidad de impregnar de manera ‘sacrificial’ toda su existencia” 177. En la celebración cotidiana de la Eucaristía el sacerdote encuentra la fuerza necesaria para afrontar, sin caer en la dispersión, los di­versos quehaceres pastorales. “Cada jornada será así verdadera­mente eucarística” 178. En este sentido, “el presbítero tiene que ser ante todo adorador y contemplativo de la Eucaristía a partir del mismo momento en que la celebra” 179.

c) La prioridad de una pastoral vocacional para el ministerio ordenado

38. De la importancia capital de la Eucaristía en la vida de la Iglesia y de la necesidad absoluta del ministerio ordenado para cele­brar el sacrificio eucarístico deriva la imperiosa necesidad de la pas­toral de las vocaciones sacerdotales. La pastoral vocacional sobre todo para el ministerio sacerdotal es para mí una gran prioridad. En varias ocasiones me pronuncié sobre ello desde mi llegada a la diócesis de Ourense. Una vez más deseo urgir a los jóvenes, padres, educadores y, especialmente, a los sacerdotes en este cometido vo­cacional. Dios “se sirve a menudo del ejemplo de la caridad pastoral ferviente de un sacerdote para sembrar y desarrollar en el corazón del joven el germen de la llamada al sacerdocio” 180. Yo mismo escri­bí al respecto: “Cuando un joven encuentra a un sacerdote que sien­do un verdadero hombre ha encontrado en Cristo Jesús el desarrollo más auténtico de su inteligencia y la plenitud de su vida afectiva, la pregunta vocacional queda definitivamente planteada” 181.

177 PDV.n.23.

178 EE.n.31.

179 Benedicto XVI, Mensaje del Angelus, (18-9-2005): en ‘Ecclesia’, 3.282 (5-XI-2005), p.28.

180 Ibid.

181 Quinteiro Fiuza, Luis, Un Seminario para la Nueva Evangelización, (Ourense, 2003) n.9.

 

La oración ocupa un lugar de gran importancia en la pasto­ral vocacional, “porque la plegaria por las vocaciones encuentra en ella (la Eucaristía) la máxima unión con la oración de Cristo sumo y eterno Sacerdote” 182. Además quienes rezan hacen suya la exhortación de Jesús y oran para que el Señor mande trabajadores a su mies 183. La misma diligencia y esmero de los sacerdotes en el ministerio eucarístico, unido a la promoción de la participación consciente, activa y fructuosa de los fieles en la Eucaristía es un testimonio y un incentivo para la respuesta generosa de los jóve­nes a la llamada de Dios.

Soy consciente del gran esfuerzo que los sacerdotes y los co­laboradores laicos están llevando a cabo para celebrar con digni­dad la Eucaristía. Todos los que tienen alguna responsabilidad en lo referente a la correcta celebración de la liturgia, y en especial de la Eucaristía, merecen mi más sincero agradecimiento. Hemos de profundizar más y más en la comprensión de la liturgia e inten­tar que ésta sea fecunda en nuestra vida. De este modo podremos contagiar a otras personas el gozo de celebrar la Eucaristía.

39. No podemos, sin embargo, cerrar los ojos ante algunas circunstancias especialmente dolorosas. La participación en la Eu­caristía, por lo que al número se refiere, está descendiendo en los últimos años. Además, la comprensión que buena parte de quienes acuden a las celebraciones tiene de los textos y símbolos litúrgicos es cada día más deficiente. Se va desconociendo paulatinamente que la Eucaristía es, ante todo, un acontecimiento sagrado en el que se actualiza “la obra de nuestra salvación” 184. Anumerosos jóvenes, sobre todo, les va resultando un tanto extraño el lenguaje y las formas de la liturgia. Comienza a notarse ya la escasez de sacerdotes y ya no es posible celebrar cada Domingo la Eucaris­tía en cada comunidad parroquial, siendo así que “la parroquia es una comunidad de bautizados que expresan

 

182 EE. n.31.

183 Cfr. Mt.9,38.

184 SC.n.2.· 51

 

y confirman su iden­tidad principalmente por la celebración del Sacrificio eucarístico. Pero esto requiere la presencia de un presbítero, el único a quien compete ofrecer la Eucaristía in persona Christi” 185. Todas estas circunstancias me preocupan hondamente, ya que son realidades que afectan esencialmente a la vida diocesana. Urge una compren­sión más profunda de la Eucaristía, para avanzar en la vivencia de la fe cristiana.

2.2 La Eucaristía hace la Iglesia

 

40. La relación entre el misterio de la Eucaristía y la Iglesia implica también el efecto de la Eucaristía en la Iglesia. La influen­cia de la Eucaristía es tal que puede decirse que la Iglesia es ob­jeto de la Eucaristía o, con otras palabras, “la Eucaristía hace la Iglesia”. De esta forma la Iglesia es objeto principal de la Eucaris­tía que ella ‘hace’; es beneficiaria primera del acontecimiento que celebra. Mediante la Eucaristía “la Iglesia vive y crece continua­mente” 186. La significación de la Eucaristía para la vida de cada Iglesia particular es tal que “no se construye ninguna comunidad cristiana si no tiene su raíz y quicio en la celebración de la santísi­ma Eucaristía, por la que debe, consiguientemente, empezar toda la formación en el espíritu de comunidad” 187.

a) En la Eucaristía la Iglesia toma conciencia de su identidad y de su misión

41. Mientras peregrina en la tierra, la Iglesia está llamada a mantener y promover tanto la comunión con el Dios trinitario como la comunión entre los hombres 188. La Eucaristía hace y sig­ nifica a la Iglesia como comunión.

185 EE.n.32.

186 LG.n.26.

187 PO. n.6.

188 Cfr. LG.n.1.

 

No es casualidad que el térmi­no “comunión” sea uno de los nombres específicos del Santísimo Sacramento. Se llama “comunión, porque por este sacramento nos unimos a Cristo que nos hace partícipes de su Cuerpo y de su San­gre para formar un solo cuerpo” 189. En la Eucaristía la Iglesia toma conciencia de su identidad y de su misión. Se puede afirmar que la Eucaristía es el lugar más privilegiado de expresión, realización e identificación de la Iglesia, el momento decisivo de su crecimiento en verdadero Cuerpo de Cristo, al servicio de toda la humanidad. El misterio entero de la Iglesia, en su ser, su aparecer y sus signos más auténticos, se manifiesta de modo especial en la Eucaristía 190. Como nos indica el Santo Padre, “la Eucaristía podría conside­rarse también como una ‘lente’ mediante la cual comprobar conti­nuamente el rostro y el camino de la Iglesia, que Cristo fundó para que todo hombre pudiera conocer el amor de Dios y hallar en él plenitud de vida” 191.

Por ser la persona de Cristo, la Eucaristía puede considerarse como fundamento y base de la Iglesia. Como enseña el Concilio de Trento, los otros sacramentos poseen la fuerza de santificar; en la Eucaristía, en cambio, está presente el mismo autor de la santificación. Más todavía, enseña el Concilio Vaticano II : “En la sagrada Eucaristía se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo en persona, nuestra pascua y pan vivo, que, por su carne vivificada y vivificante por el Espíritu Santo, da vida a los hombres, que de esta forma son invitados y estimulados a ofrecerse a sí mismos, sus trabajos y todas las cosas creadas, junta­mente con él” 192. En la Eucaristía se actualiza el misterio pascual de Cristo. La Iglesia celebra en la Eucaristía el sacrificio mismo de Cristo, que es origen y fuente de la comunidad cristiana. Cristo es el redentor de la Iglesia, que se entregó por ella para acogerla como Esposa santa e inmaculada 193.

 

189 CEC.n.1331.

190 Cfr. LG.n.3; CEC nn.1325-1329.

191 Benedicto XVI, Mensaje del Angelus, (2-10-2005), en ‘Ecclesia’, 3.282 (5-XI-2005), p.30.

192 PO.n.5. Cfr. Concilio de Trento, Decreto sobre la Eucaristía, c.3: (DS.1639).·

 

Este amor hasta el extremo del Esposo a su Esposa se perpetúa hasta el final de los tiempos en la celebración eucarística. Compenetrándose plenamente con el misterio pascual, la Iglesia realiza en la Eucaristía la plenitud de su ser.

 

b) En la Eucaristía se va generando el misterio de la Iglesia

 

42. La Eucaristía es generadora de Iglesia que brota y nace cada día del misterio eucarístico como fuente inagotable de co­munión. Es en la Eucaristía donde una multitud de seres humanos llegan a ser el Cuerpo de Cristo, al participar de su persona –de su Cuerpo y Sangre– e incorporarse a ella. La Eucaristía es “la su­prema manifestación sacramental de la comunión en la Iglesia” 194. La Eucaristía a la vez que actualiza la obra de nuestra redención, representa y realiza la unidad de la Iglesia: “La unidad de los fie­les, que constituyen un solo cuerpo en Cristo, está representado y se realiza por el sacramento del pan eucarístico (cfr.ICor.10,17). Todos los hombres están llamados a esta unión en Cristo, luz del mundo, de quien procedemos, por quien vivimos y hacia quien caminamos” 195.

La unión con Cristo conlleva la unión con los hermanos. Los dos discípulos de Emaús, cuando descubren el rostro del Re­sucitado al partir el pan, vuelven a Jerusalén junto a los demás: “En aquel mismo instante se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los once y a todos los de­más” 196. En la misma alegoría de la vid y los sarmientos, el Señor nos recuerda el mandamiento nuevo: “Mi mandamiento es éste: Amaos los unos a los otros como yo os he amado” 197. No es posible anecer unidos a la Vid verdadera, si no estamos

193 Cfr. Ef.5,21-33.

194 EE. n.38.

195 LG. n.3.

196 Lc.24,33.

197 Jn. 15, 12-13.

 

en comunión con los demás miembros del Cuerpo de Cristo.

En el misterio eucarístico tenemos la oportunidad de partici­par del único Pan de vida: “Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre... el que come mi Carne y bebe mi Sangre, tiene vida eterna... permanece en mí y yo en él” 198. La participación en el único Pan y en la única Sangre nos hace un solo Cuerpo: “El cáliz de bendición que bendecimos, ¿no nos hace entrar en comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no nos hace entrar en comunión con la sangre de Cris­to? Pues si el pan es uno solo y todos participamos de ese único pan, todos formamos un solo cuerpo” 199. En el sacramento de la Euca­ristía se va edificando la Iglesia como misterio de comunión. San Agustín comenta admirablemente el texto del Apóstol: “Si voso­tros mismos sois Cuerpo y miembros de Cristo, sois el sacramento que es puesto sobre la mesa del Señor, y recibís este sacramento vuestro. Respondéis ‘amén (es decir, ‘sí’, ‘es verdad’) a lo que reci­bís, con lo que, respondiendo, lo reafirmáis. Oyes decir ‘el Cuerpo de Cristo’, y respondes ‘amén’. Por lo tanto, sé tú verdadero miem­bro de Cristo para que tu ‘amén’ sea también verdadero” 200.

43. La reflexión cristiana que arranca sobre todo del mensa­je paulino, ha utilizado constantemente la conocida comparación del pan formado por muchos granos de trigo, molidos, converti­dos en harina, amasados por el agua del bautismo y cocidos por el fuego del Espíritu, para mostrar las raíces de la unidad de la Iglesia y para exhortar a los cristianos a la convivencia concorde y pacífica. La Constitución “Lumen Gentium” sintetiza la doctrina paulina en los siguientes términos: “En la fracción del pan euca­rístico compartimos realmente el cuerpo del Señor, que nos eleva a la comunión con Él y entre nosotros. Porque el pan es uno,

198 Jn. 6,51.54.56.

199 I Cor. 10,16-17.

200 S. Agustín, Sermón, 272: (PL. 38,1246).· 55

 

aunque muchos, somos un solo cuerpo todos los que participamos de un mismo pan (ICor.10,17). Así todos somos miembros de su cuerpo (cfr.ICor.12,27) y cada uno miembro del otro (Rom.12,5)” 201.

Es evidente, nos indicaba Juan Pablo II que “la Eucaristía crea comunión y educa a la comunión” 202. Las divisiones que pue­dan existir entre los fieles cristianos contradicen abiertamente las exigencias radicales de la Eucaristía. En la celebración eucarística el día del Señor ha de convertirse también en el día de la Igle­sia: “Precisamente a través de la participación eucarística, el día del Señor se convierte también en el día de la Iglesia, que pue­de desempeñar así de manera eficaz su papel de sacramento de unidad” 203. En cada Eucaristía nos sentimos urgidos a reprodu­cir entre nosotros aquel mismo ideal de comunión que animaba a los primeros cristianos. Aquella Iglesia, congregada en torno a los Apóstoles y convocada por la Palabra de Dios para la fracción del pan, vive en profundidad la comunión entre todos sus miem­bros 204. El Santo Padre nos habla de la Eucaristía como fuente de comunión con Cristo y entre nosotros con estas palabras: “En la Eucaristía, el Señor se nos da con su cuerpo, con su alma y su divi­nidad, y nosotros nos convertimos en una sola cosa con él y entre nosotros” 205.

3) María, mujer “eucarística”

44. Hemos visto como la Iglesia hace la Eucaristía, pero tam­bién como la Eucaristía hace la Iglesia. Allí donde está la Euca­ristía, allí está la Iglesia. Ahora bien, enseñaba Juan Pablo II, “si queremos descubrir en toda su riqueza la relación íntima que une Iglesia y Eucaristía, no podemos olvidar a María, Madre y mo­ delo de la Iglesia” 206. Al ser la Virgen el miembro humano más excelso de la Iglesia, es obvio que se puede hablar de ella como mujer “eucarística”. En la Carta Apostólica “Rosarium Virginis Mariae”, Juan Pablo II, al hablar de la Virgen como Maestra en la contemplación del rostro de Cristo, incluyó entre los misterios de luz la “institución de la Eucaristía”. María puede guiarnos en la contemplación del rostro eucarístico de Cristo, porque tiene una relación muy estrecha con él: “A primera vista, el Evangelio no ha­bla de este tema. En el relato de la institución, la tarde del Jueves Santo, no se menciona a María. Se sabe, sin embargo, que estaba junto a los Apóstoles, ‘concordes en la oración’ (cfr.Hech.1,14), en la primera comunidad reunida después de la Ascensión en espera de Pentecostés. Esta presencia suya no pudo faltar ciertamente en las celebraciones eucarísticas de los fieles de la primera generación cristiana, ‘asiduos en la fracción del pan’ (Hech.2,42)” 207.

a) María, mujer eucarística en todas las dimensiones de su vida

45. La relación de María con la Eucaristía se puede mostrar indirectamente a partir de su actitud interior. María es mujer eu­carística en toda su vida. La Eucaristía es misterio de fe que supera totalmente la luz de nuestro entendimiento. Es necesaria la luz de la fe. María puede ser apoyo y guía en toda actitud creyente 208. En efecto, “María es la ‘Virgen oyente’, que acoge con fe la palabra de Dios: fe, que para ella fue premisa y camino hacia la Maternidad divina” 209. Ante la propuesta del Arcángel, la Virgen responde: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” 210. La Iglesia desde el día de la institución de la Eucaristía no dejó de cumplir el mandato del Señor: “Haced esto en memoria mía”.

 

201 LG. n.7.

202 EE. n.40.

203 Ibid. n. 41.

204 Cfr. Hech. 2,42-47; 4,32-35.

205 Benedicto XVI, Mensaje del Angelus, (25-9-2005), en ‘Ecclesia’, 3.282 (5-XI-2005), p.29.

206 EE. n. 53.

207 Ibid. �����Ibid.

208 Cfr. Ibid. n.54.

209 Pablo VI, Exhortación Apostólica, Marialis Cultus, (MC) (1974), n.17.

210 Lc.1,38.·

 

Estas palabras nos recuerdan aquellas de la Virgen que nos invitan a obedecer a su Hijo sin titubeos: “Haced lo que Él os diga” 211. Juan Pablo II comentaba la relación entre ambas expresiones con estas palabras: “Con la solicitud materna que muestra en las bodas de Caná, María parece decirnos: ‘no dudéis, fiaros de la Palabra de mi Hijo. Él, que fue capaz de transformar el agua en vino, es igualmente capaz de hacer del pan y del vino su cuerpo y su sangre, entregando a los creyentes en este misterio la memoria viva de su Pascua, para hacerse así pan de vida” 212.

A lo largo de su vida, la Virgen vivió una permanente ac­titud eucarística, incluso antes de la institución de este sacra­mento. En primer lugar “por el hecho mismo de haber ofrecido su seno virginal para la encarnación del Verbo de Dios” 213. Con timidez humilde, pero con fe confiada, la Virgen pronuncia su “Sí”. La Virgen nos muestra en su “Sí” un corazón generosa­mente obediente. La morada de un pecho casto se hace de repen­te templo de Dios. En la “comunión” de María gestante, Jesús vive en Ella día y noche durante nueve meses. Así pues, “María concibió en la encarnación al Hijo divino, incluso en la realidad física de su cuerpo y de su sangre, anticipando en sí lo que en cierta medida se realiza sacramentalmente en todo creyente que recibe, en las especies del pan y del vino, el cuerpo y la sangre del Señor” 214. La Virgen “no fue un instrumento puramente pasivo en las manos de Dios, sino que cooperó a la salvación de los hom­bres con fe y obediencia libres” 215. Hemos de seguir las huellas de la fe de María: una fe generosa que se abre a la Palabra de Dios y que acoge la voluntad de Dios. Cada uno de nosotros debe estar pronto a responder así, como Ella, en la fe y en la obediencia,

 

211 Jn. 2,5.

212 EE. n. 54.

213 Ibid. n. 55.

214 Ibid.

215 LG. n. 56.

 

a cooperar, cada uno en la propia esfera de responsabilidad, a la edificación del Reino de Dios. En este sentido existe una notable analogía entre el “fiat” pronunciado por María en las palabras del ángel y el “amén” que cada fiel pronuncia cuando recibe el Cuerpo del Señor 216.

46. Después de su “fiat”, María sintió que el Verbo se hizo carne en su seno. Llena de Dios se pone en camino para visitar y ayudar a su parienta, Isabel. De esta forma se convierte en el Arca de la nueva Alianza. Es la primera Custodia que preside la primera procesión del Corpus Christi. Juan Pablo II nos ofrecía un comentario de tinte eucarístico del encuentro de María con Isabel: “Cuando en la Visitación, lleva en su seno el Verbo hecho carne, se convierte de algún modo en ‘tabernáculo’ –el primer ‘ta­bernáculo’ de la historia– donde el Hijo de Dios, todavía invisible a los ojos de los hombres, se ofrece a la adoración de Isabel, como ‘irradiando’ su luz a través de los ojos y la voz de María” 217. Más tarde, María al contemplar embelesada el rostro de su Hijo recién nacido, se convierte en modelo de amor en el que ha de inspirarse cada comunión eucarística.

María durante toda su vida hace suya la dimensión sacrifi­cial de la Eucaristía. En la presentación del niño Jesús en el tem­plo, Simeón y Ana representan a todas las gentes expectantes que salen al encuentro del Salvador. Jesús es reconocido como “luz de las naciones” y “gloria de Israel”, pero también como “signo de contradicción” 218. Precisamente la espada de dolor predicha a María, su Madre, profetiza otra oblación perfecta y única, la de la Cruz que dará la salvación a todos los pueblos 219. El anciano Simeón se dirige a María con estas palabras: “Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción... a fin de que queden al descubierto  

 

216 Cfr. EE. n. 55.

217 Ibid. Ibid.

218 Cfr. Lc. 2,22-38.

219 Cfr. CEC. n. 529.·

 

las intenciones de muchos corazones. Y a ti misma una espada te atravesará el alma” 220. En estos términos se describe la con­creta dimensión histórica en la cual el Hijo de Dios cumplirá su misión, es decir, en la incomprensión y en el dolor. María ha de vivir en el sufrimiento su obediencia de fe al lado del Salvador que sufre 221.

La profecía de Simeón se va cumpliendo y “María vive una especie de ‘Eucaristía anticipada’ se podría decir, una ‘co­munión espiritual’ de deseo y ofrecimiento, que culminará en la unión con el Hijo en la pasión y se manifestará después, en el período postpascual, en su participación en la celebración euca­rística, presidida por los Apóstoles, como ‘memorial’ de la pa­sión” 222. Las palabras de la institución de la Eucaristía “Esto es mi cuerpo que es entregado por vosotros” tienen un eco especial en el corazón de María, pues “aquel cuerpo entregado como sacrificio y presente en los signos sacramentales, ¡era el mismo cuerpo concebido en su seno!” 223. En la Eucaristía Jesús se nos da como “Pan de vida” en la comunión. Este momento de la celebración eucarística tuvo en la vida de la Virgen una inten­sidad especial y única: “Recibir la Eucaristía debía significar para María como si acogiera de nuevo en su seno el corazón que había latido al unísono con el suyo y revivir lo que había experimentado en primera persona al pie de la Cruz” 224. En la Eucaristía actualizamos el misterio pascual de Cristo. En el trance fundamental de su vida histórica Jesús pone en eviden­cia un nuevo vínculo entre Madre e Hijo. La maternidad espi­ritual emerge de la definitiva maduración del misterio pascual de Cristo. María es entregada al hombre (Juan) como madre de todos los hombres.

220 Lc. 2, 34-35.

221 Juan Pablo II, Carta Encíclica, Redemptoris Mater, (RMa.) (1987), n.16.

222 EE. n. 56.

223 Ibid. Ibid.

224 Ibid. Ibid.

 

b) La Eucaristía es toda ella un ‘Magnificat’

 

47. Este sacramento se llama “Eucaristía porque es acción de gracias a Dios” 225. En el cántico del “Magnificat” María da gracias por las maravillas que Dios ha realizado en ella y en toda la huma­nidad. En este cántico vertió, como en una ánfora, los secretos de su corazón y las más íntimas efusiones de su alma. El “Magnifi­cat” refleja el interior de María. “La Eucaristía, en efecto, como el canto de María, es ante todo alabanza y acción de gracias... María rememora las maravillas que Dios ha hecho en la historia de salva­ción... María canta el ‘cielo nuevo’ y la ‘tierra nueva’ que se antici­pan en la Eucaristía ¡La Eucaristía se nos ha dado para que nuestra vida sea, como la de María, toda ella un Magnificat!” 226. En el proceso de nuestra configuración con Cristo hemos de aprender de su Madre, dejándonos acompañar por Ella. Así como Iglesia y Eucaristía son un binomio inseparable, lo mismo se puede decir del binomio María Eucaristía. “Por eso, el recuerdo de María en la celebración eucarística es unánime, ya desde la antigüedad, en las Iglesias de Oriente y Occidente” 227.

225 CEC. n.1328.

226 EE. n. 58.

227 Ibid. n. 57.·

 

La Eucaristía y la misión dela Iglesia

 

48. Basta con leer los Evangelios para percibir que Jesús no se conformó con ser, con sus palabras y con sus obras, el signo vivo del Reino que anunciaba. Es un dato incontestable que re­unió en torno a sí a un grupo de discípulos, para que atestiguaran públicamente su llamada universal a la salvación y el Reino de amor que venía a instaurar. Todavía hoy, cuarenta años después del Concilio Vaticano II, resuenan con fuerza aquellas palabras de Pablo VI: “La Iglesia se sitúa entre Cristo y la humanidad, pero no prendada de sí misma..., no como constituyéndose en su propio fin, sino muy al contrario, constantemente preocupada por ser toda de Cristo, en Cristo y para Cristo; por ser toda de los hombres, entre los hombres, para los hombres, humilde y gloriosa intermediaria, trayendo, conservando y difundiendo desde Cristo a la humani­dad la verdad y la gracia de la vida sobrenatural” 228. La Iglesia existe para la misión. La Iglesia se siente enviada por el Dios Uno y Trino. En la Eucaristía ofrece al Padre el sacrifico de Cristo, gracias a la invocación del Espíritu. Antes de mostrar la relación entre la Eucaristía y la misión de la Iglesia, quiero recordar algu­nas dimensiones básicas de la Iglesia como misterio de comunión y de misión.

1) La Iglesia, misterio de comunión

 

49. La Iglesia se halla inserta en el designio de Dios Padre de comunicarse a los hombres por Jesucristo en el Espíritu Santo. La reflexión eclesiológica no puede disociar la fuente trinitaria de la Iglesia de su manifestación en la vida de los hombres 229. La Iglesia

228 Pablo VI, Discurso pronunciado en la apertura de la tercera sesión del Concilio Vaticano II, (14-IX-1964), n.11.

229 Cfr. LG. nn.2-4.L A E U C A R I S T Í A , F U E N T E D E V I D A E C L E S I A L 62 · es como “un pueblo reunido en virtud de la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” 230.

a) La Iglesia es fruto del amor gratuito de Dios

 

La Iglesia no existe como tal más que en el ‘Abba’ incesante que dirige al Padre por el Hijo en el Espíritu Santo. Nacida del amor del Padre, la comunidad eclesial se siente fruto de su amor gratuito. El Padre “estableció convocar a quienes en creen en Cris­to en la santa Iglesia, que ya fue prefigurada desde el origen del mundo, preparada admirablemente en la historia del pueblo de Israel y en la Antigua Alianza, constituida en los tiempos defini­tivos, manifestada por la efusión del Espíritu y que se consumará gloriosamente al final de los tiempos” 231.

Desde la raíz de la iniciativa del Padre, al Hijo pertenece po­ner en ejecución el plan de salvación de su Padre. Éste es el motivo de su “misión”. En efecto, “el misterio de la santa Iglesia se mani­fiesta en su fundación. Pues nuestro Señor Jesús dio comienzo a la Iglesia predicando la buena nueva, es decir, la llegada del reino de Dios prometido desde siglos en la Escritura: ‘Porque el tiempo está cumplido, y se acercó el reino de Dios’ (Mc.1,15; Cfr. Mt.4,17)” 232. Para cumplir la voluntad del Padre, Cristo inaugura el Reino de los cielos en la tierra. La Iglesia es el Reino de Cristo “presente ya en misterio” 233. Ahora bien, la Iglesia no es sólo memoria y fidelidad a los orígenes. Se edifica gracias a la acción del Señor resucitado.

50. El Espíritu Santo influye permanentemente en la marcha de la Iglesia por la historia desde una triple perspectiva. La tercera Persona divina santifica a la Iglesia. Así nos lo enseña el Concilio: “Consumada, pues, la obra que el Padre confió al Hijo en la tierra, fue enviado

230 LG. n.4.

231 LG. n.2.

232 LG. n.5.

233 LG. n.3.·

 

el Espíritu Santo en el día de Pentecostés, para que in­deficientemente santificara a la Iglesia” 234. El mismo Espíritu que es fuente de comunión en la relación trinitaria, es también fuente de comunión en la relación eclesial: “el mismo en la Cabeza y en los miembros” 235. Él es, también la novedad creadora de la histo­ria, en la espera activa del Reino escatológico. En síntesis, se puede afirmar que el Padre origina la Iglesia mediante la misión conjunta del Hijo que la instituye y del Espíritu que la constituye. De modo muy conciso sostiene Tertuliano: “Donde los tres, es decir, el Pa­dre y el Hijo y el Espíritu Santo, allí está la Iglesia que es el cuerpo de los tres 236. En este sentido “La Iglesia es una misteriosa exten­sión de la Trinidad en el tiempo, que no solamente nos prepara a la vida unitiva, sino que nos hace ya partícipes de ella. Proviene de la Trinidad y está llena de la Trinidad” 237.

 

51. El concepto de comunión vertebra la eclesiología del Con­cilio Vaticano II. Esta noción impregnó durante el primer milenio la conciencia de la Iglesia. En el Sínodo extraordinario de 1985 se reconoce que “la eclesiología de comunión es una idea central y fundamental en los documentos del Concilio” 238. En su primer artículo la Carta “Communionis notio” afirma: “El concepto de comunión (koinonia), ya puesto de relieve en los textos del Conci­lio Vaticano II, es muy adecuado para expresar el núcleo profun­do del misterio de la Iglesia, y ciertamente, puede ser una clave de lectura para una renovada eclesiología católica” 239. La teología está prestando una gran atención a esta aportación conciliar. El Secretario especial de la primera Asamblea extraordinaria del Sí­nodo de Obispos de 1969, escribía: “La innovación del Vaticano II

234 Cfr. LG. n.4.

235 Ibid. n.7.

236 Tertuliano, De bapt., VI, en (CCL 1, 282).

237 de Lubac, H., Paradosso e mistero della Chiesa, (Milano, 1979) 25.

238 Relación Final II, c.1.

239 Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta Communionis notio, (CN) (1992), n.1.

 

b) La Iglesia se reconoce como misterio de comunión de mayor trascendencia para la eclesiología y para la vida de la Iglesia ha sido el haber centrado la teología del misterio de la Igle­sia sobre la noción de comunión” 240. Hace años sostenía también, con toda claridad, el teólogo alemán, Walter Kasper que “Una de las ideas fundamentales de la eclesiología del Concilio, la idea fundamental más bien, es la de ‘comunión’... Los textos conciliares y su eclesiología de comunión en modo alguno están superados. Podría incluso decirse que su recepción no ha hecho más que co­menzar” 241.

c) Dimensiones básicas del misterio de la Iglesia como comu­nión

52. El Dios cristiano no es soledad, es comunión. El modelo acabado de comunión lo encuentra la Iglesia en el misterio de la Santísima Trinidad 242. El pueblo de Dios está incardinado en el movimiento de autocomunicación y automanifestación de Dios Padre por Jesucristo en el Espíritu Santo 243. El misterio trinita­rio de Dios se refleja en tres imágenes eclesiológicas básicas: Pue­blo de Dios, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu. Estas tres imágenes son prioritarias, porque expresan el misterio más fun­damental y más vital de la Iglesia. En el pueblo de Dios que vive como Cuerpo de Cristo todos son sujetos de comunión: “Esta co­munión comporta una solidaridad espiritual entre los miembros de la Iglesia, en cuanto miembros de un mismo Cuerpo, y tiende a su efectiva unión en la oración, inspirada en todos por un mismo Espíritu, el Espíritu Santo que llena y une toda la Iglesia” 244. Es connatural al ser cristiano actuar corresponsablemente ‘pro sua parte’ en la comunión y misión de la Iglesia. Ésta es comunión en ‘igualdad diferenciada’.

 

240 Antón Gómez, A., Primado y colegialidad, (Madrid, 1970) 34.

241 Kasper, W., La Iglesia como comunión, en ‘Communio’ 1 (1991) 51-52.

242 Cfr. LG. nn.2-4; UR. n.2.

243 Cfr. Ef. 1,3-ss; Col. 2,24-ss.

244 CN. n. 6.

 

La comunión eclesial tiene una auténtica base sacramen­tal 245. Más concretamente, la comunión eclesial y la Eucaristía son realidades inseparables: “La participación del cuerpo y san­gre de Cristo hace que pasemos a ser aquello que recibimos” 246. En consecuencia, “la expresión paulina: la Iglesia es el Cuerpo de Cristo, significa que la Eucaristía, en la que el Señor nos entrega su Cuerpo y nos transforma en un solo Cuerpo, es el lugar donde permanentemente la Iglesia se expresa en su forma más esencial: presente en todas partes y, sin embargo, sólo una, así como uno es Cristo” 247. La celebración de la Eucaristía es, en cuanto mesa del Señor compartida, hogar de fraternidad cristiana, fermento de la solidaridad con todos los hombres y fundamento y exigencia que clama por la efectiva comunicación.

La Iglesia católica, una y única se constituye en y a base de las Iglesias particulares y subsiste en ellas 248. La Iglesia no se frag­menta en sucursales ni resulta de la organización internacional con entidades administrativas en determinados lugares. La Iglesia no es suma de partes, sino comunión de totalidades. La universa­lidad de la Iglesia se realiza localmente. La Iglesia es el Cuerpo de las Iglesias 249.

53. La comunión eclesial es un regalo de la familia divina. La realidad de la Iglesia-Comunión forma parte integrante del designio divino de salvación. Es el Espíritu vivificador quien realiza la admirable unión dentro de la Iglesia 250. Con estas pa­labras precisas se describe esta acción del Espíritu: “Aquel Espí­ritu que desde la eternidad abraza la única e indivisa Trinidad, aquel Espíritu que ‘en la plenitud de los tiempos’ (Gál.4,4) unió

245 Cfr. LG. n.11.

246 S. León Magno, Sermo, 63,7: (PL.54,357C).

247 CN. n. 5.

248 Cfr. LG. n.23.

249 Cfr. CN. nn. 7-10.

250 Cfr. UR. n.2.

 

indisolublemente la carne humana al Hijo de Dios, aquel mismo e idéntico Espíritu es, a lo largo de todas las generaciones cristia­nas, el inagotable manantial del que brota sin cesar la comunión en la Iglesia y de la Iglesia” 251. La comunión es fruto también de la Palabra y de los Sacramentos, especialmente de la Eucaristía. No es, por tanto, fundamentalmente el resultado de esfuerzos humanos. Ahora bien, esta comunión tiene un carácter dinámi­co. Está exigiendo una expansión y una profundización personal y comunitaria. La comunión iniciada como don de Dios recla­ma la colaboración de cada creyente y de cada comunidad. La comunión se va configurando como comunión ‘orgánica’. Está caracterizada por la simultánea presencia de la diversidad y de la complementariedad de las vocaciones y condiciones de vida, de los ministerios y carismas 252.

2) La Iglesia, misterio de comunión y de misión

 

54. Hemos visto como la eclesiología de comunión representa el corazón de la doctrina conciliar sobre la Iglesia. Ahora bien, la Iglesia, misterio de comunión, ha nacido para la misión. Comu­nión y misión son dos dimensiones inseparables del único misterio de la Iglesia. Por su naturaleza, la Iglesia durante su peregrinación en la tierra es misionera, ya que ella misma deriva su origen de la misión del Hijo y de la misión del Espíritu Santo según el designio de Dios Padre 253. La misión, pues, encierra un significado trinita­rio y teologal. Nace de la caridad del Padre 254, actualiza en cada momento de la historia la misión de Jesús, el Hijo de Dios 255 y se hace posible por el Espíritu Santo 256.

251 Juan Pablo II, Exhortación Apostólica, Christifideles laici, (ChL) (1988), n.19.

252 Cfr. Ibid. n. 20.

253 Cfr. AG. n.2.

254 Cfr. Juan Pablo II, Carta Encíclica, Redemptoris missio, (RM), (1990) n.5

255 Cfr. LG. n.13; AG. n.5; RM. Nn.20.24.

256 Cfr. RM. Nn.21-30.· 67

 

  1. La Iglesia existe para la misión

 

55. La misión abarca también a la entera existencia de la Igle­sia. En este sentido, la misión significa mucho más que una tarea de la Iglesia. Es la expresión misma de su ser. La Iglesia existe para la misión. Pablo VI declaraba con palabras lapidarias que la evan­gelización representa la vocación propia de la Iglesia: “Evangeli­zar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar, es decir, para predicar y enseñar, ser canal del don de la gracia, reconciliar a los pecadores con Dios, perpetuar el sacrificio de Cristo en la Santa Misa, memorial de su Muerte y Resurrección” 257. Los que se sienten discípulos de Jesús, hijos de Dios y hermanos entre sí, son constituidos por la fuerza del Espíritu Santo en comunidad evangelizadora 258. La Iglesia surge de la persona y de la misión evangelizadora de Jesús y es enviada por el Señor Resucitado a evangelizar hasta su segunda venida. La comunidad Apostólica continúa la presencia y la acción salvadora de Jesús de Nazaret muerto y resucitado. En el libro de los Hechos de los Apóstoles se pone de manifiesto el dinamismo misionero de las primeras co­munidades cristianas.

El envío de Cristo ‘hasta los confines del mundo’ sigue sien­do tan actual como en la era Apostólica. Juan Pablo II asumía muy en primera persona aquel grito del Apóstol: “¿Ay de mí si no predicara el Evangelio!” 259.El testimonio apostólico se apoya en cuatro aspectos que no se han difuminado con el paso del tiem­po. Una certeza: la de Cristo resucitado que sigue estando vivo, “exaltado por la diestra de Dios” 260; un envío: “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes” 261; una seguridad: “Sabed que yo es­ toy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” 262 ; y una fuerza interior: “Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo” 263.

 

257 Pablo VI, Exhortación Apostólica, Evangelii Nuntiandi, (EN), (1975), n.14.

258 Cfr. IPe. 2,9.

259 ICor. 9,16; cfr. RM. n.1.

260 Hech. 2,33.

261 Mt. 28,19.

  1. El centro del mensaje es la salvación en Jesucristo
  2.  

56. La única misión de la Iglesia y su carácter progresivo la describe el Apóstol con estas palabras: “Capacita así a los cre­yentes para la tarea del ministerio y para construir el Cuerpo de Cristo, hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del pleno conocimiento del Hijo de Dios, hasta que seamos hombres perfec­tos, hasta que alcancemos en plenitud la talla de Cristo” 264. En la oración sacerdotal Jesús manifiesta el contenido esencial de la evangelización: “Padre, ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu enviado Jesucristo” 265. La evangeli­zación explicita el amor gratuito y universal de Dios comunicado en la persona de Jesucristo por la acción del Espíritu Santo. Lo nuclear del mensaje evangelizador es la salvación en Jesucristo. En consecuencia, “No hay evangelización verdadera mientras no se anuncie el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el reino, el misterio de Jesús de Nazaret Hijo de Dios” 266. Él nos hace presente la cercanía de Dios, su misericordia entrañable, nos da la filiación divina y nos promete la vida que no tiene fin. El mensaje cristiano afecta a todo el hombre y a todos los hombres. La tarea evangeli­zadora “es única e idéntica en todas partes y en toda situación, si bien no se ejerce del mismo modo según las circunstancias 267. Los inmensos horizontes geográficos de la misión no deben ocultar los nuevos espacios humanos que marcan las mentalidades y las op­ciones de nuestros contemporáneos: “Existen otros muchos areó­pagos del mundomoderno(además del de la comunicación)hacia los cuales

 

262 Mt. 28,20.

263 Hech. 1,8.

264 Ef. 4,12-13.

265 Jn.17,3.

266 N. n.22.

267 Concilio Vaticano II, Decreto Ad Gentes, (AG), n. 6.·

 

debe orientarse la actividad misionera de la Iglesia. Por ejemplo, el compromiso por la paz, el desarrollo y la liberación de los pueblos; los derechos del hombre y de los pueblos, sobre todo los del niño; la salvaguardia de la creación... Hay que recordar, además, el vastísimo areópago de la cultura, de la investigación científica, de las relaciones internacionales…” 268. La misión de la Iglesia es única, pero se realiza en tareas diversas. Esto da a la evangelización una gran riqueza de formas y de cauces.

57. El anuncio del Evangelio incumbe a todo cristiano cons­ciente de su vocación de bautizado. La Iglesia entera es la que ha recibido de Cristo el mandato de ir por todo el mundo y anunciar el Evangelio. A todo el pueblo de Dios incumbe este mandato 269. Por tanto, “no se da, por ende, miembro alguno que no tenga parte en la misión de Cristo” 270. Por consiguiente, “no hay lugar para el ocio: tanto es el trabajo que a todos espera en la viña del Señor” 271. Evangelizar es un acto ‘eclesial’ que ha de realizarse en comunión con la Iglesia y en nombre de ella 272. Ahora bien, la Iglesia univer­sal se hace presente en cada una de las Iglesias particulares con to­dos sus elementos constitutivos. La Iglesia universal se manifiesta como ‘Cuerpo de Iglesias’ 273.

3) El Espíritu Santo, protagonista de la misión

 

58. Sin el Espíritu Santo ni se realiza ni se produce su efecto en nosotros la salvación que Cristo nos ha traído 274. El don del Es­píritu Santo es el don constante; es expresión de la perennidad de la acción salvadora de Dios cumplida de una vez para siempre en  Cristo, pero que el Espíritu Santo constantemente universaliza, actualiza e interioriza 275.

 

268 RM. n.37.

269 Cfr. AG. n. 23.

270 PO. n.2.

271 ChL. n.3.

272 Cfr. AG. n.35; EN. n.60.

273 Cfr. LG. n.23.

274 Cfr. LG. n.4; GS. n.22; RM. Nn. 28.29.56; cfr. También, Juan Pablo II, Carta Encíclica, Dominum et vivificantem, (DetV) (1986) nn. 23-53.

a) El Espíritu Santo, principio vital de la Iglesia

 

La Iglesia es de algún modo el lugar ‘natural’ del Espíritu, como lo fue la humanidad de Jesús en el tiempo de su vida mor­tal. San Ireneo formula así esta realidad: “Donde está la Iglesia allá está el Espíritu de Dios, y donde está el Espíritu de Dios allí está la Iglesia y toda gracia, pues el Espíritu es la verdad” 276. Más tarde, San Juan Crisóstomo sostiene con toda claridad que “si el Espíritu Santo no estuviera presente no existiría la Iglesia; si existe la Iglesia, esto es un signo abierto de la presencia del Espíritu” 277. El Espíritu santifica constantemente a la Iglesia, mora en ella, la introduce en la plenitud de la verdad, la unifica y la dirige, la enriquece con di­versos dones jerárquicos y carismáticos y la lleva a la perfección 278. Constituye como el principio vital de la Iglesia, su alma 279.

En el Cenáculo, la víspera de su pasión, Jesús promete a sus discípulos el envío del Espíritu Santo 280. Dios cumple siempre sus promesas. El día de Pentecostés fue enviado el Espíritu Santo so­bre los Apóstoles y sobre la primera comunidad de los discípulos del Señor que en el Cenáculo “perseveraban en la oración, con un mismo espíritu”, en compañía de María, la madre de Jesús 281. En el relato de este acontecimiento se recogen tres elementos externos: el ruido del viento, las lenguas de fuego y el carisma del lenguaje. Todos ellos indican no sólo la presencia del Espíritu Santo, sino también su particular venida sobre los presentes, su donarse que provoca en ellos una verdadera transformación 282.

 

275 Cfr. Rom. 5,5; Gál. 4,6; cfr. también, Ladaria, L., El Dios vivo y verdadero, (Salamanca, 1998) 324-ss.

276 S. Ireneo, Adv. Haer.” II, 24,1: (PG. 7,870).

277 S. Juan Crisóstomo, Hom. Pent., I,4: (PG. 53,97).

278 Cfr. LG. n.4.

279 Cfr. LG.n.7.

280 Cfr. Jn. 14, 16.26; 15,26.

281 Cfr. Hech. 1,14.

 

Pentecostés su­puso una efusión de vida divina. Junto con la Pascua, Pentecostés constituye el coronamiento de la economía salvífica de la Trinidad divina en las historia humana. En el evento de Pentecostés se reve­la al mundo la Iglesia, el nuevo Pueblo de Dios. La relación entre el Espíritu Santo y la Iglesia no es de tipo externo, sino de carácter profundo y vital: “A la Iglesia, de hecho, le ha sido confiado el Don de Dios, como soplo a la criatura formada, a fin de que todos los miembros, participando en él, sean vivificados; y en ella ha sido depositada la comunión con Cristo, es decir, el Espíritu Santo, prenda de incorruptibilidad, confirmación de nuestra fe y escalera de nuestra subida a Dios” 283.

El decreto conciliar “Ad gentes” destaca la relación de la ter­cera Persona divina con la misión de la Iglesia. El decreto recuerda que “el Señor Jesús, antes de dar voluntariamente su vida para salvar el mundo, de tal manera organizó el ministerio apostólico y prometió enviar el Espíritu Santo, que ambos están asociados en la realización de la obra de la salvación en todas partes y para siempre” 284. La misión de la Iglesia no es sólo fruto de la obedien­cia al ‘mandato de Cristo’, sino que se hace presente en todos los pueblos y naciones impulsada “por la caridad y gracia del Espíritu Santo” 285. Además, la presencia y acción del Espíritu es impres­cindible para que la palabra de la predicación sea acogida por las personas en sus corazones 286.

b) El Espíritu Santo, agente principal de la evangelización

59. Pablo VI en la exhortación Apostólica “Evangelii nun­tiandi” (1975) dedica todo el número 75 para mostrar la relación entre la tercera Persona divina y la evangelización.

 

282 Cfr. Hech. 2,1-4.

283 S. Ireneo, Adv. Haer., III, 4,1: (PG. 7,855).

284 AG. n.4.

285 Ibid. n.5.

286Cfr. Hech. 16,14; AG. nn. 13.15.

 

Comienza sen­tando este principio básico: “No habrá nunca evangelización po­sible sin la acción del Espíritu Santo” 287. Acontinuación describe a grandes trazos la presencia activa del Espíritu en la vida pública de Jesús de Nazaret. El mismo Espíritu, después de Pentecostés influye tan decisivamente en la vida de los Apóstoles que si Él no sería posible la gran obra de la evangelización. Más todavía, “el Espíritu que hace hablar a Pedro, a Pablo y a los Doce, inspirando las palabras que ellos deben pronunciar, desciende también ‘so­bre los que escuchan la Palabra” 288. Por ello, “gracias al apoyo del Espíritu Santo, la Iglesia crece” 289. El anima desde dentro toda la actividad Apostólica de la Iglesia. Él actúa en cada evangelizador.

Es necesario recordar que las habilidades personales, los me­dios técnicos y los recursos humanos no suplen la acción del Es­píritu Santo que es quien alza los corazones a la gracia, mantiene la comunión eclesial y alienta la vida evangélica. El evangelizador que es dócil a la acción del Espíritu Santo vive con ilusión, alegría y esperanza. Pablo VI, después de resaltar la bondad de las técni­cas de la evangelización, señala con toda claridad que “ni las más perfeccionadas podrían reemplazar la acción discreta del Espíritu. La preparación más refinada del evangelizador no consigue ab­solutamente nada sin Él. Sin Él, la dialéctica más convincente es impotente sobre el espíritu de los hombres. Sin Él, los esquemas más elaborados sobre bases sociológicas o psicológicas se revelan pronto desprovistos de todo valor” 290. Sin temor alguno puede “decirse que el Espíritu Santo es el agente principal de la evange­lización” 291.

 

60. Todo lo dicho muestra que, cuando la Encíclica “Re­demptoris missio” (1990) de Juan Pablo II trata del Espíritu como protagonista de la

 

287 EN. n.75.

288 Ibid.

289 Ibid.

290 Ibid.

291 Ibid.·

 

misión, está siguiendo las huellas de la viva Tra­dición de la Iglesia. Mientras que la “Evangelii nuntiandi” habla del Espíritu como “agente principal”, la Encíclica “Dominum et vivificante” (1986) lo presenta como “protagonista transcendente de esta obra salvífica” 292, de aquí pasó este título al capítulo terce­ro de la “Redemptoris missio”. Juan Pablo II no duda en afirmar que “el Espíritu Santo es en verdad el protagonista de toda misión eclesial” 293.

Mediante la acción del Espíritu, el Evangelio va tomando cuerpo en las conciencias y en los corazones de las personas y se va difundiendo en la historia. En toda actividad eclesial está presente el Espíritu que da la vida. Después de Pascua, “los Após­toles viven una profunda experiencia que los transforma: Pente­costés” 294. El Espíritu les capacita para ser testigos de Jesús con toda libertad. Tras el primer anuncio de Pedro y las conversiones consiguientes, se forma la primera comunidad 295. Es el Espíritu el que hace misionera a toda la Iglesia. Las primeras comunidades eran dinámicamente abiertas y misioneras. En ellas se cumple este principio tan saludable: “Aun antes de ser acción, la misión es tes­timonio e irradiación” 296.

El Espíritu está presente y operante en todo tiempo y lugar. Es verdad que el Espíritu se manifiesta de manera especial en la Iglesia, sin embargo su presencia y acción no quedan circunscri­tas de modo exclusivo al ámbito eclesial. El Concilio Vaticano II recalcó esta realidad. Enseña que el Espíritu actúa en el corazón del hombre, mediante las “semillas de la Palabra”, “incluso en las iniciativas religiosas, en los esfuerzos de la actividad humana en­caminados a la verdad, al bien y a Dios” 297. El Espíritu actúa real­mente en la sociedad, la historia, en las culturas y en las religiones.

 

 

292 D et V. n.42.

293 RM. n. 21.

294 Ibid. n.24.

295 Cfr. Hech.2,42-47; 4, 32-35.

296 RM. n. 26.

297 RM. n.28; cfr. también: GS. nn. 10.11.22. 26.38.41.92-93; AG. nn. 3.11.15.

 

Él que “sopla donde quiere” 298 nos invita a considerar su acción presente en todo tiempo y lugar. Como Iglesia particular, nuestra Diócesis ha de prestar atención a la presencia y a la voz del Espí­ritu. Ha de afrontar las tareas evangelizadoras, confiando plena­mente en el Espíritu “¡Él es el protagonista de la misión!” 299.

4) La Eucaristía, un eficaz descendimiento del Espíritu Santo

 

61. Hay que reconocer que en la liturgia es toda la Santísima Trinidad la que actúa: El Hijo encarnado es el centro viviente, el Padre es el origen primero y el fin último y el Espíritu Santo es el que hace presente a Cristo en el hoy de la Iglesia. El Catecismo de la Iglesia Católica de la Iglesia Católica destaca el papel activo del Espíritu como pedagogo, preparador, memoria, animador y actualizador del misterio de Cristo en la celebración litúrgica 300.

a) La presencia activa del Espíritu Santo en la Liturgia

La Liturgia es llamada ‘el sacramento del Espíritu’, porque, como en el día de Pentecostés, llena de sí mismo las acciones li­túrgicas. Más todavía, “la gracia del Espíritu Santo tiende a sus­citar la fe, la conversión del corazón y la adhesión a la voluntad del Padre” 301. Por la presencia del Espíritu en la liturgia los mis­terios de la vida de Cristo llegan a ser para el creyente actuales y eficaces. El Espíritu Santo operante en el tiempo de la Iglesia es el que hace a Cristo nuevamente vivo en medio de los suyos. La Palabra de Dios, proclamada y escuchada en la liturgia, posee una particular vitalidad y una eficacia real. En síntesis se puede decir que “la finalidad de la misión del Espíritu Santo en toda acción litúrgica es poner en comunión con Cristo para formar su Cuerpo” 302.

 

298 Jn.3,8.

299 RM. n.30.

300 Cfr. CEC. nn. 1091-1109.

301 Ibid. n. 1098.

 

Los Padres de la Iglesia pusieron de manifiesto la presen­cia activa del Espíritu Santo en la vida sacramental de la Iglesia. “Nuestros misterios, sostiene San Juan Crisóstomo, no son accio­nes teatrales: aquí todo está regulado por el Espíritu” 303. San Ci­rilo de Jerusalén enseña que el Espíritu “transforma siempre lo que toca” 304. “Sólo en la Iglesia, afirma San Isidoro de Sevilla, se celebran fructuosamente los sacramentos; de hecho, es el Espíritu Santo el que habita en ella y opera secretamente el efecto” 305.

 

b) El Espíritu Santo y la Eucaristía62. Bien sabemos que en la Eucaristía “se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, a saber, Cristo mismo, nuestra Pas­cua” 306. Dada la riqueza de la Eucaristía, es evidente que la acción del Espíritu en ella es muy destacada. De algún modo se puede afirmar que la presencia del Espíritu en la Eucaristía hace que la celebración de este sacramento sea un Pentecostés, un eficaz des­cendimiento del Espíritu. Juan Pablo II nos recordaba cómo la Iglesia pide la presencia del Espíritu en la celebración eucarística: “La Iglesia pide este don divino (el Espíritu Santo), raíz de todos los otros dones, en la epíclesis eucarística. Se lee, por ejemplo, en la ‘Divina Liturgia’ de San Juan Crisóstomo: ‘Te invocamos, te rogamos y te suplicamos: manda tu Santo Espíritu sobre nosotros y sobre estos dones…para que sean purificación del alma, remi­sión de los pecados y comunicación del Espíritu Santo para cuantos participan de ellos’. Y, en el Misal Romano, el celebrante implora que: ‘Fortalecidos con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo y llenos de su Espíritu Santo, formemos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu’. Así, con el don de su cuerpo y su sangre, Cristo acrecienta en nosotros el don de su Espíritu, infundido ya en el Bautismo e impreso como ‘sello’ en el sacramento de la Confirmación” 307.

 

 

302 CEC. n. 1108.

303 S. Juan Crisóstomo, In Espist. I ad Corint.”, 41,4: (PG. 61,345).

304 S. Cirilo de Jerusalén, Catecheses, V, 7: ( PG. 33,516).

305 S. Isidoro de Sevilla, Etimologías, VI, 19, 40-41.

306 PO, n. 5.

 

El mismo Espíritu que obró la encarnación del Hijo de Dios es el que realiza ahora el misterio eucarístico. El sacerdote, im­poniendo las manos sobre el pan y el vino, pronuncia la epíclesis anteconsecratoria: “Te suplicamos que santifiques por el mismo Espíritu estos dones que hemos preparado para ti, de manera que sean Cuerpo y Sangre de Jesucristo” 308. En la epíclesis de después de la consagración se invoca la acción del Espíritu sobre la comu­nidad que va a participar en la comunión. Se pide a Dios que, por medio de su Espíritu, conceda a la comunidad, que está celebran­do el memorial de la pascua de Cristo y que va a participar de su donación sacramental, los frutos del sacramento: el amor, la vida, la unidad. Como en Pentecostés el Espíritu llenó de vitalidad a la Iglesia naciente, ahora, al celebrar la Eucaristía, la comunidad desea ser transformada en el Cuerpo de Cristo: “Danos tu Espíritu de amor a los que participamos en esta comida, para que vivamos cada día más unidos en la Iglesia” 309.

5) La Eucaristía, fuente y cumbre de la misión de la Iglesia

63. La Eucaristía es generadora de Iglesia, que brota y nace cada día del misterio eucarístico. Es en la Eucaristía donde una multitud de personas se hace Cuerpo de Cristo 310. En virtud de esta misteriosa interacción es el Cuerpo único el que se va cons­truyendo en las condiciones de la vida presente, hasta alcanzar la perfección definitiva al final de los tiempos. No existe auténtica celebración y adoración de la Eucaristía que no conduzca a la mi­ sión.

307 EE. n. 17.

308 PE. III.

309 PE. para niños II.

310 Cfr. LG. n.11.·

 

De hecho, “la Eucaristía es fuente de misión” 311. Asu vez, la misión presupone otro rasgo eucarístico esencial, la unión de los corazones. Toda la tarea evangelizadora de la Iglesia nace y tiende a la Eucaristía: “Así, la Eucaristía es la fuente y, al mismo tiempo, la cumbre de toda la evangelización, puesto que su objetivo es la comunión de los hombres con Cristo y, en Él, con el Padre y con el Espíritu Santo” 312. El Santo Padre Benedicto XVI nos recuerda el perfil evangelizador de la Eucaristía. He aquí sus palabras: “La Eucaristía hace presente constantemente a Cristo resucitado, que se sigue entregando por nosotros, llamándonos a participar en la mesa de su Cuerpo y su Sangre. De la comunión plena con él brota cada uno de los elementos de la vida de la Iglesia, en primer lugar la comunión entre todos los fieles, el compromiso del anuncio y de testimonio del Evangelio y el ardor de la caridad hacia todos, especialmente hacia los pobres y los pequeños” 313.

a) Fundamento eucarístico de la misión

 

64. De la Iglesia como comunión a la misión de la Iglesia, gracias al misterio de la Eucaristía, porque “la liturgia en la que se realiza el misterio de la salvación se termina con el envío de los fieles (‘missio’) a fin de que cumplan la voluntad de Dios en su vida cotidiana” 314. Mediante la participación activa en la Eucaris­tía, nos alimentamos de la savia de la Vid verdadera que es Cristo. Unidos especialmente a la Vid, los sarmientos son llamados a dar fruto 315. Durante el encuentro del Señor resucitado con los discí­pulos de Emaús, el Señor les explica el acontecimiento de su muer­te y resurrección y, ‘al partir el pan’ le reconocen. Entonces se

311 Sínodo de los Obispos sobre la Eucaristía, Proposición, n.42: en ‘Ecclesia’, 3.284 (19-XI-2005) p.35.

312 EE. n. 22.

313 Benedicto XVI, en su primer mensaje (20-IV-2005), n. 4, en: Boletín Oficial del Obispado de Ourense (2005) p. 390.

314 CEC. n.1332.

315 Cfr. Jn. 15,5.

 

sienten impulsados a volver a Jerusalén para anunciar a los Once la noticia: “Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos, que decían: ‘¡Es verdad, el Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!’. Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían reconocido en el partir el pan” 316. Esto pone de manifiesto, al menos en parte, que a la Eucaristía se le llame también, con razón, la “Misa”. Juan Pablo II hablaba de la “Misa a la misión” 317. El discípulo de Cristo se siente deudor para con los hermanos de todo lo que ha recibido en la celebración de la Eucaristía. Todo aquél que, en la Santa Misa, ha reconocido la presencia del Señor, se siente urgido a transmitir a los demás el Evangelio. El creyente escucha dentro de sí el mandato del Señor: “Id y anunciad a mis hermanos” 318.

65. Terminada la celebración eucarística, el fiel cristiano vuel­ve a su ambiente habitual con el compromiso de hacer de toda su vida un don, un sacrificio espiritual agradable a Dios 319. La Asam­blea se dispersa para cumplir una misión o tarea y no precisamente por cuenta propia o en solitario, sino por encargo de Cristo en solidaridad eclesial y con la bendición del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. La misma oración después de la comunión insiste normalmente en la responsabilidad y en el compromiso que brota de la Santa Misa. Es imposible que la Eucaristía alimente la fe y no lleve a comunicarla; convierta el corazón y no mueva a predicar la conversión; realice la unidad y no impulse a superar las divisiones de la vida.

Al recordar con palabras solemnes la institución de la Eucaris­tía, San Pablo nos advierte: “Siempre que coméis de este pan y bebéis de esta copa, anunciáis la muerte del Señor hasta que Él venga” 320.

 

316 Lc. 24,23-25.

317 DD. n.45.

318 Mt. 28.10.

319 Cfr. Rom. 12,1.

320 ICor. 11,26.

 

En estos términos el Apóstol refiere la dinámica misionera de la Eucaris­tía. Después de la consagración el sacerdote proclama ante los fieles: “Este es el Sacramento de nuestra fe”. El pueblo fiel responde: “Anun­ciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!”. La comunidad creyente es convocada para celebrar y proclamar ante el mundo la Pascua del Señor. En su vida pública Jesús asoció pronto a los Doce y a los setenta y dos a su misión 321. Resucitado de entre los muertos, los envió para que hicieran discípulos de todas las gentes 322. Antes de su Ascensión a la derecha del Padre, les comunicó: “Voso­tros recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines de la tierra” 323. Con el Cuerpo y la Sangre del Resucita­do, los que participan en el banquete eucarístico, reciben el Espíritu Santo que los capacita para el testimonio público.

La Asamblea eucarística es misionera, ya que actualiza el di­namismo profundo de la comunión. Esta comunión hace posible que el mundo crea y reconozca a Jesús como enviado del Padre. Así lo expresa Jesús en el Cenáculo en la oración al Padre, im­petrando para sus discípulos el don de la unidad: “Te pido que todos sean uno. Padre, lo mismo que tú estás en mí y yo en ti, que también ellos estén unidos a nosotros; de este modo, el mundo po­drá creer que tú me has enviado…” 324. Desde esta perspectiva, la comunión es fuente y meta de la misión.

Por otra parte, la celebración eucarística es proclamación pú­blica de la muerte y resurrección del Señor hasta su venida glorio­sa. Los fieles cristianos reunidos en Asamblea anuncian su fe, es­peranza y determinación de vivir en el amor. Dios se reveló como amor y la comunidad eucarística da a conocer esta buena nue­va: “Dios es amor…El amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo para librarnos de nuestros pecados” 325.

 

321 Cfr. Mt. 10,1-25; Lc. 9,1-6; 10, 1-24.

322 Cfr. Mt.28, 16-20; Mc. 16,14-20.

323 Hech. 1,8.

324 Jn. 17,21-23.

 

Los cristianos, reunidos en torno al altar del sacrificio donde se consuma el amor hasta el ex­tremo, celebran e invitan a todos al banquete del amor, a comulgar con el cuerpo y la sangre del Primogénito de la nueva creación.

66. La Eucaristía es prenda de la gloria futura. Imprime a la Iglesia una tensión escatológica. El pan y el vino eucarísticos están transidos del poder de la resurrección que empieza a obrar ya en nosotros: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día…el que coma de este pan vivirá para siempre” 326. Asu vez, la Eucaristía es alimento del Pueblo peregrino327. Es fuente de esperanza activa y comprome­tida con la historia concreta. El Concilio Vaticano II, tras indicar que la actividad humana encuentra su perfección en el misterio pascual y que es preciso entregarse al servicio temporal de los hombres, concluye: “El Señor dejó a los suyos una prenda de esta esperanza y un alimento para el camino en aquel sacramento de la fe, en el que los elementos de la naturaleza, cultivados por el hombre, se convierten en su cuerpo y sangre gloriosos en la cena de la comunión fraterna y la pregustación del banquete celestial” 328. La comunidad cristiana se reúne para celebrar la Eucaristía y así poder recorrer la historia con Cristo en su paso hacia el Padre. La Eucaristía es fuente de reconciliación y nos da fuerza para ir en busca de los ausentes.

b) La Eucaristía, fuente de renovación de la misión

67. De la Eucaristía nace el deber de cada cristiano de coope­rar al crecimiento del Cuerpo de Cristo, para llevarlo cuanto antes a la plenitud 329. En efecto, “mediante la Eucaristía la Iglesia vive y crece continuamente” 330. De la fuente eucarística debe brotar un renovado compromiso por la misión eclesial. La Eucaristía es un verdadero lugar de renovación en la misión de la Iglesia por varias razones.

 

325 IJn. 4,8.10.

326 Jn. 6, 54-58.

327 Cfr. Conferencia Episcopal Española, La Eucaristía, alimento del Pueblo Peregrino, (1999).

328 GS. n.38.

329 Cfr. AG. n. 36.

 

La Eucaristía influye positivamente en los fieles que participan en ella. El sujeto de la celebración de la Eucaristía es la persona ini­ciada en la vida de Cristo y de la Iglesia a través de los sacramentos. El Concilio Vaticano II nos describe cómo cada fiel va ejercitando el sacerdocio común en la vivencia de los sacramentos 331. El bau­tismo incorpora los fieles a la Iglesia y “quedan destinados por el carácter al culto de la religión cristiana, y, regenerados como hijos de Dios, están obligados a confesar delante de los hombres la fe que recibieron de Dios mediante la Iglesia” 332. El sacerdocio común no es, pues, solamente espiritual, sino comunitario y público. La con­firmación fortalece el lazo de unión con la Iglesia; el confirmando recibe de un modo especial el don del Espíritu Santo para dar tes­timonio de Cristo en el mundo y el confirmado se convierte en un cristiano adulto capaz de defender y de proteger la fe. Quien, desde esta realidad de confirmado en la fe, participa en la Eucaristía no puede menos de renovar la misión que ya ha recibido al ser iniciado y que expresa y celebra permanentemente en la cena del Señor. La Eucaristía es la fuente y la cumbre de toda la vida cristiana 333. Esta vida brota del altar y a él vuelve como a su punto más alto. La Euca­ristía es centro y culmen de la evangelización, porque es centro del Evangelio, de la Iglesia, de la vida cristiana y de la misión. En este sentido, la Santa Misa se constituye como el espacio de revisión y renovación de la misión, en momento oportuno para una auténtica toma de conciencia sobre el derecho y el deber de participar en las tareas de edificación de la Iglesia en el mundo 334.

 

330 LG. n.26.

331 Cfr. LG. n.11.

332 Ibid.

333 Cfr. Ibid.

334 Cfr. SC. n.10; AG. n.36; AA. nn. 3-7; PO. n.5.

 

68. La Eucaristía es también causa de renovación de la mi­sión, porque en ella se celebra el misterio del cual arranca y en el que se funda la misión de la misma Iglesia. En efecto, el nuevo Pueblo de Dios y los sacramentos nacen del Misterio Pascual: muerte y resurrección, ascensión y envío del Espíritu. En este momento es cuando el Señor Jesús transmite el Espíritu y la mi­sión, el poder de perdonar y bautizar, la encomienda de predicar el Evangelio y de ser sus testigos “hasta los confines de la tie­rra” 335. La actualización del Misterio Pascual en la Eucaristía conlleva el compromiso por la misión que arranca de la Pascua. “La Eucaristía, en efecto, es el centro propulsor de toda la ac­ción evangelizadora de la Iglesia, un poco como el corazón en el cuerpo humano. Las comunidades cristianas, sin la celebración eucarística, en la que se alimentan en la doble mesa de la Palabra y del Cuerpo de Cristo, perderían su naturaleza auténtica: sólo al ser ‘eucarísticas’ pueden transmitir al propio Cristo a los hom­bres, y no sólo ideas o valores, todo lo nobles e importantes que se quiera. La Eucaristía ha forjado insignes apóstoles misioneros, en todo estado de vida: obispos, sacerdotes, religiosos, laicos; santos de vida activa y contemplativa” 336 Desde esta perspectiva, la Eu­caristía representa la llamada, el memorial de la misión pascual de Cristo en su visibilidad histórica. La comunidad que celebra conscientemente la Eucaristía, se sitúa de cara a las exigencias e implicaciones de la Alianza nueva y definitiva.

La Eucaristía rejuvenece incesantemente a la Iglesia. Por este motivo es causa de renovación de la misión de todo el Pueblo de Dios. La Eucaristía exige la evangelización y es a la vez evangeli­zadora. La Asamblea eucarística es epifanía de la Iglesia, ya que es “el centro de toda la vida cristiana para la Iglesia, universal y local, y para todos los fieles individualmente” 337. La Eucaristía, como todo sacramento, se estructura sobre una articulación de palabra y signo, anuncio y gesto, verbo y acción.

 

335 Mc. 16,15-16; Mt. 28,18-19; Jn. 20,22-23; Hech. 1,8.

336 Benedicto XVI, Mensaje del Angelus, (2-10-2005), en ‘Ecclesia’, 3.282 (5-XI-2005), p.30.

337 . n.1.·

 

En la Eucaristía culminan la evangelización, la catequesis, el ministerio sacerdo­tal y la caridad. Pero, al mismo tiempo, de la Eucaristía dimanan la nueva fuerza y el nuevo compromiso de la comunidad entera y de cada fiel concreto para seguir realizando con empeño y au­dacia la misión recibida y celebrada 338. Se trata, por tanto, de una evangelización que encierra tres momentos integrantes: implica una preparación antecedente del presbítero, los servicios y mi­nisterios, la comunidad entera, incluye, además, una verdadera mistagogía eucarística en el desarrollo y realización elocuente de las palabras y signos y, por último, un compromiso consecuente para la vida ordinaria. La realización del triple ministerio pro­fético, sacerdotal y real dentro de la Eucaristía es para la Iglesia como memorial permanente de los objetivos de su misión: sus­citar la fe por la Palabra, compartir la vida por la caridad, dar gracias y animar la esperanza por el culto.

Estoy firmemente persuadido de que, si nuestra diócesis de Ourense celebra y vive el misterio eucarístico en sus dimensio­nes fundamentales, responderá adecuadamente a la llamada ur­gente que supone la Nueva Evangelización 339.

 

338 Cfr. SC. n. 10.

339 Precisamente el cap.V de los Lineamenta del último Sínodo de los Obispos sobre la Eucaristía llevaba por título: Mistagogía eucarística para la Nueva Evangelización.IV

Los Cristianos, Testigos del Amor en elMundo

 

69. Juan Pablo II señalaba que “el Obispo es el primero que, en su camino espiritual, tiene el cometido de ser promo­tor y animador de una espiritualidad de comunión, esforzán­dose incansablemente para que ésta sea uno de los principios educativos de fondo en todos los ámbitos en que se modela al hombre y al cristiano” 340. Todo el ministerio episcopal debe estar animado por la espiritualidad de comunión. Como su­cesor de los apóstoles tengo el deber de promover y animar las diversas tareas diocesanas con una auténtica espiritualidad de comunión. En este sentido, las instituciones eclesiales han de actuar impregnadas por la comunión. Soy consciente de que “la comunión se manifiesta siempre en la misión, que es su fruto y consecuencia lógica” 341. En el capítulo precedente he mostrado cómo la comunión es la forma de existencia, de vida y de misión de la Iglesia. El ser cristiano está radicalmente modelado por la fraternidad y la comunión. El Concilio Va­ticano II “insiste en la comunión, convirtiéndola en su idea inspiradora y en el eje central de todos sus documentos” 342. La comunión encarna y manifiesta la entraña misma del misterio de la Iglesia. La fidelidad al designio divino y el anhelo de responder a la profunda esperanza del mundo nos impelen en este comienzo de milenio a llevar a cabo un gran desafío: “ha­cer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión” 343. Antes de exponer algunas consecuencias concretas que derivan de la espiritualidad de comunión, intentaré mostrar sus rasgos esenciales.

340 Juan Pablo II, Exhortación Apostólica, Pastores Gregis, (PGr) (2003), n. 22.

341 Ibid.

342 Juan Pablo II, Discurso a la Curia romana, (20-XII-1990), en ‘Ecclesia’ 2511 (19-1-1991) 18.

343 NMI. n.43.

 

1) Rasgos esenciales de la espiritualidad de comunión

70. La espiritualidad de comunión está enraizada en el mis­terio de la Santísima Trinidad. De esta forma “la Iglesia aparece como un pueblo reunido en virtud de la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” 344. La Iglesia procede del misterio trini­tario. El designio salvífico universal del Padre, la misión del Hijo y la obra santificadora del Espíritu fundan la Iglesia como miste­rio de comunión 345.

La espiritualidad de comunión significa también “capacidad de sentir al hermano de fe en la unidad profunda del Cuerpo místico” 346. Existe fraternidad porque Jesús, el Hijo, nos hace partícipes de la fi­liación divina y de la comunión con el Padre. La condición filial del Primogénito se va ensanchando en una multitud de hermanos suyos e hijos del Padre. Dios nos llama a “reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera el primogénito entre muchos hermanos” 347. Jesucristo es la piedra angular sobre la que se levanta el templo de Dios en el Es­píritu 348. Él es también la Cabeza del cuerpo de la Iglesia 349. La puerta de entrada a la fraternidad eclesial es el bautismo, por el cual somos hijos de Dios. Un nuevo nacimiento nos introduce en el seno de una nueva familia. El cristiano es en realidad ‘co-cristiano’. Invocamos a nuestro Dios como ‘nuestro Padre’. La oración cristiana por excelen­cia expresa y ahonda la relación con Dios como Padre y la relación fraternal con sus hijos. En el seno de la Iglesia no tienen sentido las barreras que impiden la existencia fraterna: “Los que os habéis bauti­zado en Cristo os habéis revestido de Cristo: ya no hay judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” 350. San Pedro exhortaba a los primeros cristianos con estas palabras: “Amad a los hermanos” 351.

344 LG. n.4.

345 Cfr. LG. nn.2-4.

346 NMI. n. 43.

347 Rom. 8,29.

348 Cfr. IPe. 2,4-8.

349 Cfr. ICor. 12,12-13.16.

350  3,27-28; cfr. Col.3,11.

 

La comunión, pues, “es saber ‘dar espacio’ al hermano, llevando mutuamente la carga de los otros (cfr.Gál.6,2) y rechazando las tentaciones egoístas” 352.

La Iglesia es en Cristo un cuerpo de hermanos que se alimen­ta y crece participando en el mismo Cuerpo eucarístico del Señor. El sacramento de la Eucaristía es fuente y expresión permanente de la fraternidad cristiana. Al recibir la Eucaristía, el cristiano no comulga solamente con Cristo; por Cristo recibe también a sus hermanos cristianos.

La espiritualidad de comunión es como un principio educa­tivo donde día a día se va formando la persona humana y el cris­tiano. Se extiende, por tanto, a todas las personas y actividades eclesiales. Esta espiritualidad ha de estar presente en los distintos espacios eclesiales. El entramado de la vida de cada Iglesia debe ser informado por la comunión 353. Además, nos advertía Juan Pablo II que “no nos hagamos ilusiones: sin este camino espiritual, de poco servirían los instrumentos externos de la comunión. Se con­vertirían en medios sin alma, máscaras de comunión más que sus modos de expresión y crecimiento” 354.

El capítulo cuarto de la exhortación Apostólica “Novo Mi­llennio Ineunte” lleva por título: “Testigos del amor”. Siguiendo de cerca su contenido, deseo exponer sintéticamente los aspectos bási­cos que configuran la espiritualidad de comunión. Cada uno de es­tos aspectos se relaciona estrechamente con el misterio eucarístico.

2) Variedad de vocaciones

 

71. La Iglesia es una comunión orgánica, análoga a la de un cuerpo vivo y operante. En consecuencia, “está caracterizada por la simultánea presencia de la diversidad y de la complementarie­ dad de las vocaciones y condiciones de vida, de los ministerios, de los carismas y de las responsabilidades” 355.

 

351 IPe. 2,17.

352 NMI. n.43.

353 Cfr. Ibid. nn.43.45.

354 Ibid. n.43.

 

Desde esta perspectiva cada fiel cristiano se encuentra en relación con todo el Cuerpo místico de Cristo y le brinda su propia colaboración. La comuni­dad cristiana ha de acoger todos los dones del Espíritu. En efecto, “la unidad de la Iglesia no es uniformidad, sino integración orgá­nica de las legítimas diversidades” 356.

Es el único e idéntico Espíritu el principio dinámico de la variedad y de la unidad en la Iglesia y de la Iglesia. Los diversos ministerios y carismas son para la edificación de la Iglesia y para el cumplimiento de su misión salvadora en el mundo. “Servir al Evangelio de la esperanza mediante una caridad que evangeliza es un compromiso y una responsabilidad de todos” 357. Para llevar a cabo la nueva evangelización es imprescindible seguir despertan­do el sentido de la corresponsabilidad de todos los bautizados.

El momento actual nos está urgiendo un generoso esfuerzo en la promoción de las vocaciones al sacerdocio y a la vida de es­pecial consagración. “No se puede pasar por alto la preocupante escasez de seminaristas y de aspirantes a la vida religiosa, sobre todo en Europa occidental” 358. Es necesario pedir insistentemente al Dueño de la mies que mande operarios a su mies 359. La pasto­ral vocacional adquiere entre nosotros una dimensión dramática “debido al contexto social cambiante y al enfriamiento religioso causado por el consumismo y el secularismo” 360. Como dije en la Carta “Un Seminario para la Nueva Evangelización”: “En este trabajo pastoral, marcado por esta urgencia eclesial, hemos de trabajar con ilusión, unidos todos como la familia del Señor” 361. Si existe una respuesta positiva por parte de todos, será posible

355 ChL. n.20.

356 NMI. n.46.

357 EinE. n. 33.

358 Ibid. n. 39.

359 Cfr. Mt. 9,38.

360 NMI. n.46.

361 Quinteiro Fiuza, Luis; lc. n.3.

 

llevar a cabo una pastoral amplia y capilar que se haga presente en las familias, en las parroquias y en los centros educativos. Es imprescindible llevar el anuncio vocacional al terreno de la pas­toral ordinaria.

a) El ministerio ordenado

72. Entre los diversos ministerios que existen en la comu­nidad eclesial, hay uno que posee una característica especial: el ministerio ordenado. Los ministros ordenados reciben de Cristo Resucitado el carisma del Espíritu Santo, mediante el sacramento del Orden. De esta forma reciben la autoridad y el poder sagrado para servir a la Iglesia, personificando a Cristo Cabeza y para congregarla en el Espíritu Santo por medio del anuncio del Evangelio y de la celebración de los sacramentos 362. En el ejercicio de su ministerio están “llamados a prolongar la presencia de Cristo, único y supremo Pastor, siguiendo su estilo de vida y siendo como una transparencia suya en medio del rebaño que les ha sido confiado” 363. Considero que “el ejercicio del sagrado ministerio encuentra hoy muchas dificultades, bien debidas a la cultura imperante, bien debido por la disminución numérica de los presbíteros, con el aumento de la carga pastoral y de cansancio que esto puede comportar. Por eso son más dig­nos aún de estima, gratitud y cercanía los sacerdotes que viven con admirable dedicación y fidelidad el ministerio que se les ha confiado” 364. Los ministros ordenados son ante todo una gracia para la Iglesia entera. El sacerdocio ministerial está esencial­mente finalizado al sacerdocio común de todos los bautizados y a éste ordenado 365.

362 ChL. n. 22.

363 PDV. n.15.

364 EinE. n. 36.

365 Cfr. LG. n. 10.

 

b) La vida consagrada 73. La vida consagrada no es fruto de la voluntad humana. Al contrario, “enraizada profundamente en los ejemplos y ense­ñanzas de Cristo el Señor, es un don de Dios Padre a su Iglesia por medio del Espíritu” 366. Alo largo de la historia nunca han faltado hombres y mujeres que, dóciles a la llamada divina, eligieron li­bremente un camino de especial seguimiento de Cristo, para de­dicarse a él con corazón ‘indiviso’ 367. La vida consagrada es, pues, “una planta de muchas ramas, que hunde sus raíces en el Evangelio y produce copiosos frutos en toda estación de la Iglesia” 368. El bau­tismo es la tierra fértil de donde brotan ulteriores compromisos y consagraciones. Como se ha dicho más arriba, es el Espíritu el que establece la igual dignidad básica, pero también la pluriformidad de vocaciones, carismas y consagraciones 369.

La consagración, como signo de las realidades definitivas, se convierte en profecía y en testimonio sobre todo por los desafíos lanzados por la vida consagrada al hedonismo, al materialismo y a la libertad exacerbada 370. La práctica de la pobreza, castidad y obediencia va configurando a la persona consagrada con el Se­ñor Jesús. Hay que reconocer que una Iglesia particular sin per­sonas de vida consagrada, se encontraría fuertemente debilitada. Toda familia de vida consagrada recibe sentido en cuanto edifica el Cuerpo de Cristo en la unidad de sus diversas funciones y ac­tividades. La Iglesia particular constituye el espacio histórico en el que una vocación se expresa en la realidad y en el que se efectúa su comportamiento apostólico. La solicitud para con las personas de vida consagrada forma parte esencial de mi ministerio episco­pal. En efecto, “el Obispo ha de estimar y promover la vocación y misión específicas de la vida consagrada, que pertenece estable y firmemente a la vida y a la santidad de la Iglesia” 371.

 

366 Juan Pablo II, Exhortación Apostólica, Vita Consecrata, (VC) (1996) n.1.

367 Cfr. ICor. 7,34.

368 VC. n. 5.

369 Cfr. Ibid. n.31.

370 Cfr. Ibid. nn. 84-92.

 

c) La vocación específica de los fieles cristianos laicos

 

74. La riqueza de la vida nueva recibida en el Bautismo in­cluye, además del ministerio ordenado y de la vida consagrada, la vocación propia de los laicos. “Éstos, en virtud de su condición bautismal y de su específica vocación, participan en el oficio sa­cerdotal, profético y real de Jesucristo, cada uno en su propia me­dida” 372. La aportación de los laicos a la misión eclesial es irre­nunciable. Los pastores deben, por tanto, reconocer y promover los ministerios, oficios y funciones de los fieles laicos, que tienen su base sacramental en el Bautismo y en la Confirmación, y para muchos de ellos, en el Matrimonio.

Además, por medio de los fieles laicos, el Pueblo de Dios se hace presente en los más variados sectores del mundo. Es verdad que toda la Iglesia tiene una auténtica dimensión secular, inheren­te a su naturaleza y a su misión, que hunde sus raíces en el mis­terio del Verbo Encarnado. La Iglesia vive en el mundo, aunque no es del mundo 373. Es enviada a continuar la obra salvadora de Cristo, la cual “al mismo tiempo que mira de suyo a la salvación de los hombres, abarca también la restauración de todo el orden temporal” 374. Ahora bien, “el carácter secular es propio y peculiar de los laicos”. A ellos “corresponde, por propia vocación, tratar de obtener el reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios” 375. Los fieles laicos son llamados por Dios para contribuir desde dentro, a modo de fermento, a la santi­ficación del complejo y dilatado mundo de la realidad social, de la política, de la

371 PGr. n.50.

372 ChL. n.23.

373 Cfr. Jn. 17,16.

374 Concilio Vaticano II, Decreto, Apostolicam Actuositatem (AA), n.5.

375 LG. n.31.

 

familia, de la cultura, de la educación y del trabajo. A los fieles laicos compete de modo especial la animación cristia­na de las realidades temporales 376.

Es de gran importancia para la comunión la tarea de promo­ver y favorecer el fenómeno asociativo laical que en la vida actual de la Iglesia se está caracterizando por una particular variedad y vivacidad 377. La razón profunda que justifica y exige la asociación de los fieles laicos es de orden teológico. Así lo reconoce el Con­cilio Vaticano II, cuando contempla el apostolado asociado como un “signo de la comunión y de la unidad de la Iglesia en Cristo” 378. La libertad de asociación de los fieles laicos en la Iglesia es un verdadero y propio derecho. Se trata de una libertad reconocida y garantizada por la autoridad eclesiástica y que debe ejercerse siempre en la comunión de la Iglesia 379.

75. Un campo de ejercicio del sacerdocio común es el matri­monio y la familia. La unión sacramental del esposo y la esposa participa en la alianza de Dios con la humanidad a través de la sangre de Cristo. En la visión cristiana del matrimonio, la relación entre un hombre y una mujer (unidad e indisolubilidad) responde al plan original de Dios. Cristo eleva el matrimonio a la dignidad de sacramento y así es signo del amor esponsal de Cristo a su Igle­sia 380. La pastoral familiar adquiere hoy día una urgencia especial, ya que “se está constatando una crisis generalizada y radical de esta institución fundamental” 381. Tratándose de una realidad tan básica, la Iglesia no puede ceder a las presiones de una cultura que contradice abiertamente la visión cristiana del matrimonio.

Nunca se ponderará demasiado la trascendencia de la familia tanto para la sociedad como para la Iglesia. La familia cristiana es, además, célula de la Iglesia, una Iglesia en pequeño. El hogar, co­ munidad de vida y amor, es el ámbito en que la vida se transmite, los hijos son esperados y no temidos y son acogidos como regalo de Dios. En la familia, escuela del más rico humanismo, se fragua la persona y el cristiano, ya que no basta el engendramiento sin los desvelos, la compañía, el amor, la educación, la siembra de las virtudes y los valores humanos y cristianos.

 

 

376 Cfr. ChL. n. 15.

377 Cfr. Ibid. n.29; cfr. También, NMI. n.46.

378 AA. n.18.

379 Cfr. AA. nn. 19.15; LG. n. 37; Código de Derecho Canónico, (CIC), c.215.

380 Cfr. NMI. n.47.; Cfr. Benedicto XVI, Carta Encíclica, Deus Caritas est (DCe) (2006) n. 11.

381 Ibid.

 

Los padres de familia han recibido el encargo inestimable de ser los primeros transmisores de la fe cristiana a los hijos. Desde el seno de un hogar cristiano, los hijos acuden a la parroquia que es familia y fermento de una vida nueva en Cristo. Conviene tener presente, además, “que es en la familia donde nacen las vocacio­nes al sacerdocio y de donde parten aquellos que, en nombre de Jesucristo, están llamados a servir desde su ministerio sacerdotal a toda la comunidad eclesial” 382. En la pastoral vocacional tiene una responsabilidad muy especial la familia cristiana que, en virtud del sacramento del matrimonio, participa en la misión educativa de la Iglesia 383.

76. En la Iglesia, misterio de comunión, es también comu­nión en las vocaciones y servicios diferentes y complementarios. El sujeto de la celebración eucarística es la Iglesia. Toda la co­munidad reunida es sujeto activo de la ofrenda a Dios; los fieles, que han acudido a la celebración, se unen al ministro ordenado y concurren con él en la oblación de la Eucaristía 384. El sacerdocio común y el sacerdocio ministerial están recíprocamente referidos por diversos motivos: porque participan del único sacerdocio de Cristo, porque ambas modalidades pertenecen al mismo Pueblo sacerdotal y porque están al servicio de la misión que la Iglesia ha recibido de su Señor. Las necesarias distinciones no deben oscure­cer la unidad fundamental de la Iglesia y de todos sus miembros. Por el contrario, no se puede obnubilar la específica participación de ministros y comunidad nivelando todo y confundiendo todo en una vaga generalización.

 

382Quinteiro Fiuza, Luis; lc. n.5.

383 Cfr. PDV. n. 41.

384 Cfr. LG. n. 10.

 

Esta participación real de la comuni­dad cristiana en el santo Sacrificio de la Misa tiene su expresión celebrativa y debe tener su repercusión espiritual. En consecuen­cia, los cristianos, ministros y comunidad entera, han de tener los mismos sentimientos de Cristo y reproducir en su interior las mismas actitudes que tenía cuando ofrecía el sacrificio de sí mis­mo al Padre por la salvación de todos. La Eucaristía es vínculo de comunión entre todas las vocaciones de la Iglesia.

 

 

3) Eucaristía y movimiento ecuménico

 

77. Al ser la Eucaristía signo eficaz de la comunión eclesial no se puede pasar por alto las implicaciones ecuménicas de este sacramento 385. La Eucaristía contiene el fundamento mismo del ser y de la unidad de la Iglesia: el Cuerpo de Cristo ofrecido en sa­crificio y dado a los fieles como Pan de vida. La verdad del Cuerpo eucarístico del Señor produce, a la vez que significa, la unidad de todos los comensales del banquete eucarístico. Lo que une a los fieles en la celebración eucarística es la realidad objetiva del Cuerpo del Señor. Con otras palabras, la unidad que Cristo ha querido para su Iglesia sólo se edifica sobre la base de la presencia real sustancial del Señor resucitado en la Eucaristía. De ahí que S. Agustín ante la grandeza del misterio eucarístico exclamase: “¡Oh sacramento de piedad, oh vínculo de unidad, oh vínculo de caridad!” 386.

El hecho de la división dentro de la familia cristiana no permi­te a todos los discípulos de Cristo reunirse en torno a la mesa del Señor y participar en la única Cena del Señor. Esto supone una pro­funda herida en el cuerpo del Señor. Los bautizados no podemos resignarnos a vivir esta circunstancia como si fuera algo normal.

 

385 Cfr. EE. n.43.

386 S. Agustín, In Io.Evang. Tractatus, 26, 13: (PL 35, 1613); cfr. SC. n.47.

 

 Al contrario, “la aspiración a la meta de la unidad nos impulsa a dirigir la mirada a la Eucaristía, que es el supremo Sacramento de la unidad del Pueblo de Dios 387. Al celebrar el Sacrificio eucarístico, la Iglesia eleva su plegaria al Padre, impetrando la presencia del Espí­ritu Santo, admirable constructor de la unidad eclesial 388.

78. En el diálogo ecuménico, al referirnos a la íntima relación entre Eucaristía y unidad de la Iglesia, hay que distinguir entre las Iglesias orientales, que han conservado la Eucaristía de una forma completamente válida 389y las Comunidades eclesiales que no han conservado la realidad originaria y plena del misterio eu­carístico 390. La declaración “Dominus Iesus” interpreta de forma autorizada la doctrina conciliar con estas palabras: “Las Iglesias que no están en perfecta comunión con la Iglesia católica pero se mantienen unidas a ella por medio de vínculos estrechísimos como la sucesión Apostólica y la Eucaristía válidamente celebrada son verdaderas iglesias particulares… Por el contrario, las Comuni­dades eclesiales que no han conservado el Episcopado válido y la genuina e íntegra sustancia del misterio eucarístico, no son Iglesia en sentido estricto…” 391.

Para comprender esta situación muy plural cuando se des­ciende a lo concreto, son muy orientadores estos principios: “No es lícito considerar la comunicación en las funciones sagradas como un medio que pueda usarse indiscriminadamente para restablecer la unidad de los cristianos. Esta comunicación depende principal­mente de dos principios: de la significación obligatoria de la uni­dad de la Iglesia y de la participación en los medios de la gracia. La significación de la unidad prohíbe la mayoría de las veces esta comunicación. La necesidad de procurar la gracia la recomienda a veces. La autoridad episcopal local determine prudentemente el modo concreto de actuar, atendiendo a todas

 

387 EE. n. 43.

388 Cfr. UR. n.2.

389 Cfr. Ibid. n.15.

390 Cfr. Ibid. n. 22.

391 Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración, Dominus Iesus, (DI) (2000) n.17·

 

las circunstancias de tiempo, lugar y personas, a no ser que la Conferencia episcopal, según las normas de sus propios estatutos, o la Santa Sede deter­minen otra cosa” 392. El decreto “Unitatis redintegratio” declara la posibilidad de que la ‘comunicación en la cosas sagradas’, si se usa discriminadamente o prudentemente, sea medio que coadyu­ve a lograr la unidad de los cristianos. Después establece los dos principios que deben dar el criterio de ese ‘uso discriminado’. Las disposiciones concretas para la aplicación de estos principios se hallan expuestas en el Directorio ecuménico 393.

4) Diálogo interreligioso y misión

 

79. El diálogo interreligioso es también un elemento esencial de la espiritualidad de comunión. Como cristianos reconocemos con gozo que un nuevo milenio y un nuevo siglo se abren a la luz de Cristo. Pero no todos los hombres conocen y son conscientes de esta luz. A nosotros que tenemos la inmensa dicha de creer en Jesucristo, hemos de transmitir la luz de Cristo a todas las gen­tes 394. Diálogo interreligioso y misión son realidades que guardan entre sí una estrechísima relación. En efecto, el diálogo interreli­gioso “entendido como método y medio para un conocimiento y enriquecimiento recíproco, no está en contraposición con la misión ‘ad gentes’, es más, tiene vínculos especiales con ella y es una de sus expresiones” 395.

Existe una creciente interdependencia entre los distintos lu­gares de la tierra. Las migraciones están también de actualidad. Es obvio que la tecnología y la industria modernas hacen bles numerosos intercambios entre países muy variados. Ciertos hábitos culturales de países lejanos y desconocidos, gracias a los medios de comunicación, se nos hacen más familiares y los in­terpretamos con más detalle. posi­

392 UR. n.8.

393 Cfr. Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, Directorio para la aplicación de los principios y normas sobre el ecumenismo, (1993) nn.122-136. En estos números se aborda el tema de la ‘communicatio in sacris’, especialmente la Eucaristía. A esta normativa se alude también en la Encíclica, EE, nn. 44-46.

 

394 Cfr. Ibid. n. 54.

395 RM. n.55.

 

Estos factores de interdependencia y comunicación entre diversos pueblos y culturas favorecen una conciencia más clara y concreta del pluralismo religioso existente en el mundo 396.

80. Dentro de esta nueva configuración de la sociedad, el diá­logo interreligioso adquiere una importancia y urgencia especia­les. Este contexto está exigiendo el establecimiento y el desarrollo de relaciones que permitan una convivencia más fluida y fecun­da entre las personas y las distintas tradiciones religiosas. Sobre todo, a partir de las afirmaciones del Concilio Vaticano II, se han ido perfilando las dimensiones del diálogo que debe existir entre la Iglesia católica y las demás religiones no cristianas 397. Hay que reconocer que la práctica del diálogo interreligioso suscita dificul­tades en la mentalidad de muchas personas. Conviene, por tanto, conocer, ante todo, la orientación doctrinal y pastoral que el Ma­gisterio de la Iglesia nos ha ido ofreciendo.

Una auténtica actitud dialogal ha de conjugar el binomio: fi­delidad y apertura. Por un lado se trata de la exposición sincera y clara de la propia fe sin miedo, eliminando toda ambigüedad; por otro, se intenta comprender en profundidad la postura del inter­locutor. Cada tradición religiosa profesa su ‘credo específico’. Éste no es negociable en el diálogo interreligioso. Es decir, el diálo­go “no puede basarse en la indiferencia religiosa, y nosotros como cristianos tenemos el deber de desarrollarlo ofreciendo el pleno testimonio de la esperanza que está en nosotros (cfr.IPe.3,15)” 398. La integridad de la propia fe prohíbe cualquier compromiso de reducción.

 

396 Cfr. Comisión Teológica Internacional, El Cristianismo y las Religiones, (1996), (Madrid, 1998) 557-558.

397 Cfr. LG. n.16; GS.n.22; Concilio Vaticano II, Declaración Nostra aetate, (NA).

398 NMI.n. 56; cfr. DI; Cfr. EinE. n. 55.

El falso irenismo daña la pureza de la fe y oscurece su genuino y definitivo sentido. No es aceptable tampoco el sin­cretismo que, en la búsqueda de un terreno común, pasa por alto la oposición y las contradicciones entre los credos de tradiciones religiosas diferentes, mediante alguna reducción de su contenido.

5) Apostar por la caridad

 

81. La contemplación del rostro de Cristo orienta nuestra existencia hacia el mandamiento nuevo que Él nos dio: “Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros” 399. Ser testigos del amor es el gran testimonio que nos está pidiendo el mundo a los discípulos de Cristo 400. El libro del Apocalipsis recoge las palabras que el Espíritu dice a las Iglesias. Se trata, ante todo, de un juicio sobre la vida. Se refiere a los he­chos, al comportamiento: “Conozco tu conducta: tu caridad, tu fe, tu espíritu de servicio, tu paciencia” 401. Es un llamada a servir al evangelio de la esperanza. La Iglesia no sólo debe anunciar y ce­lebrar la salvación que viene del Señor, sino que debe vivirla en la existencia concreta de las personas. Al margen del amor la persona humana permanece un enigma para sí misma. El amor es la expe­riencia originaria de la que brota la esperanza 402. La buena noti­cia que la Iglesia debe transmitir a todos los hombres consiste en que Dios nos ha amado primero y que Jesús concretiza este amor, amándonos hasta el extremo, como nos acaba de recordar el Papa Benedicto XVI en su primera Encíclica «Deus caritas est» 403.

En el seno de las familias y de las comunidades cristianas ha de vivirse con intensidad el Evangelio de la caridad. «Las or­ganizaciones caritativas de la Iglesia, sin embargo, son un opus proprium suyo, un cometido que

 

399 Jn. 13,34.

400 Cfr. NMI. n. 42.

401 Ap.2,1-3.

402 EinE. nn.83.84.

403Cfr. IJn.4,10.19; Jn. 13,1. Cfr. DCe (2005)

 

le es congenial, en el que ella no coopera colateralmente, sino que actúa como sujeto directamente responsable, haciendo algo que corresponde a su naturaleza. La Iglesia nunca puede sentirse dispensada del ejercicio de la caridad como actividad organizada de los creyentes y, por otro lado, nunca habrá situaciones en las que no haga falta la caridad de cada cris­tiano individualmente, porque el hombre, más allá de la justicia, tiene y tendrá siempre necesidad de amor»404.

Es decir, “nuestras comunidades eclesiales están llamadas a ser verdaderas escuelas prácticas de comunión” 405. La opción por la caridad nos proyecta “hacia la práctica de un amor activo y concreto con cada ser humano” 406. El cristiano que siente dentro de sí el amor de Dios, descubre el rostro de Cristo en los demás: “He tenido hambre y me habéis dado de comer, he tenido sed y me habéis dado de beber; fui forastero y me habéis hospedado; desnu­do y me habéis vestido, enfermo y me habéis visitado, encarcelado y habéis venido a verme” 407. Esta página sobre el juicio definitivo nos ilumina el misterio de Cristo. Acoger y servir a los pobres significa acoger y servir al mismo Cristo.

82. El amor preferencial por los más pobres ha de manifestar­se en una caridad activa y concreta. «Mi prójimo es cualquiera que tenga necesidad de mí y que yo pueda ayudar. Se universaliza el concepto de prójimo, pero permaneciendo concreto. Aunque se ex­tienda a todos los hombres, el amor al prójimo no se reduce a una actitud genérica y abstracta, poco exigente en sí misma, sino que requiere mi compromiso práctico aquí y ahora»408. En el ambiente en que nos movemos son múltiples las necesidades que interpelan la sensibilidad cristiana. Juan Pablo II describe con claridad y va­lentía el rostro de las pobrezas de siempre y también de las nuevas.

 

404 DCe. n. 29.

405 EinE. n. 85.

406 NMI. n. 49.

407 Mt. 25,35-36.

408 DCe. n. 15.

 

Al hablar de las nuevas, dice “que afectan a menudo a ambientes y grupos no carentes de recursos económicos, pero expuestos a la desesperación del sinsentido, a la insidia de la droga, al abandono en la edad avanzada o en la enfermedad, a la marginación o a la discriminación social” 409. El momento histórico que estamos vi­viendo nos señala con toda urgencia, como nos dice el Santo Padre Bendicto XVI que: «en un mundo en el cual a veces se relaciona el nombre de Dios con la venganza o incluso con la obligación del odio y la violencia, éste es un mensaje de gran actualidad y con un significado muy concreto. Por eso, en mi primera Encíclica deseo hablar del amor, del cual Dios nos colma, y que nosotros debemos comunicar a los demás»410. Constato con gozo que en los planes diocesanos de pastoral, se insiste en la urgencia de implantar ‘ca­ritas’ donde todavía no exista y de fortalecerla en las comunidades parroquiales donde ya esté funcionando. La calidad cristiana de una comunidad se refleja en la vivencia en todos sus aspectos de la dimensión caritativa. Para construir la civilización del amor, es necesario acudir a la doctrina social de la Iglesia. Así nos lo recuerda el Santo Padre en su Encíclica: «En la difícil situación en la que nos encontramos hoy, a causa también de la globalización de la economía, la doctrina social de la Iglesia se ha convertido en una indicación fundamental, que propone orientaciones válidas mucho más allá de sus confines: estas orientaciones —ante el avan­ce del progreso— se han de afrontar en diálogo con todos los que se preocupan seriamente por el hombre y su mundo»411.

6) Eucaristía y acogida a los más pobres:

 

83. Benedicto XVI señala: «Jesús ha perpetuado este acto de entrega mediante la institución de la Eucaristía durante la Última Cena.

409 Cfr. Ibid. n.50; cfr. también, EinE. nn. 86-89.

410 DCe. n. 1.

411 DCe. n. 27.

 

Ya en aquella hora, Él anticipa su muerte y resurrección, dándose a sí mismo a sus discípulos en el pan y en el vino, su cuerpo y su sangre como nuevo maná (cf. Jn 6, 31-33). (...) La Eucaristía nos adentra en el acto oblativo de Jesús»412. La viva tradición de la Iglesia recuerda siempre esta dimensión de este sacramento. Nos lo enseña el Catecismo de la Iglesia Católica, al afirmar: “La Eu­caristía entraña un compromiso a favor de los pobres: para recibir en la verdad el Cuerpo y la Sangre de Cristo entregados por noso­tros debemos reconocer a Cristo en los más pobres, sus hermanos (cfr.Mt.25,40)” 413.

a) En la fuente de la Sagrada Escritura

84. Desde su dimensión social y caritativa, en la Eucaristía se recogen y actualizan los gestos básicos del comportamiento de Cristo. Hay que reconocer que el amor ha sido siempre el alma de su vida. No es casual que en el Evangelio según San Juan no se mencione el relato de la institución de la Eucaristía. En cambio se recoge el gesto del lavatorio de los pies. Conviene profundizar en este gesto donde “Jesús se hace maestro de comunión y servicio” 414. La Eucaristía ha de ser un banquete de caridad y de amor sin dis­criminación social al que todos somos invitados 415. El apóstol S. Pablo sostiene que no es lícita la celebración eucarística en la que no esté presente el espíritu de comunión y de caridad más concre­ta 416; este mismo testimonio se reivindica para la comunidad de Jerusalén 417. Desde los primeros momentos de la vida de la Igle­sia, en las reuniones de la comunidad se realizan colectas para los pobres 418. No se puede compartir el pan eucarístico sin compartir el pan cotidiano. Mas todavía, el servicio de caridad y comunión que se presta en las colectas es designado por el Apóstol con el nombre de liturgia, la cual, a su vez, mueve de nuevo a dar gracias a Dios 419.

 

412 DCe. n. 13.

413 CEC. n. 1397.

414 Cfr. Jn. 13,1-20; EE. n.20.

415 Cfr. Lc. 14,15-ss.

416 Cfr. ICor. 11,17.22.27.34.

417 Cfr. Hech. 2,42-ss; St.2,1-ss.

418 Cfr. Hech. 11,29; Gál. 2,9-ss; ICor. 16,1-4; IICor.8-9

 

b) Testimonio de los Padres de la Iglesia

85. Los Padres de la Iglesia ofrecen un testimonio constan­te del aspecto caritativo-social de la Eucaristía. S. Justino, que nos ha transmitido la primera narración de la Eucaristía, destaca la di­mensión social de la misma con estos términos: “Los que tienen y quieren, cada uno según su libre determinación, da lo que bien le parece, y lo recogido se entrega al presidente y él socorre con ello a los huérfanos y viudas, a los que por enfermedad o por otra causa están necesitados, a los que están en las cárceles, a los forasteros de paso, y, en una palabra, él se constituye en provisor de cuantos se hallan en necesidad” 420. S. Juan Crisóstomo relaciona con vigor y elocuen­cia algunas afirmaciones de Jesús: “¿Deseas honrar el Cuerpo de Cristo? No lo desprecies, pues, cuando lo contemples desnudo en los pobres, ni lo honres aquí, en el templo, con lienzos de seda, si al salir lo abandonas en su frío y desnudez. Porque el mismo que dijo: ‘Esto es mi cuerpo’, y con su palabra llevó a realidad lo que decía; afirmó también: ‘Tuve hambre y no me disteis de comer’, y más adelante: ‘Siempre que dejasteis de hacerlo a uno de estos pequeñuelos, a mí en persona lo dejasteis de hacer’. El templo no necesita vestidos y lienzos, sino pureza de alma; los pobres, en cambio, necesitan que con sumo cuidado nos preocupemos de ellos” 421. La Eucaristía posee, por su propia naturaleza, una dimensión caritativo-social. Es el sacramento de la caridad de los cristianos. Con razón la Iglesia ha unido la fiesta del Corpus Christi y Cári­ tas, urgiendo que de la misma celebración eucarística nazca la exi­gencia del amor fraterno. El servicio caritativo-social de la Iglesia está radicado en la Eucaristía.

 

419Cfr. Rom. 15,27; IICor. 9,12-ss.

420 S. Justino, Apología, I, 67: (PG. 6,429). Cfr. DCe. nn. 22-23.

421 . Juan Crisóstomo, In Math. Homil., 50,3: (PG. 58,508

 

c) Las afirmaciones de la misma Liturgia:

 

86. Los mismos textos litúrgicos destacan el aspecto carita­tivo-social de la Eucaristía. Deseo fijarme, ante todo, en algunas afirmaciones de las plegarias eucarísticas. En ellas aparece Cristo como el verdadero servidor que se entrega del todo por nuestra salvación. De una forma especial son los necesitados, los pobres, enfermos y oprimidos por cualquier causa quienes son objeto del amor del Padre manifestado en Cristo: “Porque Él, en su vida te­rrena, pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el mal. También hoy, como buen samaritano, se acerca a todo hombre que sufre y en su espíritu y cura las heridas con el aceite del consuelo y el vino de la esperanza” 422. La razón del servicio en Dios no es otra que el amor del todo gratuito. Jesús es el modelo perfecto de caridad: “Te damos gracias, Padre fiel y lleno de ternura, por­que tanto amaste al mundo, que le has entregado a tu Hijo, para que fuera nuestro Señor y nuestro hermano. Él manifiesta su amor para con los pobres y los enfermos, para con los pequeños y pecado­res. Él nunca permaneció indiferente ante el sufrimiento humano; su vida y su palabra son para nosotros la prueba de tu amor; como un padre siente ternura por sus hijos, así tu sientes ternura por tus fieles” 423.

Una de las finalidades principales de este servicio es la recu­peración de la amistad y la comunión con Dios mismo median­te el sacrificio de la nueva alianza y también la recuperación y el fortalecimiento de la reconciliación de la humanidad, a menudo amenazada por la división, la enemistad y hasta la misma guerra.

 

422 Prefacio común, VIII.

423 Prefacio de la PE. V/c.· 103

 

En la ‘Plegaria sobre la reconciliación II’ se dice al respecto: “Pues, en una humanidad dividida por las enemistades y las discordias, tú diriges las voluntades para que se dispongan a la reconciliación. Tu Espíritu mueve los corazones para que los enemigos vuelvan a la amistad, los adversarios se den la mano y los pueblos busquen la unión. Con tu acción eficaz consigues que las luchas se apaci­güen y crezca el deseo de la paz, que el perdón venza al odio y la indulgencia a la venganza” 424. La Iglesia ha de ser servidora de la reconciliación realizada por Dios y actualizada en la Eucaristía. Los fieles no sólo deben compartir los bienes con los más necesita­dos, sino también han de promover en todo momento la justicia, la paz y la reconciliación: “Danos entrañas de misericordia ante toda miseria humana, inspíranos el gesto y la palabra oportuna frente al hermano solo y desamparado, ayúdanos a mostrarnos disponibles ante quien se siente explotado y oprimido. Que tu Iglesia sea un recinto de verdad y de amor, de libertad, de justicia y de paz, para que todos encuentren en ella un motivo para seguir esperando” 425.

Esta tarea caritativo-social, que se expresa y promueve por la Eucaristía, incumbe a todos los fieles cristianos. Este servicio compromete a toda la comunidad eclesial, representada por la Asamblea reunida: “Tú lo llamas (al hombre, al cristiano) a co­operar con el trabajo cotidiano en el proyecto de la creación, y le das tu Espíritu para que sea artífice de justicia y de paz, en Cris­to, el hombre nuevo” 426. Todos hemos de seguir a Cristo en su amor a los ‘pobres y enfermos, a los pequeños y pecadores’, sin ‘permanecer indiferentes ante el sufrimiento humano’ 427. He aquí, en síntesis, algunos textos litúrgicos que expresan la dimensión caritativo-social de la Eucaristía. Lo que se expresa en la ‘gran

424 Prefacio de la PE. sobre la reconciliación II.

425 PE. V/b; cfr. también PE sobre la reconciliación II.

426 Prefacio III sobre la Cuaresma.

427 PE.V/b.

 

oración’ de la Iglesia tiene un carácter fundamental y central: uni­dad y caridad, justicia y paz, salvación y reconciliación, ayuda y solicitud por los más pobres.

87. El horizonte de nuestro momento histórico se halla os­curecido por múltiples y variadas cuestiones. También en nuestro mundo ha de brillar la esperanza cristiana: “Por eso el Señor ha querido quedarse con nosotros en la Eucaristía, grabando en esta presencia sacrificial y convival la promesa de una humanidad re­novada por su amor” 428. En efecto, “nuestro Dios ha manifesta­do en la Eucaristía la forma suprema del amor, trastocando todos los criterios de dominio, que rigen con demasiada frecuencia las relaciones humanas, y afirmando de modo radical el criterio del servicio: ‘Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y servidor de todos’ (Mc.9,35)” 429. La Eucaristía es el momento más intenso de la vida de la Iglesia. Cada celebración eucarística ha de ser el signo más claro de la reconciliación en un mundo tan dividido y manifestación concreta del amor de Dios hacia los más necesitados.

428 EE. n.20.

429 MND. n. 28.

 

Conclusión

 

88. La hora de Jesús es la hora en que vence el amor. Ha de ser también nuestra hora. Lo será de verdad cuando la Eucaristía sea el centro de nuestra vida. Desde esta profunda convicción, el San­to Padre, Benedicto XVI, les decía con toda claridad a los jóvenes: “No os dejéis disuadir de participar en la Eucaristía dominical y ayudad también a los demás a descubrirla. Ciertamente, para que de esa emane la alegría que necesitamos, debemos aprender a comprenderla cada vez más profundamente, debemos aprender a amarla. Comprometámonos a ello, ¡vale la pena!” 430.

La extraordinaria riqueza del misterio eucarístico nos alienta para seguir avanzando por la senda de la Nueva Evangelización. Os invito a contemplar, celebrar y vivir las dimensiones fundamentales del sacramento de la Eucaristía. En este misterio se halla la fuen­te inagotable de toda renovación cristiana. En nuestra Diócesis, de honda tradición mariana, es necesario volver nuestra mirada hacia la Virgen María, mujer “eucarística” en todos los aspectos de su vida. Que nuestro patrono, San Martín de Tours, nos ayude con su protección para vivir la Eucaristía como manantial perenne de ca­ridad 431. En la perspectiva del undécimo centenario del nacimiento de San Rosendo, para cuya celebración ya nos estamos preparando, es oportuno fijar nuestra mirada en el rostro eucarístico de Cristo, y en Aquella que canto con la “Salve”, oración que llegó al corazón y a los labios de tantos católicos.

Os bendice y reza con vosotros

Luis Quinteiro Fiuza

Obispo de Ourense.

Ourense, 1 de marzo de 2006

Miércoles de Ceniza.

 

430 Benedicto XVI, Homilía en Marienfield en la Eucaristía de clausura de la XX Jornada Mundial de la Juventud (21-VIII-2005): en ‘Ecclesia’, 3.272-73 (27-VIII y 3-IX-2005), p. 41.

431 El Papa cita expresamente a nuestro patrono, San Martín de Tours, como modelo de caridad, cfr. DCe. n.40.

 

 

 

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                 EL CORAZON SACERDOTAL DE CRISTO

            EN LA VISION DE LA CRUZ DEL APOSTOLADO

 

                                                            Juan Esquerda Bifet

 

(Sumario)

 

Introducción

 

1. El misterio sacerdotal de Cristo desde sus "sentimientos"

 

2. Los amores más profundos del Corazón Sacerdotal de Cristo. Dimensión trinitaria

 

3. Los "sacerdotes" en el Corazón Sacerdotal de Cristo

 

4. Identidad sacerdotal: Sentirse realizado en el Corazón Sacerdotal de Cristo

 

5. En el "hoy" del Corazón Sacerdotal de Cristo, hacia las nuevas singladuras de la espiritualidad sacerdotal

 

A modo de conclusión

 

                                        * * *

 

Introducción

 

       La invitación evangélica, de "mirar al que traspasaron" (Jn 19,37; cfr. Zac 12,10), es el momento culminante de una línea que cruza todo el evangelio de Juan. Se trata de "ver la gloria" de Jesús (Jn 1,14; 2,11) o, como dirá Juan en su primera carta, "ver" en toda su realidad al "Verbo de la vida" (1Jn 1,1ss).

 

       En su costado abierto (como término análogo de su corazón), el discípulo amado (que había reclinado su cabeza sobre su pecho: Jn 13,23-25) quiere resumir el símbolo de su amor sacrificial, al que hay que mirar con fe (Jn 19,34-37), para descubrir allí la fuente del "agua viva" (Jn 7,37-39). "Sangre" indica una vida donada en sacrificio; "agua" es el símbolo de la vida nueva en el Espíritu (cfr. Jn 3,5; 7,39). Jesús resucitado, al aparecer a sus discípulos, comunicó el Espíritu Santo mostrando sus manos y su costado abierto (cfr. Jn 20,20-22.27). "Del costado de Cristo, muerto en cruz, nació el sacramento admirable de la Iglesia entera" (SC 5).

 

       Mi reflexión sobre el Corazón Sacerdotal de Cristo quiere ser una "lectura" del acontecimiento salvífico del costado abierto del Señor, a partir de su amor sacerdotal oblativo manifestado en la última cena: "Yo me inmolo por ellos" (Jn 17,19).

 

       Se ha escrito mucho sobre el Corazón de Cristo y también sobre este mismo Corazón en su dimensión sacerdotal. Iré recogiendo en las notas los mejores estudios actuales sobre el tema, aprovechando sus aportaciones teológicas.[1]

 

       Mi estudio se basa principalmente en una lectura detallada del libro de Concepción Cabrera de Armida, A mis sacerdotes. De ahí el título completo de mi aportación: "El Corazón Sacerdotal de Cristo, en la visión de la Cruz del Apostolado".[2]

 

       Puedo ya anticipar, como resumen de mi estudio, que este Corazón inmolado corresponde a la realidad de Cristo, el "Sacerdote misericordioso y fiel" de la carta a los Hebreos (cfr. Heb 2,17). Es el "Corazón manso y humilde", según las mismas palabras del Señor (Mt 11,29). Precisamente por ello, es Corazón Sacerdotal que puede exigir a "los suyos" (Jn 13,1) una donación de totalidad.

 

       Por el hecho de manifestarse con una donación amorosa de "dar la vida" (Jn 15,13), puede exigir a sus "amigos" un amor total de retorno: "Permaneced en mi amor" (Jn 15,9). Su inmolación es una mirada amorosa y suplicante al Padre: "Santifícalos en la verdad" (Jn 17,17).

 

       Como es sabido, el libro A mis sacerdotes recoge las inspiraciones, a modo de "confidencias" o comunicaciones, del Corazón de Jesús a Concepción Cabrera de Armida, desde el 23 de septiembre de 1927 hasta el 28 de enero de 1931. Las principales "confidencias" sobre el sacerdocio las recibió Conchita a partir de los Ejercicios Espirituales (Morelia), dirigidos por Mons. Luis M. Martínez y que tuvieron como tema: "El interior del Corazón de Jesús". El arzobispo de México le había indicado también el objetivo concreto de estos Ejercicios: "Entrega total a la divina voluntad, dispuesta a todo".[3]

 

       Las "confidencias" del Corazón Sacerdotal de Cristo han de interpretarse a la luz de su amor, que examina continuamente a "los suyos" sobre la entrega sacerdotal. Tienen, pues, un valor permanente. Pero su interpretación concreta está condicionada por los defectos y virtudes de los apóstoles de una época (1927-1931) y de una geografía concreta (México), aunque con perspectiva de universalismo eclesial, más allá del tiempo y del espacio circunstanciales. La naturaleza humana es básicamente la misma, con sus luces y sombras, en todas las culturas, latitudes y épocas históricas. El objetivo amoroso de la Encarnación del Verbo es siempre universalista: "Pedí a mi Padre bajar a la tierra para unificar el amor de las creaturas con el Suyo" (C.C. 60,55).

 

       El sacerdocio de Cristo y el sacerdocio ministerial, participado por el sacramento del Orden, aparecen en las "confidencias" no por medio de una sistematización de conceptos, sino desde los amores del Corazón Sacerdotal de Cristo. Precisamente por esta perspectiva del "Corazón", siempre en relación con la Cruz, el sacerdocio de Cristo y el nuestro se inserta, en el amor de Cristo a las almas, es decir, a la Iglesia esposa y a la humanidad entera.

 

       En este sentido, las "confidencias" van dirigidas, en realidad a todo creyente sensible respecto a los amores de Cristo Sacerdote, aunque la publicación pueda haber sido reservada a los sacerdote ministros. El sacerdocio es un don del amor del Corazón Sacerdotal de Cristo a toda su Iglesia. Las "almas sacerdotales" lo comprenderán mejor.

 

       En mi reflexión y estudio, me voy a ceñir a las exigencias sacerdotales que derivan de estas "confidencias", pero derivando a un "hoy" sacerdotal. Me refiero a la novedad evangélica que brota permanentemente del Corazón Sacerdotal de Cristo, como actualización de su oración sacerdotal y de su oblación en la Cruz.[4]

1. El misterio sacerdotal de Cristo desde sus "sentimientos"

 

       En el evangelio, Jesús habla de su Corazón para resumir sus actitudes internas manifestadas en su actuación externa: "Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón" (Mt 11,29). Los sentimientos de Cristo se van expresando de diversas maneras: compasión (Mt 15,32), admiración (Mt 8,10), gozo y agradecimiento (Lc 10,21), queja por incredulidad (Mt 15,8-9), tristeza (Mt 26,37-39), amistad (Jn 15,13-16), invitación a creer (Jn 20, 27-29).

 

       En las "confidencias", el misterio sacerdotal de Cristo aparece en todos sus elementos esenciales: es Dios y hombre, el Verbo Encarnado y, por ello mismo, Salvador, Redentor, Mediador. Su ser, de Dios hecho hombre, se expresa en su obrar, especialmente por su victimación. Es Sacerdote y Víctima.

 

       Estas realidades sacerdotales van aflorando desde las vivencias del Corazón de Cristo. Parece como si se recordaran momentos evangélicos en los que Cristo muestra su "compasión" (Mt 15,32) y también su "gozo" (Lc 10,21). Quien lee las "confidencias", reconoce sus propios defectos (al menos en su raíz) y se siente invitado a entrar en el Corazón de Cristo o a meter su mano en él como Santo Tomás (cfr. Jn 20,27).

 

       La realidad del Corazón Sacerdotal de Cristo se expresa como victimación perfecta, en cuanto que es el Corazón de Dios hecho hombre. Cristo tiene "Corazón de hombre", pero con un amor "divinizado por el Verbo eternamente". De esta realidad, Jesús tiene conciencia "desde el primer instante de la Encarnación", precisamente para poder asumir el "papel de víctima".[5]

 

       Es Corazón divino: "Ha llegado el tiempo de hacer brillar la Divinidad de mi Corazón". Pero es el Corazón del "Verbo hecho carne". Por esto se invita a un "conocimiento interno" de este Corazón:

 

       "Ha llegado el tiempo de hacer brillar la Divinidad de mi Corazón; de hacer amar más y más al Verbo hecho carne... Ha llegado el tiempo de desarrollar en toda su plenitud el conocimiento interno de mi Corazón... No es conocido en todas su fibras mi Corazón... Mis sacerdotes transformados en Mí, conocerán en toda su extensión, las intimidades dolorosas y tiernas de mi Corazón divino para darlas a gustar a las almas" (A mis sacerdotes, cap. LXX).

 

       Por tratarse del Corazón del Verbo encarnado, es un "volcán de fuego divino", que encierra "abismos de ternura" (ibídem, LXI). Es el "Corazón de Dios-hombre", que entrega sus "amores", es decir, "las almas" a los sacerdotes para que cuiden de ellas (ibídem, LXXX).

 

       Por ser Corazón humano, puede sentir "penas íntimas, delicadas e internas" (ibídem, XIV). En él "caben todas las ingratitudes", pero también "todos los afectos para agradecerlos" (ibídem, LXXIII).

 

       Ese Corazón Sacerdotal, divino y humano, sorprende por su "misericordia infinita" (ibídem, CIX). A ese Corazón, abierto en la Cruz, hay que mirar para dejarse cautivar por él:

 

       "¿Qué, no dejé romper mi Corazón sólo para manifestar mi amor y para que cupieran ahí los hombres y se salvaran con mi ternura?" (A mis sacerdotes, cap. CX).[6]

 

       Así es el Corazón de Cristo Sacerdote, lleno de amor divino y humano, expresado en ternura que exige totalidad:

 

       "Es preciso enseñar más intensamente, a amar mi Corazón en todas sus propiedades; su amor humano, pero derivado del amor divino; a enseñar a las almas lo más íntimo de mi Corazón de amor, sus dolores... divinizados y salvadores. En mi Corazón, sólo su forma y sus latidos es lo que tiene de hombre, aunque divinizado; pero sus dolores redentores son divinos; su vergüenza ante el Padre celestial al querer cubrir la humanidad culpable es divina" (A mis sacerdotes, cap. LXX).

 

       "En mi Corazón, cupo el amor divino con el amor humano, el amor de un Dios con todo el purísimo amor del hombre!" (ibídem, cap. CXII). "Yo en el sacerdote soy el que me inmolo" (ibídem, LXXI).

 

       María es siempre el trasfondo materno de este Corazón Sacerdotal: "Desde aquel instante (Encarnación), la Madre Virgen no ha cesado de ofrecerme a Él (al Padre) como Víctima venida del cielo para salvar el mundo...Me alimentó para ser Víctima y consumó la inmolación de su alma al entregarme para ser crucificado... Siempre María me ofreció al Padre, siempre desempeñó cierto papel sacerdotal, al inmolar su Corazón inocente y puro en mi unión" (A mis sacerdotes, cap. XCVI).

 

 

2. Los amores más profundos del Corazón sacerdotal de Cristo. Dimensión trinitaria

 

       El cruce de "miradas" entre el Padre y el Hijo deriva hacia la expresión personal en el Espíritu Santo, cerrando el círculo de la Trinidad en la máxima unidad de Dios Amor.

 

       De esta vida trinitaria deriva el amor a la humanidad entera y al hombre concreto en toda su integridad ("las almas"). Ese amor se concreta especialmente en la Iglesia entera como esposa y partícipe del sacerdocio de Cristo. Y de modo todavía más particular, ese amor se manifiesta hacia quienes, como sacerdotes ministros, son, en el tiempo, la prolongación personal de Cristo Sacerdote. Todo proviene de la unidad amorosa de la Trinidad y todo camina hacia la participación en ella por el proceso de santidad.

 

       De este cruce de miradas se desprende el sentido sacrificial de "dar la vida" (cfr. Mc 10,45; Jn 10,15; 15,13; 17,19) como clave para entender el Corazón abierto en la Cruz.[7]

 

       En las "confidencias", el lector se siente sumergido en la oración sacerdotal de Cristo durante la última cena. Es oración dirigida al Padre, en el amor o "gloria" del Espíritu Santo, para el bien de "los suyos". Parece como si el gozo más profundo de Cristo se resumiera en esta expresión: "Los has amado como me has amado a mí" (Jn 17,23).

 

       En la oración sacerdotal, Jesucristo habla de su amor al Padre en el Espíritu Santo, de su amor a la Iglesia y a todas las almas, de su amor de predilección a sus sacerdotes, para llevar a toda la humanidad a la participación del misterio trinitario: "Que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado" (Jn 17,21).

 

       Los amores del Corazón Sacerdotal de Cristo, por expresarse en el cruce de miradas entre el Padre y el Hijo (con la consecuente expresión "personal" del Espíritu Santo) y por asumir responsablemente la suerte de la humanidad entera, se convierten en un martirio victimal: "Éstos son dos martirios de mi ternura, mi Padre y el hombre" (A mis sacerdotes, cap. II).

 

       Este amor del Corazón Sacerdotal de Cristo, que busca glorificar al Padre y salvar las almas, es fuente de su dolor: "Mis anhelos de sufrir que no se han agotado, por la fiebre que aún consume mi Corazón de amor de glorificar al Padre y de darle almas.... El amor y el dolor que no pueden separarse, porque ambos forman la sustancia de mi Corazón" (ibídem, LXII).

 

       La inmolación sacerdotal de Cristo en la Cruz consiste principalmente en este amor de su Corazón, que alcanza los frutos de la redención: "Le muestro (al Padre) en favor de los sacerdotes y de mi Iglesia, mi Corazón herido, le hago sentir lo que Yo siento en favor de mis ministros culpables... Le presento al Sacerdote eterno, del cual participa mi Iglesia santa. Esta fibra lo conmueve, lo desarma" (ibídem, CXIII).

 

       Esta realidad íntima del Corazón Sacerdotal de Cristo se hace vivencia en el mismo sacerdote:

 

       "Yo soy el sacerdote quien mira a mi Padre" (A mis sacerdotes, cap. II).

 

       "Siempre he llevado en mi Corazón esa fibra santa y fecunda de mi Padre, mis sacerdotes... y en esa mirada eterna (del Padre), que yo vi y sentí, germinaron los sacerdotes en el Sacerdote eterno... ese nacer y vivir injertados en Mí, por el germen divino y santo de su vocación" (ibídem, LXXVII).

 

       "Sentirán como Yo, amarán como Yo y se perderán en la unidad como me pierdo Yo, que sólo vivo de mi Padre, y en mi Padre, y en unión del Espíritu Santo" (ibídem, CVI).

 

       "Las almas sacerdotales imprescindiblemente tienen que ser víctimas; tienen que convertirse en don, ofreciéndose puras a mi Padre en mi unión, y entregándose también en donación a las almas, como Yo" (ibídem, LIV).

 

 

3. Los sacerdotes en el Corazón sacerdotal de Cristo

 

       El título de las "confidencias" (A mis sacerdotes) recuerda la expresión evangélica "los suyos", que señala el inicio de la pasión (cfr. Jn 13,1), así como otras palabras de la oración sacerdotal: "Los que tú me has dado... el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en ellos" (Jn 17,6.26). En su ser y vivencia, el sacerdote es signo personal o "gloria" de Cristo (Jn 17,10).

 

       Es el mismo amor de Cristo el que se expresa así: "Mis sacerdotes"... Se puede auscultar en esta afirmación el eco de otras expresiones evangélicas llenas de cariño y ternura: "Mis hermanos" (Jn 20,17), "mi Iglesia" (Mt 16,18), "mi viña" (Mt 20,4), "mi Madre" (Lc 8,21)...

 

       El sacerdote ministro aparece en su ser (ungido por el Espíritu Santo), en su obrar (para prolongar la misma misión de Cristo) y en su vivencia, traducida en imitación, unión, transformación y relación amistosa con Cristo. Los sacerdotes son "otros Yo mismo", "otra Eucaristía ambulante" , "Eucaristía viviente" (A mis sacerdotes, cap. CXII). De su transformación en Cristo y de su vida de unidad (con el propio Obispo y con los demás sacerdotes) dependerá el cumplimiento de los grandes planes de Dios Amor sobre toda la humanidad ("las almas").[8]

 

       Del Corazón Sacerdotal de Cristo van emanando expresiones de cariño en torno a la afirmación "son otros Yo":

       "Mi Corazón completará su reinado a medida que tenga sacerdotes como él" (ibídem, cap. XXXIII). "Los sacerdotes son fibras de mi Corazón, su esencia, sus mismos latidos" (ibídem). "Engendrados por el Padre, nacieron en mi Corazón por amor, es decir, por el Espíritu Santo" (ibídem, cap. XXXIV). "Para espiritualizar al mundo, necesito almas interiores de sacerdotes, poseídas del Divino Espíritu... corazones como mi Corazón, sacerdotes como el sumo y eterno Sacerdote... que se transformen en Mí" (ibídem, cap. LXXI). "¡Quiero volverlos a mis brazos y estrecharlos contra mi Corazón y comunicarles fuego, vida!" (ibídem, cap. LXXIX). "Si los sacerdotes son otros Yo, tienen que llevar en sí mismos los mismos sentimientos que Yo" (ibídem, cap. LXXXIII.

 

       Los sentimientos del Corazón Sacerdotal de Cristo crucificado piden a quienes "nacieron en mi Corazón por amor" (A mis sacerdotes, cap. XXXIV), que sean "corazones con mi Corazón" (ibídem, cap. LXXI). El ser sacerdotal convierte a los ordenados en "fibra santa" de su Corazón. Del ser se pasa al obrar y a la vivencia, que tiene siempre dimensión mariana y eclesial:

 

       A) El ser y el obrar del sacerdote:

 

       "Engendrado por el Padre y nacido por el Espíritu Santo en mi Corazón; porque los sacerdotes son fibras de mi Corazón, su esencia, sus mismos latidos" (A mis sacerdotes, cap. XXXIII).

 

       "Creé a mis sacerdotes, y engendrados por el Padre, nacieron en mi Corazón por amor, es decir, por el Espíritu Santo... y cuando el Verbo se hizo hombre, en su Corazón nació la Iglesia" (ibídem, cap. XXXIV).

 

       "¿Nos figuramos esos otros Yo en el mundo... que atraen y abrasan en el amor a las almas y las hacen arder por medio de mi Corazón, de la Cruz, del Espíritu Santo, para gloria de mi Padre?... otros Yo, convertidos en Mí" ibídem, cap. LII).

 

       "En el sacerdote me veo a Mí mismo... veo a mi Iglesia amada y a miles de almas... Y éste es un tormento para mi Corazón  filial capaz de darme la muerte... Por la Ordenación sacerdotal, adquieren un sello divino... En la ordenación se les da la fecundidad... Yo me formo en el corazón del sacerdote por el Espíritu Santo con la fecundación del Padre, y por esto vivo en ellos y ellos debieran vivir en Mí" (ibídem, cap. CXVI).

 

       "Él (el sacerdote) es Jesús, queda en su alma la estela de la encarnación... al ofrecer la hostia al Padre, transformado en Jesús, también es hostia, también es víctima (ibídem, cap. LIV).

 

       B ) La vivencia del sacerdote:

 

       "Hay que pedir para que los sacerdotes sean víctimas con la Víctima divina" (A mis sacerdotes, cap. III).

 

       "Me representan y que Yo vine al mundo a servir y no a ser servido... y lastiman mi Corazón" (ibídem, cap. XIV).

 

       "Mis sacerdotes, es decir, el grupo escogido de mi Iglesia que debe tener la fisonomía y el corazón mismo de su Rey crucificado por amor"... (ibídem, cap. XXXII).

 

       "Según los deseos de mi Padre y los ardientes anhelos de mi Corazón... necesitan ser otros Yo" (ibídem, cap. XLII).

 

       "Para espiritualizar al mundo, necesito almas interiores de sacerdotes, poseídas del Divino Espíritu... corazones como mi Corazón, sacerdotes como el sumo y eterno Sacerdote... que se transformen en Mí... el Sacerdote soy Yo... Yo en el sacerdote soy el que me inmolo... en favor del mundo" (ibídem, cap. LXXI).

 

       "Si los sacerdotes son otros Yo, tienen que llevar en sí mismos los mismos sentimientos que Yo" (ibídem, LXXXIII).

 

       "Deben mis sacerdotes asemejarse a mi Corazón en su manera íntima de sentir, sobre todo, respecto a mi Padre celestial, una sola cosa Conmigo y con el Espíritu Santo" (ibídem, cap. XC).

 

       "Confianza les pide mi Corazón todo indulgente y bondad... son mi imagen en la tierra, y trato de que sean otros Yo mismo, de transformarse en Mí... ¿Comprenden los anhelos de mi Corazón... que anhela la santificación de mis sacerdotes?" (ibídem, cap. XCIV).

 

       "Así quiero a todos mis sacerdotes Hostias, en el copón de mi Corazón" (ibídem, cap. CII).

 

       C) Con María y como Ella:

 

       "Formar a Jesús en el corazón de los sacerdotes... éste es el papel de María" (A mis sacerdotes, cap. XCVII).

 

       "Así María ensanche más su Corazón y su ternura de Madre en cuanto ve más perfecta mi imagen en el sacerdote" (ibídem, cap. XLVIII).

 

       "Ella cuida la semilla santa que el Espíritu Santo pone en el corazón del sacerdote... formando los rasgos de Jesús... encarnación mística... puede hacer... el reflejo de esa misma Encarnación místicamente... A los Apóstoles y a mi naciente Iglesia, María les reveló los secretos de mi Corazón" (ibídem, cap. XCVIII).

 

       En resumen, el lugar que los sacerdotes ocupan en el Corazón Sacerdotal de Cristo es de identificación, imitación, sintonía y transformación. Las afirmaciones del Señor son muy expresivas: "Son mi mismo Corazón" (ibídem, cap. CXIII), "otros Yo mismo" (ibídem, cap. CXII). Por esto:

 

       "Es un martirio para mi Corazón de amor el ver cortado un sarmiento a su Vid que soy Yo" (A mis sacerdotes, cap. CXLV).

 

       "El Sacerdocio, que es como otra Eucaristía ambulante... mis sacerdotes... no sólo deben ser copones que me contengan, sino otros Yo mismo, mi mismo Cuerpo, mi misma Sangre, en su transformación en Mí" (ibídem, cap. CXII).

 

       "Los sacerdotes... son mi mismo Cuerpo, mi misma Sangre, mi mismo Corazón, son mis esperanzas en la Iglesia" (ibídem, cap. CXIII).

 

       "El Verbo se hizo carne, como para formar en la tierra esa legión santa de los sacerdotes, ideal del Padre, engendrados en su mente; fruto del Espíritu Santo en su fruto Jesús, Yo, primer Sacerdote, formados y crecidos y envueltos en mi Corazón de Hombre Dios" (ibídem, cap. CXX).

 

 

4. Identidad sacerdotal: Sentirse realizado en el Corazón sacerdotal de Cristo

 

       Ser consciente y feliz con lo que uno es y hace, constituye su identidad. Al leer las "confidencias", el sacerdote se siente amado por el Corazón Sacerdotal de Cristo, profundamente relacionado con él, interpelado para mejorar y fecundo, especialmente a través de las cruces de la vida y del ministerio sacerdotal.

 

       Estas "confidencias" sólo pueden captarse desde los amores de Cristo, "de corazón a corazón" (A mis sacerdotes, cap. XCIII; cfr. Jn 13,23). Las expresiones de ternura de parte del Corazón de Cristo Sacerdote llegan a un lirismo de antología. Sólo a partir de esa ternura misericordiosa se pueden comprender las correcciones concretas, los exámenes y las descripciones detalladas de defectos y pecados en el ejercicio del ministerio y en la vida sacerdotal, de quienes son calificados como "mis sacerdotes", "los míos, los que debieran ser otros Yo y que no lo son" (ibídem, cap. XXII).

 

       Ese amor de Cristo es oblativo, de Sacerdote y Víctima: "por ellos yo me inmolo" (Jn 17,19). Habla, pues, el Corazón de Cristo, manifestando una vez más su amor "hasta el extremo" (Jn 13,1), en donación plena y permanente, presente en la Eucaristía por ministerio de sus sacerdotes. Y, por esto, también manifiesta su dolor, porque "los suyos" no siempre le aman con un amor de retorno. Es, pues, una declaración de amor que pide a gritos una respuesta generosa: "Como mi Padre me amó, así os he amado yo; permaneced en mi amor" (Jn 15,9).

 

       No queda faceta ministerial que no tenga su examen de amor de predilección, que denuncia los defectos sin paliativos y que anima a las personas sin humillarlas, como saben hacer los enamorados. Se denuncia con franqueza todo lo que lastima la finura, la delicadeza y la ternura del Corazón de Cristo Sacerdote (A mis sacerdotes, cap. XXXI). Por esto, todo el libro es "una lección de amor" (ibídem, cap. X), impartida por un Corazón "conmovido" (ibídem, cap. CVII). No existe el tono de tragedia, sino sólo el de esperanza. Jesús, también ahora, sigue hablando con el Corazón en la mano.

 

       Estos textos son como "llamas" o "gritos" del Corazón de Cristo, que no puede admitir componendas en "los suyos". La palabra "quiero" se repite con insistencia. "Tengo sed de amor sacerdotal... sed de corazones sacerdotales todos míos" (A mis sacerdotes, cap. LXXII); "necesito sacerdotes con el fuego del Espíritu Santo" (ibídem, cap. LI), "una legión de sacerdotes santos, transformados en Mí mismo, que cubran la faz de la tierra que la evangelicen con palabras y obras" (ibídem, cap. CVII).

 

       En las "confidencias" aparecen los contenidos bíblicos del corazón humano. Sólo Dios conoce el corazón (1Sam 16,7; Sal 44,22). Y es el mismo Dios quien lo escruta, prueba, purifica y renueva (Sal 7,10; 51,12; Ez 36,26), para escribir en él su ley (Jer 31,33) y exigir un amor de totalidad (Deut 4,29). El corazón está sano cuando sabe escuchar la Palabra de Dios (Os 2,16; cfr. Lc 2,19.51).

 

       Dios quiere trasformar el corazón de piedra en "un corazón nuevo" (Ez 18,36; 36,26), para que todos se vuelvan a él "con todo el corazón" (Jl 2,12). En este corazón unificado por el amor, "habita Cristo por la fe" Ef 3,17) y el Espíritu Santo comunicado por el Padre (Rom 5,5). Entonces la comunidad eclesial puede llegar a ser "un solo corazón y una sola alma" (Act 4,32; cfr. Ez 11,19).

 

       El sacerdote que lee estas "confidencias" del Corazón Sacerdotal de Cristo, se siente, pues: A) amado, B) relacionado y acompañado, C) interpelado, D) fecundo espiritual y apostólicamente.[9]

       A) Saberse profundamente amado por Cristo:

 

       "Mi primer amor, después de mi Padre, es María; y después mis sacerdotes, mi Iglesia, y en ella las almas" (A mis sacerdotes, cap. VIII).

 

       "Mi Iglesia es de amor, porque Yo soy amor...¡Es terrible para la ternura de mi Corazón perder un alma de sacerdote para siempre!... ¡Quiero encontrar un corazón donde desahogar la amargura infinita del mío!" (ibídem, cap. LXVIII).

 

       "Éste es mi Corazón, vibrante de ternura y de dolor por mis sacerdotes" (cap. 117). "Los llevo desde la eternidad en los abismos ternísimos de mi Corazón... Nacidos en mi Corazón" (ibídem, cap. CXX). "Éste  es mi Corazón, vibrante de ternura y de dolor por mis sacerdotes" (ibídem, cap. CXVII)."Pedazos de mi Corazón" (ibídem, cap. CXIX).

 

       "Y en ese costado abierto por la lanza tuvieron su cuna los sacerdotes de la Iglesia... Mi vida fue su anuncio; el Calvario, su cuna con María... Y así se engendraron mis sacerdotes y nacidos en mi Corazón, ¿cómo no amarlos con pasión divina? ¿Cómo no los ha de ver el Padre con la ternura misma que me ve a Mí?... si nacieron de mi Corazón" (ibídem, cap. XXXIV).

 

       "Nacieron a impulsos de los latidos amorosos y dolorosos de mi Corazón en la cruz" (ibídem, cap. XXXV).

 

       "Es preciso amar a los sacerdotes como los amo Yo... con mi Corazón todo caridad y ternura, como quien dio la Sangre y la vida... A los sacerdotes indignos los amo más... ¿No quieren acompañarme, no quieren consolarme? Mi mayor consuelo es darme sacerdotes santos, transformados en Mí... Siempre mi Corazón se inclina a la misericordia, al perdón... Son míos por doble donación de mi Padre y del Espíritu Santo, que me ungieron con el Sacerdocio eterno, y todos dependen de Mí y todos son uno en Mí, su Cabeza, su Corazón..." (ibídem, cap. CXVI).

 

       "Éste es mi Corazón para el sacerdote; su principio amoroso en el seno del Padre, un mar doloroso desde el seno de María" (ibídem, cap. CXX).

 

       B) Sentirse relacionado con Cristo y acompañado por él:

 

       "La falta de amor es lo que más contrista mi Corazón" (A mis sacerdotes, cap. X). "Quiero su perfección y santificación" (ibídem, cap. XXXI).

 

       "Muchos medios les he dado para activar esa transformación que vengo persiguiendo, ya con mis quejas... y muchas veces con amor que pide, con amor que perdona, con amor que suplica, con amor que ofrece, con amor que no mide" (ibídem, cap. LXXVI).

 

       "El remedio para un sacerdote, tentado en su vocación, es orar, descubrirse a su Obispo, y buscar refugio en mi Corazón y en María" (ibídem, cap. XXII).

 

       "¡Quiero volverlos a mis brazos y estrecharlos contra mi Corazón y comunicarles fuego, vida! Todo esto quiero en estas confidencias secretas y de mi Corazón todo ternura y caridad... en donde esté un solo sacerdote, estaré Yo obrando, atrayendo, purificando y santificando" (ibídem, cap LXXIX).

 

       "En estas confidencias íntimas, de corazón a Corazón, les voy a confiar un secreto que dejé traslucir: la debilidad, le llamaremos así, del Corazón de un Dios Salvador, de Jesús Redentor... Es el amor que me vence... que me hace abajarme y olvidar... besar, y estrechar contra mi Corazón ardiente a las almas pecadoras, a las almas ingratas" (ibídem, cap. CXIII).

 

       "Nada hay tan íntimo en mi Corazón como los sacerdotes... ¡Si ellos son como las entrañas de mi alma, si los llevo desde la eternidad en los abismos ternísimos de mi Corazón!... Nacidos en mi Corazón" (ibídem, cap. CXX).

 

       "María fue siempre el espejo donde se reflejaba mi Corazón con todas sus torturas... mis sacerdotes, porque desde la Encarnación los he llevado en sus vocaciones sacerdotales, ahí dentro, muy dentro y he alimentado y comprado esas vocaciones con los dolores íntimos de mi Corazón... que eso me costó la Iglesia el precio sin precio de los íntimos y crueles martirios de mi Corazón" (ibídem, cap CXXXIX).

 

       C) Sentirse interpelado para entregarse del todo:

 

       "Es un bien que les hago a mis sacerdotes, al señalarles lo que me hiere... lo que lastima la finura y delicadeza y ternura de mi Corazón. Quiero conmoverlos; quiero su perfección y santificación" (A mis sacerdotes, cap. XXXI).

 

       "Por eso me duelen en lo más íntimo sus desconfianzas, sus alejamientos... si los amo con la ternura de todas las madres!" (ibídem, cap. XCIV).

 

       "Que sientan lo que Yo siento, que quieran lo que o quiero, que amen como Yo amo... Que las almas pidan sin cesar... porque Yo sea glorificado en mis sacerdotes transformados en Mí... esas almas predilectas de mi Corazón" (ibídem, cap. CVI).

 

       "Y Yo debiera ser su vida misma... son los sacerdotes para Mí, mis manos, mis obreros, mi mismo Corazón... En el sacerdote me veo a Mí mismo... veo a mi Iglesia amada y a miles de almas... Y éste es un tormento para mi Corazón  filial capaz de darme la muerte"(ibídem, cap. CXVI).

 

       "Las almas me costaron el precio de mi Sangre... y las almas de más sacerdotes se compran con la Sangre de mi Corazón, es decir, con sus espinas y dolores íntimos que son el precio sin precio de mis sacerdotes amados" (ibídem, cap. CXX).

 

       "Me duelen esos miembros de mi Cuerpo sacerdotal, esas como sangrías a mi Iglesia amada... Porque para Mí mis sacerdotes son como la médula, la sustancia de mi Corazón" (ibídem, cap. CXXI).

 

       D) Ser fecundo espiritual y apostólicamente:

 

       "Y cuánto ama mi Corazón a las almas de mis sacerdotes y cómo ansío reflejar en ellas mis misterios!" (A mis sacerdotes, cap. LIV).

 

       "Los dolores y sufrimientos de un sacerdote transformado en Mí son penas y sufrimientos redentores... Este es un punto muy serio y muy capital; ésta es una fibra dolorosa de mi Corazón que hoy descubro, el desperdicio de los sufrimientos sacerdotales" (ibídem, cap. LXXVV).

 

       "Hemos llegado al punto culminante... asemejarse al Hijo es asemejarse al Padre... es reflejar al Padre, identificarse con el Padre, es ¡ser padre!... Cuántos sacerdotes han pasado por alto estas delicadezas de mi Corazón" (ibídem, cap. LXXXVIII).

 

       "En la ordenación se les da la fecundidad" (ibídem, cap. CXVI).

 

5. En el "hoy" del Corazón Sacerdotal de Cristo, hacia las nuevas singladuras de la espiritualidad sacerdotal

 

       La Iglesia ha ido viviendo y experimentado, en el decurso de dos milenios, que "el amor de Cristo excede todo conocimiento" (Ef 3,19). Los Padres presentaban ese amor con el símbolo de su corazón. Desde la Edad Media, se fue generalizando la devoción al Corazón herido de Jesús, como término de un camino espiritual: por sus pies (purificación) y sus manos (iluminación), para entrar en su Corazón (unión). Desde las revelaciones privadas a Santa Margarita María de Alacoque (1647-1690), se hizo más popular esta devoción.

 

       El magisterio pontificio (e.g. enc. Haurietis Aquas, de Pío XII, 1956) ha ido presentado a la comunidad eclesial algunos aspectos de esta devoción: naturaleza, objetivos, medios. Se ha hecho hincapié en el amor de Cristo simbolizado por su Corazón (en lenguaje bíblico), se ha descrito su amor (en armonía y unidad: divino, humano, espiritual y sensible), se ha invitado a la respuesta de amor, confianza, reparación. El Corazón de Cristo es "la síntesis de todo el misterio de nuestra redención", porque "a nuestro divino Redentor le clavó en la cruz la fuerza de su amor" (Pío XII, Haurietis Aquas).

 

       En el campo apostólico, se ha instado a vivir el amor de Cristo al estilo de San Pablo: "El amor de Cristo nos apremia al pensar que, si uno murió por todos, todos por tanto murieron. Y murió por todos, para que ya no vivan para sí los que viven, sino para aquel que murió y resucitó por ellos" (1Cor 5,14-15). Ordinariamente se ha unido ese anhelo apostólico al tema de la "sed" de Cristo (cfr. Jn 19,28).

 

       Hoy la Iglesia, al señalar las líneas básicas de la espiritualidad sacerdotal, acentúa el aspecto relacional con Cristo y de sintonía con los sentimientos de su Corazón. La "ascesis propia del pastor de almas" (PO 13) y la caridad pastoral encuentran su fuente en los amores del Corazón Sacerdotal de Cristo.[10]

 

       Si, como hemos dicho más arriba, Cristo sigue hablando con el Corazón en la mano, es para invitar a entrar en él. Esta invitación de las "confidencias" nos conduce a comprender mejor la afirmación de la exhortación Pastores dabo vobis: "La espiritualidad del Corazón del Señor supone llevar una vida que corresponda al amor y al afecto de Cristo Sacerdote y buen Pastor: a su amor al Padre en el Espíritu Santo, a su amor a los hombres hasta inmolarse entregando su vida" (PDV n. 49). "El corazón de Dios se ha revelado plenamente a nosotros en el Corazón de Cristo Buen Pastor. Y el Corazón de Cristo sigue hoy teniendo compasión de las muchedumbres y dándoles el pan de la verdad, del amor y de la vida, y desea palpitar en otros corazones, los de los sacerdotes" (PDV n. 82).

 

       A mis sacerdotesva presentando estas mismas realidades de gracia, con la terminología de su época y con una fuerte dimensión trinitaria, cristológica, pneumatológica y eclesiológica: los amores del Corazón de Cristo Sacerdote afloran en cada página de las "confidencias":

 

       "Estas Confidencias han tenido por objeto unir a todos los sacerdotes en la unidad de la Trinidad, pero transformados en Mí" (ibídem, cap. LXIV). "Para esto he tocado el corazón del sacerdote en todas sus fibras principales en estas confidencias amorosas... y abierto ante sus ojos horizontes de perfección" (ibídem, cap LXV). "Estas confidencias... si han sido y son un desahogo de mi Corazón amargado, llevan siempre el fin de llegar al fondo de las almas sacerdotales" (ibídem, cap. XCV). "Y Yo prometo que estas Confidencias del Corazón de un Dios hombre conmoverán y darán copioso fruto a mi Iglesia y una grande gloria a la Trinidad" (ibídem, cap. LX).

 

       Si se leen estas "confidencias" con sencillez, sin prisas y con el corazón abierto a la gracia, nadie se siente cohibido, sino más bien invitado a avanzar con alas desplegadas por el camino de la santidad, y a profundizar muchos temas básicos de espiritualidad cristiana y sacerdotal: la vida trinitaria en sí misma y participada, la Encarnación del Verbo en su aspecto sacerdotal desde el seno de María, la acción renovadora del Espíritu Santo, la espiritualidad de la Cruz, el Corazón de Cristo Sacerdote en sus vivencias más hondas, la cercanía materna de la Santísima Virgen, el misterio pascual presente en la Eucaristía (sacrificio, presencia y comunión), la Iglesia esposa y madre, el sacerdocio ministerial y el sacerdocio de los fieles en su relación mutua, el celo misionero sin fronteras, etc.[11]

 

       Cada uno se siente invitado a encontrar, a la luz de la fe, un sitio privilegiado y reservado en el Corazón de Cristo, como una "fibra" del mismo o como parte de su misma biografía. "El Hijo de Dios, con su Encarnación, se ha unido en cierto modo con todo ser humano" (Gaudium et Spes n.22). Desde la Encarnación, "el tiempo llega a ser una dimensión de Dios" (Tertio Millennio Adveniente 10). En esta perspectiva podrán entenderse las "confidencias" cuando hablan de la "Encarnación mística" o participada y vivida por el camino de la perfección.

 

       Las nuevas singladuras de la espiritualidad sacerdotal pasan por el Corazón Sacerdotal de Cristo. A la luz de este Corazón, en la visión de la Cruz del Apostolado (según Concepción Cabrera de Armida), la espiritualidad sacerdotal se hace eminentemente: A) Eucarística, B) mariana, C eclesial, D) misionera, E) de comunión fraterna, F) de entrega sincera a la santidad.

 

       A) Centralidad de la Eucaristía en la espiritualidad sacerdotal:

 

       "Miren cuál fue el principal motivo de la Encarnación del Verbo: purificar al mundo y perpetuar su estancia en él de dos maneras, en la Eucaristía y en el sacerdocio, que es como otra eucaristía ambulante... perpetuarán, como la Eucaristía, en ellos mismos, mi estancia en la tierra... eucaristías vivientes... No acaba la misión del sacerdote en el altar, sino que ahí empieza, por decirlo así" (A mis sacerdotes, cap. CXII).

 

       "Los sacerdotes me deben pues vocación, María, Sangre, plegarias, vida, Esposa, transformación, y ese más que representarme en la tierra, el que sean otros Yo mismo en las Misas... ser otros Yo en todo instante y ocasión, que es lo que vengo buscando" (ibídem, cap. LXXXVIII).

 

       B) Dimensión mariana de la espiritualidad sacerdotal:

 

       "Mi primer amor, después de mi Padre, es María; y después mis sacerdotes, mi Iglesia, y en ella las almas" (A mis sacerdotes, cap. VIII).

 

       "María quiere sacerdotes vírgenes... Tienen los sacerdotes un sitio especial en el Corazón de María y los latidos más amorosos y maternales de ella, después de consagrarlos a Mí, son para los sacerdotes. Ellos son la parte predilecta y consentida de su alma en el mundo" (ibídem, cap. XLVII).

 

       "Me alimentó para ser Víctima y consumó la inmolación de su alma al entregarme para ser crucificado... Siempre María me ofreció al Padre, siempre desempeñó cierto papel sacerdotal, al inmolar su Corazón inocente y puro en mi unión... su íntima presencia con él (con el sacerdote) en el altar... en su Corazón, eco fidelísimo del Mío y elemento necesario para el fundamento de mi Iglesia a la vez que para el sostén espiritual de mis Apóstoles y primeros discípulos" (ibídem, cap. XCVI).

 

       "Si María es Esposa del Espíritu Santo, también es para engendrar de El, las vocaciones sacerdotales que sirven en la Iglesia... mi Madre que toda era para Mí... cuyo Corazón palpitaba al unísono del Mío... Pero fue preciso para mi tierno Corazón el crucificarla" (ibídem, cap. XCVII) [12]

 

 

       C) Dimensión eclesial de la espiritualidad sacerdotal:

 

       "Quiero sacerdotes celestiales, tales como los necesita mi Iglesia y ha concebido mi Corazón" (A mis sacerdotes, cap. XV).

 

       "Se falta a la fidelidad a la Iglesia... los sacerdotes que tales monstruosidades cometen con mi Iglesia no saben lo que hacen, no han penetrado en mi Corazón" (ibídem, cap. LXXXIV).

 

       "Desde la eternidad estaba destinada para mis sacerdotes esa Esposa, la Iglesia, brotada de mi Corazón en la Cruz" (ibídem, cap. LXXXVIII).

 

       D) Dimensión misionera de la espiritualidad sacerdotal:

 

       "Mi Iglesia es Madre, y sus sacerdotes deben tener para con los pobres entrañas maternales... ¡cuántas veces se estremece mi Corazón de pena ante las injusticias con que humillan mis sacerdotes a esas amadas almas!... Yo quiero llamar la atención sobre este punto que lastima la caridad de mi Corazón... quiero que los míos me imiten y tengan un mismo corazón con todas las almas y vean en ellas sólo a Mí, porque reflejan la Trinidad cuya imagen llevan" (ibídem, cap. XXVII).

 

       "La Iglesia que es madre... y en su corazón, como en el Mío, caben todas las almas... Mi Corazón es infinitamente bueno; sabe olvidar, perdonar y ¡amar!... si todos mis sacerdotes... se transformaran en Mí, me amaran a Mí y en Mí a las almas, sólo en Mí, serían felices" (ibídem, cap. LXXXI).

 

       E) Espiritualidad de comunión fraterna:

 

       "Una petición amorosísima de mi Corazón: el hacerlos UNO con el UNO... Quiero... unificándolos con todo lo que soy y tengo mío para consumarlos desde la tierra en la unidad de la Trinidad" (ibídem, cap. LXXI).

 

       "Quiero que todos los sacerdotes vengan a Mí... que realicen ese grito secular de mi Corazón, la consumación de todos en uno, en mi Padre y en el Espíritu Santo, en la unidad perfecta de la Trinidad!" (ibídem, cap. LXXXII).

 

       "Allí (en los Seminarios) tengo Yo mis ojos y también mi Corazón" (ibídem, cap. XXVIII).

 

       "Ése debe ser el oficio de los Obispos, ofrecerse en Mí al Padre en favor de los sacerdotes... No basta que se lamenten, sino que se inmolen" (ibídem, cap. CXVI).

 

       "Que tengan un solo corazón, el mío" (ibídem, cap. LVII).

 

       "Yo aseguro que si los sacerdotes todos a una, en la unidad de la Trinidad, emprenden este gran impulso santificador y divino... será éste un consuelo para la Santa Sede y un grande obsequio para mi Corazón... El Corazón de María, nido purísimo del Espíritu Santo, nos conducirá a El" (ibídem, cap. LXXX).

 

       F) Entrega incondicional a la santidad:

 

       "Quiero obsequiar a mi Padre, delicia de mi Corazón, con sacerdotes modelos" (A mis sacerdotes, cap. XXXV).

 

       "¿Cómo no ha de sentir mi Corazón vivos anhelos de caridad infinita hacia mis sacerdotes para tomarlos puros, santos y transformados en Mí, para ofrecerlos así a mi Padre?" (ibídem, cap. LXXII).

 

       "El Concilio futuro tendrá y dará frutos de vida eterna (esto es del año 1928)... ¡Cómo mi Corazón palpita y ansía esta época de transformación en Mí y de triunfo para mi Iglesia!... como si fueran Conmigo... un mismo corazón... han lastimado años y más años la delicadeza y ternura de mi Corazón de amor. Hasta lo más hondo, hasta lo más íntimo, quiero hacer la luz en el corazón de mis sacerdotes" (ibídem, cap. LXXXV).

 

A modo de conclusión

 

       El Corazón Sacerdotal de Cristo, descrito en las "confidencias" del Señor a la Sierva de Dios Concepción Cabrera de Armida, es siempre de "misericordia y amor". Es "el Corazón más amante y más doloroso... fuente de todo bien y de toda luz, gracia y misericordia" (Ap. C. 43 a). A su luz, todo dolor se transforma en donación. "Feliz el que se interne en el Corazón de la Cruz, rompiendo su corteza, porque ése penetra en el Corazón de un Dios-hombre" (C.C. 6,139).

 

       La caridad del Corazón Sacerdotal del Buen Pastor, del "Verbo hecho carne, sacrificado por amor" (C.C. 33, 272), se prolonga en sus sacerdotes. Entonces el "dolor sufrido por amor, fecunda" (C.C. 55, 178). El dolor, convertido en donación, es "la Cruz divinizada por el Hijo" y convertida en "escalón para subir al amor de caridad" (C.C. 6, 123).

 

       La espiritualidad sacerdotal es sintonía con el Corazón Sacerdotal de Cristo, quien se entrega a sí mismo, haciendo que el sacerdote ministro entre en la dinámica de su mirada al Padre en el amor del Espíritu Santo.

 

Cuando el sacerdote se identifica con esta mirada de Cristo, "de corazón a Corazón" (A mis sacerdotes, cap. CXIII), se hace fecundo en la salvación de las almas.

       Quien aprende a "apoyar la cabeza sobre el pecho de Jesús" (Jn 13,23), sabe también identificarse con la mirada de Jesús al Padre (cfr. Jn 17,1).

Entonces se prolonga la oración sacerdotal de Cristo en quien está llamado a ser su "gloria" o expresión en el tiempo (cfr. Jn 17,10).

 

       Estas "confidencias" tienden a transformar dos corazones (el de Cristo y el del sacerdote) en un solo: "Que tengan un solo corazón, el mío" (A mis sacerdotes, cap. LVII) "Yo soy el sacerdote quien mira a mi Padre" (ibídem, cap. II). "Los sacerdotes son fibras de mis Corazón, su esencia, sus mismos latidos" (ibídem, cap. XXXIII). "Necesito corazones como mi Corazón" (ibídem, cap. LXXI). Así quiere el Señor a sus sacerdotes: "Formados y crecidos y envueltos en mi Corazón de Hombre Dios" (ibídem, cap. CXX).[13]

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HAY DE ENAMORARSE DEL JESUCRISTO

 

“Mi amado es para mi, y yo soy para mi amado”(Cant 2, 16).

“Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por el que

Ama”(Jn 15, 13).

“Me amó y se entregó a sí mismo por mí”(Gál 2, 20).

 

 

       Nosotros amamos a Dios porque él nos amó primero. La fecundidad del amor de Dios engendra en nosotros el amor de hijos en el Hijo: “tanto amó Dios al mundo que entregó… El cristiano sabe que Dios es libertad y por eso Dios no anula la libertad del hombre, antes bien la suscita en el encuentro con el amor. La meditación cristiana es eminentemente personal —Dios con el hombre— y no se repliega sobre sí misma, como las místicas orientales, sino que desemboca en la entrega a los demás, según la expresión ignaciana, «más en las obras que en las palabras».

      

 

Hay que poner el amor más en las obras que en las palabras

 

       San Ignacio de Loyola pone una nota a esta contemplación y escribe: «Primero conviene advertir que el amor se debe poner más en las obras que en las palabras»5.

       Como «por la tarde te examinarán en el amor», dice san Juan de la Cruz, es bueno que al acabar estos ejercicios espirituales hagamos esta contemplación para alcanzar más amor, que es el sentido que tiene esta expresión del autor de los ejercicios: ejercitarnos para adquirir un amor mayor, teniendo en cuenta que el amor se ha de poner más en las obras que en las palabras. «No todo el que me diga: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial» (Mt 7, 21). Ya en el antiguo testamento había dicho el Señor: «No os fiéis en palabras engañosas diciendo: ¡Templo de Yahvé! ¡templo de Yahvé! Eso no vale nada si no se traduce en la práctica en justicia y caridad» (Jer 7, 4).

       San Ignacio, impregnado en la doctrina del cuarto evangelio, insiste en el compromiso, en las obras, que han de patentizar el amor para que sea verdadero. «Amar y seguir, amar y servir», afirma. Es lo que ha enseñado Jesús: «Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida» (Jn 10, 17). «Amo al Padre y obro según el Padre me ha ordenado» (Jn 14, 31). El Señor sabe que nuestra fidelidad en guardar sus mandamientos es la señal de que le amamos: «El que tiene mis mandamientos y los guarda, ese es el que ama» (Jn 14, 21), «pues nadie tiene mayor amor que el que da su vida por el que ama» (Jn 13, 15). Es la doctrina del mismo discípulo amado: «El amor a Dios consiste en que guardamos sus mandamientos» (1 Jn 5, 3), quien concluye: «Hijos míos, no amemos de palabra ni de boca, sino con obras y según la verdad» (1 Jn 3, 18).

       Jesucristo ha llevado el amor a la plenitud, al hacerlo eminentemente realizador. Hay equivalencia entre amar y guardar los mandamientos: «Si alguno me ama, guardará mi palabra» (Jn 14, 23). Y san Lucas en los sumarios del libro de los Hechos describe el testimonio de la vida de los cristianos, el hechizo que producían las obras que realizaban los primeros seguidores de Jesús (2, 42-47; 4, 32-35). En el sennón del monte nos pide el Señor que «brille nuestra luz delante de los hombres para que vean nuestras buenas obras y glorifiquen a nuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5, 16), palabras que están hoy, en el primer lugar, en la línea de los signos de los tiempos.

       Aunque el refrán: «obras son amores y no buenas razones» es cierto, es igualmente cierto que, a veces, las obras, solamente, resultan insuficientes y necesitamos también las buenas razones. «Creí y por eso hablé», dice san Pablo (2 Cor 4, 13).

 

Primero Enamorarse de Jesucristo

 

       Hemos de usar también las palabras para expresar nuestro amor. El alma enamorada quiere saberse y escuchar que es amada. Una vez leí un diálogo enternecedor entre Jesús y una niña. Después de comulgar le dice la niña: ¿Jesús me amas del todo? Como tardó en responder, la niña se entristeció pensando si le habría ofendido. Cuando, por fin, oyó la respuesta embriagadora, dijo:

       Ya lo sabía, pero ¡me gusta tanto oírtelo decir! Otro día fue Jesús quien hizo la pregunta. La niña tarda en responder pensando que, como el Señor sabe todo, podría ella haber hecho algo que no le agradase. Al fin le dice: sí Señor, del todo, más que a nadie. Lo sabía, añade Jesús, pero también a mí me gusta mucho oírtelo decir.

Este ejemplo es una maravillosa experiencia de gracia, es un diálogo de enamorados, expresado en un lenguaje de amor con todas las características que sólo ellos comprenden. El amor se da y se recibe en secreto; sacado de su intimidad, tal vez pierda algo de su originalidad y de su frescor tierno y gozoso.

       Todo el dinamismo de una infancia espiritual se refleja aquí en este diálogo entre Jesús y la niña, cuya transposición a la edad adulta que vive la advertencia de Jesús: «si no os hacéis como niños», tendría que hacerse con un espíritu de simplicidad y de alegría, unido a la mayor ciencia y a la más profunda inteligencia.

 pues como explicaba la hermanita Magdalena de Jesús:

       «El enamoramiento se produce cuando queda hipotecada la cabeza, cuando esa otra persona se instala de nuevo en nuestros pensamientos, pero no como una actividad más o menos fija sino que empezamos a no concebir la vida sin ella. Enamorarse consiste en no poder llevar a cabo nuestro proyecto personal sin meter dentro de él a esa otra persona»9.

       Los místicos han vivido esa ansia de amor a Dios del que habla san Juan de la Cruz: «Y todos cuantos vagan, de ti me van mil gracias refiriendo, y todos más me llagan, y déjame muriendo un no sé qué que quedan balbuciendo»’°.

       Hay que llegar a la fusión total. Hay que dejarse inundar por el amor y atrevemos a pedirle a Dios el amor ardoroso de la esposa del Cantar (1, 7; 3, 1.3.4). Busca a su amado. Su amor es más fuerte que la muerte: irresistible (8, 6.7). Hay un paralelismo con el ardor insaciable del sheol. Tan irresistible que el esposo lanza contra ella el arma toda de su amor (2, 4), y ella queda herida por esos dardos-saetas y como extenuada por sus ataques (2, 5; 2, 8: enferma de amor). Languidezco de amor es una traducción débil. El verbo hebreo evoca la idea de enfermedad y significa estar consumida, agotada; se puede traducir por «estoy herida y penetrada de tu amor», como en algunas versiones. Desfallecida se adormece en los brazos de su amado, y él, todo delicadeza, ordena que no se la despierte (2, 7; 3, 5; 8, 4).

       Aquí el término amor, ahab en hebreo, ágape en griego, no es algo abstracto, sino el mismo objeto amado, la persona más querida, y se puede traducir por mi amado, mi amor, mi encanto. La esposa introduce eros en el agape, con un acento de los místicos femeninos que asocian a su amor un elemento pasional, una intervención de su propio temperamento.

       Tenemos que amar a Jesucristo porque él nos lo pide, como hizo a Pedro en el lago. El ¿me amas? no sólo se dirige a Simón, sino a cada uno de nosotros, pues las palabras de Cristo no pasan (Mt 24, 35). Son eternas. Debemos amarle porque él nos ha amado primero (1 Jn 4, 19) y porque el amor de Cristo nos apremia, nos urge, nos constriñe, como escribe el apóstol en uno de sus textos más luminosos y ardientes (2 Cor 5, 14-17). Aquí san Pablo nos revela la fuente secreta de la que saca energía e inspiración para toda su casi increíble actividad misionera. El pensamiento del amor de Cristo, testimoniado en la prueba suprema de su muerte (y. 14), es para él como un estímulo, o mejor, como una idea obsesiva que le obliga a anunciarlo a todos los hombres, «para que no vivan para sí mismos sino para aquél que por ellos murió y resucitó» (y. 15).

       San Pabló en el curso de su vida de apóstol frecuentemente se ve obligado a responder a los que le acusan de locura; aunque él comprende que se pasa en su entusiasmo y su celo por Cristo, por eso dice que «si perdimos el tino, si estamos fuera de sentido, es por Dios» (y. 13). Ya no vive para su propia vida; perdido en Dios, vive la vida de Cristo. Declara que, una vez conocido Jesucristo y visto su amor, es imposible guardar una medida humana, ni en el pensamiento, ni en la conducta.

       En estos versículos se da el amor de Cristo y el amor a Cristo (subjetivo y objetivo). Estas dos concepciones no se deben separar. El amor que Cristo nos da engendra el nuestro hacia él. Lo primero es su amor, lo nuestro es una respuesta. «6Cómo no amar a quien nos ha amado tanto?», dice el Adeste fideles.

       El verbo sinejo, que utiliza san Pablo (y. 14), tiene una profunda densidad. Significa: a) quemar, como el ardor de la fiebre, provocando el fervor del amor; una fiebre ardiente que consume el alma, b) privación de libertad; el que ama está encadenado en su amor, no pudiendo pensar, amar y obrar sino en función del que ama, c) o tiene como un sentimiento de dolor y angustia. Como Jesús estaba oprimido por la perspectiva de la cruz, el amor del cristiano también está esencialmente unido a la cruz de la que se deriva.

       La libertad de Pablo no está encadenada, es el resultado de una libre elección; efecto de la fuerza incoercible del amor de Jesús en la cruz.

El cristiano que contempla ese amor no puede menos que unirse a Cristo, darle su vida, y estar encadenado a él.

       Además, él merece todo nuestro amor ya que reúne en sí toda la belleza, toda la santidad. La santidad de Jesús coincide con su belleza. En los evangelios se expresa su santidad con el nombre de belleza: «Todo lo ha hecho kalos: bellamente» (Mc 7, 37). Se define como el pastor, kalos: bello (Jn 10, 11). El Padre de los cielos tiene en él todas sus complacencias (Mc 1, 11; 9, 8).

       Hay que amar a Jesús porque el que lo ama es amado por el Padre (Jn 14, 21.23). Hay que amarlo para conocerlo (Jn 14, 21), y para conocerlo no sirve ni la carne ni la sangre, sino el Padre que está en los cielos (Mt 16, 17) es quien lo revela, no a los sabios y prudentes, sino a los pequeños (Mt 11, 25). Si no se le ama, aunque se cumplan todos los preceptos, incluso aunque se entregue el cuerpo a las llamas, de nada serviría (1 Cor 13, 3).

       El amar a Cristo no consiste en decir: «Señor, Señor..., sino en hacer la voluntad del Padre celestial» (Mt 7, 21). Es querer y buscar el bien del amado. Pero a Cristo resucitado no podemos desearle o proporcionarle algo que ya no tenga. Su único bien, su alimento es la voluntad de su Padre. El amor a Jesús consistirá en hacer con él la voluntad del Padre. Esto lo conseguiremos enamorándonos de Jesús. La esposa del Cantar le dice al esposo: «Ponme como sello sobre tu corazón» (8, 6). Pero también la esposa debe marcar a Cristo en su corazón no para impedir que ame al marido o a los hijos, sino para impedir que los ame en primer lugar o en lugar de él o sin él o fuera de él.

       Esta contemplación va a ser una buena ayuda para llegar a ser «contemplativos en la acción», para que los que buscamos a Dios seamos capaces de hallarlo en todas las cosas.

       Hay momentos en los que experimentamos a Dios y percibimos que esa experiencia no se puede confundir con otra alguna. Es una vivencia de su presencia amorosa (1 Jn 4, 10). Se percibe el paso de Dios en nuestra historia y en la de cada cosa que sucede, hasta descubrirlo cuando escribe derecho lo que nosotros hemos hecho torcido, percibiendo que puede hacer maravillas a través de nuestras miserias (2 Cor 12, 9). Esta experiencia de Dios nos ilumina para buscarle y hallarle en todas las cosas y nos conduce a una visión de la vida, distinta en todos los aspectos.

       El encuentro con Dios a través de esta experiencia estremece y nos hace ver nuestra insignificancia e indigencia (Is 6, 1.2). Cuando caminamos hacia él, se aleja, por eso nuestro seguimiento ha de ser constante pues como escribe san Gregorio de Nisa: «Hallar a Dios es buscarlo incesantemente».

      

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LA NECESIDAD DE LA ORACIÓN EN SANTA TERESA

 

2. Nos recuerda la necesidad de la oración


La vida cristiana es una vocación a la oración, a estar y hablar con Jesús. El ideal de vida consagrada y de vida cristiana, que aparece en Camino de perfección, es la oración. La oración no es algo destinado a unos pocos privilegiados, sino a todos cuantos quieran ser amigos de Dios. Una necesidad del hombre actual es la interioridad, entrar en el centro del alma y encontrarse consigo mismo para no dejarse zarandear por cualquier viento de ideología o por intereses bastardos. Pero un camino seguro para encontrarnos con nosotros mismos es encontrarnos con Dios. «En el centro y mitad de todas estas (moradas) tiene (este castillo) la más principal, que es adonde pasan las cosas de mucho secreto entre Dios y el alma» (1M 1,3). El ser humano tiene en Dios su origen y su meta, el espejo en el que contemplarse y descubrirse. La Santa experimentó con mucha fuerza esta verdad: «Alma buscarte has en Mí y a Mí buscarme has en ti». Por eso tenemos gran necesidad de tratar con Dios, dedicarle tiempos de oración. (BENEDICTO XVI, Audiencia general (2-2-2011). 8 FRANCISCO, Carta al obispo de Avila (octubre 2014).


Rezar —advierte el papa Francisco— no es una forma de huir, tampoco de meterse en una burbuja, ni de aislarse, sino de avanzar en una amistad que tanto más crece cuanto más se trata del Señor, «amigo verdadero» y «compañero» fiel de viaje, con quien «todo se puede sufrir», pues siempre «ayuda, da esfuerzo y nunca falta» (V 22,6).

Santa Teresa aconseja insistentemente a los que han comenzado a hacer oración que no la dejen, y a los que no han comenzado, que empiecen a hacerla porque se privan de un gran bien: De lo que yo tengo experiencia puedo decir, y es que por muchos pecados que haga quien la ha comenzado (la oración), no la deje, pues es el medio por donde puede tornarse a remediar, y sin ella será muy más dificultoso. Y quien no la ha comenzado, por amor del Señor le ruego yo no carezca de tanto bien. No hay aquí que temer, sino que desear; porque, cuando no fuere adelante y se esforzare a ser perfecto que merezca los gustos y regalos que a estos da Dios, a poco ganar irá entendiendo el camino para el cielo;

Ibíd.

 

C.1 6. ¿QUÉ NOS DICE SANTA TERESA HOY? 327

 

y si persevera, espero yo en la misericordia de Dios, que nadie le tomó por amigo que no se lo pagase (V 8,5).
Benedicto XVI también nos recordaba, citando a santa Teresa, la necesidad de la oración para la vida cristiana en la actualidad:
Queridos hermanos y hermanas, santa Teresa de Jesús es verdadera maestra de vida cristiana para los fieles de todos los tiempos. En nuestra sociedad, a menudo carente de valores espirituales, santa Teresa nos enseña a ser testigos incansables de Dios, de su presencia y de su acción; nos enseña a sentir realmente esta sed de Dios que existe en lo más hondo de nuestro corazón, este deseo de ver a Dios, de buscar a Dios, de estar en diálogo con él y de ser sus amigos. Esta es la amistad que todos necesitamos y que debemos buscar de nuevo, día tras día. Que el ejemplo de esta santa, profundamente contemplativa y eficazmente activa, nos impulse también a nosotros a dedicar cada día el tiempo adecuado a la oración, a esta apertura hacia Dios, a este camino para buscar a Dios, para verlo, para encontrar su amistad y así la verdadera vida. Por esto, el tiempo de la oración no es tiempo perdido; es tiempo en el que se abre el camino de la vida, se abre el camino para aprender de Dios un amor ardiente a él, a su Iglesia, y una caridad concreta para con nuestros hermanos.

Asimismo, la Santa subraya lo esencial que es la oración; rezar —dice—, significa «tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama» (V 8,5). La idea de santa Teresa coincide con la definición que santo Tomás de Aquino da de la caridad teologal, como amicitia quaedam hominis até Deum, un tipo de amistad del hombre con Dios, que fue el primero en ofrecer su amistad al hombre; la iniciativa viene de Dios (cf. Summa Theologiae II-II, 23, 1). La oración es vida y se desarrolla gradualmente a la vez que crece la vida cristiana: comienza con la oración vocal, pasa por la interiorización a través de la meditación y el recogi miento

hasta alcanzar la unión de amor con Cristo y con la santísima Trinidad. Obviamente no se trata de un desarrollo en el cual subir a los escalones más altos signifique dejar el precedente tipo de oración, sino que es más bien una profundización gradual de la relación con Dios que envuelve toda la vida. Más que una pedagogía de la oración, la de Teresa es una verdadera «mistagogiar’: al lector de sus obras le enseña a orar rezando ella misma con él; en efecto, con frecuencia interrumpe el relato o la exposición para prorrumpir en una oración»

La contemplación evangélica y teologal, no la psicológica o la estética, incluye el «amor a Dios y al prójimo», y comprende la realidad humana histórica y material. Es la contemplación integrada, evangélica. Los auténticos orantes contemplativos son capaces de descubrir a Dios presente y cercano en las personas, en los acontecimientos, en lo positivo y en lo negativo de la historia. Un Dios que nos cuestiona e interpela. Esta contemplación comprometida será capaz de revelar el rostro del Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo a las personas que lo buscan a tientas. Hay que ayudar a descubrir a Dios como fuente de plenitud, como el Dios de la esperanza, como Padre que nos ama con amor de madre, como alguien siempre

 

3. Nos anima a sentir y a comprometernos con la Iglesia

 

El papa Francisco señala con fuerza que, para santa Teresa, la senda de la oración discurre por la vía de la fraternidad: Este camino [de la oración] no podemos hacerlo solos, sino juntos. Para la santa reformadora la senda de la oración discurre por la vía de la fraternidad en el seno la Iglesia madre. Esta fue su propuesta providencial, nacida de la inspiración divina y de su intuición femenina, a los problemas de la Iglesia y de la sociedad de su tiempo: fundar pequeñas comunidades de mujeres que, a imitación del «colegio apostólico», siguieran a Cristo viviendo sencillamente el Evangelio y sosteniendo a toda la Iglesia con una vida hecha plegaria. [...] Para ello no recomienda Teresa de Jesús muchas cosas, simplemente tres: amarse mucho unos a otros, desasirse de todo y verdadera humildad 1 Santa Teresita de Lisieux, hija fiel de santa Teresa, nos recuerda por su parte que la misión apostólica caracteriza los monasterios de la Reforma teresiana: Una carmelita que no fuera apóstol se alejaría de la meta de su vocación y dejaría de ser hija de la seráfica santa Teresa que deseaba dar mil vidas para salvar una sola alma 12• En las circunstancias actuales, envueltos en una cultura opuesta a los principios evangélicos, en estos tiempos igualmente recios, cuando, al decir de la Santa, quieren poner a la Iglesia por el suelo, parece más necesario que nunca el espíritu apostólico. Urge escuchar la voz interpelante de la Santa: ¡Oh hermanas mías en Cristo! Ayudadme a suplicar esto al Señor, que para eso os juntó aquí; este es vuestro llamamiento, estos han de ser vuestros negocios, estos han de ser vuestros deseos, aquí vuestras lágrimas, estas vuestras peticiones. Se está ardiendo el mundo, quieren tornar a sentenciar a Cristo, como dicen, pues le levantan mil testimonios, quieren poner su Iglesia por el suelo, y hemos de gastar tiempo en cosas que por ventura, si Dios se las diese, tendríamos un alma menos en el cielo? No, hermanas mías, no es tiempo de tratar con Dios negocios de poca importancia (C 1,5).

TRATANDO DE AMISTAD CON QUIEN SABEMOS NOS AMA

(Retiro oportuno para estos tiempos difíciles)


Escucha a quien te escucha

 

Nos dice santa Teresa en el Camino de Perfección, capítulo 24, número 4: “Pensáis que se está callando? Aunque no le oímos, bien habla al corazón cuando le pedimos de corazón. Y bien es consideremos somos cada una de nosotras a quien enseñó esta oración y que nos la está mostrando, pues nunca el maestro está tan lejos del discípulo que sea menester dar voces sino muy junto. Esto quiero yo entendáis vosotras os conviene para rezar bien el Paternóster: no se apartar de cabe el Maestro que os lo mostró.”

Seguimos al rastro de santa Teresa. Ahora nos toca poner en práctica otra actitud importantísima, fundamental, para el trato de amistad que es la oración teresiana: la escucha mutua. Afirma categóricamente santa Teresa: “Bien habla Jesús al corazón cuando le pedimos de corazón”. Principalmente nos habla por las palabras del Evangelio. Teresa, como mujer, se fija no solo en lo que dice sino en Quien lo dice: “Mirad las palabras que dice aquella boca divina, que en la primera entenderéis luego el amor que os tiene”.

De nuevo nos encontramos ante dos amigos que se relacionan, dos interlocutores que están con el oído atento para decirse, para abrir surcos al misterio en las honduras del corazón, para abrir cauces al amor... Mirarse, contemplarse, escucharse, hablarse. . esa es la oración para santa Teresa: tratarnos con Quien sabemos nos ama, “tratar de amistad con Quien sabemos nos ama”.

Seguimos acudiendo al Evangelio. Vamos a contemplar otro pasaje, otro texto de Marcos, capítulo 10, versículos 46 y ss. “Y llegan a Jericó. Y al salir él con sus discípulos y bastante gente, un mendigo ciego, Bartimeo (el hijo de Timeo), estaba sentado al borde del camino pidiendo limosna. Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar: “Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí”.

Muchos lo increpaban para que se callara. Pero él gritaba más: “Hijo de David, ten compasión de mí”. Jesús se detuvo y dijo: “Llamadlo”. Llamaron al ciego, diciéndole: “Ánimo, levántate, que te llama”. Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús. Jesús le dijo: “Qué quieres que te haga?” El ciego le contestó. “Rabbuni, que recobre la vista”. Jesús le dijo: “Anda, tu fe te ha salvado”. Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino.”

Nos habla ahora el Evangelio de un ciego mendigo, Bartimeo, que está a la orilla del camino, como estamos nosotros tantas veces. Bartimeo está cansado, está aburrido, harto de gritar, pasen o no pasen caminantes junto a Él. Su vida consiste en eso: en gritar, en pedir y que nadie le de.

De pronto, percibe que pasa Jesús, comienza a gritar y gritar: “Hijo de David! ¡Jesús! ¡Ten compasión de mí! ¡Ten compasión de mí!!” Muchos lo regañan: los gritos molestan y él cada vez grita más fuerte y en ese momento grita muy fuerte. A pesar de que le regañan, él sigue gritando por si alguien oye su voz, se compadece de él y le ayuda.

Jesús va de camino, va hacia Jerusalén. Sabe que en Jerusalén le esperan momentos difíciles, duros... Pero no va ensimismado ni preocupado por sí y por lo suyo, eso lo lleva en el corazón pero no está centrado en sí mismo... Es una realidad que está ahí y Jesús la lleva, pero Jesús lleva esa realidad en sí; no esa realidad le absorbe y le anula. Esa realidad no es señora de sus sentimientos ni de sus pensamientos. La dificultad, la preocupación no le quitan la libertad: tiene el Corazón libre y los Oídos libres para escuchar, para atender a los demás.

Va caminando... y con todo esto dentro -con su preocupación, con lo que va a suceder cuando llegue a Jerusalén- oye el grito y se detiene. “,Qué pasa? ¿Quién grita? ¿Quién me llama?” Jesús se acerca a él y comienza a dialogar, le pide que le manifieste todo aquello que lleva dentro. En medio de una multitud que camina, Jesús y un mendigo ciego, establecen una relación de escucha mutua. Aún no le puede mirar porque está ciego, pero quiere mirarle, quiere que se sienta mirado por Jesús y al final Él lo va a hacer. Pero empiezan dialogando, empiezan hablando, se escuchan mutuamente y esta escucha honda, les va a dejar a los dos afectados.

Podemos entrar en la escena, meternos en la historia de Bartimeo, en su historia de apartamiento, de discriminación por ser ciego... y gritar con él a Jesús. Podemos después escoger cualquiera de nuestras situaciones personales y desde ella, gritarle a Jesús: “¡Cúrame! Ten compasión, de mí porque si no soy un caso perdido!” Y de ahí, podemos pasar a escuchar a Jesús y entablar con Él un diálogo de amor. ¡Jesús siempre escucha! Y ahora brota mi súplica: “Ábreme los ojos! ¡Necesito que abras mis ojos para verte! ¡Necesito esa mirada de amor, ese cruce de miradas, para llegar a tu Corazón a través de Tu mirada!”.

 

¡OFRÉCETE A QUIEN SE TE ENTREGA!

 

Esta entrega nos la cuenta, nos la explica santa Teresa en el capítulo 28 del Camino de Perfección, en el número 12. Dice así:
“Todo el punto está en que se le demos por suyo con toda determinación, y le desembaracemos para que pueda poner y quitar como en cosa propia. Y tiene razón Su Majestad, no se lo neguemos. Y como El no ha de forzar nuestra voluntad, toma lo que le damos, mas no se da a Sí del todo hasta que nos damos del todo. Esto es cosa cierta y, porque importa tanto, os lo acuerdo tantas veces: ni obra en el alma como cuando del todo sin embarazo es suya, ni sé cómo ha de obrar; es amigo de todo concierto. Pues si en nuestro palacio henchimos de gente baja y de baratijas, ¿cómo ha de caber el Señor con su corte? Harto hace de estar un poquito entre tanto embarazo”.

Santa Teresa nos ha sugerido que nos ejercitemos en la vida en dar y en recibir, ambas cosas son importantes. Las dos nos descentran, nos hacen salir de nosotros mismos y nos abren a la fraternidad, nos abren a Dios y a los hermanos. La vida es como un círculo y en este círculo, por defecto, suelo estar yo en el centro. Es preciso descentrarme, hacerme a un lado en ese círculo de mi vida, que mi yo vaya a la periferia y Jesús sea el centro. Por eso digo que es necesario descentrarse.

Nadie es tan pobre, tan absolutamente pobre, que no tenga algo para dar, algo para ofrecer; y tampoco no hay nadie tan rico, tan absolutamente rico, que no necesite algo. Ni yo soy tan pobre ni Dios es tan rico como para poder prescindir yo de El o Él de mí. ¡Los dos somos mendigos! ¡Los dos somos mendigos de amor! De nuevo aparece la relación de dos mendigos. Jesús es mendigo: mendiga mi vida, mendiga mi amor, mendiga mi atención, mendiga mi ternura... Y yo le mendigo a Él todo, porque no tengo nada.

 

Desde aquí, seguimos entrando en el Evangelio.

 

Ahora vamos a contemplar un texto de Marcos capítulo 6, versículos 33 y siguientes: Se fueron en barca a solas a un lugar desierto. Muchos los vieron marcharse y los reconocieron; entonces de todas las aldeas fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron. Al desembarcar, Jesús vio una multitud y se compadeció de ella, porque andaban como ovejas que no tienen pastor; y se puso a enseñarles muchas cosas.

Cuando se hizo tarde se acercaron sus discípulos a decirle:
“Estamos en despoblado y ya es muy tarde. Despídelos, que vayan a los cortijos y aldeas de alrededor y se compren de comer”. Él les

replicó: “Dadles vosotros de comer”. Ellos le preguntaron: “¿Vamos a ir a comprar doscientos denarios de pan para darles de comer?” Él les dijo: “,Cuántos panes tenéis? Id a ver”. Cuando lo averiguaron le dijeron: “Cinco y dos peces”. Él les mandó que la gente se recostara sobre la hierba verde en grupos. Ellos se acomodaron por grupos de cien y de cincuenta. Y tomando los cinco panes y los dos peces, alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los iba dando a los discípulos para que se los sirvieran. Y repartió entre todos los dos peces. Comieron todos y se saciaron, y recogieron las sobras: doce cestos de pan y de peces. Los que comieron eran cinco mil hombres.
Nos habla de un muchacho que tiene cinco panes y dos peces...

¡Valiente cosa! ¿Qué es esto? ¡Nada! Da risa casi nombrarlo. Pero el muchacho tiene sencillez, ingenuidad, trasparencia de alma y eso es más, muchísimo más. Él oye que alguien busca ayuda y se da por aludido. Y entrega lo que tiene, sencillamente. A los discípulos casi les da vergüenza, reparo, decir lo que han encontrado. El muchacho, el que ha dado lo que tenía con sencillez, con un corazón asombrado dentro y con ojos limpios y dispuestos para ver las maravillas de Dios, dispuestos para mirar a Dios, va a asistir un gran milagro: el de la multiplicación de lo pequeño para que coma la multitud.

Jesús está un poco lejos del muchacho físicamente pero está muy cerca de ese corazón limpio. Conecta con él. Jesús sabe Jo que es dar lo que tiene, sabe lo que es darse y ponerse en medio de la mesa -como quien sirve- y acoge con emoción, con gozo, conmovido, lo poquito que el muchacho le entrega, porque es Jo que tiene. ¡Y bendice eso poquito! Y bendice cuando entregamos nuestro poquito y cuando lo entregamos por entero, de verdad. Y entonces, cuando entregamos nuestro poquito y lo entregamos con corazón limpio, suceden los milagros: se multiplica lo pequeño y sobran doce cestos después de haber saciado a una multitud.

Ahora nos toca a cada uno continuar esta historia de ida y vuelta, de dar y recibir. Nos toca mirar al Señor, averiguar qué necesita y darle nuestra pobreza con la ingenuidad de un niño sin que nos lo impida la reflexión lógica, razonable y paralizante de los mayores. ¡Tenemos que permanecer niños!

Orar es una historia de amistad -nos lo ha dicho santa Teresa— una historia de dar y recibir. Dar y recibir en los momentos de oración, en toda nuestra vida, porque toda nuestra vida ha de ser oración. Aquello que somos en la oración, en nuestros momentos de intimidad con el Señor, eso mismo somos en la vida. ¡No se improvisa! Y al revés, aquello que somos en la vida, en el día a día, con nuestros hermanos, es lo que vamos hacer después en la oración, cara a cara con el Señor.

Recordemos una vez más lo que nos dice santa Teresa:
“todo lo que os he avisado va dirigido a este punto: de daros de todo al Creador” (0 32, 9) Darnos de todo para que, como en casa propia, Dios pueda actuar para bien de todos. A esto apunta sin más, con toda seguridad, el deseo teresiano de enseñarnos a orar, su peculiar pedagogía de la oración. En el Libro de la vida capítulo 11 nos dice: “Si no nos damos de todo no nos dará el tesoro de la oración.”

 

¡Acompaña a Aquel que nunca te abandona!

 

Nos lo dice santa Teresa en el Camino de Perfección en el capítulo 26 al comienzo del capítulo: “Procurad luego, hija, pues estáis sola, tener compañía. Pues ¿qué mejor que la del mismo maestro que enseñó la oración que vais a rezar? Representad al mismo Señor junto con vos y mirad con qué amor y humildad os está enseñando. Y creedme, mientras pudieredes no estéis sin tan buen amigo. Si os acostumbráis a traerle cabe vos y El ve que lo hacéis con amor y que andáis procurando contentarle, no le podréis -como dicen- echar de vos...”

Santa Teresa no sabe estar sola, se esfuerza en buscar compañía y se descubre en su interior habitada por una Presencia. Esa Presencia la embellece y la hace ser. Se trata de salir de la ausencia para entrar en la Presencia. De nuevo se establece la relación de los amigos gracias a una sensibilidad tremenda, profunda, de fe y amor para detectar una Presencia escondida en mí, pero real.

Nos servimos otra vez del Evangelio, como santa Teresa solía hacer. Y vamos a contemplar el pasaje evangélico con el que hemos iniciado estas reflexiones. Nos lo narra el evangelista Lucas en el capítulo 24, en el versículo 13 y ss.

Aquel mismo día, dos de ellos iban Caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos setenta estadios; iban Conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras Conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo Él les dijo: “,Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?” Ellos se detuvieron con aire entristecido. Y uno de ello, que se llamaba Cleofás, le respondió: “¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?” Él les dijo: “,Qué?” Ellos le contestaron: “Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió.

Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron”.

Entonces él les dijo: “Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los prof etas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?” Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.

Llegaron cerca de la aldea a donde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo: ¡Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída”.

Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se los iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista. Y se dijeron el uno al otro: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y se nos explicaba las Escrituras?”

Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: “Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón”. Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Vemos a estos dos discípulos que están de vuelta, camino de su pueblo, de Emaus. Van desanimados por la lectura que hacen de los hechos que han acontecidos en Jerusalén los días anteriores. Van juntos pero tremendamente solos y vacíos. Sin esa Presencia interior que les anime, les vivifique, les embellezca... ¡van tristes! Caminan pero van desanimados; van a Emaus pero van sin rumbo, sin rumbo interior, sin saber qué hacer con su vida, sin saber qué hacer con su desilusión. No esperan ninguna presencia.

Jesús aprendió a acompañar a lo largo de su vida. Les ve solos, desfondados, tristes y -como hace muchas veces con nosotros- se hace el encontradizo. Se mete discretamente en sus vidas para hablarles desde dentro y ahí -dentro de su corazón- las palabras de Jesús queman, revuelven, cuestionan, interpelan, hacen arder el corazón... “¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba por el camino y nos explicaban las Escrituras?”

Y ¡le ven! Y... ¡¡¡le miran!!! “No os pido más de que le miréis”.
Y cuando desaparece de su vista, cuando ya no le ven, vuelven sobre sus pasos, empiezan a caminar con una Presencia dentro, ya no van solos y van con un brillo en los ojos que los hace testigos, que trasparenta a Cristo Resucitado.

Ahora nos toca a cada uno de nosotros entrar en la experiencia de estos discípulos de Emaús para ser como ellos, protagonistas de un encuentro con Cristo, para hacernos portadores de un Presencia, de un Don, de un Regalo que se llama Jesucristo Resucitado. ¡Nosotros somos los pobres discípulos del Evangelio!

Orar es vivir con la Presencia de Jesús dentro y con la mirada de Jesús impresa en mis pupilas; es mirar el mundo a través de sus Ojos, compartir esa visión, amar al mundo con la mirada y en que mi mirada todo el mundo se encuentre con Él. Orar es vivir con la Presencia de Jesús dentro del alma.

Y santa Teresa de Jesús desde el asombro de la Presencia de Jesús en su vida nos repite: “Mientras pudiereis no estéis sin tan Buen Amigo.” Nosotros, en todos los atardeceres de la vida, podemos orar y decir: “Quédate con nosotros, Señor, porque atardece!” Y en ese atardecer, esperar que llegue la noche y se nos cierren los ojos, vencidos por el cansancio, pero ¡mirándole! ¡Nuestra última mirada para El! Y la primera al abrirlos, ¡también para Él! “No os pido más de que le miréis”.

 

 

 

 

 

 

LA ORACIÓN DE INTERCESIÓN EN SAN PABLO:

SIGUIENDO A CRISTO: LA INTERCESIÓN EN CRISTO

 

 

16. “Cristo Jesús, el que murió, aún más, el que resucitó, el que está a la diestra de Dios, es quien intercede por nosotros” (Rom 8, 34).

“Os recomiendo, hermanos, por nuestro Señor Jesucristo y por la caridad del Espíritu, que luchéis a mi lado con vuestras oraciones(Rom 15, 30).

“Ante todo te ruego que se hagan peticiones, oraciones, súplicas y acciones de gracias por todos los hombres… Esto es bueno y grato a Dios nuestro Salvador, el cual quiere que todos se salven y lleguen al conocimientos de la verdad” (1Tim 2, 1-4).

“Y está es mi oración: Que vuestro amor crezca incesantemente en conocimiento y clarividencia, para que sepáis discernir lo más perfecto y así podáis ser transparentes e intachables con miras al día de Cristo, repletos del fruto de la justicia, que se obtiene por Jesucristo, para gloria y alabanza de Dios”(Fil 1,9-11).


       Queridas hermanas: El fundamento radical de vuestra vida religiosa de contemplativas, de vuestra confianza  en Dios, es el amor de Dios, que se manifiesta en el hecho de que Cristo ha muerto por nosotros pecadores  para llevarnos a la posesión del reino de Dios, el reino de la eternidad, del gozo eterno de su presencia contemplativa y resplandeciente del cielo, a la cual vosotros habéis entregado vuestra vida en oración permanente por la salvación vuestra y del mundo, de todos los hombres. Esta es vuestra vocación, vuestra vida de carmelitas contemplativas(Rom 5, 8).

Por que Cristo no solo murió por salvarnos y llevarnos al cielo sino que sigue salvándonos, como dice san Pablo, porque ha resucitado y está a la diestra de Dios intercediendo por nosotros. Y vuestra oración y vuestra vida de consagradas se une a este Cristo intercediendo por la salvación de los hombres sus hermanos. Allí continúa su actividad salvífica, que consiste en una intercesión permanente.

Es ésta la afirmación que empleará san Pablo también en su carta a los Hebreos, y que dará estructura a esta carta. Y dirá que Cristo es nuestro salvador “y es, por tanto, perfecto su poder de salvar a los que por él se acercan a Dios, y siempre vive para interceder por ellos” (Hbr 7, 25). Como vosotras que habéis consagrado vuestra vida esta tarea unidas a Cristo. Este es el sentido de vuestra vida de religiosas  de orantes contemplativas.

Por consiguiente, según San Pablo, Cristo vive verdaderamente en el cielo y en la Eucaristía, donde intercede por nosotros. Y vosotras habéis consagrado y entregado al Padre vuestra vida en Cristo, unidas a Cristo celeste y eucarístico en su oración permanente de intercesión por nuestros hermanos los hombres. MI ORACIÓN EUCARÍSTICA

Podemos citar varios textos que contienen esta verdad. Por ejemplo, éste: “No entró Cristo en un santuario hecho por manos de hombre, figura del verdadero, sino en el mismo cielo, para comparecer ahora en la presencia de Dios a favor nuestro” (Hbr 9, 24). Y en otro lugar: “Habiendo ofrecido un sacrificio por los pecados, para siempre se sentó a la diestra de Dios, esperando lo que resta, hasta que sean puestos sus enemigos por escabel de sus pies” (Hbr 10, 12-13).

En su primera carta a la Iglesia de Corinto, Pablo resume maravillosamente toda la historia de la salvación. Y en esta historia pone de relieve dos aspectos: muerte y resurrección de Cristo por una parte, y parusía por otra. Dice así: “Y como en Adán hemos muerto todos, así también en Cristo somos todos vivificados. Pero cada uno a su tiempo: el primero Cristo, luego los de Cristo, cuando él venga” (1 Cor 15, 22). Y de la misma manera que Cristo ha sido vivificado por su resurrección, así también lo seremos nosotros, ya que, en realidad, Cristo constituye las primicias de esta resurrección.

La resurrección de Cristo no habría tenido ningún significado para nosotros si no hubiera sido el principio y fundamente de la nuestra: “pero no, Cristo ha resucitado y con El hemos resucitado todos”, que dice San Pablo. Por este motivo, la liturgia de la Iglesia, igual que San Pablo en sus cartas a los colosenses y a los efesios, consideran a todos los cristianos, ya resucitados, aún corporalmente, en Cristo. Esta obra se consumará en la parusía. El primero que ha resucitado es Cristo, “luego los de Cristo, cuando él venga” (1 Cor 15, 23). Y entonces será ya el fin, la consumación de su obra redentora, “cuando entregue a Dios Padre el reino, cuando haya reducido a la nada todo principado, toda potestad y todo poder” (1 Cor 15, 24).

Esta es la síntesis de la historia de la salvación, partiendo desde el pecado de Adán, en quien todos pecamos. En esta síntesis, lo importante es ver cómo el Apóstol de las gentes pone de relieve la actividad de Cristo durante el tiempo que va desde la resurrección hasta la parusía. Y en esta tarea intercesora es en la que vosotras, con vuestra vida contemplativa y de sacrificio y oración, estáis unidas a Cristo hasta siempre, hasta la eternidad, que ya ha empezado para algunas de vosotros, bueno, espero que para todas, en el sentido de querer ya vivir plenamente en Cristo, por encima de nuestras pequeñas pasiones, egoísmos, faltas de entrega total a Dios y a los hermanos. A purificarse, san Juan de la Cruz, el purgatorio aquí en la  tierra, con esta hermana, con esta superiora, con estos pensamientos…

Toda la vida  de Cristo fué una intercesión; desde que nació hasta que subió resucitado al cielo e intercede por nosotros. Y a esa intercesión de Cristo en el cielo unimos la nuestra. Hemos visto que su vida pública debía durar apenas dos años y medio, y sabemos que pasó treinta años en el silencio de Nazaret.

Inmediatamente después del bautismo, donde es consagrado oficialmente como mesías, empieza su actividad mesiánica con un retiro de cuarenta días y cuarenta noches (Mt 4, 1-2). En el desierto, lugar de oración y penitencia, empieza ya Jesús su vida mesiánica.

Suelen decirnos frecuentemente a los sacerdotes y a los cristianos, no digamos a vosotras contemplativas, religiosas de oración. que debemos orar para mantenernos unidos a Dios, para no disiparnos. Esto es verdad, pero no constituye la única razón. Cristo no tenía necesidad de esto, ya que Él estaba siempre perfectamente unido al Padre. Cuando se ha retirado a orar, tampoco ha sido única ni principalmente para darnos ejemplo, sino porque sabía que la oración intercesora formaba parte de su misión. En vosotras, de vuestra vocación y trabajo, de vuestro apostolado.

A veces podemos tener la impresión de que perdemos el tiempo orando, y, muchas veces, cuando se habla de apostolado, raramente se menciona la oración como  actividad y trabajo apostólico. Cristo pensaba de forma muy distinta. No sólo al principio de su vida propiamente mesiánica piensa que no es perder el tiempo o que no sea vida apostólica la dedicada al desierto y a la oración, durante cuarenta días y cuarenta noches, sino que todas las noches se retira a orar cuando tiene que decidir algo importante.

Ya hemos hablado de cómo se pasó la noche en oración antes de elegir a los doce. Y citamos también la interpretación de San Ambrosio, que dice que rezaba por los doce que iba a elegir y por su elección misma. Igual que ha orado por nosotros, y por todos los que vivirán en este mundo.

También antes de la confesión de San Pedro, Cristo ora a su Padre. San Lucas (Lc 9, 18) nos dice que Cristo estaba orando a solas. Evidentemente, quería entregarse a esta actividad esencialmente apostólica que es la oración. Lo mismo hace en varias ocasiones antes de realizar un milagro. Y antes de la pasión, San Juan nos transmitió la oración sacerdotal de Cristo, y los sinópticos, su oración en Getsemaní, en un momento de desolación, separado de los apóstoles, donde no sabe ni qué decir; repite constantemente la misma oración. A sus discípulos les recomienda que oren para no caer en tentación, pero ellos se duermen. Por esta razón, Pedro le niega y los demás escapan todos.

La carta a los Hebreos que, como hemos dicho antes, presenta la actividad de Cristo después de su muerte como una intercesión, nos presenta igualmente su muerte como una oración intensa: “Habiendo ofrecido en los días de su vida mortal oraciones y súplicas con poderosos clamores y lágrimas al que era poderoso para salvarle de la muerte, fue escuchado por su reverencial temor”.

Cristo nos ha inculcado esta verdad, que es capital, no sólo con su ejemplo, sino también con su doctrina. Baste recordar su insistencia cuando nos enseña el Padre nuestro. En Lucas, esta oración está comentada por medio de una parábola: la del amigo inoportuno; Lucas pone esta parábola inmediatamente después del Padre nuestro, y su versión probablemente responde a la realidad.

Cristo debió enseñarles esta oración tres o cuatro meses antes de su oración en Getsemaní, donde Él mismo repetirá más tarde, insistentemente: “Padre, hágase tu voluntad y no la mía”. Y no olvidemos la parábola del amigo inoportuno, donde hubo que darle los panes no precisamente por amor sino para que le dejase en paz al amigo: “Yo os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por la importunidad, se levantará y le dará cuanto necesite. Os digo, pues: pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá; porque, quien pide recibe y quien busca, halla, y a quien llama, se le abre. ¿Qué padre, entre vosotros, si el hijo le pide un pan le dará una piedra? O si le pide un pez, le dará, en vez del pez, una serpiente...? Si vosotros, pues, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?” (Lc [1, 5-13).

 

(HASTA AQUÍ, CUANDO NO LA DÉ COMPLETA; SI FUERA COMPLETA, SIGO)

 

Cristo quiere que nosotros pidamos. Y así lo comprendió la Iglesia primitiva. En el libro de os Hechos podemos ver la importancia que los primeros cristianos atribuyen a la oración. Ya al principio del mismo nos dice que los Apóstoles estaban en Jerusalén esperando el Espíritu Santo, y “perseveraban unánimes en la oración, con María la madre de Jesús” (Hch 1, 14).

Esta misma actitud de la Iglesia primitiva la encontramos en las cartas de San Pablo. Es extraordinaria la importancia que el apóstol concede a la oración de intercesión. Casi siempre empieza diciendo que da gracias a Dios, que no cesa de darle gracias. Tomemos una, a modo de ejemplo. La primera carta a la iglesia de Tesalónica: “Damos siempre gracias a Dios por todos vosotros y recordándoos en nuestras oraciones, haciendo sin cesar ante nuestro Dios y Padre memoria de la obra de vuestra fe, del trabajo de vuestra caridad y de la perseverante esperanza en nuestro Señor Jesucristo” (1 Tes 1, 3).

Como se ve, son oraciones ordenadas al apostolado. Y después: “Por esto, incesantemente damos gracias a Dios, de que al oír la palabra de Dios que os predicamos la acogisteis no como palabra de hombre, sino como palabra de Dios, cual en verdad es” (1 Tes 2, 13). Y más adelante añade: “¿Pues qué gracias daremos a Dios en retorno de todo este gozo que por vosotros disfrutamos ante nuestro Dios, orando noche y día con la mayor instancia por ver vuestro rostro y completar lo que falte a vuestra fe?” (1 Tel 3, 9-10). Esta oración de Pablo responde a la oración de los fieles, a quienes pide que recen: “Orad sin cesar. Dad en todo gracias a Dios, porque tal es su voluntad en Cristo Jesús” (1 Tes 5, 17).

Pablo es consciente de permanecer siempre y en todo lugar apóstol, aunque no pueda predicar. Conoce la eficacia de la oración para el apostolado. Sabe que en la vida apostólica tiene una función totalmente primordial. La actividad apostólica y la oración no son algo distinto, sino dos aspectos de una misma realidad igualmente necesarios: conocer y amar a Jesucristo y hacerlo amar por los hermanos: “Os recomiendo, hermanos, por nuestro Señor Jesucristo y por la caridad del Espíritu, que luchéis a mi lado con vuestras oraciones” (Rom 15, 30).

Cuando Dios nos recomienda que oremos, no lo hace evidentemente para que nosotros le expongamos necesidades que Él desconoce. Dios, nuestro Padre, como Jesucristo, su Hijo y hermano nuestro y la Virgen y los santos conocen nuestras necesidades. Él sabe perfectamente lo que necesitamos y conoce nuestras situaciones difíciles.

Y tampoco se trata de cambiar la voluntad de Dios. La oración de petición e intercesión es buena precisamente para conseguir de Dios lo que esperamos de Él, lo que nos conviene, que se cumpla su voluntad como nosotros. Nuestro modelo es Cristo en Getsemaní: “Padre, si es posible, pase de mí este cáliz, pero que no se haga lo que yo quiero sino lo que tú quieres”.

Porque nosotros queremos cumplir siempre la suya, ya que ésta es la que nos santifica y nos salva. Sería como decir que su voluntad no es perfecta y que nosotros sabemos mejor que Él lo que se debe hacer en cada caso. Es verdad que muchos cristianos tienen esta idea de la oración de petición. Hacen una peregrinación, un voto, para hacer cambiar a Dios. Tienen miedo de su voluntad y no se resignan fácilmente a aceptarla, sobre todo cuando se trata de la muerte de un ser querido.

Dios está en el origen, en la continuación y en el final de toda oración y de toda acción sobrenatural nuestra. Hay una oración que lo expresa maravillosamente: «Te pedimos, Señor, que inspires y hagas tuyas nuestras oraciones, de manera que todas ellas empiecen siempre en ti, como en su origen y terminen en ti como en su fín».

Pero la pregunta surge aún más imperiosamente: entonces, ¿para qué sirve la oración? Ante todo, para asociarnos a su obra redentora, para que colaboremos con Él en la obra de salvación. Es señal de un amor más grande hacia la persona con la que queremos practicar la caridad el permitirle que ella misma colabore según sus posibilidades. Es lo que hace Dios manifestando de esta forma el gran respeto hacia e] hombre, a quien ama en su libertad. Quiere que no podamos volver a Él por nuestros propios medios, pero que podamos algo. Y este algo es la oración que nos inspira.

En cierto modo, también a nosotros nos pide nuestro consentimiento cuando nos pide la oración. Dios quiere que nuestras oraciones sean casi causas instrumentales de las gracias que concede a los demás. Quiere salvar y santificar a los demás por medio de las oraciones que hacemos, por la comunión de los santos. Por este motivo, si oramos, aceptamos en cierto modo la salvación de los otros.

Pero hay otra razón, en la que insiste también Santo Tomás, siguiendo en este punto el pensamiento de San Agustín. Los Padres de la Iglesia se plantearon ya el problema de la aparente contradicción entre la insistencia en la necesidad de orar y la afirmación de que Dios sabe todo lo que necesitamos (Mt 6, 8). Precisamente tratan de la cuestión que nos ocupa a propósito de esta dificultad. San Agustín se pregunta: «Qué necesidad hay de orar, si Dios ya conoce lo que necesitamos...? A no ser porque la misma intención de orar serena nuestro corazón y lo purifica y lo capacita para recibir los dones divinos que nos son infundidos espiritualmente». La oración nos hace capaces de recibir lo que Dios nos quiere dar, dispone nuestro ánimo.

Por esta causa, la oración jamás es importuna, ya que, mediante ella, permitimos en cierto sentido a Dios concedernos lo que Él mismo nos quiere dar. No estamos dispuestos para recibir lo que quiere darnos y permite que nos dispongamos de esta forma.

Cuanto acabamos de decir tiene una aplicación especial en el caso de la Liturgia de las Horas, que no es una oración que hacemos no sólo por los demás, sino también en lugar de ellos. El sacerdote reza en lugar de todos aquellos que no saben o que no tienen tiempo. Es la oración litúrgica, la oración de la Iglesia. Mejor, es la oración que el supremo y único Sacerdote, Cristo, hace de alabanza y de intercesión a la Santísima Trinidad y a la cual quiere que se asocie toda la Iglesia. Por eso, en ella no somos nosotros quienes rezamos, sino toda la Iglesia, y especialmente la Iglesia triunfante: Cristo, la Virgen, los santos, que interceden por nosotros.

Cuando el sacerdote ora, no se reserva un tiempo para sí egoísticamente, sino que ejerce su ministerio de esta forma en pro de los otros. Cuanto más importante sea el cometido de cada uno, mayor es la necesidad de orar. Leyendo la vida del cura de Ars nos damos cuenta de que la parroquia ha sido el origen de su santidad. Su parroquia era una de las peores de la diócesis; porque lo consideraban un hombre incapaz le dieron esta comunidad donde no podría hacer un mal muy grande. Él lo sabía y se convenció de que su misión era convertirlos. Se sintió responsable y esto le ayudó muchísimo en su santidad.

Hay unos textos de San Juan de Ávila, referidos directamente a esta oración de intercesión que tienen que hacer los sacerdotes por sus ovejas, aunque las motivaciones, que expresan, valen para todos los cristianos, bautizados u ordenados, activos o contemplativos, puesto que todos debemos orar por los hermanos:

 

«...¡Válgame Dios, y qué gran negocio es oración santa y consagrar y ofrecer el cuerpo de Jesucristo! Juntas las pone la santa Iglesia, porque, para hacerse bien hechas y ser de grande valor, juntas han de andar. Conviénele orar al sacerdote, porque es medianero entre Dios y los hombres; y para que la oración no sea seca, ofrece el don que amansa la ira de Dios, que es Jesucristo Nuestro Señor, del cual se entiende <munus absconditum extinguit iras>. Y porque esta obligación que el sacerdote tiene de orar, y no como quiera, sino con mucha suavidad y olor bueno que deleite a Dios, como el incienso corporal a los hombres, está tan olvidada, immo no conocida, como si no fuese, convendrá hablar de ella un poco largo, para que así, con la lumbre de la verdad sacada de la palabra de Dios y dichos de sus santos, reciba nuestra ceguedad alguna lumbre para conocer nuestra obligación y nos provoquemos a pedir al Señor fuerzas para cumplirla»

 

«Tal fue la oración de Moisés, cuando alcanzó perdón para el pueblo, y la de otros muchos; y tal conviene que sea la del sacerdote, pues es oficial de este oficio, y constituido de Dios en él».

 

«... mediante su oración, alcanzan que la misma predicación y buenos ejercicios se hagan con fruto, y también les alcanzan bienes y evitan males por el medio de la sola oración... la cual no es tibia sino con gemidos tan entrañables, causados del Espíritu Santo tan imposibles de ser entendidos de quien no tiene experiencia de ellos, que aún los que los tienen, no lo saben contar; por eso se dice que pide Él, pues tan poderosamente nos hace pedir».

 

«Y si a todo cristiano está encomendado el ejercicio de oración, y que sea con instancia y compasión, llorando con los que lloran, ¡con cuánta más razón debe hacer esto el que tiene por propio oficio pedir limosna para los pobres, salud para los enfermos, rescate para los encarcelados, perdón para los culpados, vida para los muertos, conservación de ella para los vivos, conversión para los infieles y, en fin, que, mediante su oración y sacrificio, se aplique a los hombres el mucho bien que el Señor en la cruz les ganó».

 

(J. ESQUERDA BIFET, San Juan de Ávila, Escritos Sacerdotales, BAC minor, Madrid 1969, s. 143-150)

 

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ORACIÓN Y APOSTOLADO EN S. TERESA MB

 

(Este es un artículo muy interesante de Maximiliano Herraíz donde habla de la oración y apostolado en Santa Teresa. Es apto para charlas y meditaciones sobre el tema. Va en negrilla lo que considero más importante que es la parte final: Unidad de vida y Conclusión, porque lo resume todo. Ver libro doñnde lo tengo mejor subrayado).

 

       Con el convencimiento de que su palabra puede satisfacer globalmente a todos, quiero añadir unos conceptos previos a una lectura comprensiva de la palabra de la Doctora Mística y a un acercamiento de las posiciones que se debaten.

Y lo primero que quiero expresar es que el amor a Cristo es lo único que cuenta, como expresión de la  experiencia profunda de la fe y superación de toda dialéctica entre las formas en que se pueda y se deba expresar el amor. Y por oración entiendo ahora los tiempos dedicados directamente a Dios, al «trato» con Él en la soledad personal o en comunidad con los hermanos en la fe;  y por apostolado entiendo el servicio activo y significativo a los hombres. Pues bien, me apresuro a decir que en Teresa no hay contrariedad, ni oposición y, ni siquiera, hablando con propiedad, primacía de una y subordinación de otra. No hay más dilema que amar o no amar. Ni hay más primacía que la del amor. Sólo el amor tiene valor absoluto. Sólo el amor cuenta. «Sólo el amor es el que da valor a todas las cosas, y que sea tan grande que ninguna le estorbe a amar, es lo más necesario». Cuando se salva el amor, cualquier forma en que se exprese —oración o servicio apostólico— adquiere un valor pleno de expresión de la fe. Pero al mismo tiempo muestra su radical insuficiencia, porque ninguna expresión del amor se adecua completamente con el amor mismo. Este las desborda a todas. De aquí que, el que verdaderamente ama o acepta al menos este planteamiento del amor, experimentará la exigencia interior de vivenciar su amor en el silencio contemplativo y en el servicio apostólico. No procederá por oposición excluyente, acción o contemplación, sino por integración amorosa, acción y contemplación. Un mismo amor, una idéntica fidelidad legitima estas dos expresiones complementarias, cada una de las cuales matiza y resalta más un aspecto de la vocación cristiana al amor: el cultual (oración), el compromiso (acción), inmanente uno al otro.

Tan íntimamente unidos están que no son separables en la realidad de la vida. Romperían la persona paralizando su crecimiento, desfigurando sustantivamente el ser cristiano. Pero puede, a nivel de expresión o signo y hasta de conciencia, tener uno preponderancia sobre otro, tanto en personas diversas, según vocación y carisma, o en la misma persona en distintos períodos de su proceso. Lo mismo puede decirse de la comunidad eclesial: puede darse una conciencia más viva de uno de estos elementos en un momento determinado de su historia.

Pero siempre será verdad que un contemplativo es activo, vive comprometidamente su existencia en la medida misma en que es contemplativo. Y que un apóstol es orante o deja de ser apóstol, testigo de Dios. Y esto, repito, aun cuando a nivel de signo, uno de los aspectos (oración o compromiso) quede muy en la penumbra porque el otro capitaliza y absorbe la atención vivencial de la persona o grupo.


Oración


La palabra teresiana sobre la oración en su relación al compromiso apostólico podemos desdoblarla en dos puntos para mayor claridad expositiva: como forja de apóstoles y como fuerza apostólica. Dos matices sumamente importantes para valorar todo el mensaje de Teresa definiendo la oración bajo el prisma del compromiso por la extensión y consolidación del Reino de Cristo.

 

Oración, forja de apóstoles

 

       Creer que la oración puede apartarnos de los hombres, la atención a Dios convertirse en desatención al hombre, es desconocer totalmente lo que es la oración y lo que implica encontrarse con el hombre.

       Teresa es categórica: la oración nos descubre en toda su dimensión al hombre como destinatario de todo lo que Dios nos ha dado. Y, también, de todo lo que nos da en y por él. Por el mismo hecho que es un adentramiento en el mundo íntimo de Dios, la oración se convierte en una fuerza de aproximación, de búsqueda y de servicio al hombre. El hombre sólo aparece como prójimo y hermano en el corazón de Dios. Y el movimiento de ayuda y donación, para ser auténtico y eficaz, arranca igualmente de Dios. Porque la oración es trato de amistad, es comunión de vida, aceptación integral del Amigo. El «trato» con Dios desvela en toda su profundidad qué verdad es que Dios ama al hombre y, por consiguiente, desata unos dinamismos de entrega irrefrenables, dominadores. El orante, por lo mismo que amigo de Dios, entra en la corriente amorosa, inefable de Dios a todos. Por eso, las fuerzas de donación que no desencadene la oración quedarán para siempre sepultadas, inertes en el corazón del hombre. «Si no es naciendo de raíz del amor de Dios, que no llegaremos a tener con perfección el del prójimo» 2 De Dios, al hombre. Cree Teresa que es preciso asegurar el «ser de Dios» (pertenencia) para que el ser para el hombre adquiera todo su realismo y radicalidad y no se convierta en un peligro de desnaturalización del ser cristiano, concretamente en la línea del compromiso apostólico. Compromiso imposible si Dios no lo despierta, alimenta y corona. La identificación existencial del «ser de Dios» es la única manera de identificar cristianamente el ser para el hombre, dándole contenido. Haciéndole posible. Y poniéndole al abrigo de las asechanzas de los egoísmos explotadores o de los cansancios y agostamientos por falta de raíces sustentadoras.

       La oración es para servir. Es experiencia de servicio, de amor, de presencia a todos. En la oración verdadera crece la talla del hombre según las dimensiones de Dios mismo. Emplaza al orante ante el hermano. «Ande la verdad en vuestros corazones, como ha de andar por la meditación, y veréis claro el amor que somos obligadas a tener a los prójimos». En el contexto aparece luminosamente que el amor al prójimo exige en primerísimo lugar definirse a sí mismo con precisión, sin concesiones a la posible presión ambiental, con nitidez, sin contemporizar con la moda de turno. No trampear borrando o diluyendo los rasgos diferenciadores del propio ser, de la propia vocación. Cuanto más identificados vocacionalmente, más y mejor se ama al prójimo, mejor servicio se le presta. Lo contrario es «algarabía».

       La oración no es freno, sino un generador apostólico. La oración capacita y fortalece para el servicio. «No para gozar, sino para tener estas fuerzas para servir, deseemos y nos ocupemos en la oración». Así lo ha experimentado en sí misma y así lo ha contemplado en personas de auténtica oración. «Yo lo miro con advertencia en algunas personas [...], que mientras más adelante están en esta oración y regalos de nuestro Señor, más acuden a las necesidades de los prójimos».

En esta clave nos presenta todo el proceso espiritual —proceso de ir siendo cristiano— descrito en el libro de las Moradas, cerrando la puerta a todo espiritualismo huero y dando cimiento y realismo al crecimiento espiritual expresado por ella en términos y categorías de oración. Se pregunta, «qué es el fin para que hace el Señor tantas mercedes». Qué objetivo y finalidad persigue Dios con su comunicación de gracia. Cierto, dice Teresa, «no piense alguna que es para sólo regalar estas almas». No es Dios quien adormece y anestesia con sus gracias y «regalos». No hay otro «regalo» mayor «que darnos (Dios) vida que sea imitando a la que vivió su Hijo». Todos los dones de Dios son para entrar en comunión con el DON; todas las gracias, para vivir la GRACIA que es Jesús. Y he aquí la conclusión concreta y específica en que traduce esa «imitación» de la vida de Jesús: «Y así tengo por cierto que son estas mercedes para fortalecer nuestra flaqueza.., para poderle imitar en el mucho padecer».

       Una lectura atenta de las páginas que siguen nos convence que de lo que se trata es de fortalecernos para el servicio y el amor al hermano. La oración no nos lleva a escondernos y «no entender en otra cosa» que gozar en la soledad de Dios . La oración mete en el alma el tormento por los otros; el tormento del amor que crucifica todas las tendencias egoístas que anidan y se agazapan en el interior del hombre. «Para esto es la oración, hijas mías..., de que nazcan siempre obras, obras» 8
       Más fuerte e incisivamente dirá un poco después que «ser espirituales» (= contemplativos, orantes) es «ser esclavos de Dios» «y de todo el mundo como lo fue El». La debilidad humana para el servicio del hermano hasta esclavizarse a él, únicamente la cura y la trueca en fortaleza el trato amistoso con Dios, la oración asidua.
       Esta postura tan definida está fundada en una visión clara del ser de Dios que en la oración se experimenta ganando el propio ser, recreando al orante. Principio firme y de incalculables riquezas de vida: «Si ella [el alma) está mucho con El [Dios), como es razón, poco se debe acordar de sí; toda la memoria se le va en cómo más contentarle y en qué o por dónde mostrará el amor que le tiene»‘°. La inmersión en el mundo de Dios, que es la oración, hace al orante insaciable. «Estar con Dios» es estar decididamente por todo lo que está Dios y estar multiplicadamente, agotándose y agotando todos los medios a su alcance. La oración puede medirse y discernirse en términos de sensibilidad y de praxis —cuando se puede— apostólica.

«Entrar» en Dios es hacer el descubrimiento de su amor al hombre. Y, por eso, amarle es convertirse al hombre. El amor de Dios genera fraternidad y agranda siempre las capacidades y las dimensiones de la donación personal. Es la gran diferencia del amor de Dios y del amor del mundo. «Este no quiere compañía, por parecerle que le han de quitar de lo que posee; el de mi Dios, mientras más amadores entiende hay, más crece...; y así el alma busca medios para buscar compañía, y de buena gana deja su gozo cuando piensa será alguna parte para que otros le procuren gozar» La oración abre a los otros, dilata el corazón del hombre para la entrega, le fortalece para el servicio a los hermanos. No cierra sobre uno mismo. Es palabra constante de la gran Maestra de oración: «Esto quiero yo, mis hermanas, que procuremos alcanzar, y no para gozar, sino para tener estas fuerzas para servir, deseemos y nos ocupemos en la oración»12

       La oración es fuerza de y para el servicio. El servicio es la medida de la oración. Lo que la autentifica y lo que la expresa. Es por lo que Teresa señala, en su vida y en su palabra, que la máxima expansión de la oración es la máxima presencia de servicio, la máxima conversión al amor, amor al hombre, que pasa a ser no sólo dominante, sino determinante de la vida del orante. El querer «estar» con Dios y gozar de su presencia sin las limitaciones que impone la corporalidad viene suplantado por el querer estar con y al lado del hombre para servirle. Es la última palabra de confidencia que nos entrega Teresa: «Y queda el deseo de vivir, si El quiere, para servirle más y si pudiere ser parte que siquiera un alma le amase más y alabase por mi intercesión, que, aunque fuese por poco tiempo, le parece importa más que estar en la gloria» 13 Esto significa también ese «canto» a la acción y al compromiso en favor de los hombres con que termina la exposición de Moradas. Intimar con Dios llegando a conocer su voluntad por el trato amistoso de la oración que lleva a descubrir que la voluntad de Dios, «su manjar», «es que de todas las maneras que pudiéremos lleguemos almas para que se salven y siempre le alaben» 14 «No puede haber descanso» para quienes han llegado a la culminación del proceso oracional La oración es acción y dinamismo en sí misma.
          Pero es que también se desliza el contemplativo hacia la acción y el compromiso, hasta desplazar la atención del «estar con Dios» al estar con el hombre; del deseo del gozo beatífico al deseo del gozo del servicio que abra a los hermanos las puertas del festín del Reino.

La oración desata las fuentes de la acción. Convierte desde dentro al orante en dinamismo de amor, rotos y superados todos los frenos del egoísmo. Y lo extraordinario, llamativo e impactante en el caso de los místicos, es que no sufre la contemplación con estas prisas del amor, con estas pasiones de «ser algo para que siquiera un alma se salve». Las raíces del hombre están profundamente hundidas en la intimidad con Dios. «No saca» la acción de la contemplación. La acrecienta sirviéndola de alimento. Es la culminación del amor. Es decir, de la autentificación del amor que abraza y expresa en un solo signo, en una vida, la doble dirección en la que nos debatimos quienes vivimos a niveles inferiores la vocación al amor.
Termino: Es Dios, en definitiva, quien nos hace ver y comprometernos con los hombres. Desde Dios se comprende que vivimos para darnos. La plenitud de la oración es la plenitud de la entrega. La oración y el compromiso siguen la misma suerte, crecen al unísono. Conforme se avanza en la oración se acelera la atención servicial a los prójimos 16


Confiesa la sorpresa que puede producir esto a quienes «comienza nuestro Señor a dar regalos». A éstos «les parecerá [que] traen estotros [los que se emplean en obras apostólicas] la vida mal aprovechada, y que estarse en su rincón gozando de esto es lo que hace al caso» 17

       Aun cuando les excusa de pensar así y hasta lo cree «providencia de Dios» para que no se lancen «antes de tiempo» «a aprovechar a otros» 18, ella defiende abiertamente todo lo contrario: no «traen la vida mal aprovechada» porque «acudan a las necesidades de los prójimos», y «estarse en su rincón gozando» de Dios «no es lo que hace al caso».

       La oración rompe en acción y compromiso. La soledad orante en búsqueda afanosa de los hombres. «La ganancia de sus prójimos tienen presente, no más» 19 Olvido absoluto de sí: «No se acuerdan más de sí que si no fuesen, para ver si perderán o ganarán» dejando la soledad por salir al encuentro de los hombres. Sólo hay una motivación, un amor dominando toda su vida: «Sólo miran al servir y contentar al Señor», «un mirar a sola honra y gloria de Dios en todo» 2O No pretenden contentarse, ni siquiera contentar a los destinatarios. Es Dios quien llena todo el escenario. Amor dominador. Si «salen» de su soledad y oración y se hacen presentes a los hermanos es «por contentar más a Dios» 21 Las largas horas de oración les han descubierto el amor que Dios tiene a los hombres. Y, por eso, «gustan de dejar su sabor y bien por contentarle en servirles y decirles las verdades» 22 «Por contentar más a Dios se olvidan a sí por ellos y pierden las vidas en la demanda». La comunión con Dios —«trato de amistad»— es comunión con el Dios que ama a los hombres, es comunión de servicio, solidaridad en el compromiso. La oración prepara, potencia y purifica el servicio al hombre. Lo hace evangélico. «Aprovechan mucho los que después de estar hablando con su Majestad algunos años..., no quieren dejar de servir en las cosas penosas, aunque se estorben estos deleites y contentos» 24 Una cosa es que se estorben e impidan los «tiempos» de oración solitaria y otra muy distinta que se impida el amor y estorbe la vida. Y esto no sucede cuando se apuesta por el amor. Además, también en el apostolado, no son los tiempos y las obras, sino la calidad del testigo lo que cuenta para Teresa. «Aprovecha más un alma de éstas con sus palabras y obras, que muchos que las hagan con el polvo de nuestra sensualidad y con algún interés propio» .
Desde esta perspectiva, según Teresa, se puede y debe decir que en la oración se hace y se forma el apóstol. «Se fortalece» para el servicio. Y para un servicio de alta calidad. Porque el amor hace al apóstol pura transparencia y puro don. Por eso su presencia es eficaz.


La oración es apostólica, es apostolado


Pero la palabra más propiamente teresiana es que la oración en sí misma es servicio  apostólico. Su gran intuición, uno de los pilares más firmes de su espiritualidad, fue descubrirse miembro activo de la Iglesia, edificadora de la comunidad creyente, aunque físicamente apartada del campo de trabajo. Ella no se encontraba en una Iglesia dividida en dos partes: una mayoría silenciosa, receptora y pasiva, y una minoría de la palabra, activa y configuradora de la misma. La Iglesia es tarea de todos. Ni nadie puede abdicar de su servicio, ni ser relegado a la categoría de simple espectador. Teresa clamó por el reconocimiento de ese puesto que sabía que tenía en la Iglesia. Y si no se le reconoció un apostolado directo, comprendió que con y desde su oración lo podría realizar contribuyendo poderosamente a la obra apostólica de la comunidad reunida y animada por la fuerza del Espíritu de Jesús.

       Así, las primeras páginas de Camino, manifiesto de su espíritu y libro de formación para sus seguidores, apuntan decididamente al objetivo que deben perseguir sus monjas: «Todas ocupadas en oración por los que son defensores de la Iglesia y letrados que la defienden» 26 La oración de sus monjas quiere que nutra, ponga solidez y calor, vida en los apóstoles. Fue línea de comportamiento en su función formadora: «Y su oración y la de sus monjas que ha fundado siempre es con gran cuidado por el aumento de la santa fe católica, y por eso comenzó el primer monasterio» 27• Capítulo fuerte, relevante y, de algún modo, catalizador de toda su tarea educativa. Recuerda sus años en San José de Ávila: «Siempre procuraba con las hermanas hiciesen lo mismo y se aficionasen al bien de las almas y al aumento de su Iglesia..., y en esto embebía mis grandes deseos» 28

       Para cualquier lector atento, ya es revelador y sintomático que empiece Camino declarando con fuerza el valor apostólico de la oración. Del trato con Dios ha aprendido que «el manjar de Dios» es que le salvemos almas 29 A la oración no va Teresa para santificarse, para hacerse mejor, sino para aprovechar a los demás, para servir y hacer algo por el prójimo. Es fácil adivinar el calor y el gozo, la carga de satisfacción y convencimiento profundo con que escribió: «Estando encerradas peleamos por El» 30• «Vuestra oración ha de ser para provecho de las almas» 31 De hecho, su comunidad la piensa y la presenta como un grupo de «gente escogida» para ayudar al Señor, que tan
apretado le traen, a «reconquistar» el terreno perdido en una Iglesia dividida y rota por encontrados egoísmos, por inconfesadas infidelidades al amor. Se unen para luchar por la Iglesia, por su unidad. Todo lo demás, son «negocios de poca importancia». Futilidades. No merecen la atención del grupo. «Los ojos en vuestro Esposo» 32•

 

       Para provecho de los otros: dirección apostólica de la oración teresiana.

 

       En la oración es apóstol. Es testigo. Y, por cierto, con intensidad y hondura, alcanzando verdaderamente, por la raíz, a toda la Iglesia y a todos los hombres. Así responde a la pregunta que adivina en los labios de sus monjas con ansias de «convertir» almas y hacer bien a los hombres: «Dejado que en la oración ayudaréis mucho... » . Lo da por probado: la oración es fuerza apostólica, ayuda a los hermanos. Pero es que, además, con su vida aprovecharán «a las que están en vuestra compañía». Y así se agrandará el círculo de influencia apostólica. Continúa: «Mientras fueren mejores, más agradables serán sus alabanzas al Señor y más aprovechará su oración a los prójimos»34. Animará a las personas que han progresado en el camino de la oración: «Pues las llega el Señor a tan gran estado, sírvanle con ello y no se arrinconen, que aunque sean religiosos —en especial mujeres— con determinación grande y vivos deseos de las almas tendrá fuerza su oración».

       En estos términos se expresó siempre. «Mucho puede la oración de las que sirven al Señor». Convencimiento de experiencia, no simplemente intelectual. Consolidada ya su obra escribirá al P. Gracián: «Cada día voy entendiendo más el fruto de la oración y lo que debe ser delante de Dios un alma que por sola su honra pide remedio para otras. Crea, mi padre, que creo se va cumpliendo el deseo con que se comenzaron estos monasterios, que fue para pedir a Dios que a los que tornen por su honra y servicio ayude, ya que las mujeres no somos para nada. Cuando yo considero la perfección de estas monjas, no me espantaré de lo que alcanzaren de Dios Cuando presenta la «empresa» que le empeña a ella y al grupo reunido en torno a ella en el conventito de San José de Ávila, la expresa en términos de conquista, de recuperación del terreno eclesial perdido, y de defensa aguerrida de los propios compañeros de campo, para que no flaqueen y no «se nos vayan al enemigo». Su comunidad orante es una plaza fuerte de un grupo de «gente escogida», de buenos amigos, fina y profundamente sensibilizados por la causa de Cristo y de la Iglesia. La oración es respuesta radical al hambre apostólica en tiempos tales «que no es razón rechazar ánimos virtuosos y fuertes, aunque sean de mujeres». Oigamos ya sus palabras: «Tornando a lo principal para lo que el Señor nos juntó en esta casa.., viendo tan grandes males, que fuerzas humanas no bastan a atajar... hame parecido menester como cuando los enemigos en tiempo de guerra han corrido toda la tierra, y viéndose el señor de ella apretado se recoge a una ciudad, que hace muy bien fortalecer... procuremos ser tales que valgan nuestras oraciones para ayudar a estos siervos de Dios».

       La oración es un arma apostólica, fuerza puesta al servicio de la unidad de la Iglesia, fuerza de vitalización de la comunidad, principalmente en sus «capitanes», y de la expansión y reconquista del entero cuerpo místico en el que se ha cebado la ruptura y la desunión. Fuerza apostólica, la oración. Es el hallazgo que evitó que Teresa se viera condenada al pasivismo inoperante en la movilización apostólica de toda la Iglesia, y que contribuyó en proporciones difícilmente cuantificables a que realizara su vocación más íntima: ser apóstol y salvar almas «por ser ésta la inclinación que nuestro Señor me ha dado». Dice reveladoramente que «había gran envidia a los que podían por amor de nuestro Señor emplearse en esto».40 Termino: nada prueba tanto la verdad de la oración como la sed de almas que comporta. Es la prueba de su autenticidad. Pues es consustancial a la misma. Si la oración es «llegada» a Dios, es «salto» desde Dios a los hombres para reemprender juntos la marcha hacia Dios. A esto apunta Teresa cuando señala los muchos obstáculos que pone el demonio para impedir emprender el camino de la oración: «Sabe el daño que de aquí le viene, no sólo en perder aquel alma, sino muchas.., creo jamás va solo al cielo».41

 

El apostolado


       Desde este interés absorbente, envolvente y configurante de su persona y espiritualidad por los hombres, que tan profundamente incide en su oración hasta el punto de definirla como fuerza apostólica, y forja de apóstoles, ya se puede sospechar que su palabra sobre el apostolado, la acción y el compromiso en favor de los hombres, tiene que destilar puras esencias evangélicas.

Así es. Teresa, contemplativa, ha dejado a la Iglesia una palabra rica sobre el apostolado como expresión de amor y, por eso, enriquecedor espiritual de quien lo realiza.


Expresión de amor


       Se podría partir de este simple y profundo concepto del apostolado para explicar las pocas prisas de Teresa de Jesús por hacer apostolado, y las urgencias por hacer al apóstol. Como no se improvisa el amor y el compromiso servicial, no se improvisa el apóstol.

       El apóstol se forma en largas horas de intimidad con el Maestro. Y esto porque el apóstol no transmite una doctrina, comunica una Vida. No anuncia unas verdades, proclama la Verdad de una Persona. Es un testigo de Alguien que ha cambiado el rumbo de su vida y le desborda. El apóstol habla de lo que ha visto y ha oido.
       Teresa ha conocido como nadie la prisa de comunicar a los otros «el gran bien de la oración», es decir, el gran bien del encuentro personal amistoso con Dios. Saltó rápidamente y con arrollador entusiasmo a la plaza pública del anuncio. Su historia pesa y es determinante también en este campo. Con la oración le viene «grandísimo deseo de aprovechar a los otros» 42, Dice también en otra parte: «Acaecíame a mí... cuando... procuraba que otras tuviesen oración, que, como por una parte me veían hablar grandes cosas del gran bien que era tener oración, y por otra parte me veían con gran pobreza de virtudes, tenerla yo, traíalas tentadas y desatinadas..., no sabían cómo se podía compaginar lo uno con lo otro» . El resultado fue parco: «solas tres se aprovecharon de lo que les decía»44. Pero lo peor fue que ella misma se sintió íntimamente perjudicada: su proceso de conversión se resintió; no sólo no se consolidó, se vino abajo. El apostolado se le convirtió en la gran «ocasión» que le arrastró a una larga mediocridad, vaciándola por dentro. Fue su gran evasión que, además de a su vida, perjudicó notoriamente a la misma causa apostólica.
       La entrega apostólica, espontánea, primitiva y apresurada, no será nunca positiva y eficiente, «personal». Y, por eso, ni constructiva para sí, ni para el destinatario. El acercamiento al otro que no se produzca desde la radicación de uno mismo en Dios, en la amistad con Dios, no pasará de ser un juego intrascendente. Palabra vacía, sin fuerza de contagio. Sin comunicación evangélica. Al hombre sólo se le descubre en su identidad propia y se le puede servir cuando la oración-amistad con Dios ha alcanzado unos niveles relativamente profundos. La apresurada «salida» al apostolado la juzga Teresa una «tentación»45 que, por lo demás, aparece  rápidamente con la práctica de la oración.

       Su palabra es inequívoca: tiene que hacerse el apóstol, profundizar en la propia experiencia de Dios, sin dejarse engañar por el espejismo del servicio apostólico. «Lo más que hemos de procurar al principio es sólo tener cuidado de sí sola y hacer cuenta que no hay en la tierra sino Dios y ella». Continúa más adelante: «Lo seguro será del alma que tuviere oración descuidarse de todo y de todos, y tener cuenta consigo y con contentar a Dios». Está convencida que únicamente desde una virtud muy sólida se aprovecha cristianamente al prójimo: «Quien hubiere de hacer algún provecho.., es menester que tenga las virtudes muy fuertes»47

       En las Meditaciones sobre el Cantar de los Cantares sentó con precisión y sintéticamente su pensamiento. Viene hablando del provecho espiritual que hacen en su ministerio los que están muy allegados a Dios por la oración, y cómo con el progreso en ésta crece la necesidad de acudir «a las necesidades de los prójimos». Y continúa: «Es providencia del Señor, a mi parecer, no entender éstos [principiantes) adonde llegan estotras almas; porque con el hervor de los principios, querrían luego dar salto hasta allí; no les conviene, porque no están criadas, sino que es menester que se sustenten más días con la leche que dije al principio. Esténse cabe aquellos divinos pechos, que el Señor tendrá cuidado, cuando estén ya con fuerzas, de sacarlas a más, porque no harían el provecho que piensan, antes se le dañarían a sí». Termina remitiendo al libro de su Vida donde, dice, «hallaréis cuándo ha un alma desear salir a aprovechar a otros y el peligro que es salir antes de tiempo» 48•

       Al apóstol le exige Teresa una gran vida interior. Nos convencerá si hacemos ese recorrido que nos aconseja por la Autobiografía. Nuestra primera actitud frente a la palabra teresiana es de asombro. Si es verdad lo que nos dice sobre las disposiciones internas del apóstol, se explicaría nuestra escasa eficiencia apostólica y se plantearía el problema pastoral, no tanto como cuestión de programas y métodos, de escasez de operarios, sino como cuestión de calidad, de hondura de los enviados. Se improvisan apóstoles, y se quema vida. Y el anuncio no llega a
los mismos a los que se les aturde con la lluvia de palabras y el ruido de tantas acciones.
       Ya oímos a Teresa decir a los que comienzan el camino de la oración: hagan cuenta que están solos con Dios en el mundo. No es egoísmo, es prudencia. Sensatez. Respeto a Dios y a los mismos destinatarios de la acción apostólica. En Moradas terminará la exposición del bloque de las llamadas ascéticas diciendo:
«Acertarán..., no se meter en ocasiones... porque su fortaleza no está fundada en tierra firme»49

       Hablando ya de los que están en la oración de quietud —primera forma de oración mística— dice «que los escoge Dios para provecho de otras muchas almas» Es decir, despunta el apóstol. Nada más. En Moradas dirá: «se guarden muy mucho de ponerse en ocasiones de ofender a Dios; porque aquí no está aún el alma criada» Las prisas por hacer apostolado son tentaciones para abortar al apóstol del mañana.
En el grado siguiente de oración, asegura que «crece la fruta y madúrala [Dios) de manera que se puede sustentar de su huerto... Mas no le da licencia que reparta la fruta» 52 Las virtudes «quedan ahora más fuertes» pero Teresa todavía frena al alma: sólo ella puede comer de la fruta, no repartirla. No es tiempo todavía de lanzarse a un apostolado abierto y descontrolado. Dirá de estas personas en Moradas: «no os descuidáis, sino que os apartáis de las ocasiones, que aún en este estado no está el alma tan fuerte». Más adelante dice que ha conocido personas que han llegado hasta aquí «

 

6. UNIDAD DE VIDA 189

 

       Y, finalmente, llega a la exposición del cuarto grado de oración y dice: «Puede ya... comenzar a repartir de ella [fruta), no le hace falta a sí» . «Comienza a aprovechar a los prójimos» 56. No es una exageración, ni afirmación gratuita de una contemplativa que mira con recelo la actividad apostólica. Es consecuencia lógica e inevitable de unas premisas: quien llama y convierte, quien hace despertar a la fe es Dios actuante en el apóstol, en El y por El sacramentalizado. Toda «obra» nuestra que no nazca de esa conformación interior con Dios no puede conceptuarse en sentido estricto como apostólica. «Y cuando las obras activas salen de esta raíz, son admirables y olorosísimas flores; porque proceden de este árbol de amor de Dios y por solo El».57 Estas personas «aprovechan mucho»58, «digo que aprovechan mucho... y aprovecha más un alma de éstas con sus palabras y obras, que muchos que las hagan con el polvo de nuestra sensualidad y con algún interés propio»59. Aplicadas tanto a la oración como al apostolado valen las palabras de la Santa:
«Las obras de Dios no se miden por los tiempos» 60 No son las obras y el tiempo los que hacen al apóstol, los que miden la talla apostólica de una persona, sino la raíz de dónde salen, la calidad de su amor. Por eso, las prisas por el hacer, Teresa las convierte en prisas por el ser, sabiendo que sólo de este modo salva el hacer apostólico. Hacer al apóstol en el trato asiduo, hondo con Dios. De lo contrario la amenaza de desnaturalizar el compromiso se convertirá en triste realidad.


       A través de este largo camino que conduce al hacer apostólico, Teresa ha mostrado que sus reservas frente al quehacer apostólico temprano no se deben a una actitud negativa, sospechosa frente al apostolado. Todo lo contrario: quiere asegurar el apostolado. Las dos cosas están estrechamente unidas: que el trabajo no haga daño al apóstol por falta de preparación, de hondura espiritual, por no tener «virtudes muy fuertes»; y que la acción apostólica alcance verdaderamente a los destinatarios.

       Teresa quiere apóstoles de talla, íntegros, enamorados. Su oración es para que los sacerdotes estén «muy aventajados en do hasta aquí «y con la gran sotileza y ardid del demonio» volver atrás. «Porque debe juntarse todo el infierno para ello; porque... no pierden un alma sola, sino gran multitud (ib., 6). el camino del Señor» 61 y, puesto que los más, dice, son religiosos, «que vayan muy adelante en su perfección y llamamiento, que es muy necesario» 62 Concluye con energía: «a no ser así, ni merecen el nombre de capitanes, ni permita el Señor salgan de sus celdas, que más daño harán que provecho» 63 Como le preocupa e interesa el orante mucho más que la oración, su preocupación está también por el apóstol y menos por el apostolado. La persona antes que las obras. Pero así como no hay que esperar a tener el orante para hacer la oración, tampoco podemos remandar el apostolado a la etapa finalísima de un proceso de formación del apóstol.

       Ciertamente Teresa privilegia la oración, el «estar a solas con quien sabemos nos ama» para llegar a ser un cristiano comprometido; y recela de la acción apostólica de quien no está suficientemente definido y fuertemente enraizado en Dios. No obstante, el servicio al hermano, el compromiso en favor de los demás es consustancial al ser cristiano. Y Teresa no lo ignora. De hecho, como veremos más adelante, cuando enseña el camino de la oración habla de la conversión al otro para que la oración no sea una empresa perdida, frustrada desde el comienzo. Encontrarse con el otro para encontrarse con Dios.

       No es el apostolado lo que condena, ni el que le provoca tantos recelos, sino una actividad apostólica preponderante, descontrolada, prematura y desproporcionada a su situación real espiritual. Porque no cree —habla desde su experiencia— que una actividad apostólica así contribuya a la extensión y consolidación del reino de Cristo, ni sirva a la formación interior del ser cristiano de quien la realiza.

 

 


Apostolado y crecimiento espiritual


       Porque el apostolado en sí mismo y, al menos, a partir de ciertos estadios de la vida espiritual, en la persona que lo hace, es expresión de amor, Teresa defiende con la misma fuerza y convencimiento que es santificador y dinamizador de la vida espiritual.
       Confiesa que en algún tiempo pensó que el mucho trabajo tenía que incidir negativamente en la vida interior del hombre, que lo perjudicaría. «Estaba con pena grande de yerme con poco tiempo». Y a las personas amigas «las había lástima en verlas siempre ocupadas en negocios» y pensaba yo en mí... que no era posible entre tanta baraúnda crecer el espíritu»64

       La experiencia personal y la vida espiritual, rica y pujante, de esos amigos tan ocupados le convencieron de lo contrario. Si la obediencia o la caridad llevan a uno a la actividad apostólica, el Señor va disponiendo «por donde más aproveche». «Sin entender cómo, nos hallamos con espíritu y gran aprovechamiento que nos deja después espantados» 65 Son «hechos» los que están detrás de esa posición. «Personas... todas en ocupaciones de obediencia y caridad... veíalos tan medrados en cosas espirituales, que me espantaban» 66

       No tarda en dar con la explicación. En primer lugar, Dios no está sujeto a caminos que el hombre le trace para llegar a él. Los caminos los abre El. Todos son suyos. No necesita, en concreto, el marco de la oración silenciosa para hacerse presente al hombre. «Oh Señor, cuán diferentes son vuestros caminos de nuestras torpes imaginaciones... No ha menester ella (el alma] buscar los caminos y escogerlos... Vos, Señor mío, tomáis ese cuidado de guiarla por donde más se aproveche» 67 Pero antes había exclamado: «Donoso adelantamiento en el amor de Dios es atarle las manos con parecer que no nos puede aprovechar sino por un camino!» 68

       No es la falta de tiempo para orar lo que impide el adelantamiento espiritual, sino la falta de amor. Como no todo deseo de soledad es fruto del amor, sino en ocasiones manifestación de un egoísmo sutil. ¿Por qué el disgusto de no haber tenido mucho tiempo para la soledad contemplativa?, se pregunta Teresa. «Por un amor propio... muy delicado.., que es querernos más contentar a nosotros que a Dios», «descansando el cuerpo sin trabajar el alma» 69

       No desgasta el apostolado, ni es como una lima que se va comiendo de una manera sorda y tenaz los ahorros espirituales cosechados en la oración. No es el exceso de apostolado lo que atenta contra la vida del espíritu, sino el exceso de egoísmo, que puede darse en la oración silenciosa y en los compromisos apostólicos. Por eso, más que las «formas» —oración solitaria, acción apostólica, hay que salvar el amor. Amor que fundamentalmente se expresa y vive como disponibilidad a las exigencias concretas del Amado. «De un alma que está determinada a amaros y dejada en vuestras manos, no queréis otra cosa sino que obedezca y se informe bien de lo que es más servicio vuestro»70

       Y si este servicio mayor de Dios apunta hacia la acción —«por obediencia o por caridad»—, si ahí nos emplaza la voluntad de Dios, contra todas las sensaciones contrarias que puedan darse en la naturaleza, tendremos que creer que el apostolado entonces es vitalizador y fuente de aprovechamiento espiritual. «Mirad, hermanas, si quedará bien pagado el dejar el gusto de la soledad. Yo os digo que no por falta de ella dejaréis de disponeros para alcanzar esta verdadera unión..., que es hacer mi voluntad una con la de Dios» 71

       Y esto, ¿por qué? Radicalmente porque Dios ama tan de verdad a los hombres que la mejor forma de expresarle nuestro amor es empeñarnos por ellos. Con el resultado de unirnos con y poseerle más a El. «Cuán grande es el amor que tenéis a los hijos de los hombres, que el mayor servicio que se os puede hacer es dejaros a Vos por su amor y ganancia, y entonces sois poseído más enteramente» 72

       Esta es dinámica del amor de Dios: no de repliegue, sino de expansión. Los que «verdaderamente aman» conocen su «condición» y entran en la corriente expansiva del amor divino. No descansan «si ven que son un poquito de parte para que un alma sola se aproveche y ame más a Dios» El amor de Dios y el amor del mundo se mueven en dirección contraria: el del mundo «no quiere compañía, por parecerle le han de quitar lo que posee»; «el de mi Dios, mientras más amadores entiende hay, más crece..., y así el alma busca medios para buscar compañía, y de buena gana deja su gozo cuando piensa será alguna parte para que otros le procuren gozar» ‘.
       A las almas «encapotadas» que fetichizan su oración, y son esclavas de su egoismo, Teresa les grita: «que no, hermanas, no; obras quiere el Señor, y que si ves una enferma a quien puedes dar algún alivio, no se te dé nada de perder esa devoción y te compadezcas de ella.., ésta es la verdadera unión con su voluntad» Sirviendo al prójimo nos unimos con Dios, crece el amor a Dios. Esto es lo determinante, lo absoluto. Toda otra absolutización de medios se convierte por lo mismo en una negación de lo que se pretende y se cree afirmar. «Es tan grande [el amor] que su Majestad nos tiene, que en pago del que tenemos al prójimo hará que crezca el que tenemos a su Majestad por mil maneras; en esto yo no puedo dudar». Unos meses después escribía a don Teutonio de Braganza sobre este mismo punto: «No es maravilla que ahora no pueda vuestra señoría tener el recogimiento que desea, con novedades semejantes. Darále nuestro Señor doblado, como lo suele hacer cuando se ha dejado por su servicio» 77

       En este sentido ha abundado Teresa en sus cartas. A su hermano Lorenzo que se le queja del poco tiempo que tiene para orar, escribe: «Mire que es tentación; no le acaezca más sino alabar a Dios por ello, y no piense que cuando tuviera mucho tiempo tuviera más oración. Desengáñese de eso, que tiempo bien empleado como es mirar por la hacienda de sus hijos, no quita la oración» 78

       En otra ocasión, a un sacerdote con las mismas cuitas de falta de tiempo para dedicarse a la oración, Teresa escribe: «Entiendo que todo lo que se hace para hacer muy bien un oficio de superior es tan agradable a Dios, que en breve tiempo da lo que diera en muchos ratos cuando se han empleado en esto» 79

       A este crecimiento espiritual que produce el servicio apostólico apunta la conocida frase, «entre los pucheros anda el Señor» Pero no sólo desde Dios se comprende que cualquier ocupación que se emprenda en su nombre comporta un crecimiento espiritual, sino también desde el mismo hombre que ha decidido vivir su vida en clave de amor... «El verdadero amante en toda parte ama y siempre se acuerda del amado. ¡Recia cosa sería que sólo en los rincones se pudiese traer oración! » 81 Donde hay amor, hay encuentro amistoso, hay oración. Por eso, crecimiento. «En toda parte», no sólo «en los rincones».

       Sabemos que para Teresa de Jesús vida espiritual y oraciónamistad son sinónimos. Se identifican. La oración es ejercicio de amor. Todo cuanto emprende el hombre por amor a Dios entrará dentro de esa profunda concepción teresiana de la oración. O si se quiere, la oración puede enmarcarse en la soledad y en el trabajo apostólico. El que ama, siempre ama, no sólo en los rincones, intermitentemente. Escribe: para orar basta amar y costumbre. «Que el Señor da siempre oportunidad. Digo «siempre» que, aunque con ocasiones y aún enfermedad algunos ratos impida para muchos ratos de soledad, no deja de haber otras que hay salud para esto; y en la misma soledad y ocasiones es la verdadera oración, cuando es alma que ama, en ofrecer aquello y acordarse por quien lo pasa... Aquí ejercita el amor... y lo demás no ser oración»82 . Si se asegura el amor hay «oración», con o sin soledad. Y con ello se asegura la consolidación de la amistad. De sí nos confiesa: «Es tanto el trabajo que tengo que... aun esta noche me ha estorbado la oración. Ningún escrúpulo me hace si no es pena de no tener tiempo» 83

       A esta constante enseñanza teresiana hay que añadir otra cosa: el trabajo puede recortar el tiempo de la oración, no la oración misma, su intensidad penetrativa y, por lo mismo, transformante y renovadora. Desde el apostolado la entrada en la oración es fácil y, además, intensa. Es un matiz importante para desmitificar el «valor-tiempo» de la oración. Cuando hay amor no se precisa largo tiempo para que se produzca el encuentro, y en profundidad. «Qué fuerza tiene con Vos un suspiro salido de las entrañas, de pena por ver que no basta que estemos en este destierro, sino que aun no nos den lugar para eso, que podríamos estar a solas gozando de Vos»84. Poco más adelante aclara: «No es el largo tiempo el que aprovecha el alma en la oración»85 . Porque «en un momento da Dios más, hartas veces, que con mucho tiempo; que no se miden sus obras por los tiempos» 86 Es juzgar las cosas «muy torcidas de la verdad» creer que Dios está sujeto al tiempo y que hemos de medir nuestro aprovechamiento por el tiempo que hemos consagrado al ejercicio de la oración No es el tiempo, sino el amor «el que da valor a todas las cosas» Pero, no obstante, el amor clamará por la soledad, por el encuentro a solas, cara a cara, con el Amigo. Como la oración Teresa la quiere llena de la presencia de los hombres, así el deseo de soledad empapa toda la labor apostólica de los que de veras aman a Dios. Defiende abiertamente que «es mejor la soledad» si no es la obediencia y la caridad las que nos piden estar «en mitad de las ocasiones». «Y aunque hemos de desearla, aun andando en lo que digo, a la verdad este deseo él anda continuo en las almas que de veras aman a Dios» 89.

       El deseo de la soledad se convierte en señal discernidora de la calidad de nuestra acción apostólica. Deseo que cristalizará inevitablemente en realidad, creando espacios y tiempos para estar con Dios, reviviendo conscientemente su presencia y mi presencia a El. «Es menester andar con aviso de no descuidarse de manera en las obras —aunque sean de obediencia y caridad— que muchas veces no acudan al interior a su Dios» o. Ya leíamos un texto dirigido a D. Teutonio de Braganza en que le decía que no se preocupara por no tener tiempo para la oración, dadas sus ocupaciones, pues Dios «da doblado» «como lo suele hacer cuando se ha dejado por su servicio, aunque siempre deseo procure vuestra señoría tiempo para sí, porque en esto está todo nuestro bien» 91 Indudablemente, más allá de la personal vocación de Teresa, estamos ante una palabra de validez universal: el que de veras hace la obra de Dios experimenta dentro de sí la necesidad del encuentro a solas.
27. Desde las alturas místicas en que se encuentra, revela su proceder en este campo en carta al P. Gonzalo Dávila. Empieza recordando «la merced que nuestro Señor me ha hecho de tan actualmente traerla presente», y cómo la atención a tantos asuntos graves que lleva entre manos no le estorban, aunque les ha dedicado todo el tiempo necesario, «por que no esé el alma después obligada a acudir a otros cuidados más que al que tiene presente» (Cta. med.6-78; 236,4). Mal le ha ido para la salud
—«y así debe ser tentación— aunque queda el alma más libre». Ha habi. do veces que ha encomendado a alguna hermana el negocio para ocuparse ella en oración. «Y yo me hallo notablemente más aprovechada en la interior mientras más procuro apartarme de las cosas.» La explicacóin radical a este movimiento de su ser hacia la soledad la ha dado con estas palabras: «Es como quien tiene un negocio de gran importancia y necesario y concluye presto con los demás para que no le impidan en nada a lo que entiende ser lo más necesario» (ib., 5). Es la voz de su existencia. «luzga por ella en las cosas de oración.» Como también sabe por experiencia que Dios «da en breve tiempo lo que diera en muchos ratos», cuando la persona se ha ocupado en el servicio de los otros. Si es cierto que ve que «hay diferencia de vuestra merced a mí», se ha atrevido a decírselo porque lo ve «tan ordinario tan ocupadísimo» (ib., 8). movimiento interior de estar en oración directa con Dios, antes la potencia. Es, sin más, una nota autentificadora de la entidad evangélica de la misma acción servicial en favor de los hombres. Ni una soledad orante vacía de presencia a los hombres, alienante. Ni un compromiso de servicio sin el clamor por la soledad con el Amado. Ya dije al principio que el amor exige las diversas formas de expresión porque ninguna la expresa en totalidad. Formas inmanentes una a la otra, que se enriquecen recíprocamente, y a las que califica el amor, es decir, la voluntad de vivir y traducir el amor amistoso que vincula a Cristo y que quiere Sacramentalizar y servir al hermano.


Unidad de vida


       El creyente no reparte o equilibra fidelidades —a la oración por un lado y a la acción apostólica por otro—, sino que es fiel a un único amor que se plasma por exigencia interna en estas dos expresiones, parciales y complementarias que llamamos contemplación y compromiso.

       La tipología de Marta y María, acción y contemplación respectivamente, recurre con frecuencia a la pluma de Teresa. La unidad armoniosa es el «término» ideal, factible sin duda, deseable en todo caso del proceso espiritual según la Doctora Mística. Mas es un hecho de vida en quienes viven con seriedad y honradez la fe cristiana. Un hecho que se realiza y desarrolla, que crece y se agranda con el crecimiento espiritual. Y un principio de formación al que hay que acomodar la andadura del espíritu para evitar toda deformación y propiciar la vivencia interna y la expresión convincente del amor. El apostolado «comienza» cuando la oración es, más que un tiempo, una vida. Y la oración alcanza realmente a Dios cuando hace estremecer al hombre con las urgencias del compromiso y del servicio, de la «acción» en favor del prójimo.

       Principio orientador de toda la pedagogía teresiana. «Creed- me que Marta y María han de andar juntas»92 . Actitud servicial y silencio contemplativo. Diría que el «tipo» puro de cristiano no es para Teresa el contemplativo o el apóstol, sino el resultado de la unión existencial de oración y compromiso. El hecho de la unidad, unidad en germen, unidad iniciada, empieza a señalarlo Teresa desde la oración de quietud más intensa.

«Vida activa y contemplativa es junta»93  «Está el alma... gozando en aquel ocio santo de María; en esta oración [sueño de potencias] puede también ser Marta (así que está casi obrando juntamente en vida activa y contemplativa)»94  Esta unidad puede considerarse como un equilibrio de tiempos dedicados a la oración y tiempos consagrados a la acción apostólica. Pero con ello no seríamos totalmente fieles a la Santa, quedándonos en la superficie y hasta en lo anecdótico de la cuestión. La unidad de vida es algo más profundo. Significa que el hombre está compactamente presente, desde dentro, a Dios y a los hombres, en unidad de amor, sea cual fuere el acto que realice. «Estar» de verdad presente ante Dios y con Dios y ante los hombres y con los hombres simultáneamente.

       Teresa habla de una como «división» equilibrada y armoniosa del hombre. Experiencia de que el espíritu, «la mejor parte» del hombre, permanece «con Dios», atenta a Dios y arraigada en El, mientras que «las otras potencias» quedan «libres» para emplearse en quehaceres múltiples, de servicio al hermano. «Ven que no están enteros en lo que hacen, sino que les falta lo mejor, que es la voluntad, que —a mi parecer— está unida con su Dios y deja a las otras dos potencias libres para que entiendan en cosas de su servicio» Puede el alma «entender en obras de caridad y negocios... y entiende bien que está la mejor parte del alma en otro cabo».96

       Esta «división» armoniosa y pacífica culmina en la plenitud del proceso espiritual. Dice de sí misma en las 7M: «Le parecía que —por trabajos y negocios que tuviese— lo esencial de su alma jamás se movía de aquel aposento, de manera que en alguna manera le parecía había división en su alma» . Justamente porque «lo esencial del alma» permanece arraigado en Dios, porque «en lo activo obra lo interior», porque no hay dispersión y sangría, se explica la calidad y fuerza del «hacer» apostólico y la extraordinaria movilización que opera esa concentración en Dios, ese «estar» con El permanentemente. Y del mismo modo se entiende que la acción apostólica sea fuerza generadora de vida para quien la realiza. «Parece» que la vida del hombre tiene un carácter más activo que contemplativo.


       Parece, si se mira a la actividad externa que el hombre desarrolla. Pero dice Teresa que en realidad es la contemplación la que se impone y cubre todo el radio de la acción. Y, además, lo requiere. Es acción. «Ertiendo yo aquí que pide hacer grandes obras en servicio de 1\uestro Señor y del prójimo, y por eso goza de perder aquel deleite y contento; que aunque es vida más activa que contemplativa, y parece perderá si le concede esta petición, cuando el alma está en este estado, nunca dejan de obrar casi juntas Marta y María, porque en lo activo... obra lo interior, y cuando las obras activas salen de esta raíz son admirables..., porque proceden de este árbol de amor de Dios y por sólo El» 98


       La contemplación —radicación en Dios— impone un ritmo de acción que no puede soportar «la gente de arriba del castillo», las potencias, el hombre en su totalidad. «Y así tiene harta mala Ventura mientras vive; porque, por mucho que haga, es mucho más la fuerza interior..., que todo le parece nonada». Intensidad en el servicio, pero evitando toda dispersión y todo desarraigo. Acción a fondo, por el principio que la genera y alimenta —«por sólo El»—, y acción multiplicada, extensa, «vida más activa que contemplativa». No obstante, no llega la acción a dar respuesta a la «fuerza interior» de que nace, porque ningún compromiso es capaz de contenerla. «Por mucho que haga es mucho más la fuerza interior.» Y, por eso, la fuerza de influencia e irradiación llega mucho más allá de cuanto expresa concretamente la acción en que fructifica. La calidad del apostolado está en su raíz: «Procede de este árbol de amor de Dios.» «En lo activo.., obra lo interior.» Y como es «lo interior» lo que prevalece y exige la presencia apostólica, esta misma alimenta y acrecienta el espíritu. La acción revierte sobre quien la realiza, afirmándole más en la unidad interior.

       «Su gloria tienen puesta en si pudiesen ayudar en algo al Crucificado» Estas palabras podrían aducirse como la explicación más radical de la unidad de vida: una Persona, la comunión con ella. Deseo y aspiración que se ha ido agrandando en el proceso espiritual. Realización y cumplimiento ahora, cuando el amor se ha hecho fuerte y ha alcanzado todos los sectores del hombre y actúa en todas las «obras» a las que les da entidad y significado evangélicos. «Sólo el amor es el que da valor a nuestras obras.» El que da valor y unidad a nuestra vida.


CONCLUSION

 

       La oración no roza por fuera nuestra vida. Ni basta decir que es un sector, aunque importante, de la misma. La oración, porque «trato de amistad», toca el corazón de la existencia cristiana. Mas, desde el magisterio teresiano, podemos decir que la define y expresa. Oración y existencia cristiana, «trato de amistad» y vida espiritual son una misma cosa. Teresa ha presentado la oración como «historia de amistad», desarrollo de la relación constitutiva y ontológica, también de gracia, del hombre con Dios.

       En un momento en el que andamos gritando que nos preocupa el ser y la vida y buscamos con nerviosa ansiedad la autencidad y esencia de la vocación cristiana, porque sólo la verdad nos alimenta y nos hace creíbles, esta primera y palmaria conclusión a la que nos conduce la Doctora Mística es ya una provocación y un desafío para poner a prueba la verdad de nuestro propósito de ser, sencillamente ser, despojados de adherencias de dudosa procedencia, por un lado, y bañados por dentro y por fuera de la palabra evangélica, de la que venimos y a la que constantemente, insobornablemente, debemos referirnos personal y comunitariamente para no perder nuestra identidad.

       La oración es un arraigo en el amor como forma de ser. Y es camino para encontrar la «definición existencial» que ponga fin a nuestros mariposeos y a nuestras palabras a medias, a nuestras evasiones de uno u otro tipo, porque evasión —y sangrante— es todo lo que no privilegia el amor, la amistad, la relación personal en la que el hombre se hace y hace, crea.

       La palabra de la Madre Teresa, palabra de vida, palpitación profunda y larga, palabra discernida hasta la saciedad, destila puras esencias evangélicas: la oración es amistad. Compromiso personal con el amor. Compromiso personal quiere decir que afecta a toda la persona y siempre, en todas las manifiestaciones de la vida, hacia arriba y hacia abajo, cielo y tierra, trascendencia e inmanencia. No es un «acto» ni actividad de un sector de la persona. Es la forma de ser que en actos se expresa y de ellos se alimenta. Pero que aboca a la vida, que es vida.
Orar es amar. Amar es vivir. Sin dicotomías. Entre otras cosas porque en el Amigo con quien «tratamos» no las hay. Y «tratar» es comulgar. «Conformar» diría la Santa.

Es por lo que la oración no es fácil: no es fácil hacer la vida según la horma del amor. Pero es posible —radicalmente posible—, porque El nos capacitó para el amor. «Todos somos hábiles para amar», sentenció Teresa. Las tentaciones de deformar la oración —que es esquivar la exigencia que es y el compromiso que comporta— son fruto en buena medida de las resistencias del hombre a entrar por los caminos exigentes del amor.

       La pedagogía teresiana de la oración ha puesto las cosas en su sitio: salvar la vida para salvar la oración. Hacer al orante para tener oración. Preocupación por la persona que ora y menos por la oración que tiene. Es la rectificación más profunda que ha operado la Maestra en la praxis y aprendizaje de la oración. Y la mayor aproximación de la misma a la vida. Quien oiga con seriedad y honestidad —al menos intelectual— su palabra se tendrá que desprender de tantos tópicos nacidos a la sombra de «concertados» espirituales y lanzados al mercado por los «medio letrados». El «espiritual de veras» es hombre de comunión y unidad: esclavo del amor que libera, que alza piedra a piedra el propio castillo interior y construye la casa de la comunidad.

       No sé si en los siglos que nos separan de Teresa habrá habido algún orante prominente que no haya dialogado a fondo con ella. Sí creo que en esta Iglesia nuestra sacudida por el vendaval del Espíritu —Iglesia entre el desencanto y la esperanza—, el diálogo, paciente y sostenido, con Teresa economizará tiempo y afirmará más rápida y profundamente el talante oracional de cada uno.
Con esta esperanza y con este propósito se han escrito estas páginas. Si suscitan hambres de acercarse a Teresa de Jesús —a «quienes han comenzado» el camino de la oración y a quienes no lo han hecho, a los que ensayan nuevas aproximaciones a un compromiso de siempre o de hace unos días y a quienes «se liberaron» de esta especie de piedad individualista, según dicen, que es la oración—, se habrá alcanzado el objetivo primero, a la vez que se habrá contribuido a clarificar el horizonte oracional de nuestro tiempo. Y así, en esta labor eclesial de tanta urgencia, como es el reencuentro con la oración volverá a estar presente la mujer que captó la dimensión contemplativa de la vida cristiana, de la Iglesia, y el valor apostólico de la oración, que en ella se fundió con la pasión eclesial que ardía en las profundidades de su espíritu.

       La aproximación de la oración a la Iglesia —al ser de la Iglesia y a su proyección evangélica sobre el mundo— es una de las grandes lecciones teresianas. Por aquí también nos entra con aires de actualidad la palabra de la Santa: orar es hacer Iglesia, crear comunidad, dándole raíz, consistencia interior y ardiente y fecunda expansión misionera.

       La palabra se ha pronunciado. Ya está dicha. La vida sigue. Mientras vida y palabra no se encuentren y se fundan, ni la palabra nos descubrirá todas sus insondables riquezas, ni la vida será transparencia y plataforma de Evangelio. Aquí empieza ya la historia de cada uno, historia de amistad, sacramento de la gran amistad de amor que profesamos los cristianos y de la que vivimos todos: Dios nos ama y nos llama a su compañía. Es el báculo para el camino. «Qué buen Amigo hacéis, Señor mío... »

 

 

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SANTIDAD SACERDOTAL: AUTORES: MANUEL BELDA

 

Capítulo II

 

LA VOCACIÓN UNIVERSAL A LA SANTIDAD

Sumario

1. La persona humana, llamada a la comunión con Dios Uno y Trino.

2. Enseñanzas bíblicas sobre la santidad.

3. Análisis teológico del concepto de santidad.

4. Santidad y ejercicio heroico de las virtudes.

5. La llamada universal a la santidad en la Iglesia.

6. La doctrina del Concilio Vaticano II sobre la llamada universal a la santidad.

 

 

Para estudiar a fondo cualquier realidad viviente, es necesario considerarla en su estado más evolucionado y maduro, de tal manera que se pueda examinar en su ser completo, es decir, cuando este ya ha desarrollado todas sus virtualidades. Por tanto, vamos a comenzar a estudiar la vida espiritual en su estado de plenitud, relativa en este mundo, y absoluta en el Cielo: la santidad cristiana.

 

1. LA PERSONA HUMANA,

 

LLAMADA A LA COMUNIÓN CON DIOS UNO Y TRINO

 

La noción de vocación o llamada es un concepto clave en la economía salvífica y, por ello, de toda la teología, también de la teología Espiritual. Dios ha llamado al hombre a participar de su misma vida y felicidad por la gracia. pali jej1)aeiúIl en su misma vida trinitaria. Por consiguiente, la identi(Lid lilaS 1jiolunda de la criatura humana está determinada por el hecho de que es un ser finalizado en Dios, o sea, que existe para conocer y amar a l)ios, fin último de su existencia.

No debe sorprendei por tanto, que el Concilio Vaticano II haya escogid() la nociÓn de vocación como el ndamento antropológico para hahlai al mundo contemporáneo de la luz con que la fe cristiana ilumina la historia y el destino humano’. En efecto, el título de la primera parte de (a,idiiitil et spes reza así: «La Iglesia y la vocación del hombre». En esta parte, el documento conciliar explica, a la luz de la Revelación, y utiliiando precisamente la categoría de vocación, cuál es la verdadera identidad del ser humano:

«<La fe todo lo ilumina con nueva luz y manifiesta ei plan divino sobre la enlera ‘ocacón del hombre. Por ello orienta la mente hacia soluciones plenamente u manas»2.

Más adelante, el Concilio enseña que la vocación integral del hombre no se agota en su condición meramente creatural, sino que comporta, asimismo, una llamada a la unión con Dios:

«<La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del homhie a la unión con Dios. Desde su mismo nacimiento, el hombre es invitado al diálogo con Dios. Existe pura y simplemente por el amor de Dios, que lo creó, y por el amor de Dios que lo consea. Y solo se puede decir que vive en la plenitud de la verdad cuando reconoce libremente ese amor y se confía por entero a su Creador».

Finalmente, la constitución conciliar enseña, a este respecto, que la única vocación del hombre es la vocación divina:

«En realidad, el misterio del hombre solo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir, es decir, Cristo nuestro Señor, Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre le descubre la sublimidad de su vocación (...). Esto vale no solamente para los cristianos, sino también para todos los hombres de buena yol,iniad, en cuyo corazón obra la gracia de modo invisible. Cristo murió por toIo , y la vocación suprema del hombre, en realidad, es una sola. es decir, la divina”4.

 

Pero antes de pasar a estudiar cómo se lleva a cabo, en la econoini:] salvífica, la vocación del hombre a la santidad, es conveniente estud iii el concepto teológico de la misma santidad, por lo que comenzaremos

las enseñanzas bíblicas acerca de ella.

 

 

2. ENSEÑANZAS BÍBLICAS SOBRE LA SANTIDAD

 

En el Antiguo Testamento, el vocablo «Santo» (qadosh) proviene de Li raíz hebrea qds, que expresa la idea de «cortar», «separar». Que Dios es «Santo» significa su absoluta trascendencia en relación con las creati, ras, su infinita majestad y grandezas: «Yo soy Dios, y no un hombre; sos el Santo en medio de ti» (Os 11,9; cfr. Sal 98). Solamente Dios es santo:

«No hay Santo como el Señor» (1 S 2, 2). La santidad de Dios es suprema: «Santo, Santo, Santo es el Señor de los ejércitos! ¡Llena está toda la tierra de su gloria! »6• En el lenguaje bíblico, «El Santo»7 no expresa una característica más de Dios, sino su propia esencia, el hecho de que Dios es Dios y no una creatura8.

Dios manifiesta y comunica su santidad, santificando a las crealtiras 9. Por ello, en el Antiguo Testamento son llamadas «santas» las i’eali dades destinadas al culto divino: el Templo (cfr. Sal 5, 8), el sábado (cii. Ex 35, 2), los sacerdotes (cfr. Lv 21, 8). Asimismo, el pueblo de Israel

una nación santa, elegida por Dios y segregada de los demás pueblos (cii’. Ex 19, 6; Dt 7, 6; fr 2, 3). Israel es el «pueblo de los santos» (Dii 8, 24) s «santos» (hagioi) es la palabra que el libro de la Sabiduría usa para del i nir a los hebreos, contraponiéndolos a los «impíos» egipcios (cf r. Sb 15, 1; 19, 1).

En el libro de Isaías, la expresión «el Santo de Israel» aparece a 111v nudo (cfr. Is 1, 4; 5, 19; 10, 20; 17, 7) y encierra en sí la paradoja de e’. presar, simultáneamente, la infinita trascendencia de Dios y su inmalie,, cia o proximidad a su pueblo. La identidad de Israel está ligada a esta expresión, ya que este es un pueblo no solo en sentido étnico o civil, sitio, todo, en sentido religioso: Israel es el pueblo santo en la medida en que es consciente de la presencia del «Santo de Israel» en medio de él.

En el Nuevo Testamento, Jesús es llamado «Santo» por el Arcángel sm Gabriel: «Respondió el ángel y le dijo: El Espíritu Santo descenderá sOl)I’L’ ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el que na<‘(‘nl Santo será llamado Hijo de Dios» (Lc 1, 35). En este texto se revela <.iie Jesucristo tiene la misma santidad que Dios, no solo como Sansón y 1)aniel y ni siquiera como san Juan Bautista. «Santo» es su nombre propio, el que corresponde a su naturaleza, puesto que Él es Dios mismo’°.

Jesús comunica su santidad a la Iglesia; por ello, san Pablo enseña ritie los cristianos son los «santificados en Cristo Jesús» (1 Co 1, 2). Tal obra de santificación está en estrecha relación con el Espíritu Santo, que el Padre envía por medio de Cristo, que en cuanto Mesías es portador del Espíritu y, después de su glorificación, lo ha comunicado a toda la comunidad cristiana, constituyéndola en un pueblo santo, porque participa de su misma santidad11. No es, pues, sorprendente, en el Nuevo Testamento, que los cristianos se reconozcan a sí mismos como «los santos». En un primer momento, la expresión parece reservada, especialmente, al grupo (le los Doce y a los otros discípulos que habían convivido con Jesús (cfr. !Ich 9, 13; 2 Co 8, 4; 9, 1); pero enseguida se aplica a todos los fieles, hasta convertirse en una definición técnica de cristiano. Encontramos este uso, por ejemplo, en los encabezamientos y en los finales de las carias paulinas (dr. 2 Co 1, 1; 13, 12; Rm 16, 2). El significado de este modo (le hablar es claro: los primeros cristianos se proclaman y presentan como el verdadero Israel, como los herederos de la promesa, como los llamados por elección divina (cfr. 1 P 2, 9-10).

Resulta claro, entonces, que, en el Nuevo Testamento, «la idea de san1 idad, tal y como se predicaba en el Antiguo Testamento, ha sido objeto (le una doble profundización. Por una parte, es puesta en relación con la novedad de Cristo y la participación en sus fuerzas por el Bautismo y por lii recepción del Espíritu Santo; de esa forma, la palabra santidad se ve dotada de una sustancia nueva, en cuanto que incluye una incoación en <‘1 hombre de los bienes divinos que constituyen el Reino de Dios prome11(1(1. Por otra parte, se observa una universalización en cuanto a las perII IS de las que se predica: el Pueblo de Dios es no solo el Israel según la u nc.’, sino la Iglesia, que se dirige a todos los pueblos»12.

 

3. ANÁLISIS TEOLÓGICO DEL CONCEPTO DE SANTIDAD >

 

El uso bíblico de la palabra santidad muestra la interacción de diversos planos. Por un parte, se habla de un proceso de salvación que afecta al ser mismo del hombre y que, en cuanto tal, trasciende lo experimentable. Por otra, se hace referencia a un comportamiento humano, y por tanto a algo exterior y observable. En otras palabras: a) la santidad es, en primer lugar, una santidad ontológica, en cuanto que, con la justificación, el hombre es transformado de pecador en justo y amigo de Dios; b) pero esa nueva relación con Dios impone al hombre el deber, y le otorga la posibilidad, de manifestar en su existencia cotidiana la realidad de las promesas y dones divinos; de esa forma, la santidad es, también, una santidad ética o moral.

 

a) Santidad ontológica

 

La santidad, en su aspecto ontológico, nos habla de los bienes divinos recibidos de Dios con la gracia santificante: la filiación divina (cfr. Rm 8, 14-17; 1 Jn 3, 1-2); el ser nueva creatura en Cristo (cfr. 2 Co 5, 17; Ga 6, 15; Ef2, 15); el don del Espíritu Santo (cfr. Rm 8,9-11; 1 Co 6, 19). Es la santidad como don, en definitiva, la justificación, que comprende la transformación y regeneración interior del hombre, que ha llegado a ser partícipe de la naturaleza divina (cfr. 2 P 1, 4).

En los Padres griegos, la santidad es descrita con términos audaces, como «deificación» (theopóiesis) y «divinización)> (théosis)14. Así, Clemente de Alejandría enseña: «Cristo deifica al hombre por medio de una doctrina celestial» I5 Y Orígenes: «El noús es deificado en lo que contempla)> 16. Pero quien se puede llamar indiscutiblemente «el doctor de la deificación» es san Atanasio, cuyo argumento principal contra los arrianos es que Jesús, teniendo que deificamos por gracia, debe ser necesariamente Dios por naturaleza:

«El hombre no habría sido de nuevo deificado, si el Hijo no hubiese sido verdadero Dios. El hombre no habría vuelto de nuevo al Padre, si aquel que se había revestido de cuerpo no hubiese sido el Logos natural y verdadero. Y así como no hubiéramos sido liberados del pecado y de la maldición si la carne con que el Loos se reviste no hubiera sido por naturaleza una carne humana —puesto que no tenemos nada en común con un ser que nos es extraño— así tampoco el hombre hubiera sido deificado si aquel que se ha convertido en carne no hubiera procedido del Padre por naturaleza como verdadero Logos. Por esto, el contacto ha tenido lugar de esta manera, para que la naturaleza divina estuviera unida a la natitraleza humana y se asegurasen la salvación y la deificación de la segunda»’7.

Parece haber sido san Gregorio Nacianceno el primero en utilizar el término «divinización» con este mismo sentido: «Si el Espíritu no debe ser adorado, ¿de qué modo me diviniza por medio del Bautismo?»18. Y Pseudo-Dionisio Areopagita afirma que «la divinización es la asimilación y la unión con Dios en la medida que se permite a la creatura»19. En san Cirilo de Alejandría, «esta perspectiva encuentra su elaboración definitiva y completa con la referencia a la dimensión sacramental de la divini-

zación, mediante el Bautismo y la Eucaristía»20.

 

b) Santidad ética o moral

 

En sus aspectos éticos, una teología de la santidad connota o presupone el estudio teológico de las obras del cristiano. Desde este punto de vista, la santidad moral no es más que el desarrollo de la santidad ontológica en el obrar del cristiano, como enseña san Pedro: «Así como es santo el que os llamó, sed también vosotros santos en toda vuestra conducta, conforme a lo que dice la Escritura: Sed santos, porque yo soy santo» (1 P 1, 15-16; cfr. Lv 11, 44; 19, 2; 20, 7). En este sentido, la santidad es una tarea que Dios confía al hombre. Las obras son la señal de la justificación y su manifestación exterior: el cristiano no puede seguir llevando una existencia pagana o mundana, sino que debe vivir según Cristo. Esta es la enseñanza de san Pablo, que muestra con claridad la profunda relación entre la conducta moral y la realidad profunda de la novedad cristiana: «Así también nosotros caminemos en una vida nueva» (Rm 6, 4); el cristiano debe realizar las obras del Espíritu: «Caminad en el Espíritu y no deis satisfacción a la concupiscencia de la carne)) (Ga 5, 16). A este respecto esiibe con acierto Schnackenburg: «Alejad la vieja levadura para ser masa ,,iieva, como sois (en realidad) ácimos (1 Co 5, 7). Esta indicación de lo que los corintios ya son —purificados de la vieja levadura de la malicia y de la maldad (y. 8)— solo puede relerirse al bautismo, que aquí es a(IL U corno un vigoroso motivo de su obligación de tender a la santidad. ; gad a ser lo que ya (por la gracia) Sois! No otra cosa significa 1am bici expresión: Andad de una manera digna de la vocación con que ¡óisíei mados (Ef4, 1)»2l.

La santidad ética o moral se muestra como mcta a la que hay que gar. De este modo, la vida entera del cristiano se puede describir como proceso de santificación: «Porque esta es la voluntad de Dios: vuestra s:

tificación» (1 Ts 4, 3). El vocablo «santificación» tiene un sentido dii mico, en cuanto que expresa la vertiente ética o moral de la santidad ci tiana, el hecho de que las obras meritorias forman parte del proc. mismo de la justificación y, especialmente, de su aumento. Por con guiente, este término puede designar la totalidad de la existencia cristiai

c) Relación intrínseca entre santidad ontológica ‘‘ moral

San León Magno describe de modo sublime la relación intrínseca . tre los aspectos ontológico y moral de la santidad, cuando exhorta as los fieles:

«Reconoce, oh cristiano!, tu dignidad, pues participas de la naturaleza vina (2 P 1, 4), y no vuelvas a la antigua vileza con una vida depravada. Recuei de qué cabeza y de qué cuerpo eres miembro. Ten presente que, arrancado al der de las tinieblas (Col 1, 13), se te ha trasladado al reino y claridad de Dios 1 el sacramento del Bautismo te convertiste en templo del Espíritu Santo. No i1 yentes a tan escogido huésped con acciones pecaminosas, no te entregues o vez como esclavo al demonio, pues has costado la sangre de Cristo, quien te ¡e mió según su misericordia y te juzgará conforme a la verdad, el cual con el Pa y el Espíritu Santo reina por los siglos de los siglos. Amén»22.

El Concilio Vaticano II expresa dicha relación con esta palabras: « 1, seguidores de Cristo, llamados por Dios no en razón de sus obras, sino virtud del designio y gracia divinos, y justificados por el Señor Jesús, li sido hechos por el Bautismo, sacramento de la fe, verdadero)s hijos Dios y partícipes de la divina naturaleza y, por lo mismo, realmente sa tos [santidad ontológica]. En consecuencia, es necesario que coil ayuda de Dios conserven y perfeccionen en su vida la santificacio,, q ¡ ecibieron [santidad rnoral1»2. Como se puede observar, este <‘‘i’’’’’ que, además de resumir el dato bíblico, pone de manifiesto 1;, santidad cristiana no se reduce jamás a un moralismo, sino que se ti (l;iiii(’nla en una honda realidad ontológica. Dicho de oti’o modo, la

ti dad tio es solo una perlección moral obtenida a través de las obras, qtid’ consiste primordialmente en la pertenencia del hombre al ám— u (le l(. rl iViflO.

 

4. SAnTIDAD Y EJERCICio HEROICO DE LAS VIRTUDES

 

it 1 nto al planteamiento teórico de la naturaleza de la santidad cris1 atia, surge el problema del discernimiento práctico de la misma. La It lesia se plantea esta cuestión en las causas de canonización de los Sierns cte Dios, por medio cte las cuales debe comprobar su santidad. Para ello, salvo en las causas de los mártires, la Iglesia emplea como criterio esencial de santidad el ejel-cicio heroico de las virtudes por parte de los Sft’iVos de Dios24. Para que la virtud cristiana sea heroica, «efficere debel ttt earn habens operetur expedite, prompte et delectabiliter supra <‘ommunem modum ex fine supernatui’ali et sic sine humano ratiocinio citm ahnegatione operantis et a[fectum subiectione ex caritate Dei»25. Así mes, para que la virtud sea heroica debe ser vivida expedite, es dccii sin vacilaciones y sin que ningún obstáculo pueda obstaculizar su ejercicio; /)i)Iilpte, esto es, sin retrasos, sin tibieza en el sujeto; delectabiliter, con deleite x’ alegría, lo cual es compatible con la dificultad, el sufrimiento y el dolor. Y si la virtud se practica expedi e, pro;npte e/ delectabilite,; se

practica entonces supra cOiuiiiiiIlel;l ,,,odiini, por encima del modo co— nón. También debe ser vivida cx fitie superi,atiirali, es decir, con el fin de <lar gloria a Dios, y ex caritate Dei, por amor de Dios2’. Este último requisito implica la rectitud de intención en el ohrai; es decir, que toda la acti\ ‘idlad de la persona sea informada por el amor de Dios, lo cual se traduce <‘tu un verdadero amor sobrenatural por todos los hombres. Como se niede comprohai; la Iglesia exige la presencia de la caridad heroica en la (1:1 de un Siervo de Dios a través de la presencia del ejercicio heroico de las demás virtudes. Esta consideración completa la noción teológica de santidad, porque la Iglesia muestra en su praxis que la plenitud de la caridad es la esencia de la perl’ección cristiana. Pero ello será objeto de un estudio específico más adelante, cuando tratemos de la dinámica de las virtudes teologales en la vida espiritual.

Finalmente hay que señalar que en las causas de canonización no se exige como criterio de santidad la presencia, en el Siervo de Dios, de los fenómenos místicos extraordinarios de la vida espiritual, como visiones, locuciones, levitaciones, etc., lo cual significa que la Iglesia no considera estos fenómenos como elementos esenciales de la santidad cristiana.

 

 

5. LA LLAMADA UNIVERSAl. A lA SANTiDAD EN T.A IGLESIA

 

El estudio teológico del concepto de santidad lleva, enseguida, a f’ormularse la siguiente pregunta: ¿El ideal de alcanzar la plenitud de la vida espiritual está al alcance de todo ci’isliano? o, dicho de otro modo, ¿cualquier cristiano, por el hecho de ser cristiano, está llamado a la santidad y, por tanto, puede llegar a ser santo? En este apartado estudiaremos la respuesta a dicha cuestión.

a) Enseñanzas bíblicas

Ya hemos visto que, en el Antiguo Testamento, se habla con f’recuencia de una llamada de Dios a Israel para constituirlo en su pueblo santo sacerdotal (dr. Ex 19, 6; Di 7, 6; fr 2, 3). La obligación de santidad de los miembros del pueblo elegido se encuentra explícitamente en la legislación del Levítico: <‘Sed santos para mí, porque Yo, el Señoi; soy santo y os he separado de entre los pueblos para que seáis míos» (Lv 20, 26; efE 11, 44; 19, 2). El contexto se refiere no solo a las prescripciones rituales, sino también se mandan allí la pureza de corazón, la piedad, la caridad, etc.; en definitiva, la dimensión ética que comporta la exigencia de santidad. Además, estas indicaciones no se dirigen exclusivamente a los servidores riel templo, sino a todo el pueblo.

Por otra parte, en la Antigua Ley se manda amar plenamente a Dios:

«Escucha, Israel: el Señor es nuestro Dios, el Señor es Uno. Amarás al Senot-, Iii Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuer- ¡as ‘ (1)! 6, 4-). Esta exigencia de radical idad en el amor de Dios es una fuerte exhortación a la santidad de vida, y, según als enseñanzas de Jesucristo constituye el primree y mayor mandamiento, tantro de la Antigua com la de la nueva Ley (Cf Mt 22,37-40) mc 12, 28.31.

En otros momentos, el Señor habla explícitamente de esta exigencia:

<Sed vosotros perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mi 5, 48). Los estudios exegéticos han puesto en evidencia que el adjetivo «perlecto» indica una cualidad que el cristiano debe poseer como condición indispensable para acoger el mensaje salvífico, es decir, su respuesta global a la proclamación del Reino de Dios: «Es perfecto quien obedece exclusivamente a Dios y cumple radicalmente su voluntad»27. Por consiguiente, todo aspirante al Reino de Dios debe ser «perfecto»25.

En el Nuevo Testamento, este adjetivo aparece una vez más en un texto de san Mateo, el pasaje del joven rico: «Y se le acercó uno y le dijo:

“Maestro, ¿qué obra buena debo hacer para alcanzar la vida eterna”. Él le respondió: “Por qué me preguntas sobre lo bueno? Uno solo es el bueno. Pero, si quieres entrar en la Vida, guarda los mandamientos”. ¿Cuáles?, le

preguntó. Jesús le respondió: “No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, rio dirás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo”. “Todo esto lo he guardado —le dijo el joven”—. “Qué me falta aún?” Jesús le respondió: “Si quieres ser perfecto, anda, vende tus bienes y dáselos a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos. Luego, ven y sígueme”» (Mt 19, 16-21). Nos detenemos aquí ahora, porque no podemos pasar por alto el uso que se ha hecho del pasaje a lo largo de la historia de la espiritualidad. En efecto, este ha sido interpretado a menudo como si afirmase la existencia de dos grados de la vocación cristiana: la «vía de la salvación» y la «vía de la perfección». La prinera sería suficiente para salvarse, mientras que la segunda conduciría a la perfección cristiana. Según esta interpretación, Cristo habría hecho dos propuestas distintas al cristiano: este sería puesto ante la elección enI le la mera salvación y la posibilidad de llegar a una perfección superior, o sea, la santidad.

Una interpretación adecuada de este pasaje de san Mateo requiere su comparación con el texto paralelo de san Marcos, quien narra así la yo.aciOfl del joven rico: «Cuando salía para ponerse en camino, vino uno oriendo y, arrodillado ante él, le preguntó: “Maestro bueno, ¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna?”. Jesús le dijo: “Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino uno solo: Dios. Ya conoces los mandamientos

 /no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no dirás flaso testimonio, no defraudarás a nadie, honra a tu padre y a tu madre”. “Maestro, todo esto lo he guardado desde mi adolescencia”, respondió él. Y Jesús fijó en él su mirada y quedó prendado de él. Y le dijo: “Una cosa te falta:

anda, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo. Luego, ven y sígueme”» (Mc 10, 17-21).

Se puede observar una diferencia entre los dos textos: en san Mateo, el joven pregunta: «Qué me falta aún?», y Jesús responde: «Si quieres ser perfecto...», mientras que, en san Marcos, a la objeción del joven, que dice haber observado los mandamientos, la respuesta de Jesús es: «Una cosa te falta: anda, vende...». Tal diferencia parece deberse al fin práctico y catequístico de san Mateo al narrar esta escena: en efecto, mediante el ejemplo del joven rico, quiere mostrar a los judeo-cristianos lo que Cristo les pide por encima de las exigencias de la ley judía. Cuando el joven pregunta qué más le falta, Jesús le propone una nueva exigencia, pero sin suprimir su primera exhortación a cumplir los mandamientos: el joven debe seguir a Jesús y entregarse completamente a Dios, lo que se debe manifestar en la renuncia a su patrimonio. La distribución de sus bienes es, en realidad, para este joven el cumplimiento de los mandamientos, la expresión de la radicalidad de su amor a Dios. El texto de san Mateo flO habla de dos grados de perfección, ya que las exigencias formuladas en el versículo 21: «Anda, vende tus bienes...», no se ordenan a un fin diverso del de las enunciadas en el versículo 17: «Si quieres entrar en la Vida, guarda los mandamientos». Por el contrario, los dos versículos son paralelos y responden a la misma pregunta, la contenida en el versículo 16:

«Maestro, ¿qué obra buena debo hacer para alcanzar la vida eterna?». La versión del primer Evangelio representa, por tanto, la vocación del joven rico a la seque/a Christi: «La exhortación y la exigencia de Jesús son una misma cosa y solo gradualmente se descubren. Quien quiere entrar en la vida, debe ser “perfecto”. Tiene que cumplir los mandamientos de Dios, pero de la manera como Jesús los interpreta; en el caso del joven rico, todo esto significa que debe renunciar a sus bienes temporales y seguir a Jesús»29

En resumidas cuentas, el pasaje del joven rico, según san Mateo, no habla de un camino de los mandamientos que sería más fácil que el camino de la perfección, sino de la obligación de todos los cristianos a la perfección, que se realiza, en la práctica, cuando cada bautizado sigue a Cristo por el camino concreto señalado por su vocación personal.

 

6. LA DOCTRINA DEL CONCILIO VATICANO II SOBRE LA LLAMADA

UNIVERSAL A LA SANTIDAD47 (MANUEL BELDA)

 

Juan Pablo II señala que el Concilio Vaticano II ha profundizado en la vocación cristiana: «El Concilio, que nos ha dado una rica doctrina eclesiológica, ha conectado orgánicamente su enseñanza sobre la Iglesia con su enseñanza sobre la vocación del hombre en Cristo (...). El Concilio ha renovado la conciencia de la vocación cristiana»48. Dentro de esta profundización teológica, las afirmaciones contenidas en el capítulo quinto de la Constitución dogmática Lumen gentiuni sobre la llamada universal a la santidad tienen una importancia enorme y constituyen un hito en las enseñanzas del último concilio ecuménico. Este hecho ha sido puesto de relieve por Pablo VI, quien sostuvo que esta cuestión aparece como «el objetivo peculiar del Magisterio del Concilio y como su última finalidad»49. Y Juan Pablo II ha afirmado: «La consigna primaria que el Vaticano II ha confiado a todos los hijos e hijas de la Iglesia es la santidad. No es una consigna simplemente exhortativa, pues está profundamente enraizada en la índole de la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, cuyos

• os miembros no pueden ser ajenos a la savia santa y santificadora que atraviesa (...). La tendencia a la santidad es, por eso, el punto de apoyo la renovación trazada por el Concilio»50.

El contenido de este capítulo se articula en cuatro párrafos, que en la dacción anterior al texto definitivo tenían los títulos siguientes: n. 39:

santidad de la Iglesia; n. 40: Vocación universal a la santidad; n. 41:

rcicio multiforme de la única santidad; n. 42: El camino y los medios de san;íidad51.t

 

a) Fundamente teoloógicos

 

trataremos ahora de poner de relieve los fundmanetos teológicos que permitireeronal Concilio proclamar de manera inequíoca la llama universañ a la santidad. Esteos pueden reducirse a tres: cristoloógico, eclesiológico, y sacramental

 

versal a la santidad. Estos pueden rcdticiise a Ii<s: eiistológico, eclesiolóL iC() y sacramental.

a) El fundamento cristológico: dimension cristocéntrica  de la santidad. Jesucristo es proclamado «el unico Santo» (n. 39) y maestro y modelo de santidad, su autor y perfeccionadoi cine llama a todos y a cada uno de tis discípulos (omnibus el singiilis discijnilis siii) de cualquier condición a ia santidad de vida (cfr. n. 40). Esta llamada podría denominarse «externa», porque se realiza mediante la predicación y el ejemplo de la vida del Señor. Pero hay, además, una llamada <interna», a través del envío <kl Espíritu Santo: «[Cristo] envió a todos el Espíritu Santo para que los nueva interiormente a amar a Dios con todo el corazón, con toda el <lina, con toda la mente y con todas las fuerzas» (n. 40). Al final del párrafo 40 se trata nuevamente de la dimensión cristocéntrica de la santi<laci, tanto desde la perspectiva ontológica de conformación a Cristo, en <tianto que los fieles deben empeñarse en seguir sus huellas y hacerse <onformes a su imagen, como desde la perspectiva ética o moral: «[Los leles], obedeciendo en todo a la voluntad del Padre, se entreguen con toda su alma a la gloria de Dios y al servicio del prójimo».

b) El fundamento eclesiológico: dimensión eclesial de la santidad. En el comentario al capítulo quinto de Lumen gentiun?, G. Philips escribe:

Algunos, al leer el título de este capítulo, se preguntarán: ¿Por qué “la vocación a la santidad en la Iglesia” y no, mejor, “la vocación.., de la Iglesia?”. La explicación es fácil. Para la Iglesia como tal, la santidad es algo mas que un llamamiento venido del exterior: es un aspecto esencial y carástestico , aunque no acabado todavía, de la comunidad cristiana». precisamente  porque la Iglesia participa de la misma santidad de Jestis podemos decir que es santa: «La Iglesia, cuyo misterio está exponiendo el sagrado  Concilio, creemos que es indefectiblemente santa. Pues Cristo, el Hijo de Dios (...) amó a la Iglesia como a su esposa, entregándose a Si o para santificarla (cfr. Ef 5, 25-26), la unió a Sí como a su propio cuerpo yo la enriqueció con el don del Espíritu Santo para gloria de Dios (39). El texto conciliar continúa enseñando que esta santidad originaria y constitutiva  de la Iglesia se debe manifestar en sus miembros: « Por ello, en la Iglesia, todos, los mismo quiene pertneceen a la Jerartquía que los apacentados por ella, están llamados a lasantidad» (íbidem).

c) El fundamento sacramental: la vocación Bautismal. La primera vez que la Lumen gentium habla de la llamada universal a la santida noes eu en capítulo quinto, sino en el segundo, cuando trata del ejercicio del cerdocio común en los sacramentos, empezando por el Bautismo: «Los fieles, incorporados a la Iglesia por el Bautismo, quedan destinados por el carácter al culto de la religión cristiana, y, regenerados como hijos de Dios, están obligados a confesar delante de los hombres la fe que recibieron de Dios mediante la Iglesia» (n. 11). y, después de hacer un recorrido a través de los sacramentos, este párrafo concluye así: «Todos los fieles cristianos, de cualquier condición y estado, fortalecidos con tantos y tan poderosos medios de salvación, son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la perfección de aquella santidad con la que es perfecto el mismo Padre» (ibídem).

En el capítulo quinto se vuelve al Bautismo como fundamento de la llamada universal a la santidad: <‘Los seguidores de Cristo (...) han sido hechos por el Bautismo, sacramento de la fe, verdaderos hijos de Dios y partícipes de la divina naturaleza y, por lo mismo, realmente santos»

(n. 40).

P. Rodríguez explica con una frase sintética esta enseñanza conciliar:

«El Bautismo es el momento sacramental fundante de esta nueva existencia a la que somos llamados» Dicho de otro modo, la llamada a la santidad se hace operativa por medio de la recepción del Bautismo, ya (Jile este sacramento causa la cristifjcación del fiel y, al mismo tiempo, su entrada en la Iglesia y, por tanto, representa el punto de encuentro de los dos fundamentos precedentes, el cristológico y el eclesiológico. Por ello, ci mismo autor añade: «El Bautismo representa el momento eclesjoló pi o unificador de la vocación cristiana»4

b) Ejercicio multiforme de la única santidad

Lumen gentium  dice que «una misma es la santidad que cultivan, en iiuluiples géneros de vida y ocupaciones, todos los que son guiados el Espírituiw de Dios» (n. 41). El Concilio enseña quela santidad es una para todos los cristianos, pero ha excluido que sea idéntica para todos, corrigiendo de este modo la visión del texto precedente la al definitivo, dondese lee: : «La perfcción de la santidad, que hay que procurar por medio del mandamiento dela caridad es evidente para todos, y se propone la misma (eadem) santidad a todos los es tdos y órdenes. El Vaticano II tuvo en cuenta una interención d 679 Padres  concieliares que pedían expli´ciitamente una afirmación de la unidad e la santida, pero se excluyera la identidad de la misma, en cuanto que  esta es diversa según las diferentes vocaciones6.

La santidad es una porque no hay más que una verdadera santidad, la 1< 1)ios, de la que todos los fieles son llamados a participar. Pero la santilacI es también un don que comporta un designio preciso de Dios para a(la persona, es decir, una vocación individual, a la que cada uno debe esponder de manera personal. Como se ha afirmado agudamente: «Dios u> hace los santos en serie»57. El Concilio enseña con claridad que todos

>s cristianos deben buscar la santidad siguiendo un camino propio:

(ada uno debe caminar sin vacilación por el camino de la fe viva, que nendra la esperanza y obra por la caridad, según los dones y funciones pie 1e son propios» (n. 41). Este texto es sumamente importante porque indiica la causa de la variedad en la santidad cristiana, esto es, la estrecha elación entre la santidad y el propio estado o condición de vida. En lecto, la idea en torno a la que gira todo el número 41 es que el cristiano .e debe santificar, no ya «a pesar de» los deberes de su estado, como si es-

lucran algo marginal o accesorio, añadiendo a ellos ejercicios más o nenos numerosos de piedad, sino que debe santificarse sobre todo en ya ?aL’éS del cumplimiento de estos deberes. Lumen gentium aplica esta dea sucesivamente a las diversas situaciones en la vida de los cristianos, eservando, sin embargo, el capítulo sexto para hablar de los religiosos. En  el capítulo quinto se habla, por tanto, de la santidad de los fieles que parecían en los capítulos anteriores, es decir, el tercero (los sacerdotes)

y el cuarto (los laicos).

El número 41 dedica tres párrafos a hablar de la santidad de los que han recibido el sacramento del Orden: obispos, presbíteros y diáconos. en los tres sucesivos se consideran los cristianos que viven en medio del tundo, en situaciones muy variadas: se habla explícitamente de los cónyuges,  y de los padres de familia, de las personas viudas, de los célibes, de trahajadores, de los que sufren, de los oprimidos por la pobreza, por <uf ermedad y las tribulaciones y de los que sufren persecución a causa

justicia. En todos estos casos, la vida espiritual se describe haciendo referencia precisamente a la condición de vida a la que cada uno hasido llamado. Este número 41 se concluye con una declaración densa y profunda: «Por tanto, todos los fieles cristianos, en las condiciones, ipaciones o circunstancias de su vida, y a través de todo eso, se santifican más cada día si lo aceptan todo con fe de la mano del Padre celes y colaboran con la voluntad divina, haciendo manifiesta a todos, inccluso en su dedicación a las tareas temporales, la caridad con que Dios amó al mundo». El eje en torno al que gira la frase está formado por las palabras «a través de todo eso» (per illa omnia), breves y escuetas, pero llenas de contenido. Por ello se puede afirmar que, «desde una perspectiva dogmática y pastoral, implican la posibilidad de proclamar con plena eficacia la llamada universal a la santidad, anunciando a cada hombre que Dios le llama, y que le llama de manera concreta y efectiva, esperando de él una respuesta que, en ocasiones, reclamará la separación del precedente estado o condición de vida, pero que, en otras muchas —la mayoría— supondrá continuar viviendo allá donde se vivía (...), aunque con un nuevo espíritu>58. Por decirlo de otro modo, no habría sido suficiente proclamar la llamada universal a la santidad de manera genérica, si al mismo tiempo no se hubiese aludido a cómo es posible hacerse santos en cualquier circunstancia, y esto es precisamente lo que ha hecho el Concilio con la expresión «a través de todo eso». En definitiva, es justamente esta frase la que permite proclamar la santidad no como un ideal abstracto, sino como una realidad concreta y alcanzable en la práctica.

 

Santidad e identificación con Jesucristo 117

 

2. JESUCRISTO, CAMINO, VERDAD Y VIDA, FUENTE Y MODELO DE SANTIDAD

El mismo Jesucristo sintetizó de modo sublime el cristocentrismo de la vida espiritual al pronunciar estas palabras: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida; nadie va al Padre si no es a través de mf» (Jn14, 6).

a) Jesucristo es el Camino

 

Jesús es el único Camino para llegar al Padre, porque es el único Mediador entre Dios y los hombres (cfr. 1 Tui 2, 5-6), y fuera de Él no existe salvación (cfr. Hch 4, 12). En la actual economía salvífica, toda gracia es gratia Christi, puesto que Cristo ha restablecido el plan eterno de Dios para la salvación del hombre, que fue destruido por el pecado de Adán. Como explica Cabasilas: «Ha sido el Salvador quien nos ha concedido a los hombres —separados de Él por triple barrera de la naturaleza, el pecado y la muerte— poder poseerle en plenitud, unirnos a Él sin intermedios, haciendo Él caer uno a uno los obstáculos: el de la naturaleza, por la Encarnación; el del pecado, por la Muerte; el de la tiranía de la muerte, que Él anonadó por su Resurrección. Por esto, dijo san Pablo que el último enemigo en ser vencido es la muerte (1 Co 15, 16)»6. Además, el Señor ha insistido en esta realidad utilizando otra imagen para mostrarnos que la comunión con Él es condición indispensable para dar fruto en la vida espiritual: «Yo soy la vid, vosotros, los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada» (fu 15, 5).

En la experiencia espiritual de san Agustín jugó un papel decisivo el descubrimiento de la Encarnación del Verbo y, por tanto, de la Humanidad Santísima de Jesús como Camino hacia el Padre. Así lo narra en su autobiografía espiritual:

«Y buscaba yo el medio de adquirir la fortaleza que me hiciese idóneo, para gozarte; ni había de hallarla sino abrazándome con el Mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús (1 Tui 2, 5) (...), el cual dama y dice Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida Un 14, 6), y el alimento mezclado con carne (que yo no tenía fuerzas para tomar), por haberse hecho el Verbo carne, a fin de que fuese amamantada nuestra infancia por la Sabiduría, por la cual creaste todas las cosas»7.

Y en otro lugar explica por qué Jesús ha dicho en primer lugar que Él es el Camino:

«Buscas el camino? Oye lo primero que te dice: Yo soy el camino. Te dice inimero por dónde se va que a dónde se va. Yo soy, dice, el camino. ¿Adónde lleva este camino? Yo soy también la verdad y la vida. Dice, primero, por dónde has de ir y, luego, a dónde has de ir. Yo soy el camino y la verdad, y soy la vida. En el seno del Padre está la verdad y la vida; vestido de nuestra carne, es el camino. No se te dice: Suda trabajando en la búsqueda del camino por el que llegues a la verdad y a la vida; no se te dice eso. Levántate, perezoso: el camino mismo ha venido a tu encuentro y te despertó del sueño a ti que estabas dormido (si es que te despeltó): Levántate y anda».

 

b) Jesucristo es la Verdad

 

Jesucristo no es solo el Camino; es también la Verdad plena y absoluta: «Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y hemos visto su gloria, gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad» (fu 1, 14). Cuando comparece como prisionero ante el tribunal de Pilato y es interrogado por este, responde: «Para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad; todo el que es de la verdad escucha mi voz» (fu 18, 37). Por consiguiente, conocer la verdad es conocer a Jesús, y este es el único conocimiento capaz de liberar al hombre: «Si vosotros permanecéis en mi palabra, sois, en verdad, discípulos míos, conoceréis la verdad y la verdad os hará libres» (Iii 8, 3 1-32).

Por otro lado, Jesús lleva a cabo la Revelación no solo con sus palabras, sino también con sus obras:

«Por tanto, Jesucristo ver al cual es ver al Padre (cfr. fu 14, 19), con su total presencia y manifestación personal, con palabras y obras (verbis et operibus), señales y milagros, y, sobre todo, con su muerte y resurrección gloriosa de entre los muertos; finalmente, con el envío del Espíritu de verdad, completa la Revelación y confirma con el testimonio divino que vive en Dios con nosotros para librarnos de las tinieblas del pecado y de la muerte y resucitarnos a la vida eterna»’0.

Nuestro Señor Jesucristo practicó lo que enseñaba y enseñó lo que practicaba: su vida y su doctrina constituían una sola realidad armónica y unitaria. Por ello escribe san Lucas en el prólogo de los Hechos de los Apóstoles: «Escribí el primer libro, querido Teófilo, sobre todo lo que Jesús comenzó a hacer y enseñar» (Hch 1, 1). Con sus obras, Jesucristo quiso darnos un ejemplo perfectísimo de todas las virtudes, siendo el modelo, el paradigma supremo de toda perfección y santidad11.

 

c) Jesucristo es la Vida

 

El concepto «vida» es muy apreciado por san Juan. De hecho, lo utiliza 37 veces en su Evangelio y 13 en sus cartas. Este Apóstol presenta a Jesús como el «Verbo de la vida»: «Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y han palpado nuestras manos a propósito del Verbo de la vida

—pues la vida se ha manifestado: nosotros la hemos visto y damos testimonio y os anunciamos la vida eterna, que estaba junto al Padre y que se nos ha manifestado—, lo hemos visto y oído, os lo anunciamos para que también vosotros estéis en comunión con nosotros. Y nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo» (1 fu 1, 1-3). Jesús es para san Juan la misma vida por esencia, la vida eterna. El prólogo de su Evangelio es paralelo al de su primera carta: «En él estaba la vida y la vida era la 111/ de los hombres» (fu 1, 4). El Hijo ha recibido esta vida de su Padre:

 

«Pues, como el Padre tiene vida en sí mismo, así ha dado al Hijo tener vida en sí mismo» (fu 5, 26), y se ha hecho hombre para comunicarla a nosotros: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia> (fu 10, 10), siendo para los hombres un manantial de agua viva: «En el último día, el más solemne de la fiesta, estaba allí Jesús y clamó: Si alguno tiene sed, venga a nzív beba quien cree en mí. Como dice la Escritura, de sus entrañas brotarán ríos de agua viva» (fu 7, 37-38).

El influjo vital de Jesús llega a los hombres, principalmente, a través de los sacramentos, cuyo centro es la Eucaristía: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mf y yo en él. Igual que el Padre, que me envió, vive y yo vivo por el Padre, así, aquel que me come vivirá por mí. Este es el pan que ha bajado del cielo, no como el que comieron los padres y murieron: quien come este pan vivirá eternamente» (fu 6, 54-58).

Jesús, el Buen Pastor, comunica también su vida a los que escuchan su palabra: «Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y me siguen. Yo les doy vida eterna; no perecerán jamás y nadie las arrebatará de mi mano» (fu 10, 27-28). La respuesta humana a la voz de Jesús es la fe, por lo que dice san Pablo: «Que Cristo habite en vuestros corazones por la fe» (Ef 3, 17). No se trata, lógicamente, de la inhabitación física de Jesús en el alma humana, sino de un poder santificador que procede de Jesús cada vez que nos acercamos a Él con la fe vivificada por la caridad y actualizada en la oración. Cristo es hoy el mismo del Evangelio, al cual todos los que se acercaban con fe y con amor experimentaban su poder de curar las enfermedades del cuerpo y del alma: «Toda la multitud intentaba tocarle, porque salía de él una fuerza que sanaba a todos» (Lc 6, 19).

En resumidas cuentas, el influjo vital de Jesús llega al cristiano a través de la vida sacramental y de la vida de oración: «No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que procede de la boca de Dios, dijo el Señor.

—Pan y palabra!: Hostia y oración. Si no, no vivirás vida sobrenatural»12.

 

 

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                   LA VIDA ESPIRITUAL DEL SACERDOTE

             (Según la Exhort. Apost. "Pastores dabo vobis")

                                                                (J. Esquerda Bifet)

Exigencia de la caridad pastoral

 

       La presencia de Cristo rescitado en la Iglesia y, de modo particular, en la vida del sacerdote, confiere profundo sentido relacional a su estilo de vida o "espiritualidad": "El que nos ha llamado y nos ha enviado sigue junto a nosotros todos los días de nuestra vida, ya que nosotros actuamos por mandato de Cristo" (n.4, citando el Mensaje de los Padres Sinodales).

       Todos los aspectos de la vida sacerdotal hacen referencia a Cristo Sacerdote y Buen Pastor. "La referencia a Cristo es, pues, la clave absolutamente necesaria para la comprensión de las realidades sacerdotales" (n. 12). El ser sacerdotal es participación del ser o consagración sacerdotal de Cristo y configuración con su misma persona. El obrar sacerdotal es para prolongar a Cristo en su palabra, su acción sacrificial y salvífica, su acción pastoral. El estilo de vida o espiritualidad del sacerdote es transparencia de la misma vida de Cristo Buen Pastor. "Los presbíteros son llamados a prolongar la presencia de Cristo, único y supremo Pastor, siguiendo su estilo de vida y siendo como una transparencia de el en medio del rebaño que les ha sido confiado" (n. 15). "La vida y el ministerio del sacerdote son continuación de la vida y de la acción del mismo Cristo" (n. 18).

       La "vida espiritual" o "espiritualidad" del sacerdote se presenta en la exhortación apostólica "Pastores dabo vobis" a partir de la llamada universal a la santidad que consiste en la caridad (cf. LG 40). "Espiritualidad" es equivalente a "vida animada y dirigida por el Espíritu hacia la santidad o perfección de la caridad" (n. 19). Para el sacerdote ministro hay una nota específica de esta perfección: "la caridad pastoral".

       En el documento postsinodal esta expresión ("caridad pastoral") se repite continuamente como nota característica de todos los aspectos de la vida espiritual del sacerdote. No es un término abstracto, sino la "donación" de sí mismo que hace el Buen Pastor y que debe expresarse en la vida de los sacerdotes ministros. El estilo de vida de caridad pastoral deriva del hecho de participar en la misma consagración y en la misión de Cristo: "Gracias a esta consagración obrada por el Espíritu Santo en la efusión sacramental del Orden, la vida espiritual del sacerdote queda caracterizada, plasmada y definida por aquellas actitudes y comportamientos que son propios de Jesucristo, Cabeza y Pastor de la Iglesia y que se compendian en la caridad pastoral" (n. 21).

 

 

El contexto y contenido de la vida espiritual

 

       Al tema de "la vida espiritual del sacerdote", la exhortación postsinodal le dedica especialmente todo el capítulo tercero: "El Espíritu del Señor está sobre mí" (Lc 4,18), la vida espiritual del sacerdote. Es, pues, a partir de la consagración y misión de Cristo que puede vislubrarse todo el contenido de este tema. Precisamente por ello, la vida espiritual se presenta como "centro vital que unifica y vivifica su ser sacerdote y su ejercer el sacerdocio" (n. 45).

       Al señalar importancia y centralidad de la vida espiritual, el documento deja entrever esta línea de fuerza en todos y cada uno de los capítulos, ya desde la introducción, pidiendo "programas de formación permanente, capaces de sostener, de una manera real y eficaz, el ministerio y vida espiritual de los sacerdotes" (n. 3). Los "desafíos" actuales sobre la vocación y la formación sacerdotal (cap. I) indican una "exigencia de vida espiritual correspondiente" (n. 5). La naturaleza y misión del sacerdocio ministerial (cap. II), como participación en el ser y el obrar de Cristo Sacerdote y Buen Pastor, indican "el aspecto esencialmente relacional" del sacerdote respecto a la persona del Señor, para llegar a ser "una imagen viva y transparence de Cristo Sacerdote" (n. 12). La pastoral vocacional (cap. IV), en sus contenidos más profundos y auténticos, consiste en "suscitar un seguimiento integral y atrayente de Jesucristo" (n.  40), puesto que se trata de un "dinamismo" vocacional de "buscar a Jesús, seguirlo y permanecer en El" (n. 34). La formación de los candidatos al sacerdocio (cap. V) presenta en sus cuatro niveles (humano, espiritual, intelectual y pastoral) un marcado tono de vida espiritual (siempre en estrecha relación con los otros niveles), como "respuesta consciente y libre que implica a toda la persona en su adhesión a Jesucristo, que llama a su intimidad de vida y a participar en su misión salvífica", para convertirse en "una imagen viva de Jesucristo Cabeza y Pastor de la Iglesia". Por sto, "vivir en el Seminario, escuela del Evangelio, es vivir en el seguimiento de Cristo como los apóstoles... es dejarse configurar con Cristo buen Pastor para un mejor servicio sacerdotal en la Iglesia y en el mundo" (n.42). "Formar a los futuros sacerdotes en la espiritualidad del Corazón del Señor supone llevar una vida que corresponda al amor y al afecto de Cristo Sacerdote y buen Pastor: a su amor al Padre en el espíritu Santo, a su amor a los hombres hasta inmolarse entregando su vida" (n.49). La formación permanente (cap. VI) además de abarcar la dimensión espiritual (n.72), "es expresión y exigencia de la fidelidad del sacerdote a su ministerio, es más, a su propio ser. Es, pues, amor a Jesucristo y coherencia consigo mismo" (n.70), como "participación cada vez más amplia y radical de los sentimientos y actitudes de Jesucristo" (n.72).

       Nuestro tema queda explicado ampliamente en el capítulo tercero (nn.19-33). A él hacen referencia los demás capítulos y, de modo especial, el capítulo sobre la formación inicial de los candidatos al hablar de la formación espiritual (nn.45-50) y el capítulo de la formación permanente al presentar la dimensión espiritual (n.72). Los contenidos básicos se encuentran en el capítulo tercero, comentando ampliamente la doctrina conciliar de "Presbyterorum Ordinis" nn.12-17 (santidad sacerdotal y peculiares exigencias espirituales).

 

Características específicas de la vida espiritual del sacerdote

 

Las características específicas de esta santidad y espiritualidad se concretan en las siguientes: caridad pastoral como configuración con Cristo Cabeza, Pastor, Siervo y Esposo, santificación en los mismos actos del ministerio, seguimiento evangélico expresado en los llamados "consejos evangélicos" como imitación de la "vida apostólica", pertenencia a la Iglesia particular en unión con el propio Obispo y con los demás sacerdotes del Presbiterio (esta pertenencia, expresada en la "incardinación", es un hecho de gracia), disponibilidad para la misión en la Iglesia particular y universal.

       Para el sacerdote diocesano ello tendrá una aplicación especial: "En esta perspectiva es necesario considerar como valor espiritual del presbítero su pertenencia y su dedicación a la Iglesia particular, lo cual no está  motivado solamente por razones organizativas y disciplinares; al contrario, la relación con el Obispo en el único presbiterio, la coparticipación e su preocupación eclesial, la dedicación al cuidado evangélico del Pueblo de Dios en las condiciones concretas históricas y ambientales de la Iglesia particular, son elementos de los que no se puede prescindir al dibujar la configuración propia del sacerdote y de su vida espiritual. En este sentido, la 'incardinación' no se agota en su vínculo puramente jurídico, sino que comporta también una serie de actitudes y de opciones espirituales y pastorales, que contribuyen a dar una fisonomía específica a la figura vocacional del presbítero" (n.31).

       Cada una de estas características representa todo un programa de vida espiritual. Todas ellas se complementan, derivan de la configuración y relación con Cristo, y se concretan en sintonía de sentimientos y de actitudes del mismo Cristo, como expresión de la caridad pastoral. "El principio interior, la virtud que anima y guía la vida espiritual del presbítero en cuanto configurado con Cristo Cabeza y Pastor es la caridad pastoral, participación de la misma caridad pastoral de Jesucristo: don gratuito del Espíritu Santo y, al mismo tiempo, deber y llamada a la respuesta libre y responsable del presbítero. El contenido esencial de la caridad pastoral es la donación de sí, la total donación de sí a la Iglesia, compartiendo el don de Cristo y su imagen" (n.23). La Eucaristía reencuentra su centralidad: "El lugar verdaderamente central, tanto de su ministerio como de su vida espiritual, es la Eucaristía" (n.26; cf. PO 5).

 

En el seguimiento evangélico para ser signo del buen Pastor

 

       Hay una afirmación que se repite diversas maneras y que es un compendio sapiencial de esta doctrina sobre la caridad pastoral como "officium amoris" (S. Agustín): "testigo del amor de Cristo como Esposo" (n.22). A partir de esta perspectiva de correr la misma suerte de Cristo, en el seguimento de radicalismo evangélico (sequela Christi) como los Apóstoles, se puede comprender mejor todo el rico contenido de los llamados "consejos evangélicos" (nn.27-30). Se sigue a Cristo, Buen Pastor, en su "caridad pastoral" expresada por la obediencia, castidad (virginidad) y pobreza.

       La obediencia (n.28) que deriva de la caridad pastoral tiene las características de "apostólica" ("comunión con el Sumo Pontifíce y con el Colegio Episcopal, particularmente con el proprio Obispo diocesano"), "comunitaria" (como "inserción en la unidad del presbiterio"), "pastoral" (como "disponibilidad" para la misión).

       La virginidad (castidad en el celibato) (n.29), además de la línea profética, escatológica y de "corazón indiviso" para la misión, tiene la característica de ser signo del mismo amor de Cristo Buen Pastor y Esposo. "La Iglesia, como Esposa de Jesucristo, desea ser amada por el sacerdote de modo total y exclusivo como Jesucristo Cabeza y Esposo la ha amado. Por esto el celibato sacerdotal es un don de sí mismo en y con Cristo a su Iglesia y expresa el servicio del sacerdote a la Iglesia en y con el Señor.  Para una adecuada vida espiritual del sacerdote es preciso que el celibato sea considerado y vivido no como un elemento aislado o puramente negativo, sino como un aspecto de una orientación positiva, específica y característica del sacerdote: él, dejando padre y madre, sigue a Jesús buen Pastor, en una comunión apostólica, al servicio del Pueblo de Dios... como 'estímulo de la caridad pastoral' (cita de PO 16), como participación en la paternidad de Dios y en la fecundidad de la Iglesia, como testimonio ante el mundo del Reino escatológico" (n.29).

       La pobreza evangélica (n.30) tiene el mismo punto de partida: "la configuración sacramental con Crsito Cabeza y Pastor". Precisamente por ello, "tiene connotaziones pastorales bien precisas", que se concretan en la cercanía a los pobres, en la disponibilidad misionera y en la comunión fraterna del Presbiterio. Así el sacerdote puede "encontrar en la caridad obediente, casta y pobre, la vía maestra de la unión con Dios y de la unidad con los hermanos" (n.30).

Dimensiones de la espiritualidad sacerdotal

 

       Siendo la espiritualidad una "vida según el Espíritu" que ungió y envió a Jesús, hay que reconocer su protagonismo y su presencia operante en la vida sacerdotal: "Ciertamente, el Espíritu del Señor es el gran protagonista de nuestra vida espiritual. El crea el 'corazón nuevo', lo anima y lo guía con la 'ley nueva' de la caridad, de la caridad pastoral... no faltará nunca al sacerdote la gracia del Espíritu Santo" (n.33). Por esto, "la vocación sacerdotal es esencialmente una llamada a la santidad, que nace del sacramento del Orden. La santidad es intimidad con Dios, es imitación de Cristo, pobre, casto, humilde; es amor sin reservas a las almas y donación a su verdadero bien; es amor a la Iglesia" (n.33).

       La dimensión cristológica de la espiritualidad sacerdotal, como configuración con Cristo Sacerdote y buen Pastor, es al mismo tiempo dimensión pneumatológica o de "consagración" y misión del Espíritu Santo. Es, por ello mismo, dimensión eclesial. Efectivamente, el sacerdote, por el hecho de configurarse con Cristo, bajo la acción del Espíritu, es servidor del mismo Cristo presente en la Iglesia misterio, comunión y misión (nn.12, 16, 59, 73). La vida espiritual en el presbiterio de la Iglesia particular fundamenta la vitalidad del mismo presbiterio como fraternidad y familia y le abre a la Iglesia universal (cf. n.74).

       La dimensión mariana de la espiritualidad sacerdotal es una síntesis de la otras dimensiones: "Cada aspecto de la formación sacerdotal puede referirse a María como la persona humana que mejor que nadie ha correspondido a la vocación de Dios; que se ha hecho sierva y discípula de la Palabra hasta concebir en su corazón y en carne al Verbo hecho hombre para darlo a la humanidad... Con su ejemplo y mediante su intercesión, la Virgen santísima sigue vigilando el desarrollo de las vocaciones y de la vida sacerdotal en la Iglesia" (n.82).

       La vida espiritual inserta al sacerdote en el misterio del hombre a la luz del misterio de Cristo para "buscr a Cristo en los hombres" (n.49). Realizar esta espiritualidad en la vida cotidiana presupone una formación inicial y permanente que no olvide ni infravalore los medios concretos: vida eucarística y litúrgico-sacramental (liturgia de las horas, reconciliación), lectura contemplativa de la Palabra, devoción mariana, dirección espiritual, vida comunitaria, etc. (nn.45-50).

 

 

 

 

 

 

 

 

ACENTOS DE LA ESPIRITUALIDAD SACERDOTAL EN EL ITINERARIO FORMATIVO

Juan Esquerda Bifet

 

(Sumario)

 

PRESENTACIÓN: Formar  el corazón sacerdotal en la centralidad de Cristo celebrado, anunciado, vivido

 

1. Centralidad de Cristo celebrado en la EUCARISTÍA: formación para el servicio sacerdotal de construir la comunión eclesial

 

2. Centralidad de Cristo anunciado: la formación para el  servicio sacerdotal del ANUNCIO apasionado del Evangelio

 

3. Centralidad del misterio de Cristo vivido por el sacerdote: la formación según el  ESTILO DE VIDA EVANGÉLICA, caridad pastoral,  pobre con los pobres

 

LÍNEAS CONCLUSIVAS

 

* * *

 

PRESENTACIÓN: Formar  el corazón sacerdotal en la centralidad de Cristo celebrado, anunciado, vivido

 

El itinerario formativo de la vocación sacerdotal tiene sus propios acentos en cada época histórica, y se reflejan en las nuevas situaciones y en las nuevas luces del Espíritu Santo, con vistas a formar los nuevos apóstoles.

 

Estos acentos tienen que encuadrarse hoy en la línea pastoral del concilio, de todos conocida y que necesita ser aplicada a las circunstancias actuales del inicio del tercer milenio. Recordemos dos textos clásicos del Vaticano II, que relacionan estrechamente la formación sacerdotal con los ministerios o con la acción pastoral: “Todoslos aspectos de la formación, el espiri­tual, el intelectual y el disciplinar, han de ordenarse conjunta­mente a esta acción pastoral” (OT 4). Es un principio que corresponde al meollo de la santidad sacerdotal: “Los presbíteros conseguirán propiamente la santidad ejerciendo su triple función sincera e infatigablemente en el Espíritu de Cristo” (PO 13).

 

La cuestión que se plantea hoy es la aplicación concreta de esta línea conciliar y las estrategias que habría que programar en el itinerario formativo. Si en actual cambio de época, la sociedad “icónica” necesita signos claros de la presencia de Cristo resucitado, parece que la formación sacerdotal tendría que encuadrarse en una síntesis conciliar que podríamos llamar “holística”, es decir, en todo el contexto de los documentos conciliares (y postconciliares). En realidad, se trata de una formación eminentemente cristológica y, por tanto, profundamente sociológica y eclesiológica.

 

La aplicación de todo concilio, como puede constatarse en la historia de la Iglesia, la han hecho especialmente los santos, también santos sacerdotes. Tal vez hoy nos falta, por una parte, la síntesis conciliar adecuada para que se aplique el concilio de manera coherente, y, al mismo tiempo, quizá no hemos llegado a una síntesis de la espiritualidad, ministerio y vida sacerdotal expresada en un programa convincente y en testimonios claros dentro del Presbiterio. Es el reto que queremos afrontar.

 

Intentemos trazar una pincelada inicial y provisional sobre los contenidos del concilio. Todos los contenidos conciliares (y postconciliares) parecen apuntar a una Iglesia que sea transparencia y signo portador de Cristo (LG = “sacramento universal de salvación”). Es la Iglesia de la Palabra (DV), del misterio pascual (SC), insertada en el mundo (GS). Es, pues, la Iglesia portadora del misterio de Cristo, anunciado, celebrado, vivido, comunicado, hoy y aquí, en circunstancias culturales e históricas, en un mundo “global”.

 

Los documentos que se refieren a la formación sacerdotal, inicial y permanente, describen la figura del sacerdote como signo personal, sacramental y colectivo del Buen Pastor (cfr. PO, OT, PDV, Directorio, etc.). Este signo es parte integrante del misterio de la Iglesia.

 

Tengo la impresión que no se ha asimilado en el itinerario formativo esta perspectiva  y terminología cristológica y eclesiológica, descrita en una de las afirmaciones más bellas y originales de la exhortación apostólica Pastores dabo vobis: “El sacerdote está llamado a ser imagen viva de Jesucristo Esposo de la Iglesia… en virtud de su configuración con Cristo, Cabeza y Pastor, se encuentra en esta situación esponsal ante la comunidad. En cuanto representa a Cristo, Cabeza, Pastor y Esposo de la Iglesia, el sacerdote está no sólo en la Iglesia, sino también al frente de la Iglesia. Por tanto, está llamado a revivir en su vida espiritual el amor de Cristo Esposo con la Iglesia esposa. Su vida debe estar iluminada y orientada también por este rasgo esponsal, que le pide ser testigo del amor de Cristo como Esposo y, por eso, ser capaz de amar a la gente con un corazón nuevo, grande y puro, con auténtica renuncia de sí mismo, con entrega total, continua y fiel, y a la vez con una especie de «celo» divino (cfr. 2Cor 11, 2), con una ternura que incluso asume matices del cariño materno, capaz de hacerse cargo de los «dolores de parto» hasta que «Cristo no sea formado» en los fieles (cfr. Gál 4, 19)” (PV 22; cfr. 29). Estas afirmaciones equivalen a la frase que Juan Pablo II repetía invitando a los jóvenes a seguir la vocación: “compartir la vida con Cristo”.

 

Ahora bien, ¿dónde encontrar hoy las “acentos” peculiares de la espiritualidad sacerdotal y cómo insertarlos en el itinerario formativo? Conviene recordar que somos herederos de una historia de gracia, que hay que custodiar y ampliar para transmitirla al futuro. Para ello es necesario aprovechar las lecciones del pasado, con un buen discernimiento que nos capacite para la fidelidad a las nuevas gracias del Espíritu Santo.[14]

 

La historia hay que auscultarla con espíritu de fe, a la luz del misterio de Cristo, el Hijo enviado por el Padre “cuando llegó la plenitud de los tiempos” (Gal 4,4). En él, “el tiempo se ha cumplido y el reino de Dios está cerca” (Mc 1,15). Sólo por medio de él se puede hacer una lectura auténtica y creyente de la realidad, puesto que “el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado” (GS 22).[15]

 

Durante todo el siglo XX y especialmente a partir del concilio Vaticano II, la formación sacerdotal ha tenido el soporte de documentos muy concretos, emanados para la Iglesia universal o también para las Iglesias particulares. Quizá en ninguna otra época se ha trabajado tanto en este sentido.[16]

 

Para ser más concretos en los acentos actuales de la espiritualidad sacerdotal dentro del itinerario formativo, cabría aprovechar mejor las aportaciones del Papa Benedicto XVI con ocasión del año sacerdotal dedicado al Cura de Ars (2009-2010), además de las que tuvieron lugar durante el año dedicado a San Pablo (2008-2009). Esta documentación es como una herencia que debería dejar huella permanente para el futuro.Como decía el Papa, en el Mensaje para la jornada mundial de las comunicaciones sociales: “El sacerdote se encuentra en el inicio de una nueva historia” (Mensaje 16 mayo 2010).[17]

 

En este contexto, ya podemos esbozar una breve síntesis dinámica del itinerario formativo: formar personas profundamente relacionadas con Cristo para hacerse, con él y como él, cercanos a los hermanos. Se trata de formar no tanto en temas concretos (que son siempre necesarios), cuanto en realidades de gracia que comprometen la persona en una opción fundamental: la llamada de Cristo como declaración de amor, la participación en su misma consagración por el Espíritu Santo, el encuentro con él como relación y experiencia profunda, el seguimiento para compartir su misma vida, la comunión  fraterna en el propio Presbiterio de la Iglesia local y con el propio obispo, la misión como disponibilidad a nivel local y universal. Son realidades de gracia intrínsecamente relacionadas con el sacramento del Orden, con vistas a ser signo personal y colectivo del Buen Pastor, hoy y aquí.

 

La época actual es una llamada urgente a hacerse disponible para la “nueva evangelización”. La creación de un nuevo “dicasterio” específico, indica que la evangelización se orienta más allá de las fronteras de la fe, en una perspectiva de globalidad intercultural e interreligiosa. Ahí está llamado el sacerdote a ser testigo de la esperanza, siendo visibilidad y memoria de Cristo resucitado presente en medio de la tempestad (“constructiva”) de cada cambio de época.

 

La espiritualidad, como vivencia de lo que uno es y de lo que uno hace, es,  especialmente para el sacerdote ministro, una espiritualidad encarnada y redentora, como reflejo del amor “esponsal” de Cristo hacia toda la humanidad. Es espiritualidad que ayuda a vivir en positivo, sin agresividad ni desánimo ante las situaciones actuales que parecen impregnadas de incoherencia y de falta de valores. El poco fruto inmediato que pueda recolectarse sirve para recordar que la obra no es nuestra y que una sola persona merecería la atención de un proyecto de pastoral, casi como una “diócesis” demasiado grande para un pastor.

 

Una de las dificultades que habrá que afrontar en la actualidad es la falta de estrategias o programas concretos de actuación, para poner en práctica los principios teológicos y pastorales que parecen ya dilucidados suficientemente, tanto en la formación sacerdotal inicial como en la permanente.

 

 

1. Centralidad de Cristo celebrado en la EUCARISTÍA: formación para el servicio sacerdotal de construir la comunión eclesial

 

La formación para el sacerdocio ministerial es profundamente relacional, de seguimiento de Cristo y de intimidad con él. Con Cristo, la vida se hace oblación en la caridad pastoral. Al mismo tiempo es un proceso de configurarse con él y de servicio para hacer que otros vivan en él. Esta realidad va incluida en el misterio de la Eucaristía como presencia, sacrificio y comunión, bajo la acción del Espíritu Santo y en dinámica misionera de esperanza cristiana hacia el encuentro definitivo.

 

Decimos “centralidad” en el sentido de que el misterio de Cristo es el polo o el centro, puesto que la vida cristiana tiende a “recapitular todas las cosas en Cristo” (Ef 1,10) y que “todo ha sido creado por él y para él… y todo tiene en él su consistencia” (Col 1,16-17; cfr. Jn 1,3ss). Es la misma centralidad del misterio pascual, de Cristo muerto y resucitado, que se anuncia, celebra, vive y comunica. Se trata de hacer de Cristo el corazón del mundo, empezando por el propio corazón.

 

En estos últimos años, en algunos ambientes ha habido una cierta alergia hacia todo lo cultual. Pero el misterio eucarístico va más allá de una discusión sobre conceptos, ideas y métodos. Por esto, “en la Sagrada Eucaristía se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo en persona, nuestra Pascual y pan vivo, que por su carne vivificada y que vivifica por el Espíritu Santo, da vida a los hombres, que de esta forma son invitados y estimulados a ofrecerse a sí mismo, sus trabajos y todas las cosas creadas juntamente con El. Por lo cual la Eucaristía aparece como fuente y cima de toda evangelización” (PO 5; cfr. LG 11; SC 10).[18]

 

La formación sacerdotal es itinerario de encuentro, seguimiento, comunión y misión, en relación con el Misterio pascual de Cristo hecho presente y celebrado en la Eucaristía, que reclama anuncio y vivencia. De ahí deriva la caridad pastoral como oblación del mismo Cristo Buen Pastor, prolongada en la historia por medio de la vida de cada uno de sus ministros.

 

La “memoria” celebrativa de todo el misterio de Cristo, que tiene que ser también anunciado, comunicado y vivido, es eminentemente “ministerial”. El encargo (“haced esto”) incluye una relación esencial hacia los “tria munera”, ejercidos armónicamente, porque tienen como centro el misterio pascual de Cristo. Somos “cooperadores” (1Cor 3,9) para actualizar esta “memoria” celebrativa, profética o misionera y vivencial.[19]

 

No sería posible construir la Iglesia como Cuerpo de Cristo (Iglesia “comunión”) si la Eucaristía no fuera la fuente, la cima, el centro. La Eucaristía como presencia ofrece y pide relación, la Eucaristía como sacrificio ofrece y pide oblación, la Eucaristía como “comunión” ofrece y pide comunión fraterna.

 

Este aspecto eucarístico de la formación sacerdotal, lo recordaba el Papa en Fátima: “Queridos seminaristas, que ya habéis dado el primer paso hacia el sacerdocio y os estáis preparando en el Seminario Mayor o en las Casas de Formación religiosa, el Papa os anima a ser conscientes de la gran responsabilidad que tendréis que asumir: examinad bien las intenciones y motivaciones; dedicaos con entusiasmo y con espíritu generoso a vuestra formación. La Eucaristía, centro de la vida del cristiano y escuela de humildad y de servicio, debe ser el objeto principal de vuestro amor. La adoración, la piedad y la atención al Santísimo Sacramento, a lo largo de estos años de preparación, harán que un día celebréis el sacrificio del Altar con verdadera y edificante unción”.[20]

 

En el Mensaje para la Jornada Mundial de oración por las vocaciones (25 abril 2010), Benedicto XVI señala como “elemento fundamental y reconocible de toda vocación al sacerdocio... la amistad con Cristo”, que reclama “el don total de sí mismo a Dios”. Por esto, “quien quiere ser discípulo y testigo de Cristo debe haberlo «visto» personalmente, debe haberlo conocido, debe haber aprendido a amarlo y a estar con Él”. Al mismo tiempo, otro aspecto esencial de la vida sacerdotal es el de “vivir la comunión”. “De manera especial, el sacerdote debe ser hombre de comunión, abierto a todos, capaz de caminar unido con toda la grey que la bondad del Señor le ha confiado, ayudando a superar divisiones, a reparar fracturas, a suavizar contrastes e incomprensiones, a perdonar ofensas”.[21]

 

Los sacerdotes ministros han sido formados para construir la comunión de la Iglesia particular y universal (cfr. PO 6,7-9), como signo peculiar del discipulado cristiano (cfr. Jn 13,35) y como signo eficaz de evangelización (cfr. Jn 17,21). Es la comunión eclesial que deriva necesariamente del sacramento de la unidad.

 

Los fallos de relación fraterna en el Presbiterio se originan en el fallo de relación íntima con Cristo, de contemplación de su palabra viva en su Evangelio y de falta de tiempo para estar sin prisas en el corazón ante Cristo presente en la Eucaristía. Así lo recordaba Juan Pablo II: “La Eucaristía es fuente de la unidad eclesial y, a la vez, su máxima manifestación. La Eucaristía es epifanía de comunión” (MND 21). “Vosotros, sacerdotes, que repetís cada día las palabras de la consagración y sois testigos y anunciadores del gran milagro de amor que se realiza en vuestras manos, dejaos interpelar por la gracia de este Año especial, celebrando cada día la Santa Misa con la alegría y el fervor de la primera vez, y haciendo oración frecuentemente ante el Sagrario” (MND 30)

 

En la formación inicial (formación seminarística) es indispensable que los futuros sacerdotes vean en sus formadores y en los demás sacerdotes, la realidad de gracia de la “fraternidad sacramental” del Presbiterio (PO 8), a modo de “familia” y como “realidad sobrenatural” (PDV 74) o realidad de gracia. Los candidatos al sacerdocio necesitan ver lo que se les dice en el Código: “Se debe formar a los alumnos de modo que, llenos de amor a la Iglesia de Cristo, estén unidos con caridad humilde y filial al Romano Pontífice, sucesor de Pedro, se adhieran al propio Obispo como fieles cooperadores y trabajen juntamente con sus hermanos; mediante la vida en común en el Seminario y los vínculos de amistad y compenetración con los demás, deben prepararse para una unión fraterna con el Presbiterio diocesano, del cual serán miembros para el servicio de la Iglesia” (can.245, pár.2).

 

La exigencia de esta comunión en el Presbiterio diocesano deriva del sacramento del Orden. La fraternidad entre obispo, presbíteros y diáconos es de tipo sacramental y no principalmente sociológico, como formando parte de la naturaleza de la Iglesia comunión: “En virtud de la común ordenación sagrada y de la común misión, los presbíteros todos se unen entre sí en íntima fraterni­dad, que debe manifestarse en espontánea y gustosa ayuda mutua, tanto espiritual como material, tanto pastoral como personal, en las reuniones, en la comunión de vida de trabajo y de caridad” (LG 28). La consecuencia concreta es que “el Presbiterio es el lugar privilegiado en donde el sacerdote debiera poder encontrar los medios específicos de santificación y de evangelización” (Directorio para el ministerio y vida sacerdotal 27).

 

En las circunstancias actuales son muy emotivas las palabras del Papa en Fátima, invitando a vivir estas realidades: “Amados hermanos sacerdotes, en este lugar especial por la presencia de María, teniendo ante nuestros ojos su vocación de fiel discípula de su Hijo Jesús, desde su concepción hasta la Cruz y después en el camino de la Iglesia naciente, considerad la extraordinaria gracia de vuestro sacerdocio. La fidelidad a la propia vocación exige arrojo y confianza, pero el Señor también quiere que sepáis unir vuestras fuerzas; mostraos solícitos unos con otros, sosteniéndoos fraternalmente. Los momentos de oración y estudio en común, compartiendo las exigencias de la vida y del trabajo sacerdotal, son una parte necesaria de vuestra existencia. Cuánto bien os hace esa acogida mutua en vuestras casas, con la paz de Cristo en vuestros corazones. Qué importante es que os ayudéis mutuamente con la oración, con consejos útiles y con el discernimiento. Estad particularmente atentos a las situaciones que debilitan de alguna manera los ideales sacerdotales o la dedicación a actividades que no concuerdan del todo con lo que es propio de un ministro de Jesucristo. Por lo tanto, asumid como una necesidad actual, junto al calor de la fraternidad, la actitud firme de un hermano que ayuda a otro hermano a «permanecer en pie»”.[22]

 

Todos recordamos el impresionante texto de la homilía de Benedicto XVI, al finalizar el año sacerdotal (11 junio 2010). Para superar algunas dificultades actuales, de todos conocidas y no siempre bien presentadas en los medios de comunicación, invita a una mayor selección, formación y acompañamiento: “En la admisión al ministerio sacerdotal y en la formación que prepara al mismo, haremos todo lo posible para examinar la autenticidad de la vocación; y queremos acompañar aún más a los sacerdotes en su camino, para que el Señor los proteja y los custodie en las situaciones dolorosas y en los peligros de la vida”.[23]

2. Centralidad de Cristo anunciado: la formación para el  servicio sacerdotal del ANUNCIO apasionado del Evangelio

 

En el itinerario formativo es fundamental adentrarse en la contemplación y en el estudio del Misterio de Cristo, celebrado en la liturgia, para anunciarlo, vivirlo y ayudar a vivirlo. Decía Benedicto XVI, en la homilía del inicio de su Pontificado: “Nada hay más hermoso que haber sido alcanzados, sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo. Nada más bello que conocerle y comunicar a los otros la amistad con él”.[24]

 

No sería posible especialmente hoy, en una sociedad que pide experiencia y testimonio, anunciar el misterio de Cristo sin una profunda experiencia de encuentro con él. A esta terminología vivencial ya nos acostumbró Juan Pablo II, como puede constatarse en su encíclica Redemptoris Missio: “La venida del Espíritu Santo los convierte en testigos o profetas, infundiéndoles una serena audacia que les impulsa a transmitir a los demás su experiencia de Jesús y la esperanza que los anima” (RMi 24). “Nota esencial de la espiritualidad misionera es la comunión íntima con Cristo… Precisamente porque es « enviado », el misionero experimenta la presencia consoladora de Cristo, que lo acompaña en todo momento de su vida. « No tengas miedo ... porque yo estoy contigo » (Hech 18, 9-10). Cristo lo espera en el corazón de cada hombre” (RMi 88).[25]

 

La Exhortación Apostólica Vita consecrata relaciona “el anuncio apasionado” con “el amor apasionado por Jesucristo: “El anuncio apasionado de Jesucristo a quienes aún no lo conocen, a quienes lo han olvidado y, de manera preferencial, a los pobres” (VC 75). “El amor apasionado por Jesucristo es una fuerte atracción para otros jóvenes, que en su bondad llama para que le sigan de cerca y para siempre” (VC 109). Pastores dabo vobis usa la expresión: “creciente  y apasionado amor al hombre” (PDV 71).

 

El itinerario formativo hacia esta experiencia contemplativa y misionera de Cristo requiere una ayuda pedagógica para no caer en exageraciones, pero también para no quedarse en conceptos abstractos o en teorías sobre él sin optar por “un conocimiento de Cristo vivido personalmente” (VS 88). El sano realismo de los santos presenta el ideal evangélico como posible en el “día a día” de la propia realidad.[26]

 

Se trata de “Alguien” profundamente amado, de quien ya no se puede prescindir. Nada ni nadie puede ocupar su puesto en nuestro corazón. Esta intimidad y amistad con Cristo se aprende especialmente en relación con la Eucaristía, pero también en la “escucha” de la Palabra. Si la Palabra es revelada como regalo de Dios, inspirada por la acción del Espíritu Santo,  celebrada en la liturgia, predicada especialmente por el magisterio de la Iglesia,  ello significa que reclama una apertura del corazón en la contemplación y en estudio. El apóstol no es señor de la Palabra, sino servidor fiel, humilde y audaz, en un proceso de estudio, contemplación, celebración, vivencia y anuncio.[27]

 

El itinerario formativo para el anuncio de Cristo exige también saber hablar de Dios con el lenguaje de hoy sin vaciar los contenidos evangélicos. La problemática teológica actual necesitaría un lenguaje más inteligible, que lo pudieran entender los “sencillos” (cfr. Mt 11,25) y también la gente de hoy en general, que no captan tanto las abstracciones.[28]

 

El itinerario formativo en la vida espiritual reclama la dedicación al estudio teológico. Hay que reconocer actualmente la falta de síntesis sapiencial y vivencial en un inmenso abanico de especializaciones. A juzgar por las impresiones de los mismos estudiantes, parece que no se ha llegado a presentar el Misterio de Cristo como punto de referencia de todas las materias. El concilio Vaticano II pedía: “En la revisión de los estudios eclesiásticos hay que atender, sobre todo, a coordinar adecuadamente las disciplinas filosóficas y teológicas, y que juntas tiendan a descubrir más y más en las mentes de los alumnos el Misterio de Cristo, que afecta a toda la historia del género humano, influye constantemente en la Iglesia y actúa, sobre todo, mediante el ministerio sacerdotal” (OT 14).[29]

 

Es la orientación trazada por Juan Pablo II: "El conocimiento de la verdad cristiana recuerda íntimamente y exige interiormente el amor a Aquel a quien ha dado su asentimiento. La teología sapiencial de Santa Teresa del Niño Jesús muestra el camino real de toda reflexión teológica e investigación doctrinal: el amor, del que «dependen la ley y los profetas», es amor que tiende a la verdad y, de este modo, se conserva como auténtico ágape con Dios y con el hombre".[30]

 

El aliento vivencial aprendido en la contemplación y estudio del Misterio de Cristo, ayudará a reconocer con sana lógica la dimensión misionera de la propia Iglesia particular, en la comunión de la Iglesia universal: “Toda la diócesis se hace misionera” (AG 38); “La Iglesia universal se encarna de hecho en las Iglesias particulares” (EN 62). “Después del Concilio se ha ido desarrollando una línea teológica para subrayar que todo el misterio de la Iglesia está contenido en cada Iglesia particular, con tal de que ésta no se aísle, sino que permanezca en comunión con la Iglesia universal y, a su vez, se haga misionera” (RMi 48).

 

 

3. Centralidad del misterio de Cristo vivido por el sacerdote: la formación según el  ESTILO DE VIDA EVANGÉLICA, caridad pastoral,  pobre con los pobres

 

Los documentos magisteriales sobre el ministerio, la vida y la formación inicial y permanente del sacerdote, insisten de modo armónico en la exigencia y la posibilidad de una vida evangélica al estilo del Buen Pastor y siguiendo el modelo de los Apóstoles. La caridad pastoral no es sólo la disponibilidad para la acción pastoral, sino la sintonía con el mismo estilo de vida del Buen Pastor, que da la vida (Jn 10 y 15), dándose él mismo, según el proyecto del Padre y como “consorte” o “esposo”.[31]

 

El sacerdocio ministerial es para el bien de toda la Iglesia, como signo transparente y portador de Cristo Sacerdote. Decía el Santo Cura de Ars: “El sacerdote no es sacerdote para sí mismo, sino par vosotros”. Por esto, la Iglesia tiene derecho de ver en sus sacerdotes el modo de amar de Cristo Esposo. “La Iglesia, como Esposa de Jesucristo, desea ser amada por el sacerdote de modo total y exclusivo como Jesucristo, Cabeza y Esposo, la ha amado” (PDV 29; cfr. PDV 22, citado más arriba)-

 

La vivencia de lo que uno es (la consagración) y de lo que uno hace (la misión) constituye la esencia de la espiritualidad sacerdotal, como armonía entre contemplación y misión.[32]

 

Esta vivencia de la “caridad pastoral” (PO 13) refleja el “gozo pascual”, como “máximo testimonio del amor” (PO 11), que es fuente de vocaciones. Los llamados al sacerdocio necesitan ver la posibilidad y la realidad de esta caridad pastoral, que es transformadora (por la configuración con Cristo), contemplativa, comunional y misionera. El concilio la llama “ascesis propia del pastor de almas”, que se concreta en la renuncia de los propios intereses “no buscando sus conveniencias, sino la de muchos, para que se salven, progresando siempre hacia el cumplimiento más perfecto del deber pastoral, y cuando es necesario, están dispuestos a empren­der nuevos caminos pastorales, guiados por el Espíritu del amor, que sopla donde quiere” (PO 13)

 

Es la caridad pastoral (PO 13; PDV 21-27) concretada en obediencia, castidad y pobreza (PO 15-17; PDV 27-30), no principalmente como normas que hay que cumplir, sino como consecuencia de una declaración de amor (por parte del Señor) y de un opción fundamental (por parte del llamado).

 

Es la misma vida de los Apóstoles (“apostolica vivendi forma”) (cfr. PDV 14-15), que también se llama “radicalismo evangélico” (PDV 20, 27), aunque éste no sea necesariamente “profesado” como en la “vida consagrada”.

 

En esta perspectiva, la formación en la vida espiritual sacerdotal, sin rebajar el ideal evangélico de los Apóstoles, necesita señalar su realidad concreta y los medios necesarios para ponerla en práctica. El proyecto de vida en el Presbiterio, ya delineado en la vida del Seminario, puede ser uno de los mejores medios para asegurar la fidelidad generosa y la perseverancia. Bastaría con trazar unas líneas básicas sobre: ideario, objetivos, medios.

 

Parece que tendría que subrayarse la dinámica del “discipulado misionero”, como ha hecho el documento de “Aparecida” (año 2007), pero apllicándolo a la vida sacerdotal: “La Iglesia debe cumplir su misión siguiendo los pasos de Jesús y adoptando sus actitudes (cfr. Mt 9, 35-36). Él, siendo el Señor, se hizo servidor y obediente hasta la muerte de cruz (cfr. Fil 2, 8); siendo rico, eligió ser pobre por nosotros (cfr. 2 Cor 8, 9), enseñándonos el itinerario de nuestra vocación de discípulos y misioneros. En el Evangelio aprendemos la sublime lección de ser pobres siguiendo a Jesús pobre (cfr. Lc 6, 20; 9, 58), y la de anunciar el Evangelio de la paz sin bolsa ni alforja, sin poner nuestra confianza en el dinero ni en el poder de este mundo (cfr. Lc 10, 4ss). En la generosidad de los misioneros se manifiesta la generosidad de Dios, en la gratuidad de los apóstoles aparece la gratuidad del Evangelio”.[33]

 

El “discipulado” evangélico tiene estas características de encuentro (contemplación, amistad), seguimiento en comunión fraterna y disponibilidad misionera (cfr. Mc 3,13-14). El “seguimiento” evangélico de los Apóstoles y de sus sucesores (la “apostolica vivendi forma”) ha sido el punto de referencia de toda forma de vida consagrada posterior (cfr. VC 93).[34]

 

Los “discípulos” del Señor son testigos gozosos de la esperanza evangélica, para formar a la comunidad en esta perspectiva de confianza y de gozo pascual. Es la esperanza que presupone un corazón desprendido, que señale el valor de la trascendencia concretada en el encuentro final con Cristo resucitado.

 

Los ministerios sacerdotales tienden a educar la comunidad eclesial en la esperanza, para saber compartir con solidaridad y gratuidad: “Sin Dios el hombre no sabe dónde ir ni tampoco logra entender quién esAnte el ingente trabajo que queda por hacer, la fe en la presencia de Dios nos sostiene, junto con los que se unen en su nombre y trabajan por la justicia… Por tanto, la fuerza más poderosa al servicio del desarrollo es un humanismo cristiano, que vivifique la caridad y que se deje guiar por la verdad, acogiendo una y otra como un don permanente de Dios. La disponibilidad para con Dios provoca la disponibilidad para con los hermanos y una vida entendida como una tarea solidaria y gozosa… El humanismo que excluye a Dios es un humanismo inhumanoEl amor de Dios nos invita a salir de lo que es limitado y no definitivo, nos da valor para trabajar y seguir en busca del bien de todos, aun cuando no se realice inmediatamente, aun cuando lo que consigamos nosotros, las autoridades políticas y los agentes económicos, sea siempre menos de lo que anhelamos. Dios nos da la fuerza para luchar y sufrir por amor al bien común, porque Él es nuestro Todo, nuestra esperanza más grande” (Caritas in veritate 78).

 

Los “desequilibrios en el interior del hombre” (GS 10) se reorientan presentando la “unidad de vida” (PO 14) típica de quien ejerce los ministerios “sincera e infatigablemente en el Espíritu de Cristo” (PO 13). El desprendimiento evangélico, al estilo del Buen Pastor y de los Apóstoles, es armonía (psicológica y teológica) de criterios, valores y actitudes (fe, esperanza y caridad), como camino de una formación integral.

 

En el Mensaje para la jornada mundial de las vocaciones (2010), encuadrada en el año sacerdotal, Benedicto XVI invitaba a dar un “testimonio personal hecho de elecciones existenciales… testimonio sellado con la opción de la cruz”, que es reflejo de la amistad con Cristo y “don total de sí mismo a Dios”.[35]

 

El itinerario que han seguido los santos es, al mismo tiempo, de realismo y de exigencia. Teniendo en cuenta la propia realidad (gracias, psicología, sociología), no cabe dudar de la declaración de amor (confianza), para caminar hacia una entrega que intenta seriamente que sea de totalidad (oblación sacerdotal, caridad pastoral). La formación “espiritual” tiene que ser “integral”, en armonía con la formación humana, intelectual, pastoral, comunitaria.[36]

 

La llamada a esta entrega sacerdotal (y analógicamente de vida consagrada) tiene que presentarse con el atractivo de la “libertad”, como ha hecho Benedicto XVI en Fátima: “En este camino de fidelidad, amados sacerdotes y diáconos, consagrados y consagradas, seminaristas y laicos comprometidos, nos guía y acompaña la Bienaventurada Virgen María. Con Ella y como Ella somos libres para ser santos; libres para ser pobres, castos y obedientes; libres para todos, porque estamos desprendidos de todo; libres de nosotros mismos para que en cada uno crezca Cristo, el verdadero consagrado al Padre y el Pastor al cual los sacerdotes, siendo presencia suya, prestan su voz y sus gestos; libres para llevar a la sociedad moderna a Jesús muerto y resucitado, que permanece con nosotros hasta el final de los siglos y se da a todos en la Santísima Eucaristía”.[37]

LÍNEAS CONCLUSIVAS

 

Es importante en todo el proceso de selección, formación y acompañamiento, que los candidatos tiendan a vivir profundamente relacionados con Cristo, comprometidos en su seguimiento, afianzados en la comunión fraterna originada por el sacramento del Orden, disponibles para hacer conocer y amar a Cristo en el mundo de hoy y más allá de las fronteras de la fe.

 

Es, pues, un itinerario de encuentro (vocación, amistad, contemplación), imitación (sintonía, seguimiento, compartir), fraternidad (comunión) y misión. La presencia de Cristo, “experimentada” a la luz de la fe (cfr. RMi 24 y 88, citados más arriba), da al itinerario formativo la perspectiva del “Padre nuestro” (contemplación, relación, fraternidad), de las bienaventuranzas (esperanza, misión) y del mandato del amor (santidad, donación, solidaridad, gratuidad).

 

La “centralidad” de Cristo, que hemos intentado describir, equivale a la armonía de todo su misterio pascual presente en la Iglesia: Cristo resucitado, anunciado, celebrado, vivido, comunicado. De él se aprende la cercanía donada, oblativa, según su mismo estilo de vida evangélica.

 

A la luz del Misterio de Cristo (encarnación y redención), se aprecia mejor la armonía de todo su actuar profético, litúrgico y pastoral, como presencia activa y oblativa que fundamenta la “unidad de vida” (PO 14), que es característica de la “caridad pastoral” (PO 13-14). Los ministerios son armónicos, vistos desde el encargo eucarístico (“haced esto”), como participación en la misma consagración de Cristo y como prolongación de su misma misión.

 

Esta armonía del itinerario formativo hace posible la “comunión” de toda comunidad eclesial, entre vocaciones, ministerios y carismas, sin dicotomías. La relación profunda con Cristo presente, inmolado y comunicado, hace posible el anuncio apasionado del evangelio y el estilo de vida del mismo Señor (pobre con los pobres y padre de los pobres).

 

En esta armonía del corazón y de la vida se puede ejercer el sacerdocio con el “gozo pascual” (PO 11) que es fuente de vocaciones. Es vivencia de la presencia de Cristo en fraternidad sacramental y en generosidad evangélica al estilo de los Apóstoles. Es el mismo Cristo, presente e inmolado de modo especial en la Eucaristía, vivo en su Palabra, presente en medio de los hermanos.

 

Este itinerario supone una selección adecuada y una formación inicial y permanente integral, que debe concretarse en un “acompañamiento” por parte de toda la Iglesia local y de su Presbiterio presidido por el obispo.[38]

 

En este itinerario formativo no puede faltar “la Madre de Jesús” y nuestra. Son de todos conocidas las afirmaciones marianas conciliares y postconciliares relativas al sacerdote, ya desde el período de su formación: “Amen y veneren con amor filial a la Santísima Virgen María, que al morir Cristo Jesús en la cruz fue entregada como madre al discípulo” (OT 8). “En la Santísima Virgen María encuentran siempre un ejemplo admirable de esta docilidad (al Espíritu Santo; ella, guiada por el Espíritu Santo, se entregó total­mente al misterio de la redención de los hombres; veneren y amen los presbíteros con filial devoción y veneración a esta Madre del Sumo y Eterno Sacerdote, Reina de los Apóstoles y auxilio de su ministerio” (PO 18).

 

Como afirmaba Juan Pablo II, por ser “Madre y educadora de nuestro sacerdocio… cada aspecto de la formación sacerdotal puede referirse a María como la persona humana que mejor que nadie ha correspondido a la vocación de Dios; que se ha hecho sierva y discípula de la Palabra hasta concebir en su corazón y en su carne al Verbo hecho hombre para darlo a la humanidad; que ha sido llamada a la educación del único y eterno Sacerdote, dócil y sumiso a su autoridad materna. Con su ejemplo y mediante su intercesión, la Virgen santísima sigue vigilando el desarrollo de las vocaciones y de la vida sacerdotal en la Iglesia” (PDV 82). Por esto, "la espiritualidad sacerdotal no puede considerarse completa, sin no toma seriamente en consideración el testamento de Cristo crucificado... Todo presbítero sabe que María, por ser Madre, es la formadora eminente de su sacerdocio, ya que ella es quien sabe modelar el corazón sacerdotal"  (Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros, 68).

 

La presencia activa y materna de María en todo el proceso formativo sacerdotal aparece con frecuencia en las enseñanzas del magisterio postconciliar. Es emotivo el texto de la consagración de los sacerdotes al Corazón de María, realizada por Benedicto XVI en 2010: “Madre Inmaculada… Madre de la Iglesia, nosotros, sacerdotes, queremos ser pastores que no se apacientan a sí mismos, sino que se entregan a Dios por los hermanos, encontrando la felicidad en esto. Queremos cada día repetir humildemente no sólo de palabra sino con la vida, nuestro «aquí estoy»… Madre nuestra desde siempre, no te canses de «visitarnos», consolarnos, sostenernos… Con este acto de ofrecimiento y consagración, queremos acogerte de un modo más profundo y radical, para siempre y totalmente, en nuestra existencia humana y sacerdotal. Que tu presencia haga reverdecer el desierto de nuestras soledades y brillar el sol en nuestras tinieblas, haga que torne la calma después de la tempestad, para que todo hombre vea la salvación del Señor, que tiene el nombre y el rostro de Jesús, reflejado en nuestros corazones, unidos para siempre al tuyo”.[39]

 

 

APÉNDICE DOCUMENTAL: Algunos documentos más concretos, además de los citados, de interés para la formación en la espiritualidad sacerdotal: CIC (1983) can.232-264 (sobre la formación de los clérigos). (CONGREGACIÓN PARA LA EDUCACIÓN CATÓLICA) Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis (19 marzo 1985); Orientaciones para la educación en el celibato sacerdotal (11 abril 1974); La formación teológica de los futuros sacerdotes (22 febrero 1976); Instrucción sobre la formación litúrgica en los Seminarios (3 junio 1979), Carta circular sobre algunos aspectos más urgentes de la formación espiritual en los Seminarios (6 enero 1980);  Carta circular sobre la Virgen María en la formación intelectual y espiritual (25 marzo 1988); Instrucción sobre el estudio de los Padres de la Iglesia en la formación sacerdotal (10 noviembre 1989); Directrices sobre la preparación de los Formadores en los Seminarios (4 noviembre 1993); El período propedéutico: documento informativo (1 mayo 1998). (CONGREGACIÓN PARA EL CLERO) El presbítero, maestro de la palabra, ministro de los sacramentos y guía de la comunidad, ante el tercer milenio cristiano (19 marzo de 1999); El presbítero, pastor y guía de la comunidad parroquial (4 agosto 2002). (CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE) Instrucción sobre La vocación eclesial del teólogo (24 de mayo de 1990). (CONGREGACIÓN PARA LA EVANGELIZACIÓN DE LOS PUEBLOS) Carta circular a las Conferencias Episcopales sobre la dimensión misional en la formación del sacerdote (Pentecostés 1970); Guía de vida pastoral para los sacerdotes diocesanos de las Iglesias que dependen de la CEP (1 octubre 1989). (CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA, COMISIÓN EPISCOPAL DE MISIONES Y COOPERACIÓN ENTRE IGLESIAS) La formación misional en los Seminarios y Estudios Teológicos (25 julio 1982); Plan de formación para los Seminarios Menores (27 septiembre 1991); La formación para el ministerio presbiteral. Plan de formación sacerdotal para los Seminarios Mayores (30 mayo 1996); "Habla, Señor". Valor actual del Seminario Menor (21 noviembre 1998).

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(Curriculum):

D. JUAN ESQUERDA BIFET:

 

Lugar y fecha de nacimiento: Lleida, 13 de abril de 1929.

Ordenado presbítero: Lleida, 11 de julio 1954.

Doctor en Teología, Universidad de Comillas, Madrid (Licenciado en Teología por la Universidad Pontificia de Salamanca)

Doctor en Derecho Canónico, Universidad Santo Tomás, Roma.

Profesor emérito de Misionología en la Pontificia Universidad Urbaniana de Roma.

Director emérito del Centro Internacional de Animación Misionera, Roma.

Consultor de la Congregación del Clero y de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos.

Director Espiritual del Pontificio Colegio Urbano, Roma.

Asesor espiritual en el Seminario de Terrassa.

Algunos libros publicados: Teología de la espiritualidad sacerdotal (Madrid, BAC, 1991); Signos del Buen Pastor (Bogotá, CELAM, 1991); Teología de la evangelización (Madrid, BAC, 1995); Hemos visto su Estrella, Teología de la experiencia de Dios en las religiones (Madrid, BAC, 1996); Diccionario de la Evangelización (Madrid, BAC, 1998); Introducción a la doctrina de San Juan de Ávila (Madrid, BAC, 2000); Misión al estilo de los Apóstoles. Itinerario para la formación inicial y permanente (Madrid, BAC, 2004); Misionología (Madrid, BAC, 2008); Espiritualidad Sacerdotal (Valencia, EDICEP, 2008); Espiritualidad Mariana (Valencia, EDICEP, 2009).

 

 

 

(ESQUEMA) ACENTOS DE LA ESPIRITUALIDAD SACERDOTAL EN EL ITINERARIO FORMATIVO

 

PRESENTACIÓN: Formar  el corazón sacerdotal en la centralidad de Cristo celebrado, anunciado, vivido

Formar personas profundamente relacionadas con Cristo para hacerse, con él y como él, cercanosa los hermanos. Se trata de formar no tanto en temas concretos (que son siempre necesarios), cuanto en realidades de gracia que comprometen la persona en una opción fundamental. Documentos que indican los acentos actuales de la formación sacerdotal.

 

1. Centralidad de Cristo celebrado en la EUCARISTÍA: formación para el servicio sacerdotal de construir la comunión eclesial

La formación sacerdotal es itinerario de encuentro, seguimiento, comunión y misión, en relación con el Misterio pascual de Cristo hecho presente y celebrado en la Eucaristía, que reclama anuncio y vivencia. De ahí deriva la caridad pastoral como oblación del mismo Cristo Buen Pastor, prolongada en la historia por medio de la vida de cada uno de sus ministros.

Los sacerdotes ministros han sido formados para construir la comunión de la Iglesia particular y universal (cfr. PO 6,7-9), como signo peculiar del discipulado cristiano (cfr. Jn 13,35) y como signo eficaz de evangelización (cfr. Jn 17,21). Es la comunión eclesial que deriva necesariamente del sacramento de la unidad.Formación para vivir el Presbiterio como “fraternidad sacramental” (PO 8).

 

2. Centralidad de Cristo anunciado: la formación para el  servicio sacerdotal del ANUNCIO apasionado del Evangelio

En el itinerario formativo es fundamental adentrarse en la contemplación y en el estudio del Misterio de Cristo, celebrado en la liturgia, para anunciarlo, vivirlo y ayudar a vivirlo. Decía Benedicto XVI, en la homilía del inicio de su Pontificado: “Nada hay más hermoso que haber sido alcanzados, sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo. Nada más bello que conocerle y comunicar a los otros la amistad con él”.

El itinerario formativo para el anuncio de Cristo exige también saber hablar de Dios con el lenguaje de hoy sin vaciar los contenidos evangélicos

 

3. Centralidad del misterio de Cristo vivido por el sacerdote: la formación según el  ESTILO DE VIDA EVANGÉLICA, caridad pastoral,  pobre con los pobres

 

Los documentos magisteriales sobre el ministerio, la vida y la formación inicial y permanente del sacerdote, insisten de modo armónico en la exigencia y la posibilidad de una vida evangélica al estilo del Buen Pastor y siguiendo el modelo de los Apóstoles. La caridad pastoral no es sólo la disponibilidad para la acción pastoral, sino la sintonía con el mismo estilo de vida del Buen Pastor, que da la vida (Jn 10 y 15), que se da a símismo, según el proyecto del Padre y como “consorte” o “esposo”.

 

CONCLUSIÓN: Este itinerario supone una selección adecuada y una formación inicial y permanente integral, que debe concretarse en un “acompañamiento” por parte de toda la Iglesia local y de su Presbiterio presidido por el obispo. La dimensión mariana.

 

Primera catequesis

 

El mal de nuestra generación: “mal de corazón”

(Necesidad del Corazón de Cristo)

Texto de partida tomado del siervo de Dios, Juan Pablo II:

“La enfermedad del hombre de hoy es una enfermedad de corazón: el corazón de piedra y egoísta”.

Signos más destacados de este “mal de corazón”

1º.- Falta de autoestima

En esta cultura secularizada en la que se plantea un ideal de vida feliz de espaldas a Dios, somos testigos de infinidad de carencias afectivas, heridas necesitadas de sanación, desequilibrios psicológicos, dramas interiores… Constatamos que la presunción y la desesperación no son dos actitudes contrapuestas, sino que en la práctica, se dan al mismo tiempo y en las mismas personas. ¡Dime de qué presumes y te diré de qué careces! El paso de la jactancia y de la soberbia profesada en público, al autodesprecio confesado en privado, se da con mucha frecuencia.

Por el contrario, en nuestros días, no son pocos los que han aprendido a aceptarse, a valorarse y a amarse a sí mismos, desde la experiencia del amor incondicional del Corazón de Cristo hacia cada uno de nosotros. ¿Si Jesús me quiere y ha entregado su vida por mí, quien soy yo para despreciarme?

 

2.- Insensibilidad

 

Al mismo tiempo (y, a veces, como consecuencia de la falta de autoestima a la que nos hemos referido), hemos desarrollado una estrategia de insensibilidad: Para evitar el sufrimiento, nos encerramos como la tortuga en su caparazón y nos hacemos insensibles. La indiferencia y el pasotismo terminan por ser el marco en el que el drama del hombre “se esconde”.

La sanación del corazón del hombre, tiene que llevar a “sentir” la vida, con sus sufrimientos y alegrías… según aquella máxima paulina: “¿quién llora sin que yo llore con él? ¿Quién ríe sin que yo ría con él?”

3.- Narcisismo

Otra de las manifestaciones derivadas de la falta de autoestima es el narcisismo, que se traduce en una tendencia a llamar la atención y a pretender que todo el mundo gire en torno a nosotros, bien sea para ser adulados, o para ser compadecidos…

El narcisista considera siempre insuficiente lo que recibe, es un mendigo perpetuamente insatisfecho. Busca aprecio, reconocimiento, elogio, admiración, etc. Busca su realización personal, en medio de un eterno “victimismo” (¡Nadie me hace caso, todo me toca a mí…!).

Sin la sanación del corazón narcisista, es imposible la fidelidad y la felicidad. Es necesario un corazón nuevo para huir de la esclavitud de una continua “queja”, que se manifiesta en la preocupación insana de la propia imagen, hipersensibilidad, etc., etc.….

 

4.- Incapacidad para perdonar

 

Cuando empezamos por no aceptarnos y querernos a nosotros mismos, difícilmente podemos ser capaces de querer a los demás. Las virtudes del prójimo no son reconocidas porque nos dan envidia; mientras que sus defectos nos resultan patentes e insufribles. Dividimos a la humanidad según filias y fobias: a nuestros favoritos se lo consentimos todo, mientras que a los que nos caen antipáticos no les pasamos una… Cuando el odio anida en nuestro corazón, puede llegar a ser una obsesión que termina por corromper el corazón humano.

 

5.- Esclavitud de la impureza

 

Cuando el corazón del hombre no madura equilibradamente, dejándose sanar por la gracia de Cristo, lo más frecuente es que terminemos buscando “compensaciones” en determinados “tubos de escape”. Uno de ellos es el sexo, que está llegando a ser una auténtica esclavitud, una verdadera “fijación”, que condiciona grandemente nuestra capacidad para amar.

Vivimos bajo un auténtico bombardeo de incitaciones sexuales, que facilitan las adicciones y las conductas compulsivas, hasta el punto de hacernos incapaces para la donación. Paradójicamente, lo que Dios creó para ser un instrumento del amor -el sexo-, por el influjo del “mal de corazón” que padecemos, se ha terminado por divorciar de la vocación al amor.

6.- Desconfianza

He aquí otra característica de nuestro mal de corazón: el síndrome de la desconfianza. Nadie parece fiarse de nadie. Es una sensación como de no pisar terreno firme, de temor al futuro. Nace también de la inseguridad propia, que termina por dificultarnos la confianza en los demás.

Mucho tienen que ver en esto las familias rotas o desestructuradas, cuyo drama pasa una gran factura, dejando huellas de inseguridades y angustias…

Finalmente, la falta de confianza termina por erosionar las relaciones sociales, dificultando las amistades, aislando a las personas, haciéndonos suspicaces e hipersensibles…

 

7.- Proyecto ideológico laicista

 

A todo lo anterior se añade la dureza de corazón provocada por el planteamiento soberbio existente en el proyecto ideológico laicista, que afirma que la autonomía del hombre necesita desprenderse de la tutela religiosa.

Sin embargo, la devoción al Corazón de Cristo se presenta, en este inicio del Tercer Milenio, como auténtica “profecía” y “terapia” providencial. En esta cultura laicista en la que algunos afirman no tener más religión que “el hombre”, somos testigos –como hemos podido comprobar en los puntos anteriores- de la radical necesidad de misericordia que tiene el hombre.

El cardenal de Viena, Mons. Christoph Schönborn, en el contexto del Congreso de la Divina Misericordia realizado en Roma en abril 2008, afirmó: “Cuando algunos enarbolen la bandera del humanismo sin Dios, reivindicando: ¡Hombre, hombre, hombre…! vosotros respondedles: ¡¡Misericordia, misericordia, misericordia!!

 

 

1 Segunda catequesis

 

Corazón de Cristo, sanador

 

Introducción: Constatamos la cantidad de males que padece la humanidad: guerras, pobreza, injusticias, discriminaciones injustas, inseguridad ciudadana, flujos migratorios desesperados, rupturas familiares, etc. Frente a todos estos males morales, son muchos los que apuestan por la superación de los males del mundo, a partir de la transformación de sus estructuras políticas. Sin embargo, el pensamiento cristiano sostiene que el mal del mundo no podrá ser superado, sino como consecuencia de un cambio profundo en el corazón del hombre. Por ello, nosotros hemos comenzado constatando en la catequesis anterior la situación de “emergencia” en la que se encuentra el “corazón” humano; que es la fuente desde la que se derivan los males sociales. La transformación de las estructuras injustas es totalmente necesaria, pero sería del todo inútil, si no fuese acompañada de la conversión personal del ser humano. El principio cristiano es que toda la transformación del mundo debe partir de la transformación del hombre. Porque somos nosotros, los hombres, los que construimos el mundo.

La crisis del mundo tiene su raíz en el hombre, en el corazón del hombre. El niño y el puzzle. El padre estaba trabajando en su despacho y el niño molestándolo un poco, así es que para entretenerlo arrancó de una revista la fotografía de un mapamundi y la recortó en bastantes pedacitos para que el niño hiciera el puzzle. El padre siguió trabajando feliz con la buena idea que había tenido. Pero, al momento, el niño otra vez estaba allí: -"¡Ya está, papá!". -"¿Cómo lo has hecho?", le contestó el padre asombrado. -"Es que por detrás aparecía la foto de un hombre, reconstruí el hombre y quedó arreglado el mundo".

 

 ¿Cómo se reconstruye el corazón del hombre?

 

1) Sólo Dios salva.

 

Pero, ¿cómo se arregla el corazón del hombre? ¿Es esto posible para nosotros? Constatamos con nuestra propia experiencia, además de a la luz de la Revelación, que el hombre no puede transformar su corazón con sus solas fuerzas. Ningún hombre es capaz de “autorredimirse”. Nada somos sin la gracia de Dios, tal y como nos lo explica el propio Jesucristo: “Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada” (Jn 15, 5). Como decía Benedicto XVI a los jóvenes en Colonia: "¿Qué puede salvarnos sino el amor?". En efecto, Dios es Amor; y por ello, sólo Él puede salvar, sanar y transformar al hombre…

 

2) Encarnación, el camino de salvación Dios es todopoderoso. El podría haber optado entre muchos caminos para salvar al hombre. Sin embargo, su amor infinito le ha llevado a elegir el “camino” de la encarnación… Se ha hecho uno de nosotros, para salvarnos desde nuestra propia condición humana. Lo sorprendente es que para salvar al hombre, se ha hecho hombre. O dicho de otro modo, el que venía a “sanar” nuestro corazón enfermo, ha querido hacerlo sirviéndose para ello de un “corazón de hombre” –el Corazón de Jesús- como instrumento de salvación.

El propio nombre de “Jesús”, significa “salvador”. Recordamos el texto de los Hechos de los Apóstoles: “Él es la piedra que vosotros, los constructores, habéis despreciado y que se ha convertido en piedra angular. Porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos” (Hch 4, 11-12)

 

3) Misterio de la Redención

 

Jesucristo es el Salvador, y todos los episodios de su vida son redentores… Así podemos decir que Jesús nos salva naciendo en Belén, en su vida oculta en Nazaret, en su predicación del Reino, haciendo milagros, venciendo las tentaciones del desierto, curando enfermos, etc, etc. Pero hay un momento especialmente redentor de la vida de Cristo: su muerte y resurrección. En el episodio de Getsemaní se da a conocer el sentido profundo de la redención de la humanidad. Solamente Jesús es capaz de comprender la hondura de la ofensa del pecado de los hombres. Hay que conocer el amor de Dios Padre -como lo conoce Jesús- para entender la gravedad del “desprecio” al Amor de Dios… Jesús tiene plena conciencia de que en la cruz va a asumir los pecados de toda la humanidad, y de cada uno de nosotros en particular. Las palabras pronunciadas por Cristo en la institución de la eucaristía, la víspera de su pasión, no dejan lugar a dudas: “Éste es mi cuerpo que se entrega por vosotros… Ésta es mi sangre derramada por el perdón de los pecados” La cruz es la síntesis de toda la Redención de Jesús. Porque en ninguna parte nos ha mostrado tanto el amor que nos tiene, la misericordia del Padre y la gravedad del pecado. "Mirarán al que atravesaron". Miramos con fe y gratitud la cruz del Señor: Atravesado por amor. Jesús nos dice que nos ama hasta el extremo. Por amor al hombre se da, se entrega. Por amor al hombre se deja herir, se deja traspasar. “A mí nadie me quita la vida, sino que yo la doy voluntariamente…” (Jn 10, 18) Atravesado por nuestros pecados. Esa lanza que se hunde atravesando el Costado de Cristo significa el pecado del hombre. "Ha sido atravesado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes" (Is 53, 5). Atravesado para nuestra salvación. Sigue diciendo Isaías: "…sus heridas nos han curado". La sangre y el agua que brota del Costado de Cristo –imagen de los sacramentos de la Iglesia- es fuente de salvación.

 

4) El Espíritu Santo nos ofrece un “corazón nuevo”

 

- El Espíritu Santo formó en las entrañas de la Virgen María el Corazón de Jesús.

- Del Corazón de Jesús traspasado por la lanza, brotó el Espíritu Santo (simbolizado por el agua).

- El Espíritu Santo tiene ahora la tarea de formar en cada uno de nosotros un nuevo corazón, a imagen del Corazón de Cristo.

El Espíritu Santo lleva a cabo la obra de la santificación en nuestras vidas: la transformación del corazón egoísta en un corazón semejante al de Jesús. Sólo así podremos construir la tan deseada Civilización del Amor, capaz de transformar las estructuras injustas de nuestra sociedad. Necesitamos más unidad entre nosotros para poder construir el Reino de Dios, sin caer en la tentación de buscar cada uno sus intereses particulares (¡Cor unum et anima una! ¡Un solo corazón y una sola alma!). Este fue el ideal por el que Jesús oró al Padre en su oración sacerdotal: "Que todos sean uno, como Tú, Padre, en Mí y Yo en Ti…" (Jn 17, 21). No olvidemos que el ideal de la unión entre los hombres requiere la unión en Cristo. Sólo seremos capaces de construir un mundo unido y justo, si el Corazón de Cristo es nuestro punto de encuentro. Profecía de Ezequiel “Os recogeré de entre las naciones, os reuniré de todos los países, y os llevaré a vuestra tierra. Derramaré sobre vosotros un agua pura que os purificará: de todas vuestras inmundicias e idolatrías os he de purificar; y os daré un corazón nuevo, y os infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Os infundiré mi espíritu, y haré que caminéis según mis preceptos, y que guardéis y cumpláis mis mandatos. Y habitaréis en la tierra que di a vuestros padres. Vosotros seréis mi pueblo, y yo seré vuestro Dios”. (Ez 36, 24-28)

 

1 Tercera Catequesis Consagración y Reparación (Construyendo la Civilización del Amor) En la primera catequesis hicimos una descripción detallada del corazón del ser humano, herido y necesitado de redención. En la segunda dimos un paso más, para descubrir en el Corazón de Cristo la fuente de sanación para la humanidad. Ahora, por último, nos centramos en la explicación de la «consagración» y de la “reparación”. De esta manera nos disponemos a dar un paso importante en nuestra vida espiritual. El Señor nos ofrece la posibilidad de asociarnos a Él, a través de la renovación de la Consagración al Corazón de Cristo, para ser agentes activos en la construcción de la Civilización del Amor. ¡Le pedimos a María que nos acompañe en este camino!

 

1) Un poco de historia

 

Dado que nos disponemos a renovar la Consagración de España al Corazón de Jesús, realizada hace 90 años en el Cerro de los Angeles (Getafe), conviene que comencemos por hacer un poco de historia sobre la espiritualidad del Corazón de Jesús. Son muchos los santos que a lo largo de la tradición bimilenaria de la Iglesia han cultivado esta espiritualidad del Corazón de Cristo, pero los inicios de la historia “moderna” de esta devoción los situamos en el siglo XVII. + Margarita Mª de Alacoque (1647-1690). Religiosa en el monasterio de la Visitación de Paray le Monial (Francia). Jesús se le manifiesta en la Eucaristía, revelándole el misterio de su Corazón: "He aquí el Corazón que ha amado tanto a los hombres y que no recibe más que ingratitudes y afrentas”. En estas revelaciones particulares, el Señor le comunica unas promesas de bendición para quienes sigan esta devoción al Corazón de Jesús: * Pondré paz en sus familias. * Les consolaré en sus penas. * Seré su refugio seguro durante la vida, y, sobre todo, en la hora de la muerte. * Derramaré bendiciones abundantes sobre sus empresas. * Los pecadores hallarán en mi Corazón la fuente de la misericordia. * Las almas tibias se volverán fervorosas. * Las almas fervorosas se elevarán a gran perfección. * Daré a los sacerdotes la gracia de mover los corazones endurecidos. * Bendeciré las casas en las que la imagen de mi Corazón se exponga y sea honrada. * Las personas que propaguen esta devoción tendrán escrito su nombre en mi Corazón y jamás será borrado de él. * A las almas consagradas a mi Corazón les daré las gracias necesarias para su estado.

 

* Prometo que mi amor todopoderoso concederá a todos aquellos que comulgaren por nueve primeros viernes consecutivos, la gracia de la perseverancia final; no morirán sin mi gracia. A lo largo de su vida, Santa Margarita enseñó a amar al Corazón de Jesús, acompañándole en la Eucaristía por medio de la Hora Santa, a consagrarse a Él y a ofrecer pequeños actos de amor en reparación de los pecados. También difundió la práctica de los primeros viernes de mes: confesión y comunión en reparación de los pecados. Fue beatificada en 1864 por el Bto. Pío IX y canonizada en 1920 por Benedicto XV. Su fiesta se celebra el 16 de octubre. + San Claudio de la Colombiere S.J. (1641-1682) Fue el director espiritual de Sta Margarita Mª. Será el encargado de propagar el mensaje del amor del Corazón de Cristo por los lugares más lejanos. Gracias a él, la orden religiosa de los jesuitas acometerá la tarea de la propagación de la devoción al Corazón de Jesús. + Bernardo de Hoyos (1711-1735) Nacido en Torrelobatón (Valladolid). Dios mediante, probablemente será beatificado en Valladolid en la primavera de 2010. Está considerado como el principal apóstol del Corazón de Jesús en España. Son palabras suyas las siguientes: «Dióseme a entender que no se me daban a gustar las riquezas de este Corazón para mi solo, sino para que por mi las gustasen otros. Me dijo Jesús: 'Reinaré en España, y con más veneración que en otras muchas partes».

 

2) Sentido de la consagración

 

El sentido de la consagración tenemos que entenderlo como nuestra respuesta coherente al amor de Dios. Pero en realidad no es una iniciativa nuestra, sino que es Dios mismo quien nos invita a consagrarnos, es decir, a introducirnos plenamente en su intimidad. + Consagración bautismal: La consagración básica y fundamental de nuestra vida es el bautismo. En el bautismo nos hacemos partícipes de la filiación divina de Jesucristo; es decir, somos configurados como “hijos en el Hijo”. Gracias a la consagración bautismal podemos decir que Dios es nuestro Padre, y que Cristo es nuestro hermano. De esta forma, los cristianos somos plenamente “consagrados”, somos “revestidos” de Cristo (Cfr Gal 3, 26-27). + Renovación de la consagración: Siempre es bueno y necesario que renovemos a lo largo de nuestra vida la consagración bautismal, porque tenemos el peligro de no valorar ese tesoro que llevamos escondido en nuestra fragilidad. Es en este sentido en el que ahora realizamos la consagración al Corazón de Jesús. Cuando realicemos esta “consagración”, estamos renovando y reviviendo existencialmente lo que es la esencia de nuestra vida: ¡Totus tuus!... Es decir, somos totalmente de Cristo. María es el modelo de la perfecta consagración. Por ello, Juan Pablo II hizo suyo el lema “Totus tuus Maria” (somos totalmente de María, como ella es de Cristo, y Cristo es de Dios Padre).

 

3 + Consagración personal y comunitaria: La consagración puede hacerse en varios niveles, no solamente a nivel personal. Hoy en día está muy difundido el error de circunscribir la religiosidad a la esfera interior de la conciencia, de forma que el resto de las realidades sociales quedarían fuera de la esfera de la consagración a Dios. Sin embargo, nosotros confesamos a Cristo como Rey del Universo. Es decir, le consagramos también la familia, nuestra ciudad, nuestra diócesis, nuestra patria, el mundo entero, etc… Todo tiene que ser fundado en Cristo, puesto que Él es el Creador de todo lo visible e invisible. (Si bien lo anterior no obsta para que la fe católica confiese los principios de “autonomía del orden temporal” y el de “libertad religiosa”). Para entender por qué consagramos nuestros bienes, nuestra familia, nuestra nación, nuestro trabajo, nuestro estudio, etc, etc… baste entender el texto de San Pablo: “Todo es vuestro; y vosotros, de Cristo; y Cristo de Dios” (1 Co 3, 23). La renovación de la consagración de España al Corazón de Cristo, en el momento presente, tiene un sentido muy especial: somos conscientes del avance del materialismo, del hedonismo y del laicismo, que corren el peligro de borrar las raíces cristianas de nuestra cultura. La tarea de la Nueva Evangelización la situación actual, se presenta como una ardua y difícil tarea, para la que nos sentimos impotentes… Por todo ello, nos consagramos al Corazón de Cristo. Es precisamente en esta situación cuando estamos llamados a hacer un acto de total confianza y pleno abandono en la Providencia, tomando conciencia de que es Él quien dirige los hilos de la historia. Es el momento decir: ¡Sagrado Corazón de Jesús, en ti confío!

 

3) Reparación

La consagración se realiza en el espíritu de la reparación, y al mismo tiempo, de la consagración se desprende un deseo de reparación. Vamos, por lo tanto, a intentar explicar el sentido de esta palabra. San Francisco de Asís decía vivamente impresionado: "¡El Amor no es amado!". Pues bien, sólo entienden la reparación los que han descubierto el amor del Señor: + Reparar es vivir nuestra vida en intensidad de amor a Dios y al prójimo, con la intención de "compensar" nuestra anterior frialdad, así como el dolor provocado en Dios por nuestros pecados y el de nuestros hermanos, del que también nos sentimos corresponsables. Reparar es dar “alegrías” al Corazón de Dios. + Bien es verdad que lo que le disgusta a Dios, no es otra cosa que lo que hace daño al hombre; mientras que, lo que le complace a Dios es que el hombre sea feliz y santo. Dicho de otro modo, no tenemos que entender la reparación, como si nosotros le hiciésemos un favor a Dios; sino que es Él quien nos da el honor de participar de sus sentimientos internos: sufrir con sus sufrimientos, y gozarnos de sus alegrías. + Tanto la “cruz” como la “gloria” de nuestra vida, se convierten en la ocasión propicia para expresar a Dios el amor que le tenemos. Las mismas "cruces" cotidianas, resultan ser un tesoro, cuando las ofrecemos a Dios Padre, unidas al sacrificio redentor de Cristo.

 

4) Fórmula de Consagración

 

Ofrecemos a continuación la fórmula, compuesta por Juan XXIII, que será utilizada en la ceremonia de renovación de la Consagración de España al Corazón de Jesús, el día 21 de junio de 2009, en el Cerro de los Angeles:

4 Hijo eterno de Dios y Redentor del mundo, Jesús bueno, tú que al hacerte hombre te has unido en cierto modo a todo hombre y nos has amado con tu corazón humano, míranos postrados ante tu altar; tuyos somos y tuyos queremos ser y, para vivir más estrechamente unidos a ti, todos y cada uno nos consagramos hoy a tu Sagrado Corazón.

De tu corazón traspasado brota el Amor de Dios, hecho allí visible para nosotros y revelado para suscitar nuestro amor. Ante la generación del nuevo milenio, tan esperanzada y tan temerosa al mismo tiempo, la Iglesia da testimonio de la misericordia encarnada de Dios dirigiéndose a tu Corazón.

Muchos, por desgracia, nunca te han conocido; muchos, despreciando tus mandamientos te han abandonado. Jesús misericordioso, compadécete de todos y atraélos a tu Corazón. Señor, sé rey no sólo de los hijos fieles, que jamás se han alejado de ti, sino también de los hijos pródigos que te han dejado; haz que vuelvan pronto a la casa paterna, para que no perezcan de hambre y de miseria. Sé rey de aquéllos que, por seducción del error o por espíritu de discordia, viven separados de ti: devuélvelos al puerto de la verdad y a la unidad de la fe, para que pronto se forme un solo rebaño de un solo pastor.

Concede, Señor libertad a tu Iglesia; otorga a todos pueblos y, en particular, a España la paz y la justicia; que del uno al extremo de la tierra no resuene sino esta voz; bendito sea el Corazón divino, causa de nuestra salvación; a él la gloria y el honor por los siglos de los siglos. Amén

Sacerdote:

Dios Omnipotente, creador de la luz y Señor de los días,
cuando el sol declina y la noche desciende con su oscuridad:
haz nuestros corazones como lámparas ardientes,
para que sepamos esperar tu día y discernir la luz nueva de la Pascua.
Entonces aparecerá en la gloria tu Hijo unigénito,
el Cordero inmolado, el Resucitado, Señor del día que no tendrá final.
El nos atraerá a todos hacia sí en el reino eterno,
bendito por los siglo s de los siglos. . . . . ..
Todos Amen


CANTO Cena pascual (mientras se canta se ofrece el incianso)
BENDICIONEUCARISTICA (en silencio)

(A continuacion se hace la reserva del Santísimo Sacramento)
A dos coros, despuós de la bendición:
. .

Bendito sea.eI Dios de nuestro Padres . . . .
Bendito sasu nombre santo
Bendito sea Jesucristo, miséricordia del Padre
Bendito sea Jésucristo, único Salvador
Bendito sea Jesucristo,.pan para nuestraperegrinaóióh
Bendito sea Jesucristo, agua para nuestra sed
Bendito:sea.Jesucristá, eterno recoñciliador
Bendito sea el Espíritu Santo, fuente de todo ministerio
Bendito sea el Espíritu Santo, alma dé l:comunidad cristiana
Bendita sea la Virgen María, Madre de Cristo y de los pueblos
Bendita sea la Virgen María, modelo de cristianos
Bendita sea la Virgen María, trono de la sabiduría
Benditos seáis vosotros, hombres y muieres, amigos del Señor

Todos juntos:
Que nuestro Dios sea anunciado a todos.

CANTO final: Seréis mis testigos

 

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TRIDUO CUARESMAL: 1º:CONTEMPLAR EL ROSTRO DOLIENTE DE CRISTO

(2001)

 

QUERIDOS HERMANOS Y HERMANAS: Quiero hablaros del rostro doliente de Cristo, que estos días de semana santa contemplaremos en las procesiones y que tenemos aquí presente en esta imagen impresionante del Cristo de las Batallas. Se trata de una sencillísima charla teológica sobre este tema, que, al ser tan profundo y difícil,- cómo pudo sufrir Jesucristo siendo Dios- pocas veces lo he escuchado o lo he visto tratado. Lo haré lo más claro y breve que pueda. Al ser una charla teológica y no una homilía esto exigirà de vuestra parte mayor esfuerzo.

Antes de contemplar este rostro doliente de Cristo, qué es lo que encierra y nos revela, hay que adentrarse en la zona límite del misterio, en la autoconciencia de Cristo: Cristo hombre, cómo tuvo conciencia de ser el Hijo de Dios, cómo la divinidad le fué comunicando su realidad divina a la vez de no anular su realidad humana para que pudiera pensar y actuar como verdadero hombre que no lo sabe todo ni lo puede todo, para que pudiera ser totalmente humano como nosotros menos en el pecado. Porque si todo lo tuvo claro desde el principio, no pudo sufrir verdaderamente ni tener limitaciones como todos nosotros tenemos en la infancia, juventud y madurez.

S. Juan en el prólogo de su evangelio tiene una afirmación que hemos leido y proclamado muchas veces, sobre todo en tiempo de Navidad: “La Palabra se hizo carne”(Jn1,14) Es decir, la Palabra de Dios, que es su Hijo, se hizo hombre. Y esta afirmación sobre la personalidad de Cristo está confirmada por todo el Nuevo Testamento: Palabra de Dios y carne humana, gloria divina y sangre humana se unen en Cristo personalmente, en una sola persona.

Es lo que afirma como dogma de fe el Concilio de Calcedonia: Una persona en dos naturalezas. “Siguiendo, pues, a los Santos Padres, todos a una voz enseñamos que ha de confesarse a uno solo y el mismo Hijo, N.S.J., el mismo perfecto en la divinidad y el mismo perfecto en la humanidad”. Ahora bien, para ser perfecto hombre, tiene que tener limitaciones  en la comprensión de las cosas como nosotros, porque si como hombre todo lo sabía y podía, habría sido ficticiamente hombre. Y es dogma de fe que fuè verdaderamente hombre con limitaciones como nosotros.

Este rostro de Hijo de Dios, esta identidad divino-humana es la que brota vigorosamente de sus palabras y hecho en los Evangelios, que nos ofrecen una serie de elementos gracias a los cuales podemos introducirnos en esa zona lìmite del misterio de Cristo, representado en su autoconciencia.

La Iglesia no duda de que en su narraciones los evangelistas, inspirados por el Espíritu Santo, captaron correctamente, en las palabras de Jesús la verdad que él tenía en su conciencia sobre su persona.

Esto es sin duda lo que S. Lucas nos quiere expresar recogiendo las primeras palabras de Jesús, a los doce años, en el templo de Jerusalèn. A su Madre, que le hace notar la angustia con que ella y José lo han buscado, Jesús le responde sin dudar: ¿Por qué me buscábais? ¿ No sabíais que debía estar en la casa de mi Padre?

En la madurez,  su leguaje expresará firmemente la profundidad de su misterio como está abundantemente subrayado por los evangelios: En su autoconciencia, Jesús no tiene dudas: “El Padre está en mí y yo en el Padre.(Jn10, 38) Y esta condición humana, “que iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia” (Lc.2,52) hace que la conciencia humana de su misterio -uniòn de lo divino y de lo humano- tenga autoconocimiento de ser el Hijo de Dios. “Yo soy igual al Padre” “Yo hago las obras de mi Padre” “Yo y el Padre somo Uno”.

Esta fué en definitiva la causa de su condena y de su muerte. En efecto, dice el evangelista S. Juan “buscaban matarlo, porque no solo quebrantaba el sábado, sino que llemaba a Dios su propio Padre, haciéndose a sí mismo igual a Dios”   (Jn.5,18).

En toda la pasiòn, especialmente en el marco de Getsemanì y del Gòlgota, la conciencia humana de Jesùs se verá sometida a la prueba más dura. Será el momento de mayor sufrimiento, porque la divinidad, su conciencia de ser el Hijo de Dios, de tal manera queda oscurecida, nublada y abandonada para poder sufrir como hombre por la salvación de todos, que, aunque nunca quedó rota, conseguirá afectar esta separación a su mima conciencia como hombre, que no se siente apoyada por el Padre. Aquí entraría de lleno la afirmación de S. Pablo: “ Se hizo pecado por nosotros”. Es decir, vivió sin divinidad, viviò sin Dios, en Getsemaní sintió en su conciencia la ruptura con la vida de Dios, que causa el pecado, aunque realmente no la rompió por no ser pecador. Y por eso en Getsemaní y en el Gólgota es donde la contemplación del rostro doliente de Cristo, nos lleva a acercarnos al aspecto más paradógico de su misterio, como se ve en la hora extrema, la hora de la Cruz. Allí es su humanidad entera, desde lo más profundo de su conciencia, la que no siente la divinidad por ningún sitio, y si fuerte son los dolores físicos, infinitamente superiores son los sufrimientos espirituales e interiores, donde su identidad, sin quedar rota, de tal forma se ha oscurecido y ocultado, que sufre solo como hombre lo que no se puede sufrir sin Dios, sin el consuelo y apoyo divino.

Esto es un misterio dentro del misterio,ante el cual el ser humano ha de postrarse en adoración. Nadie como Cristo podrá comprender a los deprimidos y a los angustiados interiormente, a los que se quedan sin apoyos y referencias personales, a los que sufren las noches del alma y del espìritu.

Nuestra mirada se fija especialmente en la escena de la agonía en el huerto de los Olivos, donde todavía no se ha soltado ni el primer latigazo, ni el primer salivazo, ni clavado el primer clavo pero en la que siente una agonía, una soledad interior incomprensible e inexplicable para nosotros, que le lleva a buscar en la compañía de los hombres la ausencia de su Padre, en su conciencia humana, que le nubla la identidad de Hijo, por haberse hecho pecado por nosotros.

Jesùs, abrumado por la previsiòn de la prueba que le espera, se siente solo, sin autoconciencia de Hijo y le pide a Dios que si es pisible aleje de él la copa del sufrimiento.

Fijáos bien, lo dice él, que nos ha puesto como felicidad y meta cumplir siempre la voluntad del Padre. Y no encuentra eco, y lo repite varias veces porque El no tiene conciencia deque el Padre le escuche.

Quien no conoció pecado, se hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en èl (2Cor 5,21) Es decir, para que los hombres pecadores , que habían dejado de ver el rostro de Dios como Padre, volvieran a verlo así, El tuvo que dejar de verlo como Padre y como Hijo, tuvo que cargarse del rostro del pecado, que no tiene ojos para ver a Dios, ni alma ni sentimientos de Dios.

Nunca acabaremos de conocer la profundidad de este misterio. Es toda la amargura, soledad y aspereza de esta paradoja la que se refleja en el grito de dolor y soledad afectiva que sale de sus labios: Eloí, Eloí, lamá.... Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado.

¿ Es posible un sufrimiento mayor, una oscuridad más densa? Es verdad, sin embargo, que Jesús, al recitar este salmo 22, en sus palabras iniciales, sabe que termina con sentimientos de confianza: “ en tí esperaron nuestros padres, esperaron y tú los liberaste. ¡No andes lejos de mì, que la angustía está cerca, no hay para mì socorro!

El grito de Jesús en la cruz, queridos hermanos y hermanas, no es nunca el grito de un desesperado sino de su humanidad hecha pecado “abandonada” por el Padre y en el cual definitivamente El también se entrega sin sentir el gozo de su presencia. Por eso, repito, que su pasiòn fué sufrimiento atroz de alma, de espìritu, mucho más que de cuerpo, porque estuvo localizada en su interior,en su autoconciencia de uniòn profunda con el Padre, fuente de su paz y en la ausencia, causa de este grito de abandono. La presencia de estas dos dimensiones aparentemente irreconciliable está arraigada realmente en la profundidad insondable de su ser divino y humano.

Ante este misterio, además de la investigaciòn bíblica, que hemos intentado hacer, podemos encontrar una ayuda eficaz en aquel patrimonio teológico que es la teología vivida de los santos. Ellos nos ofrecen unas indicaciones preciosas que permiten acoger más fácilmente la intuiciòn de la fe, gracias a las luces particulares que han recibido del Espíritu Santo, pero sobre todo a través de las experiencias que ellos mismos han vivido en estos estados terribles del alma que la tradición mística describe como la noche oscura del alma, noche de fe, de amor y de esperanza, la noche del espíritu, el purgatorio en vida. En esta materia S. Juan de la Cruz es la màxima autoridad y nadie ha descrito mejor los sufrimientos de esta noche del espìritu.

Santa Teresa del Niño Jesús vivió su agonía en comunión con la de Jesús, verificando en sí misma la paradoja de Jesús: estar unida con Dios sin sentir esta presencia: “Nuestro Señor en el huerto de los Olivos gozaba de todas las alegrías de la Trinidad, sin embargo, su agonía no era menos cruel. Es un misterio pero le aseguro que de lo que yo misma pruebo, comprendo algo.

Ante este hecho del rostro doliente de Cristo, los sentimientos que brotan espontáneamente de nuestro corazón son de amor personal y abrazo fuerte con el Señor que tanto sufríó por nosotros, expresado un poco en el canto popular: Amante Jesús mío..... quíen al mirarte exánime, pendiente de una cruz,.... sentir compasión y lástima.

Un segundo sentimiento: se hizo pecado por mí..... También el canto popular: pequé, ya mi alma, sus culpas confiesa, mil veces me pesa de tanta maldad.

 

TRIDUO CUARESMAL:2º: CONTEMPLAR EL ROSTRO DEL RESUCITADO (2001)

 

QUERIDOS HERMANOS Y QUERIDAS HERMANAS: Ayer, como la Iglesia en el Viernes y Sábado santo, contemplábamos el rostro doliente de Cristo, ese rostro ensangrentado desde el espíritu hasta los poros de su rostro, en el cual se esconde la vida de Dios y se ofrece la salvación al mundo.

Pero este rostro doliente de Cristo no es el último y definitivo que contemplaron los Apóstoles y la Iglesia. El es el Resucitado. Si no fuese así, vana sería nuestra predicación y vana nuestra fe, como afirma S. Pablo en su primera carta a los Corintios. Jesús murió para que todos resucitásemos y nos llenásemos de la luz de su claridad nueva. La resurrección fué la respuesta del Padre a la obediencia de Cristo, como recuerda la carta a los Hebreos....”y aún siendo Hijo de Dios, con lo que padeció experimentó la obediencia; y llegado a la perfección, se convirtió en causa de salvación eterna para los que creen en El” (5,7-9)

En este segundo día del Triduo Cuaresmal vamos a contemplar el Rostro del resucitado. “Los discípulos se llenaron de alegría de ver al Señor” (Jn20,20) afirma S. Juan en su evangelio..El rostro que contemplaron los Apóstoles, después de la resurrección era el mismo de aquel Jesús con quien habían vivido unos tres años y que ahora los convencía de la verdad asombrosa de su nueva vida mostrándoles “las manos y el costado.”

A pesar de verlo así, no fué fácil para algunos el creer, porque en la pasión la sensación de fracaso y el miedo a morir con él fué muy fuerte. Ya sabéis la larga caminata de Jesús no sólo por la tierra sino también por el Antiguo Testamento para demostrarles que tenía que suceder así; solo creyeron después de un laborioso itinerario de espíritu. El apóstol Tomás solo creyó después de constatar el prodigio, que remató el Señor con la alabanza para los que creyeran sin haber visto Y es que en realidad, en el camino del encuentro con Cristo, aunque se viese y se tocase, solo la fe puede franquear el misterio de aquel rostro. Hay que trascender lo que se ve, hay que elevarse de lo visible a lo invisible, desde lo que se ve por la inteligencia o los ojos de la acarne hay que pasar a afirmar lo que no se entiende ni comprende en un principio, lo infinito y lo invisible, aunque tiene más luz que todo lo finito.

A Jesús no se llega verdaderamente más que por la fe, a través de un camino cuyas etapas nos presenta el evangelio repetidas veces. Quiero afirmar esto con dulzura y claridad a la a vez para tantas hermanas y hermanos que no acaban de dar el paso definitivo de la fe, del encuentro personal con Cristo, de la amistad personal con El. El salto de la fe, el salto a lo que no se ve, hay que darlo desde la oración y como Cristo en Getsemaní, sin pruebas y asideros humanos, afectivos o intelectuales de ningún tipo, hay que lanzarse al absoluto, fiados solo del que todo lo puede. El quiere este gesto de total abandono, sin honores, sin cargos, si nimbos de gloria, sin nada. Para llegar al Todo hay que dejarlo todo, hay que pisar  la nada. Me duele ver hermanos y hermanas que han cultivado su vida cristiana, incluso con servicios a la Iglesia en vocación sacerdotal o religiosa, pero que todavía no han dado el paso definitivo a la amistad con Cristo sin apoyos de ningún tipo, con la muerte del yo. Y así es como se pasa de lo que se ve de Cristo a lo que no se puede ver con la carne, del Cristo de la carne, de la historia al Verdadero, al Viviente, al Primero y el Ultimo, al que estuvo entre los muertos pero ahora vive por los siglos.

“ Y vosotros ¿quién decís que soy yo? Solo la fe, profesada por Pedro llega al corazón del misterio: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo (Mt.16,16) Y cómo llegó Pedro a esa fe? ¿ Que se nos pide a nosotros si queremos seguir de modo cada vez más convencido sus pasos? El evangelista Mateo nos da una indicación clarificadora en las palabras con que Jesús acoge la confesión de Pedro: “ No te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo.” La expresión carne y sangre evoca todo lo humano. Para pasar a El, el Señor exige dejar todos los conceptos y todas las seguridades humanas, racionales de mi inteligencia, comodidad, dinero... Estoy hablando para todos, pero especialmente para algunos de vosotros que han sentido esta llamada a las alturas. Todos estamos llamados, pero algunos ya tenéis mucho camino recorrido y me gustaría que llegáseis al encuentro, que pasáreis de la fe creída a la fe vivida, experimentada, al Resucitado, para que fuérais testigos del Viviente.

“No te lo ha revelado esto ni la carne ni la sangre..” La carne y la sangre evoca mi modo común de conocer, pensar y vivir, que he de dejar para que Dios Padre me revele a su Hijo, me dé la gracia de la Revelación de su Unigénito, el conocimiento verdadero y pleno de Cristo.

San Lucas nos da en esta escena del diálogo de Jesús con sus discípulo un dato que nos puede ayudar a comprender lo que estamos diciendo: Jesús preguntó a su discípulos después de haber orado a solas.(Cfr.Lc 9,18) Ambas indicaciones nos hacen tomar conciencia del hecho de que a la contemplación plena del Señor no llegamos solo con nuestras fuerzas, sino dejándonos guiar por la gracia. Solo la experiencia del silencio y de la oración, de los que hablaremos mañana, ofrece el horizonte adecuado en el que pueden madurar y desarrollarse el conocimiento más auténtico, fiel y coherente de aquel misterio, que tiene su expresión culminante en la solemne proclamación del evangelista Juan: “ Y la Palabra se hizo carne y puso su Morada entre nosotros y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo Único, lleno de gracia y de verdad” (Jn1,14)

“Queremos ver a Jesús” (Jn12,21). Esta petición, hecha, hecha al apóstol Felipe por algunos griegos que habían acudido a Jerusalén para la peregrinación pascual, es también nuestro deseo en estos días de preparación para la Pascua y en toda nuestra vida. Como aquellos peregrinos de hace dos mil años, también los hombres de nuestro tiempo, quizás no siempre conscientemente, nos piden a nosotros creyentes y apóstoles de Jesucristo no solo que les hablemos de Cristo sino en cierto sentido que se lo hagamos ver, que se lo mostremos. Este es el cometido de la Iglesia: reflejar la luz de Cristo en cada época y mostrar su rostro a las nuevas generaciones.

En la Carta Apóstolica “Al comienzo del nuevo milenío” dice el Papa a este respecto: “Nuestro testimonio será enormemente deficiente, si nosotros no fuéramos los primeros contempladores de su rostro.

Todo apóstol de Jesucristo, sea una madre o padre cristiano, que quiera transmitir y educar en la fe a su hijo, un seglar militante, un sacerdote, un obispo, cualquier cristiano que quiera conducir a Cristo a una persona, si quiere que su apostolado sea eficaz, debe contemplar todos los días este rostro del Resucitado, a no ser que quiera dar un rostro oscurecido y sin entusiasmo, menguado y desfigurado por las propias carencias y oscuridades. La fe es don de Dios que se transmite principalmente por contagio de los que experimentan al Viviente.

Quiero citar textualmente unas palabras del Papa referidas a todos, pero especialmente a los obispos y sacerdotes en las que nos anima a remar mar adentro en la contemplación del rostro de Cristo:

“En la causa del Reino no hay tiempo para mirar hacia atrás y menos para dejarse llevar por la pereza. Es mucho lo que nos espera y po eso tenemos que emprender una eficaz programación pastoral postjubilar.

Sin embargo, es importante que lo que nos propongamos, con la ayuda de Dios, esté fundado en la contemplación y en la oración. El nuestro es un tiempo de continuo movimiento, que a menudo desemboca en el activismo, con el fácil riesgo del “hacer por hacer”. Tenemos que resistir a esta tentación, buscando ser antes que hacer. Recordemos a este respecto el reproche de Jesús a Marta: “Tú te afanas y te preocupas por muchas cosas y sin embargo sólo una es necesaria.(Lc10,41,44) Con este espìritu antes de someter a vuestra consideración una líneas de acción, deseo haceros partícipes de algunos puntos de meditación, sobre el misterio de Cristo fundamente absoluto de toda nuestra acción pastoral.”

Está claro, queridos hermanos y hermanas, que si apostolado cristiano debe ser llevar las almas a Cristo, no toda acciòn, aunque la realice un obispo o un sacerdote, es apostolado. El activismo, que dice el Papa, el hacer por hacer, sin fundarnos en Cristo, aunque hablen de Cristo o sobre Cristo: predicaciones, acciones, grupos, reuniones... pueden no llevar a Cristo, no aumentar la vivencia de Cristo, no convertir nuestros corazones a Cristo, aunque tambièn hay que confesar que la culpa no siempre puede ser del pastor sino de los que escuchan.

El grito del salmista: “Señor, busco tu rostro, tu rostro buscaré, Señor” (Sal27,8) debe ser el grito vital y permanente de todo el que quiera vivir o transmitir la fe. En Cristo glorioso el Padre nos ha bendecido y ha hecho brillar su rostro sobre nosotros.(SAl67m3) Jesús es el hombre nuevo, el Viviente que llama a pacticipar de su vida divina a la humanidad redimida.

La Iglesia mira ahora a Cristo resucitado. Lo hace siguiendo los pasos de Pedro que lloró por haberle renegado y retomò su camino confesando, con comprensible temo,r su amor a Cristo: “Tu sabes todo, tu sabes que te quiero”(Jn21,15f) Lo hacemos unidos a Pablo que lo encontró cuando lo perseguía en el camino de Damasco y quedó impactado por El: “Para mí la vida es Cristo y la muerte una ganancia” “Todo lo considero basura comparado con el conocimiento de mi Señor Jesucristo, por El lo perdí todo...

Despues de dos mil años de estos acontecimientos, la Iglesia los vive como si hubieran sucedido hoy. En el rostro de Cristo, su esposa contempla su tesoro y su alegría. “Jesus dulcis memoria, dans vera cordis gaudia...”¿Cuan duce es el recuerdo de Jesús, fuente de verdadera alegría del corazón. La Iglesia, animada por esta experiencia, retoma hoy su camino para anunciar a Cristo al mundo, al inicio del tercer milenio.

 

(VSTETV)

 

TRIDUO CUARESMAL:3ºdia: CAMINAR DESDE CRISTO (2001)

 

QUERIDAS HERMANAS Y QUERIDOS HERMANOS: Es tanto y tan hermoso lo que dice el Papa en su carta apostólica “Al comienzo del tercer milenio”, en su capítulo tercero que titula: caminar desde Cristo, que sólo diré palabras suyas, palabras suyas que considero tan mías que alguno de vosotros pensará para sus adentros: el cura nos está diciendo otra vez lo mismo.

Porque lo mismo, lo que siempre os estoy predicando es lo que dice el Papa que debe  predicarse en las diócesis y en las parroquias y tener muy presente cuando traten de  organizarse las  actividades pastorales. No es vanidad, es afirmar una verdad que vosotros mismos   podéis comprobar un poco esta tarde y, sobre todo, si os decidís a leer esta Carta Apostòlica que estoy comentando.  Por eso, repito que solo diré ideas y palabras del Papa que considero tan mías que en ellas me encuentro perfectamente expresado y aprobado en mi predicación y en ser y actuar sacerdotal.

Comienza el Papa con un texto evangélico: “ He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fín del mundo.” (Mt 28,20) Esta certeza, hermanos, ha acompañado a la Iglesia durante dos milenios y debe acompañarla siempre porque es de donde debe sacar su renovado impulso de vida cristiana, haciendo además que sea la fuerza inspiradora de nuestro caminar creyente y apostólico. Conscientes de esta presencia del Resucitado entre nosotros, nos planteamos hoy la pregunta dirigida a Pedro por los que le escucharon el día de Pentecostés:

“ ¿Qué hemos de hacer , hermanos?(He2,37)

Nos lo preguntamos con confiado optimismo aunque sin minusvalorar los problemas. No nos satisface ciertamente la ingenua convicción de que haya una formula mágica para los grandes desafíos de nuestro tiempo. Y dice aquí el Papa con énfasis: No, no será un fórmula lo que nos salve, pero sí una Persona y la certeza que ella nos infunde: ¡Yo estoy con vosotros! Cuántas veces ha resonado esta verdad en nuestra parroquia: el cristianismo no son dogmas, ni preceptos ni liturgías ni el quinto ni el sexto mandamiento, el cristianismo es una persona: Jesucristo. O esta otra expresión: no nos salvará la política, ni la ciencia, ni el poder ni el dinero, solo hay un salvador: Jesucristo, quien se ha encontrado con él ha encontrado la vida y la fuente de la felicidad. Si no hay encuentro con El, no puede haber cristianismo auténtico.

Y sigue el Papa: no se trata de inventar ahora para la Iglesia universal o particular un programa. El programa ya existe. Es el de siempre, recogido por el Evangelio y la Tradiciòn viva. Se centra en definitiva en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar para vivir en él la vida divina y transformar con él la historia. Es un programa que no cambia al variar los tiempos y las culturas aunque deba tenerlas en cuenta para introducirse en ellas y transformarlas. Y a continuaciòn  pasa el Papa a señalar algunas prioridades pastorales que deben ser tenidas en cuenta en toda diócesis o parroquia cuando se quiera estar y trabajar y predicar en línea actual y evangélica.

 

PRIMERA PRIORIDAD APOSTÓLICA PARA TODA LA IGLESIA: LA SANTIDAD.

 

La santidad como tarea, como vida, como predicación.¿ Nos escucháis con frecuencia a los sacerdotes hablar de este tema, es esto lo que buscamos en nuestra reuniones o tareas apostólicas o caritativas...? El capìtulo V de la Constitución Dogmática Lumen Gentium sobre la Iglesia del Vaticano II está dedicado a la vocación universal a la santidad. Es una exigencia para todo bautizado. La santidad se nos da en el santo bautismo como un don de Dios y es una exigencia de la misma vida divina que se nos regala.

“Esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación” (1Tes.4,3) Es un compromiso que no afecta sólo a algunos cristianos. “Todos los cristianos, dice el Concilio. De cualquier clase y condición , están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfecciòn del amor.”

Recordar esta verdad elemental, poniéndola como fundamento de toda actividad podría parecer poco práctico. Qué puede significar, añade el Papa, esta palabra en una programación diocesana o parroquial? Responde: una diócesis o una parroquia programada desde y hacia la santidad es una opción llena de consecuencias. Significa, dice el Papa, que si el bautismo nos injerta en Cristo y nos hace templos de la Santísima Trinidad será un contrasentido separarnos y romper esta unión de vida y amor con Dios que es y se llama santidad cristiana. Romper esta uniòn de la gracia es llevar una vida contraria a Cristo y a su evangelio, una vida cristiana mediocre sin crecimiento en el amor y en las obras por El, una religiosidad superficial y una moral de mínimos. Quiero ser cristiano significa dejar entrar en mi corazón y en mi vida a Cristo y ponerse en el camino del Sermón de la Montaña: “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”. (Mt5,48)

Este ideal de vida y de santidad, como explicó el Concilio, no ha de ser malentendido como si implicase una especie de vida extraordinaria, practicable solo por algunos genios de la santidad. Los caminos de la perfección cristiana son múltiples y adecuados a la avocación de cada uno. La vida entera de las parroquias y de las familias cristianas deben ser orientadas sin temores y sin cobardías hacia la santidad. Es el momento de proponer a todos con convicción este alto grado de vida cristiana que es la santidad, con las formas tradicionales de dirección personal y de grupos.

Para esta enseñanza y pedagogía de santidad, es decir, para enseñar a ser santos y para dirigir a los hermanos hacia la santidad, es necesario, ante todo, inculcar el arte de la oración.

En la oración se desarrolla ese diálogo con Cristo que nos va convirtiendo en sus íntimos: “Permaneced en mí como yo en vosotros” (Jn15,4). Esta amistad mutua, esta relación personal es el fundamento mismo , el alma de la  vida cristiana y una condición indispensable para toda vida pastoral auténtica. La oración cristiana vivida ante todo en la liturgia eucarística pero también en la experiencia personal es el secreto de un cristianismo realmente vital, gozoso y experimentado

que no debe temer nada porque se halla cimentado en la misma fuente de la vida que es Cristo.

No es acaso un signo de los tiempos el que hoy a pesar del secularismo halla una renovada necesidad de orar? La gran tradición mística, tanto de Oriente como de Occidente, puede enseñarnos a todos cómo la oración, verdadero diálogo de amor con Dios puede hacernos adentrarnos en el misterio de Cristo hasta ser configurados y poseidos totalmente por El bajo el impulso del Espíritu Santo y abandonados filialmente en el corazón del Padre. “El que me ame, será amado por mi Padre y yo lo amaré y me manifestaré a él”(Jn14,21) El camino de la oración es un camino apoyado enteramente por la gracia, que exige un intenso compromiso espiritual, que abarca y compromete a la persona y a su vida entera, cuerpo y alma, pensamientos y acciones, y suponen unas purificaciones muy dolorosas que llegan hasta las raices del yo(la noche oscura) para llegar así a ser poseidos y habitados por la Santísima Trinidad y por tanto con el gozo del cielo ya en la tierra que los místicos llaman matrimonio espiritual. ¿Còmo no recordar aquí, entre tantos testimonios espléndidos, la doctrina de S. Juan de la Cruz y de S. Teresa de Jesús?

Sí, queridos hermanos y queridas hermanas, nuestras comunidades cristianas tienen que llegar a ser auténticas escuelas de oración, dice el Papa. Creo que nuestra parroquia camina entre dificultades en esta dirección aunque a veces algunos o algunas no lo comprendan y nos critiquen por favorecer los grupos de oración. Y sigue el Papa: Se equivoca quien piense que el común de los cristianos se puede conformar con una oración superficial, incapaz de llenar su vida. Hace falta que la educación en la oración se convierta de alguna manera en un punto determinante de toda programación pastoral. Cuánto ayudaría que no sólo en las comunidades religiosas, sino también en las parroquias nos esforzáramos más para que todo el ambiente espiritual estuviera marcado por la oración.

 

Y en este camino de prioridades  pastorales, santidad, oración, añade el Papa una tercera: LA EUCARISTIA DOMINICAL. Cuántas veces he predicado y tengo escrito en la Hoja Parroquial: SIN MISA DE DOMINGO NO HAY CRISTIANISMO. Si preguntáis a nuestros niños de primera comunión sobre esta verdad, solamente tenèis que decir: SIN MISA DE DOMINGO, y ellos añaden rápidamente: NO HAY PRIIMERA COMUNIÓN. Pues el Papa insiste en este sentido y yo esta tarde lo voy a hacer con palabras e ideas suyas. El mayor empeño de las parroquias se ha poner en la liturgia eucarística, cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza. “ Es preciso insistir en este sentido, dando un realce particular a la eucaristía dominical y al domingo mismo, sentido como día especial de la fe, día del Señor resucitado y del don del Espíritu, verdadera Pascua de la semana. Desde hace dos mil años, el tiempo cristiano está marcado por la memoria de aquel “primer día después del sábado” (Mc16,2.9) en el que Cristo resucitado llevó a los apóstoles el don de la paz y del Espíritu(cfr.Jn20,1) La verdad de la resurrección de Cristo es el dato originario sobre el que se apoya la fe cristiana, acontecimiento que es el centro del misterio del tiempo y que prefigura el último día, cuando Cristo vuelva glorioso.

Por tanto quisiera insistir, añade el Papa, en la línea de mi exhortación “dies Domini”, para que la participación en la Eucaristía sea, para cada bautizado, el centro del domingo. Es un deber irrenunciable que se ha de vivir no como un precepto sino como necesidad de una vida cristiana verdaderamente consciente y coherente.

La Eucaristía dominical, congregando semanalmente a los cristianos como familia de Dios en torno a la mesa de la Palabra y del Pan de Vida, es también el antídoto más natural contra la dispersión. Es un lugar privilegiado donde la común uniòn de los cristianos en una comunidad parroquial es anunciada y cultivada, es decir, la misa del domingo expresa a qué comunidad  pertenece cada uno y  cultiva esta pertenencia. Es sencillamente poner en pràctica lo que ya había dicho el Vaticano II: :”Ninguna comunidad cristiana se construye sin no tiene como raiz y quicio la celebraciòn de la santísima eucaristía.”  Frase que puse hace treinta años sobre la puerta del Cenáculo.

Termina el Papa diciendo: precisamente a través de la participaciòn eucarística, el domingo, día del Señor, se convierte también en el día de la Iglesia que puede desempeñar así de manera eficaz su papel de sacramento de unidad. Objetivando y concretando estas palabras, el papa nos viene a decir: Más que todos los grupos parroquiales, más que todas las obras de apostolado o de formación, más que todas las obras de caridad lo que construye y hace la parroquia es la misa del domingo. La misa del domingo, juntado a todos los cristianos en torno a la mesa de la palabra y de la Eucaristía, es la que hace la comunidad parroquial. Esto no lo afirmamos interesadamente los párrocos, lo dice el Papa, el Vaticano II y el evangelio.

 

 

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SANTIDAD CRISTOCENTRICA DEL SACERDOTE

(Malta, oct. 2004)

 

                                                            Juan Esquerda Bifet

Sumario:

 

Presentación: Línea cristocéntrica de la santidad del sacerdote, exigencia, posibilidad y ministerio

 

1. Llamados a ser transparencia de la vida y  de las vivencias de Cristo Buen Pastor

 

2. Llamados a ser maestros y forjadores de santos, enamorados de Cristo,

 

3. Algunas connotaciones sobre la santidad sacerdotal en el inicio del tercer milenio

 

Líneas conclusivas

 

                                        * * *

Presentación: Línea cristocéntrica de la santidad del sacerdote, exigencia, posibilidad y ministerio

 

       El título de nuestra reflexión ("santidad cristológica del sacerdote") nos sitúan en una actitud relacional con Cristo Resucitado, siempre presente en nuestro caminar histórico y eclesial. Si decimos "santidad", nos referimos al deseo profundo de Cristo de ver en nosotros su expresión, su signo personal, su transparencia: "He sido glorificado en ellos... Santifícalos en la verdad: tu Palabra es verdad... Yo por ellos me santifico a mí mismo, para que ellos también sean santificados en la verdad" (Jn 17, 10.17.19). La dimensión cristocéntrica o cristológica es connatural a la santidad cristiana y sacerdotal.

 

       Ser sacerdote y, al mismo tiempo, no ser o no desear ser santo, sería una contradicción teológica, puesto que el ser y el obrar sacerdotal, como participación y prolongación del ser y del obrar de Cristo, comportan la vivencia de lo que somos y de lo que hacemos. Esta santidad sacerdotal es posible.[40]

       La "santidad" hace referencia a la realidad divina, porque sólo Dios es el "tres veces Santo" (Is 6,3), el Trascendente, Dios Amor. Jesús es la expresión personal del Padre (cfr. Jn 14,9). Los cristianos estamos llamados a ser "expresión" de Cristo, "hijos en el Hijo" (Ef 1,5; cfr. GS 22).

 

       Nosotros, sacerdotes, ministros ordenados, somos la expresión o signo personal y sacramental de Jesús Sacerdote y Buen Pastor. La santidad tiene sentido "relacional", de pertenecer afectiva y efectivamente a aquél que por excelencia es el Santo. Somos "servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios" (1Cor 4,1). El sacerdote ministro es "hombre de Dios" (1Tim 6,11).

 

       La "santidad" del sacerdote tiene, pues, dimensión cristocéntrica o cristológica. Precisamente por ello tiene también dimensión trinitaria, pneumatológica, eclesiológica y antropológica. La dimensión cristológica de la santidad sacerdotal es, consecuentemente, mariana, contemplativa y misionera. Se trata, pues, un cristocentrismo inclusivo, no excluyente, puesto que queda abierto a todas las dimensiones teológicas, pastorales y espirituales. Por el "carácter" o gracia permanente del Espíritu Santo, recibida en el sacramento del Orden, participamos de la unción sacerdotal de Cristo (enviado por el Padre y el Espíritu), prolongamos su misma misión en la Iglesia y en el mundo, y, consecuentemente, estamos llamados a vivir en sintonía con las mismas vivencias de Cristo.

 

       Con esta perspectiva cristológica, hablar de santidad no es, pues, hablar de un peso, sino de una declaración de amor, experimentada y aceptada afectiva y responsablemente. Debemos y podemos ser santos y ayudar a otros a ser santos, por lo que somos y por lo que hacemos, es decir, por la participación en la consagración de Cristo y por la prolongación de su misma misión. Cristo nos ha elegido por su propia iniciativa amorosa (cfr. Jn 15,16) y, consecuentemente, nos ha capacitado para poder responder con coherencia a este mismo amor. Nuestra vida está llamada a la santidad y es, al mismo tiempo, ministerio de santidad. Somos forjadores de santos.[41]

       Decidirse a ser "santos" no significa más que comprometerse a ser coherentes con la exigencia de relación personal con Cristo, que incluye el compartir su misma vida, imitarle, transformarse en él, hacerle conocer y amar. Ello equivale a "mantener la mirada fija en Cristo" (Carta del Jueves Santo 2004, n.5), para poder pensar, sentir, amar, obrar como él. "La referencia a Cristo es, pues, la clave absolutamente necesaria para la comprensión de las realidades sacerdotales" (PDV 12). Esta santidad es posible.[42]

 

 

1. Llamados a ser transparencia de la vida y  de las vivencias de Cristo Buen Pastor

 

       La dimensión cristocéntrica de la santidad sacerdotal nos sitúa en una profunda relación de amistad con Cristo. Hemos sido llamados por iniciativa suya (cfr. Jn 15,16). Nos ha llamado uno a uno, por el propio "nombre", para poder participar en su mismo ser de Sacerdote-Víctima, Pastor, Esposo, Cabeza y Siervo.[43]

 

       Esta dimensión cristocéntrica ayuda a entrar en la dinámica interna de la propia identidad: estamos llamados para un encuentro que se convierte en relación profunda, se concreta en seguimiento para compartir su mismo estilo de vida, se vive en fraternidad (comunión) con los otros llamados y orienta toda la existencia a la misión. Así, pues, en esta santidad van incluidos todos los aspectos de la vocación: encuentro, seguimiento, fraternidad y misión evangelizadora.

 

       La dinámica relacional se basa en una realidad ontológica: participamos en su ser (consagración), prolongamos su obrar (misión) y vivimos en sintonía con sus mismos sentimientos y actitudes, según la expresión paulina: "Tened los mismos sentimientos de Cristo Jesús" (Fil 2,5).

 

       Sin el deseo de corresponder vivencialmente a esta relación con Cristo, no se podría captar la dinámica apostólica y sacerdotal que incluye el "encuentro" y la "misión". Nos ha llamado para "estar con él" y para enviarnos a "predicar" (Mc 3,14).

 

       Si se quiere hablar de la "identidad" o de la propia razón de ser, ello equivale a encontrar el sentido de la propia existencia vocacional. Es relativamente fácil hacer elucubraciones sobre la identidad. Pero a la luz del evangelio, aparece claramente que se trata de la vivencia de lo que somos y hacemos: "Vosotros daréis testimonio, porque estáis conmigo desde el principio" (Jn 15,27). Cuando a Juan Bautista le preguntaron sobre su "identidad", no cayó en la trampa de responder con elucubraciones y teorías, sino que indicó una persona que daba sentido a su existencia y a su obrar: "Yo soy la voz... En medio de vosotros está uno a quien vosotros no conocéis" (Jn 1,23.26).[44]

 

       Muchas cuestiones cristianas, que parecen problemáticas, dejan de serlo cuando se afrontan desde un "conocimiento de Cristo vivido personalmente" (VS 88). Hablar de santidad sacerdotal, sin partir de la propia experiencia de encuentro y seguimiento de Cristo, es abocarse al fracaso o a discusiones estériles. La santidad sacerdotal sólo se capta desde la persona de Cristo profundamente amada y vivida: "Si alguno me ama... yo le amaré y me manifestaré a él" (Jn 14,21).

 

       Desde esta perspectiva vivencial, que no excluye, sino que necesita el apoyo de la reflexión teológica sistemática, la palabra "santidad" pasa a ser una realidad de gracia que forma parte del proceso de configuración con Cristo. Cuando uno se sabe amado por Cristo, lo quiere amar y hacerlo amar. Es decir, quiere entregarse con totalidad al camino de santidad y de misión.[45]

       La decisión de ser "santos" es la respuesta a la declaración de amor por parte de Cristo: "Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor" (Jn 15,9). Para discernir si uno avanza decididamente por este camino de santidad, podrían tomarse tres líneas de fuerza: No sentirse nunca solos (cfr. Mt 28,20), no dudar de su amor (cfr. Jn 15,9), no anteponer nada a Cristo.[46]

       Los matices de nuestra santidad, en su dimensión cristocéntrica o cristológica, dicen relación con cada uno de los títulos bíblicos de Cristo (que hemos recordado antes) y, consiguientemente, urgen al sacerdote a la vivencia de sus ministerios, como expresión de su "caridad pastoral", es decir, como vivencia de la misma caridad del Buen Pastor. En este sentido, el concilio Vaticano II resume la santidad sacerdotal con esta perspectiva: "Los presbíteros conseguirán propiamente la santidad ejerciendo su triple función sincera e infatigablemente en el Espíritu de Cristo" (PO 13).

 

       Se trata de transparentar a Cristo en el momento de anunciarle, celebrarle, prolongarle... Toda la acción pastoral es eminentemente cristológica y es también una urgencia y una posibilidad de ser santos. Anunciamos a Cristo, lo hacemos presente y lo comunicamos a los demás, viviendo lo que somos y lo que hacemos. La dimensión cristológica de la santidad sacerdotal es, pues, de línea profética (anunciar a Cristo), litúrgica (hacer presente a Cristo), diaconal (servir a Cristo en los hermanos).

 

       El modelo apostólico de los Doce, es el punto de referencia obligado de la santidad sacerdotal, como algo específico. Es la "Vida Apostólica", es decir, el seguimiento radical de Cristo Buen Pastor, a ejemplo de los Apóstoles. Quienes somos sucesores de los Apóstoles (aunque en grado distinto), estamos llamados a vivir esta referencia evangélica.[47]

 

       La "Vida Apostólica" o "Apostolica vivendi forma", que resume el estilo de vida de los Apóstoles, se concreta en el seguimiento evangélico (cfr. Mt 19,27), la fraternidad o vida comunitaria (cfr. Lc 10,2) y la misión (cfr. Jn 20,21; Mt 28,19-20).[48]

       El camino de la santidad sacerdotal se recorre dejándose conquistar por el amor de Cristo, a ejemplo de S. Pablo: "No vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí... vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Gal 2,20). Y es este mismo amor el que urge a la misión: "El amor de Cristo me apremia" ( 2Cor 5,14).

 

       El cristocentrismo de San Pablo arranca de la fe como encuentro con Cristo, "el Hijo de Dios" (Hech 9,20), "el Salvador" (Tit 1,3), quien "fue entregado por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación" (Rom 4,25). Cristo "vive" (Hech 25,19) y habita en el creyente (cfr. Fil 1,21), comunicándole la fuerza del Espíritu que le hace hijo de Dios (cfr. Gal 4,4-7; Rom 8,14-17). Por el bautismo, el cristiano queda configurado con Cristo (cfr. Rom 6,1-5). Pablo vive de esta fe. Desde su encuentro inicial con el Señor, Pablo aprendió que Cristo vive en todo ser humano y, de modo especial, en su comunidad eclesial, a la que él describe como "cuerpo" o expresión de Cristo (cfr. 1Cor 12,26-27), "esposa" o consorte (cfr. Ef 5,25-27; 2Cor 11,2) y "madre" fecunda de Cristo (cfr. Gal 4,19.26).

 

       Las renuncias sacerdotales quedan resumidas en la expresión de San Pedro: "Lo hemos dejado todo y te hemos seguido" (Mt 19,27). La renuncia total no sería posible ni tendría sentido, sin el "seguimiento" como encuentro y amistad. La "soledad llena de Dios" (de que hablaba Pablo VI en la enc. Sacerdotalis Coelibatus), es, para el sacerdote ministro, el redescubrimiento de una presencia y de un amor más hermoso y profundo: "No tengas miedo ... porque yo estoy contigo" (Hech 18,9-10).[49]

 

       Cristo nos lleva en su corazón, desde el primer momento de su ser en cuanto hombre. Si el misterio del hombre sólo se descifra en el misterio Cristo, cada ser humano tiene en su propia vida huellas de ese amor: "En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado... El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre" (GS 22). En esta perspectiva antropológico-cristiana, a la luz de la Encarnación, el sacerdote ministro se siente interpelado por unas vivencias de Cristo, que amó a "los suyos" (Jn 13,1) y los presentó cariñosamente ante el Padre: "los que tú me has dado" (Jn 17,2ss), "los has amado como a mí" (Jn 17,23).

 

       La llamada apostólica ("venid", "sígueme") trae consigo relación, imitación y configuración con Cristo. Si uno quiere ser consecuente con esta actitud relacional comprometida, que llamamos "santidad" (como trasunto de la caridad del Buen Pastor y, así mismo, reflejo de Dios Amor), en todas las circunstancias de su vida encontrará huellas de una presencia que sobrepasa el sentimiento de ausencia: "Estaré con vosotros" (Mt 28,20). El decreto Presbyterorm Ordinis recuerda esta presencia, que es fuente de santidad y de gozo pascual: "Los presbíteros nunca están solos en su trabajo" (PO 22).[50]

 

       La dimensión cristológica de la santidad es, por ello mismo, dimensión eucarística. "Hemos nacido de la Eucaristía... El sacerdocio ministerial tiene su origen, vive, actúa y da frutos «de Eucharistia»... No hay Eucaristía sin sacerdocio, como no existe sacerdocio sin Eucaristía" (Carta del Jueves Santo, 2004, n.2).[51]

 

       Para garantizar la dimensión cristológica de la santidad sacerdotal, es necesario relacionarla con la dimensión mariana. Cristo Sacerdote y Buen Pastor no es una abstracción, sino que ha nacido de María Virgen y la ha asociado a su obra redentora. María, Madre de Cristo Sacerdote y Madre nuestra, ve en cada uno de nosotros un "Jesús viviente" (según la expresión de S. Juan Eudes), es decir, con palabras del concilio, "instrumentos vivos de Cristo Sacerdote" PO 12), que quieren vivir "en comunión de vida" con ella como el discípulo amado (cfr. RMa 45, nota 130). Necesitamos vivir nuestra dimensión sacerdotal cristológica "en la escuela de María Santísima" (Carta del Jueves Santo, 2004, n.7).[52]

       La dimensión cristológica de la santidad sacerdotal incluye el amor leal, sincero e incondicional a la Iglesia. Es, pues, dimensión eclesiológica. El apóstol Pablo, al invitarnos a configurarnos con Cristo, nos insta a vivir de sus mismos sentimientos (cfr. Fil 2,5) y de sus mismos amores: "Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella" (Ef 5,25). "Para todo misionero y toda comunidad la fidelidad a Cristo no puede separarse de la fidelidad a la Iglesia" (RMi 89).

 

2. Llamados a ser maestros y forjadores de santos, enamorados de Cristo

 

       Nuestra llamada a la santidad incluye el compromiso ministerial de ayudar a los fieles a emprender el mismo itinerario de santificación. Se trata del "ministerio y función de enseñar, de santificar y de apacentar la grey de Dios" (PO 7), como colaboradores de los obispos. Por esto, "la perspectiva en la que debe situarse el camino pastoral es el de la santidad" (NMi 30). La dimensión cristocéntrica de la santidad se concreta necesariamenten en dimensión eclesiológica.

 

       En realidad, de la santidad de los sacerdotes depende, en gran parte la santidad, renovación y misionariedad de toda la comunidad eclesial. Así lo afirma el concilio Vaticano II: "Este Sagrado Concilio, para conseguir sus propósitos pastorales de renovación interna de la Iglesia, ­de difusión del Evangelio por todo el mundo y de diálogo con el mundo actual, exhorte vehementemente a todos los sacerdotes a que, usando los medios oportunos recomendados por la Iglesia, se esfuercen siempre hacia una mayor santidad, con la que de día en día se conviertan en ministros más aptos para el servicio de todo el Pueblo de Dios" (PO 12).

 

       Toda la acción pastoral tiende a construir la comunidad eclesial como reflejo de la Trinidad, por un proceso de unificación del corazón según el amor, que hace posible llegar a ser "un solo corazón y una sola alma" (Hech 4,32). Entonces, se construye la Iglesia como "misterio", es decir, como pueblo "congregado en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo" (LG 4). Es misterio de comunión misionera. "La santidad se ha manifestado más que nunca como la dimensión que expresa mejor el misterio de la Iglesia. Mensaje elocuente que no necesita palabras, la santidad representa al vivo el rostro de Cristo" (NMi 7)

       La acción ministerial profética, litúrgica y diaconal, además de ser el medio y el lugar privilegiado de la propia santificación, es la palestra para orientar a toda la comunidad eclesial por el camino de la santidad. Los ministerios son servicios que construyen una escuela de santidad y de comunión eclesial. Somos llamados a ser moldeadores de santos.

 

       Nuestra vida sacerdotal se puede resumir en la acción ministerial eucarística: "Esto es mi cuerpo... ésta es mi sangre" (Mt 26,26.28). En este momento obramos en nombre de Cristo y nos transformamos en él. Pero esta acción ministerial eucarística incluye el anuncio (profetismo) y la comunión (diaconía). Es más, la eficacia de las palabras del Señor no sólo llega hasta lo más hondo de nuestro ser, transformándolo, sino que también va pasando a toda la Iglesia y a toda la humanidad.

 

       A la luz de este servicio ministerial (en relación con el cuerpo eucarístico y con el cuerpo místico de Cristo), todo se puede reducir la urgencia de ser santos y hacer santos, como consecuencia del mandato eucarístico: "Haced esto en memoria mía" (Lc 22,19; 1Cor 11,24). Es la tarea de anunciar, celebrar y comunicar a Cristo. La transformación eucarística del pan y del vino en el cuerpo y la sangre de Cristo, penetra el ser y el obrar sacerdotal, para pasar a la Iglesia y a la humanidad entera. El encargo de Cristo a los sacerdotes pone "el cuño eucarístico en su misión" (Carta del Jueves Santo, 2004, n.3). Por la Eucaristía, somos forjadores de santos.[53]

 

       La entrega apostólica de Pablo tiene esta característica de "completar" a Cristo por amor a su Iglesia (cfr. Col 1,24), y de preocuparse "por todas las Iglesias" (2Cor 11,28). En la doctrina paulina, la vocación cristiana es elección en Cristo (cfr. Ef 1,3), para ser "gloria" o expresión suya por una vida santa (Ef 1,4-9), comprometida en la misión de "recapitular todas las cosas en Cristo" (Ef 1,10) y marcada con "el sello del Espíritu" (Ef 1,13). Es vida unida a la oblación de Cristo (cfr. Fil 2,5-11), por participar en el sacrificio eucarístico que hace presente la oblación del Señor, "hasta que vuelva" (cfr. 1Cor 11,23-26). Pablo es forjador de santos (cfr. Gal 4,19).[54]

 

       El sentido esponsal del ministerio tiende a construir la Iglesia santa, como esposa de Cristo, santificada por su amor esponsal: "Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la palabra, y presentársela resplandeciente a sí mismo; sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada" (Ef 5,25-27).

 

       Hacer santa a la comunidad eclesial, equivale a hacerla misionera y "madre", es decir, instrumento de vida en Cristo para los demás. Entonces la Iglesia "ejerce por la caridad, por la oración, por el ejemplo y por las obras de penitencia una verda­dera maternidad respecto a las almas que debe llevar a Cristo" (PO 6).

 

       Si se anuncia la Palabra, es para llamar a un actitud de escucha, de conversión y de respuesta generosa por parte de los creyentes. La predicación de la Palabra congrega al pueblo de Dios para construirlo en la caridad. Por esta predicación, se tiende a "invitar a todos instantemente a la conversión y a la santidad" (PO 4).

 

       La celebración de la Eucaristía y de los sacramentos en general, en el ámbito del año litúrgico, es una llamada a todos los fieles para hacer de su vida una oblación en unión con Cristo: "De esta forma son invitados y estimulados a ofrecerse a sí mismo, sus trabajos y todas las cosas creadas juntamente con El" (PO 5).

 

       La acción ministerial de orientar, animar y regir a la comunidad, siempre con espíritu de servicio, tiene el objetivo de "que cada uno de los fieles sea conducido en el Espíritu Santo a cultivar su propia vocación según el Evangelio, a la caridad sincera y dili­gente y a la libertad con que Cristo nos liberó" (PO 6).

 

       En los tres ministerios se tiende a formar a Cristo en los creyentes, por un proceso de santificación que es transformación de criterios, escala de valores y actitudes, en vistas a relacionarse con Cristo, imitarle y transformarse en él. Así resume San Pablo su actuación santificadora: "¡Hijos míos!, por quienes sufro de nuevo dolores de parto, hasta ver a Cristo formado en vosotros" (Gal 4,19); "celoso estoy de vosotros con el celo de Dios, pues os tengo desposados con un solo esposo para presentaros cual casta virgen a Cristo" (2Cor 11,2).

 

       Nuestro ministerio consiste en ser "instrumentos vivos de Cristo Sacerdote" (PO 12). Por ello mismo, somos servidores de una Iglesia llamada a la santidad. El capítulo quinto de la Lumen Gentium es una pauta para el itinerario de santificación: existe una llamada universal de la Iglesia a la santidad (LG 39-42), que consiste en la "perfección de la caridad", y que se realiza en la vida cotidiana según el propio estado de vida, usando los medios adecuados para conseguir este objetivo (LG cap.VI, nn.39-42). Así, pues, "todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad" (LG 40).

 

       El bautismo es, por su misma naturaleza, una llamada y una posibilidad de santidad: pensar, sentir, amar y obrar como Cristo. "El bautismo es una verdadera entrada en la santidad de Dios por medio de la inserción en Cristo y la inhabitación de su Espíritu" (NMi 31). El compromiso fundamental de quien se bautiza consiste en la decisión de hacerse santo por "el camino del Sermón de la Montaña: « Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial » (Mt 5,48)" (NMi 31).

 

       La experiencia del propio encuentro personal con Cristo y del seguimiento evangélico, según la pauta de las bienaventuranzas, es la mejor preparación para poder acompañar a otros por el mismo camino de santificación, que, como hemos indicado, es camino de relación con Cristo, imitación y transformación en él. El sacerdote es maestro de contemplación, de perfección, de comunión y de misión.

 

       El tema de la santidad sacerdotal en su dimensión cristocéntrica, aparece en todas las figuras sacerdotales de la historia. Estos santos sacerdotes fueron maestros y modelos de santidad sacerdotal y cristiana. Algunos santos sacerdotes han dejado escritos sobre la vida y ministerio del sacerdote. En su primera carta del Jueves Santo (1979), Juan Pablo II invita a inspirarse en las figuras sacerdotales de la historia: "Esforzaos en ser los maestros de la pastoral. Ha habido ya muchos en la historia de la Iglesia. ¿Es necesario citarlos? Nos siguen hablando a cada uno de nosotros, por ejemplo, San Vicente de Paúl, San Juan de Ávila, el Santo Cura de Ars, San Juan Bosco, Beato (ahora ya santo) San Maximiliano Kolbe y tantos otros. Cada uno de ellos era distinto de los otros, era él mismo, era hijo de su época y estaba al día con respecto a su tiempo. Pero «el estar al día» era una respuesta original al Evangelio, una respuesta necesaria para aquellos tiempos, era la respuesta de la santidad y del celo".[55]

3. Algunas connotaciones sobre la santidad sacerdotal en el inicio del tercer milenio

 

       La santidad constituye el "fundamento de la programación pastoral que nos atañe al inicio del nuevo milenio" (NMi 31). Esta afirmación de Juan Pablo II es un reto para la vida y ministerio sacerdotal. Estamos llamados a ser santos y a construir comunidades como escuela de santidad y comunión.

 

       En una sociedad "icónica", que pide signos, se necesita construir una Iglesia que transparente las bienaventuranzas como "autorretrato de Cristo" (VS 16). Efectivamente, "el hombre contemporáneo cree más en los testigos que en los maestros... el testimonio de vida cristiana es la primera e insustituible forma de misión" (RMi 42). Quienes hoy se sienten llamados a la fe cristiana, manifiestan "el deseo de encontrar en la Iglesia el Evangelio vivido" (RMi 47).

 

       Urge, pues, presentar la figura del sacerdote como expresión de la vida del Buen Pastor. San Pablo se consideraba "olor de Cristo" (2 Cor, 2,15). El Señor nos describe como su "expresión" o su "gloria": "He sido glorificado en ellos" (Jn 17,10). Nuestra identidad sacerdotal consiste en ser "prolongación visible y signo sacramental de Cristo" Sacerdote y Buen Pastor (PDV 16).[56]

 

       No se trata de un signo meramente externo, sino de una realidad ontológica (transformación en Cristo), que necesariamente tiene que manifestarse en el testimonio. Al mismo tiempo, esta realidad se hace vivencia personal y comunitaria, para poder decir como San Pedro el día de Pentecostés y repetidamente en sus discursos: "Nosotros somos testigos" (Hech 2,32; 3,15; 5,32; 10,39). Es, pues, relación, imitación, transformación en Cristo, que se convierte en su transparencia.

 

       El mundo de hoy pide testigos de la experiencia de Dios (cfr. EN 76; RMi 91). Todo apóstol y de modo especial el sacerdote, debe poder decir como San Juan: "Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos" (1Jn 1,3). El Espíritu Santo, recibido especialmente el día de ordenación, capacita para transmitir a los demás la propia experiencia de Jesús.[57]

 

       El inicio del tercer milenio es una invitación acuciante a ser signos transparentes y eficaces del Buen Pastor. La Palabra, la Eucaristía, los sacramentos y la acción pastoral, nos moldean como expresión de Cristo y como signos santificadores.

 

       Según mi experiencia de encuentros sacerdotales en diversas latitudes y culturas, he llegado a la convicción de que en estos años del inicio del tercer milenio, puede tener lugar un resurgir sacerdotal si se redescubren los enormes tesoros doctrinales de los documentos conciliares y postconciliares (que, a su vez, recogen una historia milenaria de gracia). El día en que todo neo-sacerdote haya leído y se haya formado en estos documentos, ciertamente habrá una gran renovación de vida y de vocaciones sacerdotales, por el hecho de haber redescubierto "un tesoro escondido", como es la "mística" de la propia espiritualidad sacerdotal específica.[58]

 

       El Papa Juan Pablo pide elaborar un proyecto de vida sacerdotal en el Presbiterio, que abarque todas estas facetas (cfr. PDV 79). Sólo siendo fieles al proceso de santidad, llegaremos a ser sacerdotes para una nueva evangelización (cfr. PDV 2, 9-10, 17, 47, 51, 82. Directorio 98).[59]

       Cuando Juan Pablo II nos recuerda a los sacerdotes las líneas de nuestra santidad, nos indica la relación entre la consagración y la misión como binomio inseparable: "La consagración es para la misión" (PDV 24).

 

       Se podría hablar del "carisma" apostólico y sacerdotal de Juan Pablo II, concretado en la dinámica evangélica: del encuentro, a la misión. Me parece que esta es la clave para entender sus documentos, a partir del primer momento de su pontificado, cuando  dijo: "Abrid las puertas a Cristo". Sus encíclicas, exhortaciones apostólicas, cartas del Jueves Santo y mensajes, ofrecen la armonía entre la consagración (como entrega totalizante a los planes de Dios) y la misión (como cercanía al hombre y a la realidad concreta). Pero esta dinámica es relacional: del encuentro con Cristo, se pasa al seguimiento de Cristo y al anuncio de Cristo.[60]

 

       Las cartas del Jueves Santo (desde 1979 hasta 2004) son una herencia apostólica, a modo de testamento sacerdotal de Juan Pablo II, que podrían resumirse en la letanía dirigida a Cristo Sacerdote, en que se pide "Pastores según su Corazón" (Letanía, citada en Carta del Jueves Santo 2004, n.7).

 

       Las cinco Exhortaciones Apostólicas Postsinodales continentales son una llamada a la santidad, que se concreta en un proceso de pastoral "inculturalizada", en las circunstancias históricas y geográficas. A esta tarea de santificación estamos llamados especialmente los sacerdotes. Es la primera vez en la historia, que se recoge la aportación de todas las Iglesias de esta manera tan concreta, como es la celebración de unos Sínodos Episcopales (continentales) con sus respectivas Exhortaciones Postsinodales.[61]

       Especialmente es acuciante, en estas Exhortaciones continentales, la llamada a la santidad respecto a los sacerdotes y personas consagradas: "Por el sacramento del Orden, que los configura a Cristo Cabeza y Pastor, los Obispos y sacerdotes tienen que conformar toda su vida y su acción con Jesús" (Ecclesia in Europa 34)[62]. "Europa necesita siempre la santidad, la profecía, la actividad evangelizadora y de servicio de las personas consagradas" (Ecclesia in Europa 37).[63]

 

       La propia identidad sacerdotal podrá ser comprendida y asimilada, si se vive como signo personal y sacramental del Buen Pastor, reconociendo que se tiene una espiritualidad sacerdotal específica entusiasmante. Es el gozo de ser y sentirse signo de Cristo, aquí y ahora, con el propio Obispo, en la propia Iglesia particular, en el propio Presbiterio, al servicio de la Iglesia local y universal, inspirándose en las figuras sacerdotales de la historia y también, cuando uno se siente llamado, haciendo referencia a carismas particulares más concretos de vida religiosa o asociativa.

 

       La diocesaneidad incluye toda esta historia de gracia, que es una herencia apostólica. Sin la relación personal y comunitaria con Cristo Sacerdote y Buen Pastor, la espiritualidad sacerdotal diocesana no encontraría su propia pista de aterrizaje. Se es sacerdote, signo del Buen Pastor, en el aquí y ahora de la propia Iglesia particular, presidida siempre por un sucesor de los Apóstoles (en comunión con el Sumo Pontífice y la Colegialidad Episcopal), quien concreta para sus sacerdotes las líneas evangélicas del seguimiento de Cristo.[64]

 

       Una línea característica de la espiritualidad cristiana y sacerdotal en el inicio del tercer milenio, es la esperanza, que presupone la fe y se tiene que concretar en la caridad. Hoy es posible ser santos y apóstoles. Es posible evangelizar en las situaciones nuevas, porque tenemos gracias nuevas. Pero se necesitan apóstoles renovados.[65]

 

       En la espiritualidad y santidad sacerdotal, este tono de esperanza se traduce en "gozo pascual" (PO 11). La vida del apóstol refleja el gozo pascual, también en los momentos de dificultad, dando testimonio de la esperanza cristiana: "El misionero es el hombre de las Bienaventuranzas... Viviendo las Bienaventuranzas el misionero experimenta y demuestra concretamente que el Reino de Dios ya ha venido y que él lo ha acogido" (RMi 91). Es el gozo de hacer "pasar" o de transformar el sufrimiento en amor de donación, como herencia que nos ha dejado Jesús en la última cena (cfr. Jn 15, 11; 17, 13).

 

Líneas conclusivas

 

       La santidad sacerdotal es esencialmente de dimensión cristológica, que, por ello mismo, se abre a la dimensión trinitaria, pneumatológica, eclesiológica y antropológica. Precisamente la caridad pastoral, como trasunto de la vida del Buen Pastor, tiene esta orientación hacia los planes del Padre (cfr. Jn 10,18) y sigue las pautas de la acción del Espíritu Santo (cfr. Lc 10,1.14.18): "A Jesús de Nazaret, Dios le ungió con el Espíritu Santo y con poder, y pasó haciendo el bien" (Hech 10,38).

 

       La consagración sacerdotal del ministro ordenado, por ser participación en la consagración sacerdotal de Cristo para prolongar su misma misión, enraiza en el ámbito del misterio de la Encarnación del Verbo: "En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado... El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre" (GS 22).

 

       Por ser signo personal y comunitario de Cristo Sacerdote y Buen Pastor, los sacerdotes somos expresión de su amor para con todos y cada uno de los redimidos. El contacto del sacerdote con cualquier ser humano, debe ser un anuncio y testimonio de ese amor, para que todos se sientan amados por Cristo y capacitados para amarle a él y, con él, a todos los demás hermanos. La vida sacerdotal es una invitación misionera y vivencial, como expresión testimonial de este anuncio: Dios te ama, Cristo ha venido por ti.

 

       La dimensión cristológica de la santidad sacerdotal hace recordar la realidad del "martirio", como parte integrante del "kerigma" o primer anuncio. Hemos sido elegidos para ser "testigos" ("mártires") del crucificado y resucitado: "Nosotros somos testigos" (Hech 2,32), "y también el Espíritu Santo que ha dado Dios a los que le obedecen" (Hech 5,32). El recuerdo de la figura sacerdotal del mártir San Maximiliano Kolbe, indica esta línea de caridad pastoral oblativa.[66]

 

       El "gozo pascual" (PO 11) puede resumir todos los contenidos de la dimensión cristocéntrica de la santidad sacerdotal. En realidad, es el gozo de las "bienaventuranzas" y del "Magníficat", por el hecho de saberse amado por Cristo y potenciado para amarle y hacerle amar. Es participación en el mismo gozo de Cristo (cfr. Lc 10,21). Es el gozo que nos dejó el Señor como herencia (Jn 15,11; 16,22.24; 17,13). Es el gozo que nace del encuentro permanente con él. Cuando, en el Cenáculo, los Apóstoles eligieron a Matías, resumieron la pauta de una vida sacerdotal y apostólica: uno que hubiera estado con el Señor, para ser testigo gozoso de su resurrección (cfr. Hech 1,22). Es el gozo de Pablo: "Estoy lleno de consuelo y sobreabundo de gozo en todas mis tribulaciones" (2Cor 7,4).

 

       La dimensión cristocéntrica o cristológica de la santidad sacerdotal se traduce en:

 

- Declaración mutua de amor, como elección y llamada:

 

       "Como el Padre me amó, yo también os he amado; permaneced en mi amor" (Jn 15,9); "Yo os he elegido a vosotros" (Jn 15,16); "vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Gal 2,20).

 

- Relación de encuentro, amistad, intimidad, contemplación:

 

       "Estuvieron con él" (Jn 1,39); "instituyó Doce, para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar" (Mc 3,14); "vosotros sois mis amigos" (Jn 15,14); "estaré con vosotros" (Mt 28,20); "mi vida es Cristo" (Fil 1,21).

 

- Relación de pertenencia:

 

       "Habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo" (Jn 13,1); "Padre... los que tú me has dado"... (Jn 17,9ss); "no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí" (Gal 2,20).

- Relación de transparencia y misión:

 

       "Vosotros daréis testimonio, porque habéis estado conmigo desde el principio" (Jn 15,27); "el Espíritu... me glorificará, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros" (Jn 16,14); "Padre... he sido glorificado en ellos (son mi expresión)" (Jn 17,10); "Como el me envió, también yo os envío" (Jn 20,21)...; "el amor de Cristo me apremia" ( 2Cor 5,14).

 

       A la luz de la presencia de Cristo Resucitado, que sigue acompañando a "los suyos" (Jn 13,1), se llega a unas actitudes que podríamos llamar de sabiduría y de sentido común cristiano y sacerdotal, y que constituyen la señal para saber si uno camina seriamente por el camino de la santidad en dimensión cristológica. La vivencia de nuestra realidad de participar en el ser de Cristo y de prolongar su misión, se podría concretar así:

 

- No dudar del amor de Cristo:

 

       Mons. Francisco Xavier Nguyen van Thuan, arzobispo de Saigón, estuvo 13 años en la cárcel Saigón. En los primeros días del duro cautiverio, sintiéndose desánimo por su aparente inutilidad, supo discernir la voz del Señor en su corazón: "Te quiero a ti, no tus cosas".[67]

 

- No sentirse nunca solos:

 

       Mons. Tang, obispo de Cantón estuvo 22 años en la cárcel. Cuando llegó a Roma y resumió los sufrimientos pasados en aquella soledad. Al preguntarle por los razones que le ayudaron a perseverar, respondió: "Cristo no abandona".[68]

 

- No poder prescindir de él:

 

       Pablo, en la cárcel de Roma: "En mi primera defensa nadie me asistió, antes bien todos me desampararon... Pero el Señor me asistió y me dio fuerzas" (2Tim, 4,16-17).

 

- No anteponer nada a él

 

       "En los enamorados la herida de uno es de entrambos, y un mismo sentimiento tienen los dos" (S. Juan de la Cruz, Cántico B, canc. 30, n.9)

 

       Nuestro modo de orar se puede realizar con sólo "mantener la mirada fija en Cristo" (Carta del Jueves Santo 2004, n.5).        Este encuentro vivencial y diario con Cristo, en la Eucaristía, en la Escritura y en los hermanos, da sentido a la vida sacerdotal; pero tiene que ser encuentro de amor apasionado que se convierta en anuncio apasionado. Nuestra identidad se demuestra en vivir y hacer vivir la presencia de Cristo resucitado en la Iglesia y en el mundo. Es un "asombro eucarístico" que suscita vocaciones sacerdotales (cfr. Carta del Jueves Santo 1004, n.5), porque entonces los jóvenes en nosotros "intuyen la llamada de un amor más grande" (ibídem, n.6).

 

       La relación personal con Cristo, que es fuente de misión, se moldea "en comunión de vida" con María (cfr. RMa 45, nota 130). Es "comunión vital con Jesús a través del Corazón de su Madre" (Rosarium Virginis Mariae 2). En el Corazón de María, Madre de Cristo Sacerdote y Madre nuestra, se puede auscultar el eco de todo el evangelio (cfr. Lc 2,19.51).[69]

 

       María nos acompaña en todas nuestras celebraciones eucarísticas y en todo nuestro ministerio. Ella sigue siendo el don de Cristo a todos sus fieles y, de modo particular, a sus ministros. "Vivir en la Eucaristía el memorial de la muerte de Cristo implica también recibir continuamente este don" de su maternidad espiritual (Ecclesia de Eucharistia, n.57). Podemos unirnos a "los sentimientos de María", cuando ella escucha de nuestros labios las palabras de la consagración ("mi cuerpo... mi sangre") (cfr. ibidem, n.56).[70]

 

CÓMO PUEDES USAR ESTAS PÁGINAS

 

1. A manera de sugerencias o buenos pensamientos

Durante el día, en cualquier oportunidad, escogida al azar o por cálculo. Los primeros cristianos no disponían de nuestros medios de apuntes y notas, pero su amor a Cristo les sugirió la idea de apuntar los dichos de Jesús en las vasijas de arcilla...

Eso, sí, por favor, no leas solo como quien lee un buen pensamiento, sino como quien escucha o habla a un amigo presente.

2. En un rato de intimidad ante el sagrario

Sin prisas, confidencialmente, después de saludar al Señor, de exponerle tus cosas, puedes utilizar una de las presentes páginas para un coloquio sabroso o para meditar un rato a los pies del Maestro, como Magdalena, o como san Juan sobre el pecho de Jesús. No digas nunca que eres amigo de Cristo, si no sabes pasar un rato, sin prisas, junto a él. “La visita es prueba de gratitud, signo de amor y deber de adoración a Cristo Nuestro Señor allí presente” (Pablo VI, Mysterium fidei).

3. Como meditación

Acaso no sepas distinguir bien entre meditación y visita. No importa. Fácilmente convertirás cada visita en fervorosa meditación, si a las peticiones y súplicas añades las reflexiones y afectos propios de la meditación. Así aprenderás paulatinamente a intimidar con Cristo en la meditación, en la comunión, en las visitas a Jesús sacramentado, etcétera.

 

MÉTODO PARA MEDITAR

Aquí te presento una de las maneras sencillas de hacer meditación:

1. Recuerda que Jesús está presente (eucaristía, presencia de Dios en todas partes, presencia de la Santísima Trinidad en el alma del justo...) Puedes hacer actos de fe, adoración, petición...

2. Puedes pedir una gracia particular: mayor conocimiento de Jesucristo, para que le ames sin reservas; que sepas sentir sus penas o alegrías, intenciones e intereses, como si se tratara de ti; una virtud concreta que te falte, etcétera.

3. Lee una de estas páginas con su contexto, a poder ser en el mismo evangelio. Imagínate la escena: personas, palabras, obras, como si estuvieras presente. Reflexiona sobre alguna lección que puedes aprender. Procura mover tu afecto hacia la persona de Jesús y sus enseñanzas. Mi corta explicación te puede ayudar un poco. Con tal de que te pares en cada punto, para pensar con tu cabeza y amar con el corazón. No tengas prisa...

4. Durante todo el rato, y por lo menos al final, puedes entablar un coloquio con el Señor, con la Santísima Virgen, con los santos, etcétera.

5. Es muy importante sacar algún propósito sobre algo que hay que enmendar. Pero pide la gracia para que lo sepas cumplir, de otro modo, te encontrarás con muchos chascos. Si has cometido alguna falta durante la meditación, pide perdón de ella. Si el Señor te ha dado alguna luz, da gracias, pues ya sabes que no mereces nada.

Ya irás aprendiendo. Cuando ya sepas hablar con el Señor sin prisas, hazlo como te salga del corazón, aunque solo sepas pensar: “Él me mira y yo le miro”.

Puedes terminar tu meditación, si te gusta así, recitando una o varias veces estas oraciones.

Oración de san Ignacio: “Toma, Señor, y recibe toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento, y toda mi voluntad, todo mi haber y mi poseer; tu me lo diste, a ti, Señor, lo torno; todo es tuyo, dispón a toda tu voluntad, dame tu amor y gracia, que esta me basta”.

Oración de san Juan de Ávila, Doctor de la Iglesia: “Señora nuestra, medianera nuestra, reconcílianos con tu Hijo bendito, alcánzanos de él gracia para que, salidos de este destierro, nos lleve donde gocemos de su santísima gloria”.

CUANDO MEDITES EL EVANGELIO

Es muy fácil meditar el evangelio. Tan fácil, como si te encontraras personalmente con el Señor por los caminos de Palestina. Pero es conveniente que no olvides lo siguiente:

- Jesús no es un personaje que “pasó”, sino una persona viva que está íntimamente presente, transformándote en él por medio de una vida nueva que se llama la vida de la gracia.

- Todo lo que Jesucristo dijo e hizo en tiempos de su vida mortal, lo hizo e hizo pensando en ti, amándote, diciéndolo y haciéndolo por ti.

- Ahora, al leer el evangelio, que es palabra de Dios, Cristo te dice aquellas palabras para ti personalmente, esperando tu “sí”.

- Cada palabra del evangelio esconde los latidos ardientes del corazón de Cristo, que piensa en ti y te ama sinceramente.

- ¿Es posible aburrirte teniendo en las manos un libro (¡el Evangelio!) que contiene palabras que ahora te dice Cristo?

- El evangelio no se te puede caer de las manos...; Sería la peor de las desgracias... Cuando uno ha experimentado su lectura y ha encontrado a Cristo, ningún libro le gusta, si no está teñido de evangelio. Porque solo el evangelio tiene palabras calientes, vivas.

- En el ejercicio del apostolado es siempre un buen medio reflexionar sobre un texto del evangelio. No tomar jamás el evangelio como tal, con militantes de Acción católica, chicos o chicas, es subalimentar las almas y retardar la venida del reino de Cristo (mons. Renard).

- El mundo del futuro está en las manos de los jóvenes que hayan recibido el impacto del evangelio.

- La formación de los futuros sacerdotes, según el concilio Vaticano II, se ha de basar en el evangelio, puesto que encierra el pensar, el querer, el amor, la persona de Cristo Nuestro Señor.

 

 

I. OREMOS

“Que vuestra vida esté escondida con Cristo en Dios”, nos dice san Pablo, el apóstol. Con Cristo, en unión con él, y transformándose en él. ¿Cómo?

Empecemos dialogando con Jesucristo. Insensiblemente nos veremos metidos en su ambiente, en nuestro centro de gravedad.

Dialogar con Cristo significa, en lenguaje cristiano, orar. Orar es respirar el oxígeno necesario para nuestra vida espiritual. Orar es necesario, pero quizá... ¿difícil? ¿abstracto?...

“Toma y lee”, oyó san Agustín de Tagaste. Leyó en los libros santos y... se encontró con Cristo. Abre el libro santo del evangelio y aprende a orar como oraba Jesucristo, aprende a dialogar con él como dialogaban con él en el evangelio su madre, sus íntimos, los enfermos, los pecadores, todos, y hasta como tú hubieras hecho de encontrarte allí.

No es menester haber estado en Palestina para dialogar con él. Jesucristo es de “ayer, de hoy y de siempre”. Está presente en el sagrario, ante el cual acostumbras a pasar los mejores momentos del día.

Ya sabes, pues, ¿qué es orar? Santa Teresa te diría que es “tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos que nos ama”.

Tu madre te enseñó a hablar cuando niño. Para hablar con Jesús, él mismo te dio a tu madre, para que te enseñase a hablar con Dios, andar por el camino espiritual, comer a Cristo eucarístico, escuchar sus palabras...

Pruébalo. Ya verás cómo si oras como se oraba en el evangelio, sabrás decir como Jesucristo y con él: Padre nuestro... Es necesario “aplicarse, de manera constante, a la oración” (Vaticano II).

 

1. ENSÉÑANOS A ORAR

 

Estaba Jesús orando. Cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: -“Señor, enséñanos a orar”. Él les dijo: - “Cuando oréis, decid: Padre nuestro...” (Lc 11,1-2)

1. Sin apetito, no aprovecha ningún alimento. Y es difícil hablar de oración a quien no tiene ganas de orar. Primero se han de despertar estas ganas. Los apóstoles, al fin, cayeron en la cuenta de que necesitaban orar, y pidieron al Señor les enseñara. Si tienes ganas de aprender a hablar con Cristo, será fácil el aprendizaje. Se han de pedir estas ganas. Quien pide, alcanza. Si supieras decir lo que dijeron los apóstoles...

2 Es fácil hablar con un amigo, con los propios padres. Se habla sin reparos con la persona que sabemos que nos ama. Por esto la oración que nos enseñó Jesús comienza con las palabras: “Padre nuestro...”. Cada palabra del padrenuestro nos enseña la postura filial que hemos de tener al hablar con Dios. Esmérate en rezar el padrenuestro, fijándote en el sentido de cada palabra...

 

2. ¿DÓNDE MORAS?

 Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, Les pregunta:-“Qué buscáis. ”Ellos le dijeron: -“Maestro, ¿dónde vives?”Les dijo: “Venid y veréis”.(Jn 1,38-39)

1. Para aprender a orar, se necesita tomar la decisión de seguir a Cristo y tratar con él. Es el primer paso lo que cuesta más. Después, el mismo Jesús (que ya te dio la gracia de querer orar) ayuda dándonos la mano. En la oración de intimidad con Cristo no nos buscamos a nosotros mismos, sino que vamos a agradar al Señor. Quien busca su propia satisfacción, no aprende el trato íntimo con Jesús. ¿Por qué no he aprendido a tratar íntimamente con Cristo...?

2. No se puede ir con prisas, ni con el corazón en otra parte. El trato con Jesús es suficiente para atraer todo nuestro corazón y el mejor rato del día. Dando al Señor lo que nos sobra, y de mala gana, no se aprende a orar. ¿Explicarte qué es orar? Es mejor probarlo por propia experiencia. Esta experiencia, si es de verdad, no se olvida nunca. ¿Qué has de mejorar en tu oración?

 

3. ¡QUÉ BIEN ESTAMOS AQUÍ!

 

Jesús se transfiguró ante ellos... Pedro dijo: -“¡Qué bien estamos aquí!...” Salió de la nube una voz:-“Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. escuchadlo”.(Mt 17,1-5)

 

1. Quien sigue a Cristo por el camino del sacrificio y humildad, le encuentra de veras. Jesús se transfigura, se da a conocer tal como es. Sin esfuerzo no es posible encontrar a Cristo. Y, cuando uno le encuentra, cae en la cuenta de que vale la pena haberle seguido. No se olvidan estos encuentros con el Señor. Mi oración es fría, porque hay algo que se interpone entre mi corazón y el de Cristo...

2. Cristo, que se queda en la eucaristía y vive siempre junto a mí, es el Hijo de Dios. Su presencia exige atención y diálogo. Ha venido a nosotros para hablarnos. Se le ha de escuchar en el silencio de otras cosas que no son él. Escucharle significa hacer caso de lo que él dice, y ponerlo por obra. Entonces el Padre se complace en nosotros como se complace en Jesús. ¿Escucho el silencio interior en los momentos de oración...?

 

4. SENOR, ¿AQUIÉN VAMOS A ACUDIR?

Muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron con él. Jesús dijo a los Doce. - "También vosotros queréis marcharos?". Simón Pedro le contestó:

- "Señor, a quién vamos a acudir? Tu tienes palabras de vida terna; nosotros creemos ... ". (In 6,66-69)

1. Cuando cuesta seguir a Cristo, muchos, que se llaman sus discípulos, le vuelven la espalda. Jesús nos conoce a cada uno y siente nuestra des
erei6n como el padre del hijo pr6digo y como el buen pastor. Ante la conducta general de hacer lo más fácil, de dejarse ir, de hacer lo que hacen
todos, Jesús me pregunta si yo también quiero desertar. El espíritu de sacrificio es condici6n para dialogar con Cristo. ¿Me sacrifico al menos esforzándome por rezar mejor. . .?

2. Jesús hubiera sentido honda pena, si los ap6stoles también se hubieran ido. San Pedro, que estaba enamorado de Cristo, habla con palabras
salidas del coraz6n. Para él Jesúslo es todo. "Jesús mío y todas las cosas". Quien ama, reza. San Pedro supo escuchar las palabras de Jesús, que penetran y transforman el coraz6n por ser divinas, y que siguen resonando en el mundo de hoy. ¿Son mis disposiciones como las de san Pedro .. .?

 

 

5. ¿ERES TU EL QUE HA DE VENIR?

- ''¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?". Jesúsle respondió: - " ... los pobres son evangelizados. i Y bienaventurado l que no se escandalice de mi!". (Mt 11,3-6)

1. Nadie puede llenar nuestro coraz6n, sino Jesucristo. Nadie ni nada. Porque el Señor ha hecho nuestro coraz6n a su medida. Desear algo al margen de Cristo es como desear la chatarra o querer llenarse de viento. A lo mas, es quedarse con baratijas. Quien tiene otros deseos al margen de
Cristo, no encuentra a Cristo en la oraei6n. Si limpiaras tu corazón de inclinaciones malsanas, sabrías orar mejor. ..

2. Pobre es el que sufre necesidad, sea cual sea. EI que sufre está más cerca de Cristo. Pero con mas propiedad, pobre es el que no tiene más riqueza que el mismo Dios. Es decir, el que sabe aventurarlo todo por Dios. Entonces es fácil "ver" a Dios, porque se tiene el coraz6n limpio. Es fácil
orar. Como lo es cuando uno sabe pasar por encima del qué dirán y dar la cara por Cristo. Entonces se encuentra a Cristo en la oraci6n, porque
se tiene mas fe en él que en otros. ¿Son así mis disposiciones... ?

 

6. ¡SEÑOR, QUE VEA!

 

Un mendigo ciego:-“¡Hijo de David, ten compasión de mí!”Muchos le increpaban para que callase, pero él gritaba  más... Jesús dijo:- “¿Qué quieres que te haga?”-“¡Señor, que vea!...”  (Mc 10,46.48-51)

 

1.  Para orar se ha de reconocer la propia necesidad y miseria. ¡Tenemos mucha! Es el primer paso para orar. Y luego saber superar las dificultades. Orar es dialogar de tú a tú. Si no prescindimos de qué dirán o harán los demás, nunca sabremos orar no en privado ni en común. Cuando uno no tiene ganas, cuando salen dificultades, es entonces cuando se debe esforzar para vencerlas. ¿Me dejo vencer por las dificultades...?

2. El Señor habla al corazón. Tenemos un amigo que sabe lo que nos pasa, lo puede y quiere solucionar. Así es fácil orar. Entonces el conocer la propia necesidad no lleva al desánimo, sino a la oración humilde y sincera. ¡Que vea, Señor, cuánto me amas, para que vea lo que debo hacer, que te vea en el prójimo, que te vea en el superior, que te vea en mí...!

 

7. AUMÉNTANOS LA FE

Los apóstoles dijeron a Jesús:-“Auméntanos la fe”. Dijo el Señor:- “Si tuvieras fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: Arráncate de raíz y plántate en el mar, y  os obedecería”. (Lc 17,5-6)

 

1 Los apóstoles se dieron cuenta de que tenían una fe muy floja. Ya se lo había dicho el Señor. Por eso le piden que se la acreciente. Quien siente necesidad de algo, pide. Ora quien ve su propia necesidad, aunque sea para decir como el hijo pródigo: “He pecado”. Nos falta fe en el Señor que vive escondido en el prójimo, en la autoridad, en los acontecimientos, en nosotros mismos, en la eucaristía. Fe y confianza en su bondad. Pidamos esa fe con una súplica que salga del corazón...

 

2. Todo nos lo puede y quiere dar el Señor. Pero no puede fomentar nuestra pereza. Dios no suple el trabajo de reflexión y de esfuerzo que hemos de realizar. Pero, poniendo de nuestra parte lo que debemos, él pone lo demás, aunque parezca un imposible. A Dios rogando y con el mazo dando. Hemos de trabajar examinando qué es lo que necesitamos poniendo esfuerzo, pidiendo gracia, reparando conductas anteriores, etc. Entonces, solo entonces, el Señor hace milagros. ¿En qué debería esforzarme más...?

 

 

8. SI QUIERES, PUEDES LIMPIARME

 

Se acercó un leproso a Jesús, se arrodilló y le dijo:-“Señor, si quieres, puedes limpiarme...” -“Quiero, queda limpio”. (Mt 8,2-3)

 

1. El leproso se conoce a sí mismo, se da cuenta de la presencia de Jesús, demuestra su humildad, reverencia y confianza. Como el publicano que supo decir: “Perdóname, Señor, que soy un pecador”. Son disposiciones indispensables para orar bien. Aprovecho la visita del Señor. Era la primera y hubiera sido, tal vez, la última. Lo poco o mucho que había oído acerca de Jesús, le sirvió para orar bien. ¿Tengo estas disposiciones en la oración...?

2. La confianza abre la caja de caudales de los tesoros de Dios que se esconden en el corazón de Cristo. El Señor puede y quiere sanarnos. Pero necesita que nos pongamos a tiro por la confianza. El leproso consiguió el milagro fiándose de la bondad de Cristo. Nuestra lepra puede ser el pecado o las imperfecciones. El mismo Señor nos enseñó a orar: “He pecado” (hijo pródigo), “Perdóname, Señor” (publicano). ¿Es confiada mi oración...?

 

9. ¡SEÑOR MÍO Y DIOS MÍO!

 

Dijo Jesús a Tomás:-“No seas incrédulo, sino creyente”. Contestó Tomás:-“¡Señor mío y Dios mío!”Jesús le dijo:-“Bienaventurados los crean sin haber visto”. (Jn 20,27-29)

 

1. Orar es conversar con el Señor, escuchándole y hablándole. Ahora nos dice el Señor las mismas palabras del evangelio. El corazón de Jesús se queja de nuestra fe menguada. Quisiera ver en nosotros más fe en la eucaristía, en que somos templo suyo, en su presencia como Dios en todas partes, en los acontecimientos, en su presencia en el prójimo, en su voluntad manifestada por el superior, etc... Quisiera ver mi fe traducida en obras. ¿Qué tengo que mejorar en mi vida de fe...?

2. El acto de fe no puede ser una frase rutinaria. Es un latido del corazón, además de un “sí” de nuestro entendimiento. Creer con toda el alma es adherirse a Cristo para siempre. Esto es una aventura en medio de un mundo sin fe. Pero Jesús, que es Dios hecho hombre por nosotros, puede exigir la generosidad que él ha demostrado primero. El corazón cristiano que cree sin ver, halla la verdadera paz. ¡Creo, Señor...!

 

 

10. EL QUE TU AMAS ESTAENFERMO

 

Habíacaído enfermo un tal zaro, de Betania. Las hermanas (Marta y María) le mandaron Recado a Jesúsdiciendo: - "Señor, el que tu amas esenfermo... "Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. (Jn 11, 1.3.5)

 

1. Reconocerse enfermo es el primer paso para rezar biennecesitamos luz para el entendimiento y para conocer a Cristo, necesitamos fuerza en la voluntad para seguirle, necesitamos tener intimidad con él. Quien sabe o quiere saber orar, convierte todo lo que le sucede en oración, en dialogo con su padre, con su amigo. De todo envía recado al Señor¿Me reconozco necesitado y expongo al Señor todo lo que me pasa ... ?

2. El Señor lo sabe todo y nos ama de veras, en serio. La oración ejor es la de exponer humilde y confiadamente sin exigencias de ninguna c1ase. Con la convicción de que Jesúsnos ama, es más fácil orar. Y nos ama a cada uno con predilección especial, no lo dudemos. Mil motivos tenia Magdalena para dudar, y no dudó. Eso sí, el Señor prueba nuestra oración. A Lázaro le escuchó, pero le dejo morir para darle algo mejor. ¿Es confiada mi oración?.

 

 

 

 

11. SI, PADRE

 

Tola palabra Jesús  y dijo:- "Te doy gracias, Padre, ... porque has escondido estas cosas a los sabios ... y se las has revelado a los pequeños. Si, Padre, así te ha parecido bien". (Mt 11,25-26)

1. Los que se creen sabios no entienden las cosas de Dios. El Evangelio es muy aburrido para los "autosuficientes", para los que ya lo saben
todo, los que no necesitan consejos y tienen a menos las normas concretas. Unicamente con disposiciones filiales se aprende a orar: entusiasmarse
por el Padre, conocerle, confiar en él, hacer su voluntad. Le entusiasmaba a Cristo ver estas disposiciones en las almas. ¿Las tengo yo ... ?

2. Saber decir siempre que "sí" a Dios es convertir todo el día en oración. Decir "sí" a nuestro Padre Dios en todo lo que nos pasa, cuando se
muestra su voluntad, aunque cueste cumplirla. "Amén" significa "sí". En la santa misa lo decimos muchas veces, para significar que nos unimos a los sentimientos de Cristo inmolado en aras de la voluntad del Padre. No vale decir mentiras. Y no hay mentira mayor que decir que SI a Dios solo con los labios y no con la vida. ¿Es mi vida un "SI" a Dios?

 

12. NO SOY DIGNO

 

-“Señor, tengo un criado en cama paralítico...” Él le dijo: - “Voy yo a curarlo”.

Pero el centurión le replicó:-“Señor, no soy digno”.     Jesús se quedó admirado y dijo:-“En Israel no  he encontrado en nadie tanta fe”.(Mt 8,6-10)

1. Exponer con confianza todos nuestros problemas al Señor es una oración fácil y excelente. Pero los problemas del prójimo también son nuestros, puesto que  todos somos la gran familia de Dios. Al Señor le satisface nuestra oración cuando es humilde. No merecemos nada, no somos dignos de presentarnos ante el Señor, puesto que hemos pecado; pero podemos acercarnos al Señor como el hijo pródigo ante su padre. ¿Oro por los problemas de los otros y soy humilde en la oración...?

2. De acuerdo que hay muchas personas que no frecuentan tanto la iglesia y, no obstante, tienen más fe y caridad. La tendrían más de frecuentar más. Hasta puede haber paganos que están más cerca de Dios que muchos cristianos que no cumplen. Los sacramentos, los actos piadosos, aprovechan más a los que abren el corazón a Dios. Con el cántaro tapado no se recoge agua. Un cristiano que cumple bien, tiene más fe y caridad que un pagano que no conoce a Cristo; pero las cosas cambian cuando el corazón está cerrado al amor. En mi oración ¿estoy dispuesto a todo lo que Dios me pide?...

 

13. DAME  ESA AGUA

 

Jesús contestó (a la samaritana):-“El que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna”. La mujer le dice:-“Señor, dame  esa agua”. (Jn 4,13-15)

1. Lo que dijo el Señor en el evangelio, me lo dice a mí ahora. Jesús es el único que puede saciar las aspiraciones de mi corazón. Hemos sido hechos a la medida de Cristo y nadie puede suplirlo a él. Se desean otras cosas cuando no se tiene verdaderamente al Señor. Las cosas tienen su valor, pero no pueden nunca llegar a valer tanto como Cristo. ¿Deseo otras cosas más que al mismo Cristo...?

 

2. Las gotitas que salpican de la fuente no pueden saciar la sed. Son gotitas de agua pero no bastan. Todas las cosas son buenas, pero no son Dios. El agua que da Cristo es la vida divina, la gracia. Si ya la tenemos, hay todavía muchos dones de gracia que necesitamos: conocer mejor a Cristo, amarle más, aprender a orar... Todo esto lo he de pedir como quien tiene sed abrasadora...

 

14. ¿TÚ VIENES A MÍ?

Se presenta Jesús a Juan para que lo bautice. Juan intentaba disuadirlo diciéndole:-“Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?”.

(Mt 3,13-14)

1. Jesucristo es humilde. Dios se hizo hombre por nosotros, nació y vivió en un ambiente pobre y humilde, nunca buscó su propia gloria, y murió en un patíbulo como un malhechor. Pero lo más humillante es que cargó con nuestros pecados como si fueran suyos propios. Él es nuestro responsable. Por eso fue a recibir el bautismo de penitencia en nombre nuestro. Por eso continúa haciendo presente su muerte redentora en la santa misa. ¡Si supiera reflexionar sobre esta humillación de Cristo en la misa...!

2. “¿Tú vienes a mí?”. Yo te crucifiqué, yo sigo en mi tibieza o en mis pecados. Yo he hecho poco caso de tus beneficios continuos, no soy capaz de entender tu amor cuando vienes en la comunión. Yo me olvido de tu presencia en mí y de que estoy unido a ti como miembro de un mismo cuerpo... Y tú, ¿sigues viniendo a mí?...

15. DANOS SIEMPRE DE ESTE PAN

 

 Jesús les dice:- “Es mi Padre  el que os da el verdadero pan del cielo. El pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo”. Entonces le dijeron: -“Señor, danos siempre de  este pan”.    (Jn 6,32-34)

 

1. Jesucristo es el redentor que ha venido al mundo para morir por nuestra salvación. Su cuerpo es la víctima del sacrificio. Muriendo Jesucristo da la vida al mundo. Nosotros participamos de esta vida divina, sobre todo cuando comulgamos. Cristo es, pues, “el pan de Dios”. Escuchar a Cristo y comulgarle es vivir de él, en él y para él. He de revisar mi vida eucarística.

2. Hablar con Cristo es exponerle nuestros deseos. Quien tiene un tesoro piensa siempre en él y desea estar cerca de él. “Donde está vuestro tesoro allí está vuestro corazón”. Desea a Cristo quien le ama. Desea estar con Cristo quien le valora por encima de todo. Otros deseos atrofian el deseo ardiente de unirse a Cristo. Mis deseos más hondos ¿están lejos del Señor?...

16. TU SABES QUE TE QUIERO

Dice Jesús a Simón Pedro. - “¿Me amas más que estos?". - "Si, Señor, tú sabes que te quiero". - "Apacienta mis corderos".(Jn 21,15)

 

1. Es un examen de amor. Porque Jesucristo examina a los suyos así. Cristianismo es amor. Amar es darse, pero darse como le gusta a Cristo.
Amar es darse sin calcular. Amar es darse a una persona. El amor no tiene paréntesis ni compases de espera. Quien ama va más allá de lo mandado y hace lo más agradable al amado. ¿Qué calificación merezco en esta asignatura ... ?

2. Pedro respondió con generosidad y humillado Estaba dispuesto a todo por Cristo. Orar es amar. Solo se deja de orar cuando se deja de amar.
A los que ama n de veras, Cristo les encarga una misi6n: la de hacerle amar. Apostolado es hacer amar a Cristo. El ap6stol se fragua en el dialogo con Cristo. ~Tengo deseos de hacer amar a Cristo ... ?

 

 

17. ¿QUÉ TENEMOS QUE HACER?

Jesúsles contesto:- "Trabajad por el alimento que perdura
Hasta la vida eterna". Ellos le preguntaron. - ¿Qtenemos que hacer para realizar las obras de Dios?". ... Que creáis en el que él ha enviado".
(Jn 6, 27-29)

1. Jesucristo es el alimento de nuestra alma. Por eso se queda en la Eucaristía. Comulgando a Cristo se adquiere y aumenta la vida divina que él nos mereei6 muriendo y resucitando. Quien comulga a Cristo tiene la vida eterna. Ninguna ocasi6n mejor para dialogar con Cristo que en la comunión. ¿Cómo es mi oración a Cristo cuando comulgo?

 

2. Jesucristo es luz, camino, verdad y vida. Todo lo que hemos de hacer en nuestra vida se reduce a seguir a Cristo imitándole. Orar es encontrarse personalmente con él para emprender juntos la tarea del vivir. Dialogando con Cristo es fácilpreguntarle qué es lo que espera de nosotros, concretamente en el día de hoy. No vale irse por las
ramas. ¿Qué espera Jesús de mí en el día de hoy .. .?

 

 

 

18. ¡MAESTRO!

 

Jesús le dice: - "¡María!". Ella se vuelve y le dice: - "¡Maestro!". Jesús le dice:

- " ... ve a mis hermanos y diles: Subo al Padre mío y Padre vuestro .. , ".

(In 20,16-17)

1. María Magdalena busco a Cristo por encima de todas las dificultades. Nadie, ni los ángeles, llenó su corazón más que Cristo. Una sola palabra
de Jesús convirtió su inmensa pena en alegría desbordante. Para orar no se necesitan muchas palabras. Se ha de dejar hablar al corazón. Orar y
llamarse mutuamente por su nombre es un trato personal de amigos. ¿Me esfuerzo por aprender a orar. .. ?

2. Quien encuentra a Cristo en la oración, queda comprometido para hacer partícipes a otros de esta dicha. Quien no siente este deseo, no ha orado bien. Somos la familia de Dios, sobre todo en la oración litúrgica. Si falta un hermano en la mesa, hemos de sentir su ausencia precisamente por estar nosotros más cerca del Padre. Orar es estar conscientemente cerca de Dios. ¿Me preocupo en la oración de las necesidades de los
otros ... ?

 

 

19. NO TENGO A NADIE

Estaba allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo. Jesús, al verlo, le dice: - ¿Quieres quedar sano?". - "Señor;no tengo a nadie que me meta en la piscina ... ". (Jn5,5-7)

1. La mirada de Jesucristo penetra lo más íntimo del corazón, No hace daño. Lo descubre todo, pero prefiere que seamos nosotros quienes le des-
cubramos las intimidades. El deseo de curarnos lo tiene él más que nosotros, pero no nos quiere curar hasta que nosotros lo deseemos y se lo expongamos. Esta es la razón de ser de la oración. El que ora se da cuenta de su necesidad y pide auxilio. ¡Si dejara que el Señor mirara con su mirada
de misericordia todos los recovecos del alma... !

2. Nadie nos puede solucionar nuestros problemas más hondos. A veces hemos hecho todo de nuestra parte, pero no se ha seguido el éxito. Es
entonces la hora de reconocer que sólo Cristo puede solucionar nuestros problemas. Y es entonces cuando descubrimos que el Señor es "alguien"
que se preocupa de nosotros y con quien se han de tener relaciones personales. ¿Siento verdadera necesidad de Jesucristo ... ?

20. SEÑOR, AYUDAME

Una mujer cananea se postró ante él diciendo:    - "Señor; ayúdame"…también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos". Jesús le respondió: - "Mujer, qué grande es tu fe. que se cumpla lo que deseas". (Mt 15,25.27-28)

1. La oración ha de ser humilde. Primeramente reconocer nuestra miseria. Quien se ahoga pide socorro. Sin esta humildad, la oraci6n seria un cumplimiento. Y reconocer también que, por nuestros pecados, no merecemos las gracias. Pero creer, sobre todo, en la bondad del Señor.Es entonces cuando brota espontánea la oraci6n desde lo más hondo de nuestro interior. Oraci6n humilde, no rutinaria, porque se sabe lo que se necesita. ¿Eshumilde mi oraci6n ... ?

2. El Señor escucha siempre. Su bondad está dispuesta a dárnoslo todo aun antes de que se lo pidamos. Pero no nos puede dar lo que resbalaría
en nuestro interior y se perdería. Por eso espera que se esponje nuestro coraz6n para recibir el agua de la gracia. Y nos ayuda para ello. Solo espera nuestro ademán más insignificante para darnos con creces lo que necesitamos. ¿Puede el Señor alabar mis disposiciones personales para
orar...?

 

21. HAGASE TU VOLUNTAD

"Cuando oréis, no uséis muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les haráncaso… Vuestro Padre sabe lo que os hace falta ... Vosotros orad así: Padre ... hágase tu voluntad ... .(Mt 6,7-10)

1. Orar es hablar con el coraz6n, "pensar en Dios amándole". No es la cantidad de palabras lo que mira Dios, sino el coraz6n, los sentimientos
sinceros. Solo cuando dejamos de amar, dejamos de orar. Dedicar un rato exc1usivamente para Dios que sabemos que nos ama, eso es orar. Si hace- mos esto, es fácil que luego todo el día sea una
oraci6n prolongada. Cuando oro, ¿d6nde está el peso de mi amor. .. ?

2. Dios, nuestro Padre, sabe lo que necesitamos. Más que nosotros. Y lo quiere remediar. Más que nosotros también. Convencidos de esto es fácil presentarse ante Dios (que está siempre presente) para hablar con él como un hijo con su padre. Pero hay un enemigo de nuestra oración: nuestro capricho. Renunciar a nuestra voluntad es el precio que nos pide Dios para saber orar. ¿Son muchas las ocasiones en que hago mi voluntad prescindiendo de la de Dios .. ?

 

 

22. QUÉDATE CON NOSOTROS

 

Él (Jesús) simuló que iba a seguir caminando. Ellos lo apremiaron, diciendo: - "Quédate con nosotros, porque ... el día va de caída". Y entró para quedarse con ellos.(Lc 24,28-29)

 

1. Jesúses muy delicado. No quiere molestar. Quiere comunicarse con nosotros, pero espera que se lo pidamos. Cuando uno ha experimentado el trato con Jesucristo, necesita encontrarse frecuentemente con él. Jesúsquiere que perseveremos en la oraci6n, aunque no sintamos nada. Con tal que le guste a él, ¿qué importa lo demás? ¿Me esfuerzo por encontrar el mejor rato para tratar con Jesucristoy prescindo de otros pensamientos en la oración?

2. Muchas veces las tinieblas amenazan con oscurecer nuestro interior. Jesús es la luz. El Señorsólo espera que deseemos su presencia. Él desea, más que nosotros, la intimidad de amigos. Cuando Jesús se queda, el coraz6n late con más alegría, se ven las cosas de otra manera. ¿Deseo sinceramente
que Jesússe quede conmigo para siempre…?

 

23. ACUÉRDATE DE MÍ

 

Uno de los malhechores le insultaba…Pero el otro decía: -“Jesús, acuérdate de í

cuando llegues a tu reino”. Jesús le dijo:-“Hoy estarás conmigo en el paraíso”.(Lc 23,39-43)

 

1. En cualquier momento puede realizarse el encuentro definitivo con Cristo. Para el buen ladrón fue en la hora de su muerte. Para su compañero no lo fue nunca, a pesar de morir junto al redentor. El encontrar o no a Cristo depende de saber o no hablar con él. Porque el encuentro amistoso se realiza en el diálogo. ¡Qué importancia tiene la oración! Pero una oración que salga del fondo del alma… ¿Es así la mía?

 

1. Jesús es el salvador. Salva a los grandes pecadores, a condición de que estos pidan perdón. El hijo pródigo y el publicano (dos parábolas inventadas por el corazón de Jesús) saben orar: “He pecado”..., “Perdóname, Señor”... A esta oración sigue siempre el perdón de Jesús y la promesa de salvación. ¿Sé reconocerme pecador en la oración...?

 

24.  TEN COMPASIÓN DE NOSOTROS

 

Vinieron a su encuentro diez leprosos y a gritos le decían: -“Jesús, Maestro, ten compasión  de nosotros”. Al verlos les dijo:-“Id a presentaros a los sacerdotes”. (Lc 17,12-14)

 

1. Ni la lepra se resiste a la voz de Cristo. No hay nada que impida el encuentro con Cristo, si no es el quererse encerrar en sí mismo. Los leprosos reconocen su mal y se presentan al Señor pidiendo curación. Todos los milagros que hizo Cristo tienen significado de salvación: Jesús nos salva de nuestros pecados y miserias por grandes que sean. El orar con humildad (reconociendo lo que somos) y con confianza (reconociendo la bondad de Cristo) es la clave para encontrar al Señor. ¿Cuánta humildad y confianza hay en mí...?

 

2. Las  respuestas de Jesús no son como nos gustan a nosotros, sino como nos convienen. Jesús quiere que no le encontremos sino en los otros: el superior que manda o aconseja, el prójimo que necesita de nosotros, el equipo de amigos... No se encuentra Cristo al margen de quienes representan o son la Iglesia. Este es también el caso de la confesión y de la dirección espiritual. ¿Necesito consultar algo o llevar mejor la dirección espiritual...?

 

25. TE SEGUIRÉ

 

Jesús dio orden de cruzar a la otra orilla. Se le acercó  un escriba y le dijo: “Maestro, te seguiré adonde  vayas”. Jesús le respondió:“Las zorras tienen madrigueras..., pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza”.

(Mt 8,18-20)

1. Cuando uno encuentra un ideal grande, siente deseo de seguirle. Ningún ideal mayor que el de seguir a Cristo. Él llena todas las aspiraciones de nuestro corazón e inteligencia. En nuestra oración debemos manifestar a Cristo el deseo ardiente de seguirle por encima de cualquier dificultad. Jesús se da en la medida de nuestros deseos. ¿Tengo deseos sinceros de tratar personalmente con el Señor? ¿Cómo podría conseguirlos y aumentarlos...?

2.  No hemos de engañarnos. Jesucristo pone unas exigencias para seguirle. Él va adelante, pasando por lo más difícil. Seguirle no cuesta tanto cuando ponemos la mirada en él y los pies en sus pisadas. Cualquier dificultad agranda el corazón de las personas generosas como el viento enciende más la antorcha, y apaga la cerilla. ¿Sé pasar valientemente por las dificultades con la mirada puesta en Cristo...?

 

 

 

26. LO HEMOS DEJADO TODO

 

Dijo Pedro a Jesús:- "Ya ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido, ¿qué nos va a tocar?". Jesús les dijo. - " ... cien veces más ... y la vida eterna ". (Mt 19,27.29)

 

1. ¡Quién pudiera decir lo mismo que san Pedro! Haber aventurado todo por Cristo es el mejor ideal. Aunque sea dejar unas barcas como san Pedro. Lo interesante es embarcar el corazón en el seguimiento de Cristo. Con estas disposiciones siempre la oración es el rato más vital del día. Pero en cuanto a premio, no busquemos otro que el mismo Cristo. No hay mejor premio que seguir amándole. ¿mo ando en generosidad…?

 

2. No estábien pedir otro premio a Cristo fuera de seguir amándole. Pero el Señor da infinitamente más de lo que dejamos. Un granito de trigo lo convierte en un granito de oro, como dice la fábula india. Porque lo que dejamos es "estiércol", según dice san Pablo. No hay mejor premio que ser amados de Dios como hijos suyos y hermanos en Cristo. Esta es la vida eterna. Vale la pena. ¿Son así mis pensamientos?

 

 

 

 

27. PODEMOS

 

Jesús dijo (a Santiago y Juan): - ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?". - "Podemos ". (Mt 20,22)

 

1. El corazón humano está hecho para contener deseos muy grandes. Estos deseos se deben exponer al Señor en la oración. A veces pueden
ser deseos no del todo rectos. En la oración se purifican como el oro en el crisol. Juan y Santiago deseaban algo grande. Jesús les señaló el mejor
ideal: sufrir por él para resucitar con él. Expongo en la oración mis deseos más íntimos ... ?

2. El hombre se mide por su fuerza de voluntad. Por eso dicen: "querer es poder". Ser hombre de decisiones grandes, si se tienen también ideas
grandes, es ser hombre de verdad. Las dificultades no cuentan para los héroes. Lo que parece imposible, es posible y aún fácil para los que quieren. En mi vida de oración, ¿tomo decisiones grandes y
pido la gracia del Señor para cumplirlas…?

 

 

28. POR TU PALABRA

Simón (Pedro) y dijo. - "Maestro, hemos estado bregando toda la noche
y no hemos recogido nada, pero, por tu palabra, echaré las redes".
Hicieron una redada grande de peces
. (Lc 5,5-6)

1. Sin Jesús, siempre es de noche en el corazón. Pedro, el gran pescador, no había pescado nada, a pesar de un trabajo ímprobo. Así me salen a mi las cosas. Cuando todo parece ir bien y confío en mis fuerzas, es cuando estoy mas cerca del fracaso. Puede haber apariencias de éxito, pero ya lo dijo el Señor: "Quien no recoge conmigo, desparrama". ¿Acostumbro a pedir ayuda al Señor en mis empresas .. .?

2. ¡Qué diferencia cuando uno obra con Cristo! Con él, mayoría aplastante. Confiar en Cristo, y poner de nuestra parte lo que debemos, es un éxito seguro, aunque a veces haya momentos de cruz y Getsemaní. En los callejones sin salida, es cuando podemos confiar en el Señor y obtener los mayores éxitos. En los momentos difíciles, ¿adopto posturas de desánimo o de desconfianza .. .?

 

 

29. MÁNDAME IR A TI

 

-“¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!”.Pedro le contestó:- “Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua”.Él le dijo:- “Ven”. Pedro se echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús.      (Mt 14,24-29)

 

1.  La sola presencia de Jesucristo habla al corazón. Es cuestión de saberle escuchar. No se trata de “oír” palabras en la imaginación, sino de saber que él nos ama. Hay mucha gente sencilla que sabe pasar ratos sin prisa ante el sagrario con solo pensar: “Él me mira y yo le miro”. Esto es confianza en su amor. ¿Sé pasarme el mejor rato del día en la presencia del Señor...?

 

2. No hay dificultades insuperables para quien sabe orar. Orar es amar, y el amor todo lo encuentra hacedero. La mirada en Cristo, porque si nos fiamos de nosotros mismos, entonces viene el hundimiento. El Señor llama a estar con él. Orar es decidirse a estar sin prisas junto al Señor. ¿Qué dificultades encuentro en la oración y cuál puede ser el remedio...?

 

30. NO TIENEN VINO

 

Estaba allí (en las bodas de Caná) la madre de Jesús. Jesús estaba invitado también a la boda. Faltó el vino, y la madre de Jesús le dice:-“No tienen vino”.(Jn 2,1-3)

 

1.Cuando se ama a María se ama más intensamente a Cristo. Invitando a ella no puede faltar el Señor. Amar a Cristo tal como es significa amarle en ambiente mariano. No es cuestión de niños (a no ser que hablemos de los “niños” del evangelio), sino que es el ambiente de que se ha rodeado Cristo. María enseña a hablar con él. Pero hay que dejarse enseñar y ponerse a tiro. ¿Cómo es mi oración a María...?

 

2. María es modelo de oración. Ella se fija en las necesidades del prójimo. Quien ama al prójimo encuentra fácilmente la intimidad con Cristo. Y la oración de María es confiada y humilde. Expone el problema y se fía de Jesús. Él nos ama más que nosotros mismos. Sabe lo que tenemos y quiere solucionar todo. María, con su oración, anticipa la hora del Señor, cooperando a nuestra salvación. ¿Se parece mi oración a la de mi madre...?

 

 

 

 

 



    [1]Tengo en cuenta especialmente dos volúmenes en colaboración: AA.VV., El ministerio y el corazón de Cristo, "Teología del Sacerdocio" 16 (1983); AA.VV., El corazón sacerdotal de Jesucristo, "Teología del Sacerdocio" 18 (1984).

    [2]A mis sacerdotes, Edición privada, estrictamente reservada a los sacerdotes, México, Edit. "La Cruz" (usamos la sexta edición, de 1992). Ver también los volúmenes 49-56 de la "Cuenta de conciencia".

    [3]Cfr. J.M. PADILLA, Concepción Cabrera de Armida (México 1986) vol. III, pp. 403-405. Gran parte de estas confidencias sobre el sacerdocio se publicaron (en edición privada) en Morelia (1928-1931), con el permiso del arzobispo de Michoacán, Mons. Leopoldo Ruiz. De hecho, esta publicación (con el título de "A mis sacerdotes") viene a ser un amplio resumen sistemático de la "Cuenta de conciencia" de Conchita durante esos mismos años.

    [4]Las encíclicas sacerdotales anteriores al concilio Vaticano II, los decretos sacerdotales del mismo concilio (especialmente "Presbyterorum Ordinis" y "Optatam totius") y las exhortación postsinodal "Pastores dabo vobis" de Juan Pablo II, han abierto nuevas singladuras a la espiritualidad sacerdotal, en el sentido de urgir a una vida "evangélica", al estilo de los doce Apóstoles ("apostolica vivendi forma"). El "Directorio para el ministerio y la vida de los sacerdotes" detalla algo más. ¿Cómo afrontar estas exigencias a partir del Corazón Sacerdotal de Cristo muerto en Cruz?

    [5]Vida5,361-373; C.C. 23,246-259; cfr. C.C. 51,30.

    [6]Ver síntesis bíblica y teológica en: M.A. BARRIOLA, C. POZO, L.M. MENDIZABAL, Corazón de Cristo, Escritura, Teología, Magisterio, Bogotá 1989; I. DE LA POTTERIE, Il mistero del Cuore trafitto, Bologna, EDB 1988.

    [7]La interioridad o sentimientos sacerdotales del Corazón de Cristo: M. GONZALEZ MARTIN, El Corazón de Cristo, Pastor, "Teología del Sacerdocio" 16 (1983) 299-317; A. VANHOYE, Le coeur sacerdotal du Christ dans les écrits du Nouveau Testament, "Teología del Sacerdocio" 18 (1984) 47-67.

    [8]Estas expresiones corresponden también a los estudios actuales: J.A. ABAD IBAÑEZ, El Corazón de Cristo y el ministerio del perdón "Teología del Sacerdocio" 16 (1983) 117-152; G. FERRARO, Il cuore di Cristo e il ministero liturgico del sacerdozio ministeriale "Teología del Sacerdocio" 18 (1984) 69-123; J.A. GOENAGA, El Corazón de Cristo y el ministerio eucarístico ministerial, ibídem, 125-175; J.L. GUTIERREZ GARCIA, El sacerdocio y la familia a la luz del Corazón de Cristo "Teología del Sacerdocio" 16 (1983) 233-247; N. LOPEZ MARTINEZ, El Corazón de Cristo y el ministerio de la reconcilicación "Teología del Sacerdocio" 18 (1984) 177-201; A. SARMIENTO, El Corazón de Cristo y el carácter misionero del sacerdocio ministerial, ibídem, 203-246; J.A. SAYES, El Corazón de Cristo y el sacrificio eucarístico "Teología del Sacerdocio" 16 (1983) 69-97.

    [9]Cfr. L.M. MENDIZABAL, El ministerio del Corazón de Cristo, centro de la vida y del ministerio sacerdotal, en: AA.VV., El ministerio y el corazón de Cristo, "Teología del Sacerdocio" 16 (1983) 177-200.

    [10]AA.VV., Il cuore di Cristo e la formazione sacerdotale oggi (Roma, Centro Volontari Sofferenza, 1990). Ver afirmaciones parecidas en en la exhortación postsinodal Vita Consecrata nn. 18, 23, 40, 65-66, 109.

    [11]Son temas que también aparecen en algunos estudios sobre el Corazón de Cristo: A. BANDERA, Papel de María en la formación del Corazón sacerdotal de Cristo "Teología del Sacerdocio" 16 (1983) 201-231; J. ESQUERDA, Corazón abierto (Barcelona, Balmes, 1984); J. GALOT, Il Cuore di Cristo (Roma 1986); B. RAMAZZOTTI, Spiritualità del Cuore di Gesù (Verona 1995); A. VIVO, El sacerdote, formador de la comunidad según el Corazón de Cristo "Teología del Sacerdocio" 16 (1983) 153-176.

    [12]El "Corazón" de María indica toda su interioridad en relación con Cristo su Hijo. En su Corazón encontraron acogida las palabras del Señor: las palabras del ángel (Lc 1,29), el mensaje de Belén (Lc 2,19), la profecía de Simeón (Lc 2,33), las palabras de Jesús niño (Lc 2,51)... Todo lo "contemplaba en su corazón" (Lc 2,19.51). La actitud de "contemplar" tiene el sentido de "confrontar" lo que está oyendo o viendo, con otros datos de la Palabra de Dios, para comprender mejor su significado salvífico. Es la actitud sapiencial de los pobres de Yavé. De esta contemplación en el corazón, derivaban todas las actitudes, palabras y acciones de María. Así se asoció a Cristo Redentor (cfr. LG 65) como modelo de vida sacerdotal (cfr. PO 18).

    [13]La espiritualidad sacerdotal "específica" en el Presbiterio diocesano (y, analógicamente, la espiritualidad sacerdotal de cualquier sacerdote religioso) puede ser reforzada y motivada por las líneas de espiritualidad que derivan del Corazón Sacerdote de Cristo, según las "confidencias" contenidas en el libro A mis sacerdotes (o en la Cuenta de Conciencia). Estas líneas peculiares de las "confidencias" puede ser un medio determinante para vivir lo que es principal y específico del sacerdote diocesano: ser signo del Buen Pastor, en la "fraternidad sacramental" y "familia sacerdotal" del Presbiterio (cfr. PO 8; PDV 74), al servicio de la Iglesia particular y universal, en dependencia espiritual y pastoral del carisma episcopal que preside la diócesis en comunión con el Sucesor de Pedro. Respetando estas realidades sacerdotales de gracia, el plan de vida de un grupo o fraternidad sacerdotal, que se inspire en la doctrina de Concepción Cabrera de Armida, se encuadrará fácilmente en el "plan de vida" general del propio Presbiterio (cfr. PDV 79), siempre para vivir mejor la espiritualidad específica del sacerdote diocesano.

[14]He intentado resumir esta historia en: Misión al estilo de los Apóstoles. Itinerario para la formación inicial y permanente(Madrid, BAC, 2004), cap.9 (Itinerario formativo: etapas, dimensiones y proyecto de vida personal y comunitario). Respecto a la formación concreta en los Seminarios durante los diversos períodos históricos: Itinerario formativo de las vocaciones sacerdotales. Modelos teológico-históricos: Seminarium 46 (2006), n.1-2, 291-316.

 

[15]El Instrumentum Laboris de la Plenaria de la Congregación de los Pueblos (16-19 noviembre 2009) aporta datos muy interesantes para poder descubrir los “nuevos areópagos” y afrontarlos con el espíritu de San Pablo: San Pablo y los nuevos areópagos. A este documento habría que añadir los documentos de los Sínodos episcopales (especialmente continentales) ya realizados. Esta documentación es un verdadero tesoro, un hecho de gracia, para detectar la acción del Espíritu Santo en la Iglesia de hoy.

 

[16]Colección de documentos: La formación sacerdotal, Enchiridion. Documentos de la Iglesia sobre la formación sacerdotal (1965-1998)(Madrid, Comisión Episcopal de Seminarios y Universidades, 1999); Documenti (1969-1989), Formazione dei sacerdoti nel mondo d'oggi (Lib. Edit. Vaticana 1990. Ver algunos documentos citados en el apéndice final.

 

[17]Algunos documentos de Benedicto XVI durante el año sacerdotal: Carta para la convocación de un año sacerdotal (16 junio 2009); Homilía durante las vísperas (19 junio 2009, apertura del año sacerdotal); Catequesis sobre el Cura de Ars (Audiencia 24 junio 2009); Catequesis recordando la Fiesta del Cura de Ars (5 agosto 2009); Discurso a los participantes en el Congreso Teológico promovido por la Congregación del Clero (12 marzo 2010); Mensaje para la Jornada Mundial de oración por las vocaciones(25 abril 2010); Mensaje para la XLIV Jornada Mundial de las comunicaciones sociales: “El sacerdote y la pastoral en el mundo digital” (16 mayo 2010); Homilía durante la ordenación presbiteral (San Pedro, 20 junio 2010); Homilía durante la celebración de las vísperas (Fátima, 12 mayo 2010); Acto de consagración de los sacerdotes al Corazón de María(Fátima, 12 mayo 2010); Homilía en la clausura del Año Sacerdotal (11 junio 2010). Hay que resaltar las tres catequesis sobre cada uno los tres ministerios sacerdotales (“tria munera”) (14 abril, 5 mayo, 19 mayo 2010: anuncio, culto y santificación, dirección). Un intento de síntesis sobre el pensamiento sacerdotal del Papa durante sus coloquios: Perché sacerdote? Risposte attuali con Benedetto XVI(Cinisello Balsamo, Edizioni San Paolo, 2010).

 

[18]Juan Pablo II instó a vivir esta centralidad en la Encíclica Ecclesiade Eucharistia (17 abril 2003) y en la Carta ApostólicaMane nobiscum Domine para el año de la Eucaristía (7 octubre 2004).“El hombre está siempre tentado a reducir a su propia medida la Eucaristía, mientras que en realidad es él quien debe abrirse a las dimensiones del Misterio. «La Eucaristía es un don demasiado grande para admitir ambigüedades y reducciones»” (MND 14); el documento cita Ecclesia de Eucharistia 10. Es la misma insistencia de BenedictoXVI en la Exhortación Apostólica Postsinodal Sacramentum Caritatis (22 febrero 2007).

 

[19]Cfr. A.M. CAÑIZARES, Sacerdocio e liturgia: educacione alla celebrazione: Sacrum Ministerium XVI (2010) 129-149 (Atti Convegno Teologico “Fedeltà di Cristo, fedeltà del sacerdote”, 11-12 marzo 2010).

 

[20]BENEDICTO XVI, Homilía en la celebración de las vísperas  (Fátima, 12 mayo 2010).

 

[21]En este mismo mensaje, el Papa, aludiendo a un encuentro con sacerdotes,  hace referencia a la importancia de la “comunión” sacerdotal con vistas a suscitar vocaciones: “En julio de 2005, en el encuentro con el Clero de Aosta, tuve la oportunidad de decir que si los jóvenes ven sacerdotes muy aislados y tristes, no se sienten animados a seguir su ejemplo. Se sienten indecisos cuando se les hace creer que ése es el futuro de un sacerdote. En cambio, es importante llevar una vida indivisa, que muestre la belleza de ser sacerdote. Entonces, el joven dirá: «sí, este puede ser un futuro también para mí, así se puede vivir» (Insegnamenti I, [2005], 354). El Concilio Vaticano II, refiriéndose al testimonio que suscita vocaciones, subraya el ejemplo de caridad y de colaboración fraterna que deben ofrecer los sacerdotes (cf. Optatam totius 2)” (BENEDICTO XVI, Mensaje Jornada Mundial de oración por las vocaciones, 25 abril 2010).

 

[22]BENEDICTO XVI, Homilía en la celebración de las vísperas (Fátima, 12 mayo 2010).

 

[23]Homilía en la  clausura del año sacerdotal(11 junio 2010). Mi impresión personal es que se ha fallado especialmente en el acompañamiento: si el Presbiterio (obispo, presbíteros y diáconos) no son signo familiar y sacramental del Buen Pastor, la formación previa recibida en el Seminario no será suficiente. El proyecto de vida en el Presbiterio, pedido por Juan Pablo II (cfr. PDV 79), parece inexistente en muchas Iglesias particulares. Estudio el tema en: Ideario, objetivos y medios para un proyecto de vida sacerdotal en el Presbiterio: Sacrum Ministerium 1 (1995) 175-186. La necesidad de la actuación episcopal (ofrecida y aceptada): El ministerio episcopal de construir en comunión eclesial el propio presbiterio diocesano: Burgense 49/2 (2008) 359-396 (publicado en 2010).

 

[24]BENEDICTO XVI, Homilía en el inicio de su Pontificado (24 abril 2005), frase citada en: Sacramentum Caritatis 84.

 

[25]PABLO VI, en Evangelii nuntiandi invitaba a responder al mundo de hoy que pide nuestra experiencia de Dios: “El mundo exige a los evangelizadores que le hablen de un Dios a quien ellos mismo conocen y tratan familiarmente, como si estuvieran viendo al Invisible” (EN 76). El concilio Vaticano II indica el fundamento de esta exigencia, al recordar que “el Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre” (GS 22).

 

[26]Convendría recordar al respecto la experiencia de M. Teresa de Calcuta, que recibió la invitación del Señor (“Ven, serás mi luz”) y luego, según demuestran sus cartas de dirección espiritual, quedó en esa pobreza y oscuridad durante toda su vida, sin consolaciones especiales ni fenómenos extraordinarios, pero con el deseo profundo de ser para los demás un signo del amor de Jesús.

 

[27]Es muy estimulante el resumen que se hace de la “Lectio Divina” en el Mensaje final del Sínodo sobre la Palabra: “La tradición ha introducido la práctica de la LectioDivina, lectura orante en el Espíritu Santo, capaz de abrir al fiel no sólo el tesoro de la Palabra de Dios sino también de crear el encuentro con Cristo, Palabra divina y viviente. Ésta se abre con la lectura (lectio) del texto que conduce a preguntarnos sobre el conocimiento auténtico de su contenido práctico: ¿qué dice el texto bíblico en sí? Sigue la meditación (meditatio) en la cual la pregunta es: ¿qué nos dice el texto bíblico? De esta manera se llega a la oración (oratio) que supone otra pregunta: ¿qué le decimos al Señor como respuesta a su Palabra? Se concluye con la contemplación (contemplatio) durante la cual asumimos como don de Dios la misma mirada para juzgar la realidad y nos preguntamos: ¿qué conversión de la mente, del corazón y de la vida nos pide el Señor? Frente al lector orante de la Palabra de Dios se levanta idealmente el perfil de María, la madre del Señor, que «conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón» (Lc 2, 19; cf. 2, 51), - como dice el texto original griego - encontrando el vínculo profundo que une eventos, actos y cosas, aparentemente desunidas, con el plan divino” (Mensaje al Pueblo de Dios del Sínodo de los Obispos sobre la Palabra de Dios, 24 octubre 2008, n.9, en el apartado III: La Casa de la Palabra: La Iglesia).

 

[28]Ofrezco una síntesis breve del tema en: El discipulado del sacerdote ministro en la cultura emergente: Culture e Fede (Pont. Cons. deCultura, 18 (2010) 120-125. Para evitar inexactitudes, será útil la lectura de los documentos de la Congregación de la Fe, especialmente los emanados desde el concilio Vaticano II, así como también los documentos de la Comisión Teológica Internacional. Ver de modo especial: (Congregación para la Doctrina de la Fe) Instrucción sobre La vocación eclesial del teólogo (24 de mayo de 1990); Declaración sobre la unicidad y universalidad salvífica de Jesucristo y de la Iglesia, Dominus Jesus (6 agosto 2000). Ver también: (Congregación para la Educación Católica) La formación teológica de los futuros sacerdotes (22 febrero 1976; Enchiridion, nn.1440-1604).

 

[29]Cfr. R. TREMBLAY, Cristologia e identità sacerdotale: Sacrum Ministerium XVI (2010) 19-34 (Atti Convegno Teologico “Fedeltà di Cristo, fedeltà del sacerdote”, 11-12 marzo 2010).

 

[30]JUAN PABLO II, Discurso en la Asamblea plenaria de la Congregación para la doctrina de la Fe (24 octubre 1997).

 

[31]“El principio interior, la virtud que anima y guía la vida espiritual del presbítero en cuanto configurado con Cristo Cabeza y Pastor es la caridad pastoral, participación de la misma caridad pastoral de Jesucristo: don gratuito del Espíritu Santo y, al mismo tiempo, deber y llamada a la respuesta libre y responsable del presbítero” (PDV 23).

 

[32]Cfr. F. SANTORO, Dall’essere alla funzione per la missione: Sacrum Ministerium XVI (2010) 73-94 (Atti Convegno Teologico “Fedeltà di Cristo, fedeltà del sacerdote”, 11-12 marzo 2010).

 

[33]Documento conclusivo de la V Conferencia General, CELAM, (Aparecida, 2007),  n.31; para los presbíteros en particular, nn.191-204.

 

[34]Resumo los contenidos evangélicos del discipulado en: La misionariedad de la Iglesia en América Latina a la luz del discipulado evangélico: Medellín 32 (marzo, 2006) 99-120.

 

[35]BENEDICTO XVI, Mensaje para la Jornada Mundial de oración por las vocaciones (25 abril 2010). Ver otras citas de este mensaje en apartados anteriores.

 

[36]Presento estas líneas programáticas del itinerario en: La clave de la santidad en el Cura de Ars: humildad, confianza audaz, entrega generosa y misión, en:Sacerdocio de Cristo y santidad sacerdotal (Madrid, Facultad Teología San Dámaso, 2010) 51-72.

[37]BENEDICTO XVI, Homilía durante la celebración de las vísperas (Fátima, 12 mayo 2010).

[38]El “acompañamiento” es el desafío actual más acuciante. El Presbiterio, con su obispo, debe tomarse “en serio” el tema de las vocaciones y de su perseverancia fiel y generosa, ofreciendo el testimonio humilde de gozo pascual, vivido en familia sacerdotal (“fraternidad sacramental”) y con disponibilidad misionera. Ver más arriba, al final del apartado primero. La perspectiva del Doctorado de San Juan de Ávila podría dar inicio a una nueva etapa de un itinerario formativo que comprometa a todo el Presbiterio.

 

[39]BENEDICTO XVI, Acto de Consagración de los sacerdotes a Corazón Inmaculado de María(Fátima, 12 mayo 2010). En el “cenáculo” formativo (cfr. Hech 1,14), pedimos a María que “custodie hasta el más pequeño germen de vocación” (Mensaje para la Jornada Mundial de oración por las vocaciones, 25 abril 2010). Estudio detalladamente los documentos marianos del magisterio actual en: María en el itinerario de la formación, de la vida y del ministerio sacerdotal (Semana de Estudios de la Sociedad Mariológica Española, 2010). Ver el texto publicado en el blog: compartirencristo.wordpress (en el apartado María, artículos).

 

    [40]"Imitamini quod tractatis" (imitad lo que hacéis), es la expresión que ahora se encuentra en el texto de la alocución durante la ordenación presbiteral, cuando el obispo explica "la función de santificar en nombre de Cristo". Según Santo Tomás de Aquino, "la Ordenación sagrada presupone la santidad" (cfr. II-II, q.189, a.1, ad 3), para poder servir dignamente al cuerpo eucarístico y al cuerpo místico de Cristo (cfr. Supl. q.36, a.2, ad 1) y para guiar a otros por el camino de la santidad.

    [41]El "carácter" sacerdotal del sacramento del Orden exige santidad, por el hecho de poder obrar en nombre de Cristo; la gracia sacramental comunica la posibilidad de ser santos, es decir, de ser coherentes con lo que somos y hacemos.

    [42]Indicamos algunos estudios sobre santidad y espiritualidad sacerdotal: AA.VV., Espiritualidad sacerdotal, Congreso (Madrid, EDICE, 1989); C. BRUMEAU, Les éléments spécifiques de la vie spirituelle des prêtres d'après Vatican II: Le prêtre, hier, aujourd'hui, démain (Paris, Cerf, 1970) 196‑205; J. CAPMANY, Apóstol y testigos, reflexiones sobre la espiritualidad y la misión sacerdotales (Barcelona, Santandreu, 1992); M. CAPRIOLI, Il sacerdozio. Teologia e spiritualità (Roma, Teresianum, 1992); J. ESQUERDA BIFET, Teología de la espiritualidad sacerdotal (Madrid, BAC, 1991); Idem, Signos del Buen Pastor, Espiritualidad y misión sacerdotal (Bogotá, CELAM, 2002); A. FAVALE, El ministerio presbiteral, aspectos doctrinales, pastorales y espirituales (Madrid, Soc. Educ. Atenas, 1989); G. GRESHAKE, Ser sacerdote. Teología y espiritualidad del ministerio sacerdotal(Salamanca, Sígueme, 1995); J.L. ILLANES, Espiritualidad y sacerdocio (Madrid, Rialp, 1999); D. TETTAMANZI, La vita spirituale del prete (Casale Monferrato, PIEMME, 2002); R. SPIAZZI, Sacerdozio e santità. Fondamenti teologici della spiritualità sacerdo­tale (Roma 1963); K. WOJTYLA, La sainteté sacerdotale comme carte d'identité: Seminarium (1978) 167‑181; P. XARDEL, La flamme qui dévore le berger (Paris, Cerf, 1969).

    [43]Son los títulos bíblicos que usa y explica PO nn.1-3 y PDV cap.II (ver nn.20-22).

    [44]AA.VV., Identità e missione del sacerdote (Roma, Città Nuova, 1994); F. ARIZMENDI, Vale la pena ser hoy sacerdote? (México, Lib. Parroquial, 1988); M. THURIAN, L'identità del sacerdote (Casale Monferrato, PIEMME, 1993). Ver otros estudios en la nota 4.

    [45]Un brahmán convertido (que después fue sacerdote y misionero), me describía su conversión recordando su experiencia de encuentro con Cristo. Visitando la capilla del hospital, donde él era director, se encontró ante la imagen del crucifijo y oyó en su corazón: "Me amó". Enseguida sacó esta consecuencia: "Si él me ama, yo le quiero amar y hacerle amar"...

    [46]Cfr. S. Benito, Regla, 4,31; 72, 11.

    [47]Pastores dabo vobisindica la "Vida Apostólica" como punto de referencia de la santidad sacerdotal, siempre como imitación de la vida del Buen Pastor y según el estilo de los Apóstoles (cfr. PDV 15-16, 42, 60, etc.). Explico estos contenidos y ofrezco bibliografía, en: Signos del Buen Pastor, espiritualidad y misión sacerdotal (Bogotá, CELAM, 2002) cap. V (ser signo transparente del Buen Pastor) (trad. en italiano e inglés: Pontificia Universidad Urbaniana, Roma).

    [48]Las líneas de esta Vida Apostólica, eminentemente evangélica, se podrían resumir en las siguientes: 1ª: Elección, vocación, por iniciativa de Cristo (cfr. Mt 10,1ss; Lc 6, 12ss; Mc 3,13ss; Jn 13,18; 15,14ss). 2ª: "Sequela Christi" o seguimiento evangélico (cfr. Mt 4,19ss; 19, 21-27; Mc 10,35ss); 3ª: Caridad del Buen Pastor (cfr. Jn 10; Hech 20,17ss; 1Pe 5,1ss), 4ª: Misión de totalidad y de universalismo (cfr. Mt 28,18ss; Mc 16,15ss; Hech 1,8; Jn 20,21; PO 10). 5ª: Comunión fraterna (cfr. Lc 10,1; Jn 13,34.35; 17,21-23). 6ª: Eucaristía, centro e fuente de la evangelización (cfr. Lc 22,19-20; 1Cor 11,23ss; Jn 6,35ss). 7ª: Sintonía con la oración sacerdotal de Cristo (cfr. Jn 17; Mt 11,25ss; Lc 10,21ss). 8ª: Al servicio de la Iglesia esposa (cfr. 2Cor 11,2; Ef 5,25-27; Jn 17,23; 1Tim 4,14: "gracia" permanente). 9ª: Con María, "la Madre de Jesús" (cfr. Jn 19,25-27; Hech 1,14; Gal 4,4-19).

    [49]Cabría reflexionar sobre la realidad virginidad de María y de José, que les permitió descubrir en Cristo una predilección singular hacia ellos, abierta siempre a toda la humanidad y a cada ser humano en particular, de modo irrepetible. La vida sacerdotal centrada en Cristo, se resume en la imitación de su mirada hacia los hermanos, descubriendo en ellos una historia de amor esponsal y eterno. Todos ocupamos un lugar privilegiado en el Corazón de Cristo.

    [50]Puede aplicarse a todo apóstol y especialmente a todo sacerdote, esta afirmación de la encíclica misionera de Juan Pablo II: "Precisamente porque es « enviado », el misionero experimenta la presencia consoladora de Cristo, que lo acompaña en todo momento de su vida... Cristo lo espera en el corazón de cada hombre" (RMi 88).

    [51]La dimensión eucarística de la santidad sacerdotal es objeto de otra conferencia en este Encuentro Internacional de Sacerdotes.

    [52]La dimensión mariana es también objeto de otra conferencia en el presente Encuentro Internacional. Sobre la espiritualidad sacerdotal mariana, he resumido contenidos y bibliografía en: María en la espiritualidad sacedotal: Nuevo Diccionario de Mariología, Madrid, Paulinas 1988, 1799-1804. (Sacerdoti) Maria nella spiritualità sacerdotale: Nuovo Dizionario di Mariologia, Paoline 1985, 1237-1242. Ver también: G. CALVO, La espiritualidad mariana del sacerdote en Juan Pablo II: Compostellanum 33 (1988) 205-224.

    [53]"In persona Christi quiere decir más que «en nombre», o también, «en vez» de Cristo. In persona: es decir, en la identificación específica, sacramental con el sumo y eterno Sacerdote" (enc. Ecclesia de Eucharistia n.29).

    [54]Cfr. F. PASTOR RAMOS, Pablo, un seducido por Cristo (Estella, Verbo Divino, 1993). El tema paulino queda tratado por otra conferencia en ese encuentro sacerdotal.

    [55]Juan Pablo II, Carta del Jueves Santo de 1979, n. 6. Sería necesario empaparse de los escritos sacerdotales de toda la historia, especialmente de época patrística: San Ignacio de Antioquía ("Cartas), San Juan Crisótomo ("Libro sobre el sacerdocio"), San Ambrosio ("Los oficios de los ministros"), San Gregorio Magno ("Regla pastoral"), San Isidoro de Sevilla ("Los miniterios eclesiásticos"); en época de Trento, San Juan de Avila ("Pláticas a sacerdiotes", "Tratado sobre el sacerdocio"), San Carlos Borromeo, San Juan de Ribera, etc. Ver figuras y escritos de cada época histórica, en: Teología de la Espiritualidad Sacerdotal, o.c., cap.IX (síntesis histórica); Signos del Buen Pastor, o.c., cap.X (síntesis y evolución histórica) (trad. italiano, inglés).

    [56]La expresión "signo" se repite con frecuencia en PDV (cfr. nn.12, 15-16, 22, 42-43, 49). Tiene la connotación de "sacramentalidad", en el contexto de Iglesia "sacramento": signo transparente y portador. Indica la transparencia que refleja el propio ser y vivencia, y que se convierte en instrumento eficaz de santificación y de evangelización.

    [57]"La misión de la Iglesia, al igual que la de Jesús, es obra de Dios o, como dice a menudo Lucas, obra del Espíritu. Después de la resurrección y ascensión de Jesús, los Apóstoles viven una profunda experiencia que los transforma: Pentecostés. La venida del Espíritu Santo los convierte en testigos o profetas (cfr. Hech 1, 8; 2, 17-18), infundiéndoles una serena audacia que les impulsa a transmitir a los demás su experiencia de Jesús y la esperanza que los anima " (RMi 24).

    [58]Son todavía pocos los que se ordenan sacerdotes habiendo estudiado (o leído) estos documentos. Es necesario hacer una relectura de Presbyterorum Ordinis, en relación con Pastores dabo vobis y otros documentos (las Cartas del Jueves Santo, el Directorio, etc.). Entonces se descubre el propio ser como participación en el ser o consagración de Cristo (PO 1-3; PDV cap.II; Directorio cap.I), para prolongar su misma misión (PO 4-6; PDV cap.II, Directorio cap.II), en comunión de Iglesia (concretada también en el propio Presbiterio: PO 7-9; PDV 31, 74; Directorio 25-28), que exige y hace posible la santidad sacerdotal como "caridad pastoral" (PO 12-14; PDV cap.III; Directorio 43-56), concretada en las virtudes del Buen Pastor (PO 15-17; PDV 27-30; Directorio 57-67), sin olvidar los medios concretos y la formación permanente (PO 18-21; PDV cap.VI; Directorio cap.III). Hay que añadir la exhortación apostólica Pastores Gregis (2003), así como el Directorio para el ministerio pastoral de los Obispos (2004).

    [59]Presento las motivaciones y posibilidades de este proyecto en: Ideario, objetivos y medios para un proyecto de vida sacerdotal en el Presbiterio: Sacrum Ministerium 1(1995) 175-186. Ver también: J.T. SANCHEZ, Los sacerdotes protagonistas de la Evangelización, en: (Pontificia Comisión para América Latina), Evangelizadores, Obispos, sacerdotes y diáconos, religiosos y religiosas, laicos (Lib. Edit. Vaticana 1996) 101-110. Una buena base para un proyecto: Proposta di vita spirituale per i presbiteri diocesani (Bologna, EDB, 2003).

    [60]Estudié y resumí los documentos del Papa, bajo esta perspectiva, en: El carisma misionero de Juan Pablo II: De la experiencia de encuentro con Cristo a la misión: Osservatore Romano (esp.), 17.7.2001, pp.8-11. También en: Juan Pablo II, el carisma del encuentro con Cristo para la Misión: Omnis Terra n.321 (2002) 234-248; Jean Paul II: le charisme de la rencontre avec le Christ pour la mission: Omnis Terra (fr.) n.383 (2002)234-248; John Paul II, the Charisma of the encounter with Christ for Mission: Omnis Terra (Ing.) n.328 (2002) 233-247.

    [61]"Hoy son decisivos los signos de la santidad: ésta es un requisito previo esencial para una auténtica evangelización capaz de dar de nuevo esperanza. Hacen falta testimonios fuertes, personales y comunitarios, de vida nueva en Cristo. En efecto, no basta ofrecer la verdad y la gracia a través de la proclamación de la Palabra y la celebración de los Sacramentos; es necesario que sean acogidas y vividas en cada circunstancia concreta, en el modo de ser de los cristianos y de las comunidades eclesiales. Éste es uno de los retos más grandes que tiene la Iglesia en Europa al principio del nuevo milenio" (EEu 49). "Fruto de la conversión realizada por el Evangelio es la santidad de tantos hombres y mujeres de nuestro tiempo. No sólo de los que así han sido proclamados oficialmente por la Iglesia, sino también de los que, con sencillez y en la existencia cotidiana, han dado testimonio de su fidelidad a Cristo" (Ecclesia in Europa 14). Ver llamados semejantes en: Ecclesia in America 30-31 (vocación universal a la santidad, Jesús el único camino para la santidad); Ecclesia in Africa 136; Ecclesia in Oceania 30.

    [62]Ver también: Ecclesia in America 39; Ecclesia in Africa 97-98; Ecclesia in Asia 43; Ecclesia in Oceania 49.

    [63]Ver también: Ecclesia in America 43; Ecclesia in Africa 94; Ecclesia in Asia 44; Ecclesia in Oceania 51-52.

    [64]En la exhortación apostólica postsinodal Pastores Gregis", se subraya la necesidad de que el Obispo asuma la propia responsabilidad en el fomento de la espiritualidad de sus sacerdotes; ver especialmente nn.47-48. El Directorio para el ministerio pastoral de los obispos indica la mismas líneas: nn.75-83.

    [65]Los últimos documentos de Juan Pablo II trazan marcadamente esta línea de esperanza. A los apóstoles "les anima la esperanza" (RMi 24). Basta leer las Exhortaciones Apostólicas Postsinodales, donde se alienta a afrontar las nuevas situaciones siguiendo los signos positivos de la acción providencial de Dios. También en Novo Millennio Ineunte, donde se insta a profundizar el misterio de la Encarnación como "signo de genuina esperanza" (NMi 4). La historia de cada creyente es "una historia de encuentro con Cristo... en el diálogo con él reemprende su camino de esperanza" (NMi 8). "Nos anima la esperanza de estar guiados por la presencia de Cristo resucitado y por la fuerza inagotable de su Espíritu, capaz de sorpresas siempre nuevas" (NMi 12). "¡Duc in altum! ¡Caminemos con esperanza! Un nuevo milenio se abre ante la Iglesia como un océano inmenso en el cual hay que aventurarse, contando con la ayuda de Cristo" (NMi 58).

    [66]Un sacerdote mártir de mi diócesis (Lleida), durante la persecución del año 1936 en España, al ser fusilado todavía estaba con vida y recitaba el "Credo"; al acercarse el verdugo para rematarle con el tiro de gracia, pidió que le dejaran terminar la profesión de fe...

    [67]Ver algunas de sus testimonios de su tiempo de prisión, en: Testigos de esperanza. Ejercicios espirituales dados en el Vaticano en presencia de S.S. Juan Pablo II (Madrid, San Pablo, 2000). Es la vivencia paulina: "¿Quién nos separará del amor de Cristo?" (Rom 8,35).

    [68]Santa Teresa invita a "traerle siempre consigo", porque "con tan buen amigo presente, todo se puede sufrir" (Vida, 22,6).

    [69]La oración sacerdotal de Jesús, pronunciada en la última cena, puede relacionarse fácilmente con el Corazón o interioridad de María, especialmente desde que recibió el encargo de ser nuestra Madre (cfr. Jn 19,25-27: "he aquí a tu hijo"): "Ellos son mi expresión... tú les amas como a mí... yo estoy en ellos" (Jn 17,10.23.26).

    [70]Con el correr de los años de nuestro sacerdocio, podemos tener la sensación, en algún momento, de sentirnos con las "manos vacías"; pero el ejemplo de Sta. Teresa de Lisieux es entusiasmante, cuando dice al Señor: "Pon tus manos en las mías y ya no están vacías". Por mi parte, he de decir que en mis cincuenta años de sacerdocio (1954-2004), no me he arrepentido nunca del primer encuentro con Cristo cuando empecé a sentir la vocación sacerdotal. La vida sacerdotal es siempre una historia de gracia y de misericordia. Es vida que intenta gastarse con gozo, para amar y hacer amar a Cristo. A veces, he tenido la impresión de ser "un estropajo" inútil. Pero el encuentro personal con Cristo, renovado diariamente en la Eucaristía y en su Evangelio, me ha hecho sentir en el corazón sus palabras alentadoras: "Este estropajo es mío", lavado con mi sangre redentora (cfr. Ap 7,14)...

I.- TRABAJO SOBRE LA SANTIDAD SACERDOTAL EN AUTORES

 

 

He visto algunos libros de mi biblioteca para ver cómo posiblemente procedería si alguna vez tuviera que hablar sobre la santidad sacerdotal. Desde luego si para meditar me metería directamente en santidad sacerdotal. Y para brevedad un poco de Esquerda y MENSAJE A LOS SACERDOTES CON MOTIVO DEL AÑO SACERDOTAL, CEE, EDICE Madrid 2009

Tener en cuenta los libros de Sta. Lyonet, Charles BERNARD, DE LA POTERY, y todos los jesuitas de la Gregoriana de mi tiempo, especialmente los tratados de san Pablo.

 

 

Para un trabajo más amplio:

 

ESQUERDA BIFET: FORJADORES DE SANTOS, CONGREGACIÓN PARA EL CLERO, PONENCIAS DEL ENCUENTRO INTERNACIONAL DE SACERDOTES «SIGUIENDO LAS HUELLAS DE CRISTO APÓSTOL, MALTA 8-23 2004

ESQUERDA BIFET: ESPIRITUALIDAD SACERDOTAL, SERVIDORES DEL BUEN PASTOR,  EDICEP, 2008

PROLONGAR LA MISION DE CRISTO, RETIROS ESPIRITUALES PARA SACERDOTES 2009-2010, CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA

TEOLOGÍA DE LA ESPIRITUALIDAD SACERDOTAL, BAC.

 

 ST. LYONNET Y DE LA POTERY: LA VIDA SEGÚN EL ESPÍRITU, SÍGUEME

CHARLES BERNARD: TEOLOGÍA ESPIRITUAL, VERBO DIVINO

I SACERDOTI NELLO SPIRITUDLVTICAO II, DE LE CI, TORINO

 

PARA CONCEPTO GENERAL Y EMPEZAR Y TAMBIÉN PARTICULAR

MANUEL BELDA; GUIADOS POR EL ESPÍRITU, PALABRA

GAMARRA: MANUAL DE ESPIRITUALIDAD SACERDOTAL, MONTE CARMELO

 

 

 

 

 

 

 

LA DOCTRINA ESPIRITUAL DE SOR ISABEL DE LA TRINIDAD (p. Philippon)

 

SOR ISABEL Y EL SACERDOCIO

 

El misterio de la habitación de la Santísima Trinidad en lo más íntimo de ella fue la gran realidad de su vida espiritual. ¿No decía ella misma: «La Trinidad, he ahí nuestra morada, nuestra <casa>, la casa paterna de la que no debemos salir nunca... Me parece que he encontrado mi cielo en la tierra, puesto que el cielo es Dios y Dios está en mi alma. El día en que comprendí eso, todo se iluminó en mí... »?

       Como verdadera hija de San Juan de la Cruz, tenía conciencia de ese papel primordial de la fe en el orden sobrenatural. «Para acercarse a Dios, escribía, hay que creer. La fe es la sustancia de las cosas que hay que esperar y la convicción de las que no se ven. Sólo ella puede darnos verdaderas luces sobre Aquel que amamos; y nuestra alma debe escogerla como medio para llegar a la unión bienaventurada....Mi único ejercicio es entrar adentro y sumergirme en Los que están ahí».

La víspera de su muerte, podía escribir con toda verdad: «Creer que un ser que se llama Amor habita en nosotros en todo instante del día y de la noche, y que nos pide que vivamos en sociedad con Él, he aquí, os lo confío, lo que ha hecho de mi vida un cielo anticipado».

       El formulario llenado por Sor Isabel de la Trinidad, en forma recreativa, ocho días después de su entrada en el Carmelo, nos revela su estado de alma en el umbral de su vida religiosa. En él aparecen ya fuertemente señalados los rasgos más característicos de su fisonomía espiritual: su ideal de santidad: Vivir de amor para morir de amor, su apasionado culto de la voluntad divina, su predilección por el silencio, su devoción al alma de Cristo, la consigna de toda su vida interior: Sepultarse en lo más profundo del alma para encontrar en ella a Dios. Nada queda olvidado, ni siquiera su defecto dominante: la sensibilidad. Sólo falta el trabajo de desposeimiento, que será obra de las purificaciones pasivas del Noviciado, y la gracia suprema que transformará su vida dándole el sentido de su vocación definitiva: ser una alabanza de gloria a la Trinidad.

--¿Cuál es, según vos, el ideal de la santidad?

--Vivir de amor.

--¿Cuál es el medio más rápido para llegar a ella?

--Hacerse pequeñita, entregarse para siempre.

--¿Cuál es el Santo que preferís?

--El Discípulo amado que descansó sobre el corazón de su Maestro.

--¿Qué punto de la Regla preferís?

--El silencio.

--¿Cuál es el rasgo dominante de vuestro carácter?

--La sensibilidad.

--¿Vuestra virtud predilecta?

--La pureza. «Bienaventurados los corazones puros, porque verán a Dios».

--¿El defecto que os inspira más aversión?

--El egoísmo en general.

--Dadnos una definición de la oración.

--La unión de aquella que no es con Aquel que es.

--¿Qué libro preferís?

--El alma de Cristo; Ella me entrega todos los secretos del Padre que está en los cielos.

--¿Tenéis grandes deseos del cielo?

--Siento a veces su nostalgia, pero, excepto la visión, lo poseo en lo más íntimo de mi alma.

¿Qué disposiciones quisierais tener en la hora de la muerte?

--Quisiera morir amando y caer así en los brazos del que amo.

--¿Os agradaría más cierta clase de martirio?

--Me gustan todos, sobre todo, el del amor.

--¿Qué nombre quisierais tener en el cielo’?

--Voluntad de Dios.

--¿Cuál es vuestra divisa?

--Dios en mí y yo en El.

 

       Su correspondencia está llena de consejos sobre la Presencia de Dios: «Que vuestra alma sea un santuario, su reposo en esta tierra en donde es tan ofendido». «Que El haga de vuestra alma un pequeño cielo en donde pueda descansar con felicidad. Quitad de ella todo lo que pudiera herir su mirada divina. Vivid con Él. Dondequiera que estéis, cualquier cosa que hagáis, Él no os abandona nunca. Permaneced, pues, sin cesar con Él. Entrad en el interior de vuestra alma: Lo encontraréis siempre allí, queriendo haceros bien. Hago por vos una oración, que San Pablo hacía por los suyos: pedía que “Jesús habitara por la fe en sus corazones, a fin de que estuviesen arraigados en el amor”. Esta sentencia ¡es tan profunda, tan misteriosa! Si, que el Dios todo amor sea vuestra morada inmutable, vuestra celda y vuestro claustro en medio del mundo. Recordad que El permanece en el centro más íntimo de vuestra alma como en un santuario en donde quiere ser amado hasta la adoración».

 

«Allá arriba, en el foco del amor, pensaré activamente en vosotros. Para vosotros pediré --y ésa será la señal de mi entrada en el cielo-- una gracia de unión, de intimidad con el Maestro. Es lo que ha hecho de mi vida, os lo confío, un cielo anticipado: Creer que un Ser, que se llama el Amor, habita en nosotros en todo momento del día y de la noche y que nos pide que vivamos en Sociedad con El» .

 

 

2. Sor Isabel y los sacerdotes

 

El alma de una contemplativa no se deja encerrar en los limitados horizontes de las paredes de su convento. Su vida espiritual transportada en la gran corriente del pensamiento de la Iglesia se mueve bajo las perspectivas mismas de la redención. En todo momento su oración corredentora cubre al mundo. Así escribe a un sacerdote que se había encomendado a sus oraciones: «Antes de entrar en el gran silencio de Cuaresma, quiero contestar a su buena carta, y mi alma tiene necesidad de decirle que está en comunión con la suya para dejarse tornar, arrebatar, invadir por Aquel cuya caridad nos envuelve y que quiere consumarnos en el Uno con Él».

»¿No tiene esta pasión por escucharle? A veces esa necesidad de callarse es tan fuerte que quisiera una no saber otra cosa que quedarse como Magdalena a los pies del Maestro, ávida de oírlo todo, de penetrar siempre cada vez más en ese misterio de caridad que ha venido a revelarnos. ¿No le parece que en la acción, cuando en apariencia desempeña una el oficio de Marta, puede el alma permanecer siempre sepultada como Magdalena en su contemplación, manteniéndose en esta fuente? Así es como comprendo yo el Apostolado para la Carmelita como para el sacerdote. Entonces uno y otro pueden irradiar a Dios, darlo a las almas, si se mantienen ellos en esas fuentes divinas. Me parece que habría que colocarse muy cerca del Maestro, participar de su alma, identificarse  con todos sus movimientos, luego irse, como Él, en la voluntad de su Padre.

«Durante toda esta octava tenemos el Santísimo Sacramento expuesto en el oratorio; son horas divinas que uno pasa en ese rinconcito del cielo en el que poseemos la visión en sustancia bajo la humilde Hostia. Sí, es por cierto el mismo que contemplan los bienaventurados en la claridad y que adoramos nosotros en la fe. El otro día me escribían un pensamiento ¡tan bello! Se lo envío: «La fe es el cara a cara en las tinieblas».

»Unámonos, Padre, para constituir la felicidad de “Aquel que nos ha amado con exceso”, como dice San Pablo. Hagámosle en nuestra alma una morada totalmente pacificada en la que se cante siempre el cántico del amor, de la acción de gracias. Y luego, ese gran silencio... eco del que está en Dios... Como me lo decía, acerquémonos a la Virgen purísima, luminosísima, para que Ella nos introduzca en Aquel a quien penetró tan profundamente. Que nuestra vida sea una comunión continua, un movimiento simplísimo hacia Dios. Ruegue por mi a la Reina del Carmelo»

Carta a un seminarista que se iba a ordenar de diácono: «“Misericordias Domini in aeternum cantabo”. Como nuestra reverenda Madre no está libre esta noche, me encarga que yo vaya a usted para que reciba una palabrita del Carmelo que le diga cuán unido le está en este gran día. Por mi parte me recojo y me retiro hasta el fondo de mi alma, allí donde habita el Espíritu Santo. Le pido, a este Espíritu de amor “que todo lo penetra, aún las profundidades de Dios”,

que se dé sobreabundantemente a usted e irradie su alma a fin de que, bajo la gran luz, vaya ella a recibir “la Unción del Santo”, de que habla el discípulo del amor. Con usted canto el himno de la acción de gracias y me callo para adorar el misterio que envuelve todo su ser. Es la Trinidad entera la que se inclina hacia usted para hacer resplandecer la “gloria de su gracia”

San Pablo en su epístola a los Romanos dice que “a los que ha conocido en su presencia, Dios los ha también predestinado para ser conformes a la imagen de su Hijo” . Me parece que de quien aquí se trata es justamente de usted. ¿No es usted ese predestinado que ha elegido Dios para ser su sacerdote? Creo que en su actividad de amor el se inclina hacia su alma, que la trabaja dándole con su mano divina un toque delicado para que la semejanza con el Ideal divino vaya siempre en aumento hasta el día en que le diga la Iglesia: “Tu es sacerdos in aeternum”. Entonces todo en usted será, por decirlo así, una copia de Jesucristo, el Pontífice Supremo, y podrá reproducirlo sin cesar frente a su Padlre y delante de las almas. ¡Qué grandeza! Es la virtud “supereminente” de Dios que se vierte en su ser para transformarlo y divinizarlo. ¡Qué recogimiento! ¡qué amorosa atención a Dios reclama esa obra sublime!».

Habiendo por fin llegado la hora de la ordenación sacerdotal, frente al misterio inminente, el alma de Sor Isabel, impotente para traducir sus sentimientos, no encuentra refugio sino en una oración más intensa: «Había pedido a nuestra reverenda Madre permiso para escribirle a fin de decirle que mi alma estaba toda con la suya en estos últimos días que preceden a su ordenación; pero he aquí que al acercarme a usted delante del gran misterio que se prepara no sé sino callarme..., y adorar los excesos de amor de nuestro Dios. Con la Virgen podrá usted cantar su Magníficat y estremecerse de alegría en Dios su Salvador, pues el Omnipotente hace en usted grandes cosas y su misericordia es eterna. Luego, como María, conserve todo eso en su corazón. Colóquelo juntito al de Ella, pues esta Virgen sacerdotal es también «Madre en la divina gracia», y en su amor quiere prepararle para ser “ese sacerdote fiel enteramente según el Corazón de Dios”, de que se habla en la Sagrada Escritura. Como ese pontífice “sin padre, sin madre, sin genealogía, sin comienzo de días, sin fin de vida”, imagen del Hijo de Dios, de que habla San Pablo en su epístola a los Hebreos, usted también llega a ser por la unción santa ese ser que no pertenece más a la tierra, ese mediador entre Dios y las almas, llamado a hacer resplandecer “la gloria de su gracia” participando en la eminente grandeza de su virtud.

Jesús, el Sacerdote eterno, decía al Padre al entrar en el mundo: “Heme aquí para hacer vuestra voluntad”. Me parece que esta hora solemne de su entrada en el sacerdocio ésa debe ser también su oración, y me gusta rezarla con usted. El viernes, en el Santo Altar, cuando por la primera vez entre sus manos consagradas, Jesús, el Santo de Dios, venga a encarnarse en la humilde hostia, no olvide a aquella a quien Él ha conducido al Carmelo para que allí sea la alabanza de su gloria. Pídale que la sepulte en la profundidad de su misterio y que la consuma con los fuegos de su amor. Después ofrézcala al Padre con el Cordero divino. Adiós, Padre, si supiera cómo ruego por Usted. “Que la gracia de Nuestro Señor Jesucristo, la caridad de Dios y la comunicación del Espíritu Santo sean con usted”» (18).

Sor Isabel amaba al sacerdote sobre todo en el Altar, en el momento en que, entre sus manos, el Verbo Encarnado se inmola por la Iglesia. El sentido de Cristo grabado en su alma por el bautismo le daba conciencia de que, en ese momento sobre todo, el sacerdote ejerce en el mundo su oficio de mediador. No iba, como Santa Catalina de Sena, a besar las huellas de los pasos del sacerdote que, en la Comunión, le había dado a Cristo; pero, con insistencia conmovedora, nunca dejaba de suplicar a los sacerdotes a quienes conocía, que se acordaran de ella en el altar y sumergieran su alma «en la sangre del Cordero» (19). «Sé que cada día ruega por mí en la Santa Misa. Póngame en el cáliz para que mi alma sea totalmente bañada en esa sangre de mi Cristo de la que tengo sed, para ser toda pura, toda transparente, para que la Trinidad pueda reflejarse en mí como en un cristal».

No se cansa, con ocasión de las más pequeñas fiestas o aniversarios, de implorar este gran favor. «Mañana es la fiesta de Santa Magdalena aquella de quien la Verdad dijo: “Ha amado mucho”; es también fiesta para mi alma, pues celebro el aniversario de mi bautismo. Puesto que sois el sacerdote del Amor, vengo a pedirle, con permiso de nuestra reverenda Madre, tenga a bien consagrarme a Él mañana en la Santa Misa. Bautíceme en la sangre del Cordero, a fin de que, virgen de todo lo que no es Él, no viva más que para amar con una pasión siempre creciente, hasta esa feliz unidad a la que Dios nos ha predestinado en su voluntad eterna e inmutable. Gracias, Padre, me recojo bajo su bendición».

Conocía bien el texto de su Padre espiritual, San Juan de la Cruz, en el cántico: «Es más precioso delante de El (Dios) y del alma un poquito de este puro amor y más provecho hace a la Iglesia, aunque parece que no hace nada, que todas esas otras obras juntas».

«Tan cierto es que la más pequeña chispa de puro amor es para la Iglesia de la mayor importancia. Ser apóstol es comunicar a Jesucristo al mundo. Pero no lo da uno sino en la medida en que uno mismo lo posee. En su último discurso a sus discípulos,--la víspera de su muerte--, el Maestro mismo nos ha enseñado las verdaderas leyes del apostolado: «“Yo soy la viña, vosotros sois los sarmientos. El que permanece en Mí y Yo en él dará mucho fruto. Una rama no puede dar fruto, separada del tronco; vosotros, lo mismo; sin Mí no podéis hacer nada. Pero si permanecéis en Mí daréis fruto, mucho fruto”».

En pos de su Maestro, Sor Isabel de la Trinidad, tan solícita de vida interior, no podía dejar de subrayar esta necesidad para el sacerdote, de la unión con Nuestro Señor, si quiere a su vez comunicarlo a las almas. En el pensamiento de Sor Isabel, el apóstol es ante todo un ser de oración y de inmolación silenciosa, a imagen del Crucificado que ha salvado al mundo no con una acción brillante o con hermosos discursos, sino con sus sufrimientos y su muerte. Su apostolado de Carmelita asociado a la acción del sacerdote quiere permanecer en la línea de esa inmolación redentora y en la imitación de esa muerte. Se afana “por completar en su carne lo que falta a los sufrimientos de Jesús para su cuerpo que es la Iglesia” y llenar así esas misteriosas lagunas de la Pasión de Cristo, dejadas por Dios a fin de que nosotros mismos podamos contribuir con nuestra gota de sangre a esa grandiosa obra de la redención del mundo.

«Pidámosle que nos haga verdaderos en nuestro amor, es decir, que haga de nosotros seres de sacrificio, pues me parece que el sacrificio no es más que el amor puesto en acción. “Me amó, se entregó por mí”. Me gusta este pensamiento: La vida del sacerdote --y de una Carmelita— es un Adviento que prepara la Encarnación de las almas”. David canta en un salmo: “el fuego marchará delante del Señor” . El fuego ¿no es el amor? ¿Y no es también nuestra misión la de preparar los caminos del Señor por nuestra unión con Aquel a quien llama el Apóstol “un fuego devorador”? A su contacto nuestra alma llegará a ser como una llama de amor que se difunde en todos los miembros del Cuerpo de Cristo que es la Iglesia. Entonces consolaremos al corazón de nuestro Maestro, y él podrá decir mostrándonos al Padre: “Ya estoy glorificado en ellos”».

«¿No os parece que para las almas no hay distancia, separación? Es por cierto la realización de la oración de Cristo: “Padre, que sean consumados en el Uno”. Me parece que las almas en la tierra y los glorificados en la luz de la visión están tan cerca unos de otros, puesto que participan todos de un mismo Dios, de un mismo Padre que se da a unos en la fe y el misterio y sacia a los otros en sus claridades divinas. Pero es el mismo y Le llevamos en nosotros. Está inclinado hacia nosotros con toda su caridad, de día y de noche, queriendo comunicarnos, infundirnos su vida divina, a fin de hacer de nosotros seres deificados que lo irradien por doquier. ¡Cuán poderoso es sobre las almas el apóstol que permanece siempre en la fuente de las aguas vivas! Entonces puede desbordarse a su alrededor sin que su alma nunca se vacíe, puesto que él participa del Infinito. Ruego mucho por Vd., para que Dios invada todas las potencias de su alma, le haga participar de todo el misterio, para que todo en Vd. sea divino y marcado con su sello, a fin de que sea otro Cristo que trabaja por la gloria del Padre. Vd. también ruega por mí, ¿verdad? Quiero trabajar por la gloria de Dios y para eso es necesario que esté enteramente llena de El. Entonces tendré todo poder: una mirada, un deseo, llegan a ser una oración irresistible que puede obtenerlo todo puesto que, por decirlo así, es Dios el que uno ofrece a Dios. Que nuestras almas no formen más que una en Él. Mientras Vd. Le lleva a las almas, yo quedaré como Magdalena, silenciosa y adoradora junto al Maestro, pidiéndole que haga fecunda en las almas su palabra. Apóstol y Carmelita, es todo uno. Seamos enteramente de Él, dejémonos invadir por su savia divina. Que Él sea la vida de nuestra vida, el alma de nuestra alma, y permanezcamos día y noche conscientes bajo su acción divina».

¿Qué decir de la acción del sacerdote en las almas más espirituales de la Iglesia? Ellas, sobre todo, tienen necesidad de la prudente discreción del sacerdote para no extraviarse en el «sendero estrecho» que conduce a la unión divina. San Juan de la Cruz ha dejado páginas severas y duras advertencias a los directores insuficientes que carecen de ciencia y de virtud. ¡Un buen director de almas es tan raro y de tal precio! «Hay que escogerlo entre mil», advertía San Francisco de Sales. Santa Teresa, que sobre este punto tuvo no poco que sufrir, conservó siempre un recuerdo agradecido de esos sacerdotes doctos y piadosos en los que Dios le había proporcionado «un lanzarse hacia lo que está adelante».

»Cómo siente uno la necesidad de santificarse, de olvidarse, para dedicarse enteramente a los intereses de la Iglesia! ¡Pobre Francia! Me gusta cubrirla con la sangre del Justo, de “Aquel que está siempre vivo a fin de interceder”  y pedir misericordia. ¡Cuán sublime es la misión de la Carmelita! Debe ser mediadora con Jesucristo, ser para Él como una humanidad suplementaria en la que Él pueda perpetuar su vida de reparación, de sacrificio, de alabanza y de oración. Pídale que yo esté a la altura de mi vocación y que no abuse de las gracias que me prodiga. ¡Si supiera cómo eso me da miedo a veces! Entonces, me arrojo en Aquel a quien San Juan llama “el Fiel, el Verdadero” y Le suplico que sea Él mismo mi fidelidad... El Domingo de la Epifanía es el tercer aniversario de mis bodas con el Cordero: ¿querrá, en el Santo Sacrificio, al consagrar la hostia en que se encarna Jesús, consagrar también a su hijita al Amor Omnipotente, para que El la transforme en alabanza de gloria».

 

Una cosa que no sospechaba Sor Isabel de la Trinidad era la atmósfera divina a la que conducía a las almas sacerdotales que tuvieron la dicha de tratarla y todas las cuales conservaron de ella el recuerdo de una muy alta santidad. Los que tienen experiencia lo saben: si el sacerdote es puesto por Dios junto a las almas para dirigirlas y salvarlas, en el plan de la Providencia hay también almas puestas junto al sacerdote, a fin de revelarle o de recordarle el camino de las cimas.

¡Cuántas almas sacerdotales han sacado de los escritos de Sor Isabel de la Trinidad esa mirada definitiva hacia las cimas que hace nuevas todas las cosas! Para la humilde Carmelita de Dijón, ésta es su manera agradecida de devolver al sacerdocio algo de lo que había recibido de él. Más que nunca, de lo alto del cielo.

 

3. Alabanza de gloria

 

«Hemos sido predestinados por un decreto de Aquel que todo lo obra según el consejo de Su voluntad, a fin de que seamos la “alabanza de su gloria”. Es San Pablo el que así habla. San Pablo instruido por Dios mismo. ¿Cómo realizar ese gran sueño del corazón de nuestro Dios, esa voluntad inmutable sobre nuestras almas? ¿Cómo, en una palabra, responder a nuestra vocación y llegar a ser perfectas alabanzas de gloria a la Santísima Trinidad? En el cielo, cada alma es una alabanza de gloria al Padre, al Verbo, al Espíritu Santo, porque cada alma está fijada en el puro amor y no vive ya de su vida propia, sino de la de Dios. Entonces dice San Pablo “ella le conoce como es conocida por Él”».

En otros términos:

Una alabanza de gloria, es un alma que permanece en Dios, que le ama con amor puro y desinteresado, sin buscarse a sí misma en la dulzura de este amor, que le ama por encima de todos sus dones, aun cuando no hubiera recibido nada de Él, y que desea el bien al objeto así amado. Ahora bien, ¿cómo desear y querer efectivamente el bien a Dios, sino cumpliendo su voluntad, puesto que esta voluntad ordena todas las cosas para su mayor gloria? Así pues, esta alma debe entregarse a esa voluntad plena, ardientemente, hasta no poder ya querer otra cosa que lo que Dios quiere.

«Una alabanza de gloria», es un alma de silencio que permanece como una lira bajo la pulsación misteriosa del Espíritu Santo para hacerle producir armonías divinas. Sabe que el sufrimiento es una cuerda que produce sonidos más hermosos aún; por eso quiere tenerla en su instrumento a fin de remover más deliciosamente el corazón de su Dios.

Finalmente, una «alabanza de gloria» es un ser siempre en acción de gracias: cada uno de sus actos, de sus movimientos, de sus pensamientos, cada una de sus aspiraciones, al mismo tiempo que la arraigan más profundamente en el amor, son como un eco del Sanctus eterno.

       Dice la «santa» Sor Isabel:

«En el cielo de la gloria, los bienaventurados no tienen descanso ni de día ni de noche, diciendo: «Santo, Santo, Santo es el Señor Omnipotente...» y, prosternándose, adoran al que vive por los siglos.

«En el cielo de nuestra alma, seamos ALABANZA DE GLORIA DE LA SANTISIMA TRINIDAD, alabanza de amor a nuestra Madre luma- culada. Un día se descorrerá el velo, seremos introducidos en los atrios eternos, y allí cantaremos en el seno del Amor infinito, y Dios nos dará el nombre nuevo prometido al vencedor; ¿cuál será’?: LAUDEM GLORIAE».

 

4. ULTIMO RETIRO DE «LAUDEM GLORIAE»

 

El P. Phillipon, para mí uno de los que mejor ha profundizado y escrito sobre la doctrina de Sor Isable de la Trinidad, dice: «Si se desea conocer en toda su profundidad el pensamiento de Sor Isabel de la Trinidad, hay que recurrir a su último retiro. El Ultimo retiro de Laudem gloriae --ella misma le dio este título-- es, por decirlo así, su pequeña suma mística, la quintaesencia de su doctrina espiritual, en el momento más elevado de su experiencia mística. Es un verdadero tratado de la unión transformante, tal como ella la concebía en la línea de su vocación suprema de «alabanza de gloria», y tal cual la vivía interiormente. En él deja un programa de vida a todas las «alabanzas de glorias» que más tarde quieran marchar en pos de ella por el camino de una santidad que se olvida enteramente de sí y orientada por completo hacia la purísima gloria de la Trinidad».

 

Último día: viernes, 31 de agosto de 1906.

«Mi sueno es ser la alabanza de su gloria».

 

EN EL SENO DE LA TRANQUILA TRINIDAD

 

«Como el sediento ciervo ansía las fuentes de aguas vivas, así, oh Dios mío, clama por ti el alma mía. Sedienta está mi alma del Dios fuerte y vivo. ¿Cuándo será que yo llegue y me presente ante la faz divina?»

Y no obstante, así como el “pajarillo halló hueco donde guarnecerse, y nido la tórtola para poner sus polluelos”, Laudem gloriae, esperando verse trasladada a la Jerusalén santa, “beata pacis visio,” ha encontrado su retiro, beatitud y cielo anticipado, donde comienza la vida de su eternidad.

“Callada permanece mi alma en Dios, aguardando me libre su mano; sí, Él es la roca donde me pongo a salvo, mi alcázar fuerte e inquebrantable”.

He aquí el misterio que hoy canta mi lira. Como a Zaqueo, mi divino Maestro me lo ha dicho: “Baja luego, porque conviene que hoy me hospede en tu casa”. Baja luego. Pero ¿a dónde? A lo más profundo de mi ser, después de haberme dejado a mí misma, en una palabra, sin mi yo.

“Conviene que me hospede en tu casa”. Mi Maestro es quien me manifiesta este deseo; mi Señor, el Verbo encarnado es quien quiere morar en mi, con el Padre y el Espíritu de amor, para que esté en sociedad (138) con Ellos.

“Ya no sois huéspedes o extraños; antes bien de la casa de Dios”, dice San Pablo. He aquí cómo entiendo yo ser de la casa de Dios: procurando vivir en el seno de la apacible Trinidad, en mi interior abismo, en aquel alcázar inexpugnable del santo recogimiento de que habla San Juan de la Cruz.

“Mi alma cae desfallecida al penetrar en los atrios del Señor”. Tal debe ser la actitud de toda alma que penetra en su interior para contemplar allí a su Dios y estar en contacto con El. Desfallece en un desmayo divino en presencia de aquel amor todopoderoso, de aquella majestad infinita que mora en ella. La vida no es la que la abandona, sino que ella misma es quien desprecia esa vida natural y se aparta de ella, sintiendo que no es digna de su esencia tan preciosa; así desea morir y engolfarse en su Dios. ¡Oh, cuán bella es esta criatura así libertada y desasida! Hállase en estado de “disponer en su corazón escalones para subir desde este valle de lágrimas (es decir, desde todo cuanto no es Dios) hasta el lugar que Dios le destinó”, hasta aquel lugar espacioso que es la insondable Trinidad: «Immensus Pater, immensus Filius, immensus Spiritus Sanctus».

Luego sube, elévase ella por encima de los sentidos, de la naturaleza; pasa más allá de sí misma, por encima de todo gozo, de cualquier dolor, y atraviesa las nubes, sin pararse hasta haber penetrado en el interior de Aquel a quien ama, y que la ha de conceder el reposo del abismo; todo lo cual se verifica sin que haya salido del alcázar santo, habiéndole dicho el divino Maestro: “Baja luego”.

De igual modo, sin salir de allí, ha de vivir, a semejanza de la Trinidad inmutable, en un presente eterno, adorándola siempre por ser quien es y llegando a ser, en virtud de una mirada cada vez más sencilla, cada vez más unitiva, “el esplendor de su gloria”, o sea incesante alabanza de gloria de sus adorables perfecciones.

DECIMOQUINTO DÍA

 

«JANUA COELI»

 

Después de Jesucristo, pero teniendo en cuenta la distancia que media entre lo infinito y lo finito, hay una criatura que fue también la magna alabanza de gloria de la Santisíma Trinidad, habiendo correspondido plenamente a la elección divina de que habla el Apóstol; pues fue siempre y en todo momento, pura, inmaculada e irreprensible a los ojos de Dios de toda santidad.

Su alma es tan sencilla y los movimientos de la misma tan íntimos, que no es posible percibirlos; parece que reproduce en la tierra la vida del Ser divino, del Ser simplicísimo; por lo mismo es tan transparente, tan luminosa, que se la podría creer la luz misma. Sin embargo, no es sino el «espejo del Sol de Justicia». «Speculum justitiae».

Puede compendiarse toda su historia en estas pocas palabras: “La Virgen conservaba todas estas cosas en su corazón”; en él recogida vivió, y en tal profundidad, que la mirada humana no alcanza a sondearla.

Cuando leo en el Evangelio que María fue presurosa hacia las montañas de Judea, a desempeñar oficios de caridad para con su prima Isabel, ¡cuán bella la veo caminar! ¡Cuán serena, majestuosa y recogida dentro de sí con el Verbo de Dios! Su oración, como también la de El fue siempre ésta: “Ecce”: Aquí me tenéis. ¿A quién? ¡A la esclava del Señor, a la última de sus criaturas, ella, su Madre!

Tan sincera fue su humildad, siempre olvidada, ignorada de si misma, que le fue dado exclamar: “Ha obrado cosas grandes en mí el que es Todopoderoso. Desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones”.

Pero esta Reina de las Vírgenes es asimismo Reina de los Mártires; mas en su corazón es donde la traspasó la espada, porque en Ella todo se verifica en el interior.

¡Oh, cuán bella es para quien la contempla durante su prolongado martirio envuelta en una majestad que a la vez ostenta fortaleza y mansedumbre!, pues había aprendido del Verbo mismo cómo deben sufrir aquellos a quienes el Padre escogió por víctimas, aquellos a quienes resolvió asociar a la magna obra de la redención, “los que conoció y predestinó para ser conformes a Cristo, crucificado por amor”.

Ahí está de pie cerca de la Cruz, en la actitud de fortaleza y valor; y mi Maestro me dice, dándomela como Madre: “Ecce Mater tua”. Y ahora que Él ha vuelto a la mansión del Padre y me sustituyó sobre la cruz en su lugar, con objeto de que “sufra yo en mí lo que resta padecer en pro de su cuerpo”, que es la Iglesia, junto a mí está la Virgen para enseñarme a sufrir como Él, y hacerme oír los últimos ecos de su alma, que nadie más que su Madre pudo percibir.

En cuanto haya pronunciado mi “consummatum est”, también Ella, «Janua Coeli», es quien ha de introducirme en los atrios eternales con estas dulces palabras: «Laetatus sum in his quae dicta sunt mihi: in domum Domini ibimus! «...

 

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MENSAJE DEL PAPA BENEDICTO XVIPARA LA XLVII JORNADA MUNDIAL DE ORACIÓN POR LAS VOCACIONES.

25 DE ABRIL DE 2010 – IV DOMINGO DE PASCUA

Tema: El testimonio suscita vocaciones

 

Venerados Hermanos en el Episcopado y en el Sacerdocio; queridos hermanos y hermanas

La 47 Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, que se celebrará en el IV domingo de Pascua, domingo del “Buen Pastor”, el 25 de abril de 2010, me ofrece la oportunidad de proponer a vuestra reflexión un tema en sintonía con el Año Sacerdotal: El testimonio suscita vocaciones. La fecundidad de la propuesta vocacional, en efecto, depende primariamente de la acción gratuita de Dios, pero, como confirma la experiencia pastoral, está favorecida también por la cualidad y la riqueza del testimonio personal y comunitario de cuantos han respondido ya a la llamada del Señor en el ministerio sacerdotal y en la vida consagrada, puesto que su testimonio puede suscitar en otros el deseo de corresponder con generosidad a la llamada de Cristo. Este tema está, pues, estrechamente unido a la vida y a la misión de los sacerdotes y de los consagrados. Por tanto, quisiera invitar a todos los que el Señor ha llamado a trabajar en su viña a renovar su fiel respuesta, sobre todo en este Año Sacerdotal, que he convocado con ocasión del 150 aniversario de la muerte de san Juan María Vianney, el Cura de Ars, modelo siempre actual de presbítero y de párroco.

Ya en el Antiguo Testamento los profetas eran conscientes de estar llamados a dar testimonio con su vida de lo que anunciaban, dispuestos a afrontar incluso la incomprensión, el rechazo, la persecución. La misión que Dios les había confiado los implicaba completamente, como un incontenible “fuego ardiente” en el corazón (cf. Jr 20, 9), y por eso estaban dispuestos a entregar al Señor no solamente la voz, sino toda su existencia. En la plenitud de los tiempos, será Jesús, el enviado del Padre (cf. Jn 5, 36), el que con su misión dará testimonio del amor de Dios hacia todos los hombres, sin distinción, con especial atención a los últimos, a los pecadores, a los marginados, a los pobres. Él es el Testigo por excelencia de Dios y de su deseo de que todos se salven. En la aurora de los tiempos nuevos, Juan Bautista, con una vida enteramente entregada a preparar el camino a Cristo, da testimonio de que en el Hijo de María de Nazaret se cumplen las promesas de Dios. Cuando lo ve acercarse al río Jordán, donde estaba bautizando, lo muestra a sus discípulos como “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29). Su testimonio es tan fecundo, que dos de sus discípulos “oyéndole decir esto, siguieron a Jesús” (Jn 1, 37).

También la vocación de Pedro, según escribe el evangelista Juan, pasa a través del testimonio de su hermano Andrés, el cual, después de haber encontrado al Maestro y haber respondido a la invitación de permanecer con Él, siente la necesidad de comunicarle inmediatamente lo que ha descubierto en su “permanecer” con el Señor: “Hemos encontrado al Mesías —que quiere decir Cristo— y lo llevó a Jesús” (Jn 1, 41-42). Lo mismo sucede con Natanael, Bartolomé, gracias al testimonio de otro discípulo, Felipe, el cual comunica con alegría su gran descubrimiento: “Hemos encontrado a aquel de quien escribió Moisés, en el libro de la ley, y del que hablaron los Profetas: es Jesús, el hijo de José, el de Nazaret” (Jn 1, 45). La iniciativa libre y gratuita de Dios encuentra e interpela la responsabilidad humana de cuantos acogen su invitación para convertirse con su propio testimonio en instrumentos de la llamada divina. Esto acontece también hoy en la Iglesia: Dios se sirve del testimonio de los sacerdotes, fieles a su misión, para suscitar nuevas vocaciones sacerdotales y religiosas al servicio del Pueblo de Dios. Por esta razón deseo señalar tres aspectos de la vida del presbítero, que considero esenciales para un testimonio sacerdotal eficaz.

Elemento fundamental y reconocible de toda vocación al sacerdocio y a la vida consagrada es la amistad con Cristo. Jesús vivía en constante unión con el Padre, y esto era lo que suscitaba en los discípulos el deseo de vivir la misma experiencia, aprendiendo de Él la comunión y el diálogo incesante con Dios. Si el sacerdote es el “hombre de Dios”, que pertenece a Dios y que ayuda a conocerlo y amarlo, no puede dejar de cultivar una profunda intimidad con Él, permanecer en su amor, dedicando tiempo a la escucha de su Palabra. La oración es el primer testimonio que suscita vocaciones. Como el apóstol Andrés, que comunica a su hermano haber conocido al Maestro, igualmente quien quiere ser discípulo y testigo de Cristo debe haberlo “visto” personalmente, debe haberlo conocido, debe haber aprendido a amarlo y a estar con Él.

Otro aspecto de la consagración sacerdotal y de la vida religiosa es el don total de sí mismo a Dios. Escribe el apóstol Juan: “En esto hemos conocido lo que es el amor: en que él ha dado su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por los hermanos” (1 Jn 3, 16). Con estas palabras, el apóstol invita a los discípulos a entrar en la misma lógica de Jesús que, a lo largo de su existencia, ha cumplido la voluntad del Padre hasta el don supremo de sí mismo en la cruz. Se manifiesta aquí la misericordia de Dios en toda su plenitud; amor misericordioso que ha vencido las tinieblas del mal, del pecado y de la muerte. La imagen de Jesús que en la Última Cena se levanta de la mesa, se quita el manto, toma una toalla, se la ciñe a la cintura y se inclina para lavar los pies a los apóstoles, expresa el sentido del servicio y del don manifestados en su entera existencia, en obediencia a la voluntad del Padre (cfr Jn 13, 3-15). Siguiendo a Jesús, quien ha sido llamado a la vida de especial consagración debe esforzarse en dar testimonio del don total de sí mismo a Dios. De ahí brota la capacidad de darse luego a los que la Providencia le confíe en el ministerio pastoral, con entrega plena, continua y fiel, y con la alegría de hacerse compañero de camino de tantos hermanos, para que se abran al encuentro con Cristo y su Palabra se convierta en luz en su sendero. La historia de cada vocación va unida casi siempre con el testimonio de un sacerdote que vive con alegría el don de sí mismo a los hermanos por el Reino de los Cielos. Y esto porque la cercanía y la palabra de un sacerdote son capaces de suscitar interrogantes y conducir a decisiones incluso definitivas (cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal, Pastores dabo vobis, 39).

Por último, un tercer aspecto que no puede dejar de caracterizar al sacerdote y a la persona consagrada es el vivir la comunión. Jesús indicó, como signo distintivo de quien quiere ser su discípulo, la profunda comunión en el amor: “Por el amor que os tengáis los unos a los otros reconocerán todos que sois discípulos míos” (Jn 13, 35). De manera especial, el sacerdote debe ser hombre de comunión, abierto a todos, capaz de caminar unido con toda la grey que la bondad del Señor le ha confiado, ayudando a superar divisiones, a reparar fracturas, a suavizar contrastes e incomprensiones, a perdonar ofensas. En julio de 2005, en el encuentro con el Clero de Aosta, tuve la oportunidad de decir que si los jóvenes ven sacerdotes muy aislados y tristes, no se sienten animados a seguir su ejemplo. Se sienten indecisos cuando se les hace creer que ése es el futuro de un sacerdote. En cambio, es importante llevar una vida indivisa, que muestre la belleza de ser sacerdote. Entonces, el joven dirá:"sí, este puede ser un futuro también para mí, así se puede vivir" (Insegnamenti I, [2005], 354). El Concilio Vaticano II, refiriéndose al testimonio que suscita vocaciones, subraya el ejemplo de caridad y de colaboración fraterna que deben ofrecer los sacerdotes (cf. Optatam totius, 2).

Me es grato recordar lo que escribió mi venerado Predecesor Juan Pablo II: “La vida misma de los presbíteros, su entrega incondicional a la grey de Dios, su testimonio de servicio amoroso al Señor y a su Iglesia —un testimonio sellado con la opción por la cruz, acogida en la esperanza y en el gozo pascual—, su concordia fraterna y su celo por la evangelización del mundo, son el factor primero y más persuasivo de fecundidad vocacional” (Pastores dabo vobis, 41). Se podría decir que las vocaciones sacerdotales nacen del contacto con los sacerdotes, casi como un patrimonio precioso comunicado con la palabra, el ejemplo y la vida entera.

Esto vale también para la